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Parte VIII — Sedición
—No me puedo creer que haya desertado.
—Descubrí sus maquinaciones— contestó Saga con un deje de indiferencia—. No le quedó más remedio que marcharse. La otra opción— sonrió, llenándose la copa de vino— era enfrentarse a mí.
—Aún así— replicó Shura—, tu hermano siempre me ha parecido...
—¡No vuelvas a pronunciar esa palabra en mi presencia!— bramó el otro, mirándolo fijamente.
El español asintió, impresionado por la reacción del griego.
—Es mi deber darle caza y matarlo de la forma menos honorable posible para él— continuó hablando, como si Kanon fuera un completo desconocido—. No merece portar mis emblemas ni custodiar mi Casa. No merece vivir— sentenció.
—Comprendo cómo te sientes— Capricornio se acercó a él y le agarró el hombro con firmeza, traspasando con este gesto sus condolencias—, mas no es momento para hundirse. Piscis y Cáncer deben estar a punto de llegar.
—Junto con Escorpio.
—Sí. Junto con... Escorpio—. Shura apretó los puños, alejándose de Géminis.
—¿Qué le vas a decir cuando la tengas delante? No creo que le haga ninguna gracia averiguar que el juego que se trajo el Segador con ella no fue sólo idea suya.
—No la veo en posición de adivinarlo jamás. Además, al Carroñero le divirtió mucho la— paladeó la palabra— sugerencia. Perséfone no me inculparía por algo tan rastrero. Sabe que no es mi estilo— se encogió de hombros, inocente.
—Sugerencia, dices— Saga aspiró aire, repitiendo la palabra—. Curioso calificativo para una agresión sexual.
—Si hubiera aceptado mis pretensiones¡No habríamos llegado a este extremo!— escupió Shura, con desdén.
El ático elevó una mano, tranquilizando al caballero de Capricornio.
—Te entiendo perfectamente, amigo mío— le calmó—, porque ambos, en el fondo, sabemos que no es ella— el guerrero de Géminis hablaba lentamente, enfatizando cada sílaba— quien merece nuestro desprecio. Hay otro peor— bufó, refiriéndose al caballero de Sagitario.
El español se colocó el himation 1, pasando la mano por encima al tejido, alisando unas arrugas inexistentes.
—¿Has hablado con él?
Saga se giró, clavando sus azules ojos en el otro.
—¿Con Aiolos?— sonrió—. No. Desde que salió a buscar al pequeño Escorpio, no he vuelto a verle siquiera.
Shura se quedó con la boca abierta.
—¿Otro desertor?— exclamó Capricornio—. ¿Qué tipo de disciplina se imparte en este lugar¡Esta situación es inaudita!
—Quiero creer que fue un entrenamiento con emplazamiento fuera de nuestras fronteras— miró a la puerta, sintiendo una presencia. Una amazona se disculpó por la interrupción, pero el ático no dijo nada. Simplemente, aceptó la misiva que ésta portaba, despidiéndola a continuación.
—Aún así, Saga. Si Aiolos...
El caballero de Géminis leyó el pergamino, lacrado, y luego lo quemó, haciéndolo desaparecer por un portal dimensional a continuación.
—Como sospechaba, el hermano de Shion viene de camino desde Samotracia para reestructurar la Orden, ejerciendo de Patriarca en funciones mientras nuestro amado compañero de la casa de Aries elige sucesor— le confesó.
—No sabía que tuviera familia, excepto... su discípulo— contestó el otro, olvidando el tema de Aiolos.
—Shion es la gran incógnita del Santuario. Yo también he especulado con que Mü sea su hijo, aunque tampoco he podido investigar el tema a fondo. Como siempre, lo urgente resta tiempo a lo importante 2
—Es posible que ahora sea el momento preciso para averiguar si hay lazos de sangre en la Casa de los alquimistas. Y si es así, tomar decisiones de cara a un futuro a... medio o largo plazo— observó Shura—. Nunca se sabe para qué puede ser útil una información de esa naturaleza.
El caballero de Géminis se quedó unos instantes callado, suspirando teatralmente.
—No comprendo cómo hemos podido subsistir cuatro mil años— Saga cambió radicalmente la expresión, mirando al vacío—. Tráfico de influencias, mentiras, engaños, agresiones, asesinatos, deserciones...
—A veces es necesario atribuirnos ciertas libertades— musitó Shura, con los ojos fijos en el suelo— para que la paz y el orden no sean perturbados.
—¡Por Atenea!— dijo el otro, contrariado—. ¡Parece que Shion habla por tu boca!
—Yo mismo me he visto forzado en el Santuario de la Cabra Montesa a tomar decisiones que han llevado aparejadas sufrimiento y dolor— confesó—. Sé que muchos de vosotros, incluido él— indicó, refiriéndose al Patriarca— reprobáis mi conducta respecto a la admisión de amazonas en los Pirineos. Pero lo que sucedió aquella noche no puede repetirse. Ver cómo caballeros rectos y honorables se convierten en animales sedientos de sexo es algo que no puedo soportar. Por eso, para evitar caer en la tentación, uno ha de deshacerse de ella. Como sea— finalizó.
—A mí no has de convencerme— Saga se inclinó para volver a llenar su copa, de nuevo vacía—. Perséfone— le miró fijamente al pronunciar el nombre de la mujer— me da tanto asco como a ti.
—No es asco lo que siento por ella— replicó el otro—. Es algo más— buscó la palabra unos segundos hasta que la encontró— visceral.
—Me lo imagino. Por eso implicaste al Segador con aquella carta. Supongo que eres consciente que podía haberla matado.
Shura no pudo reprimir un gesto de sorpresa al comprobar que el caballero de Géminis conocía la existencia de una misiva enviada desde la Casa de Capricornio y dirigida al Segador de Vida donde se le sugería que podía tomarse ciertas libertades con el caballero de Escorpio y que éstas serían castigadas con enorme benevolencia, si se llegaba a dar el caso de juicio por agresión.
—Tu red de espías es más impresionante que la mía, Saga.
El ático mostró una amplia sonrisa.
—Gracias— asintió—. Pero no te preocupes. Pronto hará compañía a Solaria.
—¿A qué te refieres?
—Su alumno está prácticamente preparado para pasar las pruebas de la casa de Escorpio. Le he visto en los entrenamientos y reconozco que lo ha entrenado muy bien, enseñándole técnicas de combate y cultura helena desde que era sólo un niño.
—¿Se aliará a nuestra causa?
—¿Milo? No solamente se aliará. Será el perfecto soldado. El más fiel de nuestros mercenarios.
Shura elevó las cejas.
—¿Qué tienes en mente?
—Por el momento, ir a buscar a Kanon y darle caza, ya que es mi deber y mi obligación. Luego, los dioses proveerán.
—Espero que Shion nos de una contestación a lo hablado el otro día. Si tiene que elegir sucesor, confío en que el amor— hizo un rictus de asco al decirlo— no le nuble el juicio.
—Si tenía algunas dudas sobre si Shion terminaría por elegir a Aiolos en mi detrimento, éstas se han disipado al acostarse nuestro complaciente compañero con la cretense. El Patriarca debe estar profundamente disgustado, y confío en que el hecho de que su licencioso amante retoce con cualquiera sin pensar en las consecuencias, le habrá abierto los ojos. Aiolos no es precisamente un dechado de virtud.
—Tú lo conoces bien, Saga— suspiró el otro, incómodo con el tema que estaban tratando—. Por mi parte, si estuviera en Pirineos, ya le habría cortado la cabeza.
—¿Cómo a Melkart?
Shura se envaró.
—Le gané en combate justo. Hice lo que debía hacer.
—¿No tuvo nada que ver su relación con el Segador de Vida?— el aspecto del caballero de Géminis era cándido excepto en su mirar. Los ojos de éste eran vivos, eléctricos, de una intensidad tal que Shura se sintió intimidado.
—Disculpe, caballero de Géminis...
Un aprendiz interrumpió la conversación.
—¿Qué ocurre, muchacho?— preguntó Saga, mientras el español se separaba a una prudencial distancia.
El joven le alargó una carta con el sello de Acuario en su reverso. Saga la abrió después de despedirlo, y sonrió ampliamente al leer el contenido. Luego, al igual que con el pergamino, la hizo desaparecer a través de un pequeño portal dimensional que generó entre sus manos.
—¿Problemas?— preguntó Shura, tratando de evitar el tema de Melkart.
—Aristeo de Acuario informa que tiene la intención de abandonar Siberia acompañado por su discípulo. Terminará el entrenamiento aquí, en Atenas, aunque antes irá a visitar las ruinas de Troya— encogió los hombros al leer el final de la nota—. Ya sabes, un baño de helenismo para el último Ganímedes.
—Eso son buenas noticias. La Casa de Acuario siempre ha sido muy devota.
Saga lanzó una pequeña carcajada al aire.
—Aristeo roza la devoción más inquietante— rememoró—. Todavía recuerdo cómo corría Melkart detrás de él, mientras lloraba como una mujerzuela despechada, implorando que Pallas no le abandonara. ¡Por los Dioscuros, jamás imaginé humillación más grande para un guerrero de su talla!
—Al menos, Perséfone hizo algo a derechas en su vida— contestó Shura, sibilino, evocando cómo ésta le había clavado una jabalina a la amazona del Pez del Sur.
—Fue un desafortunado accidente— Saga mostró las palmas de sus manos en señal de inocencia, sonriendo.
El caballero de Capricornio asintió.
—¿Has ido a visitar a la pequeña Atenea?— preguntó Saga.
—Aún no. Considero que para hacerlo, deberíamos estar todos convocados. Y que el Patriarca la presente como lo que es, la reencarnación de la diosa.
—El caballero de Tauro ya ha sido elegido en el asentamiento de Themiscyra. Parsífae le hizo pasar las pruebas y su discípulo cumplió las expectativas puestas en él— informó el ático, sin demasiado interés.
—No sabía que tuviera rango dorado— comentó el español, al oír hablar de la maestra de Aldebarán.
—No lo tiene. Ya sabes que el caballero de Tauro murió hace años, y ella no quiso optar a la armadura.
—¿Confías en su criterio?
—No me preocupa en exceso. No veo a Aldebarán, o como se llame, un enemigo en potencia. Aún así, le mantendré vigilado. Y ahora, si me disculpas, tengo que buscar un par de mapas. Necesito ponerme en marcha lo antes posible.
—¿Deseas que te acompañe?
Saga le miró, furioso.
—¿Y ahondar en mi herida? Gracias, pero no. No necesito ayuda para encontrar a un cobarde.
—No pretendía molestarte— se excusó Shura desde la puerta.
—Lo sé, amigo mío. Pero es doloroso para mí saber que mi emblema ha quedado manchado con una deserción.
El español hizo un movimiento de cabeza, comprensivo.
—Nos veremos más tarde. Es la hora de la meditación para mí.
—Que Atenea te guarde, Shura.
—Que así sea, Saga.
Cuando el espigado joven desapareció por la puerta, Arlés sonrió.
—Así será. Vete a meditar, que yo seguiré en mi ascensión hasta la cumbre.
Y bebió otro poco de vino.
—Hasta la cumbre.
—La vida. Me fascina cómo se abre camino sin preguntar.
La contestación de Death Mask, de pie en completa desnudez ante la ventanilla del tren dejó sin palabras a Afrodita. Se habían pasado las últimas horas juntos en el compartimento del sueco, explorándose el uno al otro, mientras Perséfone descansaba en el contiguo. El caballero de Piscis sabía que la mujer estaba malherida, y que quizás había sido culpa suya que el veneno de las flechas reaccionara con el de la Rosa que le clavó, pero no quiso darle mayor importancia. Era una dorada, y saldría adelante.
Jamás había conocido a nadie con tal fuerza interior como ella, y eso le tenía francamente impresionado.
Sonrió para sus adentros al ser consciente de ese hecho, ya que todo lo que impresionaba a Afrodita, terminaba muriendo a sus manos. No soportaba tener ante él a un rival sin conocer algún punto débil. No porque fuera a utilizarlo, pero al saberse en posición de superioridad, su confianza en sí mismo lo hacía indestructible.
—¿Y tú?— preguntó el etrusco, sin mirarlo siquiera—. ¿Qué miras tú?
—Yo contemplo algo— se colocó detrás de él, abrazándolo por la cintura, situando su pene entre los glúteos del otro— de lo que me gusta disfrutar.
—No soy tu posesión— le contestó Death Mask, girándose y agarrándolo del cabello.
—Lo sé— replicó Afrodita, sumiso—. Pero me divierte mentirme de vez en cuando.
Elevó la cabeza, buscando la boca del guerrero de Cáncer. Realmente, estar con él era una experiencia única. Sus muslos aún le ardían a causa de los roces de las caderas del custodio de la Cuarta Casa contra sus piernas, ya que le excitaba penetrarlo con la armadura puesta. Con aquella actitud, y toda la simbología que demostraba en cada uno de sus actos, el joven Piscis había comprendido la manera de mantener a su lado al indómito italiano.
Era extasiante saberse tan atractivo.
Era orgásmico descubrirse tan manipulador.
—Podría matarte, si quisiera— susurró Cáncer, sin soltarlo del cabello.
—Ya lo creo que podrías— miró al techo del camarote—. Pero aunque sé que te relaja saber que te estás follando a un cadáver— musitó Afrodita— el rigor mortis haría de mi cuerpo algo... impenetrable— finalizó lamiéndose los labios.
Death Mask sonrió.
—Putanna 3— lo lanzó sobre la litera, para colocarse sobre él, abriéndole las piernas con fuerza.
—Ase... sino— y dejó que el italiano lo poseyera otra vez. Era un ser insaciable.
Justamente, idéntico a él.
Había perdido la cuenta de todas las veces que detectó las auras, chocando enloquecidas la una contra la otra, y los gemidos que, audibles a través del material que separaba los compartimentos del tren, tuvo que escuchar, aún sin desearlo.
Con aquel esperpéntico sonido de fondo, no conseguía la concentración necesaria para redactar los informes, por lo que se dedicó a una tarea más creativa. Sacó de una bolsita los huesos de ballena que había comprado en Groenlandia, una navaja y se tiró sobre la cama. Al principio, no sabía qué saldría de aquel basto material, pero luego, a medida que los kilómetros iban perdiéndose bajo las ruedas de su vagón, lo que fue parte de las costillas de tan fabulosa criatura se había convertido en una figurilla que representaba a alguien muy querido para ella: Milo.
Al terminarlo, lo estudió clínicamente, y rotando la diminuta estatuilla ante su nariz, pensó en el melio y todo lo que le había confesado antes de su partida. El Segador tenía razón, de todas las disciplinas, la iniciación dórica 4 era la única que le faltaba por enseñarle, pero era reacia a impartírsela. Si era consecuente con el hecho de que ella era una mujer y Milo un hombre, técnicamente nunca podría adoptar el rol de erasta5 respecto a su discípulo. Para subsanar aquel defecto de forma, Perséfone se vería obligada a entregar al joven a un compañero y la mera idea de imaginar que cualquiera de los otros dorados fornicaría con el muchacho simplemente porque unas leyes que se remontaban a la época arcaica helena así lo dictaban, le parecía una aberración.
Y si ella accedía a un acercamiento sexual, ambos se condenarían.
Aspiró aire para expulsarlo lentamente, tratando de tranquilizarse. Reconocía, mientras acariciaba con la navaja el ahora suave material, que Milo era un joven tremendamente sensual y atractivo. Y así como era capaz de ver sus atributos físicos, también sabía que si ella aceptaba el iniciarlo, el muchacho descubriría que si él la quería, ella lo correspondía con igual intensidad.
Convirtiéndolos en guerreros vulnerables.
¿Cómo conseguir entonces que la formación quedara completa sin descubrir sus cartas?
Se colocó de medio lado para limpiarse de nuevo la herida, y mientras se cambiaba los apósitos, oyó gemidos ahogados otra vez más.
Aquella situación la estaba poniendo terriblemente nerviosa.
En el fondo, les envidiaba. A la cretense le hubiera encantado tomarse la vida como los dos dorados del compartimento contiguo. Fornicar por el placer de hacerlo, sin ataduras, sin sentimientos. Como si se ejecutara una kata más, donde el resultado de la batalla se pagara en sudor y no en sangre.
Negó con la cabeza. Jamás podría hacerle eso a Milo.
El simple hecho de figurarse al espartano en la cama, desnudo, y enseñarle todas las artes practicadas con Pallas primero y con Aiolos después, se le antojó difícil y doloroso. Milo era un niño que se convertiría en un hombre deseable, pero que aún estaba por forjar.
Sin embargo, era consciente que su aprendiz había cambiado mucho físicamente, así que meneó la cabeza, desaprobando la inmediata reacción de su cuerpo.
Sabía que no debía reparar en lo atractivo que era o estarían perdidos los dos.
Se estremeció al recordar la confesión de Milo antes de su partida. Con ojos encendidos, el joven pronunció, en trémula voz, una realidad que estaba vedada a los caballeros de la Casa de Escorpio.
"Sabrás que alguien te quiso mucho"
Perséfone sabía que, si aceptaba los sentimientos del muchacho, éste se ligaría aún más a ella, y el sufrimiento sería insoportable. Por eso debía apartarse de él.
Por eso no podía traspasar la barrera de su autocontrol y corresponderle.
—Eres un auténtico quebradero de cabeza... spartiati6.
"... te quiso mucho"
Recorrió con los dedos la melena de la figura. Al viento, el próximo caballero de Escorpio lucía tan maléfico como un demonio ancestral, invocada la Aguja Escarlata en su dedo y en la posición más arrojada que podía imaginarse.
Se recostó contra la almohada, dejando la figurita sobre la caja de su armadura. La lesión que tenía en la cadera no había dejado de supurar un líquido parduzco, de un olor fuerte y penetrante. Sentía cómo si su cuerpo estuviera untado con una mezcla de pétalos putrefactos y miel corrompida, y rezumiera por la herida abierta como si ésta estuviera expulsando permanentemente el dolor de esta manera.
Un dolor que, lejos de cesar, continuaba su particular calvario, mermándola en fuerzas y reflejos.
—Spar... tiati...
La palabra murió en su boca, una vez Morfeo la acunó en sus brazos, regalándole un sueño ligero.
Un sueño donde Milo fue protagonista.
Dohko había aceptado ser el guía y apoyo de Mü cuando él desapareciera, aunque el caballero de Aries detectó un deje de amargura en la deformada cara de su amigo, completamente envejecido y deteriorado en el momento en que se despidió de él.
Llevaban más de doscientos años de amistad y sin embargo para Shion todo sucedía demasiado rápido, como en un suspiro.
El tibetano agradeció que de la boca del Armero no saliera queja alguna. Resultaría demasiado doloroso para los dos.
—Por el bien de Atenea, es preciso que las profecías se cumplan.
Hizo ademán de levantarse del sillón, apoyándose en las patas de león que hacían las veces de brazos. Recorrió el bronce de éstas con los dedos, quedándose quieto, intentando no pensar.
Tratando de no recordar lo mucho que amaba a Aiolos.
"Eres un viejo estúpido, Shion. La juventud busca la experiencia hasta que la consigue. Y luego, bebe de manantiales más cristalinos", pensó.
Sonrió con una tristeza tal que sus ojos perdieron parte de su brillo. Sentía en sus carnes el dolor de la traición, y su puesto de capitán se ponía continuamente en peligro a causa de su recelo y su predisposición a la injusticia.
En el escritorio que estaba situado a su derecha, reposaban varios papeles que se referían a leyes milenarias. Los tomó en sus manos y les echó un último vistazo. En lo alto de la pila, la orden que derogaba la obligatoriedad de portar máscara las mujeres en el Santuario estaba aún sin firmar, y Shion jugueteó con la pluma durante unos segundos para, finalmente estampar su rúbrica.
Que Perséfone se hubiera acostado con Aiolos era un problema del hombre, no del dirigente. Y si permitía que el odio del primero nublara la capacidad decisoria del último, significaba que debía dejar la capitanía y retirarse a esperar su fin.
Era difícil aceptar la cercanía de la muerte en completa soledad.
—¡Argo!— gritó, una vez firmó los papeles.
Uno de los guardias de la entrada abrió la puerta.
—¿Habéis terminado ya la meditación, maestro?— contestó el otro, envarado.
—Sí, acércate. Quiero que lleves esto a...
Antes de que el guardia llegara a la altura del Patriarca, alguien lo interrumpió.
—Dejadlo en mis manos— cortó Aiolos—. Yo me encargaré.
Se había vestido con su mejor túnica, llevaba el pelo arreglado y una cinta dorada cruzando su frente. Las sandalias, doradas también, relucían sobre sus piernas morenas y una fíbula7, con un arco engastado en diamantes, daba un toque de solemnidad al ya regio y elegante aspecto.
—No te he convocado— gruñó Shion despidiendo al joven, que hizo una reverencia y cerró la puerta.
—Muchas veces me he presentado ante vos sin mediar convocatoria, maestro— respondió el Arquero, cortésmente.
El Patriarca se sirvió un poco de vino, guardando silencio.
—Estoy aquí para hablar de algo que nos concierne a los dos— musitó, bajando la vista al suelo.
—Un tema espinoso e importante— reparó Shion—, ya que te has vestido con tus mejores galas. Como siempre, tu aspecto es delicioso.
Aiolos elevó la cabeza, sorprendido.
—Lo que más me gustó de ti cuando comencé a compartir mi tiempo contigo fue tu franqueza, o inocencia, si quieres llamarlo así— empezó a hablar el caballero de Aries, colocando el casco y la máscara sobre el sillón y los papeles encima del escritorio—. Tu hermano es idéntico a ti; posee tu sinceridad, tu arrojo y tu valentía.
El caballero de Sagitario tragó saliva al escuchar los calificativos que el otro le decía.
—Maestro, por favor— intentó cortar la conversación, sin conseguirlo.
—Así como tu testarudez. Muchas veces te he explicado que no se debe interrumpir a un superior cuando está alabándote, pero tú tiendes a saltarte el protocolo. Otra cosa que tiene Aioria en común contigo— puntualizó, sonriendo.
—No merezco alabanzas, sino insultos— le espetó Aiolos, visiblemente avergonzado.
—Tu ruptura con Saga te dejó completamente destrozado— le recordó el tibetano, apurando su copa de vino para volverla a llenar a continuación—. Te alejaste de él y te volcaste en Aioria, el muchacho hizo progresos excepcionales en cuestión de meses. La interpretación cuántica de la generación de plasma a través del cosmos fue obra tuya— le miró directamente, Aiolos se ruborizó—. Lo que otros tardan lustros en comprender y dominar, el futuro caballero de Leo lo hizo en unas pocas semanas. Como maestro no tienes precio.
—No estoy aquí para hablar de mi hermano— hizo una segunda tentativa para interrumpirle, pero Shion continuó hablando.
—Luego— elevó la mano para indicarle que callara—, te hiciste amigo de Escorpio— obvió su nombre, consiguiendo que Aiolos se estremeciera— y eso me agradó. Con su agudeza, su vehemencia en los entrenamientos y por la proximidad de edades de su discípulo y el tuyo, ella podría hacerte olvidar el dolor que sentías, y tú la obligarías a integrarse en la Orden, reforzando ambos los lazos con la comunidad Zodiacal. Pero fuiste más allá. No sólo vosotros, sino los propios alumnos.
—No fue premeditado, ocurrió, yo... —trató de excusarse.
—¡Saga y Shura estuvieron aquí, interrogándome, mientras tú salías a buscar al pupilo descarriado!— le apuntó con el dedo, dejando a Aiolos mudo—. Si tuviera que pensar en un castigo por el cúmulo de despropósitos que cometisteis los dos en menos de tres días, Milo y tú os pasaríais el resto de vuestras vidas compartiendo una celda.
—Asumo mi responsabilidad y acepto lo que tengáis a bien imponer, maestro— agachó la cabeza de nuevo, apesadumbrado.
El caballero de Aries se colocó ante Aiolos, intimidándolo con su presencia.
—¿Por qué?— le preguntó.
—Su hermano murió y él creyó que no le permitiríamos ir al entierro— trató de explicar el otro, pero los dedos de Shion se colocaron en su boca, haciéndolo callar.
—No es eso lo que quiero saber, mi dulce Aiolos— susurró el Patriarca, con la voz ronca, llena de pena—. Mi pecho arde de dolor— musitó el tibetano, acariciándole los labios con las puntas de sus dedos—. No comprende por qué lo que antes le hacía saltar de gozo ahora le causa tanta aflicción.
Aiolos trató de separarse de él pero se quedó sin fuerzas para oponerse a la caricia tierna.
—¿La amas?— la carencia de cejas del caballero de Aries le daba un aspecto fantasmagórico, propio de una aparición.
—No lo sé— se giró el otro, dándole la espalda al capitán, tratando de no enfrentarse a sus preguntas.
—Eras un pajarillo herido cuando viniste a mí. Yo te rescaté del alambre de espinos donde estabas atrapado.
Aiolos cerró los ojos, intentando controlar sus emociones.
—Te agradezco estos meses de confianza, y comprendo que a partir de ahora no me hagas merecedor de ella, pero tengo que decirte que he sido muy feliz a tu lado, Shion— replicó, volviéndose al Patriarca—. Y que te quiero.
El rostro del tibetano se crispó. El sonido de la copa de vino explotando en el aire hizo que Aiolos retrocediera un paso, asustado.
—¡No trates de mentir a un mentalista, jovencito!— le recriminó, bajando su cosmos—. Es una tarea imposible de lograr.
—Mis sentimientos son claros, maestro. Puede leer en mí si lo desea— el ateniense bajó sus defensas, permitiendo a Shion entrar en su psique.
El alquimista elevó una mano, tocándole la frente al Arquero. Este dio un respingo casi imperceptible, fruto de los nervios.
—No me gusta utilizar ese tipo de métodos, bien lo sabes. Además, tampoco me arrojaría nueva información a lo ya conocido— caminó hacia la mesa, rodeando el vino que goteaba en el suelo—. Yo era consciente de que tratabas de olvidar a Saga cuando estabas conmigo. Fue un amor desgarrado, él se desequilibró desde que Solaria murió entre sus brazos y buscó un apoyo en quien había sido su amigo durante años. Lo entiendo. Hay cosas contra las que no se puede luchar.
—Saga es mi estigma. Algo que no podré superar jamás— confesó Aiolos, recordando cómo se había entregado a Géminis bajo la lluvia, suplicándole que le hiciera suyo, para ser despreciado a continuación.
—¿Por qué accediste a mis pretensiones¿Querías hacer feliz a un pobre viejo los últimos años de su vida?
Aiolos tomó aire, exhalándolo a continuación.
—Te podrá parecer una aberración, pero... me trasmitías paz cuando me... tocabas— bajó la vista al suelo, avergonzado—. No espero que lo comprendas. Yo no trato de hacerlo ya.
Shion le tomó del hombro, aferrándolo con fuerza.
—Me has hecho sentir vivo, Aiolos. Demasiado vivo para estas alturas de mi vida.
El joven sintió como sus fuerzas le abandonaban, deseando resguardarse entre los brazos del capitán de la Orden de Atenea.
—Perdóname, Shion. No medí las consecuencias de mis actos, soy un mal maestro y peor persona— le brillaban los ojos y la voz amenazaba con flaquear.
El caballero de Aries le quitó la cinta que le adornaba los morenos rizos y jugueteó con ella. Aiolos sintió cómo un escalofrío le recorría.
—Has sido mi remanso de paz y mi deleite en estos últimos tiempos. ¿Quién podría haberse negado a tenerte, viéndote así vestido?— le tendió la mano, recorriéndole el brazo hasta llegar a la muñeca, que agarró con fuerza para acercarlo a él—. Quitón, sandalias, clámide— enumeró—. Sólo te falta el mirto— su sonrisa era triste—. Agradezco a Atenea que me haya permitido disfrutar de tu presencia una vez más.
Se miraron unos instantes, los ojos de Aiolos se llenaron de lágrimas.
—No llores, mi pequeño. Ambos sabemos que una despedida no es un adiós. Es un hasta siempre. Pervivimos en los recuerdos de los otros, volviéndonos inmortales.
—No, Shion, no lo acepto, no quiero aceptarlo— musitó, perdiéndose entre los pliegues de la túnica del otro.
El tibetano besó la morena cabellera, extendiendo sus poderosos brazos y rodeando a Aiolos con ellos, que estaba demasiado ocupado en controlar los suspiros que morían en su garganta. Luego le tomó del mentón, y le besó con ternura en los labios. El griego lo agarró de la ceremoniales ropas y tiró de ellas, para devolverle el beso, apretándose contra su cuerpo.
Incitándole a que lo tomara.
—No quiero que pagues con tu carne lo que no compensarás con tu corazón— le dijo Shion, separándose de él—. Ve con ella. Y sé digno ejemplo para tu hermano.
El Arquero le miró, sorprendido.
—No puedo darle ejemplo cuando yo soy tan chiquillo como él.
—Eres su referente. Ahora y siempre. Vamos, Aiolos. Tu Casa te espera.
El otro se secó las lágrimas, haciéndole una reverencia antes de salir.
—Gracias por todo lo que me has dado, Shion. Pervivirás en mi corazón.
El caballero de Aries sonrió tenuemente, despidiéndolo. Un sirviente limpió el vino derramado y recogió los trozos de cristal que se esparcieron sobre los documentos firmados por el capitán de la Orden de Atenea.
Documentos que jamás llegaron a su destino.
Finalizaron en la trituradora de papel.
Durante el tiempo que llevaba allí se había percatado de lo vivas que eran las mareas: lo que las bajamares arrancaban de la cueva, las pleamares lo devolvían, por tanto, siempre había la misma cantidad de roca y de lecho arenoso, añadiendo una suculenta fauna marina lista para ser devorada y un sinfín de objetos de la más variopinta procedencia.
Había estudiado con interés todas las cavidades de las paredes que conformaban la caverna. Aunque debían llevar miles de años siendo bañadas continuamente por el mar, conservaban abruptas aristas, como si algún divino cincelador se dedicara a esculpir en ellas las escamas para el más mortífero de los animales.
—Vamos a ver cómo tienes de templados los nervios, Kanon— susurró, afilando la mirada.
La actitud del ático había cambiado diametralmente desde los primeros días hasta el momento actual. No gritaba ni blasfemaba continuamente, y tampoco se molestaba en expandir su cosmos o bramar de ira, lo sabía un acto desesperado e inútil. A veces hablaba consigo mismo, dándose ánimos; cuando la marea bajaba, se ponía a recoger los crustáceos y deshechos que el mar escupía dentro del recinto sellado utilizándolos como herramientas. No pasaba hambre aunque la sed era imposible de soportar.
Se mesó el pelo, ajado. La marea continuaba subiendo.
Se dirigió hacia los barrotes para observar cómo la noche comenzaba a caer y pudo oír gritos y risas provenientes del Templo de Poseidón, situado en lo alto del acantilado. Por lo que traía el agua, imaginó que los turistas estarían abandonando el sacro lugar, inconscientes del dolor que estaban infligiéndole al mar con sus deshechos: botellas, papeles, restos de comida, trozos de plástico, una zapatilla de deporte y algo que le llamó poderosamente la atención: una mochila de acampada.
Flotaba en el agua, bastante cerca de la entrada, y Kanon sacó un brazo por entre el forjado para tratar de capturarla. Chapoteó con la mano intentando agarrarla pero no lo consiguió, por lo que se dirigió hacia la pared del fondo y tomó un madero que guardaba para ocasiones especiales como aquella y lo utilizó como caña, pero antes de conseguir atrapar el asa de la bolsa, ésta se hundió, llevándose parte de las ilusiones del ático.
Estaba seguro que allí habría agua dulce, alimento sólido, incluso algún cuchillo de monte. Cosas de las que ya no podría disponer.
—Maldita sea...
Desbordado por la ira, inflamó su cosmos sin darse cuenta y generó un portal dimensional para terminar él mismo cubierto de agua. Le dio un fuerte empujón al madero y éste se escapó entre los barrotes, perdiéndose en la inmensidad azul.
—Lo que me faltaba.
Apretó los puños, intentado mantener la calma. El agua estaba empezando a pasar por encima de la improvisada atalaya, penetrando en la gruta.
Sabía que no lo resistiría por mucho más tiempo.
Se preparó para aferrarse a la pared. En ésta había conseguido asegurar un par de clavos de grandes dimensiones, que le ofrecían una estabilidad bastante sólida para resistir las embestidas del agua, y con los restos de la hélice de un motor fuera borda, se entretuvo en tallar en la roca una especie de escalones que le servían para situarse en un punto más elevado y así mantener la cabeza fuera del agua.
Las olas no tardarían en cubrirle por completo.
Aspiró aire por nariz y lo expulsó por la boca lentamente.
"Me llamo Arlés..."
Estaba cansado de la situación. De gritar hasta arderle la garganta, de sentir su corazón bombeando a gran velocidad. El agua penetraba parsimoniosamente en la cueva, rebasando el improvisado muro de contención. Kanon apoyó su mejilla contra la pared, intentando no recordar.
" ... y soy su secreto"
Sabía que cuando llegara la pleamar el agua arrastraría todo lo que encontrara a su paso, dejándolo a merced de las olas.
Los días anteriores habían sido de una gran tensión. Los dedos, que antaño sólo utilizaba para las idílicas labores de escribir y, en ocasiones, acariciar algún cuerpo femenino, ahora eran palas perfectamente diseñadas para cavar a gran velocidad.
Comprobó con estupor como la primera de las olas derrumbaba el promontorio, llegando el agua hasta cubrirle las piernas. La espuma, blanca, burbujeaba a su alrededor, y la ola, partida por el efecto del obstáculo en la entrada de la cueva, se retiraba lentamente, arrastrando con ella trozos de roca, arena y otros elementos.
Su esfuerzo había sido en vano.
—No, por favor¡No!
Invocó el poder del Géminis y una luz dorada le recubrió. Los restos de agua que quedaban a sus pies comenzaron a hervir, y de sus manos se generaron dos campos dimensionales que eclosionaron sobre su cabeza, chocando contra la roca y difuminándose como niebla en una mañana de primavera.
No podía permitírselo pero era inevitable el desesperarse. Aunque su cosmos rayaba el paroxismo en aquel instante y la Explosión de Galaxias conseguía que todo su cuerpo brillara como si fuera una estrella a punto de estallar, el sello que protegía el Templo de Poseidón lo hacía un lugar indestructible.
Se aferró a los clavos en el muro. El embate del agua le sacudió las nalgas, por lo que la pleamar estaba próxima.
Al principio, creyó que se ahogaría en la primera de las crecientes, pero la necesidad, le repitió Solaria varias veces, era la madre de todas las ciencias.
—Y de todos los vicios¡Puta!— gritó, al recordar la voz de la dorada.
No debía dejarse llevar por los sentimientos de odio y frustración que iban creciendo en su interior a la misma velocidad que subía el nivel del agua, o estaría perdido.
Necesitaba abstraerse de lo que iba a soportar durante un par de horas.
—Saga... Saga... Saga...
No acostumbraba a recitar mantras, es más, la simple idea de la meditación trascendental, fuera quien fuera el que la ejecutara, le daban ganas de reír. Él era un hombre de acción, un guerrero, no un monje.
Adoraba el combate cuerpo a cuerpo.
"Tú eres la parte inservible del Géminis"
Abrió los ojos, recordando a Solaria.
La mujer que lo venció en todos los aspectos.
El agua le llegaba ya a la altura de las caderas. Estaba fría, y sus dientes chocaban los unos con los otros. ¿Tanto le odiaba Saga¿Tan terrible había sido conspirar en el Santuario para conseguir alzarse él y su hermano con un poder que debía ser suyo por herencia?
Solaria sabía que su gemelo llegaría lejos. Cuando ambos fueron asignados a la mujer, a la edad de ocho años, ella los miró desde al altura que le conferían sus largas piernas. Se acuclilló, miró a Kanon a la cara, y tomándolo del mentón, le estudió durante unos instantes.
"Tú no tienes la singularidad. Tú no eres como nosotros".
Tenía el pelo rojizo y corto y brillaba a la luz del sol como si estuviera hecho de puro fuego. Sus ojos eran verdes, su boca carnosa y deseable.
Se sabía poderosa y no dudaba en demostrarlo cada vez que tenía ocasión.
"¿Puedo llamarte Saga?"
El timbre de voz de la mujer era grave, casi ronco. Aquella sensualidad era potenciada por una ropa diferente al del resto de caballeros: había sido criada en Mitilene, y según ella, descendía de las amazonas que lucharon al lado de Escipión en Hispania, por lo que no se veía en la obligación de vestirse de otra manera que con su propia indumentaria de combate.
Kanon sonrió al recordar el vestuario de la dorada: un complejo entramado de tiras de cuero y metal que cubrían lo estrictamente necesario, dejando el resto de su espigado cuerpo al aire, y un taparrabos que estaba entre lo decente y la perversión más enorme.
Era atractiva y se aprovechaba de ello.
Al principio mantuvo escarceos con algunos de los caballeros de oro. Kanon lo recordaba porque no solía ser usual que salieran a la luz los affaires sentimentales de los integrantes de la orden, a pesar que era un secreto a voces la bisexualidad de gran parte de los guerreros. Melkart, en el tiempo que estuvo en Atenas, fue uno de sus asiduos acompañantes.
Hasta que Saga creció.
Y ella comenzó a participar en orgías.
"Ella se declaró a Saga"
Apretó los dientes recordando el cuerpo de Solaria bajo el suyo. El tatuaje del escorzo de Géminis, con el hombre y la mujer conformando el ying y el yang en enfrentada posición, enredadas las piernas, entregándose el uno al otro en incestuosa pasión.
"Y Saga se quebró"
Kanon tardó en comprender que la noche que la dorada lo invitó al templo de Géminis para terminar acostándose con él, realmente lo estaba utilizando por última vez. Al ver que su promiscuidad le generaba un constante vacío interior y no poder estar junto a Saga en calidad de amante, utilizó el físico de su gemelo para satisfacer sus deseos antes de morir.
Llegó, se pegó a su cuerpo y le acarició la entrepierna.
—¿Cómo pude estar tan ciego?
"Déjame llamarte Saga y podrás ponerme a cuatro patas¡Como las perras!"
Y Kanon aceptó jugar con las reglas de Géminis, le arrancó las bragas y ella coronó el casco de su propia armadura con su ropa interior, mientras lo manipulaba una vez más obligándolo a penetrarla en diferentes posiciones, como si no pudiera dejar nada sin probar. Lo miraba con desafío en sus ojos, mordiéndolo y arañándolo, gimiendo aquella letanía obscena.
"¡Más adentro, Saga¡Más profundo!"
Quería gritar.
La duda sembrada durante escasos segundos en su mente sirvió para que perdiera la concentración y una ola lo arrastrara lejos de la pared. El reflujo del agua hizo que chocara contra el barrote central de la entrada hundiéndose las costillas a causa del impacto y cuando creyó que su fin estaba cerca, descubrió algo que lo dejó sin palabras.
Ante él, flotando, estaba la cosa más fea jamás imaginada.
Kanon se quedó completamente estático, con la boca abierta y los ojos casi desorbitados. El ser estaba allí, con la piel brillante, ojos sin pestañas de un acuoso color oscuro y sonrisa de depredador. Tenía un aspecto terrorífico.
—Te ahogarás si continúas en esa posición— le dijo, sonriendo.
Sus dientes mostraban una curiosa disposición de sierra, y Kanon sintió cómo un escalofrío le recorría todo el cuerpo al ver las branquias abrirse y cerrarse a ambos lados de la cara.
—Sácame de aquí— le pudo contestar, no sin evitar que le temblara la voz.
—¿Tienes frío?— preguntó el otro.
—Estoy helado— una ola chocó contra su rostro, haciéndolo toser.
Se agarró a los barrotes cuando vio al ser desaparecer bajo el agua. El griego le buscó, con nulos resultados.
—¡Espera¡Ayúdame!
En el exterior se estaba desatando una tormenta.
"Estás muy tenso. Permíteme ayudarte"
La voz del desconocido se abrió paso en la mente del ático. Supuso, y no sin tener una cierta fundamentación, que se estaba volviendo tan loco como su hermano, y que pronto una deidad le poseería. Con una gran sonrisa, se imaginó que Hermes le elegiría para convertirse en su avatar humano: Apolo se le antojaba muy delicado con el arco y la lira; Hades, demasiado oscuro. Zeus muy presuntuoso, y Poseidón...
—Sí... me gustaría ser el general de su tropa— se carcajeó, cuando la siguiente ola volvió a cubrirle la cabeza.
Ya no podía resistirlo más.
Se soltó de los barrotes, preparado para estrellarse contra la pared del fondo. ¿Sería una muerte dulce? Pronto lo comprobaría. Así, su historia finalizaría allí, donde nadie podría rescatar el cadáver y darle un enterramiento digno.
Suspiró por última vez, el agua penetró por su nariz, generándole un fuerte escozor. Le hubiese apetecido despedirse de su hermano, pero ahora su secreto le cuidaba, protegiéndole de la maldad de los demás y de la suya propia.
—Adiós... Saga.
Los dedos se relajaron y una nueva ola chocó contra su cuerpo. Se vio a sí mismo impactar contra las afiladas aristas del muro, labradas casi milimétricamente, cuando notó una fuerza que lo agarraba de la cintura.
"No vas a morir"
Algo lo estaba reteniendo contra los barrotes.
Abrió los ojos y vio al tritón; las branquias aleteaban, abriéndose y cerrándose como las alas de una mariposa. Su boca estaba abierta y sus brazos, terminados en una fusión entre mano y aleta se dirigían directamente hacia su rostro.
No pudo resistirse. Cuando el tritón lo besó, Kanon estaba prácticamente desmayado, y si hizo algo más que llenarle los pulmones de aire, tapándole la nariz con una de las aletas mientras que con la otra lo mantenía en la verticalidad, el ático no pudo saberlo jamás. Perdió el conocimiento, y cuando volvió en sí, el otro ya no estaba.
Simplemente saboreó los salados labios y se los tocó, sabedor de lo mucho que había hecho aquel ser deforme por él.
Salvarlo con un beso.
—Es una lástima que fueras tan... —sonrió, para luego quedarse boquiabierto.
Atadas a los barrotes con cuerdas de montaña flotaban un par de bolsas con útiles diversos de supervivencia.
—Por todos los...
Cuando las soltó y vio lo que tenían dentro, trató de asomarse por el enrejado, pero no vio a nadie.
—¡No sé tu nombre!— gritó, mirando hacia el frente y los lados.
Nadie contestó.
Se encogió de hombros y puso a buen recaudo la bolsa. Esa noche cenaría comida de verdad.
Y brindó por el tritón, a pesar...
—... de lo feo que eres.
Su corazón ardía al recordarle.
Sonrió, tomando la ropa y vistiéndose con ella lentamente. La boca del hombre sabía a mar, salada y fuerte, y su pelo era como un banco de doradas, brillando cuando el agua se reflejaba en él. El perfil, como los de las esculturas del Templo del Dios de los Mares, había sido dibujado por sus aletas cuando estaba desmayado y su cuerpo era duro, la cintura destinada para aferrarse a ella y protegerlo hasta exhalar el último suspiro.
Quiso acariciarle más íntimamente pero la simple idea le pareció sacrílega, por lo que se contentó con tenerle abrazado, manteniéndolo en pie.
Era muy hermoso. Y le debía la vida a él.
—¡Kaysha!
El joven multiforme gruñó.
—Buena noche, Nerea— susurró mientras jugueteaba con las piedras del suelo.
La muchacha se acercó al aprendiz, sentándose junto a él.
—El maestro ha preguntado por ti, le dije que estabas en las calas.
—Vine a darme un baño.
Ella lo miró, para sonreír a continuación.
—Los peces no me han dicho eso.
Kaysha la miró con interés.
—Tu mayor miedo es morir entre las redes de los pescadores— le recordó, deleitándose con la cara de horror de la sirena al escuchar su peor temor.
—Y el tuyo tu propio aspecto— le espetó ella.
El joven marina se concentró y su cuerpo mutó en el de una preciosa joven de rubios cabellos y piel blanca.
—Puedo ser bello cuando me apetezca— replicó, convirtiéndose en un muchacho de idénticos rasgos al momento.
—Siempre te transformas en tritón para ir a espiarlo— se apoyó sobre Kaysha, y le obligó a rodearla con su brazo.
—Nado más rápido con ese aspecto, sin tener que subir a la superficie para respirar. Aunque— miró al frente, compungido—, hoy casi se muere ahogado, estuve a punto de no llegar a tiempo— Kaysha se apoyó contra una roca, su arqueada espalda gimió al sentir la textura contra su piel.
—¿Es guapo?— le preguntó la chica, soltándose del abrazo y tirando una concha al agua.
El rostro del multiforme se iluminó.
—Es como contemplar a nuestro Dios, Nerea.
—¡Conviértete en él, por favor!— se le sentó encima, a horcajadas, para deleitarse en el proceso de la mutación.
Kaysha tomó aire y su cosmos brilló, rodeándole. Su cabello creció, oscureciéndose. La cara se afiló, la piel se tornó morena; sus piernas se alargaron, su pecho se extendió, marcándose sus hombros y brazos. Sus glúteos se endurecieron y su sexo se hinchó al sentir la cercanía de la sirena.
—¿Es así?— preguntó ella, sorprendida.
—Sí.
La muchacha se aferró a su cuello, impresionada por la imagen que mostraba el joven.
—¡Hazme con este cuerpo el amor de los humanos, Kaysha!— rió, mirándose ella misma las aletas en brazos y piernas.
—Prefiero hacértelo con cualquier otro aspecto— protestó él, apartándola.
—Este es el que más me ha gustado de todos los que he visto. ¿Le matarás para suplantarle?
El multiforme meneó la cabeza, negándose.
—Falta poco para el amanecer—insistió, jugueteando con su pecho—. Tenemos media hora— dijo, observando el cielo.
Ella perdió las branquias y aparecieron miembros humanos donde antes sólo existían escamas y aletas. Su aspecto evolucionó y su rostro pasó a ser el de una jovencita de unos veinte años.
Justamente el que más le agradaba al aprendiz.
Nerea le había colocado las palmas de las manos sobre sus pechos y elevaba las cejas ante la envergadura del pene de Kaysha cuando ambos escucharon un alarido proveniente del alto del acantilado.
—¡Leumnades!—voceó Proteo, su maestro—. ¡Te doy tres segundos para que te presentes ante mí, o te mutaré en coral rojo durante toda tu vida!
—Mierda— dijo él, volviendo a su forma original—, me van a borrar el nombre. Como si no hubiera más aprendices en el centro de entrenamiento.
—Pero tú eres el mejor. Tú alcanzarás a vestir la escama— contestó ella, transformándose en sirena de nuevo—. ¿Me dirás dónde encontrarlo¿Cómo se llama?
El multiforme la miró, su labio inferior, trémulo, tembló como si fuera gelatina.
—No te acerques a él.
Ella mantuvo la mirada.
—Recuerda que somos suplantadores. Nos alimentamos de las emociones de otros para volverlas contra ellos mismos, el amor está prohibido para nosotros.
—No es necesario que lo repitas constantemente. Se lo que estoy haciendo.
Ella lo escrutó, viendo cómo Kaysha rehuía el contacto visual.
—El maestro nos espera. Vamos —finalizó, disgustada.
La vio alejarse, y él también se dispuso a abandonar el lugar pero antes lanzó una última mirada al norte.
—Hasta mañana, mi dios.
Y se reunió con sus compañeros.
Tenía grabado en su memoria el lugar exacto dónde encontrarse con Dohko, y aunque sabía que su persona era fundamental para la reorganización de las fuerzas de Atenea, en su corazón moraba un profundo pesar.
Mü odiaba la violencia más que a nada en el mundo, al igual que Shion, y ahora su maestro debía sacrificarse y él esconderse hasta que el mundo que había conocido quedase diezmado, arrasado por las ansias de sangre de un asesino.
No debía guardar ningún tipo de resentimiento ante lo que iba a ocurrir. Es más, la doctrina que la Casa de Aries había seguido durante milenios, estaba en contra de aquel tipo de arrebatos, considerados una impureza; sin embargo, en su fuero interno deseó que las cosas no hubieran seguido ese curso y que su maestro estuviera equivocado.
Nada más alejado de la realidad.
El carnero dorado iba a su espalda, oculto en la caja de Pandora.
No le costó ocultarse en un barco con destino a Turquía. A partir de allí, caminaría hasta llegar a Rozan, como si fuera Marco Polo, atravesando lugares desconocidos para él.
Su parte de chiquillo hervía en impaciencia, cosa que le hizo recriminarse a sí mismo. ¿Era ese el comportamiento que se esperaba de un capitán? Sabía que no, podía imaginarse a Shion fruncir su ceño para luego elevar los puntos de poder de su frente. No existía expresión que más divirtiera a Mü que la de la perplejidad de su maestro.
Saltó con agilidad desde la cubierta principal hacia uno de los botes salvavidas para alzarse a lo más alto de la chimenea, con intención de utilizar su poder de telequinesia si algún marinero se le ocurría mirar hacia lo alto. Allí, gracias a la resistencia de su piel a los elementos adversos, podría rebajar las pulsaciones de su cuerpo, y sumirse así en un estado de aletargamiento total.
De esta manera conseguiría regenerar su cuerpo y su mente.
Cuando la sirena del barco anunciaba que éste zarpaba, la opresión de su pecho aumentó.
—Te voy a echar muchísimo de menos, maestro— dijo entre suspiros.
Permitió que las lágrimas bañaran su rostro. No había nadie para reprocharle aquella muestra de humanidad.
Desde aquel preciso instante, se había convertido en un caballero errante.
Y ese sería el menor de sus problemas.
—Sean bienvenidos a este recinto— contestó él inmediatamente, al reconocer las sagradas vestiduras.
Ataviados con sus armaduras, los tres dorados franquearon el propileo8 sur, dejando una estela de admiración a medida que iban acercándose a la montaña donde estaban emplazados los Doce Templos. Afrodita caminaba a la derecha de la cretense, mientras que el italiano le cubría el flanco izquierdo, ya que así debía ser. Ella era la que llevaba, de los tres, más tiempo como dorada, el bellísimo sueco la sucedía y cerrando la formación, la juventud de Death Mask se ponía así de relevancia.
La capa de Perséfone ondeaba, acariciándole las botas, como si fuera un gato mimoso y juguetón. Hacía calor, algo inusual para aquella época del año, y aunque el sol lucía en lo alto del cielo, Perséfone solo sentía la mordedura del frío que le recorría la espina dorsal. Cada paso que daba le hacía experimentar un suplicio al clavarse la faldilla de la armadura sobre la herida, y aunque su primera reacción fue la de colocarse la mano sobre ésta y apretar para intentar calmar aquel dolor, siguió caminando con paso firme y decidido.
No flaquearía ante nadie.
No era propio de Escorpio.
Al comenzar la ascensión por las escalinatas, recordó las palabras del Patriarca una vez terminó de entrevistarse con él y la acción de sujetar con firmeza su máscara al rostro la hizo fruncir el entrecejo.
Shion no le perdonaba el haber estado con el Arquero, y posiblemente el acceder al cortejo de Aiolos las había condenado a portar la máscara tanto a ella como a sus compañeras de rangos inferiores.
Cruzó Aries en primera posición, con los otros dos custodiándole los flancos. Aunque el repiqueteo de sus botas retumbaba rítmicamente, evidenciando una seguridad en el paso asombrosa, el interior de Perséfone hervía de intranquilidad. Al rememorar el rostro de Aiolos sobre ella, sonriendo mientras la acariciaba, deleitándose en el toque de sus pieles, todo su cuerpo se estremeció.
El ateniense le gustaba. Le gustaba mucho.
¿Cómo enfrentarse a esa realidad? No era extraño que dos guerreros que se encontraran solos decidieran pasar un buen rato juntos, era norma común en el Santuario, pero mezclar sentimientos con placer ya era involucrarse demasiado.
Sin embargo, en su fuero interno, después de comprobar que Milo se encontraba bien, su mayor deseo era volver a ver a Sagitario.
Y eso consiguió preocuparla.
Los tres caballeros continuaron su camino, franqueando Tauro y Géminis y cuando se detuvieron en Cáncer ella se adelantó, asqueada por el comportamiento que los otros dos exhibieron durante gran parte del camino. Se comportaban como una pareja, y en el pasillo se prodigaron mimos que, a todas luces, estaban fuera de lugar en una institución como aquella.
Perséfone bufó incómoda, tratando de no mirarlos mientras se besaban.
Death Mask tenía el cabello de Afrodita enredado entre sus dedos, mientras que el otro se dejaba acariciar, embriagándolo con el perfume que exudaba su cuerpo.
Una vez el etrusco dejó partir al sueco, Perséfone le indicó una entrada, y a partir de aquel punto, le enseñó una serie de pasadizos para entrar en los Templos sin cruzar el resto de las casas. Se personaron casi al instante en el de Piscis, y una vez instalado el caballero en la Duodécima Morada, se dirigió a su área, con un millón de cosas que hacer y muy pocas ganas de ejecutarlas.
Inflamó su cosmos en la entrada y la armadura voló a su pedestal, situado en el pasillo. Aquella acción tenía un doble significado: por una parte, indicaba al viandante que el templo estaba ocupado por un caballero, y por otra, que éste se encontraba en el recinto.
Creyó, con esta acción, que Milo saldría corriendo a recibirla, pero se equivocó. En su lugar, oyó un gran estruendo, proveniente de la zona privada correspondiente al joven espartano.
Con la mano colocada en la cadera para apretarse la herida, penetró en la habitación de su aprendiz, y apoyándose en la puerta, se quitó la máscara y suspiró, contemplándole. Estaba subido en una escalera, con las pantorrillas adornadas por las cintas de las correspondientes sandalias, las piernas al aire, y elevado el quitón9 hasta un punto que revelaba un panorama que Perséfone imaginó haría las delicias de Aioria.
Y no solamente de éste, pensó arqueando una ceja.
Milo se había convertido en un joven muy apetecible.
—¿Estás haciendo remodelaciones en la cueva, pequeño Escorpio?
Él la descubrió desde su improvisada atalaya y una sonrisa pobló su rostro al tenerla en el Templo.
—¡Maestra!
Se bajó de la escalera a gran velocidad y la tomó entre sus brazos, estrechándola fuertemente, y cuando ella elevó los suyos para rodearlo, el joven escorpión escondió su cara en el cuello de ella.
Perséfone supo que algo iba mal.
—¿Qué... ha ocurrido?— le preguntó.
Milo la tenía fuertemente agarrada, y no tenía intención de separarse.
—Milo, te he hecho una pregunta.
El joven no le contestó.
—Vamos, vamos, dime... algo no va bien, dime— insistió, con ternura—, dime qué ha ocurrido.
La mujer se separó ligeramente de él, y lo miró, comprobando que los ojos del joven eran trémulos, de un brillo similar al que precede a las lágrimas.
—Milo, un espartano no llora en público. Ya lo sabes— le reprendió, y en el momento de hacerlo fue consciente de la cara de dolor de su discípulo.
—No pensaba ponerme a lloriquear— contestó, a la defensiva—, aunque tenga motivos. Mi hermano ha muerto— finalizó a bocajarro.
Ella se quedó con la boca abierta.
—¿Anterón?
—Niklas.
Volvió a buscar refugio entre los brazos de ella, sintiendo cómo los metálicos pechos de Perséfone se clavaban en sus costillas.
—¿Qué ocurrió¿Cómo sucedió, Milo?
—Además— susurró él sin escucharla, aferrándola aún más— Aioria y yo no nos hablamos, y me siento demasiado solo pero ahora... has vuelto y estás... aquí...
Perséfone trató de alejar a su discípulo de ella, para intentar comprender lo que estaba tratando de decirle. La herida, a medida que Milo la abrazaba, supuraba aún más, infligiéndole un dolor tremendo.
—No... no te vayas...
La actitud del joven comenzaba a exasperarla.
—Quiero que me cuentes todo lo que ha pasado— le ordenó, con toda la suavidad de la que fue capaz—, pero antes, suelt...
No pudo terminar la frase. Cuando el caballero de Escorpio tomó conciencia de lo que estaba sucediendo, Milo ya la estaba besando con pasión. La había ido empujando contra la estantería de la sala de estar, inmovilizándola contra ella, y sus brazos la rodeaban como si fueran las cadenas que unían a Prometeo a la montaña donde el águila le devoraba las entrañas. Se sintió asfixiada, desbordaba por aquello que no quería creer. Durante años había mantenido las distancias pero el veneno inoculado mediante las flechas del Segador la volvían torpe y lenta de reflejos.
Quiso quitarse a su discípulo de encima pero hasta que no inflamó su cosmos y le dio un buen empujón, Milo estuvo saboreando su boca como jamás nadie lo había hecho. Pallas le regaló caricias dulces. Aiolos le hizo descubrir un placer que creyó vedado para ella pero los besos de Milo desprendían auténtico fuego.
Un fuego que amenazaba con extenderse como un incendio forestal, arrasándolo todo a su paso.
—¿Qué crees que estás haciendo?— le gritó, iracunda, con el rostro congestionado y un rictus de sorpresa y furia que empezaba a eclosionar su aura elevándola hasta límites casi desconocidos para Milo.
—Besándote— contestó él, triunfal—. Es mi manera personal de decirte que te echaba de menos y darte la bienvenida.
—¡No soy Aioria, discípulo!— replicó, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
—No. Gracias a los dioses que no lo eres— rezongó él.
Perséfone se separó de Milo y se dirigió a la puerta, con intención de curarse la herida y cambiarse los apósitos. Sabía que si se quedaba ante él, terminaría por golpearle.
Y no deseaba hacerle daño, a pesar de estar fuera de control.
—¿Adónde vas?— inquirió él, entrecerrando los ojos.
—Tengo un informe que redactar para entregárselo al Patriarca, y luego he de ver a Aiolos para que me cuente qué tal ha ido tu entrenamiento— replicó, en tono amenazador—. Volveré cuando se haya bajado tu nivel de testosterona. Ahora no estás en condiciones de razonar.
El rostro de Milo se quedó serio para luego transformarse en una máscara sádica.
—El Arquero. Sí, cómo no, el divino Aiolos. Ve— le susurró despectivamente para darle la espalda—. Vete a su... casa.
Perséfone elevó una ceja mientras veía como Milo se quedaba callado, indicándole con la postura que no deseaba continuar aquella conversación. El cosmos del muchacho había cambiado, y Perséfone encontró cristalizados rastros en su aura, de origen desconocido para ella.
—No me gusta el tono con que me estás hablando. ¿Tratas de ocultarme algo?
Milo se dio la vuelta, encarándola.
—Vete a que te lo cuente él. Domina mejor la oratoria que yo.
La furia que desprendían sus ojos lo hacían arrebatadoramente hermoso.
—Mejor me vas poniendo en antecedentes tú, discípulo— recalcó la palabra, para luego sonreír macabramente.
El Escorpión encogió los hombros.
—Deserté.
Perséfone se quedó atónita.
—Y me enfrenté a él en Milos, justo el día en que enterraron a mi hermano. Para aprovechar el viaje, me declaré a mi hermana pero me dijo que no era buena idea— enumeró con los dedos, como si fuera un actor ante su público—. Luego, llegué aquí y Aioria también me rechazó. ¿Puedes creer que fuera capaz de hacerlo por dos veces¡A mí!— enfatizó con las manos—, y ahora tú me castigarás hasta que peine canas. ¿Deseas que añada algo más?
La cretense sudaba copiosamente ante la sarta de despropósitos que estaba escuchando.
—¿Me estás diciendo— se acercó a él, con el rostro hirviendo de ira— que vas a tirar casi ocho años de entrenamiento por la borda?
—¿Qué demonios quieres que te diga¡Me siento solo¡Abandonado¿A quien le importa que deserte o que consiga la armadura¡A nadie!
—¡Milo, por el Arco de Artemisa¡Nos ejecutarán a los dos si esto llega a ser de dominio público¡Un espartano jamás deserta¡Vuelve con su escudo, o sobre él!— le gritó, fuera de sí.
—Qué ironía— contestó él, mojándose los labios, exhibiendo una calma impropia del tema que estaban tratando—. Mi hermana también me dijo la misma frase, cuando me indicó dónde estaba el puerto de Patrás.
Perséfone sintió cómo unas enormes ganas de cruzarle la cara de un bofetón la inundaban, y sólo su fuerte autocontrol evitó que llevara a cabo aquel deseo.
—Creo que olvidas con quién estás hablando, jovencito— le dijo en el tono más grave que fue capaz de conseguir.
—Con mi maestra. La que debe iniciarme— se relamió— en todas las disciplinas de...
No le dio tiempo a verla venir. Cuando se dio cuenta de lo que había ocurrido, tenía una ráfaga de aguijonazos clavados en el pecho.
—¡El respeto es algo que creo haber ganado ante ti, jodido mocoso!— le enseñó la Aguja Escarlata, brillando en su dedo—. ¡Y juro por Atenea y su Egida que si tengo que matarte para demostrártelo, colgaré tu cadáver en la puerta de este templo¡Me importa un bledo que te sientas solo¡Eres un caballero al servicio de una diosa y eso es lo único que ha que regir toda tu vida! Si no has entendido esta lección, significa que he perdido el tiempo contigo.
Milo elevó su cosmos violentamente cuando sintió el dolor de las Agujas en su pecho. Más que el saberse tocado por ella, fue el hecho de la sorpresa lo que más le molestó. Ella seguía siendo poderosa, continuaba ostentando la armadura de Escorpio y, evidentemente, Milo no era más que su discípulo.
Un mocoso que sólo sabía molestar.
Dejó que el dolor y la angustia que estos sentimientos le generaban reactivara y retroalimentara sus poderes. El aura, dorado rojiza, comenzó a ser visible a su alrededor, y las ondas cerebrales que casi habían conseguido freír el cerebro de Aioria estaban enfocadas directamente hacia el centro neurálgico de Perséfone.
Aunque Milo no contó con que ella conociera esa técnica, un grave error por su parte.
Las ondas del espartano chocaron contra el escudo proyectado por la cretense y los azules ojos de ella se clavaron en él, traspasándolo.
—No te atrevas a hipnotizarme, Milo, o te crucifico en la pared— le amenazó.
—¡Deja de tratarme entonces como a un crío!
Estaban uno frente al otro, casi jadeando, con sus cosmos generando una gran cantidad de energía estática que chisporroteaba a su alrededor, presentándolos como guerreros temibles.
—Te voy a dar un escarmiento que no olvidarás jamás.
Milo sonrió con sorna.
—Lo aguantaré. Como buen espartano que soy.
—¿Espartano? —Perséfone se carcajeó mientras rebajaba su aura, sabedora que no era buena idea el enfrentarse con su discípulo en aquellas condiciones—. Clearco era espartano— enumeró—. Leónidas era espartano. Pero tú, Milo Alkaios, tú eres un embrión de espartano todavía, y si sigues por este camino— se quedó quieta, mirándolo fijamente—, en embrión te vas a quedar.
—¿Por qué nadie puede tomarme en serio?— gimió, rebajando él la suya.
—Porque no dejas de cometer estupideces, una detrás de otra. Y comienzo a estar cansada de esta situación.
Milo terminó por agachar la cabeza, sin argumentos para rebatir aquella dolorosa afirmación.
Ella le miró, con tristeza y ternura en los ojos, que escondió cuando él alzó el mentón y enfocó sus ojos hacia la puerta.
—Tienes residuos en tu aura, discípulo— apuntó—. ¿Existe un motivo para ello?— intentó cambiar de conversación, relajando el ambiente.
—Fue el escorpión que me regalaste— explicó el otro, gesticulando—, su maldito veneno mutó en mi organismo. Creo que ahora mi poder es incluso más mortífero que antes— se sentó en los peldaños de la escalera, dejando los morenos muslos al aire—. Yo también— la miró directamente— he notado algo en el tuyo.
—Me encuentro bien— mintió, intentando no mirarlo.
—Mi cosmos no dice lo mismo. Las ondas caloríficas me informan que tienes fiebre.
—Nada de importancia. El Segador me puso a prueba, y como siempre, gané.
Milo no le quitaba los ojos de encima.
Perséfone tragó saliva y carraspeó. De haber elegido una palabra para expresar cómo era la mirada que Milo le estaba regalando, la cretense no habría dudado al pronunciarla:
Incendiaria.
Sin embargo, no tenía ganas ni fuerzas para emprender una batalla dialéctica o de otro tipo con él, así que claudicó silenciosamente y se dirigió a la puerta, para rebuscar entre sus pertenencias, y encontrar, tal y donde la había dejado, la figurilla. La agarró con cuidado y se la colocó sobre la palma, sonriendo levemente a continuación.
—Toma. Esto es para ti.
Representaba a Milo con armadura, con el cabello crispado como si fuera Medusa, en posición de ataque, disparando las Agujas Escarlatas. Para lo pequeña que era la talla, mostraba una gran cantidad de detalles, y el joven Escorpio, cuando la tuvo en la mano, no supo qué decir. La miró durante unos minutos, para luego elevar el rostro y encontrarse con el de ella.
—¿Soy así para ti?
—Ahora mismo estás catalogado como patán descerebrado. Pero algún día, cuando tu cabeza decida empezar a pensar, sí, alcanzarás a ser un auténtico Escorpio. Como el de la figura. Superior a Tiberio y a mí.
—Superior a Tiberio y a ti— dijo para sí mismo.
—Si no te mato antes por imbécil— contestó ella.
El espartano suspiró profundamente
—El dolor me está destrozando— musitó.
—¿Crees que no te entiendo?— le preguntó ella, comprensiva.
—Ya no sé en qué creer. Yo...
Perséfone asintió, sabiendo lo que él trataba de comunicarle.
—Eres como esta flor— le extendió un edelweiss, encajado en un cubo transparente—. En tu fragilidad está tu fortaleza. Pero sólo unos pocos han de conocer este secreto. En malas manos, significaría conceder las claves de tu destrucción.
Milo lo miró, para luego cambiar la vista hacia ella.
—No debo sentir. He de resguardar mi alma. Me lo has repetido centenares de veces.
—Siente, Milo— le dijo ella—. Pero no demasiado.
El retiró la escalera, situándola en una esquina, calmado.
—Pronto celebraremos una sysstia10. Y como eres el joven, habrás de conseguir tú los alimentos y el vino.
El muchacho sonrió, volviendo a ser el chiquillo de siempre.
—¿Cuándo será, maestra?— preguntó, con el rostro iluminado.
—Pronto. Ahora he de ir a mi área y refrescarme. Ya te avisaré.
Milo asintió. Tenía mucho que contarle y que relatarle. Dudas que preguntar a su maestra ahora que ya estaba con él.
Pero esa noche, cenó solo.
Quebrándose un poco más.
Haciéndose más Escorpio.
Afrodita ladeó la cabeza hacia la puerta, dispuesto a contemplar por última vez el impresionante paisaje que la ubicación de su Casa le ofrecía: las once anteriores brillaban bajo el sol, que tímido, intentaba asomarse entre las nubes.
Pensó en una flor aromática y a su mente llegaron una multitud de ellas: la dama de noche, con sus delicados pétalos blancos, la glicinia, de violáceo color; la rojiza pasiflora gigante, que más que una planta, parecía una anémona a punto de devorar a un enemigo, y el traquelospermo.
—Trepadoras— susurró, sonriendo—. Si las cultivo, en dos días, esto parecerá la selva de Madagascar.
Inflamó su cosmos levemente para borrar de su piel los excesos cometidos con el caballero de Cáncer. Los arañazos en sus muslos, en sus caderas y espalda pondrían en evidencia prácticas no demasiado ortodoxas para tan virtuosos caballeros.
Se dirigió al ala sur del templo, y allí la visión de su flor preferida, la rosa, le hizo lanzar un jadeo de felicidad.
—Mis pequeñas…
Tomó una en sus manos y buscó las espinas para clavárselas en los dedos. La rosa se marchitó inmediatamente, para luego, con ayuda del caballero, volver a resurgir más pura y hermosa de lo que jamás había sido.
—¿Echabais de menos al guerrero de Piscis?
Elevó una mano y una ráfaga las hizo moverse. Las rosas parecieron aceptar el caldo y se removieron en su cárcel de tierra con barrotes de raíz.
El joven caminó entre ellas, y las flores, como si fueran girasoles animados por un sol cálido y poderoso, tornaron sus caras de pétalo y éstos se hincharon, para salir disparados hacia el cielo y caer como lluvia carmesí sobre el sueco. La sangre de éste continuaba manando de su dedo, y las plantas, ávidas, bebieron el maná dorado, creciendo sus espinas desaforadamente, revelándose ante Afrodita como asesinas de la más exquisita belleza.
Se introdujo el dedo en la boca y luego sopló sobre él. Las micras de sangre que contenía la brisa terminó por activar el proceso de curación de las rosas, y cuando los ojos azules del más impresionante de los caballeros terminaron de pasar revista a sus floridas tropas, asintió.
—Llevaré un buen ramo al Patriarca— se dijo para sí, mientras escuchaba el ulular de las plantas, que burbujeaban de vida.
Continuó explorando las dependencias del templo y al ver el área privada realizó un mohín de desagrado.
—Tu gusto por la belleza no se extendía a la decoración— dijo, tocando una pequeña enredadera que crecía en la puerta de su habitación. Las hojas se inflamaron de color, pasando de un verde apagado a otro muchísimo más rabioso, hasta que henchida de savia, reventó.
No hizo ruido al explotar, a lo que Afrodita encogió los hombros, empujando el tiesto hacia la mitad del pasillo. Los sirvientes lo recogerían y limpiarían los restos del asesinato.
—Asesinato...
Se relamió de placer, mientras tiraba las humildes sábanas de hilo al suelo y las pisaba con elegancia, para luego tomar unas tijeras y hacerlas jirones.
—Esta tela no es merecedora de acariciar mi cuerpo, Syla. ¿Acaso no sabías que me encanta la seda?
Llamó a un aprendiz, y le extendió una nota con una serie de indicaciones. Luego le contempló mientras abandonaba el Templo, para dirigirse al lugar del que tanto le había hablado su maestro.
El Manantial de la Belleza.
No le costó encontrarlo porque tenía un pequeño mapa con el emplazamiento del mismo. El caballero de Piscis lo había ordenado construir para su pequeño pupilo, y mientras Afrodita le regalaba noches de pasión, él le concedía los secretos de su signo.
—Estúpido sentimental...
Se había vestido con una túnica azul, de un delicado tono, que resaltaba aún más la belleza de su piel. Reconocía que estaba cansado, el ajetreo sexual con Cáncer le pasaba factura ya que unas tenues ojeras brillaban en su rostro. Sin embargo, conocía la mezcla de plantas y raíces perfecta para evitar los síntomas de la fatiga.
Deshizo el equipaje que había traído de Groenlandia y con la ropa, hizo una hoguera. Sabía que jamás volvería allí, que aquello era una historia pasada. Para Afrodita, cuyo nombre real era un secreto fuertemente custodiado, Syla había sido uno más.
Ni mejor ni peor que otros.
Guardó la bolsa en un armario, y se quedó quieto al ver cómo un papel caía a sus pies de uno de los bolsillos delanteros.
Frunció el ceño y luego se quedó unos minutos pensativo al leer el contenido de éste.
Era una carta de amor.
La acercó a sus ojos, y dibujó la rúbrica con los dedos, para leerla una vez supo quién la había escrito.
—Arvydas...
Carraspeó, aclarándose la voz, mientras se dirigía a la cascada con paso tranquilo.
—No va a ser ésta una carta de amor convencional— comenzó a recitar en voz alta el texto escrito con una caligrafía deplorable—, aunque tampoco pretende serlo porque ni tú, mi objeto venerado, ni yo, seguidor incansable tuyo, nos ajustamos a lo que los demás tildarían de cotidiano.
El sueco jadeó al meter uno de sus pies en el agitado remolino que generaba el chorro caliente del agua que caía, ruidosamente, de entre un entramado de piedras llenas de verde musgo.
—Así que— continuó, introduciendo el otro pie y caminando hacia la mitad del estanque—, aunque el término "romántico" no me encaja como les podría definir a Bécquer o a Lord Byron, cuando te tengo delante, es la única palabra que me viene a la mente.
Lanzó una pequeña carcajada al aire, mientras permitía que el agua acariciara sus pantorrillas.
—Muchas noches he soñado que no sólo tu cuerpo es mío. Y aunque me cueste admitirlo, sé que él está en tu pensamiento y en tu corazón. Mi amor no es correspondido, y mi alma destila dolor cada vez que pronuncias su nombre, o te refieres a él.
Afrodita abrió los ojos cuando paladeó la frase que venía a continuación.
—Le odio, porque sé que cuando caes sobre el colchón después de yacer conmigo, es en él en quien piensas, despreciando mi amor.
Tomó aire y se acomodó en las azotadas aguas donde caía el chorro de la cascada. En verdad, aquel joven debía amarlo hasta la desesperación, para cometer la atrocidad que desencadenó todo lo ocurrido en el campo de entrenamiento.
—Por eso me defino romántico— vocalizó, inflamando su cosmos y reactivando la savia de los nenúfares que flotaban en el agua—. Porque el romanticismo es el término que califica a los suicidas por amor. Un amor violento y apasionado, celoso, posesivo, lleno de fuego y de dolor. De odio, visceralidad y sentimentalismo. Un amor atormentado, de esos que escarifican la piel con el nombre del amado, de los que mueven montañas, de los que apagan el sol.
Su orgullo se hinchaba por momentos.
—El— Afrodita sabía que se refería a Syla— no quiere que hable de tu aspecto. ¡Que se pudra en el Infierno¡El y su ansia de tenerte para él solo! Porque jamás podrá quitarme el recuerdo de la luz de tus ojos, que alumbran el camino pedregoso que me lleva hasta tu cuerpo. Ni el sabor de tu boca, que ansío conquistar mientras escalo por el marfil de tus piernas, largas, espigadas como el trigo de mi tierra en verano. O las hebras resplandecientes que te coronan por obra y gracia de esa diosa tuya, de la cual portas el nombre, que te las concedió cuando naciste. ¿Cómo no rendirse a esa presentación, cuando lo que envuelve es el misterio más insondable, que me apuñala con palabras, que me mata lentamente con susurros diciendo que me ama, que soy el único, sabiendo que él te tiene como plaza fija en su cama?
Arqueó las cejas, sorprendido.
—¿Cómo no rendirme a todo eso— continuó—, y convertirme en el esclavo de tus dedos, afilados como navajas, que cercenan mi piel? Si él conociera este secreto, me haría azotar para luego arrastrarme por el fango, gritándome que no merezco aspirar a ti, pero esa actitud sólo me elevaría hasta coronarme con el mirto, el laurel de los victoriosos, que pones sobre mis rizos cuando permites que te bese, cuando la cercanía de nuestras pieles es tal que ya están una contra la otra. ¿Necesitándose? Dioses, me gustaría tanto creerlo...
Afrodita se recreó en la frase.
—Necesito creerlo, Korai 11. Dame algo en lo que creer.
Dejó la carta flotando en el estanque, para situarse él bajo el chorro caliente. Se apoyó en la pared, dejando que el agua golpeara su entrepierna. Le gustaba acariciarse mientras se bañaba, pero los recuerdos que se agolparon en su mente lo enfriaron por completo.
Arrugó el papel y abandonó el lugar, caminando por el templo completamente empapado.
—Korai— musitó.
La tela se le había pegado a la piel, revelando su cuerpo tallado en alabastro.
—Nunca te amé, Arvydas. Eras un juguete para mí— encogió los hombros y cuando iba a abrir la puerta de su cuarto, lo vio.
Era un hombre alto, fornido, de caminar elegante y muy distinguido. Su cabello, aunque rebelde, estaba pulcramente peinado, y su rostro revelaba una inteligencia incisiva, así como la capacidad de mando que sólo los grandes generales son capaces de mostrar.
Se quedó mudo, casi extasiado. Su cuerpo reaccionó al instante, y Afrodita, la diosa regente del caballero, incitó a éste a revelarse ante el otro, que se disponía a cruzar la Casa de Piscis.
—Bienvenido— su boca se frunció, tan carnosa como los pétalos de una orquídea.
Saga se quedó quieto ante aquella aparición para sonreír a continuación.
—Aunque la temperatura es cálida para esta época del año, las piedras deben estar frías para tan delicada piel.
—Rara vez puedo disfrutar del galanteo, ya que pocos son los que conocen sus rituales.
El guerrero de Géminis se acercó al otro, colocando la bolsa de viaje en el suelo y quitándose su clámide, para pasársela por los hombros de Afrodita.
—Este es uno del los primeros pasos— le dijo al oído.
—Estoy entonces ante alguien que interpreta las señales con sólo verlas.
Le mostró una rosa, que pasó por sus labios.
—¿Eres griego?— el cabello del ático se aclaró, agrisándose.
—Sueco. Pero conozco perfectamente la cultura helena. Syla me entrenó en— bajó la voz— todas las disciplinas.
—No lo dudo— musitó Arlés, acercándose a él.
Afrodita lo miró, impresionado.
—Me gustan los hombres fuertes.
El otro estiró la mano y lo tomó por el mentón, examinando su rostro.
—La pureza de tus facciones te hacen único— afirmó.
—Y no sólo mi aspecto me confiere esa característica— jugueteó con el cabello del griego, para, a continuación, pegarse a él.
—No soy hombre que guste de disfrutar lo que otros han manchado anteriormente— le espetó, empujándolo.
—¿Te refieres a Death Mask? No te conocía, caballero de...
—Géminis— dijo Arlés.
Afrodita sonrió coquetamente, ignorando el desprecio.
—¿Te agrada lo que ves?— le preguntó, al comprobar que el otro no le quitaba los ojos de encima.
—Me complace tu osadía— replicó, retirando la clámide de los hombros del otro.
Una brisa con olor a rosa inundó el ambiente.
—¿Y mostrándome de ésta forma, osadía es lo único que eres capaz de vislumbrar?
Arlés dejó el manto y la bolsa de viaje en el suelo para dirigirse a Afrodita y agarrarlo de un brazo, empujándolo hacia su cuarto.
—¿Cuánto de ti está disponible para mí?— preguntó, quitándose él mismo la túnica, mientras el otro caía sobre la cama con la gracilidad de una pluma.
Afrodita se giró.
—Te daré todo lo que quieras tomar.
El griego sonrió sardónicamente.
—Ofreces más de lo que estás dispuesto a conceder— le replicó, separándole las piernas.
El caballero de Piscis jadeó levemente, para volver su cabeza y mirarlo de la forma más lasciva que fue capaz.
—Puedo ser la muralla para tu ímpetu. El silencio— se lamió los labios— para tu secreto.
Arlés se quedó unas décimas de segundo petrificado, para luego alzar su cosmos y abrir un portal dimensional.
—Tu poder no sería rival si me enfrento a tí. Te mataría antes de que pudieras ser capaz de pestañear, siquiera.
El otro se colocó de medio lado y jugueteó despreocupadamente con uno de sus mechones.
—Quiero ser partícipe de tu ascensión.
Arlés permaneció quieto, su humanidad era paradigma de la perfección. Con las piernas separadas y su sexo prominente, la boca de Afrodita se hacía agua mientras lo miraba.
—Quiero ser el generador de tu placer más supremo.
El caballero de Géminis cerró el portal y acarició la piel del otro, suave, fina, notando cómo su virilidad respondía ante aquella visión.
—¿Qué sabes de mí?— le preguntó, mientras seguía ascendiendo con los dedos hacia los muslos.
—Que exudas poder. Con eso me basta para seguirte donde quieras, sin...
Jadeó al notar la mano férrea apretando sus testículos.
—¿Sin?— sonrió el griego, soltando su presa.
—Sin juzgarte. Yo no juzgo. Simplemente ejecuto órdenes, como Cáncer y Escorpio. Elementos de agua, como puedes comprobar.
—El juego que propones puede tornarse peligroso— su mano se colocó sobre la nalga izquierda del sueco, que gimió ante la caricia.
—Siempre estoy del lado del vencedor— Afrodita se colocó boca arriba, separando los muslos. Su piel estaba perlada por motas de agua.
—No hay batalla en ciernes— Arlés se tumbó sobre él, dejándose caer y apoyando las manos sobre el colchón, cuyos muelles rechinaron por el peso de ambos.
—Pero sí sucesión. Y los susurros entre las columnas suenan a sedición.
Arlés le mordisqueó un pezón, mientras dejaba que su pene se enzarzara en una pequeña lucha con el del otro.
—Podría ajusticiarte por traidor al pronunciar tan sacrílega palabra.
—Esa, caballero de Géminis, es la menos sacrílega que puedo pronunciar... o jadear.
Arlés le miró a los ojos, infinito azul donde perderse. Su melena caía por los hombros, cubriéndole el pecho al delicado caballero.
—No confío en ti. Eres el sucesor de Syla.
—El cual no dudó en acostarse conmigo y mantenerme como amante desde hace exactamente seis años, manipulando todas las pruebas físicas para que yo resultara vencedor. Quizás en fortaleza física mi cosmos sea inferior al tuyo, Saga, pero mi capacidad como estratega puede dejar en jaque a cualquiera de mis compañeros sin necesidad de moverme de esta cama.
Una rosa apareció en su mano, que apretó hasta convertirla en zumo.
—Es menos doloroso para mí si me lubricas con esta mezcla— le indicó.
Arlés se separó unos centímetros para permitir que su mano llegara al lugar exacto, y le untó lentamente, invadiéndole con los dedos.
—Quiero ser tu preferido— le suplicó.
El caballero de Géminis apoyó la mano en el colchón de nuevo y se alzó, preparado para penetrarle. Afrodita elevó las piernas hasta los hombros del otro, favoreciendo la intromisión.
—¿Y qué gano yo si acepto?— lanzó un suspiro al sentir cómo encajaba dentro del cuerpo del sueco. Se quedó un momento quieto, haciendo fuerza con las caderas, clavándole su virilidad por completo.
—Mi... total... entrega— gimió el otro, abrazándose a él.
Buscó su boca y la encontró, ávida de ser besada. El aliento de Arlés era puro fuego, indómito y descontrolado, poseedor de una fuerza tal que los encuentros con Death Mask le parecieron de lo más sosegado. El hombre que ahora lo embestía tenía tal autocontrol y determinación que Afrodita gritó de placer cuando el otro le llevó al orgasmo.
Se retiró con cuidado, tomando la ropa que descansaba en el suelo.
—¿Cuándo volveré a verte?— preguntó el caballero de Piscis cerrando las piernas, cubierto de sudor y de semen.
—No me busques. Cuando te necesite, yo vendré a por ti.
El otro se sentó en la cama, con el rostro visiblemente decepcionado.
—Los elementos de agua deben estar juntos— le espetó Arlés—. Y tú serás el que me informe de los movimientos de los otros dos. De esta forma te convertirás en mi preferido.
—No juegues con los sentimientos de este delicado muchacho, caballero— musitó, lánguido, mirándole seductoramente.
—Jugaría con ellos si los tuvieras— le contestó el otro, mordiéndole la boca.
Cuando salió del templo, un espía le esperaba. Arlés le escuchó, meneó la cabeza al saber que Aiolos y Shion habían mantenido una entrevista, sonrió al conocer la llegada de Spartan, le dio varias indicaciones y le ordenó vigilar a Afrodita.
Nunca estaba de más cubrir todos los frentes.
En un juego como aquel, cualquier precaución era poca.
Posiblemente iría a verlo de nuevo. Evocaría junto a él escenas de rapto y de posesión, donde el guerrero de Piscis representaría el papel de virginal doncella y él al corruptor depravado.
La sonrisa que adornaba su rostro se congeló una vez el viento ululó entre las columnas de su casa. En el interior, sombría, esperaba la fuerza que debía ser invocada para que la sagrada vestidura de Cáncer fuera revestida de poder.
—Voltumna12...
Dejó la caja de la armadura en el punto central del templo de planta cuadrangular. La bruma que le cubría hasta los tobillos daba una sensación de ahogo pantanoso a todo el recinto, pero Death Mask sabía que era necesaria para esconder un tenebroso a la vez que macabro secreto.
Echó un poco de incienso al quemador que reposaba sobre el pedestal en una de las esquinas. Una lengua de fuego lamió el aire, escupiendo a continuación un humo blanquecino que se alzó hasta el techo. El ritual era necesario para favorecer la comprensión de los mensajes que los espíritus tuvieran a bien darle al último de los caballeros de Cáncer.
Era la hora de la comunión.
Miró hacia la pared que tenía enfrente, iluminada por la llama de una antorcha cuyo pie simulaba una garra de león.
—Revélate— susurró, tirando de ella y comprobando cómo una de las piedras que conformaban la pared comenzaba a sobresalir.
El sonido de la roca desplazándose sobre las inferiores era grave, casi ronco. Sobre el suelo cayó un poco de arenilla, que se acomodó entre las grietas que se distinguían en el suelo, pulimentado con esmero.
Death Mask temblaba, presa de una excitación mal disimulada. Aunque sabía que lo siguiente que se iba a mostrar era el auténtico aspecto de la Casa del Cangrejo, no podía evitar sentirse nervioso, expectante y visiblemente atemorizado.
La forma en que los caballeros de la Cuarta Casa retroalimentaban la armadura podría ser calificado por sus compañeros de obsceno, indigno e inmoral.
—Muéstrate ante mí.
Invocó su cosmos y haciendo un gran esfuerzo, arqueó los dedos dejando que una finísima membrana quitinosa los recubriera. Las falanges se endurecieron, las uñas se ennegrecieron y los dedos se estiraron, creándose una nueva falange más, y adoptando la forma de tendría las patas de un crustáceo. El rostro de Death Mask reflejaba perfectamente el dolor que sentía a causa de la mutación; los ojos estaban rojos, la boca contraída, las venas palpitantes en las sienes.
Sudaba copiosamente, aunque no era a causa del esfuerzo, sino del miedo que le embargaba cada vez que se veía obligado a ejecutar el ritual, máxime sabiendo que esta vez lo haría en completa soledad, sin la compañía del Segador de Vida.
Elevó la mano deformada hacia el cielo y el Pesebre se mostró en todo su esplendor. Las estrellas, titilantes, se tatuaron en el techo de Cáncer y Death Mask se sintió henchido de poder. No el que podían ostentar Aries o Leo, ni siquiera Géminis, cosmos ardientes de energía, sino el que emergía directamente de la propia muerte.
Una luz blanquecina le recubrió, y las antorchas se apagaron con la brisa que comenzaba a recorrer a gran velocidad la sala.
Era la hora del baño purificador.
Se levantó y se dirigió hacia la piedra saliente de la pared, un cubo de granito con dos oquedades donde el caballero de Cáncer introdujo los dedos ejerciendo una fuerte presión al final. El resto de piedras gimieron, y bajo aquella mortecina claridad, mostraron el secreto que custodiaban celosamente.
Cada una de ellas mutó de forma revelando el rostro de un hombre, mujer o niño en su centro, con una espantosa nitidez. El etrusco tuvo que hacer acopio de voluntad para no gritar de pavor ante las caras emergentes, que sobresalían como esculturas vivas de la propia materia que conformaba la pared y el suelo. Las bocas abiertas y los ojos desorbitados testimoniaban lo violento de su muerte, y la carencia de dientes de algunos sugerían tortuosos padecimientos antes de la defunción.
El guerrero de Volterra tomó aire para luego elegir la losa que mostraba la cara de una niña que tenía los labios apretados y los ojos firmemente cerrados, con las cejas fruncidas y la nariz, respingona, sobresaliendo en aquella composición.
—¿Moriste?
El rostro de la pequeña abrió los ojos, quedándose sorprendida.
—Sí— parecieron decir sus labios.
—¿Sufriste?
—Sí— afirmó, dejándose caer hacia delante.
—Tu país ganó la guerra. Fuiste el tributo a pagar. Pero no caíste en el olvido.
La niña le miraba, entre incrédula y horrorizada.
—Yo te recordaré. Entrégame tu alma.
Extendió la mano queratinosa ante ella y con el cosmos al borde del paroxismo, los gritos de la pequeña fueron opacados por el coro de aullidos que lanzaron el resto de las piedras, ya que cada una escondía en su interior otra grotesca cara, dignas máscaras de la muerte para ser utilizadas por el caballero custodio de aquella aberración de lugar.
—No... lloréis— susurró, con el aura más y más blanquecina—. ¡No caeréis en el olvido¡Hablarán de vosotros como héroes¡Como mártires!
Se arrodilló en el suelo, justamente al lado de la armadura, y esta se desensambló para convertirse cada pieza en un crustáceo dorado que se movíafrenéticamente por el suelo del templo. Relucían, traviesos, mientras Death Mask mostraba una cara de terror tal que podría hacer juego con las macabras esculturas.
—¡Venid a mí!
Las piedras comenzaron a entrar y salir de sus nichos, hornacinas destinadas a capturar el alma de los asesinados, víctimas elegidas para mantener el aura de la Casa. El cuerpo de Death Mask temblaba entre conmocionado y aterrorizado, un sudor frío le recorría y cuando las bocas de todas las caras se abrieron a la vez y susurraron la misma palabra, el joven gritó.
—¡Yo os recordaré¡Yo os llevaré en mi memoria!
Se levantó y extendió el brazo derecho, enfocando con su falange queratinosa al Cúmulo del Pesebre. Las caras salieron de su encierro y volaron alrededor suyo, desdentadas, calvas, sin carne ni apenas huesos. Algunas, jóvenes, aún conservaban parte de lo que debió ser su belleza. Otras eran tan fantasmagóricas como el susurro que se extendía entre las columnas, atemorizador.
—¡Jamás os olvidaré¡Dadme vuestra fuerza!
Cayeron sobre él, como un vomito dorado, y las piezas que corrían enloquecidas por el suelo se ensamblaron sobre el cuerpo del etrusco, concediéndole su poder. Era la parte final de la representación, un momento para el que se había entrenado duramente, y que jamás imaginó vivir con tanta intensidad.
Se dejó caer en el suelo de rodillas, y se tapó la cara con las manos, ya humanas. Había sido investido con la fuerza que emanaba de las ánimas, y éstas le reconocían como último caballero de Cáncer.
Bajó la energía de su cosmos y cada esencia fue directa al lugar donde pertenecía. Estaba seguro que todo había terminado, y que podría destinar el resto del día a descansar, cuando las oyó.
Entre el susurro de la muerte, una voz se alzaba, una compuesta de muchas voces, masculinas, femeninas, neutras. La voz de lo que fue y será, de lo pasado, presente y futuro. De lo que aconteció, acontece y acontecerá.
De lo imposible y lo inevitable.
Giró la cabeza, intentando averiguar de dónde provenía el sonido, cuando detectó, cerca de la puerta de la entrada, algo que le desagradó enormemente.
Una piedra no tenía cara.
Parpadeó, atónito.
—No puede ser...
—Flavio Servio Querea— atronó la voz de una mujer, con cabello de serpiente, antorchas en sus manos, alas plumosas en su espalda y mirada dura y penetrante—, como último de los caballeros de la Casa de Cáncer, nosotras las Erinias, vengadoras de los crímenes de sangre, tenemos puestas en ti todas nuestras esperanzas.
El aroma del incienso inundaba las fosas nasales del guerrero.
—Aquí está el legado de tus antecesores, los espíritus de los que en las contiendas, justas o injustas, merecidas o inmerecidas— siseó la presencia, los efluvios de las varas alucinógenas hicieron que Death Mask meneara la cabeza, mareado—, las víctimas a las que solamente sus familiares, privados de su presencia, recordarán. Muertos en bombardeos, en incursiones, cebos humanos, prisioneros, rehenes. ¿Será tu ascendencia etrusca un acicate para la venganza contra tus hermanos de armas griegos?
El caballero se acercó a la aparición, negando con la cabeza.
—No existe atisbo de venganza en mis actos. Soy el ejecutor de la diosa. Su brazo armado.
—Mi nombre es Alecto y soy la Innombrable. Tu maestro me invocó en infinidad de ocasiones, realizando libaciones en mi honor. ¿Me llamarás cuando tengas un cadáver a tus pies¿Me convertirás en tu amante furtiva, mientras los gritos de tus víctimas resuenan en tu mente?
El joven tiritó de frío. El viento levantaba una gran polvareda del suelo, fruto del movimiento de las piedras.
—Yo soy Megera, la que Guarda el Rencor— una figura salió de detrás de la primera, idéntica en su terrorífica fealdad—. ¿Será tu linaje el que no te permitirá descansar hasta que tus hermanos de clan, exterminados por el romano Syla, sean vengados?
—Mis esfuerzos no irán encaminados a estúpidas vendettas— gruñó el caballero de Cáncer.
—¡Llevas sangre de magnicida en tus venas!— gritó la aparición—. El cuerpo de Calígula cayó a los pies de Casio Querea, tu antecesor, después de haberlo traspasado con su espada.
—Hizo realidad el deseo del pueblo— respondió el otro—. Un César que corona a su propio caballo merecía ser...
—¿Ajusticiado?— la tercera presencia se reveló como Tisífone, la Vengadora de Sangre. De su túnica sacó un espejo, que colocó ante el sorprendido Death Mask—. Te has convertido en el amante del discípulo predilecto del descendiente principal del masacrador de tu pueblo. El caballero de Piscis lleva el apellido de su antepasado, Lucio Cornelio Syla. Es innegable que tienes la oportunidad perfecta para ejecutar una venganza pendiente durante siglos.
—No es ese mi cometido— respondió con claridad—. Asesinaré a los enemigos de la diosa, ejecutaré sin dilación los mandatos de ésta, y disfrutaré ungiéndome con las ánimas atormentadas, recordando cada cara, cada mueca, cada estertor. ¿No es eso lo que se espera del guerrero de Cáncer¿Limpiar de carroña el luminoso mundo protegido por las huestes de Atenea?
Tisífone sonrió, acercándose a él.
—Bienvenido al Infierno, Flavio. Nosotras velaremos por ti.
Sopló en su boca y una incipiente tranquilidad le colmó. Todo había terminado.
El incienso alucinógeno se había consumido por completo, por lo que Death Mask supo que no tendría más visiones aquel día. Sin embargo, algo le mantenía alerta.
La piedra sin cara.
Se dirigió hacia ella y repasó con las yemas la textura, revelando con disgusto que no había ningún tipo de talla en la roca. Quiso, en ese instante, gritar hasta desgañitarse, pero un cosmos se lo impidió.
—Caballero de Cáncer— dijo la voz, fuerte, poderosa, extraída de las entrañas de la Tierra—, conozco tu desasosiego. Falta un rostro.
Death Mask le miró. Sus ojos eran rojizos.
—Soy Saga de Géminis. únete a mí y yo completaré tu particular museo.
El etrusco se estremeció. La voz partía del lugar donde se generaba el alma.
—¿Qué... tengo que hacer por ti, caballero de Géminis?
Arlés sonrió.
—Matar. Este será tu objetivo.
Le tendió una foto y una ubicación señalada en un plano. Cuando las manos se encontraron, el de Volterra supo que aquel hombre se había acostado con Afrodita.
—Tuviste sexo con él— le dijo, sin tono de reproche.
Arlés asintió.
—Cuando vuelvas, permitiré que bebas de mi semen.
El caballero de Cáncer elevó una ceja.
—¿Cómo sabes... eso?— le preguntó, retrayéndose y colocándose a la defensiva.
—Lo sé y lo respeto— le restó importancia el otro—. Para ti, la felación no es un acto sexual, sino algo mucho más primigenio. Por eso te dejaré beber de mi esencia y que esta te revele los secretos de mi alma— sonrió de forma conciliadora—. Parte ya, amigo mío.
Death Mask hizo una cortés reverencia y se cubrió con una capa. Pronto cubriría el hueco que tenía libre en la pared.
Y Arlés estaría más cercano al trono de lo que jamás había soñado.
2 Frase propia de Mafalda, creación del malogrado Quino
3 Prostituta
4 Históricamente, enseñanzas de índole sexual que el maestro impartía a su aprendiz
5 Maestro que iniciaba al discípulo en las artes de la guerra y del amor
6 Literalmente, “igual”. Se denominaba así a los espartanos de pleno derecho
7 Broche
8 Pórtico principal
9 Túnica
10 Celebración espartana consistente en un frugal banquete entre los miembros de un mismo grupo
11 Muchacho joven de gran belleza. Adolescente
12 Dios de la mitología etrusca