| B s . A A A | full 3/4 1/2 | E E | Light Dark |
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Hola a todos los q lean! bueno, esta es una continuación de mi fic "The Last Remaining Light", y aunque yo nunca planeé continuarlo, pues por insistencia de unas cuantas personitas terminé haciéndolo XD espero que no les parezca mala idea esta continuación, y que les guste. Saludos! Dejen review plis! ;)
Advertencia: Yaoi, lemon más adelante.
-.-.-.-.
CAPÍTULO 1- Aparente paz.
[Templo Jedi; 6:30 am]
A tempranas horas un joven dormitaba rehusándose a abrir los ojos a la luz de un nuevo día. Pero luchar contra los dos soles de Coruscant que unían fuerzas colando sus rayos por el pequeño ventanal de la habitación, sería tarea difícil para cualquiera. Sin embargo, ¿cómo resistirse a los exquisitos labios que clamaban entrada a la adormilada boca? Y a ese débil susurro que se escuchó posteriormente cerca de su oído, erizando su piel con la calidez de un dulce aliento…
-Despierta…-
Milo se sintió incapaz de obedecer a la delicada voz que le hacía tal petición, pero sabía que por los zafiros que encontraría al abrir los ojos y que lo miraban con atención mientras su dueño ampliamente sonreía, valía la pena el esfuerzo de separar los párpados y aceptar que un nuevo día de obligaciones había comenzado.
Camus hacía la transición mucho más fácil al acercarse y besarlo de nuevo, interrumpiendo dicho contacto a la justa brevedad que obligaría a Milo a levantarse y seguirlo en busca de más, una vez que Camus se ponía de pie y se alejaba hacia el baño riendo discretamente.
Milo abría los ojos sólo para ver la perfecta silueta de Camus retirándose para ir a vestirse. El joven Jedi, como cada mañana era el último en despertar, y ahora gruñía frustradamente al saberse solo en la cama. Era algo que le fastidiaba a desmedida, pero cada noche se iba a dormir con el propósito de vengarse de Camus, de ser el primero en abrir los ojos, despertarlo como él lo hacía, y de abandonarlo ahí justo como él estaba ahora, ansioso de que saliera del baño y regresara a sus brazos.
Sin embargo, comprobando la rutina de todos los días, Camus salía del baño, le dirigía una sonrisa mientras cruzaba la habitación, y salía del cuarto con una muda advertencia en su mirada de que más le valía levantarse de inmediato si no quería lidiar con un novio enfadado por el resto del día.
Y Milo, sumiso y temeroso tuvo que acceder; un Camus que le dirigiera la ley del hielo no era algo que quisiera ver, ni hoy ni nunca. Es más, ahora ni siquiera comprendía como había sido capaz de soportar cuando el aludido hacía tal cosa, en aquellos tiempos cuando eran sólo amigos…
Aquellos tiempos… Milo pensaba en su relación como si llevaran una eternidad juntos, cuando apenas habían llegado a otro nivel unos pocos meses atrás. Pero habían sido los mejores meses de su vida. Ignorando alguna que otra misión menor a la que eran enviados de vez en cuando, obligándolos a separarse por unos días. Esas ocasiones sí eran una tortura para ambos, pero siempre mantenían su vínculo mental completamente abierto para que pudieran acudir el uno al otro si en algún momento alguno sentía no aguantar la soledad más.
Por suerte tales ocasiones no habían sido numerosas, pues la paz que reinaba en la República había sido vasta desde la muerte de los conocidos Siths. Pero nadie podía confiarse todavía, pues los movimientos separatistas continuaban hirviendo clandestinamente, y aunque la oscuridad permanecía al límite, éste podría ser cruzado en cualquier instante.
Mucha meditación era lo que los Jedi necesitaban al sentir que importantes tiempos se avecinaban, y que la Orden corría peligro de llegar a desvanecerse; todos los sabían más nadie hablaba de ello. Después de la Guerra de los Clones, los Jedi habían sido notablemente diezmados, y el respeto con el que los servidores a la Fuerza contaban en un glorioso pasado, era ahora sólo un vago recuerdo.
Y sí, meditar era justo lo que Camus estaba haciendo ya, sentado con sus piernas cruzadas sobre una pequeña alfombra junto a la gran ventana de la sala de su departamento. Y meditar sería lo que Milo haría también, ahora que salía de la habitación de Camus, y alcanzaba a éste para sentarse frente a él y adquirir la misma posición, quejándose un poco ante sus poco colaboradoras piernas, pero al fin, logrando un reflejo un poco menos pulcro de lo que el otro representaba frente a él.
Camus le ofreció a Milo las palmas de sus manos, quien colocó las suyas sobre las del otro, cerrando sus ojos al instante, dando pie a que la meditación compartida de todas las mañanas, que habían adquirido como reciente costumbre, diera inicio.
Todo había sido idea de Camus, insistiendo en que Milo no entraba en puro contacto con la Fuerza lo suficiente. Preocupado por que el mencionado se convirtiera en un Jedi flojo, e indigno de servir a la Fuerza, Camus lo había obligado a estas sesiones de meditación con él.
Y de hecho Milo ya les comenzaba a tomar el gusto. Dejando de fuera lo temprano que Camus lo obligaba a levantarse, era un maravilloso efecto el que se sentía cuando La Fuerza comenzaba a fluir entre ambos con increíble gracia, viajando por su vínculo como el agua resbala entre los dedos. Durante estos momentos, no había nada que pudieran ocultarse, aunque de por sí ningún secreto se guardaban, pero la seguridad de saber que confiaban el uno en el otro plenamente, les proporcionaba a ambos la paz interior la cual era el preciso objetivo de la meditación.
Y generalmente cuando tal proceso llegaba a su fin, ambos se encontraban al abrir los ojos, con una mirada que reflejaba los miles de sentimientos que acababan de haber sido dejados a flote, que aún no eran opacados por el serio semblante que un Jedi debe portar, y que les proporcionaba toda la energía suficiente, más que cualquier nutritivo desayuno, para empezar con su día de deberes.
Con la constante compañía de Camus, Milo ya no tenía excusa para quedarse dormido hasta el medio día, o llegar tarde a ningún lado. En este caso, la cita para él consistía en un favor que le haría a su Maestra al ayudarla con las prácticas de sables de luz en el área de entrenamiento.
Pero antes de que tal cosa se diera a cabo, y antes de que Camus comenzara a cambiar de posición para levantarse, Milo se abalanzaría sobre él haciéndolo caer al suelo sobre su espalda, provocando un seco sonido. Y antes de que Camus pudiera reaccionar ante el reciente ataque, Milo consolidaría su victoria atrapando sus labios y sonriendo contra la boca de Camus al sentir que éste respondía resignadamente al beso, dejando a su lengua entrar y juguetear con la suya un tiempo. Sólo un tiempo, pues las obligaciones llamaban, y cuando Camus alejaba a Milo tomándolo de los brazos, a éste último se le escuchaba gemir un débil "no" en protesta, la cual fue cínicamente ignorada por Camus al escapar de debajo de Milo y ponerse de pie.
Milo puso su carita más inocente, parpadeando con ojos que cargaban falsas lágrimas, y haciendo puchero con sus labios, arrodillado en el piso y armando la escena más enternecedora que pudo para tratar de conmover a Camus y convencerlo de que se quedara con él…
-…sólo un ratito más…-
Camus estuvo a punto de ceder… ¿cómo no hacerlo ante esa adorable escena que Milo estaba hipócritamente montando frente a él? Pero utilizando todo su autocontrol Jedi, se limitó a simplemente ofrecerle una mano para ayudarlo a ponerse de pie.
-Tenemos que irnos, anda.-
En ese momento Milo rompía su acto y suspiraba derrotado, a la vez que aceptaba la ofrecida mano y se levantaba del piso.
Salían los dos juntos del departamento, en cuya entrada Camus se detenía brevemente para marcar el código de seguridad, e inmediatamente después, comenzaban su travesía por los amplios pasillos del Gran Templo Jedi, sin prisas y deleitándose con la pacífica Fuerza que inundaba el lugar, dirigiéndose hacia el comedor donde sus amigos seguramente los esperaban.
Y sí, tal como era predecible, en una lejana mesa ya se veía a Aioria sentado al lado de Alex y con una hiperactiva Hallie brincoleando en su asiento frente a ellos. Camus cerró los ojos en espera de lo que vendría. Siempre era lo mismo con esa pequeña, nunca lo dejaba comer en paz, si no era porque se le quedaba viendo como hipnotizada, se ponía a parlotear y preguntarle un sin fin de cosas sobre su vida a las cuales Camus contestaba reacio, aunque generalmente era Milo quien terminaba respondiendo por él.
Milo le dio un codazo a Camus para sacarlo de su ensimismamiento, cosa que éste hizo tras un pequeño sobresalto. Milo sólo reía ante el temor que Camus sentía por la pequeña niña de ojos verdes, y alcanzó una bandeja para comenzar a servirse el desayuno. Camus lo imitó, siendo éste el que terminara primero con la tarea de exploración en la mesa de buffet, mientras Milo se abstraía en una plática más con la señora Kahlia.
Camus sólo ponía los ojos en blanco en lo que esperaba que el otro terminara su discusión con la cocinera, quien lo despidió advirtiéndole que mañana tuviera cuidado con su comida. Pero por más que amenazara con una intoxicación alimenticia para el joven Antares, todos sabían que la cocinera disfrutaba de las juguetonas coqueteadas que el mencionado le regalaba, y Camus simplemente no podía sentirse celoso de semejante Klatooiniana, así que sólo le quedaba esperar a que el tradicional intercambio de diálogos terminara, generalmente con Milo guiñándole el ojo a la humanoide, y con ésta insultándole algo de respuesta, para después finalmente dirigirse a la mesa.
Y aunque todavía faltaban varios metros para que llegasen, ya Camus podía escuchar su nombre siendo gritado estridentemente por una aguda vocecita, cuya dueña llegaba corriendo hasta a su lado y lo jalaba de su túnica para que apresurara el paso, asegurándose al llegar a la mesa, de que tomara asiento junto a ella.
-¡Mira, Camus, mira! ¡Mi primera cinta de mérito!- decía Hallie señalando la marca de color rosa que interrumpía la oscura coloración de su pequeña trenza de Padawan.
Camus asentía y sonreía condescendientemente ante la emocionada chiquilla, quien no dejaba de balancear los pies en el aire, mientras se sacudía inquietamente sobre su silla y enredaba la mencionada trenza entre sus dedos sonriendo ante su pequeño gran logro.
-Felicidades, Hallie. ¿Cuando estarás lista para un duelo de espadas láser conmigo?-
-¡Milo! Deja de darle ideas, mi Padawan todavía esta en la parte teórica de su entrenamiento.- regañaba Alex a su imprudente amigo antes de pinchar firmemente su desayuno con el tenedor y adquirir un serio semblante. Milo parecía no comprender lo difícil que era controlar a una pequeña niña sin que él viniera a emocionarla más de lo que ya estaba con la prematura idea de peleas y sables de luz.
-Pero, pero, cuando tenga una espada, quiero una rosa, ¿puedo?, ¿puedo, Maestra?-
-Claro, CUANDO sea el momento adecuado, podrás tener una del color que desees.- decía Alex suavizando su facciones al dirigirse a la pequeña, y posteriormente regalándole una mirada de advertencia a Milo antes de regresar la atención a su plato.
Milo se encogía de hombros y cruzaba divertidas miradas con Aioria, quien ya había aprendido a no intervenir cuando Alex se ponía en el serio plan de "Maestra Jedi"
Camus se limitaba a intentar engullir su desayuno lo más rápido posible, antes de que la niña que se sentaba a su lado se acordara de él y volviera a su fastidioso ser de siempre, y una vez que hubo terminado, se puso de pie rápidamente indicándole a Milo que era hora de irse. Éste tuvo que dejar su plato a medias ante la insistencia de Camus, y seguirlo fuera del comedor, con sus amigos agitando sus manos en el aire en confuso "adiós".
-¿Qué tanta prisa tienes?-
-El Maestro Yoda me espera, y a ti también te espera la Maestra Lune.- explicó Camus antes de apresurar el paso obligando a Milo a hacer lo mismo para alcanzarlo, mientras se dirigían a los niveles intermedios del Templo, donde se encontraban las guarderías y aulas de clases.
Milo acompañó a Camus hasta el salón de proyecciones donde precisamente Yoda lo esperaba, con la intención de después dirigirse él al cuarto de entrenamiento a buscar a su Maestra, sin embargo al llegar, el simple "Hasta luego" que Camus le daba como despedida, no le parecía adecuado a Milo como las últimas palabras que se dirigirían al saber que no lo vería en un buen rato más.
Camus no tenía sus sentidos lo suficientemente en alerta para evitar que Milo lo empujara hacia afuera, en un balcón contiguo al salón donde el Maestro Yoda ya había comenzado su clase, y tampoco fue capaz de defenderse al sentir que Milo lo apresaba contra la pared, y se adueñaba de sus labios ansiosamente. De igual manera no pudo evitar responder al delicioso beso, dejar a sus ojos cerrarse y permitir a Milo la completa exploración de su boca que tanto parecía querer llevar a cabo.
La responsabilidad, sin embargo, pinchó su cerebro para recordarle que hacía en esa zona del Templo en primer lugar.
-No, Milo…- dijo débilmente Camus, al alejar a Milo de sí, para voltear hacia el pasillo y asegurarse que nadie los había visto.
Sobre su relación eran más bien discretos. Estaban conscientes de que habían muchos que podían sentirse incómodos al verlos juntos; "mentes abiertas" no es precisamente como se describirían la mayoría de los servidores a la Fuerza, siendo más bien conservadores en su manera de pensar, por más moderna tecnología que los rodeara.
Con esa idea presente, Camus escaneaba los alrededores, mientras Milo observaba curioso el rubor en sus mejillas. Sabía que Camus lo deseaba tanto como él, que de igual manera no podía esperar el primer momento a solas para hacer algo como lo que él acababa de hacer. Pero claro, Camus se las daba de mustia y lo disimulaba muy bien, dejándole a él por entero el trabajo de acosador. Lo cual tampoco le molestaba, pues sabía que siempre capturaba a su presa, y vaya víctima que le tocaba…
-Me encanta que seas tan tímido.- musitó Milo alcanzando la mejilla de Camus, para que éste dirigiera sus ojos de nuevo a él. Pero el dulce tono de Milo no hacía nada para impresionar a Camus.
-¡Y yo no aguanto que seas tan desvergonzado!-
Milo soltaba una carcajada antes de que sus risas murieran en un susurro que cosquilleaba a peligrosa cercanía de los labios de Camus, -No es cierto… lo amas….- la distancia desaparecía cada vez más, -Me amas…- y finalmente dejaba de existir, consolidándose en un tierno beso que más de una superficial unión de sus labios no pasaría, pero que aun así, dejaría a ambos con la latente sensación de tal significativo contacto, recordándoles cuanto se extrañarían en las horas que no se verían.
-Eso… no puedo negarlo…- murmuró Camus, provocando una sonrisa victoriosa aparecer en los labios de Milo. –Pero ya tengo que irme…-
Milo pensó en refutar eso también, pero sabía que él de igual manera tenía cosas que hacer, así que ampliando su sonrisa, se despedía de Camus para continuar su camino, mientras éste suspiraba profundamente antes de abandonar el balcón y adentrarse al salón donde asistiría al Maestro Yoda en sus acostumbradas clases para los aprendices que se encontraban en las primeras etapas de aprendizaje; los que aun no contaban con Maestros, pero que igualmente necesitaban de importantes influencias como la del anciano de piel verde, para conocer todo lo que un Jedi debía saber sobre La Fuerza.
Camus recordaba esas clases a las que él mismo fue sometido, y que constituían siempre la parte más interesante de su día como aprendiz, además que eran las pocas horas en las cuales Milo caía dormido de aburrimiento y lo dejaba de fastidiar, mientras él escuchaba atento todas las maravillas que Yoda contaba sobre La Fuerza y sus misterios.
Así que ahora, era un gran honor para Camus el poder ayudarle al mencionado miembro del Concejo en tales tareas. El Maestro Yoda parecía tener un particular cariño por Camus, y ya hasta le había hablado de la lejana pero posible probabilidad, de un lugar para él en los sillones del cuarto del Concejo.
Camus no se había emocionado más de lo necesario con tal comentario, pues le parecía un sueño bastante imposible, aunque deseado con creces, y que sólo con gran esfuerzo llegaría a hacer realidad. Pero tendría tiempo, aun era muy joven para llevar a cabo tal función, sin embargo, el saber que Yoda veía un futuro tan magnífico para él, lo llenaba de orgullo.
Al término de la lección, cuando ambos caballeros Jedi se retiraban, y despedían a los niños para que regresaran a sus habitaciones, un pequeño niño rubio de inquisitivos ojos azules se acercaba al Maestro Yoda con una pregunta sobre la instrucción de hoy, que había tratado de las diferencias y similitudes entre los dos lados de La Fuerza.
-Maestro Yoda, y al final, ¿quién ganará? ¿La luz o la oscuridad?- el pequeño bajaba su mirada hacia el diminuto anciano en espera de una respuesta.
-Una balanza todo es; uno del otro no se pueden excluir… La victoria es relativa.-
El niño parecía no comprender las palabras y sólo se rascaba la cabeza antes de sonreírles a ambos inocentemente y darles la espalda para enseguida correr a alcanzar a sus amigos. Sin embargo, la pregunta había sembrado la duda en Camus, quien caminaba al lado del Maestro Yoda.
-¿Es eso cierto, Maestro? Entonces eso que dicen… que el elegido traerá equilibrio a la Fuerza…-
-En el futuro nublado, la paz como el ojo de un huracán es… cuando pase, la verdad revelada será. Y el equilibrio de las Fuerzas por el que tanto se anhela, puede resultar no lo que esperábamos…-
Camus se sintió tentado a imitar al curioso niño y rascarse él mismo la cabeza en confusión, antes de ver alejarse al pequeño Maestro con cansados pasos… Camus presentía que Yoda sabía mucho más de lo que dejaba entrever en sus siempre místicas palabras, y quizás el peso de la verdad era lo que hacía a su espalda encorvarse, más que su gran edad.
El joven Jedi decidió dejar esas interrogantes sobre el futuro, precisamente para más adelante, y se encaminó al área de entrenamientos, donde sabía encontraría a Milo. Al llegar, se dirigió al nivel superior del gran cuarto, desde donde los enfrentamientos podían ser apreciados y estudiados. En el centro del lugar, localizó fácilmente a Milo, luciendo sus habilidades con la espada láser con un pobre Padawan que apenas si podía defenderse.
Con elegantes saltos en el aire, Milo dejaba al otro muchacho en el suelo, respirando agitado y aceptando su derrota al ponerse de pie y estrechar la mano del vencedor.
Sin embargo, sorpresivamente, dicho vencedor se veía obligado a súbitamente dar la vuelta y levantar su espada para enfrentar un azul resplandor que lo atacaba por la espalda.
Milo sonreía astutamente ante su Maestra Leahna, que por más que hubiera intentado ocultar su presencia de la Fuerza, no lo había podido tomar de improvisto, y ahora Maestra y alumno se enganchaban en una apasionada batalla que hacía girar los rostros de todos los presentes hacia el punto donde tal enfrentamiento se llevaba a cabo.
Camus no perdía vista ni un segundo de la llamativa escena que presentaban los dos expertos espadachines moviéndose a velocidades increíbles y dejando en gran incertidumbre quien sería el ganador.
Sin embargo, tal ganador se definió en el instante en que Milo descuidó su ataque y Leahna lo tomó por sorpresa con un golpe de Fuerza que lo arrojó al piso, librando su espada de sus manos y enviándola lejos al mismo tiempo que el muchacho caía. La alta Twi'lek se acercaba al derrotado muchacho y típicamente colocaba la punta de su sable azul a peligrosa distancia del cuello del sonriente chico que la veía desde su lugar en el suelo.
-Adivina a quien me asignaron como compañero en mi nueva misión…-