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Books » Harry Potter » Laguna Estigia
Parvati-Blossom
Author of 17 Stories
Rated: M - Spanish - Drama/Adventure - Voldemort & Harry P. - Reviews: 253 - Updated: 06-29-10 - Published: 08-02-04 - id:1993654

Yo creo que debo tener alguna especie de maldición encima.

(De ese modo delego mi responsabilidad a alguna entidad sobrenatural para no caer en la frustración).

Bueno, como sabrán, había planeado publicar este capi en marzo, con la ilusión (oh, quimérica) de haber logrado completar el capítulo 17 en mis pseudo-vacaciones de verano. Por supuesto, entre finales y la musa-que-no-me-acompañaba quedé estancada. Me frustré mucho, pero me dije que con un poco de suerte lo terminaría en marzo, en las primeras semanas no tan densas de cursada…. Por supuesto, mis profesores me contradijeron y hasta la semana pasada a penas tuve oportunidad de pensar en LE, mucho menos de escribir XD.

Durante esa semana revisé mis anotaciones, releí capis (especialmente éste), para volver a aclimatarme. Creo que deben imaginarse lo difícil que es volver a una trama en la que nos has pensado por meses, pero luego de tantos años en ella y con tantas intermitencias, ya lo había previsto y mis notas exhaustivas poco a poco me vuelven a colocar en este mundo.

Así que bueno… antes de ayer logré avanzar unas páginas (de mala calidad, pero al menos ya no me enfrento al pudor de la página en blanco) del capi 17… así que he decidido que es hora de publicar este capi con la esperanza de que, en este mes que dispongo de libertad académica, lograré seguir escribiendo. Mi objetivo es terminar LE durante este período, pero ya he aprendido a no ponerme metas tan altas. Paso a paso.

Gracias por la paciencia. No la merezco.

La última escena, que abarca un cuarto del capi, es una de mis favoritas del todo el fict… y de las que más disfruté escribir. Espero que tenga el mismo impacto en ustedes.


Título: Laguna Estigia

Autora: Parvati-Blossom

Resumen: Reto N 7 de La Orden de las Mortífagas. Harry es el más destacado mortífago al servicio del Lord. Neville es el que se espera que venza a Voldemort y su protegido.

Rating: PG13

Género: Drama/Dark/Angst... o.O Tal vez algo de acción...

Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a JKR, soy simplemente una admiradora del universo de Harry Potter. Sin embargo, aquellos personajes que no pertenecen al Cannon, son de mi propiedad. ¿Ejemplos? Alice Kolberg, Lucas de Santos... Es un fict sin fines de lucro.


Capítulo 16

Cuarteles de la Orden del Fénix

6 de febrero de 2005

Horario: nueve de la noche

Él había sido el culpable.

Jamás había sido sentido un dolor de cabeza tan agudo. Sus memorias anteriormente suprimidas poco a poco resurgían del fondo de su mente y se reorganizaban, alentadas por la pauta que Filldeserp había señalado tras su golpe con Legeremancia. Revivía cada escena con nitidez; era un infierno propio.

Podría haber actuado diferente en muchas ocasiones. Podría nunca haber recibido aquella misteriosa carta o podría haberla llevado ante Dumbledore para examinarla; podría no haber hecho caso al llamado y haber permanecido en Grimmauld Place; podría haberle notificado a la Orden de sus visiones o haberlo hablado con Harry; podría haber aceptado la muerte en vez de sacrificar al padre de Hermione por su supervivencia; podría haber admitido la verdad ante la Orden; podría haber escondido tanto la verdad como la mentira que había utilizado para resguardarse.

Ahora sabía que Harry nunca lo hubiera delatado. Si no lo había hecho con el incentivo de la propia defensa, tampoco lo hubiese hecho con el incentivo de la justicia… Tanto por él, Ron, como por Hermione, hubiera callado.

Pero ante todo, sabía que había defraudado a sus mejores amigos. Se había convertido en el Peter Pettigrew del trío dorado, fingiendo ser inocente tras la culpabilidad de Sirius Black… en este caso, Harry Potter.

Por ser cobarde. Por sobrevivir. Por envidia. Por culpa.

Había sido un instrumento en manos de Voldemort para lanzar a Harry al abismo, para demostrarle cuán frágil podía ser una amistad, incluso cultivada durante siete años, cuán frágil era la naturaleza humana y los ideales de la Luz.

Quizás volviera a pecar de orgullo al sospechar que él había sido el desencadenante de la conversión de Harry Potter, pero sin duda había sido uno de los móviles. Él había generado el monstruo de Filldeserp.

Si tan solo hubiera sido capaz de superar la máscara del niño dorado protegido por Dumbledore, proclamado Premio Anual, alumno ejemplar… si hubiera podido saltar esa imagen en la cual Harry Potter se había ocultado para no demostrar su congoja, para no revelar su oscuridad… si hubiera sido el amigo que había atestiguado ser, ¿acaso hubiera podido salvar a Harry? ¿Hubiera podido salvar a la comunidad mágica del terror de aquella era oscura?

¿Hubiera podido redimirse a sí mismo?

Lloró como nunca lo había hecho en su vida, superado por la realidad y el pasado. Lloró porque tanto la verdad como la mentira habían sido destructivas y devoradoras… ya no tenía santuario. Él había sido responsable de cada uno de sus actos. Tenía que admitirlo. Tenía que pagarlo.

Ronald Weasley tomó su varita y se apuntó con ella.

Él único precio disponible por el derramamiento de sangre era tan sólo más sangre.

Deseó poder disculparse otra vez ante Harry y Hermione, aunque jamás pudiera obtener su perdón.

Pero eso era todo.

- ¡Expelliarmus!

Antes que pudiera terminar con su vida, su hermana lo desposeyó de su varita. La vio difusa a través de sus lágrimas, llorando también y arrodillándose frente a él. La notó triste, derrotada, y a la vez furiosa, viva como una llama.

Lo abofeteó.

- ¿Crees que Luna arriesgó su vida para que pudieras suicidarte, Ronald? - Le gritó. - ¡Esta no es la forma!

- No lo entiendes, Ginny. - Respondió Ron, abrazándose, buscando la manera de desgarrar su piel con sus uñas y desangrarse.

- Entiendo que siempre has sido algo cobarde. Sólo que desconocía cuánto. - Lo acusó ella. - ¿Por qué mentiste, Ron?

Negó con la cabeza, vacío de palabras para justificarse.

La mirada de Ginny se suavizó y lo abrazó.

- Nos creíamos muy adultos, ¿cierto? - murmuró en su oído. - Habíamos enfrentado ya a muchos mortífagos antes de salir de Hogwarts. Éramos capaces de defendernos, no necesitábamos ocultarnos detrás de nuestros padres… pero olvidamos que todo aquello había sido posible gracias a que habíamos sido un equipo, habíamos tenido a los mejores amigos para cubrirnos la espalda, para levantar un escudo, para no dejarnos intimidar por un Dark Lord y un par de mortífagos… éramos adolescentes jugando a ser adultos, creíamos tener todas las respuestas… pero sólo éramos eso: adolescentes.

La excusa de la edad sonaba vacía a los oídos de Ron. A los diecisiete años había asesinado por primera vez, instado por un Dark Lord bajo amenaza de muerte. Pero él lo había elegido.

- Fuiste engañado, como muchos adultos antes que tú, Ron. - Le dijo Ginny, tomando sus manos y mirándolo al rostro, sin sentir vergüenza de él, sin sentir odio. - De lo único que eres absolutamente culpable es de mentir y de rechazar a tu mejor amigo… de no asumir los hechos.

Quería creerle, pero aún sin el peso de la muerte, la traición le remordía por sí sola más que cualquier otra cosa.

- No puedo vivir con esto, Ginny… - Confesó. - Creo que por eso suprimí todo… por eso fui capaz de mentirme hasta a mí mismo. Es… horrible. No puedo…

- La Orden te perdonará, Ron. - Le reconfortó ella. - Podrás vivir para asumir tu culpa y solventarla, pero de un modo justo y equilibrado.

- No puedo seguir siendo auror, Ginny. No puedo defender algo que he destruido… - Hizo una pausa, observando sus manos falazmente blancas y limpias. - No puedo luchar contra ellos… No puedo.

- Entonces… ¿qué harás? - le preguntó su hermana, desconcertada por su respuesta.

- No lo sé.

Miró sus alrededores. Se encontraban en el sector del cuartel dedicado a los sanadores. Recibían a los heridos del ataque a la Fortaleza y se encargaban de curarlos lo mejor posible con los pocos recursos disponibles, dado que San Mungo ya no era tan confiable. En una cama próxima adonde él se hallaba sentado estaba Luna, pálida y dormida.

Sintió más culpa. Ella había resultado herida por defenderlo. Filldeserp había estado a punto de matarlo y, en cambio, casi había matado a Luna.

Cerró los ojos, apesadumbrado, recordando el ataque y la inaudita clemencia que el heredero de Voldemort había demostrado al permitirles huir y así lograr salvar a Luna.

Neville estaba de pie al lado de la cama de su amiga. Parecía rendido.

- Hubiéramos sido capaces de asesinar a un bebé. - Les dijo cuando ambos Weasley se acercaron. - ¿En qué nos hemos convertido?

Ron sintió otra espada clavándose en su estómago. Lo había olvidado. Había estado a punto de matar a Hermione y al bebé. Él había sido el único auténticamente convencido del valor de la misión entre el cuarteto. Había sido capaz de justificar los medios por el fin.

Ahora ya ni siquiera recordaba cuál había sido tal fin.

- Creí que luchábamos por la paz… por la justicia… por el orden. - Murmuró Neville. - Pero íbamos a matar a un bebé inocente.

El silencio los ahogó.

Mientras cada herido que llegaba aún festejaba el avance que había dado la Luz al atacar al fin los cuarteles principales de sus enemigos, ellos soportaban una derrota rotunda, vívida y consumada; la rotura de todo cuanto habían conocido.

- ¡Murió! ¡La esposa de Filldeserp fue asesinada! - Anunció jubiloso un funcionario del Ministerio que acababa de llegar del campo de batalla.

Hubo exclamaciones de contento ante aquel signo patente de victoria.

Ellos temblaron y buscaron apoyo en las camas o sillas próximas para mantenerse en pie. Neville reía, vacío, quizás delirante. Ginny miraba a Luna, rememorando tal vez las últimas palabras que había escuchado de Hermione en pos de salvar la vida de su amiga, y lloraba. Ron sentía que el mundo se desvanecía.

Hermione había muerto.

Gritó, frustrado, enojado, desconsolado, impotente.

Él debería haber muerto aquella noche de agosto de 1997.

Ella debería haber sobrevivido aquella noche de febrero de 2005.

Se dejó caer.


Horario: once de la noche

- Se ha dormido ya. - Murmuró Lucas.

Lejos de su hija.

Francisco y Javier estaban sentados a su lado, intentado ser comprensivos. Dumbledore estaba de pie, a unos pasos de la cama donde la niña dormía bajo los efectos de un hechizo.

Desde que habían aparecido en los Cuarteles de la Orden y abandonado la Fortaleza, la magia de Cecilia parecía haber descontrolado. Había generado una burbuja mágica alrededor que evitaba cualquier clase de contacto y, aún sin recobrar del todo la consciencia, se había retorcido de dolor y había gritado a todo pulmón hasta que Dumbledore había intervenido, luego de arribar del campo de batalla.

Había conseguido afectarla sólo después de varios intentos, una vez que la magia de la niña se agotó lo suficiente como para remitir la fuerza de su escudo. No obstante, el anciano había sugerido no entrar en contacto físico con ella hasta que no recuperara el uso completo de la razón, pues otro ataque acaecería.

- ¿Por qué ha reaccionado así? - Preguntó Javier.

- Puede que su magia los haya rotulado como enemigos o posible amenaza. - Contestó Dumbledore. - Y busque así defender a Cecilia. Pero… - el mago frunció el entrecejo y se acomodó los anteojos de medialuna. - Es magia muy poderosa para una niña… ¿cuántos años tiene?

- Seis, casi siete… cumple años en marzo.

- ¿Cuánto tiempo estuvo en posesión de Filldeserp? - Lucas cerró los ojos, sintiendo el dolor de cada día desperdiciado distanciado de su hija.

- Un año.

- ¿Recuerdas alguna manifestación de magia por entonces?

- No, claro que no… - miró a su hija y su furia ascendió. - ¿En qué la han convertido?

- No pueden haber desarrollado su magia tan rápido ni tan avanzadamente. - Conjeturó Dumbledore, obviando la pregunta del auror. - Esto es más que simplemente magia común. - Sus ojos azules se clavaron en Lucas, serios. - Es una elemental.

Los tres aurores quedaron boquiabiertos ante aquellas noticias. Francisco saltó de su asiento, repentinamente inspirado.

- ¡Por eso sobrevivió cuando aquellas rocas cayeron sobre ella! - Exclamó, fascinado.

- Y por eso tanto interés de Filldeserp en ella… - Murmuró Javier. - Recluta elementales adultos desesperadamente… Pero tener la posibilidad de criar a uno…

- Pero eso no explica cómo supo que era elemental cuando la secuestró. - Dijo Lucas. - Es imposible. Tan solo un hecho traumático puede exponer los poderes de un elemental a tan temprana edad y Cecilia no había…

Calló, alarmado, al notar cómo el rostro de Dumbledore había perdido color. El anciano miró a Cecilia, horrorizado, con la luz de la revelación brillando en sus ojos. Luego volteó a mirar a los aurores y ellos pudieron advertir las sombras de las lágrimas en su rostro.

- Lucas… los poderes de Cecilia se revelaron cuando fue secuestrada. - Expuso, con un tono de voz que rozaba el grito, desesperado. - Los elementales jóvenes buscan inmediatamente un mentor para que los ayude a equilibrar su elemento, pues aún no poseen el control para hacerlo por sí mismos… si Filldeserp estaba allí… entonces… él es el mentor de Cecilia.

- ¿Y eso qué significa? - Preguntó Francisco, no localizando el drama detrás de su deducción.

- Alejada de Filldeserp, el elemento de Cecilia es… caos.

- ¡Cortemos el vínculo que la une a él, entonces! ¡Busquemos un elemental que lo reemplace! - Sugirió Lucas, dispuesto a recorrer cielo y tierra por una solución.

- La única manera de disolver un vínculo elemental es la muerte, Lucas. - Explicó Dumbledore. - Sólo entonces el elemento de Cecilia reconocerá otro tutor. Mientras tanto, cuánto más tiempo y cuánto más lejos esté de Filldeserp… - el anciano cerró los ojos. - sufrirá, Lucas. Cecilia sufrirá.

El auror español gritó por la impotencia y se llevó las manos al rostro, indagando en su mente por alguna pista, alguna posibilidad, de cambiar aquello. No podía aguantar distinguir la negación y la imposibilidad en el rostro de Dumbledore. No podía tolerar las miradas apenadas de sus compañeros. Pero ante todo, sería incapaz de ver sufrir a su pequeña, de la misma manera que sería incapaz de entregarla a manos de ese monstruo de nuevo.

Mataría a Filldeserp, lo antes posible. No obstante, mientras tanto, ¿cómo podría afrontar la creciente afección de su hija?

- Albus, ya estamos todos preparados. - Interrumpió Minerva McGonagall, asomando su cabeza por la puerta pero sin prestarle atención a los españoles. Estaba vestida para un duelo.

Dumbledore apoyó una mano en el hombro de Lucas, intentando brindarle aliento, pero sólo ofreciéndole más angustia.

- Debo atender otro asunto… - Se excusó el anciano. - Buscaremos la forma, Lucas. Por el momento, descansen. Probablemente no despertará hasta el mediodía.

Cerró la puerta tras de sí.

Había trincado con la cerradura más que una puerta de una habitación en un cuartel de Londres: había sellado el futuro de Lucas y de Cecilia.


7 de febrero de 2005

Horario: siete de la mañana

- Lamento haberles pedido que asistieran tan temprano, pero esta es una reunión de urgencia. - Anunció Dumbledore como bienvenida a la convocatoria de la Orden.

Allí estaban presentes todos los miembros de la Orden. Luna ya se había restablecido, aunque no debía realizar ninguna tarea ardua, por riesgo a reabrir la herida. De la misma manera, todos los presentes presentaban algún vendaje, pero con pleno gozo de salud. No había que lamentar bajas, aunque sí había habido numerosas muertes de aurores y personal del Ministerio.

Las únicas sillas vacantes pertenecían a Remus, Tonks y Jones.

- Antes que nada, debemos celebrar nuestra victoria parcial sobre la Oscuridad. - Propuso Dumbledore. - Si bien no hemos podido invadir la Fortaleza, en lo inmediato los Dark Lords no osarán reinstalarse en su cuartel general mientras tengamos nosotros las coordenadas.

Hubo sonrisas complacidas y algunos gestos de camaradería. Durante meses la Orden Tenebrosa había comandado la guerra, pero por fin había podido la luz sacudir aquella supuesta estabilidad y renovar la confianza y la esperanza en el triunfo final para la comunidad mágica.

- Varios espías declararon sus colores. En lo que atañe al ministerio, Gilbert Whimple apoyó a los mortífagos. Nosotros, a su vez… descubrimos a Megan Jones junto a Filldeserp durante la batalla. Incluso creemos que se comunicó con él a penas supo de nuestros planes de ataque, pero no pudo darle mucha ventaja.

Hubo exclamaciones encolerizadas ante aquel comunicado.

- Otra traición que lamentamos, doble esta vez, es la de los Lupin.

Casi todos los presentes se enderezaron en sus sillas, sorprendidos. No había sido una noticia difundida y mucho menos esperada. Remus había formado parte de la primera Orden del Fénix y la misma lealtad se estimaba en Tonks, hábil aurora y empedernida defensora de la luz.

- Tras la muerte de Hermione Granger, Remus se trasladó con el cadáver a su casa, protegiéndolo de la cruenta batalla, y hospedando luego al mismísimo Filldeserp. Algunos de nosotros presenciamos la muerte de Hermione y cómo Remus podría haber aprovechado el momento para aprensar a Filldeserp, y sin embargo, habló con él y lo socorrió. - Dumbledore hizo una pausa dramática para permitir a su audiencia procesar aquella información. - Cuando irrumpimos en su casa horas después, tanto él como Tonks admitieron la traición, y Filldeserp salió a nuestro encuentro, probablemente para defenderlos.

Silencio. La mayoría de ellos estaban incrédulos; ¿el Dark Lord resguardando a dos miembros de la Orden del Fénix cuando podría haberlos descartado a su suerte?

- Desde entonces no sabemos nada de ellos.

- ¡Me prometiste que la protegerías! - Gritó una figura desde un rincón de la sala. Todos los miembros se voltearon, sorprendidos, pues nadie se había percatado de su presencia.

Era una mujer rubia, con sofisticados ropajes y rasgos aristotélicos. Algunos de ellos la reconocieron por su rol de profesora de pociones de Hogwarts, pero la mayoría de ellos desconocían el propósito de su presencia en la reunión, ya que nunca había profesado preferencia por la magia blanca.

Era Alice Kolberg.

- Alice, por favor, cálmate… - Pidió Dumbledore.

- ¡Lo único que te pedí a cambio fue mantenerla lejos de Filldeserp! ¡Y tú la entregaste a ese licántropo! - La furia de la mujer se tornaba evidente con cada paso que daba hacia el anciano profesor. - Dijiste que confías que él nunca cedería ante Filldeserp. ¿Y ahora?

- Alice, la recuperaremos. - La mujer bufó ante la promesa de Dumbledore, se cruzó de brazos y contuvo su réplica. Albus giró hacia el resto de los miembros. - Ella es Alice Kolberg, nuestra preciada espía en los círculos de Voldemort. Tras lo sucedido anoche, ya no podrá proveernos información, pero…

- Tú asesinaste a Granger. - Dijo Kingsley, reconociendo su figura. Alice hizo una mueca despectiva, casi mordaz.

- Así es. Le he hecho un favor a Filldeserp al sustraer la inmundicia que iba a instaurar en su linaje por medio de esa sangre sucia.

- Hermione estaba embarazada. - Aclaró Dumbledore ante la expresión desconcertada de la Orden. Después miró a Ginny, quien asintió a su pedido.

- Lo descubrimos Neville, Luna, Ron y yo ayer, mientras buscábamos a Filldeserp antes del ataque. Nos encontramos con Hermione y le ofrecimos rescatarla, pero ella se negó… y nos informó del embarazo. Insistimos en que protegeríamos al niño, pero… rehusó nuestra ayuda y…

- Nos batimos a duelo con ella hasta que apareció Filldeserp. Entonces Luna resultó herida y tuvimos que regresar. - Completó Neville.

El informe provocó reacciones agridulces en la Orden. Muchos parecían aliviados por la eliminación del heredero del Filldeserp y de su esposa, en vista al horizonte de su legado, mientras otros lucían apesadumbrados. Hermione había sido su compañera y por más que fuera declarada una traidora, todo había sido muy reciente y había ocurrido muy rápido.

Ron apretó los puños por debajo de la mesa.

Luna apoyó su mano en uno de ellos y le sonrió con tristeza.

- Ha sido, en balance, una derrota importante para los Dark Lords. - Retomó Dumbledore.

- ¿Qué hay de la niña… tu hija, De Santos? - Cuestionó Shacklebolt.

Los tres españoles tenían un aspecto demacrado, aunque intentaban disimularlo detrás de su indiferencia. Sin embargo, Neville jamás los había visto tan descorazonados y temió que no hubieran podido llegar a Cecilia a tiempo, a pesar de todos sus esfuerzos.

- La hemos rescatado. - Dijo Lucas tácitamente.

La figura de Alice, que había perdurado impasible después su erupción, rió luego de escuchar aquel reporte. Lucas no pudo dominarse y pronto estuvo frente a ella, con varita en mano. Pero ella no pareció intimidada, sino más bien divertida por su actitud.

- Maldita serpiente… sabías que esto ocurriría. - Murmuró Lucas entre dientes.

- Por supuesto. - Sonrió perversamente, mostrando sus dientes blancos. - Te lo advertí, ¿no?

- Tú… - la empujó contra la pared y colocó su varita en su cuello. Ella alzó el mentón, altiva.

- Querías a tu hija; yo te otorgué los medios para tenerla. ¿Por qué no muestras algo de agradecimiento, cariño? - Susurró Alice con su sonrisa perenne. - Sara hubiera querido que perdonaras a sus verdugos, que fueras un ejemplo magnífico de un caballero de la luz para su hija… Necesitarás serlo. - Le recomendó, entre seria y burlona. - Esa niña está destinada a amar la oscuridad, Lucas.

- No hables así de Cecilia, no te atrevas… - Replicó él. La mortífaga se carcajeó.

- Podría haberme elegido a mí como mentora. Pero lo eligió a Filldeserp. ¿Cuál alma crees que está más quebrada?

Lucas se apartó, sintiendo asco de aquella criatura endemoniada.

- ¿Por qué lo traicionaste si lo glorificas tanto?

Los ojos azules de la mujer se nublaron. Luego de unos instantes, los fijó en Dumbledore con todo el odio que una mirada puede concentrar.

- Mi hija es elemental también. - Contestó. - Aún no ha dado indicios, pero percibo su aura… con orgullo la hubiera ofrecido a Filldeserp para que la entrenara como ha entrenado a Sheila, pero… - su labio tembló. - Es elemental de tierra. Esos elementales se han jurado, como clan y por magia, en contra del Dark Lord. Ella jamás podrá servirlo… ¡La matará!

Su grito taladró en la consciencia de los presentes. Nadie se movió ni emitió palabra mientras contemplaban cómo aquella impávida mujer se desmoronaba ante sus ojos.

- Y ahora… está a su alcance.

Rió, vacía y conquistada.

- Mientras tú, De Santos, quieres separar a tu hija de Filldeserp, cuando éste siempre querrá y protegerá a Cecilia, yo, que quería servirle, tuve una hija incapaz y enemiga a su designio. Irónico, ¿cierto? - Su pregunta retórica retumbó en la sala, colmada de significado. - Si no hubiera acudido a la Orden… quizás ahora pudiera suplicarle a él una muerte rápida para ella hasta que no quede polvo en el mundo sobre el cual arrodillarme. - Musitó. - Pero he asesinado a su esposa y a su hijo.

Su risa se extinguió y sonrió, ácida y virulenta.

- Quizás sea verdad que todos los Malfoy están condenados al fracaso.


9 de febrero de 2005

Horario: once y cuarto de la mañana

- Lo siento, Lucas. - Dijo Dumbledore. - Hay muy pocas posibilidades de recobrar las verdaderas memorias de Cecilia sin quebrar su mente en el proceso.

Lucas no podía acusarlo de no haberlo intentado. Había estado más de media hora inspeccionando la mente de Cecilia con Legeremancia, pretendiendo no manifestar malas intenciones para que su elemento no reaccionara. Sin embargo, quizás hubiera sido mejor ni siquiera averiguar; con cada nueva idea respecto a Cecilia, sólo encontraban más y más manipulaciones de Filldeserp.

La niña permanecía lejos de ellos, en un rincón, abrazándose. A veces lloraba, pero lo disimulaba escondiéndose detrás de su cabello rubio. Otras veces sólo los miraba con desafío y desconfianza; no era la imagen de la inocencia de una niña de seis años. Más bien, parecía tener la lucidez de una adolescente.

- Sheila. - La llamó Lucas, estirando lentamente un brazo para no asustarla, invitándola a sentarse con ellos.

Había desistido de llamarla por su auténtico nombre. En cuanto escuchaba un Cecilia, se alteraba, tanto emocional como mágicamente. Su única esperanza había sido poder destruir sus falsas memorias, pero no podía arriesgar la cordura de su hija.

- Sheila, ¿por qué no merendamos juntos? - Propuso Dumbledore, empleando en toda su capacidad sus dotes de abuelo.

La niña dudó durante varios minutos, pero finalmente se acercó, tambaleante. No lo suficiente como para que pudieran tocarla, pero sí lo suficiente como para poder mirarla a la cara y determinar su estado.

- ¿Dónde está papá?

Lucas respiró hondo e intentó calmar la furia bullía en su sangre. Estaba frente a ella, pero Sheila preguntaba por Dymtrus. Siempre preguntaría por Dymtrus.

- ¿Y mamá? ¿Dónde están?

Empezó a hipar, probablemente de los nervios al contemplar sus rostros apesadumbrados.

Dumbledore se arrodilló frente a ella y le sonrió con tristeza.

- Allí donde estés tú, ellos siempre estarán. Siempre te acompañarán, pequeña Sheila. - Le dijo. - Pero han tenido que emprender un viaje, así que te quedarás con nosotros por un tiempo, ¿qué te parece?

Pero la niña retrocedió, sin encontrar consuelo en las palabras de Dumbledore. Sus ojos azules pasaron por cada uno de ellos, esperando otra respuesta, pero nadie se atrevió a decir la verdad ni a perdurar la mentira.

- Ustedes atacaron a mi papá. - Dijo Sheila con determinación. - Intentaron lastimarlo.

- No, no. Fue todo un malentendido. - Quiso excusar Javier. - Era sólo un juego… para que no te pusieras triste por su ida. ¿No te gustó el juego?

Sheila lo fulminó con la mirada. Su postura se tornó imperiosa a medida que su valentía crecía, al igual que su desconfianza.

- ¿Dónde está el señor entonces? El señor siempre juega conmigo antes de viajar.

Vacilaron, sin saber bien a qué se refería la niña. Lucas amagó a aproximarse, no soportando la angustia que el abandono estaba ocasionando en ella, pero su hija gritó y se apartó, elevando de nuevo la burbuja de energía. Con plena conciencia de lo que hacía, extendió una mano y pequeños rayos de luz brotaron, incitando que su padre se replegara.

Alice rió desde la puerta, entretenida con la situación. Sheila se calmó al detectar su presencia, menguando la intensidad de su barrera.

- ¿Qué haces aquí? - Le preguntó Lucas con desdén.

- No podía perderme este espectáculo… - sonrió la rubia. - Cuatro magos, que jamás han tratado con un elemental, tratando de convencerla de que confíe en ellos.

- ¿Alguna sugerencia? - Dijo Francisco con sarcasmo.

Alice asintió con una mueca. Con cautela se acercó a Sheila y se arrodilló, como Dumbledore había hecho antes. Pero la mortífaga poseía otro factor a su favor.

Tendió su mano y una serie de burbujas surgieron. La niña contempló su exhibición prácticamente hipnotizada. Se sonrieron como compartiendo un secreto.

- Eres elemental. - Dijo Lucas.

- Así es… agua. - Sonrió, provocando más burbujas y disfrutando de la risa de la niña.

- Sheila es… ¿luz? - Consultó Javier. La mortífaga asintió.

- ¿Dónde está el señor? - Le preguntó Sheila a Alice.

- Vendrá a buscarte pronto, no te preocupes. - La reconfortó y acarició uno de sus buques.

- ¡Puedes tocarla! - exclamó Lucas. Alice le sonrió mordazmente.

- Claro, soy mortífaga y he estado en contacto con el elemento de Filldeserp. - Explicó.

Para enfatizar su punto, se arremangó la manga de la túnica, descubriendo así su Marca Tenebrosa. Los españoles hicieron ademanes de asco pero Dumbledore se fijó en ella con particular curiosidad, como si nunca la hubiera visto antes.

- ¿Te duele, Alice? - Preguntó el anciano. La mortífaga lo fulminó con la mirada y acomodó su túnica, disimulándola otra vez.

- Por supuesto. Arde desde la mañana después de la batalla. - Hizo una mueca de dolor. - A Filldeserp le encanta fastidiar mis nervios.

- ¿Acaso espera que respondas? - Preguntó Javier con cierto sarcasmo.

- Eventualmente tendré que hacerlo o enloqueceré. - Contestó Alice, encogiéndose de hombros. - En todo caso, soy lo más cercano que puede hallar esta niña a él en esta casa y eso es lo que la tranquiliza. Además, ya nos habíamos visto, ¿cierto?

Sheila asintió, sonriendo.

- ¿Son tus amigos? - Le preguntó la niña en un susurro.

- Algo así. - Le respondió Alice.

La barrera desapareció.

- ¿Puedes enseñarme a hacer esas burbujas, por favor? - Le pidió Sheila. - ¡El señor estará tan orgulloso de mí!

- Lo siento. Esto sólo lo puedo hacer yo. - Dijo Alice. - Pero encontraremos algo que podamos hacer las dos, ¿qué te parece?

- ¿Quién es ese… señor? - Cuestionó Javier.

- Filldeserp. - Respondieron Dumbledore y Alice al unísono.

- ¿Acaso era tan fraternal con ella? - Cuestionó Lucas con repulsa.

- Por supuesto. La mejor manera de asegurar que alguien no te traicione es llegarle al corazón, De Santos. - Contestó la mortífaga. - Y Filldeserp siempre estaba dispuesto a pasar tiempo con Sheila. Creo que en verdad le agrada.

Aquel monstruo no sólo había cambiado las memorias de su hija, sino que también había endulzado su causa y se había ganado el cariño irreprochable de una niña. Lucas no pudo contenerse y lo maldijo en voz alta, hastiado de aquella pesadilla que se desarrollaba frente a él.

Sheila reaccionó enseguida. Corrió hacia él con impulso, abrazando las rodillas del auror en el impacto y tirándolo al suelo. Escuchó las exclamaciones de alarma de sus amigos, pero lo único que podía ver era su hija sobre él con una mano extendida sobre su pecho.

Sintió un tibio calor allí y pronto descubrió que el contacto con Sheila le quemaba. Intentó apartarla y ella aprovechó la oportunidad para correr hacia la puerta y escapar de la habitación.

Adolorido aún por la caída y las quemaduras, Lucas se incorporó y junto con los dos españoles y Dumbledore marcharon tras la niña. Alice permaneció en la habitación, riendo a todo pulmón.

Sheila descendía las escaleras rápidamente, esquivando a los miembros de la Orden que se cruzaban por accidente en su camino, gritando "¡señor, señor!", en busca de auxilio. Los aurores no se animaban a aturdirla con un hechizo por miedo a herirla o a alterar nuevamente su elemento.

Así llegaron a planta baja. La niña, desorientada y agitada por la maratón de su vida, se detuvo en medio del vestíbulo. Algunos miembros de la Orden observaban la escena, curiosos por aquella desconocida infanta. Los españoles intentaron acercarse, pero la famosa burbuja germinó.

Frustrados, intentaron con palabras calmar a Sheila, pero ella no les prestaba atención. Buscaba frenéticamente una salida.

- Cecilia, por favor… - Le imploró Lucas.

- ¡Soy Sheila! ¡Y no eres mi papá! - Chilló la nena.

Aquel desliz de Lucas fue la gota que colmó el vaso para el autocontrol de Sheila. Luego de una extraordinaria explosión de luz que cegó a todos los presentes por varios minutos, la niña se desplomó en el suelo, inconsciente.

Los testigos de aquella descarga quedaron paralizados, salvo por una de los miembros de la Orden; en cuanto pudo, Ginny Weasley acudió para cerciorarse del estado de salud de la niña. Mientras tanto, Alice descendió las escaleras hasta ubicarse junto a Lucas.

- No se despertará por varios días. - Pronosticó la mortífaga. - Cuando lo haga, estate preparado para varios episodios de estos… es sólo el principio de su reacción ante la lejanía de Filldeserp. .

El español no respondió; sus ojos estaban adheridos a su hija. La mano que sostenía la varita temblaba. Reflejaba la misma pérdida de dominio y esperanza.

- Deberías llevarla con los elementales de tierra. - Sugirió Alice en un tono casual. - Son los únicos que pueden remotamente saber cómo debilitar el vínculo que tiene con Filldeserp… y la protegerán de él.

Lucas volteó a mirarla, pero la mortífaga tenía sus ojos perdidos en otro horizonte.

- Intenté contactarme con ellos por Annabelle. - Continuó con disgusto. - Pero como soy mortífaga, no les conmovió mi pedido.

- ¿Por qué me ayudas? - Preguntó Lucas, plenamente consciente de la verdadera afinidad de la mujer.

- Sheila es más importante que Annabelle. Mientras Filldeserp esté distraído con tu hija, no buscará a la mía. - Murmuró Alice.

Compartieron el silencio. Eran dos padres jugándose todas sus cartas por sus hijos y su bienestar. Ya no importaba el bando. Ya no importaba la guerra. Aquello era mucho más personal y primitivo.

- ¿Por qué no vienes con nosotros? Sheila apreciará tu compañía. - Propuso Lucas.

Alice rió, sorprendida por la oferta.

- Tengo que encontrar a mi hija. No lograré eso escondiéndome detrás de esos aborrecibles elementales. - Le contestó de manera taciturna. - Y recuerda, De Santos. Esto es sólo una solución parcial a tu problema. Si en verdad quieres liberar a tu hija, tú tampoco puedes esconderte por mucho tiempo. - La mortífaga tomó el brazo previamente tembloroso del auror y lo elevó para mayor énfasis. - Con esta varita deberás matar a Filldeserp.

La mortífaga se retiró entonces, concediendo que sus palabras quedaran suspendidas y oscilantes entre una encomienda y una premonición.


20 de febrero de 2005

Horario: cinco y cuarenta de la tarde

Había estado buscando a Ginny por sus rincones más habituales, sin resultado. Tampoco nadie había podido orientarlo bien sobre su paradero, pues sólo algunos la habían visto hacía una hora o más. Frustrado, bajó hasta la cocina.

Allí estaba ella, con su melena escarlata. Dado que estaba concentrada batiendo en un bol de espaldas a él, no había notado su llegada. Neville se obsequió esos minutos de misterio e intimidad en las sombras, apreciando cómo ella se desplazaba por la cocina, con sus gestos tan típicamente apasionados. Aún en las tareas más comunes, Ginny entregaba todo de sí, casi hasta el desaliento.

Pero en aquella ocasión notó algo extraño en sus movimientos, una especie de indefensión, de rabia, de decepción, de culpa; había desesperación en la manera en la cual cortaba las frutas, como queriendo deshacerse de algo que la roía en el interior. Incluso, mientras derretía el chocolate, en su pose estática y aparentemente paciente, allí hubo un temblor.

Cuando se arrimó a su lado y tocó gentilmente su hombro para poder ver su rostro, detectó las lágrimas que en silencio habían estado cayendo. Ella intentó ocultarse, sorprendida, pero él no se lo permitió. Le quebró el alma contemplar su dolor y su deseada soledad; hubiera deseado haber estado allí desde un principio para abrazarla y cobijarla, pero ella le había negado ese derecho. Fuera lo que fuera, no había querido compartirlo con él y eso le dolió, aunque jamás se lo diría.

Ginny se secó las lágrimas y acomodó los utensilios de cocina, aceptando cualquier excusa para no encararlo. Neville se preguntó cuán amargo podía ser aquel chocolate que hervía.

- Tendrás que esperar hasta después de la cena para probarlo. - Dijo ella luego de seguir su mirada. Él tan sólo frunció los labios y esperó. - ¿Crees que mucha gente cene hoy en los cuarteles? No sé si habrá comida suficiente…

Neville frenó su mano cuando se disponía a distraerse con alguna otra actividad culinaria.

- No hubo reunión hoy; no muchos cenarán aquí.

Ginny asintió con solemnidad, pero sin mirarlo a la cara.

El puñal de Filldeserp no había sido nada comparado con su indiferencia.

- ¿Qué sucede, Ginny?

Ella negó con la cabeza, pero apretó sus puños. Neville deseó poder extender su mano y desvanecer el abismo que lo separaba de ella en ese instante, pero la frialdad y la ausencia de sonrisa lo mantenían en su sitio. Suspiró y se giró en dirección a la puerta.

- ¿Listo? ¿Eso es todo? - Preguntó ella en un inusual tono tiple. - ¿Te rindes?

Neville volteó enseguida, atónito por su repentino arrebato. Avanzó hacia ella de nuevo, pero no se animó a tocarla ante la intensidad de sus ojos.

- ¿Te rindes? - Repitió, aunque su voz ahora angustiada y baja.

Él la besó y esa fue la clave para que la farsa que habían montado se desmantelara. En sus brazos, ella cedió al llanto y él la consoló, mudo al principio, luego susurrante.

- Ron y Luna se han ido. - Anunció Ginny entre sollozos.

La noticia lo paralizó al mismo tiempo que sintió algo en su pecho encogerse. Quizás era su resistencia. Quizás era su ilusión.

- Él ya no quería luchar… - Balbució ella.

En otro contexto, Neville hubiera contestado, enojado y decepcionado, que nadie, ninguno de todos los participantes de aquella guerra, en verdad quería luchar. Podían querer luchar por sus ideales, pero jamás combatirían gozando de la paz como otro medio posible.

En cambio, asintió comprensivo.

- Necesita encontrar un nuevo sentido para su vida, Ginny. - Dijo. - Déjalo ir. Déjalo afrontarse consigo mismo.

La pelirroja lo abrazó y sollozó un poco más contra su pecho.

- Siento tanta rabia. - Confesó. - Las mentiras no se acaban más… pero lo peor es que cada vez hieren más hondo. Ron, mi propio hermano… un traidor. - La palabra salió de su boca débil y hueca. - Todo este tiempo creíamos que Harry nos había traicionado aún antes del ataque a Hogwarts… pero había sido Ron. ¿Te das cuenta? Hermione también nos abandonó. Parece que poco a poco nos perdemos, que nos rendimos y ya no nos queda nada. ¿Quiénes somos? ¿Acaso tú y yo somos reales o también somos otra mentira?

- Ginny… - intentó abrazarla más contra sí, pero ella se alejó, viva y ardiente.

- ¿Estamos peleando por algo todavía o ya hemos extraviado el norte? Tal vez también nosotros estemos errando sin rumbo. - Continuó. - Quizás… ¿acaso hemos estado equivocados todo este tiempo, Neville? ¿Acaso la luz no existe y sólo nos queda un matiz de sombras? ¿Acaso hemos estado sacrificándonos por la causa desacertada?

Por unos minutos, Neville no tuvo respuesta verbal, únicamente colocó sus brazos sobre los de ella y estrujó hasta que ella casi se quejó. Entonces fue él el que ardió desde sus emociones.

- No sé sobre la causa, no sé sobre el norte, no sé sobre Hermione, Ron o Harry… pero sí sé algo, Ginny. - Hizo una pausa y la miró a los ojos, queriendo que aquellas palabras se grabaran en su mente y a la vez que se tornaran redundantes por lo que ya por ellos expresaba. - Tú y yo sí somos reales. Y lucharé cada segundo para que lo seamos.

Hubo un silencio. Ella comenzaba a sonreír.

- Estoy harto de vivir con miedo, Gin. Estoy harto de vivir creyendo que… quizás no haya una próxima vez. - Fue su momento de desahogo. - Detesto despedirme de ti y hacerlo con miedo. Odio pensar en que no tenemos tiempo, en que la guerra nos apura, que hay que disfrutar y ya… pero… - sonrió, triste, con ojos de niño. - Ya no más. Somos reales… lo suficientemente reales para vivir a nuestro modo y a nuestro ritmo. Lo suficientemente reales para sentir cada cosa como se debe, y no exagerada, no acelerada, por una amenaza. Voldemort o el Ministerio, Filldeserp o la Orden… ¿qué más da? Tú eres real para mí. Tú eres mi norte.

Acarició su mejilla, se enredó en un mechón de cabello que caía sobre su frente, besó sus ojos, su nariz, su boca. La abrazó fuerte contra sí y hubo calidez; hubo esperanza; hubo paz.

- Te amo, Ginny. Y no me rendiré, te lo prometo. - Le dijo Neville, cerrando la puerta con un movimiento vago de su varita.

Allí, en el ángulo de su cuello, entre cabellos rojos y fuego, hubo aroma a chocolate y a hogar.


Valle de Godric

Cementerio

28 de febrero de 2005

Horario: nueve y media de la noche

Unas manos, tan familiares, se asentaron en su cintura y la atrajeron hacia su destino. Dócilmente permitió que su espalda encajara perfectamente contra el pecho de él y con cierto placer incisivo descubrió que sus respiraciones coordinaban en su agitación. El rostro de él se hundió en su cuello tras disfrutar el aroma de su cabello y le regaló pequeños besos que fueron ascendiendo hasta su mentón. El contacto era tan leve y suave que pudo obviar el ardor.

Pero entonces aquellas manos insidiosas ascendieron desde su cintura, visitando su estómago, la curva de sus pechos y su cuello, y todo ella fue fuego, dolor y sensualidad.

Inclinó la cabeza para conectar miradas y la intensidad de aquellas esferas esmeraldas la aterrorizó y la electrizó simultáneamente. Aquella mueca que había añorado fue su permiso para voltearse y besarlo, para consumirse en aquel sufrimiento y prohibición, buscando cada vez más roce, buscando olvidar la realidad entre aquellas emociones tan primitivas, tan propias y ajenas.

Sin previo aviso, aquel montaje se disolvió. Se encontró arrodillada, jadeante, frente a Filldeserp, quien la observaba inmóvil e impasible. Intentó incorporarse, pero su cuerpo se estremeció y volvió a caer cuando otra corriente de placer extremo nubló sus sentidos.

- ¿No adoras cómo tu Lord puede otorgarte todo cuanto has deseado? - Susurró él, avecinándose a ella e inclinándose para burlarse de su insuficiente intimidad.

- Detén tus ilusiones… - masculló entre dientes Alice mientras intentaba que su cuerpo dejara de reaccionar a los falsos impulsos de su mente. Sin resultado, gimió y su cuerpo se arqueó, desconociendo su humillación.

Filldeserp sonrió perversamente y lamió su frente, limpiando el sudor. Alice lo observó obnubilada, confundiendo aquel presente engañoso con aquel pasado que habían compartido, cuando habían creído ilusamente ser compatibles y poder vencer cualquier oposición.

Él empezó a guiar sus recuerdos. Recorrieron juntos los primeros meses de su relación, cuando ambos habían estado entrenando sus elementos en el extranjero. Por aquel entonces, Alice había sido una prometedora mortífaga, pero parte de los séquitos inferiores. Su primer encuentro con Filldeserp, el famoso heredero, había sido quizás el verdadero principio de su precipitada progresión. Había estado segura de ser capaz de retener su atención por siempre y ser su favorita, la mejor comandante de entre todos los mortífagos. Esos primeros meses avivaron su ambición y su convicción. Ella había sido el hielo que posibilitó el distanciamiento de Filldeserp de su antigua persona, Harry Potter. Lord Voldemort había valorado la influencia que ella tenía sobre él y la había considerado idónea compañera para su heredero.

Él la besó con aquel vigor masculino que la desequilibraba. Lo rodeó con sus brazos, saboreando aquel gusto ácido de su propia sangre luego de que él mordiera su labio.

A pesar de las advertencias de la tradición de elementales, que aseguraban jamás haber presenciado un elemental de fuego y agua juntos, habían sellado su compromiso. Había jurado entregarle su pureza durante la noche de bodas; sin embargo, semanas antes de la consumación el deseo los había tentado y habían osado tantear el límite.

Jadeó cuando los ardientes dedos de él acariciaron su torso, primero de manera lenta y pronto violenta; él, conocedor como nadie de sus debilidades y deseos. Gritó por el éxtasis, de puro abandono y entrega.

Sus elementos chocaron, descomponiendo, extinguiendo, luchando por el mando. Él había ganado y desde entonces, ella sufría con cada contacto íntimo de su piel mientras él experimentaba la serenidad de su autoridad. Jamás podrían ser uno.

Cancelaron la boda. Alice viajó entre comunidades elementales, indagando por algún efugio, pero fue en vano. Cuando regresó a él y lo encontró estoico ante la imposibilidad, escarbó energúmena por algún medio para atraer nuevamente su interés y su obsesión, incapaz de aceptar lo que la magia les usurpaba. Había flirteado con Draco Malfoy hasta acostarse con él. Lo había hecho con descuido y enloquecida, en reiteradas ocasiones, asegurándose de que Filldeserp supiera de ello.

En un parpadeo, él volvió a disiparse, habiendo sido producto de otra ilusión.

Parado lejos de ella, la dominaba y la llamaba. Ella, incapaz de resistirse como siempre había sucedido, se arrastró hasta sus pies, sierva y amante.

Sólo la protección de Voldemort la había salvado de la muerte cuando los rumores de su infidelidad se infiltraron en casi todos los rangos de los mortífagos. Filldeserp había estado fuera de sí cuando descubrió su autoridad minada y ella había sido retorcidamente feliz, porque él la había tocado y la había mirado.

Sollozó sin lágrimas cuando él reiteró su distancia. Ardió por él, por su oscuridad, por su ambición, por su perfección. Porque jamás había existido otro para ella. Porque sólo él podía hacerla sentir humana, frágil, mujer, entre dolor y placer, entre locura y muerte, entre ficción y realidad.

- Tócame. - Rogó, sin orgullo, sin reservas, carente de todo otro sentido.

Pero la represalia por sus acciones fue la fecundación. Fruto de una familia sangre pura de alta casa, un embarazo fuera de matrimonio simbolizaba su fracaso más categórico, el castigo definitivo. Su primera iniciativa había sido el aborto, pero Malfoy había sido peculiarmente insistente, incluso había apelado a la extorsión; había amenazado con denunciarla ante Dumbledore. Por aquel entonces había sido encomendada con la misión de permanecer en Hogwarts como profesora. De no haber siquiera logrado aquello, Voldemort mismo la hubiera eliminado.

Aceptó. Su distancia con Filldeserp y su nuevo cargo en el colegio le permitieron ocultar muchos de los signos propios de un embarazo. Durante el período que duró el embarazo, pocas veces tuvo que visitar la Fortaleza e interinamente utilizaba su elemento, capaz de cambiar formas, para fundir su figura.

- Como quieras. - Contestó él, feroz, intolerable.

No obstante, sus manos ya no transmitieron pasión ni confidencia. Ya no sintió placer, sino un estridente dolor donde fuera que él tocara. La quemaba, por dentro y por fuera, sin compasión.

Pero la tocaba. La atesoraba. La sostenía.

Antes de dar a luz a Annabelle, el plan había sido encargarle la custodia a Narcissa Malfoy, quien gozaba cierta independencia de los Dark Lords, y desatenderse de la niña por completo. Pero luego del nacimiento, que había ocurrido el 28 de enero de 2004, detectó en la magia latente de la beba la posibilidad de una condición elemental.

Esa esperanza mutó instantáneamente sus esquemas, pues creyó haber encontrado otro medio para reconquistar el favor de Filldeserp. Había sido testigo de la relación entre el Dark Lord y Sheila, y del albedrío de Dymtrus análogamente. Imaginó un futuro similar para Annabelle y ella; inclusive fantaseó con el ritual de sangre de paternidad que desplazaría a Draco por Filldeserp. Podría darle finalmente una hija a Filldeserp, no por los medios convencionales que habían soñado, pero igualmente efectivo.

Aulló por aquel suplicio, pero más lo hizo por él y por ella, por todo lo que podrían haber logrado y vivido juntos. Clavó sus uñas en el brazo de él y se complació al ver un pequeño gesto de dolor en su ademán. Debían compartirlo todo. Él debía sufrir con ella.

Cuando realizó un ritual sobre la beba y detectó que su cualidad era la tierra, ese fue el momento que más odio sintió en su vida. Odió a aquella mocosa, fruto de su derrota. Odió a Malfoy, por haberla obligado a renunciar a sus verdaderos planes. Odió a su elemento hasta desear nunca haberlo desarrollado. Pero por último y principalmente, odió a Filldeserp y aquella obsesión que le incitaba.

- ¿Aún me odias, Alice? - Murmuró él, entre manso y farsante. Ella no titubeó en su respuesta, mirándolo fijamente.

- Siempre. - Confesó. - Como nunca nadie te ha odiado ni te odiará.

Supo entonces cuán acerbo y destructivo era el amor, y cuán vacía, viciada, dilapidada, extraviada, ella, porque de él jamás podría desunirse; a él siempre lo anhelaría, siempre lo perdonaría, siempre lo buscaría.

Él acarició su mejilla, intencionalmente reduciendo un poco el dolor. Sus ojos parecían tiernos y comprensivos, quizá también conscientes de su culpa, y arrepentidos.

Ella lo odió más y menos entonces.

- Mi Alice. - Clamó él, torturándola con ese veneno corrosivo, pero dulce.

Cuando Draco fue capturado por la Orden, ella quiso salvarse. Lo entregó, desatendida de cualquier lazo que pudieran haber establecido por Annabelle.

Se ilusionó cuando Filldeserp se deshizo de la sangre sucia, cuando en sus ojos verdes vio el mismo odio que ella había sentido al descubrir su corazón quebrado. Creyó que los uniría de nuevo.

Pero él la rechazaba. Inalcanzable... otra vez en los brazos de aquella bazofia.

Fue insoportable reconocerla en la inauguración del Congreso, verla engatusada en los brazos de Filldeserp y él, cariñoso, atento, posesivo, presentándola bajo aquella máscara a sus aliados, aceptándola, perdonándola.

Esa noche, antes del final de la velada, fue a Hogwarts y habló con Dumbledore sobre su querida sangre sucia. La Orden obtuvo las pruebas que buscaba sobre las lealtades de Hermione Granger, pero no actuaron lo suficientemente rápido para encarcelarla y juzgarla por traidora.

- Siempre tan astuta, tan tortuosa. - Dijo él, jugando con sus mechones rubios. - Nunca pudiste renunciar a mí.

- Jamás. - Respondió ella, adorándolo, maldiciéndolo.

De allí, los sucesos se desencadenaron como una espiral, fuera de su control. Confió en Dumbledore la protección de Annabelle, queriendo, en parte, deshacerse de ella y, por otra, evitar que sufriera por el rencor incontenible y la suerte nefasta de su madre. Reveló los planes de ataques masivos de sus Lords a la Orden, tal vez aún con la esperanza de que ellos eliminaran a Granger. Después, ante su incompetencia y su odio, lo hizo porque podía, porque Filldeserp la vigilaba, porque todo era absurdo y sólo quería venganza.

Él cerró los ojos, tal vez apesadumbrado, tal vez exasperado. Ella colocó sus manos en su rostro y quiso memorizarlo. Cada ángulo, cada línea, cada color, cada textura, porque ya gozaba y ostentaba su aroma, su voz y su gusto en cada célula de su memoria.

Aspiraba tenerlo todo, aunque se quedaría sin nada.

Quería hacer sufrir a Filldeserp, destruirlo, como él la destruía a ella. Por eso entregó a De Santos la vía para infiltrarse en la Fortaleza y rescatar a su hija y matar a los Lukyan; por eso le dio las indicaciones a Longbottom y sus amigos de los aposentos de Filldeserp, porque podrían quizás matar a su esposa y a su futuro hijo.

Con ese aborrecimiento acumulado de años, con todas aquellas frustraciones, no dudó en cometer la última traición: matar al mismo Filldeserp. Había llegado a la conclusión de que únicamente en muerte él podría ser suyo, sólo suyo.

Él suspiró, impaciente como siempre, y apartó sus dedos de su cara.

- Nunca fui tuyo. - Le dijo, descalabrándola. Ella no respondió, entre resignada y vacía. - Pero tú siempre fuiste mía.

- Tuya. - Repitió ella, acaso sanando.

Nuevamente fracasó. Granger se sacrificó por él. Así, la sangre sucia se había adueñado de la vida de Filldeserp, pues ella sería ahora su propósito, su eterna deuda.

Y a Alice ya no le quedaba nada.

De Santos se contactó con los elementales de tierra gracias a su consejo. Lo que ella pretendió fue consolidar el único plan que había conseguido ultimar: robarle a Sheila. El español ya estaba en viaje, con su hija y sus compañeros, hacia una alianza que a Filldeserp le costaría derrotar. Un desafío para él.

- A veces deseé no haberte conocido. - Admitió ella. - Pero más deseé poder sacrificar mi magia y que pudieras aceptarme aun entonces.

- Yo no me arrepiento. - Le dijo él.

- Lo sé. - Rió, perturbada. - Por eso nunca me rendí. Conocí lo que era tenerte, cabal, para mí.

Annabelle quizás lograría ser lo que su madre nunca fue; quizás pudiera terminar con el objeto de la perdurable ceguera de su madre y completar su resarcimiento. O quizás lo hiciera De Santos o Longbottom.

Ya no le importaba.

- Mátame. - Le pidió. O le ordenó. No supo bien cuál. - Mátame y hazme completamente tuya.

Su marca tenebrosa había dolido durante prácticamente todo el mes. Él la llamaba, mañana, tarde y noche. Quiso jugar, haciéndolo esperar, hasta que ella misma ya no pudo resistir más.

Había salido de los cuarteles de la Orden del Fénix, plenamente consciente de que no regresaría nunca. Había respondido al llamado y se había aparecido, guiada por coordenadas de la magia de la Marca. Había reconocido el lugar a penas lo pisó y había sonreído, encantada por el detalle.

Allí Alice Kolberg había aceptado la Marca Tenebrosa. Allí había conocido a Filldeserp. Allí él le había pedido matrimonio. Allí habían sido caprichosamente uno.

Allí moriría.

- ¿Alguna vez me quisiste? - Preguntó ella, sintiéndose insegura e infantil ante sus ojos profundos y severos.

Él le sonrió y ella lloró.

- Hubiéramos sido perfectos. - Siseó.

- Quizá demasiado perfectos, mi Alice. - Indicó él, aún con su tenue sonrisa.

Alice rió a causa de aquel comentario. Tenía razón: el mundo no había estado preparado para ellos.

- Prometo que dolerá como cada segundo de nosotros.

- ¿Te quedarás conmigo hasta el final?

Él consintió, sombrío y temible, orgulloso y malévolo.

- Que la Oscuridad te reciba, Alice Kolberg. - Se despidió.

Filldeserp sonrió con amargura, elevando su mirada para incrustarla en las estrellas.

- Los seres humanos otorgan su sentido al universo. - Le explicó a una Alice inerte y sufriente, tendida en la tierra.

Como gran parte de su interacción, el escenario también había sido una ilusión; una ilusión que la mortífaga había abrazado, pues había sido exactamente lo que había anhelado. Mientras tanto, él había sustraído toda la información que había necesitado de su mente.

Con su fuego, él la torturó, la desangró, la desgarró. Sus gritos perforaron la noche fría y solitaria.

Había pensado en desmembrarla hasta convertirla en carne picada y obsequiársela a la Orden como banquete. Pero cuando el momento arribó, besó su frente y luego sus labios, y la quemó hasta que ellos fueron cenizas.

Dichosas cenizas fueron congregadas en una pequeña caja de madera que creó y enterró en una de las fosas disponibles. Dispersó la tierra sobre ella con su varita, forjó una lujosa lápida con su nombre, fecha de nacimiento y defunción, y eligió un epitafio, sintiendo inesperadamente una gran fatiga.

Aquel cementerio resguardaba a sus padres y ahora también a Alice. Irónicamente, los tres habían sido y serían símbolos de sus ascensos y caídas.

En la necrópolis, una célebre frase de un filósofo muggle alemán representaría por siempre a aquella mujer:

"El amor y el odio no son ciegos, sino que están cegados por el fuego que llevan dentro."

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