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Feliz año nuevo!
Hace tiempo que no actualizo esta historia y me temo que este no es precisamente el mejor capítulo del mundo. Es absurdo y corto, pero no lo he perdido de milagro después de la última tontería de mi ordenador y sinceramente, después de haber estado tanto tiempo para escribirlo (por muy malo que sea y cutre que haya quedado) no me apetece nada tener que repetirlo todo.
Así que sin más os dejo con un nuevo capítulo.
Gracias a los fieles!
Besos.
Capítulo Sexto.
Blaise Zabini estaba sentado en la repisa de su ventana viendo caer la ligera lluvia de verano sobre los terrenos de su mansión. Las gotitas de agua producían una ligera ondulación en el pequeño lago que tenía a la vista, hacían que los nenúfares se balancearan y que las ranas que se posaban sobre ellos croaran de contento. Pero a Blaise no le entusiasmaba demasiado la vista. Bostezó aburrido y se preguntó, no por primera vez en esas tres semanas, qué estarían haciendo los demás en ese momento.
Este verano no estaba resultando como había esperado. Malcom y Flavio se pasaban el día juntos de un lado para el otro. Casi no paraban en casa y cuando lo hacían no era por mucho tiempo, apenas comer y dormir. Blaise sabía que toda esa actividad era cosa de su padre, no solo por las miradas fastidiadas que su tío le brindaba cuando Malcom proponía alguna salida, sino porque a su tío le agradaba más sentarse en el jardín a tomar el té con él y su madre que visitar a los insulsos amigos de Malcom. Los hermanos nunca se habían llevado demasiado bien, y el chico sospechaba que si se habían seguido tratando a lo largo de los años había sido por insistencia de la abuela de Blaise primero y de su madre después. No era ningún secreto en esa casa que el padre de Blaise detestaba a Flavio con pasión. Incluso había tenido sonadas discusiones con su esposa por invitarle a pasar temporadas con ellos, y siempre se había mostrado más que receloso con él. Esta repentina cercanía era, cuando menos, desconcertante, aún más cuando era Malcom el que la forzaba. Blaise podría haber pensado que su padre quería retomar una relación amistosa con Flavio, que después de todo era su hermano, y que por eso se estaba tomando la molestia de pasar un tiempo a solas con él, pero esto estaba llegando a unos extremos exagerados.
Amina se había marchado a pasar unos días con su madre, algo delicada de salud últimamente, hacía más de una semana. Durante todo ese tiempo, era como si Blaise no hubiese vuelto de la escuela. Era ignorado en las salidas de los hermanos, y cuando intentaba estar un rato con ellos para no aburrirse tanto su padre le enviaba sin contemplaciones a su cuarto. Blaise había hecho ya todos sus deberes, había vagabundeado por los alrededores durante horas y horas, se había leído buena parte de los libros de su habitación, había escrito a todos sus amigos y hasta una vez, por puro aburrimiento, había ordenado el armario, cosa que solo hacían los elfos domésticos. ¡Estaba mortalmente aburrido! Los chicos que vivían cerca de su casa o eran demasiado mayores para prestarle atención, o demasiado pequeños para que se la prestara él o, en su defecto, habían salido a pasar el verano a otro lugar.
Blaise resopló molesto, apoyando la cabeza contra el cristal. ¡Lo que hubiera dado para poder salir del país también! O tan siquiera de casa. Su padre no le permitía ni bajar al pueblo cercano, mucho menos acercarse hasta el Callejón Diagón para quedar con sus compañeros de clase. Al menos las cartas que había estado escribiendo habían servido de algo, hacía un par de días que estaba teniendo algo nuevo de lectura.
Padma le había enviado una amistosa carta, anunciándole que su hermana y ella visitarían a la familia de su padre en Nueva Delhi por dos semanas, así que no podría escribirle mucho dada la distancia que tendían que recorrer las lechuzas. Blasie se entristeció un poco. Padma era inteligente y sensible, las pocas conversaciones que había mantenido con ella por los pasillos o en la biblioteca habían sido bastante interesantes, así que sus cartas no podían ser menos. Bueno, algo menos con lo que tendría que contar ese verano.
Parvati también le escribió a pesar de que Blaise no lo había hecho. Seguramente al ver a su hermana teniendo correspondencia había sentido envidia y había decidido imitarla. En esencia le contaba lo mismo que su gemela, solo que lo que a Padma le había llevado una página explicar a ella le costó cinco. Tan aburrido estaba Blaise que hasta la leyó entera. No se podía decir que Parvati no tuviera tema de conversación, aunque al Slytherin no podia importarle menos el número de saris que se habia comprado la chica ni tampoco su colorido. Aún menos lo bien que combinaban con los pendientes que le habían regalado por su cumpleaños.
En fin, al menos leer la carta y evitar fijarse en las horrorosas faltas de ortografía y gramática le había ocupado más de media hora de su vida, lo que en su situación no dejaba de agradecerse.
Hanna también le escribió contándole afectuosamente su tranquilo y pacífico verano. Su carta tenía un tono tan alegre y relajado que a Blaise le dio envidia. Hanna no necesitaba grandes aventuras para pasárselo bien. Seguramente, de estar en la misma situación que él, encontraría el lado bueno y le sacaría mucho partido. Blaise había oído decir que los Hufflepuffs como característica principal tenían la estupidez. Él también lo pensaba, desde luego, pero confiaba en que Hanna fuera la excepción. Su sencilla manera de contar las cosas y de ver la vida era estimulante. Nunca intentaba hablar de lo que no sabía, regla que ya se podría aplicar Parvati más a menudo, y era tan buena escuchando como él, por lo que era fácil hablar con ella de cualquier cosa. A veces le frustraba que fuera tan cándida, pero en el fondo la apreciaba.
Millicent también le había escrito. Para Blaise fue una carta muy preciada, porque a Millie no le gustaba nada escribir. Tenía una letra horrible que no conseguía mejorar ni con los libros de caligrafía con los que solía practicar, y cuando escribía a sus padres en el colegio siempre le costaba unos cuantos borradores lograr una carta más o menos pasable. Blaise sabía que se había esforzado mucho y lo apreció sinceramente, más por la forma que por el contenido, porque básicamente se la pasaba quejándose de lo incordiante que era su hermanito y de que Míriam aún no le había dicho si pasaría unos días en su casa. Blaise dudaba de que le llegase algún día la respuesta, Míriam no toleraba a Millicent y la única que no lo había notado era la pobre chica.
En realidad, Míriam no le caía muy bien. ¡Es más, incluso Parvati le caía mejor que ella!. La encontraba vana y superficial, celosa de los demás y egañosa. Una de esas personas que viven fingiendo lo que no son. Cuando se encontró con la carta de Míriam fue todo un shock para él, hasta que se dio cuenta de que la chica esperaba que Blaise la invitase a pasar unos días en su casa, cosa que por supuesto no hizo, haciéndose el desentendido, aunque sin duda habría traído un cambio a su tedioso verano.
La carta que recibió esa mañana no es que fuese una sorpresa, dado que él le había escrito primero, pero le hizo sentir una intensa añoranza. Draco había escrito seis hojas contándole los líos en los que se había metido con Crabbe y Goyle, de los que era vecino desde niño, haciéndole reír un rato. También de las intensas declaraciones de amor que le enviaba Pansy día sí y día no desde Italia, donde parecía que no tenía nada mejor que hacer que suspirar por el rubio. Le contaba de sus avances en un extraño experimento que trataba de llevar a cabo en las mazmorras de su mansión y que involucraba una poción con ingredientes asquerosos y un elfo doméstico despistado. "Se lo merece" escribía Draco "la mitad de las veces, cuando lo busco, no parece estar en la casa y tiene prohibido salir. Me mosquea. Creo que últimamente se está planchando mucho las orejas, y mi padre no les presta tanta atención a los elfos para castigarlos tan a menudo."
También le contó lo mal que le había mirado Ollivander el día que se encontró con él en el Callejón Diagon. Al leer este párrafo Blaise se sintió culpable, porque el hombre creía que Draco había roto su varita ya que había pedido una nueva. Blaise lo sentía por Draco, pero por nada del mundo pensaba confesarle al hombre que la varita rota había sido la suya. Nunca le había gustado demasiado, así que no le iba a contar que había echado a perder uno de sus queridos trabajos de una manera tan tonta.
Aún tenía que comprarse una varita apropiada, dado que la que Draco le regaló parecía demasiado poderosa para él, pero no tenía demasiada prisa porque le había cogido cariño. Aunque en vacaciones no le estaba permitido usar magia la llevaba siempre encima, digamos que "por si acaso" aunque no podría pasarle nada dentro de su mansión.
Al final de su carta, casi pasando desapercibido en forma de comentario indiferente, Draco le invitaba a pasar un par de semanas en su mansión, al menos hasta su cumpleaños, que era el 9 de Agosto, y por el que pensaba dar una fiesta por todo lo alto. A Blaise le sorprendió y llenó de tonto orgullo el ser mayor que Draco. Bien, apenas un par de días, porque él nació el 7 de Agosto, pero era un argumento que esgrimir a la hora de imponer su voluntad sobre el rubito; "haz caso a tus mayores, chavalín".
Esbozó una taimada sonrisa al pensar en ello, y hasta dejó escapar una risita al imaginar la enfurruñada expresión de Draco cuando se lo dijera. Su risa hizo que el cristal de la ventana se empañase ligeramente por su aliento. Blaise lo miró indiferente, viendo como la mancha de vaho se hacía más pequeña hasta finalmente desaparecer. "Lo que hace el aburrimiento", pensó hastiado. Llevaba esperando toda la mañana y gran parte de la tarde a Dinky, el elfo doméstico al que había encargado que le avisara en cuanto su padre llegase a casa. Al principio había esperado con ansias, creyendo que para la hora de la comida ya estarían de vuelta tanto él como su tío, pero ninguno de los dos había aparecido.
Ahora Blaise estaba algo mohíno porque había tenido mucho tiempo para pensar y creía muy probable que su padre se negaría a darle su permiso para visitar a Draco. Vamos, ¡si casi parecía que lo tenía secuestrado en su propio hogar! Se había pasado más tiempo en su cuarto en esas dos semanas que en todos los castigos de su vida juntos, y ni siquiera había tenido el placer de hacer algo malo que justificase el encierro.
Decidió, en un impulso, que si su padre no le dejaba ir a casa de Draco haría todo lo posible para convertirse en el hijo más molesto que nunca hubiera tenido un mago. Ya estaba planeando asaltar el despacho de su padre en busca de esa botella de oporto que parecía atesorar para momentos importantes cuando Dinky apareció en medio del cuarto con un estallido. Antes de que el elfo pudiera abrir la boca, Blaise ya estaba saliendo por la puerta. No por nada le había dicho al elfo que solo se presentase ante él cuando llegase su padre, no antes.
Corrió escaleras abajo con la esperanza de poder salir de allí al menos unos días. Al saltar el último tramo de escalones, se dio de lleno contra su tío, que pretendía emprender la subida.
- ¡Ouch! – exclamó Blaise, perdiendo el equilibrio. Flavio fue rápido y le sujetó por los brazos antes de que fuera a dar al suelo. Soltó una corta carcajada.
-Tranquilo potrillo, no tengas tanta prisa.
Blaise sonrió cálidamente a su tío y en respuesta éste la acarició el cabello con su mano grande.
- ¡Blaise! – llamó su padre sonando bastante enojado. El chico se separó de su tío y fue junto a él. - ¡Se más cuidadoso la próxima vez!
Blaise bajó la cabeza avergonzado, sabiendo que había puesto de mal humor a Malcom y que nada de lo que dijese sería bien acogido. Tendría que esperar a un momento mejor.
- Bueno, yo voy a mi cuarto – dijo Flavio. Subió las escaleras dejando a padre e hijo solos.
Malcom suspiró profundamente.
- ¿A qué venía tanta prisa? – dijo en un tono más amable.
Aunque Blaise se extrañó de esa repentina relajación no se quejó en absoluto.
- Draco Malfoy me ha escrito – dijo intentando no sonar demasiado ilusionado -. Me invita a pasar unos días en su mansión. El día 9 es su cumpleaños y piensa dar una fiesta...
- Tu cumpleaños es el 7 – le atajó Malcom alzando una ceja extrañado - ¿No quieres dar tu propia fiesta?
¡Mierda! No había pensado en eso. Pero tal y como estaban las cosas de raras en casa no se le había ocurrido la posibilidad de que su padre le dejase invitar a sus amigos, y mucho menos para fiesta alguna.
- Podemos celebrarlo juntos – contestó el chico rápidamente. Si tenía que sacrificar su propia celebración para tener unos cuantos días más de diversión, iba a hacerlo con los ojos cerrados – O puedo volver un par de días antes para organizarlo todo – terminó diciendo. Bueno, si no tenía que sacrificar nada mejor, ¿no?
Malcom pareció pensarlo un momento.
- Está bien – dijo finalmente, haciendo que una sonrisa se extendiera por la cara del chico -. Hablaré con los Malfoy para arreglarlo todo.
- ¡Gracias! – saltó Blasie emocionado. Su padre, en un gesto espontáneo, le revolvió el cabello de manera juguetona, no como solía hacerlo Falvio que más parecía acariciarlo. Malcom esbozó una sonrisa y miró el pelo de su hijo.
- ¿No llevas demasiado largo el pelo, Blaise? – le dijo pensativamente - ¿No te dicen nada en Hogwarts? En mis tiempos no nos dejaban llevar el cabello tan largo.
- No he tenido ningún problema – mintió el chico encogiéndose de hombros aparentando indiferencia.
- De todas maneras no estaría mal que te lo cortases un poco – dijo frunciendo un poco el ceño, como si pensase en algo -. Aunque así te pareces mucho a tu madre...
Blaise sonrió satisfecho.
- Lo sé. Tío Flavio ya me lo ha dicho varias veces.
Con una sonrisa brillante el chico volvió a darle las gracias a su padre y subió de nuevo corriendo las escaleras de vuelta a su cuarto, esta vez para hacer apresuradamente el equipaje, sin ser consciente de lo desconcertado que había dejado a Malcom.
Ver a Draco de nuevo no le resultó tan grato como había esperado. Es más, justo después de salir de la chimenea de los Malfoy le dio un repaso con la mirada y frunció el ceño. Draco hizo lo mismo con él y le sonrió con malevolencia.
- ¡Bienvenido, Blaise! Vaya, estas exactamente igual que hace tres semanas – dijo con sorna. Blaise apretó los labios indignado, dejando que el rubio llamase a un elfo para que se ocupase de su equipaje y de cepillar su ropa para quitar la ceniza. Tan pronto como el sirviente desapareció, Draco soltó una carcajada.
- Vamos, no estarás molesto, ¿verdad?
Blaise le miró de mala manera.
- ¿Ese era tu proyecto secreto? – le preguntó señalándole con un dedo acusador. Draco pareció sorprenderse por sus palabras un momento, pero después sonrió orgulloso.
- ¿Acaso crees que me he tomado una poción de crecimiento o algo así? ¡Esto es cosa de genes, chaval!
- ¡No me llames chaval! ¡Cumplo años el día 7, soy más mayor que tú!
Draco sonrió torcidamente.
- Sí, pero yo soy más alto – dijo con guasa. Se acercó a él hasta que solo les separaba un palmo -, como puedes comprobar – dijo con retintín.
Era cierto. De alguna manera Draco Malfoy había crecido al menos cinco centímetros. Ahora el rubio miraba a moreno desde un poco más arriba, y aunque Blaise hubiera querido que eso no le afectara no era así. ¡Cuando se despidieron en la estación tenían exactamente la misma altura!
- ¿Cómo has podido crecer tanto? ¡Es inhumano! – soltó enfurruñado. Draco, aprovechando su aventajada posición, le revolvió traviesamente el pelo. Blaise soltó un bufido. ¿Se podía saber qué le pasaba hoy a todo el mundo con su pelo?
- Vamos, no te enojes – dijo Draco conciliadoramente -. No lo he hecho a propósito.
Le hizo un gesto para que le siguiese y ambos emprendieron camino hacia el vestíbulo para subir las escaleras hacia la segunda planta.
- Además, ni siquiera me dí cuenta de que habia crecido tanto hasta que ví que tú estabas tan bajito.
Blaise tuvo ganas de arrojarle escaleras abajo.
El cuarto de Blaise tenía unas bonitas vistas del jardín trasero de la mansión. La cama estaba situada en una esquina semicircular, cercada por grandes ventanales que daban a un balcón privado que colindaba con el de Draco. Disponía de un amplio escritorio con cerradura, un armario oculto tras un espejo de pared y un descalzador a los pies de la cama. Cerca del armario había uno de esos trastos que su madre llamaba "galán de noche" en el que se suponía que debería dejar su ropa cuando se la quitara para evitar arrugarla. A Blaise le parecía una estupidez y nunca ponía allí su ropa. No es que le gustara demasiado despertarse por la noche y encontrarse un perchero vistiendo su ropa y con especto demasiado humano para su tranquilidad.
La habitación también contenía un tocador de aspecto sobrio, con el espejo en tríptico que se podía cerrar como un armario para evitar las estupideces del reflejo. La habitación estaba decorada en azul, con cortinas de seda bordadas con arabescos de terciopelo haciendo juego con el cobertor de la cama y la tapicería de las sillas. Unas magníficas alfombras de color hueso cubrían prácticamente todo el suelo de madera.
La habitación era elegante y confortable, parecida a los cuartos de huéspedes de su propia mansión, y por ello no tuvo curiosidad de revisar el cuarto de baño anexo, sabía perfectamente lo que encontraría tras la puerta de caoba.
- Draco – dijo volviéndose hacia él después del breve vistazo a su entorno -, gracias por invitarme.
- Era lo menos que podía hacer – dijo el rubio con un indiferente encogimiento de hombros -. Tu carta parecía una desesperada petición de auxilio, ¡no podía dejarte más tiempo allí encerrado!
Blaise sonrió de lado. Vale, igual había sido demasiado entusiasta a la hora de describir lo tediosos que se habían vuelto sus días, el lento discurrir de sus horas, el patético espectáculo que era observar cómo se escurrían las sombras por la habitación según terminaba la tarde... Bien, sí, sabía que se había pasado, ¡pero al menos había valido la pena!
- Te lo agradezco de corazón – dijo con total sinceridad.
Draco sonrió satisecho.
- Venga, te enseñaré mi cuarto. Está justo al lado. Lo digo por si tienes pesadillas de noche – dijo con altivez.
Blaise tuvo ganas de tirarle por el balcón.
-¡Expeliarmus!
- ¡Protego!
Lucius Malfoy asintió con aprobación al ver la rapidez con la que Blaise había rechazado su hechizo. Draco era mejor, por supuesto, pero el chico era bastante bueno.
- Malcom te ha entrenado bien.
- Gracias, Señor. Aunque este verano todavía no he empezado a entrenarme – contestó Blaise educadamente, poniendo de manifiesto que si no era tan hábil como Draco era por falta de práctica.
Lucius sonrió, comprendiendo el mensaje.
- Malcom tiene que estar muy ocupado con tu tío.
- Así es – dijo Blaise con algo de pesar -, casi nunca están en la casa.
- No se lo tengas en cuenta. Tienen asuntos pendientes que solucionar – dijo el hombre apaciguadoramente, para sorpresa de los chicos – Y hablando de asuntos pendientes, tendré que retirarme. Podéis practicar entre vosotros. Pero nada demasiado aparatoso – advirtió seriamente mirando a Draco -. No quiero que probéis hechizos nuevos sin supervisión. Acuérdate de cómo se asustó tu madre la última vez.
- No te preocupes, seremos cuidadosos – dijo el rubito con formalidad. Aunque en cuanto su padre hubo salido de la habitación sonrió maliciosamente - ¡He encontado un hechizo genial en un libro de la biblioteca! ¿Quieres problarlo, Blaise?
Por supuesto, no esperó su consentimiento.
- ¡Mamáaaaa! – gritó Draco abriendo de una patada la puerta de la sala de estar de su madre. Narcisa se descolocó tanto que estuvo a punto de dejar caer el libro que estaba leyendo, algo que no sería digno de una Malfoy ni de una Black.
- ¡Draco! ¡Espero que tengas una buena razón para...! – la rubia se quedó muda al ver que su rubito hijo la miraba con pánico mientras sostenía en sus brazos a un bonito bebé envuelto de mala manera en un suéter que no era de su talla.
- ¡Algo salió mal, mamá! ¡Tienes que arreglarlo! – le tendió al niño mirándola esperanzada.
Narcisa casi retrocedió en su butaca, pero no tuvo más remedio que coger al niño para que su hijo no lo dejara caer.
- Eto e humiliate (Esto es humillante) – dijo el bebé poniendo los ojos en blanco.
Narcisa casi colapsó. ¡Ese niño apenas tendría cinco meses! ¡No podía hablar todavía! Y de hecho lo hacía muy mal, pero entendió lo que quería decir. Miró a Draco con suspicacia.
- ¿Encogiste a tu amigo?
- ¡No era mi intención! – dijo Draco indignado.
- ¡Meno ma! Podque de pendar gue bodíaz habedlo hesho a pdopózido... (¡Menos mal! Porque de pensar que podías haberlo hecho a propósito...) – dijo Blaise mosqueado.
Draco, pese a todo se hechó a reír. Blaise intentó fulminarle con la mirada, pero solo logró hacer un puchero, lo que aumentó las risas del rubio.
- ¡Draco, ya basta! – dijo Narcisa severamente poniéndose en pie -. Para empezar, no tengo ni idea de cómo solucionar esto. ¿Sabes al menos qué hechizo utilizaste?
- Er... – a Draco toda la hilaridad se le había ido por los suelos -. En realidad intentaba el hechizo Infamare, pero estornudé y...
- ¿Qué hacías intentando ese hechizo? – preguntó Narcisa con curiosidad - ¡No creo que tu padre te haya enseñado algo tan infantil!
Draco enrojeció y miró al suelo murmurando por lo bajo. Blaise alzó una ceja con incredulidad, aunque su rostro solo mostró una extraña mueca de sorpresa.
- Bueno, haremos algo – dijo Narcisa con decisión. Se levantó de su butaca sosteniendo a Blaise lo más lejos que podía de ella -. Buscaré en la biblioteca alguna referencia sobre el hechizo que puedes haber utilizado y trataré de averiguar cómo deshacerlo.
Le tendió el bebé de vuelta a Draco, quien lo cogió mirando a su madre con cierta sospecha. Blaise suspiró. Pese a todo su amigo le cogía mejor que la mujer, aunque tampoco es que se diera mucha maña.
- Er... mamá, ¿qué hacemos con él mientras tanto? – preguntó Draco temiéndose lo peor.
- ¿Cómo que qué vamos a hacer? ¡Vas a cuidar de él, por supuesto!
- ¡Mamá! – protestó el rubito mirando a Blaise con horror.
- Hijo, es tu invitado. Y tu castigo, si a eso vamos – dijo Narcisa con altivez saliendo de la sala de estar con paso elástico -. Pediré a un elfo que recupere tus cosas de bebé para que puedas cuidarle adecuadamente.
Draco, con Blaise sostenido contra su pecho de mala manera, se quedó mirando a su madre con desesperanza.
- Dako (Draco) – llamó el bebé su atención, enrojecido hasta su cabeza pelona -. Tego kaka. (N/A ¿Necesita traducción?)
Y Draco Malfoy supo entonces que le esperaba un buen paseo por el infierno.
El rubio heredero de los Malfoy miró con ojos crítico su obra de arte y dijo:
- Juro que nunca tendré hijos.
Había tardado más de una hora en ponerle un pañal a Blaise. Eso sin contar lo que había tardado en limpiarle el culo al método muggle, algo totalmente asqueroso si le preguntaban.
- Y prometo que aprenderé todos los hechizos de limpieza que me sean posibles.
A Blaise no le parecía una mala idea. No era demasiado agradable haber ensuciado su suéter con sus propias heces. Cuando él había encogido su ropa no lo había hecho y Draco le había enrollado apresuradamente en la primera prenda que encontró a sus pies. Blaise aprendió que ser un bebé implicaba no poder controlar sus intestinos a su antojo.
Ni tampoco sus expresiones faciales.
Ni tampoco su blandito paladar que le hacía hablar como si tuviera la boca llena de papilla.
Ni tampoco sus emociones.
Se había echado a llorar sin pretenderlo, terriblemente ofendido porque Draco le había insinuado que iba a ser una gran molestia para él. Había tomado muy a pecho las palabras del rubio y había montado tal berrinche que los elfos domésticos habían preguntado a Narcisa si no sería mejor que ellos se ocupasen del bebé.
Narcisa, por supuesto, se negó.
- Mi hijo está castigado – dijo terminante.
Blaise se preguntó por qué aquello se tenía que convertir también en su castigo.
- ¡Gogeme da gabeda! (¡Cógeme la cabeza!)– exigió Blaise cuando Draco le cogió el brazos para darle el biberón.
No era un simple capricho infantil. A Blaise le pesaba la cabeza y no era capaz de mantenerse erguido de manera aceptable. Le daba la sensación de estar como borracho, ladeándose de lado a lado sin ningún tipo de sujeción.
Draco bufó fastidiado, pero le sujetó la cabeza como pudo y le metió el biberón en la boca de mala manera.
Blaise se puso a llorar de nuevo por su rudeza.
- ¡Dadame meho! Do no dego da gudba de zdad adí (¡Trátame mejor! Yo no tengo la culpa de estar así)
- ¡Dios mío! ¡Eres un fastido! No me extraña que tus padres no quisieran tener más hijos – exclamó Draco enojado.
Blaise dejó de llorar para mirarle mal, aunque aún seguía haciendo pucheros en contra de su voluntad. Quería decirle que él también era hijo único, por si no lo habia notado, y tenía que haber sido igual de fastidioso, sino más, porque era tremendamente caprichoso. Pero solo de pensar que tendría que decir esa larguísima frase con su media lengua le pareció un trabajo enorme y prefirió quedarse callado.
Draco se permitió una sonrisa de suficiencia. Después de todo Blaise había dejado de llorar, seguramente porque le había intimidado.
Lucius Malfoy llegó a su casa cansado, irritado y hambriento. Se dirigió inmediatamente a la sala de estar de su esposa para indicarle que prefería adelantar la hora de la cena, pero no la encontró allí, algo bastante extraño en ella. Llamó a un elfo doméstico para preguntar por Narcisa y cuando la criatura le informó de que la señora que encontraba en la biblioteca Lucius se dirigió hacia allí frunciendo el ceño.
A Narcisa no le gustaba nada la biblioteca. Prefería leer en su sala de estar tranquilamente que en aquella inmensa habitación de tres alturas que las chimeneas nunca calentaban del todo en invierno y donde olía a pergamino viejo constantemente por muchos hechizos ambientales que se lanzasen.
No llegó a la habitación. Draco le salió antes al paso llevando en brazos lo que parecía… ¿un bebé? Lucius se quedó tan sorprendido que ni preguntó, claro que no hizo falta, pues Draco, con una cara de cabreo monumental, le tendió al bebé con rudeza a la vez que decía:
-¡Papaaaaaa! Es Zabini, ¡arréglalo! ¡Ya no aguanto más! ¡Me he cambiado 4 veces de túnica, me ha vomitado, me ha meado y me ha tirado la comida encima! ¡No pienso tener hijos nuncaaaaaa!
Decir que Draco estaba histérico era poco. Lucius se había echado atrás instintivamente nada más ver al niño, pero entendió que Draco estaba dispuesto a endilgárselo hiciera lo que hiciese y se resignó a cogerlo por las axilas manteniéndolo alejado de él, tal y como había hecho Narcisa anteriormente.
Blaise puso cara de humillación para a continuación echarse a llorar escandalosamente. Lucius lo miró con fijeza y lo agitó un poco para ver si se calmaba. Desde luego, nadie podía decir que los Malfoy tuviesen mucho instinto maternal.
- ¿Y tu madre? – preguntó Lucius sonando aterrado, como preguntándose porqué tenía que cargar él con el crío cuando tenían una mujer en casa (N/A ¡Machista!)
- Dijo que buscaría una solución en la biblioteca- dijo Draco agitado - pero de eso ya hacen como… - trató de recordar – ¡buf!, unas 200 horas y no ha encontrado nada. La última vez que le pregunté me dijo que le enviase a Dobby con el wisky y que dejase de molestar.
Lucius vio su oportunidad de oro.
- No te preocupes hijo, ayudaré a tu madre y encontraremos la solución antes de que te des cuenta. Tú cuida del niño – le devolvió el bebé a Draco y salió disparado hacia la biblioteca.
Blaise quería preguntarle a Draco si creía que tardarían mucho en arreglar el asunto, pero el rubio se le adelantó diciendo confiado.
- Blaise, papá lo arreglará en un periquete, ya lo verás – sonrió más tranquilo –. Es el mago más listo del mundo y para la hora de la cena todo habrá vuelto a la normalidad.
Tardaron 4 días en dar con la solución.
Blaise casi se echó a llorar de alivio cuando recuperó su propio cuerpo. Logró contenerse y atribuyó el arrebato a alguna reminiscencia de su tiempo como bebé. Inmediatamente después se puso sus ropas con calma y salió a buscar a Draco para darle una paliza.
Por suerte los Malfoy demostraron ser más eficaces soldando huesos que encontrando el remedio a hechizos de juventud, por lo que Draco pudo mover perfectamente los brazos para la hora de la comida, aunque aún estaba enfurruñado con Blaise.
- No sé porqué te pones así, yo me he llevado la peor parte teniendo que hacerte de niñera – rezongó.
Afortunadamente los Malfoy también eran buenos sacando panecillos atascados en la boca de su hijo.
Habían acordado no contarle nada a los padres de Blaise sobre el incidente. Su madre había intentado contactar con él por chimenea el día anterior y Narcisa no había tenido más remedio que improvisar que Lucius se había llevado a los chicos a dar una vuelta por el Callejón Diagón. Blaise hubiera sido el último en querer que su madre se enterase del incidente. Aunque solía ser bastante independiente Amina de vez en cuando tenía estallidos de instinto maternal y agobiaba a Blaise hasta el extremo con sus cuidados, por lo que el moreno no dudaba que lo habría pasado mal estando a su cuidado de nuevo como un bebé.
Gracias por seguir leyendo!