| B s . A A A | full 3/4 1/2 | E E | Light Dark |
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Capítulo 19. Al final
Ya no lloraba más.
Se mantenía cauteloso. Se apresuraba a parpadear con fuerza matando cualquier humedad sospechosa que esporádicamente se concentrara en sus ojos y diera indicios de anhelar convertirse en gotas.
Y sabía que si se atrevía a derramar una sola lágrima, ésta desataría una cascada incontenible de un llanto que nunca tendría final.
No que tuviera muchas otras cosas en que ocuparse durante la eternidad de soledad y dolor que preveía para si mismo, pero…
"¿Una lágrima?"
"Porque contigo no me importa llorar…"
"…Siempre estaré ahí para consolarte."
"Precisamente."
…Tal como Camus en vida, Milo no permitiría que nadie atestiguara pistas de su agobiado sentir, y aun menos, que pretendieran reconfortarlo por algo que jamás lograría superar. Nadie más que a Camus mostraría esas lágrimas que se guardaba. Y quizás pensando así, obstinándose a no dejar salir sus sentimientos, le obligaría a volver, aunque sólo fuera para verse reprendido por su necedad.
No obstante, a veces lograba olvidarse de las razones que pudiese tener para llorar. Si se abstraía en los básicamente hermosos rasgos del rostro que llevaba incontables minutos contemplando, y no se fijaba tanto en su anormal palidez, y en la perdurable inmovilidad, y si también ignorase a la multitud a su alrededor, así como el hecho de que se encontraba en los cuartos funerarios, podría llegar a convencerse de que ese muchacho simplemente dormía.
Suspiró apesadumbrado, y parpadeando después de demasiados minutos de no hacerlo, agachó la cabeza. Miró su mano empuñada y la levantó para depositar un par de unidas trenzas azuladas sobre el pecho de Camus.
Y su palma permaneció extendida allí por más tiempo del que se hubiera considerado necesario. Tal vez, tan sólo quizás, la Fuerza se apiadaría de él y el corazón ahí oculto, volvería a latir. Él lo percibiría, y entonces sí lloraría, de completa euforia.
Una mano en su hombro, apretando con intención de reconfortar, le avisaba que ya era tiempo de despedirse definitivamente. Esperar más habría sido ridículo. Milo volteó fugazmente para comprobar que quien se había atrevido a apresurarle era Aioria. Regresó su vista a Camus y asintió débilmente.
Enseguida el otro retornó unos pasos hacia atrás, colocándose al lado de Alex, quien sin demora tomó su mano, a la vez que Hallie se colgaba con un puño de las ropas de su Maestra, mientras con su otra mano intentaba inútilmente de limpiar sus gruesas e imparables lágrimas.
Sin poder evitarlo, la desconsolada niña comenzó a hipar entre su llanto, llamando la atención de Milo quien de nuevo volteó para dirigirle una fugaz e inexpresiva mirada. Hallie agachó el rostro al sentir esos punzantes ojos sobre ella, sintiéndose incómoda.
Desde esa madrugada, en que Milo despertara después de haber sido llevado a la clínica del templo como especial excepción por más que ya no fuera un Jedi, los ojos que se habían abierto frente a sus amigos no fueron los siempre reconocibles y animosos turquesas.
Sus pupilas parecían sombrías, ocultando el tremendo hueco que la pérdida de Camus le había dejado. Y desde entonces el joven se había mantenido en un alarmante estado de mutismo hacia todos.
Esa actitud era más difícil de comprender sobre todo para la pequeña Padawan que le recordaba como su afable amigo.
Los delgados dedos de su Maestra enredándose en sus oscuros cabellos le consolaron y regresó a un llanto silencioso, más prudente.
El muchacho de larga cabellera finalmente decidió hacer algún significativo movimiento. Se acercó e inclinó con lentitud, buscando tocar los exánimes labios de Camus por última ocasión. Pero con eso sólo logró hacerse de una memoria cruel; esa frialdad, su falta de respuesta, lo atormentarían en un futuro durante las noches en vela que pasaría. Lo presentía con certeza.
Se retiró cabizbajo. No quería ver el momento en que encendieran las llamas y ese cuerpo fuera consumido, concluyentemente alejándolo de él.
Los minutos pasaban, y él no miraba más que sus botas. Pero percibía el calor perturbador, apreciaba las dulces especias de olor con que lo habían preparado, y escuchaba al fuego devorar la prueba física de que él alguna vez había amado.
No supo cuanto tiempo permaneció allí. Al final, sólo sus amigos mas cercanos se mantuvieron a su lado, los restantes miembros del Consejo y demás caballeros Jedi tenían otros velatorios que atender. La muerte de Camus era una de muchas otras pérdidas que el enfrentamiento de la noche anterior había dejado como resultado.
Moverse cuando el rito terminó se sintió extrañamente difícil. Realmente no le parecía ser dueño de su propio cuerpo, sus piernas caminaron con pesadez, y no sabía que rumbo seguir. Ridículamente se habría perdido en el Templo donde creció si Aioria, Alex y Hallie no se hubieran mantenido a su lado hasta que llegaron a la colosal entrada de la construcción.
Acompañarlo o no a su departamento fue una duda que los dos Jedi adultos se plantearon. Vivirían intranquilos al saberlo solo pero tampoco creían que Milo apreciaría ni un tanto su presencia. En contraste, la Padawan estaba más que segura de que no quería seguir atestiguando el inquietante comportamiento de Milo.
Este último, por mas desconectado que pareciera de su realidad, se percató de las tan visibles preocupaciones de sus amigos. Y al no querer mortificarlos más, se adelantó a bajar las escalinatas.
-Estaré bien…-musitó cuando llevaba un par de escalones avanzados, y sin pausar por más tiempo de lo que le tomó hacer su anuncio, continuó su camino sin que nadie lo siguiera.
Al llegar a su departamento, después de seguir el trayecto cual autómata, lo primero que hizo fue dirigirse a su habitación para dejar a ese cuerpo del que a cada segundo estaba más seguro no pertenecer, descansar en la amplia cama.
Al acostarse, los objetos que portaba en su cinturón le molestaron y los retiró, dejándolos a un lado sin cesar de tocarlos, acariciando en especial el que no era suyo.
Nadie se atrevió a oponerse cuando Milo se adueñó de la espada láser de Camus. Y aunque así hubiera sido, él no habría escuchado. Recordar resultaba más una experiencia amarga que dulce, pero olvidar sería lo más lamentable que le pudiera suceder. Aferrarse se suponía que era peligroso, pero dejar ir era una dolorosa posibilidad que Milo ni siquiera contemplaba.
Lo único que verdaderamente quería hacer era desaparecer.
Cerró los ojos, y evocó ese sueño que alguna vez Camus indeliberadamente le compartiera… y si aquel había podido desvanecerse en aquella ocasión de su niñez, ¿por qué para Milo se sentía tan imposible?
Por más que se concentrara, por más que dejara su mente en blanco, cada vez que abría los ojos estaba de nuevo en el mismo lugar, y sin que ningún cambio se hubiese dado.
Talvez desaparecer, ir con él y acompañarlo era demasiado pedir… pero, ¿por qué al menos no podía percibirlo? Si Camus era uno con la Fuerza, ¿por qué para sus sentidos la esencia de su espíritu no era más que un recuerdo?.
Bufó frustrado, y gimió en desesperanza. Estaba exhausto de no tenerlo a su lado, de sentir que cada respiro dolía y el tan sólo parpadear le drenaba de energías.
Lo único que a veces le hacía sentir vivo, era el ocasional despierte de los deseos de venganza que a veces ardían con acalambradora intensidad dentro de él. Y entonces frunciría el ceño marcadamente, y sus ojos quemarían rabiosos fijos hacia la nada, mientras sus dedos apretarían la espada láser con la que deseaba destazar al monstruo que le había quitado todo lo que lo hacía enteramente "él".
Pero esos lapsos de furia contenida eran momentáneos y esporádicos. Enseguida regresaba a su despegado estado emocional, envarando sus sentidos y engañándose al creer que de esa forma el vacío no se sentía tan profundo, cuando en realidad con cada apesadumbrado suspiro se alimentaba más y más.
Él no lo notaba. No era muy consciente de su alrededor… días pasaron y si comió fue solamente por la insoportable impertinencia de su gruñente estómago. Constantes llamados del templo por parte de sus amigos llegaban a diario, seguramente preguntando como estaba. No podía saber con certeza que decían porque nunca se molestaba en revisarlos. Y tampoco se detenía en reflexionar que el no dar muestras de vida preocupaba a aquellos muchísimo. La firma de Fuerza que pertenecía a Milo era una que se sentía apagada, distante y confusa. Oscura, mancillada.
Y un día, llevando al vigilante del edifico para entrar al departamento de Milo al presentir que éste jamás abriría, Alex y Nat fueron a visitarlo inesperadamente, conduciendo al sanador mental Jouda con ellas. Pero sólo la enfermera entró a la habitación del muchacho, mientras los otros dos esperaban en la sala.
Milo apenas si entreabrió los ojos para reconocer esa escandalosa presencia que ya había percibido desde que se hallaba el trío en la puerta, y enseguida se dio la vuelta refunfuñando algo ininteligible. Pero Nat contaba con más fuerza de la que su poca estatura podría dar impresión, y no tuvo problemas para jalonear a Milo haciéndolo levantarse y empujándolo al cuarto de aseo.
-¡¿Niño, desde cuándo no te bañas?- reclamó con un mohín disgustado mientras lo desvestía, sin que aquél pusiera mucha resistencia. Milo de vez en cuanto murmuraba el nombre de la sanadora con un tono fastidiado, pero al final era obligado dentro de la ducha y sometido bajo el chorro de agua helada con el que Nat pretendía sacudirle un poco su atontado estado.
-¡Lávate bien todo!- Y Milo finalmente corría la cortina deshaciéndose de la supervisora mirada de la Mon Calamari, cuyos enormes y acuosos ojos nunca le tranquilizaban para nada.
Nat esperó impacientemente hasta que el joven terminó, y le recibió ofreciéndole una toalla. Milo la tomó y enseguida la enrolló en su cintura.
-Apúrate a vestir. El sanador Jouda esta aquí…- susurró acercándose al oído del chico. Su inflexión de voz ponía en evidencia lo importante que tal personalidad era, pues se trataba del más reconocido sanador del Templo. Milo no entendía como lo habrían convencido para llevarlo a su hogar, pero definitivamente le parecía una pérdida de tiempo.
-¡No necesito un sanador mental!-
-¡Shh! El sanador hablará contigo como un favor personal para mí. Aunque en realidad fue idea de Alex, así que enfádate con ella si quieres..—
-Ya…- Milo rodó los ojos hacia arriba y llevó una mano a su sien. La humanoide demostró sentirse ofendida con un gracioso gesto que hacía arrugar toda su cara, y que siempre ponía en pie cada vez que era tan rudamente silenciada; suceso que en su caso se daba con bastante frecuencia.
-¡Apresúrate! – Y sin admitir una excusa más Nat le dejó solo y regresó a la sala, donde minutos después y una vez vestido, Milo se reunió con los otros tres. Sin embargo apenas tras saludarlo, las féminas dejaron el departamento, forzando a Milo a una terapia en la que por más que repudiara terminó participando.
Media hora de sepulcral silencio pasó, pero no desperdiciada. El hombre que se sentaba en el sofá frente al que Milo ocupaba, aprovechaba la afonía del ambiente para concentrarse y leer las fluctuaciones de la Fuerza como si ésta fuera algo palpable y visible. Y es que así la sentía; podría prácticamente apreciar con sus enormes pupilas cristalinas los alarmantes remolinos sombríos que cubrían a Milo apartándolo de la luz que debería representarlo.
El observado muchacho lucía sin embargo, tranquilo y despreocupado. Mantenía la cabeza gacha pues su vista se concentraba en la pequeña lágrima de vidrio que usaba de colgante y con la que los dedos de su mano izquierda jugueteaban entretenidos.
-Debe traerte bellos recuerdos.- comentó capturando la atención de dos ojos turquesas, que inmediatamente al escucharlo buscaron fijarse en él. Lucieron inexpresivos y vacuos durante los segundos que a Milo le costó concluir una contestación. Después, chispearon con melancolía y se vieron acompañados de una triste sonrisa.
-Los recuerdos en sí son bellos…-
-Pero te reafirman la creencia de que tu pasado era mucho mejor que tu presente. – complementó a la perfección la idea que Milo dudó en expresar, fastidiando al menor con el atrevimiento de interpretar sus sentimientos con tan poca discreción, y siendo la principal causa de su molestia, que el hombre era demasiado exitoso en su tarea.
-Y nada podría ser más desconsolador, ¿cierto?- continuó ignorando el ceño fruncido del muchacho, quien entonces suspiraba profundamente y ladeaba un poco la cabeza mientras la movía de un lado a otro negando desganadamente.
-No es eso…-
-Entonces, ¿Qué es lo que sientes?- y para su sorpresa, Milo no resopló disgustado ante su pregunta, ni evadió su mirada dejando los ojos en blanco. Simplemente pestañeó permitiendo a sus ojos lucir límpidos, y sin ningún tono que pudiese denotar emoción ya que en ese momento ninguna lo dominaba, simplemente respondió…
-Nada.- Más bien, sentía tantas cosas en simultánea contradicción, que clasificarlas era imposible, y por lo tanto responder, le hubiera requerido mucha ponderación y esfuerzo del que se sentía incapaz.
-Milo, por favor...quiero ayudarte pero necesito que colabores…-insistió, cerrando sus extraños párpados anfibios por unos momentos mientras suspiraba.
-No sé de que otra forma responderle…- encogió los hombros y miró hacia sus rodillas, que comenzaron a balancearse de un lado a otro, chocando con ligereza entre si tras cada ciclo.
-¿Has meditado?- Intentó comenzar de otra manera. Buscar otra forma de aproximación hacia el claustro que era la mente de Milo. No porque fuera ilegible, pues resultaba muy evidente lo consumido que estaba por su pesar, sino porque no permitía que nada irrumpiera en ella, no dejaba a la Fuerza destilar su sufrimiento.
Se había apegado demasiado a los sentimientos dañinos que lo invadían. Pero como era parte de lo que Camus le había dejado, no pensaba dejarlos ir. Tal como los bellos recuerdos, encapsularía el dolor, el odio, el resentimiento; eran suyos, como la persona cuya pérdida los originó, alguna vez también lo había sido.
-Lo he intentado.-
-¿Y qué buscas con eso?- esperaba una respuesta esperanzadora… las palabras previamente escuchadas ya lo habían sido, pues al menos Milo, en alguna parte dentro de todo el revuelo que era su ser, anhelaba paz.
-Lo busco a él.- y apretó en un puño su preciado dije. Cerró los ojos, y visualizó su mente como si de un abanico se tratase, que se abría tratando de absorber en la Fuerza de sus alrededores algún indicio de que Camus no se había ido del todo.
Fracasando una más de las que ya habían sido muchas veces, Milo entreabrió los ojos y suspiró apagadamente. Pero tan sólo instantes después, una idea que surgió inesperadamente en su cabeza le hizo sobresaltarse y dirigir unas pupilas dilatas y ansiosas hacia el sanador que lo observaba con curiosidad.
-Sanador… es posible contactar a alguien una vez que se ha convertido en uno con la Fuerza, ¿cierto? Recuerdo haber leído en alguna ocasión sobre eso…-
-Efectivamente, se han dado casos en los que la fallecida persona se materializa ante alguien por alguna razón en específica, pero sabes que eso ha sido extremadamente raro, Milo. Los Jedi, vivos o muertos, saben que la Fuerza no es para jugar por razones personales, ni para despedirse de amigos o familiares que se niegan a superar su pérdida.- su respuesta no decepcionó a Milo, como el sanador hubiera esperado. El muchacho parecía haber atendido únicamente a las partes que le convenían, pues una sonrisa amplia se esbozó en sus labios, y fue claro que en sus pensamientos imaginó sus ambiciones, sin dar importancia a todos los detalles negativos mencionados.
-La muerte es parte natural de los ciclos de vida, equilibra nuestras existencias y no sucede sin motivo. No debes lamentarte por quienes se han unido a la Fuerza. Alégrate por ellos, entrénate para deshacerte de tu egoísmo.- Pero Milo una vez más, se hizo sordo.
-Quiero que vuelva. Quiero hablar con él. ¿Cómo puedo hacerlo?- se acercó al borde del sillón, entrelazó las manos y jugueteó ansioso con sus dedos. Sus ojos esperanzados y penetrantes hicieron suspirar con pesadez al mayor.
-Ni siquiera me estás escuchando. Lo que deseas no resultaría conveniente para ninguno de los dos. Para empezar, es algo que Camus debe aprender. Y para lo que tú debes estar listo.-
-¿Listo?...- escupió amargamente, claramente mortificado por el comentario. A nadie le preocupó que estuviera listo para perderlo. Y sin embargo las cosas habían sucedido así. Entonces, ¿por que ahora le evitarían lo único que necesitaba para seguir sobreviviendo? Milo estaba decidido a conseguirlo, con o sin ayuda de nadie.
-No tienes idea de que estoy hablando, ¿o sí?- Milo no hizo mas que parpadear. No negó, ni afirmó. Pero era más que evidente por su falta de reacción que Jouda estaba en lo correcto al suponer que Milo estaba tan desconectado de si mismo que ni siquiera se percataba de cómo las sombras trataban de engullirlo.
Se levantó y rodeó la mesita de centro para sentarse al lado de Milo. Adoptó una postura firme con su espalda erguida, sus piernas flexionadas formando perfectos ángulos rectos, y ambas manos sobre sus rodillas.
-Cierra tus ojos.- Y Milo, ilusionado al pensar que de alguna manera el sanador lo pondría en contacto con Camus por medio de la Fuerza, obedeció de inmediato.
Y eso era precisamente lo que el sabio Mon Calamari pensaba intentar. No tal cual como Milo se lo imaginaba, pero si a él no le hacía caso, seguramente a Camus sí. Por más que lo que escuchara terminara lastimándolo.
Con engañosa rapidez pasaron los minutos. El sanador mental sabía aprovechar las maravillas de la Fuerza, y ese poder viviente fluía a través de su consciencia con envidiable facilidad, y era dirigido de la misma manera a través de Milo, que se sumió rápidamente en un estado de aturdido sopor, dándose tristemente cuenta de que tenía mucho tiempo de no experimentar a la Fuerza como entonces.
Se sintió en parte avergonzado por eso, pero tal sentir no duró en él. Cualquier decepción que tuviera hacia si mismo quedó en segundo plano cuando tras sus párpados la negrura dejaba de ser silenciosa.
"Milo"
Era un sonido etéreo. No estaba del todo seguro si en realidad lo escuchaba. No más que un resonante y vago eco, pero que volvía a repetirse un par de veces más, confirmándole que sus sentidos no le engañaban… en verdad era la voz de Camus pronunciando su nombre.
Tuvo el impulso de abrir los ojos y cerciorarse de que Camus estaba en el cuarto, y lo hizo, pero después de voltear por todos lados no encontró a nadie. Ni siquiera el sanador Jouda estaba ahí. Sin que Milo se diera cuenta, se había retirado en cuanto sintió que su ayuda ya no era necesaria.
Confundido, pero decidido a volver a escuchar ese timbre de voz que despertaba revoloteos en su corazón, cerró los ojos de nuevo e intentó volver a ese estado de concentración al que el sanador le había tan habilidosamente guiado.
Pero prontamente se desesperó al no hallar resultados. Bufó molesto y frunció el ceño, apretó fuerte sus párpados y su mandíbula se tensó. Maldijo en un siseo y suspiró abatido cuando abrió sus ojos, aguosos tras su fracaso.
"No sé bien como hacer esto. No seas impaciente." una voz denotando divertido reproche se escuchó dentro de su cabeza. Inmediatamente Milo se puso de pie, buscando con su mirada alguna evidencia visual que le demostrara que Camus estaba cerca, pero además de sentirlo conectado a su mente, no experimentó mucho más.
-Quiero verte.- pidió, alejando la humedad de sus ojos con un parpadeo.
"No puedo…" pareció un suspiro, angustioso y desconsolador.
-¿Qué te lo impide?- y flexionó los dedos haciendo puños, como si estuviera dispuesto a acabar con cualquier cosa que se interpusiera entre ellos.
"Tú." Milo se sobresaltó. Negó confundido con su cabeza, agachándola, indispuesto a hallarle sentido a lo que de por sí era la cosa mas ilógica del mundo. ¿Cómo podría él evitar de alguna manera lo que tanto anhelaba, lo que tanto había soñado, y por lo cual no podía vivir sus días en paz?
-¿Qué?...- apenas si se escuchó. Pero Camus no necesitaba oír su voz; eran sus pensamientos los que leía al tocar la mente de Milo mientras la Fuerza se conectaba con éste. Era uno con sus sentimientos, con su desolación, con el vacío que crecía en su interior, con el añoro que lo estaba acabando. Todo de lo cual él era culpable.
"¿No te das cuenta de la oscuridad que te rodea?" Y que le imposibilitaba a Camus el materializarse de alguna manera para Milo. Con tanto desorden que éste atraía a su alrededor, el fallecido Jedi no encontraba manera de acercarse a él.
-¡¿Qué? ¡No me importa, vuelve!… ¡Te necesito tanto!- tuvo que cerrar los ojos y presionar las bases de las palmas de sus manos sobre ellos, porque de ninguna manera dejaría a alguna lágrima salir.
-No soy nada sin ti…- exhaló afligido, incapaz de aceptar que en verdad era por su culpa, por lo alejado que estaba de un equilibrio, que Camus no podía regresar a él, ni siquiera para poder verlo un momento.
"Tú eres luz Milo."
Milo dibujó una sarcástica sonrisa en sus labios; desde su punto de vista, nada podría estar más equivocado que esa declaración. En esos momentos, él no era nada de valía, nada importante que se pudiera perder a esa oscuridad que según como Camus clamaba, lo estaba consumiendo.
"Desafías a todos, siempre has sido así. Te impusiste sobre el Consejo, sobre las reglas, hasta a mi… me doblegaste y me hiciste amarte. Y no sabes lo agradecido que te estoy por eso." Milo pudo imaginarse el rostro de Camus, y una dulce sonrisa en sus finos labios. En consecuencia, él sonrió con sutileza.
"No permitas que lo que compartimos sea tu acabose. Desafía también a la oscuridad. Véncele. No dejes que se apodere de ti."
¿Tan grave era su situación en realidad? Milo permaneció cabizbajo, apenado por lo que se había permitido convertirse. ¿Le sucedería lo mismo que Anakin, que Saga?
¿Para el caso perdido que se consideraba, la oscuridad podría resultar consoladora?...
No, en la última mirada que Saga le dirigió, Milo no había visto paz, sino todo lo contrario; conflicto, pesar.
Y no quería terminar así.
"Estaremos juntos al final"
Y Milo, en inconsciente reflejo asintió con débiles movimientos de su cabeza. Se mantuvo mirando al piso por algún indeterminado tiempo que no registró. Sintió la presencia de Camus dejarlo con lentitud, cual gota de agua que se evapora. Dejándolo seco una vez más.
Y en esa soledad, los minutos pasaron como siglos, haciendo a un par de semanas sentirse más que una infinitud. Pero al menos luchaba. Tenía una esperanza, tenía recuerdos y sabía que tendría mucho más, si tan sólo era paciente y se mantenía firme, amándolo como siempre, aferrándose a todo lo bueno que le había dejado, permitiéndose sonreír de vez en cuando distraídamente, e incluso hablándole, convencido de que podría escucharlo, de que no estaba realmente solo.
Y por supuesto, soñando a diario y pensando a cada segundo en él. Era una obsesión que le mantenía vivo; se prometía a si mismo encontrarlo de nuevo y así, al menos tenía una meta en lo que de otra manera sería una existencia totalmente sin sentido. Camus era su único sentido, lo único que le guiaba a actuar.
Por lo tanto, en esa inusualmente oscura noche que abruptamente despertó sintiendo vínculos mentales romperse, y con ello una tremenda conmoción en la Fuerza, no dudó en levantarse de la cama, calzarse los zapatos con inmediatez, y tomar el par de espadas láser que mantenía en la mesita de noche.
Encendió el televisor, en la frecuencia de noticias, y supo que el momento había llegado. Tras asomarse a la ventana y atestiguar la enorme fumarola que ascendía al lóbrego cielo desde un Templo Jedi que fue difícil reconocer como tal -incendiado, bajo ataque, desmoronándose- Milo confirmó ese presentimiento que cosquilleaba en su interior y le obligaba a salir corriendo de su departamento, con un definido destino que alcanzó en apenas minutos.
Al llegar, cualquier duda que le quedara sobre el origen del ataque se desplomó conforme los cuerpos de caballeros Jedi caían frente al fuego armado por lo que sorpresivamente eran clones, y no los típicos ejércitos androides de los Sith.
La república era ahora un imperio. Y por lo tanto, aquellos conocidos como 'guardianes de la república' se habían convertido oficialmente en un estorbo que obstaculizaba el avance de una sociedad en evolución.
O al menos esa había sido parte de la excusa de Palpatine para derrocar a la obsoleta Orden Jedi, de donde sólo parecían emerger traidores. Y conseguir el apoyo de los senadores para actuar, ya no hacía falta; siendo el emperador cualquiera de sus órdenes era absoluta.
Sin perder más tiempo se unió a la débil defensa de los Jedi, y encendiendo su espada ambarina comenzó a abrirse camino entre la multitud mayormente formada por clones, para colarse dentro del templo ardiente en llamas.
Pero apenas cruzaba las puertas cuando se encontró con el Maestro Yoda y un par de miembros del Consejo más, los únicos que quedaban. Milo se distrajo de su misión personal para ayudarles a conseguirse una vía de escape hacia la explanada de transportes, donde el principal desorden se armaba.
Sin embargo, una presencia en la Fuerza dentro del Templo le alertó… tenía que volver al interior, y apresurarse. Darth Vader estaba ahí, y Milo no dejaría pasar esta oportunidad. Aunque se encontraba al pie de las naves y cápsulas de escape, y huir sería relativamente sencillo, debía terminar con ese irresuelto asunto.
Miró a su alrededor con rapidez, y localizó bastante cerca al Maestro Yoda, que continuaba reflectando disparos láser mientras otros Jedi intentaban abordar los pocos transportes que no habían sido destruidos.
Corrió hacia el anciano y lo levantó en un ágil movimiento que ni el viejo Jedi pudo prever. Lo llevó hasta una de las cápsulas de escape y tecleó un destino al azar; Dagobah.
–Ven, muchacho.- llamó el agobiado anciano, justo cuando Milo se giraba para alejarse. Este volteó y respondió sin vacilaciones, con una mirada voluntariosa pero, tal como Yoda sospechaba en ese instante, destinada a apagar su inflamado centelleo demasiado pronto.
-No. Tengo algo pendiente…- Y cerró la puertezuela, volviendo a correr hacia adentro sólo cuando aquella cápsula se veía bien lejana en el firmamento.
Al traspasar la entrada e internarse en los pasillos, su carrera se vio notablemente mermada de bríos. El templo se encontraba relativamente abandonado en esas zonas, pero seguir su paso se sentía cada vez mas difícil. Trataba de ignorar el sinfín de cadáveres que yacían en el suelo… conocidos, amigos, su vista se nublaba del dolor que le causaba el sentirlos morir a cada segundo. Pero no se detuvo hasta que escuchó un grito proviniendo de un salón cercano por donde caminaba, y hacia el cual entonces se dirigió.
Apenas entró y su sable de luz cortó la cabeza de un clon cuyo casco rodó resonando por el suelo.
-¡Milo!- Hallie recogió su espada y corrió hacia el recién llegado, quien le había salvado de una segura muerte, por el momento…
-¿Estás bien?- la Padawan se abrazó a él, enterrando el rostro a mitad de su tórax, y asintió entre lloriqueos.
-Mi..mi Maestra… no puedo contactarla…- cerró los ojos y los puños en que apretaba la camisa de Milo a sus costados se oprimieron en desesperación. El de ojos turquesas se mantuvo en silencio, acariciando los cabellos de la ojiverde.
Al igual que la aprendiz, Milo había sentido su vínculo con Alex romperse minutos atrás. La ultima vez le percibió en los niveles superiores del templo. Pero de pronto esa conexión desapareció de su mente, causándole un estrujón a su corazón.
Otro familiar vínculo rompiéndose y un sollozo por parte de Hallie, quien también había percibido la pérdida de Aioria, recordó a Milo que no tenía un segundo más que desperdiciar.
-Vamos.- se separó de Hallie y tomó su mano. Le sonrió triste pero en cierta manera consolador.
-Enciende tu espada.- Y al instante un vivo rosa tubular flameó.
Trotaron juntos hacia el jardín, donde una encarnizada batalla de rezagados se llevaba a cabo. Se agacharon tras unos altos arbustos. El mayor se asomó al área despejada del centro, y suspiró entrecortadamente al analizar las pocas posibilidades que tenían de salir vivos de ahí. Presentía que el fin se acercaba, pero también era consciente de que no podía darse por vencido.
Necesitaba su venganza.
Por más inapropiado que se escuchara para su paz mental, él ya no era un Jedi. No tenía ningún código al cual atenerse, ningún principio que seguir, solo a su dañado corazón, y éste necesitaba una resolución.
-Ve por ahí y escóndete.- indicó a Hallie, señalando el pasaje a un sitio especial del jardín que pocos conocían, y donde confiaba que la niña estaría a salvo. No podía seguir más a su lado.
-Espera hasta que todo se calme, sal de aquí y olvida que eres un Jedi.- la de lagrimosos ojos verdes asintió irresoluta antes de, tras un fuerte abrazo, darle la espalda a Milo y marchar obedeciendo sus órdenes.
Milo enseguida se apresuró internándose en la batalla, dando constantes giros y saltos, evitando disparos láser y consiguiendo mantenerse en pie después de que muchos otros Jedi cayeran frente a sus ojos.
Logró desaparecer hacia uno de los caminos empedrados del jardín, y corrió en busca de la firma de Fuerza que necesitaba extinguir con sus propias manos.
Le encontró en un pequeño claro donde su nave había descendido, dando órdenes a sus comandantes y percatándose inmediatamente de su llegada. Milo enseguida recibió la atención de lo que suponía era una rencorosa mirada tras el visor del casco negro.
Y sin demora, deseando aplastar a ese muchacho que en tantas previas ocasiones había obstaculizado sus metas, el Sith activó su espada láser y caminó con decididas zancadas hacia su preparado oponente, que le esperaba listo para defenderse de la primera y en exceso agresiva estocada.
El impacto entre los sables ocasionó un fuerte sisear. Milo retrocedió un par de pasos y contraatacó, teniendo que girar cuando su golpe era exitosamente evitado y en consecuencia resultaba agredido de nuevo.
Fueron movimientos que se repitieron constantemente en una danza que prometía un mortal resultado. Milo era sumamente habilidoso, pero Darth Vader no era un reto que cualquiera pudiese superar; la agilidad de un ya de por si talentoso Anakin, había crecido enormemente desde que se entregó al lado oscuro, donde las innobles emociones que le restringían cuando era un Jedi, resultaban entonces sus mejores aliadas.
Un certero sablazo y la espada de Milo era despojada de sus manos, y convertida en añicos al colisionar fuertemente contra el tronco de un árbol cercano, gracias a un impulso de Fuerza por parte de Vader.
Milo por un momento se vio desprotegido, tuvo que agacharse y saltar para evitar los continuos acercamientos del Sith, hasta que recordó el arma que cargaba como extra y la extrajo de su cinturón encendiéndola al momento, justo a tiempo para que la blanca incandescencia detuviera un nuevo ataque directo de aquella espada carmín.
Con el sable de Camus continuó su defensa, y convirtió su ataque en uno más firme, adquirió mayor confianza en sus movimientos y dañó con roces el traje oscuro de Vader. Vio muy cercana su victoria, pero avivó la furia que había menguado en el Sith cuando con una veloz oscilación de su espada Milo le rebanó la muñeca, despojándole de su mano derecha; justamente con la que sostenía su espada.
Aunque en realidad, poca pérdida fue para Vader, quien ya era más una máquina que un ser humano, y podría reemplazar esa mano robótica sin problemas. La espada la recuperó con ayuda de la Fuerza antes siquiera de que el objeto tocara el piso. Y con renovado odio hacia el muchacho de cabellos azul violáceos, utilizó su sable, ahora empuñado en su mano izquierda para terminar de una vez por todas con ese enfrentamiento.
Milo se había distraído brevemente; engañado con una sensación de triunfo que demostró ser tajantemente errada cuando un irreal dolor le hacía agachar la mirada y confirmar lo que recién sentía… el resplandor escarlata de la espada de Vader se perdía en el punto que comenzaba a atravesar el medio de su tórax, justo a la altura y centro del diafragma.
Milo observó como su sangre comenzaba a emanar con lentitud de la herida, pero enseguida cobraba rapidez en su fluir cuando Vader retiraba su espada, y tras lo que era un sonido similar a la risa entre los silbidos de su máscara de respiración, le daba la espalda al muchacho que no tardaba en caer sobre sus rodillas con un quejido apenas audible.
Sus llorosos ojos turquesas no perdieron vista de la mancha sangrienta que crecía en diámetro conforme pasaban los segundos. Su rostro también presentaba algunas pequeñas salpicaduras, y la gotita de vidrio que siempre portaba lucía empañada por un desagradable rojo intenso.
Finalmente, ahogándose mientras más intentaba respirar, Milo se dejó caer sobre su costado, cerró los ojos con fuerza y aspiró un par de veces, pudiendo saborear la sangre que arrojaba su garganta. El principal músculo respiratorio dejó de funcionar al hallarse completamente mancillado, y de ahí en adelante su decline fue rápido.
Intentó moverse, quedar boca arriba en una posición que no hacía nada por disminuir su dolor, pero al menos le regalaba una sedante visión del cielo y su hipnotizante oscuridad...
Sus inspiraciones se volvieron cada vez más dificultosas; un solo llenado de pulmones resultaba tarea titánica, proporcionándole más que aire para subsistir, un agudo dolor que provocaba a imparables lágrimas saltar sin recato de sus ojos, los cuales extinguían su fulgor segundo a segundo.
Pero más que físico, su padecimiento se originaba al darse cuenta de que no había podido vengarse, de poder apreciar, si miraba de reojo, a esa capa oscura alejándose, ondeando triunfante y burlona. De levantar su mirada al cielo y encontrarlo sin una estrella. Y dos de las cuatro lunas del que alguna vez fuera un glorioso planeta capital, brillando con disimulo, como si supieran de la tragedia que se daba lugar esa noche en el legendario templo Jedi.
Y aunque Milo no lo tuviera presente, y sintiera lo contrario, no le había fallado a nadie. Había guiado sus acciones por los más puros sentimientos, no se dejó vencer por la ira ni el resentimiento. Pero era demasiado irreflexivo para darse cuenta, y en lugar de alivio, sentía a la más pesada decepción y la más cruda tristeza carcomiéndolo hasta que era incapaz de suspirar más, su vista se oscurecía, sus sentidos se embotaban… no más escuchaba gritos, no más saboreaba sangre y no más sentía el insoportable sufrir físico.
Pero justo antes de que sus parpados cayeran, le pareció ver algo; algo que creyó con seguridad como una visión que su cerebro amablemente le regalaba como despedida de ese mundo. Una figura consoladora, unos ojos enternecidos, un hermoso rostro que él bien conocía, y cuyas elegantes facciones había recorrido con sus labios infinidad de veces, y que ahora le sonreía cálidamente, mientras una nívea mano tomaba la suya ensangrentada, y lo halaba tratando de levantarlo.
Milo pensó que era una locura. Era imposible que se pusiera de pie ahora, estaba a punto de morir, no le quedaban fuerzas para nada. Sin embargo, tras un incrédulo pestañeo, se vio a si mismo alejándose de su caído cuerpo, inerte entre la gran cantidad de sangre que había derramado.
Pero al voltear y apreciar tal imagen, no le asustó. No quiso regresar, no sintió deseos de continuar, no rehusó la guía de esa mano que lo continuaba llevando a través del jardín.
Y ahora que podía apreciar mejor, que sus ojos recuperaban una clara capacidad de ver, pudo confirmar de quien se trataba ése que caminaba junto a él; quien lo había dejado injusta y prematuramente, pero que ahora regresaba a buscarlo, y giraba a verlo, sonriendo...
…Sonriéndole y haciéndole sentir que moría una segunda vez. Porque era extraño, que su cuerpo ya no estuviera con él, y sin embargo, aún pareciera sentir un acelerado latido dentro de su pecho.
Quizás era simplemente la costumbre ante la presencia de él.
De él que ahora acercaba sus preciosos ojos azules, chispeando con una disimulada alegría, y murmuraba en un sonido melodioso que lo mareó de felicidad.
-Uno con la Fuerza…-
-Uno contigo.- Corrigió Milo de inmediato, llevando sus manos para atrapar el rostro que lo tentaba permaneciendo a miserables centímetros del suyo, y capturando esos delicados labios en el más dulce de los besos.
Milo sólo podía agradecer en desmesura esas formas humanas y aparentemente tangibles que sus almas aun conservaban, porque con ese beso, con sentir una vez mas ese hormigueo interno que tanto extrañaba, y al jugar con esa lengua que tampoco podía ocultar su desesperación por saborearlo de nuevo… con ese beso, todo se volvió cegadora luz.
Luz que venció sobre oscuridad. Tan brillante como un amor que triunfó sobre todo.
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FIN