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Anime/Manga » Saint Seiya » Final Straw
Scarlet.D
Author of 65 Stories
Rated: M - Spanish - Drama/Angst - Camus & Saga - Reviews: 33 - Updated: 11-30-04 - Published: 11-10-04 - Complete - id:2129256

Seiiruika; Hi! Well, yes, I generally write my fics fast, before the ideas fly away, hehe. Anyway, I'm really happy that you liked the chapter, I hope the ending doesn't disappoint you. Thanks so much for reading and reviewing!

Sahel; niña! Gracias por dejarme review por acá! Sabes que aprecio mucho tu apoyo, y me un gustazo que este fic te agrade! Saludos! nn

Dark Kotetsu Angel jaja si, ya mucho sufrimiento para un solo fic, peeero presiento que me voy a volver a ensañar con Saga, pk tengo en planes un Saga/Kanon muy próximamente, muajaja! En fin XD mil gracias por seguir el fic, y dejar review! lo aprecio mucho de veras, y espero que este final te guste ;)

Nebyura: Milo? bueno, creo que todos en este fic necesitan ayudan psicológica, - incluyendo la autora XDDD Muchísimas gracias por tu review! ojalá que este final te guste!

AnnaLi; hola! me alegra mucho que esta pareja te haya gustado, y mil gracias por leer el fic y dejar reviews, espero que este cap. te guste!

Gracias a todas, aquí les dejo el final :)


Final Straw.09:

Con inmensa dificultad, Saga abrió sus párpados para que sus ojos hicieran contacto con la tenue luz que brindaba la mañana. Parpadeó un par de veces para poner su mente en claro después del profundo sueño al que sucumbió la noche anterior.

Una vez que se dispuso a moverse, las conexiones nerviosas que apenas mostraban función le hicieron consciente del dolor que invadía todo su cuerpo, así que desistió de las endebles intenciones que tenía de levantarse. Tragó saliva para tranquilizar a su reseca garganta, tratando de ignorar la incomodidad en su lastimado cuello ante tan simple acción, y cerró los ojos de nuevo, dándose cuenta del extraño malestar general que lo invadía. También notó otra cosa; un cuerpo que se recargaba parcialmente sobre el suyo y cuya presencia le era más que sorpresiva, sobre todo al recordar de quién debía tratarse.

Saga abrió los ojos de nuevo, y sí, tal como lo suponía, esa cabellera verde-azul sólo podía pertenecer a una persona: al culpable de sus heridas físicas y de su exhausto corazón.

Llevando una mano hasta los delgados cabellos, comenzó a acariciarlos y enredar sus dedos entre los manejables mechones, todavía sin poder creer como real, el hecho de que Camus estuviera ahí; que se hubiera quedado con él, que durmiera apoyado contra su pecho, y que una de sus manos descansara sobre su abdomen. Sin embargo, por más que los motivos de su estadía le intrigaban, Saga no quería que despertara y se alejara de él, así que retiró su mano para dejarla descansando segura sobre la cama, mientras mantenía su cuerpo lo más inmóvil posible para evitar que el joven abriera los ojos.

Lo que Saga desconocía, era que Camus llevaba ya un buen rato despierto, negándose a aceptar que la mañana ya estaba ahí. Había permanecido quieto en su sitio con la inocente intención de detener el tiempo, para que Saga no abriera jamás los ojos y así pudiera permanecer a su lado sin que el otro se diera cuenta de cuánto lo necesitaba en realidad.

Pero ahora aquel había despertado y pronto notaría que él ya no dormía más. Así que era hora de levantarse y pretender amnesia sobre lo sucedido la noche previa.

Saga maldijo en sus pensamientos al sentir que Camus se movía. Lo observó sentarse y frotar sus ojos antes de voltear a verlo, tratando de ocultar el relampagueo de culpabilidad que se encendió brevemente en su mirada al observar las marcas amoratadas que había dejado sobre su cuello y rostro.

Camus retiró la vista de Saga para acercarse al borde de la cama y finalmente ponerse de pie, buscar su ropa y vestirse. El otro hizo lo mismo instantes después, dándose cuenta al quitarse las cobijas de encima, de la exagerada cantidad de éstas.

—Camus… ¿qué pasó?— preguntó Saga, haciendo hincapié en las mencionadas cobijas.

Camus arqueó una ceja y pausó en su tarea de vestirse, quedando con la camisa sostenida entre las manos.

—¿No lo recuerdas?

—Sólo recuerdo que había mucho frío, y… tenía mucho sueño…- dijo Saga, tratando de conmemorar los sucesos de la previa noche, que a partir de donde había explicado, eran en su mayoría borrosas imágenes.

—Hm— fue toda la respuesta de Camus antes de colocarse la última prenda de vestir que le faltaba y dirigirse a la salida de la habitación.

Por un momento, Saga consideró ir tras él, pero se contuvo de hacerlo sabiendo mejor que nadie que al verdadero Camus sólo lo encontraría cuando se asomara la luna. Si es que lo iba a buscar esa noche… sí, claro que iría; después de despertar a su lado no podía darse el lujo de renunciar a eso tan fácilmente. Además, Camus se había quedado con él anoche, y eso debía significar algo.

Y mientras Saga luchaba buscando esperanzas que lo mantuvieran ligado al caballero de Acuario, el hermano gemelo del primero, Kanon, mantenía también una desesperada búsqueda entre los cajones de la vitrina de la sala anhelando encontrar por lo menos una aspirina, aunque estuviera roída por los ratones, pero necesitaba algo que le quitara el ensordecedor dolor de cabeza con el que había amanecido después de la borrachera de la noche anterior. Él no era el único en tales condiciones, el resto de los muchachos sufrían parecidos suplicios esta mañana, pero si Saga se enteraba -después de lo que él le advirtió sobre la bebida la vez pasada-, le daría un interminable sermón.

Su tarea se vio inesperadamente interrumpida por unos pasos que se escuchaban cercanos. Al prestar atención, pudo identificar al causante de tales sonidos. Camus de Acuario se acercaba, pasando a su lado como si nada, con predecible dirección hacia la salida.

—Camus…—éste tan sólo le dirigió un breve vistazo para después ignorar su presencia.

A Kanon le sorprendía verlo allí, pues siempre era su hermano quien acudía en su búsqueda todas las noches. La curiosidad lo llevó precisamente hasta la habitación de Saga, a quien encontró recién terminado de vestir, y con un terrible semblante.

—¿Saga, qué sucedió?— inquirió Kanon, acercándose a su hermano, que al mismo tiempo daba unos cuantos pasos hacia la puerta.

—Nada.

—¿Nada? ¿Cómo que nada! ¿Y ese moretón en tu mejilla, y esas marcas en tu cuello? ¿Fue el idiota ese? ¿Cómo se lo permitiste!

—¡No pasó nada, Kanon!— El menor de los gemelos se sobresaltó un poco y guardó silencio—.Siento haberte gritado… —Saga le dio la espalda a su hermano y llevó una mano a su cabeza, que súbitamente amenazaba con un sordo palpitar—. Kanon... retírate por favor, me gustaría estar solo…

Kanon suspiró profundamente antes de seguir los deseos de su hermano y abandonar el cuarto, cerrando la puerta tras él. Dirigiéndose a su propia habitación, Kanon ponderaba en lo reciente.

Era obvio que Camus maltrataba a su hermano, y si no siempre lo hacía físicamente, lograba el mismo efecto con su actitud. Ganas le sobraban de ir a decirle a aquel francés engreído un par de cosas, pero sabía que Saga no apreciaría eso para nada. Y él ya se había rendido en la imposible tarea de tratar de comprender a su gemelo, así que optó por dejarlo tomar sus propias decisiones; algo a lo que Saga al parecer no estaba muy acostumbrado, tras haberse visto privado de tal lujo durante un extenso fragmento de su vida.

Sin embargo, Saga aún no se sentía libre de decidir. Algo ajeno a él le provocaba ansiar la llegada de la noche, aunque fuera para ver aquella fría mirada mientras su hermoso dueño le decía que ya no lo quería volver a ver.

Realmente poco importaba lo que Camus hablara, pues él mismo parecía hacerse sordo a sus propias palabras… ¿Cuántas veces ya le había dicho que no regresara, que todo había terminado? Era de cierto consuelo para Saga que aquél pareciera no poder mantenerse alejado de él, que estuvieran en una misma situación, si bien fuera por distintas razones. Porque no dejaba de intrigarle el motivo que llevaba a Camus a aceptar su presencia a ratos, incluso a buscarla, mientras que en otros la repudiaba. Era un chico tan perdido, tan confundido… Saga deseaba ayudarlo, aunque a veces temía que con sus acciones estuviera haciendo todo lo contrario.

Definitivamente necesitaban apagar sus neuronas por un rato… cavilar tanto en un mismo asunto a cuya conclusión ni siquiera quería llegar, era simplemente pérdida de tiempo. Y Camus en estos momentos no deseaba que el tiempo pasara, porque a cada minuto el sol cambiaba su posición, atravesaba el cielo con aparente despreocupación y pronto dejaría de verse tras aquel risco hacia el que miraba desde la entrada de su Templo. Eso significaría que tal vez Saga vendría.

No "tal vez"; con toda seguridad estaría ahí antes de que la primera estrella fuera apreciable en el oscuro manto que cubriría al firmamento en poco tiempo.

Y esa noche no quería verlo, porque sabía que de nuevo sería incapaz rechazarlo y le costaría demasiado esfuerzo mantener su distante fachada después de lo ocurrido… por la culpabilidad que sus actos le traían, y de los cuales en verdad se arrepentía.

Pensó que quizás lastimando a Saga se sentiría mejor, pero aquello no le trajo ningún alivio. Y luego aquél, casi muriendo por su descuido... eso lo había inquietado demasiado. Y no le agradó la sensación. En toda su vida nunca se había preocupado por alguien de esa manera, y era algo que no quería volver a sentir.

¿Cómo adivinar lo que le esperaba al lado del enigmático Saga? Enigmático, así era él… porque, al menos para Camus, era muy difícil comprender las razones que aquél tenía para -según como decía- "amarlo". Aún más importante que eso: "¿al lado de Saga?"

¿Por qué se estaba cuestionando tales tonterías? Tales posibilidades de que la compañía que el griego le brindaba se alargara indefinidamente…

Esto tenía que terminar tarde o temprano, porque… sería el último de los colmos que aceptara a Saga por completo como parte de su vida, si fue él quien convirtió tal existencia en un vacío en primer lugar.

Frustrado ante sus propias reflexiones, Camus dio la vuelta y se adentró al templo a sabiendas de que el otro ya venía; que sus pisadas resonarían en el amplio recibidor y que se haría camino entre las columnas que sostenían el alto techo del lugar hasta hallar la puerta que lo dejaría pasar al cuarto donde él se encontraría.

Saga localizó a Camus sentado en el borde de su cama, de perfil a él, mirando sus rodillas, sobre las cuales colocó las manos al momento que se hincó en el suelo frente a él. Alcanzó con una mano su barbilla, levantándole rostro, pero Camus cerró los ojos antes de que Saga intentara leer algo, cualquier cosa, en su mirada.

Saga suspiró antes de acercarse y comenzar a besar la línea que definía la mandíbula de Camus, mientras su mano alcanzaba la nuca de éste, moviendo el delicado cuello a su voluntad, y hallando demasiado tentador el llevar sus labios hacia allí. Lo hizo y recorrió con besos hasta llegar a sus hombros, a los que se encargó de descubrir moviendo la delgada tela que los protegía, deslizando la prenda por la longitud de los delgados brazos.

Continuó besando el descubierto pecho mientras se retiraba su propia ropa, sin apresurar nada, pensando en lo mucho que le molestaba que Camus siempre actuara como un muñeco sin vida… lo hacía sentir como si estuviera aprovechándose de él, cuando bien sabía que el otro sólo lo hacía por no sentirse culpable de desearlo de igual manera. Pero aun así, a Saga le parecía injusto que Camus le hiciera creer con su comportamiento que era el único de los dos queriendo lo que sucedía.

Mas ya se había acostumbrado, así que continuó, hasta quedar acostado sobre él acariciando cada parte de su cuerpo. Un cuerpo que nadie más que Saga había visto en las presentes condiciones y que nadie más adoraba de la manera en que él lo hacía.

Camus luchaba por no dejar escapar los débiles gemidos que tan sólo el contacto de las manos de Saga sobre su piel le provocaba pronunciar, aunque tarde o temprano siempre terminara expresando de manera vocal los efectos que las caricias del otro tenían en él…

Sin embargo, esa noche Camus decidió que no deseaba llegar más lejos… porque hoy estaba sintiendo demasiado. Además de los acostumbrados escalofríos y estremecimientos, muy dentro, mucho más adentro, las sensaciones se incrementaban, dejando de ser algo físico para convertirse en algo mucho más inusual, que involucraba a su mente y su corazón, y lo cual no se sentía listo a afrontar.

—Detente.

Saga obedeció, levantando su rostro para encontrarse con dos ojos azules que se abrían en exceso, más oscurecidos de lo normal, reflejando sentimientos al por mayor… tantos, que no los pudo identificar.

—Hoy no…— la temblorosa voz terminó su petición.

Saga no sabía qué hacer. Más bien, no sabía qué pensar, pues lo que haría sería sencillo: se levantaría permitiendo que Camus alcanzara una almohada sobre la cual recostaría su cabeza, acomodándose en ovillo con la intención de dormir; vería como cerraba los ojos con demasiada fuerza, tanto que era imposible que conciliara el sueño de tal manera; se quedaría de pie ponderando en lo que todo aquello significaba, y finalmente preguntaría tímidamente:

—¿Me puedo quedar?...

Camus tardó unos segundos en asentir débilmente, pero al fin y al cabo lo hizo, dándole con esa simple acción la autorización necesaria a Saga para que tomara lugar sobre la cama, acostándose a sus espaldas, rodeándolo con sus brazos y acercando el rostro a su cabellera, siendo el cálido aliento de Géminis perfectamente perceptible para la piel de su nuca.

La regularidad de la tranquila respiración de Saga le pareció a Camus extremadamente relajante, y tras unos minutos su cuerpo se dejó de tensar para entregarse al abrazo del otro, recargando la espalda sobre el tórax de quien entonces lo apresaba con más fuerza entre sus brazos, antes de acercarse para susurrar en su oído:

—Eres… muy especial.

Las mejillas de Camus, contra sus deseos, adquirieron un leve tono carmín. Las palabras de Saga aumentaban esa nata timidez que siempre luchaba por hacer pasar ante los demás como desentendimiento o indiferencia.

—No es verdad.

—¿Qué no?— Saga soltó una débil risa de incredulidad—. Para mí sí— concluyó antes de comenzar a mover sus dedos sobre el estómago de Camus, jugando alrededor de su ombligo, logrando que el permanecer inmóvil fuera extremadamente difícil para el menor.

Más bien, imposible. Camus se contoneó discretamente contra Saga, el cual sintió a sus ojos rodar hacia arriba ante lo que tal simple acción le provocó.

—Creí que hoy no querías…— habló con voz afectada.

Camus repitió el movimiento de sus caderas, como indicación tácita de que había cambiado de opinión.

Saga no puso objeciones y comenzó a imitar los oscilantes movimientos del menor. Estableciendo ambos un acompasado ritmo, continuaron balanceando sus cuerpos, provocando que rápidamente la temperatura de éstos aumentara y las inspiraciones se hicieran más profundas por la necesidad de aire que los invadía.

Saga besó los hombros y espalda de Camus, y éste ladeó la cabeza para permitirle un mejor acceso a su cuello, mientras sus manos se aferraban a la almohada más cercana. En contraste las de Saga no dejaban de recorrer el cuerpo del menor, para quien fue imposible negar la excitación que tales caricias, aunadas al rígido miembro que sentía rozándose contra él, le causaban.

Para la aturdida percepción de Camus, las manos de Saga parecían estar a la vez sobre todo su cuerpo; un momento las sentía acariciando sus piernas, cuando al siguiente instante se deslizaban por sus brazos, tocaban su pecho, estimulaban a sus pezones, bajaban hasta su abdomen y recorrían su cintura para llegar a su espalda. También estudiaron esa zona con dedicación antes de que, finalmente, una de esas mágicas manos avanzó hacia abajo hasta alcanzar la estrecha abertura que recibió a los hábiles dedos del mayor. Éstos comenzaron con sus estimulantes maniobras, y lograron con maestría que Camus se retorciera incómodo y se reacomodara constantemente contra el pecho del otro.

Saga no despegó ni un segundo sus labios de la suave piel de Camus; ya fuera de su espalda, o del cuello en cuya garganta surgían sonidos que deleitaban de incomparable manera a su sentido del oído. Sorpresivamente, además de balbuceos ininteligibles, Camus tenía algo que decir…

—Perdón, por… lo de anoche— habló entre acelerados jadeos.

Saga realmente no le guardaba resentimiento por lo sucedido, pues presentía que había servido de catarsis para el joven de ojos azules, y si al menos le había ayudado a liberarse de algunos demonios internos, entonces podría olvidarlo y pretender que nunca pasó.

—¿Me escuchaste?

—Sí…

Considerándolo como el momento adecuado, Saga se introdujo en él con suavidad. Camus apretó más los ojos que siempre permanecían cerrados, intentando con ello apaciguar el dolor que sabía pronto pasaría. Saga aceleró tal evento alcanzando con su mano el miembro de Camus, friccionándolo contra los dedos que lo envolvían, a la par que comenzó a mover sus caderas de nuevo en un lento vaivén.

Y así, a un ritmo acompasado, sin prisas ni descontroles, unían sus cuerpos una vez más, siendo muy conscientes de cada pequeña sensación, de cada mínima acción; sensatos de que cuando amaneciera no podrían pretender olvidar algo como esto. O más bien, no querrían.

Tras unos minutos de calmadas embestidas, que eran recibidas con adecuadamente débiles quejidos, Saga comenzó a aumentar el ritmo de sus movimientos al sentir que alcanzaba su orgasmo, reflejando el increíble sentir con graves sonidos guturales que emanaron de su garganta, mientras Camus gemía lastimeramente al saberse también cercano de llegar al clímax.

Presentando un efecto similar al que los gimoteos del menor habían tenido sobre Saga, el sentir al hombre mayor regarse dentro de él fue suficiente para que el miembro de Camus imitara al del otro y empapara en calidez a la mano que lo sostenía.

Saga permaneció en su interior unos momentos más, hasta que Camus decidió girar su cuerpo para quedar frente a él. Saga se inclinó para besarlo, reclamando aquellos labios con cierto retraimiento, como si en realidad no le pertenecieran. Camus alcanzó una mano hasta la nuca del otro y profundizó el beso, dejando a sus lenguas enredarse, tal como sus piernas lo hicieron cuando Saga colocó una mano en su cintura y lo atrajo contra él. Después Saga movió esa mano hasta la frágil espalda del acuariano, quien entonces pasó sus brazos por debajo de los del mayor para rodearlo de igual manera.

Tras unos cuantos profundos suspiros, la voz del menor se volvió a escuchar, en un tono casi inaudible.

—Tengo miedo.

—¿Miedo? ¿De mí?— inquirió Saga, con un evidente dejo de alarma en su voz.

—N-no…— titubeó Camus, permitiendo a sus ojos abrirse para concentrar su mirada en los definidos músculos del brazo de Saga, que pasaba cerca de su rostro.

—Yo no dejaré que nada te pase. Lo sabes, ¿no es cierto?

Camus asintió inseguramente.

—Entonces, ¿de qué tienes miedo, pequeño?

Saga acarició su cabello para animarlo a hablar, mas Camus simplemente se alzó de hombros, pues desconocía la razón de su temor, desconocía hasta la razón de por qué lo había expresado en palabras.

Agachó aún más la cabeza, evitando a toda costa la inquisitiva mirada de Saga. Pensando mientras tanto, que lo que decía aquel era verdad… "un pequeño", eso era con él. O al menos así se sentía en su presencia; indefenso, pero irónicamente protegido. Era libre de llorar a sabiendas de que aquél no lo juzgaría, de que lo comprendería, de que como muchas veces antes, compartiría sus lágrimas.

—Aparte de miedo… ¿sientes algo más?— preguntó Saga, colocando una mano sobre su mejilla, para levantarle rostro.

Camus permaneció un momento abstraído en los brillantes ojos de Saga, siempre nostálgicos, pero no por ello menos hermosos y hechizantes. Lo meditó sólo un instante, no más porque no deseaba encontrar la respuesta a aquella pregunta.

—No sé… no sé… — respondió negando desesperadamente con la cabeza, reflejando la sensación de impotencia que lo arrollaba al no sentirse con el suficiente valor como para buscar una réplica adecuada a la pregunta de Saga. — ¡No sé!

—Tranquilo, está bien… — Saga se inclinó para besar su frente, a lo que Camus reaccionó cerrando los ojos.

Si lo admitía, más que no saber, era una negación para sí mismo. Un intento de engañar a la realidad y suprimir los verdaderos sentimientos que, si bien no le resultaban familiares, conocía por instinto de lo que se trataban; ese mismo instinto que lo llevó a acurrucarse más contra Saga, sujetarse a su espalda y hacer más cercano el contacto contra su cuerpo, como queriéndose fundir en uno sólo con él.

¿Sería posible, que el hombre que alguna vez lo destruyera, pudiera ser el mismo que lo ayudara a reencontrarse de nuevo?… la mente de Camus se aferró a aquél deseo, al igual que sus brazos afirmaron el agarre alrededor del cuerpo de Saga, quien se limitó a continuar siendo su compañía durante lapsos como esos.

Sin embargo, ya se podía considerar una compañía más significativa, finalmente aceptada como necesitada, apreciada enormemente por el menor de los dos; aunque éste jamás utilizara el lenguaje hablado para agradecerla.

De esa forma el tiempo volvió a hacer de las suyas, y ellos continuaron con sus rutinarios encuentros nocturnos, durante los cuales a veces no hacían otra cosa más que hablar; del presente, a veces del pasado, pero nunca tocaban el futuro. Apreciaban demasiado el momento actual como para anhelar por algo mayor.

Quien todavía mantenía ciertas esperanzas en alto era el joven guardián de escorpión, que cierta tarde acompañaba a Camus hasta su templo, después de que la mayoría de los caballeros pasara el día en animada convivencia en la casa de Tauro.

Detuvieron su camino en la entrada. Camus volteó para despedirse de aquel chico que continuaba brindándole su amistad, pero que todavía anhelaba por algo más, demostrándolo con el diálogo que ambos habían sostenido durante el trayecto hasta ahí. Milo le había recordado los sinceros sentimientos que despertaba en él, como si el otro hubiera podido olvidarlo….

Camus pensaba que Milo era extraño. En momentos como esos parecía aceptar su rechazo, sin embargo, dentro de un par de días estaría ahí de nuevo intentándolo otra vez. Era algo que se estaba convirtiendo en una costumbre que incomodaba a Camus desmedidamente.

—Solamente… déjame preguntarte una cosa— pidió Milo, prometiendo que no haría más tentativas por alcanzar su corazón — ¿Recuerdas el ofrecimiento que me hiciste?... ¿Todavía está en pie?

Camus agachó el rostro, avergonzado, apenas atreviéndose a negar con débiles movimientos de su cabeza. No. Sinceramente no deseaba que Milo le pidiera ese favor. No a esas alturas.

Milo ya lo presentía de antemano, y la actitud de su amigo le trajo una importante confirmación a sus temores; Camus estaba enamorado de Saga… y con eso, toda posibilidad con el francés se perdía.

—Está bien, sólo quería estar seguro de algo...— Milo forzó una sonrisa que perturbó a Camus desmesuradamente, al ser consciente de la falsedad de ésta. No le gustaba herir al muchacho de ojos turquesas y deseaba más que nada que de verdad se hubiera rendido. Su decepcionada mirada y su ligeramente encorvada espalda al dar la vuelta y alejarse de ahí, fueron indicadores a los que Camus se sujetó. Quería que Milo permaneciera siendo el buen amigo que siempre fue para él.

Camus suspiró antes de adentrarse a su templo, atravesarlo y llegar a la salida, donde tomó asiento en el primer escalón. A lo lejos, veía llegar a quien… ¿esperaba?

Tal individuo bajó raudamente los escalones hasta pisar Acuario. El metal de la armadura que sorpresivamente portaba, resplandecía con un cegador efecto contra los últimos rayos del sol, mientras una ligera brisa jugaba con la larga cabellera azulada.

Camus pocas veces lo observaba con verdadero interés como lo estaba haciendo en esos momentos, y por más indiscutible que fuera el hecho de que Saga era un hombre muy apuesto, parecía que el francés apenas se acababa de dar cuenta de tal evidente cuestión. Bajó su mirada temiendo que un indiscreto sonroje de sus mejillas lo traicionara, pero actuó demasiado tarde pues su rostro ya presentaba pruebas de cuál era la índole de sus pensamientos.

Al ver que el otro se aproximaba, deteniéndose hasta quedar frente a él, Camus ideó un tema de conversación antes de que Saga tuviera tiempo de notar su abochornado semblante.

—Te ves extraño con la armadura. Hace mucho que no la usabas.

—Sí, bueno, prefiero dejársela a Kanon... además, a él le gusta lucirse con ella. Pero hoy tuve una reunión con Athena y no podía presentarme de manera informal.

—¿Para qué te quería?

—Está tratando de decidir quién asumirá el puesto de Patriarca— dijo Saga, volteando hacia el huidizo astro rey, que cobardemente se escondía en el horizonte.

—¿Te lo ofreció?

—No fue muy directa, pero lo insinuó. Creo que deseaba ver mi reacción antes de proponerlo explícitamente.— Saga concentró sus ojos en sus propias manos, pretendiendo estudiarlas por algún inexplicable motivo, siendo movido puramente por la incomodidad que le provocaba hablar del asunto.

—Si te lo ofreciera, ¿aceptarías?— Camus no podía ocultar el interés que tenía en el tema. Más bien, el recelo que las palabras de Saga despertaban en su interior.

Como si hubiera leído su mente, el mayor continuó:

—No lo sé… no ansío verme en esas vestimentas de nuevo.

—Yo tampoco…— Camus inclinó la mirada, intentando que los malos recuerdos desaparecieran tan rápido como habían surgido.

Saga dio unos pasos y se sentó a su lado, dando fin al sombrío momento.

—Además, es mucha responsabilidad. Yo… me siento agotado, ¿sabes?— Camus asintió, comprendiendo perfectamente a lo que Saga se refería, y aunque sabía que nada tenía que ver con debilidad física, respondió de una manera muy generalizada…

—Pues… descansa.

La obvia propuesta de Camus era tan simple como inesperada. Y en conjunción a esa franqueza, la mirada que entonces se levantó y volteó a fijarse sobre Saga, se veía más clara que nunca; cual cielo recién despejado cuyas nubes tormentosas acababan de abandonar, dejando apreciar su original claridad rebosante de belleza.

Saga siguió la proposición y literalmente descansó, acostándose para apoyar su cabeza de lado sobre el regazo de Camus. Éste tensó su cuerpo por un instante, colocando sus manos firmes sobre el suelo, antes de meditar brevemente y llegar a la conclusión de que ése no era el lugar adecuado para ellas en tales momentos.

Cautelosamente llevó una mano hasta la espalda de Saga, quien al contacto perdió todo interés hasta entonces mostrado por el sonrojado sol que amenazaba con ocultarse en la lejanía. Dirigió la atención de todos sus sentidos al muchacho que, atrás de él, parecía estar lidiando una batalla campal y no se decidía a hacer el próximo movimiento; a dar el siguiente respiro que mantenía aguantado en su pecho.

Finalmente, esa mano llegó hasta el hombro de Saga, donde dio un apenas perceptible tirón. Saga no necesitó más para girarse y quedar boca arriba, admirando el rostro que lo veía con cierta confusión.

La mano de Camus quedó descansando inmóvil sobre el pecho de Saga, antes de que éste la tomara entre la suya, mientras su otra mano se levantaba para alcanzar la mejilla de Camus, quien no dejaba de fruncir el entrecejo en perplejidad ante sus propios actos.

Los dedos de Saga acariciaron su piel con sutileza, y ante el cálido toque, Camus reaccionó buscando más. Inclinó su rostro contra la palma de la mano de Saga, y éste, aparentemente maravillado por eso, sonrió de repente, dejando a sus ojos brillar de una manera que Camus jamás había tenido oportunidad de apreciar.

¿Tanto le alegraba a aquél, el simple hecho de que aceptara su caricia? ¿Por qué? Ese tipo de contacto no era nada desconocido para ninguno, ya que por alguna razón Géminis gustaba de estudiar sus facciones, y Camus desde algún tiempo se lo permitía con libertad.

Entonces, ¿qué era lo especial en esta ocasión? ¿El hecho de que sucediera antes de tiempo, cuando el sol aún brillaba tenuemente? No… ¿el detalle de ladear su cabeza en necesidad de seguir sintiéndolo? Ni siquiera eso.

Si Camus pudiera ver a través de los ojos de Saga, notaría la particular chispa que brillaba en los suyos… un fulgor que Saga creyó por siempre extinto para nunca volverse a encender, pero que en esos momentos, si sus pupilas no lo engañaban, era nuevamente apreciable en la mirada del francés y constituía la razón de su súbito regocijo.

Pero Camus era ignorante a lo que ocurría en la mente de Saga. Ambos se tenían mutuamente hechizados por los pequeños cambios que acababan de notar en el otro. Y además de esas centelleantes esmeraldas a las que parecía estar observando por primera vez, de igual manera Camus recién conocía a aquellos blancos dientes que se asomaban tras unos curvados labios, a los cuales nunca antes había atestiguado actuar de esa manera. El semblante entero de Saga le parecía inusual…

Estaba… ¿feliz? ¿Y él lo había causado?

Vaya cosa rara, Saga le sonreía. Y lo más extraño de todo, era que eso no hacía que lo odiara, ni siquiera que lo envidiara. Esa imagen no le molestaba para nada. De hecho, y si no se mentía a sí mismo… hasta le agradaba, hasta lo abordaba la tentación de imitarlo. Y tras unos segundos, finalmente se rindió a ésta, reflejando en sus propios labios el mismo júbilo que Saga expresaba en los suyos, y que entonces Camus no sólo hizo notar en un gesto… sino que de verdad sintió.

FIN

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