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Well I'm looking for a soul to cling to
So what you think about that?
This time...
Well it all comes down, to loss and strain and butterflies.
And then it comes right down to me
-.-.-.-.-.-.-.-.-
Capítulo 18. And it all comes down to…
-.-.-.-.-.-.-.-.
Radamanthys asintió.
Y Kanon sintió que su mundo se desmoronaba. Un silencio total lo embargó durante segundos que para el inglés simularon eras.
Apreciando el impacto que su confesión había causado en Kanon, Radamanthys comenzó a buscar palabras en su mente que pudieran arreglar, o al menos atenuar de cierta manera, lo que fuera que Kanon pensaba. Pero en su mente nada se escuchaba bien, nada disuadiría al otro de reemplazar ese herido pasmo que mantenía a su rostro parco de emoción, porque Radamanthys conocía mejor que nadie lo que Saga era para Kanon, y había logrado sentir lo que Kanon era para Saga.
Estúpido había sido esperar que alguien colándose en medio de ellos, pudiese llegar a ser parte del todo perfecto que dos piezas creadas con el mismo mágico molde ya formaban sin defecto alguno, y sin necesidad de colaboración ajena.
Radamanthys dejó de apoyarse en sus codos para sentir la cama bajo su espalda, miró al techo y cerró los ojos. Quería dormir y olvidar a Kanon, olvidar a Saga, olvidar que los conocía y olvidar ese momento que debía ser por mucho el más amargo de su existencia. Simplemente porque ésta vez él no era el adecuado para consolar a Kanon, sino el mismo culpable de un dolor que aquel no tenía que expresar en palabras para hacer palpable. Radamanthys ni siquiera necesitaba ver su rostro para pedir pistas de lo que sentía. Había aprendido todo de Kanon, había puesto su corazón al ritmo del de aquel y ahora éste se oprimía, punzante y fastidioso dentro de su pecho.
— ¿Por qué?— Kanon susurró, sus pupilas contraídas incluso en la oscuridad y fijas en una arruga de la cobija que cubría la cama de Radamanthys. Al mencionado no quería verlo, no todavía, tal vez nunca más.
—Responde...— presionó. Era una pregunta justa, ¿no? Él merecía algunas respuestas, una explicación, algo que ubicara sus recientes conocimientos en algo cercano a aceptable dentro de la realidad que pensó conocer tan bien. Saga, predecible. Radamanthys, predecible. Él mismo igual. Y ahora resultaba que aquellos dos habían traicionado la visión que Kanon guardaba de cada uno.
Era imperdonable.
—No sé.
— ¿Lo quieres?— Ya no preguntaría cuando sucedió, era lo que menos importaba y de todas formas recordaba con excelsa claridad el momento preciso en que Radamanthys estableció un muro invisible entre ellos. Y resultaba evidente, ahora, la urgencia del el rubio por alejarse entonces.
— ¡He cruzado cinco palabras con él!— Radamanthys se sentó. Kanon cerró los ojos cuando le percibió moverse por el rabillo del ojo, para evitar que su mirada se posara accidentalmente sobre aquel.
— ¡Contesta!— El furioso pliegue en su frente se hizo más notable. Chispitas líquidas se asomaron entre sus pestañas.
—Tal vez... como se tiene que querer al ser más preciado de la persona que se ama.
—Es... ¡Es absurdo! Si sabes lo que significa para mí, ¿¡Por qué no respetaste eso!
—Porque quería averiguar... qué era tan increíble acerca de él.
— ¡No puedo creerlo!— Su espalda se sacudió, como si hubiera sollozado, pero el extraño sonido que fue expulsado simulaba más una risa. Kanon apretó más fuerte sus ojos.
Radamanthys concluyó que ya era suficiente de dejarle seguir actuando con tanta idiotez. Kanon tenía lo que quería; Saga estaba ahí, a una llamada de distancia, eso hasta él podía asegurarlo.
— ¿Qué te molesta, Kanon?... A estas alturas ya debes saber que no existe otra persona como tú para él, ni para mí.
Kanon apretó sus manos en puños hasta emblanquecer sus nudillos y sentirlos helados, y deseó arrojarlos con todas sus fuerzas contra el rostro de Radamanthys, porque… ¿cómo se atrevía éste a esperar que justo en ese instante creyera aquellas palabras? Un día atrás no habría dudado de ellas, pero al presente sonaban como la más despiadada burla.
Kanon abrió los ojos y miró al otro únicamente por un par de segundos antes de levantarse de la cama. Ya se había demorado en hacerlo, pensó.
Radamanthys siguió con la mirada el apresurado camino que el otro transitó hasta la salida de su habitación. No se sintió con el derecho a retenerlo.
—Maldición...—murmuró cuando segundos después escuchó la puerta de su departamento azotándose.
-.-.-.-.-.-
—Es... pequeño.
— ¡Será temporal! Fue lo mejor que la mamá de Camus encontró. Además es barato, deberías estar satisfecho.- —Y quedaba a sólo unas calles de la casa de Camus.
—Hm... bueno, a desempacar.
— ¡Puedes ir comenzando, yo iré a ver a Camus!
— ¿Qué? ¡Milo, espera!— Milo hizo oídos sordos y salió de allí.
Saga refunfuñó algo por lo bajo y se dirigió a la que sería su habitación. Al menos con Milo fuera de vista tuvo libertad de elegir la más espaciosa. Comenzó a ordenar sus pertenencias y arreglar la casa lo mejor que pudo, mientras pensaba que realmente sería conveniente tener un departamento tan pequeño de sólo dos habitaciones.
No habría más remedio que compartir la suya con Kanon cuando éste les alcanzara.
Qué sacrificio…
Saga se permitió sonreír.
-.-.-.-.-.-
Estaba condenado. Ya no existiría nada más para él. Todo iniciaba y terminaba en una sola maravillosa persona…
—Camus…—Milo murmuró ensoñado mientras contemplaba a lo que ya estaba dispuesto a etiquetar como la razón de su existir, quien cumplidamente realizaba sus deberes escolares al otro lado de la mesa.
— ¿Qué?— ni siquiera levantó la mirada de la libreta, pero Milo no se sintió ofendido.
Ese día Milo sólo era capaz de sentirse feliz y estúpido. Había conseguido lo que quería, y estaba obsesivamente seguro de que ya nunca querría nada más.
Tenía suerte de que Camus, si bien era más realista al respecto, pensara lo mismo que él.
— ¿Podré ir a visitarte?— Camus se marcharía al término del fin de semana a la escuela. Milo sabía que su padre terminaría desheredándolo si le daba rienda a su impulsividad y se colaba aunque fuera de jardinero dentro del colegio de Camus, cualquier cosa con tal de no tener que echarlo de menos.
Aunque sólo estarían distanciados por un curso durante el cual Milo supuestamente aprovecharía para aprender el idioma; los padres de Camus habían prometido que al siguiente semestre inscribirían a Camus en una escuela local donde Milo también podría asistir. Pero para eso faltaban meses, y esta palabrita aterraba en desmedida al impaciente extranjero.
Camus estudió a Milo con una fugaz mirada antes de continuar escribiendo. En sus labios se formó una sonrisa discreta.
—No habrá necesidad de eso, yo vendré todos los fines de semana— dijo, sin sorprenderse del suspiro dramático que Milo dio como respuesta. Luego, el de ojos turquesas encorvó la espalda desanimadamente.
Camus no le dio mucha importancia a las actitudes de Milo. Todo el día se la había pasado así, y suponía que no cambiaría su comportamiento hasta que las despedidas entre ellos se convirtieran en algo rutinario, hasta que aquel aceptara que realmente nada se le iba a ir de las manos.
Para el entendimiento de Camus, Milo finalmente había "tomado conciencia". Milo se había dado cuenta de qué tanto quería y necesitaba a Camus; se supo enamorado desde un principio pero ahora todo era más fuerte y debilitante. Los sucesos del último mes y sus reacciones ante ello no le dejaban lugar a dudas. Estaba perdido dentro de todo lo que Camus representaba.
Camus había superado esa fase con mucho mayor decoro y ahora aceptaba como un hecho verificable que amaba a Milo, que era parte importante de sus planes futuros y que por el momento se sentía contento de que así fuera.
— ¿Ya te inscribiste a las clases de francés? Te haré pruebas cada vez que venga, estás advertido.
Ante la pregunta de Camus, Milo olvidó su infundado pesar y esbozó en sus labios una sugerente sonrisa.
—Puedes examinarme todo lo que desees.
Camus resopló falsamente exasperado y prácticamente se hundió entre las hojas de su libro, al levantarlo para que le cubriera el rostro. Fue así que Milo no pudo ver la pequeña sonrisa traviesa, pero la escuchó perfectamente en el murmullo que lo infló de triunfo.
—Más tarde tal vez…
Y sí, más tarde, esa misma noche que Milo pasó en la casa de Camus. Y también bien temprano a la mañana siguiente, e incluso a prisas en el baño mientras la madre de Camus preparaba la comida.
Milo se despidió de Camus y marchó a su casa a punto de sollozo, pensando en la cruel semana de abstinencia que se avecinaba.
—Tus abuelos vendrán— fue con lo que su padre le recibió al llegar. Milo se tomó un par de minutos en salir del pasmo causado por esa noticia. Después de la última visita de sus abuelos pensó que dudosamente volvería a verlos.
Saga le explicó que al llamar a sus padres para contarles que se habían mudado, su madre había estallado en un llanto histérico pues los echaba de menos horriblemente, aunque al mismo tiempo continuaba indignada y enfuriada por la indecencia en que sus dos únicos hijos vivían, pero que no podía ignorarlos con tanta facilidad si de su vientre habían salido.
Y nunca había vacacionado en Francia. Así que los iría a visitar.
Dos semanas después, ahí estaban.
El padre saludando a su hijo y nieto como si tan sólo se hubieran visto ayer, y la madre criticando cada detalle de la torpe decoración que Saga había dado al departamento. Notaron la ausencia de Kanon pero no preguntaron al respecto. Y Saga no hubiera sabido cómo explicarles.
Milo le había mandado a Kanon la dirección del edificio donde vivían, teléfono y todo dato pertinente mediante correo electrónico, pero la respuesta había sido sumamente sobria y desde entonces no habían continuado comunicándose. Saga y Milo compartían la misma preocupación pero no encontraban manera de averiguar dónde se encontraba Kanon, qué estaba haciendo, o porqué no había regresado como prometió.
Ninguno de los dos tuvo mucho tiempo para pensar en eso durante los siguientes días. La constante supervisión de la abuela, los regaños por nada y los repentinos ataques de amor eran enloquecedores. Al menos se comportaba 'normalmente' y no había retado a Saga por el asunto ése que todos preferían ignorar. Aunque sí que le reclamó por haber renunciado al trabajo y todavía no entendía el motivo de haberse mudado, si bien sospechaba que había sido simplemente porque deseaban alejarse aun más de ella, ¡que tantas angustias sufre hasta el día de hoy por ellos!
—Por favor, papá, ¡por favor!— Milo tiraba del brazo de Saga como si de un niño caprichudo se tratase. Y eso estaba siendo en tales momentos.
Esa tarde paseaban por un área comercial de la ciudad; la madre de Saga cegándose con las maravillas en los aparadores de las tiendas mientras el padre lo hacía con los atributos de cuanta francesita se le cruzara enfrente.
—No lo sé, Milo… tus abuelos…
— ¡Que vengan también! Seguro que congeniarán con los padres de Camus… y así te los quitas de encima un rato— lo último fue susurrado muy bajito sobre el oído de Saga. Éste aceptó y decretó una visita al hogar del "mejor amigo" de su hijo, quien acababa de llegar de Alemania media hora atrás, según un mensaje en el celular de Milo.
Al llegar, fue precisamente Camus quien les recibió. Milo se abalanzó a abrazarlo con urgencia, y así sin despegarse tuvieron que hacerse a un lado para que los mayores pudieran entrar.
La abuela de Milo miró dicha escena con suspicacia pero fue inmediatamente distraída al descubrir el exótico lugar al que había ido a parar. Saga realizó las presentaciones entre sus padres y los de Camus, y diez minutos después ya se hallaban todos sentados alrededor de la mesa del comedor; Saga sin prestar atención a nada y completamente sumido en ponderaciones acerca de su hermano, la madre de Camus elaborándole una carta astral a la encantada abuela de Milo, los dos hombres mayores bebiendo jugos energéticos en total silencio, Milo sonriendo a Camus aleladamente mientras sostenía la mano de éste bajo la mesa, y Camus tratando de asimilar el cuadro completo.
En cierto momento, Milo se puso de pie, halando a Camus consigo sin soltar su mano.
—Abuelo, abuela… hay algo que debo confesarles. — Todos los presentes dejaron sus respectivas actividades para prestarle atención al muchacho. Camus ya presentía de que iba el asunto; azotó una mano sobre su frente al momento en que Milo anunció:
—Camus no es sólo mi amigo, es mi pareja. — Además del súbito acceso de tos que atacó a Saga, no existió mayor sonido que retara las palabras de Milo. Su abuela lo miraba fijamente, mientras su abuelo miraba fijamente a Camus.
—Así como en "novio"— continuó nerviosamente; la enervante impasibilidad de aquellos dos le hizo pensar que no le habían entendido.
Los padres de Camus también lucieron algo sorprendidos, sólo porque pensaron que los abuelos ya lo sabían.
—Ya veo—dijo el abuelo cuando terminó de recorrer al novio de su nieto de pies a cabeza. Relajadamente dio un trago a su jugo y alcanzó una de las galletitas naturistas que yacían en un platón al centro de la mesa. Su mujer volteó a verlo escandalizada.
— ¿Cómo que "ya veo"? ¡¿Qué es lo que ves?
—Eh, abuela… — Milo sintió que debía continuar explicando, antes de que su abuela perdiera los estribos como la otra vez —Sólo quiero dejar claro que mi papá y mi tío no tuvieron nada que ver. Ya sé que piensas que fueron influencia para mí, pero... uhm… de hecho… ¡tal vez fue al revés! Porque Camus y yo ya estábamos juntos antes de que ellos... bueno, ustedes entienden.
—Cállate Milo— Camus ordenó. Dejó ir la mano de Milo y se cruzó de brazos.
— ¿Ah?
—Estás subestimando a tus abuelos. Ellos son lo suficientemente inteligentes como para comprender nuestra relación.
— ¿Lo son? Quiero decir… ¡Sí! ¡Yo sé que lo son! Lo son, ¿no es así abuelita, abuelito?— éste último asintió mecánicamente, y la primera se limitó a suspirar enternecida cuando el nieto se arrojó teatralmente a su regazo y abrazó su cintura.
Saga parpadeó admirado al ver que el chantaje emocional de Milo dio resultado.
— ¡Pero qué niños los de ahora! Uno ya no sabe lo que esperar de ellos…—decía la mujer mientras acariciaba la ensortijada cabellera del chico que no buscaba un abrazo de ella desde que tenía diez años. Camus volvió a sentarse, dando el asunto como zanjado.
Y la tarde continuó en relativa normalidad. Camus causó una muy buena impresión en los abuelos de Milo, y la madre del primero hasta terminó intercambiando teléfonos con la abuela del segundo.
La noche había caído para cuando los visitantes dejaron esa casa y retornaron a la propia.
Como había sido desde los días que sus padres llevaban ahí, Saga les cedió su habitación e invadió la de Milo.
Este último no lograba acomodarse, daba vueltas constantemente propinándole codazos a Saga para que le hiciera espacio. Quedaban demasiado apretados en esa cama individual.
Milo bufó molesto y haló toda la cobija para sí, maldiciéndose por no haberse quedado a dormir en casa de Camus. Al final terminaron ambos sobre un costado dándose la espalda, y Saga cesó en sus intentos por recuperar un trozo de cobija.
Saga suspiró y cerró los ojos. Por supuesto, y como venía haciéndosele costumbre, el sueño no vino fácil.
Pensó en el exhaustivo día que concluía. Lamentó que para él la convivencia con sus padres siempre terminara siendo así; cansada. Envidió a Milo y a Camus por el valor que habían mostrado más temprano, y aborreció a sus padres por la comprensión que habían presentado.
Ese oscuro sentimiento creció al recordar que la situación nunca sería así de sencilla para Kanon y él…
Kanon, a quien ninguno de sus padres había siquiera mencionado.
Saga los odió más. Y sabía que era un desprecio inmaduro, falso y pasajero, pero el resentimiento que dejaría como evidencia de haber existido, ése no desaparecería.
Milo nunca lo odiaría a él, ¿cierto? La terrorífica idea apareció de improviso en su mente y con pánico Saga comenzó a buscar motivos que pudiesen llegar a ocasionar decepción en aquél.
No fue difícil enumerar mil escenas de su vida en las que sintió haberle fallado. Algunas muy importantes, otras insignificancias, pero Milo se había formado con todo eso, bajo su precario cuidado, sin la madre que Saga no pudo proteger para el chico.
—Milo… cuando creas que lo esté haciendo mal, ¿me lo dirás?
—¿Eh?— Milo ya estaba quedándose dormido, no tenía planeado prestarle mucha atención a Saga en esos momentos así que giró su cuerpo hasta quedar boca abajo y enterró el rostro en la almohada, que le despertaba mucha mayor simpatía que el hombre a su lado.
—Cuando te parezca que me equivoque, como padre.
—Yo qué voy a saber, no tengo hijos— Milo gruñó, aunque se arrepintió de la poca seriedad de su respuesta segundos después, cuando un silencio pesado se impuso. Sabía que Saga anhelaba una contestación más pensada y sincera.
Milo abrió los ojos, se movió de nuevo para quedar de lado, resopló, mordisqueó suavemente su labio inferior. Realmente no quería decir nada más, siempre se sentía incómodo cuando Saga le hablaba de cosas que le exigían sensibilizarse frente a él. Se le facilitaba mucho más con Kanon o Camus.
—Lo has hecho bien— finalmente murmuró para calmar a su conciencia, haciendo lo mismo con la de Saga.
Sintió a la espalda que se apoyaba contra la suya exhalar aliviada y se felicitó mentalmente para enseguida cerrar sus ojos de nuevo.
Sin embargo, Saga interrumpió sus planes de descanso una vez más.
— ¿Todavía quieres saber lo que me dijo tu mamá?
—Sí.
—Me dijo que te amaba. Me pidió que te cuidara.
Milo se sintió extraño pues ninguna impresión surgió en él. Él ya sabía que su madre lo había amado, y su padre siempre lo había cuidado. Entonces, ¿Por qué Saga se mostró tan reacio a contarle aquellas simples cosas la primera vez que le preguntó?
—Yo no le respondí— Saga pausó durante un instante, ligeramente asombrado de lo fácil que fue expulsar esa confesión que había guardado durante tantos años como uno de los múltiples errores que le perseguían.
—En ese momento no me sentía capaz de nada, no quería aceptar que tendría que continuar sin ella, no quería cuidarte solo. Me hubiera gustado prometerlo pero no pude decirle nada.
Milo entonces comprendió.
—Pa'… ¿ella te conocía muy bien?
—Mejor que nadie.
—Entonces debía saber lo torpe que eres y no hacía falta que le dijeras nada. De todas formas hiciste lo que te pidió. — El agradecimiento de Saga a esas palabras fue uno silencioso. Milo sintió que no quedaba más que decir y cerró sus ojos.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Milo.
Tres días después los abuelos de Milo se marcharon. El joven no tardó en redactar a detalle lo sucedido durante esa visita en un e-mail que envió a su desaparecido tío, esperando que éste finalmente diera señales de vida. Pero si bien Kanon leyó dicho mensaje, no supo cómo contestar.
Se alegraba de que Milo estuviera tan contento, que su noviazgo con Camus continuara sin conflictos, que la ciudad le gustara y que el idioma no se le dificultara tanto. Pero no podía responder a sus preguntas, no podía informar cuando volvería, o dónde estaba. Quizás la semana siguiente se encontrara en un lugar distinto, y regresar no se ubicaba dentro de sus planes próximos.
Estaba aprovechando al máximo su agridulce soledad. Visitando sitios que ya se habían tornado borrosos en su memoria, capturando lugares y momentos con su cámara, reviviendo antiguas amistades con intereses en común, y disfrutándolo lo más posible. Era como diez años atrás, e igual que entonces tenía que pasarse los días haciéndose ignorante al perpetuo punzar que su corazón sufría a cada latido.
Volver con Saga ya no era una de sus prioridades, aunque por más esfuerzo que pusiera en ello no lograra sacárselo de la mente. Tener a Saga en sus pensamientos no resultaba nada extraordinario, pero la imagen enseguida se entintaba con una mirada ámbar que Kanon deseaba poder odiar. Esos dos recuerdos que apartados tanto adoraba, se entremezclaban y le hacían rabiar, encelarse, maldecirlos.
La idea de regresar lo tentaba cada día, pero el resentimiento siempre lograba convencerle de no hacerlo. Y así las semanas continuaron avanzando.
Dos meses después Saga ya sentía a su sistema nervioso cercano al colapso total.
— ¿No son esas las cosas de Kanon?— Milo se detuvo a unos pasos de la puerta, curioso de notar a su padre esculcando entre las pocas cajas que permanecían en el comedor sin desempacar.
—Sí.
— ¿Qué buscas?
—Nada. — Milo frunció ligeramente el ceño, mas al recordar que no tenía tiempo para indagar, simplemente se encogió de hombros y continuó su camino a la salida.
—De acuerdo… iré a buscar a Camus a la estación. Vuelvo tarde.
—Que te vaya bien.
Milo se marchó, Saga ni siquiera escuchó la puerta. Sus manos dieron con el objeto buscado: una libreta negra y pequeña. Mecánicamente caminó en busca del teléfono, abrió la agenda de Kanon y dos segundos después dio con el nombre adecuado.
Bajo éste estaban escritos varios números pero marcó el primero de ellos sin detenerse a reflexionar. Si hacía tal cosa correría el riesgo de perder su resolución y eso era algo que no podía costearse a estas alturas.
— ¿Quién habla?— Esa voz le hizo finalmente percatarse de todo. "No pienses, no pienses, eso te funciona bien" repitió en su cabeza para suprimir la súbita e intensa necesidad de colgar el aparato. La persona al otro lado de la línea repitió la pregunta.
Entonces Saga sencillamente escupió:
— ¿Se lo dijiste?
—… ¿Saga?
—Sí. Dime, ¿lo hiciste?
—Sí.
-.-.-.-.-
Pidió su segundo café desde que había llegado al lugar, modificó un poco su postura y se asomó una vez más hacia la calle. No divisó ninguna figura familiar y devolvió su atención a la humeante taza que yacía frente a él sobre la mesita.
Tomó un sorbo y al mismo tiempo intentó decidir si se sentía ansioso o aterrorizado por encontrarse con Radamanthys. En varias ocasiones durante los últimos minutos estuvo a punto de irse, dejar la acogedora cafetería y regresar las insignificantes dos cuadras a su departamento.
Kanon probablemente no apreciaría su próximo encuentro con el rubio.
Pero Kanon no estaba ahí y Saga no podía pensar en ninguna otra persona que pudiera ayudarle.
—Lamento la demora. — Saga levantó la mirada y parpadeó un par de veces. Con extrema lentitud asentó la taza de café de vuelta sobre la mesa.
—Ah… está bien. — Radamanthys sonrió fugazmente, se retiró su gabardina y tomó asiento frente a Saga. Una mesera llegó enseguida pero el inglés la despidió sin ordenar nada. Cruzó los brazos sobre la mesa, inclinándose un poco sobre ésta. Clavó su mirada en Saga.
—Bien, ¿y qué sucedió?
—Nada, que no sé de él.
—No deberías preocuparte, se sabe cuidar solo.
—Ese no es el problema, sino que lo quiero aquí. — Saga frunció el ceño, rompió el contacto visual y miró a su taza. Se perdió así de la pequeña sonrisa divertida que apareció en los labios de Radamanthys como reacción a su caprichoso comentario. Sin embargo, el gesto se esfumó cuando la distraída mirada de Saga pareció tornarse aún más lejana. Su voz, de pronto casi un murmullo, también reflejó el desaliento.
— ¿Qué hizo? ¿Dijo algo? No quiere volver a verme, ¿cierto?
Radamanthys suspiró con cierto hastío y se movió hasta descansar en el respaldo de la silla. Los brazos aún cruzados, ahora sobre su pecho.
—Se enfadó y exigió saber porqué lo hicimos— Explicó con un ligero sazón de acidez y desligue en su voz. No le había gustado la reacción de Kanon, víctima y verdugo. Y ahora Saga tampoco estaba mejorando la situación con su infantil culpabilidad.
Y seguramente fue ingenuo pensar que encontraría algo diferente, pero la curiosidad había llevado a Radamanthys a cortar esa llamada de hace un par de días insistiendo en que debían tratar el tema en persona.
—Esa es una buena pregunta.
— ¿Y tú no sabes la respuesta, Saga?— Tal vez no había sido curiosidad, sino añoranza mal disfrazada.
Saga miró al otro evidentemente confundido, o quizás hasta escandalizado, porque realmente ésa no era una pregunta que tuviera derecho a una respuesta. Pero despreocupado por su obvia imprudencia, Radamanthys aprovechó el descoloque de aquel para estudiar cada tenso músculo de su pálido rostro con detenimiento, después los matices de sus ojos y cómo estos iban cambiando mientras ese silencio, incómodo para uno e irrelevante para otro, se alargaba.
Luego descansó la mirada sobre los herméticamente cerrados labios durante varios segundos, y cuando retomó el análisis general, notó las mejillas del gemelo ligeramente coloreadas.
Eran realmente muy diferentes.
Con algo de renuencia se obligó a cambiar el rumbo tanto de sus pensamientos como de la conversación.
— ¿Ya conseguiste trabajo?— Saga se sintió momentáneamente desorientado ante el imprevisto giro de tema, pero atinó a contestar sin excesiva torpeza.
—En eso estoy…
— ¿Eres bueno en lo que haces?
—Sí.
—En ese caso conozco a un amigo que puede echarte una mano. Le llamaré y luego me pongo en contacto contigo.
—Gracias...
—Sobre Kanon… ¿qué quieres que haga cuando lo encuentre?
— ¿Lo buscarás? ¿Cómo sabes dónde estará?— Radamanthys se contuvo de liberar la potencial risa que cosquilleó su garganta ante la repentina y enternecedora emoción de Saga. Serenamente respondió:
—Lo conozco muy bien. — Saga asintió en conformidad con la breve explicación, si bien al mismo tiempo se sintió un poco celoso.
—Sólo dile que necesito hablar con él.
—De acuerdo. Me voy de una vez. — Radamanthys se puso de pie.
—Suerte, y gracias de nuevo. — El agradecimiento resultaba innecesario y el rubio lo rechazó con un movimiento de su mano que también hizo las veces de despedida.
Comenzó con la "misión" que acababa de adjudicarse, aun si no entendía bien por qué lo hacía. Perfectamente podría haber escapado de esa ecuación en la cual sobraba, simplemente dejando los problemas de los gemelos a ellos solos. Si resolvían algo o no, ya no sería asunto de él. Además esta vez no habría ninguna recompensa por estar ahí, pues Kanon dudosamente continuaría viéndolo como el amigo de siempre, y para Saga sólo representaba una espina incómoda que había complicado el trayecto hacia su meta.
No obstante, dejar las cosas como estaban no era una opción. Tenía que concluir ese capítulo, eliminar ese factor sobrante y dejar a esa ecuación resuelta.
-.-.-.-.-
— ¡¿Quién es a esta hora?— Milo refunfuñó contra su almohada y se arrastró sobre el chico que descansaba a su lado en la cama, hasta alcanzar el teléfono. Camus no tuvo más remedio que despertar.
—Es tu culpa por traer el teléfono a la habitación— el francés masculló mientras se movía para quitarse a Milo de encima.
— ¿Quién es el que arma un alboroto si olvido llamarlo un sólo día?— Milo descolgó el teléfono.
— ¡Pero yo estoy aquí ahora! No tenías motivo alguno para traerlo.
—La costumbre…— Milo se encogió de hombros. Camus suspiró cerrando los ojos y girando sobre su costado para darle la espalda al otro. Un segundo después sintió una mano tocando su cintura y el golpe suave de un tibio aliento cerca de su cuello. Sonrió divertido al concluir que Milo obviamente había olvidado por completo el teléfono que seguramente aún sostenía en su mano derecha.
— ¿Vas a atender o no?
— ¡Ah! Eh… ¿quién habla?
—Radamanthys, ¿Se encuentra Saga?— Milo parpadeó una, dos, tres veces, y ni siquiera se percató de la risita burlona que Camus había soltado un momento atrás debido a su despiste.
—Hm… sí, pero… creo que está dormido.
—De acuerdo, le llamaré mañana. — Y por alguna razón la espera a ese mañana comenzó a inquietar a Milo de inmediato. Sorprendiéndose a sí mismo, logró despejar su extrañeza y reaccionar al instante.
— ¡Hey, espera! ¿Es sobre Kanon?
—Sí.
—Iré a despertarlo.
Milo se levantó rápidamente, y aunque sus pies descalzos resintieron el frío del piso, corrió a través del pequeño departamento hacia el cuarto de su padre. Una vez ahí no dudó en acercarse a su cama y empujarlo bruscamente del hombro para hacerlo despertar. Saga abrió los ojos y se incorporó un tanto alarmado por la urgencia con la que su hijo había dado fin a su descanso. Sin embargo, antes de que pudiera decir cualquier cosa, Milo puso el teléfono en su mano.
—Ten.
— ¿Qué?
—Es Radamanthys. — Saga tardó un par de segundos en reaccionar antes de llevar una mano a su despeinada cabeza y con la otra acercar el auricular a su oído. Milo vio por terminado su deber y caminó hacia la puerta, mas la inquietud del menor no había pasado desapercibida para Saga.
—Milo, luego te explico— Se sintió obligado a prometer. Milo giró el rostro parcialmente y respondió un inexpresivo "Sí" antes de dejar esa habitación y volver a la suya.
Sin embargo el camino de regreso no tuvo nada que ver con la carrera anterior. Esta vez sus pasos fueron pausados y no fue verdaderamente consciente de ellos hasta que se encontró a medio metro de su cama. Se detuvo brevemente, mirando a la figura que descansaba sobre ella y suponiendo que si bien sus ojos lucían cerrados, tal vez no habría vuelto a dormir tan rápidamente.
Buscó una confirmación trepando a la cama y acomodándose a la espalda de Camus, para abrazarlo con fuerza y enterrar la cara en sus cabellos. Camus se dejó hacer dentro del abrazo y mantuvo sus ojos cerrados. Dejó pasar unos cuantos minutos en silencio, esperando a que Milo se relajara, dejara de apretarlo tan enérgico entre sus brazos y cesara de despedir tanta ansiedad, para tomar eso como indicio de que sus pensamientos estaban más ordenados y poder entonces indagar sobre cuál era el problema.
— ¿Qué tienes?
—Detesto no saber qué es lo que está pasando.
— ¿Quién llamó?
—El inglés— el tono despectivo usado hizo evidente para Camus que Milo creía a Radamanthys culpable de la inusual distancia que Kanon había impuesto con su familia. Y sí, Milo estaba maldiciendo internamente a aquel rubio porque su llamada había desatado una tormenta de apresurados razonamientos en su cabeza.
Tal vez Kanon estaba con él. Y entonces no había espacio para dudar que Saga había hecho algo realmente estúpido. Siempre lo hacía, siempre eran sus acciones las que alejaban a Kanon; Milo se negaba a pensar que su tío haría algo tan imperdonable como abandonarlos por motivaciones propias. Pero, por la razón que fuera, ¿Acaso no los echaba de menos? ¿O al menos a él? ¿No le había pedido ya que no se alejara más?
Entonces no se decidía si odiar a Radamanthys, a Saga, o a Kanon.
Y además de furioso se sintió bien idiota, porque había pensado que cualquier previo problema estaba resuelto, había creído notar el trato entre ellos distinto, y al mismo tiempo igual a como era antes… un antes que se sentía muy lejano, cuando las cosas no eran tan complicadas y ellos estaban relativamente bien.
Milo dejó de pensar en todo aquello cuando sintió a Camus moviéndose y de un momento a otro tuvo el rostro de aquel frente al suyo, sólo para admirarlo por un instante antes de que un intempestivo beso le hiciera cerrar los ojos. Se asió a la espalda de quien tenía tan cerca para no sucumbir del todo al inicial efecto narcótico de ese beso.
Camus lo empujó dejándolo boca arriba y tomó de asiento a su cadera, removiéndose descaradamente y asegurándole así a Milo que por esa noche no dormirían mucho más. Sin embargo éste todavía se sentía curioso por los súbitos impulsos del otro, y durante un corto descanso que fue regalado a sus enrojecidos labios, mientras los de Camus buscaban obtener la misma coloración en distintos puntos de su cuello, Milo preguntó:
—Y… ¿y ahora por qué?
—Necesitas distraerte. — Y Milo no iba a negar que Camus estaba siendo bastante exitoso en su intención.
El francés no se sentía capaz de pensar en palabras que disiparan la preocupación del otro, porque no tenía idea de lo que sucedía con Kanon y Saga, pero estaba convencido de que no era un asunto que Milo pudiera solucionar y por lo tanto, no tenía que sufrir por ello, sobre todo cuando ni siquiera estaba enterado de lo que pasaba. Se le hacía un gasto innecesario de energías.
Camus concluyó que Milo apoyaba su propósito y participaría condescendiente, cuando éste no hizo más preguntas, y le regaló una sonrisa que se acarició contra sus labios segundos después.
-.-.-.-.-.-
Milo despertó temprano a la mañana siguiente. Camus se marchó ese día y tuvo que acompañarlo a la estación, por lo tanto regresó a casa sintiéndose bastante desanimado y aún con mucho sueño, así que lo primero que hizo fue dirigirse a su habitación y arrojarse boca abajo sobre la cama.
Desafortunadamente, sus inocentes planes de descanso fueron entorpecidos cuando Saga se asomó a su puerta.
—Milo, voy a salir.
— ¿Eh?— El joven dio vuelta perezosamente y entre la rendija que eran sus adormilados ojos miró con suspicacia a su padre.
—Tal vez demore algunos días en volver, pero lo explicaré, te lo prometo.
— ¡¿Cómo?— Abrió bien los ojos y se apoyó en las manos para sentarse.
—Te dejé suficiente dinero en el cajón de mi buró. Mantente al pendiente del teléfono y pórtate bien.
— ¡Pero…!
—Cuídate, te quiero, nos vemos pronto. — Saga retrocedió en sus pasos y cerró la puerta. Milo se derrumbó sobre el colchón con los ojos cerrados y algún improperio escapando de sus labios.
-.-.-.-.-.-
No fue difícil dar con Kanon; unas cuantas llamadas a algunos amigos en común y listo. De hecho resultó mucho más sencillo de lo que esperaba gracias a cierta sorpresiva información.
Así que tan sólo unos días después del encuentro con Saga, Radamanthys se encontraba caminando una cálida noche por las calles rebosantes de turistas en Florencia, con destino al acogedor hostal que Kanon siempre escogía al visitar ese lugar, y donde juntos habían pasado más de un fin de semana.
Desde que pisó el recibidor, el lugar le despertó recuerdos que lograron frenar sus pasos. Se tomó un par de minutos para reparar en la tranquila atmósfera, en cada detalle de la nada ostentosa decoración. Era el mismo sitio sencillo y acogedor de siempre, pero que lo saturaba en esos momentos de enorme añoranza y vacilación.
—Bienvenido, ¿le puedo ayudar en algo?— preguntó la recepcionista desde su lugar tras un escritorio, a pocos metros de distancia del punto donde los pasos de Radamanthys habían quedado congelados.
—Sí, busco a alguien. — Caminó hacia la muchacha, preguntó por Kanon y tras comprobar que efectivamente se hospedaba ahí, solicitó una llamada a su habitación.
— ¿Quién habla?
—Hola, ¿Puedes bajar? — Transcurrieron dos segundos de silencio antes de que la llamada fuera cortada.
Radamanthys colgó el teléfono y entregó una generosa propina a la recepcionista. Enseguida salió del hotel para esperar a Kanon en la banqueta, distrayéndose mientras tanto con un cigarrillo.
Aunque el gemelo no le hubiera respondido Radamanthys contaba con la certeza de que, al menos por curiosidad, Kanon se encontraría con él. Y fue evidente que aquel se debatió bastante sobre qué hacer cuando, finalmente, tras veinte minutos horriblemente largos, lo vio atravesar la puerta.
— ¿Qué haces aquí?
—Caminemos un rato.
Kanon frunció el ceño ante la sugerencia del rubio, pero como éste no dio tiempo a ninguna objeción y simplemente comenzó a andar, no tuvo más opción que seguirlo, aunque la actitud despreocupada del otro le hiciera sentir sumamente irritado.
Radamanthys dejó que un par de cuadras les vieran pasar con la esperanza de que Kanon se relajara un poco, su evidente molestia se disipara y pudieran abordar de manera pacífica el tema que los esperaba.
—Conversé con Saga hace unos días.
— ¿Así que ahora son amigos? — El rubio se dio cuenta de que sus expectativas habían resultado utópicas. Soltó un suspiro quedo y continuó caminando un tanto cabizbajo mientras el otro parecía estar tratando de perforarle la cabeza con su mirada.
—Quiere hablar contigo.
—No me interesa lo que Saga quiera. — Hasta ahí había sido suficiente, juzgó el inglés. La conversación había comenzado mal y había que repararlo antes de que terminaran discutiendo en plena calle.
Radamanthys se detuvo, giró hacia Kanon, y lo miró con un rigor tan inesperado que el de ojos verdes sintió la necesidad de dar un vacilante paso hacia atrás.
—Déjate de niñerías, ven conmigo. — La sorpresa llenó al rostro de Kanon de inexpresividad. Parpadeó extrañado, y trató de hallar sentido en las acciones y palabras del rubio, ¿Estaba loco? ¿Qué hacía ahí, pidiéndole que hablara con Saga, queriendo arrastrarlo hacia éste con tanta insistencia?
—No puedo ir a París ahora, ¡Tengo asuntos pendientes aquí! — Mostró intención de dar la media vuelta pero Radamanthys sujetó uno de sus brazos y le impidió consolidar ese propósito.
— ¿La exposición del fin de semana?
— ¿Cómo lo sabes?— Iba a ser un evento relativamente pequeño; una muestra de fotografía en una galería, donde algunos de sus trabajos participarían. No pensó que nadie más que sus amigos locales se enteraría.
—¿Cómo crees que te encontré?— Tampoco pensó que lo estuvieran buscando con tanto apremio.
Kanon se halló de repente siendo víctima del nerviosismo, pasó saliva y agachó la mirada. Durante los días anteriores se había estado sintiendo un poco culpable y a la vez triste, porque ese evento era algo con lo que siempre había soñado y ninguna de las personas importantes en su vida iba a estar ahí para acompañarlo, ya que no se había atrevido a decírselos; no había sabido cómo hacerlo si al mismo tiempo se encontraba supuestamente lidiando con la ofensa sufrida.
Y ahora, la noticia de que Radamanthys estuviera enterado le hacía sentir en cierta medida aliviado, hasta contento. Y esto le frustró lo suficiente como para dejarlo sin habla y con los ojos clavados en el piso hasta que, demasiados segundos después, la voz del rubio se volvió a escuchar.
—Felicidades.
—Gracias… —Radamanthys finalmente dejó ir el brazo de Kanon, y sonrió discretamente, sintiéndose triunfante al atestiguar el novedoso sosiego de su acompañante.
—Entonces, ¿hablarás con Saga?— Kanon alzó la cabeza y plantó sus incrédulos ojos sobre el rostro calmo del otro.
—Acabo de decirte…—Radamanthys le interrumpió soltando una pequeña risa y acercándose para pasar un brazo sobre los hombros de Kanon. Se inclinó un poco sobre él buscando su oído.
—Ven conmigo al hotel.
Kanon dio la apariencia de desinflarse un poco, y al mismo tiempo su corazón comenzó a trabajar con algo más de prisa.
Ir con él y hablar con Saga; Kanon dudó si sería atinado asociar las dos cosas que Radamanthys pedía o si estaba interpretándolo incorrectamente.
Kanon lució tan perturbado durante los momentos siguientes, sin siquiera hacer caso al par de dedos que jugueteaban con un mechoncito corto de su flequillo, que Radamanthys llegó a sentir que actuaba de forma un poco injusta al estarlo presionando de esa manera. Pero se recordó que el gemelo ya había tenido suficiente tiempo para regodearse en su soledad, y él ya estaba cansado de la situación, ni que decir de Saga que se había convertido en la desesperación encarnada.
Así que esperó hasta que, como tácita aceptación, Kanon simplemente retomó su caminar, y Radamanthys comenzó a guiar el trayecto.
"¿Saga está aquí?" Kanon deseó preguntar con infantil impaciencia que fue difícil de controlar. La pregunta nunca abandonó su mente pero ni un sonido escapó por su boca. Caminó ensimismado hasta que las puertas de un elevador se abrieron frente a él. Entró y giró en sus talones para verlas cerrándose.
Radamanthys no despegó los ojos del gemelo quien a su vez mantenía los suyos fijos sobre la rendija en que la puerta se unía.
"¿Saga está aquí?"
Mientras hacía tal cosa, el rubio distraídamente jugueteaba con la llave que guardaba en su bolsillo, y sin poder evitarlo surgió la idea de dársela a Kanon y dejarlo salir de ese elevador solo.
Una idea demasiado fugaz y poco atractiva.
—Éste es el piso. — Salieron juntos
.-.-.-.-.-
Lo había ansiado; deseo espolvoreado de temor carcomiendo lentamente su cordura. Y sumergidos dentro de lo que quedaba de ésta, un sinfín de frases, algunas más adecuadas que otras, con las que lo saludaría.
No quería verse demasiado expectante… el hecho de que estuviera ahí ya decía suficiente. Y luego, maneras en que se disculparía sin justificarse más, y finalmente, invitaciones variadas en tono y humor para hacerle regresar. Todo para cualquier circunstancia que surgiera, para cualquier estado de ánimo en el que Kanon llegara. Saga se sentía preparado.
Se levantó de la cama en cuanto la puerta se abrió, pero el guión arreglado quedó olvidado en el rincón más recóndito de una mente que se sintió colapsar dentro de sí misma por un instante.
El rostro de Saga no mostró expresión alguna. Y decidió que estuvo bien haber olvidado todo lo que quería decir porque ahora tenía la certeza de que se hubiera mostrado torpe y redundante. Ahora, que Kanon estaba a unos pasos frente a él, aparentemente sin esperar escuchar nada de sus labios, mirándolo como si realmente no estuviera ahí y se debatiera por aceptar o no esa realidad que ya había presentido.
Todo eso en un instante hasta que Kanon soltó un quedo suspiro, parpadeó, y pareció entonces sí ver a Saga.
El par de ojos aparentemente idénticos se ataron durante innumerables segundos, y se comunicaron con mucha mayor eficacia entre sí de la que jamás podrían haber mostrado las palabras. No se disfrazó la culpabilidad por los errores pasados ni mucho menos la desesperación compartida de correr y disminuir la distancia que los separaba.
Incluso Radamanthys les entendió, y aunque retroceder unos cuantos pasos para salir discretamente de la habitación hubiera sido probablemente la acción más prudente a seguir, los movimientos de sus pies lo llevaron en una dirección opuesta a la planeada.
Posó las manos sobre los brazos de Kanon, y fijó la mirada en algún punto inespecífico de su abundante cabellera añil. Lo sintió exhalar un suspiro profundo, pero no había tensión en su cuerpo o indicio alguno de sorpresa o incomodidad.
Besó tranquilamente los cabellos sobre su nuca, deslizó las manos hacia su cintura y lo acercó un poco más a sí. Kanon, tardándose en registrar todas esas acciones, no desvió su mirada de Saga y se le hizo entrañable el asombro que aquel rostro trató de disimular. Casi quiso sonreír, cuando finalmente fue distraído por las manos que llegaron a su pecho, en algo como un abrazo mientras su camisa era desabotonada sin prisas.
Kanon rompió contacto visual con Saga y giró el rostro con intención de confirmar su repentinamente absurda realidad, y tal movimiento fue aprovechado por su captor para sellar un beso sobre la comisura de sus labios.
Kanon volteó hacia el lado opuesto para evitar que un contacto similar se repitiera, y finalmente la agitación llegó a él, cuando comenzó a asimilar lo que sucedía con plena consciencia, no más hipnotizado por los ojos de su hermano.
Saga, llamó algo dentro de sí, como siempre. Y Kanon lo buscó, mirándolo, y lo llamó silenciosamente, extendiendo una mano hacia aquel. Saga dudó por instantes que dolieron para Kanon; lo que tanto quería se hallaba en brazos de alguien más pero esperándolo a él, porque sólo no podía, o no querría, salir de ese aprisionamiento. Pero, ¿quién era Saga para rescatarlo de algo que acogía a Kanon con tan envidiable devoción en cada caricia, en cada beso, en cada mirada de la que su gemelo no se enteraba por estar viendo directamente enfrente, a él?
—Saga— Kanon insistió, cuando los labios del inglés alcanzaron un lado de su cuello y las yemas de aquellos dedos descubrieron su piel. Kanon frunció el ceño y descendió el brazo al que Saga nunca respondió; lo movió hasta sujetar con su mano aquella del rubio que acariciaba su abdomen, entrelazaron sus dedos y Kanon bajó la mirada para apreciar la familiar manera en que embonaban.
Con un sobresalto miró de nuevo al frente, obligado por dos nuevas manos que halló plantadas a cada lado de su rostro. Saga estaba ahí, y luego no más, cuando Kanon cerró los ojos para recibir el impetuoso beso que siguió.
-.-.-.-
— ¿Dónde estabas aquí?— Era la primera vez que visitaba ese apartamento pero aún así tuvo la confianza de recoger la fotografía que descansaba sobre el buró, y mostrarse curioso.
Normalmente uno no tenía fotografías de sí mismo junto a su cama.
—No soy yo. Es mi hermano, Saga— Kanon explicó brevemente, dejó su chaqueta sobre la cama y caminó hasta el rubio invitado para quitarle la fotografía de las manos con todo el disimulo de su nerviosismo que fuera posible.
— ¿Por qué tienes su foto aquí?— Volvió a inquirir con naturalidad.
Normalmente uno no tenía fotografías de sus hermanos junto a su cama.
-.-.-.-
— ¡Ngh!— Saga estiró el cuello hacia atrás de manera tan impulsiva que el golpe de su nuca contra la cabecera fue lo suficientemente ruidoso para extraer una risita divertida de los labios que besaban la espalda de Kanon.
Sin detener los besos que a veces se tornaban en mordidas juguetonas sobre la piel del menor de los gemelos, ni la persistente estimulación con sus dedos, Radamanthys dirigió la mirada hacia Saga para encontrarlo frunciendo ligeramente el ceño. El rubio disfrutó de ese rostro de mejillas rojas supuestamente enfadado durante los efímeros momentos que duró; en nada Saga había vuelto a entrecerrar los ojos, jadear y mordisquear sus labios, volcando de nuevo toda su atención sobre Kanon, quien llevaba el último par de minutos enloqueciéndolo con sus labios y lengua.
Y aunque a cada segundo el menor se hacía más y más torpe en su labor, eso no mermaba lo fantástico de las sensaciones provocadas. Saga sujetó la cabellera de Kanon, guió sus movimientos y el otro obedeció con vehemencia. Saga volvió a echar la cabeza hacia atrás, esta vez con más cuidado, cerró los ojos y aspiró aire con desasosiego, sintiendo a su orgasmo demasiado cercano.
Gruñó un lamento cuando todo eso se acabó de manera abrupta. Abrió los ojos para experimentar al sentimiento de burla y frustración instituyéndose en él, mientras atestiguaba al orquestador de las actuales circunstancias robando toda la atención de su hermano.
Kanon ahora le daba la espalda mientras Radamanthys lo atareaba con un beso exaltado que Saga atestiguó de larga duración; la mano derecha del rubio todavía ocupada en explorar la intimidad de su hermano con absoluto impudor, mientras su brazo izquierdo mantenía el tembloroso cuerpo de Kanon cerca de sí.
Saga no demoró más en involucrarse y haló a Kanon para atraparlo entre sus piernas y recostarlo sobre su pecho. El menor de los gemelos apreció su nuevo refugio y lo agradeció con un suspiro. Su piel contagió de calidez a la de Saga, su cabeza halló reposo sobre la base de su cuello, y su mano derecha sujetó uno de los muslos del mayor como punto de apoyo para resistir la dulce tortura del rubio cuyo cuello había mantenido preso con su otro brazo. Radamanthys se sintió atrapado cuando les miró, uno contemplando al otro con un deseo y adoración que sentía como propios, y ese otro entregado a ambos sin barrera alguna, cautivándolos y siendo cautivo al mismo tiempo dentro del inescrutable choque de sentimientos que los tres causaban.
Que ellos iniciaron y en el que tú interviniste.
Una sonrisa agridulce se formó en sus labios. La desapareció contra la jadeante boca de Kanon y simultáneamente se fusionó con su cuerpo, firme, haciendo al otro quejarse y asirse con mayor fuerza a su espalda. Se movió, sin ritmo alguno al principio y sin que las caderas vecinas respondieran a sus vaivenes, pero poco a poco convenciéndolas hasta hallar armonía con ellas. Y continuó besándolo por unos momentos más, hasta que los gemiditos comenzaron a transmitir más gozo que sufrimiento.
Entonces sorprendió a otros labios por los que tuvo que estirar el cuello y empujarse más dentro de Kanon como fuera posible, y esos se abrieron torpes, sin saber qué hacer con la intempestiva lengua que los visitó. Eso estuvo bien porque Radamanthys disfrutó enormemente de sentirse en completo control, intimidando con su desenfreno y obteniendo dulce hesitación en cada movimiento de Saga.
Sonrió triunfante al sentir una mano de Saga colocándose ligera sobre su hombro para enseguida acariciar hacia abajo su brazo, y a esos labios los abandonó jadeantes cuando el gemelo atrapado bajo su cuerpo anunció con conmocionadas exclamaciones, lo frustrantemente próximo que se sentía a desfallecer de placer.
Radamanthys embistió más rápido, sujetando las piernas de Kanon para elevarlas sobre su propia cintura. Saga rodeó con inquebrantables brazos el pecho de Kanon y apoyó el rostro de lado sobre la cabeza de su hermano, cerrando los ojos, apenas aguantando el horror de delicia que era Kanon retorciéndose estremecido contra sí. Hasta que escuchó al rubio gruñir alto, a Kanon resoplar angustiado y a ambos cesar el baile del que lo habían hecho partícipe. Entonces Saga abrió los ojos, justo para ver como Radamanthys apoyaba la frente en su pecho, junto al rostro de Kanon, y se mantenía ahí, respirando con dificultad durante algunos segundos.
Saga enredó los dedos de su mano derecha en los cabellos dorados y húmedos. Los acarició con blandura durante algunos momentos hasta que Kanon buscó su mano y la dirigió a su sexo, todavía hinchado y ardiente. Saga lo acarició con mesura, consiguiendo extraer suaves suspiros de su gemelo. Radamanthys los sintió y lentamente se incorporó para dejarles espacio, se tendió boca arriba a un lado de ellos y se esforzó para recuperar su ritmo cardíaco normal.
Enseguida Kanon giró perezosamente sobre su costado y luego boca abajo, sin soltar la mano de Saga para que lo siguiera. Con cierto esfuerzo se apoyó en sus manos y rodillas, y cuando sintió el miembro de Saga apenas tocando su entrada, cerró los ojos e inspiró aire entrecortado. Momentos después gimió agradecido cuando el otro incursionó en él, si bien le pareció demasiado pausado para su ansioso estado.
Saga se inclinó hasta lograr besar la espalda de Kanon, y comenzó a arremeter contra él cadenciosamente, sintiendo a sus terminaciones nerviosas cosquillear en festejo a las maravillas experimentadas en ese acto tan simple en naturaleza. Sus músculos tensos, pero sin que eso molestara, el calor sofocante que al mismo tiempo le inyectaba vida, la urgencia por terminar pero la simultánea y contradictoria hambre de que todo durara eternamente.
Por efímera curiosidad miró hacia el culpable de esa escena. Notó con algo de sorpresa que tenía sus ojos cerrados, cuando había esperado descubrirlo observándolos. La curiosidad quedaría en eso porque Saga no iba a buscar comprenderlo, no lo pensaba posible.
El aludido percibió a esos ojos llenos de curiosidad estancada, y mostró los suyos, un tanto turbios, al hombre que se adueñaba de lo único que él había soñado tener.
Saga desvió la mirada y se concentró en Kanon.
Radamanthys decidió hacer lo mismo también; estiró el brazo para alcanzar la suplicante erección de Kanon, atrapándole entre sus dedos y ofreciéndole un alivio tremendamente necesitado con sus caricias. Ello, sumado a los atinados roces que el miembro de Saga realizaba en su interior, lo empujaron por el borde de las sensaciones que venían bullendo en él durante lo que se sentía como un cruel y extenso tiempo, y en un parpadeo bañó con su esencia la mano de Radamanthys, y se sintió sacudir a tal medida, que los dedos de Saga tuvieron que enterrarse dolorosamente en sus caderas para mantenerlas en alto. Su rostro colisionó sobre la cama, cerca del hombro del inglés, quien aún exhausto, giró el rostro y depositó un soñoliento beso sobre su sien.
Poco después, Saga se colmó de Kanon, sublimemente ajustado y ardiente a su alrededor, y lo llenó de sí, robando un último escalofrío de aquel mientras incontables lo hacían sucumbir a él.
-.-.-.-
— ¿Por qué tienes su foto aquí?
Kanon miró la foto y meditó una respuesta. Radamanthys consideró que se tomó demasiado tiempo en ello.
—Lo echo de menos. — Elevó la mirada, una tan súbitamente triste que ni siquiera la adorable sonrisa pudo disfrazar.
— ¿Tanto así? — ¿Tanto como para tener su fotografía aquí? Eso no expresaba ni una pizca de la medida colosal en que realmente extrañaba a su gemelo.
—Mucho más— Dijo sentidamente, y regresó la foto a su lugar. Radamanthys elevó una ceja y esbozó una media sonrisa.
—Eres gracioso, niño. — Y se acercó, colocó una mano sobre su mejilla y besó sus labios despacio.
Era la tercera vez que lo hacía desde que lo conoció.
Kanon respondió, se sintió convencido. Y cuando Radamanthys se apartó, éste sintió una mano del gemelo sobre su pecho y se encontró con los ojos de aquel, inusualmente graves y todavía tristes, mirándole fijamente.
—Quiero hablarte de Saga.
-.-.-.-
Kanon abrió renuentemente los ojos, cediendo a la presión sobre sus labios y las caricias en su cabello.
—Debo irme.
Y aunque ahora doliera infernalmente, no podría arrepentirse jamás de la decisión tomada años atrás, ésa de acompañar a Kanon en su soledad, en su eterno desconsuelo, en cada uno de los momentos que lo necesitara ahí. O bien cederle distancia cuando aquel se lo pedía.
No clasificaría todos esos recuerdos como evidencias de demasiado tiempo perdido.
— ¿Vuelves?
—Tal vez. Sigue durmiendo.
Pero mentía descaradamente, aunque la vacilación era sentida en verdad.
Aunque Radamanthys sabía que podía llegar a amar a Saga tanto como a Kanon sin realizar gran esfuerzo, no se atrevería a intentarlo por más sencillo que fuera, para no atentar contra su propia salud mental.
No le cabía duda de que si bien los gemelos lo apreciaban o al menos hallaban su presencia reconfortante, mientras aquellos se tuvieran mutuamente, él nunca sería vitalmente necesitado por ninguno.
Kanon entendió con inquietud tardía que aquello había sido una despedida definitiva cuando el fin de semana llegó. Y eso le enfadó, porque le parecía injusto, ¡Él había estado prácticamente dormido!
—Voy a recoger a Milo. Te alcanzamos en la galería.
Kanon, sentado en la cama con celular en mano sin animarse a marcar y confirmar sus sospechas, apreció de reojo cuando Saga pasó hacia la puerta.
No vio, sin embargo, cuando Saga se detuvo apenas a punto de salir, le miró curioso y notó su desánimo. No era difícil adivinar a qué se debía y aunque eso le preocupara un poco, sonrió al sugerir:
— ¿Me acompañas?— Kanon elevó la mirada, parpadeó distraído y asintió automáticamente. Guardó el celular en su bolsillo y se levantó de la cama.
Hundidos en un silencio algo tenso dejaron el hotel, tomaron un taxi y se dirigieron a la estación. Al entrar, el celular de Kanon sonó. Saga volteó para ver al otro titubear en contestar al mirar la pantalla, regresó la vista al frente y se adelantó. Kanon contestó.
—Hola. Llamaba para desearte suerte.
—No regresaste. — Lo repentino del reclamo sorprendió a ambos por igual. Kanon quiso morderse la lengua, y Radamanthys tuvo que tomarse unos segundos para recordarse que Kanon no protestaba por necesitar su presencia, sino probablemente, por haberlo dejado con Saga a que ellos terminaran de definir las cosas.
Kanon era semiconsciente de esto también pero le costaba admitir que incluso con los últimos días que él y Saga habían compartido en añorada tranquilidad, no habían realmente discutido nada en concreto ni tomado decisiones claras, al menos ninguna que cualquiera de los dos se haya atrevido a anunciar.
—Pero estarás bien, ¿no?
—Supongo…
—Y Saga también.
—Ahá...
—Nos veremos un día de estos.
—De acuerdo.
—Habrán otras exposiciones a las que me invitarás.
—Eso espero.
—Hasta entonces.
—Adiós...
-.-.-.-.-
Milo los localizó apenas entraron a la estación. Caminaban uno delante del otro con al menos dos metros de distancia separándolos, uno de ellos al teléfono y ambos luciendo preocupados. Milo frunció el ceño.
Cuando Saga le llamó un par de días atrás después de su imperdonable y súbito abandono, se sintió de hecho un poco feliz al enterarse de que el motivo de aquello había sido Kanon. Se sintió todavía más contento cuando le habló sobre la exposición y le pidió que asistiera. Milo accedió advirtiendo que llegaría un poco tarde porque esperaría a Camus para llevarlo consigo. Y ahora estaba ahí, con todo y francés tomado de la mano, ansiando ver a su padre y tío en buenos términos- hasta hace un par de segundos.
Milo no demoró más, y guiado por el enfado y la impaciencia caminó con grandes zancadas, arrastrando al otro chico consigo hasta llegar al encuentro de los gemelos.
Camus se soltó bruscamente de Milo, molesto ante el trato desatento y se cruzó de brazos listo para presenciar la embarazosa escena que el de ojos turquesas seguramente pondría en pie. Ya se había hecho costumbre a ellas.
Milo ni siquiera permitió los saludos.
—Antes de cualquier otra cosa, quiero dejar algo en claro— Advirtió, ganándose exitosamente la atención de los otros tres.
—No es que yo los quiera obligar a nada… cada quien es libre de hacer como le plazca y tomar sus decisiones mientras no sean decisiones tomadas a medias, sin explicación o motivo aparente que dejen a ciertos inocentes involucrados desesperados y confusos. — la arruga en su frente se hizo más marcada.
—En otras palabras, realmente necesito que estén juntos porque separados son un desastre y me arrastran al desastre y la verdad me gustaría tener algo de estabilidad, si así se le puede llamar al hecho de que mi papá y mi tío… ustedes dos… ¡bueno ya saben! —respiró profundo.
—Todo está bien, Milo. — Kanon sonrió.
Milo parpadeó, sintió a sus mejillas colorearse todavía más que con su emotivo discurso.
— ¿En serio? ¿Quieren decir que acabo de hacer el ridículo por nada?— Saga giró hacia Kanon, sorprendido ante el alivio que él mismo sintió al escucharlo.
—Algo así. —La sonrisa de Kanon incrementó su tamaño y todos los presentes sintieron que no faltaba mucho para que una carcajada saliera de esos labios.
—Ah, bueno… yo… esto…
—Ven, Milo. — Camus interrumpió los balbuceos del chico, rodó los ojos hacia arriba, tomó su mano y se lo llevó.
— Pediremos un taxi —anunció a los gemelos. Éstos los vieron adelantarse y compartieron otro lapso de silencio más, pero esta vez uno agradable.
—Es cierto, ¿no? Lo que le dije a Milo— Kanon preguntó a Saga. Éste curvó sutilmente los labios, sin sentir necesario que Kanon buscara confirmarse a sí mismo.
—Sí— dijo.
-.-.-.-.-
— ¡Esto es genial! — Milo, ya totalmente recuperado de su vergüenza y satisfecho ante lo "bien" que estaba todo, exclamó al llegar a la galería y reconocer varios de trabajos ahí expuestos.
No perdió en tiempo en dispersarse con Camus y dejar a los gemelos por su cuenta, y durante toda la tarde se la pasó interrumpiendo a los visitantes para presumirse como sobrino del artista y promover su quince por ciento de descuento en entrevista a los reporteros de las revistas de arte que mayormente lo ignoraron, sin que ello dañara el temporalmente-fuera-de-órbita ego del muchacho.
Saga estuvo con Kanon sólo unos minutos antes de que éste fuera atareado con saludos y felicitaciones. Entonces se decidió a recorrer la galería solo, disfrutando cada fotografía como si no las conociera ya todas y regodeándose en el éxito de Kanon como si fuera propio.
Al atardecer, cuando ya había mucho menos ruido que distrajera y mucho menos gente que atender, Kanon alcanzó a Saga, sin sorprenderse demasiado de encontrarlo observando con una expresión imposible de interpretar cierta fotografía en particular.
Saga no comentó nada al respecto así que Kanon no lo hizo tampoco. Pero en la infantil emoción que ese día le había provocado, no se pudo contener de una pregunta.
—Y bien, ¿qué te pareció todo esto?— Nada significaría mucho sin la opinión de Saga. Y aunque Kanon podría probablemente adivinarla y saberla más que positiva, no se quedaría con las ganas de escucharlo.
Saga hubiera gustado de voltear, abrazarlo fuertemente y decirle con un sentido beso lo orgulloso que se sentía de él.
Del abrazó no se privó. Por prudencia, el beso tendría que esperar. Y lo que quería decir lo expresó al oído de Kanon de manera que la réplica fuera igual, para nadie más que los dos.
Entonces no era absolutamente perfecto, sin embargo, graciosamente se sentía así.
Y dejarían a esa imperfección perdurar.
Fin.