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Anime/Manga » Saint Seiya » The Last Remaining Light
Scarlet.D
Author of 65 Stories
Rated: M - Spanish - Romance/Adventure - Camus & Milo - Reviews: 59 - Updated: 10-05-04 - Published: 07-03-04 - Complete - id:1944983

The Last Remaining Light—

—22. No hay pasión, hay serenidad—

La mañana llegó demasiado pronto para los dos amantes que apenas se desperezaban del pacífico sueño al que habían sucumbido la noche anterior.

Después de dar un par de bostezos, Milo se acomodó cruzando los brazos sobre el pecho de Camus, y apoyando su cabeza en ellos, esperó a que el otro despertara. Hubiera transcurrido una cantidad indefinida de tiempo hasta que eso pasara si no fuera porque Camus comenzó a sentir un extraño hormigueo.

Al abrir los ojos se dio cuenta de que tal sensación era ocasionada por los traviesos dedos de Milo que cabriolaban sobre su piel haciéndole cosquillas, obligándolo a despertar con una sonrisa.

Camus alcanzó un mechón de cabello que enmarcaba el lado de la cara de Milo y lo comenzó a juguetear entre sus dedos, mientras aquél seguía dibujando figuras imaginarias sobre su pecho. Se podrían haber entretenido en eso todo el día si no fuera porque Milo decidió que era momento de una sesión de reconocimiento con unos labios que lo recibieron gustoso.

Y mientras sus lenguas se entrelazaban en la que sería de ahí en adelante una rutina de todas las mañanas, Camus empujó a Milo para lograr quedar encima de él, sujetando su cabeza entre las manos todo el tiempo, mientras el otro lo abrazaba acariciando su espalda. Cuando al fin hubo algo de distancia entre sus rostros, Milo preguntó:

—¿Y bien? ¿Tienes algo que decir sobre anoche?

—Digamos que… fue toda una experiencia— dijo Camus, un segundo antes de que sus sonrisas chocaran de nuevo y se entretuvieran un rato más en comparar quien tenía mejor dentadura.

Pronto el asunto pasaba a otro nivel cuando Camus mudaba sus labios hasta el estómago de Milo y plantaba pequeños besos, mientras el otro, ligeramente sorprendido por tal atención, aceptaba pasivamente las atenciones de Camus y se limitaba a perder sus manos entre su suave cabello.

Ambos se vieron tentados a quedarse en la cama por el resto del día y olvidarse de sus obligaciones para variar, pero el despertador, ése que Milo usaba en raras ocasiones, les avisó que tenían algo pendiente que hacer esa mañana…

—¡La junta con el Consejo!— recordó Camus, antes de levantarse alarmado.

Milo suspiró frustradamente al sentir que el cálido cuerpo lo abandonaba para ponerse de pie y adentrarse al baño, seguramente para bañarse, vestirse, o lo que fuera. El chiste era que ahora Milo se había quedado miserablemente solo en la cama.

—¿Qué esperas? ¡Llegaremos tarde!

Milo oyó la voz desde el baño y con extrema dificultad se puso de pie y buscó sus prendas entre el desbarajuste que era su recámara. Pronto ambos lucían presentables para acudir con los Miembros del Consejo.

Subieron a uno de los niveles más altos del Templo, donde se encontraba el salón al cual fueron citados, y mientras se acercaban por el espacioso pasillo, sentían claramente la presencia de los Maestros al otro lado de la imponente puerta.

—¿Qué crees que nos dirán? Ojala nos envíen a otras vacaciones… ¡ya me imagino cómo las disfrutaría esta vez!— Milo dijo sonriente, al momento de rodear la cintura de Camus con un brazo y juntar su cuerpo al de él.

—Ten cuidado con lo que piensas allí adentro, los Maestros pueden leer nuestra mente como libros abiertos— Camus señaló fríamente para enseguida zafarse de los brazos del otro, cuando ya estaban a escasos metros de las puertas del Cuarto del Consejo.

Milo se sintió en cierta medida herido y decepcionado. Pensó que con lo compartido la noche anterior su relación había llegado a otro nivel, a un nivel que él nunca había alcanzado con nadie más. Pero evidentemente Camus no sentía lo mismo. Seguía con sus estúpidos e infundados temores, y no se tocaba el corazón para lastimarlo. ¡Por supuesto que no planeaba entrar abrazándolo ante los Maestros! Sólo le quería hacer sonrojar con su inmaduro comportamiento, divertirse un poco… pero no tenía razón para ser tan duro con él.

Camus percibió el súbito cambio en su humor gracias al vínculo por el cual ahora la Fuerza fluía con una gracia sobrenatural, e inmediatamente se sintió culpable por ocasionar que la mirada de Milo hubiera bajado a contemplar tristemente el suelo, mientras caminaba a su derecha y un paso detrás. Los profundos ojos turquesas sólo volvieron a mirar al frente cuando los jóvenes pisaron el respetado recinto del Consejo, pero a toda costa, evitando ver a Camus.

El mencionado puso ese asunto de lado por un momento mientras ambos hacían una reverencia ante los ilustres Jedi que los observaban desde sus asientos, colocados en semicírculo alrededor de los recién llegados. Como era costumbre, el Maestro Windu fue quien les explicó su razón de estar ahí.

—Milo, Camus, los hemos llamado para una tarea que les asignaremos por concreta petición del Maestro Kenobi. Al parecer lo impresionaron durante su corta estadía en Alderaan y desea que lo apoyen en la misión de proteger a la Senadora Amidala quien recientemente se vio víctima de un atentado contra su vida. Por suerte ella sobrevivió y se encuentra a salvo bajo el resguardo del General y su Padawan…

Mace Windu siguió explicándoles que tendrían que reunirse con los anteriores caballeros para iniciar una investigación sobre el caso, pues no era la primera vez que amenazaban la vida de tal muchacha. Se encontrarían con ellos en un hotel donde la señorita Padme Amidala se hallaba oculta, con contadas personas conociendo su localización.

Antes de que los Maestro los despidieran, Camus aprovechó a hacer algo que sabía que Milo apreciaría inmensamente, y le demostraría que no se avergonzaba de su relación, aunque a veces fuera bien cabeza dura y eso pareciera.

"Te amo."

Milo sintió que se iba de boca al escuchar las palabras resonar en su mente. ¿Qué le poseyó a Camus de hacer tal cosa? Se preguntó completamente atónito, ¡Y enfrente de los presentes que obviamente lo habían percibido también! Al menos eso hizo notar el Maestro Yoda al entrecerrar sus ojos en suspicacia, y era seguro que los demás lo advirtieran de igual manera, aunque lo disimularan mejor y se limitaran a asentir indicándoles que se podían retirar.

—¿Por qué hiciste eso?— preguntó Milo, cuando ya iban camino de regreso al elevador.

—¿Te molestó?

—No… pero…

—Apresúrate—dijo Camus sin más.

A la orden, ambos apretaron el paso, aunque a Milo le gustaría haber hablado un poco más sobre el súbito y extraño anti-Camus comportamiento de aquel que ya se le adelantaba unos cuantos metros.

Cuando al fin se encontraron en la plataforma de transportes, descubrieron que estaban siendo esperados ahí por una pequeña nave que Milo condujo hasta la indicada localización. Al llegar, cuando un par de guardias los reconocieron como caballeros Jedi, los guiaron a través del lujoso hotel hasta las habitaciones de la senadora, a quien encontraron repasando unos papeles, que eran específicamente propuestas para entregar al Supremo Canciller Palpatine.

La muchacha de castaños, largos y ligeramente ondulados cabellos podría parecer frágil en apariencia, pero todos conocían la fama de la decidida senadora de Naboo, que no dudaba en arriesgar hasta su vida por el bien de la gente de su planeta. Y había sido una de las principales opositoras a la guerra, por lo que muchos miembros del senado, incluido el propio Canciller, continuamente se encontraban entablando discusiones con la bella joven. Ahora precisamente, pretendía con su propuesta que se buscara un nuevo Canciller, pues el que alguna vez fuera persona de confianza para ella, últimamente había realizado extrañas decisiones que le obligaban a tomar esa difícil medida. Era dudoso que el resto de los senadores la apoyara, pero tenía que intentar.

Dicho sujeto se encontraba en su gran oficina localizada en el último piso del enorme edifico del senado, enfrascado en una conversación que podría ser muy comprometedora si fuera atestiguada por oídos ajenos…

—Amidala vendrá hoy a reunirse conmigo, entonces será cuando actúes— informó el Supremo Canciller Palpatine, a quien Kanon mejor conocía como su Maestro; Darth Sidious.

—Sí, Maestro.

—Traerá guardaespaldas Jedi, pero confío en que te podrás encargar de ellos.

De forma súbita, el espigado y canoso sujeto indicó a Kanon que desapareciera de ahí inmediatamente, y le señaló hacia un balcón, en donde el muchacho se ocultó sin olvidarse de disfrazar perfectamente su presencia ante La Fuerza.

Casi al mismo tiempo que Kanon salió, del otro lado de la habitación entró el Maestro Kenobi, como siempre frunciendo el ceño ante los políticos que poco le agradaban.

—Obi-Wan, que gusto verte por aquí. ¿En qué puedo servirte?

—Buen día, Canciller, necesito su autorización para inspeccionar el edificio y asegurarnos de que no exista ninguna amenaza.

—Oh, sí... sería una lástima que la Senadora Amidala sufriera otro percance. Por supuesto que tienen mi autorización—habló el hombre, con el falso tono dulce que siempre usaba.

—Gracias Canciller, me retiro.

—.—

Camus y Milo recorrían sin prisa el gran hotel en busca de alguna presencia oscura que pudiera avisar de problemas, pero todo se sentía normal, así que decidieron regresar a donde la señorita Padme había quedado al cuidado de Anakin.

Tal lugar era un enorme jardín en el piso superior. Caminaron por los verdes laberintos hasta que sintieron una irregularidad en La Fuerza que los puso en alerta, y como primera reacción, Milo tiró de Camus hacia un gran arbusto, espinándose un poco en el proceso, pero quedando al acecho de quien quiera que se acercara.

Para sorpresa de ambos, quienes venían caminando tomados de la mano eran la Senadora y el Padawan; hacían una pausa en su camino y se besaban brevemente para después seguir con su paseo.

Milo y Camus quedaron anonadados ante la reciente escena. No tanto por el hecho de que esos dos fueran pareja, sino por la alerta que La Fuerza les había gritado ante la presencia de Anakin.

—Esto es más que una coincidencia. En Alderaan sucedió lo mismo, ¿lo recuerdas?— dijo Camus, mientras se ponía de pie y le daba la mano a Milo para ayudarlo a hacer lo mismo.

—Sí, pero… quizás es sólo que está confundido. Después de todo es el elegido, y está faltando al código, supongo que debe ser estresante tal responsabilidad…

—No, Milo. Lo que percibí fue más que simple confusión…

—Piensa en esto; ¿no crees que si algo anduviera mal con él, su Maestro ya se hubiera dado cuenta?

Camus se quedó pensativo durante un momento. Lo que decía Milo -quien lo tomó de la muñeca instándolo a regresar por donde habían venido- tenía lógica. Sin embargo, por más experimentado que fuera el Maestro Kenobi, cabía la posibilidad de que no notara algo extraño en su alumno, aunque sí lo hubiera… Y pensando en unas palabras que se aplicaban bien a la situación, Camus recordó lo que Yoda le había dicho después de aquella inusual meditación…

"La Fuerza las respuestas siempre proporciona, mientras las preguntas no temamos hacer."

—.—

La tarde había llegado y era hora de partir al Senado. Mientras Milo y Camus aterrizaban su transporte junto al de los otros tres en el mencionado edificio, Camus sintió algo que no le agradó para nada, y Milo irremediablemente percibió su alteración…

—¿Por qué estás tan ansioso?

—Hay una presencia familiar y oscura cerca… con la que ya antes me he enfrentado.

—¿Kanon?

—Puede ser, es algo vaga… se está cubriendo de la Fuerza.

Ambos hicieron una pausa mientras agudizaban sus sentidos en un intento de percibir con más claridad, pero Kanon se ocultaba bien…

—Necesito que me prometas algo.— Milo volteó a ver a Camus, curioso de lo que podría pedirle.

—Si nos encontramos con él… no intervendrás. Me lo dejarás a mí, ¿entendido?

—¿Estás loco! ¿Cómo me pides eso?

—Te conozco y sé que si lo ves te descontrolarás. Y sabes a lo que eso lleva…

—¿Por qué siempre me subestimas? Soy un Jedi, igual que tú. Tengo las mismas habilidades y capacidades. Puedo controlar mis emociones tan bien como tú, sino es que mejor. Si no fuera así, ¿crees que hubiera sido capaz de ocultarte lo que siento por tanto tiempo? ¡Deja de tratarme como si no supiera lo que hago! — espetó Milo antes de salir del transporte, dejando a Camus atrás, pensando en que más tarde tendría que hallar la forma de disculparse.

Sin embargo, no cambiaría su opinión de que Milo no estaba listo para enfrentar a Kanon, si tan solo al mencionar su nombre la rabia ardía en el interior del menor. Resignadamente, Camus salió de la nave y se reunió con el resto del pequeño grupo en la entrada del Senado. Se sintió bastante sorprendido de que Milo lo estuviera bloqueando, y demostrándole mediante esa acción, lo mucho que el vínculo abierto significaba para él… jamás lo había extrañado tanto como en esos momentos que se sintió increíblemente vacío. Ahora sí que había enfadado a Milo, pues él jamás haría algo así por bromear.

La voz del Maestro Kenobi llamó su atención y le recordó que estaban en plena misión, y las distracciones siempre salían costando caro.

—Camus, ven conmigo. Anakin y Milo, escolten a la senadora Amidala al cuarto de juntas.

Y así lo hacían el par de muchachos, hasta que el menor ordenó a Milo y Padme que aguardaran en una pequeña sala de espera mientras él acudía a anunciar al Canciller sobre su llegada.

Apenas Anakin desapareció por la puerta, Padme se vio víctima de un llanto silencioso. Milo se acercó a ella, preocupado, y colocó una mano sobre el frágil hombro de la muchacha.

—Senadora, ¿se encuentra bien?

—Lo siento, qué vergüenza…— decía Padme mientras trataba de enjugarse las lágrimas e intentaba esbozar una falsa sonrisa.

—¿Puedo preguntar qué la ha alterado así?

—Tú lo sabes… los vi en el jardín. Yo y Anakin estamos juntos… pero últimamente, lo he sentido muy distinto, es casi como si fuera una persona totalmente diferente a la que conocí. No sé, quizás es mi imaginación, he estado bajo mucha presión últimamente… ¿Pero por qué te estoy diciendo todo esto?, lo lamento, poco te deben interesar mis problemas sentimentales…—sonrió tristemente.

—No diga eso senadora, estoy seguro de que las cosas se arreglaran, y…— Milo hizo una pausa para quedarse absorto durante un segundo, y luego continuar—, y séquese esas lágrimas, no le gustaría que Anakin la viera así, ¿cierto?

Padme obedeció y justo se volteaba cuando Anakin entró para indicarles que era hora de ir al cuarto de juntas donde el Canciller los esperaba. Milo siguió detrás de la senadora mientras Anakin guiaba el camino. Y durante el silencioso trayecto, Milo pensó cómo sería si él se encontrara en la situación de la muchacha que caminaba a tan sólo unos pasos adelante…

¿Camus cambiaría algún día? ¿Qué tal si una mañana despertase y decidiera que ya no lo quería más? Que siempre sí era más feliz siguiendo el código y viviendo como el controlado Jedi que hasta hace poco había sido. ¿Qué tal si un día lo dejase? Milo sabía que en dado caso él moriría sin remedio…

Sus pesimistas pensamientos que realmente no tenían razón de ser, fueron interrumpidos por una terrible sensación de alerta que obligó a Milo a detenerse en sus pasos, y a abrir el vínculo que había mantenido bloqueado por capricho. Lo que sintió lo hizo sudar frío y lo forzó a dar la vuelta para comenzar a correr por los pasillos, en busca de aquél al que sabía en peligro…

—.—

'Vigila los niveles superiores, yo iré a las cámaras principales.'

Esa había sido la orden del maestro Kenobi, y así, Camus obedeció. Subió a los almacenes que constituían los niveles más altos del edificio del Senado, donde principalmente se guardaban una infinita cantidad de archivos viejos en enormes estantes de metal. Fue en ese sitio, donde una vez más, percibió la presencia que tanto perturbaba sus sentidos, y que ahora se encontraba justo a sus espaldas…

Al girarse sacó su espada láser en espera del enemigo, pero nada era visible en la desesperante tranquilidad del abandonado cuarto. Eso hasta que escuchó las palabras que vibraron un eco detrás de él.

—Tú, otra vez…

No más introducción fue necesaria antes de iniciar el inevitable enfrentamiento. Y debido a su previa derrota contra Kanon, Camus se vio brevemente siendo víctima de la inseguridad, pero liberó a La Fuerza cualquier sentimiento que pudiera nublar sus habilidades, y dando vuelta de nuevo, levantó su espada para bloquear el ataque del gemelo.

Sus armas se separaban y volvían a chocar, cambiando en cada ocasión el ángulo y la posición; un segundo retrocedía el mayor, cuando al siguiente el que tenía que defenderse era el otro.

Kanon sabía que no podía distraerse con esto ahora, su misión principal era asesinar a la senadora Amidala; acto que con seguridad desataría una nueva guerra, pero debía admitir que el muchacho Jedi peleaba esta vez con mayor firmeza que en la ocasión anterior.

Pero no la suficiente…

En un ágil movimiento, Kanon logró adelantarse y patear a Camus en el estómago, logrando que soltara su espada y diera unos pasos hacia atrás tratando de evitar a su atacante.

Ya que su espada de luz había volado lejos de él, Camus se disponía a atraerla de vuelta con ayuda de La Fuerza, pero en ese momento se vio inmovilizado por Kanon, que lo acorraló contra la pared y mantuvo esa espada roja apenas rozando su rostro, bajando lentamente hasta a la altura de su cuello. Y al mismo tiempo el rostro del de ojos verdes se acercaba más, tanto que Camus fue capaz de sentir el enervador aliento que le hablaba invadiendo su espacio personal.

—Tu carita linda habrá conmovido a Saga, pero ya te has escapado de la muerte suficientes veces, y la suerte se te acaba ahora.

Después de esa advertencia, y en un acto que rompió la defensa de Camus aún más que la espada que peligrosamente flotaba alrededor de su rostro, Kanon lo besó. Rápida y agresivamente, sólo para matar la curiosidad, antes de matarlo a él. Y sosteniéndole firmemente la barbilla, el joven aprendiz de Sith logró que sus intrusos labios se adhirieran a los de Camus, quien sintió que en ese momento vomitaría, pero realmente tuvo la impresión de que sus intestinos saldrían por su boca cuando percibió una firma de Fuerza cuya presencia siempre le brindaba alegría, pero esta vez, se encendía con odio.

Kanon también la percibió, y de inmediato volteó a enfrentar al recién llegado, que se mantenía de pie con una apariencia perturbadoramente calma a varios metros de ahí, frente a la puerta del elevador que evidentemente lo había llevado hasta ese sitio, para que pudiera ser testigo de la escena que ahora provocaba que sus ojos brillaran con furia.

Así, en total descontrol por el fuego de cólera que hacía hervir sus entrañas, Milo se abalanzó precipitadamente hacia Kanon, quien ya también había dado unos pasos para ir a su encuentro, y resultaba casi incapaz de bloquear la espada láser amarilla del que lo quería, no… lo necesitaba ver muerto.

Kanon salió librado dando un salto hacia atrás, y sonrió maliciosamente a su atacante, no porque él llevara ventaja inicial, sino porque sabía que terminaría obteniendo la victoria. Pues su contrincante no controlaba sus emociones en ese momento, y por más feroz que hubiera sido la primera estocada de su espada, ese descontrol finalmente se reflejaría en la pelea.

Así que Kanon atacó de nuevo, sólo tanteando al enfurecido muchacho, hasta que comprobó sus sospechas ciertas cuando Milo se vio en una apretada situación al instante en que el rojo brillo pasó peligrosamente cerca de su cintura, tanto que para evitar ser rebanado en dos, tuvo que dejarse caer hacia atrás. E incapaz de coordinarse lo suficientemente rápido para poder levantarse, Milo se vio con la punta de ese intimidante escarlata a milímetros de su cuello, manteniéndolo inmóvil, sentado en el piso, en lo que estaba seguro que serían sus últimos segundos de vida.

Pero para su sorpresa, Kanon no enterró el sable a través de su garganta, sino que giró justo a tiempo para detener al resplandor blanco que se disponía a atacarlo por detrás.

Distrayendo al Sith el tiempo necesario para que Milo pudiera ponerse de pie, Camus, quien ya había recuperado su espada, ahora sostenía firmemente la mencionada arma contra quien no hacía mucho lo había derrotado en semejantes condiciones.

Milo aprovechó la ventaja que Camus le había regalado y se puso de pie para unirse de nuevo a la pelea, poniendo a Kanon en difíciles circunstancias al ser atacado al mismo tiempo por los dos Jedi, que no le dejaban cuartel para defenderse apropiadamente, o por lo menos escapar.

Un gruñido abandonó la garganta del muchacho mayor cuando el sable de Milo hizo contacto con su costado, atravesando sus oscuras vestimentas hasta dejar expuesta la piel y la desagradable herida causada.

Uno pensaría que Camus se alegraría ante la delantera que su compañero había tomado, pero al ver la torcida sonrisa de Milo y el malicioso brillo que emanaba de sus ojos ante su reciente logro, un gran temor se apoderó de su corazón.

Camus no podía permitir que Milo matara a Kanon, porque en esos momentos, movido por el odio, sucumbiendo a sus emociones, si hacía tal cosa, si quitaba una vida, sería en un futuro presa fácil para el lado oscuro. Y no permitiría que Milo le fuera arrebatado. Así que por el bien de ambos, tenía que evitar a toda costa que aquél empuñara su espada contra el joven Sith. Porque una pequeña mancha en su puro espíritu sería suficiente para que su alma comenzara a cubrirse de tinieblas.

De tal manera, que sin poder pensar en otra opción, y con la plena conciencia de que arriesgaba su vida al enfrentarse solo contra el habilidoso servidor del lado oscuro, Camus finalmente se armó de valor. Aumentando su concentración, con un rápido movimiento extendió la palma de su mano hacia Milo, enviándolo por los aires con un potente golpe de Fuerza hasta que chocó contra una lejana pared, quedando inconsciente gracias al duro impacto.

Esta reciente acción sorprendió gratamente a Kanon, quien se había distraído por un momento, y entonces colocó su mano libre sobre su lastimado costado.

—Eres un estúpido. Si los dos juntos no eran rivales para mí, ¿crees que tú solo podrás matarme?

—No me importa si me matas, pero no dejaré que él caiga.— Fueron las controladas palabras que constituyeron la respuesta de Camus, mientras una minúscula pausa se establecía antes de lo que sería una batalla que prometía un resultado mortal.

—Eres un iluso, primero te mataré y después iré por él, que gracias a ti ha quedado a mi merced.

Kanon corrió hacia Camus, haciendo parecer que su herida fuera un simple rasguño, pues ya ni siquiera mostraba sentir algún dolor. Pero Camus no podía perder… por Milo, no podía.

Sin embargo, pronto el joven Jedi se daría cuenta del poder de la oscuridad, al sentirse nuevamente acorralado contra la pared y apenas pudiéndose defender con ajustados movimientos, hasta que al fin Kanon logró dejarlo sin la protección de su espada de nuevo, asegurándose esta vez de mandarla lejos con ayuda de la Fuerza. Y aprovechando el recién adquirido vigor que la oscuridad le daba, con un preciso puñetazo envió a Camus al suelo, donde apenas y se pudo sentar contra la pared, teniendo una desagradable sensación de déjà vu al ver a Kanon levantar su espada para, entonces sí, sin ninguna duda, matarlo. No ayudaba en nada el hecho de que el Sith luciera igual que Saga, pues sólo aumentaba la impresión de haberlo vivido antes…

Saga… qué hubiera sido de él, de todos, si no hubiera seguido al lado oscuro. En aquel entonces Camus no tuvo fortaleza para defenderse… ahora, no tenía oportunidad. Y quien lo salvó en aquella ocasión no estaba disponible para realizar la misma heroica acción. Por su culpa. Por querer protegerlo iba a morir. Milo… lo extrañaría tanto…

"No existe la muerte, existe sólo La Fuerza…" repitió Camus en su cabeza como consuelo a lo que sabía que vendría.

Y resignadamente aceptando su destino, cerró los ojos en un intento de pacificar su agitada alma antes de que Kanon lo atravesara con esa espada que ya alguna vez probara el sabor de su sangre, y que al parecer no se había saciado y ahora volvía por más. Sin embargo, al sentir que un par de pequeñas gotas cálidas mojaban su rostro, Camus abrió los ojos, observando incrédulo cómo su regazo estaba completamente manchado de sangre. Pero no su sangre.

Al levantar la mirada, Camus se encontró con el consternado rostro de Kanon, que bajando sus ojos contempló con terror su propio pecho atravesado por un amarillo fulgor, y se dejó caer sobre él, tras una última exhalación.

Milo apagó su espada y la guardó en su cinturón, antes de agacharse para mover el cuerpo de Kanon y hacerlo a un lado. Después ofreció una mano a Camus, quien todavía no asimilaba lo que acababa de ocurrir.

—Milo… no debiste hacerlo…— Camus murmuró, con un evidente desconsuelo que puso a Milo al tanto de los motivos de su preocupación; de por qué lo había sacado de la pelea, y de por qué ahora sus ojos se humedecían reflejando tristeza, reflejando derrota, aunque la pelea la acabaran de ganar.

—No lo maté porque lo odiara… lo maté porque te amo.

Las firmes palabras de Milo, y la serenidad que ahora veía en el océano que eran sus ojos, aliviaron el acelerado corazón de Camus. Finalmente aceptó la mano ofrecida, se dejó levantar y ser envuelto en un reconfortante abrazo que fue inmediatamente correspondido, y que los congeló en el momento mientras ambos permitían a sus barreras, y a sus lágrimas de alivio, caer.

—.—

Aunque el Consejo estaba seguro de que ni Dooku ni Kanon habían sido elegidos por quien quiera que fuera su Maestro, para convertirse en su alumno definitivo, por lo menos ahora, sin una amenaza tangible, podían aprovechar los próximos y seguramente breves tiempos de paz.

Y los dos muchachos que caminaban tomados de la mano por el jardín del Templo Jedi definitivamente lo harían. Empezarían ahora, simplemente regocijándose ante la mutua presencia del otro, mientras se acomodaban en la pequeña banca blanca oxidada y relajaban sus sentidos al pacífico alrededor, ponderando en las palabras que Yoda había recitado hacía unos minutos no muy lejos de ahí en la explanada, donde todos los Jedi presentes en ese momento en el Templo se habían reunido para escuchar al respetado Maestro.

'Ustedes, jóvenes caballeros Jedi, representan la última luz de esperanza para que la pureza de La Fuerza siga viva…'

Yoda les había confiado el futuro a las nuevas generaciones de caballeros Jedi, a las que seguramente atestiguarían la caída de la República… la caída de La Orden. Pero hasta que eso pasara, y si llegaba a pasar, Camus y Milo seguirían dedicando su vida al servicio de La Fuerza. Porque mucho le debían, a la que los había traído hasta aquí, pues por más largo y tortuoso que hubiera sido el camino, finalmente los guió a su destino. A donde debían estar, y con quien se sentían completos y en contento equilibrio.

—¿Me dejarás algún día?— preguntó Milo intentando no reír, ridiculizándose a sí mismo con una exagerada expresión suplicante, mientras se acostaba recargando su cabeza sobre las piernas de Camus y éste lo miraba ladeando la cabeza desde arriba; ángulo que acentuaba su belleza.

—No puedo… ¿Cómo se queda uno sin el aire que lo mantiene vivo?— Camus contestó sonriendo, divertido ante la actitud de Milo y las vergonzosas palabras que aquél le hacía decir; parecían protagonistas de un holodrama. Lentamente posó la yema de su dedo índice sobre la boca de ese que sólo sabía preguntar tonterías.

Milo sonrió y mordió juguetonamente el dedo que lo intentaba callar, justo antes de que Camus inclinara su rostro para capturar sus labios, y Milo lo tomara de la nuca para profundizar el beso y no dejarlo escapar. Por la mente de ambos pasaba compartido el mismo pensamiento, de cómo la caprichosa voluntad de La Fuerza irónicamente los llevó hacia quien siempre había estado a su lado, y junto al cual ninguna meditación era necesaria, o ningún código válido, mientras se tuvieran el uno al otro, y nada más.

FIN de la primera parte—


Continúa en "The Last Remaining Light parte II"

También hay una side-story de Saga y Kanon: "Now Comes The Night"

Gracias por leer :)

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