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Books » Lord of the Rings » Concerning Elves
Nyaar
Author of 38 Stories
Rated: T - Spanish - Adventure/Drama - Elrond - Reviews: 4 - Updated: 12-25-05 - Published: 06-22-04 - id:1924842

Concerning Elves...

Año 108 de la Tercera Edad

Glorfindel estaba nervioso. O, para ser más precisos, no estaba tan tranquilo como un elfo de su edad y su aplomo debía estar.

Llevaba tiempo pensando el curso de acción a seguir, y raro en él, no se decidía por ninguno. En vez de eso paseaba por las balconadas sumido en sus pensamientos, acariciando aquí y allá las hojas de las enredaderas o parándose bajo algún árbol para escuchar el sonido del viento en su copa.

Imladris estaba lleno de vida y más hermosa que nunca, ahora que los trabajos en los edificios se hallaban terminados. Era preciosa incluso en invierno, cuando los árboles se desnudaban y la nieve caía copiosa en las montañas. Y qué glorioso espectáculo en primavera, cuando el Bruinen caía en fuertes cascadas espumosas…

Llevaba los ojos prendidos en uno de los pequeños riachuelos en los que el Bruinen entraba en Imladris cuando se dio cuenta de que había llegado a una construcción baja, blanca como todo en la ciudad, y de forma circular. Sus columnatas y arcos eran, ciertamente, los tallados con mayor delicadeza, pero no había cisnes en ellos como en algunos otros; Los motivos de aquél edificio de apenas cien años de existencia eran estrellas, tantas como brillaban en las noches, y un gran lucero engarzado de oro y lapislázuli decoraba la puerta.

El rubio entró en el pequeño santuario, creado exclusivamente como recordatorio de La Última Alianza y dedicado al último rey de los elfos, Ereinion Gil Galad, así como a todos los que cayeron en aquella despreciable guerra contra Sauron.

A diferencia del resto de las construcciones de Imladris, aquél edificio tenía muchas ventanas que podían cerrarse para crear un ambiente oscuro y fresco. En algunos lugares, desde donde se dominaba la vista de grandes frescos, había canapés para que los visitantes pudieran sentarse y meditar.

Glorfindel entró, y sus suaves botas no hicieron el menor sonido sobre el piso. Sólo había un par de ventanas abiertas, pero los rayos de Anor destellaban sobre la punta de Aiglos como habían hecho desde que la forjaron.

Como siempre que le pasaba, le invadió al elfo un profundo sentimiento de solemnidad al recordarse en las batallas, al revivir las escenas que los frescos inmortalizaban a la perfección.

Una hermosa estatua de una mujer doliente llevó sus ojos hasta los fragmentos de Nársil, la espada del Rey Elendil que a punto estuvo de perderse en el Desastre de los Campos Gladios, donde Isildur pereció con sus hijos.

Había sido una lástima que Isildur hubiera perecido camino a Imladris; Glorfindel estaba seguro de que, de reconocer su error Elrond le hubiera abrazado como a un hermano. Eso, quizás hubiera ayudado a que el Lord de Imladris hubiera recuperado el humor, con lo cual posiblemente el elfo de Gondolin no estaría en esos instantes tan pensativo.

Glorfindel paseó por entre los recuerdos, contemplando la insignia de Gil Galad, su corona y su larga lanza, y también la afilada hoja de Hadafang. Elrond la había dejado junto con el resto de sus pertrechos de guerra y, por lo que sabía, no se había molestado en volver siquiera a mirarlos.

Igual que no tenía interés en el pasado tampoco parecía tenerlo con nada, y eso era lo que le preocupaba. No, no había dejado de lado sus obligaciones como Lord de Imladris, y aceptaba extranjeros cansados, hombres y elfos, con agrado… pero había algo en él que no estaba bien, y Glorfindel creía saber de lo que se trataba.

El problema era¿cómo abordarlo sin que el medio elfo se ofendiera?

Estuvo un rato allí, entre las reliquias de una guerra que había abierto cicatrices tan profundas en las razas que siempre serían recordadas, y al salir se encontró con la persona que menos esperaba.

- Glorfindel¿puedo pedirte que pasees conmigo? - Le abordó el medio elfo arqueando las cejas. Por la expresión de su gesto el rubio tuvo la sensación de que iba a reprenderle por algo, pero Elrond sonrió levemente mientras esperaba su respuesta en las puertas del museo.

Debo estar perdiendo el contacto con él si no soy capaz de discernir con facilidad lo que está pensando. Esto tiene que cambiar, si deseo serle útil...

- Pasearé encantado, mellon. ¿Quieres ir a algún lugar en particular?

- Dejaremos que nos lleven los pies...

Con paso lento atravesaron pontadas y arcos sobre el Bruinen, y disfrutaron con las flores que traía la primavera. Todo estaba lleno de capullos y brotes de hojas verdes, y los pájaros empezaban aparearse y a construir delicados nidos. Con la tranquilidad propia de su raza, los elfos de Imladris trabajaban en sus quehaceres normales; recogiendo frutos, limpiando hojas, cosiendo o fabricando utensilios, y se detenían en sus tareas para saludar a la pareja.

- Habrá una buena cosecha; el río baja crecido y anegará los cultivos y los árboles de la rivera - Comentó Elrond señalando las espumosas cascadas del Bruinen a lo lejos.

- Será otro buen año en linos y juncos, y en maderas - Asintió su segundo con calma, las manos entrelazadas a la espalda. Disfrutaba del paisaje, como siempre, pero sobre todo estaba contento por la compañía. Hacía tiempo que Elrond no estaba accesible, y echaba de menos a su amigo.

- Tengo la impresión de que algo te preocupa - dijo de pronto el medio elfo tocando una columna blanca rodeada de verde enredadera. Glorfindel se sorprendió y le miró, los luminosos ojos azules muy abiertos - Estás distraído y meditabundo, Erestor y otros me lo han confirmado. Sé que últimamente he descuidado tu amistad, pero me gustaría saber qué te sucede y si está en mi mano esta vez el ayudarte.

Glorfindel se echó a reír, lo que hizo que Elrond le mirara alzando una ceja, sin entender absolutamente nada.

- Mellon! - dijo después de la risotada, tomándole de los hombros con gesto amistoso - Lo único que me preocupa eres tú.

- ¿Yo? - Preguntó Elrond, igualmente sorprendido.

- Sí. Estás demasiado serio, demasiado embebido en cosas que no tienen importancia. A veces te desapareces en tu estudio durante días, sin que te veamos siquiera en las comidas. Te quedas mirando al horizonte como pensativo, y a nadie le cuentas lo que te inquieta - le dijo el rubio haciendo un aspaviento con las manos - Creo saber lo que te sucede, pero llevo tiempo pensando cómo abordarlo sin que te ofendas.

El medio elfo frunció el ceño y el rostro se le tornó serio.

- Tienes razón, he sido descuidado... Llevo tiempo pensando en hablar con Galadriel, pero no acabo de decidirme. No pensaba que me afectara tanto, pero le siento llamarme, Glorfindel - murmuró con los ojos prendidos en el suelo - Me llama, y yo acudo a mi estudio y lo observo durante mucho tiempo. Es como si quisiera que me lo pusiera...

El elfo de Gondolin miró a su amigo cuidándose muy mucho de exteriorizar su sorpresa. No era eso, ni remotamente, en lo que él había pensado, pero también tenía sentido. El Anillo Único estaba perdido y quería ser encontrado. ¿Y de qué mejor forma que a través de los otros Anillos?

Pero si conocía al peredhel, y lo hacía bastante, tendría razón al pensar que no era esa preocupación la que ensombrecía su espíritu.

- ¿Y por qué no vamos a Lórinand una temporada? Creo que te sentaría bien, y podrías hablar con Galadriel despreocupadamente… - Comentó casualmente.

- ¿A Lórinand? No tengo nada que hacer allí – Dijo demasiado deprisa, y Glorfindel estuvo a punto de sonreír.

- ¡Claro que sí¿No recuerdas que tenemos que buscar el mallorn para Erestor?

- Puede ir cualquiera… - Dijo dudoso, empezando a arrepentirse de haber querido hablar con él.

- Tonterías. Es tu regalo por su boda, tienes que ir por él en persona. Y además, tendrías que pedirle a Galadriel y a Celeborn que celebraran su unión…

- Es cierto… He de reconocer que lo había olvidado – Dijo, y su gesto se tornó algo pesaroso. Las uniones sólo podían celebrarlas parejas de la realeza o los líderes del clan, y por eso Galadriel y Celeborn llevaban siglos oficiando la mayoría de las que se celebraban. Gil Galad nunca se había casado, y tanto él como el rey Amroth seguían solteros. Los únicos que podrían realizar uniones serían los reyes del Bosque Verde, pero no eran muy dados a mezclarse con el resto de los reinos élficos.

- Entonces, ya que has visto que sí tienes cosas que hacer en Lórinand, empezaré a hacer los preparativos para el viaje…

A pesar de los impedimentos y demoras que impuso el Lord de Imladris, el viaje comenzó casi a mediados de año.

El camino al bosque de Lórinand se presentaba tranquilo, aunque no por ello iban los elfos desarmados. No vestían de armadura, pues no era necesario, pero sí ropa cómoda y blanda para cabalgar, botas de media caña y los arcos a la espalda. Elrond era el único que no llevaba armas consigo por deseo expreso, pero iba flanqueado por Glorfindel y otros elfos. Oculto, bien escondido, llevaba a Vilya, y más de una y de dos veces se había preguntado qué le había poseído para dar el visto bueno a aquél viaje.

Supongo que, porque al final no tenía otra opción…

Glorfindel no se apartaba nunca de su lado, y sonreía feliz y le daba conversación sobre las cosas más diversas para tenerle entretenido. La primera fase de su plan había dado resultado, pues dentro de poco tiempo llegarían al bosque del Rey Amroth.

Lo siguiente sería más difícil pero, con un poco de picardía y ayuda por parte de Eru, también llegaría a buen término.

El viaje se completó sin ningún sobresalto, y la comitiva se sintió feliz al verse rodeada por los altos árboles dorados de Lórinand, los mallorn de gigantescas copas. El bosque irradiaba paz y tranquilidad, y les llenó un profundo sentimiento de estar en casa.

El elfo de Gondolin, que contemplaba todo a su alrededor sin perder detalle, miró a lo alto sorprendido al ver unas superficies de madera entre las ramas, grandes y sólidas como si fueran suelos.

- ¿Recuerdas que eso estuviera allí arriba cuando vinimos la otra vez? – Le preguntó al medio elfo, y él también quedó sorprendido.

- En realidad, no… Si bien no estuvimos aquí con la tranquilidad suficiente como para reparar en nada.

Pasaron tranquilos por el bosque dorado durante bastante tiempo, sin que nada turbase la paz ni la caricia del aire en los árboles hasta que escucharon un suave crujir.

- Mae govannen, muindyr - Dijeron unas voces desde lo alto y, de pronto, con la gracia con que las hojas se desprenden de sus ramas, así cayó de las plataformas un trío de elfos.

Eran rubios, pero no Noldor. Su pelo era más claro que el de Glorfindel, más plateado, y tenían los ojos azules como el cielo al despuntar el alba. Vestían de marrón claro con toques verdes, y por sus sonrisas parecían encantados de verles allí.

- Mi nombre es Haldir, y estos son Rúmil y Orophin, mis hermanos más jóvenes, quienes han propiciado este encuentro – se presentó el más alto de los tres con una sonrisa – Debéis perdonarles, no han visto nunca elfos de vuestro linaje.

- Excepto a la dama Galadriel – Puntualizó Rúmil mirando al grupo con curiosidad. Glorfindel se sonrió, y Elrond asintió suavemente.

- La mayoría de los Noldor viven en Imladris, con nosotros, aunque tenía entendido que alguno vino a vivir aquí tras Ost-in-Edhil. Soy Elrond, hijo de Eärendil y él es Glorfindel, mi segundo. Venimos buscando a la dama Galadriel.

Los tres Silvan los miraron con sorpresa y se inclinaron con admiración.

- Vuestra reputación os precede. Han llegado hasta nosotros canciones e historias de vuestras gestas. La Dama os tiene en alta estima.

- Nuestro padre luchó con el rey Amdír en la Alianza – explicó Orophin con orgullo – pero dudo que le conocierais.

- Era soldado raso. Pereció con el resto en el desastre que acabó con el Rey – Terminó de contar Rúmil mirando a las hojas doradas que silbaban sobre ellos.

- Muchos cayeron en esa batalla que no llegamos a conocer, pero sin duda eran todos grandes soldados – Dijo Glorfindel con una sonrisa suave, y Haldir asintió, complacido.

- Nos complacería mucho llevaros en presencia de la Dama Blanca, pero no está en Lórinand. En cambio, podemos llevaros a Caras Galadhon, con el Rey, no muy lejos de aquí. Él sabrá sin duda dónde se encuentra.

Así, el grupo de Noldor fue acompañado por los tres jóvenes Silvan por el corazón del Bosque Dorado, parándose de cuando en cuando para contar alguna aventura o anécdota pasada, o leyendas del bosque.

Mientras Rúmil y Orophin hablaban con la escolta de las batallas de la Alianza, Haldir tenía el honor y el placer de conversar con los nobles elfos y les hablaba de su pueblo, los elfos Silvan, su vida y cómo amaban vivir en los árboles.

No tardaron más de un día en llegar a Caras Galadhon, la Ciudad en los Árboles. Había cientos de plataformas, talains, según les explicó Haldir, que se unían alrededor de los amplios troncos de los mallorns y que se alzaban con preciosas balaustradas blancas. Había muchas columnas aquí y allá exquisitamente talladas, siendo muchas las propias ramas de los mallorn modeladas, y en algunos sitios pudieron divisar, inconfundible, el arte de las esculturas de Celeborn.

Las hojas de los árboles se entremezclaban con las estructuras donde vivían y, en mitad de la ciudad, creada en forma circular y ascendente enredada en varios troncos gruesos se erigía la casa de Amroth, donde se hospedaban Galadriel y su familia cuando estaban en el bosque.

A los pies del la gran vivienda los tres hermanos les dejaron con la intención de volver a sus talains porque, como muchos otros Silvan, no vivían en Caras Galadhon, pero la guardia que traían Elrond y Glorfindel insistió tanto en que se quedaran con ellos en la ciudad que no pudieron negarse.

De este modo, mientras el resto quedaban abajo, Elrond y Glorfindel comenzaron a subir las escaleras a lo más alto de la vivienda, donde les habían indicado que fueran.

El rubio iba primero, saludando a todos cuantos se encontraban y maravillándose de aquella arquitectura tan natural y hermosa. Había flores blancas y doradas por doquier, y las hojas de los árboles hacían que todo refulgiera con un brillo especial que lo llenaba todo. Las barandillas blancas estaban preciosamente talladas e integradas en el entorno, y tenían pequeños farolillos para encender por las noches en forma de capullos de flor de mallorn.

Elrond no era ajeno a la belleza a su alrededor, pero estaba demasiado preocupado, nervioso e incómodo por la visita como para deleitarse como su amigo. Durante mucho tiempo había pospuesto el hablar con Galadriel por no tener que confrontarla a ella y a Celeborn y, sobre todo, por no volver a ver a Celebrían.

No había dejado de pensar en ella ni un solo día, y por eso mismo no quería verla. La vergüenza de su fracaso era demasiado grande, y Celebrían era tan dulce y buena que se merecía sin duda alguien mucho mejor que él.

Glorfindel rió complacido con la vista del bosque que alcanzaba a ver desde tanta altura; incluso podía contemplar el amplio cauce del Anduin a lo lejos, perdiéndose sinuoso entre los árboles. El medio elfo se detuvo a su lado para verlo también, pero la hermosa vista no aligeró la carga de su corazón.

Cuando por fin llegaron a la cúspide vieron una gran estancia blanca y dorada, las amplias hojas de los árboles colándose aquí y allá brillando con cada rayo de Anor. Había una escalera que llevaba a un trono labrado en rica madera, y una suave alfombra tejida en verdes y ocres a los pies del mismo.

Allí sentado, esperándoles tras haber sido puesto sobre aviso de su llegada estaba el rey Amroth. Estaba tan hermoso como siempre, con el pelo rubio claro recogido atrás y tocado con una tiara, pero ambos veían que su semblante era más serio de lo que recordaban, y más oscuros sus iris. A los ojos tan intensos asomó una sonrisa, y el elfo se alzó de su trono para bajar a saludarles.

- Saludos, señor de Imladris. Y a ti también, Glorfindel. Sed bienvenidos a Lórinand. Espero que hayáis tenido un viaje apacible – dijo con su voz melodiosa tomándoles de las manos como saludo - ¿Qué puedo hacer por vosotros?

- Saludos, rey Amroth. Venimos a visitar a la Dama Galadriel y al Caballero Celeborn, y los habitantes de esta portentosa ciudad en los árboles nos indicaron que podrías indicarnos dónde encontrarles – Dijo Elrond intentando ser lo más formal posible.

Amroth frunció suavemente el ceño, y brilló en sus ojos una luz que preocupó a sus contertulios.

- En efecto, así es. Pero antes quisiera comentar ciertos rumores de que Elrond de Imladris no accedió a llevar la corona de los Noldor.

- Los pocos Noldor que habitan en la Tierra Media no necesitan un rey, y yo tampoco quiero serlo. Nunca podría reemplazar a Ereinion, ni quiero intentarlo – Dijo el medio elfo con sencillez, pero con la tristeza asomando a su expresión.

Amroth asintió, comprendiendo que no quería hablar más del tema, y suspiró quedamente.

- No diré más, pero creo que habrías sido un buen rey para los tuyos. Sobre vuestro viaje, lamento decir que la dama Galadriel no está en Lórinand ahora mismo, pero podéis hablar con el caballero Celeborn. Está en los lindes del bosque, junto al Anduin. Creo que fue allí para tallar cuando ella marchó hacia el sur; le gusta mucho la escultura, no es la primera vez que crea bellas tallas para nosotros...

- En Imladris también tenemos obras suyas – Comentó Glorfindel, y el Rey asintió, recordando algunas de las hermosas balaustradas de la ciudad del valle del Bruinen.

El rubio miró a su amigo, que se había quedado en silencio, y vio que fruncía el ceño, pensativo. Elrond pensaba en Celeborn, y en lo extraño que le resultaba que Galadriel viajara sin él. Hacía tiempo, cuando Imladris acababa de ser fundada, Celeborn y Galadriel se distanciaron a causa de los Anillos. ¿Podría tener Galadriel problemas con Nenya, también?

- Quizá pudiéramos acercarnos a ver al caballero Celeborn – Dijo el de Gondolin a modo de sugerencia al ver que Elrond no decía nada aún.

- Puedo buscaros un par de guías que os lleven hasta allí.

- Tres de los habitantes de Lórinand nos aguardan junto a nuestra escolta. Quizá ellos pudieran llevarnos.

- Estupendo. Decidles de mi parte que os acompañen. Estarán orgullosos de hacerlo – Dijo el rey Amroth alzando el rostro levemente, como si hubiera escuchado algo. Glorfindel puso atención y paulatinamente fue escuchando una suave voz cantando cada vez más cerca.

Amroth les tomó de las manos de nuevo como despedida y se marchó, turbado, alegando que tenía cosas muy importantes que hacer. Podían estar cuanto tiempo quisieran en Lórinand, que serían bien recibidos.

- Vamos a ver a Celeborn, pues – se encogió de hombros Glorfindel, y tomó a su amigo de un hombro - ¿Va todo bien?

- Sí – contestó el peredhel aún con el ceño fruncido – Pero no entiendo por qué tanto interés con ver a Celeborn.

- Él sabrá dónde está Galadriel, sin duda – le respondió alzando las cejas, sin saber cómo le había preguntado por semejante obviedad – Sé que las cosas entre vosotros no iban especialmente bien, pero me pareció que al término de la guerra Celeborn estaba mucho más receptivo contigo.

- No le quedaba más remedio. Yo era el Rey – Gruñó el moreno acercándose a una de las ventanas para ver el paisaje.

- No su rey. Salvaste su vida, a pesar de que él estaba dispuesto a luchar a muerte contigo por su honor. Creo que tu gesto le hizo replantearse cómo comportarse contigo. Además, no es que yo conozca perfectamente a Celeborn y a la Dama, pero creo que es extraño que estén separados en tiempos de paz¿no lo crees así tú también?

- Sí, pero no nos agradecerá que nos entrometamos en su vida privada. Si Galadriel no está, lo mejor que podemos hacer es marcharnos y volver en otra ocasión.

- ¿Podrías, por una vez, pensar con el corazón en lugar de con la cabeza?

- ¿Qué quieres decir con eso?

- Celebrían – Fue lo único que contestó Glorfindel. Elrond se volvió con una ceja arqueada; una mirada que indicaba peligro a los que le conocían. El rubio no se inmutó, simplemente le miró algo exasperado.

- Precisamente porque pienso con el corazón intento evitarla – Le espetó el medio elfo enfadado. Adoraba a Glorfindel, era el mejor amigo que cualquiera pudiera tener, pero a veces era capaz de sacarle de quicio con sus elucubraciones a propósito de lo que era mejor para él.

- Si realmente pensaras con el corazón te darían igual todos los 'peros' que intentas poner para no verla. Elrond, la necesitas en tu vida como el mar a sus olas, como los árboles a sus hojas. La amas, y el haberla rechazado te está destrozando.

Elrond empuñó las manos a los lados de su túnica azulada y su gesto varió un par de veces antes de que pudiera contestar.

- ¿Crees que no lo sé¿Crees que estoy tan ciego como para no darme cuenta que me muero un poco cada día que paso sin ella? Veo el cielo y pienso en sus ojos. Oigo el río correr, y recuerdo su risa. Las flores son sus labios encarnados, y el rocío se me asemeja a Ithil destellando en su cabello.

- ¡Entonces recupérala...! No soporto ver una sombra de ti, mellon – Glorfindel se acercó a él y le tomó por los hombros para dar más énfasis a sus palabras.

- Es imposible. Si Celeborn no quería dármela en matrimonio cuando era respetable, menos querrá ahora que soy un fracasado. Además¿y si ella se avergüenza de mí? No lo soportaría...

El elfo de Gondolin arqueó las cejas en una expresión bastante neutra y le dio un puñetazo a su amigo y señor que le hizo tambalearse.

- Déjame recordarte quién eres. Además de mi amigo, eres maestro, sanador y líder, guerrero y heraldo, luz en la oscuridad e hijo de la estrella más brillante. Parientes tuyos son los Hombres más famosos y bendecidos, los más grandes de su linaje. Valiente y sabio, eres el Lord de Imladris y regente de Eriador, y custodio de uno de los Tres. Eres grande entre los nuestros, mellon, y eso siempre se te olvida en virtud a algo que crees que es un defecto y que es, en cambio, lo que te hace inigualable en Arda; tu mitad humana.

Todos fallamos ese día contigo y aún es más, estoy convencido de que de haber podido, habrías tirado tú mismo el Anillo al volcán. Pero no pudiste. Y las palabras de Círdan fueron sabias: Quizá sea otro nuestro destino, y Eru Illuvatar tenga otros planes para nosotros. Nunca ha sido propio de ti desfallecer ante los problemas, y nunca has huido de una batalla, menos aún antes de emprenderla. No comiences ahora ese desatino.

Elrond escuchó sus regaños con la cabeza baja, y al terminar asintió.

- Como siempre, tienes razón, pero perdóname. No puedo evitar sentirme como me siento. Tengo una desazón, una ansiedad, que me quita el gusto por todo, las ganas de luchar – suspiró alzando las cejas - Creo que Vilya es el causante de todo pero no puedo apartarlo de mí como hice con la corona. El Anillo es importante para todos, y he de guardarlo con mi vida si fuera preciso…

- Ciertamente estás menos lúcido que de costumbre. Creo que puedes estar en lo cierto… - Glorfindel se mesó el mentón y luego le dio una palmada en la espalda, sin ver la mirada que le había dirigido su amigo por su cumplido – No te preocupes por esto más de lo imprescindible. Cuando hablemos con Galadriel todo se encauzará de nuevo.

Los amigos bajaron silenciosos las altas escaleras y los talains hasta llegar de nuevo al suelo del bosque. Varios elfos andaban de aquí para allá, y en todos los rincones se escuchaban bellos cantos. Había hermosos jardines entre los troncos de algunos árboles y en una hondonada a la que bajaban unas escaleras esculpidas en piedra.

Mientras andaban buscando a su escolta y a los tres hermanos, Elrond le dijo a Glorfindel:

- Estás planeando algo, lo sé. Te temo más que a las nubes que se arremolinan sobre el Caradhras cada invierno.

El rubio rió suavemente y dejó la cabeza de lado unos momentos, con picardía.

- Yo siempre ando planeando algo, pero siempre para bien. Nadie se alegra más que yo de que Erestor se le declarara a Linden…

- Glorfindel... Siempre estás dispuesto a ayudar a todos los que están a tu alrededor, haciéndonos felices incluso sin que nos demos cuenta, encauzando nuestras vidas con la habilidad con que un artesano tallaría sus obras más preciadas. Cuando estás meditabundo o preocupado, es siempre por los problemas de los demás. ¿No hay nada que podamos hacer los demás por ti¿No hay nada que ansíes, o que necesites? La única vez que he visto mirando por ti no quisiste decirme cuál era tu problema.

- Me gusta ayudar a la gente, es lo que me hace ser feliz a mí. No me falta de nada, tengo unos amigos a los que quiero, casa, comida y un oficio que me gusta. Lo único que pido es que confiéis en mí y me dejéis ayudar cuando hay problemas.

- Eres Noldor, mayor que yo, y nunca me has dicho de dónde vienes y qué pasó con tu familia. Simplemente me acompañas siendo el mejor amigo que se puede ser, acatando mis órdenes y a veces incluso sabiendo lo que deseo antes de que yo mismo me dé cuenta. Egoístamente, a veces pienso que mañana podrías desaparecer del mismo modo misterioso que apareciste.

- No voy a desaparecer – protestó el rubio cruzándose de brazos – Todo el mundo tiene una misión en la vida, y no me iré de aquí sin terminarla, no importa quién sea o de donde venga.

- ¿Y cuál es esa misión?

Glorfindel suspiró.

- Lo único que tengo claro, tras estos años, es que tenía que encontrarme contigo, los Valar saben por qué – hizo una pausa - Te ruego, por nuestra amistad, que no insistas en mis orígenes. Pensar en ello me... duele. Me perturba el ánimo y me vuelve impredecible, como aquél día que mencionas cuando llegó a Imladris el rey Elendil. Por favor, no remuevas mi pasado y acéptame tal y como me conoces.

La voz del elfo rubio estaba cargada de tristeza y angustia, y el medio elfo apretó su antebrazo para darle ánimo. No había estado en su pensamiento, ni mucho menos, el incomodarle. De haber sabido que le causaría pesar la conversación, nunca la habría iniciado.

- En realidad, siempre he tenido curiosidad por tus orígenes, pero nunca he hallado el momento de preguntarlo. Pero no te preocupes, te aceptaría incluso si vinieras de la propia Mordor. Prometo no preguntar más pero espero que si alguna vez tienes problemas, o necesitas hablar vengas directo a mi despacho. Estoy seguro de que alguna vez se invertirán las tornas y seré yo quien tenga que regañarte por tus tonterías; no es justo que siempre lo hagas tú - Dijo el medio elfo con una sonrisa, y Glorfindel recuperó la suya al instante.

- Ahh nadie sabe lo que le depara el futuro... Excepto tú, algunas veces. No has tenido ninguna visión en estos últimos tiempos¿verdad?

- No, gracias a los Valar. La última fue la que tuve sobre la espada de Elendil, cuando la trajeron a Imladris.

- Algún día será reforjada... Puede que en un futuro algún Rey de los Hombres la necesite. Lo sabremos con el tiempo. Ah, mira, ahí están – Dijo el rubio al ver a la escolta que habían traído sentados con los hermanos junto a unos hermosos jardines llenos de flores blancas.

Tras intercambiar los pertinentes saludos y ponerles al corriente de lo que habían hablado con el Rey, la compañía se puso en camino hacia el Anduin, el Gran Río, y cuando llegaron estaba anocheciendo.

La pálida luz de la luna refulgía en las aguas tranquilas del río, que fluía con lento rumor que les encantaba, y sacó brillos también al pelo plateado de Celeborn, que les salió al encuentro al sentirse acompañado.

El elfo de Doriath arqueó las cejas sorprendido de verles allí, pero pronto recompuso su expresión seria. Elrond, que le había conocido bien durante mucho tiempo, supo al momento que en su seriedad escudaba su fëa apesadumbrado.

Sus ojos me lo dicen todo. Algo pasa con Galadriel, estoy seguro.

- Sulilad, Celeborn. Nos dijeron que te encontraríamos aquí – Saludó a su pesar el medio elfo, queriendo romper el silencio en que todos se hallaban sumidos. Glorfindel se volvió a la escolta, y Haldir entendió perfectamente que querían estar solos. Con un par de gestos bien hechos, los tres Silvan se llevaron a los Noldor río arriba, donde pudieran proseguir sus relatos y aventuras concediéndoles privacidad.

- Bienvenidos a Lórinand – Les saludó secamente antes de darles la espalda y hacerles un gesto para que le siguieran.

Entre los árboles, Celeborn les guió en la oscuridad prendida de estrellas en los claros hasta que llegaron a un brazo de río que hacía las veces de embarcadero. Junto a varias barquitas, había un pequeño astillero donde había una barca sin terminar, y ambos pensaron sin género de dudas que las estatuas talladas en roca que había por los alrededores eran también obra suya.

Eran mujeres muy hermosas, de largo cabello ondulado y porte graciosísimo. Una sonreía con una dulzura capaz de fundir hielos eternos y otra se turbaba por la belleza inconcebible de algo imaginario que estaba contemplando. Pero la más impresionante estaba seria y alzaba el mentón orgullosa, enfrentándose a todo con un gesto arrebatador que la presentaba fuerte y decidida, como una roca dispuesta entre la fuerte marejada.

Todas eran Galadriel a los ojos de su esposo, la persona que más la amaba en todo Arda.

En silencio, el trío se acercó a un mallorn que tenía una escala echada y por ella subieron hasta el talan desde el que se veía el río.

- Hacía tiempo que no os veía. Espero que vuestra visita no signifique que hay problemas en Imladris – Dijo el elfo del pelo plateado ofreciéndoles fruta fresca, que era todo lo que tenía.

- Imladris está perfectamente. El problema es... mío, en realidad – Le confió el medio elfo aceptando una jugosa manzana.

- ¿Y pensaste que yo te podría ayudar? – La voz de Celeborn denotaba sarcasmo, pero contra sí mismo. Con todos sus años y sus batallas, con su destreza, no podía evitar sentirse inútil ante el sufrimiento de su esposa.

Elrond se dio cuenta de ello, y supo que tenía que intentar por todos los medios no hacerle sentir peor. Suspiró quedamente y decidió hacer caso de Glorfindel y presentar batalla; se metió la mano en la túnica y le mostró a Vilya colgando de su cuello.

- Éste es mi problema. Venía en busca de tu consejo y el de Galadriel, pues siento que me está llamando.

- También es ese nuestro problema – reconoció Celeborn – Galadriel no está, como podéis ver. Se marchó hace ya muchas lunas lejos de aquí. Celebrían no quería marcharse de Lórinand y yo… - hizo una pausa – me quedé tallando. El Anillo se interpone, una vez más, entre nosotros – Dijo el elfo apesadumbrado, mordiendo su manzana y quedándose silencioso.

Su pesar cayó sobre ellos como un manto de nostalgia que Glorfindel se apresuró a romper.

- Elrond¿qué sucedería si te pusieras a Vilya? El Anillo Único está perdido, y Sauron no tiene fuerza si no es con él. Estando oculto contigo, nadie habría de enterarse quién lo tiene ni dónde está, y quizá, y sólo quizá, pudiéramos beneficiarnos de su poder para hacer buenas obras.

El medio elfo quedó pensando sus palabras unos instantes y clavó los ojos en Celeborn, que también estaba recapacitando.

- Los Tres no fueron tocados por Sauron, por lo cual su poder no se corrompió¿no es cierto?

- No os precipitéis – dijo Celeborn - No sabemos qué puede hacer Vilya. Lo único que recuerdo que dijera Ereinion es que era el más poderoso de los Tres. No debemos jugar con su poder, porque sin quererlo podemos desencadenar un daño terrible.

- Ciertamente, sería una temeridad... Pero creo que merece la pena intentarlo. No digo ahora, pero sí con Galadriel. Y con el otro portador – Comentó Glorfindel.

El que este comentario saliera del elfo de Gondolin y no de Elrond alivió el corazón de Celeborn, pues temía que los Anillos de Poder estuvieran intentando controlar a sus custodios.

- Galadriel está en Belfalas, junto al mar. Temo por ella, y creo que ella también tiene miedo de sucumbir a una tentación más allá de su poder. Estoy seguro de que podremos llevar a cabo este experimento en algún lugar donde nadie corra peligro.

- ¿Podrás avisarla? – Preguntó Elrond, un poco preocupado por la suavidad de que hacía gala el fiero guerrero plateado.

No siempre ha sido fiero. Es sólo que lo último que recordaba de él era su espada y su genio... Quizá Glorfindel tenga razón y haya vuelto a cambiar su disposición hacia mí, sobre todo ahora que no hay nada que me una a su hija... Se dijo a sí mismo agitando un poco la cabeza, triste.

- Creo que lo mejor sería que nos desplazáramos nosotros – dijo Celeborn con un suspiro - Allí encontraremos, además, a Círdan.

- ¿Círdan¿También está de viaje? – preguntó el medio elfo sorprendido para luego fruncir el ceño – He descuidado demasiado mis obligaciones, si no sé dónde están mis amigos.

- ¿Cuándo podremos partir?

- Permitidme un par de días y terminaré la barca que estoy tallando. La haré más grande y remontaremos el Anduin hasta la desembocadura.

- ¿Vendrá tu hija con nosotros? – Preguntó Glorfindel casualmente, como si lo acabara de recordar.

- Vendrá porque no quiero dejarla sola, pero no por gusto.

Así, Glorfindel y Elrond dejaron a Celeborn en el pequeño puerto y deambularon bosque arriba hasta encontrar a sus compañeros intercambiando canciones, los arcos y demás pertrechos olvidados contra un árbol.

- Partiremos en un par de días a la desembocadura del Anduin con el caballero Celeborn. Tendréis que esperarnos en Lórinand hasta nuestro regreso, puesto que de ir todos llamaríamos demasiado la atención.

Los Noldor sonrieron felices, pues estaban apreciando enormemente su estancia en el Bosque Dorado, y le aseguraron que no tenían inconvenientes en esperarles en el puerto, si lo deseaban.

Cuando les comentaron que también iría con ellos la dama Celebrían, Orophin comentó:

- Suele pasear junto al río, donde los árboles son más jóvenes y crecen muchas flores silvestres. Hay un claro allí, dice, desde el que le gusta ver las Montañas Nubladas… Os podemos llevar hasta allí, si queréis, aunque vuelve todas las noches a dormir con su padre.

- La veremos más tarde, entonces – suspiró Elrond – Propongo que dejemos los regalos al Rey y que busquemos algo para cenar….

Como Celeborn sabía que su hija podía presentarse en cualquier momento, conminó a sus compañeros a que comenzaran la velada. Ya llegaría.

Orophin y Rúmil eran sin duda los más jóvenes de todos, y su curiosidad parecía no tener límites. Escuchaban con gran interés todas las vivencias que sus mayores contaban, y siempre tenían alguna pregunta que hacer sobre esto o aquello. Haldir, aunque no había conocido demasiados estíos más que sus hermanos en la cuenta de los elfos, era mucho más tranquilo. Escuchaba con paciencia y atención los relatos, pero se abstenía de hacer preguntas sobre la guerra pensando en el bienestar de los Noldor; no quería hacerles recordar nada desagradable.

Los Noldor estaban encantados con la audiencia. Eran todos supervivientes de la Alianza, bajo las órdenes de Glorfindel en Imladris, y relataban las grandes batallas que habían vivido, exaltando el valor de éste o aquél y hablándoles de aquellos a los que nunca tendrían en privilegio de conocer.

Glorfindel intervenía a veces para puntualizar cosas que no habían sucedido tal y como decían, y sobre todo para contar anécdotas de los altos mandos del ejército que, desde luego, los soldados rasos no conocían. Elrond y Celeborn a veces se sonreían con los chismes que contaban sobre ellos, añadiendo a veces cosas de su propia cosecha, pero se limitaron a escuchar más que a hablar.

- ¿Y sus armas están en Imladris? – Preguntó Oropher sorprendido, hablando de Gil Galad y Elendil.

- Sí. Tenemos una gran sala en recuerdo a nuestros compañeros caídos, con murales que relatan lo que os hemos contado de primera mano y las armas y armaduras de algunos de nosotros – contestó uno de la guardia, que lucía una fiera cicatriz en el rostro que nadie había sido capaz de borrar.

- Algún día, si venís a Imladris os lo enseñaremos, y contaremos historias en la Sala de Fuego. Está decorada con hermosas tallas del caballero Celeborn.

El elfo de Doriath sonrió al cumplido.

- Tallé mucho cuando vivía en Imladris. Aporta tranquilidad a mi fëa. Cuando lleguéis a mi edad os daréis cuenta de lo importante que es eso.

Siguieron hablando largo rato y, cuando estaban ultimando una exhibición de tiro con arco al día siguiente sintieron que otros elfos se acercaban.

Celebrían estaba radiante de blanco, y su pelo brillaba con la luz del fuego alrededor del que estaban reunidos. A su lado, un elfo de cabellos rubios dorados también sonreía

- Adar, me alegro de que tengas compañía esta noc…oh. – se quedó callada de pronto al ver al señor de Imladris y al elfo de Gondolin, pero pronto recuperó la sonrisa – Me alegro mucho de veros, Elrond, Glorfindel. – Les dijo haciendo una pequeña reverencia.

Ambos mentados se alzaron rápidamente para besar su mano, y tras ello la Dama se acercó a su padre y besó su mejilla con cariño, intentando esconder su turbación.

- ¿Qué tal pasaste la tarde¿Te aburriste mucho sin mí?

- Siempre, muin sell.

- Siéntate, Fereveldir. Están contándonos historias – Le dijo Orophin al alto elfo rubio, que tomó asiento entre los hermanos.

- Mi compañía sirvió alguna vez a vuestras órdenes en la Alianza. Me alegro de que estéis bien – Les dijo sinceramente a Elrond y Glorfindel.

El medio elfo sonrió, pero no le llegó a los ojos serios. Glorfindel tomó una copa de vino del Bosque Verde y se lo tendió a su amigo para intentar distraer sus pensamientos.

- Creo que te recuerdo.

- Estuve a tus órdenes cuando caímos al llano de Gorgoroth. Me enviaste al campamento a avisar a los Hombres de nuestra posición.

- ¿En la batalla que nos contasteis antes? – Rúmil miró a Glorfindel, quien asintió – No nos habías dicho esto, Fereveldir.

El elfo, que era algo mayor que Haldir, arqueó las cejas y su expresión se oscureció.

- Fue un día espantoso, Rúmil. Muchos murieron en la caída, y otros muchos luchando contra los orcos. Incluso el príncipe Anarion cayó. Las batallas no son sólo historias de heroicidades o estrategias militares, hay mucha destrucción y sufrimiento, mucho dolor. Los Valar quieran que no tengas que recordar con amargura algún día mis palabras.

Haldir miró a su alrededor y suspiró, alzando los ojos al cielo. ¿No podrían ser sus hermanos a veces un poco más sensatos¿No se daban cuenta de que con sus necias preguntas y comentarios habían incomodado a los elfos con mayor edad?

- ¿Dónde habéis estado hoy? – Preguntó Celeborn a su hija, cambiando de tema e intentando romper el silencio. Alguien dijo de pronto de cantar, y hermosas canciones se entretejieron con su conversación, distendiéndose de nuevo el ambiente.

- Junto al río, en el claro en el que se ven las Mon…. – la elfa detuvo su narración y miró al suelo, un ligero rubor en sus mejillas. Carraspeó suavemente y sonrió – Donde vamos siempre, ada. Fereveldir y yo hablamos de naneth. ¿Podremos ir a verla? La echo de menos…

- Precisamente estamos reunidos por esa razón. Con la barca que estoy terminando remontaremos el Anduin dentro de unos días. Partiremos los cuatro. – Explicó Celeborn. Al ver que Celebrían se entristecía, el elfo de Doriath la apretó contra sí y besó su frente.

- Perdóname por hacerte pasar esto, pero no quiero dejarte sola en Lórinand. Sabes que hay algo en el Rey que no me inspira confianza.

Celebrían recostó la cabeza en su hombro y desvió los ojos claros al medio elfo quien, cabizbajo, parecía gruñir a Glorfindel.

Celeborn acarició su preciosa melena ondulada, plateada como su propio cabello, y frunció el gesto al leer en el Señor de Imladris, como quien lee un libro, que no había rechazado a su hija por falta de interés.

A pesar de esto intentó seguir la conversación de Fereveldir y Haldir sobre enanos acercándose desde la Montaña Solitaria, si bien su pensamiento a veces volaba y se mezclaba con lo que cantaba Glorfindel.

No tengo nada contra él, Nerwen, y ya no sé cómo actuar. ¿Cómo puedo alejarle de Celebrían sin faltar a la promesa que le hice a Ereinion...? Se preguntó cerrando los ojos y buscando con su fëa a Galadriel. Dulce, aunque lejano y distante, le llegó el rumor de las olas y el canto de las gaviotas solitarias.

Cuando fueron a despedirse del rey Amroth, la noche antes de que partieran, se dieron cuenta que el monarca no estaba allí. Celeborn agitó la cabeza reprobando su conducta, pues nadie sabía dónde se había marchado… otra vez.

- No puedo comprender su actuación. Tiene un pueblo que le necesita, no sé cómo puede olvidar con tanta facilidad sus obligaciones.

Lo que ninguno sabía todavía era que el Rey de Lórinand estaba enamorado de la elfa que sería su ruina con el paso de las estaciones, y que recorría el bosque de árbol en árbol buscándola atraído por la belleza de sus cantos.

Mientras colocaban las cosas en la barca, Glorfindel se dio cuenta de que su amigo se había apartado de ellos y que hablaba quedamente con los Noldor que hacían de su guardia. No podía escucharlos, pero sonreían y no parecía haber ningún problema, de modo que no le dio mayor importancia y siguió colocando los víveres en el fondo.

A veces, tocaba los bordes de madera y las curvas de los grabados, impresionado por la habilidad del elfo de cabellos plateados, pues había construido una barca fantástica.

- Vivías en el reino de Doriath¿no es cierto? – le preguntó acercándose a él amistosamente. Celeborn asintió dándole un último repaso a que todas las junturas estuvieran perfectamente rematadas - ¿Quién te enseñó entonces a hacer barcos? Has hecho un trabajo excepcional – Comentó tocando el largo cuello de cisne, suave, pulido y preciosamente blanco y trabajado.

- Círdan me enseñó cuando vivíamos en Lindon. Cuando no estaba con Galadriel o hablando de guerra con Ereinion, paseaba por las orillas de los puertos junto con Círdan – le explicó arqueando un poco las cejas, y una suave sonrisa le vino entonces a los labios al recordar esa época – Elrond y su hermano eran niños por entonces, y Círdan y yo solíamos encontrar a Elros escondido en los grandes barcos, jugando a que le buscaran. A veces, el niño me ayudaba con las herramientas mientras entre los dos le enseñábamos los fundamentos del mar.

- Ahora veo por qué los hombres de Númenor eran tan buenos marinos, si su Rey aprendió de los mejores constructores de barcos que conozco – Sonrió el elfo rubio.

- ¿Y qué es de tu vida, Glorfindel? Eres un guerrero excepcional y gran arquero, pero lo único que sé de ti es que encontraste a Elrond en el bosque, y que te llevó a la corte a ver a Ereinion.

- Lo único que recuerdo antes que eso es el bosque. Puede que me dieran un golpe en la cabeza en alguna batalla y olvidara todo, porque no recuerdo nada de mi vida antes de eso.

Los ojos profundos de Celeborn parecieron traspasarle, y Glorfindel hizo todo lo posible por mantener su eterna sonrisa.

- Eres de lo más curioso y sorprendente, y me alegro de que Elrond te encontrara, porque habríamos perdido un gran compañero de no ser así.

Tras esto estuvieron en silencio hasta que Celebrían les llamó para cenar.

El viaje por el Anduin era largo, pero no se hizo tedioso, pues Glorfindel se encargaba de sacar conversación de todo tipo, involucrando a todo el mundo. Dejaron atrás el reino de Lórinand y con el tiempo los árboles se hicieron grandes coníferas, hermosas y silenciosas. Junto al río veían a veces pequeños campamentos de hombres de Gondor, y es que había varios pueblos que vivían en el bosque, junto al río.

Estando el viaje más adelantado encontraron un gran campamento, que no pueblo, junto a los saltos del Rauros. Eran un grupo muy numeroso de talladores numeróneanos que estaban terminando de dar forma en piedra a los grandes reyes de Númenor que participaron en la Última Alianza; Elendil e Isildur.

Argonnath, así se conocerían a las grandes estatuas que marcaban el comienzo del reino de Gondor en el norte.

Los elfos se asombraron, pues las tallas eran hermosas y monumentales y, como tenían que dejar la barca cerca de allí por no poder remontar las cataratas del Rauros, pasaron unos días con aquellos hombres que tan bien trabajaban la piedra.

Los hombres de Gondor los recibieron encantados, asombrándose al estar ante elfos que lucharon junto a sus Reyes y, ya que les describieron con perfecto detalle sus indumentarias y todo lo referente a los caídos para ayudarles en su labor, ellos se lo pagaron remontando su barca por tierra hasta que el río volvió a ser navegable.

Así la barca volvió a llevarles por aguas tranquilas, y sucedió que desembarcaron cerca de Cair Andros, cerca de la capital del reino de Gondor y bajo la sombra de las oscuras montañas de Mordor.

No era una parada que hicieran por agrado, sino porque las aguas cenagosas de la región eran una molestia para la navegación y decidieron llevar la barca por tierra hasta un poco más abajo, junto a Osgiliath.

Aunque el mal se había retirado de la mayoría de la Tierra Media, Mordor seguía siendo el bastión del enemigo y lugar que traía funestos recuerdos de muerte y destrucción, y una sombra opresiva planeaba sobre el cuarteto, que deseaba terminar cuanto antes aquella parte del viaje y adentrarse en las bocas del Anduin, final de su viaje.

Celeborn y Glorfindel se habían alejado en busca de algo de caza, pues eran los que llevaban largos arcos, y como todos estaban incómodos en aquella zona donde la tierra era muy yerma y sombría, Celebrían no se separaba de Elrond.

El medio elfo estaba reconociendo el terreno alrededor del campamento con la misión, sobre todo, de buscar el mejor lugar para arrastrar la barca, y hubo pasado un rato cuando Celebrían le tocó en el hombro y le señaló una roca; quería hablar con él.

El señor de Imladris contuvo un suspiro y se acercó, temeroso de lo que pudiera acarrear la conversación. A pesar de todos los días que habían estado juntos en el viaje, no se había dado el caso de que estuvieran los dos solos en un lugar en que fuera imperioso que estuvieran juntos.

- La última vez que hablamos fue en Imladris, antes de que te fueras a la guerra.

- Sí... – Dijo, recordando lo hermosa que estaba con aquél vestido rojo de largas mangas y el momento en que le dio la preciosa joya que llevaba al cuello.

- Todo este tiempo, que cuando veo las Montañas Nubladas me parece que fue ayer, me he preguntado por qué no quisiste saber nada más de mí. Durante tu ausencia no te falté en nada, mi madre puede decírtelo, y le pedí a Eru todos los días que te cuidara en la batalla. No compre-

Elrond la tomó de las manos de repente y agitó la cabeza furiosamente.

- No digas más, Celebrían. No hay nada en ti o en tus actos que no sea digno de alabarse, pero la guerra me hizo cambiar en algunos aspectos aunque... aunque nunca he-

El medio elfo detuvo de pronto la declaración que tanto esfuerzo le había costado decidirse a decir e irguió la cabeza, mirando a su alrededor. Sentía que algo no iba bien, el rumor de los árboles se lo decía, el silencio a su alrededor. Había un halo de maldad en aquel bosque que amenazaba con devorarles.

Se levantó como por un resorte y con un gesto le indicó a Celebrían que no dijera nada. Escudriñó el bosque en el que se encontraban con rapidez, pero la Sombra conseguía engañar sus ojos de elfo.

Tomó a Celebrían de la mano y la hizo avanzar rápida pero silenciosamente entre los árboles hasta que el desnivel fue demasiado brusco para que pudieran avanzar sin contratiempos. Con un fuerte sentimiento de premura, el medio elfo se quitó la túnica larga y abierta que siempre le gustaba llevar y se la echó por los hombros antes de coger a la elfa en brazos.

Sabía dónde habían ido Celeborn y Glorfindel, y con la Dama fuertemente sujeta a su cuello corrió por el bosque, saltando por las piedras cuando era necesario.

Debían encontrarles y marcharse rápidamente de allí o no volvería a verlos, eso decía su corazón.

Los árboles estaban renegridos, y los que aún conservaban el follaje parecían enfermos y su sombra era tenebrosa. Nada verde parecía crecer en esa parte del bosque en la que se adentraban perseguidos por aquella maldad sin nombre a la que no eran capaces de ver.

Tras un arbusto espinoso se agachó bruscamente al escuchar tintineos de armas, y apretó a la elfa contra él al ver, frente a ellos, un campamento orco donde destacaban dos cabezas de brillante cabellera.

¡Orcos¿Cómo podían estar tan cerca de Osgiliath y no saberlo los guardianes de Gondor?

La mente de Elrond se puso a trabajar a toda prisa, pero no encontraba manera de rescatar a sus compañeros, que estaban siendo sujetados contra gruesos árboles entre vítores y estertores de aquellos monstruos.

El medio elfo leyó el miedo en los ojos de la Dama cuando le puso por encima la túnica que antes se quitara para aminorar el brillo de sus cabellos y ropas, y besó su frente, protector.

Desafortunadamente la Sombra protegía a los suyos, y ninguno de los dos escuchó nada hasta que fue demasiado tarde; cuando Elrond volvió la cabeza, el filo mellado y renegrido de un alfanje orco se apoyó en su garganta.

Cuando Celeborn vio a su hija en manos de los sucios orcos se debatió con fuerza en su agarro, pero las cadenas con las que le tenían sujeto no las podía romper sin ayuda, pues habían sido forjadas por un gran herrero en Barad Dur.

Pasado el primer arrebato de furia, el elfo de Doriath se conminó a tranquilizarse, puesto que no sería ninguna ventaja si los orcos descubrían hasta qué punto le importaba la elfa.

Entre empujones y risas llevaron a la Dama al centro del campamento, y los orcos la rodearon, asustándola con sus largas garras y armas a la espera de lo que su líder determinara que tenían que hacer con ella.

Glorfindel también estaba sujeto con cadenas a un árbol, pero él sólo trataba de moverse cuando el dolor en el costado, donde los orcos le habían clavado una de sus propias flechas, era demasiado fuerte. Cuando vio que Elrond se rebelaba contra los que le tenían sujeto le pidió a Eru que le quitara la idea de la cabeza; no quería que le hicieran algo peor que a él.

Los ruegos del rubio fueron en vano, pues el medio elfo se escapó del agarro de uno de ellos golpeándole fuertemente con la cabeza en el rostro, y luego a puñetazos se abrió camino imprecando a las sucias criaturas.

Celeborn y él se miraron sin comprender la estrategia cuando entendieron, entre lo que gritaba el señor del Imladris, que si no se arrodillaban en ese momento ante él los barrería como a las hojas.

Cuando la superioridad numérica se impuso y de un golpe lanzaron al medio elfo al suelo polvoriento, Celeborn vio lo que se proponía y la advertencia que gritó llegó tarde; aprovechando que sus movimientos pasaban desapercibidos en el suelo, Elrond metió la mano en su túnica, partió la cadena que llevaba al cuello y se puso a Vilya.

- ¡He dicho que os postréis! Rendíos ante el poder del Anillo! – El grito retumbó en todos los corazones, y los orcos se volvieron, asustados, para ver a su enemigo levantándose, engrandecido por sobre todos ellos, con un resplandor surgiéndole del cuerpo que les cegaba. Los ojos le brillaban como estrellas, y era terrible contemplarlos. El mismo aire que le revolvió el pelo hasta soltárselo completamente sobre los hombros agitaba con fuerza las ramas de los árboles y las partía, atrayendo incluso a algunas nubes dispersas.

- ¡Elrond, detente! – Gritó Glorfindel en mitad del caos, los ojos apretados porque el viento era demasiado poderoso.

- ¿Detenerme? – Cuando Elrond se giró a ver al elfo rubio vio satisfecho que todo el campamento orco se había inclinado a sus pies. El viento y el brillo se extinguieron de pronto, dejando un extraño vacío en el aire, y con largos pasos el medio elfo se acercó al de Gondolin.

- No hay poder en este mundo capaz de pararme, elfo – Le dijo con una extraña sonrisa, casi escupiendo la última palabra. Glorfindel le miró con temor, y tragó aire cuando el que era su amigo comenzó a golpearle con fuerza, castigando mayormente el abdomen dolorido.

- ¡Déjale, por favor…! – Exclamó Celebrían, horrorizada, y su grito consiguió su propósito a costa de que desencadenara su ira contra ella.

- Atadla a un árbol. ¡Vamos! Ponedla ahí enfrente, eso es. Quiero que su padre no se pierda nada de lo que voy a hacerle… - Prestos, varios orcos se adelantaron a cumplir su cometido mientras la elfa lloraba, entre otras cosas, por su amigo rubio que había quedado con la inmóvil con la cabeza caída.

- Elrond, detén esta demencia – La voz de Celeborn era firme, y retumbó en el claro. Elrond alzó el mentón desafiante al sentir el empuje, la ira de su fëa dirigirse contra él casi de forma tangible.

- El Señor de los Anillos no responde ante nombres y no teme a nadie, Lord Celeborn de Doriath. Pídemelo, y quizá te conceda morir a mis manos en la arena. Vosotros – se volvió hacia un puñado de orcos – recoged leña en abundancia. ¡Dentro de dos días probaréis carne de elfo!

Las horribles criaturas lanzaron vítores y el grupo elegido partió rápidamente al bosque. El orco que había liderado al grupo se acercó a él, temeroso, y Elrond le miró como si fuera la criatura más despreciable y miserable que se le hubiera acercado nunca.

- Mi nombre es Grisnduk, y estoy a vuestro servicio – balbuceó mirando la mano empuñada en que llevaba a Vilya – Es una suerte que hayáis regresado tan pronto con nosotros, mylord, aunque sea bajo esa apariencia repugnante. El ejército está en Mordor, escondido esperándoos. ¿Cuándo atacaremos Gondor?

Glorfindel y Celeborn se asombraron de la estupidez del orco. No tenía ni idea de quién era Sauron, ni tampoco de cómo era el Anillo Único. ¡Realmente pensaban todos que era el mismísimo Señor Oscuro!

No lo es, sin duda, pero será terrible si no conseguimos detenerle…

- Mellon, esto no es propio de ti…– Le dijo el de Gondolin apretando las mandíbulas por el dolor.

- ¿No lo es…? – los fieros ojos, oscurecidos como tormentas, se clavaron en Grisnduk – Dame tu maza – Tras sopesarla unos segundos en su mano la descargó varias veces contra el orco hasta abrirle una herida en la cabeza de la que manaba abundante sangre. Se manchó una mano con ella y luego de ordenar que le ataran a un poste para quemarle también dentro de dos días se acercó a Glorfindel para restregarle la sangre por el pecho con una mueca viciosa.

- ¿Es más propio de mí el estar manchado de sangre orca? – Le preguntó al terminar, agarrándole por el cuello y apretando con fuerza.

- No eres… tú mismo…

La mueca en su rostro se volvió más feroz si cabía, y acercó su rostro al de él hasta que casi se rozaron con la nariz.

- No quieres saber cuánta razón tienes, mellon…. Morirás dentro de dos días, si tus incontenibles palabras no me han obligado a matarte antes.

Airado se alejó de su prisionero y se situó frente a los orcos que quedaban en el campamento.

- ¿Qué hacíais antes de que os encontrara?

- Acabábamos de traer la cena, mylord – Murmuró uno que estaba en primera fila entre temblores.

- Perfecto. Que un grupo salga de caza y me traiga algo de cenar. Si nada de lo que traéis me es agradable os mandaré ejecutar. ¡Andando!

Las horas se sucedieron y la noche cayó totalmente sobre el mundo. Atrapado con las cadenas, Celeborn reflexionaba sobre el despótico mandato a la que tenía el medio elfo sometida a los orcos, intentando no oler los cadáveres chamuscados de aquellos que no habían logrado servirle como quería.

Los orcos parecían haberse adaptado a su señor y, en vez del silencio sepulcral que había horas antes se atrevían a hablar entre ellos y a petición de Elrond.

Nerwen, no te lo pongas nunca. Escúchame, es el mal. Vilya ha cautivado a Elrond, temo por la seguridad de Gondor... El mensaje nunca le llegaría a Galadriel a través de palabras, pero sí como sentimientos de angustia y preocupación que ella sabría interpretar.

Pero Galadriel estaba contenta, radiante. Podía percibir la pureza de su fëa junto al suyo, llamándole encantada, pidiéndole que se diera prisa en llegar a su lado. Le llegó su amor, y un sentimiento de paz y tranquilidad.

Todo iría bien, parecía decirle su amor...

El elfo de Doriath se sorprendió cuando, de pronto, sintió que los árboles le hablaban de dicha. Cuando llegaron a aquella región apartada no había sentido vida a su alrededor, sino sólo corrupción, y ahora la Sombra que caía sobre aquellos árboles parecía haberse retirado... ¿Merced de qué?

¿Vilya...?

Miró hacia su hija y la vio mirando al lo alto, a las estrellas. Por el movimiento de sus labios estaba rezándole a Elbereth, y hacía lo correcto. Glorfindel le preocupaba, pues estaba doblado hacia delante sobre las cadenas, pero el rubio giró levemente la cabeza y le miró, sonriendo suavemente.

Celeborn se estiró contra el tronco y suspiró, cerrando los ojos unos momentos. Había sido una suerte que la flecha fuera una de las propias. De haber sido una orca, podría haber estado envenenada o algo peor...

Mientras la luz de Anor estuvo en el cielo al día siguiente, los orcos estuvieron ocultos entre los árboles y bajo las grotescas tiendas que tenían para protegerse de la luz que odiaban. Aunque reconocían el poder de quien les mandaba, se sentían más desprotegidos con él que cuando no estaba, aunque no sabían por qué podría llegar a ser.

La caída de la tarde fue momento de bullicio en el campamento, pues los orcos volvieron a salir a cazar. No había nada decente de comer en aquellos parajes, de modo que Elrond mandó matar a los que le habían traído alimentos tan poco propicios.

El portador de Vilya estuvo andando de un lado a otro durante horas mientras los orcos mataban el tiempo a su manera, y todos se giraron al verle, de pronto, sentarse frente a la elfa.

- Soltadla, y que se siente conmigo – Dijo, y un par de orcos hicieron lo que les había pedido para volver raudos a sus juegos.

Celebrían se sentó frente a él, pero miraba al suelo, pues no se atrevía a aguantar su mirada.

- Canta para mí.

La petición la tomó desprevenida, pero agradeció que sólo fuera aquello lo que se le había ocurrido. Tragó saliva y miró al cielo, comenzando una canción.

Pronto, los orcos comenzaron a abuchear y a quejarse, y la elfa se detuvo con lágrimas en los ojos claros.

- Canta otra canción. Esa no les gusta.

La escena se repitió un par de veces más, hasta que Elrond alzó la voz.

- Voy a hacer que deseéis no haber nacido si vuelvo a escuchar una sola queja. ¡Canta!

Celebrían tragó saliva y buscó en su corazón el coraje y el valor, y una canción salió de sus labios entre sollozos, y esta vez nadie la interrumpió.

Think of me, think of me fondly when we've said good-bye.

Remember me, once in a while, please promise me you will try.

When you find that once again you long to take your heart back and be free,

if you ever find a moment, spare a thought for me...

We never said our love was evergreen or as unchanging as the sea

But if you can still remember, stop and think of me...

Think of all the things we've shared and seen!

Don't think about the things which might have been...

Think of me, think of me waking, silent and resigned.

Imagine me, trying so hard to put you from my mind.

Recall those days, look back on all those times, think of the things we'll never do.

There will never be a day when I won't think of you...

Cuando terminó miró al medio elfo, largas lágrimas corriéndole por las mejillas, y su gesto se llenó de confusión al ver, durante un momento, sus ojos grises mirándola llenos de amor.

Elrond tragó saliva y se levantó, perfectamente serio y desafiante cuando miró a los orcos.

- Volved a atarla en el árbol, pero esta vez hacerlo en ese de allí. Siento que alguien se acerca. Quiero un grupo que se adentre en el bosque y que me traiga noticias de avances por tierra o mar antes de que salga Anor.

El grupo regresó poco antes que el alba sin noticias, y el medio elfo los mandó ajusticiar, y sus cadáveres se añadieron a la pila que ya había y de la que los propios orcos iban dando cuenta.

Así llegó el segundo día, sin comida y sin agua para ninguno de los cuatro, pues nada de lo que encontraban los orcos era comestible, y no se fiaban del agua que pudieran darles. Un par de orcos más fueron desmembrados y dejados para los cuervos, si acaso los querían, y Elrond se sentó en el suelo a media tarde, dándole la espalda a Glorfindel.

- Volved al bosque, y buscad a los intrusos que vienen – Les ordenó a un trío de horrendas criaturas, que temblaron al verse elegidos pues sabían que, de fallar en su cometido, acabarían acuchillados y en la panza de sus compañeros.

Pero los orcos que se quedaban tenían mejor perspectiva que comerse a sus compañeros; dentro de unas horas tendrían carne élfica asada que probar. Sus muertos podían pudrirse, que nada les haría cambiar el menú de la cena.

- Esta tarde, no a mucho tardar, será el gran momento. Una vez hayamos liquidado esta cuestión marcharemos a Mordor. Allí reuniré un ejército y caeremos sobre Gondor - Los orcos jalearon y gruñeron hasta avanzada la tarde, cuando el grupo explorador regresó a la carrera.

- ¡Elfos¡Se acercan más elfos¡Una decena, señor! – Exclamó uno de ellos, pequeño y cubierto de chapas de acero.

- Están cerca, venían río abajo y acaban de bajarse del bote – Dijo otro con un extraño gorgoteo.

Elrond se levantó y paseó frente a los orcos, el puño derecho mostrando a Vilya para demostrarles su poder sobre ellos.

- Esto es lo que vamos a hacer… Los tres que los vieron serán el cebo que traerá aquí a esos elfos que se atreven a entrar en mis dominios. Nosotros esperaremos ocultos entre las tiendas y el follaje, y un grupo de vosotros estará como señuelo por el campamento, pareciendo que vigilan a los prisioneros.

Cuando estén cerca apareceremos por detrás y los ataremos…. ¡Y qué gran fiesta, esta noche!

Los orcos jalearon extasiados, y todos se afanaron en la tarea encomendada.

Celeborn miró al medio elfo con el ceño fruncido, encontrando estúpida su estrategia por donde la mirase, pero lo que realmente le sorprendía era que los árboles le contaban que los elfos venían de Lórinand…

No hubo de pasar más de una hora para que, corriendo, entraran los orcos señuelo en el claro. Nada más poner el pie en el campamento, una andanada de flechas surcó el aire y los derribó. En el bosque, nadie veía nada.

- ¡Ahora! – Exclamó Elrond de pronto, y los orcos salieron desordenadamente de su escondite. Las flechas volaron de nuevo, y empezaron a caer muertos al suelo.

El medio elfo corrió entonces hacia Celeborn con una cimitarra en la mano, y yéndole por detrás descargó un fuerte golpe en sus cadenas, dejándole libre.

- Ha llegado el momento – Le dijo tendiéndole la cimitarra. El elfo de Doriath la tomó, y estaba calculando fríamente el momento de atravesarle con ella cuando Celebrían le llamó; Grisnduk estaba gritándoles a los orcos que habían sido engañados y traicionados y que mataran a todos los elfos, ellos incluidos.

- ¡Ve con ella, deprisa! Yo me ocuparé de Glorfindel. ¡Corre! - Celeborn le miró fijamente unos momentos, pero al instante corrió a liberar a su hija. Elrond se acercó entonces al rubio y gritó en élfico a los atacantes que acabaran con todos los orcos, sin piedad.

Aprovechando el tumulto y la confusión reinante por las flechas que no dejaban de caer aunque hubiera orcos que alcanzaban el bosque, el señor de Imladris partió la flecha que tenía clavada Glorfindel y con un fuerte golpe le dejó libre también.

Antes de que se desplomara le sujetó y apenas tuvo tiempo para dejarle en el suelo, pues Grisnduk, que había sido liberado por los orcos contra los que peleaba Celeborn, le agarró por la espalda y le inmovilizó.

- ¡Sucia rata élfica, voy a arrancarte las entrañas con una mano! - Gruñó en su oído, y su zarpa, de afiladas garras se la clavó en el pecho en busca de su corazón. En vano trató de liberarse, porque Grisnduk era más grande y pesado que él y le estaba estrangulando para mantenerle quieto.

De pronto, en su abrazo mortal el orco dio un rugido de dolor que se convirtió en gorgoteo sangriento. El brazo que le asfixiaba se aflojó, y la garra aún le cortó al caer Grisnduk de espaldas al suelo, atravesado de parte a parte.

Elrond apoyó una rodilla en la tierra y se apretó la herida con fuerza haciendo una mueca de dolor, alzando la cabeza después para ver a Celeborn sacar la cimitarra del cadáver.

- Estamos en paz – Fue lo único que dijo el elfo plateado antes de lanzarse a la carga de nuevo contra los pocos orcos que quedaban en el claro y no habían sido abatidos a flechazos.

Unos segundos después, Elrond se arrodilló junto a su amigo y cerró los ojos, concentrándose en sus heridas.

- Mellon….

- Calla. Y lo siento. Siento mucho haberte golpeado, tenía que ser convincente.

- Me asustaste. Nos asustaste a todos…

- Guarda silencio… - Le pidió mientras rodeaba con las manos el asta partida de la flecha, sin tocarle.

- Mellon…. – Volvió a llamarle, y cogió su brazo con fuerza. El medio elfo abrió los ojos, el ceño peligrosamente fruncido.

- ¿No puedes estar callado ni un momen-? – Elrond fue el que quedó en silencio de golpe al echarle Celebrían los brazos al cuello y sollozar contra su hombro.

- Meleth nín, ¿qué ocurre? – Su expresión se suavizó al instante, y no pudo evitar acariciar la cascada de cabello plateado.

- Temí que te hubiéramos perdido… - Sollozó, y tocó su rostro con sus dedos finos, suavemente. Elrond no pudo articular palabra, como solía sucederle cuando era tan dulce con él, y se limitó a mirarla con profunda adoración y una casi sonrisa.

Los elfos entraron todos en el claro, arcos preparados, pero no quedaba orco con vida… o eso pensaron, pues uno de ellos escapó y fue a Mordor, y Sauron, aún sin poder, nunca olvidaría la afrenta y osadía del elfo que portaba el Anillo de Aire.

- ¡Celebrían! – Exclamó una voz, y la dama se volvió para ver a Fereveldir corriendo hacia ella con Haldir, Rúmil y Orophin yendo tras él. Celebrían le dedicó una última sonrisa al medio elfo y se levantó a encontrarse con ellos, sus salvadores.

Elrond apartó la vista cuando el rubio la abrazó, y sintió la mano de Glorfindel apretar su antebrazo mientras sonreía suavemente.

- Estoy seguro de que te ama… – Le dijo, y él agitó la cabeza suavemente aunque no perdió la sonrisa.

No hubieron pasado más que un par de minutos cuando una mano se cerró en el hombro del señor de Imladris quien, reteniendo un soplido, dejó su tarea una vez más y miró hacia arriba. La poca luz que quedaba hacía contraluz sobre Celeborn, mostrándole más imponente de lo que ya era.

- ¿Cómo sabías que estaban de camino? – Le preguntó sin rodeos, como le gustaba. Elrond arqueó las cejas.

- Antes de salir de Lórinand les pedí que nos siguieran a dos días de viaje. Tenía un mal presentimiento sobre el viaje.

El elfo plateado le miraba fijamente, taladrándole con sus ojos del color de los reinos de Ulmo, profundos y serios, ineludibles.

- Quítate el Anillo.

Antes que Elrond pudiera protestar nada, alzó la mano, pues aún empuñaba una cimitarra, y volvió a repetir:

- Quítate el Anillo.

- Celeborn, está bajo mi control. Lo ha estado desde que me lo puse. Entiendo que no os dierais cuenta, pero ese era el plan.

- Cuando me liberaste estuve a punto de matarte.

Elrond le miró, sorprendido no ya por la dureza de sus palabras sino por la frialdad de su expresión y el convencimiento de que lo decía totalmente en serio.

- Le pediré a Lindir que me acepte como personaje principal en sus obras de teatro, si tan bien soy capaz de convencer a todos – Murmuró aún sobrecogido. De pronto una sombra de dolor cruzó el rostro del elfo de Doriath, quien apoyó todo su peso sobre su hombro para guardar el equilibrio.

- ¿Estás bien? – Le preguntó sujetándole del brazo.

Celeborn recuperó la posición con gesto dolorido, y balanceó su peso sobre la pierna derecha.

- Hice un mal movimiento mientras peleaba y se me ha resentido la rodilla – Explicó haciendo una mueca de fastidio, sin entrar en detalles que sabía ambos conocían, ya que fue durante la guerra cuando se lesionó.

El elfo plateado equilibró la espada en su mano una vez más y clavó los ojos en el medio elfo.

- No voy a repetirlo. Quítatelo y guárdalo hasta que lleguemos a Belfalas. No quiero arriesgar más contratiempos en el viaje; ya hemos llamado la atención demasiado sobre nosotros.

- No sirve para la guerra, lo habéis visto. En el absurdo caso de que tuviera algún poder sobre mí-

- Causarías un desastre climático tal… que arrasarías la Tierra Media – Elrond se volvió hacia su amigo, a quien creía de su parte, y vio que había cerrado los ojos – Hazle caso, por favor. Estoy convencido… de que lo que dices es cierto…, pero todos nos quedaremos más tranquilos así.

- Ya veo que no importa lo que piense al respecto de mi propia experiencia – frunció el gesto, enfadado – De acuerdo… - Se quitó a Vilya y lo dejó descansando en la palma de su mano para que ambos pudieran verlo.

Nada cambió en él, pero el bosque se volvió, de pronto, más oscuro e inhóspito.

Escucharon un murmullo proveniente de los otros elfos, que estaban experimentando el cambio a su alrededor, y Celeborn suavizó el gesto y apretó su hombro amistosamente en un claro gesto destinado a limar asperezas.

- Guárdalo. En cuanto sea posible levantaremos el campamento. Hasta entonces haremos turnos de guardia.

Cerca de una hora estuvo Elrond afanándose en restañar la herida de su amigo, quien dormitaba exhausto. Estaba preocupado por Glorfindel, y de cuando en cuando pasaba una mano sobre sus ojos o acariciaba su frente, animándole con su fëa a combatir la infección.

Con un gesto exasperado se apartó el largo pelo oscuro de la cara y aprovechó para estirarse suavemente para desentumecerse.

No sabía qué estaba haciendo el resto, pues apenas les escuchaba murmurar o reír en voz queda, pero no le daba mayor importancia ya que intentaba apartar de su mente todo cuanto le distrajera de su labor de sanador.

Pero un pensamiento le venía una y otra vez.

- Pero¿por qué tiene que llevarme siempre la contraria? – Gruñó de nuevo, pasándose una mano por el rostro y echándose el pelo hacia atrás por enésima vez.

- No creo que lo haga con ese propósito – le dijo una voz que apenas le sobresaltó. Haldir se sentó junto a él con un bol de agua limpia, pan y frutas, y un gesto amistoso en el rostro – Creo que el caballero Celeborn sólo quiere protegernos.

- Gracias – Le dijo con un suspiro no queriendo entrar en una conversación de la que seguro se iba a arrepentir. Se quedó parado entonces unos segundos, pensando qué habría escuchado o qué sabría el de Lórinand para hacerle semejante comentario, y decidió que era preferible seguir estando callado. Dio un trago al agua y en lo que dejó metió unas hierbas y las aplastó contra el fondo para que soltaran su jugo. Haldir se sonrió y comenzó a pelarle una naranja mientras le veía echar más de las hierbas y raíces curativas que siempre llevaba consigo al viajar.

- Señor Elrond¿puedo sugerirle que descanse un rato, me deje a mí o a alguno ver sus heridas y después vuelva a cuidar de Glorfindel? – Su voz sonó clara y melodiosa, suave como todo en Lórinand, y la invitación tan sincera unida a la jugosa naranja que le ofrecía era prácticamente irresistible.

Al momento, antes de que el medio elfo pudiera decidir nada, Rúmil y Orophin se sentaron con ellos y segundos después, Fereveldir les hacía compañía.

Algunos habían traído alimentos de las barcas, y otros habían recogido leña para hacer fuego y ahuyentar a la Sombra.

De detrás de unos árboles surgió Celeborn yendo de la mano de su hija, quien le ayudó a sentarse junto a la lumbre recién encendida, justo al lado de Elrond.

El grupo cenó apaciblemente mientras los Noldor hacían guardia a su alrededor, y llegó el momento inevitable de tener que inventar una historia con los orcos para proteger el secreto de los Tres Anillos.

Mientras con un trozo de túnica Elrond vendaba el abdomen de su amigo, limpia la herida con los jugos y el agua y cubierta con las hierbas, los hermanos de Haldir le miraban llenos de admiración.

El relato que había inventado Celebrían le dejaba de héroe y a los orcos de estúpidos descerebrados. La dama sabía sin duda que, de poder elegir, hubieran preferido la versión original, pero la que había creado para ellos sobre cómo el Lord de Imladris engañó a un campamento de orcos para que hicieran su voluntad pasaría de boca en boca durante mucho tiempo.

Cuando Celebrían vio que Elrond había terminado con su amigo, le miró por sobre el regazo de su padre, donde estaba acurrucada.

- Elrond, deja que adar te vea, por favor. Aquél orco tenía unas garras terribles… - Dijo mirando con aprehensión los jirones de la túnica y la sangre seca.

El moreno se quedó serio, y al mirar al elfo plateado vio que él también le escrutinaba. En sus ojos había un recuerdo del que el propio Elrond era muy consciente. Sabía lo que Celeborn estaba pensando y podía leer en él el disgusto de entonces con la facilidad con la que leía los mapas.

Esta vez no tengo nada que ocultar que pueda inducirle a querer matarme… a no ser que me ponga a Vilya de nuevo, claro está…

- Sólo si él me deja calmar su rodilla - Suspiró, esperando un brusco rechazo, pero lo que recibió fue el toque suave de unas manos que tan bien podían reducir a polvo a sus enemigos como esculpir la belleza más sublime.

Celebrían les sonrió con dulzura, feliz, y en ese mismo momento ambos se prometieron hacer todo lo posible porque perdurara esa sonrisa.

Anor: el Sol
Aiglos : La lanza de Gil Galad
Hadafang : La cimitarra de Elrond
Mellon : amigo
Mallorn : Los árboles dorados que crecen el Lórinand.
Mae govannen, muindyr: Bienvenidos, hermanos.
Caras Galadhon: La ciudad de árboles donde viven Celeborn y Galadriel cuando son Lords de Lorien. No se especifica cuándo se construyó, pero me pareció bien que la construyera Amroth con talains (plataformas) por su amor por Nimrodel.
Talains: Las plataformas donde vivían los elfos Silvan. Talan es el singular.
Ithil: La luna.
Fëa: Espíritu.
Sulilad: Saludos.
Adar: Padre.
Muin Sell: Querida hija.
Ada: Papá.
Naneth: Madre
Elbereth: La creadora de las estrellas.
Meleth nín: Mi amor

Canción; Think of me, de El Fantasma de la Ópera.

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