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Lira Garbo
Author of 4 Stories

Rated: T - Spanish - Drama/Angst - Draco M. & Hermione G. - Reviews: 689 - Updated: 06-29-07 - Published: 03-25-04 - id:1789109

Prisionera de un Sangre Limpia

22. NO soy tuya, TÚ eres mío

Lo oyó de fondo. La música le hacía daño y a la vez, ese doloroso sonido, la hacía sonreír. Era un placer doloroso pero indescriptiblemente hermoso.

Abrió los ojos, de golpe, reencontrándose con una realidad disfrazada de sueño. Casi alejada de la pesadilla, alejada de aquella jaula en la que vivía encerrada desde meses atrás. El sonido parecía llamarla.

En la habitación enorme, le vio. Era él. Se destapó, sintiendo el frío colándose por la rendija de su camisón y, descalza, se puso en pie. Caminó sin hacer ruido alguno, resbalando por las losas heladas y suaves.

Un piano, dialogante, arrollador, firme.

Hermione sintió como la emoción iba subiendo poco a poco por su cuerpo, adueñándose de ella, transportándola a otro mundo. Un mundo de fiestas, de colores, luces y brillos, donde todo era hermoso, donde la sangre sólo era azul, donde el dolor sólo existía en los pies, tras horas y horas de música, de dulce y templada música de piano.

Pero, nuevamente, aquella festividad caía, en un gemido ahogado, en un entramado de notas, de teclas, de martilleos sufridos. Como si aquel piano llorase alguna desgracia. Su desgracia.

No podía controlar su emoción. Por el ventanal abierto se coló una ráfaga de viento helado, pero no le importó. Sentía la emoción en su pecho, en su garganta, atorando cualquier sentido o sentimiento. Tocó con su mano sus labios, incapaz de impedir que un sollozo de alegría y tristeza, tan confuso pero hermoso, saliese de sus labios.

Y nuevamente, tras aquella caricia extasiada a las últimas y más agudas teclas, la música caía, callaba, lentamente, sumida en una desesperación constante, cruel, pero bella.

Sintió como una lágrima caía lentamente por su mejilla enrojecida.

Draco Malfoy se giró. Sus ojos brillaban, como hechizados. Y aquella visión, se sumó a su locura.

- ¿Quieres seguir escuchándola?

Hermione sólo pudo asentir, mientras otra lágrima caía en su otra mejilla.

Draco sonrió y murmurando algo a su varita, la música continuó sonando. Bellísima. El rubio, colocándose frente a ella, tendió su mano, Hermione la agarró, sin darse cuenta de que era ella la que iba a ser capturada en un abrazo en movimiento. Un baile extraño, lento, en contra del tiempo mismo.

- ¿Sabes qué es?

- No. - confesó Hermione, con un hilo de voz.

- Es...la obertura 48, nº 1...nocturno en C menor...a piano, de Chopin. - y susurró en su oído. - Nadie debe saber que escuchamos a un viejo muggle¿verdad?

- Es bellísimo.

El silencio, salpicado por las notas de piano, invadió la escena. Draco paseó su cuerpo alrededor de la habitación, en un vals nada clásico, totalmente nuevo, que bailaba a su antojo, haciendo girar a Hermione sobre sí misma, derramándola como música en sus manos.

Sólo hasta que Hermione sufrió un pequeño mareo, continuaron bailando. En ese momento, Draco puso fin a su danza. La llevó hasta la cama y la tumbó con delicadeza.

- Debes estar hambrienta, pequeña. - dijo, acariciando su pelo, inclinándose sobre ella.

La música calló, definitivamente, cesó.

- Qué despertar tan hermoso. - murmuró Hermione, buscando con sus ojos en el piano. - Esa música...cuánto...extrañaba, oír música.

El rubio puso un dedo sobre sus labios y acompañó el gesto con un susurro, pidiéndole silencio.

- Tienes que comer.

Hermione le miró. Escudriñó sus ojos acuosos, sin encontrar respuestas, dándose de frente con mil enigmas y algunas certezas.

- ¿Qué hora es¿Es de día, de noche...?

Draco sonrió, casi conmovido. Aquello era extraño y demasiado chocante. Pero era real. Al menos, era la única realidad a la que Hermione podía sujetarse.

El rubio se levantó y fue directo al ventanal. Corrió las cortinas y entonces, la luz inundó empezó a llegar a la habitación. Corrió todas las cortinas hasta que la luz invadió el cuarto, se reflejó en las paredes y brilló en los ojos de la prisionera.

- ¿Ves? - sonrió. Accionó el broche que cerraba las vidrieras dobles del ventanal y abrió la ventana. - Es de día. Es muy temprano. Hora de desayunar.

Entraba una corriente de aire muy frío. Hermione acarició sus hombros protegidos por la fina tela del camisón. Acto seguido, Draco cerró el ventanal, apretando el broche. Sonriéndole tras ello.

- No queremos que vuelvas a recaer. No¿verdad?

Ella negó con la cabeza.

- Vamos, entonces.

Y le tendió la mano. Y ella la cogió, sin dudar.

Severus Snape seguía sedado. Había pasado todo el día y la noche anteriores durmiendo. Aquella mañana, la Orden debatía.

- Está mal. No puedo comprobar si se ha roto algún hueso. - decía Ginny, negando con la cabeza. - Necesitamos la magia del Hospital de San Mungo, a un buen medimago.

- ¿En la revisión que le hicisteis no dijisteis que parecía que todos sus huesos estaban intactos? Se ha caído de un primer piso... - aclaró Ron.

- A una velocidad sobrenatural... - carraspeó Ángela. - te recuerdo.

- Severus está bien. - dijo tajante Minerva McGonagall. - Es fuerte. Pero lo que debe preocuparnos es Nimphadora. Os recuerdo que tiene una fuerza...no demasiado normal.

- Hemos hecho análisis a Tonks y todo parece indicar que su sangre está alterada... - dijo Ginny muy seria.

- El ataque del vampiro... - suspiró Lupin. - Fue breve, pero su mordisco es letal. ¿Hay peligro de que...?

- No. Tonks no se ha desarrollado para ser un vampiro, no sabemos por qué. Pero su sangre no es normal. Esto es consecuencia de las sustancias agregadas que había en el cuerpo del vampiro que la mordió.

- La sustancia es pleidostan...

Ron sentía que los enigmas cada vez eran más evidentes. Estaban llegando a todas las respuestas, a las soluciones. La Orden siguió hablando y debatiendo. Preparando el trabajo. Decidiendo estrategias.

Él tenía la suya. Y era la hora de ponerse en marcha.

- He ordenado que prepararan esto para ti.

Hermione sonrió al tiempo que Malfoy le sostenía la silla, invitándola a sentarse.

- Gracias, Draco.

Él se sentó junto a ella y la observó comer mientras él bebía, simplemente. Más pendiente de mirarla a ella que de preocuparse de sí mismo.

- ¿Tú no comes? - le preguntó ella, mientras limpiaba las comisuras de sus labios con una servilleta.

Él no le respondió, siguió mirándola embelesado. Hermione le mantuvo la mirada. Había aprendido de sus errores. Ahora tenía en su poder todas las tácticas.

- Eres... - su mirada se tornaba divertida.

Y lujuriosa. Alzó sus manos y acarició las mejillas de la castaña. Buscó su boca. Ella se quedó quieta y le sintió, sus labios más fríos que los suyos. Entreabrió los labios y casi se estremeció cuando notó la lengua de él, contrastando con aquella brisa, sintiéndola caliente y anhelante. No reaccionó, dejó que él la recorriera, la desease. Él mordió levemente su labio. Ella hizo un mohín y entonces él abrió los ojos. La encontró con los ojos cerrados, las cejas fruncidas y los labios en un gracioso mohín sorprendido.

- Preciosa.

Lentamente se encontró con su mirada grisácea. Pero, ni por asomo, se sorprendió. Estaba acostumbrada a esos ojos que la perseguían hasta en sus sueños más profundos. Sí notó, por la sensación de incomodez, de presión y asfixia, como su estómago se había convertido en un nudo palpitante de nervios y algo que le recodaba demasiado al dolor.

Él mantuvo esa mirada indescriptible y Hermione la continuó, a su vez.

Las manos de Draco Malfoy eran grandes y blancas, de dedos largos y finos. Los dedos de una mano se divertían jugando con el pelo de la Gryffindor, la otra tocaba sus mejillas, el borde de sus labios, la punta de su nariz, los párpados, las cejas. Y sonreía.

El desayuno había quedado al margen, algo anecdótico, un telón de fondo.

Cuando la volvió a besar, Hermione supo con total certeza, que él la deseaba. Mientras volvía a enredarse en su propia mentira, disfrazándose de una mujer que no era, el nudo volvió a palpitar en su interior. Aquella no era ella. Aquellos no eran sus sentimientos. Había demasiado sacrificio en todo ese juego peligroso. Le daba miedo aquel brillo lujurioso en los ojos de Malfoy. No era racional. Como todo aquello. Era un puzzle que jamás encajaría. No podía entender nada.

Malfoy profundizó el beso. Hermione intentó seguir el ritmo. Notó sus manos, aferrándose a ella. La estaba asfixiando. Sentía la necesidad extrema de aire clamando en sus pulmones. Se le iba la vida. No tenía energía. La fuerza que creía tener no era real. Nada era real. ¿Todo era un sueño¿O quizá una horrible pesadilla?

Entonces llamaron a la puerta.

Hermione fue la que se separó, sobresaltada por el ruido, jadeante por la necesidad de oxígeno. Tenía las mejillas rojas. Malfoy la miró antes de hablar, le seguían brillando los ojos. Sonrió antes de hablar, mientras se levantaba.

- Adelante.

Un encapuchado entró en la sala e hizo una reverencia a Malfoy, a quien se dirigió con mucho respeto.

- Su encargo le está esperando.

Hermione escuchó la última frase y miró al suelo, confundida.

- Está bien, voy enseguida. - aclaró Draco, dando por zanjada la brevísima conversación. - Retírate.

Antes de que la puerta se cerrara, Malfoy ya se había acuclillado frente a Hermione. Le cogió las manos. Ella le miró. Sintió los labios calientes del rubio besando sus muñecas y sus dedos a lo largo. Y calló.

- Tengo que irme un momento. - dijo suavemente. - Pero te prometo que cuando regrese te daré una sorpresa.

Hermione esbozó una sonrisa.

- ¿Qué hago mientras tanto¿Te espero aquí?

Draco caviló y terminó negando.

- No puedes quedarte aquí, preciosa. Lo siento pero...tendrás que volver a la celda.

Un escalofrío recorrió la espalda de Hermione. Casi le sobrevino una arcada.

- ¿No hay otra opción?

Draco la acarició dulcemente y le cogió la barbilla, acercándola a él. Sonrió.

- No. - y la besó en los labios, tiernamente. - Biggs te llevará. Volveré a buscarte muy pronto.

Se levantó y caminó hasta la puerta, se despidió de Hermione y se marchó. Un segundo después, un encapuchado conducía a Hermione hacia la celda que ya conocía de sobra. Con mucha menos delicadeza que Malfoy, el encapuchado la empujó dentro de la celda, que cerró con llave.

Hermione volvía a estar sola, encerrada y, como siempre, prisionera.

El callejón seguía sucio, lúgubre y solitario. Hacia mucho frío aquella mañana y llovía a ratos todo el tiempo. Ron recordaba el lugar a la perfección, pero lo encontró levemente distinto. Más triste aún si cabe.

La buscaba. Pero no había ni rastro de ella. Recordaba a la mujer. Sus ojos verdes brillantes. Su boca entreabierta, por la que asomaban hojas verdes. Sus palmas, las líneas que las atravesaban, amarillas.

Flash-Back

" - ¿Sí¿Usted sabe qué busco?

La mujer sonrió. Parecía mayor pero sus ojos eran increíblemente bellos.

- Claro que sé lo que buscas. Aquí puedes encontrarlo. La segunda a la izquierda. Sin embargo, tu corazón busca algo que no se encuentra aquí.

- ¿Dónde¿Dónde se encuentra?

Ella sonrió, de nuevo y le mostró sus manos. Ron las miró. La mujer tenía unas líneas amarillentas en sendas palmas.

- Sigue la senda y la encontrarás.

Desilusionado, asintió.

- Gracias.

Y emprendió de nuevo su camino.

- De nada, Ronald. "

Apoyó la espalda en la pared y caviló. ¿Dónde podría encontrar a la mujer? No volvería hasta encontrarla y preguntarle por la señora Kannack. Necesitaba una respuesta.

- No des más vueltas, en círculo, Ronald.

Sobresaltado, no pudo reprimir un salto, asustado, llevándose la mano directamente a la varita. Pero reconocía la voz. Miró a su lado. Ella iba hacia él. Los mismos ojos verdes, hermosos, jóvenes y llenos de esperanza y vida. La mujer sonrió. Ron reconoció el brillo de la hoja masticada en su boca.

- Quédate quieto. En la vida, también hay que saber esperar.

Su sonrisa se ensanchó. Ron se mesó el cabello, aún recobrándose de la impresión, a la par que aliviado por encontrarla.

- La estaba buscando.

- ¿A mí? No. La buscas a ella. Sólo a ella. Pero...ella no te busca a ti. Se busca a sí misma.

- Yo...

Aquella mujer le desconcertaba. Le asustaba.

- No me preguntes. Tú lo sabes. No busques. Espera. Tu camino es el correcto.

La mujer pasó de largo, Ron se giró. Necesitaba la respuesta, pero cuando fue a increparla, ella había vuelto a desaparecer.

- ¡No¡Mierda! - exclamó golpeando una de las paredes.

"Quédate quieto. En la vida, también hay que saber esperar".

- ¿Cómo voy a esperar¿Más? No puedo esperar más. No puedo.

La frustración corría por sus venas. Sentía rabia contra aquella mujer. Sentía rabia contra el mundo y contra sus palabras. No podía esperar, necesitaba actuar, necesitaba encontrarla. Aquel tormento era demasiado. La incertidumbre era demasiada. Demasiada.

Se dio la vuelta. Nuevamente se sentía perdido, hundido y fracasado. Miró al cielo. Iba a llover otra vez. De repente, algo llamó su atención en uno de los balcones que subía por el callejón. Era un letrero grande y luminoso. Agudizó la vista para entreleer: "Consultas, videncia y tarot. Quinto piso, a la izquierda. Madame Kannack".

Quédate quieto, sonrió.

Esperaba. Apoyaba la cabeza en las rodillas, mientras escondía sus manos en el regazo. Por su cabeza hacía rato que no pasaba Malfoy, ni siquiera la prisión, ni el plan. Nada. Se había acostumbrado a la oscuridad que la envolvía e incluso, podría decirse, la había llegado a encontrar cómoda. Era allí, en el silencio más absoluto, enfrentada a la soledad más férrea, cuando se encontraba consigo misma, al fin. Volvía a ser Hermione, simplemente, la pequeña Hermione Jane Granger. Y podía escarbar en sus recuerdos, aquellos que sentía lejanos y casi oníricos. Pensaba en Harry, en lo duramente que estaría entrenando. En Ginny, sonriente y esperanzadora. En Ron, inocente y bueno. Terco, cabezota. Dulce y cariñoso. Sin darse apenas cuenta, había magnificado sus recuerdos. Perderse en ellos le daba la oportunidad de dibujarlos a su manera. Imaginaba una conversación frente a la chimenea de la sala común. Podía sentir el calor del fuego, el crepitar de éste, el intenso color de las llamas. Las voces graves de los chicos resonando en sus oídos. La tersura de los roces de la ropa, de la piel de las manos. La conciencia del espacio, de estar acogida por el mullido sofá de terciopelo rojo. Podía imaginar aquel momento eterno. Podía paladearlo, una y otra vez, una y otra vez, sintiéndolo cada vez más suyo, más vivo, más especial. Único. Entonces, deseaba salir, deseaba que esa quimera, donde volvía a ser ella meses antes, donde su cuerpo no sabía lo que era el dolor, ese dolor físico que te hace anhelar el fin, la muerte misma. Deseaba ser la niña pudorosa e idealista, que abrazaba a la almohada dándole vueltas a cómo sería su primer beso. Deseaba ser la que era. Pero ya nunca más podría volver a esa niña. Esa niña había muerto. Había enterrado su corazón y vendido su alma.

Oyó los pasos de Malfoy pero hizo como si no se hubiera percatado. El guarda abrió la puerta que chirrió. La luz repentina cegó sus ojos y Hermione parpadeó tapándose con una mano. El rubio se acercó a ella. Hermione lo sintió antes de que la tocara. Llegó a su nariz el olor penetrante de su perfume, la presencia imponente de su cuerpo invadiendo el espacio íntimo que había hecho de aquella celda.

- Ya he vuelto. No he tardado¿verdad?

Hermione le miró. Sus ojos grises parecían imposibles. No sabía qué pensar tampoco que sentir, observando aquella mirada de acero. Acertó a asentir y Malfoy esbozó una mueca contrariada.

- La espera se me ha hecho eterna. - dijo ella.

Era sincera. Por muchas razones. Creía vivir en un cúmulo de eternidad insólita. Los días no avanzaban. El tiempo no cambiaba. Las horas¿qué importaban las horas? Ya no sabía si tenía sueño, o hambre, si deseaba beber agua o descansar. Había perdido todos sus instintos. No era animal. A veces pensaba que tampoco era humana.

- Lo siento, entonces. - su disculpa llegó acompañada de una caricia.

Draco le acariciaba la mejilla con cariño. Aquel chico tierno le hacía un gesto de amor. Hermione sonrió y cogió la mano de él con la suya. Sintió la piel bajo sus dedos. Malfoy también la sentía. La suya. Acercó su rostro blanco y buscó su boca, con un deseo abrumador. No encontraba consuelo, pero al menos sentía que la presión que latía en su garganta, se aplacaba, por unos segundos. La besó con deseo, con un deseo creciente e incontrolado. Totalmente distinto, una vez más. Una vez más, otra persona desconocida la besaba, la engañaba. Se traicionaba.

Se separó de ella y hundió la mano, esta vez en su pelo, acercándola a él, dirigiéndose a la oreja de ella, para hacerle una proposición:

- ¿Te gustaría salir fuera?

Que no podría rechazar.

- ¡Hola familia¡Ya estamos en casa!

Ginny Weasley corrió a abrazar a su padre.

- Mi niña. - murmuró éste mientras estrechaba a su, ya no tan pequeña, hija menor.

- Arthur, Bill...

La Señora Weasley corría desde la cocina para abrazar a dos de sus chicos. Su hijo la abrazó con cariño.

- ¿Cómo están todos, mami?

- Bueno...bien, - dijo Molly tocando el pecho de su hijo, comprobando que estuviera en perfecto estado. - anoche hubo un pequeño accidente, pero nada grave.

- ¿Qué accidente? - preguntó Arthur, dándole un pequeño beso a su esposa.

- Ya te lo contaré. - sonrió ésta, quitándole importancia al asunto. - Por cierto¿y Ron?

- ¿Ron? - se extrañó Bill. - ¿Qué pasa con él?

- ¿No fue a recibiros en el lugar del transportador? - preguntó Ginny.

- No. Allí no había nadie.

Molly, espantada, se echó las manos a la cabeza.

- ¿Dónde está Ron, entonces?

Tocó tres veces a la desgastada puerta de madera. Al fin, le respondió una voz.

- ¿Quién llama?

- ¿Hola? - dijo acercándose al marco. - Soy...Ron...

Le respondió un silencio atroz e incómodo. El chico suspiró.

- Necesito una consulta.

- ¿Traes dinero?

Ron se llevó la mano al bolsillo, sacando un pequeño saquito con la mayor parte de sus ahorros. El sonido del golpeteo entre las monedas fue la clave para que la puerta se abriera mágicamente.

- Pasa hasta el final del pasillo.

El pelirrojo no lo dudó, adelantó los pies y entró en la casa. La puerta se cerró rápidamente tras de él. Pudo ver una intensa luz rosa fosforescente al final de un oscuro corredor, de parqué, que crujía bajo sus pisadas.

- Perdona, necesito cambiar de casa. - murmuró la mujer.

O eso imaginó él, por el nombre de Madame Kannack, porque cuando estuvieron frente a frente, no lo tuvo tan claro. Era una mujer (terminó por aceptar no muy convencido) regordeta y pequeña. Estaba sentada en un cojín de agua que se abría en el suelo, bajo su cuerpo. Iba vestida muy llamativa. Con una túnica multicolor y un velo negro tapaba su rostro, por el que se veían sus ojos y su boca. Una boca grande de labios gruesos y unos ojos oscuros y coloreados del mismo color que su velo.

- Siéntate, Ron. - le ofreció la mujer con un gesto.

- Gracias.

El muchacho se sentó en un cojín de agua, frente a la mujer. Les separaba una mesa redonda con un tapete de monedas que se movían haciendo una dulce música de tintineo.

- ¿Qué método quieres emplear para tu consulta¿Tarot, bola de visión, lectura de mano, posos de té...?

- En realidad...mi consulta creo que no necesita nada de lo que usted me ofrece.

Madame Kannack frunció su poblado ceño.

- ¿Ah, no?

- No. Yo...

- Lo primero, es lo primero, muchacho...me importa un bledo si eres uno de quién no debe ser nombrado, de los otros o de ninguno...pero mi dinero, lo quiero. - sonrió ampliamente. - Y antes, con mis libros, vivía bien, pero ya...en fin...No me fío ni de mi sombra. Muéstramelo.

Ron se llevó la mano al interior de la túnica, cogió una moneda de la bolsa y se la entregó. Cuando quiso darse cuenta había desaparecido.

- Podemos empezar. Te escucho.

- Una amiga ha desaparecido.

- Oh, - rió la Madame estrepitosamente. - eso no es nada fuera de lo común en estos tiempos. ¿Quieres que la encuentre¿Que te diga si vive o no...?

- No. - Ron comenzaba a perder la paciencia. - Mi amiga fue secuestrada por los mortífagos, hace más de cuatro meses. Fue en un ataque a su casa, mataron a sus padres y a ella se la llevaron.

- Una...sangre impura¿me equivoco?

- La estamos buscando pero no...

- No la encontráis.

- No. - dijo subiendo el tono. Madame Kannack atendió al cambio de voz. - No. ¿Recuerda usted a Parvati Patil?

Madame Kannack caviló.

- Parvati...Parvati Patil...Parvati...

- Morena, alta, delgada, ojos oscuros, de rasgos indios, estudiante en Hogwarts...le encanta la adivinación, era clienta suya...

- ¡Parv! Mi niña¡cómo olvidarla! Hace algún tiempo que no nos vemos. - la madame cogió sus manos en forma de plegaria y miró al techo descorchado del habitáculo. - Pero miro su futuro en el tarot y veo que está bien, en un buen lugar.

- Ella también desapareció.

- Pero seguro que está bien, muchacho, te lo digo yo.

- ¿Recuerda su última visita?

- Claro que sí. Iba a viajar con Padmita a casa de los abuelos. Estaba tan guapa...

- ¿Recuerda de qué hablaron?

- Sí. Lo recuerdo.

Ron sacó tres monedas más, que no tardaron en desaparecer.

- Parvati tuvo una premonición. En su visión vio como secuestraban a Hermione y la llevaban...a un castillo o algo así. Quiero que me diga dónde es.

Los ojos oscuros de Kannack brillaron. Ron sintió algo extraño.

- Parvati en su, visión, vio muchas cosas, Ron. Vio muerte, destrucción, sangre, dolor, lágrimas.

Ron contuvo la respiración. Le dio la impresión de que volvía a llover, porque el aire estaba más frío y húmedo.

- Lo que ella vio fue, ni más ni menos, cómo secuestraban a esa pobre muchacha y como la llevaban a un castillo con una gran torre. Lo que simboliza, poder y tortura. Vio cadenas, privación de la libertad. Vio hojas de otoño, que significa paso del tiempo. Y, además, vio a un hombre. Un hombre de ojos blancos.

- Malfoy.

- Así que quieres averiguar dónde está Hermione, Ron.

- Sí.

- Necesito algo suyo.

- ¿Algo de Hermione?

- Así es...algo como pelo, o ropa.

- De acuerdo. Se lo traeré.

- Márchate y vuelve con ello.

- Volveré, no lo dude.

Ron se levantó del cojín. Se giró pero Madame Kannack habló de nuevo:

- Ron, por el simbolismo, necesito una monedita más.

Dejando la moneda, Ron desapareció, rumbo a la madriguera. Con la intención de regresar muy pronto.

Él la condujo despacio, aunque ella hubiese deseado correr. Correr. Malfoy podía ver claramente, la muestra de ilusión en su rostro. La nerviosa sonrisa, los ojos destellantes. En ese momento, Hermione no pensaba, simplemente sentía. Volver a respirar aire puro, fuera de la celda, volver a sentir los rayos de sol en la piel. La sensación de vida corría por todo su ser, de manera violenta y ávida.

El recorrido hasta la salida era un laberinto de pasillos, puertas y escaleras. Hermione estaba impaciente y el camino se le hacía eterno. Pero merecía la pena. Todo por salir, un ínfimo segundo.

- Ya hemos llegado.

Hermione miró a Malfoy. Los ojos del Slytherin brillaban burlones. Estaban delante de una puerta sin custodiar. Con un delicado pomo dorado en el centro de la gran portezuela de madera marrón oscura. La castaña estuvo tentada de decirle: vamos, pues, vamos ya. Pero se contuvo. Por primera vez desde que Malfoy le había propuesto salir, pensó reflexiva y racionalmente sobre todo aquello. ¿No sería más que alguna broma macabra del rubio¿guardaría alguna carta bajo la manga? Le dirigió una mirada inquisidora y anhelante. Se mordió el labio y dejó escapar un lastimero suspiro.

- Te falta algo.

Malfoy se llevó una mano al bolsillo de su pantalón y deslizando los dedos, extrajo suavemente una tela blanca, a la par que acompañaba al gesto con una sonrisa enigmática. Hermione apretó los dientes e intentó aparentar indiferencia ante el gesto.

- ¿Qué es eso?

- Una venda. Ven. Date la vuelta.

Hermione se giró a él. Sintió como el rubio se le acercaba y, al instante, sintió la tela blanca sobre sus ojos, tapándolos. Malfoy apretó un nudo sobre el pelo de su nuca. Estaba tirante. Hermione sentía la molestia del cabello bajo la presión; se llevó una mano a la venda, encontrándose con la mano cálida del mortífago.

- Shh... -le susurró a la altura del oído. - Esto lo hará más emocionante¿no crees?

Hermione tragó saliva y acertó a asentir. Entonces notó como Malfoy se retiraba de su espalda y la rodeaba. Escuchaba el sonido de sus finos zapatos sobre el mármol.

- ¿Estás lista?

- Sí, lo estoy. - dijo, decidida. Aunque sumida en las sombras de la tela, que medio dejaba entrever, medio oscurecía la realidad.

- Muy bien.

Lo primero que escuchó fue un chasquido. Acto seguido, un golpeteo. Sintió que Malfoy agarraba su mano y tiraba de ella, e indecisa pero extrañamente confiada, le siguió. Una ola de frío la golpeó, después, agua.

Sonrió mientras sentía las gotas resbalando en sus zapatos, acariciándole las piernas desnudas.

- Llueve.

La voz de Malfoy sonaba cercana, pero había soltado su mano y ya no sabía dónde se encontraba.

Las gotas empapaban su pelo, la ropa, la venda. El juego de luces y sombras que se llevaba a cabo en sus ojos cegados era extraño y casi agobiante. Pero terminó por ceder y cerrar los ojos. Entonces le sobresaltó la imagen que no podía ver.

El cielo, alto y azul oscuro, plomizo, sin nubes y el ejército de resbaladizas gotas, cayendo sin tregua, limpiando a su paso la suciedad, la verguenza, las mentiras, el miedo, la soledad. Su rebeca estaba mojada y el agua calaba, pero no sentía frío intenso, sólo humedad. Rió repentinamente, y lo volvió a hacer. La imagen la asaltaba una y otra vez. Se vio a sí misma en un paisaje desconocido y borroso, donde no había nadie más. Sólo ella. En su interior apretaba la necesidad de reír, de saltar, de girar.

Abrió los brazos y miró hacia lo alto, donde estaba su cielo, aquel que no podía ver, sólo soñar. Pero sí sentir. Y sonrió. Poco a poco, movida por aquella súbita alegría, comenzó a dar vueltas sobre sí misma. Vueltas, riendo como una loca, feliz como una inocente niña, aquella que tantas veces había deseado volver a ser, la que volvía a ella emergiendo en la lluvia.

No supo cuánto duró aquel momento, pero, sin duda, lo recordaría como el segundo momento más feliz de toda la estancia como prisionera en el castillo. Ese momento se hizo eterno en su memoria. A él recurría cuando intentaba amarrarse a la esperanza. Siempre con la misma sensación volvía a él. Un pequeño abrazo a la libertad.

No lo pensó cuando lo hizo. Simplemente la mano se movió sola hasta estallar en su mejilla pecosa. Después vino el arrepentimiento y la congoja, tras la ira despertada por la mentira.

- ¡No me mientas nunca más, Ronald Weasley, nunca más!

Ron se llevó la mano a la cara y miró a su madre con odio. No recordaba que su madre le hubiese pegado nunca.

- Molly, tranquilízate, el chico está aquí, que es lo que importa.- intentó tranquilizarla Lupin.

Pero era inútil.

- ¿Dónde estabas, eh¡Dónde fuiste?

Ron apretó los dientes y negó con la cabeza.

- Ya te lo he dicho. Fui a buscar a papá y a Bill.

- ¡Eso es mentira¡Tu padre y tu hermano han llegado hace más de dos horas¿Dónde has estado!

- Ya te lo he dicho. - repitió el pelirrojo. - Si no quieres creerme, es tu problema, no el mío.

La rabia le iba a estallar dentro del pecho. Congregados a su alrededor, varios miembros de la Orden del Fénix, frente a él, su madre. No podía soportar sus miradas. No quería mirarles.

Dibló a su madre y salió del círculo, dirección a su habitación.

- ¡Ronald Weasley, vuelve aquí¡Ron¡Esto no se quedará así¡No te va a dar ni la luz del sol¿me oyes!

Cerró la puerta de su habitación de un portazo y se tiró a la cama, hundiendo la cabeza en la almohada. Estaba cansado y furioso. Se sentía humillado. ¿Cuándo se iba a dar su madre, y todos, de que ya no era un niño pequeño? No era ningún crío al que regañar y pegar para que aprendiera a obedecer. ¡No lo era! Mordió la almohada, de pura frustración y escondió la cabeza entre sus grandes brazos. En ese momento, echó de menos, más que nunca, a Harry.

Miró de reojo la cama del moreno, vacía desde ya varios meses. Apenas había tenido noticias suyas. ¿Apenas? Ninguna. Se había ido y parecía como si no existiese, como si él mismo no fuera nada ni nadie. Compadecía a Ginny, ella lo estaría pasando peor, sin duda. Sólo podía comparar el sentimiento de su hermana con el suyo propio, el sentimiento de decepción y rabia, mucha rabia.

Su mundo se derrumbaba. Todo había cambiado. Necesitaba recuperar lo perdido. Lo necesitaba para seguir viviendo.

Sentía aún esa emoción incontrolable de la alegría, alegría inexplicable, la felicidad más efímera pero intensa que existe. Su mundo seguía envuelto en la oscuridad de la venda, pero cuando se siente la luz, se caen todas las tinieblas.

De vuelta adentro, Malfoy la condujo hacia la habitación. Ni siquiera allí, con la puerta cerrada, le quitó la venda. La sentó en una silla cómoda y se arrodilló frente a ella, que miraba inconsciente hacia ninguna parte, teniendo la acertada impresión de que Malfoy estudiaba su rostro.

- ¿Qué te ha parecido la experiencia? - le preguntó con voz dulce. - ¿Te ha gustado?

Hermione sonrió, asintiendo.

- Ha sido maravilloso. Lo necesitaba.

Tenía que arrancar esa palabra, tenía que arrancarla del fondo de su hipocresía.

- Gracias.

Draco esbozó una sonrisa complacida y alzó sus brazos, desatando el nudo de la venda. Hermione parpadeó, recobrando la visión. Ya podía ver con claridad como el Malfoy la devoraba con su mirada de cristal. Sintió las manos de éste en sus rodillas, pero no dejó de mirarle fijamente. Ya era capaz de todo, o casi todo.

Sentía algo dentro de sí, que la empujaba, que la carcomía, que la abrasaba. Era un abismo tentador, pero que quemaba, peligroso abismo sin retorno.

Fue ella, sólo ella, quien decidió, fue ella, sólo ella, quien actuó.

Le besó, sin dulzura ni suavidad, sino con pasión. Una pasión desconocida, animal, instintiva. La boca de Malfoy, la suya, esa calidez que sólo tienen unos labios, ese poder de descontrol, imaginación y perdición que se llama deseo, enredado en una maliciosa adicción. De repente no sabía quién era, sólo qué quería.

Besó, mordió, profundizó ese beso que sabía a libertad, sintiéndose más y más libre, cuanto más prisionera era. Sus manos, en su cuello, en su pelo. Él perdido, ella invadida por la locura de la sinrazón, por la pasión de él, por la suya propia, por la perdición, deliciosamente amarga.

Fue un golpe lo que paró en seco el instinto salvaje de la habitación, que ya había comenzado a desaparecer, sumida en un punto, la silla y el abrazo de sus cuerpos, unidos por la corriente de sus besos, sus manos y su anhelo. Malfoy se levantó enseguida, con señas claras de descontrol. La miró con rapidez y sin mediar palabra se dirigió a la puerta, y salió de la habitación, dejando el eco del portazo como último sonido.

Entonces Hermione se dio cuenta, al tener la oportunidad de escucharse sólo a sí misma, sólo a su angustiosa asfixia por los gemidos de su respiración. Recordó el rostro de Malfoy antes de irse, como brillaban sus ojos y sus labios. Tanto como los suyos. Le temblaban las piernas, aquellas que él había recorrido con sus manos hasta la saciedad. Se rompió, entonces, todo se rompió con un gemido desgarrador, que tapó con sus manos, para que sólo ella y su conciencia pudieran escuchar el dolor de su alma. La vergüenza, la mentira, la debilidad, la angustia, la sangre, la muerte o la vida.

Observó en torno a aquel punto de inflexión. Lo supo. No había vuelta atrás.

Volvía a escapar, con la palpitación de la impaciencia y la ansiedad. Oculto en la noche, se deslizó por las peligrosas calles desiertas. Se arriesgaba a lo peor, a ser cazado o incluso aniquilado. Estaba solo. Solo con su esperanza. Pero así son nuestros corazones, nos llevan a cometer grandes locuras, es el poder del amor.

Con la angustia de la imprudencia, llegó sin más problemas que un grupo de extraños que esquivó en unos callejones.

De nuevo las estrechas y crujientes escaleras. El olor a moho se mezclaba con el potente hedor a ajo. Tocó a la puerta y ésta no tardó en abrirse. Excéntrica, como la primera y última vez que se vieron, la bruja Madame Kannack le saludó, con una gran sonrisa.

- Sabía que eras tú, pequeño Ronnie. - dijo. Y sin más palabras, retrocedió, camino a su pequeño habitáculo.

Ron la siguió, intrigado y más impaciente que nunca.

- Lo he traído. - dijo, cuando se le cortó la voz.

La estancia había cambiado. Mantenía su color rosado, sin embargo, en el centro de la sala, entre humos, se distinguía un caldero hirviendo. Ron la miró con extrañeza.

- ¿Qué es eso? Yo...

- Es nuestra bola de cristal. - sonrió ésta con una enigmática y misteriosa sonrisa con sus gruesos labios color rojo.

Y ante la mirada de duda del pelirrojo, añadió:

- ¿Quieres encontrarla¿Sí o no?

Sus ojos hablaban por él.

- Por supuesto.

- Bien. Ven aquí.

Ambos se situaron alrededor del caldero. La madame batía el agua. Dentro del caldero comenzaban a formarse remolinos, que se tornaban de un color rojizo.

- Espíritus...venid.

Ron la observaba, en silencio, confiaba en ella. En el mismo momento en que la madame colocó sendas manos sobre la mezcla, la poción cambió de color, se hizo más oscura, tendiendo al marrón.

- Espíritus, venid para ayudarnos. Espíritus, venid, os necesitamos. Espíritu de la pérdida, ven.

Al instante, cogiendo a Ron por sorpresa, vació un líquido desconocido sobre el caldero y éste provocó una explosión de luz en la habitación.

- Espíritu de la vida, ven.

La luz volvió a brotar del interior.

- Espíritu del amor, ven. Espíritu del sacrificio, ven. Espíritu de la bondad, ven. Espíritu del encuentro, ven.

La luz había seguido aumentando, alzándose en la habitación cada vez más. Ron se veía envuelto en ella. La superficie del caldero, en contraste, era totalmente negra. Negra, oscura como un abismo.

- Escuchadnos, espíritus, escuchad nuestra plegaria. Escuchad al bien que os clama. Escuchad al alma y llevadnos por el camino de la luz entre las tinieblas.

El abismo pareció vibrar y asentir. Ron estaba asombrado, casi hipnotizado. La bruja sonreía, con los brazos abiertos.

- Mostrádnoslo, espíritus. Muéstranos el camino. Muéstranos a Hermione.

En ese instante, Ron, con el jersey de Hermione entre las manos, lo dejó caer en el caldero. Cayó como una piedra en un río. Entonces, las ondas comenzaron a expandirse y de la negrura, brotó la claridad. El caldero no era otra cosa, que un espejo.

Y, al fin, la vio. Sí, era ella. Veía su rostro, sus ojos ausentes, el gesto triste, la derrota y desesperación en su cuerpo. Abrió la boca, pero no puedo hablar, quiso tocarla, pero estaba inmóvil, paralizado totalmente. Tragó saliva. Era ella, tan cerca y tan lejos. Alzó la mano¡estaba ahí¡Le miraba! Quiso llamarla, tocarla, abrazarla...pero la madame se lo impidió.

- Ve entre las sombras.

Poco a poco, Hermione se desvanecía y Ron, sentía en el corazón una fuerte congoja. De nuevo el miedo a perderla. En el espejo surgía una nueva imagen. Se reflejó en él un camino. Unas montañas. Un río. Un castillo.

- No lo reconozco... no sé¡no sé dónde está!

- Shh... - le calló la bruja, serena.

Entonces, tragando su ansiedad, lo vio. Oxidado. Muerto. Vacío.

- ¿Ahora¿Lo ves ahora?

Y, en el suelo, en ese suelo gastado de la oxidada vía...un cartel cuarteado por el abandono y el paso del tiempo: "Camino de las Montañas".

- Es...la casa de los fantasmas. - dijo, iluminado.

- No, - susurró Madame Kannack - es el Castillo de las Sombras.

Necesitaba encontrarla. Sabía dónde podía estar, ella se lo había dicho. Es sorprendente cómo la desesperación nos hace olvidar el miedo. Eso nos demuestra que el ser humano es capaz de todo con tal de sobrevivir. Eso era ella, un animal tratando de evitar la muerte. Se detuvo al observar que había obstáculos. El camino era peligroso, pero, tenía que llegar. Giró, de nuevo, se veía perdida entre tantos pasillos idénticos. Rezó todo lo que sabía, rezó, imploró.

Era su oportunidad. Su única oportunidad. "Creo que es aquí", se dijo. Miró en derredor y, temblando, abrió la puerta. La habitación estaba en silencio, entró. No había nada ni nadie, sólo la bañera vacía y su imagen en todos los espejos de aquel baño terrorífico donde era imposible no encontrarse. No estaba, Lavender no estaba. Tenía que mirar en otro de los baños. Debía estar allí.

Iba a salir cuando, de repente, el pomo tembló y ella, aterrada, se escondió tras la puerta. Se mordió la lengua y cerró los ojos. "Por favor, por favor, por favor...". No oía nada, estaba sorda, muda, muerta. Oyó como la puerta se cerraba y abrió de nuevo los ojos. No había nadie. Respiró hondamente, sintió tantas ganas de llorar y gritar, que creyó que se le rompía la garganta. Pero no, resistiría todavía.

Esperó unos segundos y, con valentía, abrió la puerta. Salió y entró en el baño siguiente. Tampoco estaba allí. En el siguiente, Dios, en el siguiente tenía que estar. De nuevo, abrió la puerta y salió. Entonces ocurrió, un guarda se cruzó con ella. Se le heló el sudor de la frente e hizo lo único que podía hacer. Llorar.

- Por favor, ayúdeme...por favor... - suplicó. - No puedo soportarlo, me duele...me duele muchísimo...

Estaba llorando, su cara estaba inundada de lágrimas, lloraba y su voz era desgarradora. El guarda la cogió por los brazos.

- Por favor...

- ¿Qué dices?

- Aquí...es aquí... - dijo señalando su vientre. - por favor...

Una puerta se abrió, y una voz se alzó tras su llanto.

- ¿Qué ocurre¿Hermione, qué te duele?

- Aquí...aquí...Dios, creo que he vuelto a sangrar, después de tantos meses...

- Oh...

Era ella, Lavender, era ella. Hermione siguió llorando, pero su dolor ahora estaba invadido por el alivio, la había encontrado.

- Yo te ayudaré. Por favor, - habló Lavender. - será sólo un instante, necesita lavarse y ponerse una compresa de...

- ¡Basta! - gritó el guarda. - Tienes cinco minutos. Cinco minutos. - dijo asqueado. - ¿Quién es tu responsable?

- Es...Malfoy, Draco Malfoy. - sollozó Hermione. - Necesitaba a una mujer...yo...

- Vamos, Hermione. Cinco minutos, sólo cinco minutos. Gracias.

Ambas amigas entraron en el cuarto de baño y tras cerrarse la puerta, se abrazaron con ansiedad.

- Lavender... - sollozó Hermione. - Lavender, oh, Dios, te necesito.

- ¿Qué ocurre¿Cómo se te ha ocurrido escaparte¡Por Merlín! Qué idiotez¿cómo...?

- Lavender, escúchame, es importante. - dijo Hermione con seriedad.

Lavender calló.

- Por favor, necesito tu ayuda. Yo...necesito varias cosas. La más importante, necesito que me consigas una hierba.

- ¿Qué clase de hierba?

- Una hierba prohibida.

- Hermione...

- Lavender¿me ayudarás?

Lavender miró a su derecha. Se vio, reflejada en el espejo. Su rostro apagado, demacrado. Ya no era ella. Sólo era despojos de lo que una vez fue. Ya no le importaba nada. Nada importaba. Sobrevivir, morir... Su destino estaba marcado. Él lo había marcado. Pero, aunque ya nada tuviera sentido para ella, aún era humana, aún recordaba lo que era amar. Recordaba que una vez la quisieron, que una vez la ayudaron. Y no podía dejar a Hermione.

- Claro, pídeme lo que quieras. Te escucho.

Hermione la abrazó.

- Gracias...gracias...

Lavender sonrió.

Draco respiraba agitado. Él lo notó.

- Draco Malfoy...siempre tan frío e impoluto¿qué anda tan mal para que estés así?

El hombre rió, mostrando su sonrisa brillante, en la parte baja, donde sus dientes dorados flameaban cual bandera de oro.

- Por tu bien, espero que nada.

No podía sentarse, mientras que el hombre lo miraba burlón desde su asiento.

- Por supuesto que no, todo va sobre ruedas.

- ¿Todo? - preguntó el rubio arqueando una ceja.

Sacky rió.

- Todo.

Draco, por primera vez, sonrió, satisfecho, pleno.

- Estupendo..estupendo. Bien hecho. No esperaba menos de ti.

- Me enteré de lo de tu padre.

- Mmm...sí.

- Lo siento, era un buen estratega.

- Desde luego. -asintió Draco, sin más que añadir.

Pero tenía un sexto sentido. Si la intuición puede llamarse así. Veía la mentira en los ojos de Draco desde que entró en la habitación, la veía, clara, muy clara.

- Pensaba que no te vería en esta semana. Me habían informado que estabas muy ocupado.

- Me he convertido en un siervo leal y agradable para el Señor. Sobre todo, por mi eficacia. Me necesita y sigue sin entender muy bien..."las basuras muggles", como él las llama.

Draco dibujó una mueca de asco en los labios.

- Me repugna hablar de ello, así que no lo menciones.

- No lo puedo creer. ¿Todavía con la doble moral, Malfoy?

Draco fulminó a Sacky con su mirada de acero.

- No me perdones la vida, Draco. Sólo el Señor lo ha hecho y sólo a él me debo. Contigo puedo ser sincero. ¿Crees que soy estúpido?

- En absoluto.

- Soy un sangre sucia, pero no ciego, ni sordo. Aunque, - sonrió. - ya sabes que puedo ser mudo.

Draco sabía que Sacky siempre apostaba fuerte. Era el riesgo de contar con él.

- ¿De qué hablas? Ve al grano.

- Malfoy, no me hagas reír diciendo que te repugnamos. Porque estás jugándote el cuello por una sangre sucia, Malfoy. Conmigo no tienes que fingir, ni inventar más mentiras de las que ya tienes a tus espaldas.

- No oses...

- ¿Qué¿Desconfiar¿Decir la verdad, quizá? Estás jugando con fuego, Malfoy. Y no es una amenaza, sino una afirmación. Vas a quemarte.

- Tú y yo hicimos un trato¿no es cierto?

Sacky suspiró, asintiendo.

- Pues cierra entonces la puta boca.

- He cumplido. Te toca mover ficha.

Draco, se había ido alterando cada vez más. Casi temblando, abrió el cajón de su mesa y le entregó una llave, que Sacky casi arrancó de sus manos.

- Según los informes, murió el día once junto a su madre. Cambia su nombre, la cara...incluso la voz. Y no me traiciones, Sacky. Porque entonces lo haré yo.

- Descuida, Draco. Descuida.

- Vete. No es bueno que te vean.

Draco abrió la puerta pero Sacky se la cerró.

- ¿Y Alanis?

El rubio contuvo la ira que le crecía dentro.

- No aguantó.

En los ojos de Sacky, desapareció cualquier brillo de alegría pasada y, se tiñieron de gris.

- Está en vuestra sangre, Sacky. - apostilló Malfoy. - Sois débiles.

Sacky estuvo en silencio unos segundos que parecieron eternos.

- Mírate, Malfoy, - dijo el hombre con rudeza. - no soy yo quien ha matado a su padre porque está loco por una sangre sucia. Puedo ser débil... - sonrió. - pero no soy tan cobarde.

Los dos hombres se miraron, retándose. Finalmente, Sacky volvió a su gesto burlón.

- Si necesitas algo, avísame, Draco. Ya sabes, pega un silbidito. Siempre es un placer hacer negocios contigo. Que tengas un buen día.

Y sin más palabra, salió, dejando a Malfoy con un sabor amargo.

Soplaba un viento frío. Los árboles se agitaban, deformando su reflejo nocturno en la sombra del agua. El rumor de aquel silencio, chocaba contra el cristal empañado.

Él se removía entre las sábanas, jadeando, atrapado en el sueño. Nuevamente el acecho de sus miedos invadiendo sus noches con grotescas pesadillas. De repente, se despertó sobresaltado. Estaba empapado en sudor y su corazón bombeaba con avidez, casi saliéndosele del pecho. Intentó tranquilizarse y se enderezó, observando la ventana.

- Ha sido sólo otra pesadilla, sólo eso, nada más.

La serenidad tardaba en llegar, no era nada nuevo todo lo que ocurría. Noche tras noche luchaba contra los demonios que no le dejaban en paz, ni siquiera entonces. Sin embargo, no podía impedir que el sentimiento de ansiedad y temor se le repitiera. Como siempre, llegado a ese punto, se aferró a sus recuerdos, a los maravillosos recuerdos de las etapas de su vida donde había sido plenamente feliz. Entonces sonreía, recordando sus aventuras con Ron y Hermione, las largas tardes donde el estudio y los retos competían contra los partidos de quiddich y las partidas de ajedrez que Ron no se cansaba de ganar nunca.

Y entonces, al recordar a los que le querían y a los que quería, su mente y su alma acudían a ella. Siempre en ese momento eterno del desvelo, cuando las fronteras entre la realidad y el deseo, son simplemente humo.

Ginny y su sonrisa, Ginny y su pelo rojo fuego, Ginny y la seguridad de que todo estaba bien porque estaban juntos. Ginny: paciente, divertida, risueña y directa. Apasionada, cómplice, soñadora.

Harry se sonrió a sí mismo y la imaginó durmiendo en el Cuartel, agotada tras todo el día de esfuerzo. Lo que no imaginaba es que ella, insomne, pensaba en él, justo en ese preciso instante, detenido en su tiempo.

- Quiero que esto acabe.

Se echó de nuevo en la cama. Le dolían los brazos y las piernas. Por suerte, se había acostumbrado al dolor de cabeza permanente. El entrenamiento era duro y no había descanso. El tiempo corría en su contra. Cada segundo aprovechado o desaprovechado, eran puntos para su bando o para el contrario. La presión, era máxima.

Envuelto en su silencio, todo le parecía grande, difícil, oscuro. No podía negar que tenía miedo, mucho miedo. Y, se negaba a tenerlo. No podía, no podía sentirlo. Tenía que ser fuerte. En esas noches de incertidumbre y soledad, más que nunca echaba de menos tener a Ginny a su lado, a Ron, a Hermione, a Dumbledore...

De nuevo, rodeado de recuerdos, le recorrió una extraña sensación por todo el cuerpo. Cerró los ojos. No sabía qué ocurría.

- Harry, no lo estás.

Abriendo los ojos, buscó la voz.

- No estás solo. Yo estoy contigo.

Entonces, le vio. Alto, mirándole fijamente, con los ojos llenos de infinita ternura.

- No puede ser... - dijo Harry, sintiendo seca su garganta. - Sirius...

Su padrino sonrió. Vestía de blanco, de los pies a la cabeza. Su cabellera negra y sus ojos azulísimos.

- ¿Cómo estás, Harry?

El ojiverde no tenía palabras. Tenía un nudo en el estómago y unas inmensas ganas de llorar y abrazar a su padrino.

- Ey, muchacho, eres grande. Estoy muy orgulloso de ti. Todos lo estamos.

- ¿Cómo...?

- Shh... escucha, no es malo tener miedo. Es normal. Nos pasa a menudo a todos. No te sientas culpable por ello.

- Sirius, yo...no sé si estoy preparado. Y no puedo fallar. No puedo. ¿Y si...?

Siriu se acercó hasta la cama donde Harry le miraba, atónito, asombrado, pletórico.

- No te hagas preguntas que no puedes responder sin temor a equivocarte. Sólo los cobardes buscan excusas para huir de sus responsabilidades. Y tú sabes que no lo eres.

Su padrino se sentó a su lado. Harrry, eclipsado, no movió ni un músculo.

- La luz nace de las tinieblas. De ahí donde tú te encuentras, aflorará la señal que te mostrará el camino, Harry.

- Pero Sirius, hay que detener a Voldermot cuanto antes...no puedo retrasar esto por más tiempo.

- Hay que saber esperar. - ambos se miraron. - Esperar el momento. Las prisas no son buenas amigas ni del amor ni de tomar decisiones.

Entonces, se levantó y le miró cariñosamente.

- Ahora, duerme. Ese ogro no te dejará descansar mañana. Tienes que dar lo mejor de ti mismo.

Harry se puso en pie.

- Sirius, no te vayas, por favor. No quiero perderte otra vez.

- Jamás me perderás, jamás.

El muchacho abrazó al merodeador. Sintió la protección de su padrino, la calidez del abrazo humano que tanto anhelaba. Sólo Sirius podía conseguir hacerle sentir eso. Le necesitaba.

- Tú eres una parte de todo lo que has encontrado en tu camino. Yo estoy en ti, como tú en mí, Harry.

Sollozando, con esa amarga intuición de la pérdida, Harry le abrazó con fuerza.

- No os decepcionaré, Sirius, lo juro.

- Lo sé, lo sé. Vales más que tus miedos.

Y, cuando Harry volvió a abrir los ojos, Sirius se había desvanecido. ¿Sueño¿alucinación? Asomándose a la ventana, el chico contempló de nuevo su soledad. Pero, en la acera intuyó movimiento. Era un gran perro negro caminando seguro, adelante. Entonces, sonrió. Ya nunca más volvería a sentirse perdido.

Por fin había tomado una decisión definitiva.

Prisa, le había dicho la Madame. Prisa. Hermione le necesitaba. Regresó al Cuartel una vez más. Había aprendido a ser escurridizo. Cogió algunas cosas importantes para el viaje. No podía esperarles. Era lo único que no tenía, tiempo.

Nadie se fiaba de él. Todos le tomaban por un crío, por un niño pequeño e inmaduro. Nadie le reconocía. Nadie.

Estaba harto de esperar, harto de guardar la esperanza y aferrarse al recuerdo, una y otra vez. No podía más, la necesitaba. La espera, la impaciencia, le mataba, cada día un poco más.

La casa estaba en silencio, pero él notaba las respiraciones de todos. Ninguno podía dormir bien a causa de los miedos. Por ello, se cuidó de hacer algún ruido, pues entonces le descubrirían.

Cuando terminó de recoger sus cosas, buscó un papel y escribió una nota.

Después bajó las escaleras intentando que no se escuchase el más leve crujido, en dirección a la puerta.

Fue entonces cuando su corazón le dio un aviso. Giró la cabeza y dio un respingo. Había alguien allí. Intentó vislumbrar en la noche. Apretó su varita, dispuesto a sacarla. Pero, la familiaridad le avisó que no había nada que temer.

Era su hermana. Ginny dormía abrazada a un cojín en el sofá. Se veía tierna y cansada. Ron tuvo deseos de llegar hasta ella y besarle la frente. Pero se contuvo. Retuvo la imagen en su retina y, con pesar y anhelo, dio media vuelta.

Salió del Cuartel y respiró el aire de una noche que rozaba su final. Tenía que ser rápido. Cogería el tren y llegaría hasta la última parada. Después, seguiría a pie. A pie hasta llegar a su destino.

La casa se fue haciendo más y más pequeña mientras él se alejaba.

Era tarde. Tarde para muchas cosas. Pero siempre es mejor llegar tarde que nunca.

La figura avanzaba. Conocía su destino y no tenía miedo. Le acompañaba la seguridad de la libertad, de la libertada ansiada, por la que había pagado un alto precio.

Dentro de la casa, Minerva McGonagall se preparaba un café. Había dormido sus dos horas rutinarias y, le era imposible volver a conciliar el sueño. No escuchó nada mientras dejaba caer el azúcar en la taza humeante. Movió el café con una cucharilla y, tras vuelta y vuelta, se lo llevó a los labios.

- Hola.

Del sobresalto, la taza cayó de sus manos. Milagrosamente, no estalló en el suelo. Se detuvo en el aire y regresó al mueble. La bruja se giró, empuñando su varita contra lo desconocido.

Sin embargo, de su boca no salió ningún hechizo, sino un gemido de sorpresa.

- Jonathan...

- Hola, Minerva. Sentimos haberte asustado.

Ella abrió la boca y negó rápidamente con la cabeza.

- No te preocupes...

Entonces se fijó en ella. En la niña de los ojos azules, como el cielo.

- Madeleinne...qué grande estás.

Sacky sonrió, Madeleinne no dijo nada, sonrojada. En ese segundo, Minerva se percató de algo:

- ¿Dónde está Alanis, Jonathan?

Como respuesta, el silencio, y la ausencia.

- ¿Una galleta? Tiene trocitos de chocolate, eh.

La niña arrugó la nariz pero la sonrisa de la pelirroja la animó a coger una de las galletas redondas de la bandeja.

- Bien hecho. ¿Ricas, verdad?

Madeleinne asintió tímidamente, Ginny le guiñó un ojo.

- ¿Te gustaría dibujar?

- No creo que sea conveniente, Jonathan, no es un buen momento.

La Weasley, oyendo la conversación de la habitación contigua, hizo aparecer hojas en blanco y lápices de colores encima de la mesa.

- ¿Por qué no dibujamos una casa?

Aprovechó para cerrar la puerta.

- Está mal, entendedlo. Es una noticia muy fuerte.

- Minerva, le necesitamos. - exclamó Lupin. - Además, no nos perdonaría que se lo ocultásemos, debe saber la verdad. La conocerá, tarde o temprano, queramos o no.

- Por Merlín, ya sabéis lo que ocurrió cuando creyó que erais leales al que no debe ser nombrado. No puedo ser partícipe de esta locura.

- Minerva, tú eres su amiga desde hace años. Y bien le conoces. - apostó Moody. - Justo lo que más necesitamos es la rabia de Severus. No más mentiras.

La profesora se levantó, mirando a través de la ventana. Llovía, como toda la semana había llovido. Como había llovido desde que empezó toda la guerra. Anhelaba que todo aquello acabase de una buena vez. Y con razón o sinrazón, sabía muy bien lo que había que hacer.

- Está bien. - admitió, bajando la vista. - No más mentiras.

Había dormido bien. No sabía cómo ni por qué. Cuando Draco regresó, lo hizo apagado y sobrio. Ella se hizo la dormida y, cuando despertó, el rubio apenas le dirigió la palabra.

Hermione pidió una ducha y Malfoy le dijo que la mañana siguiente podría bañarse tranquilamente. Ahora estoy cansado, dijo. Y de esta forma, se tendió junto a ella en la cama, la abrazó y en pocos segundos se quedó dormido.

Ella hizo lo mismo.

Al despertar, él seguía durmiendo. Hermione se giró para ponerse cara a cara. Acarició la mejilla blanca del mortífago, dibujó con sus dedos su mandíbula y siguió hacia sus labios.

Entonces Malfoy despertó.

- ¿Qué haces?

Hermione cerró la mano y bajó la vista.

- Lo siento, no quería…

Sintió como las manos del rubio apretaban su cintura.

- …molestarte. Yo…me desperté y te vi y…

- ¿Quieres bañarte?

Hermione sonrió.

- Por favor.

- Tengo que arreglar unos asuntos y voy a estar todo el día fuera.

- ¿Todo el día? - dijo con voz apenada.

- Así es. Pero cuando vuelva, vamos a hacer algo especial¿de acuerdo?

- Lo que tú quieras.

- Quiero que te pongas preciosa¿entendido? Preciosa. Ya he elegido la ropa.

Hermione asintió, al tiempo que se enderezaba un poco y se mojaba los labios. Malfoy la acarició, acercándola a él. La olía, la sentía. Hermione cerró los ojos y se dejó.

Él besó su cuello. Ella temblaba por dentro. A veces temía que todo aquello se le escapase de las manos.

Tumbado en la cama, no le vio llegar, pero lo presintió.

- ¿Quién está ahí?

- Hola, Severus. ¿Qué tal te encuentras?

Fue como salir de golpe de un sueño. Sintió como la electricidad de los recuerdos recorría todo su cuerpo.

Esa voz.

- Jonathan… - tragó saliva. - ¿Jonathan?

Jonathan Sacky se acercó a la cama, hasta que Severus pudo observar a ciencia cierta que no había sufrido ninguna alucinación, todo aquello era real. Era él.

- ¿Qué haces aquí?

- Es difícil de explicar…Severus. Pero tengo muchas cosas que decirte.

El hombre intentó enderezarse, pero Sacky se lo impidió.

-Estás débil, no debes hacer esfuerzos aún…

- Déjame en paz, soy bastante mayor para obedecer órdenes de nadie.

- Siempre el mismo carácter… -sonrió. – Como Alanis.

- ¿Dónde está mi hija?

Sacky enterró la cabeza y suspiró.

- La han matado.

- ¿Qué? No.

Entonces Jonathan Sacky contuvo el aliento y las ganas de llorar por todo el dolor y la injusticia. Lo contuvo y miró fijamente a Severus Snape.

- Y por eso, estoy aquí.

La mirada es el espejo del alma. Y los ojos de Sacky estaban teñidos de rojo.

- Quiero venganza.

El rojo de la ira.

He vuelto. Lo sé. Parece un milagro pero es real. Lo siento mucho, de verdad. Este capítulo me ha costado la vida misma y no estoy contenta con el resultado, os lo confieso, pero me veía en la obligación de publicar o de estancarme para siempre en este punto.

Mis planes se van cumpliendo según lo trazado y todo va en buen camino. Como veis, los enigmas parecen ir resolviéndose, a la par que surgen nuevas complicaciones.

Hermione y Draco: esta relación sé que os estará mareando¿qué opináis¿qué creéis? Me interesa, me interesa. ¿Qué me decís de la actitud de Hermione¿y el extraño comportamiento de Malfoy¿Qué sienten nuestros protagonistas?

Ron: ¿encontrará el pelirrojo a Hermione¿le encontrarán a él¿Ha sido una locura, una inmadurez hacer lo que ha hecho o un acto de amor?

Jonathan Sacky: La historia de este personaje se conocerá al completo en el próximo capítulo. Sé que ha quedado un poco raro, pero será clave para el futuro de la historia. ¿Os sorprende¿os gusta¿os parece una locura?

Harry: una amiga que quiero mucho me pidió la presencia del gran Sirius Black en esta historia. Lo prometido es deuda. Aquí tienes la sesión Sirius Black, corta pero intensa. ¿Qué pensáis de Harry¿confiáis en él¿será capaz de afrontar su gran responsabilidad¿está preparado?

Lavender: ¿ayudará a Hermione¿qué le habrá pedido ésta?

La Orden¿cuál será su próximo movimiento¿qué le ocurre a Tonks¿descubrirán qué planea Voldemort¿qué pensáis vosotras¿qué maquina el Lord Tenebroso?

Bueno…no os miento si digo que estoy deseando desvelaros todos estos secretos y, os aseguro, que no vais a tardar tanto en saberlos, ya que el próximo capítulo está muy adelantado (y lo digo en serio!!) y, será, impresionante, os lo aseguro (palabrita de Lira Garbo :P).

Muchísimas gracias a todas, de corazón, me habéis dado ánimo, apoyo, tirones de oreja (merecidos) pero sobre todo, siempre, en todo momento, me habéis hecho sentir que teníais confianza y deseo en que siguiera con la historia, aunque hubiera pasado mucho tiempo. Y una vez dije, y lo afirmo, que nunca dejaré una historia a medio terminar. Eso sería cobarde e imperdonable. Así que, otra vez, siento el retraso, pero…¿mejor tarde que nunca?

Para cualquier cosa que queráis, reviews, emails, messenger…vuestro apoyo es fundamental y sois las inspiradoras de cada capítulo. ¡Gracias, gracias, gracias!

Os veo muy pronto en el siguiente capítulo, ya 23.

Os quiere

Lira Garbo

A quien dices el secreto das tu libertad.

Fernando de Rojas



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