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Anime/Manga » Saint Seiya » El Alma del Asesino font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Jocasta de Tebas
Fiction Rated: K+ - Spanish - Adventure/Romance - Reviews: 41 - Published: 09-14-03 - Updated: 08-29-05 - id:1520356

EL ALMA DEL ASESINO

Parte I — Santuario

De espaldas a la puerta, Milo repasaba las partes que componían la antigua espada que colgaba de la pared. Se hallaba totalmente concentrado en admirar aquella reliquia soberbia al tiempo que amenazadora, que iluminaba con su luz maléfica el minúsculo hueco que el joven llamaba dormitorio.

—Filo, montura, pala, lomo...

Dejó la última palabra en el aire, en su cosmos había sentido una presencia acercándose. Se giró y se encaró con la diminuta visita.

—Niklas... sabes que no deberías estar aquí.

El niño le miraba, con el rostro lleno de barro y los ojos de lágrimas.

—Milo...

—¿Has vuelto a meterte en problemas?— preguntó el espigado joven, impasible.

—En el pueblo...

Milo suspiró.

—Me llaman asesino. Ya lo sé.

El niño quiso reprimir su llanto, pero no fue capaz.

—Dicen... dicen que ella te matará...

—Si quiero conseguir la armadura de Escorpio, tendré que vencerla en combate— contestó el otro, sin darle mayor importancia.

—Tiene un nombre horrible, y, además, es fea también.

—¿Perséfone, horrible?— Milo rió—. Eso lo has oído de boca de tu hermano.

—¿Y qué?— Niklas se acercó a Milo y se abrazó a su cintura—. Anterón también dice que... no tienes alma.

Milo se agachó y se quedó a la altura del pequeño, mirándole a los ojos.

—¿Y a ti qué te parece lo que dice Anterón?— le preguntó, mientras le agarraba de los hombros.

—Que mi hermano es idiota.

Su hermano... Anterón fue rechazado en las pruebas previas a la admisión de aprendices para Caballeros de Atenea. Nunca pudo encajar la derrota, y culpó a Milo por ello.

Aunque, para ser sinceros, era más fácil culpar a otro que enfrentarse a sí mismo.

—¿Y tu hermana?— rompió Milo el silencio, alzándose para comenzar a empaquetar sus pertenencias para su viaje—. ¿Qué tal se encuentra?

Niklas le miró y se dispuso a ayudarle.

—Va a tener otro bebé.

Milo se quedó sorprendido.

—Vaya, menuda noticia— contestó, abriendo los cajones de la cómoda y apoyando sus palmas en ellos—. ¿Y él?— se giró, para mirar al niño— ¿Ha cambiado de actitud o sigue como siempre?

—No les he vuelto a ver discutir, y ella ya no tiene esos morados tan...

Milo pudo ver la dura mirada que mostraban aquellos jóvenes ojos, y su rostro adquirió una inusual gravedad. Sacó de un cajón de la mesita situada al lado de su cama papel, un sello y una pequeña caja. Lo plegó, luego de haber escrito algo en él y lo lacró, dejando secar la pasta a continuación. Niklas descubrió que el dibujo estampado era el de un escorpión. Abrió unos ojos como platos, interrogando a Milo con ellos.

—Si tu hermana vuelve a ser maltratada por ese bastardo, ven a buscarme al Santuario. Este salvoconducto te llevará ante mí y te aseguro— recalcó, mostrando un puño amenazante— que regresaré al pueblo y le arrancaré la cabeza con mis propias manos.

Niklas sonrió, feliz.

—Milo... eres muy bueno con nosotros.

—Silencio, Niklas— el aprendiz del escorpión miró teatralmente a todos lados—. No debe saberlo nadie, podrían pensar... que tengo... corazón...

Niklas le abrazó, echándose a llorar de nuevo.

—No te vayas, Milo... no te vayas...

El joven suspiró de nuevo, acariciando la rebelde pelambrera del pequeño.

—He de hacerlo, Niklas. No te preocupes por mí. Y no vuelvas a meterte en peleas, ¿has entendido?— susurró Milo, de nuevo a la altura del niño—. Estudia y conviértete en un hombre de provecho. No malgastes tu vida, como tu hermano Anterón.

—Yo quiero ser como tú, Milo.

—Como yo sólo puede existir uno, y no quisiera que tuvieras que pelear contra mí jamás.

—Me... ganarías...

—Y tendría que matarte— contestó Milo, serio.

—¿A pesar de ser... tu hermano?— replicó casi sin fuerzas, con su labio inferior tembloroso.

—A pesar de eso.

Niklas se estremeció, y dejó que los brazos de Milo le protegieran.

—Pero eso no ocurrirá, Niklas.

Se separó de él y le limpió las lágrimas con los dedos. Se alzó y siguió preparándose para su partida.

—Cuida de Calíope, y hazme saber si ella o tú tenéis problemas... con él.

El pequeño sonrió.

—Estoy orgulloso de tener un hermano como tú, aunque sea adoptivo.

—Niklas... —sonrió Milo—. Tu madre te estará buscando. Ve con ella.

El pequeño griego dio un salto para colgarse del cuello de Milo y obsequiarle con un sonoro beso, que este correspondió, mientras le abrazaba fuertemente. Lo dejó en el suelo y Niklas franqueó la puerta, erguido y orgulloso, con el salvoconducto en la mano. Aquel niño era lo único puro que Milo había conocido en años, pero el aprendiz del Escorpión Celeste sabía que si continuaba por esa peligrosa senda, acabaría convirtiéndose en un asesino.

Como él.

—¿Ya te has despedido de todos?— preguntó la mujer, con la máscara en la mano.

—Sí, ya he atado todos los cabos... susceptibles de atar. ¿Lo he dicho bien?— contestó el joven, sonriendo abiertamente.

Perséfone rió a su vez.

—Perfectamente, Milo. ¿Listo para dirigirnos al Santuario?

—Listo para todo, Maestra.

—El barco nos espera. Vamos.

Milo comenzó a caminar tras la mujer, con la pesada bolsa en su hombro. Al compararse con ella comprobó que había crecido, ya que Perséfone se le antojó más frágil y menuda que antes, de menos estatura que él. Llevaba muchos meses con ella, y poco a poco se había ido acostumbrando a su carácter, que tenía los mismos componentes que el círculo del ying y del yang: ardiente y helado, calmado y tempestuoso... como si con sus continuos cambios de humor quisiera mantener a Milo en constante alerta.

De aspecto dulce y apacible, con su metro sesenta y sus apenas cincuenta kilos de peso, Perséfone no era en absoluto una mujer débil. Era la única mujer caballero de oro de la orden, y su técnica de combate era, simplemente, envidiable. Tenía los ojos azules y el pelo oscuro y largo, que solía llevar recogido en una trenza. De su rostro, que pocos habían tenido la suerte de contemplar, se desprendía una fuerza interior sólo comparable a la audacia con la que ejecutaba los ataques de su constelación guardián.

Milo sonrió al recordar cuando él se le insinuó por primera y única vez: en una de las fiestas de la isla de Milos, la del solsticio de verano, trató de tocarle los pechos, borracho como una cuba. Ella le lanzó un puñetazo que le tiró boca arriba en la playa, para luego pisarle el cuello y recordarle que lo primero que hay que mantener con un maestro es una relación de respeto.

Le recalcó, con un pie aprisionando su traquea, que si Milo volvía a intentar una jugada así, ella lo despedazaría.

Aquella experiencia fue el inicio del cambio de opinión de Milo hacia su mentora. Desde aquel momento, Milo comenzó a absorber, como si de una esponja se tratara, las enseñanzas que Perséfone le fue mostrando a lo largo de los días que iban compartiendo. Al principio, Milo le tenía algo de inquina a la mujer, pero luego supo comprender su forma de ver las cosas, y el joven aprendiz dejó de verla como mujer para comenzar a tratarla como guerrera.

Como su maestra.

Estaba orgulloso de tenerla como mentora, a pesar que al principio, un grupo de aprendices se rieron de él en Milos cuando supieron que ella había abrazado la doctrina de Artemisa Cazadora.

Se reían porque Perséfone... era lesbiana.

Apoyado en la barandilla de cubierta, Milo observaba cómo la isla donde había nacido desaparecía de su vista. Perséfone, con los ojos cerrados y la cara hacia el azulado cielo, sonreía tímidamente.

—Puedo notar tu nerviosismo sin ni siquiera encender mi cosmos, Milo.

—No estoy nervioso, maestra.

—Claro que no, Milo, "nervios de acero" jamás pierde la compostura... anda, cuéntame lo que sientes.

—Jamás he salido de Milos, maestra. Mi vida va a dar un giro considerable una vez pise suelo sagrado.

—Es cierto. Allí conseguirás tu armadura.

—¿Y si fallo?

—Morirás— finalizó ella, abriendo los ojos y encontrándose ambas miradas.

—No sé si estaré preparado para recibir ese honor y esa responsabilidad, si salgo con vida de esta aventura.

Ella abrió la boca, atónita.

—Es la primera vez que te veo dudar, Milo. ¿Será verdad que a pesar de tu juventud, ya empiezas a utilizar el cerebro?

Milo meneó la cabeza.

—No estoy bromeando.

—Lo sé, pero empezar a preocuparte por la armadura cuando ni siquiera has entrado en el Santuario, me parece un poco precipitado. Todo irá como debe ir. Así son las cosas.

Milo bufó y miró hacia el mar Egeo, perdiéndose en él.

—Milo, te comprendo mejor de lo que crees. Yo pasé por lo mismo, y mi maestro antes que yo. Es normal que sientas dudas. El Santuario impresiona, y el Patriarca, mucho más.

—¿Conoceré al Patriarca?

—Sí. Cuando hayamos llegado, debemos ir a presentar nuestros respetos y a pedir cobijo en el Santuario.

—Yo creí que íbamos a vivir en el Templo del Escorpión.

—Y así será— sonrió— pero las cosas tienen un cauce, Milo, y ese es el primer paso que debemos dar para instalarnos allí.

—Ardo en deseos de verle en persona. No consigo imaginarme cómo será estar ante él.

Ella le miró, sombría. Aquella impaciencia era una debilidad que Milo tendría que eliminar si quería conseguir vencerla en combate.

—Sólo espero— finalizó él, pensativo— que me deje quedarme con la espada. No soportaría perderla.

—Si es su voluntad, te la quedarás, y si el Patriarca decide que no mereces ese honor, te desharás de ella. El Patriarca es la voz de la diosa Atenea. No lo olvides.

—No lo olvidaré— contestó él, confiando en poder, al menos, escamotear la espada para conservarla a su lado.

Aquella espada era lo único que le mantenía unido a su pasado.

Y en silencio, escuchando únicamente el agua chocar contra el casco del barco, estuvieron un buen rato contemplando el hermoso mar griego, muy cerca ya de Atenas.

Milo desembarcó y el trayecto que recorrieron a pie desde el Puerto del Pireo hasta la zona donde se vislumbraba el Partenón se le hizo interminable. Eran unos pocos kilómetros, pero para el estómago de Milo parecieron millones. Su sentido del peligro, algo que había desarrollado al igual que sus poderes, con duro entrenamiento, zumbaba como si fuera un abejorro enfurecido. El nerviosismo era patente cuando las puertas del Santuario, custodiadas por dos guerreros uniformados, estuvieron a la vista.

—Respira hondo, Milo de Escorpio. Vas a entrar en un lugar que regirá tu vida para siempre— susurró Perséfone, presionando ligeramente el brazo de su aprendiz, para tratar de infundarle tranquilidad.

Franquearon la entrada, tras darse a conocer tanto ellos como sus intenciones, y caminaron por los caminos sin asfalto, adentrándose en una cultura milenaria de la que ni siquiera los propios griegos eran conocedores. Al llegar al Coliseo, Perséfone dejó al joven Milo admirar aquella maravillosa construcción, y recorrer con sus vivaces ojos todo lo que la vista era capaz de alcanzar, empapándose de conocimiento. Era como un niño pequeño, asombrado ante la magnificencia del Santuario, emocionado, tembloroso y lleno de excitación.

—Vamos, Milo, tenemos que franquear los Doce Templos.

Se iban cruzando con los diversos aprendices y algún maestro, todos ataviados al estilo griego. Túnicas, o uniformes de entrenamiento, la vestimenta era muy parecida en todos ellos. Quizás cambiaba el color, o incluso el tejido, pero los habitantes del Santuario mantenían una gran similitud en cuestión de aspecto.

Milo se miró y vio que él iba vestido con ropas de calle. Pantalón oscuro, camisa de lino, y calzado deportivo. Ni siquiera llevaba las protecciones de las muñecas que utilizaba para entrenar. Quiso vestirse con su mejor ropa, y a pesar que estuvo durante bastante rato eligiendo su indumentaria, en aquel momento se sintió desplazado, fuera de lugar.

Miró a Perséfone de reojo, y se dio cuenta de que ella también iba vestida con uniforme de entrenamiento, oculto bajo un liviano peplo, que disimulaba sus formas femeninas.

Quiso comentar algo al respecto, pero al comenzar a subir las escalinatas que terminaban en la Casa de Aries, se olvidó por completo. Al penetrar en el primero de los templos, Milo se quedó con la boca abierta.

—Siento el cosmos del caballero que custodia esta Casa, maestra... —musitó, emocionado.

—Sí, y él nos permite franquear su Templo. Cuando vayas tú solo, tendrás que avisar de que deseas pasar cada vez que cruces cualquiera de los templos, pues de lo contrario, el caballero custodio podría tomarte como una amenaza y se vería en la obligación de atacarte.

—Lo haré— asintió gravemente.

Y Milo, cada vez más emocionado, recorrió todas las casas hasta llegar al palacio del patriarca.

Las puertas de la Cámara de Audiencias se abrieron, y al fondo, en un gran sillón, se vislumbraba la figura de un hombre muy alto, con un casco de aspecto demoníaco, máscara y túnica hasta los pies. Junto a él, un joven se disponía a abandonar la sala.

—Adelante, Perséfone— atronó el Patriarca.

Perséfone hizo una seña y Milo comenzó a caminar detrás de ella. Enfrente suyo, un muchacho espigado de azulados cabellos hasta la cintura, y un flequillo rebelde partido en dos se cruzó con ellos a la altura de la puerta de entrada. El joven miró a Milo, levantó una ceja y desapareció por el pasillo.

Milo no pudo evitar sentirse ligeramente intimidado ante aquel joven, que tendría unos 22 años, cuando sus miradas se cruzaron.

Tenía ojos de demente.

—Caballero de oro Perséfone, del signo del Escorpión, a su servicio, alteza. Mi aprendiz y yo venimos desde la lejana Isla de Milos para suplicar cobijo en esta tierra sagrada protegida por la diosa Atenea.

—Perséfone— la voz del Patriarca era poderosa, como su presencia.— ¿Qué es lo que has traído desde Milos? ¿Este joven que tengo ante mí es tu aprendiz?

Ella clavó una rodilla en el suelo, y le indicó a Milo que hiciera lo mismo.

—Sí. Es Milo, el aprendiz del Escorpión.

—Así que este es Milo... — se levantó, y se acercó al joven—. ¿Y crees que éste muchachito alcanzará algún día el honor de vestir una armadura de oro? Parece un bufón. O peor aún, una prostituta llena de abalorios. Una digna hetaira seguidora de Afrodita Pandemos.

Milo levantó una ceja, estupefacto.

Por primera vez se quedó sin argumentos.

—Levántate, Milo...

El joven obedeció, y al verse ante el Patriarca, se dio cuenta de lo corpulento y alto que era.

La máscara, de brillos azules, era tan intimidatoria como él.

—Veamos... su vestimenta... un pendiente... un colgante pagano... pulseras, seguro que regalo de alguna golfa como él... —el Patriarca hablaba sin ni siquiera dignarse a dirigirse a él directamente—. En vez de un guerrero, has traído un efebo emperifollado... Por Atenea, Perséfone. Deberías haberlo dejado en el puerto del Pireo, en las casas de laciocionio, o mejor aún, podría pasar a formar parte de las huestes de Dionisio Eleuthero.

Milo sintió la sangre arder. Perséfone no le había avisado de cómo tenía que ir vestido, por lo que no creía ser merecedor de aquella humillación.

—Yo...

—No te he dado permiso para hablar, efebo. Así que cierra tu joven boca y escucha las palabras de tu Patriarca. No eres el primero que pasa por esta sala, ni serás el último. He conocido a multitud de guerreros en mi larga vida, y la mayoría de los que tenían la mirada como la tuya, la de un asesino, ahora mismo están bajo tierra, en los dominios del Hades. Milo, sólo tendrás una oportunidad para demostrar que eres digno de formar parte de la Casa del Escorpión. Acatarás todas mis órdenes, sin preguntar motivos y razones. Yo ejecuto la voluntad de Atenea, ya que ella habla por mi boca.

Milo asintió, impresionado. Quiso decir algo en su defensa, pero no lo consiguió.

—Y, por favor— dijo el Patriarca, mientras elevaba una mano y, encendiendo su cosmos, le lanzaba tres golpes tan finos que el pendiente, el colgante y la pulsera de cuero de su muñeca derecha cayeron al suelo, limpiamente partidas en dos—. Recoge esas baratijas y vístete como un caballero al servicio de Atenea. El Santuario exige respeto por parte de todos. Actúa en consecuencia.

—Sí, Patriarca.

El altísimo guerrero se giró, y con una mano indicó que abandonaran la sala. Ni maestra ni alumno dijeron nada hasta que llegaron a la entrada de la Casa del Escorpión.

—Ya me podías haber dicho que no tenía que ir vestido así, maestra.

—Milo— dijo ella, con la máscara puesta, cosa que el joven odiaba— Ya no estamos en Milos, sino en el Santuario. Aquí las cosas son muy diferentes, como te habrás dado cuenta. Observa, estudia, medita y actúa en consecuencia. Si eres capaz de realizar estas cuatro cosas, es posible que sobrevivas.

—Es peligroso vivir aquí...

—No más que en cualquier lugar donde estén los cuerpos de elite de cualquier ejército, Milo.

Miró hacia todos lados, cuando penetró por segunda vez en la que iba a ser su Casa.

—Lo cierto es que no recordaba— susurró ella— el tétrico sentido del humor que tiene... eso sí, sus poderes siguen siendo tan mortíferos como siempre.

—No le vi moverse y me lo arrancó limpiamente todo... es... increíble...— contestó él, mirando sus pertenencias, aún en su mano.

—Elige área: izquierda o derecha.— preguntó ella, cambiando de tema.

—¿Cómo dices?— contestó él.

—Izquierda o derecha. Rápido, elige.

—Derecha.

—Perfecto— contestó ella. La parte derecha del Templo es la tuya, la izquierda será la mía. Vamos a tu cámara privada. Te mostraré las instalaciones de la Casa del Escorpión.

—Caballero de oro Aiolos, del signo de Sagitario, para serviros, alteza.

—Adelante, Aiolos— movió la mano el Patriarca, invitándolo a acercarse a él—. ¿Me traes algún informe nuevo?

—Sí, y algún que otro rumor— contestó el otro, esbozando una sonrisa.

Shion se levantó de su trono, y despidió a los sirvientes que pululaban por la sala. Luego, con un leve gesto, indicó a Aiolos que le siguiera, y penetraron en las cámaras privadas del templo, hasta una pequeña sala acogedoramente decorada.

Shion se quitó el casco y la máscara, y Aiolos suspiró, cansinamente.

—Pareces agotado— susurró.

—Tengo edad para estarlo varias veces, jovencito— le contestó Shion, sonriendo.

Aiolos asintió con la cabeza.

—Toma asiento, y déjame prepararte una infusión. El té de mi país sigue siendo el mejor del mundo.

—De acuerdo. ¿Quieres que dejemos los informes para más tarde?— preguntó Sagitario, mirando a Shion desde la silla donde se había sentado.

—No, ve contándome los más livianos ahora, para luego concentrarnos en los más complicados.

—De acuerdo— Aiolos le sonrió y las marcas faciales de Shion, los puntitos sobre la frente, en el lugar donde tendría que haber existido el concepto "ceja", se arrugaron deliciosamente.

—Tu hermano... ¿no tendrá que ver con algún informe de queja?

—No, esta vez se está comportando dignamente. El último castigo resultó bastante efectivo— rió Aiolos, recordando la cara de Aioria, el aprendiz de Leo, después de su ayuno forzoso de dos días.

—Pues entonces, tú dirás. Te escucho— Shion sirvió el té en las tazas y colocó en la mesa la destinada a Aiolos.

—En la puerta norte, el guardia del tercer turno se durmió en su puesto. Hubo que destituirle y ahora forma parte del grupo de cocina.

—Un despiste imperdonable, incluso para un muchacho tan joven— musitó Shion—. Tendremos que reforzar esa zona. El Monte Estrellado está muy cerca— meneó la cabeza, pensativo, mientras acercaba la infusión a sus labios.

—Reforzar zona norte... Apuntado—. Aiolos escribía en su cuaderno las órdenes de Shion—. Siguiendo con la zona norte, los disturbios en las áreas de entrenamiento allí ubicadas se han saldado con varios heridos. Creo que habría que volver a separar a los caballeros de plata Algol y Tremi de los aprendices.

—Perseo Algol... Hace poco que consiguió su armadura de plata, ¿o me equivoco?

—En efecto. Y arrastra al otro como el viento a una brizna de paja— contestó, con acritud.

—Pues separarlos de los aprendices es una prudente decisión. ¿Te encargarás tú de ella?— Shion le acercó su taza, humeante, y le miró a los ojos.

—Ya me he encargado. No les ha gustado mucho la idea, pero ahora se encuentran alejados del resto. Perseo adora la violencia... de una manera excesiva.

—Perseo... Algol... "la estrella del demonio" significa su nombre... —Shión se acercó al joven sagitario—. Hechizante... hipnotizante... —se hincó de rodillas ante el caballero de la Novena Casa—. Como demoníaca es tu presencia para mí, Aiolos...

—Dioses... Shion... Esto... esto que hacemos no está bien... Tú eres el Patriarca, la voz de Atenea... y siempre terminamos retozando en tu lecho.

—Necesitas liberar tensiones, y yo deseo sentirme vivo otra vez.

Aiolos asintió. No podía negarle nada al hombre que regía el Santuario, así que relajó el rostro, recostó su cabeza contra la pared y dejó que la boca maestra del capitán de los Caballeros de Atenea gozara de su cuerpo una vez más, admirara su juventud y susurrara, quedamente, palabras de amor a la luz de las velas.

En el año 416 antes de Cristo, los atenienses, sitiaron primero e invadieron después la Isla de Milos, masacrando a sus habitantes, porque no les habían perdonado su neutralidad en el conflicto del Peloponeso... Las mujeres y los niños fueron vendidos como esclavos y los hombres lucharon, ferozmente, hasta que los atenienses consiguieron someterles...

Milo miró la espada, y buscó un lugar donde colocarla en su pequeña y acogedora habitación. Estaba en la Casa del Escorpión, el octavo templo, y la excitación había borrado el mal rato que el Patriarca le había hecho pasar. Lo primero que hizo fue guardar la ropa de calle, vestirse con el uniforme de entrenamiento que reposaba sobre la cama, y a continuación estudiar a fondo el lugar donde viviría hasta que consiguiera la armadura.

La armadura... sería un guerrero, como sus antepasados.

Como los hombres de los que le había hablado su padre.

Meneó la cabeza, no quería recordar a nadie que no fuera él mismo. Sabía que sentir nostalgia le convertía en alguien vulnerable, lo contrario a lo que se suponía que era un escorpión.

—¿Ya te has instalado?— oyó una voz femenina a su espalda.

—Sí— contestó él, volviéndose.

—Creo que luciría espléndida sobre la cabecera de tu cama, Milo— comentó Perséfone, quitándose la máscara y señalando con los ojos la reliquia.

—Algún día te sorprenderán con el rostro descubierto y tendrás que casarte conmigo— bromeó él.

Perséfone mostró una amplia sonrisa.

—Ah, Milo... nunca te cansas... tu vehemencia te salvará la vida muchas veces, estoy segura.

Milo se dispuso a salir de la habitación, no sin antes guardar de nuevo la espada. Perséfone le alargó una caja de metacrilato, con un escorpión dentro.

—Aquí tienes a tu nuevo amigo. Estúdialo. Aprenderás mucho de tí mismo cuando comprendas su naturaleza.

—Pero...

—Toma— le colocó sobre su mano un libro—. Esto te ayudará.

—No estoy aquí para estudiar zoología, maestra.

—Cierto— y un segundo libro fue colocado sobre el primero—. También aprenderás astronomía.

Milo abrió unos ojos como platos.

—Sigues viéndome como si fuera un niño, y ya he pasado las pruebas de...

Perséfone lo taladró con la mirada.

—Unas simples pruebas no te confieren la categoría de hombre, Milo. Ni siquiera la edad te dará ese título, sino la experiencia. Estudia tu entorno, y tendrás la mitad del camino recorrido.

Milo torció el gesto, dándose por vencido.

Colocó los libros sobre la rudimentaria mesa de estudio situada a su izquierda y al escorpión lo acomodó sobre la pila que formaban estos. Tendría que conseguirle un terrario para que tuviera espacio para moverse.

—¿Viviste aquí cuando eras aprendiz?— le preguntó.

—No. Estuve en el campo de entrenamiento femenino hasta que conseguí ser aprendiz del Escorpión. Luego, en Creta se completó mi formación hasta que conseguí la armadura en combate. Lo cierto es que— le miró a los ojos— ni siquiera mi maestro vivía aquí.

—Entonces, nosotros... somos los primeros en ocupar el Templo.

—Eso parece— contestó ella, suspirando.

—¿Crees que... el tiempo de paz está por terminar?

Perséfone dio un respingo al oír la pregunta.

—No lo sé, Milo, pero estoy segura que el Santuario, tal y como lo conocemos... está a punto de cambiar.

Milo dejó el resto de sus pertenencias sobre la cama y observó al escorpión sobre la mesa de estudio.

—Vamos, mi joven aprendiz... visitemos esta tierra sagrada, y veamos qué nos puede ofrecer el Santuario para divertirnos...

Milo la volvió a mirar, sorprendido.

—Ah, Milo, hasta una vieja guerrera como yo tiene sentido del humor...— y le empujó, suavemente, para dirigirlo hacia el Coliseo.

Había bajado al pueblo, para mezclarse entre la multitud. Todos sabían que pertenecía a la orden del Zodíaco, por lo que era respetado y venerado como si de un dios se tratase. Con su aspecto imponente, de belleza arrebatadora, Saga visitaba la casa de algún campesino para recibir un baño de alabanzas por parte de los habitantes de Rhodrios, y así calmar el despecho que cada día iba creciendo más y más.

El despecho... y la dualidad en sí mismo.

Aiolos, el caballero de Sagitario y él, el de Géminis, eran amigos desde años atrás. Griegos de nacimiento, el joven Aiolos y Saga compartieron muchos momentos, tanto trágicos como cómicos, consiguiendo incluso la armadura de la orden al mismo tiempo.

Incluso durante un breve periodo compartieron algo más que ser caballeros al servicio de Atenea.

Saga y Aiolos habían sido amantes.

La rectitud del caballero de Sagitario le hizo plantearse aquella relación y un buen día, le confesó a Géminis que no deseaba continuar con aquello. Saga se lo tomó relativamente bien, y más teniendo en cuenta que no era capaz de amar a nadie que no fuera él mismo. Con Aiolos se sentía comprendido, quizás por haber estado juntos desde niños.

Pero Saga descubrió que no había sido la rectitud del caballero de Sagitario lo que había hecho que Aiolos le abandonara.

La culpa de aquello la tenía el propio patriarca, Shion.

Saga no fue capaz de dar crédito a sus oídos cuando una mañana les escuchó. El sonido inconfundible de varios jadeos ahogados, en las cámaras privadas del patriarca, y la figura de Aiolos saliendo minutos después, fueron el detonante de aquella desazón que estaba destruyendo a Saga.

Sólo el reconocimiento de los habitantes del pueblo calmaba aquel fuego interior.

—Saga...— el joven Géminis sintió un cosmos a su espalda.

Se giró y miró al otro.

—Kanon... ¿aún entrenando?

El gemelo de Saga sonrió sarcásticamente.

—No tienes buen aspecto.

—Pues me encuentro perfectamente— cortó Saga, intentando no continuar con la conversación, ya que sabía qué derroteros iba a tomar.

—¿No puedes dormir, señor virtuoso?— Kanon rió, y Saga hizo una mueca despectiva— Deberías hacer caso a tus instintos, y dejar tanta santidad de lado.

—¡Kanon, te he dicho mil veces que dejes de decir tonterías!

—Tonterías, tonterías... —Kanon rió, mientras se ajustaba las vendas de las muñecas, algo sucias a causa del entrenamiento— Soy tu gemelo, siento lo mismo que sientes tú, y ahí dentro— le señaló el corazón, gesto a lo que el otro respondió con una mirada gélida— está creciendo un monstruo que dentro de muy poco se apoderará de ti.

—¡Tú eres el corrupto, Kanon!— le gritó el otro, con ademán de empujarle si seguía por aquel camino—. Yo estoy por encima de todo eso, en el pueblo me adoran, y en el Santuario soy muy respetado. Además— sonrió sardónicamente— él me elegirá como su sucesor. Estoy seguro de ello.

—Pero qué iluso eres, hermano— Kanon meneó la cabeza, al tiempo que le señalaba con el dedo, mientras le miraba, retador—. ¿Crees que los favores sexuales de Aiolos no serán recompensados?

—Shion no dejará que su cabeza se nuble por algo tan estúpido como una relación con Sagitario— gruñó Saga, deseando terminar aquella conversación—. Buscará lo mejor para el Santuario.

—Hermano, te vas a llevar una amarga sorpresa si sigues confiando en tus posibilidades de esa forma tan ciega— Kanon se acercó a Saga, y le colocó un brazo sobre el hombro, a lo que Saga se apartó aunque sin mucho aspaviento—. Si dejaras tus aires de santidad, como ya te he dicho, y observaras lo que está ocurriendo a tu alrededor, te darías cuenta que en la carrera por el poder del Santuario te estás quedando el último.

—Si sigues hablando de ese tema— atronó Saga, y sus ojos se inyectaron en sangre— voy a tener que tomar medidas, Kanon.

—Saga... tú y yo, como hermanos, podríamos dominar el Santuario primero y el planeta después, nuestros poderes nos harían invencibles.

—¡Kanon!— se apartó de él, desencajado— ¡Deja de urdir planes absurdos, o te convertirás en mi enemigo!

—Saga, tu enemigo... eres tú mismo.

Y Kanon se alejó de su hermano, dejándolo con la cabeza a punto de estallar.

Milo observaba cómo su escorpión, al que originalmente había bautizado "Sting" devoraba la presa que le había dejado caer ante las pinzas. Fascinado por la belleza del animal, y sin embargo, asqueado al comprobar lo letal de su naturaleza, no oyó la petición de entrada que estaba siendo formulada desde el quicio de la puerta.

Cuando se giró, se asustó y se levantó de la cama donde estaba sentado, para colocar luego la caja de metacrilato en un lugar más acorde que el mullido colchón.

—Realicé la petición pero no hubo contestación— dijo el jovencito desde la puerta del cuarto de Milo— Así que me he atrevido a pasar. Mi nombre es Aioria, y soy el aprendiz de Aiolos, caballero del signo de Sagitario.

—Aioria... del León Estelar— contestó Milo, mientras con la mano le invitaba a pasar.

—En efecto. Mi hermano estuvo hablando con tu maestra, y estuvieron de acuerdo en que tú y yo entrenáramos juntos.

—¿Entrenar?— preguntó Milo—. Perséfone y yo solemos hacerlo a solas. Aunque desde que llegué al Santuario, pocas veces he tenido el privilegio— movió la cabeza disgustado— de poder siquiera hablar con ella. No sabía— le miró a los ojos, unos ojos grandes y puros— que Perséfone estuviera tan ocupada, ni que llevara tantos asuntos del Patriarca.

—Al igual que mi hermano, Perséfone es un caballero dorado. Y si el Patriarca decide enviarlos a misiones en el otro extremo del planeta, lo único que podemos hacer es esperar a que vuelvan.

Milo asintió, y lanzó a Aioria una rápida mirada. Era un joven atractivo, de pelo castaño y corto ligeramente ondulado, con unos ojos verdes llenos de vida y una sonrisa francamente encantadora. Los surcos entre sus cejas denotaban que tenía un carácter explosivo, y por sus brazos y espalda, que estaba acostumbrado a realizar grandes esfuerzos en los entrenamientos. Tenía una forma física envidiable, y parecía igual de alto que Milo.

—¿De qué parte de Grecia eres?— preguntó el aprendiz de Leo.

—De las Cícladas. De la isla de Milos, exactamente. ¿La conoces?

—No. Solamente la he visto en ilustraciones. La verdad es que yo nunca he abandonado la península. Nací aquí, en Atenas.

—Pues Milos es de origen espartano— sonrió Milo—. En otros tiempos, seríamos enemigos.

—¿Espartano, dices?— Aioria rió—. No tienes aspecto de espartano. Tu pelo es excesivamente largo y tu cara...

—Perdona que te interrumpa— contestó Milo, a la defensiva—, pero los espartanos lucían largas melenas en su edad adulta, y sobre mi cara, ¿qué le pasa a mi cara exactamente?— inquirió, algo molesto.

—Es demasiado...

—Demasiado... ¿demasiado qué?— dijo agitando las manos, como si ese gesto fuera a obligar a Aioria a confesar.

—Ah, ya veo que os habéis conocido— la cabeza de Perséfone se asomó, cubierta por la máscara, por la puerta.

—Maestra... sí, Aioria me estaba hablando de mi aspecto antiespartano.

El joven León rió alegremente.

—Señora Perséfone, su aprendiz tiene muy poco sentido del humor— añadió Aioria, riendo más fuerte aún.

—Pues como veo que os lleváis tan bien y aún tenéis los dos brazos y las dos piernas, me voy más tranquila. Milo, entrenarás con Aioria durante los días que tarde en terminar mi misión. Aiolos te supervisará si tienes alguna duda. Y si surgen problemas, y espero que no sea así— recalcó esta última frase— tendrás que volver a vértelas con el Patriarca. Así que ya sabes lo que tienes que hacer.

—Como ordenes, Maestra.

Ella se retiró, dejando a Milo algo compungido.

—Pues sí que es estricta— susurró Aioria—. Pero por Atenea que el cuerpo que tiene es de pecado. ¿No la has visto?... ya sabes...

Milo le miró, alucinado.

—No, no la he visto porque de haber sido así, ahora mismo tendría cuencas vacías donde tengo los ojos, y aunque me considero audaz, no se me ha pasado por la imaginación espiarla en los baños.

—Pues a mí no me importaría...

—¡Aioria!— cortó Milo, tajante—. Es mi Maestra. Y exijo un respeto por tu parte cuando hables de ella.

—Está bien... espartano— sonrió Aioria, rascándose la nuca—. Luego, cuando el sol esté algo más bajo, vendré a buscarte para salir a correr alrededor del Coliseo. Supongo que tendrás que atender a tu mascota— finalizó, señalando al escorpión.

Milo sonrió, y levantando una ceja, se puso en jarras ante el león.

—No lo conseguirás, Aioria.

—¿El qué?

—Sacarme de mis casillas— sonrió, tan seguro de sí mismo, que hasta su dentadura pareció resplandecer.

—No me tientes... no me tientes, Milo, que te puedo garantizar que si me lo propongo...—y su voz voló, dispersa, entre las columnas del templo del Escorpión, mientras Aioria abandonaba la estancia.

Perséfone se acercó a la Sala de Audiencias y carraspeó antes de solicitar una entrevista con el Patriarca. Esperó pacientemente hasta que la puerta de doble hoja se abrió y cuando el guardia le indicó que pasara, ella penetró en la enorme estancia, caminó por la alfombra roja que llevaba ante el sillón presidencial, y clavó la rodilla en el suelo, una vez estuvo cerca del singular capitán de la orden del Zodíaco.

—Caballero de oro Perséfone, del Signo del Escorpión, a vuestras ordenes— susurró ella.

—Perséfone del Escorpión... tengo una misión para ti.

Ella siguió con la mirada clavada en el suelo, su máscara brillaba bajo las luces de la cámara.

—Estoy preparada para cualquier eventualidad, como bien sabéis.

El Patriarca se levantó y se acercó a ella, tocándole el hombro para que la mujer se pusiera de pie.

—Perséfone... siempre he podido confiar en ti. Vayamos a mis cámaras privadas, necesito hablar contigo... a solas.

—Por supuesto, Patriarca.

Antes de que los dos se dispusieran a abandonar la Sala de Audiencias, oyeron un alboroto en el exterior. Perséfone expandió su cosmos y consiguió detectar quien estaba en medio de la discusión. Arrugó el rostro al conseguir definir tan bien al enemigo.

Un par de gritos más y el revuelo cesó. La tensión en la cámara era palpable.

—Kanon... — gruñó la mujer entre dientes, dispuesta a investigar.

Shion se lo impidió.

—Maldita sea— dijo Shion—. Ese muchacho es tan conflictivo como poderoso.

Los brillos de las máscaras de ambos parecían competir en su fría luz.

—¿Deseáis que compruebe que todo está en orden, Patriarca?

—No es necesario. Saga se ocupará.

—Como deseéis. Entonces, decidme qué queréis de mí— quiso finalizar, para evitar que el disgusto que sentía fuera excesivamente palpable.

Shion la invitó a pasar a la biblioteca, e indicó a los guardias que no debían ser interrumpidos.

Perséfone se sentía nerviosa, tanto que su sentido del peligro, potenciado por el entrenamiento, le gritaba a todas horas que algo horrible estaba a punto de suceder.

—Tu cosmos me indica que tienes una honda preocupación, Perséfone— musitó él, preparando un té.

—Shion, jamás he sido capaz de ocultar nada a tu percepción— contestó ella, relajándose en el asiento que estaba frente a él. Miró a su alrededor, y sonrió al comprobar que allí se podía respirar cultura. Sintió una punzada de celos, al ver aquellas reliquias allí escondidas, sólo para uso y disfrute del Patriarca y allegados... Le encantaría encerrar a Milo allí para que al menos eligiera uno de aquellos libros, y se lo leyera. Milo... su intrépido pupilo. A pesar de todo lo que le había dicho, y de la barrera que había colocado entre los dos, a Perséfone le encantaba la voz del muchacho. Le parecía tremendamente sensual, y imaginársela recitando los clásicos era un sueño para ella, imposible de convertir en realidad.

Estaba segura que Milo no sería capaz de entenderlo. Además, ella, que desde la muerte de Pallas había abrazado las doctrinas de Artemisa Cazadora...

—Podrás elegir cualquiera de los libros que están aquí si realizas tu misión con prestancia, como siempre— interrumpió él sus pensamientos.

—Shion, sabéis que no es necesario recompensa alguna.

—Perséfone— se quitó la máscara, y quiso mirarla a los ojos, aunque sabía que ella no se descubriría aún ante él— Eres mi caballero más eficiente. No te dedicas a cuestionar mis órdenes, y las acatas sin protestar... Eres más valiosa para mí que muchos de los aduladores que tengo a mi alrededor.

—Lo haría de la misma manera aunque no me uniera una gran amistad y una honda admiración por vos, Shion.

Él le alargó el te, y sonrió, tristemente.

—Admiración— dejó la palabra en el aire—. Vosotros, los jóvenes, os sentís atraídos por mi experiencia— suspiró—. Muchos años, muchas batallas y quizás excesivos recuerdos hacen de mí un blanco perfecto para que los más ignorantes me vean como un objeto susceptible de conquista a los ojos de su audacia... pero no es tu caso. Tú me respetas como capitán, y no has tratado de meterte en mi cama, caballero del Escorpión. Por eso te confío las misiones más arriesgadas, y las que más peligro para el Santuario entrañan.

—Sabéis que jamás me atrevería a veros como hombre, Shion.

—Lo sé, y aunque soy capaz de percibir tu exquisita belleza femenina, y sé que tú aprecias más cosas de mí que mi rango— sonrió abiertamente—, respeto y admiro tus convicciones, aunque no las comparto.

—No quisiera volver a repetir que la muerte de Pallas jamás será expiada si yo soy feliz...

—No, no es necesario que lo repitas. Solo puedo decirte que su muerte fue un trágico accidente. De todos es conocido que cuando entramos en la orden podemos morir en cualquier momento. La tragedia fue que a ella ese momento— estiró la frase, entristecido— le llegó demasiado pronto.

—La atravesé con una jabalina, Shion— dijo ella, con la voz quebrada.

—Y al amarla de aquella manera el dolor aún no ha desaparecido— contestó él, compungido.

—Jamás dejaré de quererla.

—Por eso te he obligado a que tomaras un aprendiz.

Ella levantó la vista, y se quitó la máscara para mirarle a los ojos.

—¿Qué tiene que ver Milo en todo esto?

—Sólo tú serás capaz de hacer de él un caballero de oro. Y sentiré honda pena al no tenerte a mis órdenes, ya que si él consigue la armadura significará que él te reemplazará como guerrero de la Octava Casa... sin embargo, no quisiera perderte como amiga y consejera.

—Siempre estaré a tu lado, Shion. Desde que llegué y me convertí en caballero, te he apoyado en todo, y lo sabes.

Shion sonrió, y la miró con dulzura.

—Perséfone —cambió de tema, drásticamente—. La estructura política del Santuario va a sufrir cambios profundos, y no sé hacia donde nos van a llevar las novedades.

—¿Has visto algo en el Monte Estrellado? ¿Las profecías anuncian algo trágico?

—Atenea está a punto de renacer.

Perséfone abrió unos ojos como platos.

—Atenea...— susurró.

—Sí, y yo deseo nombrar a un nuevo Patriarca para retirarme.

—No puedes dejar la dirección de la orden, ¡No puedes, Shion!—. Ella dejó la taza, ya vacía, en la mesita que estaba a la derecha de los dos interlocutores.

—Me siento cansado. Más que cansado, agotado.

—Lo imagino, pero no sé a quién de los que te rodean...— meneó la cabeza y sonrió, comprendiendo a quién había elegido Shion como nuevo Patriarca—. Aiolos.

El asintió.

—Sí. Sagitario me sucederá. Saga será su apoyo.

—¿Saga sabe lo que me acabas de confesar?

—Aun no. He de convocarlos a ambos para comunicarles mi decisión.

—¿Cuándo será el momento en que lo hagas?

—Cuando tú vuelvas de España de llevar un presente a Shura, y a todos los que viven en el Santuario de la Cabra Montesa. No quisiera que aliados tan poderosos creyeran que Shion, oráculo de la Diosa Atenea, les ha olvidado.

—Vuelvo a ser la cabeza visible de la orden del Zodíaco, su embajadora.

—Tu capacidad para adaptarte a las situaciones, y tu diplomacia, así me obligan a actuar.

Ella sonrió.

—Cuando Atenea se rebele, obligaré a abolir la estúpida ley de las máscaras, Perséfone. Los ojos son el espejo del alma, reza el refrán.

—No sería una mala idea. Pero ya hablaremos de ello cuando vuelva.

Shion se levantó y la abrazó, cálidamente. Ella no rechazó el contacto. Sólo en los brazos del caballero de Aries se había sentido protegida. Cuando se separó de él, le miró, interrogativa.

—No me dijiste cuál fue la impresión que te causó Milo, Shion.

—Ah... el hermoso efebo... tan impactante es su belleza como indómito su carácter— la risa pobló la estancia—. Tiene mucho dolor en su corazón, desconfía de todos, excepto de tí, pero será un excelente custodio de la Octava Casa.

—Será un asesino más en la historia de ese Templo— completó ella.

—No eres una asesina, Perséfone. No disfrutas con la muerte, así que no vuelvas a repetir esa letanía ante mí.

—No lo haré, discúlpame— agarró la máscara y se la encajó, dispuesta para irse— pero me quedo más tranquila al oír tu opinión sobre mi aprendiz. Le he tomado mucho afecto, y aunque sus disparates consiguen sacarme de quicio, es un gran muchacho.

—Tu corazón ha dejado de estar helado, Perséfone. Pero, por Atenea Victoriosa, que me costó rebajarle los humos al jovencito. Me estoy haciendo viejo.

Los dos rieron al recordar la humillación, ya olvidada por Milo, en la Sala de Audiencias. Y Perséfone se congratuló de ver que Shion, con más de doscientos años, era capaz de bromear todavía.

Su risa seguía siendo altamente cautivadora.

Milo y Aioria encajaron muy bien, para desgracia de Aiolos. El joven Sagitario no sólo tenía que vigilar a su imprudente hermano, sino que además el aprendiz de Perséfone, de la Casa del Escorpión, volvía más audaz al joven Leo. Los veía darse golpes en el Coliseo, sentado en una de las gradas, y les gritaba que no jugaran sucio en la confrontación de lucha libre que estaban disputando. Quería que se tantearan, que se estudiaran el uno al otro, buscándose los puntos débiles, para luego comprobar cómo se adaptaban a los diferentes estilos de lucha. Aioria se lo había tomado a pecho, como todo lo que hacía, pero para Milo era una diversión. Se reía mientras esquivaba los ataques de Aioria, y esto enfurecía al hermano de Sagitario. Milo tenía una lengua rápida, más incluso que Aioria, y al principio tímidos insultos pasaron a ser frases con coherencia dónde los antepasados espartanos del jovencito griego eran tratados frívolamente por su promiscuidad sexual.

—¡Aioria!— gritaba Milo— ¡Reconoce que eres más lento que yo! ¡Si no comieras tanto, estarías más ágil!

Aiolos se divertía mucho viendo a su hermano rojo como una tea, persiguiendo y tratando de placar, sin conseguirlo, al joven Milo.

—Perséfone...—susurró imperceptiblemente, mientras recostaba los brazos y la espalda en la grada superior—. Tienes un diamante en bruto en tus manos, y por Atenea que has sabido tallarlo— musitó, viendo las cualidades del escorpión.

Giró la cabeza al sentir un cosmos conocido por él.

—Saga, siéntate y disfruta del espectáculo. Creo que a Aioria le ha salido un competidor que no es capaz de acallar ni con palabras ni con actos— rió, mientras el joven Géminis se sentaba a su lado.

—Las nuevas generaciones— dijo Saga, mirando a los dos jovencitos—. Al menos son griegos.

—Sí, de la cabeza a los pies. Orgullosos y amantes de la libertad, como tú y yo.

—¿Tú?— le miró Saga, y en sus ojos había una mancha de dolor, que a Aiolos no le pasó desapercibida—. Jamás has sido orgulloso. Quizás libre sí, pero orgulloso... esa palabra no va contigo, Aiolos.

—Saga, me conoces muy bien. Supongo que por eso eres mi mejor amigo.

—Y tú el mío— contestó el otro, mirando a los dos jovencitos. Milo estaba panza arriba, Aioria le había hecho una llave para inmovilizarle, pero el joven escorpión fue capaz de liberarse de ella, y Aioria volvió a increparle mientras le perseguía—. Estoy preocupado por la salud de Shion— volvió a encararse con Aiolos, bastante serio.

—Supongo que se siente cansado.

—¿Y ha hablado de sucesión?— inquirió Saga.

—Si ha pensado algo, a mí no me lo ha comunicado— contestó Sagitario, sin interés.

—En Rodhrios la gente parece presentir un cambio o algo parecido. Incluso los Popes me han preguntado por él. Dicen que ya no se mezcla con los habitantes del pueblo, y eso perjudica la imagen del Santuario.

—Pero para los baños de multitudes— Aiolos sonrió, dándole un suave codazo en las costillas al otro— ya te tenemos a ti.

—Hago lo más conveniente para el Santuario, no lo olvides— los ojos de Saga relampaguearon, cosa que dejó bastante perplejo a Aiolos.

En la arena, Aioria estaba sentado sobre la barriga de Milo, y este reía a grandes carcajadas.

—Ya, ya lo sé. No dudo de tu buen juicio, Saga— le miró—. ¡Aioria, esa llave no está permitida!— gritó, manoteando hacia su hermano.

—Estos dos están predestinados a luchar juntos— murmuró Saga, cambiando de conversación.

—¿Mi hermano y Milo?— preguntó el otro, extrañado.

—Sí. Se compenetran tan bien como...

—...como tú y yo lo hacíamos. Ya me he dado cuenta— Aiolos dejó las palabras flotar en el aire.

Saga le miró, y una sombra de nostalgia pareció nublar sus impresionantes ojos.

—Saga, yo nunca te dije que lo que yo sentía...— comenzó a hablar, pero el otro se lo impidió.

—Eso forma parte del pasado. Y ahora, un brillante futuro se abre ante nosotros— los ojos de Saga se tornaron, y Aiolos supuso que era por causa de la intensa luz solar que caía como plomo sobre ambos.

Sin mediar palabra entre ellos, continuaron observando el enfrentamiento de los jóvenes aprendices en la arena del Coliseo.

Aquellos parajes no se parecían en nada a los de su Grecia natal. Yermos y solitarios, el mar era el elemento que más echaba la mujer en falta. Perséfone colocó su mano sobre las cejas, haciendo sombra con ella, y oteó las cimas de la inmensa cordillera pirenaica, dónde estaba situado el Santuario Montañés, el lugar donde los caballeros consagrados a la Casa de la Cabra Montesa entrenaban desde mucho tiempo atrás. Ataviada con la armadura del Escorpión Celeste, se colocó varias veces la tiara, ligeramente nerviosa, y se ajustó la máscara, dispuesta a escalar el escarpado risco que la llevaría ante el último de los guerreros de Capricornio: Shura.

Shura era de origen español, cosa lógica por otra parte, ya que el Santuario Montañés estaba en suelo hispano, y se solían reclutar a los aspirantes a caballeros de entre los habitantes del lugar.

De él también decían que era el más recto y el más entregado a la protección de la Diosa Atenea, aunque Perséfone tenía otra opinión al respecto.

Entre sus poderes figuraba la legendaria espada Excalibur, que se rumoreaba había sido entregada a la Casa por la propia Atenea Victoriosa.

Perséfone bufó mientras escalaba por el despeñadero. Según la mitología, Excalibur había pertenecido a Arturo Pendragón, el rey de Camelot y fundador de la Tabla Redonda. La espada, dotada de poderes mágicos, había sido custodiada por la que llamaban "Dama del Lago" en suelo francés, hasta que Arturo la arrancó de una roca, prueba ideada por el mago Merlín, y que lo coronó rey. Una vez muerto su dueño, a manos de su propio hijo Mordred, la espada volvió a la misteriosa mujer, de nombre Vivian. ¿Podría ser verdad que la Dama del Lago y la diosa Atenea fueran la misma persona? La espada simbolizaba el alma del guerrero, y si los guerreros de la Cabra Montesa la tenían como su herencia más preciada, era posible que la leyenda de su rectitud fuera cierta.

Sin embargo, y a pesar de dicha rectitud, Perséfone se sentía muy incómoda en presencia de Shura. Quizás por su educación, por su irónica manera de tomarse las cosas, o por su mirada, ella pensaba que el caballero de Capricornio no era precisamente un dechado de virtud.

Tenía mirada de cínico.

Cuando llegó a lo alto de la montaña, y divisó la zona de entrenamiento, resopló y se envió ondas mentales para tranquilizarse a sí misma. Shion sabía que la misión parecía fácil pero que no lo era en absoluto. En Shura tenía a uno de sus máximos detractores, y ahora estaba en el Santuario Montañés después de haber pasado una larguísima temporada en Grecia.

Saga y él se habían convertido en muy buenos amigos, una vez el primero fue abandonado por Aiolos.

El sibilino Shura, "ojos de serpiente", cómo lo solía llamar Perséfone, siempre acompañaba a Géminis, hasta que tuvo que volver a España.

Ni mil millones de kilómetros conseguían borrar el influjo que el español había dejado en Grecia. Un influjo de dobles entendidos y verdades a medias.

—Caballero de oro Perséfone, del signo del Escorpión Celeste, realizando petición de...— recitó la frase de cortesía a los guardias de la puerta principal, esperando que Shura se dignara a recibirla. Cabía la posibilidad de que se negara.

Ella y el español jamás se habían llevado bien.

Shura pensaba que ella, por el mero hecho de ser mujer, no merecía vestir la armadura de oro.

—Perséfone...— una figura alta y espigada, de oscuros cabellos y ojos rasgados apareció entre las sombras, indicando a los guardias que la dejaran pasar—. Te ha mandado a buscarme... ¿Tanto miedo me tiene?

Perséfone le miró, a través de la máscara, y volvió a ver aquella frialdad en sus ojos.

—No se trata de miedo, Shura. El Patriarca desea tener una audiencia contigo para hablar de diferentes temas, y te ofrece un presente.

—¿Una audiencia conmigo? ¿Un regalo?— Shura sonrió, acercándose a la mujer, e invitándola a entrar en el edificio principal del Santuario Montañés—. Si quisiera entrevistarse conmigo, debería mover su viejo cuerpo de Grecia y venir hasta aquí él personalmente, en vez de mandar a una... a ti.

Esa última afirmación, que dejó volando, enfureció a Perséfone pero no lo dejó entrever.

—No mates al mensajero, Capricornio— susurró ella, al mirar a las zonas de entrenamiento y cerciorarse que, como las otras veces, la presencia femenina brillaba por su ausencia—. Yo sólo soy el Hermes del Santuario. Ya lo sabes.

—Sí, el dios Hermes, muy conocido por su faceta de mensajero... y de ladrón— susurró, aceptando la caja tallada de manos de la mujer.

Perséfone volvió a obviar el comentario. Shura deseaba sacarla de sus casillas pero con ella pinchaba en hueso. Podía destilar litros de veneno pero la Maestra de Milo no estaba dispuesta a inmutarse siquiera.

—¿Pasarás la noche aquí?— preguntó Shura.

—Me gustaría descansar antes de volver, si no es inconveniente.

—Pues entonces, te acomodarás en las estancias de siempre. Todo sea por un compañero.

—Gracias por tu hospitalidad, Capricornio— ella deseaba meterse en la cama y descansar del viaje.

—Lo que sea... por un compañero... ya lo sabes...

La mirada del caballero de la Cabra Montesa era la misma que la otra vez.

Mirada de deseo.

Perséfone elevó un dedo y la Aguja Escarlata brilló, intimidatoria.

—Te aseguro que si lo vuelves a intentar— le susurró, ya en la puerta de su cuarto— te mataré.

—Me excita el peligro. Tanto como a ti— le contestó él, sin amedrentarse—. Trátame bien y serás recompensada cuando Shion elija sucesor.

—No pienso pagar mi posición con favores sexuales— replicó, furiosa.

—Pues te olvidaremos... y la Casa del Escorpión será la Casa de los asesinos, como siempre lo ha sido. En tu mano está darle un nuevo rumbo a la Octava Morada. Pero si...— y le colocó una mano sobre el hombro, para atraerla hacia sí.

—Si... acepto tu proposición y violo todas mis convicciones, entonces seré la mantenida de Capricornio en vez de caballero del Escorpión... ¿verdad?— y mirándole a los ojos, invocó todo su poder y le clavó la aguja, en el hombro. Shura se separó de ella inmediatamente, estaba vestido sólo con su uniforme de entrenamiento, sin protecciones, y supo que aquel camino no le convenía en absoluto.

La caja labrada cayó entre los dos, y de ella salió una daga con incrustaciones de piedras preciosas.

Perséfone se agacho para recogerla, pero Shura se la arrancó de las manos.

—Eres una estúpida, Perséfone. Caerás en el olvido— escupió, mientras encajaba la daga en su estuche.

—Quizás Saga no sea el nuevo Patriarca, Shura— le contestó ella, relajando la postura.

—Es posible que Aiolos tenga a Shion contento en el lecho, pero no tiene capacidad para dirigir el Santuario— rezongó él, sonriendo—. Abre bien los ojos, y observa a tu alrededor. El santuario va a sufrir el cambio más grande desde que fue construido, y tú...

—Yo no formaré parte. Y si eso significa dejar mi armadura en la Octava Casa, lo haré. Con tu permiso, me retiro. Hasta mañana.

Y le dejó con la palabra en la boca, mientras cerraba la puerta.

Milo se despertaba todos los días a la misma hora, la hora en la que Aioria entraba como una exhalación en su Templo y le tiraba de las sábanas, para luego ejecutar todo su arsenal de gamberradas sobre el espartano. El aprendiz de Escorpio se había habituado a la forma de ser del joven Leo, y aunque sintió una gran reticencia hacia él en un primer momento, que Perséfone decidiera, junto con Aiolos, que realizaran juntos su entrenamiento, cada vez le parecía mejor idea. Aioria era un chico divertido, extrovertido, amante de la naturaleza y muy dinámico. Quizás algo propenso a la testarudez, pero Milo se lo perdonaba todo.

Era lo más parecido a un amigo que había tenido nunca.

Milo sentía que su soledad, la que siempre le había acompañado, desaparecía por completo cuando Aioria se encontraba a su lado. Aioria... sonreía cuando el otro trataba de tumbarle en los combates de lucha libre que se veían obligados a realizar bajo el castigador sol griego, y más aún cuando le veía perseguirle Casa por Casa, tratando de placarle por algún comentario que el cachorro del León Estelar había interpretado como un insulto a su ascendencia ateniense.

Aioria tenía ese defecto: se lo tomaba todo como una competición, desde la mayor nimiedad, hasta la misión más peliaguda. Milo respetaba su afán de superación, pero aquella violencia con la que se entregaba a todo lo que hacía... sabía que algún día se volvería en su contra, pero no era el más indicado para criticarle. Y cuando llegara ese momento, Milo estaría con él, dispuesto a ayudarle a salir del problema.

Le seguiría hasta las puertas del Infierno, si el León se lo pidiese.

—¿En qué piensas, Milo?— preguntó, mientras desayunaban los dos, solos, en el comedor de aprendices.

—En mi maestra— mintió el otro—. Espero que su misión no se le complique demasiado y vuelva pronto.

—Estoy seguro que ejecutará las órdenes del Patriarca eficazmente— dijo el León con tranquilidad—. Mi hermano siente una profunda admiración por ella. Y Aiolos no se equivoca nunca.

—Vaya, la modestia es algo innato en tu familia, por lo que veo— sonrió Milo.

—Sí, como la belleza— bromeó el otro—. Somos los más guapos del Santuario— replicó, mostrando su perfecta dentadura a Milo, que estalló en carcajadas.

—Ah, Aioria— suspiró Milo, limpiándose las lágrimas producto de la risa—. Tu fanfarronería no tiene límites.

—Y hablando de límites...— bajó la voz, y le puso una mano a Milo en el hombro, para acercar su cabeza a la de él—. Esta tarde tengo una cita con una de las aprendices del pabellón femenino. ¿Quieres que lleve a una amiga?

Milo levantó las cejas de puro asombro.

—¿Has conseguido encontrar el pasadizo del que todo el mundo habla pero nadie ha visto?— le preguntó, incrédulo, refiriéndose al conducto que unía ambos lugares de entrenamiento.

—Sí... y espero que sean tan violentas en el campo de batalla como en...— e hizo una mueca obscena.

Milo sonrió, alucinado.

—Se nos va a caer el pelo si nos descubren.

—Lo sé, espartano. Lo sé. ¿Qué dices? ¿Te animas?— el brillo en los ojos de Aioria lo convertían en un joven tremendamente atractivo—. Supongo que la virginidad la habrás dejado en Milos.

—¿Por quién me tomas?— replicó el otro, haciéndose el ofendido—. Ya tengo 14 años. Mi experiencia es dilatada en todos los campos, ateniense.

—Perfecto. Entonces pasaré a buscarte. ¿Sobre las seis?— se levantó, y recogió los restos del desayuno—. Ponte tu mejor túnica, Milo, te durará poco encima.

—A las seis estaré preparado.

Aioria le miró fijamente, sin decir palabra.

—¿Qué ocurre?— preguntó Milo, extrañado.

—Tu rostro...—musitó, con gravedad—. No es el rostro que pensé que tendría el aprendiz del Escorpión. Ni tú, ni tu maestra. Sois los dos...

—¿Somos los dos...?— inquirió Milo, sabiendo que, como siempre, Aioria no terminaría la frase.

Oyó a Aioria reírse, mientras él se quedaba en el comedor.

—Siempre me haces lo mismo... — dijo Milo, resignado.

—Poseedores de una belleza arrebatadora... y hechizante— susurró Aioria, para sí mismo, consciente de que Milo no le oiría, una vez franqueó la puerta de salida, camino del templo del León Estelar.

Perséfone se marchó del Santuario Montañés para dirigirse a Siberia, el lugar dónde se encontraba el joven caballero aspirante a la Undécima Casa, la de la Urna Sagrada. Provenía de un linaje regio, y tal y como le habían dicho, su aspecto era digno de ser retratado como el Adonis de los tiempos modernos.

Camus era alto y mucho más espigado que Milo. Tenía una belleza gélida e impactante, cejas partidas, melena oscura, una boca divina y un perfil perfecto. Sus modales y su educación eran exquisitos, y su forma de expresarse digna del delfín de Francia.

Sin embargo, algo fallaba en aquella maravillosa y bucólica composición: su maestro.

Aristeo de Acuario era el más retrógrado y cuadriculado de cuantos poblaban la orden del Zodíaco, aunque para adiestrar a Camus, era el idóneo por su tendencia al aislamiento y la reclusión, ya que los caballeros de la Casa de Acuario solían ser conocidos por su voto de castidad.

Perséfone creía que aquella decisión era muy loable, pero que tenía que salir por voluntad propia, tal y como ella había decidido sobre sí misma, pero no por imposición de padres, mentores o lugares de entrenamiento.

Suspiró al pensar en Aristeo... tenía la misma edad que ella, unos veintisiete años, y lo ocurrido en el campo de entrenamiento del Santuario aún flotaba entre ambos.

Aristeo y Perséfone se habían enamorado de la misma mujer: Pallas.

Arrugó el rostro y buscó entre su pequeño equipaje la figurita que representaba a la muchacha. La llevaba encima desde que Perséfone, mucho tiempo atrás, erró en el lanzamiento de jabalina y Pallas murió, atravesada por ella. No había día en que se maldijera por haber sido tan descuidada, y tampoco había momento en que no se arrepintiera de haber accedido a las pretensiones de Pallas, separándola de Aristeo.

Arrepentido... No supo cómo ocurrió. Simplemente, una noche, después de una serie de pruebas físicas, Perséfone estaba en la cama, muerta de cansancio. Pallas apareció en su cuarto, situado en los barracones de las aprendices, y se tumbó a su lado. Le susurró que estaba cansada de fingir, que la amaba, que la deseaba, y se entregó a las caricias de Pallas como un lobezno lo haría con su madre.

El odio de Aristeo se hizo palpable desde el momento en que Pallas rompió su relación con él, para abrazar las doctrinas de Artemisa Cazadora. El joven, de origen alemán, culpó a Perséfone de todo, desde la ruptura hasta el más nimio problema que tuviera en el Santuario.

Y ahora... era el maestro de Camus.

El hombre con quien se tenía que entrevistar.

Realizó la petición de morada, ante una choza desvencijada, esperando que alguien se apiadara de ella y la dejara entrar para evitar morir por congelación. Los caballeros de la casa de Acuario no poseían santuario, como los de la Cabra Montesa, sino que entrenaban en mitad de Siberia, para dominar así el control del agua en su faceta más sólida. No en vano se los llamaba "Los Maestros de los Hielos".

Tras un interminable lapso de tiempo, la puerta de la cabaña se abrió y un rostro conocido la miró inquisitoriamente.

—Caballero de oro Perséfone, del signo del Escorpión...— empezó a recitar ella.

—Déjate de protocolos, y entra de una maldita vez. Se apagará la chimenea si sigues parloteando en la puerta.

Ella suspiró.

Camus estaba de pie, en la mitad de la estancia, y Perséfone se quedó impresionada ante la belleza del joven.

—Camus— dijo despectivamente Aristeo, un hombre de cortos cabellos castaños, rasgos agradables y ojos oscuros de mirada dura y penetrante— te presento a Perséfone, del signo del Escorpión.

El joven hincó la rodilla en el suelo y le presentó respetos a la mujer. Luego les sirvió un aperitivo y se mantuvo prudentemente alejado de la conversación que los dos caballeros mantuvieron.

Cuando Perséfone salió de la cabaña y se subió en la moto de nieve, con la misión ya concluida, supo que aquel joven iba a ser el desencadenante de una serie de acontecimientos que ella no sabía muy bien en qué iban a desembocar.

—¿Sabes qué es lo que más me ha molestado de todo?— preguntó Milo, mientras Aioria se rascaba la nuca, mirando al horizonte.

—¿Que la cita saliera mal? ¿Que hubiéramos estado esperándolas toda la tarde y que al final no se dignaran a aparecer? ¿O que mi hermano intuyera de dónde veníamos?

Milo sonrió.

—La sonrisa de tu hermano. Parecía como si realmente supiera que no iban a presentarse.

Aioria bufó.

—Pues así se les peguen las máscaras al rostro— rezongó él.

—Para mí que estás algo molesto, Aioria.

El joven Leo le miró a los ojos.

—Mi hermano parece que tenga ojos en todas partes— murmuró—. Ven, vamos hasta su Casa. Si tiene ganas de reírse, le voy a dar motivos para ello.

Milo le miró, sorprendido.

—Le voy a vaciar las cráteras de vino. Y tú me ayudarás en la misión— sonrió, y Milo sintió un escalofrío recorriendo su espalda.

Cuando Aioria se mostraba así de decidido, era peligrosamente seductor.

—Así que viene de camino— Kanon golpeó la piedra con el puño y ésta quedó pulverizada—. Gracias por la información—. sacó un pequeño sobre de su uniforme de entrenamiento y se lo alargó al joven guardia, que con un leve asentmiento, se retiró.

El joven gemelo se ajustó las vendas de las manos, y miró al horizonte. Encajadas en la montaña, las Doce Casas del Zodíaco brillaban, y por encima de todas ellas, el Templo de Atenea Parthenos, dónde moraba Shion, el Patriarca.

Bufó, mientras comenzaba a caminar hacia el Monte Estrellado.

El lugar prohibido.

Cuando salió del recinto de entrenamiento, vio a su hermano. Kanon se escondió tras unas ruinas, y lo observó en la distancia, mientras ocultaba su cosmos. Tan alto como él, quizás algo más corpulento, pudo vislumbrar las ojeras en su rostro, su mirada lánguida y su caminar elegantemente cansino.

Era evidente que una gran lucha se debatía en su interior.

Kanon sonrió. Pensó en llamarlo para ir a hablar con él pero se contuvo. La semilla había prendido en el corazón de Saga. Ahora, solo había que regarla y dejar que creciera como si de una flor se tratase.

—Hermano...— susurró quedamente.

Y se giró, cambiando de dirección, y dejando a Saga imbuido en sus propios pensamientos.

—Contigo voy de mal en peor— susurró Milo, ya con bastantes vasos de vino encima, mientras veía cómo Aioria daba buena cuenta de las reservas de su hermano.

—Mal amigo... —el león sonrió, con las mejillas sonrosadas—. Yo, que te enseño los placeres del Santuario y tú lo único que haces es sermonearme... está el mundo lleno de desagradecidos.

—No te sermoneo— Milo notaba como la lengua amenazaba con trabársele— Sólo estaba comentándote un hecho comprobado—. Rió la idea, mirando a su amigo.

—Sí me sermoneas— apuró el vaso, dando un gran sorbo—. Y bebe más rápido. Como estoy seguro de que el castigo de Aiolos será de los que jamás olvidaremos, mejor será que nos divirtamos antes de que llegue ese momento. Se lo dirá a tu maestra y es posible que no volvamos a entrenar juntos...

Milo le miró. Esa opción no se le había pasado por la mente.

—No me gustaría...— comenzó a decir el joven espartano.

—Ni a mí— terminó el otro, mirándole a los ojos.

—Aioria, nunca te lo he dicho, pero...— Milo notaba cómo sus mejillas ardían— eres mi mejor amigo.

El león sonrió.

—Tú también eres muy importante para mí, Milo.

Milo sentía cómo la cabeza empezaba a darle vueltas. Aunque en la isla dónde había nacido el vino era algo que él consumía con frecuencia, el calor, la situación y la compañía le estaban mareando.

La compañía de Aioria... su mejor amigo. Se quedó abstraído mirando a la pared, callado, dándole vueltas al tema.

—¿Piensas en tu tierra?— le interrumpió el otro—. ¿En alguna muchacha?

Milo suspiró y gateó hasta la crátera, que estaba justamente al lado del muslo de Aioria. Este apoyó la cabeza contra la pared del cuarto privado de Aiolos, justamente dónde estaban asaltando las provisiones de vino de Sagitario, recostándose en el suelo a continuación.

—No, estaba recordando a mi hermana Calíope— mintió Milo.

—Supongo que será muy hermosa.

Milo movió la cabeza, asintiendo.

—Lo es. Y mucho.

—Herencia de familia— contestó Aioria.

—Te equivocas. Yo sólo soy adoptado...

Se miraron a los ojos. Estaban muy juntos los dos, en el suelo del templo, con dos cráteras vacías por mudas compañeras.

—Creo que he bebido demasiado, Milo— arrugó el rostro.

El otro sonrió.

—¿Y el motivo de dicha afirmación?— preguntó, carcajeándose por su propia forma de expresarse.

Aioria alargó el brazo y agarró un mechón del cabello de Milo, para jugar con las ondulaciones de sus extremos.

—Nunca creí que el aprendiz del escorpión tuviera tu aspecto, Milo...— susurró, perdiendo la mirada en el cabello que tenía entre sus dedos.

—Y— se atrevió a preguntar, tragando saliva—, ¿Qué aspecto debería tener?

—El de... un asesino...— Aioria se acercó a él, aún más, y Milo podía hasta sentir en sus mejillas la respiración del otro.

—La Casa del Escorpión tiene mala fama, eso es todo...— tenía miedo de tartamudear, había algo dentro de él que gritaba, pero no supo ni lo que era, ni el porqué.

—Tu rostro...— Aioria se colocó tan cerca que sólo unos centímetros les separaban.

—Sí... anti—espartano...— contestó el otro, mirándole de nuevo.

Aioria soltó el mechón de pelo y alzó la mano, para dibujar las cejas de Milo con los dedos.

—Creo— dijo el joven escorpión, sintiendo grandes escalofríos— que hemos bebido demasiado.

Intentó levantarse, pero no pudo. La cabeza le daba vueltas.

—Sí, demasiado... —Aioria parecía fascinado ante el rostro del otro. Le recorrió el puente de la nariz, las comisuras de los labios, y luego le acarició la mejilla con un cuidado exquisito.

—Aioria...

—Me recuerdas... a...— parecía imbuido en sus propios pensamientos.

Milo sentía cómo algo en su cuerpo reaccionaba ante las suaves caricias de Aioria.

—Atenea Victoriosa... —susurró.

—No quiero... compartirte con Atenea, Milo. Ni con Atenea... ni con nadie.

Y agarrándolo del cuello, lo atrajo hacia sí, besándolo a continuación.

Milo sintió cómo una descarga eléctrica le recorría por completo. El vaso de vino se estrelló en el suelo, y aunque la primera reacción de Milo fue la de rechazar el contacto de los labios de su compañero, no lo hizo. La boca de Aioria resultaba muy sensual, sus labios carnosos parecían encajar perfectamente en los suyos. Respiró profundamente, y cuando las lenguas se encontraron, sintió cómo su cuerpo reaccionaba al estímulo.

Su excitación comenzó a crecer desaforadamente.

Cuando las bocas se separaron, las mejillas de los dos muchachos ardían.

—Milo, no debí...

—Aioria— le miró fijamente—. No es mi primer beso— recalcó.

—Somos compañeros, Milo.

—Razón de más... para confiar en ti— sus azules turquesas parecieron refulgir— y seguirte hasta el Hades, si me lo pidieras.

—Dioses, Milo... tus ojos... me hechizan...

Y Milo se acercó a Aioria, se colocó a horcajadas sobre él y le volvió a besar, mientras el otro perdía sus manos entre la melena del espartano.

—Así que estuviste de expedición por los pasadizos subterráneos del Santuario— Perséfone tamborileó con los dedos sobre la mesa de estudio de Milo, con las piernas cruzadas y mirándolo inquisitivamente, mientras él permanecía de pie ante ella.

—Sí. Intenté entrar en el recinto de las mujeres.

Ella se levantó, invocó su cosmos y le enseñó la Aguja Escarlata.

—Te voy a tener que dar un castigo ejemplar, Milo.

—Lo sé, y así lo acataré maestra, pero...

—¿Pero?— ella se encaró con él, y la máscara parecía tener brillo propio—. ¿Crees que estás en posición de decirme algo?

—Ya sé que te he decepcionado, y lo que al principio me pareció una broma, luego se fue tornando en una tremenda estupidez.

—En efecto. Me has decepcionado profundamente— contestó ella, girándose y dándole la espalda.

Milo agachó la cabeza, apesadumbrado.

—¡Maldita sea, Milo! ¿En qué estabas pensando? —le gritó, manoteando, mientras caminaba por la estancia—. ¿Creías que Aiolos no se enteraría? ¿De veras pensasteis que Sagitario es idiota?

Perséfone se paró en seco, girándose, acercándose a Milo y mirándolo fijamente. Cerró la puerta, y una vez se cercioró de que estaban solos, se quitó la máscara, escrutándolo a continuación.

Milo enrojeció hasta las orejas. Ella se había percatado de la delatadora marca que tenía en su cuello.

—¿Hasta... dónde te has implicado con él?— inquirió, suavemente.

Milo clavó los ojos en el suelo, muy avergonzado.

—Por el arco de Artemisa...— susurró ella—. Has llegado hasta el final.

Milo la miró, furioso.

—¿Y qué, si es así?— le gritó.

—Milo... Aioria es tu compañero.

—Ya lo sé. No lo he olvidado. Pero pensé que tú lo comprenderías, ya que eres...— no terminó la frase.

—¿Lesbiana?— replicó ella.

—No quise que sonara como un insulto.

—No es un insulto, Milo. Sólo es que... no me gustaría que sufrieras, eso es todo.

—No sufriré. Somos amigos. Lo de ayer fue...

—¿Producto del vino que, además, era de Aiolos?— sonrió, de medio lado.

—Sí. Eso mismo. Producto del vino— contestó Milo, poniéndose a la defensiva.

Ella suspiró.

—Sabes que ahora tendré que darte un castigo público. No me dejas otra alternativa.

—Lo sé, y así lo acepto, maestra.

—Milo— dijo ella, mirándole a los ojos con curiosidad—. ¿Mereció la pena?

El dudó unos instantes, para luego sonreírle con su hermoso rostro ruborizado.

—Ah, el hermoso Milo... que ha descubierto el sabor de lo prohibido... de la mano de su mejor amigo— la frase quedó flotando en el aire, y el joven aprendiz sintió una punzada en su estómago que no supo interpretar como un augurio de un prometedor futuro o de lo completamente opuesto.

Shion estaba en la grada, acompañado por Saga, Aiolos y Perséfone. La mujer se removía nerviosa en su asiento, mientras ajustaba los vendajes de sus puños y rezaba plegarias a los dioses por su alumno. Debía castigar a Aioria, y Aiolos hacer lo mismo en la persona de Milo. Saga cuchicheaba al oído de Shion, y éste les indicó a los otros dos que bajaran a la arena.

—Tu hermano y Milo... —le susurró tan bajo que el otro casi ni la oyó mientras caminaban gradas abajo.

—Perséfone... sólo le voy a rebajar los humos. Sé lo que pasó entre ellos. Les vi.

Ella giró la cabeza, mientras, dando un pequeño salto, pisaba el suelo del Coliseo.

—¿Se dieron cuenta de tu presencia?— quiso saber ella.

—No— sonrió Aiolos—. Estaban muy ocupados el uno en el otro— y le dio un pequeño puñetazo en el hombro—. Relájate, mujer, saldrán con bien de esto.

—Siento que el estómago se me encoge. El amor te hace... vulnerable...

—Si no fuera que conozco tu historia, y lo que ocurrió hace tantos años, pensaría que estás celosa de tu aprendiz y no preocupada por su futuro.

—¿Celosa?— replicó ella, divertida— en cierta parte, si lo estoy. Yo lo tuve todo aquí, y sin embargo —añadió gravemente—, el destino me lo arrebató.

—Perséfone, eres la más diplomática de todos nosotros— contestó él, conciliador—. Poderosa, audaz, elegante... hermosa...

—Aiolos, no me adules, que sólo tengo veintisiete años y no doscientos— ella sonrió bajo la máscara, y él le respondió como si supiera el gesto que ella tenía en su rostro—. Agradezco tu preocupación. Pero temo que todo esto se les escape a ambos de las manos. Milo es muy explosivo y tu hermano...

—Es un volcán en erupción constante. Lo sé, pero, ¿De veras crees que estar juntos les perjudicará?

Perséfone miró a Aiolos y comprendió qué había visto el Patriarca en él.

Era la personificación de la bondad. El honor y la amistad, la lealtad y la confianza, hechas persona.

Y sintió que, por una vez, envidiaba a alguien.

—Primero será Aioria el que reciba el justo castigo, y luego yo pelearé con Milo— le dijo él, al oido.

—Muy bien. No te emplees en exceso.

—No lo haré— y sonrió abiertamente—. Además, mi hermano me mataría si le hago daño al muchachito...

Perséfone soltó una carcajada y se dirigió al centro de la arena, donde ya la estaba esperando Aioria.

Perséfone tanteó al aprendiz de Aiolos, invoco las Agujas Escarlatas, y se colocó en posición de ataque. Aioria aferró los pies en el suelo, en clara posición de defensa, y cuando Perséfone atacó, él contraatacó con su Rayo de Plasma dejando a la mujer gratamente impresionada.

Era muy joven aún, pero su cosmos rivalizaba con el de los caballeros de plata, signo inequívoco que pronto Aioria sería el custodio de la Casa del León Estelar.

Pero Perséfone era más ágil que él, saltaba y giraba a una velocidad tremendamente superior a la de Aioria, y las Agujas Escarlatas fueron clavándose en el atractivo cuerpo del griego. Cuando iba por la novena Aguja, ocurrió.

El ambiente del Santuario enmudeció por completo.

Shion miró al cielo y vio como el sol se oscurecía ligeramente. Le hizo una seña a Aiolos, otra a Saga y le gritó a Perséfone que debía dejar el castigo para otra ocasión.

Un sonido rasgó el leve murmullo que comenzaba a flotar en el ambiente.

Un relámpago iluminó la estatua de la diosa Athenea Parthenos.

Los cuatro caballeros recorrieron el camino hasta ella, cruzando las Doce Casas a toda velocidad mientras escuchaban el trueno que acompañaba aquella premonitoria luz.

Cuando estaban ya ante el Templo del Patriarca lo oyeron.

El llanto de un bebé.

Bajo la representación de Atenea Victoriosa, reposaba un recién nacido.

La reencarnación de la diosa había vuelto, y eso significaba que el tiempo de paz tocaba a su fin.



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