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Author of 16 Stories |
Disclaimer: Not mine.
Notas de la autora: Corrección de estilo, faltas, diálogos etc. a día 22 de marzo del 2008. Ligeros cambios en la mayoría de las escenas y reescritura total de la escena de la pelea.
El resultado final me gusta mucho más que lo anterior, escrito hace casi cinco años. Me hacía daño a la vista ver tantos horrores ahí escritos.
HITOKIRI BATTOUSAI
El sol apenas se asomaba por el horizonte, pero esto le daba igual a Kaoru.
Llevaba toda la noche buscando, rastrando, recorriendo cada metro de la ciudad para encontrar a ese desgraciado que había osado poner en duda el honor del Dojo de su familia.
¿Quien se creía que era? ¡No tenía derecho! El Dojo era lo único que le quedaba, el legado de su padre; en el estaban volcadas todas sus ilusiones, sus anhelos, sus sueños...
Seguramente nunca podría vivir una vida holgada, ni tener hermosos kimonos y visitas de pretendientes como el resto de muchachas con las que antes su familia solía frecuentar, pero por lo menos tenía un lugar honorable para vivir y un estilo de vida y de lucha del que se sentía profundamente orgullosa.
El Kamiya Kashin Ryu, el estilo de su familia. Durante generaciones habían perfeccionado el arte del Kendo solamente y exclusivamente usando espadas de madera. La base en la que se sustentaba la técnica de su familia era en valorar la vida sobre todas las cosas. La suya no era una técnica asesina. Cada movimiento, cada golpe, cada estocada estaba pensada para defender, para detener e incluso para parar mediante la fuerza al enemigo, pero nunca para matar.
Esa era la filosofía Kamiya Kashin.
Y después de todos sus esfuerzos, ese desgraciado, ese asesino de pacotilla que se hacía llamar Battousai, intentaba quitar el honor de su escuela, mancillándola con sus sangrientos asesinatos y la lúgubre reputación que le precedía. ¿Cómo osaba proclamar que su nombre y el del Dojo Kamiya estaban unidos de cualquier manera? Imperdonable. Totalmente imperdonable.
Pero no, la cosa no iba a quedar así, ella se vengaría costase lo que costase. La venganza se sirve mejor en plato frio. Le pararía los pies a ese individuo prepotente, falso y rastrero de una vez por todas. Le enseñaría quien era Kaoru Kamiya.
Deslizándose sigilosamente por entre las tenuemente iluminadas calles, su mente recordó los hechos con absoluto detalle y claridad. La bilis le subía a la garganta del mar cuerpo que se le ponía solo de pensar en ello.
Hacia unos meses que todo había empezado. Hubo un asesinato solitario, mataron a un mercader de seda. Lo extrañamente sorprendente fue que al lado de su cadáver encontraron el nombre de su Dojo escrito en sangre.
En la siguiente semana más asesinatos se fueron sucediendo, todos siguiendo el mismo modus operandi. Era desconsolador. La policía se había asegurado que ella no era la causante, habiéndola tenido retenida durante varios días, y comprobando que los asesinatos seguían ocurriendo.
Exonerada de culpa, Kaoru había tratado de explicar a sus alumnos que el Dojo no tenía la culpa de nada, pero estos, a pesar de apreciarla mucho, no querían verse relacionados con crímenes tan sangrientos. Nadie quería a la policía pisándoles los talones.
En cuestión de semanas se había quedado sin un solo estudiante, nada que pudiese darle dinero para mantenerse. Solo le quedaba la opción de ir a dar clases a otros Dojos, y aún así no la llamaban mucho por la mala reputación que había adquirido su nombre en la ciudad.
Maldiciendo su suerte Kaoru siguió caminando con pasos rápidos. Estaba bastante cansada después de las tres largas noches de búsqueda infructuosa.
Entonces, casi por casualidad, avistó algo interesante, a lo lejos una solitaria figura caminaba silenciosa y ágil. Kaoru reconoció en el los movimientos de alguien entrenado en artes marciales. Inspeccionándolo más de cerca comprobó que efectivamente el sujeto llevaba una espada.
Kaoru no podía creer su suerte. Cautelosamente le siguió para comprobar si era Battousai o no. El hecho de que llevase una espada ya era bastante sospechoso, sobre todo si se tenía en cuenta que portarlas en la calle estaba rigurosamente prohibido por el gobierno Meiji.
Se acerco silenciosamente y se dispuso a seguirle y a observar sus movimientos. Él caminaba despacio, con gran seguridad en sus pasos y la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo, vertía ropas oscuras, no podía distinguir bien el color en la oscuridad, pero imaginó que bien podrían ser negras o azules marinas.
Kaoru le siguió escondida entre las sombras, aguantando la respiración para no delatarse y contemplándole con una mezcla de curiosidad y furia.
Cuando por fin pudo acercarse lo suficiente y verle a la tenue luz de una farola, comprobó para su gran fastidio que era un hombre extremadamente atractivo.
No es que fuese muy alto, un par de centímetros más que Kaoru, supuso, pero su porte era como el de una pantera a punto de lanzarse contra su presa. Impresionaba.
Su complexión era delgada y nervuda. Podía ver como los tendones se marcaban en su muñeca, pegada a su espada.
Y su pelo, su pelo era largo y de un tono oscuro, que en la tenue luz dejaba entrever destellos de fuego. La joven supuso que se encontraba ante un pelirrojo.
La persona que ella buscaba era exactamente así. La joven se inclino un poco más para cerciorarse de si tenía una cicatriz en la cara o no. Y si, la tenia.
Una extraña cruz marcaba su mejilla. La cicatriz era bastante limpia, comprobó la joven. Casi perfecta.
Tal y como decían las historias que era la cicatriz del Battousai. Un leve escalofrío recorrió el cuerpo de la joven. Lo achacó a la brisa nocturna. Era principios de primavera y el tiempo todavía solía ser muy traicionero.
Sin embargo quizá el temblor se debía a la intensidad de sus ojos color ámbar. La joven apenas los había podido contemplar un segundo, cuando el había alzado el rostro, quizá para mirar la luna.
La cosa es que en esos breves instantes en los que sus ojos azules se vieron atrapados por esos orbes dorados e intensos su valor, su determinación, su coraje… desaparecieron.
De pronto todas las historias sobre el infame Battousai, sus leyendas, sus asesinatos y el hecho de que jamás dejase testigos de ellos, convirtiéndolo así en la espada más mortífera de Japón volvieron a su memoria.
Cuando casi había decidido que no era buena idea enfrentarse a un hombre como aquel, honor o no honor, el rostro de él que había estado mirando la luna se volvió y esos ojos dorados se clavaron directamente en los suyos. ¡Dios! ¡La había descubierto!
- ¿Por qué me sigues? -preguntó fríamente, sin un atisbo de calor en sus palabras o mirada.
Kaoru palideció al sentir el peso inimaginable de su mirada, que parecía quemar. Por unos instantes no supo que decir, es decir, sabía que decir exactamente, pero su cuerpo estaba completamente paralizado y su mente no podía reaccionar.
- Por fin te encuentro- Kaoru abrió inmensamente los ojos al notar las palabras finalmente saliendo de su boca como por voluntad propia- Battousai. Vas a pagar muy caro el mancillar el nombre de mi familia.
La aparente firmeza y seguridad tras sus palabras se veía confrontada al ligero temblor de sus manos y a unas gotitas de sudor frio resbalándole por la frente.
Ahora ya era demasiado tarde para echarse atrás.
Battousai arqueo una ceja al ver como la joven tomaba pose de pelea, ira en los ojos y espada de madera en mano.
Kaoru parpadeo y un instante después Battousai que estaba a seis metros de ella apareció a leves centímetros de ella.
- ¿Tienes un deseo de muerte? Eres muy joven- le susurró muy cerca del oído. Su tono de voz era duro, casi metálico, totalmente desprovisto de emociones y quizás llevaba consigo un matiz burlón.
- No lo soy tanto. Y no te tengo miedo.- A pesar de sus palabras un temblor se podía apreciar en su voz- Prepárate a luchar.
Estaba asustada, si, pero a la vez sentía como la adrenalina pulsaba fuertemente por todo su cuerpo. Estaba completamente en tensión. Viva.
Obviamente sabía que estaba en medio de una misión suicida, y se maldijo así misma por defender tanto el honor de su familia. Si no lo hiciera, estaría deshonrada si, pero viva también.
No había posibilidad de echarse atrás. Acaba de retar a la cara al mayor Hitokiri de la historia de Japón.
A pesar de todo, quizás mereciese la pena morir por honor. Sería una muerte digna. Seguramente sus antepasados estarían orgullosos de la decisión.
Battousai se dio cuenta del terror que había en los ojos de la chica y sonrió con desprecio.
Estúpida. Débil. ¿Por qué me reta? Si tanto desea la muerte, ¿Quién soy yo para impedírselo?
Kaoru se puso aún más nerviosa al verle sonreír, pues no era una sonrisa nada agradable. Hacía que su rostro pareciese casi demoniaco, con esos ojos fieros brillando como fuego. ¿Qué estaría pensando? Seguramente nada bueno.
Acaba de conocerle, y aún si no supiera quién era y lo que hacía, no la habría inspirado ninguna sensación agradable.
- No me hagas malgastar el tiempo, niña- advirtió él con una calma casi inhumana.
Esas pocas palabras de desprecio, despertaron nuevamente la ira de Kaoru. De pronto sentía, como si en vez de sangre, aceite hirviendo recorriese sus venas.
Y perdió el juicio.
Dando tres calculados y rápidos pasos hacia atrás, adopto la postura más agresiva del Kamiya Kashin y se lanzo hacia él, dispuesta a todo. Jamás le perdonaría su arrogancia. Haberla tratado como si fuera basura.
Para Battousai, sus movimientos eran muy lentos. Los observo con frialdad y el más absoluto desprecio. Jamás entendería que era lo que lanzar a la gente a buscar tan ansiosamente la muerte.
¿Quería jugar? Bien, Battousai jugaría también. Una lenta y sardónica sonrisa se dibujo en sus labios y desenvaino su katana.
El estilo de Battousai era limpio, preciso y certero. No malgastaba ningún movimiento y sobre todo era rápido, muy rápido.
Sin embargo con la joven no pensaba ni ensañarse ni esforzarse. Con una veloz estocada la desarmo completamente, cortando el bokken de ella en dos y causándole heridas en las manos. Con ese mismo movimiento, la hizo volar por los aires y caer al suelo varios metros más allá.
Kaoru sintió un intenso dolor en el pecho. Del impacto sus pulmones se habían quedado sin aire, y cada vez que trataba de llenarlos, era como si ardiese por dentro.
Trato de ponerse de pies, pero el dolor era muy fuerte. No sentía las manos.
Cuando las miro, totalmente ensangrentadas una sensación de nauseas la invadió. Sentía como los ojos le lagrimeaban.
Miró hacia él, luchando con todas su fuerzas por contener esas lagrimas que pugnaban por salir. Battousai la miraba desde arriba, con total indiferencia. No había ningún rastro en su rostro que diese a entender que estaba contento por su victoria. No, era demasiada poca cosa como para sacar de él una reacción de ese estilo.
Seguramente para el solo era una molestia mas, como una mosca, que molesta con su zumbido pero que a veces da hasta pereza matar.
Battousai por su parte, a pesar de no demostrarlo estaba ligeramente sorprendido, no con la habilidad de la chica, que era lamentable, si no consigo mismo, por haberle perdonado la vida.
¿En qué instante había decidido contener su espada? Ni el mismo lo sabía.
Podía decirse que el no haberla matado era un logro en su larga lista de homicidios. ¿Un error tal vez?
Quizás. De todas formas, esa sería una lección para la joven. Aprendería a ser más inteligente y no buscarse problemas.
- Maldita sea- masculló Kaoru, una mezcla de dolor y enfado en su voz. Enfado consigo misma por fallar más que con Battousai. El dolor, punzante y abrasivo no menguaba y la joven sitio que en breves iba a perder el sentido.
- Da gracias por estar viva- dijo Battousai monótonamente. Unos segundos más tarde se acerco hasta donde ella estaba tendida. Kaoru le miró con cautela. ¿Qué pretendía?
Battousai contemplo su espada, de pies junto a la joven. El brillo de esta, se veía manchado por la sangre de Kaoru.
Casi como hipnotizada, esta, vio como la katana se iba acercando más y más a ella. El frio metal rozo su piel y la joven estaba segura de que iba a rematarla. Cerró los ojos.
No pasó nada. Los volvió a abrir y se dio cuenta de que el la contemplaba con una sonrisa burlona, luego, lentamente paso la fría hoja de metal por la ropa de ella, limpiando así los restos de sangre que en ella había.
Kaoru abrió desorbitadamente los ojos.
- ¿Qué…?- trato de preguntar, indignación y fascinación presentes en su voz.
- Solo te devuelvo lo que es tuyo. No me gusta la sangre- dijo él, y tras dirigirle una mirada repleta de escrutinio, se dio media vuelta y se fue.
Kaoru tragó saliva. Se sentía debilitada y con muchísimas ganas de vomitar. Cerró los ojos un momento, y notó como rápidamente las sombras le daban la bienvenida. Antes de caer inconsciente recordó una vez más esa mirada dorada. La mirada de un Hitokiri.