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Author of 8 Stories |
Tïtulo: Amor Prohibido (anteriormente, Relatos de un amor prohibido)
Autor: Sand, usease, yo.
Pareja: Naru/Mutsumi, y una sorpresa al final :P
Calificación: PG-13, debido a alguna escena de violencia. Nada de yuri, sólo shoujo-ai ligeramente subidito de tono (jeje).
Declaración de derechos: Love Hina es propiedad de Ken Akamatsu, cuyos personajes utilizo sin ánimo de lucro y sin otra recompensa que ver una review de vez en cuando. Abogados de Jonu Media, déjenme en paz.
Prólogo
Desde aquella pequeña foto, que había sido pegada con sumo cuidado y cariño en el centro de la última página del álbum, el rostro del chico le sonreía de forma eterna, mientras sus ojos seguían brillando detrás de los gruesos cristales de aquellas gafas cuadradas que contribuían a darle ese aire tan juvenil y despistado, típico de él. Su mano permanecía, y permanecería, levantada para siempre en un perenne gesto de victoria.
Detrás suya, una chica sonreía a la cámara. Una chica que, por cierto, a pesar de ser la misma persona no se parecía en nada a la que en ese momento sujetaba el álbum con manos temblorosas.
Gruesos lagrimones resbalaron de forma incontrolada por sus suaves mejillas desde sus ojos enrojecidos. Rompió a llorar irremediablemente, sin poder evitarlo, como llevaba haciendo desde hacía dos días. Sentada en el suelo de la vieja habitación de Keitaro, sosteniendo su álbum de fotos adhesivas, Naru volvió a sentir que el mundo dejaba de tener sentido para ella.
Esa sensación era ya harto familiar para ella. De hecho, la primera vez que había sentido algo semejante había sido apenas 24 horas.
Cuando entró en la iglesia, todas las caras se giraron hacia ella. Una fuerte sensación de vértigo, propiciada por el asfixiante olor a incienso, la compasión reflejada en el rostro de los demás y la enorme carga de su propio e intenso dolor, la había invadido, haciéndole trastabillar y estar a punto de perder el equilibrio.
Afortunadamente, un par de fuertes manos la habían sujetado y abrazado con fuerza.
- Tienes que ser valiente, Naru… Todos tenemos que serlo… -murmuraron en su oído.
Acto seguido, esa misma persona la acompañó hasta el final del pasillo. Naru se sintió volar arrastrada por un torbellino, y un amalgama de imágenes curiosas se sucedieron ante sus ojos. Mucha gente trajeada, vestida de luto, y llorando en la mayoría de los casos. Reconoció algunas caras: Kentaro, los dos pelmazos amigos de Keitaro, la hermana de Motoko, el hermano mayor de Kaolla…
¿Qué hacía toda esa gente ahí? Entonces, su acompañante dejó de arrastrarle, y lo que apareció ante sus ojos echó de nuevo sobre sus hombros la pesada carga de la realidad.
Era un ataúd. Naru había visto muchos en las películas, pero no recordaba que le hubieran parecido tan siniestros. Aquella caja de madera color caoba parecía irradiar un halo trágico y maligno.
Pero lo peor no era la caja, sino lo que había dentro de ella. Los ojos de Naru se toparon con el rostro marfileño de Keitaro. El chico, vestido con sus mejores galas, bien peinado y sin sus eternas gafas, le pareció, irónicamente, más atractivo que nunca.
Los de la funeraria habían hecho un buen trabajo, pero Naru, o quizá su imaginación, podían ver, con toda claridad, los restos aquél trágico accidente grabados para siempre en el cuerpo sin vida de Keitaro. Entonces, lo recordó todo. Sensaciones, voces e imágenes acudieron prestas a su mente, para mostrarle lo que su confuso y destrozado corazón había tratado de olvidar. Recordó la profunda tristeza que le embargó al tener que despedir a Keitaro, unido a la alegría porque él estuviese a punto de hacer realidad su verdadero sueño. Recordó el bramido del avión al despegar. Pero recordó, por encima de todo, la certeza de que, cuando él volviese, las cosas empezarían a cambiar entre ellos. Que por fin le confesaría lo que sentía por él…
Y, entonces, todo se cortaba. Y en lugar del cielo azul con la silueta del avión volando hacia el infinito, se le aparecía el rostro atónito de Kitsune. Acababa de encender la tele, y, por alguna razón, se había quedado completamente muda. Naru siguió su mirada, y por primera vez supo lo que era el terror cuando, debajo de las imágenes de un terrible incendio, leyó aquellas palabras tan amargas: “Vuelo desde Tokio con destino a EEUU estrellado pocas horas después de salir…”
A partir de ahí, todo se confundía. Y, de repente, se encontró de nuevo enfrente del ataúd. Lloraba amargamente, y la persona que la llevaba tuvo que arrastrarla hacia uno de los bancos. Cuando se sentó, levantó la cabeza, y se encontró con el rostro de su amiga Mutsumi.
Naru jamás había visto a Mutsumi tan triste. Ni siquiera podía imaginársela llorando. Sin embargo, en ese momento Mutsumi Otohime tenía los ojos totalmente enrojecidos. Sus mejillas estaban húmedas, y sus brazos sujetaban fuertemente a Naru.
Alrededor de ella, le miraban las caras del resto de sus amigas. Shinobu era consolada por Motoko, que ahogaba su llanto con un titánico esfuerzo. Kaolla estaba abrazada a Kitsune. De repente, dejó caer su cabeza sobre el hombro de Mutsumi. Su amiga la abrazó con fuerza, tras depositarle un beso en la frente.
Cuando el ataúd que contenía el cuerpo del que había sido su mejor amigo y primer amor descendió a su tumba, ambas chicas aún seguían fuertemente abrazadas, intentando así ahuyentar su pena sin éxito…
Ahora que Keitaro yacía bajo tierra, el dolor de Naru era aún más intenso. Y el de Mutsumi, también.
La chica de Okinawa estaba parada en la entrada de la habitación de Keitaro, apoyada en el marco de la puerta. Escuchaba sollozar a Naru, y eso destrozaba aún más su ya roto corazón.
Sentimientos encontrados se habían apoderado de Mutsumi cuando le dieron la noticia de la muerte de su amigo. Lo había sentido, sí, había llorado como todas, había lamentado profundamente la pérdida de quien para ella había sido, igual que para Naru, su mejor amigo y primer amor.
Pero, al contrario que en el caso de su amiga, su vida no se había dejado de tener sentido por la muerte de Keitaro. Le había querido mucho, había llegado a quererle más que a nadie; pero, en esos momentos, no era él la persona de quien estaba enamorada.
Y el darse cuenta de ello le había hecho sentir como una miserable.
Mutsumi bajó la cabeza para mirar a Naru. Sentía un gran vacío en su pecho, que parecía incrementar cada vez que la veía triste. Además de una inmensa frustración, por no poder hacer nada por hacerla feliz…
Involuntariamente, deseó cambiar su destino por el de Keitaro. Cualquier cosa, cualquiera…con tal de que ella volviese a ser la de antes…
De repente, rompió a llorar, y cayó de rodillas al lado de Naru. Ésta se volvió, sobresaltada.
- ¡Mutsumi! De…¿desde cuándo estás aquí? –preguntó, molesta, mientras intentaba disimular su llanto.
Su amiga no contestó. Levantó la cabeza, y Naru pudo ver un brillo especial en sus ojos. Algo peculiar, en su rostro habitualmente risueño y despistado.
- No quiero verte así, Naru… -murmuró Mutsumi entre sollozos.
- Pero, Mut…
Ella no la dejó seguir. Agarrándola de los hombros, la atrajo hasta sí hasta que sus rostros quedaron a apenas un par de centímetros de distancia. Por unos instantes, Naru creyó que iba a besarla…y, durante unas milésimas de segundo, incluso lo deseó. Un poco de cariño no le vendría mal…
Sacudió la cabeza, apartando ese pensamiento de su mente. ¿Qué se suponía que estaba…?
Pero Mutsumi no le dio tiempo a reprenderse a sí misma.
- Naru, escúchame –murmuró, en un tono tan preocupado y alarmado que Naru jamás creyó que pudiese salir de su boca- Keitaro ha muerto y ya nadie puede remediarlo… Comprendo que estés destrozada, todos lo estamos. Sobre todo tú, porque él era tu… bueno, tú le querías…
- Yo le quería, y jamás se lo dije claramente… -sollozó Naru.
- ¡Naru! No debes preocuparte por eso – la consoló Mutsumi, abrazándola y colocando la cabeza de su amiga en su hombro, mientras le susurraba al oído- de alguna forma, él siempre lo supo.
Naru siguió llorando débilmente. Mutsumi la estrechó fuertemente contra su cuerpo, mientras acariciaba su espalda y seguía hablándole en voz baja.
- Pero ahora, Naru… él está muerto. Resulta duro, pero no volverá… Él ya no está, pero tú, Kitsune, Motoko, Kaolla, Shinobu…y yo… todas estamos vivas. Y…y no podemos devolverle la vida llorando, ni lamentándonos…
Naru se apartó de ella casi con violencia. Su llanto se cortó de repente, y sus ojos marrones miraron a Mutsumi con suspicacia.
- ¿Me estás diciendo…que debo olvidarme de él?
Su voz sonaba casi dolida. Mutsumi se arrepintió de no haberse expresado mejor.
- No… -replicó al mismo tiempo que movía la cabeza con vehemencia- Nunca le olvidaremos, ni podríamos hacerlo aunque quisiéramos. Él trajo un poco de alegría a nuestras aburridas vidas, ¿cierto? Siempre vivirá en nuestros recuerdos… Por eso, Naru…te pido que no le des más vueltas a su muerte…no le recuerdes dentro del ataúd, sino como era cuando estaba vivo… No estés triste porque haya muerto, porque eso es algo que no podemos remediar. Alégrate de haberle conocido, y de que te enseñara…nos enseñara, tantas cosas…
Naru se secó las lágrimas con un pañuelo. Al instante, unas nuevas volvieron a brotar de sus ojos.
- Sé que debo superarlo… Pero aún no puedo, Mutsumi… Aún no… -murmuró, antes de echarse a llorar de nuevo.
- Ya lo sé. Por eso, quiero decirte que… -Mutsumi miró a Naru a los ojos. Tragó saliva antes de continuar- que voy a estar siempre a tu lado. No pienso dejarte sola ni una sola vez, no quiero que te tragues sola tus lágrimas… Voy a estar contigo hasta que lo superes, y vamos a superarlo juntas…
Naru levantó la cabeza, y miró a Mutsumi… Sus ojos reflejaron un profundo agradecimiento, mientras sonreía.
- Gracias, Mutsumi… -susurró mientras se abrazaba a ella.
Ambas se abrazaron fuertemente, enterrando su rostro en el hombro de la otra.
Mutsumi no dijo nada. No hacía falta que se lo agradeciera; ella se hubiera dejado quitar la vida por volver a verla sonreír.
Capítulo 1
Kitsune suspiró, y se apartó el pelo de la frente con un gesto de agobio. El invierno estaba por llegar, pero a veces sorprendía días de inusitado calor otoñal. Sentada en el sofá de la sala de estar, siguió leyendo la sección de ofertas de trabajo del periódico local.
A pocos metros de ella, Haruka barría el suelo distraídamente, abstraída en sus pensamientos. Desde que su sobrino había muerto, ella había tenido que hacerse cargo de la Residencia, descuidando parcialmente su propio negocio.
El sonido de unas risas juveniles hicieron levantar la cabeza a ambas. Naru y Mutsumi bajaban por las escaleras, charlando animadamente sobre algo relacionado con la Universidad.
- ¿Adónde vais? –preguntó Kitsune, extrañada.
- Tenemos que comprar unos libros en la ciudad –explicó Naru, señalando una lista que acababa de introducir en su bolsillo.
- ¿Estaréis de vuelta para cenar? –inquirió Haruka, después de consultar brevemente su reloj.
- Claro –respondió Mutsumi, exhibiendo su habitual sonrisa, mientras ambas abandonaban la Residencia.
Haruka y Kitsune permanecieron inmóviles durante unos segundos, mirando cómo ambas se alejaban por la amplia escalinata.
- Resulta sorprendente, ¿no crees? –preguntó de repente la primera, girándose hacia Kitsune.
- ¿Hum? –respondió ésta, apartando la mirada de la entrada.
- Lo bien que lo lleva Naru –respondió, mientras seguía barriendo- y lo rápido que lo ha superado. Teniendo en cuenta que seguramente era la que más quería a Keitaro…
- Sí… -respondió Kitsune con desgana.
- Al parecer Mutsumi la ha ayudado mucho…
Por toda respuesta, su interlocutora emitió un gruñido de asentimiento.
- ¿Celosa? –preguntó Haruka con aire divertido.
- ¡¿Cómo?! –replicó Kitsune dando un respingo en el sofá.
- Naru siempre ha sido tu mejor amiga, y ahora parece que pasa más tiempo con Mutsumi…
- No, no es eso –negó Kitsune- me alegra que haya encontrado a alguien con quien tenga algo en común… Somos muy buenas amigas, pero ella y yo siempre hemos estado en extremos diametralmente opuestos, ya sabes…
- ¿Entonces?
- No sé… -murmuró, bajando la mirada hacia su periódico- hay algo extraño en Mutsumi, algo que no me acaba de gustar…
- Ya… oye, Kitsune, hablando de otra cosa…tengo que hacerte una proposición…
Poco después, Mutsumi y Naru, una vez se hubieron bajado en la parada correspondiente, se dirigieron a paso rápido hacia cierta librería situada cerca de la Tôdai.
- Espero que podamos entregar este trabajo a tiempo… -murmuró Naru.
- Tenemos dos semanas, más que suficiente… -replicó Mutsumi con aplomo.
Naru la miró de reojo. No pudo evitar contemplar de arriba abajo el cuerpo esbelto de su amiga, mientras admiraba su seguridad y su confianza en sí misma…
De repente, sus miradas se encontraron. Mutsumi le sonrió, mientras sus ojos brillaban de una forma bastante extraña. Naru le devolvió la sonrisa y giró la cabeza, íntimamente avergonzada de que su amiga la hubiera sorprendido mirándola de aquella forma, pero intentando parecer natural.
Se sorprendió a sí misma al percatarse de que, desde hacía un tiempo, pensaba mucho en Mutsumi. Sacudió la cabeza involuntariamente. Pensaba en ella porque pasaba casi todo su tiempo con ella, simplemente. Y además le estaba muy agradecida por ello.
Mutsumi había cumplido su promesa de no dejarla sola: prácticamente desde aquél momento, ambas habían sido inseparables. Había pasado junto a ella los días posteriores a la muerte de Keitaro, abrazándola cuando lo necesitaba, ofreciéndole palabras de apoyo y comprensión, y llorando juntas en más de una ocasión. Y después, cuando la vida en la Residencia empezó a discurrir con normalidad, Mutsumi y Naru acudían juntas a la Universidad todos los días, comían juntas, regresaban juntas, y, como antes de los exámenes de ingreso, estudiaban juntas.
Y en las cada vez más escasas ocasiones en las que Naru recordaba a Keitaro, su amiga se apresuraba a proponerle ir al cine, alquilar una película, aliarse con Kitsune para montar alguno de esos fiestorros que habían popularizado la Residencia Hinata, o, simplemente, escucharla y hablar con ella durante horas.
Por eso, era normal que pensara en ella, se justificó Naru. Sin embargo, había más, algo más que pugnaba por hacerse paso en su mente. Naru simplemente sacudió la cabeza de nuevo, y se obligó a no pensar en ello.
Mientras, Mutsumi la miraba inquisitivamente. De repente su sonrisa se amplió; quizás, pensó, sus esfuerzos estaban dando resultados.
- Podríamos hacerlo con el ordenador de Kaolla –sugirió Mutsumi.
Naru levantó la cabeza.
- ¿El qué?
- El trabajo, idiota… -replicó su amiga riendo.
- Ah… -Naru meditó la idea durante unos instantes- sí, no es mala idea.
Ambas caminaban lentamente hacia casa, llevando dos libros recién adquiridos en la librería, y otros tantos que habían encontrado en la biblioteca.
Aquella mañana les habían encargado un trabajo en grupo, y, por supuesto, no habían dudado un momento en ponerse juntas. Ahora ambas regresaban a casa, cansadas después de dos horas buceando en filas interminables de libros, y discutiendo acerca de la manera de enfocar el trabajo.
Aunque lo cierto es que Naru no estaba muy concentrada.
- Después de cenar podemos ponernos a leer y subrayar lo más importante –iba diciendo Mutsumi, mientras empezaba a subir las escalinatas que conducían a la Residencia Hinata- y decidir cómo lo vamos a estructurar, así mañana podemos empezar a escribirlo…
Naru asintió distraídamente, mirando a Mutsumi.
- Voy a mi habitación… -murmuró cuando entraron.
- ¿Te pasa algo? –preguntó su amiga, alarmada.
- No, en serio –respondió Naru, haciendo un esfuerzo por sonreír- simplemente necesito pensar…
Mutsumi asintió con la cabeza.
- Te llamaré cuando vayamos a cenar, ¿de acuerdo?
Naru le hizo un gesto afirmativo y subió hasta su habitación. Una vez allí, se dejó caer en la cama.
Llevaba hecha un lío toda la tarde, pero, con Mutsumi a su lado, no podía pensar con claridad. Ahora, tumbada en la oscuridad de su habitación, Naru empezó a navegar entre sus recuerdos…
Y, de repente, vio de forma clara una imagen que hizo que se le acelerara el corazón.
Mutsumi besándola, en dos ocasiones. La primera de ellas, cuando apenas se conocían, fue más un beso fortuito que otra cosa. La segunda, hacía relativamente poco tiempo, fue un beso de auténtico cariño. Mutsumi se lo había dado para que mejorara de una ligera recaída, después de haber pasado toda la noche cuidándola, cuando ella misma estaba ardiendo de fiebre. El recuerdo era tan vívido que casi le parecía sentir la presión de Mutsumi sobre sus labios, sus manos levantándole suavemente la cabeza…
Y recordó, con angustia, lo mucho que le había gustado aquél beso, y que, durante unos segundos, había deseado que se repitiera. Pero su cerebro, siempre racional, había acallado aquél deseo, recordándole que de quien ella estaba enamorada era de Keitaro. La presencia de éste había contribuido a terminar con su confusión, habiendo prácticamente olvidado lo que había sentido al ser besada por Mutsumi.
Hasta ahora…
Pensó en aquella tarde, en todas las veces que se le había acelerado el corazón debido a un roce involuntario con Mutsumi. En todas las veces que se había sorprendido a sí misma mirándola. En todas las veces que se había sorprendido a sí misma pensando en ella en los últimos días…
Y, mortificándose a sí misma, confusa e íntimamente humillada, Naru admitió, ante sí misma y su propia conciencia, que estaba empezando a enamorarse de Mutsumi Otohime…
Minutos después, Naru bajó a cenar, casi a regañadientes. Lo que menos le apetecía en esos momentos era ver a Mutsumi, y además recordó, con pesar, que esa misma noche tendrían que ponerse a hacer el trabajo si querían terminarlo a tiempo.
Así que suspiró, se armó de valor y bajó a la cocina. Allí ya estaban todas las chicas, sentadas alrededor de la mesa. Sólo dos sillas estaban vacías: la suya y la del fallecido Keitaro Urashima. Con sorpresa y horror, comprobó sorprendida que Mutsumi se había sentado justo al lado de su sitio, ¿acaso lo estaba haciendo a propósito o qué?
Durante unos segundos incluso barajó la posibilidad de ocupar el antiguo sitio de Keitaro, pero eso ya habría sido demasiado sospechoso. Por tanto, intentando parecer lo más natural posible, se sentó al lado de su compañera.
En ese momento se dio cuenta de algo que sus preocupaciones no le habían permitido percibir antes. En la cocina se había hecho un silencio sepulcral. Kitsune estaba cabizbaja, las demás chicas la miraban de reojo, y Mutsumi tampoco podía evitar hacerlo con cierto aire de preocupación.
- ¿Qué pasa, chicas? –preguntó Naru, extrañada.
Todas miraron a Kitsune, que levantó la cabeza y miró a Naru con expresión temerosa.
- ¿Kitsune?
- Naru… voy a ser la nueva encargada de la Residencia Hinata… -anunció su amiga casi en un murmullo.
Naru se quedó mirándola fijamente, sin saber muy bien qué decir o pensar. La cabeza le daba vueltas. No pudo evitar una mirada fugaz hacia el sitio vacío de Keitaro, lo que no pasó desapercibido a nadie.
- No… no pretendo ocupar el sitio de Keitaro… -intentó explicarse Kitsune.
- No tienes por qué dar explicaciones –la cortó Naru- alguien tiene que hacerlo, ¿no?
Todas la miraron con aprobación, pero ella sintió como si alguien hablara a través de su boca. No es que le molestara que Kitsune fuera la encargada; al contrario, se alegraba porque su amiga hubiera encontrado, al fin, un trabajo fijo.
Pero cada vez que lograba olvidarse, aunque fuera por unas horas, de que Keitaro estaba muerto y ya jamás volvería, algo pasaba para recordárselo…
Se esforzó por sonreír.
- Enhorabuena. Me alegro por ti, Kitsune.
Todas suspiraron aliviadas, relajadas al saber que Naru se lo había tomado tan bien. Sólo Mutsumi, situada a su lado, podía ver que en los ojos de su amiga se había corrido un velo, un velo de tristeza que ella conocía muy bien.
Sin apenas pensarlo, su mano buscó la de Naru por debajo de la mesa y la agarró delicadamente.
Naru, abstraída en sus pensamientos, dio un respingo al notar el contacto cálido de Mutsumi. Bajó la cabeza y luego volvió a subirla para mirar a su amiga a los ojos con aire interrogante, mientras sentía cómo el corazón se le aceleraba.
La mirada de Mutsumi transmitía tal cariño y preocupación que Naru sintió un cosquilleo en el estómago. Durante unos segundos, Mutsumi creyó que Naru iba a soltarse de ella y dirigirle una mirada feroz. Sin embargo, poco después sintió como ésta apretaba firmemente su mano, en un gesto de agradecimiento, mientras una leve sonrisa se esbozaba en su rostro. Mutsumi mostró su eterna y dulce sonrisa, lo que hizo enrojecer a Naru.
Ambas empezaron a comer, todavía manteniendo el contacto entre ellas. Por suerte, ninguna de las chicas se había dado cuenta de la maniobra. Excepto Kitsune, que, desde el otro lado de la mesa, las miraba inquisitivamente.
Media hora después, Naru, aseada y en pijama, se encontraba sentada delante de su mesita con un par de gruesos libros enfrente. Esperaba a Mutsumi, y, conociendo la puntualidad de su amiga, no tendría que esperar demasiado.
Efectivamente, a los pocos minutos, alguien tocó a la puerta y entró Mutsumi, también en pijama y con sus gafas de leer.
Naru la miró brevemente y se concentró en sus libros, mientras Mutsumi tomaba asiento enfrente. La chica de Okinawa abrió otro grueso tomo y empezó a tomar apuntes.
Naru empezó a relajarse. El incidente con Kitsune le había hecho olvidar momentáneamente su confusión respecto a Mutsumi. Ahora, su amiga volvía a ejercer sobre ella el mismo efecto tranquilizador de siempre, y ella no comprendía haber estado tan confusa unas horas antes. Ambas estaban estudiando, y se comportaban como siempre. Quizá lo de antes fuera solamente fruto de su imaginación…
En ese momento, Naru alzó la cabeza y se encontró con la mirada fija de Mutsumi.
Nuevamente, el corazón empezó a laterle de forma alocada, desmoronando sus esperanzas.
- ¿Qué pasa…? –preguntó con brusquedad- ¿Por qué me miras así?
Mutsumi pareció sorprendida.
- Te he visto pensativa… creí que te pasaba algo… -respondió a la defensiva.
Naru suspiró, intentando controlarse. No quería volver a perder los nervios y que Mutsumi sospechara.
- Lo siento… Es que lo de hoy… ya sabes, me ha afectado un poco –confesó en tono de disculpa.
Mutsumi sonrió, comprensiva. Y Naru empezó a encontrarse un poco mejor.
- Es normal, Naru. Nadie va a culparte por eso…
Sin quererlo, Naru se encontró de nuevo pensando en Keitaro. La ya familiar sensación de depresión volvió a ella, y tuvo que morderse el labio superior con fuerza para evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas.
En un instante, Mutsumi recorrió los metros que la separaban de ella para abrazarla con fuerza.
- Tranquila, Naru...
- Lo siento, Mutsumi.
- No lo sientas. Ni siquiera ha pasado medio año desde que murió. Tienes derecho a llorar de vez en cuando…
- No, no es por eso –explicó Naru, recuperando el dominio de sí misma- es que hoy… estoy baja de ánimos…
Mutsumi asintió en silencio.
- Comprendo. ¿Qué te parece si nos acostamos ya?
No había nada que Naru deseara más en aquél momento que tumbarse en su cama y cerrar los ojos, pero… echó una mirada a los libros, que seguían intactos sobre la mesa.
- ¿Y el trabajo?
- No te preocupes –la tranquilizó su amiga con una sonrisa- he ojeado un par de libros, y más o menos sé qué información podemos utilizar. Los demás los miraremos mañana, sobre la marcha. Tampoco hace falta que escribamos una tesis.
- Entonces, de acuerdo –accedió Naru con un suspiro de alivio.
Mutsumi se puso en pie.
- Me voy a mi habitación, entonces. Hasta mañana.
- Hasta mañana –se despidió Naru, mientras su amiga cerraba la puerta suavemente.
La joven deshizo su cama, se metió dentro y se cubrió con las sábanas. Cerró los ojos y esperó a que el sueño la transportara lejos de allí, lejos de sus preocupaciones.
Pero, en lugar de eso, vio el avión estrellándose.
Abrió los ojos y se incorporó de repente, emitiendo un ligero gemido de horror.
La habitación oscura, que todas las noches le parecía tranquila y acogedora, cobraba ahora tintes trágicos en su mente. Detrás de cada sombra acechaba un peligro. Un peligro que podía ser el avión estrellado, la cara horrorizada de Kitsune…
O el rostro marfileño del difunto Keitaro Urashima, asomado en el oscuro hueco que comunicaba con su habitación…
Un sudor frío le recorrió la espalda. Naru sabía lo que estaba pasando. Los acontecimientos del día habían revivido la tragedia, y su mente jugaba con sus más amargos recuerdos a su antojo. Sabía que era irracional, pero también que no podía controlarlo.
Y, sobre todo, sabía que se pasaría toda la noche con los ojos como platos, mirando cada rincón oscuro de la habitación… Sabía que la madrugada la sorprendería llorando por él…
A no ser que…
La idea cruzó rápida por su mente, pero Naru la atrapó al vuelo. Meditó durante unos instantes.
Una noche le había pedido a Kitsune que trasladara su colchón a su habitación. Y había funcionado. Naru había conseguido dormir toda la noche, sin miedos ni preocupaciones.
Kitsune, a esas horas, llevaría un buen rato durmiendo profundamente, y no estaría bien ir a despertarla por ese motivo…
Sin embargo, Mutsumi apenas se acababa de acostar.
¿Dormir con Mutsumi? Un escalofrío la recorrió tan sólo de pensarlo. Y, sin embargo, era lo único que podía hacer.
Dejó de lado sus prejuicios y el hecho de que sus sentimientos con respecto a Mutsumi fueran más bien dudosos. Y, respirando profundamente, abrió la puerta de su habitación y salió al pasillo.
Desde hacía unas semanas, Mutsumi había sido trasladada a una habitación libre en la Residencia. Había sido idea de Keitaro, y a todos les había parecido bien. Gracias a eso, Naru pudo contar con su apoyo a cualquier hora del día…
Aunque, a medida que se acercaba a su puerta, la idea le pareció aún más descabellada. Quizá no estuviera dispuesta a dormir con ella. O quizá…
Sin pensarlo más, se armó de valor y tocó a la puerta tan silenciosamente como le fue posible.
Silencio.
Pasaron los segundos, y nadie le respondió. Ni se oyó ningún ruido dentro.
Naru, que ya empezaba a navegar entre las dudas, no estaba dispuesta a abrir la puerta. Los ojos se le llenaron de lágrimas involuntariamente, mientras se daba media vuelta…
En ese momento, llegó a sus oídos un levísimo sonido. Naru se giró, y vio a Mutsumi, que a su vez la observaba desde el marco de su puerta.
- Naru… ¿qué te pasa? –susurró la chica.
- Yo… - por toda respuesta, Naru abrazó a su amiga, ahogando un sollozo. Mutsumi, sorprendida, le devolvió el abrazo.
- Puedo… ¿puedo dormir contigo, Mutsumi? –murmuró Naru en su oído.
Esta vez fue Mutsumi quien no pudo evitar estremecerse. Sin decir una palabra, llevó a su amiga al interior de su habitación y cerró la puerta.
- Gracias… -murmuró Naru sin separarse de ella. Mutsumi le indicó que se tumbara en su cama, y ella hizo lo propio, a su lado, cubriéndose ambas con el edredón.
- ¿Por qué llorabas? –susurró Mutsumi.
Naru la miró. Sus rostros quedaban a tan sólo unos centímetros. No pudo evitar sonrojarse, dando gracias por estar prácticamente a oscuras.
- No podía dormir… y pensé que no querrías que durmiera contigo… -contestó, consciente de lo estúpido de su respuesta.
Sin embargo, Mutsumi apenas sonrió. En lugar de eso, se colocó de forma que la cabeza de Naru descansaba sobre su pecho, y luego la rodeó con sus brazos.
- Naru-chan… descansa y duérmete… Ahora estás conmigo, no tienes nada que temer.
Naru suspiró, agradecida, y cerró los ojos. Casi inmediatamente, cayó dormida, segura entre los brazos de su amiga.
Capítulo 2
El día amaneció frío y claro. Se notaba que la Navidad estaba a la vuelta de la esqiuina, y que los tejados de Tokio no tardarían mucho en teñirse de blanco como cada año.
Kitsune, eficiente en su nueva labor de encargada, fue la primera en levantarse. La siguió Shinobu, que se apresuró a preparar el desayuno. Diez minutos después, todas las chicas estaban en pie, y la Residencia hervía de actividad.
Nadie se percató de la ausencia de Mutsumi y Naru hasta que se sentaron alrededor de la mesa para tomar el desayuno.
- Falta Naru, ¿no? –preguntó Motoko.
Se hizo un breve e incómodo silencio.
- Estará durmiendo –se apresuró a intervenir Kitsune- dejadla.
- Ayer se deprimió un poco –comentó Shinobu.
- Es normal –intervino Kaolla, extrañamente seria- el anuncio de Kitsune nos hizo recordar a Keitaro… Confieso que yo también me puse un poco triste, así que imaginad lo que debió de sentir Naru.
Todas asintieron en silencio, empezando a dar cuenta de sus desayunos. Entre sorbo y sorbo, Motoko añadió:
- Mutsumi tampoco ha bajado. Ella también lo debe de estar pasando muy mal. Tenemos que animarla, chicas. A ella y a Naru-san –terminó, dejando escapar un suspiro de tristeza.
El tenedor que Kitsune se estaba llevando a la boca se quedó a mitad de camino.
Ni Mitsumi ni Naru se habían despertado aún…
Como un destello, la imagen de las dos amigas cogidas de la mano bajo la mesa, sonriéndose, pasó por la cabeza de Kitsune.
Pero eso no significaba que…
La chica zorro sacudió la cabeza, intentando alejar esa idea de su mente.
Y, entonces, sus oídos captaron al vuelo algo que estaba diciendo Shinobu.
- Alguien debería ir a despertar a Naru… ya sabéis que le gusta levantarse temprano, incluso cuando no tiene que ir a clase.
Kitsune aprovechó y se levantó rápidamente antes de que alguien se le adelantara.
- Iré yo –anunció, apurando el contenido de su taza- al fin y al cavo, ya he terminado de desayunar y debería subir a limpiar un poco.
Todos aceptaron sus palabras y siguieron comiendo, mientras Kitsune subía las escaleras hacia la planta superior con una extraña sensación de inquietud en el estómago.
- ¿Naru? ¿Puedo entrar?
Al no obtener respuesta, Kitsune abrió la puerta de la habitación de su amiga…
Que estaba completamente vacía. Los libros seguían apilados sobre la mesa, y la cama estaba deshecha, pero en ella no había ni rastro de su propietaria.
Aquello parecía una confirmación a sus peores sospechas.
Naru no podía haber bajado sin cruzarse con ella. Por tanto, sólo había un sitio en el que podía estar.
Con una fuerte sensación de incredulidad, Kitsune encaminó sus pasos hasta la habitación de Mutsumi Otohime.
Una vez ante su puerta, la abrió sigilosamente, intentando hacer el menor ruido posible.
Y, entonces, por segunda o quizá tercera vez en su vida, los ojos de Mitsune Konno se abrieron como platos. Ante sus ojos, Naru y Mutsumi dormían profundamente.
Ambas estaban abrazadas y mostraban una plácida expresión en su rostro. Naru tenía la cabeza apoyada en el pecho de su amiga.
Con alivio, Kitsune comprobó que estaban vestidas con sus pijamas. Pero la escena le seguía pareciendo ofensivamente inverosímil.
Entonces, algo perturbó el sueño de Naru, que se revolvió y gimió entre sueños.
- Mutsumi… -murmuró, lo suficientemente alto como para que Kitsune lo captara.
Ésta inició la retirada ante la posibilidad de que Naru acabara de despertarse. La puerta hizo un ruido sordo el cerrarse, no muy alto, pero que fue suficiente para que Naru, aún medio dormida, abriera los ojos.
- Mutsumi… -volvió a murmurar, temerosa de que se hubiera ido. Entonces sintió su cuerpo bajo el suyo, y sonrió.
La aludida, cuyo sueño también se había visto alterado, abrió los ojos.
- Hum… Naru… ¿qué hora es?
- Es sábado, Mutsumi… -aclaró Naru por toda respuesta.
La chica de Okinawa sonrió, comprendiendo lo que Naru había querido decir. Era evidente que ninguna de las dos sentía deseos de levantarse. Allí, sintiendo el calor de la otra, se estaba muy bien.
Demasiado bien.
- Entonces, sigamos durmiendo, Naru-chan…
Con un suspiro de satisfacción, Naru enterró la nariz en el hombro de su amiga.
Dos semanas después, un mediodía cualquiera, Mutsumi y Naru salían del recinto de la Tôdai. Ambas parecían cansadas, pero, al mismo tiempo, aliviadas y felices.
Después de 14 días de trabajo agotador, el trabajo había sido entregado en la fecha prevista.
Naru no pudo evitar dirigir una mirada de admiración a su amiga. Se sentía enormemente satisfecha de sí misma, y en parte era porque había logrado compenetrarse perfectamente con Mutsumi a la hora de aunar esfuerzos.
Hasta el profesor se lo había comentado.
“Narusegawa, usted y Otohime forman un gran equipo. Por separado tienen un gran talento, pero unidas dejan entrever un gran potencial escondido. Explórenlo” Les dijo, admirado, mientras hojeaba el trabajo.
Sus ojos se encontraron.
- Oye, chica con talento –la interpeló Mutsumi en tono cariñoso- ¿vamos a volver ya a la Residencia?
Naru alzó las cejas, sorprendida.
- ¿Tienes un plan mejor?
- ¡Por supuesto! Llevamos dos semanas encerradas trabajando. Necesitamos un descanso, y nos lo merecemos… -suspiró Mutsumi, estirando los brazos.
Naru sonrió, mirando suspicaz a su amiga.
- Vamos, suéltalo ya…
Mutsumi se giró hacia ella.
- Bueno… ¿te apetecería comer fuera e ir luego al cine? Podríamos ir de compras antes…
Naru sintió el ya familiar cosquilleo, potenciado por la expresión cariñosa de los ojos de Mutsumi.
Aquello sonaba a cita, por supuesto.
- ¡Claro que me apetece! ¿Lo dudabas?
¿Y qué? No eran las primeras amigas que salían juntas.
Mutsumi sonrió, y le pasó el brazo por los hombros durante unos breves segundos.
Naru le devolvió la sonrisa. Las cosas habían cambiado mucho en las últimas semanas.
Para empezar, ella había dejado de negarse a sí misma lo evidente: que necesitaba a Mutsumi, la necesitaba a su lado tanto como el aire que respiraba. Ya no temía sus frecuentes muestras de cariño, sino que las anhelaba.
Mutsumi, por su parte, cada vez la abrazaba o la cogía de la mano más a manudo. Naru dudaba de si Mutsumi era consciente de las sensaciones que despertaba en ella: si lo hacía sin querer o si… se trataba de algo mutuo.
Sentía vértigo tan sólo de pensarlo.
- ¿Te parece bien ahí? –preguntó Mutsumi, sacándola de su trance. Naru la miró, confusa, y luego siguió la dirección de su mirada.
Mutsumi la había llevado a un buen restaurante que, sin embargo, no era muy caro. Mientras daban cuenta de lo que habían pedido, ambos repasaban los acontecimientos del día.
- ¿Te imaginas que nos otorgaran la máxima calificación? –exclamó Naru, con ojos soñadores.
- No es que me lo imagine, es que nos la darán –aseguró Mutsumi.
- Últimamente te veo demasiado segura de ti misma –bromeó Naru, riendo.
- ¿Por qué no habría de estarlo? Soy una de las mejores estudiantes de la Tôdai… -replicó Mutsumi con falsa suficiencia.
Ambas se miraron y estallaron en carcajadas. Resultaba curioso ver a alguien como Mutsumi, que antaño había sido tan torpe y despistada, vanagloriarse de sí misma. Cuando las risas cesaron, Naru observó que su amiga se ponía seria de repente, mordisqueando pensativa un trozo de pan.
- ¿Qué te pasa?
Mutsumi no respondió inmediatamente, sino que meditó durante unos segundos más.
- Le estaba dando vueltas a lo que nos ha dicho el profesor…
- ¿El qué?
Mutsumi la miró directamente a los ojos.
- Tú y yo… juntas.
Naru sintió cómo la sangre se le agolpaba en el rostro. ¿Acaso Mutsumi iba a declararse allí mismo?
Entonces, la chica de Okinawa, que parecía no haberse dado cuenta de nada, apartó la vista y siguió hablando.
- ¡Si nos esforzamos de esa forma podremos graduarnos con las mejores notas!
Una gota bajó por la cabeza de Naru. Mutsumi podía haber madurado, haber perdido parte de su torpeza y ganado seguridad en sí misma… pero, en cierto sentido, no había cambiado en absoluto.
Ya era noche cerrada cuando Mutsumi y Naru, arrebujadas en sus abrigos y apretadas la una contra la otra para ahuyentar el frío, empezaban a subir las escaleras del Hinata, que, en esos momentos, estaban llenas de nieve.
Había sido una tarde perfecta para Naru, que se sentía, por primera vez desde hacía días, inmensamente feliz.
Después de comer se habían dedicado a curiosear tiendas hasta que llegó la hora de entrar en el cine.
La película, una típica americanada romanticona, no era gran cosa. Pero lo peor era que las frecuentes escenas entre la pareja protagonista le habían recordado enormemente a Keitaro.
Pero Naru ni siquiera tuvo tiempo de entristecerse. Porque al momento, aprovechando el amparo que la oscuridad les otorgaba, Mutsumi le había pasado el brazo por los hombros, atrayéndola hacia sí. A partir de aquél momento, Naru dejó de prestar atención a la pantalla. Tan sólo pensaba en la chica a la cual estaba abrazada.
Al salir del cine, se habían encontrado con la agradable sorpresa de que había empezado a caer la primera nevada de la temporada.
Ambas habían cogido el tren hasta Hinata y ahora caminaban lentamente hasta la Residencia. Con al excusa del frío, Naru se había permitido a sí misma acercarse a Mutsumi más de lo acostumbrado. Mutsumi la dejaba hacer, complaciente. Sabía que tenía que dejar que Naru fuera progresando a su ritmo, y no precipitarse.
Cuando llegaron a la Residencia, ambas se separaron casi dolorosamente, y después se quitaron los abrigos. Kaolla y Sarah, que estaban jugando con la nieve, las saludaron alegremente. Shinobu, en la cocina, terminaba de preparar la cena.
En el piso superior, Kitsune Konno había permanecido un largo rato asomada al amplio ventanal que daba a la fachada frontal de la Residencia. Vio cómo Kaolla y Sarah dejaban de jugar y entraban al arreciar la nevada. Entonces, aún sumida en sus pensamientos, dio media vuelta, dispuesta a irse.
Casi estuvo a punto de chocar con Motoko que, a sus espaldas, la miraba, suspicaz.
- ¿Qué haces? –exclamó, sobresaltada.
- ¿Qué es lo que te pasa? –preguntó, por toda respuesta, Motoko.
Kitsune sonrió nerviosamente.
- ¿Qué me va a pasar, Motoko? Estaba viendo nevar, simplemente.
- Mientes –la cortó la joven guerrera- llevas un buen rato ahí, pensativa y con el ceño fruncido.
- ¿Me estabas espiando? –gruñó Kitsune.
- Y tú estabas espiando, si no me equivoco, a Naru y a Mutsumi… -contestó Motoko sin dejarse amilanar.
Kitsune suspiró, dándose por vencida.
- No, no te equivocas.
- Bien. Ahora dime, ¿qué es lo que te preocupa?
- Hay algo raro entre ellas… -susurró Kitsune, apoyándose en el marco de la ventana.
- ¿Algo raro? –murmuró Motoko sin comprender.
- Extremadamente raro.
Motoko permaneció unos segundos en silencio.
- Sigo sin…
Kitsune la observó, valorando la confianza que tenía en ella.
- Han venido abrazadas durante todo el camino… esta mañana las encontré durmiendo juntas… en pijama –aclaró al ver que Motoko se ponía colorada como un pimiento.
- Ah… -suspiró la del kendo, aliviada- pero eso hasta cierto punto es normal. Son muy amigas, y ambas lo están pasando muy mal, desde lo de Keitaro…
- Precisamente eso es lo que me preocupa. Yo ya sabía que Mutsumi sentía un cariño sin límites por Naru, pero ella ya tenía a Keitaro. Ahora que él ha muerto…
- Espera, Kitsune –la cortó Motoko- estás sacando las cosas de quicio. Tanto Naru como Mutsumi estuvieron enamoradas de Keitaro, y estoy segura de que Naru-san aún le ama… eso que dices es imposible. Me niego a pensarlo –terminó la chica, apretando los dientes.
Kitsune la miró sorprendida, no por su incredulidad, si no por la aversión que aarecía sentir hacia la idea.
“Debería de habérmelo imaginado” pensó Kitsune “Motoko es una chica extremadamente tradicional”
- Puede que lleves razón –respondió Kitsune en tono conciliador- de cualquier modo, no comentes esto con nadie.
Motoko asintió en silencio. Kitsune sabía que podía confiar en la muchacha. En esas situaciones, podía ser una tumba.
Ya se daba la vuelta para irse cuando la llamó.
- Oye, Kitsune…si tan preocupada estás, ¿por qué no hablas con Naru?
Durante la cena, Kitsune meditaba las palabras de Motoko mientras observaba de reojo a Naru y a Mutsumi. Un par de veces sorprendió a Aoyama haciendo lo mismo. Aunque la chica del kendo había mostrado su incredulidad hacia las sospechas de Kitsune, era evidente que sus palabras habían hecho mella en ella. Sonrió para sus adentros.
Cuando terminaron, Kitsune aprovechó el que a Mutsumi y Kaolla les tocara fregar los platos para ir a visitar a Naru. Ésta se había retirado antes con la excusa de que se encontraba un poco mareada. Kitsune sabía que Mutsumi correría a su habitación en cuanto terminara con sus labores domésticas. Por tanto, disponía de poco tiempo.
Subió las escaleras de dos en dos, planeando el modo en el que iba a enfocar la conversación.
- ¿Naru? –llamó, delante de su puerta.
- Pasa –escuchó la débil voz de su mejor amiga.
Kitsune abrió la puerta. Naru estaba echada sobre la cama con los ojos cerrados. Kitsune se acercó a ella, alarmada.
- ¿Cómo estás?
Naru abrió los ojos y sonrió.
- Me ha sentado mal la comida, no te preocupes…
Kitsune se echó a su lado, recordando la infinidad de conversaciones íntimas que ambas habían mantenido tumbadas mirando al techo.
- Quería hablar contigo… -empezó.
- ¿De qué?
- De ti.
Naru giró la cabeza para mirarla, un poco sorprendida.
- ¿Te refieres a si he superado ya la muerte de Keitaro?
Kitsune tragó saliva, temerosa.
- Sí…
Su amiga sonrió.
- Tranquila, puedes mencionarlo… -murmuró con un suspiro- aún me duele, claro, aún me acuerdo de él cada día. Pero no es como antes… ya no siento ganas de llorar a todas horas, y mi vida vuelve a tener sentido… Digamos, en resumen, que lo he superado –concluyó mirando a Kitsune con una amplia sonrisa que le fue correspondida.
Ambas permanecieron unos segundos en silencio. Súbitamente, Naru empezó a encontrarse peor. Sintió cómo la invadía un ligero sopor y la habitación daba mil vueltas…
Entonces, escuchó de nuevo la voz de Kitsune.
- Naru, puede que esta pregunta te resulte rara, pero he de hacértela porque estoy preocupada por ti…
- ¿Hum?
- ¿Qué sientes por Mutsumi Otohime, Naru?
De repente, todo le pareció irreal. Giró la cabeza con dificultad, para mirar a su amiga con ojos desorbitados. Empezó a sudar.
- Lo siento, no debí… -empezó a disculparse Kitsune. Entonces advirtió que algo iba mal. Naru tenía un brillo extraño en los ojos -¿Qué te pasa?
De repente, Naru sintió cómo la oscuridad la engullía. Cerró los ojos, y se desvaneció.
- ¡Naru! –gritó Kitsune, abalanzándose sobre ella.
Al tocar su cuerpo lo comprendió.
Estaba ardiendo de fiebre.
Diez minutos después, Naru, consciente, yacía en su cama bajo dos mantas y rodeada por todas las chicas del Hinata-sou. Acababa de tomarse una pastilla que Haruka le había dado, y en aquél momento se sentía mucho mejor, mientras Shinobu le colocaba con cuidado una compresa fría en la frente.
Haruka observaba atentamente el termómetro que acababa de extraer bajo las sábanas.
- Treinta y ocho –dijo, al fin. La mayoría de las residentes soltaron un suspiro de alivio.
Kitsune y Mutsumi, sin embargo, aún parecían enormemente preocupadas.
- Se pondrá bien, ¿verdad? –quiso saber la primera.
- ¡Pues claro! Siempre pasa lo mismo todos los años. La primera nevada pilla por sorpresa, y a alguna chica le suben unas décimas de fiebre. Mañana por la mañana estará como nueva.
Las chicas parecieron tranquilizarse al fin. Sin embargo, Mutsumi no pudo evitar empezar a sentirse culpable.
Una a una, por orden de Haruka, abandonaron la habitación. Mutsumi suspiró con resignación, y siguió a las demás hasta afuera.
Entonces, alguien la agarró fuertemente del brazo. Era Kitsune.
Mutsumi sintió un sobresalto. La chica zorro la miraba con un rictus de furia en su astuto rostro.
- Esto no habría pasado si no hubieras insistido en quedarte en Tokio hasta la noche –murmuró, casi en un susurro.
Después, se dio media vuelta y se marchó rápidamente. Mutsumi miró a su alrededor, paralizada. Motoko le dirigió una mirada airada, pero las demás chicas, ignorantes de lo que había pasado, siguieron su camino.
El sentimiento de culpabilidad de Mutsumi incrementó hasta hacerse insoportable. Hecha un mar de dudas, se refugió en su habitación.
De repente y sin saber por qué, Naru se despertó. Se sentía mucho más lucida, aunque las leves molestias que seguía sufriendo le hicieron advertir que aún tenía unas décimas de fiebre.
Miró su reloj. Eran algo más de las dos de la mañana. Entonces, al moverse, supo qué le había despertado.
Había alguien más en la habitación, a su lado.
Durante un terrorífico instante pensó que se trataba del difunto Keitaro. Entonces, cuando su mente fue capaz de razonar con lógica, supo quién era realmente.
- Mutsumi… -llamó, mirando a la oscuridad.
- ¿Te he despertado? Lo siento… -contestó la otra chica en un susurro.
Naru se incorporó y encendió la lámpara. Su amiga estaba al lado de su cama, arrodillada con aspecto abatido.
- ¿Qué estás haciendo aquí?
Mutsumi pareció avergonzada.
- Te… bueno, yo… te estaba cuidando.
Naru alzó las cejas.
- ¿Cuidándome? ¿Por qué?
- Porque si estás enferma es por culpa mía… -musitó Mutsumi con amargura.
Naru sonrió y alargó una mano para acariciar el rostro de su compungida amiga.
- Mutsumi, no ha sido culpa tuya… tú no podías prever que iba a nevar. Además, me lo he pasado muy bien. Ha sido un día fantástico, de verdad –musitó Naru, haciendo que Mutsumi recobrara su dulce sonrisa.
Ambas permanecieron en silencio durante unos segundos. Entonces, Naru sintió una especie de dèja-vu.
Una imagen apareció ante sus ojos. Okinawa, ella yaciendo enferma, Mutsumi a su lado, cuidándola.
Y después…
Naru sintió como toda la sangre de su cuerpo se concentraba en el rostro. Gimió para sus adentros. La situación era idéntica a la de aquella vez… ¿se habría percatado Mutsumi?
Entonces, la chica la miró y sonrió.
- ¿No te recuerda esto a algo, Naru-chan?
Naru esbozó una sonrisa nerviosa, mientras sentía cómo le empezaban a palpitar las sienes. Una vez más, Mutsumi le había leído el pensamiento.
- ¿De qué hablas, Mut…?
Su amiga la acalló colocándole un dedo en los labios. Su sonrisa se amplió, mientras su rostro descendía sobre el de Naru.
- Recuerdo que la otra vez te sentiste mucho mejor después de que yo te besara. Vamos a ver si ahora también da resultado…
Y, entonces, volvió a ocurrir aquello que Naru había temido, pero también deseado. Los labios de Mutsumi encontraron los suyos, y se unieron en un dulce beso.
Naru, completamente paralizada, ni siquiera reaccionó cuando las manos de su amiga se posaron firmemente en su cintura.
El rostro de la chica de Okinawa se separó del suyo y sus ojos la miraron, expectantes.
Naru estaba librando una verdadera batalla interior. El cerebro le pedía a gritos que empujara a Mutsumi, que le gritara que se fuera, que la rechazara. Y, además, su conciencia le apoyaba y le reafirmaba que aquello era lo que debía hacer.
Pero su corazón le suplicaba justo lo contrario. Una peculiar sensación de calidez en el pecho le indicaba que había disfrutado ese beso…
Y que deseaba más.
Entonces, Naru, demasiado enferma para poder controlarse a sí misma, cerró los ojos y se abandonó completamente al amor que Mutsumi le ofrecía. Ésta interpretó el gesto como el permiso que estaba esperando, y volvió a juntar su boca con la de Naru.
Acallando completamente los chillidos desesperados de su conciencia, Naru permitió que Mutsumi la besara aún más apasionadamente, apretando su cuerpo contra el suyo, mostrando un deseo a duras penas reprimido. Y, cuando la lengua de ella apartó sus labios y comenzó a explorar su interior, Naru no pudo hacer otra cosa que colocar las manos en su nuca mientras dejaba escapar un débil gemido…
Capítulo 3
Cuando Naru Narusegawa volvió a despertarse, ya de día, comprobó que la fiebre había desaparecido completamente, tal y como Haruka había predicho.
Se incorporó en la cama, aturdida, atenazada por la certidumbre de haber hecho algo terrible…
Entonces, el recuerdo de lo ocurrido la madrugada anterior se le echó encima como un jarro de agua fría.
El horror se reflejó en su cara mientras se la cubría con las manos. Maldijo en voz baja, y para sí misma la fiebre que la había aturdido hasta el punto de hacerle perder los papeles.
Sus recuerdos, sin embargo, eran claros y apabullantes: Mutsumi la había vuelto a besar, y ella no sólo se lo había permitido, sino que le había correspondido. Le había mostrado, de manera inequívoca, cuáles eran sus verdaderos sentimientos.
La chica se dejó caer sobre la cama. Su mente funcionaba a toda máquina, intentando encontrar una salida.
Rebuscando en su corazón, supo que amaba a Mutsumi Otohime con todo su ser, tanto como había querido a Keitaro, o incluso más.
Y, a todas luces, era evidente que Mutsumi sentía lo mismo por ella.
La revelación debería haberla hecho feliz. Pero no lo hizo.
Porque eso, a fin de cuentas, significaba que Mutsumi y ella deberían… tener una relación.
¿Ser la novia de Mutsumi?
Para Naru, aquello era impensable. Se sentía hasta culpable por el simple hecho de planteárselo.
Para empezar, sería una relación que no las llevaría a ninguna parte. Y, para terminar, Naru se negaba a aceptar el que a Mutsumi y a ella les gustasen las chicas. Ambas habían estado enamoradas de un hombre, y serían muy felices con algún otro.
Aunque, finalmente, Naru tuvo qué reconocer para sí misma cuál era el verdadero y gran problema: la familia y… las amigas.
Naru se horrorizaba tan sólo de pensar en reconocer su amor a Kitsune, a Motoko, a Shinobu, a Kaolla, a Sarah, a Haruka, a Seta, incluso a su antiguo compañero Kentaro Sakata
Y más después del esfuerzo que las chicas de la Residencia habían hecho para que acabara con Keitaro.
Se sentirían engañadas, furiosas, asqueadas e incómodas…
De repente, la mirada de Naru topó con su reloj. Eran más de las once de un día lectivo.
Sin duda, Mutsumi había apagado el despertador antes de irse a dormir a su habitación.
Y, también sin lugar a dudas, la chica de Okinawa estaría en la Tôdai, tomando apuntes para las dos.
Más tranquila al saber que disponía de unas horas de margen, Naru se vistió y bajó a la cocina.
Allí se encontró con Kitsune, que fregaba los platos del desayuno.
- ¡Naru! –la saludó alegremente- ¿Ya estás mejor?
- Sí, mucho mejor –respondió la aludida.
- Tienes buen aspecto, de eso no cabe duda. Siéntate, anda, te serviré algo…
- ¡Pero si es tardísimo! –protestó la joven.
- ¿Y! Debes comer algo si quieres recuperarte del todo, aún estás muy débil.
Naru suspiró con aire de fingida desesperación.
- Está bien, Kitsune –accedió con una sonrisa.
La encargada le puso delante unos cuantos pastelillos hechos por Shinobu. Naru, sorprendida, se percató de que tenía hambre, mientras empezaba a dar cuenta de uno.
- Mutsumi se negó a despertarte, dijo que era mejor dejar que descansaras… -comentó Kitsune, tomando asiento enfrente de Naru. Ésta asintió con aire distraído.
- ¿Ella ha ido a la Tôdai?
Kitsune asintió.
- Sí. Por cierto, esta mañana estaba…
Naru la miró, mientras su amiga seguía hablando.
- Podría decir que estaba muy sonriente, pero ella siempre lo está… no es ésa la palabra…
- ¿De qué hablas, Kitsune?
- Radiante –la chica zorro le dirigió una mirada suspicaz- Mutsumi estaba radiante esta mañana.
Ambas se sostuvieron la mirada durante unos interminables segundos.
- ¿Y por qué me lo dices a mí?
- Porque pensé que quizá tuviera algo que ver contigo.
En ese momento, Naru tomó una decisión. Se levantó, depositando su vaso en el fregadero. Después, se giró hacia su amiga, que seguía mirándola.
- Kitsune, ¿recuerdas cuándo me preguntaste que qué sentía por Mutsumi?
Kitsune pareció sorprendida, pero asintió.
- Sí. Siento haber sido tan brusca, pero…
Naru alzó una mano.
- Voy a responderte ahora –Naru suspiró- Nada, Kitsune. Absolutamente nada.
Pasaban algunos minutos del mediodía y Naru, ya completamente recuperada, ordenaba su habitación por enésima vez.
En realidad, quería que su cuerpo estuviese ocupado en alguna tarea sencilla mientras su mente repasaba el plan que había decidido seguir.
Naru sabía que Mutsumi llegaría de un momento a otro y que subiría directamente a verla. Lo sabía, y ya estaba preparada para ello, pues ya había meditado largamente y decidido lo que pensaba decir y hacer.
- ¿Naru-chan?
A pesar de su preparación psicológica, el oír su voz le produjo un ligero sobresalto, haciendo que su corazón se acelerara. Naru se irguió con rapidez, quedando de cara a la puerta.
- Pasa, Mutsumi –dijo en voz alta y clara, tras inspirar profundamente.
La puerta se abrió, dejando pasar a la chica de Okinawa. Naru no pudo evitar contener la respiración al verla, pues Kitsune tenía razón: aquél día estaba radiante… y preciosa.
La miró a los ojos… a esos ojos que, mientras la observaban, reflejaban inequívocamente el profundo amor que la chica sentía por ella… esos ojos que Naru tenía la intención de hacer llorar en menos de un minuto…
Narusegawa sacudió la cabeza, dispuesta a no dejarse llevar por los sentimientos. Estaba determinada a rechazar a Mutsumi, puesto que era lo mejor para las dos. Y se había jurado a sí misma no cambiar de idea, por mucho que sufriese su amiga… y ella misma.
- Parece que ya estás mejor –murmuró Mutsumi esbozando una alegre sonrisa.
- Mucho mejor –corroboró Naru, con los nervios a flor de piel.
Entonces, sucedió. Mutsumi se acercó a ella, y la rodeó con sus brazos con la intención de besarla. Naru, que se había mantenido alerta durante toda la conversación, supo que era el momento justo.
Sus labios sólo llegaron a rozarse, porque, de un empujón, Naru la apartó violentamente.
Mutsumi, pillada por sorpresa, trastabilló y estuvo a punto de caer. Cuando recuperó el equilibrio, miró a Naru, confusa e inocente, completamente ajena a lo que estaba pasando por la mente de su amiga.
- ¿Por… por qué has hecho eso, Naru?
- ¿Qué estabas a punto de hacer, Mutsumi? –replicó la aludida con el tono de voz más gélido que pudo adoptar.
Se produjo un breve silencio. Mutsumi la miraba sin comprender, desconcertada, desarmada completamente por los ojos fríos y duros de Naru. Sonrió levemente, aunque fue más una sonrisa de extrañeza que otra cosa.
- Besarte, Naru –consiguió balbucear- como hice anoche. Porque te quiero. Y porque pensé que tú… bueno, que tú también me querías.
El rostro de Naru permaneció imperturbable mientras contestaba.
- ¿Y por qué te iba a querer yo?
Mutsumi sintió un pinchazo en el corazón. Abrió los ojos desmesuradamente, que se llenaron de lágrimas mientras miraban a Naru, totalmente atónitos.
Naru ladeó la cabeza en lo que pareció un ademán de desprecio, aunque en realidad lo hiciera para no seguir viendo la expresión torturada de Mutsumi. Después de tragar saliva, siguió echando leña al fuego.
- Igual se te ha pasado el hecho de que ambas somos mujeres… Pequeño detalle sin importancia, ¿no? –remató en tono sarcástico.
El desprecio de Naru golpeó a Mutsumi de una forma casi física, y ésta tuvo que apoyarse en la pared.
- Pero Naru… anoche, tú…
- Anoche tenía fiebre, y tú te aprovechaste de ello para inducirme a hacer cosas que no quería…
- No fue esa mi int…
- Cállate. Estaba delirando, y ni siquiera era consciente de lo que pasaba. Creo… que llegué a pensar que el que me besaba era Keitaro, que en paz descanse.
En ese punto, las lágrimas rodaban ya por las mejillas de Mutsumi, quien, por primera vez desde hacía mucho tiempo, no sabía qué decir ni que hacer. Perdida y confusa, su mente trataba de buscar una explicación al hecho de que Naru hubiese cambiado su actitud cariñosa de los últimos días por una más mordaz, fría y cruel.
Su amiga, por su parte, estaba librando una auténtica batalla en su interior. Ver a Mutsumi en ese estado, y más sabiendo que era culpa suya, la estaba matando… y si continuaba manteniendo esa actitud era sólo porque tenía la profunda convicción de que a la larga le ahorraría un mayor sufrimiento posterior.
Sin embargo, y pese a sus racionales razonamientos, lo que más deseaba en ese momento era correr hacia Mutsumi, abrazarla con fuera, pedirle que la perdonara y besarla… besarla durante horas.
La joven Narusegawa se dio cuenta, con horror, de que estaba perdiendo el control de sí misma. Había logrado endurecer el corazón frente a su querida Mutsumi, pero no era de piedra, y su defensa empezaba a desmoronarse.
Era hora de terminar. Se dio media vuelta para que su amiga no viese que sus ojos empezaban a ponerse vidriosos… hizo un tremendo esfuerzo para reprimir un sollozo, mientras una lágrima, la primera, bajaba por su mejilla.
- Espero que te haya quedado claro, Mutsumi. Ahora, vete… y no me pidas más lo que yo no te puedo dar.
En cuanto sintió a Mutsumi salir de la habitación, Naru se dejó caer al suelo, dejando escapar un torrente de lágrimas.
- Estúpida… llorando por algo que yo misma he provocado –murmuró para sí- pero Dios sabe que no tuve otra elección. No quiero verla sufrir, embarcada en una relación sin futuro… porque tú te mereces algo mejor que yo, Mutsumi.
En el pasillo, una atónita Kitsune casi se chocó con la chica que, hecha un mar de lágrimas, corría a su habitación. A decir verdad, le costó reconocer a la alegre Mutsumi Otohime en aquella joven deshecha y destrozada.
- Mutsumi –la llamó, alarmada- ¿qué…?
Pero ella no contestó. No pudo. Se desmayó, cayendo al suelo, en la puerta misma de su habitación.
- ¿Dónde estoy?
- Te desmayaste, y te traje hacia aquí –exlicó Kitsune, aliviada porque Mutsumi hubiera recuperado el conocimiento.
Ésta reconoció su propia cama en medio de su confusión.
- Menos mal que no te golpeaste la cabeza al caer… -murmuró Kitsune.
- Ojalá lo hubiera hecho –intervino Mutsumi con amargura.
- ¡¡Mutsumi!!
La chica de Okinawa se limitó a suspirar.
- ¿Qué te pasa? –inquirió Kitsune- Te vi salir de la habitación de Naru… dime, ¿qué pasó?
La cabeza de Mutsumi se giró hacia ella lentamente, y Kitsune no pudo evitar echarse ligeramente hacia atrás.
En sus ojos se reflejaban varios sentimientos: dolor, furia, pero, por encima de todo, una profunda rabia incontenida.
- ¿Que qué pasa? –replicó con agresividad- ¿no te lo imaginas, Mitsune? ¡Que Naru me rechazó, por supuesto! Así que tú y Motoko podéis dormir tranquilas a partir de hoy… no tengo la más mínima posibilidad de estar con ella.
Kitsune la miró, atónita. Jamás hubiera imaginado a Mutsumi reaccionando de tal manera… En ese momento, comprendió lo mucho que ella amaba a su mejor amiga.
- Mutsumi, yo… yo no tenía ni idea –murmuró, decidiendo sincerarse- Yo también estaba segura de que Naru te quería, pero… pero esta mañana le pregunté y ella me dijo que…
- Te dijo que no –adivinó la chica de Okinawa, mientras unas lágrimas escapaban de sus ojos.
Kitsune meditó por unos momentos, tratando de comprender lo que le había pasado a Naru.
- Mutsumi, no te ofendas, pero… ¿os habéis peleado o algo…?
La aludida meneó la cabeza.
- No, al contrario… ayer por la noche la besé, y ella me correspondió. Y estoy totalmente segura de que era plenamente consciente de lo que hacía…
- ¿Ayer por la noche?
Algo encajó en la mente de Kitsune. Se puso lentamente en pie, mientras trazaba mentalmente un plan.
- Vamos, Mutsumi, es hora de comer.
La chica no se movió.
- ¿Mutsumi?
- No tengo ganas… -murmuró, apática.
Kitsune frunció el ceño, y, agachándose, agarró a Mutsumi y consiguió a duras penas levantarla de la cama, ante la sorpresa de ésta.
- Tienes que comer, Mutsumi. Y no sé si podremos solucionar vuestro problema, pero te prometo que haré todo cuanto esté en mi mano para conseguirlo.
En el rostro de Mutsumi se dibujó un atisbo de su habitual sonrisa. Kitsune la abrazó cariñosamente, y ambas salieron de la habitación.
Finalmente, pese a los temores de Mutsumi, fue la propia Naru quien no bajó a comer. Shinobu explicó que había cogido una pieza de fruta y se había subido a su habitación, alegando encontrarse peor.
Mutsumi, por su parte, apenas probó bocado y se refugió en su dormitorio tan pronto como pudo. A ninguna de las chicas les pasó desapercibida la repentina tristeza de Mutsumi, y Motoso no tardó en asociarla con la actitud de Naru, dirigiéndole a Kitsune una mirada suspicaz. Ésta, sin embargo, se limitó a encogerse de hombros.
Más tarde, mientras la nueva generación de cateados estudiaba, Kitsune aprovechó para escabullirse hacia la habitación de Naru.
Narusegawa, que estaba sentada en su mesa, de espaldas a la puerta, apoyada en los codos, ni siquiera la oyó entrar.
Sólo le dio tiempo a ver su rostro ante el suyo antes de que le propinara una sonora bofetada.
- ¡¡Kitsune!! –gritó Naru, sorprendida, llevándose la mano a la mejilla dolorida.
- Idiota –murmuró ésta, dirigiéndole una mirada feroz.
Naru la miró sorprendida, con la boca abierta- ¿por qué me has…?
Su mejor amiga se sentó en el suelo, a su lado, sin responder. Ambas se miraron, los ojos penetrantes de Kitsune contra los sorprendidos de Naru.
- Naru-chan, dime una cosa… ¿hasta cuándo vas a seguir haciéndote daño a ti misma y a los demás? –preguntó sin rodeos.
- ¿Cómo?
Kitsune tomó aire. Naru necesitaba que le abriesen los ojos, y si para eso debía ser cruel con ella… pues iba a serlo.
Por algo era su mejor amiga.
- Mutsumi te quiere, y me consta que tú a ella también –Naru fue a abrir la boca para protestar, pero su amiga la cortó en seco- no te molestes en negarlo. Te he visto mirarla con ojos soñadores, te he visto cogerla de la mano… y te conozco muy bien, Naru-chan.
Naru miró al suelo, avergonzada.
- Así que Mutsumi te lo ha contado todo…
- Craso error. Mutsumi no me ha contado nada –corrigió Kitsune rápidamente- La vi salir de aquí hecha una magdalena, antes de desmayarse en el pasillo…
- ¡¿Se desmayó?! –casi gritó Naru, con los ojos desorbitados y la preocupación reflejada en el rostro.
- Tranquila, ya está bien. Bueno, bien físicamente hablando, ya me entiendes.
Naru suspiró, cabizbaja.
- Le he roto el corazón, ¿verdad?
- No, Naru, no se lo has roto –murmuró suavemente Kitsune, mirándola fijamente- Se lo has arrancado, destrozado y hecho papilla.
Naru empezó a llorar en silencio. Pero Kitsune no estaba dispuesta a dejarse llevar por la compasión que le inspiraba.
- Naru –murmuró, suavizando el tono- perdóname de antemano por algo que voy a decirte…
Su amiga asintió con la cabeza.
- Querías a Keitaro, y él te quería a ti. Y no fuiste capaz de darle un simple “sí”. A mí me gustaba, eso ya lo sabes, a Motoko también… Shinobu estaba perdidamente enamorada… ¡si incluso a Kaolla le gustaba Keitaro! Pero te lo dejamos a ti, porque él te quería a ti, solo a ti, Naru… y tú no fuiste capaz de ordenar tus propios sentimientos, y él murió sin haber oído siquiera un simple “te quiero” de tus labios…
Naru suspiró, dolida, aunque sabía que todo lo que le acababa de decir su mejor amiga era cierto. Muy cierto.
- Dime, Naru… ¿por qué quieres perder a Mutsumi de la misma forma que perdiste a Keitaro?
Naru levantó la cabeza.
- Yo no quiero perderla, Kitsune, es la persona a la que más quiero en el mundo…
- ¿Pero…?
- Pero… tú no lo entenderías…
- ¡Claro que lo entiendo! No querías ser la novia de Keitaro por miedo a lo que nosotras sintiéramos con respecto a él. Y ahora no quieres ser la novia de Mutsumi por miedo a lo que nosotras opinemos al respecto. ¿Me he equivocado en algo?
Naru no respondió, sino que rompió a llorar aún más fuerte. Kitsune la abrazó, dejando que llorara sobre su hombro.
- ¿Por qué no luchas por lo que quieres, Naru? –susurró casi en su oído.
- Porque no me siento capaz –confesó Naru- Imagina si Mutsumi y yo… Las chicas se sentirán engañadas. Nos evitarán, sentirán rechazo. Ni siquiera podríamos bañarnos todas juntas como hasta ahora…
- O puede que lo acepten. No te digo que sea fácil, pero acabarán haciéndolo. Porque todas os apreciamos mucho, y sólo queremos, en última instancia, que seáis felices.
Naru se irguió, secándose las lágrimas. Una dulce pero apesadumbrada sonrisa se dibujó en sus labios.
- No, Kitsune, no. No puedo dejarme llevar por el egoísmo.
- ¿Qué quieres decir?
- No puedo hacerlo sabiendo que en el futuro ella sufrirá aún más…
- Pero… ¿cómo puedes saber eso?
- Porque lo sé. Pero hay algo que sí puedo hacer.
- ¿El qué?
- Hablar con Mutsumi y sincerarme con ella.
Kitsune la miró fijamente.
- Naru, pareces no darte cuenta… es ahora cuando la estás haciendo sufrir. Es incomprensible –murmuró, desesperada- ella te ama y tú la amas, ¿por qué le haces esto?
- A la larga será mejor para las dos –replicó Naru, convencida.
Kitsune se levantó lentamente. Su mirada pareció traspasar a Naru.
- Si vas a ir a su habitación a decirle que la amas, pero que no puedes ser su novia por miedo al qué-dirán… más vale que directamente cojas un cuchillo y se lo claves en la espalda, Narusegawa. Le harás menos daño, eso te lo puedo asegurar.
- Con un poco de suerte, ella me odiará después de eso, y el problema se habrá acabado. Al menos para ella.
Kitsune negó con la cabeza.
- No, Naru. El problema no se habrá acabado, ni para ti ni para ella. Para ninguna de las dos.
Una hora antes de cenar, Naru consiguió reunir el valor suficiente para enfrentarse a Mutsumi, pues nada le apetecía menos que sentarse a su lado en la cena sin haber hablado con ella previamente.
Respirando profundamente para intentar relajarse, se deslizó en la habitación de Mutsumi al igual que Kitsune había hecho en la suya.
La estancia estaba completamente a oscuras, y Naru cerró la puerta con rapidez para que la luz que se filtraba del pasillo no la obligase a encararse con el semblante destrozado de Mutsumi.
Aún así, pudo distinguir su cabeza alzándose hacia ella.
- ¿Kitsune? –murmuró débilmente Mutsumi.
- No. Soy yo –respondió Naru.
- ¿Na… Naru? –preguntó Mutsumi, incorporándose.
- No enciendas la luz, Mutsumi –la detuvo Naru en tono suplicante- ni te levantes. He venido a decirte algo, y me resultará mucho más fácil hacerlo así.
La silueta de Mutsumi volvió a su situación original, y permaneció en silencio.
Entonces, Naru empezó a hablar. Amparada en el relativo refugio de la oscuridad, que parecía mitigar su vergüenza y su dolor, Naru Narusegawa se decidió a hacer algo que jamás había hecho con anterioridad:
Confesar sus verdaderos sentimientos.
- Mutsumi, yo… te quiero. Te quiero más de lo que nunca imaginé que querría a alguien, más de lo que quise a Keitaro, y probablemente más de lo que seré capaz de amar a alguien en el futuro… si es que alguna vez vuelvo a hacerlo.
Las palabras habían salido de su boca como un torrente de emociones, de emociones contenidas que ahora salían sin que Naru apenas hubiese pensado en lo que iba a decir… aunque todas y cada una de la cosas que había dicho eran absolutamente ciertas, pensó.
Mutsumi levantó la cabeza hacia ella, tan bruscamente que Naru oyó sus vértebras crujir en la oscuridad. Sin embargo, la chica no hizo ningún comentario, dejando que Naru terminase de hablar.
- Tú tenías razón… ayer te devolví el beso y lo hice voluntariamente… Intenté contenerme pero no pude.
Naru hizo una pausa y suspiró. Mutsumi siguió en silencio, y Naru se alegró de no poder ver el rostro de la chica. Se imaginó que a esas alturas ya la odiaría lo suficiente… pero, al fin y al cabo, tenía derecho a recibir una explicación coherente después de todo el daño que le había causado.
- Te preguntarás entonces por qué te he rechazado de esa forma esta mañana… Bien, no quería que supieras lo que yo sentía… no quería que tú me quisieras… porque… porque es imposible que tú y yo mantengamos una relación seria.
- ¿Y por qué es imposible? –la interrumpió la voz extrañamente serena de Mutsumi.
- ¿Tú qué crees? –replicó Naru.
- Tienes miedo al qué dirá la gente, ¿cierto?
Naru se sintió desnuda, como si Mutsumi hubiera leído sus pensamientos.
- Exactamente, lo tengo.
Naru escuchó a Mutsumi respirar profundamente. Se dispuso a aguantar el chaparrón, consciente de que se merecía todo lo que la chica fuera a decirle.
- Temes perder la amistad de las chicas. Por eso le negaste tu amor a Kei-kun. Y por eso me lo niegas ahora a mí –explicó Mutsumi en tono ligeramente alterado.
- Mutsumi, esto también me resulta difícil a mí… pero créeme, a la larga será mejor para ambas y nos alegraremos… -murmuró Naru, consciente de lo insatisfactoria que era su explicación.
- Naru –la cortó la chica de Okinawa, tras una breve pausa- ¿quieres saber cuánto tiempo hace que estoy enamorada de ti?
La aludida no respondió, esperando a que Mutsumi siguiera.
- No recuerdo cuándo fue exactamente, pero me di cuenta en Okinawa. Tú estabas allí tumbada, enferma… y mientras te miraba, me di cuenta de lo mucho que te quería y de lo mucho que me asustaba la idea de perderte….
- ¿Por eso me besaste?
- Por eso te besé. Pero estaba Keitaro, claro… A mí me comían los celos, pero no podía ni quería interponerme entre los dos. Porque tú y él os gustabais, y yo sólo quería que tú fueses feliz…
- Mutsumi… -murmuró Naru, conmovida.
- Cuando él murió –siguió Mutsumi, hablando cada vez más rápido- lo sentí mucho, pero no pude evitar pensar que así quizá tendría una oportunidad contigo. Sé que suena ruin, y así es como me sentí… por eso me volqué en ti, deseando que me quisieras tanto como yo te quería…
Naru sentía como la conversación se le escapaba de las manos. Gradualmente, mientras hablaba, a Mutsumi le temblaba más y más la voz…
- Y ahora, Naru, me dices que me quieres pero que no podemos estar juntas por miedo al estúpido qué-dirán… Y no me hables de que a la larga ambas nos alegraremos, porque tú sabes perfectamente que eso no será así…
En ese punto, Mutsumi dejó escapar un sollozo desgarrador. Y ya no pudo parar.
Naru contuvo el aliento, paralizada. El llanto de Mutsumi le hubiera partido el alma a cualquiera… y más a ella, que era la principal culpable.
Se arrodilló a su lado, intentando consolarla.
- Mutsumi, por favor… no llores –balbuceó- prefiero morir a verte así.
Mutsumi se enjugó las lágrimas mientras alargaba la mano y encendía la luz de su habitación. Ambas cerraron los ojos, súbitamente deslumbradas. Cuando los volvieron a abrir, se estudiaron mutuamente.
Los ojos de ambas estaban enrojecidos y en sus rostros se reflejaba todo el llanto acumulado en las últimas horas…
Y, pese a todo, a Naru, Mutsumi le parecía cada vez más hermosa. Paralizada, la observó sin saber qué decir ni qué hacer… demasiado asustada para echarse en sus brazos, y demasiado enamorada como para irse sin más.
- Naru… -murmuró Mutsumi, mientras ambas se perdían en la profundidad de los ojos de la otra.
- ¿Qué?
- Sé que, en cuanto salgas por esa puerta, jamás te volveré a tener… por tanto… -tomó aire, mirándola fijamente- ¿qué tal un último beso?
Mutsumi contuvo el aliento, mirando a Naru con ojos suplicantes. La otra chica se mordió los labios, dubitativa, aunque, desde luego, no le desagradaba en absoluto la idea de besar esos suaves labios una vez más.
La última vez.
Después, volverían a ser amigas, como si nada hubiese sucedido.
Naru asintió con la cabeza. Mutsumi, aún mirándola fijamente, la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia ella hasta que sus cuerpos estuvieron prácticamente pegados, y sus rostros a tan sólo unos milímetros.
Naru la miró, excitada por el contacto con Mutsumi… y, entonces, su amiga cerró los ojos. Naru hizo lo mismo, y avanzó hasta que sus labios encontraron los de ella.
Ambas se estremecieron en brazos de la otra, felices por lo que estaban haciendo, y al mismo tiempo poseídas por la enorme tristeza de saber que no tendrían una nueva oportunidad. Mientras sus labios se movían lentamente, deseando que el beso durara toda la eternidad, Mutsumi sujetó la barbilla de Naru con su mano, acariciándola levemente. Naru entreabrió los labios, y las dos chicas profundizaron el contacto, manifestando por última vez todo el amor que sentían la una por la otra…
Entonces, se separaron para poder respirar. A pesar de lo prometido, Mutsumi siguió abrazando a Naru, mientras ambas respiraban entrecortadamente, aún mirándose a los ojos.
Y, a pesar de que ella misma había impuesto las condiciones, Naru se encontró totalmente incapaz de separar su cuerpo del de Mutsumi. Sin pensarlo, impulsivamente, enterró su cabeza en su hombro.
Las dos desearon estar así eternamente, la una en brazos de la otra, sintiendo su calor, sin que nadie las molestara…
- No me sueltes, Mutsumi… -murmuró Naru.
- No lo haré –suspiró profundamente antes de añadir- A no ser que tú quieras que lo haga.
Naru guardó silencio durante unos segundos.
- Sigo convencida de que lo mejor es que nos separemos… pero mientras te besaba me he dado cuenta de que no puedo vivir sin ti… No sé lo que hacer, Mutsumi –murmuró con cierto aire de culpabilidad- Yo y mi eterna indecisión.
- Escúchame, Naru –la cortó Mutsumi, susurrándole al oído- sé que ahora estás confusa y asustada. Lo sé, y lo comprendo, porque yo también lo estoy. Pero el intentar negar lo que sentimos no hará sino hacernos más daño… Por favor, Naru-chan, quédate conmigo y te haré feliz. Nos enfrentaremos juntas a las chicas y a todo aquél que se oponga a nuestra relación, y les haremos comprender que tenemos todo el derecho del mundo a estar enamoradas.
Naru alzó la cabeza, volviendo a quedar a menos de un centímetro de ella. Mutsumi la observó, ansiosa.
- Pero… ¿serías capaz de perdonarme algún día el daño que te he hecho hoy? Tú siempre te has preocupado por mí, y me has hecho sentir mejor… cuando estudiábamos, cuando Keitaro murió, incluso ahora lo estás haciendo. Y, sin embargo, a cambio yo… me he portado de forma egoísta y cruel. No merezco estar cont…
Mutsumi la acalló colocándole un dedo en los labios, mientras sonreía dulcemente.
- Te diré lo que haremos, Naru: te perdono ahora mismo si vuelves a besarme como hace un momento…
Naru sonrió, apartó su mano y volvió a acercar su rostro al suyo, dispuesta a cumplir alegremente su penitencia.
Capítulo 4
Mutsumi suspiró impaciente. Era mediodía, y estaba sentada frente a su pupitre en una de las aulas de la Facultad, con Naru a su lado. Los bolígrafos de ambas danzaban apresuradamente sobre el papel, intentando plasmar en éste al menos la cuarta parte de lo que el profesor estaba diciendo.
Al fin, el catedrático hizo una pausa para apuntar unas fechas en la pizarra. Los alumnos aprovecharon para relajarse y mirar el reloj. Naru levantó la cabeza, cansada, y se encontró con la mirada impaciente de Mutsumi.
- Mutsumi, deja de mirarme tan descaradamente, ¿quieres?
- Lo siento –musitó la chica- pero no puedo evitarlo, esta clase parece interminable.
Naru sonrió, divertida por la situación.
- Sólo faltan diez minutos para que termine la clase…
- ¿Diez minutos? –rezongó Mutsumi- ¿Aún quedan otros diez minutos?
En ese momento, el profesor siguió explicando. Mutsumi volvió a inclinarse sobre sus apuntes con tal expresión de fastidio que Naru no pudo evitar reír entre dientes.
Mientras escribían, Narusegawa se desplazó ligeramente en su asiento, acercándose un poco más a Mutsumi, de forma que sus rodillas llegaron a juntarse. Ésta, al sentir el contacto, le lanzó una mirada de auténtica desesperación por encima de su libreta.
Naru, sonriendo, vocalizó en silencio unas palabras, y Mutsumi fue capaz de leerle los labios a la perfección.
“Diez minutos, Mutsumi”
Y, diez minutos después, los compañeros de las dos chicas se sorprendían al ver que ambas recogían sus cosas apresuradamente, y se marchaban a toda velocidad tras despedirse brevemente.
Una vez en el pasillo, Naru se giró hacia Mutsumi.
- ¿Crees que podrás aguantar hasta que lleguemos a la Residencia Hinata?
- Desde luego que no –negó Mutsumi con vehemencia.
Naru volvió a sonreír.
- Entonces, ven –dijo misteriosamente, agarrándola del brazo para obligarla a seguirla.
- ¿Adónde vamos?
Por toda respuesta, Naru la introdujo en los servicios. La mayoría de los cubículos estaban vacíos, y una chica se lavaba las manos a pocos metros de ellas.
- ¿Por qué me traes aquí?
Naru acercó la cabeza a su oído antes de responder.
- Porque me estaba temiendo que de un momento a otro te fueras a abalanzar sobre mí. Y no es plan que lo hagas delante de tanta gente, como comprenderás…
Mutsumi la miró, confusa. La chica pasó por delante de ellas, intercambiando un breve saludo con Naru, y cerrando la puerta a sus espaldas.
En ese momento, Naru empujó a Mutsumi al interior de uno de los cubículos, metiéndose tras ella y cerrando la puerta. Justo a tiempo, pues, al instante, oyeron la puerta de los servicios al abrirse.
Se miraron. Debido al poco espacio, Naru había quedado aprisionada entre la puerta y el cuerpo de Mutsumi. No les importó.
La chica de Okinawa buscó desesperadamente los labios de su pareja, mientras la abrazaba con fuerza. Se besaron durante unos minutos, desahogándose del tremendo esfuerzo que les había supuesto estar todo el día juntas sin apenas tocarse.
Después, se separaron.
- El día de hoy se me ha hecho interminable… -susurró Mutsumi.
Naru, que tenía los dedos enredados en su larga melena castaña, sonrió.
- Vamos a tener que aprender a controlarnos, Mutsumi.
- Lo sé. Pero hoy es un día especial –murmuró Mutsumi antes de besarla de nuevo.
Naru asintió en silencio, pues no hacía ni doce horas que eran oficialmente una pareja. Y, desde entonces, una fuerte atracción magnética parecía unirlas.
Les había costado separarse para ir a cenar. Les había costado mantener la compostura ante las chicas. Les había costado separarse en el pasillo antes de irse a dormir. Pero lo que más les había costado era pasar seis horas la una al lado de la otra, sin poder hacer otra cosa más que dirigirse miradas cómplices y susurros en voz baja.
Era frustrante, pero ninguna de las dos estaba dispuesta a someterse a las críticas y miradas que acarrearía el hecho de que manifestaran su amor en público.
- ¿Y ahora qué? –preguntó Mutsumi.
- Ahora esperamos a que el pasillo quede vacío… y nos vamos.
Mutsumi asintió y aprovechó para apretarla con fuerza contra su cuerpo antes de que tuvieran que volver a separarse.
Kitsune estaba barriendo las escaleras que subían hasta la Residencia Hinata cuando vio aparecer a las dos chicas al final de la calle. Apoyándose en la escoba, esperó pacientemente a que llegaran al final de la gran escalinata, mientras las observaba de manera inquisitiva.
Se moría de impaciencia por saber lo que había pasado la tarde anterior. No había podido hablar tranquilamente con Naru desde que había ido a intentar razonar con ella. Y, durante la cena, ella y Mutsumi se mostraron tan herméticas que no hubo modo de adivinar lo que había sucedido.
Ahora estaban a sólo un par de metros, conversando animadamente. Captó un brillo especial en sus ojos y cierto rubor en las mejillas de Naru. Y en su rostro se dibujó una aviesa sonrisa.
- ¡Kitsune! –gritó Naru, sorprendida, al llegar al último escalón. Ni Mutsumi ni ella se habían percatado de su presencia.
La interpelada las miró de arriba abajo.
- ¿Y bien? –inquirió.
- ¿Y bien qué? –replicó Naru, ruborizándose aún más. Mutsumi dejó escapar una risilla.
- ¡Oh, vamos! –exclamó Kitsune- ¡No seas así, Naru!
Naru miró a Mutsumi, avergonzada. La otra chica, sin embargo, mostraba una sonrisa divertida.
- Bueno, nosotras… -empezó Naru- sí, estamos…
- Eso ya lo sé, os he visto lanzaros esas miradas de corderito degollado –la cortó Kitsune.
- ¿Entonces?
- ¡Cuéntame los detalles! –pidió Kitsune agarrándola de los hombros.
- ¡Kitsune! –exclamó Naru. Mutsumi no pudo evitar soltar la carcajada.
- Vaya mejor amiga que tengo… -murmuró Kitsune, fingiendo sentirse contrariada.
- Tranquila, si quieres saber todos los detalles yo te los puedo contar –intervino Mutsumi con una sonrisa traviesa.
- ¡¡Mutsumi!! –gritó Naru mirándola ferozmente, colorada como un pimiento.
- Sospecho que tú y yo nos vamos a llevar bien –le dijo Kitsune a Mutsumi mientras ésta se reía.
De repente, Mutsumi Otohime se puso seria.
- Por cierto… gracias, Kitsune –murmuró. Kitsune la miró sorprendida.
- Sí, gracias –reiteró Naru- si no hubieras venido a mostrarme lo estúpida que era, yo…
- Bah, ¿a quién le importa eso ahora? –replicó Kitsune rechazando sus agradecimientos con un gesto- Por cierto, ¿habéis decidido que vais a hacer con las chicas?
Mutsumi miró a Naru antes de responder.
- A decir verdad, todavía no lo hemos discutido.
Naru corroboró las palabras de Mutsumi con un gesto afirmativo.
- Bueno, ya tendréis tiempo para hacerlo. Hablando de tiempo –prosiguió Kitsune mientras volvía a coger la escoba- Kaolla, Shinobu y las demás regresarán del instituto en algo más de una hora… yo de vosotras lo aprovecharía.
Remató sus palabras con una sonrisa pícara, y siguió barriendo las escaleras. Naru bufó y entró dentro del Hinata-sou. Mutsumi la siguió, riendo para sus adentros.
- ¿Por qué no hablamos ahora? –propuso Naru, sentándose en el sofá. Mutsumi tomó asiento a su lado, asintiendo.
- Me parece bien.
Ambas se miraron, sin saber muy bien lo que decir.
- Bueno… -empezó Naru- ¿tú qué piensas?
- ¿Qué piensas tú?
- Yo he preguntado primero.
- Pero tú las conoces mejor que yo –replicó Mutsumi.
Naru se dio por vencida ante su lógica aplastante.
- Creo… que deberíamos ocultarlo. Al menos de momento –murmuró, insegura, buscando la aprobación en el rostro de Mutsumi- porque, quieras o no, no será lo mismo si lo saben… ya sabes, hay ciertas situaciones que se volverían algo incómodas…
- Como, por ejemplo, si estamos juntas en los baños termales –completó la frase Mutsumi.
- Ajá. No te molesta, ¿verdad?
Mutsumi sonrió, pasando el brazo por el hombro de Naru.
- En realidad, no puedo estar más de acuerdo contigo.
Naru recostó su cuerpo en el de Mutsumi, suspirando.
- No sé qué harán cuando lo sepan… porque algún día, lógicamente, lo tendrán que saber…
- No te preocupes por eso. Ya lo afrontaremos cuando llegue el momento.
Tres semanas después, a media tarde, Sarah McDougal y Kaolla Su planeaban una de sus múltiples trastadas.
- Tenemos que completar este mapa de los pasadizos secretos de la Residencia Hinata –dijo la menor de las rubias, extendiendo un plano.
- Sí, nos será de utilidad para eludir a Motoko cuando tengamos que escaparnos. Lo malo- continuó Kaolla con expresión triste- es que ya hemos dado muchas vueltas y no hemos encontrado ninguno que conecte directamente con la salida…
Sarah se dejó caer en una silla, contemplando el mapa con aire pensativo mientras se rascaba la cabeza.
- ¡Ya lo tengo! –gritó de pronto.
- ¿Plátanos? –preguntó Kaolla relamiéndose.
- No, idiota. Mutsumi Otohime, ella se conoce todos los pasadizos de Hinata, ¿recuerdas?
- ¡Es verdad! Jugó aquí de pequeña, así que tuvo mucho tiempo para explorarlo todo…
- ¿Por qué no subimos a pedirle que nos ayude? –propuso Sarah, poniéndose en pie.
- Bueno… -murmuró Kaolla, pensativa- está estudiando con Naru, y ya sabes que no les gusta que las interrumpamos cuando estudian.
- ¡Vamos, Kaolla! –se quejó Sarah- si a esta hora es a la que suelen terminar. Por cinco minutos, no creo que se enfaden.
- ¡De acuerdo! –gritó Kaolla saltando de la mesa- ¡Vamos!
- ¡Genial! –exclamó Sarah dirigiéndose a las escaleras.
- ¡Espera! –la interrumpió Kaolla agarrándola de la camiseta- vamos a llegar por el pasillo secreto que comunica con la habitación de Naru.
- ¿Para qué?
- Para probar la nueva iluminación de la Tortuga Mecánica nº 15 que acabo de construir –replicó Kaolla con una gran sonrisa- y así les damos un susto, de paso.
- Uh… de acuerdo.
En el piso superior, Naru Narusegawa se quitaba las gafas y se frotaba los ojos con aire cansado.
- Este tema es muy aburrido –protestó- e interminable…
Cuando levantó la cabeza, vio a Mutsumi, que la miraba fijamente.
- Bueno, podríamos dejarlo ya por hoy, ¿no? –afirmó más que preguntó, cerrando su libro con un ruido seco. Para su satisfacción, Naru asintió sin demasiados remordimientos.
Kaolla y Sarah llegaron al final del túnel intentando hacer el menor ruido posible.
- Verás qué susto se llevan… -rió Kaolla entre dientes.
Sarah empezó a abrir la pequeña portezuela que comunicada el túnel con la habitación de Naru. Abrió la boca y se preparó para saludar a las chicas con un chillido que les hiciera dar un bote en sus cojines.
Entonces, se quedó completamente muda.
- ¿Qué pasa? –murmuró Kaolla en su oído, impaciente. La rendija que Sarah había abierto no era lo suficientemente grande como para que ella pudiera mirar.
- Na… Naru y… -balbuceó, atónita.
- ¿Qué?
- Mira –susurró Sarah agarrando la cabeza de su amiga y poniéndola ante la pequeña abertura.
Naru estaba de espaldas a ellas, y Mutsumi quedaba justo enfrente. Pero no había riesgo de que las vieran, porque la chica de las tortugas estaba reclinada sobre la mesa, besando a Naru, que, además, parecía corresponderle.
Sarah cerró la abertura sigilosamente, mientras su amiga permanecía aún con la boca abierta.
- Vámonos antes de que nos pillen –murmuró Sarah emprendiendo la huida, e indicándole a Kaolla que guardara silencio.
Ambas recorrieron varios metros del pasadizo sumidas en el más absoluto mutismo, preguntándose sobre el significado de la escena que acababan de presenciar.
- Oye… tú has visto lo mismo que yo, ¿verdad? –preguntó Kaolla, confusa, cerca ya del final del túnel, y, por tanto, del peligro de que las chicas las oyeran.
- Creo que sí. Bueno, tampoco sería nada extraño que esas dos… lo raro es que no supiéramos nada. ¿Tú sospechabas algo?
Sarah salió del túnel, seguida por Kaolla. Ambas se encontraban de nuevo en el pasillo del Hinata-sou.
Kaolla negó con la cabeza.
- No tenía ni la más remota idea. ¿Tú crees que Kitsune y las demás…?
- ¿De qué no tenías ni la más remota idea? –interrumpió una voz seria a sus espaldas.
Sobresaltadas, Kaolla y Sarah se dieron la vuelta, para encontrarse con una más ceñuda de lo habitual Motoko Aoyama.
La chica del kendo estaba en el otro extremo del pasillo cuando vio a Sarah y Kaolla salir del pasadizo. Normalmente no se hubiera acercado, pero la inusual expresión confundida en los rostros de las dos rubias diabólicas le había dado mala espina.
- Ho… Hola Motoko –sonrió Sarah, intentando parece natural.
- ¿Qué habéis hecho ya? –inquirió Motoso frunciendo el ceño.
- Nosotras nada –respondió Kaolla.
- ¿Y esas caras de desorientación?
Kaolla miró a Sarah con aire interrogante. La norteamericana se encogió de hombros. Después, volvió a mirar a Motoko.
La expresión de la kendoka cambió cuando Kaolla se inclinó sobre ella, más concretamente sobre su oído.
- Oye, Motoko. ¿Te podemos contar un secreto?
- Cla…claro –respondió ésta, sorprendida por la seriedad de Kaolla.
- Es… es sobre Naru y Mutsumi –intervino Sarah.
En el rostro de Motoko se dibujó una extraña mueca. Intuía que no le iba a gustar nada lo que Kaolla y Sarah estaban a punto de decirle.
Diez minutos después, Motoko entraba como una tromba en la cocina, donde Kitsune fregaba el suelo.
- ¡Motoko! ¿Qué pasa?
- Vengo a contarte algo, aunque quizá a estas alturas ya lo sepas –replicó la chica del kendo cruzándose de brazos.
Kitsune suspiró y se dejó caer en una silla, temiéndose lo peor.
- Suéltalo.
- Adivina a qué dos chicas acaban de pillar besándose en su habitación… -murmuró Motoko inclinándose sobre ella.
Kitsune dejó caer la cabeza con aire apesadumbrado.
- Oh, no… ¿cómo ha sido?
- Kaolla y Sarah fueron a la habitación de Naru utilizando uno de los túneles secretos –resumió Motoko- las pillaron, y después yo las pillé a ellas.
Kitsune permaneció en silencio, maldiciendo para sus adentros al que proyectó la galería de pasadizos secretos que recorría la Residencia.
- ¿Y bien? –preguntó Motoko, impaciente.
Kitsune levantó la cabeza.
- ¿Y bien qué?
- ¿Es que te vas a quedar de brazos cruzados mientras ellas…?
- ¡Motoko! –exclamó Kitsune, airada- lo que Naru y Mutsumi hagan no es asunto mío, ni tuyo, ni de nadie más que de ellas.
- Pero se supone que son nuestras amigas, nos preocupamos por ellas… ¿no?
- Entonces tendrías que preocuparte tan sólo porque ellas fueran felices. Y si estando juntas lo son…
- ¡Pero lo que están haciendo no es normal, Kitsune!
- ¿Por qué no? –replicó Kitsune.
- ¿Por qué va a ser? Porque…
- Porque las dos somos chicas, ¿no es así? –dijo alguien a sus espaldas.
Motoko se giró y Kitsune se levantó de un salto. Ambas habían estado tan enfrascadas en su discusión que no se habían dado cuenta de que Naru y Mutsumi llevaban un rato observándolas desde el umbral de la puerta.
Y lo peor era que detrás de ellas se asomaban Sarah, Kaolla y una desconcertada Shinobu.
- Na… Naru –murmuró Kitsune- nosotras sólo…
Naru la acalló con un gesto, dirigiéndole una sonrisa tranquilizadora, aunque sus ojos reflejasen cierto matiz de tristeza. Mutsumi, por su parte, parecía apesadumbrada.
- Entrad, chicas –murmuró Naru girándose hacia Kaolla, Sarah y Shinobu- quiero deciros algo a todas, aunque algunas ya lo sabéis.
Kaolla y Sarah se sentaron con expresión culpable. Shinobu seguía confusa y miraba a Motoko y Kitsune buscando una explicación. La chica del kendo, por su parte, observaba a Mutsumi Otohime con no muy buenos ojos, mientras que el rostro de Kitsune expresaba una profunda preocupación.
Naru miró a Mutsumi en busca de apoyo. Ésta, sin dudarlo un instante, le cogió la mano y se la apretó con fuerza. Al fin y al cabo, ya no tenían nada que ocultar.
- Bueno –empezó Naru- quisiera deciros, por si a alguien le quedaba alguna duda, que Mutsumi y yo estamos juntas.
Las chicas no mostraron ninguna reacción, excepto Shinobu, que abrió los ojos desmesuradamente.
- Pero… juntas… ¿en qué sentido? –preguntó, incrédula.
- En ese sentido que ya te puedes imaginar, Shinobu –replicó Motoko.
- Pero… -Shinobu meditó durante unos segundos para encontrar las palabras adecuadas- pero Naru, a ti te gustaba Keitarô…
Naru asintió en silencio.
- Sí, yo le quería, pero no puedo pasar toda mi vida amando a alguien que ya no está.
- Lo que Shinobu quería decir –intervino Motoko, furibunda- y lo que todas nosotras nos estamos preguntando, es cómo puedes estar con Mutsumi después de haber estado enamorada de Keitarô… lo cual se reduce a una simple pregunta: ¿desde cuándo eres lesbiana, Naru?
Naru suspiró.
- Bueno… la verdad es que ni yo misma lo sé.
- Simplemente surgió –añadió Mutsumi.
- ¡¿Simplemente surgió?! –exclamó Motoko- Mutsumi Otohime, ¿pretendes que me crea que eras heterosexual hasta que te enamoraste de Naru de la noche a la mañana?
Mutsumi la miró, dolida por la brusquedad de Motoko, aunque sin saber muy bien qué decir.
- Pues sí. Bueno, lo mío se remonta a más de un año, pero, en el caso de Naru si que ocurrió así… supongo que porque pasamos muchísimo tiempo juntas tras la muerte de Keitarô, no sé…
- Menuda justificación –masculló Motoko en tono sarcástico.
Naru, que se había jurado a sí misma que mantendría la calma, sintió cómo le hervía la sangre.
- Es que no pretendemos justificar nada. Ni vamos a hacerlo, ni tenemos por qué hacerlo –declaró la chica, cruzándose de brazos.
- ¿Ah, no? –exclamó Motoko levantándose de un salto- Resulta que tenemos que convivir, dormir y bañarnos desnudas al aire libre con dos personas de las cuáles era lógico pensar que no teníamos nada que temer, y ahora dices que tú no tienes por qué justificarte…
- Espera, espera… -la cortó Naru- ¿qué has querido decir con eso de que no teníais nada que temer?
- Sabes perfectamente que he querido decir con eso –replicó Motoko.
- ¿Estás insinuando que Mutsumi y yo podríamos haber… aprovechado el baño al aire libre para observaros? –preguntó Naru, indignada- ¿insinúas que yo os veo como algo más que simples amigas?
- No lo insinúo, lo afirmo. Y no me mires con esa cara, Naru, tú también te lo plantearías si estuvieses en mi lugar. Incluso apostaría algo a que la mayoría de las chicas, incluyendo a tu amiga Kitsune, están pensando en eso en este mismo momento…
Motoko, Naru y Mutsumi miraron a las chicas. Narusegawa vio, atónita, como una a una bajaban la cabeza, sin atreverse a mantener su mirada.
- ¿Tú también piensas así de nosotras, Kitsune? –la interpeló Mutsumi con acritud- No me sorprende viniendo de las demás, pero sí de ti, teniendo en cuenta que tú nos animaste a iniciar nuestra relación
- Una cosa es que os animase, porque creía que estaba haciendo lo correcto, y otra que yo misma no tenga mis dudas con respecto a vuestro repentino… hum… cambio de acera… -murmuró Kitsune con tristeza.
- Pues a mí todo esto me parece una tontería -intervino Sarah- os estáis ahogando en un vaso de agua. Lo que ellas hagan es asunto suyo, y, al fin y al cabo, no tenemos que desconfiar de ellas, porque son nuestras amigas.
Mutsumi le agradeció el apoyo con una sonrisa. Entonces, intervino una nueva voz.
- ¿Desconfiar de ellas? ¡Por favor! ¡¿No veis que nos han estado engañando todo este tiempo?!
Sobresaltadas, todas miraron a Shinobu, que tenía lágrimas en los ojos.
- ¿Qué…? ¿De qué hablas, Shinobu? –murmuró Naru, confusa.
Los ojos de Shinobu echaban chispas cuando miraron directamente a Naru.
- ¡No te creo ni una palabra acerca de tu repentino enamoramiento, Naru! ¡Tú ya sabías que no eras normal desde hace mucho tiempo!
- ¿Cómo…?
- ¡¡¡Engañaste a Keitarô!!!
Naru se estremeció como si la hubieran golpeado, sintiendo cómo se materializaban sus peores temores.
- No, Shinobu, estás equivocada, escucha, eso no tiene ningún sentido…
- Al contrario, Naru, ¡ahora es cuando todo encaja! Ahora sabemos por qué no podías decirle ni que sí ni que no a Keitarô… jugabas con él, aunque sabías perfectamente que jamás podrías enamorarte de él…
Naru ni siquiera tuvo fuerzas para contestar, completamente incrédula. Puede que no hubiera manifestado como debiera el profundo amor que sentía por Keitarô Urashima, pero éste había quedado bien patente tras su muerte.
- Te has pasado, Shinobu –advirtió Kitsune.
- Pues a mí me parece perfectamente razonable lo que Shinobu dice –replicó Motoko. Kitsune le dirigió una mirada de furia.
- ¡Estúpida! ¡¿Cómo eres capaz de creer eso?! ¡¡Parece mentira que no conozcáis a Naru!! ¡Es un ser humano con sentimientos, ha sido la que nos ha animado a todos en momentos bajos, y hasta que descubristeis que estaba enamorada de una chica era una de vuestras mejores amigas!
- Precisamente por eso. Ya nos ha dado la gran sorpresa… ¿quién sabe qué más puede salir?
- No te permito que hables así de Naru… -intervino Mutsumi, avanzando hacia ella.
Motoko se encaró con la furiosa chica y ambas se observaron, tensas y desafiantes, durante unos segundos que parecieron interminables.
- ¿Que no me permites qué? Naru era perfectamente normal hasta que llegaste tú… era mi amiga y ahora, gracias a tu influencia, le da por hacer cosas estúpidas como liarse con una tía…
Mutsumi respiró hondo para mantener la calma.
- Te he dicho que no te permito que hables de Naru con ese tono desprecio, y esta es mi última advertencia. Y, primero, ella sigue siendo perfectamente normal, pues el hecho de que ahora esté conmigo no la convierte en un monstruo ni en un ser horrible. Y, segundo, muy mal amiga debes de ser cuando tu homofobia te impide velar por la felicidad de tus amigos.
- Déjala, Mutsumi –murmuró Naru- no lo comprenderá jamás. En cuanto a vosotras, puedo juraros que jamás os he visto como nada más que simples amigas. Pero no os preocupéis: hoy mismo nos vamos de la Residencia Hinata.
- ¡¿Qué?! –exclamaron Kitsune, Kaolla y Sarah. Shinobu y Motoko parecieron sorprendidas, pero no dijeron nada.
- ¿Por qué? –preguntó al fin Shinobu.
- ¡¿Por qué?! –exclamó Naru, exasperada- ¿Viviríais vosotros con alguien que, aparte de creer que eres una pervertida, piensa que engañasteis a vuestro primer amor, que encima yace bajo tierra? Lo siento, chicas. Sé que lo mío con Mutsumi es difícil de comprender, pero no estoy dispuesta a que me tratéis de esta manera, ni a que la culpéis a ella de todo. Nos vamos y todos felices.
- No tienes por qué irte, Naru… -empezó Kitsune.
- Kitsune tiene razón –intervino Motoko, abandonando su actitud agresiva- no queríamos que llegaras a ese extremo. Yo sólo quería que… bueno, que te dieras cuenta de que no puedes seguir así…
Naru la miró fijamente, aunque a esas alturas ya nada le sorprendía.
- Es decir… que te has puesto así, Motoko, para que yo me diese cuenta de que estaba haciendo mal al iniciar una relación con Mutsumi y la dejara para así recibir vuestra real aprobación y poder seguir viviendo todas felices y juntitas… -aventuró Naru sin poder reprimir una sonrisa sarcástica.
La chica del kendo bajó la cabeza, algo avergonzada.
- Pues sí. Pienso que haces mal porque te estás dejando llevar por la pena que te dejó el perder a Keitarô, y necesitas desesperadamente tener a alguien a tu lado… aunque sea a otra mujer. Y perdóname si esto te hace daño, pero es la verdad.
Naru suspiró, armándose de paciencia, y negando con la cabeza.
- Pues perdóname tú a mí, Motoko, pero yo no le estoy haciendo ningún mal ni a nadie ni a mí misma. Y… ¿sabes? Por primera vez en mi vida comprendo claramente mis sentimientos, y voy a luchar por ellos. Porque por pensar en lo que podríais decir o sentir vosotras le negué mi amor a Keitarô, y ahora no voy a cometer el mismo error con Mutsumi. Así que me voy arriba a preparar mis cosas.
Naru dio media vuelta y abandonó la cocina. Mutsumi la miró irse, entre triste y orgullosa.
Kitsune se levantó, furiosa, enfrentándose a Motoko.
- ¡Mira lo que has conseguido!
- ¡No era lo que yo pretendía! –intentó justificarse.
- ¿Ah, no? –intervino Mutsumi en tono irónico.
Motoko se giró hacia ella, ya perdidos completamente los estribos, y rozó con la mano la empuñadura de su katana. Kitsune sofocó un grito, pero Mutsumi ni siquiera se inmutó.
- ¡La culpa es tuya, Otohime! ¡Tú le has metido ideas raras en la cabeza, tú la has hecho cambiar! Si Naru ha cambiado y hace estas cosas…
Con una rapidez que sorprendió a la propia Aoyama, Mutsumi avanzó hacia ella y la agarró del cuello de su traje de entrenamiento. Motoko, levantada en vilo, tragó saliva, sorprendida, pues, excepto Naru, ninguna de las chicas de la Residencia Hinata conocía la excepcional fuerza física de Mutsumi.
Mutsumi inspiró profundamente, intentando contener su rabia. A lo largo de toda su vida se había enfadado en contadas ocasiones, y aún menos había sentido deseos de pegar a alguien. Por su talante alegre y despreocupado, repudiaba la violencia, a pesar de poseer una fuerza considerable.
Sin embargo, en aquellos momentos le hubiera partido la cara a Motoko Aoyama con muchísimo gusto.
- Escúchame, Motoko –murmuró- Naru confiaba en ti, ella creía que tú, al igual que las otras, erais sus amigas. Y le habéis fallado, le habéis demostrado que sentís asco de ella por el simple hecho de que ahora me ame a mí en lugar de a Keitarô. Pues déjame decirte algo: Naru es lo que más quiero en el mundo, ha sufrido mucho, se merece, creo yo, ser feliz al fin… y si tú o alguien más vuelve a hacerle daño… más vale que os escondáis bien para que yo no pueda encontraros. ¿Comprendido?
Motoko intentó mantener su ya herido orgullo de luchadora, pero desistió al ver que le empezaba a costar trabajo respirar. Emitió un gemido de asentimiento, y Mutsumi, sin miramiento alguno, la dejó caer sobre el suelo.
La joven kendoka se frotó el cuello, incrédula, mientras observaba a Mutsumi abandonar la cocina.
En el piso superior, Naru Narusegawa estaba guardando sus pertenencias más personales en un bolso de viaje, mirándolo todo con expresión triste.
Mientras se dirigía hacia su estantería, oyó el siseo de la puerta corredera a sus espaldas
- Has pagado un alto precio por estar conmigo –murmuró Mutsumi, entrando en la habitación- lo siento.
Naru se giró para mirarla. En sus ojos brillaba la tristeza, pero también una absoluta determinación.
- No es culpa tuya. Además, renunciaría a cualquier cosa para poder estar contigo –murmuró, acercándose a ella.
Mutsumi la rodeó con sus brazos, y Naru enterró la cabeza en su pecho. Permanecieron así durante un largo rato.
- ¿Estás decidida a hacerlo?
Naru asintió en silencio. Kitsune bajó la cabeza, triste.
- Lo siento. No he sido precisamente un gran apoyo para vosotras…
- Al contrario –replicó Naru- por ti estamos juntas.
- Pero, esta mañana…
- Esta mañana nos has defendido, dentro de lo que cabe. En cuanto a tus reticencias, las comprendo. Es más, prefiero que hayas sido sincera, eso me hubiera evitado sorpresas desagradables si Mutsumi y yo hubiéramos seguido viviendo aquí con vosotras.
Repentinamente, Kitsune abrazó con fuerza a Naru. Ésta le devolvió el abrazo, aunque, por supuesto, no de la misma manera en que lo hubiera hecho apenas dos días antes.
Porque era posible perdonar, pero no olvidar.
Mutsumi las observaba desde el dintel de la puerta, sujetando una bolsa con alguna ropa y sus libros. Naru y ella habían decidido no llevarse muchas cosa, puesto que, al fin y al cabo, seguían poseyendo sus habitaciones en alquiler.
Naru se separó de Kitsune y, tras despedirse de Sarah y Kaolla, se dirigió hacia la salida.
Caminó unos metros, con Mutsumi a su lado, hasta llegar a la escalinata.
- Mutsumi… -murmuró- perdóname, pero la verdad es que yo…
- Tú no tienes ni idea de a dónde vamos a ir, ¿cierto? –adivinó Mutsumi esbozando una sonrisa.
Naru asintió con la cabeza gacha.
- Me dejé llevar por el enfado, lo siento, yo…
Mutsumi no la dejó terminar. Agarrando a Naru de la cintura, la atrajo hacia sí y la besó sin importarle lo más mínimo que las chicas las estuvieran viendo desde el interior de la Residencia Hinata.
- Tranquila, Naru. Yo lo tengo todo controlado.
- Pero… ¿no hubo un incendio aquí?
- Lo hubo –asintió Mutsumi distraídamente, mientras buscaba las llaves en su mochila- pero volvieron a levantar la casa, lo cuál vino bastante bien, porque la otra estaba bastante estropeada…
- ¿Y por qué sigues teniéndola en alquiler, si te fuiste a vivir a la Casa de Té de Haruka?
- No la tengo en alquiler exactamente –explicó Mutsumi, abriendo la puerta para franquearle el paso- el piso pertenece a un tío mío que vive en Okinawa. Como yo estaba viviendo en Hinata cuando se reconstruyó, lo puso de nuevo en alquiler a los estudiantes, pero como de momento no hay ningún inquilino, tengo su permiso para usarlo en caso de emergencia. Como por ejemplo ahora.
- Eres imprevisible –comentó Naru, sonriendo- fíjate, incluso está amueblada.
- ¿Qué esperabas?
- Tratándose de un Otohime, esperaba por todo mobiliario un brasero y un montón de sandías apiladas.
Mutsumi sonrió al recordar sus primeros días en Tokio. Después, adoptó una expresión seria, mirando a Naru inquisitivamente.
- ¿Cómo estás? –preguntó casi en un susurro.
Naru, soltando su mochila en el suelo, se dejó caer en un sofá.
- No lo sé. En parte estoy aliviada porque ya no tengamos que escondernos, en parte decepcionada por la actitud de las chicas, pero en el fondo creo que me lo esperaba…
- Lo siento –murmuró Mutsumi, sentándose a su lado- tú me advertiste de lo que pasaría, y yo te dije que conseguiríamos que nos aceptasen, pero ahora no lo veo tan claro…
- Tú tenías razón, no puedo regirme siempre según lo que los demás esperen de mí. Algún día lo aceptarán… o no. Me da igual. Puedo renunciar a ellas, por mucho que me cueste, pero no voy a renunciar a ti.
Mutsumi la abrazó y ambas permanecieron un buen rato en silencio, hasta que, por fin, la chica de Okinawa rompió el hielo.
- En fin. Lo siento, pero la nevera está vacía, así que… ¿qué prefieres comer? ¿Comida china, McDonal’ds, fideos…?
Sonriendo, Naru rompió el abrazo y se puso en pie.
- Déjame elegir a mí por esta vez, ¿quieres?
Shinobu suspiró, mirando al infinito. Apoyada en la barandilla de la terraza, no podía dejar de pensar en Mutsumi y en Naru, sobre todo en esta última. Se sentía culpable, muy culpable, al pensar en cómo le había fallado… y se preguntaba dónde estarían las chicas en ese momento, y si alguna vez se volverían a ver.
Se giró bruscamente al notar un movimiento a su espalda. Al instante se relajó, cuando comprobó que sólo se trataba de Kaolla, que se había apoyado justo a su lado.
- Deberíamos buscarlas y pedirles perdón –dijo la rubia en tono pensativo, como si hubiese leído sus pensamientos.
Shinobu no contestó. Desde luego, Hinata no era lo mismo sin ellas, y eso que ni siquiera había pasado un día desde su marcha.
- Me siento culpable –declaró Kaolla, con una seriedad que sorprendió a Shinobu- Sarah y yo las descubrimos. Si no le hubiésemos dicho nada a Motoko… -concluyó, con un suspiro.
- La culpa la tenemos todas –replicó Shinobu, pasando un brazo por el hombro de su amiga para reconfortarla- todas les hemos fallado…
Ambas se mantuvieron en silencio, tristes, recordando a Naru, que tantas veces las había ayudado y aconsejado. Más que una amiga, había sido como una hermana mayor… y Mutsumi… no había sido tan influyente como Naru, pero, desde que se había trasladado al Hinata-sou, había ejercido junto con ésta el papel de responsable del grupo, y se había ganado el afecto de todas por sus buenas intenciones y su gran corazón.
Además de la nostalgia por la falta de las dos chicas, estaba la tensión. La tensión que se vivía desde esa mañana, y que se podía cortar con un cuchillo. Motoko había pasado todo el día aislada en su habitación para evitar cruzarse con Kitsune, Shinobu y Kaolla tampoco podían evitar cierta vergüenza, y la mirada de Sarah parecía reprocharlo todo.
Shinobu y Kaolla se separaron, dirigiéndose cada una a su habitación. Ya era tarde, y al día siguiente tenían que levantarse temprano para ir al instituto. Mañana sería otro día.
Capítulo 5
- ¡Es tardísimo, Mutsumi! –exclamó Naru en cuanto ambas entraron por la puerta.
- Eso debiste pensarlo antes de empeñarte en ver esa película de artes marciales –replicó la aludida en tono mordaz.
Mutsumi pasó de largo y se dirigió hacia la mesita para soltar las llaves. Cuando estaba incorporándose, sintió como se precipitaba hacia delante y caía en el sofá, no pudiendo reprimir un grito.
Escuchó la risa de Naru, y, cuando se dio la vuelta, ésta ya estaba sentada sobre sus rodillas. La miró durante un segundo, titubeante, y un segundo después la besaba con auténtica pasión.
Mutsumi, sorprendida por el arranque de Naru, le devolvió el beso instintivamente. Cuando Naru se separó para poder respirar, Mutsumi notó, alarmada, que una lágrima había escapado de los ojos de su compañera. Se apresuró a limpiársela con el pulgar de una mano mientras acariciaba cariñosamente su mejilla.
- Gracias… -murmuró Naru- Gracias por todo.
- ¿Gracias? –replicó Mutsumi, alzando las cejas- Soy yo quién tiene algo que agradecerte… al fin y al cabo, te has enfrentado a todas por mí…
- Era lo menos que podía hacer, después de la paciencia que tuviste conmigo…
- Está bien, acepto el agradecimiento –se rindió Mutsumi, esbozando una sonrisa. Atrajo hacia sí a Naru, que acabó con la cabeza recostada sobre su pecho- ya verás como todo se soluciona… ya lo verás, Naru-chan.
Naru asintió levemente. Mutsumi empezó a acariciarle distraídamente el pelo, mientras ambas permanecían en silencio. Naru cerró los ojos, abandonándose a la agradable sensación de calma que la invadía al estar allí, sintiendo el calor y el olor de Mutsumi.
Al cabo de un rato, ésta notó cómo la respiración se su compañera se había vuelto más acompasada. Bajó la cabeza, y vio que Naru se había quedado completamente dormida.
Cuidadosamente, Mutsumi pasó un brazo por debajo de sus piernas, y, poniéndose en pie, la levantó. Naru suspiró, pero no abrió los ojos hasta que sintió cómo la depositaban en una cama, a tiempo de ver cómo Mutsumi se daba media vuelta y extendía su mano hacia el pomo de la puerta.
- ¿A dónde vas? –preguntó Naru, incorporándose.
Mutsumi giró la cabeza, colorada hasta las orejas. Naru alzó una ceja al percatarse.
- Yo… verás, se me había olvidado decirte que de momento sólo tengo una cama y… no quiero que pienses que yo… en fin, que me voy a dormir al sofá, será lo mejor…
Naru la miró como si acabase de decir la tontería del siglo, y se puso en pie.
- Mutsumi Otohime, a estas alturas ya no tengo ninguna duda ni ningún pensamiento extraño acerca de ti y de tus intenciones –aclaró con voz firme- Y ahora, vamos a ponernos el pijama y a acostarnos, anda –pidió, ahogando un bostezo.
Mutsumi asintió, aún azorada. Minutos después, se deslizaba en las sábanas al lado de Naru, quien, tras volver a besarla, se abrazó a ella con fuerza.
Mutsumi apagó la luz. Naru se quedó dormida casi inmediatamente. Ella, sin embargo, estuvo un buen rato mirando la oscura silueta de su novia, recortada contra la oscuridad.
Naru tenía razón. Ni por un momento, jamás, se le habría pasado por la cabeza aprovecharse de ella, de la situación y del bajo estado de ánimo en el que se encontraba. Cansada, apoyó la cabeza en la almohada y cerró los ojos. El sueño no tardó en vencerla y lo último que vieron sus ojos antes de abandonarse al descanso fue el rostro de Naru, apenas iluminado por un tímido rayo de luz de luna que se colaba por la ventana del dormitorio.
- ¿Vienes, Motoko? –preguntó Kaolla, girándose para mirarla.
Shonobu y Sarah también la miraron, con una expresión confusa en el rostro. Normalmente, las cuatro salían de la Residencia Hinata juntas cada mañana, pero aquél día Motoko ni siquiera se había puesto el uniforme aún.
- No… -replicó la chica del kendo, ocultando su rostro parcialmente tras su taza- Id sin mí.
Kaolla miró a Motoko, y después a Kitsune, que estaba sentada en el otro extremo de la mesa. Ésta se encogió de hombros, y las tres chicas se marcharon de la Residencia tras echarse a la espalda sus respectivas mochilas.
Casi al instante, Kitsune se puso en pie, disponiéndose a salir de la cocina.
- Kitsune –la llamó Motoko- espera, por favor.
Kitsune giró lentamente el cuello para mirarla. Motoko mantuvo su mirada, aunque poco después la bajó, avergonzada.
Llevaban casi un día sin dirigirse la palabra y sin poder estar la una en presencia de la otra.
- Escúchame, por favor –pidió Aoyama, al fin.
- Ya lo estoy haciendo –replicó Kitsune con frialdad.
Motoko suspiró. Cuando volvió a hablar, su voz sonaba ligeramente enronquecida.
- Lo siento. Lo siento mucho, Kitsune. Yo no… no pretendía que esto sucediese… te lo juro… sólo quería…
De nuevo, se hizo el silencio, roto tan sólo por la agitada respiración de Motoko. Kitsune se percató, alarmada, de que los hombros de Motoko temblaban de forma espasmódica. Se agachó, para descubrir que la joven guerrera trataba de contener las lágrimas sin éxito.
- Motoko…
- Echo de menos a Naru… y a Mutsumi…
- Escucha, Motoko…
- Y siento haberle fallado, lo siento mucho…
- Mo…
- ¡Perdóname, Kitsune! He hecho que tu mejor amiga se vaya… me iré de la Residencia si quieres, o incluso me quitaré la vida si…
- ¡¡Motoko!! –la interrumpió Kitsune, agarrándola de los hombros, pues sabía que Motoko era capaz de eso y de más- ¡tranquilízate!
La chica del kendo se enjugó las lágrimas con la manga de su traje de entrenamiento. Kitsune suspiró.
- Mira, en todo caso soy yo quien debe disculparse. Te he echado las culpas de lo de Naru, cuando lo cierto es que yo tampoco la apoyé cuando llegó el momento…
- Ya, pero fui yo quien provocó ese momento –replicó Motoko en un susurro.
Kitsune no respondió.
- ¿Sabes adónde han ido?
La pregunta le pilló tan de sorpresa que no pudo evitar levantar la cabeza bruscamente.
- La verdad es que no… pero no creo que se hayan marchado de Tokio, todavía tienen que ir a la facultad todos los días…
- ¿Y no sabes cómo averiguarlo?
Kitsune miró a Motoko inquisitivamente.
- ¿Qué tienes en mente?
- Es obvio: ir y disculparme. Si no quieren volver por mí… yo me iré de la Residencia si es necesario, como ya te he dicho antes…
- Eh, tampoco hay que llegar a ese extremo –la cortó Kitsune. Después, se levantó, colocando una mano en el hombro de Motoko con aire protector- Creo que podré averiguar dónde han ido, aunque tendré que esperar a que terminen las clases… Mientras tanto, no te preocupes y anímate, ¿de acuerdo?
Motoko asintió en silencio, y luego se levantó con un suspiro.
- Voy a entrenar… necesito levantarme el ánimo.
Kitsune asintió.
- Estupendo. Si necesitas algo, avísame. Estaré limpiando los baños.
Poco antes del mediodía, Mutsumi y Naru caminaban tranquilamente por el campus de la Universidad de Tokio, rumbo a casa.
- ¡Genial! –exclamaba Naru, mirando alegre al cielo, de un color azulón- la última hora libre, mañana no tenemos prácticas y el fin de semana por delante… No nos podría haber ido mejor.
Mutsumi la observaba de reojo, alegre por el optimismo de Naru. La verdad es que el buen tiempo y la temperatura invitaban a ello, y por todos lados se veían estudiantes tumbados en el césped.
- Sí… en fin, ¿dónde quieres comer hoy?
- No sé… algún día tendremos que aprender a cocinar, ¿no crees?
Mutsumi rió entre dientes.
- Pues no sé… teniendo en cuenta tus antecedentes, y los míos, tengo miedo de que la casa salga ardiendo de nuevo, ya sabes que…
En ese momento, una melodía la interrumpió. Naru se apresuró a sacar del bolsillo su teléfono móvil, sorprendida porque sólo su padre la llamaba de vez en cuando para interesarse por ella.
- ¿Kitsune? –murmuró, mirando de reojo a Mutsumi, antes de contestar- Dime… Sí, hoy hemos terminado antes… Ah… -Naru permaneció unos momentos escuchando. Después, titubeante, miró a Mutsumi y respondió- Estamos en el antiguo piso de Mutsumi… sí, el que se incendió… Vale… Sí, muy bien. Adiós.
Mutsumi frunció el ceño.
- Lo siento. He tenido que decírselo.
- Me preocupa más que lo sepan las otras –respondió Mutsumi- No quiero encontrarme a Aoyama en el portal, katana en mano, exigiendo que te libere de mis malas influencias.
Ambas sonrieron, aunque sabían que parte de lo que Mutsumi acababa de decir era verdad.
- En fin. ¿Vamos a comer? –murmuró la chica de Okinawa, mirando su reloj.
- Sí. ¿Y después?
- A estudiar a casa, supongo.
Naru la miró de reojo.
- ¿Estudiar? ¿Es lo más romántico que se te ocurre para nuestra segunda tarde a solas?
Mutsumi dio un ligero respingo, sobresaltada.
- ¿Qué insinúas…? –preguntó, con los ojos como platos.
Naru rió.
- Tranquila, era broma –después, al ver cierto matiz de desilusión en los ojos de Mutsumi, añadió- la verdad es que yo tengo un plan menos romántico aún, pero sólo nos ocupará media tarde y después podemos hacer… ir a donde tú quieras. Verás…
- ¡Narusegawa! ¡Otohime!
Naru paró en seco al oír los gritos, y se separó instintivamente de Mutsumi. Inmediatamente, una chica las alcanzó a la carrera, plantándose ante ellas, exhausta.
- ¡Akizuki! –exclamó Mutsumi, sorprendida, al reconocer a una de sus compañeras de clase- ¿qué te pasa?
- ¿Adónde vais? –preguntó, por toda respuesta.
Ambas se miraron.
- A comer, y después a casa…
- ¿Vais a salir del campus? –exclamó, con un matiz de reproche en su voz- Os sugiero que comáis aquí y os vayáis a casa directamente en tren.
- ¿Por? –inquirió Naru, alzando una ceja con extrañeza.
- ¡¿Es que no os habéis enterado?! – farfulló la chica, sorprendida, mientras sacaba de su cartera un diario ya doblado y manoseado, y les enseñaba la página por la que estaba doblada- ¡Mirad!
Mutsumi no pudo evitar sonreír con suficiencia en cuanto echó un vistazo a los titulares.
- Akizuki, el que esos dos célebres violadores escaparan ayer de prisión no significa que nos los tengamos que encontrar por la fuerza…
- Ríete, Otohime, pero hace apenas cinco años se cargaron a tres chicas que estudiaban aquí mismo –replicó su compañera con acritud- La Universidad entera está revolucionada, y la mayoría de nosotras nos vamos a ir a casa por grupos. La ciudad entera y sus alrededores están tomadas de policías, y…
- Pues por eso mismo, no creo que nos vaya a pasar nada…
- Uno nunca cree que le vaya a pasar nada hasta que le pasa. Lo único que sabemos es que ese par andan sueltos por alguna parte de Tokio, porque no podrían haber salido de la ciudad sin haber sido detectados.
- Tendremos cuidado –intervino Naru, al ver que Mutsumi se disponía a replicar de nuevo- Y seguiremos tu consejo de volver directamente a casa.
Mutsumi la miró fijamente, pero Akizuki asintió con una sonrisa.
- En tal caso, ¡hasta el lunes!
- ¡Buen fin de semana!
La chica se alejó tan rápido como había llegado, y Naru alzó la cabeza para encontrarse con la mirada burlona de Mutsumi.
- ¿Miedo, Naru?
- Prevención, más bien –replicó la aludida, algo molesta.
Mutsumi suspiró, exasperada.
- En fin. ¿Qué me estabas diciendo antes de que nos alcanzara Akizuki para ponernos los pelos de punta?
- Lo ha hecho por nuestro bien. Y te decía que… bueno… quería ir a un sitio, pero ahora no estoy tan…
- ¿A cuál?
Naru guardó silencio durante unos momentos.
- Al cementerio –respondió, mirando fijamente al suelo.
Mutsumi asintió sin dudar.
- De acuerdo. Iremos.
Cuando traspasó la verja del recinto, Naru no pudo evitar acercarse a Mutsumi de forma instintiva. No había estado allí desde el entierro, pues no había tenido valor para ello.
Mutsumi, sin embargo, si había ido con las chicas a visitar la tumba de Keitarô. Por eso, sin dudar, llevó a Naru ante la lápida del chico.
Ambas permanecieron en silencio durante unos minutos, mirando las letras esculpidas en la piedra, la foto de su amigo observándoles… y el ramo de flores que alguien había depositado recientemente encima de la lápida.
- ¿Crees que serviría de algo pedirle perdón? –musitó Naru, en voz tan baja que Mutsumi tuvo que aguzar el oído para entenderla.
- ¿Pedirle perdón?
- Sí. Por hacerle perder su juventud persiguiéndome inútilmente…
Mutsumi suspiró, y abrazó a Naru, obligándola a levantar la cabeza para mirarla a los ojos.
- Él te quería, Naru. Y tú no tienes la culpa de que muriese… Deja ya de pensar en lo que pudo haber sido, ¿quieres?
Naru movió levemente la cabeza en un gesto afirmativo. Después, Mutsumi apartó la mirada.
- Aunque, si te soy sincera, yo también me siento culpable…
- ¿Tú? –inquirió Naru enarcando las cejas.
- Sí. No creo… -empezó Mutsumi, intentando encontrar las palabras exactas para definir cómo se sentía- es decir… no sé si me gustaría que él estuviese aquí ahora porque… porque tú y yo… en fin, suena muy mezquino, pero es así…
Esta vez fue Naru la que tuvo que obligar a Mutsumi a mirarla.
- Escucha. Sé que no te alegraste de la muerte de Keitarô, porque estabas tan destrozada como yo. Lo que sientes es normal… porque a mí me ocurre exactamente lo mismo. De todas formas, las cosas han salido así y, como acabas de decir, no vale la pena preguntarse por lo que podría haber pasado si Keitarô no hubiera subido a aquél avión. Así que –finalizó con tono ofendido- no vuelvas a llamarte mezquina, porque es un adjetivo que no te pega en absoluto.
Mutsumi esbozó su característica sonrisa. Después, miró la tumba de Keitarô con aire pensativo.
- Hum… Naru…
- ¿Sí?
- Esta visita debe de servirnos para algo –sentenció, mirándola fijamente de nuevo.
- ¿A qué te refieres?
- A que nos vamos a prometer quitarnos de una vez ese horrible sentimiento de culpabilidad, y dejar de pensar en lo que hicimos mal con Keitarô en el pasado.
- ¿Prometernos? –murmuró Naru, sorprendida- ¿Ahora?
- Ahora –afirmó Mutsumi- por la memoria de nuestro amigo, y, por encima de todo, por nosotras mismas.
Naru le devolvió la mirada, extrañamente seria, y asintió.
- Está bien… nunca más volveré a pensar en ello… ni a machacarme a mí misma pensando en lo que pude haber hecho.
- Y yo no volveré a pensar en lo que pasaría si él estuviese ahora vivo… -añadió Mutsumi en un susurro.
Naru sonrió.
- Ya hemos hecho la promesa. ¿Contenta?
- No –replicó Mutsumi con vehemencia- aún nos queda sellarla…
- ¿Sellarla?
Mutsumi echó un rápido vistazo por encima de su hombro, y, al ver que no había nadie en los alrededores, cogió a Naru de la cintura y la atrajo hacia su cuerpo.
Fue un beso breve, tierno, de dos personas que buscan consuelo la una en la otra. Naru cerró los ojos, sintiendo cómo todos sus pensamientos negativos se esfumaban, y, después, se apresuró a separarse de Mutsumi por si llegaba alguien. Tras dirigir una última mirada a la tumba de Keitarô Urashima, ambas chicas se encaminaron hacia la salida.
- ¿Cuándo habrá venido Haruka? –se preguntó Mutsumi en voz alta.
Naru la miró.
- ¿Haruka? Se fue de viaje con Seta hace dos semanas, ¿recuerdas?
- Entonces… ¿esas flores de dónde han salido?
- ¿Masayuki y Kimiaki? No, no parece su estilo… -murmuró, encogiéndose de hombros- en fin, de alguien serán.
Mutsumi asintió, mientras ambas salían del cementerio, habiendo dejado, por fin, todas sus culpas atrás.
La tarde transcurrió lentamente, mientras las dos chicas, como siempre, la pasaban sumergidas en sus estudios, en apariencia relajadas.
Sin embargo, Naru no podía evitar sentir una inquietud mayor a medida que el sol empezaba a ponerse. Sería su segunda noche a solas con Mutsumi y… no estaba muy segura de cómo comportarse, ni de lo que Mutsumi esperaría de ella. De hecho, ni siquiera sabía exactamente lo que ella misma quería.
- ¿Naru?
Sobresaltada, la aludida levantó la cabeza.
- ¿Sí?
- ¿Me dejas tu diccionario de inglés? –pidió Mutsumi, mirándola con curiosidad.
- Sí, claro… -murmuró Naru, dándose la vuelta para buscarlo entre su pila de libros… entonces, cayó en la cuenta de que no estaba allí- Oh, no…
- ¿Qué?
- Creo que me lo dejé en la Residencia…
Ambas se miraron, titubeantes. El lunes tenían que entregar varios ejercicios en inglés, y el diccionario les era totalmente indispensable. Y las dos tenían la costumbre de terminar sus tareas cuanto antes posible, para poder disfrutar de un fin de semana tranquilo.
- Iré a por él –decidió Mutsumi, poniéndose en pie.
- ¿Tú? ¿Ahora? –preguntó Naru, siguiéndola con la mirada.
- Sí, yo y ahora. No creo sea muy beneficioso que vayas tú, y, además, quiero recuperar un par de cosas que me dejé olvidadas en mi habitación.
- Pero…
- Vamos, Naru. La Residencia está al lado, volveré en un cuarto de hora como mucho –la tranquilizó Mutsumi con firmeza.
Naru abrió la boca para contestar, pero, cuando encontró lo que quería decir, Mutsumi ya había cerrado la puerta suavemente.
Miró su reloj. Eran algo más de las nueve de la noche. Intentó concentrarse en su tarea, pero algo le rondaba la mente, impidiéndole trabajar.
Resignada, se levantó y encendió la tele. Desde la pantalla, dos hombres la miraban fijamente desde una foto.
Naru los encontró ligeramente familiares. Cuando la presentadora de los noticiarios apareció de nuevo en pantalla, sintió un escalofrío. Claro que le eran familiares. Aparecían en la portada del periódico que su amiga Akizuki le había mostrado aquella misma mañana…
- ¿Vas a ir ya? –preguntó Kitsune, mirando a Motoko, que se estaba calzando sus zapatos.
- Sí. No quiero postergarlo hasta mañana –replicó la kendoka, poniéndose en pie.
- De acuerdo. Dale recuerdos de mi parte a las dos, y diles que pueden venirse a comer o a cenar cuando quieran.
- Lo haré.
- ¿No te llevas tu katana?
- Prefiero no hacerlo. Me puse muy agresiva la última vez… no sé, y tal vez ellas lo preferirán así… –respondió Motoko, empezando a bajar las escaleras.
- Como quieras –murmuró Kitsune, aunque su amiga ya no podía oírla.
Mientras, Mutsumi Otohime caminaba en dirección a la Residencia Hinata. Al pasar por delante del parque en donde Keitarô, Naru y ella solían jugar cuando eran niños, no pudo evitar detenerse momentáneamente para dirigir una mirada nostálgica hacia el cajón de arena por donde tantas veces se había arrastrado cuando era una cría…
No pudo reprimir que una fugaz sonrisa surcara su rostro. De repente, notó movimiento a sus espaldas.
Instintivamente intentó girarse, pero, entonces, sintió algo afilado apoyándose contra su cuello. Intentó gritar, y se encontró incapaz de mover los labios. Intentó moverse, y descubrió que algo la aprisionaba.
En su confusión, sólo logró comprender que alguien la tenía sujeta, sosteniendo una navaja contra su cuello con una mano, y tapándole la boca con otra, cuando el hombre se inclinó sobre ella y empezó a susurrarle al oído.
Naru se levantó como un resorte, aliviada, al oír el timbre de la puerta. Se dirigió a ella mientras consultaba su reloj, y comprobaba que Mutsumi apenas había tardado diez minutos en volver de la Residencia Hinata.
Entonces abrió la puerta. Y la sonrisa que hasta entonces iluminaba su rostro se difuminó instantáneamente.
- Buenas noches –saludó Motoko, inclinando la cabeza.
- Mo… Motoko…
- ¿Vengo en un mal momento? –inquirió la chica, a la que el cambio de expresión de Naru no se le había pasado desapercibido- sólo quiero hablar contigo y con Mutsumi un minuto, y después me iré.
- No, no es eso –dijo Naru- es sólo que… un momento… ¿has dicho que quieres hablar con Mutsumi?
- Sí. Quiero disculparme –aclaró la kendoka.
Naru pareció aún más sorprendida.
- Motoko –empezó, mientras sentía cómo su corazón empezaba a desbocarse- de… ¿de dónde vienes?
- De la Residencia Hinata –replicó la aludida, confusa.
- No… ¿no te has cruzado con Mutsumi?
Motoko frunció el ceño.
- ¿Con Mutsumi? Qué va. No me he cruzado con nadie… la calle estaba desierta. ¿Por? …¿Naru? ¿Qué es lo que pasa?
Naru se había ido poniendo cada vez más pálida mientras miraba a Motoko con el rostro desencajado. Motoko la cogió de los hombros, zarandeándola.
- ¡¡Naru!! ¿Qué pasa con Mutsumi? ¿Dónde está?
- Se fue a la Residencia… hace diez minutos… tuvo que haberse cruzado contigo… -murmuró Naru atropelladamente.
Motoko no necesitó oír más. Empujó a Naru al interior de la vivienda, mientras cerraba la puerta.
- Seguramente se habrá entretenido en algún sitio. Iré a buscarla… si no vuelvo en cinco minutos, llama a la policía, ¿de acuerdo?
- ¡Yo también quiero ir a buscarla! –protestó Naru, haciendo ademán de seguirla.
- ¡No! –replicó Motoko casi con violencia, haciendo parar en seco a Naru- Puede ser muy peligroso, y serás de más ayuda si permaneces aquí.
Tras esto, la chica del kendo cerró la puerta de golpe y bajó las escaleras a la velocidad de la luz.
- ¡¡Mutsumi!! –gritó, una vez puso un pie en la calle, con la esperanza de ver a la chica de Okinawa acercándose a ella con su peculiar sonrisa en el rostro.
Sin embargo, Mutsumi Otohime no podía oírla. En tan sólo dos minutos, acababa de experimentar por primera vez lo que era el terror puro, una sensación de miedo mayor a cualquiera que hubiera sentido durante toda su corta vida. Alguien la había arrastrado a trompicones hacia el interior de un coche que había aparecido atravesando el parque.
- ¡Idiota! –había gritado el conductor en cuanto su agresor hubo abierto la puerta. Mutsumi se vio empujada contra los asientos de la parte trasera del coche, y su nariz chocó dolorosamente contra el cuero con el que estaban tapizados.
Abrió la boca para gritar con todas sus fuerzas, pero, en ese momento, el hombre que seguía a sus espaldas le pasó con suma habilidad una tela por encima de la cabeza, apretándola contra su boca en cuestión de milésimas de segundo. El chillido de Mutsumi se ahogó, convirtiéndose en un débil gemido.
- ¡Estás loco! ¡¡La policía nos busca por toda la ciudad, vamos en un coche robado, y a ti no se te ocurre otra cosa que secuestrar a la primera chica que te encuentras!! –seguía gritando el conductor.
Algo encajó en la mente de Mutsumi. El periódico de Akizuki… miró al conductor, y comprobó que era uno de los fugados. Quiso girar el cuello para ver al otro, pero no hizo falta; éste le dio la vuelta, recostándola contra una de las puertas traseras, mientras él entraba en el coche de un salto y cerraba dando un portazo.
- Eh, ¿qué te pasa? –replicó, ante las protestas de su compañero- Nadie nos ha visto. Si tienen que cogernos, nos cogerán, así que más vale que procuremos divertirnos al máximo antes de que lo hagan…
- ¡Eres un perturbado! –espetó el conductor, arrancando el vehículo de forma violenta- Al menos podríamos habernos cubierto con algo… ahora que nos ha visto, no nos queda más remedio que matar a la chica en cuanto termines con ella…
El primer hombre soltó una carcajada, y se giró hacia su víctima. Mutsumi los miraba con horror; estaba demasiado confusa para asimilar lo que le estaba sucediendo. De hecho su mente se negaba a aceptarlo, y todavía mantenía la esperanza de que los dos hombres cambiaran de idea y sólo quisieran usarla de rehén...
Esperanza que se desvaneció en el instante mismo en el que su agresor se inclinó hacia ella, y sintió como una mano recorría su cuello, para después bajar lentamente y detenerse en su pecho. Mutsumi abrió los ojos de forma desorbitada, e intentó resistirse y gritar con todas sus fuerzas. El hombre la abofeteó sin miramientos, y la fuerza del golpe hizo que su cabeza chocara contra el cristal de la ventanilla.
- Será mejor que te portes bien –la amenazó- o si no...
De repente sintió una fría y afilada hoja en su cuello. A pesar de que no podía bajar la cabeza para mirar, supo inmediatamente que se trataba de la misma navaja con la que la había acorralado en el parque. La joven asintió entre lágrimas, mientras un hilillo de sangre comenzaba a bajar por su barbilla.
Sus sollozos se intensificaron al sentir como las manos del hombre volvían a la carga, y esta vez lo hacían empezando a desabrochar su camisa.
Pero esta vez no intentó resistirse. Al contrario, Mutsumi se mantuvo quieta, cerrando los ojos con fuerza, apretándose contra el lateral del coche… pensando en cómo reaccionaría Naru cuando se lo dijeran, y deseando morir en aquel mismo instante, sabiendo que en tan sólo un par de minutos iba a ser cruelmente violada y asesinada...
Capítulo 6
Mientras, Motoko Aoyama recorría a toda velocidad la distancia que la separaba de la Residencia Hinata. Al llegar al parque, desvió la mirada fugazmente por si Mutsumi estaba por allí, sin dejar de correr.
Pero, de pronto, se detuvo en seco. Le parecía haber visto…
Rápidamente, se acercó al cajón de arena. Allí había huellas, huellas muy recientes… de calzado masculino y… de los zapatos de Mutsumi.
Entonces, vio algo que le hizo agacharse. Un par de puntos oscuros en medio de la claridad de la arena… los tocó.
- Sangre… -murmuró, conteniendo la respiración.
En ese momento, escuchó un fuerte chirrido. El ruido de los neumáticos de un coche al frenar bruscamente.
No le hubiera hecho caso si en aquél momento sus ojos no hubieran tropezado con algo más. El dibujo de unos neumáticos se había impreso firmemente sobre la tierra del parque, atravesándolo de lado a lado.
Haciendo acopio de todas sus fuerzas, echó a correr hacia el lugar de donde creía que provenía el ruido del frenazo.
- ¿Están locos, o qué? –gritaba una enfurecida chica en mitad de la calzada, cortándoles el paso.
- ¡Quítate de en medio!
Pero la chica no estaba dispuesta a dejarse amilanar. Acababa de hacer un largo viaje desde su casa, sólo para visitar la tumba de su recientemente fallecido hermano. Estaba cansada y furiosa, y necesitaba a alguien con quien desquitarse.
- ¡¡No hasta que no se disculpe!!
- Genial… -murmuró el conductor, tapándose la cara con las manos.
- Atropéllala –aconsejó su amigo, levantando la cabeza.
- ¿Es que quieres que los vecinos llamen a la policía, majadero?
- ¡Pues entonces hazle caso y discúlpate! ¡Cualquier cosa, con tal de que se calle y se quite de en medio!
El conductor asomó la cabeza por la ventanilla, intentando adoptar una expresión afable.
- Está bien, está bien… lo siento mucho. ¿Te has hecho daño?
La chica frunció el ceño, pues se notaba que el hombre estaba nervioso. Con el rabillo del ojo intuyó movimiento en la parte de atrás, pero estaba demasiado oscuro para ver algo.
- No. ¿Por qué lleva tanta prisa? –inquirió, empezando a desplazarse hacia la acera.
- Eh… un pariente mío está en el hospital –mintió el hombre, empezando a sudar copiosamente.
La chica alcanzó al fin la acera, sin dejar de mirar a la parte de atrás del coche. El conductor, aliviado, le dio las gracias y se apresuró a arrancar.
Entonces, un grito rompió el sepulcral silencio nocturno.
- ¡¡NO!! ¡¡NO LO DEJES MARCHAR!!
El conductor del coche y ella levantaron la cabeza al unísono. Por el otro extremo de la calle venía otra chica a la carrera, sin dejar de gritar, desesperada.
De repente, sintió cómo el coche volvía a reanudar su marcha apresuradamente. Giró la cabeza, y durante unas milésimas de segundo, ella y una chica amordazada se miraron a los ojos a través del cristal de la ventanilla trasera…
Al comprender lo que estaba pasando, echó a correr, emitiendo un ligero gruñido de enfado. La rabia que sentía le dio fuerzas para alcanzar al coche, sobrepasarlo ligeramente, y, gracias a su gran concentración, golpear en el punto exacto en el momento preciso.
- ¡¡TÉNICA SECRETA DEL CLAN URASHIMA!! –rugió mientras, de un hábil golpe, conseguía que el coche derrapase y quedase inmovilizado en medio de la carretera.
El conductor bajó de él, furioso.
- ¡¡Se acabó!! ¡Voy a…!
Pero, en ese momento, una figura pasó por encima de su cabeza. Motoko saltó sobre él a tal velocidad que el hombre sólo pudo iniciar un grito mientras la kendoka le golpeaba en un punto exacto de su cabeza y le hacía perder el sentido.
Mientras, la otra chica se había adelantado y había abierto la puerta de atrás bruscamente.
Motoko giró la cabeza y vio, sorprendida, que daba un paso atrás, mientras una figura salía del interior del coche, arrastrando en sus brazos lo que parecía una muñeca desmadejada.
La joven Aoyama no pudo evitar ahogar un grito al ver que Mutsumi la miraba, suplicante, mientras su agresor mantenía una enorme navaja tan apretada contra su cuello que un filo hilo de sangre bajaba por él, manchando la parte superior de su desabrochada camisa. Por debajo, alguien había cortado la tira que unía las dos copas del sujetador, dejando los pechos de Mutsumi parcialmente expuestos.
Aliviada, comprobó de un vistazo que al agresor no le había dado tiempo a más... Pero el alivio le duró poco.
- Atrás –ordenó el hombre con voz ronca- atrás o la mato. Poco me da que me condenen por dos asesinatos que por tres.
Motoko y la chica intercambiaron una mirada, y retrocedieron. Entonces, un sonido les llegó, lejano pero perfectamente audible: el de una sirena de un coche patrulla.
- Naru… -murmuró Motoko, aliviada.
El hombre, sobresaltado, bajó la mano que sostenía la navaja. Sólo durante un par de segundos, quizá menos que eso, pero para la desconocida fueron suficientes para saltarle encima y derribarle al suelo.
Mutsumi, libre de su presa, cayó de bruces. Motoko se precipitó hacia ella, con los ojos puestos en el hombre. Éste logró desembarazarse de la desconocida momentáneamente, y, navaja en ristre, se abalanzó sobre la indefensa Mutsumi Otohime.
- Os lo advertí… -gruñó, levantando el brazo.
Todo ocurrió demasiado deprisa para Motoko Aoyama, que, de repente, sintió que algo le perforaba el hombro. Gritó de dolor, pero su grito fue ahogado por un fuerte estampido.
Semi inconsciente, no pudo hacer otra cosa que mirar fijamente los marrones ojos de Mutsumi.
- Aguanta… ya ha pasado todo… -murmuró una voz a sus espaldas.
Motoko siguió mirando a la amordazada Mutsumi sin comprender, incapaz de asimilar las palabras. Su mente estaba demasiado ocupada intentando soportar el intenso dolor sin caer desmayada… porque temía que su enemigo estuviera esperando el momento para volver a atacar a Mutsumi.
Entonces, alguien la sujetó, y, con delicadeza, la levantó parcialmente. Dos manos ayudaron a Mutsumi a salir de debajo de su cuerpo. Con su última reserva de energía, alzó la cabeza para ver a un policía mirándola con expresión de preocupación… y a la chica desconocida tras él, observándola. Se cruzaron las miradas, y cuando Motoko perdió el sentido, aún conservaba vívida su imagen en la retina…
- ¡Mutsumi!
Naru se levantó de la silla y corrió a abrazarla. Mutsumi Otohime le devolvió el abrazo con fuerza, enterrando el rostro en el hombro de su novia durante unos breves segundos.
Kitsune, Kaolla, Sarah Shinobu y Sarah la miraron con expresión preocupada mientras, acompañada de Naru, se dejaba caer a su lado en uno de los asientos de la sala de espera del hospital.
- ¿Ya te han interrogado? –preguntó Kitsune en tono suave.
Mutsumi la miró, y asintió con la cabeza. Las huellas de lo ocurrido la noche anterior se podían observar aún en su rostro, marcado por las ojeras y el labio roto, y sobre todo en su cuello, en donde se apreciaba claramente la marca del filo de la navaja. Sus ojos, vacíos, parecían estar viendo constantemente instantáneas de lo que había pasado…
- ¿Qué te han preguntado? –preguntó Naru, cuyo brazo rodeaba su cintura.
- Me han pedido que les cuente todo lo que pasó…
- ¿Y lo has hecho?
Mutsumi volvió a asentir. Después, pareció salir de su ensimismamiento y miró a Kitsune.
- ¿Cómo está Motoko? –preguntó con voz ansiosa.
- Está bien, no te preocupes –respondió en tono tranquilizador- Ahora está durmiendo por la anestesia, pero debería despertarse dentro de poco…
Por primera vez desde hacía doce horas, el rostro de Mutsumi se iluminó con una franca sonrisa.
- Me alegro. Me alegro mucho…
- ¿Quieres ir a verla? –preguntó Kaolla- deberíamos ir a relevar a Kanako.
- Espera cinco minutos –sugirió Kitsune, mirando su reloj- si nos ven entrar de nuevo, nos van a volver a regañar.
Naru asintió, corroborando sus palabras.
- Kanako ha sido muy amable… -murmuró Shinobu.
- Sí –añadió Sarah- no sólo ha llegado en un momento providencial y no ha dudado en arriesgar su vida por alguien a quien ni siquiera conocía, también nos ha ayudado a vigilar el sueño de Motoko…
- Por cierto, ¿para qué quería hablar contigo, Kitsune?
- Para explicarme que no ha venido de visita –respondió la chica.
- ¿Va a quedarse? –preguntó Naru.
Kitsune la miró.
- Ella es la dueña legal de la Residencia Hinata.
Todas, incluso Mutsumi, miraron a Kitsune, sobresaltadas.
- ¡¿Qué?!
- ¡Creía que Haruka te había ofrecido ser la encargada! –exclamó Shinobu.
- Y lo soy. Pero, veréis, una vez muerto Keitarô, la abuela Hina estipuló que su hermanastra heredara la propiedad de la Residencia. Kanako llevaba mucho tiempo queriendo entrar a la Tôdai para seguir los pasos de su hermano. Por eso ha decidido venirse a vivir aquí, aunque antes quería hablar conmigo personalmente para aclararme que sigo y seguiré siendo la encargada… ella ejercerá sólo el papel simbólico de propietaria, y aportará el mismo dinero que nosotras a la Residencia, haciéndose cargo de cualquier imprevisto con la reserva que le dejó la abuela…
Las chicas se miraron, sorprendidas.
- Parece un buen acuerdo –comentó Kaolla.
- Lo es –corroboró Kitsune, con una sonrisa- sobre todo para mí. Ya creía que iba a perder el único trabajo estable que he tenido en mi vida…
En ese momento, el rostro serio de Kanako Urashima apareció por la puerta de la sala de espera.
- Motoko se está despertando –anunció.
Las chicas se levantaron de un salto, soltando exclamaciones de alegría.
- La enfermera me ha ordenado que os diga que no paséis todas al mismo tiempo –se apresuró a añadir Kanako, en tono casi de disculpa.
Kitsune arrugó el entrecejo, intercambiando una mirada con Shinobu y Kaolla con evidente disgusto.
- ¡Esto es ridículo! –exclamó Sarah- Motoko ha salvado a Mutsumi, y no nos permiten verla…
- Tranquila, Sarah –intervino Kitsune. Después, se giró hacia Naru y Mutsumi- id vosotras. Yo voy a buscar a la enfermera a ver si nos concede un par de minutos.
Naru asintió, agarró la mano de Mutsumi, que parecía insegura, y la arrastró hasta la habitación de Motoko.
La kendoka estaba tendida en su cama, mirando fijamente al techo, y sólo pareció volver en sí cuando oyó el sonido de la puerta al cerrarse.
- ¡Motoko! –no pudo evitar gritar Naru. La aludida esbozó una sonrisa cuando la joven Narusegawa se inclinó sobre su cama, abrazándola con cuidado.
- ¡Naru! Habéis venido…
- ¡¿Cómo no íbamos a venir?! –exclamó Naru, casi escandalizada- después de lo que hiciste… le salvaste la vida a Mutsumi…
Mutsumi, que había permanecido un metro por detrás de Naru, cruzó su mirada con la de Motoko. Ambas se miraron durante unos segundos, sin saber lo que decir.
- Motoko… muchas gracias –murmuró Mutsumi en voz baja, azorada- si no llega a ser por ti yo ahora estaría… no sé lo que decir, la verdad, cualquier cosa que diga es poco…
Motoko bajó la cabeza, avergonzada.
- Me bastaría con que me dijeras que algún día podrás perdonarme…
- ¿Perdonarte? –exclamó Mutsumi sorprendida- Acaso a estas alturas, después de lo que hiciste por mí anoche, ¿crees que tengo algo que perdonarte?
Motoko sonrió levemente mientras Mutsumi se colocaba a la cabecera de su cama.
- A decir verdad, y si os soy sincera… ni siquiera tengo muy claro qué fue exactamente lo que hice… -confesó, sintiéndose algo tonta- sólo recuerdo que había una chica que me ayudó… detuvo el coche de una forma realmente increíble, y se abalanzó contra el hombre que sujetaba a Mutsumi… - miró a la aludida- la última imagen que tengo es la de ése hombre dirigiéndose hacia ti con intención de matarte…
Mutsumi sonrió, y cogió la mano de Motoko entre las suyas delicadamente, mientras respondía.
- No llegó a matarme porque tú te interpusiste entre él y yo, Motoko –respondió casi en un susurro.
Motoko abrió mucho los ojos, sorprendida.
- ¿En serio? –preguntó, mirando a Naru.
Ésta asintió.
- Y la puñalada que iba dirigida al corazón de Mutsumi te alcanzó cerca del hombro –explicó, mirando fijamente a Motoko, que se había quedado muda- Le has salvado la vida a la persona que más quiero en el mundo… francamente, no sé cómo te lo podré agradecer…
Motoko cogió la oportunidad al vuelo.
- Hay algo que podríais hacer…
- Lo que quieras –se apresuró a añadir Mutsumi.
- Podríais… volver a la Residencia Hinata –continuó Motoko atropelladamente. Después, hizo una pausa, durante la cuál las miró con expresión suplicante- por favor…
Naru y Mutsumi intercambiaron una mirada. No hicieron falta palabras.
- No sabes cuánto me alegra oír eso –respondió Mutsumi- perdóname por todo lo que te dije…
- Perdóname tú por lo que hice…
- Motoko, no hace falta que…
- No –la cortó la kendoka, incorporándose levemente en la cama- escuchad. Necesito deciros algo.
Mutsumi y Naru volvieron a mirarse, mientras Motoko inspiraba profundamente y se armaba de valor.
- Os merecéis una explicación… acerca de lo que hice. Reaccioné de forma excesivamente agresiva… no es que lo que voy a deciros justifique mi error, pero… bueno, quizás os ayude a aclararos por qué actué así…
- No tienes por qué dar explicaciones –la interrumpió Naru.
- Necesito hacerlo –replicó Motoko, mirándola a los ojos.
Naru asintió en silencio, y Mutsumi le apretó la mano que aún sujetaba para darle ánimos. Ambas la miraron, expectantes.
- Yo… si me puse así fue porque… me vi reflejada en vosotras –Motoko sintió cómo se le encendían las mejillas, mientras sus dos amigas volvían a intercambiar una mirada- Ya me odiaba a mí misma por… por lo que había descubierto acerca de mí… y por eso os odié a vosotras cuando descubrí que éramos… iguales… en ese sentido.
Hizo una pausa, durante la cuál no se atrevió a dejar de observar atentamente sus manos, que estrujaban nerviosamente las sábanas. Naru y Mutsumi la miraban completamente atónitas.
- Espera –murmuró Naru, rompiendo el incómodo silencio- déjame ver si lo he entendido… Tú… ¿tú también eres…?
- Yo también soy lesbiana, sí –se le adelantó Motoko, pronunciando las palabras con gran esfuerzo.
- Reconozco que eso sí que es una sorpresa… -intervino Mutsumi, sonriendo.
- Pero… ¿no se supone que a ti también te gustaba Keitarô? –preguntó Naru, cada vez más confusa.
Motoko suspiró.
- Oh, sí. Eso. Veréis… cuando entré en la adolescencia descubrí que el trauma que me produjo el abandono de la espada por parte de mi hermana cuando yo era una cría había hecho que yo acabara odiando a los hombres más de lo que yo misma pensaba… Bueno, para ser sincera, la verdad es que no sé si fue eso o simplemente nací así, pero de todas formas ya no importa. Por supuesto, hice creer a todo el mundo que simplemente había quedado totalmente imposibilitada para sentir amor hacia alguien… lo cuál no era del todo cierto. Sentir sentía, pero hacia el sexo equivocado –continuó en tono sarcástico- Cuando llegó Keitarô… no sé, el hecho de que la totalidad de las chicas estuvieran coladas por él me influyó; o quizá fue otra cosa… El hecho es que llegué a creer que estaba enamorada de él… una tontería, me duró poco, pero decidí que sería conveniente seguir actuando para que vosotras… bueno… no sospecharais que yo no era… normal.
Motoko no pudo evitar dar un respingo cuando Mutsumi colocó la mano debajo de su barbilla, obligándola a alzar la cabeza.
- Eres perfectamente normal, Motoko. No te culpes, no te reprimas y no te castigues a ti misma… ya tendrás suficientes problemas con la gente con la que trates para encima crearte tú otros, ¿no?
Motoko desvió la mirada.
- La verdad es que eso aclara muchas cosas… -murmuró Naru, pensativa.
- ¡Ni una palabra de esto! –exclamó Motoko, sobresaltándolas a las dos- ¿De acuerdo? ¡A nadie! Y a Kitsune mucho menos que a nadie, ¿has oído, Naru?
- Seré una tumba –prometió Naru en un falso tono solemne.
- Créeme que lo serás si dices algo… -amenazó Motoko, medio en serio medio en broma.
- ¿Por qué no quieres decirlo? –inquirió Mutsumi- Nosotras ya hemos sentado los precedentes, no creo que te crucifiquen demasiado…
- No es por eso. Es que necesito tiempo para pensar y aclarar mis ideas y mis sentimientos…
Mutsumi asintió.
- Deberíamos salir y traer a Kanako… las tres tenemos algo que agradecerle… -intervino Naru, cambiando de tema.
- ¿Kanako? –preguntó Motoko, alzando las cejas.
- Kanako Urashima, hermana… bueno, mejor dicho, hermanastra de Keitarô. La chica que ayer nos ayudó –explicó Mutsumi.
- La hermana de Keitarô… -murmuró Motoko, pensativa.
- Voy a llamarla. Bueno, si logro esquivar a la enfermera que vigila los pasillos, claro –bromeó Mutsumi.
Pero no hizo falta que se levantara. Porque, en ese justo momento, la puerta se abrió y entraron todas las chicas en tropel.
- ¡Motoko! –exclamó Kaolla, alegre.
- No se preocupe, le garantizo que no tardaremos mucho –dijo Kitsune a alguien que había fuera, antes de cerrar la puerta.
Mientras, la cama de Motoko se había rodeado de chicas preocupadas que le preguntaban que cómo estaba. La kendoka no pudo evitar sentirse un poco agobiada, entre los abrazos de Kaolla y Sarah, las atenciones de Shinobu y las preguntas del resto.
- ¡Dejad respirar a la heroína de Hinata! –ordenó Kitsune, separando a las más jóvenes de la cama- Bueno, a una de las dos heroínas de Hinata.
Al decir esto, Kitsune se echó a un lado. Sólo entonces, Motoko reparó en la presencia de la misteriosa chica, que la miraba desde un segundo plano.
- Gracias por ayudarme ayer… -murmuró Motoko, algo cohibida.
- Era lo menos que podía hacer –replicó Kanako- peleas muy bien…
- Tú también…
- ¡Propongo que en cuanto Motoko salga de aquí, celebremos una fiesta en honor de nuestras heroínas! –exclamó Kitsune, interrumpiendo la conversación.
- ¡Kitsune, para ti cualquier ocasión es buena! –replicó Naru, fingiendo indignación.
- Bueno, la verdad es que en esta ocasión lleva toda la razón –intervino Mutsumi.
- Olvidaba mencionar que para ti también… -añadió Naru, mirándola entre irónica y cariñosa.
Las chicas empezaron a discutir acerca de la fiesta. Motoko, mientras, miraba las sábanas fijamente… al fin, se atrevió a levantar la cabeza.
Tropezó con los ojos de Kanako, que parecían taladrarla desde su imperturbable rostro. Motoko le sostuvo la mirada durante lo que parecieron horas… hasta que, al fin, los labios de Kanako se curvaron un poco hacia arriba, en una casi imperceptible sonrisa.
- Así que mañana volvéis a la Residencia... -murmuró Kitsune.
Naru asintió. Ella y Kitsune se habían quedado solas en la sala de espera. Mutsumi y Kanako estaban con Motoko, y las demás chicas se habían ido a comer.
Aparte de ellas, en la sala sólo había una pareja de ancianos, situados en el otro extremo.
Kitsune esbozó su típica sonrisa de maruja empedernida, mirando frontalmente a Naru. Ésta alzó las cejas, preguntándose qué estaría tramando la retorcida mente de su amiga.
- Dime, Naru, ¿qué tal va tu relación? -preguntó, con tono confidencial.
- Bien -replicó Naru, extrañada.
Kitsune soltó un bufido.
- No es a eso a lo que me refiero...
- ¿Entonces?
Kitsune se inclinó sobre Naru hasta que sus labios rozaron su oído.
- ¿Lo habréis hecho ya, no? -susurró.
Naru sintió como la sangre se le agolpaba en el rostro.
- ¡Kitsune! -protestó, mirando de reojo a los dos ancianos, que a su vez la miraron, inquisitivos.
- Eso quiere decir que no -rió su amiga entre dientes.
- Tú nunca cambiarás -gruñó Naru.
- Exacto -corroboró Kitsune con una sonrisa. Luego, volvió a inclinarse sobre Naru para seguir susurrando- ¿y a qué esperáis?
- Eso no es asunto tuyo -murmuró Naru a la defensiva.
Kitsune no le hizo caso.
- Comprendo que no quisiérais en la Residencia... pero lleváis un par de días solas...
- Tú lo has dicho -suspiró Naru, rindiéndose al fin a la evidencia de que su amiga no pensaba cambiar de tema- un par. El primer día estábamos muy cansadas... y ayer... ayer...
Los ojos de Naru volvieron a humedecerse. Kitsune la abrazó.
- Cuando pienso en que he estado a punto de perderla... para siempre...
- Por eso mismo. Han estado a punto de... necesita todo el cariño que le puedas dar. Y es vuestra última noche a solas. Aprovéchala.
Naru miró a su amiga. Abrió la boca para decir algo, pero, en ese momento, Mutsumi entró en la sala de espera. En dos zancadas, se plantó ante las chicas y se dejó caer al lado de Naru.
- ¿Qué estábais haciendo tan juntitas? -inquirió en tono bromista.
Para su sorpresa y la de Kitsune, Naru se inclinó sobre ella y la besó firmemente en los labios. Kitsune ahogó una risa al ver los rostros de los dos ancianos. Después, se giró hacia sus amigas.
- Deberíais iros a casa -propuso- necesitáis descansar.
- Y vosotras también -repuso Mutsumi- y alguien tiene que cuidar de Motoko.
- Hablando de Motoko -interrumpió Naru- ¿quién está con ella?
Mutsumi esbozó una extraña sonrisa.
- Kanako. Las he dejado solas. Están manteniendo una animada charla acerca de artes marciales...
Naru también sonrió. Kitsune alzó una ceja, pero no dijo nada.
- Nosotras nos quedaremos con Motoko -volvió a insistir Kitsune- iros a casa.
Naru observó a Mutsumi. Evidentemente, necesitaba dormir un par de horas. Aunque no lo exteriorizaba, todavía tenía el susto en el cuerpo. Se puso en pie.
- Tienes razón. Vamos, Mutsumi.
- Pero...
- Venga -insistió Naru con voz firme. Con un suspiro de resignación, la chica de Okinawa se puso en pie. Se despidieron de Kitsune con un gesto, y abandonaron la sala de espera del hospital.
Naru observaba, casi hipnotizada, como el pecho de Mutsumi bajaba y subía rítmicamente, acompasado al murmullo de su respiración. Estaba dormida, tumbada de lado en un lado de la cama. Naru, echada sobre su espalda, bajó la cabeza para ver el brazo que Mutsumi había colocado sobre su estómago, aferrándose a ella como una niña asustada.
En esos momentos no era más que eso. Una niña asustada que le había pedido a Naru que no se separara de ella mientras dormía. Ahora era Mutsumi la que le temía a estar sola. A Narusegawa se le encogía el corazón cuando pensaba que, si no fuera por Kanako y Motoko, a esas horas la joven que dormía pacíficamente a su lado estaría... muerta.
Como si sus pensamientos estuvieran conectados con los sueños de Mutsumi, ésta se movió bruscamente y empezó a gemir en sueños. Naru, suspirando, se acercó a ella y la estrechó entre sus brazos. Instantánamente, Mutsumi dejó de moverse y, lentamente, abrió los ojos.
- Estabas teniendo una pesadilla -explicó Naru en tono de disculpa.
Mutsumi asintió y giró la cabeza cuando se percató de que la habitación estaba a oscuras.
- ¿Cuánto tiempo llevo durmiendo?
- Desde que llegamos del hospital. Ya está anocheciendo.
Mutsumi se incorporó en la cama, incrédula.
- ¿Y has estado todo este tiempo a mi lado?
Incómoda, Naru asintió. Mutsumi la miró fijamente durante unos segundos.
- Gracias -balbuceó, al fin.
- No tienes por qué dármelas. ¿Vamos a comer algo?
Mutsumi la agarró del brazo, tan fuerte que Naru se giró para mirarla, sorprendida.
- Podemos... ¿podemos encargar que nos traigan la comida a casa? No quiero... no quiero salir a la calle de noche -murmuró, bajando la cabeza, avergonzada.
Naru asintió sin dudar un instante.
- Perdón... -murmuró Mutsumi.
- Es normal que estés asustada. Tranquila, lo superarás. Yo estaré contigo para ayudarte.
La chica de Okinawa no dijo nada, pero la mirada de cariño con la que correspondió las palabras de Naru fue suficientemente elocuente para ésta.
Una hora después, Naru estaba sentada frente al televisor, aunque en realidad estaba más pendiente del ruido del agua corriente que le llegaba desde el cuarto de baño. Lo primero que había hecho Mutsumi después de terminar de cenar había sido ir a ducharse. Llevaba más de diez minutos bajo el agua, pero Naru podía comprenderla a la perfección.
Evidentemente deseaba lavarse a conciencia, como si eso pudiera borrar lo que había pasado la noche anterior. Naru volvió a sentir un escalofrío al pensar en ello. Cada vez que imaginaba a Mutsumi tal y como se la había descrito Kanako, llorando asustada acurrucada contra un lateral del coche, con la camisa abierta y empapada de la sangre que le caía del rostro destrozado, a merced de un hombre que planeaba abusar de ella y después asesinarla sin misericordia alguna...
Sobresaltada, su propio rostro mirándola desde la pantalla interrumpió sus pensamientos. Evidentemente, los periodistas habían acudido en masa al oír que los dos famosos asesinos habían sido detenidos por dos chicas cuando intentaban conseguir una nueva víctima. Parecía, como muchos lo calificaron, un caso de justicia divina. Kitsune y ella se habían erigido en portavoces del grupo, dado que la policía había prohibido a las directamente implicadas hacer declaraciones hasta que las interrogaran.
- ...Motoko está fuera de peligro, la chica agredida, Mutsumi, también, y nosotras sólo esperamos a que todo se solucione para que Kanako y Motoko puedan volver a la Residencia lo antes posible -estaba diciendo Kitsune en pantalla.
- ¿Qué opinan sobre las acusaciones a Kanako Urashima de ensañamiento?
Naru sonrió levemente al ver su propia expresión de sorpresa. Estaba tan preocupada por Mutsumi que ni siquiera había preguntado por los asesinos. Ahora sabía que, tras apuñalar a Motoko, el hombre había sido golpeado por Kanako hasta que la policía intervino para separarlos.
En pantalla, el rostro de Kitsune se contrajo en una mueca de odio.
- ¿Ensañamiento? Ellos secuestran a una chica, están a punto de violarla y asesinarla, después apuñalan a otra y encima tienen la cara de decir que Kanako se ensañó con ellos... si golpeó a aquél hombre, fue para prevenir que siguiera atacando a Motoko. Es ridículo, y no tenemos la menor duda de que la Justicia también lo verá así.
En ese momento, una periodista se dirigió a Naru.
- La casualidad ha querido que la hermana de su fallecido mejor amigo, Keitaro Urashima, que murió en el accidente del avión a Estados Unidos, salve de la muerte a su mejor amiga cuando venía a Tokio para visitar su tumba. Parece casi milagroso...
Con sorpresa, Naru comprobó que la mención del nombre de Keitaro, esta vez, no la había afectado en absoluto. Su rostro permanecía impasible en la pequeña pantalla, mientras todos la miraban.
- Para mí es un milagro, y le estoy profundamente agradecida, no sólo a Kanako sino también a Motoko. Jamás podré compensarlo porque... ya perdí a Keitaro en el accidente del avión, y no soportaría perder también a Mutsumi...
Por supuesto, los periodistas no habían comprendido el verdadero alcance de sus palabras. Su imagen desapareció para dar paso a las declaraciones de los policías que los habían encontrado. Pensaba seguir viendo la noticia, pero entonces se dio cuenta de que el ruido de agua había cesado y Mutsumi estaba a su lado, mirando la tele, aunque sus ojos parecían estar a miles de kilómetros de allí. Tenía el pelo mojado y estaba cubierta con su albornoz.
- Mutsumi -la llamó Naru, apagando la tele.
La aludida bajó la cabeza para mirarla. Sonrió brevemente.
- Bonitas declaraciones...
- Vamos, siéntate a mi lado.
Mutsumi obedeció, recostánse contra el respaldo del sofá.
- ¿Qué tal estás? -inquirió Naru con expresión seria.
- Mejor...
- ¿Quieres que hablemos de lo que pasó? -preguntó de nuevo Narusegawa con voz suave.
Mutsumi la miró y apretó las mandíbulas, intentando encontrar fuerzas para hablar de ese tema. Tan sólo recordar lo que le había pasado hizo que un escalofrío recorriera visiblemente su columna vertebral. Naru le pasó un brazo por los hombros.
- Fue horrible, Naru - tragó saliva, en un esfuerzo por seguir hablando- creí que iba a vomitar de asco cuando ese tío empezó a manosearme...
Naru la miró atentamente, deseando que siguiera hablando, que se desahogara.
- Gracias a Dios, no le dio tiempo a hacerte nada...
Mutsumi la miró fijamente.
- No. Afortunadamente. Creo que me habría muerto si él hubiera seguido tocándome... -después de un breve silencio, continuó- ¿Sabes en lo único que podía pensar mientras me amenazaba con la navaja?
Naru negó con la cabeza.
- En ti -continuó Mutsumi con voz ronca- en que no soportarías perdernos... a Keitaro y a mí en tan corto espacio de tiempo. Pensaba en cómo reaccionarías, en tu dolor... lo imaginaba, y era insoportable...
Conmovida, Naru acalló a Mutsumi presionando sus labios suavemente sobre los suyos. Mutsumi la dejó hacer, cerrando los ojos para sentir mejor los tiernos besos de Naru, absorbiendo aquel cariño... cuando volvió a abrirlos se dio cuenta, sorprendida, de que su novia estaba sentada sobre su regazo.
La forma en la que Naru la miraba la hizo estremecerse. Deseo. Un deseo nacido del profundo amor que la joven Narusegawa sentía por ella, y de unas ganas irrefrenables de estar a su lado, de hacerla feliz... tan diferente del deseo lascivo que matizaba los ojos de aquél infame desconocido.
- Naru...
- Te quiero, Mutsumi, y voy a estar contigo el resto de mi vida -susurró Naru, mirándola fijamente a los ojos.
Mutsumi sonrió. Naru pensó que, a pesar de que era dos años mayor que ella, cuando sonreía así parecía tan joven e inocente como Shinobu.
- Eso ya lo sabía.
Naru volvió a besarla, esta vez mucho más apasionadamente. Mutsumi se sentía en una nube cuando sintió que algo se movía contra su estómago.
Bajó la cabeza, rompiendo el beso. Alzó las cejas, sorprendida, cuando comprobó que las manos de Naru habían empezado a desatar el cordón de mantenía cerrado su albornoz.
Naru, ruborizada, vio cómo Mutsumi volvía a subir la cabeza para mirarla. Sonreía de nuevo. Pero esta vez, la sonrisa ya no tenía nada de inocente.
Los labios de la chica de Okinawa se dirigieron a su cuello. Naru suspiró, mientras terminaba de desatar el nudo. Cuando sus manos se posaron, por fin, en la desnuda y delicada piel del estómago de Mutsumi, Naru Narusegawa sintió un estallido de felicidad que le hizo comprender que no se había equivocado al aceptar aquel último beso.
La luz de la luña bañaba ligeramente sus cuerpos desnudos. Naru la miró antes de cerrar los ojos brevemente, escuchando cómo su propia respiración agitada se acompasaba con la de Mutsumi.
Mutsumi. Se ruborizó ligeramente. Después de todo lo que le había dicho... y hecho, a su novia en los últimos minutos, se sentía como si jamás pudiera volver a mirarla a la cara sin sentir cómo la sangre se le agolpaba en las mejillas...
Entonces, el cuerpo de Mutsumi rodó hasta quedar encima del suyo, y la sensación desapareció al instante. La miraba fijamente, exhibiendo su característica y dulce sonrisa.
- Gracias, Naru...
- Gracias a ti, Mutsumi -replicó la aludida, divertida por la situación.
No hicieron falta más palabras. Tras un suave beso prolongado, Mutsumi se dejó caer al lado del cuerpo de Naru, apoyando su cabeza en su hombro. Naru la rodeó con sus brazos. En pocos minutos, ambas habían quedado profundamente dormidas.
Si hubieran estado despiertas, se habrían dado cuenta de que la temperatura de la habitación había descendido bruscamente varios grados. Una figura espectral había empezado a aparecer en una esquina... un chico cuyos rasgos se hacían más y más definidos a medida que avanzaba hacia la cama. Cuando se detuvo frente a ésta, la figura había adquirido la forma de un joven delgado y con gafas cuadradas. Sonrió al ver a Naru y Mutsumi, desnudas y abrazadas, durmiendo pacíficamente.
- Tenía miedo de haberte dejado sola en el mundo, Naru... pero ahora veo que estás en buenas manos. Y me alegro.
La voz, suave pero reconocible, casi hizo despertar a las chicas. Naru se agitó entre sueños.
- ¿Keitaro? -murmuró, un segundo antes de despertarse.
Cuando levantó la cabeza, la figura ya había desaparecido en el aire. Somnolienta, volvió a apoyarse en la almohada, rozando con su nariz el cabello de Mutsumi, y sientiendo la agradable esencia de ésta, se quedó profundamente dormida.
Capítulo 7
- Es una historia preciosa, mamá -murmuró la joven chica, intentando contener las lágrimas.
Naru y Mutsumi intercambiaron una mirada cómplice por encima de la cabeza de su hija. A ninguna de las dos les sorprendía que Natsumi hubiera derramado algunas lágrimas a lo largo del relato. La joven era compasiva, muy sensible y con un corazón de oro. Ambas la adoraban por ello.
- No es para tanto, Natsumi -rió Mutsumi, pasándole una mano por encima del hombro.
Naru alzó la vista al cielo azul. Era un día magnífico, espléndido. Un gran día para volver a encontrar de nuevo a sus antiguas compañeras.
Veinte años. Lo pensaba y sentía vértigo. Su hija les había pedido que le contaran cómo habían empezado su relación. Naru y Mutsumi habían accedido a contárselo. Evitando, por supuesto, detalles demasiado íntimos, tristes o escabrosos.
Natsumi suspiró, sacando a Naru de sus pensamientos. Ésta giró la cabeza para mirar su hija y a Mutsumi. Parecía como si los años no pasaran por ella. Rondaba la cuarentena, y aunque en su rostro no estaba tan terso como antes, su cabello seguía teniendo el mismo brillo, y sus ojos la misma chispa inteligente. Ella misma tampoco había cambiado tanto, excepto en que su pelo rubio era ahora un poco más oscuro, y su vista había empeorado aún más con el paso de los años.
Natsumi, sorprendentemente, parecía una mezcla de ambas. La melena larga, las “antenas” coronando su cabeza... evidentemente, tenía todos los rasgos típicos de una Otohime, pero a veces Mutsumi se sorprendía encontrando ciertas semejanzas entre Naru y su hija, lo que, probablemente, era fruto de la casualidad.
- ¿Y qué pasó después? -inquirió Natsumi, curiosa.
Mutsumi sonrió, rememorando los viejos tiempos.
- Volvimos al Hinata-sou, evidentemente...
- ¿Y os fue fácil?
Mutsumi alzó las cejas, volviendo a mirar a Naru.
- No -respondió ésta, adivinando las reticencias de Mutsumi- no fue fácil en absoluto, Natsumi.
- Pero las chicas os habían aceptado...
- Oh, sí que lo hicieron. Pero el que lo aceptaran no quita que no... tuvieran sus reticencias. No es fácil seguir hablando tranquilamente, desnuda, con tu mejor amiga mientras tomáis un baño, cuando sabes que ella está enamorada de una mujer...
- Vaya tontería -bufó Natsumi.
- Estoy de acuerdo -corroboró Mutsumi.
- En cualquier caso, con el tiempo la situación mejoró. La amistad pudo con cualquier prejuicio, y todas recuperamos nuestra antigua confianza.
Natsumi asintió.
- ¿Y después?
- Y después, curiosona, Mutsumi y yo terminamos la carrera. De alguna forma, aún no sé cómo -bromeó Naru mirando a Mutsumi con cariño- tu madre consiguió un puesto de profesora en la Tôdai. Y yo, que siempre fui menos brillante que ella, acabé en un instituto.
- No es que fueras menos brillante, es que era lo que siempre habías querido -protestó Mutsumi, medio en serio, medio en broma.
Natsumi puso los ojos en blanco, impaciente. Naru continuó el relato.
- Entonces nos fuimos a vivir juntas. Y fin de la historia.
Recibió una mirada escéptica de su hija.
- ¿Fin de la historia? ¿Estás segura?
Naru intercambió una mirada incómoda con Mutsumi.
- ¿Hay algo más que tú sepas y yo no acerca de nuestra vida? -ironizó.
- Te falta algo, mamá -observó Natsumi, alzando una ceja- mi adopción.
- Hace tiempo que te contamos que habías sido adoptada... -intervino Mutsumi. Siempre recordaría el día en el que su hija había regresado llorando del colegio, porque acababa de comprender lo que a todo el mundo le era sumamente evidente: que no podía ser hija de dos mujeres.
- No me contásteis mucho.
- No había mucho que contar -replicó Naru- haces la solicitud, esperas, y al cabo del tiempo recibes un bebé que con los años se transforma en una niña preguntona.
Natsumi sonrió, aunque estaba decidida a no dejarse llevar por las bromas de su madre.
- ¿Seguro que no hay mucho que contar? Bueno, evidentemente yo no sé cómo estaba Japón hace veinte años... pero no creo que muchas parejas homosexuales recibieran niños en adopción... ¿me equivoco?
Natsumi había dado en el clavo. Naru suspiró, en apariencia compungida. Mutsumi, en cambio, no podía evitar mirar a su hija con una mezcla de orgullo y admiración. Tenía una inteligencia despierta y aguda y una memoria asombrosa. A ninguna de las dos le había extrañado que consiguiese aprobar el examen de acceso a la Tôdai en la primera convocatoria a la que se había presentado.
Natsumi leyó la expresión de sus madres, y una expresión de triunfo se dibujó en su rostro.
- Así pues, hay algo más.
Mutsumi sonrió.
- Cierto, hay algo más. ¿Tienes alguna sospecha? -replicó, divertida, pero al mismo tiempo llena de curiosidad por lo que había adivinado su hija.
Natsumi miró fijamente a su madre durante unos segundos.
- En realidad no. Me parezco... -continuó, insegura- me parezco demasiado a ti, pero sé que no soy tu hija biológica, eso es evidente.
Mutsumi soltó una carcajada. Naru, desde el otro extremo del banco, suspiró.
- ¿Qué te pasa? -inquirió Natsumi, girándose hacia ella.
- Siempre ha temido que acabaras averiguando cuál es tu origen -explicó Mutsumi, extendiendo una mano para rozar cariñosamente la mejilla de Naru- tiene la estúpida creencia de que te vas a traumatizar. Yo ya le he dicho que eres demasiado inteligente para ello.
- ¿Traumatizarme? ¿Por?
Naru la miró fijamente, aunque parecía aliviada.
- Hoy nos has pillado nostálgicas, así que te vamos a contar toda la historia... aunque sigo sin estar muy segura acerca de cómo vas a reaccionar.
- Tal como has adivinado, te pareces a mí... porque eres de mi familia -explicó Mutsumi mirando a su hija.
Natsumi encajó la revelación con naturalidad, aunque en sus ojos empezó a brillar cierta ansiedad.
- ¿Significa eso que sabéis quiénes sois mis padres?
Naru y Mutsumi intercambiaron una mirada preocupada. Natsumi leyó la expresión en el rostro de sus madres como si de un libro se tratase.
- Están muertos, ¿verdad? -afirmó más que preguntó, en tono decepcionado.
La mano de Mutsumi acarició con suavidad el pelo de su hija.
- Sí, lo están -afirmó casi en un susurro- por eso estás con nosotras.
Natsumi suspiró. Después, pareció recomponerse y volvió a levantar la cabeza, de nuevo ansiosa.
- ¿Quiénes fueron? Y... ¿cómo ocurrió todo?
- Déjame que te explique los antecedentes antes -interrumpió Naru- cuando te dije que había dos cosas que me impedían entregarme definitivamente a Mutsumi, mencioné a los amigos... y a la familia...
- ¡Cierto! -corroboró Natsumi- se me olvidó preguntaros... ¿qué tal se lo tomó vuestra familia?
Mutsumi suspiró. Naru guardó silencio antes de continuar.
- Mi familia... si te refieres a mi padre y a mi madrastra... muy mal. Llamé a papá cuando me fui a vivir con Mutsumi, decidida a contarle todo... él me dijo que estaba loca, que no me consideraría su hija mientras siguiera estando con otra chica, y me colgó el teléfono... fue la última vez que hablé con él.
Naru tenía lágrimas en los ojos. Mutsumi, que tenía un brazo por encima de los hombros de su hija, extendió la mano para enjugárselas. Naru sonrió.
- Lo cierto es que jamás he tenido una relación muy intensa con mi padre, pese a que, cuando murió mi madre, él hizo todo lo posible por acercarse a mí... pero se debía a su nueva familia. Lo que realmente me dolió fue que mi hermanastra Mei también me ignorara, al igual que mi padre y mi madrastra.
- ¿La tía Mei hizo eso? Pero si ahora...
- No adelantes acontecimientos -la interrumpió Mutsumi. Natsumi la miró.
- ¿Y tú familia?
- ¿Mi familia? -rió Mutsumi- mi madre y mis hermanos son tan extravagantes que creo que lo que yo hice les pareció de lo más normal. La abuela Natsumi se alegró y todo...
- Dijo que siempre lo había sabido -apuntó Naru, recuperando la sonrisa- que desde que jugábamos juntas, siempre supo que estábamos predestinadas.
Natsumi soltó una risilla. Naru adoptó una expresión seria.
- Mi familia pasó de mí... sin embargo, tu abuela Natsumi se volcó con nosotras, nos brindó todo su apoyo y toda su ayuda. Era tan cariñosa, tan amable y comprensiva... yo perdí a mi madre siendo demasiado pequeña, Natsumi, por lo que puedo decir que la abuela se ha portado, durante todos estos años, como una verdadera madre conmigo.
- Sobre todo porque, en las escasas ocasiones en las que discutíamos, siempre se ponía de su parte -bromeó Mutsumi.
- No os andéis por las ramas -las apremió Natsumi- ¿Cuándo conocísteis a mis padres?
Mutsumi suspiró.
- Niña impaciente... un par de años después, Naru y yo empezamos a notar que nos faltaba algo para se completamente felices. Comentamos entre nosotras, y un par de veces con la abuela Natsumi la posibilidad de tener un hijo. Pero evidentemente ni podíamos tenerlo juntas ni podíamos adoptarlo... y la posibilidad de que una de nosotras fuera inseminada artificialmente no nos seducía. Así que desechamos la idea.
- O al menos ella y yo lo hicimos -repuso Naru- porque la abuela no. Entonces ocurrió una casualidad, una triste casualidad... que te trajo hacia nosotras.
Mutsumi cerró los ojos, como rememorando aquél día.
- Era sábado... sábado por la noche, bastante tarde. Naru ya estaba acostada y yo estaba terminando unos textos que debía entregar a mis alumnos al lunes siguiente... cuando sonó el teléfono.
El estridente sonido sacó a Mutsumi de su concentración. Contempló extrañada el aparato durante unos segundos, y después pareció reaccionar y se precipitó hacia él, deseando que no hubiera despertado a Naru.
- ¿Sí? -contestó con cautela.
- Mutsumi, hija, soy yo.
- ¿Mamá? -inquirió la chica, sorprendida, mirando su reloj- es más de media noche, mamá, ¿qué es lo que pasa?
- Perdona pero es urgente. Ha sucedido algo terrible... y necesito que Naru y tú vengáis aquí ahora mismo.
- ¿Qué ha pasado? -preguntó, alarmada.
- Bueno... ¿recuerdas a tu tío Kojiro, el hermano de tu difunto padre?
- Lo he visto un par de veces... ¿por?
- Y has jugado más de una vez con tu primo Kenji.
Mutsumi recordó fugazmente a un chico un par de años mayor que ella, moreno y con la típica sonrisa de los Otohime.
- Sí, bueno, ¿y?
- Esta tarde, tu primo, su mujer y sus dos hijos, uno de ellos recién nacido, se dirigían a casa del tío Kojiro. Tuvieron un accidente y murieron todos, menos, curiosamente, el bebé.
Mutsumi cerró los ojos, impresionada por la terrible historia.
- Escucha, mamá... sé que tú mantenías una buena relación con la familia de papá, pero yo apenas les he visto, y Naru ni siquiera los conoce, no creo que sea apropiado que nosotras...
- Mutsumi, debéis venir. No es sólo por dar el pésame al tío, es algo mucho más importante.
- ¿De qué hablas?
- Te lo diré cuando estés aquí.
- Vale, si quieres iré, pero no puedes pedirme que lleve a Naru, está dormida y...
- Naru debe venir, es absolutamente indispensable.
Mutsumi suspiró, exasperada por el tono imperativo de su madre.
- ¿Qué te traes entre manos, mamá?
- Te he dicho que te lo diré cuando estés aquí. Desde tu casa al hospital hay un buen trecho, y no quiero ponerte nerviosa. ¿Vendréis?
- De acuerdo -murmuró su hija, dándose por vencida- pero espero que sea realmente importante.
- Descuida, lo es.
- Hasta ahora, mamá.
- Conduce con cuidado, Mutsumi.
La joven profesora colgó el teléfono, y, aún moviendo la cabeza con resignación, se dirigió a su dormitorio. En la puerta casi se chochó con Naru que, en bata, se encaminaba hacia el salón.
- ¿Te has despertado? -preguntó Mutsumi, preocupada.
- Tranquila, no he llegado a dormirme. ¿Quién era?
- Mi madre -respondió la chica de Okinawa con un suspiro- dice que está en el hospital, un primo mío al que apenas conocía ha muerto junto con toda su familia, y por alguna razón nosotras dos, y recalco lo de dos, debemos estar allí.
Para su sorpresa, a pesar de la intempestiva hora, Naru sonrió y se encogió de hombros.
- Tu madre nunca hace nada a la ligera. Si dice que debemos estar allí, indudablemente lleva razón. Voy a vestirme.
Mutsumi asintió, empezando a buscar las llaves del coche, mientras Naru regresaba al dormitorio.
Eran las una de la madrugada cuando Mutsumi aparcó en la puerta misma del hospital. La noche era fría, y ambas se apresuraron a entrar dentro del enorme edificio blanco.
Natsumi Otohime las esperaba justo a la entrada, paseando con aire impaciente.
- ¡Por fin! -exclamó, sonriendo mientras abrazaba a las dos- Perdona por sacarte de la cama, Naru, pero es muy importante.
- No lo dudo -respondió Narusegawa mientras Mutsumi resoplaba.
Natsumi ignoró la indignación de su hija.
- Vamos, por aquí.
Las tres se metieron en el ascensor y subieron un par de plantas. Ninguna de las dos se atrevía a preguntar nada, y Natsumi no parecía querer dar más detalles por el momento.
En la sala de espera de otra planta, esperaba un anciano sentado en una silla de ruedas que miraba al suelo con expresión triste. Mutsumi reconoció, apesadumbrada, a su tío Kojiro.
- Kojiro, ya han llegado mi hija y su novia.
Mutsumi y Naru se miraron de reojo, molestas de verse presentadas así. Pero el anciano no pareció reaccionar hasta que Mutsumi se agachó para abrazarlo.
- Lo siento, tío...
- Mutsumi... -murmuró el viejo- te has convertido en una muchacha preciosa...
Mutsumi no dijo nada, sorprendida por la reacción de su tío, que levantó la cabeza para mirar a Naru.
- Tú debes de ser Narusegawa...
- Siento mucho su pérdida, señor...
El rostro del anciano se ensombreció.
- Mi hijo siempre fue un insensato. Le encantaba pisar el acelerador... varias veces le dije fuera más cuidadoso al volante, que no sólo se jugaba su vida sino la de su mujer y sus hijos, pero no me hizo caso.
Las dos chicas cruzaron una mirada, pero se mantuvieron en silencio mientras el hombre seguía hablando.
- En cualquier caso, ya nada se puede hacer por él, ni por su mujer ni por mi... mi nieto... pero vosotras sí podéis salvarla a ella.
- ¿A ella? -murmuraron las dos al unísono.
Kojiro le hizo una seña a Natsumi, que asintió, haciendo un ademán a las chicas para que abandonaran la sala.
- Vamos, tengo que presentaros a alguien más. Te dejo solo un ratito más, Kojiro.
- No importa, me servirá para pensar... -suspiró con tristeza el anciano.
Naru y Mutsumi siguieron a la madre de ésta última por una serie interminable de pasillos idénticos.
- ¿Quién es ella, Natsumi? ¿De qué hablaba?
- Os pondré en situación. Kenji no tenía hermanos, como Mutsumi bien sabe. Su esposa, curiosamente, también era hija única. Kojiro y mi marido tampoco tenían más hermanos...
- ¿Y?
Natsumi paró en seco, y se giró para mirarlas. En sus ojos había un matiz de determinación que sorprendió a ambas chicas.
- Te he dicho por teléfono que el bebé de la pareja ha sido el único que ha sobrevivido. Una recién nacida.
- ¿Y? -inquirió Mutsumi, impaciente, sin saber a dónde quería ir a parar su madre.
- No tiene tíos que se hagan cargo de ella. Su abuelo es casi un inválido y apenas puede levantarse de su silla. Él no tiene más hermanos que mi marido, y, aunque mi marido está muerto, yo sigo estando aquí. No me veo capaz de criar a otro bebé, pero tengo una hija en edad y condiciones de hacerlo.
Boquiabiertas, Naru y Mutsumi se miraron, incrédulas.
- Insinúas que...
- Nadie os daría un niño en custodia. Pero, Mutsumi, tú eres el único pariente que puede hacerse cargo de esa chiquilla... a nadie le va a importar con quién vivas y jamás te la podrán quitar.
Mutsumi movió la cabeza negativamente, sintiendo que todo sucedía demasiado rápido.
- Espera, mamá. ¿Nos pides que adoptemos a esa niña?
Natsumi sostuvo la mirada de su hija.
- Es exactamente lo que te estoy pidiendo.
Naru, que se había mantenido en un segundo plano, fue a abrir la boca, pero Natsumi alzó una mano.
- Esperad. No digáis nada. No quiero presionaros, pero, antes de tomar una decisión, entrad y ved a la niña. Comprendo que todo esto es demasiado precipitado... y nadie os culpará si no queréis haceros cargo de ella. Pero al menos miradla, y prometedme que lo pensaréis.
Natsumi señaló una puerta. Mutsumi miró interrogativamente a Naru, y ésta asintió y la abrió.
Era una habitación pequeña. En el centro, un bebé dormía pacíficamente en una cuna alta. Lentamente, las dos chicas se acercaron a ella.
Durante unos minutos, sin decir nada, se limitaron a mirar cómo el pecho de la chiquilla subía y bajaba rítimicamente, cómo descansaba sin ser consciente de que acababa de perder a sus padres y de que toda su vida quedaría marcada por aquél acontecimiento.
Fue Naru quien se adelantó y, suavemente, acarició con un dedo la frente de la pequeña. Ésta se removió ligeramente, pero siguió durmiendo.
Se miraron.
- ¿Qué opinas? -preguntó Mutsumi en un susurro.
Naru miró pensativamente al bebé.
- Yo también he sido huérfana y sé lo que se siente cuando todos te señalan porque no tienes madre. Sólo que yo al menos tuve un padre que se hiciera cargo de mí. Esta niña no tiene a nadie en el mundo... crecerá en un hogar de adopción, quizá en un orfanato donde nadie la querrá...
Mutsumi soltó un bufido.
- Es decir, que ya has decidido que quieres quedarte con ella.
Naru sonrió.
- Y tú también, Mutsumi.
- ¿Y cómo puedes saber eso?
- Porque te conozco, y tu buen corazón no te impediría abandonar a esta criaturita a su suerte -replicó Naru, abrazándola ligeramente.
Mutsumi suspiró.
- ¿No te molesta que sea de mi familia?
- ¿Y por qué iba a molestarme? Sabes que adoro a tu familia, sobre todo a cierto miembro de ella...
Mutsumi besó suavemente sus labios antes de que ambas salieran de la habitación para dejar dormir a la que sería su futura hija. A Natsumi le bastó una mirada para adivinar lo que ambas habían decidido.
- Muy bien, has ganado -le espetó Mutsumi con una sonrisa- ¿Cómo se llama tu futura nieta?
Natsumi sonrió ampliamente antes de contestar.
- Como ya te he dicho, es una recién nacida. Todavía no estaba inscrita, y, como en el momento del accidente se dirigían, precisamente, a presentársela a Kojiro, ni siquiera él sabe cómo pensaban llamarla. Así que, teniendo en cuenta que su apellido es Otohime, vosotras podéis ponerle el nombre que os plazca.
Naru y Mutsumi se miraron. Se leyeron el pensamiento. Mutsumi sonrió, mirando de nuevo a su madre.
- Realmente, es la decisión más fácil que hemos tenido que tomar en toda esta noche, mamá.
- Natsumi. Natsumi Otohime. El nombre de la persona que siempre nos había apoyado, la misma que hizo posible que tú acabaras con nosotras -concluyó Naru, abrazando a su hija.
Ésta tenía lágrimas en los ojos, y se mordía los labios, intentando desesperadamente no echarse a llorar. Naru le revolvió el pelo cariñosamente.
- Siento lo de tus padres. En serio.
Natsumi levantó la cabeza para mirarla.
- No es eso. Ya me había hecho a la idea de que no tenía padres, de que me habían abandonado... el saber que murieron en un accidente no cambia nada -explicó en un susurro- pero vosotras... fuisteis tan generosas acogiéndome... nunca podré agradecéroslo lo suficiente.
Mutsumi rió.
- ¡Vamos, Natsumi! ¿Crees que tú tienes algo que agradecer? Naru y yo habíamos aceptado que nunca podríamos formar una familia, y de repente apareces tú. Créeme, tenerte a nuestro lado y verte crecer es la mayor alegría que nos ha dado la vida.
- Mutsumi lleva razón -corroboró Naru- han sido diecisiete años fantásticos. Es cierto que en un primer momento no estábamos demasiado seguras, pero en cuanto te tuvimos en casa supimos a ciencia cierta que jamás nos arrepentiríamos de haberte acogido. Y así ha sido.
Natsumi esbozó una sonrisa mientras miraba a Naru.
- Gracias, mamá. Dime una cosa... ¿por qué no querías decírmelo?
- Bueno -respondió Naru, sintiéndose estúpida- pensaba que me dejarías de considerar tu madre...
- ¡Qué tontería! -exclamó Natsumi- Aunque mis padres estuvieran vivos, eso no cambiaría nada. Tengo muy claro quiénes son mis verdaderos padres. Me habéis cuidado durante toda mi vida, me habéis educado y me habéis querido como si fuera de verdad hija vuestra. Tú siempre serás mi verdadera madre, al igual que Mutsumi, y nada ni nadie va a cambiar eso.
- ¿Ves? -intervino Mutsumi, mientras Naru abrazaba con fuerza a Natsumi.
Natsumi se separó de Naru y la observó con atención.
- Por cierto, ¿le dijiste a tus padres que me habíais adoptado?
Naru suspiró y cerró los ojos. Natsumi se giró hacia su otra madre, pero ésta le hizo un gesto vago.
- Sí, lo hice. Llamé a mi padre y se lo dije...
- ¿Y? -apremió Natsumi, molesta por los titubeos de Naru.
- Me respondió que seguía estando loca. Entonces yo le dije que daba por zanjada mi relación con él, y que jamás le volvería a hablar.
Natsumi bajó la cabeza, dolida por la actitud de ese abuelo al que nunca había llegado a conocer. Mutsumi decidió continuar el relato.
- Un par de días después, tu tía Mei se presentó en casa. Fue entrar y lanzarse a los brazos de Naru, llorando. Yo estaba a pocos metros, contigo en brazos...
- Mi hermana me dijo que papá se estaba muriendo, que había tenido un amago de ataque al corazón hacía poco, pero que le había prohibido que me dijera nada. Dijo que también la había convencido para que no me llamara ni viniera a verme cuando les anuncié que estaba con Mutsumi. Me pidió perdón, por ella y por nuestro padre, por no haber comprendido que lo mío con Mutsumi no era un capricho pasajero sino algo muy serio.
- Después te vio en mis brazos -recordó Mutsumi con nostalgia- recuerdo que la cara se le iluminó. Se acercó a mí y me preguntó que si podía cogerte... por supuesto le dije que sí. Te miró y dijo que eras la niña más bonita que había visto en su vida. Por supuesto, tú ya sabes que tu tía Mei te adora.
Natsumi sonrió, pues era cierto. Mei Narusegawa estaba felizmente casada y tenía un hijo de unos diez años, pero seguía queriéndola con locura, tanto que a veces su marido bromeaba sobre la posibilidad de que Natsumi fuera en realidad hija de su esposa.
- El resto ya lo sabes. Legalmente estabas bajo mi custodia, y no pudieron separarte de mí y de Naru, por más que algunos pensaban que no era lo correcto. Con los años, pudimos inscribirte legalmente como hija de las dos. Y aunque confieso que yo misma tenía mis reticencias, lo cierto es que no parece haberte afectado el hecho de no tener ninguna figura masculina en casa.
Natsumi se encogió de hombros.
- La verdad es que no, nunca he sentido la necesidad de tener un padre. Quizá porque las dos siempre estuvísteis pendientes de mí... desde luego, en casa jamás me faltó amor. Y, con los años, los niños del colegio incluso dejaron de meterse conmigo.
Mutsumi asintió. Dirigió una mirada cómplice a Naru, que llamó la atención de su hija.
- Escucha, Natsumi... cuando terminemos, ¿querrías ver la tumba de tus padres y de tu hermano?
La chica abrió la boca, sorprendida por la proposición.
- ¿Están enterrados aquí?
- Claro. Nosotras venimos todos los meses. Les llevamos flores a ellos y a Keitaro. A partir de ahora, ya que conoces tu pasado, podrás acompañarnos si quieres.
Natsumi asintió con entusiasmo.
- Me gustaría mucho, de verdad...
En ese momento, un grito las hizo salir de la burbuja en la que las tres se encontraban.
- ¡Naruuuuuuuu! ¡Mutsumiiiiiiiiii! ¡¡Natsumiiiiiiiiiiiiiiii!!
De un plumazo, las preocupaciones se borraron del rostro de la joven, que se levantó del banco como un resorte.
- ¡¡Kaolla!! -gritó.
La rubia, tan hiperactiva como de costumbre a pesar de que ya había pasado la barrera de los treinta años, corría hacia Natsumi con una enorme sonrisa en su rostro. Se fundió en un abrazo con la joven, mientras Naru y Mutsumi se dirigían hacia ella. Por su carácter juvenil, Kaolla y Natsumi se llevaban a las mil maravillas.
- ¡Kaolla! -la saludó Naru, abrazándola a su vez- ¿Qué tal?
- ¡Estupendamente! -respondió la Princesa de Molmol, dirigiéndose a Mutsumi para aplastarle con fuerza las costillas- ¿Habéis visto el anuncio de la nueva Mecha Tama 3000? ¡Puedes controlarlo con el teléfono móvil!
Naru y Mutsumi intercambiaron una sonrisa. Kaolla no había cambiado en absoluto. Había creado su propia empresa de productos electrónicos e informáticos, y sus creaciones para niños y adultos eran las más vendidas del mercado.
- ¿Y las demás? -intervino Mutsumi- Llevamos un buen rato esperando...
- Lo siento, nos quedamos sin gasolina -intervino una nueva voz.
- ¡¡Kitsune!!
Naru abrazó con fuerza a su mejor amiga, ya que llevaba meses sin verla. Mitsune Konno seguía igual que antes. Solterona y bebedora empedernida, regentaba con éxito la Residencia Hinata.
- Tienes buen aspecto, Naru -después miró a Natsumi- ¿y cómo está vuestra pequeñaja?
- ¡Ya no soy ninguna pequeñaja! -gruñó Natsumi con vehemencia, haciendo reír a Kitsune.
- Bueno, has conseguido seguir la estela de todas las componentes de la Residencia Hinata entrando a la Tôdai, así que supongo que no.
- Y no sólo ha entrado en la Tôdai, ha entrado a la primera -recalcó Mutsumi.
- ¡¿En serio?! -exclamó una nueva voz. Una chica rubia y alta, de brillantes ojos azules, se había acercado al grupo.
- ¡Sarah!
- ¡Enhorabuena, Natsumi! -la felicitó la norteamericana- Quizá te de clases algún día. Estudiarás en la Facultad de Letras, ¿no?
- ¡Claro! Por cierto, te vi en ese documental, con Seta...
- Sí, conseguí escaparme una semanita de la universidad para acudir a esas excavaciones...
- Por cierto -interrumpió Naru- ¿qué tal Seta?
- Estupendamente -respondió Sarah, sonriendo- en un par de meses vendrá a Tokio para dar una conferencia, ha descubierto unas ruinas muy interesantes y todos estamos deseando saber lo que ha hallado de primera mano.
Sarah McDougal había seguido los pasos de su padre. Ahora era profesora de Arqueología en la Tôdai. Seta, por su parte, recorría el mundo en compañía de Haruka, descubriendo nuevos yacimientos y extrayendo datos acerca de las civilizaciones más antiguas del planeta.
En estas, llegó otra antigua componente del Hinata-sou. El cambio físico de Shinobu Maehara era espectacular, aunque en el fondo seguía siendo la misma niña inocente de antaño.
- ¡Shinobu! -exclamó Naru.
- ¡Hola, chicas! Siento el retraso...
- ¡Ja! Ya estamos sorprendidas de que hayas podido venir, con toda la gente que tienes metida en el restaurante... -replicó Kitsune.
- Sí, la verdad es que el negocio va bien...
- ¿Bien? Hace dos semanas fuiste portada de la mayoría de las revistas de sociedad, Shinobu...
La aludida se sonrojó. Shinobu, siguiendo la recomendación de sus amigas, había abierto un restaurante tras su obligado paso por la Tôdai, donde había tenido que esforzarse al máximo para terminar una carrera de administración de empresas. Hacía poco que la habían señalado como la mejor cocinera de todo Japón, y todas las revistas se habían hecho eco de la noticia.
- Ya vienen Motoko y Kanako -observó Kitsune, con una sonrisilla.
Todas se giraron. Las esbeltas figuras de las dos luchadoras se distinguían en la lejanía. Charlaban animadamente, sin saber que estaban siendo observadas. A pesar de los años, el entrenamiento diario las mantenía en forma, y seguían siendo tan fuertes como cuando eran jóvenes.
- ¿Qué tal les va a esas dos? -inquirió Mutsumi.
- Estupendamente -replicó Kitsune en tono confidencial- aunque, por supuesto, si les preguntas te mandarán a la estratosfera de uno de sus golpes.
- Además, la gente se pelea por aprender sus técnicas -añadió Shinobu- nunca mejor dicho.
Cuando apenas estaban a diez metros, las dos chicas se percataron de la presencia de sus amigas. Motoko enrojeció, como siempre que la pillaban distendida con Kanako.
- Hola, chicas -saludó, acercándose a ellas- ¿Qué hay?
- Parece que ya estamos todas -anunció Kitsune- ya podemos ponernos en marcha.
A pesar de que éste había muerto varios años antes de que ella misma naciera, Natsumi Otohime compartía el cariño y la consideración de sus madres por la figura de Keitarô Urashima. Durante toda su vida, Keitarô se le había presentado como un recuerdo del pasado que se resistía a desvanecerse, salpicando constantemente las conversaciones de Naru y Mutsumi, y haciéndose casi tangible en el momento en el que las antiguas inquilinas de la Residencia Hinata se juntaban para charlar.
Natsumi había “conocido” a Keitarô de una forma casi casual, un día que, a los seis años, encontró una foto de un chico desconocido en un cajón. Curiosa por naturaleza, Natsumi se había apresurado a interrogar a Naru. Ésta le había contado que era un viejo amigo que se había ido de viaje hacía muchísimo tiempo...
- ¿Lo echas de menos, mamá?
A Naru se le llenaron los ojos de lágrimas, pero hizo lo imposible por reprimirse.
- Muchísimo, Natsumi.
- ¿Tardará mucho en regresar? -preguntó inocentemente la pequeña.
- Me temo que sí -respondió su madre, sonriendo con tristeza.
Naru se había guardado la foto, se la había enseñado a Mutsumi, y, dos días más tarde e insertada en un marco, ocupaba un lugar preferencial en la estantería del salón. En un primer momento, Natsumi se había dado por satisfecha con la respuesta de Naru. Pero, a medida que pasaba el tiempo, su inquietud crecía, a la vez que su fascinación por el chico de la foto. Poco a poco, a medida que las antiguas amigas de Keitarô valoraban su madurez y la confianza que podían depositar en ella, recopilaba más detalles sueltos acerca del que para ella se había convertido en un enigma en toda regla.
Poco a poco, mientras su inteligencia se agudizaba, iba enhebrando los detalles que le permitieron darse cuenta, con el paso de los años, de que Keitarô Urashima había sido, nada más y nada menos, el primer amor de Naru y Mutsumi, y prácticamente la persona que las había unido para siempre. El hallazgo de un recorte de periódico que recordaba el accidente aéreo en el transcurso de una mudanza la ayudó a poner punto y final a la trágica historia que ella misma había tenido que reconstruir.
Natsumi compartía los sentimientos encontrados de Mutsumi Otohime sobre Keitarô. Por una parte el pensar que hubiera muerto tan joven le producía una profunda tristeza. Por otra, era consciente de que, si Keitarô no hubiera subido a aquél avión, Naru estaría casada con él, tendrían sus propios hijos, y ella sería una huérfana más en los orfanatos japoneses.
En general, se limitaba a recordarle con cariño, aunque jamás lo hubiese conocido... pero era tanto lo que sabía de él que era como si lo hubiese hecho.
Aquél día, como siempre que el calendario señalaba la fecha del aniversario de la muerte de Keitarô, las chicas se reunieron alrededor de su lápida, que habían cambiado con la aportación económica de todas hacía un par de años.
Naru suspiró, apretando con fuerza la mano de Mutsumi. Siempre había unos minutos de silencio, unos segundos preciosos durante los cuáles las chicas hablaban interiormente con su antiguo amigo, seguras de que, de alguna forma, aún podía oírlas. Cerró los ojos, intentando abstraerse, concentrarse hasta poder sentir, prácticamente, su presencia a su lado.
“Keitarô, mi querido Keitarô... un año más estamos todas aquí, aunque es la primera vez que viene nuestra hija. Vengo a agradecerte todo lo que hiciste por mí, y todo lo que sigues haciendo. Porque después de más de veinte años, Keitarô, aún siento tu presencia a mi lado, a veces hasta diría que protegiéndonos, a Mutsumi, a Natsumi y a mí. ¿Sabes? Durante un tiempo pensé que serías el amor de mi vida, aunque ahora me doy cuenta de que, evidentemente, el amor de mi vida es Mutsumi. Pero tu eres el mejor amigo que tengo y he tenido jamás. Porque mucha gente me ha ayudado a lo largo de mi vida, pero tú eres el único que sigue haciéndolo después de muerto. Por todo lo que hiciste por mí, Keitarô, muchas gracias”
Naru levantó la cabeza, encontrándose con la mirada de Mutsumi. Sonrió, y ella la imitó. Como siempre, no hicieron falta palabras.
Sin más, las ex-residentes del Hinata-sou salieron del cementerio y se dirigieron al restaurante de Shinobu Maehara, listas para celebrar su reencuentro.
FIN
Notas finales: Bien, tras abandonar la escritura durante unos meses, decidí corregir “Relatos de un amor prohibido”, terminarlo y cambiarle el nombre :P Aquí está la historia entera, para todos los que me la han pedido. En fin, muchas gracias a todos los que me leen, y si tenéis algo que decirme, escribid una review. Dentro de poco pienso poner más historias, así que atentos los fans de esta pareja. ¡Gracias!