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Bueno ps ya hice un Saga/Camus y ahora les toca a estos dos, aunq esto realmente comienza como Saga/Milo, pero la cosa cambia un poquitín :P en fin, sopórtenme por favor
Remsie, si por azares del destino stas leyendo esto, te digo q fue tu fic fue lo q me animó a escribir de esta pareja, q ya de antemano me gustaba, pero gracias a ti me dieron ganas de escribir sobre este par, así q gracias!
PD.- Ahora sí, después de esto me tomo unas vacaciones.
AH si ya saben, todo esto ocurre con todos vivitos y felices después de Hades...
::Lemon más adelante::
[The difference – 1]
Era como una intensa explosión... una grata sensación de liberación, pero a la vez de complementación. Uno lo resumiría con la palabra "placer". Pero se escucha como muy poca cosa describirlo de tal manera.
Milo intentaba pensar entre el poco razonamiento que su cerebro se permitía en esos momentos, tratando de inventar nuevas palabras que pudieran expresar lo que Saga le estaba haciendo sentir. Géminis, quien había sido su pareja por algún tiempo ya, no tenía recato en disponer de su cuerpo para torturarlo dulcemente con sus atenciones. Y Milo no era participante pasivo en el asunto; siempre se aseguraba de devolver a su compañero los favores regalados.
Y a la mañana siguiente, ambos despertaban inundados por una fantástica sensación de extasíe, que los mantendría de buen humor hasta que la noche llegara y les avisara que era tiempo de comenzar el ciclo de nuevo.
Sin embargo, para el momento en que el par de amantes abría los ojos, y mucho antes de que el sol les iluminara molestamente el rostro, ya se podía apreciar una silueta recorriendo la tercera casa del zodiaco, rememorando los pasillos que mejor que nadie conocía. Resignándose así a sus pocas horas de sueño.
Porque con el escándalo que su hermano mayor y su novio armaban cada noche en el cuarto del primero, era imposible para Kanon pegar el ojo. Estaba seguro que hasta Deathmask y Aldebarán podían escuchar la bulla que ese par se botaba. Mañana les preguntaría, quizás así le consolaría no saberse el único afectado por la situación.
Y es que cada noche, no pasaba una hora desde que se disponía a dormir, cuando la pareja comenzaba con su sonora interpretación de sugestivos ruidos desde el otro extremo del Templo. Sí, desde el otro extremo del templo, porque resulta que para empeorar el asunto, su querido hermano sufría de claustrofobia; así es, Saga el caballero dorado de Géminis sufría de pánico a los lugares encerrados, y tenía que dormir siempre con la puerta de su habitación abierta, y aunado al eco que provocaban los altos techos del templo, todo se escuchaba en aumento.
Decir que lo ponían incómodo era poco. Pues las vívidas imágenes que los explícitos ruidos traían a su creativa imaginación era demasiado para el menor de los gemelos, y siendo humano como claro es, a veces se sorprendía a sí mismo siendo víctima de ciertas inesperadas reacciones fisiológicas. No que fuera un pervertido, pero el pobre muchacho era de carne y hueso.
Y entonces para tratar de alejar esas inadecuadas ideas de su pura mente, Kanon había adoptado como costumbre caminar cual alma en pena por la casa de Géminis todas las madrugadas, ya fuera en sus alrededores o si el clima no lo permitía, en el interior, pero en los pasillos más alejados, hasta que la faena de los otros dos terminaba y al fin podía aunque sea echarse en la sala a dormir un rato.
Sin embargo, conciliar el sueño una vez que le había sido espantado, era casi siempre imposible, y sin mucho más que hacer se rendía en sus intentos y acostumbraba -tal como en esos momentos- vagar en la cocina en busca de algo para desayunar.
De la poca variedad de alimento que pudo encontrar, tomó un pan tostado al que sin muchas ganas le untó algo de mantequilla, haciendo nota mental de que tendría que bajar al pueblo a comprar víveres, a menos que quisiera seguir desayunando pan toda la semana. Se preparó un café bien cargado y se sentó a comer en total desánimo; si la cabeza no caía sobre la mesa era porque su aguada mano la sostenía con el codo recargado al lado de su plato.
—¡Buenos días!— saludó un muy alegre Milo al entrar a la cocina, como todas las mañanas, pues el joven caballero de Escorpión prácticamente se había mudado con los gemelos desde hacía varios meses.
A Kanon no le molestaba la constante presencia del muchacho, pues sorpresivamente se había logrado hacer muy buen amigo de su cuñado, quien resultaba la mayoría de las veces una mucho más agradable compañía que su reservado hermano. Desde su asiento en la mesa, Kanon observó cómo Milo se dirigía al refrigerador y se servía un vaso de leche.
—Buenos días...—contestó desganado, envidiando el ánimo con el que Milo se despertaba cada mañana, mientras él se preguntaba cuánto tiempo más podría aguantar así. No se atrevía a decirles que su poca discreción hacía partícipes de todos los vecinos de sus noches de pasión, pues ya se imaginaba lo rojo que se pondría al hablar de eso con ellos... le daría demasiada vergüenza hacerlo. Y para colmo, si intentaba por lo menos dormir en las tardes, Saga lo reprendía por flojo, reclamándole su exceso de pereza, cuando esas eran horas de entrenar o hacer algo de provecho y no de dormir cual león al medio día.
—Sabes, nunca creí que fueras del tipo que madrugan. Siempre que me levanto tú ya andas por aquí, ¿qué haces despierto tan temprano? — preguntó el chico menor al sentarse frente a Kanon, antes de dar un sorbo a su leche.
—Ehm... me... gusta salir a correr... sí, hago eso todas las mañanas— mintió.
—¿Vas a salir apenas? ¿Puedo ir contigo? Algo de ejercicio no me caería mal— preguntó Milo, mientras estiraba sus brazos y bostezaba deshaciéndose de la somnolencia matinal.
—Sí, claro...— Kanon respondió, fingiendo una sonrisa y maldiciéndose en sus adentros, pues ahora tendría que salir a correr, y así, tan cansado como se encontraba, dudaba que pudiera siquiera bajar los escalones hasta Tauro.
—¡Pues vamos!— exclamó Milo al ponerse de pie, demostrando un entusiasmo y alegría que a Kanon le parecieron enfermizos, pero no era un misterio la razón de su buen humor.
Con terrible apatía, Kanon se levantó de la mesa, después de engullir de un solo bocado el resto de su pan y tragarse el último sorbo de café descuidadamente, provocando que chorreara un poco de su boca. Se limpió con su mano y salió detrás de Milo que ya estaba en la entrada del Templo respirando profundamente y sonriendo al sol que apenas salía en el lejano horizonte.
—¿Listo?— preguntó Milo, quien sin esperar respuesta, comenzó a correr hacia los bosques del Santuario.
Tras un profundo y resignado suspiro, Kanon lo siguió, trotando a moderada velocidad. Varios minutos después, cuando ya Milo se veía rodeado por el fresco verdor de los árboles, se detuvo un instante para girar la cabeza y darse cuenta de que Kanon lo seguía... muy atrás. Levantó una ceja ante esto y continuó observándolo.
Cuando el gemelo se aproximó y notó que el chico menor lo esperaba, se detuvo a recargarse sobre el tronco de un árbol para darse unos segundos y recuperar su agitada respiración. Milo lo veía a unos metros, sonriendo ante su poco aguante, mientras Kanon trataba inútilmente de recuperarse pronto y detener la embarazosa escena de la que estaba siendo protagonista.
—¿Qué sucede Kanon, ya te alcanzaron los años?— se burló Milo, suprimiendo una carcajada, y dudando por primera vez que Kanon realmente acostumbrara a correr todas las mañanas, pues su mala condición evidenciaba todo menos eso.
Kanon cerró los ojos al escuchar el comentario de Milo, que de verdad hería su orgullo, pues era más que cierto que después de la batalla de Hades había irresponsablemente descuidado su entrenamiento físico, y ahora, se veía con dificultad para alcanzar al jovenzuelo burlón que aún lo esperaba a cierta distancia cruzando sus brazos. Además de que no hacía falta que le recordaran que era viejo, o al menos así se sentía él, comparándose con la mayoría de sus compañeros que apenas pasaban los veinte años, mientras él ya pisaba cercano a los temidos treinta.
—¡Vamos abuelito, a ver si me alcanzas!— retó el menor, echándose a correr de nuevo.
Kanon se incorporó haciendo su mejor esfuerzo por seguirlo, lo cual para su sorpresa no fue tan difícil, pues Milo se había confiado y corría a una velocidad fácilmente alcanzable para el que lo seguía detrás, y que pronto lo pasaba, dejando al otro pasmado por la sorpresa y por su descuido. Pero Milo no iba dejar que Kanon ganara la carrera de indefinida meta, así que aumentando su velocidad, no tuvo problemas para alcanzar al otro al llegar a un pequeño claro del bosque.
La persecución terminó cuando Milo se abalanzó de una gran zancada y abrazó a Kanon por detrás tirándolo al pasto. El gemelo, a la par que intentaba tranquilizar sus apresuradas inhalaciones, se acomodó dándose vuelta y extendiendo sus brazos sobre el pasto, de manera que Milo quedó sentado sobre él con sus piernas a cada lado de su cintura. Las carcajadas de ambos se disiparon hasta que sólo una silenciosa sonrisa se dibujaba en sus rostros.
Permanecieron viéndose fijamente por varios segundos en silencio, en lo que a alguno se le ocurría algo mejor que hacer, lo que fue el caso de Milo, quien por producto de su curiosidad, alcanzó su mano hacia ese rostro que le intrigaba de sobremanera y que le recordaba tanto al del hombre con quien compartía sus noches. Sin ser realmente consciente de ello, comenzó a recorrer con la yema de su dedo índice el lado derecho del rostro de Kanon, desde su frente hasta bajar por su mejilla y llegar al delicado mentón.
—¿Qué haces?— inquirió Kanon, riendo nerviosamente.
—¿Cómo pueden ser tan parecidos?— preguntó Milo, aún abstraído en su tarea.
—¿Somos gemelos, recuerdas?— señaló, sabiendo de antemano que el chico que se sentaba sobre él, hablaba de Saga.
—Lo sé, pero... es extraño...
Milo notó que las mejillas de Kanon se coloreaban de un cálido tono rojizo. Lo había puesto incómodo sin duda. Milo sonrió y se le quitó de encima, poniéndose de pie a su lado. Pero no tardó en tocar de nuevo el suelo cuando cayó sentado sobre el pasto, gracias a que Kanon había jalado sus piernas al momento en que se ponía de pie, y ahora aquél se alejaba trotando a unos metros, tentándolo para volver a reiniciar la interrumpida persecución.
—¿Ahora quién es el viejo? ¿No te habrás fracturado la cadera, Milo?— gritó Kanon, tras haber adelantado una buena distancia del lugar, mientras Milo lo veía sorprendido desde su sitio en el suelo. Cuando finalmente el escorpión mostró reacción, advirtió antes de ponerse de pie:
—¡Verás cuando te atrape!
Reanudaron la pausada carrera. Kanon llevó la delantera en esa ocasión, y volteaba de vez en cuando para ver a Milo pisarle los talones. Hubieran seguido con la huida sin sentido si no fuera porque el mayor de ellos se detuvo abruptamente al darse cuenta hacia que parte del Santuario lo había guiado su subconsciente.
—¿Qué es eso?— preguntó Milo, deteniéndose a su lado, mostrando curiosidad hacia aquella extraña cárcel entre las rocas más bajas del risco de Cabo Sunión.
—Nada. Regresemos— ordenó Kanon, recuperando su desde hace rato perdida seriedad. Se dispuso a dar inmediatamente la vuelta y alejarse de aquél lugar que sólo le traía malos recuerdos…
—¿Como que nada? Eso debe estar ahí por alguna razón...
—Se dice que en los tiempos mitológicos Athena encerraba a los prisioneros de guerra ahí, ¿contento? Vamos ya, Saga ha de querer saber dónde andas.
—Athena no haría cosa tan cruel... imagínate si la marea sube; cualquiera ahí moriría ahogado...
Kanon realmente no deseaba tener que explicarle a Milo lo correcto que estaba en sus suposiciones. Nadie más que, obviamente su hermano, y por supuesto Athena, sabía sobre los terribles días que tuvo que pasar ahí. Todos conocían su pasado como traidor, pero nunca hubo -ni quiso encontrar- la oportunidad de contar a alguien sobre su experiencia en ese maldito lugar.
—Milo, es hora de regresar.
—No, espera, hay que ir a ver...
—¿Qué!¿Qué demonios quieres ir a ver ahí?
Milo ignoró la renuencia de Kanon hacia el misterioso sitio y comenzó a caminar por la rocosa orilla, con cuidado de no caer al azaroso océano. Kanon lo observaba impávido, sin saber si debía seguirlo o permanecer ahí. Decidió hacer lo primero, y no se arrepentiría de haber elegido esa opción al ser testigo de cómo Milo resbalaba gracias a la mojada superficie sobre la cual precariamente caminaban. Kanon alcanzó a sujetarlo justo antes de que cayera al mar, que en un intento de ahuyentarlos, arrojó una furiosa ola que chocó contra la enorme pared de roca y los empapó por completo. No hubo que insistirle más a Milo para que regresaran.
Sin embargo, durante todo el camino, el muchacho más joven se preguntaría por qué el chico que caminaba delante de él no se dignaba ni siquiera a voltear a verlo... Milo no entendía qué había puesto a Kanon tan a la defensiva al llegar a ese lugar, y por qué estaba tan enfadado de que él hubiera insistido ir. Fue una estúpida idea, pero aun así, su reacción le intrigaba.
Al llegar a la tercera casa, una imponente figura los esperaba con una no muy agradable expresión en su rostro. Kanon se encogió de hombros al notar el evidente malhumor de Saga, mientras Milo se adelantó a saludarlo con un beso, que el otro respondió sin ganas para después alejarlo y fijar su penetrante mirada, primero en uno y luego en otro.
—¿Dónde se metieron, y por qué regresan así?— preguntó, haciendo hincapié en sus húmedas vestimentas.
—Fuimos a Cabo Sunión...— fue la breve explicación de Kanon, que sin embargo resultó suficiente para satisfacer la curiosidad de Saga, quien al escuchar la respuesta de su hermano no pudo ocultar la tribulación que ocasionó que sus ojos se abrieran en exceso. Milo lo notó, y comenzó a pensar que la cárcel esa tenía algo muy misterioso que ver con los gemelos, mas ninguno aparentaba tener intenciones de profundizar en el asunto. Lo cual era evidente al ser testigo de cómo Saga simplemente daba la vuelta y se alejaba bajando los escalones hacia la segunda casa, sin olvidar antes darles una última instrucción...
—Vayan a cambiarse, ya están atrasados para los entrenamientos.
[…]