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wilbur
Author of 11 Stories
Rated: M - Spanish - Drama - Sirius B. & Remus L. - Reviews: 20 - Updated: 06-02-10 - Published: 11-30-02 - id:1094219

Bueno, vamos superándonos. Siete largos años han pasado desde que actualicé por última vez este fic. Toma ya, con dos cojones. No se si alguien llegará a leer esto ahora que me ha dado el HP revival y me he puesto a actualizar uno a uno todos mis fics del año de la maria castaña (de momento HVG que actualicé ayer ha tenido reviews nuevos 0 ^^U) pero nunca me ha gustado dejar las cosas a medias.

Aviso que este capítulo tiene alguna escena un poco…bestia. Si, bestia es un buen adjetivo. También aviso que he hecho un poco lo que me ha dado la gana con el tema de la luna llena y los hombres lobo.

Finalmente, comento que en principio este capítulo intenta meterse entre párrafo y párrafo de la narración original de JK en PoA. También comentar que hace 7 años decidí que tras este capítulo habría un epilogo… Del que no recuerdo apenas nada… Con lo cual no se muy bien aun como lo terminaré… Dicho esto, vamos a ello

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La luz del sol resbaló por la pared siguiendo, como cada día, el mismo recorrido hasta desaparecer definitivamente. Remus se había quedado ensimismado siguiendo con la vista su camino y deseando que el tiempo se detuviera, que la noche no llegara nunca, para así no sufrir, una vez más, su condena.

El último rayo de esperanza desapareció junto con la luz que se reflejaba en su prematuramente entrecano pelo. Éste le caía lacio a ambos lados del rostro, enmarcando las arrugas y cicatrices que la vida había ido dibujando en él.

Con el tiempo y mucho esfuerzo había conseguido salir del profundo pozo en el que había caído tras la muerte de Lily, James y Peter. Aun ahora se le resquebrajaba el alma al recordarlo. Nunca se lo perdonaría. Jamás. Cómo pudo Sirius traicionarles de esa manera era algo que no podía llegar a entender. ¿Cómo pudo haber hecho algo así su Sirius? El Sirius de su infancia y juventud, tan dulce, joven, rebosante de energía y demostrando siempre amor incondicional por sus amigos. Ese era su Sirius, el Sirius que el recordaba, el Sirius del que se había enamorado locamente a los 15 años.

Esas atrocidades, esa locura patente, la desaparición dentro del monstruo de todo lo que representaba Sirius para él. La destrucción de el Sirius de sus recuerdos y aun así cuando le recordaba… cuando le recordaba su corazón palpitaba con fuerza demostrándole, una vez más, que aún le amaba y que siempre le amaría.

Pero eso debía terminar. Le iba a poner fin de la manera más expeditiva que conocía. Cada vez estaba más inmerso en su locura y no podía permitir que la situación continuara. Era su responsabilidad, ya había fallado una vez como para permitir que otra desgracia ocurriera en frente de sus ojos. Sirius iba tras Harry, tras el hijo de su mejor amigo, tras su ahijado. No podía permitirlo. ¡No pensaba permitirlo! No iba a permitirlo. No lo buscaría, pero sí seguiría expectante, vigilando a Harry y si había algún acercamiento por el que en otro tiempo fuera su amigo, no dudaría.

Iba a matarle. Sacaría la varita, la levantaría y pronunciaría las palabras prohibidas. Tras el fogonazo de luz verde se acercaría al cuerpo y se despediría del que fue su amigo, su enemigo y su amado. Para siempre. Adiós al amor y adiós al odio y así, finalmente, sería libre de sus cadenas. Podría pasar página.

Remus alargó, cansado, la mano para coger el mapa del merodeador. Quería hacer una última comprobación antes de ir a tomar la poción matalobos que el profesor de pociones le debía estar terminando de preparar. Los recuerdos de juventud le abrumaron como siempre nada más rozar con la yema de los dedos el áspero pergamino. Amor y dolor a partes iguales. Sacudió la cabeza para espantar a sus fantasmas y miró el pergamino en blanco.

-Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas. –las palabras le salieron automáticamente, casi sin pensar y los ojos siguieron la telaraña de líneas de tinta que empezaron a dibujarse extendiéndose y cruzándose, dibujando con una sutil belleza el castillo y sus terrenos.

Las motas de tinta aparecieron, con sus respectivos nombres, concentradas en puntos concretos del castillo a causa del toque de queda implantado por la amenaza continua de Sirius Black. Los ojos de Remus buscaron, sin éxito, el nombre de Harry en la torre de Gryffindor. Hermione y Ron tampoco parecían encontrarse en las dependencias de su casa.

-Pero, ¿dónde demonios se ha metido este chico? Desde luego, igualito que su padre, lo que hay que ver…

De improviso cierto movimiento en los terrenos del colegio le llamó la atención. Tres puntos se movían rápidamente tras otro. Harry Potter, Ronald Weasley y Hermione Granger. ¡¿Qué demonios estaban haciendo esos tres en los terrenos de la escuela a esas horas! ¿Y a quien estaban persiguiendo…?

El pensamiento murió. La furia murió. De golpe algo saltó en su mente. Una pieza encajó y todo el rompecabezas obtuvo un cariz sorprendente y nuevo.

Peter Pettigtrew.

El mapa no mentía. Jamás. Peter estaba vivo. ¡Peter estaba vivo! El corazón le dio otro vuelco al aparecer una nueva mota de tinta.

Sirius Black.

Su Sirius. No era un asesino. No lo era. Nunca lo había sido.

Remus se levantó de golpe tumbando la silla en la que había estado sentado al ver como Sirius se llevaba a Ron y Peter por el túnel del Sauce Boxeador y como, a continuación, Harry y Hermione le seguían hacia la casa de los gritos.

No miró más. A sus pies le habían brotado alas y volaba hacia el Sauce boxeador. ¡Sirius no era un asesino!

El mapa quedó olvidado, abierto, mostrando a Remus corriendo por los terrenos del colegio para cualquiera que se acercara a su despacho.

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Sirius, su Sirius, se encontraba enfrente de sus ojos, a escasos metros. La edad y el encierro le habían tratado mal, pero aun así se reconocía al muchacho en sus facciones. Seguía teniendo el pelo largo y oscuro. Sucio y enmarañado que le provocaba el impulso de acercarse, acariciarlo y desenredarlo con los dedos. Sus ojos, rodeados de arrugas prematuras de dolor y reclusión, brillaban como antaño reflejando, en el hombre, el muchacho que había amado con toda su alma. Su cuerpo, delgado y demacrado, conseguía aun así transmitir determinación y fuerza.

Antes de darse cuenta, sus pies se movieron. Su cuerpo avanzó, solo y por impulso cada vez a más velocidad hasta que los dos se fusionaron en un abrazo desesperado. Sirius le agarraba con fuerza clavándole los dedos en la espalda. Tenía los ojos empañados de alivio al verse, por primera vez libre del peso de la verdad enterrada. Remus escondió el rostro en su hombro con el corazón colmado de felicidad por haber recobrado a su Sirius, al de verdad, y haber borrado de la faz de la tierra al loco traidor que le había suplantado durante tantos años.

Se habría quedado así toda la noche, pero con gran dolor se obligó a separarse de él. Antes que nada había una rata a la que eliminar.

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La locura le había atrapado. No era capaz de controlar-se y la luna llena había liberado a la bestia que llevaba dentro. El cuerpo se le contrajo y su ropa se despedazó mientras nuevos músculos emergían a través de ella. Los dedos desaparecieron substituidos por garras y el rostro se le alargó mientras un denso pelaje gris brotaba a lo largo y ancho de su cuerpo. El alarido de dolor mutó en un aullido desgarrador.

El lobo estaba allí y tenía sed de sangre.

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Se habían apartado del grupo, entre los árboles, y una cruenta batalla se llevaba a cabo. El perro y el lobo luchaban, enzarzados, mandíbula con mandíbula, rasgándose el uno al otro con las zarpas. La furia animal y el instinto de matar se mezclaban en un torbellino junto con sentimiento humanos que ambos acarreaban como una losa: Desesperación, angustia, odio, rabia, deseo y frustración. Todos ellos salían a relucir en cada mordisco, en cara arañazo y en cada embestida.

El lobo embistió y el perro negro saltó para esquivarlo. El lobo, cegado por la furia, impacto contra el duro suelo, momento que el cánido aprovechó para saltar encima suyo y inmovilizarle mordiéndole el cuello. El lobo intentó soltarse, sacudiéndose con fiereza y gruñendo a su adversario. El perro mantuvo su dominio y en medio de la lucha, la desesperación, y los sentimientos largo tiempo arrastrados, le penetró.

La lujuria y la furia animal se mezclaron en un torbellino indescifrable. La cópula prosiguió con la misma ferocidad del combate. Los mordiscos y arañazos no se detuvieron mientras las dos bestias satisfacían sus deseos más primarios.

Súbitamente una nube densa como el alquitrán se interpuso entre la luna y el cuerpo del licántropo. El pelo desapareció, las garras se convirtieron en manos y el hocico se acható, a la par que, de forma natural, el cuerpo del perro también volvió a su apariencia humana anterior. Pero las embestidas no se detuvieron. Demasiados años de desesperación. Demasiados años de soledad y dolor. Demasiado tiempo sin nadie con quien aligerar el peso que les ahogaba. La desesperación y el deseo controlaban sus cuerpos. Se movían al unísono, las manos exploraban sin pudor y los aullidos se habían convertido en gemidos.

Finalmente todo terminó. Ambos resbalaron hacia el frío suelo, desnudos, llenos de heridas y agotados. Las respiraciones poco a poco fueron acompasándose hasta que, súbitamente Sirius ahogó un gemido angustiado mientras se sentaba.

-Dios mío, dios mío, díos mio, dios mío…¿¡Qué te he hecho!

-¿Qué me has hecho? –inquirió Remus con relativa tranquilidad mientras se arrodillaba delante suyo.

-Bu…Bueno ya lo sabes –Sirius se sonrojo devolviendo, de golpe, su aspecto juvenil a su demacrado rostro- ¡He abusado de ti! ¡De la única persona en el mundo que sabe la verdad! Además, de alguien que me amaba… –Sirius se interrumpió otra vez con una torpeza que enterneció a Remus- Se perfectamente que ya no me amas y por eso mismo…

-Sirius: Vete. –Interrumpió Remus bruscamente con un posado fúnebre.

-¿Qué?

-¡La luna Sirius! ¡Vete ya! ¡Corre, huye! La nube está a punto de apartarse y no estás en condiciones ni físicas ni mentales de dominarme. ¡Estamos ya muy lejos del castillo! Estaré bien, ¡corre!

-Pero yo…

-¡Corre!

Sirius se levantó y empezó a correr bosque a través. Las ramas golpeaban su cuerpo desnudo y malherido y sus pies trastabillaban con las raíces y las piedras. Los ojos se le empañaron pero no por el dolor que sentía en su cuerpo. Justo antes de que la luna hiciera su aparición un grito lejano le detuvo por unos instantes:

-¡Siempre te he amado y siempre te amaré! ¡Jamás lo dudes!

Antes de convertirse en can otra vez y huir más rápidamente a través de la maleza una sonrisa iluminó su cara devolviéndole todo el esplendor de su juventud. Si se encontraba con los dementores tenía claro cual iba a ser su pensamiento alegre.

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