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Author of 40 Stories |
Advertencias: hay lemon, quedan avisados, así que después no me vengan con reclamos. Las frases en cursiva son recuerdos. Las que están encerrados en comillas "..." son la carta que está leyendo Emiko. Si están solos, les recomiendo leerlo en voz alta. A mí, al menos, me gustó más leerlo en voz alta.
A la salida de la escuela del jueves, probablemente Daisuke y Satoshi seirán juntos. Pasarán el día juntos, cenarán juntos, dormirán juntos. Aparentarán juntos. Cada uno le mentirá al otro con su sumisión. El viernes, es posible que Daisuke prepare el desayuno para ambos. Charlarán casi animosamente. Irán al colegio y se comportarán como buenos amigos. Emiko no habrá podido hacer nada: sólo espera el retorno de su niño. Los demás simplemente no comprenden. Acabarán las clases y, sin duda, Daisuke y Satoshi darán un paso dentro del departamento.
... Soledades Últimas ...
Emiko vio la carta en cuanto abrió la puerta. Soltó las bolsas de las compras de pronto, dio un portazo, corrió y tomó el papel en sus manos. Su respiración era agitada. La carta había sido escrita para ella. Era de su hijo.
-Pasaron muchas cosas, Daisuke.
-Sí... pero ahora estamos juntos, eso es lo que importa, ¿No?
No veía a su hijo desde el miércoles. Tenía miedo. Mucho miedo.
-¿Riku? ¿Sos vos?
El sonido cesó de pronto. Riku, cubriéndose el rostro con las manos, se volteó a ver a su hermana.
-Riku, estás llorando... Riku...
Risa se acercó, arrodillándose junto a ella, y la abrazó con suavidad.
-Es por Niwa, ¿No? Ese idiota te hizo llorar...
-No digas eso... él no es malo...
-Claro que lo es... –Y luego añadió, en un susurro inaudible: yo.
-Yo lo amo, Risa. No voy a dejar de amarlo, aunque se vaya.
-Ya lo sé. Yo... yo también le tenía mucho aprecio. Pero no podemos hacer nada.
-Yo le dije, le dije que no se fuera.
-No importa lo que digamos.
-No, no importa, pero... ¡Dios mío, duele tanto darse cuenta!
-Satoshi... –Murmuró, con la voz pausada de los sueños.
El otro tardó en contestar. Y cuando lo hizo, sólo emitió un gruñido. Daisuke arqueó la espalda, apenas, sólo en la medida en que no pudo evitarlo, mientras sentía los labios del muchacho en su ombligo.
-Vos... ¿Creés en el destino?
-Sí.
Daisuke apoyó sus manos suavemente en la cabeza de Satoshi, que estaba arrodillado frente a él. La lengua que jugaba con su miembro le obligó a gemir, una vez, dos veces, tres veces. Había placer, era cierto, pero- ¿Era el placer del acto en sí mismo lo que le quitaba fuerza al dolor, o era en realidad la esperanza de lo que vendría después, la ilusión de la nada lo que lo mantenía vivo todavía...?
Volvió a gemir e hizo presión con sus manos involuntariamente. Sus ojos, sin previo aviso, empezaron a llorar.
Satoshi subió sus manos hasta los codos del pelirrojo y fue llevándolo hacia la cama, avanzando de espaldas. Aún de pie, acarició sus hombros, arrojando la camisa abierta al suelo. Se sentó y, nuevamente, besó el vientre terso de aquel niño –porque era un niño, todavía y a pesar de la vida, era un niño- y acabó de bajarle los pantalones.
Dos niños, sí, eran dos niños.
Cuando terminó de quitarle la camisa blanca y la camiseta amarillenta, lo abrazó con fuerza contra su pecho. Se mantuvo un momento así, conteniendo las lágrimas, y Satoshi, aunque dudando, respondió al abrazo.
Daisuke se preguntó qué querría Dark de él, qué le habría dicho antes de desaparecer si hubiera sabido que eso era lo que iba a ocurrir. Se preguntó qué pensaría, qué sentiría si ahora lo viera así, rendido de antemano, a la espera de que bajen el telón. Las manos en su espalda lo alejaron lentamente de su discurso mental y de sus lágrimas. Se separó un poco para poder besarlo en la boca. Repentinamente, tuvo la necesidad de llenarse de sensaciones, de almacenarlas en alguna parte de su alma, guardarlas para cuando ya no pudiera sentir.
-¿Le ocurre algo, jefe?
-Daisuke dijo que se iba.
-Quizás quiere escapar de usted. Yo lo entiendo perfectamente.
Saga le dirigió una mirada mortal, pero no replicó nada.
-Ya va a encontrar a otro chico para tus comerciales.
-No es eso, ¡Los tontos comerciales no me importan! –Gritó de pronto, como despertando de un letargo. –Daisuke es... mi amigo.
-Bueno, ya va a encontrar otro amigo.
-No es lo mismo.
-No. Pero es lo que hay.
Emiko se interrumpió al oír el timbre. Abrió la puerta lentamente y se encontró con un niño, con Takeshi Saehara, ese amigo de la infancia de Daisuke, ese amigo que ahora tendría que formar parte de los recuerdos.
-¿Está Daisuke?
La palabra, el nombre de su hijo pronunciado en voz alta, le dolió infinitamente.
-No, lo siento mucho, ahora no está. –Dijocon suavidad.
-¿¡No está! ¡No puede ser! ¿Y dónde puedo encontrarlo?
-Yo... no sé, lo siento mucho.
-¿No sabe a qué hora va a volver?
-No, lo siento, lo siento mucho. –Y le cerró la puerta al asombrado Saehara, repitiendo "lo siento mucho", y llorando, siempre llorando.
-Sí...
Satoshi rozó con sus dedos los labios de Daisuke, jugó con ellos dentro de su boca hasta asegurarse de que estaban húmedos. Después palpó la dulce piel de sus piernas y avanzó, avanzó hasta introducirlos en el orificio, de a poco, uno a uno.
-Ah... m- me duele, Satoshi… ah…
-Shh... ya, ya se va a pasar el dolor... shh...
-Voy a serlo si vos también lo sos. Es un trato, ¿Sí?
Wizz voló hasta el hombro de Emiko. Podía comprender que estaba llorando y acercó la nariz a su mejilla haciéndole cosquillas con cariño.
-...Daisuke... mi Daisuke...
Casi por instinto, Wizz tomó la forma de su amo. Emiko lo vio allí, vio a su hijo, sonriente como antes, con sus ojos repletos de inocencia.
-¡Daisuki! –Exclamó la figura.
La mujer se echó sobre él, abrazándolo con fuerza, gimiendo de dolor, impotente, vencida.
Pero si no querés irte... no te vayas.
Satoshi lo dejó vacío por dentro un momento, pero en seguida reemplazó sus dedos por su miembro, sin violencia, sin intención de herirlo, sin poder concentrarse en el elemento que descansaba en su otra mano.
Daisuke percibía alternadamente el frío sobre su vientre y la calidez dentro de sí, sentía a Satoshi en su cuerpo, sentía la vida y el amor que todo ello conllevaba, sentía, sentía, sentía.
-¡Satoshi...! –Gritó. -¡Satoshi, yo... yo te amo!
Sólo había brotado una gota de sangre, pero las palabras tan dolorosas y tan reales lo detuvieron, le hicieron abrir los ojos en toda su extensión, abrir los ojos para observar bien esa sonrisa, ese sol de invierno.
Daisuke sonreía, sí. Acariciaba su rostro con delicadeza, con el mayor afecto que era posible en un hombre.
Siempre se puede encontrar algo que lo cambie todo.
Viendo el miedo inusitado que se había apoderado de Satoshi, Daisuke dijo, con perfecta claridad:
-No te preocupes, Satoshi. Ya te perdoné. Me arrepiento de haberte dicho tantas cosas horribles, creo que en realidad... yo no te odié nunca. Porque yo te amo, Satoshi, recién ahora me doy cuenta, pero yo te amo de verdad. Hacé lo que tengas que hacer, pero sabé que yo ya te perdoné.
Los ojos de Satoshi se humedecieron. La expresión de Daisuke cambió, mostrándose preocupado por la inesperada reacción del otro.
Tal vez esa persona que te espera decida venir por vos.
Satoshi perdió el control de sus manos y el objeto frío, el cuchillo, su pequeña arma de marioneta del destino, cayó al suelo. De pronto colapsó sobre el cuerpo del pelirrojo, apoyándose sobre sus codos, y lloró, lloró porque nunca había llorado en su vida y tenía tantas, tantas innumerables razones por las que llorar.
-Yo... yo también te amo, Daisuke.
Adiós, mamá."
::: Finis :::
Próximamente volveré a subir los primeros capítulos, porque les encontré muchos errores y estoy corrigiéndolos.
Sólo me queda decir, queridos lectores, que el destino, simplemente, no existe.
Adiós.
::: Lila Negra :::
Un viernes extraño, allá por la época cercana a las fiestas, cuando el número cinco no terminaba de acomodarse entre tantos ceros y aquel dos lastimoso...