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Tasha Dawn
Author of 8 Stories

Rated: T - Spanish - Mystery/Romance - Sirius B. & Severus S. - Reviews: 133 - Updated: 08-02-09 - Published: 10-17-03 - id:1562903

Capítulo 28

El regreso de Snape

Sé que nunca me perdonarás. Y, aunque haya intentado engañarme, ya sé cual es mi destino. No puedo evitar ser quién soy. Pertenezco a las sombras, y tú a la luz. Al fin lo he comprendido. Así que ya puedes estar tranquila. Nunca jamás volveré a molestarte.

Creía que nunca volvería a estar bien. Que tendría que estar el resto de sus días en Hogwarts fingiendo estar bien. Bueno. En parte era así. Todo el horror y la pena se adueñaban de ella cada vez que estaba sola. Como en aquel instante, apoyada en el poyo de la ventana observando el jardín nevado. Ya casi no existían aquellos momentos. Más que nada porqué Sirius nunca la dejaba sola. Cuando estaba con él lo olvidaba todo. No tenía que fingir estar bien. Estaba bien. Pero cuando no estaba a su lado... ni siquiera su mero recuerdo la consolaba. Debería ser lo normal. Le quería. Estaban enamorados. Salían juntos. Y sin embargo, lo único que le rondaba por la cabeza era la carta. La dichosa carta. Que en ningún momento había abandonado. Incluso estando con Sirius la llevaba consigo.

No conseguía olvidarle. Porqué sentía que, de algún modo, su marcha era culpa suya. Y, en un intento vano de deshacer esa culpabilidad, se sentaba cada mañana, antes de que nadie se levantara a desayunar, a observar por la ventana. Con la esperanza de volver a verle. Poco le importaba lo que le dijera en la carta.

Quería volver a verle. Pero no es que eso significara algo. Sólo que no quería sentirse culpable. No podía evitar presentir que, dónde fuera que había ido, no era nada bueno. Todo aquel rollo de que pertenecía “a las sombras” y demás indicaba un camino muy claro en el que ni siquiera quería pensar. Y si lo escogía... sería culpa suya. Por haber sido tan... como era ella.

Una fría ventisca le revolvió el pelo e hizo que estornudara dos o tres veces. Empezó a oír voces estudiantiles y comprendió que tampoco ése día regresaría.

Puede que jamás volviera.

***

Sirius se llevó una buena sorpresa cuando encontró a su querido amigo ciervuno en la biblioteca, con un montón de papeles y libros alrededor. Picado por la curiosidad, se acercó para ver qué le pasaba, qué nuevo trastorno se había apoderado de él.

- Eps –le saludó Sirius, ladeando la cabeza para leer la cubierta de una de los libros. Era un libro sobre rutas con encanto de las islas Británicas-. ¿Qué haces?

James suspiró y levantó la cabeza hacia su amigo. Tenía profundas ojeras tras sus enormes gafas de culo de vaso. Bueno, no eran de culo de vaso, pero a Sirius siempre le había encantado molestar a su amigo con todo tipo de bromas sobre la miopía.

- Buscando la perfección.

- ¿Ein?

James se pasó la mano por el pelo, cansado.

- Trato de encontrar ideas para la cita con Lily.

- Ojojo. ¿Así que vais a tener otra cita?

- Bueno. Aún se lo tengo que decir a Lily... pero hasta que no lo tenga todo planeado no quiero decirle nada.

- Hum. Mucho trabajo para no tener la seguridad de que va a servir de algo –comentó Sirius, no muy puesto en el tema de ayudar a su buen amigo.

- Gracias Sirius, me encanta cuando me das ánimos. Hace que me suba la autoestima.

- Yo sólo decía que...

- Sí, ya sé lo que decías –repuso James, sarcástico-. Pero nunca has... has querido tanto a alguien que harías lo que fuera, aún sin saber si realmente vale la pena o...

- James. Lo de la cita perfecta es un mito. No existe. Puedes arreglarlo tanto como quieras: siempre habrá algo que saldrá mal.

- De verdad, si vas a seguir así...

- No, espera, entiéndeme James: al final, en una cita lo que importa no es el dónde o cómo o qué. Sino el quién. Si eso falla... todo lo demás poco importa.

- Yo tengo el quién. A Lily. Es todo lo que quiero. El problema es que no sé si soy yo lo que ella quiere.

Sirius le puso una mano sobre el hombro.

- Dale tiempo. Seguro que te corresponde.

***

- ¿De qué hablabais tú y James? –le preguntó Elisa a Sirius, tan pronto como se acercó a la mesa en qué habían quedado.

- Sobre la cita perfecta –dijo Sirius, con aire misterioso, mientras cogía asiento al lado de Elisa.

- Ohh. ¿Debería comprarme un vestido nuevo?

- Bueno, si quieres que volvamos a estropearles el rollo a James y Lily –murmuró Sirius, sarcástico.

Elisa frunció el ceño.

- ¿Qué dices? No se lo estropeamos.

- ¿Tu crees? No sé. Les veo raros des de entonces.

- Bueno, pero será cosa suya, por lo que sea que hablaran cuando estuvieron solos.

Sirius apoyó la cabeza sobre la palma de la mano.

- Ya. Supongo.

- Sirius –musito Elisa, cogiéndole la mano- ¿Te pasa algo?

- ¿A mí? Nono.

Pero Elisa podía verlo en sus ojos.

- A mí no me engañas. ¿Qué es?

- Es que... –Sirius le dirigió una rápida mirada y luego la apartó- des de que salimos yo... ni una sola vez hemos tenido una cita... especial.

- ¿Especial? ¿Quieres decir con fuegos artificiales y cosas de esas?

Sirius volvió a levantar los ojos y la miró con reproche.

- Te burlas de mí.

- No, no es eso... pero... eso son tonterías. Estamos bien juntos, ahora, por ejemplo. No necesito más.

- Ya lo sé. Pero siento como si... como si te debiera algo. Quiero hacer algo por ti, Elisa.

Elisa suspiró.

- Bueno. Si te hace ilusión...

A Sirius se le iluminaron los ojos.

- ¿De verdad? Pues... iré ahora mismo con James y verás como...

***

- ¿Qué hay de eso de que lo que importa es el quién?

- Sí, lo sé pero... mira, me has puesto en la idea y ahora siento que tengo que hacer algo por Elisa.

- Bueeno. Te dejaré algunos libros. Pero ni se os ocurra volver a venir con nosotros.

- ¿Con vosotros? Pero qué ocurrencias tienes, amigo mío...

***

Sirius se había quedado con James en la biblioteca. Elisa había terminado sus quehaceres y, ahora que ya no tenía ningún plan con Sirius, sólo se le ocurrió un lugar al que ir. La puerta de Hogwarts. La inmensa y lúgubre puerta, lugar de entrada de todos los...

Oh, ¿a quién quería engañar? Jamás volvería. Y aunque lo hiciera, ¿era propio en ella hacer algo así? ¿Esperar a... Snape? ¡No! Para nada. Ella no era así. Dio media vuelta y empezó a subir corriendo las escaleras.

Justo cuando estaba a mitad de las escaleras el crujido de la puerta la hizo voltearse de un salto. El frío aire entró y tuvo que abrazarse para conservar el calor. Se quedó justo dónde estaba, esperando ver al extraño. Esperando, y a la vez, deseando que no fuera Snape.

El corazón le dio un vuelco.

Era él.

Sin que su mente pudiera reaccionar su cuerpo fue más rápido y bajó rápidamente las escaleras para, justo cuando estaba enfrente de él, cruzarse de brazos y hablar con rudeza.

- Estás aquí.

Snape frunció el ceño.

- Sí –dijo, algo sorprendido por el extraño comportamiento de ella. Primero le había parecido que se alegraba de verle y luego que odiaba verle de nuevo. Quien comprendiera aquella mujer debía tener un gran sentido de la paciencia.

- Dijiste que no volvería a verte.

Snape bufó.

- Eso puede arreglarse –gruñó, pasando por el lado de ella para subir las escaleras.

- ¡Espera! –exclamó, cogiéndole del brazo en un impulso estúpido e irracional.

Él hizo una extraña mueca de dolor y se deshizo bruscamente de su agarre. Snape cogió aire, tratando de evitar mirarla, pero ya era tarde. Se había dado cuenta. Lo sabía. Los ojos de Elisa se habían abierto desmesuradamente, aterrorizada por la comprensión de lo sucedido.

- Tu brazo...

Snape apretó la mandíbula, sin decir nada, pero la miro a los ojos, enfrentándose a lo inevitable.

- No puedes... no puedes haberte convertido en mort...

Snape la silenció rápidamente poniéndole una mano en la boca. Ella se calló, pero no le quitó los ojos de encima. Él se sintió molesto y apartó la mano de sus labios.

- No digas eso en voz alta.

- O sea que es cierto –siseó ella, con la voz cargada de amargura.

Snape bajó la mirada.

- Sabías que pasaría.

- No. No necesariamente –repuso Elisa, con frialdad.

Snape volvió a mirarla, pero con tal intensidad que ella dio un paso atrás.

- Sí. Necesariamente. Esto es lo que soy. No te engañes.

- ¿Engañarme? ¡Eres tú el que estás cometiendo la mayor estupidez de tu vida!

- ¡Puede! ¡O puede que finalmente haya encontrado la gente con la que debo estar! ¡Aquellos que no me rechazan por lo que soy! ¡Por hacer lo que me gusta!

- Yo nunca te rechacé por lo que eras.

- ¿No? –hizo una pausa- No. Fue Lily.

- Ah.

Elisa bajó la mirada, visiblemente incómoda.

- Claro. Como ella es tan pura –replicó, con amargura.

Snape arqueó una ceja.

- Hum... ¿Elisa?

El tono de Snape había cambiado por completo. Elisa volvió a levantar la mirada, desconcertada. Snape titubeó.

- No estarás... ¿celosa?

Antes de que pudiera preverlo la ostia llegó a su cara. Era algo inevitable y sabía que se lo merecía, pero no había podido evitarlo. Pero no había imaginado que el reflejo de ella sería tan rápido.

- Vete a la mierda –le espetó, y subió corriendo las escaleras.

- Está celosa –murmuró Snape, para sí mismo, como conclusión obvia.

***

Debía de ser una nueva tipología que complicación. El rombo... pentágono ¿o hexágono? A ver... él mismo, Lily, Elisa, Black, Potter... Nunca fue bueno en las matemáticas. Des de luego, era obvio cuál era el conflicto, él y nada más que él. Pero no se le hubiera ocurrido empezar a pensar en semejante estupidez de no habérsela encontrado nada más llegar. Justo cuando pensaba que ya había terminado con todas esas memeces. Que, convirtiéndose en un supervillano (o un simple malo, más bien) no tendría que volver a lidiar con las fastidiosas emociones humanas.

Qué equivocado estaba. Ahora que parecía más imposible y más estúpido que nunca, lo único en lo que podía pensar Snape era Elisa. Ahora ella debería ser lo último que le preocupase. Había hecho un juramento, su vida estaba un juego, su vida tenía un propósito, un destino, un...

Buf.

¿A quién quería engañar?

Puede que siempre hubiera tenido tendencias malignas. Pero siempre había dudado. Siempre había estado ahí ahí, entre el bien y el mal. En el poco agradable territorio de la ambigüedad. No era un espacio muy confortable, pero siempre habría creído que era su lugar. Bien. Ahora que finalmente había escogido un camino claro, el mal, se daba cuenta que en realidad... no lo había hecho por sí mismo. Sino más bien en un acto de... despecho. O sobreprotección. Según cómo quisiera verse a sí mismo, como el más egoísta o el más altruista.

Bueno, en fin, ¿qué más daba? Elisa era el detonante, sí, ¿y qué? Tarde o temprano iba a dar el paso. Puede que la amargura por el desengaño con Lily también le hubiese conducido al mismo lugar. Puede. Nunca lo sabría.

Grmpf. Puñetera Ravenclaw. Ojala pudiera odiarla de verdad. En cierto modo la odiaba, sí. Pero tan sólo del retorcido modo en qué se odia a alguien porqué en realidad es el objeto prohibido de deseo.

***

Cometí un error, lo sé. De hecho, está en mi naturaleza ser así de retorcido, y aún así sé que no tengo excusa.

Le odiaba, le odiaba, le odiaba. Ojala nunca hubiera regresado. Ojala hubiera quemado la carta y realmente no le hubiera vuelta a ver en la vida. Pero guardaba la carta. A buen recaudo. Y se la volvía leer, una y otra y otra vez. Y otra más. Y fragmentos una vez más.

Le odiaba. Ojala se hubiera quedado con sus amigos los mortífagos.

- ¿Qué tal estoy?

Elisa dio un salto en la cama. Se dio cuenta de que ni siquiera era su cama, que en realidad estaba en el dormitorio de séptimo de Gryffindor, con Lily. Que se estaba preparando para la cita con James. Increíble. La de vueltas que podía dar la vida. ¿James y Lily juntos? Inconcebible. Aunque en su momento también le pareció inconcebible que al final Sirius y ella acabaran juntos. Parecía tan imposible... Lo desesperada que debía estar para intentar ponerle celoso con Snape. Incluso le besó sólo por...

- ¿Elisa?

- Sí, dime, perdona –dijo ella rápidamente, dándose cuenta que se había vuelto a abstraer.

- ¿Qué te parece este jersei?

- Bien. Hace frío. Es lógico.

- Lógico. Ya.

Lily se sentó al lado de Elisa con un suspiro. Elisa se dio cuenta de que ese era uno de esos momentos en qué debía dar un consejo de amiga. Ajá, sí. Para consejos estaba ella. ¿Sabes que de un modo extraño y absurdo existe un triángulo amoroso entre Snape tú y yo? No, claro que no. Eso era lo último en el mundo que le diría a Lily. Y mucho menos aceptar la palabra “amor” en la misma frase en que estaba ella y Snape. Absurdo. Absurdo. Por más que su subconsciente quisiera dejárselo entrever ella estaba empecinada, no, no y no. No existía nada semejante.

Elisa se acordó, nuevamente algo tarde que debía decir algo a Lily.

- ¿Qué pasa?

- ¿No está claro? Es lógico. ¡Soy lógica! No estoy hecha para estas cosas. Para lo ilógico... lo irracional...

- ¿Los sentimientos?

- Sí.

- Humf... los deseados y temidos sentimientos.

Lily miró a Elisa con un fruncimiento de cejas.

- ¿Perdón?

- ¿Qué?

- Percibo una cierta amargura en tus palabras.

- ¿Amargura? ¿Yo? ¡Ja! Qué estupidez.

Lily le hizo una media sonrisa semi compasiva.

- ¿Qué? – reiteró Elisa, algo molesta.

- Lo mío sólo son los típicos nervios previos a una... cita con alguien... que ni siquiera sé si aguanto... Pero lo tuyo...

- ¿Lo mío? ¿Qué quieres decir? No hay nada mío. ¿Me ves con cara de tener algo? No, claro que no, porqué yo no tengo nada, ¿entiendes? Nada. Nada. ¿Ves mi cara de indiferencia? Pues eso. Que no hay nada. No hay nada mío.

- Ni admitiéndolo me lo podrías haber dejado más claro.

Elisa suspiró.

- ¿Es esto algún modo sofisticado de tortura para deshacerte de tus propios nervios?

- No –rió Lily- para nada. Verás –Lily se mordió el labio inferior-. Tengo que confesarte algo.

***

- ¿Lista?

- Sí.

James le ofreció el brazo y Lily se lo cogió. Como si fuera lo más normal y habitual en el mundo, salieron de la sala común cogidos del brazo. Elisa observó des de las escaleras la escena, medio a oscuras. Se había vuelto a quedar sola en una sala que ni siquiera era la suya. Y Sirius seguía en la biblioteca, preparando aquella “cita perfecta” que no le había pedido.

Ojala pudiera borrarse ciertos epítetos de su memoria. Hacer como si nunca hubieran existido. Poder empezar de nuevo... ¿pero qué estaba pensando? ¡Era bruja! Pues claro que podía olvidar si quería. Faltaría más.

En un momento de mayor lucidez, semejante idea le hubiese parecido lo más terrible en el mundo. Pero en aquel momento de flaqueza mental, la idea le parecía simplemente genial.

Borrar lo indeseable de la memoria.

***

Cuando hueles a quemado a ciertas horas de la madrugada te das cuenta de que algo no va bien. Y si encima ocurre en las mazmorras más frías y desagradables del castillo, dónde están las pociones prohibidas, no te queda duda alguna. Algo prohibido se está haciendo.

Snape fue corriendo al lugar de dónde percibía el olor. Abrió la puerta de una sacudida y se quedó blanco como el papel al ver ante él semejante escena. Otra vez no.

- ¡Tú! ¿¡Se puede saber qué coño estás haciendo!?

Elisa levantó la mirada de su burbujeante marmita. Le miró con furia.

- ¡No te importa! ¡Lárgate!

- No, no no, ya te dejé una vez con una poción y te convertiste en la bella durmiente. No voy a dejarte aquí –dijo, mientras a grandes zancadas iba hasta ella y trataba de arrebatarle el palo con el que removía el viscoso líquido.

- ¡Que me dejes en paz! –exclamó, forcejando por el palo.

- Ya te he dicho que no...

- ¿Pero se puede saber qué más te da?

- ¡Me da que vas a hacer algo que no está nada bien!

- ¡Pues bien que debería parecerte, como jinete del mal que eres!

- Maldita estúpida...

- ¡Para! Vas a hacer que...

Snape estiró con más fuerza del palo, haciendo que impactara sobre el canto de la olla y el contenido de ella se precipitara sobre el suelo.

- ¡No no no! –chilló ella, tratando de recuperar el contenido a la desesperada.

Snape la detuvo cogiéndole las muñecas.

- Ya es tarde.

- ¡Joder!

Snape, al ver que ya no había nada salvable de ese repugnante líquido, la dejó ir.

- ¿Se puede saber qué estabas haciendo?

- Ya te he dicho que no es tu problema.

- Está bien, ya veo que... –Snape calló. Parecía haber visto algo. Se agachó y recogió algo del viscoso líquido derramado. Un papel. Pero no un papel cualquier. No. Era la carta. La carta que le había escrito a Elisa- y supongo que es casualidad que esto cayera en la marmita.

Elisa respiró fuertemente.

- Lily lo sabe.

- ¿Perdón?

- Leyó la carta.

Snape hizo una mueca.

- Vale.

- ¿Vale? ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir?

- No sé qué quieres que diga. Te vale un ¡Por Merlín, ha leído la carta! ¿Y ahora qué? ¿Es el fin del mundo? –Snape negó con la cabeza, suspirando-. No Elisa, no.

- Haces que parezca estúpida.

- Puede, porqué puede que tal vez te estés comportando como una estúpida. ¿Qué pretendías hacer con esto? ¡Son ingredientes prohibidos!

- Borrar lo indeseable –murmuró con voz lúgubre.

Snape dio un resoplido, con una amarga sonrisa.

- ¿Lo indeseable? O sea, yo, ¿no?

Elisa apretó los dientes y le devolvió la mirada con la poca firmeza que le quedaba.

- Genial. Simplemente... fantástico. Maravilloso. No se te podría haber ocurrido nada mejor... arriesgarte a ser expulsada por... ¿por qué? Por... ¿mi? ¿De verdad? ¿De verdad es eso lo que quieres?

- ¡Claro que no! Pero...

- Elegiste a Sirius.

Elisa jadeó.

- Eso... eso... está totalmente fuera de lugar...

- Preferiste a Sirius en lugar de a mí –repitió, enfatizando sus palabras-. Sé consecuente con tus decisiones.

- ¿Qué se supone que significa eso? –replicó ella, airada.

- Que si tienes remordimientos aguántate, como todos.

- Yo no tengo remordimientos de nada en absoluto porqué no creo que haya hecho nada de lo que arrepentirme. Así que ni se te ocurra pensar que hacía esto por ti porqué estás muy, pero que muy equivocado.

Snape suspiró, exasperado.

- Mira, ¿sabes qué? Me da igual. Me da igual lo que digas, pienses, sientas o hagas. Me da absolutamente igual porqué nada de esto va ya conmigo. Tus comentarios no volverán a ofenderme porqué estoy por encima de estas nimiedades. Renuncié a mis emociones, y me alegro de ello, porqué francamente, todo esto era de lo más insoportable. Así que sigue engañándote si quieres, porqué a mí ya me da igual. No volverás a hacerme creer cosas por culpa de tus enfados irracionales. Porqué yo ya no creo en nada de esto, ¿entiendes? –paró un momento, para tomar aire. Pareció que iba a decir algo más, pero finalmente abandonó tal idea-. Adiós, White.

Dio media vuelta y se marchó. Podría haberle dejado ir. I ahí se habría terminado la conversación. Habría sido una buena idea. Pero cuando sus enfados irracionales tomaban el control, no había ninguna lógica que pudiera ayudar.

- ¡Ni se te ocurra! ¡Oye! ¡Tú! ¡Especie que sarnoso animal maléfico sin sentimientos! ¡Quieto! ¿Se puede saber quién te has creído que eres para hablarme de esa manera? ¡Oye! ¡Te estoy hablando!

- ¡Y ojala te callaras! –exclamó él dándose la vuelta de repente- ¿Es que quieres despertar el castillo con tus alaridos?

Elisa se detuvo y se quedó dónde estaba, a unos dos metros de Snape. Se había quedado algo muda de la impresión. Dejó que pasaran los minutos y el silencio se convirtiera en una losa insoportable.

- ¿Es eso lo que te hicieron? ¿Te arrancaron el corazón?

-¡Por favor! ¿Ahora me sales con ésas? ¿Tú? ¿Corazón? ¿Des de cuando crees que yo tenga uno? ¡Lo poco que me quedó después de Lily té encargaste tú de pisotearlo sin piedad!

-Oh, Lily otra vez.

- ¡Sí, Lily, Lily! ¿Te molesta? ¡Pues lo diré más alto! ¡Lily, Lily!

- Te estás comportando como un crío.

- Por supuesto, y tú eres la reina de los adultos, con tus constantes altibajos, tus incursiones a la magia negra y tu manera de jugar con los sentimientos de la gente.

- ¡Qué más te da si ya no tienes sentimientos!

Snape se quedó parado unos segundos, pareció darse cuenta en aquel momento.

- Sí... –suspiró-. Sí, es cierto. No sé ni porqué... no sé para qué me molesto...

Pareció desamparado. Como si le hubiera arrebatado el bastón que sujetaba su dignidad. Sólo fue momentáneo. Enseguida se recuperó. Pero aquel instante quedó grabado en su memoria. Se sintió fatal. Peor. Horrible. Peor... no tenía ni siquiera palabras para describir lo mal que se sentía. No tendría que haberle... no tendría, no debería haberlo hecho... no debería haber reaccionado así, no debería afectarle tanto. Todo era culpa de él, sólo de él, por ser así, por ser tan odioso, por ser tan... claroscuro.

- Te odio –murmuró Elisa, con un hilo de voz, no muy consciente de sus palabras, ni de su significado, ni de su posible interpretación.

Fue como si le hubiera dado el golpe de gracia. La gota que colma el vaso. Todas aquellas pequeñas señales que habían ido delatándola finalmente habían llegado a la inevitable conclusión. La emoción que esconde lo prohibido. Lo irracional venciendo la razón. A la razón vence el corazón.

Y el inevitable efecto catártico.

Ojala, ojala, desearon ambos. Ojala no existieran las emociones tontas. Ojala las emociones no desencadenaran los impulsos primigenios.

Pero la locura transitoria no sabe de ojalases.

Con dos grandes zancadas, Snape se plantó delante de Elisa, con una mano la agarró por la cintura y la estrechó contra si, con la otra acercó su rostro al de ella.

- Y yo a ti.

Con un nudo en la garganta, Elisa quiso decirle algo, pero las palabras se resistían. Se secaban, se difuminaban y en su interior sólo quedaba un gran vacío. Sólo había una respuesta posible ante tal afirmación.

Una patada en los huevos habría sido la respuesta habitual. Pura defensa propia. Puro razonamiento intelectual.

Pero aquella vez fue distinto.

Elisa le respondió con un beso. Hacía demasiado tiempo que lo habían esperado en silencio. Hacía demasiado tiempo que lo ansiaban para tomárselo con calma. Poco que ver tenía aquel beso con el primero. Había pasado demasiado, demasiado tiempo. Y era demasiado para expresar en tan poco tiempo. Era como zambullirse en otro mundo, salir de sus propios cuerpos y a la vez ser más conscientes que nunca de cada una de sus fibras. Sus labios, su cabello, sus caricias, sus manos... ¿por qué, por qué ahora parecía tan distinto? ¿Por qué no podían imaginarse el momento en que aquello parase? Era como saborear el chocolate después de muchos años. Te deleitas en cada mordisco y deseas que sea eterno. Deseas que nunca termine, pero sabes que terminará. Que debes parar.

El deber.

El quemazón.

El dolor.

Incluso Elisa sintió sobre su espalda que el antebrazo de Snape quemaba.

Fue aquel dolor, y solamente aquel dolor el que lo separó de Elisa con un respingo y sin querer se apretó el antebrazo con la otra mano.

Elisa se sintió impotente ante su repentino dolor. Un dolor que iba más allá de lo meramente físico. Un dolor que se había multiplicado por su culpa.

- Debo irme –fue lo único que pudo decir él.

- Acabas de volver –replicó ella.

Snape agachó la cabeza, haciendo evidente que lo único que quería en aquel momento era marcharse, que cuanto más alargara ella aquel momento, más alargaría su sufrimiento.

- Sólo soy un siervo.

Snape le hizo una rápida mirada, con sus negros ojos, que no dejó lugar a respuesta alguna. Con la misma presteza, dio media vuelta y subió corriendo las escaleras.

A Elisa le hubiera gustado hacer como antes y haberle seguido, pero aquella vez supo contenerse. Ya se había creado suficientes problemas por una noche. Y no era cuestión de demostrar cuán desesperada se sentía en aquel momento. Porqué en aquel preciso instante deseó no haber salido de su dulce residencia Ravenclaw. No haberse mezclado nunca con nadie más, haberse quedado sola, sola y sola y no hacer nada, nada en absoluto. No haber hablado nunca con Snape, no haberle conocido, no haberle besado.

Pero lo había hecho. Y debía enfrentarse a la realidad.

Y a Sirius.

Sirius...

Demasiada dosis de realidad para una única noche. Decidió pensar sobre ello al día siguiente. En la oscuridad de la noche los pensamientos se tornan lúgubres y nunca se toman buenas decisiones.

Continuará



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