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No Hay Amor - Capítulo VII
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Después de un muy largo tiempo, la mañana llegó. Los dos estaban profundamente dormidos uno sobre el otro. Yami se estiró y bostezó con pereza incomodando al otro quien le proporcionaba calor con su cuerpo. El de cabellos plateados negó con la cabeza y talló sus ojos, el sol apenas estaba saliendo, estaba mucho más allá de su comprensión el como era posible que siempre, pasara lo que pasara, su sirviente tuviera esa extraña tendencia a madrugar cuando él hacía lo posible por darse más tiempo, así sea que faltara a asuntos importantes y cosas por el estilo. “Un rato más...” pidió el de ojos cafés a medio abrir bajándose de su compañero y acurrucándose a un lado de este.
El de cabellos rojizos sentía un gran gusto por sentir como los rallos cálidos del sol bañaban su rostro, y la agradable sensación de la brisa fresca matutina. Desde la confortable cama y envuelto entre las finas sábanas no podría apreciar eso, no obstante no estaba nada mal lo que podía apreciar en ese momento. En estos momentos ya estaría acomodándose en el balcón, sin embargo Bakura lo sujetaba por la cintura, por lo que no podía hacer eso, y no le importaba, le gustaba estar ahí tranquilo aunque estuviera despierto. Claro, lo único a lo que se dedicaba a hacer en ese momento era observar con mucho cuidado la respiración y el pacífico rostro del otro.
Sus ojos castaños se abrieron ante la frustración de no poder descansar, Yami se le quedaba viendo muy fijamente para su gusto, hasta dormido lo sentía. “Di mi nombre una vez más”. ‘No soy un niño’ pensó de mala gana el pelirrojo, su amado casi podía adivinarle el pensamiento solo con la expresión molesta que ponía apretando los labios de esa forma. “Bakura... Di Bakura”. El de ojos rojos negó bruscamente, y Bakura lo zarandeó un poco. “Hazlo”. Ya que sabía que podía hablar, el pelirrojo no tenía tanta oportunidad, tendría que terminar diciendo algo.
“Ba... Ba... ¡Basta!”. Renegó el de cabellos rojizos. “Por favor... Hazlo como a noche que gemías mi nombre... Como cuando tenías tu respiración entrecortada, como cuando te hice mío”. Las mejillas de Yami parecieron encenderse al instante. Los dos recordaban a la perfección hasta el más mínimo detalle de la noche que de manera disimulada se fue dando de tranquila a intensa, hasta llegar al instante que la cercanía de ambos los indujo a revelar sus instintos y algunos de sus profundos deseos.
“Tu eres todo para mi, y yo te quiero... No te he hecho nada... Aún así, no eres capaz de hablar conmigo”.
“Perdón... Yo no quiero disgustarlo... No hablaba desde que hice algo malo... Ayer me dolió que hablaran de mi hermano”.
“Eres como un niño chiflado, intenté de todo para hacerte hablar, y de pronto lo haces tu solo. Dime que fue lo que hiciste”. Yami negó con la cabeza, había olvidado lo que se sentía formar parte de una conversación. Bakura lo sacudió un poco esperando que reaccionara positivamente. El de menor posición se rindió, se lamentaba por nombrar a su hermano, era terrible recordar el pasado y más comentar al respecto, mas era una orden y tenía que responder. Así que se cubrió por completo con las sábanas y pegó su cuerpo al del otro, para darle una explicación.
“Yo tenía un hermano... Yuugi era como yo... Solo estando mucho con nosotros nos distinguían... Él lloraba por cualquier cosa... Era más débil, y se cansaba más rápido... Yo no sabía porque siempre tenía sueño”. Yami comenzó a recordar el barrio en el que jugaba, como cuando corrían por ahí Shizuka le ganaba a su hermano, y la forma en que ella alegremente saltaba tras sus victorias. La sonrisa tímida de Yuugi que tanto le gustaba mostrar era muy reconfortante en todas las ocasiones que la mostraba, ganara, perdiera, o hiciera lo que fuera. Bakura todavía no entendía que era lo que pasaba, no era que se impacientara demasiado por descubrir el secreto.
“Yuugi y yo... Le pertenecíamos a nuestro señor... Solo vivíamos los tres en su hogar... Lo veían de buena manera por haber aceptado a un par de niños...”. Los vecinos eran muy amigables por ahí, tenían una posición media alta, y la mayoría de muy buen ver. El pelirrojo no les ponía mucha atención, los sentía como si fueran muy extraños, como si tuvieran un vacío por dentro o no fueran del todo honestos. Pero al menos no se presenciaban conflictos.
“Yo dormía en un rincón... En un cuarto donde habían muchas cosas apiladas, cajas, no sé de que eran, pero tenían un gran tamaño y eran valiosas... Como podía trabajar más que Yuugi, eso hacía... Siempre me quedaba dormido antes... Una noche hacía mucho frío... Busqué a mi hermano...”. El espacio entre las cajas de madera no era muy cómodo, pero era el único lugar que tenía, caminó entre ellas y pasó por algunas puertas antes de llegar a su objetivo en aquella ocasión.
Los gritos de Yuugi le hicieron encontrar el camino desconocido a su gemelo. Abrió inmediatamente la puerta de madera provocando un rechinido y llamando la atención por completo. Y ahí estaba su hermano, recostado en una cama, con sus ojos rojos cansados, y ya muy agotado de tanto llorar, todavía suplicando por creer haber hecho las cosas mal. Su dueño se encontraba sobre él, los cuerpos de ambos estaban desnudos. Yami no entendió lo que pasaba, solo distinguía a su hermano en problemas. “¡Lo está lastimando!” gritó al recordar eso.
“¿Quién? ¿Qué pasó?”. Interrogó Bakura sacando de sus pensamientos al su compañero. El pelirrojo lo sujetó con fuerza, estaba aterrado moviéndose de un lado a otro sin intención debajo de las sábanas. “Mi señor... Atacaba a mi hermano... Aunque se sintiera mal nunca suplicaba... Ahí lo hacía, no paraba... Tenía miedo y temblaba... Quería bajarse de la cama... Y no estar con él forcejeando y siendo golpeado... Yo quería abrasarlo... Intenté ayudarlo... No pudo haber hecho algo tan malo... Yuugi es bueno... Perdónelo... Arreglaré lo que haya roto... Por lo que más quiera... Deténgase...”.
“Yami, soy yo... Bakura... Calma... Todo está bien...”. Atemu se mantuvo en silencio unos instantes, su amo respiró aliviado, al sentirlo más tranquilo. Comenzó a recorrer con sus manos la espalda del albino, y este le respondió con muestras de cariño, se notaba que era lo que más necesitaba en ese momento. “Traté de ayudarlo”, dicho esto se abstuvo de seguir sujetando al de ojos cafés.
“Mi señor golpeó la cabeza de mi hermano contra el muro... Yuugi hizo silencio... Tenía sangre en su rostro... Me tomó por las muñecas y me encadenó en esa misma habitación... Yo vi lo que pasaba... Y no lo toleraba... Llamé su atención con malas palabras... Dijo que me callara... Se acercó... Yo quería abrasar a mi hermano... Me tomó por la barbilla... Y... Lo golpee con la pata de madera de una mesa que se había roto... No lo esperó... No se levantó... Lo golpee más y más hasta que no pude... Él y mi hermano no despertaron... Seguí encadenado un par de días más... Un vecino llegó... El inmundo olor es insoportable... Se los llevaron y me dejaron... Shizuka mucho después... Me vio... Estaba muy cansado... Con una piedra me soltó... Me prometió comida si llegaba a donde ella quería... Afuera... Pero no creía poder... La luz dolía... Me separaron de ella y me hicieron muchas preguntas... No pude decir nada... Lo vieron muy mal... Así menos hablaba... No entendían que ya no podría abrasar a mi hermano de nuevo...”.
Bakura se limitó a acariciar los rojizos cabellos, no había nada que pudiera decir, no comprendía la situación, nunca había pasado por algo que se le asemejara. Ambos guardaron silencio.
Pasaron unos momentos más acariciando sus cuerpos, eso los reconfortaba de una manera sorprendente. Sin embargo Yami necesitaba respirar aire fresco, no estar en la cama todo el tiempo. “Amo...”. “Dime Bakura... Te lo he dicho toda la noche... Ba-Ku-Ra”. El pelirrojo se apenó. “Bakura... ¿Me permite salir un momento?”. El albino entendía que el otro quería estar solo unos momentos. “Puedes descansar un rato más si quieres, yo tengo tareas pendientes que he estado evitando y que tengo que completar”. Se besaron nuevamente y se separaron. No le molestaba al de ojos cafés alejarse para darle comodidad al otro, aunque prefería estar lo más cerca que le era posible. El de cabello rojizo se cubrió el rostro con una almohada, el otro se arregló y salió.
Al estar solo, en esa enorme cama, sintió frustración, salió de ahí, se alistó, y pasó un largo rato en el balcón. La única ventaja era de que no estaba Bakura ahí para bajarlo del borde, ni insinuar el aspecto suicida que aparentemente reflejaba. Prácticamente no le habían prohibido salir, un pequeño recorrido para extender las piernas aunque fuera dentro del palacio no estaría mal.
Bakura no podía sacar de su cabeza las ideas que se formularon cuando Yami le comenzó a hablar. Ahora las cosas eran diferentes, ya no lo veía a él o a todo lo demás de la misma forma. Se sentía como basura por desperdiciar todo lo que tenía, aunque nunca le habían mostrado sobre como era la vida afuera del palacio; como siempre estaba muy tranquilo, presentía que con el resto del mundo era igual. No permitiría que nadie más pasara por cosas como por las que presenció su amado de ojos escarlata. Por primera vez estuvo motivado a realizar cambios. Pasó un rato hablando con los sirvientes que encontraba, para saber como era afuera, pasaban cosas tan terribles como lo que el pelirrojo le había contado, solo de imaginar que su chico podía haber pasado por más traumas, ya que había tenido varios dueños que terminaban devolviéndolo, terminaba sintiendo más culpa.
Seto seguía con sus mandados, al caminar dentro del palacio, de vez en cuando de reojo se aseguraba de no ser seguido. No le era muy grato cuando se le quedaban observando muy fijamente o cuando le reclamaban que sus trabajos no eran tan perfectos a pesar de serlos. Como lo esperaba, tarde o temprano el pelirrojo le seguiría el paso; en realidad quería evitarlo, justo en eso pensaba cuando se encontraron de frente. Yami retrocedió un pequeño paso para evitar hacer contacto con el castaño, la verdad no le tenía la debida atención a su recorrido. “Déjame adivinar, me asecharás de aquí hasta que termine mis quehaceres y regrese con mi... Amo...”. El de menor estatura por lo general habría asentido, esta vez no hizo movimiento alguno. A pesar de que era más fácil sacarle la vuelta y continuar con lo suyo, el muchacho de ojos azules no pudo hacerlo. Claro, solía molestarle un poco su compañero silencioso, en especial cuando no podía interpretar su sonrisa, pero le era muy extraño tenerlo así.
“...Porque honestamente, comenzaba a sentirme solo”. El pelirrojo alzó su rostro y sus cansados y rojizos ojos ahora un poco más contentos, también mostraba una apenas persibible mueca que asemejaba una sonrisa. ‘Quien me manda estar mintiendo’ se reclamó a si mismo Seto, mentalmente y sin entusiasmo. Continuaron uno junto al otro, Yami con pasos un poco más apresurados para alcanzar a su amigo, al menos eso parecían ser. “¿Sabes que yo... Quiero a otra persona... Verdad?”. El otro afirmó con la cabeza muy despreocupadamente. “Lo sabes desde que nos conocimos, ¿No es así?”. El más chico dio la misma clase de respuesta.
“Tu mantendrás ese secreto, estoy seguro... Entonces... ¿Por qué me sigues?”. Ya había hecho ese cuestionamiento con anterioridad, cientos de veces, y como era de esperarse, en ninguno recibió respuesta. Comprendía que Yami no hablaba. No sabía si se debía a alguna clase de defecto, cosa por lo que por muchos eso era visto de mala manera. Por más inútil que pudiera ser preguntar eso, era algo que no resistió, aunque más bien daba el aspecto de tratarse de algo mecánico. Lo normal entre ellos dos era mantenerse en silencio por largo rato después de esa pregunta. En esta ocasión las cosas no fueron así.
“Mi padre era alto, siempre lo miraba hacia arriba”. Seto lo meditó. “Tal vez solo eras más chico. Creí que no hablabas”. Aunque estuviera sorprendido, no era su estilo expresarlo de manera eufórica, estaba tan tranquilo como siempre. Pensándolo bien, Yami tenía estatura promedio, le era difícil encontrar a alguien que lo rebasara lo suficiente. “Mi amo siempre insiste en que lo haga. Apenas ayer me escuchó”. El de ojos rojos era algo misterioso, y sus palabras algo raras para su oyente. “¿Escuchándote?. Por lo que he visto, está muy ocupado siempre pensando en si mismo para prestar atención a alguien más. No dejas de parecerme extraño”. ¿Eso era un insulto?, porque ya había escuchado mejores del castaño, o, ¿Era un halago?, el sirviente de Bakura no supo como tomarlo.
“Ja, ja, ja”, unos ojos cafés no muy contentos se fijaron en Seto. “Muy gracioso”. El castaño hizo una reverencia a su superior y Yami se quedó quieto. “No le metas tan bizarras ideas a mi Yami, aunque no lo creas, no solo soy capaz de pensar en mi”. El castaño estuvo por argumentar al respecto, pero recordó su posición y tuvo que omitir aquellas palabras que instantáneamente habían llegado a su mente. Bakura le hizo una seña al pelirrojo, y este se acercó. “Yo haré cambios, viviré más allá de este sueño. Transformaré todo esto, cambiaré algunas reglas, y Yami será mi inspiración”.