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Equilibrio
por Karoru Metallium
Disclaimer: Yu-Gi-Oh pertenece a Kazuki Takahashi y Konami, sólo lo uso para divertirme y sin fines de lucro. Las situaciones presentadas en este fic que no pertenezcan a los ya mencionados, son propiedad intelectual de "Karoru Metallium". Si no respetas eso, serás pateado.
Este capítulo, además de fluff, contiene algo de acción y no soy buena escribiendo eso, quizás es una de las razones por las cuales me tardé y sigue sin satisfacerme... luego se pone demasiado reflexivo. Espero que a alguien le guste XD
Capítulo XXIII
La batalla final
Yami avanzó decidido hasta el lugar en el que yacía el cuerpo inmóvil de su amante; su corazón latía con fuerza, como si quisiera salírsele del pecho. No sabía muy bien qué hacer ni qué esperar, sólo contaba con el instinto que seguramente lo llevaría a hacer lo correcto, y tenía la certeza de que no iba a permitir que Seto luchara solo. No quería la soledad ni el sacrificio del joven, por muy preciados que le fueran.
La atmósfera opresiva apenas si le permitía avanzar, y perdió unos segundos preciosos tratando de alcanzar su objetivo; cuando al fin lo logró, se arrodilló a su lado y levantó la cabeza castaña, apoyándola en su regazo con delicadeza y tocando el rostro pálido con dedos vacilantes. La piel de Seto estaba tibia y respiraba con normalidad, pero el faraón no sabía por cuánto tiempo más iba el joven a ser capaz de resistir el doble esfuerzo de luchar con su alma y mantener su cuerpo con vida.
Trató de alcanzarlo mentalmente, y aunque el bloqueo de sus pensamientos continuaba, pudo sentir la agitación y la determinación que guiaban las acciones de Seto en la lucha; así también como una parte del feroz castigo que el joven estaba soportando. Cerró los ojos y se retrajo al plano espiritual, esforzándose por mantener su mente clara y limpia; se encontró de pie en un recinto de paredes blancas, frente a un gigantesco muro de piedra gris detrás del cual se escuchaban los sonidos espantosos de una lucha a muerte.
- Escúchame, Seto, suplicó.
- No permitiré que ella te haga daño.
Las palabras, fieras y determinadas, resonaron en su mente aumentando su desesperación... y sí, llenándolo de cólera e indignación. Una mezcla de sentimientos que ya le era entrañablemente familiar, porque había sido una de las pocas constantes durante años en su relación con Kaiba.
- ¿A costa de tu propia vida? Es eso lo que planeas hacer, morir y llevar Merit contigo?
- Lo que sea que tenga que hacer para que ella desaparezca y tú vivas, lo haré.
- Idiota. ¿Crees que podré... o querré vivir sin ti? Crees que soportaré otra vida sabiendo que te he perdido? No puedes tomar la decisión de arriesgar tu vida sin considerar mis sentimientos! No puedes ser tan imbécil, ni tan egoísta!
Sintió la agitación - y el enojo - de Kaiba ante la dureza de sus palabras, pero no cedió ni un paso en su empeño.
- ¿Egoísta? Yami...
- Los dos somos tercos. No queremos ceder, pero esto... es nuestra vida la que está en juego - resuelto, abrió su mente ofreciendo al joven la oportunidad de traspasar el muro que había creado. Pero tal y como era de esperarse, Seto se resistió - Ven!
- ¡No!
- ¡Deja ya de comportarte como un mocoso necio, maldita sea! - bramó Yami al fin, avanzando hacia el muro con decisión, y en un instante de sorpresa la figura de Seto se materializó ante sus ojos, como un obstáculo entre él y el muro. Por momentos no pudo articular palabra, silenciado por el asombro y el terror al pensar en el enorme esfuerzo que implicaba para el joven proyectarse allí al mismo tiempo que luchaba y mantenía su cuerpo con vida.
Sin embargo, junto con la figura soberbia de su amante, también hizo su aparición el dolor de cada herida en su alma... y era un dolor terrible, que parecía imposible de resistir. Sin embargo, Kaiba lo soportaba con toda la fuerza de su terquedad... todos esos esfuerzos lo llevarían a la muerte una vez que la energía que los alimentaba se desvaneciera. El faraón no podía perder la oportunidad de hacerle comprender lo que tenían que hacer por el bien de ambos.
- No quería que sintieras esto, imbécil - gruñó el joven de mala gana, al darse cuenta de que Yami no diría nada.
- Te lo agradezco, eres muy amable pero no necesito que me protejas del dolor. Al menos, no del tuyo. - ripostó con ironía, recuperando el habla.
- Y ahora que estás donde querías, qué carajo planeas hacer? - la pregunta, hecha en un tono casual, hizo que la ira de Yami creciera hasta casi ahogarle por momentos; pero un ramalazo de dolor brutal estremeció a los dos y lo distrajo del insulto que estaba a punto de soltar. Merit atacaba con saña y eficiencia.
- Sólo hay una manera de vencerla. Tenemos que luchar juntos.
- Y la pregunta del millón es... cómo?
- Tienes que confiar en mí.
- Creí que ya lo estaba haciendo.
- No, no lo estás haciendo. No confiabas en decirme lo que ocurría para que pudiéramos enfrentarlo juntos; no confiabas en mí para apoyarnos. Éste es el duelo definitivo en el que nos jugamos la felicidad y la vida. Hemos esperado tres mil años; te he amado toda la vida, todas las vidas, y no nos perderemos de nuevo. No lo permitiré.
Pudo sentir la oleada de sentimientos que descendió como un bálsamo sobre las heridas del joven, tan claramente como si esos sentimientos fueran los suyos. Porque lo eran.
- Y... qué hacemos? - preguntó Seto luego de una pausa, llenando de alivio y de absurda alegría al faraón. Era probable que nunca le dijera que lo amaba, pero lo sentía y eso era más que suficiente para él... al fin hablaba en plural, incluyéndolo, admitiendo que no estaba solo, que necesitaba de alguien... que lo necesitaba a él.
- Déjame entrar en ti, entra en mí. Acéptame como lo que soy: la parte de ti que ha estado perdida en la oscuridad tres milenios. Por favor, Seto - suplicó - hazlo antes de que sea demasiado tarde para ti. Si tú mueres, yo moriré de pena y tu sacrificio será inútil.
El joven avanzó hacia él, sus largas piernas devorando la distancia entre ambos en un par de zancadas hasta alcanzarlo y envolverlo en un abrazo potente, enérgico, casi brutal; sin palabras, sus pensamientos se derramaron sobre Yami como una ardiente y magnífica cascada. Su corazón se abría por completo ante el faraón entregando sus tesoros, el amor y la confianza tanto tiempo relegados y ocultos, pero jamás olvidados.
- ¿No te parece irónico? - la voz de Kaiba estaba teñida del acostumbrado sarcasmo, pero era suave, como si indicara que sus palabras no tenían la intención de herir - Aquí estoy, a punto de morir, y sólo puedo pensar en lo mucho que quiero vivir para hacerte el amor de nuevo, una y otra vez, hasta que no sepa dónde termina mi ser y dónde empieza el tuyo...
Yami sintió que se estremecía de excitación a pesar del predicamento en el que se hallaban. Trató de no pensar que quizás él tenía razón, que alguien como Seto Kaiba sólo podría ser capaz de expresar abiertamente sus sentimientos más íntimos si sentía que la muerte se acercaba.
Apartó ese pensamiento funesto de su mente con decisión.
- Cuando esto termine, lo haremos... prométeme que estaremos juntos cuando esto termine, Seto. Júralo.
- Mira en qué clase de lío estamos metidos y sé realista por una vez. ¡Sabes que no puedo jurar semejante cosa!
- Al menos prométeme que lo intentarás con todas tus fuerzas. ¡Promételo!
- Está bien. Lo prometo…
Sin alboroto alguno, como si fuera lo más simple y natural del mundo, el muro cayó y los poderes de los dos finalmente se fusionaron.
"¿Qué sucede, Yugi? Qué está pasando?" - la voz preocupada de Mokuba le recordó que no estaba solo, pero le faltaba mucho para saber lo que en realidad estaba ocurriendo. Sólo podía aventurar conjeturas que parecían imposibles; pero la ansiedad del chico lo impulsaba a hacer algo por intentar confortarle, así que apretó su mano.
"No lo sé. Supongo que Yami va a intentar fusionar sus poderes con los de Kaiba." - dijo quedamente.
"¿Es eso posible?" - preguntó el adolescente, dubitativo.
"Yo creo que sí; aunque imagino que sólo Yami lo sabrá con certeza. Por todos los cielos, Mokuba: estamos presenciando una batalla de almas en el cielo, un dragón contra una serpiente, el bien contra el mal. Hemos visto zombis, posesiones por un espíritu malvado; hemos comprobado la extensión de los poderes de la bruja. Qué más quieres? Crees todavía que estas cosas no pueden ocurrir?"
"Tienes razón," - el chico suspiró - "lo que se me hace difícil es creer que mi hermano acceda a fusionar sus poderes o algo así. Ya sabes lo terco que es."
"Yami es tan terco como él, o más. Sólo él puede lograr convencerle."
"Lo sé." - murmuró, y por un momento los dos se quedaron en silencio, mirando de nuevo hacia el cielo. Cada vez se hacía más evidente que el hermoso dragón herido llevaba las de perder, y la mano de Mokuba apretó la de Yugi casi hasta hacerle daño.
Pero él, aunque temía por los dos, no dudaba que Yami lograría convencer a Kaiba para que dejara a un lado su actitud ferozmente individualista, la desconfianza patológica creada por años de lucha, sufrimientos y vejaciones. No era una tarea fácil, pero Yugi sabía lo que había en el corazón del indomable faraón, el amor sin límites que le profesaba al joven y la fiera determinación que lo guiaba en su búsqueda de la felicidad que sólo iba a lograr con él.
... el problema radicaba en que lo consiguiera antes de que fuera demasiado tarde para ambos.
"¡Mira, Yugi! Mira!"
La exclamación de Mokuba, que ahora tiraba de su mano con entusiasmo casi infantil, lo hizo enfocar de nuevo la mirada en la lucha que tenía lugar en las alturas. Lo que vio lo dejó sin aliento y encendió en su ser la llama de la esperanza: las heridas del dragón parecían sanar de pronto, y la iridiscente blancura de sus escamas daba paso a un resplandor casi dorado, que hacía desaparecer incluso el color negro de sus alas. Y entonces el majestuoso ser se desasió del brutal abrazo de la serpiente con una fortaleza y agilidad increíbles, arremetiendo seguidamente contra ella.
"¿Lo ves? Te dije que Yami lo lograría." - murmuró, emocionado.
No... no una máquina. En esos momentos el poder que compartían nacía de aquello que el uno veía en el otro cada vez que se miraban a los ojos: pasión, salvaje e impredecible, excitante e incontrolable. La nueva certeza de un sentimiento que había sobrevivido a milenios de separación y soledad. Y para no perder eso, Kaiba era capaz de pelear hasta la muerte.
- ¡Vamos a acabar con ella! - el tono agresivo de Yami tenía un dejo casi sanguinario, y a pesar de lo grave de la situación Kaiba sintió ganas de reírse ante el atrevimiento y la seguridad de las que el jodido enano hacía gala – Te atreves a reírte de mí?
- Sí, Su Majestad – repuso, burlón - No lo puedo evitar. Eres la mar de gracioso.
El repentino acceso directo a la energía de Yami lo había impactado vigorosamente, y aunque todavía sentía el dolor de las heridas recibidas - heridas que ahora se cerraban rápidamente - la curiosa sensación de poder embriagador se imponía sobre cualquier otra percepción. Cuando sus garras alcanzaban a la serpiente, abriendo en la piel negra enormes surcos que rezumaban un líquido viscoso, se sentía casi invencible...
No era una sensación tan increíble, poderosa y única como la que había experimentado la noche anterior al unirse al faraón en cuerpo y alma, pero se le acercaba mucho. El torrente de poder en su sistema era como una droga que anulaba sus inhibiciones, que lo hacía querer reír, gritar---
- ¡Contrólate, Seto! - la voz del faraón en su mente sonaba a medias irritada, y a medias resignada.
- ¿Porqué? Esto es muy divertido...
- Ella no va a rendirse tan fácilmente. ¿O crees que lo que estamos haciendo basta?
Para variar, el soberano tenía razón: a cada momento, la serpiente parecía hacerse más rápida y alcanzarla se hacía más difícil. Cuando intentó atacarla con su aliento de fuego, la bruja lo esquivó con facilidad, moviéndose tan velozmente que parecía estar frente a ellos en un momento y a varios metros de distancia en el siguiente; se escurría como el agua, deslizándose dentro y fuera del alcance de sus ataques.
- ¿Qué pasa, faraón Seth? - los bramidos del monstruo sonaban casi a burla - Eres muy lento. Tres mil años de inactividad te han dejado inútil?
- ¿Inútil? - repitió Kaiba, ofendido - Te mostraré cuán inútil soy... - gruñó lanzándose al ataque en un movimiento inesperado, tomando por sorpresa a la bruja cuando una de sus garras se clavó en la monstruosa cabeza, arrancando un trozo enorme que incluía a uno de los venenosos ojos verdes. La serpiente dejó escapar un alarido escalofriante, sorprendentemente femenino a pesar de lo cavernoso de su voz, y se retiró con espantosa velocidad a una distancia calculada para que el dragón no pudiera alcanzarla en un solo lance.
La maldita podía teletransportarse, prácticamente...
En una decisión conjunta, sin pensarlo demasiado, lanzaron un ataque definitivo. Un bramido infrahumano los ensordeció y la serpiente comenzó a agitarse violentamente, su piel negra poniéndose extrañamente tirante, como si el monstruo quisiera expandirse más allá del límite que sus dimensiones le imponían. Era como si estuviera a punto de estallar.
Parecía que al fin lo habían logrado. La serpiente ahora se estremecía con estertores claramente agónicos, hinchada y cada vez más monstruosa.
Kaiba comenzaba a alegrarse - absurdamente, claro, porque no olvidaba que buenos momentos solían durarle muy poco - cuando los anillos de la serpiente se cerraron de nuevo en torno a ellos con una velocidad asombrosa en un monstruo que parecía estar al borde de la destrucción, y se sobresaltó al adivinar con aplastante claridad lo que la bruja pretendía. Merit, desesperada por el odio en su agonía, quería que murieran con ella...
Justo como Kaiba había planeado hacer con ella en el caso de que no pudiera vencerla solo - lo que había estado a punto de ocurrir - la bruja había tenido la brillante idea de arrastrarlos en su muerte.
- ¡Yami! - advirtió, más que alarmado.
- Lo sé. ¡Concéntrate!
Ambos aplicaron todas sus fuerzas tratando de zafarse del mortal abrazo, pero todos sus intentos probaron ser inútiles. De pronto, la voz cavernosa e inhumana de Merit emergió de nuevo de las profundidades de la masa negruzca que era la serpiente, llena de locura y de odio.
- Ya no podrás regresar a la vida, Atem. Desapareceré, pero tú y tu asqueroso amante también perecerán. Me parece que al final... ésta es mi victoria.
- ¡NO! - la rotunda negación brotó de lo más profundo del ser de Kaiba con la fuerza de un cañonazo. Sintió que se ahogaba, que perdía el control sobre sí mismo, que todo el mundo a su alrededor se contraía hasta que sólo existían ellos dos y la presencia malévola y asfixiante de Merit, que su energía se concentraba en un solo punto denso y candente.
- ¿Qué haces? Contrólate! No utilices toda tu energía! Seto!
La desesperación en la voz del faraón era clara en su mente, pero Kaiba ya estaba más allá del punto en el que podía detenerse, enfocado sólo en el poder acumulado dentro de su ser. Y entonces lo liberó, unido al de Yami, llevado sólo por su intenso deseo de acabar de una vez y por todas con la amenaza que se cernía sobre sus vidas.
El ataque fue brutal y lo drenó completamente. No alcanzó a ver lo que sucedía, pero sintió cómo la presencia malévola de Merit desaparecía de su percepción, y su satisfacción no tuvo límites antes de perder el conocimiento.
Yugi tardó un minuto en reaccionar, boquiabierto como estaba a la luz de lo que acababa de suceder frente a sus ojos. Cuando volvió a la realidad y se aseguró de que Mokuba estaba a su lado y bien - aunque algo atontado y con el rostro ennegrecido - se puso de pie y corrió hacia donde se encontraban Seto y Yami, sintiendo el frío del miedo correr por sus venas.
Llegó hasta ellos y se inclinó sobre Yami, quien se encontraba caído encima de Kaiba; levantó su cabeza, buscando el pulso en su muñeca. Tuvo un momento de terror al no sentirlo, pero suspiró con alivio unos segundos después al percibir su respiración, lenta y acompasada; el temor había impedido que sintiera su pulso. Estaba tan concentrado en el faraón que apenas registró el momento en el que Mokuba se arrodilló frente a él y comenzó a buscar signos vitales en el cuerpo de su hermano; sólo lo miró al escuchar su sorprendido jadeo.
El chico estaba blanco como una sábana bajo las manchas que el polvo negro había dejado en su piel, y los ojos azulgrises resaltaban enormes y asustados en su rostro.
"¿Mokuba?"
"No respira, Yugi. ¡Seto no está respirando!"
"Espera. Cálmate. Déjame ver." - parecía increíble lo poco que le costaba tratar de tranquilizar al muchacho, cuando unos minutos antes él mismo estaba tan enfermo de pánico que no había sentido el pulso de Yami.
Con cuidado hizo rodar a Yami y lo dejó tendido en la hierba. Entonces comenzó a examinar sumariamente a Kaiba.
En efecto, el joven no estaba respirando, y el comprobarlo casi le provocó otro ataque de terror; pensó que probablemente había sido demasiado para Kaiba, que quizás no viviría... la sola idea lo hizo temblar. Yami parecía encontrarse bien, pero era obvio que no viviría sin él. ¿Y qué sería de Mokuba? A Yugi le había espantado la noticia de que el testamento lo nombraba tutor del chico, pero no había tenido tiempo de reflexionar sobre ello; ahora, con la muerte de Kaiba como una posibilidad cierta, no se sentía capacitado para cuidar del adolescente como su hermano lo había hecho desde que era un bebé.
¿Qué pasaría si Kaiba no sobrevivía a ésta?
Todos estos pensamientos cruzaron por la cabeza del pequeño ex duelista en segundos, antes de que respirara hondo y tratara de controlar el pavor que se había apoderado de su ser, en beneficio de todos y principalmente del chico que lo miraba asustado. El cuerpo de Kaiba estaba aún bastante tibio, con una temperatura normal aunque su corazón tampoco parecía estar latiendo. Tenía que calmarse e intentar todo lo que sabía, tratar de recordar lo que había aprendido en los cursos de primeros auxilios en la escuela, y lo principal era lograr que volviera a respirar; cada segundo que pasaba sin hacerlo podía causar una lesión cerebral.
Con cuidado inclinó la cabeza del joven hacia atrás, recordando que debía asegurarse de que las vías estuvieran despejadas antes de tratar de aplicar el masaje cardio-pulmonar. Entonces situó sus manos a la altura del esternón de Kaiba y comenzó a comprimir, alternando cada quince golpes de presión con respiración boca a boca, soplando con fuerza, tratando de insuflar aire en sus pulmones. Estaba tan nervioso que en algún momento sintió la risa histérica burbujear en su pecho al ocurrírsele que quizás a Yami no le gustaría saber que su hikari estaba besando - al menos técnicamente - a su novio; pero logró controlarse justo a tiempo para continuar. Tras un par de minutos que parecieron infructuosos, de pronto el pecho de Kaiba se elevó por sí solo y comenzó a respirar, si bien en una forma débil y angustiosa; el pulso también se recuperó, aunque algo errático.
Bien. Ahora tenían que hacerlo llegar a un hospital, y tenía que ser rápido.
"Ya respira. ¿Llevas el móvil contigo?" - cuando el chico asintió, tembloroso por el temor, prosiguió en el tono más práctico y tranquilizador del que disponía - "Llama a un médico, una ambulancia, lo que sea. Necesitamos ayuda médica, pronto. Vamos, muévelo!" - lo urgió.
El jovencito pareció despertar del estupor parcial en el que estaba sumido, y se afanó llamando a todas partes. Yugi respiró con algo de tranquilidad al ver que por lo menos estaba distraído... no quería que Mokuba percibiera su temor ante el hecho de que, mientras Yami parecía simplemente dormido de puro exhausto, Kaiba parecía estar sumido en la misma inconsciencia profunda que había afectado a Tea y a Odion. Mientras se dedicaba a la prosaica tarea de retirar el cetro del Milenio del cuerpo del joven y esconderlo bajo su su suéter, teniendo cuidado de no herirse en el proceso, se preguntó vagamente si las susodichas víctimas de Merit habrían regresado a la normalidad ahora que la bruja había sido vencida. Quitó el rompecabezas del cuello de Yami y lo colgó en torno al suyo propio, descubriendo que había extrañado el peso de la pieza contra su pecho.
El dinero hacía maravillas: en menos de diez minutos, un helicóptero de Kaiba Corp aterrizaba en el claro bañándolos de polvo, y personal entrenado bajaba de él portando camillas para trasladar a los caídos. La actuación de los paramédicos fue veloz y eficiente, y en un santiamén todos estuvieron a bordo del helicóptero, Yugi y Mokuba asegurados en sus asientos observando cómo Yami y Seto eran conectados a diversos equipos médicos, para luego ser examinados por el que parecía el jefe de la cuadrilla. Ansiosos esperaron mientras éste ordenaba para Kaiba oxígeno y un goteo de suero con sustancias cuyos nombres no alcanzaron a identificar, antes de volverse hacia ellos.
"Sólo puedo aventurar un diagnóstico preliminar, señor Kaiba." - advirtió seriamente, y Yugi se sobresaltó un poco antes de recordar que en efecto tenía al otro 'señor Kaiba' a su lado, y obviamente el tipo debía dirigirse al que juzgaba su jefe antes de hablar con alguien más - "Ese joven se encuentra estable," - dijo sucintamente el paramédico, señalando a Yami - "sólo parece necesitar de mucho descanso e hidratación. Su hermano, sin embargo, parece haber sufrido algún tipo de shock y no responde a ningún estímulo... al menos de momento."
"¿Qué quiere decir?" - demandó Mokuba, su voz aguda por el pánico.
"Se encuentra en coma. Al menos eso es lo que se desprende del diagnóstico preliminar; no conocemos las causas ni la profundidad, eso sólo podrá decirlo su médico después de realizarle las pruebas necesarias."
El adolescente palideció, evidentemente devastado por la noticia. Yugi se estremeció: no era la primera vez que Kaiba pasaba por una situación así, aunque en aquella lejana ocasión el coma había sido provocado por la propia obstinación del joven y por el castigo que Yami le había impuesto al perder en el Juego de las Sombras; había tardado seis meses en despertar después de armar su alma hecha pedazos, y eso sólo porque Mokuba se encontraba en peligro en manos del memorable maniático que era Pegasus J. Crawford. Pero, en cierto modo, aquella había sido una situación 'controlada', un coma artificial, sin causa física aparente...
Sólo podían rogar porque esta vez fuera igual, aunque Yugi no lograba sacudirse de encima el desagradable presentimiento de que no era así.
"Yugi. Yugi." - jadeó el muchacho de pronto, con un hilo de voz, una vez que el paramédico volvió a ocuparse de sus pacientes - "¿Qué vamos a hacer? Qué voy a hacer?"
"Cálmate." - trató de imprimir a su voz una serenidad que no sentía - "Esperaremos a ver qué dice su médico, tal y como se espera que hagamos; entonces ya pensaremos qué hacer. Lo importante es que vive."
"¡Pero está grave! Fue horrible cuando sucedió la primera vez, pero de alguna manera sabía que Seto regresaría, que no estaba perdido para siempre. Ahora... ahora no tengo esa seguridad."
La perspicacia del chico lo sorprendió: acababa de dar voz a los temores que él mismo sentía, a las dudas que la situación y los recuerdos sembraban en su alma. Y estaba tan aterrado como él, o más.
"Está resistiendo, Mokuba. Es un luchador, y terco como nadie; no va a morir." - luego de una pausa, espoleado por la desesperación patente en los ojos azulgrises, aseveró - "Yami no lo permitirá."
"¡Pero Yami no está en condiciones de ayudarle! Qué podría hacer?"
"Tenemos que esperar y rogar... es lo único que nos queda."
El jovencito se encogió en su asiento y un silencio lleno de preocupación se asentó entre ambos. Tardaron apenas minutos en llegar a la clínica privada en la que Tea había estado internada al principio, antes de ser trasladada al caserón que compartían Ishizu y Shadi, y de inmediato se llevaron a Kaiba para someterlo a una batería de pruebas, el paramédico jefe asegurándole a Mokuba que el médico personal del joven ya se encontraba en el lugar para atenderle.
A instancias de Mokuba, que trataba de mantener el tipo y distraerse ocupándose de los detalles, una vez que Yami fue oficialmente diagnosticado y medicado lo trasladaron a una habitación privada que - con la salvedad de las modernas camas de hospital - parecía la suite presidencial de un hotel cinco estrellas. El faraón fue instalado en una de las camas, con la otra lista para recibir a Kaiba no bien saliera de peligro y entrara en fase de recuperación. Si es que lo lograba...
Ya que no había nada más que pudieran hacer, se sentaron en silencio en el cómodo sofá cerca de la cama en la que reposaba Yami; en algún momento Yugi cabeceó, hipnotizado por el lento goteo de la intravenosa colgada junto a la cama del faraón, y cuando volvió a levantar la cabeza y miró su reloj, se dio cuenta de que se había pasado dormido las últimas dos horas. A su lado, Mokuba roncaba ligeramente, la alborotada cabeza apoyada en su hombro... el temprano despertar, la tensión y las emociones vividas, le estaban pasando factura y se encontraba agotado.
Yugi no tuvo corazón para despertarle y ni siquiera intentó cambiar de posición; pero de todos modos el muchacho despertó con un sobresalto cuando un doctor, al que Yami recordaba vagamente haber visto en alguna ocasión, entró casi sin hacer ruido en la habitación. El médico esperó a que Mokuba se sacudiera el sueño de los ojos antes de dirigirse a él, con la gravedad que la situación requería reflejada en su rostro amable.
"Joven Mokuba," - resultaba evidente que era el médico de cabecera de ambos hermanos, a juzgar por el grado de familiaridad que utilizaba al hablar - "de nada servirá que trate de suavizar la situación, así que seré claro. Su hermano se encuentra en quirófano en estos momentos, y si no he venido antes a avisarle ha sido porque me encontraba supervisando la operación." - cielos, sonaba terrible - "Ha sido una suerte que contáramos con uno de los mejores neurocirujanos del país... hemos podido operarle inmediatamente para detener la hemorragia cerebral. Sin embargo, se encuentra aún en coma y con respiración asistida, y aunque ha salido del peligro inmediato de muerte, su estado continúa siendo muy grave."
"¿Hay... hay alguna esperanza?" - preguntó el jovencito, después de casi un minuto de silencio.
"Todas, joven Mokuba. Pero no queremos crearnos falsas expectativas: el joven Seto se encuentra grave. Podría despertar en horas, o en semanas, o simplemente podría no hacerlo. Incluso si despierta podría no ser el mismo... aunque los signos de actividad metabólica cerebral son reducidos debido al coma, parece no haber ningún daño; pero debemos recordar que tuvo una hemorragia y eso por sí solo es bastante delicado. Sólo lo sabremos con certeza cuando despierte, si es que lo hace."
"¿Puedo... verlo?" - el doctor le miró con simpatía.
"Ahora deben estar sacándole del quirófano para internarlo en la Unidad de Cuidados Intensivos. Una vez que lo instalen allí, usted podría..."
"¿No podrían traerlo aquí?" - le interrumpió el muchacho, ganándose una mirada sorprendida por parte del galeno - "Digo, si necesitan las máquinas de Cuidados Intensivos podrían simplemente traerlas aquí..."
"Por supuesto, si ése es su deseo..."
"Así lo deseo, y sé que también sería el deseo de mi hermano." - dijo con claridad, mirando hacia la cama en la que Yami seguía tendido, pálido e inconsciente. El doctor siguió su mirada, y luego de un momento la luz de la comprensión pareció encenderse en el fondo de sus ojos oscuros. Era posible que hubiera deducido al menos en parte el porqué Mokuba deseaba que su hermano estuviera lo más cerca posible del faraón, que para el médico era sólo un desconocido; pero si fue así, actuó con la discreción debida al reservar para sí sus pensamientos y simplemente se limitó a asentir.
"Tengo entendido que este joven ha sido traído junto con su hermano, y que estuvieron en el mismo accidente." - comentó, acercándose a la cama de Yami y revisando atentamente la historia médica contenida en la carpeta de metal.
"Así es." - repuso Yugi, metiendo baza al ver que Mokuba no tenía intenciones de contestar.
"Según sus estadísticas vitales se encuentra muy deshidratado y tiene un cuadro de agotamiento y estrés agudo... pero no es nada grave, va a estar bien cuando haya descansado..."
"No lo había pensado antes... pero espero que estén manteniendo a la prensa fuera de esto." - la voz del chico sobresaltó a ambos: de pronto tenía cierto dejo de dureza puramente empresarial, el tono de un hombre de negocios acostumbrado a mandar, que le recordó a Yugi el dicho popular de 'quien lo hereda, no lo hurta'. No en balde era el hermano menor de Seto Kaiba.
"El traslado y la internación han permanecido en secreto. Muy pocos sabíamos que el paciente que esperábamos era el joven Seto, y los que estamos enterados ciertamente no hablaremos."
"Le agradezco que permanezca alerta. A mi hermano no le gustaría que una noticia como ésta se filtrara a los medios."
La lucha espiritual había drenado también su fuerza física, dejándolo debilitado y adolorido. Y si él se encontraba en ese estado, Seto debía hallarse aún peor, cortesía de su increíble terquedad y su irritante manía de sacrificio...
¡Seto!
La luz hirió sus ojos al tratar de abrirlos, pero eso no lo disuadió de intentar incorporarse; sin embargo, su cuerpo no respondió más que a medias y el dolor lo hizo ver todo negro por momentos. Entonces, como guiado por el instinto, giró sólo la cabeza hacia un lado y lo vio.
El tiempo pareció quedar suspendido en el instante en el que sus ojos se fijaron en el perfil inmóvil y apenas discernible de Seto, sin poder pensar y sin lograr interpretar lo que veía. Una especie de cortina de plástico transparente lo separaba de la otra cama que estaba rodeada de aparatos; un tubo de plástico salía de la boca del joven y se conectaba a una de las máquinas, su cabeza estaba vendada, y lo poco que se podía ver de su piel aparecía mortalmente pálida. Yami sintió que no podía respirar ante la enormidad del terror que lo invadió, y aún tardó unos momentos en controlarse lo suficiente para cerrar los ojos e intentar comunicarse mentalmente con el postrado joven... sin éxito.
Sin embargo, podía sentirlo y eso tranquilizó un poco la ansiedad que le atenazaba. Estaba inconsciente, por eso no podía responderle... en ese instante terrible había temido que lo que veía a su lado fuera simplemente el cascarón vacío de su amante, desprovisto de alma y perdido para siempre.
Abrió los ojos de nuevo, tratando de calmarse: Seto vivía, eventualmente se recuperaría... y cuando lo hiciera, el faraón iba a patearle el trasero, por egoísta y por necio.
"¿Yami?" - la voz de Yugi lo sobresaltó, y al girar la cabeza hacia el otro lado lo descubrió de pie junto a su cama, con el rostro contraído por la preocupación - "Cómo te sientes? Estás bien? Yami!"
"Seto..." - logró articular, sintiendo el peso de la impotencia y la rabia. Quería hablar con él. Quería, necesitaba mirarse en sus ojos, discutir con él, escuchar su voz.
"Cálmate. No desesperes, y no te muevas mucho, que estás deshidratado y te están poniendo suero. El doctor hay dicho que tiene posibilidades de recuperación, no tienes que..."
"¿Posibilidades? Qué...?" - la indignación y el temor lo llevaron a intentar incorporarse de nuevo, con el mismo resultado de antes: nada. Yugi aspiró con fuerza antes de responderle, y eso no hizo más que aumentar sus miedos.
"Yami, su estado es muy delicado. Le han operado, comprendes? Tuvieron que abrir su cabeza para detener un sangrado interno, y eso no es cualquier cosa.”
“¿Que tuvieron que…? Por Ra! Es por eso que no puedo comunicarme con él?”
“No lo sé, Yami; está en coma, eso significa que no está consciente y no sabemos cuánto tiempo pueda durar esa situación. Ya hace varias horas que lo operaron y aún no reacciona… hay que tener paciencia y esperar."
"¿Paciencia?"
¡Por Ra, pedirle paciencia! Tener paciencia cuando el ser que más le importaba yacía allí, inmóvil e inconsciente, sin que la tecnología, la magia de esta era, pudiera darle la certeza de que se recuperaría…
Tenía que recuperarse. Nadie mejor que él para superar todos los obstáculos, para luchar contra la adversidad.
Kaiba siempre había representado para él el triunfo del espíritu humano, con su forma tan particular de enfrentarse a la vida con uñas y dientes. Siempre lo había hecho sentir vivo con su mera presencia, incluso cuando para él era sólo una sombra, el "otro" Yugi. Se habían acercado el uno al otro con cada enfrentamiento, y al renacer en este mundo Yami había descubierto que ya no quería luchar, que habían alcanzado el lugar y el momento en el que ya no existía la diferencia entre amigos, rivales y amantes.
Y cuando al fin lo habían logrado, el terco joven se había dejado llevar por su impulsividad y su manía de sacrificio, abrazando a la muerte en un desesperado intento por preservar la vida de Yami, sin pensar que esa vida sería inútil sin él. Ahora yacía en un lecho frío, rodeado de máquinas que vigilaban sus signos de vida, sumido en una inconsciencia de la cual quizás no regresaría.
Seto se escurría como el agua entre sus dedos, se desvanecía, podía perderlo... otra vez.
Y el cuerpo reaccionaba naturalmente en medio de sus angustias, reclamando una necesidad: la de ir al baño. Demasiado preocupado como para sentir vergüenza, luego de hacerle entender sucintamente a su hikari que el llamado de la naturaleza era urgente, se dejó hacer pasiva y silenciosamente por una enfermera en la que ni siquiera se fijó. Cuando la mujer salió de la habitación, la ya familiar figura de cabello alborotado de Mokuba se materializó junto a Yugi. Tenía los ojos enrojecidos, y el cansancio y la angustia se notaban en sus facciones, a pesar de lo determinado de su expresión.
“Yami… me alegra ver que estás mejor.” – dijo, aunque se notaba el esfuerzo que hacía por mantener la calma.
“Mokuba. Dime que se va a recuperar. Por favor.” – suplicó con voz ronca, irreconocible por la emoción.
“Está luchando, Yami. Estoy seguro de que está luchando.” – dijo el muchacho lentamente, pero la incertidumbre era clara en sus ojos azulgrises y eso bastó para desanimar aún más al soberano.
“Déjenme un momento. Se los suplico.” – susurró, cerrando los ojos.
Escuchó el suspiro del joven antes de sentir que se alejaba de la cama, aunque permaneció en la habitación. No sabía qué hacer, sólo podía intentar despertar a Seto de su profundo sueño, una y otra vez a pesar de que en su actual estado las fuerzas le abandonaban.
Sin intentarlo, y sin poder evitarlo, retazos de una de sus vidas pasadas comenzaron a invadir su mente cada vez que intentaba comunicarse con el joven. Cosas que realmente no había recordado antes…
Hathor, la morada del halcón, la jaula del alma… la madre de los egipcios, patrona de los placeres de la carne, de la alegría, la música y el amor. Mientras una parte de su mente se concentraba en la oración, solemne y respetuosamente, la otra se preguntaba porqué le había llegado precisamente ese recuerdo y no otro, cuando antes Seto había tenido que decirle dónde estaban para aclarar su memoria.
Un leve sonido a sus espaldas le avisó que no estaba solo; pero casi de inmediato tuvo la certeza de que se trataba de Seth, y como no podía percibir ninguna otra presencia en las cercanías, se tranquilizó.
Supo de pronto que recordaba ese pequeño templo porque lo había visitado con su sacerdote varias veces, poco antes de su muerte, por muchos motivos. Y entre ellos el más importante, además de escapar de la atmósfera opresiva del palacio y de la culpa que sentía por encerrar a su hermana-esposa Merit, era el poder estar a solas con Seth aunque fuera sólo unas horas.
Apenas un par de guardias de palacio los acompañaban en esas salidas, de las que sólo estaban enterados los demás sacerdotes guardianes; el faraón se sentía seguro con Seth, y si los llevaba era por cumplir una formalidad, ya que de todos modos se quedaban a una distancia prudencial del templo mientras ellos estaban dentro. No era un templo frecuentado, sólo algunos habitantes del pueblo cercano venían a visitar a la diosa y mantenían el lugar.
Terminó de orar y se volvió hacia su sacerdote, con una sonrisa que no fue correspondida.
El rostro bronceado lucía tan impasible como de costumbre, pero la mirada azul parecía perdida, como si el alma de su dueño vagara por lugares remotos a los que el faraón no podía llegar.
“Seth.” – le llamó con suavidad, incorporándose y caminando hacia el joven, que le miró con sorpresa y sacudió la cabeza como queriendo espantar algún pensamiento ingrato, pero permaneció arrodillado en el suelo de piedra en actitud respetuosa. Incluso bajó la cabeza para no mirarle directamente a los ojos.
“Su Majestad.” – repuso automáticamente, y el faraón meneó la cabeza, en un gesto reprobatorio.
“Estamos solos, Seth. Te pedí que cuando estuviéramos a solas dejaras de lado las formalidades.”
“No vas a cambiar en unos días lo que a mis maestros les tomó años meterme en la cabeza, Atem.” – dijo, luego de unos instantes de silencio.
El faraón no pudo evitar el estremecimiento que le provocaba siempre el sonido de su nombre en la voz de Seth, y suspiró al comprender el justo razonamiento de su sacerdote. Pero eso no impidió que su mano tomara con delicadeza el mentón del joven y levantara hacia él aquel rostro bello y orgulloso.
“Lo sé. Pero al menos mientras estemos aquí, en el poco tiempo que nos queda juntos, quiero que hagas un esfuerzo por recordar que eres mi igual y mi amor. El único, por siempre y para siempre.”
Sintió en sus dedos el temblor que recorría el cuerpo de Seth, y en su boca el calor de sus labios cuando se estiró para robarle un beso dulce y breve, antes de que sus brazos le rodearan la cintura y lo apretasen con fuerza contra él. Entonces el sacerdote ocultó el rostro en los pliegues de tela que cubrían el pecho del soberano, inhalando profundamente, como si al respirarlo quisiera absorber no sólo su aroma, sino su cuerpo entero.
“No soporto pensar en el día en el que ya no estés a mi lado.” – murmuró confusamente, y el faraón acarició sus cabellos cariñosamente, las palabras de amor y de consuelo atoradas en su garganta. Después de todo, sabía que no habría consuelo posible para el sufrimiento que el hombre al que amaba tendría que soportar, como no lo había para él al pensar en dejarle.
Antes que ellos dos y lo que sentían, por inmenso que fuera, estaban la vida y la seguridad de todo el pueblo de Egipto. Y no había otra forma de lograrla más que a través de su sacrificio, para sellar los poderes de la oscuridad. Nadie más que él podía hacerlo.
“No puedo creer que los dioses sean tan crueles, Seth. Prefiero pensar que hay una razón para mi sacrificio, y que de alguna forma no te perderé, ni me perderás. Prefiero pensar que hay algo más allá del juicio sagrado, algo más de lo que nos dice la tradición de la muerte. No me importa que suene a blasfemia, porque los dioses saben que no hay más que respeto por sus decisiones en mi corazón… pero prefiero pensar que estaremos juntos, de alguna manera.”
“Yo… simplemente no puedo pensar.” – confesó el sacerdote, sin levantar la cabeza – “Siempre has tenido ese efecto en mí… ocupas todos mis pensamientos al extremo que me resulta difícil concentrarme en mis deberes, cumplir con mis obligaciones.”
“Sin embargo, pocas veces he tenido motivo para quejarme de tus actos. Así que no te preocupes… disimulas muy bien.” – dijo sonriendo, aunque la tristeza se apoderaba de su corazón. El momento en el que tendría que partir se acercaba con aterradora velocidad, y no había nada que pudieran hacer para detenerlo o evitarlo.
“¿Cómo podré vivir sin ti?”
“Con valor. El valor y la fuerza, el coraje que necesita el pueblo de Egipto en su gobernante. Tienes que ser fuerte por mí, Seth, cuando yo ya no esté… te pido mucho, lo sé, pero también sé que puedes dar lo que pido.”
La desesperación del joven sacerdote era patente en la forma en la que su cuerpo temblaba sin control al aferrarse al del faraón, en el gesto temeroso de su rostro oculto en los pliegues de la túnica de su soberano, en la insólita ansiedad que hacía su voz más ronca de lo usual.
Uno de los hombres más fuertes de Egipto, tanto física como espiritualmente, amenazaba con derrumbarse frente a los ojos de su faraón, ante la perspectiva de perderlo. Seth tenía miedo, y eso llenaba de dolor a Atem.
“¿Me juras que habrá otra oportunidad, Atem? Puedes jurarme que lucharás para que volvamos a estar juntos? Quiero tener esperanza, como la tienes tú. Quiero poder pensar que tu muerte no será el fin.” – nunca había sido tan directo y tan sincero como ahora, diciendo las palabras que el soberano no esperaba escuchar jamás. Los fuertes brazos bronceados se apretaron con más fuerza alrededor de la cintura del faraón, hasta que la presión se hizo casi dolorosa; era como si quisiera dejar su impronta en el alma del otro, sin saber que ya era parte de él – “Habla, Atem. No me digas lo que quiero escuchar. Dime lo que tu corazón te dice.”
“El corazón me dice que volveremos a estar juntos,” – le dijo, confiado a pesar de sus miedos – “los dioses lo permitirán.”
“Entonces yo tendré el valor que necesito para enfrentar todo esto.” – al fin levantó la cabeza y lo miró, los brillantes ojos azules suplicando comprensión – “Tendré el coraje para ser el gobernante que Egipto necesita, y para estar a tu lado en el momento en el que tengas que partir.”
El faraón vaciló ante esas palabras. No quería que Seth sufriera el dolor de tener que oficiar la ceremonia junto con los demás sacerdotes… si bien los artículos del Milenio eran necesarios para llevarla a cabo, no se requería que todos los sacerdotes estuvieran presentes. Ya habían perdido a Mahado, después de todo, y el soberano quería evitarle por lo menos la agonía de la ceremonia al ser que más quería.
Sabía que tenía que encontrar la manera de que Seth no formara parte de los oficiantes durante la ceremonia. Pero por ahora se concentró en la única esperanza que lo mantenía el pie y con ánimos de cumplir con su destino: la de un futuro juntos.
“Si volvemos… cuando volvamos a encontrarnos,” – se corrigió con decisión – “quiero que me prometas que me escucharás. Que dejarás a un lado tu rebeldía, tu independencia y tu terquedad para escucharme cuando te llame, cuando te necesite.”
“No tienes que pedirme eso…”
“Sí, tengo que pedírtelo.” – sonrió tristemente – “Ambos sabemos cómo eres, Seth. Siempre serás así, y siempre te amaré tal como eres… por eso tienes que prometerme que escucharás.”
“Lo prometo. Pero… tú tienes que prometer que estarás allí, y que también escucharás mis palabras.”
La escena se disolvió ante los ojos de Yami, que pronto dejó de sentir el calor del abrazo de su sacerdote. No tardó mucho en formarse otro cuadro frente a sus ojos: el de muchos soldados formándose para una batalla en medio de un inmenso campo verde. Los recuerdos de Henry, esta vez…
“Iré a formarme con Brandon.” – la voz de Christian resonó a su lado, y él se volvió a mirarlo: sólo sus brillantes ojos azules y su aristocrática nariz eran visibles, ya que al igual que él llevaba puesto el yelmo y resplandecía en su armadura.
“¿No queréis avanzar a mi lado?” – preguntó Henry, fingiendo sentirse herido. El joven le lanzó una mirada oblicua en la que indicaba que se había dado cuenta de que andaba con ganas de fastidiar.
“No es el momento de andar provocando más rumores entre la tropa, Henry. Deben estar enfocados en el ejército que se aproxima, no discutiendo si voy a vuestro lado o no, y porqué. A veces parecéis olvidar quién soy, que no formo parte de vuestras filas, y que jamás me aceptarían como uno de vuestros soldados… y mucho menos como uno de vuestros amigos.”
“No lo olvido.” – su tono se había vuelto serio – “Sólo quisiera que no fuera así.”
“Yo también lo quisiera.” – repuso Christian luego de un instante de silencio, sin mirarle – “Pero la realidad es como es y tenemos que aceptarla.”
“Ciertamente no quiero que terminéis en boca de todos como mi favorito, como bien dijisteis una vez…” – suspiró, y el otro joven se removió en su soberbia montura, inquieto.
“En esa ocasión… me sentí acorralado, y dije lo primero que se me vino a la cabeza. No era mi intención insultaros.”
“Pero lo hicisteis. No sé qué pensabais en ese momento, Christian, pero espero que a estas alturas sepáis que no sois para mí un juguete, ni un capricho. Sois la persona más importante en mi vida.”
“No digáis eso.”
“¿Porqué no habría de decirlo? Pensar en vos, veros, estar con vos, son cosas que me hacen feliz como nunca lo había sido en la vida. Es importante para mí saber que estáis bien. Quisiera que fuerais feliz, sé que nunca lo habéis sido…”
“Eso no es cierto.” – le interrumpió el joven de los ojos azules, sorprendiéndole.
“¿Qué parte de lo que he dicho no es cierto?”
“Que nunca he sido feliz. No es cierto.” – le miró de frente, sin parpadear – “Los momentos que he pasado con vos han sido los únicos momentos felices que he vivido desde que perdí a mi madre y a mi hermana. Vos sois la persona más importante en mi vida, Henry Tudor.”
El aludido se estremeció hasta los huesos. Era una declaración de amor en toda regla, y más de lo que nunca hubiera esperado por parte del estoico mercenario. Por alguna razón, en lugar de alegrarse, se sintió invadido por oscuros presentimientos. La declaración sonaba como una despedida…
Yami no quería presenciar la muerte de Christian. No quería.
“Prometedme que os cuidaréis.” – barboteó, y vio que la confusión se apoderaba de la mirada azul.
“He estado en otros campos de batalla, Henry, en muchos más que vos. Sois vos quien debéis prometerme tener cuidado.”
“¡Prometedlo!”
El joven suspiró.
“Como gustéis. Lo prometo. Ahora voy a formarme con Brandon, ya sea que lo queráis o no.”
“Idos. ¡Y recordad lo que prometisteis!”
Los ojos del futuro rey siguieron a la gallarda y reluciente figura que manejaba con extraordinaria habilidad aquel enorme caballo negro, mientras avanzaba por el campo, sintiendo que un extraño peso le oprimía el corazón. Debía concentrarse en la batalla que estaba a punto de librar, pero no podía evitar pensar en el extraño y desdichado joven que se había convertido en el centro de su vida. No podía evitar preocuparse por él.
Yugi acudió a su lado no bien intentó moverse.
“Yami.” – la voz suave y conciliadora sonaba algo ronca, y el faraón abrió los ojos para encontrar el amable rostro cansado del pequeño ex duelista – “Estaba preocupado por ti, otra vez has estado dormido muchas horas… el doctor dijo que era normal, pero no pude evitar preocuparme; no es normal para mí que alguien pueda dormir tantas horas con un suero pegado y sin tener ganas de ir al baño.” – terminó por decir, sonriendo levemente.
La frase estaba pensada para darle una apertura sin que tuviera que pedirlo, así que el faraón asintió y cuando la enfermera entró se dejó hacer con la misma pasividad y silencio de la vez anterior. Una vez aliviado de sus necesidades y escrupulosamente limpio – puesto que la enfermera le había proporcionado además un baño de esponja esta vez – se quedó inmóvil echado en la cama, pensando furiosamente en una manera de despertar al durmiente.
No duró mucho rato pensando, porque Yugi le interrumpió lo más discretamente que pudo.
“No quiero molestarte, Yami, pero Ishizu y Shadi están aquí, y ella quiere verte. ¿Puedo hacerla pasar?”
El faraón en realidad no quería ver a nadie más que a Seto Kaiba consciente y hablando, pero su deber hacia sus súbditos y amigos se impuso a sus deseos y abrió los ojos.
“Está bien, Yugi. Dile que puede pasar.”
Transcurrieron sólo unos momentos antes de que la egipcia, envuelta en una rica túnica púrpura, hiciera acto de presencia junto a la cama de Yami.
“Su Majestad.” – saludó formalmente, haciendo una reverencia. Sus ojos brillaban y eso bastó para que Yami presintiera que al menos de su lado, había buenas noticias.
“Ishizu. ¿Cómo se encuentran tu hermano y Odion? Y Tea?”
“Tea aún está inconsciente, pero mejora. Odion y mi hermano están bien… recuperándose. Todo gracias a usted y… gracias a Kaiba, también.” – su mirada se fijó por un momento en la cama cercana, en la cantidad de máquinas rodeando la figura postrada del joven, y luego volvió a fijarse en el soberano, con preocupación.
“Era mi culpa, en primer lugar. No hemos hecho nada más que tratar de reparar un poco el daño que hice… y ya ves, Seto ha pagado el precio por mí.” – sin poder soportar lo que decía, apartó sus ojos de la resplandeciente egipcia y los fijó en el techo. Su voz tenía un dejo amargo.
Un silencio preñado de angustias descendió sobre la habitación, antes de que la mujer hablara de nuevo.
“Con todo respeto, Majestad, le suplico que deje de culparse por todo lo que ha pasado. Esto ha sido obra del destino, de la fatalidad… una prueba que nos fue impuesta por los dioses, que hemos superado… que superaremos.” – se corrigió.
“Con tanta palabrería vas a lograr que me ponga en contra de tus ideas sobre el destino, Ishizu. Como Seto siempre lo ha hecho.” – no pudo evitar que una sonrisa acudiera a sus labios al pensar en la formidable terquedad de su rival, amigo y amante.
“El destino existe, Majestad, aunque se nos dé la oportunidad de cambiarlo…”
“Trata de convencer de eso a Seto, cuando despierte. Porque lo hará.” – susurró, a pesar de que sentía cómo su confianza flaqueaba por momentos.
Cerró los ojos, y la voz de Ishizu llegó hasta él, un tanto confusa y lejana a pesar de la cercanía.
"Por favor, Majestad, no pierda las esperanzas. Kaiba es como Seth: no se le da bien obedecer, y rara vez escucha a los que están a su alrededor. ¿Recuerda cómo era Seth? En muchas ocasiones arriesgó su vida por usted sin pensar, llegando al extremo de ignorar sus deseos, sus órdenes inclusive... aunque le daba su lealtad y devoción sin reservas, nunca admitió que usted fuera más sabio que él. Aún hoy... insiste en desafiar la voluntad de los dioses, en enfrentarse al destino como si fuera un oponente al que puede vencer." - al escuchar esas palabras, Yami despegó al fin la mirada del cuerpo inmóvil de su amante y la fijó en ella, que había hablado con la cabeza gacha, como si reflexionara. Ishizu sintió su mirada y levantó la cabeza; sus ojos brillaban con decisión - "Una vez me hizo tragar mis palabras... por eso estoy segura de que su terquedad y su fuerza lo llevarán a demostrarme de nuevo que un ser humano puede cambiar su destino. Lo hará, por sí mismo... y por usted, Majestad."
Era el discurso más largo que jamás le oyera pronunciar a la egipcia, y le hizo pensar. Esos recuerdos… tenía que haber una razón para que hubieran venido a su mente justo esos momentos, precisamente esas palabras…
¿Qué tenían en común ambos recuerdos de sus vidas pasadas? Cuál era el hilo que los unía, que los había puesto en su cabeza en este momento de angustia en el que temía perder de nuevo a la otra mitad de su alma?
La respuesta era sencilla, y lo golpeó con fuerza.
Promesas. Juramentos.
Seto y él se habían prometido estar juntos por toda la eternidad. Se habían prometido cuidarse. Se habían prometido vivir el uno por el otro.
Seto Kaiba, como sus anteriores encarnaciones, no faltaba a sus promesas. Al menos no voluntariamente. Y del mismo modo que había sacrificado muchas cosas en su vida actual para cumplir las promesas hechas a su hermano, lucharía por cumplir cualquier promesa que hubiera hecho a un ser querido.
Y quería a Yami.
“Ishizu,” – dijo de pronto, abriendo los ojos de par en par y sorprendiendo a la mujer – “ayúdame a levantarme, por favor.”
“¡Yami!” – alarmado, Yugi se acercó de inmediato al oírle, aunque había estado algo retirado para darles un poco de privacidad – “Aún no puedes…”
“No tengo nada, aibou. Estoy sólo muy cansado y adolorido, no agonizando. Ayúdenme.”
Entre Ishizu, Yugi y Mokuba lograron ponerle de pie y cubrirle con una de las mantas, para luego ayudarle a avanzar penosamente hacia la otra cama, arrastrando el suero.
“No creo que debamos pasar de la cortina de plástico. Creo que mantiene el ambiente alrededor de Kaiba libre de gérmenes, y eso…” – asomó Yugi, dubitativo.
“Sólo iré yo. No pasará nada.” – la seguridad que el faraón logró proyectar en sus palabras fue suficiente para que le dejaran hacer, aunque con recelo. Logró dar los últimos pasos hasta la cama y levantar la barrera de plástico traslúcido con un gran esfuerzo, deteniéndose justo en el borde de la cama y sujetándose a una de las barras.
De cerca, Seto lucía aún más pálido, gracias a los vendajes que cubrían su cabeza. Sin el cabello castaño cayendo sobre sus ojos y enmarcándolas, sus bien modeladas facciones parecían las de un chiquillo; su figura imponente se veía reducida a un extremo casi patético que dolía. Yami aspiró con fuerza para llenarse de valor, y el olor penetrante del antiséptico llenó sus pulmones.
“Prometiste escucharme, y es la segunda vez que te lo pido en muy poco tiempo. También prometiste que estaríamos juntos. Me prometiste cuidarte y cuidarme. Me prometiste vivir por los dos. ¿Vas a faltar a tus promesas, Seto Kaiba?”
Lleno de esperanza, aguardó por unos momentos antes de volver a levantar la voz.
“Estoy esperando por ti, Seto. No faltarás a tus promesas, sé que no lo harás. ¿Cierto?”
La máquina que seguía con su monótono pitido el ritmo del corazón del joven, de pronto se aceleró. Las pestañas oscuras aletearon casi imperceptiblemente sobre las mejillas pálidas, espoleando la esperanza del faraón.
“Regresa a mí, Seto. Vuelve a mí, vive conmigo, como lo prometiste.”
En medio del ruido ya ensordecedor de la máquina, vio cómo los ojos azules se abrían lentamente…
N.A Seto vive, no ha pasado lo que muchos temían… eso sí, no sabemos aún en qué condiciones ha quedado. Imagino que ya muchos estaban pensando que había muerto o algo así xD: he dejado mis fics en hiatus por un tiempo, a pesar de que están escritos, por razones personales. Ya este fic en particular está llegando a su final, lo voy a extrañar…
Como no dispongo de tiempo online para responder revs vía reply, y ya algún resentido me ha amenazado con denunciarme por meterlas aquí, he dispuesto una cuenta en livejournal para responder a la brevedad las revs que me dejen. Ya en mi perfil está el link a las respuestas de las revs del cap 22 - podrán encontrarlas en fictionalk (punto) livejournal (punto) com -, y las que dejen aquí al leer éste comenzaré a contestarlas esta misma semana; dejando el respectivo nuevo enlace en mi perfil. Allí podrán ver contestadas las dudas que planteen aquí e incluso discutirlas identificándose debidamente; aunque repito, mi tiempo online es limitadísimo.