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Valhova
Author of 29 Stories

Rated: M - Spanish - Angst/Drama - Draco M. & Harry P. - Reviews: 23 - Updated: 10-02-04 - Published: 04-17-03 - id:1308909

Losing my Religion

by Raquel

Esta historia se ubica luego de Harry Potter y El Cáliz de Fuego

Este fanfic es la secuela de Before the Dawn y se recomienda su lectura previa antes de proseguir esta historia

Capítulo 1

Una vez, hacía mucho tiempo, Harry había tenido el mismo sueño. Vagaba por los pasillos del colegio en la noche, iluminado sólo por la luz de las escasas antorchas que aún permanecían encendidas en esa madrugada sin colores, dándole al mismo tiempo un poco de calor en medio del frío implacable. Las tonalidades variaban entre el negro más profundo, grises y el blanco resplandeciente de las llamas, las cuales provocaban ardor en los ojos si las observabas fijamente durante largo tiempo.

En el sueño, la única fuente de color ere él, con su suéter rojo -regalo de navidad de la dulce Molly Weasley-, su pijama y sus cabellos, que aunque azabaches, parecían brillar con luz propia.

Pero también estaban sus ojos.

Aquellas esmeraldas encendidas de vida, era lo que más brillaba en él, porque los ojos eran las puertas abiertas del alma de Harry Potter en ese instante, y a través de ellos era posible descubrir la gama de emociones que atenazaban a su corazón: Su desconcierto, la duda, incluso del miedo que sentía, porque el chico no tenía idea de qué estaba pasando allí...

Sólo sabía que esa noche había ido a dormir más temprano de lo acostumbrado, pues había pasado varias noches de insomnio y se sentía realmente agotado. No había querido preocupar a sus mejores amigos Ron y Hermione con una posible tontería sin sentido como aquélla, pero estaba seguro, por las miradas silenciosas cargadas de angustia que ambos tenían, que notaban su turbación.

Era gracioso cómo la profunda amistad que les unía a los tres a veces les jugaba esas extrañas jugarretas, pues aunque Harry sabía de la preocupación de ambos hacia él, y tanto Ron como Hermione sabían que él había notado el mismo sentimiento en ellos, ninguno de los amigos fue capaz de rebasar ese silencio casi insoportable que les agobiaba. Todos sentían la misma opresión en sus corazones, pero ninguno fue capas de expresarlo a través de palabras, quizás intuyendo que era innecesario hacerlo.

Hay situaciones que las palabras por sí solas son incapaces de describir, al igual que ciertos sentimientos.

Los tres sabían íntimamente que compartían el mismo sentimiento, o mejor dicho, el mismo mal presentimiento...

Y también sabían que todo había comenzado con la partida de su padrino, Sirius Black.

Sirius había dejado Hogwarts días atrás y desde entonces las cosas habían dejado de ser iguales para ellos.

No se debía al desconcierto de no saber cuál era su misión, pues siempre solían ser un secreto –por su seguridad, le había advertido Dumbledore un día, luego de mucha insistencia de su parte por conocer los posibles peligros que seguramente enfrentaría-, o la ausencia de cartas, pues tampoco recibía alguna cuando partía en algún nuevo cometido.

Fue la mirada que les dio al despedirse, con aquellos ojos melancólicos que les gritaba que no quería irse aquella vez. Fue el abrazo que les dio a cada uno de ellos –cuando jamás solía expresar tan abiertamente sus sentimientos a través de esas muestras de afecto-, transmitiéndole sin querer el miedo que sentía, poco común en alguien como él, fuerte y valiente hasta los huesos, y con el espíritu más osado que alguno llegó a conocer nunca. Fueron sus últimas palabras, cargadas de cariño infinito, y aquello que no alcanzó a decir, aún más importante, palpable en cada uno de sus gestos y movimientos.

Fue todo aquello lo que hizo saber a Harry que no volvería a ver a Sirius con vida.

Al principio se sintió algo estúpido al pensar así, después de todo, no podía evitar preocuparse por su padrino cada vez que le veía marchar a lo desconocido, fuera de las paredes del colegio que probablemente eran las únicas que podían contener el poder oscuro de Lord Voldemort. Era tonto, lo sabía, pero no podía evitar desear proteger a todos sus seres queridos de las funestas garras del mago tenebroso y tenerlos siempre allí, junto a él, bajo el cobijo de Dumbledore. Por eso contuvo el grito que pujaba por salir pidiéndole que se quedara a su lado, sólo por aquella ocasión...

Sólo por esta vez, ¿sí? –gritaba su mente-  ¿Qué de malo hay en que alguien más parta en tu lugar? Por favor, te lo suplico, sólo quédate esta vez... Sirius, pues si te vas, nunca más volverás, y entonces, ¿qué haré?

Sin embargo, no lo hizo, ¿cómo podría? Él era Harry Potter y era valiente y no se podía dejar llevar por esas –en sus palabras- niñerías. Sus fuerzas no podían flaquear, y menos delante de su padrino. No podía dejarle ver lo débil que podía llegar a ser, no podía...

Y no lo hizo. Y jamás se perdonaría por aquello. Nunca.

Pues en el instante que notó el mismo sentimiento en los ojos de sus amigos, se sintió desfallecer.

¿Acaso ellos habían tenido su misma sensación? ¿La de que... esa despedida era definitiva?

¿Cómo podía ser?

Harry no se detuvo a averiguarlo. Corrió y corrió por los pasillos de Hogwarts, tratando desesperadamente de alcanzar a Sirius y obligarle a quedarse. Pero todo fue inútil. Era imposible que pudiera darle alcance al enorme perro negro en el que, seguro, ya se había convertido.

Sirius se marchó y ese día comenzó su insomnio y abatimiento. Sintió que ya nada importaba, como si todo hubiera perdido el sentido. Aunque no todo exactamente, pues aún había algo...

Algo en lo que pensaba más que en nada, mientras recorría esos pasillos oscuros, fríos y silenciosos de su sueño.

Y, por cierto, ¿qué estaba haciendo allí?

La última vez que había estado en una situación similar, había sido engañado por el recuerdo de Tom Riddle, guardado durante 50 años en un diario. En ese extraño sueño, el mismo Tom le había mostrado parte de sus recuerdos cuando estudiaba en Hogwarts; pero sólo aquellos que más le convenían: cuando logró culpar a Hagrid por el crimen de aquella chica de padres muggles... Myrtle, La Llorona.

Siendo él –Tom- el culpable de aquella atrocidad. Siendo el heredero de Salazar Slytherin.

El futuro Lord Voldemort que asesinó a sus padres años después.

Y él, Harry Potter, le había creído por un instante, confundido ante las similitudes que ambos parecían compartir... conmovido ante sus deseos desesperados de no regresar al mundo muggle, en donde nadie que realmente le apreciaba le esperaba, justo como a él...

Qué tonto había sido aquella vez. Pero ya no más.

Él ya no era el mismo.

Después del asesinato de Cedric, jamás podría volver a ser el mismo...

Apretó sus puños con fuerza ante ese recuerdo; hacía días que no pensaba en Cedric, pues Sirius y alguien más eran los únicos que ocupaban su mente. Estaba tan preocupado y confundido...

Con pasos lentos y silenciosos llegó al borde de las escaleras, en donde había visto a Tom por primera vez, joven, de apenas dieciséis años, pero siendo ya un asesino...

No había nadie allí, cosa que le alegró, pues no quería revivir ese capítulo de su vida nuevamente.

Harry se preguntó entonces cómo se vería él mismo en ese momento: ¿como el joven inocente de trece años que se había dejado convencer por el Riddle premio anual, prefecto y estudiante modelo del colegio?, o por el contrario, ¿como el Harry triste y sombrío que era ahora, a sus dieciséis años...?

¿Tenía dieciséis años? Qué curioso, ¿no? La misma edad que tenía su enemigo cuando cometió su primer homicidio.

¿Sería casualidad? Quizás sí, quizás no.

Igual no tenía importancia. De alguna manera, lo que más le desesperaba, era el sentir que ya nada importaba...

Nada.

“Oh, pero apuesto a que eso no es cierto”.

¡Esa voz, maldita una y mil veces!

Como si hubiese recibido una descarga eléctrica, el joven dio un salto atrás, totalmente aterrado, y tras sus gafas redondas, sus ojos verdes se agrandaron al máximo, tratando de descubrir el origen de esa voz cruel, capaz de helar la sangre.

Los pasillos, las habitaciones con sus puertas cerradas, el techo, ¡no había nada! La escalera estaba vacía, lo había comprobado al principio, aunque igual no pudo evitar fijar su vista allí de nuevo. No había nada, aunque... viéndolo bien, podía percibir algo en el descanso, algo como una figura humana, aunque más bien parecía una sombra...

La sombra se movió, provocando en Harry casi un grito de horror. Descubrió pronto que no era eso lo que observaba, pues no podía vislumbrar nada a través de ella, era más bien una silueta humana, aunque opaca.

¿Opaca? Sí, no podría describirlo mejor que eso. Opaca. Algo difusa. Pero malvada.

El ser se movió de nuevo y comenzó a descender las escaleras. Y por cada escalón descendido, los contornos tomaban forma, parecían más reales, como si se materializaran, pasando de un plano irreal a uno real. El mismo plano en el que estaba el joven Potter.

Entonces Harry pudo detallar su túnica negra, siendo arrastrada suavemente en su descenso y sus manos verdosas con dedos alargados que más parecían garras, deslizarse lentamente por los pasamanos. Su rostro oculto tras su capucha negra y el resplandor rojizo de sus ojos en forma de rendijas que brillaban a través de esa oscuridad. Eran los ojos de un basilisco, de una serpiente.

Eran los ojos de Lord Voldemort. Y no en blanco y negro, sino a color.

La cicatriz en su frente comenzó a arder terriblemente, pero ni un solo quejido escapó de sus labios, de tan apretados que los tenía. Sólo le observaba, parado inmóvil en el mismo lugar, sin poder creer lo que estaba pasando. Quiso gritar, quiso girar y huir despavorido, quiso llorar, quiso levantar su varita y lanzarle el Avada Kedavra –porque, aunque no conocía aún cómo invocar esa maldición imperdonable, sabía que el rayo verde saldría limpiamente de su varita si lo ordenaba-, quiso matarlo y también, quiso morir...

Eran tantos los sentimientos que le embargaban, que sentía imposible que cualquier cuerpo –y más el suyo, pequeño y poca cosa- pudiera resistirlo. No podía respirar, ni moverse, ni hacer otra cosa que observarle y odiarle.

¡Lo odiaba más que nunca!

“Tom Riddle”, dijo finalmente, llevándose una mano al rostro, cuando el dolor en su cicatriz se hizo insoportable.

El mago tenebroso rió por lo bajo al escucharle. “Lord Voldemort para ti, Harry”.

“¿Qué haces en mi sueño?”, insistió el chico, obviando ese comentario sarcástico.

“Lo que ves ahora no es un sueño, es la realidad”, y para demostrar lo que decía, alzó uno de sus dedos deformes y tocó la mejilla del muchacho, quien no pudo resistir el dolor y cayó al suelo de rodillas, sintiendo que su cabeza explotaría en mil pedazos de un momento a otro.

“Es real, Harry, es la prueba de mis poderes; ¿pensabas que estabas seguro en Hogwarts? Pues no. Yo puedo llegar a ti siempre que lo desee, a través de tus sueños...”.

Esa verdad era demasiado desesperante para ser cierta, pero la prueba estaba ante sus ojos. Era él, era su enemigo invadiendo sus sueños...

“Si eso es así –dijo el joven de cabellos oscuros, en un último intento por demostrar que aquello no era más que una simple e irreal pesadilla-, ¿por qué no habías venido antes?”.

Voldemort lo meditó un instante antes de responder, mientras caminaba formando un círculo alrededor del chico caído: “La verdad, es que no sabía que poseía esta cualidad. La última vez que nos vimos, recobré un cuerpo en el cual habitar, pero mis poderes aún se encontraban debilitados. Pasó una larga temporada antes de ser tan poderoso como lo fui una vez; ¡pero me alegra decirte que gracias a tu sangre ahora lo soy mucho más...! Soy más poderoso que nunca, y mis poderes han logrado alcanzarte al fin... claro que tuve que prepararme bien, y aun ahora sólo puedo llegar a ti en sueños, pero es más que suficiente para cumplir mis deseos”.

“¿Tus deseos?”, repitió Harry en un susurro, arrodillado en el suelo. Los ojos de cada uno fijos en el otro.

El mago tenebroso permaneció un instante en silencio, y luego continuó: “No sé por qué, pero hay una lazo muy fuerte que nos ha unido siempre, más allá de la cicatriz que llevas en la frente... Yo lo sé, y tú también lo sabes. Somos diferentes al resto de personas, y aún así hay muchas similitudes entre ambos. De lo que sí estoy seguro, es que esto no se debe a una mera casualidad, aunque a ninguno de los dos nos guste esa idea. Lo sentí desde el instante de tu nacimiento, y por eso decidí destruirte. Tus padres, y ahora Dumbledore lo han impedido, pero no siempre tendrás a alguien que te salve... Tu existencia representa una peligro para mis planes, y no estoy dispuesto a correr el riesgo de dejarte vivir”.

“Eso significa que has venido a matarme”, acotó Harry y aquello no fue una pregunta, sino una afirmación.

“Morirás, pero no ahora –respondió el mago oscuro, para el desconcierto del otro-. Me has causado más problemas de los que jamás imaginé; me impediste tomar el poder dieciséis años atrás, dejándome en un estado que no puede ser catalogado como vivo o muerto, me hiciste sufrir el peor de los tormentos, el peor de los dolores, ¡y eso no se va a quedar así...! –gritó lleno de furia, estremeciendo el cuerpo de Harry en dolor y agonía sin fin; un hilo de sangre brotó de sus labios en respuesta- Morirás, pero no sin antes hacerte pasar por ese mismo dolor. Pienso vengarme, ¡y comenzaré ahora mismo!”.

Voldemort chasqueó los dedos de su mano derecha, y todo comenzó a girar rápidamente a su alrededor.

Harry estaba mareado, producto del dolor; cerró sus ojos cuando el suelo bajo su cuerpo caído desapareció y en su lugar reapareció uno nuevo. Sabía que estaban en otro lugar ahora, pero le llevó más de un minuto reunir el valor suficiente para abrir sus ojos y descubrir dónde estaba. Al hacerlo, vio que habían sido transportados a la vieja mansión de la familia de Tom Riddle, en el mismo cementerio donde, tiempo atrás, Voldemort había recobrado sus fuerzas.

En el mismo lugar en donde Cedric Diggory había sido asesinado por su culpa...

“¿Qué estamos haciendo aquí?”, preguntó finalmente, mientras se ponía en pie y limpiaba la sangre de su rostro con el dorso de su mano.

“En este lugar renací por segunda vez, en parte gracias a ti –respondió son sorna el mago oscuro, observándole con una sonrisa torcida oculta en las sombras bajo su capucha-. Así que, como verás, es un sitio de acontecimientos importantes. Algunos conocidos y otros no conocidos por ti. Por eso estás aquí, para saber los últimos acontecimientos”.

“Hablas demasiado y comienzo a aburrirme, ¿sabes?”, le interrumpió el joven, enfadado, pero al mismo tiempo bastante angustiado, pues sabía bien que, lo que sea que el otro le quisiera mostrar, no sería nada bueno para él...

Voldemort volvió a reír ante la mente suspicaz de su contraparte –porque sabía que eso eran ellos: parte y contraparte; ¿de qué? No lo sabía, aún...-: “En eso tienes razón; ¿sabes, Harry? Una vez te mostré lo poderoso que puede llegar a ser un recuerdo... yo tengo muchos, aquí en mi mente y quisiera compartir uno realmente especial contigo”.

“¿Un recuerdo?”, repitió el chico, cada vez más confundido.

“Sí, un recuerdo”.

“No hay absolutamente nada de ti que yo quisiera conocer, Riddle, salvo tu muerte. Y si es por mis manos, mucho mejor”, siseó en voz baja, pero con una firmeza en su voz que anonadó al mago tenebroso unos instantes.

“Te pareces más a mí de lo que imaginaba... ¡bien! –Voldemort extendió sus manos y exclamó- ¡Pero sé que esto te va a gustar...! Es un recuerdo, sí, uno de mis recuerdos más satisfactorios...”.

Un viento helado sopló, haciendo que Harry cerrara sus ojos con fuerza de nuevo. Su respiración se agitó cuando, al abrirlos, estaba rodeado de mortífagos. Pero su carencia de colores le indicó que ellos tampoco eran reales, que sólo eran parte de esa pesadilla de la cual no lograba despertar.

Estaba solo y asustado y en ese instante deseó más que nada la compañía de algún ser querido...

Alguien. Que alguien llegara... que alguien estuviera junto a él ahora...

Por favor. Alguien...

“Lo que ves ahora sucedió hace poco”, prosiguió su enemigo, libre de cualquier preocupación.

Pero su estado de ánimo cambió radicalmente cuando observó nuevamente a su joven contraparte.

Quien ya no estaba solo.

Harry tampoco fue conciente de ello inmediatamente. Al principio sintió una extraña calidez en su mano, pero no prestó demasiada atención a ella. Fue el gritito que exclamó Voldemort lo que le hizo girar el rostro y notar al joven que estaba a su lado, sujetándole la mano con fuerza, con una expresión indescriptible de horror en su rostro.

Harry le vio. Voldemort le vio. Y el chico les devolvió la mirada alternativamente a ambos, hasta que finalmente la posó fijamente en el primero.

Su mirada gris que ahora se había tornado más oscura y temible. Confundida, pero furiosa.

Harry no pudo dejar de admirar la manera en que todos los colores que le cubrían resplandecían tan intensamente en él.

“¿Qué demonios significa esto?!”, exclamó el Slytherin inmediatamente.

“Y-yo... no lo sé...”, fue todo lo que pudo balbucear el moreno, completamente anonadado de ver al rubio allí, ¡y encima tomados de las manos!

“Ah, joven Malfoy, qué alegría verlo presente en esta ocasión tan memorable”, saludó en seguida el Lord, algo confundido por el giro de los acontecimientos, aunque en parte también divertido.

Draco observó al mago oscuro con cierto temor en sus ojos y luego volvió a posar su mirada en el Griffyndor.

“¿Qué?, ¿esto realmente está pasando?”, preguntó, lleno de dudas.

Harry esbozo una sonrisa débil. “Me temo que sí”.

“No, esto ha de ser una broma tuya, ¿no? Pero me encontraba durmiendo en mi habitación... ¿cómo pudiste entrar en la sala común de Slytherin?”.

“Yo no entré, Malfoy, por el contrario, fuiste tú quien invadió mis sueños”.

“¡¿Yo?! ¡¿Y por qué haría algo así?!”.

“Muy buena pregunta”, les interrumpió Voldemort, tratando de comprender el significado de esa inesperada visita. Sin duda, todo había sido provocado por Potter. Él le había traído, pero, ¿por qué a Draco Malfoy de entre toda las personas que conocía? –Sonrió ante aquello, algo sorprendido de las ideas que cruzaban su mente- Interesante...

Draco sintió un fuerte estremecimiento. Estaba con Harry Potter y Lord Voldemort. Los tres juntos, ¿en un sueño?

Observó al moreno con odio: “Potter, idiota, ¡apuesto a que todo esto es culpa tuya!”, exclamó con furia, soltando su mano con brusquedad.

“Tú siempre me culpas por todo, Malfoy”.

“Ah, ¿y a qué se deberá ello? Hum... déjame pensarlo un momento, ¿quieres? Será porque, no sé, ¡¿tú siempre sueles ser el responsable de todas las cosas malas que suceden?!”.

Harry rodó sus ojos a su vez, exasperado. Había deseado desesperadamente la compañía de alguien, ¡pero por qué tenía que presentarse precisamente Draco Malfoy!

Aunque, por otro lado, era interesante... es decir, si había logrado introducir a Malfoy en esa pesadilla, significaba que Voldemort no tenía todo el control de la situación como había temido en un principio. Él también tenía cierto dominio, meditó, vislumbrando un pequeño rayo de esperanza.

¿Qué pasaría entonces si pensaba con fuerza en Albus Dumbledore? ¿También se presentaría allí...?

Pero Voldemort no le dio oportunidad siquiera de intentarlo, pues inmediatamente posó una de sus garras en su hombro, haciéndole gritar de dolor y sangrar de nuevo, por la boca y la nariz. El rubio lo vio y quiso ir en su ayuda, aunque finalmente no se movió, y en su lugar dijo:

“No sé qué se traen ustedes dos y tampoco me interesa saberlo. Termina con esto ahora mismo, Potter. Anda, ¡hazme despertar!”.

“Ojalá pudiera”, masculló el aludido, tratando de contener otro grito. Trataba desesperadamente de soltarse de ese agarre, pero su enemigo se negaba a dejarte ir.

Y el dolor. Oh, Dios, cómo dolía... cómo dolía...

Era demasiado. Su cuerpo ardía y su cabeza estaba a punto de explotar. Cerró sus ojos con fuerza, gritando de nuevo... ya había pasado por la misma experiencia antes, pero igual era insoportable. La desesperación le embargó y entonces sólo quiso perder el conocimiento, o morir... ¡cualquier cosa, con tal de parar el dolor!

“¡Basta ya!”, gritó Draco, apartando la garra de Voldemort de un manotazo. Cosa que él agradeció íntimamente, pues por un instante se dejó llevar por la ira, y casi había acabado con la vida del chiquillo despreciable. Y aún no quería que muriera.

Harry hizo esfuerzos sobrehumanos para permanecer en pie, pues se sentía débil y enfermo. Observó a Malfoy un instante antes de murmurar una agradecimiento apenas inaudible.

“No me agradezcas nada, ¡yo sólo quiero que me saques de aquí...!”, gritó, casi histérico, pero guardó un silencio macabro cuando el mago oscuro posó su garra en él ahora.

“Tranquilo, Draco, tranquilo –le dijo, y el rubio no pudo evitar mirarle con desprecio-. Tu llegada me ha sorprendido, pero ciertamente es interesante tenerte aquí, ¿no lo crees, Harry?”.

“¿De qué está hablando usted?”, demandó saber en seguida.

“No le escuches, Malfoy, sólo trata de confundirte”.

“No es así. Supongo que no reconoces este lugar, ¿eh? –preguntó entonces. Draco observó el cementerio, la mansión a lo lejos y a los mortífagos que les rodeaban inmóviles y negó levemente- Sin embargo, tu padre se encuentra allí. Míralo bien”.

Ambos jóvenes siguieron la dirección que señalaba el mago con la mirada y observaron a uno de los fieles lacayos del tirano. Estaba vestido de negro y su rostro estaba cubierto con una máscara, pero aún así pudieron observar los cabellos, incoloros, pero inconfundibles, largos y lisos. Era Lucius Malfoy, sin duda.

“¿Y qué con eso?”, insistió Draco, sin sorprenderle su presencia juntó al innombrable. Después de todo, para él no era ningún secreto que su padre fuera un mortífago. Y tampoco lo era para Harry.

“Y... –susurró el mago tenebroso, adoptando una voz más viperina- Quiero que sepas que tu padre me ayudó a capturar a tu queridísimo profesor de Pociones. Lucius me ha hablado mucho de ti, ¿sabías eso? Tiene sus esperanzas puestas en ti, como el gran líder que podrías llegar a ser en el futuro. Pero también sabe de todas tus debilidades... como el cariño que le tienes a Severus Snape. Es por eso que lo trajo a mi trampa. Para anular todas esas debilidades, Draco”.

El rostro de Draco perdió todo rastro de color; ¿Severus capturado? ¿Su padre ayudando a tenderle una trampa? ¿Debilidades...?

“¿Usted lo tiene?”, preguntó con un hilo de voz.

“Lo tenía. Ahora él está muerto”.

“¿Qué...?, ¿cómo...? ¡Eso no puede ser cierto!”, exclamó finalmente, tratando de disimular el pánico y la angustia que sentía.

“Si no me crees, lo puedes ver por ti mismo. Está en la mansión, encerrado en las mazmorras”.

El rubio dudó unos instantes, observando a Harry con horror. No dijo nada, y no podía; su rostro estaba contraído en un grito de desesperación que jamás pudo escapar de sus labios.

Harry negó fervientemente con la cabeza, mientras le devolvía la mirada. “No le escuches, Draco, ¡él miente!”.

“Pero no es así –aseguró el innombrable-. Puedes ir y verle por ti mismo. Aunque te advierto que no te va a gustar lo que vas a encontrar. Severus no murió en las mejores condiciones”.

“Mentira... es mentira...”, balbuceaba el rubio, fuera de sí completamente, mientras retrocedía. Giró, dispuesto a correr hacia la mansión, sabiendo que jamás creería algo como aquello sin verlo con sus propios ojos, pero no pudo ir muy lejos, pues la barrera de mortífagos le impedía el paso.

“Puedes seguir, joven Malfoy –le aseguró con cierto desdén el mago oscuro, cruzado de brazos-. Lo que ves ahora es producto de mis recuerdos y por lo tanto es inmaterial. Atraviésalos y corre, muchacho. Snape te espera”.

Draco no necesitó escucharlo de nuevo, para correr y atravesar a esos viles lacayos como si fueran sólo espejismos, o fantasmas. Harry quiso correr tras él y detenerle, pero Voldemort se cruzó en su camino y lo impidió.

“¿Qué te propones con todas estas mentiras?”, le gritó el chico, enardecido.

“Los recuerdos nunca mienten, Harry. Simplemente son”.

“¡Los recuerdos pueden ser manipulados, como bien me lo enseñaste una vez, Tom Riddle!”.

Voldemort ignoró esas palabras y en su lugar replicó: “Tienes la sensación de que ya nada importa, ¿no es verdad? Entonces no debes sentirte muy preocupado por Sirius Black”.

Harry sintió que sus piernas se habían convertido en gelatina al escuchar a Voldemort mencionar ese nombre. Su corazón palpitaba con tal fuerza en su pecho, que tuvo que cubrirlo con una mano, tratando inútilmente de contenerlo.

Eso no estaba pasando, se repetía una y otra vez. Simplemente no podía estar sucediendo.

Sirius Black y Lord Voldemort eran nombres que jamás debían mezclase en la misma frase.

Tragó saliva antes de reunir el valor de preguntar: “¿Qué sabes tú de Sirius Black?”.

“Sé algo muy importante. Sé que está... muerto”, respondió el innombrable simplemente, relamiéndose de gusto al ver el rostro de espanto de Potter. La sensación que le embargó era cálida y dulce y le gustaba tanto ese sentimiento que sabía, jamás se hastiaría de él... Era el sabor de la venganza. “Puedes voltear y verle por ti mismo”, continuó, sonriendo ampliamente.

Harry no dijo nada; se había quedado sin palabras. Era extraño, pues no sentía nada, ni siquiera los latidos de su corazón. Quizás se había detenido. Quizás la pena era tan grande, que su pobre corazón había dejado de funcionar.

Y ahora no sentía nada.

Como si ni siquiera respirara, o quedara vida en ese cuerpo suyo, tan pequeño y delgado.

No sentía las manos, y el dolor que había provocado Voldemort había desaparecido. Al menos eso era bueno, ¿cierto?

¿Cierto?

Porque cuando Cedric murió, él había sentido mucho dolor. Y Cedric no era ni remotamente tan importante como Sirius en su vida. Sirius era su padrino y cuando probaran su inocencia, iría a vivir con él. Sirius había escapado de Azkaban por protegerlo. Había arriesgado su vida por él. Era un figura de respeto. Le admiraba. Era su amigo. Era lo más cercano que había tenido a un... padre.

Él era demasiadas cosas.

No podía estar muerto. No podía ser...

Pero igual giró. Tenía que saberlo, tenía que verlo por él mismo.

Los mortífagos se había movido, y ahora todos parecían formar un círculo alrededor de algo que no podía vislumbrar. Y ya se imaginaba lo que era.

Caminó hacia ellos, pensando en que debería atravesarlos como hizo Malfoy para descubrir aquello que observaban, pero apenas llegó allí, algunos se hicieron a un lado, dejándole el camino libre.

Vio algo rojo en el suelo, líquido aunque espeso, resplandeciendo. Era hermoso y espantoso al mismo tiempo. Era un color tan intenso en contraste con todas aquellas tonalidades de grises...

Caminó más.

El líquido rojo se esparcía en varios ríos, aunque todos provenían de la misma fuente.

La fuente era un cuerpo echado en el suelo. Un cuerpo de colores tan vivos como el rojo que había en el suelo. El rojo que era sangre. Sangre que escapaba de ese cuerpo sin vida. Un cuerpo sin vida al que le faltaba la cabeza.

Pero no necesitó ver su rostro para comprender de quién se trataba.

¿Y cómo describir lo que sintió en ese momento Harry Potter?

El horror que experimentó.

El asco. El odio. Las incontrolables ganas de curvarse sobre sí mismo y vomitar lo poco que había cenado.

Todas esas emociones, mientras escuchaba la risa estridente de Voldemort a su espalda, feliz de obtener la venganza que tanto anhelaba.

Un ruido y Harry desvió su mirada.

Algo se movía a su izquierda, algo como una cabeza. Una cabeza sin un cuerpo.

Era la cabeza de Sirius Black, quien había sido arrojada a unos metros de su cuerpo decapitado.

El muchacho abrió sus ojos al máximo, mientras sus labios entreabiertos quedaron paralizados. Quiso gritar, pero el sonido jamás escapó de su garganta. Y hacía bastante que no se acordaba de respirar.

La cabeza se movía, como si aún conservara algo de vida. Inconscientemente, Harry pensó que aquello no era posible...

Pero igual los ojos de esa cabeza se abrieron.

Sus ojos negros, cálidos y bondadosos, impregnados de esa fuerza a veces humana y a veces animal, pero siempre querida.

Siempre tan querida.

Esos ojos se posaron en los suyos, y las lágrimas comenzaron a correr en ambos.

¿Cómo podía estar llorando un muerto? Pensó el muchacho: Porque Sirius definitivamente estaba muerto y Harry supo que él mismo no podría sobrevivir a ese momento.

Él también iba a morir. Voldemort se sentiría bastante satisfecho de eso.

Los labios de Black comenzaron a moverse, a entreabrirse, tratando de hablar, aunque le costaba, quizás porque ya no disponía de cuerdas vocales en buenas condiciones, pensó el Griffyndor mordazmente.

Pero el sonido igual salió. Sirius dijo claramente: “Nunca olvides lo importante que has sido para mí y lo mucho que te quiero. Recuerda siempre que luché con todas mis fuerzas por darte un futuro mejor, que traté siempre de cumplir la promesa que le hice a tus padres, que sin importar lo que suceda, siempre voy a estar a tu lado. Nunca me olvides. Hasta siempre, Harry...”.

La daga helada que fueron esas palabras se clavaron en su corazón, que aún debía estar vivo, pues aquello dolió mucho, demasiado...

Un hoyo enorme y oscuro se abrió a sus pies entonces, haciéndole caer en un abismo profundo e infinito.

Rodeado de esa helada oscuridad, Harry Potter perdió el sentido.

****

Terminado el 17 de abril de 2003


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