| B s . A A A | full 3/4 1/2 | E E | Light Dark |
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Disclaimers: Yami no Matsuei no me pertenece, por suerte para sus fans.
Comentarios: Es muy poco probable que utilice muchas palabras en otros idiomas, pero si lo hago su significado estará al final del capítulo o al lado mismo de la frase.
—Bla bla bla Dialogo
«Bla bla bla» Pensamientos
Bla bla bla Recuerdos, sueños o palabras con marcado sarcasmo
Advertencias: Este fic contendrá shonen ai, así que los homofóbicos quedan advertidos.
Resumen del capítulo anterior: Las jovencitas de la Casa del Norte lograron dar la nota una vez más en el hospital, bloqueando un ascensor con una paciente secuestrada y asaltando un quirófano en el que iban a intervenir por error a Tsuzuki. El primer largo día de la excursión llega a su fin, pero Harumi quiere que el final en el hostal sea inolvidable para su profesor de economía...
Flores silvestres y flores de invernadero
por Ayumi Warui
Capítulo 11 : Tatsumi en serios problemas.
Las jóvenes quedaron boquiabiertas cuando estuvieron frente al hostal tradicional de lujo que el colegio había reservado, en exclusiva, para ellas para aquella noche. Todo cuanto veían parecía caro; las sirvientas, vestidas con kimonos, eran elegantes, eficientes y tremendamente educadas; las salas y pasillos, todo perfectamente ambientado al estilo tradicional japonés, eran grandes y con pocos pero refinados muebles, dando una sensación de inmensidad.
—Aquí dentro me siento como una reina —comentaba Nami mientras pasaba al interior del dormitorio que le habían asignado, junto a varias de sus compañeras de clase—. Tenemos todo el hotel para nosotras, las de las casas del este y oeste y los profes. ¡Incluso nos han dado un yukata a cada uno! —mostró el suyo, sencillo pero fino—. Supongo que tendremos que ponérnoslos, queramos o no.
—¿Cuántos tendrán de cada talla? —se preguntó Asami, ya que una de las primeras cosas que les habían preguntado era la talla y numero de pie, para poder hacerles entrega de su yukata y sandalias.
—Esto se pone solo con la ropa interior debajo y sin sujetador, ¿no? —quiso cerciorarse Ruri—. ¡Qué sexy! ¡Estoy deseando ver a Yuka chan con el suyo!
Tsuzuki y Hisoka notaron un escalofrío cuando oyeron lo del sujetador. Lo iban a tener un poco complicado para mantener sus postizos y disimular su constitución con semejantes atuendos.
—¿Nos los tenemos que poner ya? —se interesó Chie.
—No —negó Aya, colocando sus cosas junto al futón—. Tomomi chan me ha dicho antes que os avisara de que primero cenaremos todas juntas en el gran salón y luego tomaremos un baño en las aguas termales, divididas por casas: primero las de la Casa del Este, luego las de la Casa del Oeste y luego nosotras.
—Las últimas, ¿cómo no? —ironizó Harumi.
—¿Y qué hará Tatsumi? —dejó caer Nami, como quien no quiere la cosa.
—Dijo que esperaría a que nos marchásemos todas, con las profesoras, a ver los fuegos artificiales, para tomar él el baño —respondió la chica de ojos color violeta eléctrico—. No es que a Tomomi y a Ritsuko les hiciese mucha gracia que él se desentendiese de vigilarnos durante los fuegos de artificio, pero Tatsumi sensei se ha mantenido muy firme en su decisión.
—Seguro que tú también lamentas que tu amorcito no vaya a venir con nosotras —rió Nami, haciendo ruborizarse a su mejor amiga.
—¡N–no digas tonterías! Entiendo perfectamente que Tatsumi sensei quiera estar un rato tranquilo y descansar después del día que le hemos dado... —aseguró, aunque su mirada la traicionaba, reflejando que le hubiese gustado que las acompañase.
—¡Entonces se supone que tenemos que cenar ahora! —saltó Tsuzuki—. ¡Qué hambre tengo! Ojalá tengan un buen postre... —deseó.
—No me puedo creer que aún tengas ganas de comer —confesó Hisoka.
—¿Qué tal si vais marchando Aya y tú para cogernos hueco? —sugirió Harumi a Tsuzuki—. Nosotras os alcanzamos en un momento.
El shinigami miró a la chica, intrigado, ya que no tenía duda alguna de que la razón por la que le habían pedido eso no era para que les buscase asiento, que seguro que tendrían ya reservado, sino para que alejase a Aya de la habitación, para que pudiesen tramar algo a sus espaldas. Sólo esperaba que no hubiesen vuelto al ataque con los planes de conquista del sensei...
—Bueno, vayamos —aceptó al final—. ¿Vienes, Hisoka?
—No, mejor iré más tarde, con el resto —respondió, dirigiendo una significativa mirada a su compañero, con la que Tsuzuki supo que Hisoka había sospechado lo mismo que él y prefería quedarse para descubrir qué tramaban. Mejor, así podría enterarse más tarde gracias al muchacho.
—De acuerdo, ¡nos vemos ahora mismo! —se despidió, haciendo un gesto hacia Aya, que ni de casualidad había notado nada fuera de lo común.
—No tardéis, por favor —pidió Aya, antes de abandonar la sala.
Cuando las muchachas se hubieron asegurado de que ya estaban lejos, empezaron a conspirar:
—Chicas, ha llegado el momento de que nos venguemos del profe por todos sus gritos, los deberes que nos manda y lo mal que nos trata —empezó Harumi—. No se nos presentará otra oportunidad como la de hoy fácilmente.
—¿Qué es exactamente lo que planeas? ¿Ponerle laxante en la comida? —le preguntó Hisoka, con cierta ironía.
—No es mal plan, pero le falta estética —opinó Nami.
—Es asqueroso —añadió Asami.
—¿Vamos a hacerle alguna encerrona para ponerle en una situación comprometida con Aya? —quiso saber Ruri—. Con estos yukata tan sexy, seguro que se aprovecharía de ella, olvidando que son profesor y alumna, y luego nos sentiríamos culpables.
—¿Y si cogemos el sujetador de Aya cuando nos bañemos y se lo colamos a Tatsumi entre sus cosas? ¡Podríamos acusarlo de pervertido! —añadió Chie, quien no olvidaba lo cruel que él había sido con ellas pese al miedo que había pasado encerrada en el ascensor del hospital.
—¿Queréis humillarlo o que lo despidan? —replicó Hisoka, aportando sensatez, como era su costumbre.
—Bueno... —musitó Yayoi—, si luego confesamos, después de la vergüenza, que fue una inocentada nuestra, no lo echarán...
—¡De acuerdo, plan aprobado! —corearon las demás, excepto el shinigami y Harumi.
—No me parece mal —declaró ésta última—, pero no es suficiente para saciar mi sed de venganza... Yo pensaba en algo más sofisticado y humillante... Pensaba en aprovechar el hecho de que Tatsumi estará aquí solo, en el hostal, cuando se dé el baño...
—¡¿Para colarle a Aya en el baño y replicar la típica escena de manga del encuentro desnudos en los baños? —se animó Ruri.
—Mejor no, algo así podría matar a Aya de la impresión —objetó Nami.
—No, escuchad —pidió Harumi, logrando silencio a su alrededor—. Iremos con el resto a los fuegos, de modo que Tatsumi quedará aquí solo, pero en un despiste de las profes, tres de nosotras nos escabulliremos para regresar aquí —informó—. Las que lo hagan tendrán que colarse con mucho sigilo en el cambiador de los baños y robar la ropa del profe y cualquier toalla o cosa con la que pueda cubrirse. Como el servicio ya se habrá retirado al ser tarde y creernos fuera, no creo que nadie pase por allí para auxiliarlo cuando, al salir del agua, se dé cuenta de que no tiene nada con lo que cubrirse de camino a su habitación más que los cubos y, lo que es más importante, nosotras tendremos la llave de su dormitorio...
—¡Claro! —asintió Eriko—. Entonces sólo podrá: o quedarse allí encerrado hasta que alguien del servicio pase y lo encuentre en esa bochornosa situación, o tragarse su orgullo y salir medio encuerado a pedir ayuda a la servidumbre...
—Maquiavélico... —aprobó Chie.
—La lástima es que, excepto las que regresen, el resto nos perderemos ese momento... —suspiró Nami.
—No si lo inmortalizamos con la cámara de Asami... —continuó Harumi, con sonrisa perversa—. De hacer la filmación se ocuparán las prófugas, que se ocultarán en los arbustos del jardín que hay frente a la entrada de los baños a esperar a que el profe se rinda y salga; a parte de intentar impedir en la medida de lo posible que algún sirviente auxilie por casualidad al profe...
—¡Es un plan genial! —exclamó Asami—. ¡Será un fragmento genial de mi video de la excursión!
—Entonces será mejor que decidamos las tres valientes...
—Una seré yo —anunció Harumi—, como responsable del plan, tengo que estar por si falla o hay que improvisar por algún contratiempo. Otra Asami, que como dueña de la cámara, es la única que sabe qué hacen todos sus botoncitos y tiene los recambios. ¿Quién quiere ser la tercera?
Por un lado todas deseaban estar presentes en el momento culminante, por otro preferían disfrutar de la grabación sin correr riesgos de ser descubiertas o pasar horas escondidas en unos arbustos, amen de poder asistir al festival y los fuegos artificiales...
—Yo iré —se prestó, finalmente, Nami—. Seguro que Asako y Kurosaki pueden entretener a Aya lo suficiente para que no note mi ausencia.
—Supongo —aceptó Hisoka, con pasotismo. El plan le parecía lo más absurdo que había oído en su vida, y aunque no descartaba que fuesen lo suficientemente sigilosas como para lograr robar la ropa sin que Tatsumi, concentrado en su descanso, se percatase, dudaba que para el shinigami aquella desafortunada situación fuese tan vergonzosa y traumática como ellas creían. Tatsumi era un hombre de recursos, así que lo dejaría todo en sus manos. A fin de cuentas, no podía revelar los planes de las chicas si no quería quedar en evidencia como chivato, lo cual le impediría enterarse de futuros proyectos de aquellas inconscientes, otros que sí mereciesen ser detenidos a cualquier precio por hacer peligrar su misión como shinigami, esa que hasta él empezaba a olvidar con tanto alboroto.
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—¡Ja, ja, ja, ja! —reía Harumi, buscando sus utensilios de aseo en la habitación, junto a sus amigas. Ya habían sido avisadas de que sus compañeras de la Casa del Oeste habían acabado, así que les tocaba a ellas disfrutar de las aguas termales—. Qué rabiosas estaban las de la Casa del Este por cómo las recibieron en el museo después de nuestra visita.
—Esa estúpida de Mai estaba que rabiaba —asintió Nami—. Y, ¿cómo no?, lo aprovechó para echarle toda la culpa a Aya y meterse con ella.
—No importa, estoy acostumbrada —les recordó la chica de ojos violetas.
—Ya... Lo que pasa es que estás contenta porque el profe le dijo a Mai que dejase de hablar así de ti sin conocimiento, porque tú no habías tenido nada que ver con el destrozo del museo... —señaló Asami—. Lo tengo todo grabado.
—La verdad —empezó Hisoka, más para sí mismo y Tsuzuki que para el resto— es que es raro que Tatsumi tomase parte en la discusión cuando no ganaba nada defendiendo a Aya. De hecho, Mai, siendo alumna de la Casa del Este, es más influyente y rica.
—Bueno... —musitó Tsuzuki, con una sonrisa condescendiente—, no siempre va a actuar por interés.
—Chicas —llamó Watari a la puerta, desde fuera—. ¿Estáis listas?
—¡Sí, profe! —declaró Ruri, abriendo para que pudiese pasar—. Como Ritsuko se bañó con las del este y Tomomi con las del oeste, supongo que tú vendrás con nosotras, ¿no, Yuka chan? —preguntó, ansiosa y deseosa de que sí. Por fin podría ver a su adorada Yuka como vino al mundo...
—Esto... —empezó Watari, sudando frío. Bajo ningún concepto podía aceptar, sería revelar su disfraz y descubrir que era un hombre.
—Watari nos prometió a Tsuzuki y a mí que aprovecharía este rato para explicarnos un montón de dudas que tenemos en su asignatura —declaró Hisoka, salvando el día.
—¡¿Quéeeee? —se quejó Ruri.
—¿Os vais a poner a estudiar ahora? —se sorprendió Aya, sin comprender que no deseasen olvidarse de las clases al menos por un día.
—¿Y cuándo os bañaréis?
—Pues al regreso de los fuegos tal vez, o nos ducharemos mañana —resolvió Watari—. Los estudios son lo primero.
—Jo... —siguió Ruri—. ¿Seguro que no hay otro momento?
—Seguro. Y caminad si no queréis que os den prisa luego para no llegar tarde a los fuegos artificiales —les recordó el científico—. Ah, y llevaos a 003. Él os vigilará.
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Para las chicas no había entrañado gran dificultad perpetrar el robo del sujetador de su amiga Aya, tal y como dictaba el primer plan de venganza, ya que la morena estaba tan abstraída preguntándose si las plantitas de sus macetas estarían bien sin ella como para percatarse de los sospechosos movimientos de sus compañeras. Además, como a la salida del baño debían ponerse los yukata que les habían dado, no echó en falta la prenda.
Así pues, obtener la prueba del crimen fue fácil, pero dejarla en la futura escena del crimen temían que no sería tan sencillo, sobre todo teniendo en cuenta que contaban con poco tiempo antes de que Tomomi, Ritsuko y Watari las llamasen para que se fuesen a ver los fuegos artificiales.
—¿Estáis listas? —preguntó Harumi, indiscutible líder cuando de trastadas se trataba, a sus aliadas: Asami, Chie y Eriko. Ellas asintieron—: ¡Pues vamos! —declaró instantes antes de golpear con los nudillos la puerta de la habitación individual que le habían asignado a Tatsumi, como único hombre que se suponía que era.
Las muchachas esperaron unos instantes, sin poder evitar mirarse las unas a las otras con nerviosismo, hasta que la puerta se dignó a abrirse, dando paso a Tatsumi, aún ataviado con su traje chaqueta.
—¿Qué tripa se os ha roto ahora? —murmuró, mirándolas con desconfianza—. No habréis destrozado nada, ¿verdad?
—¡Claro que no! Mira que eres mal pensado —se quejó Chie.
—Hemos venido a verte porque tenemos una duda de tu asignatura y por eso no conseguimos resolver uno de los muuuuuuuchos ejercicios que nos has mandado para el próximo día —señaló Eriko, con cierto resentimiento en su voz.
—A ver... —empezó Tatsumi, apoyando el codo en el marco de la puerta y la mano en su frente—. ¿Me estáis diciendo que, de modo excepcional y sin que exista precedente, habéis decidido al fin dignaros a hacer las tareas que os mando? ¿Y que, para más inri, habéis decidido poneros a ello en media excusión, casi a las 23:30, y a menos de diez minutos de tener que marcharos a ver unos fuegos artificiales?
La duda se palpaba en cada una de sus palabras y, si lo pensaban fríamente, no era para menos.
—Es que Asako y Kurosaki se saltaron el baño para hacerle unas cuestiones a Yuka chan y nos entró un ataque de responsabilidad y conciencia por no intentar nosotras ser mejores alumnas también —se acogió Harumi, rápida en pensamiento, como de costumbre.
—Aah... —suspiró el shinigami—. Supongo que si me niego os quejaréis.
—¡No lo dudes! —corearon.
—¡Es tu deber como profesor atender a nuestras dudas! —añadió Asami.
—Tal vez durante las tutorías —remarcó—. Pero nada me obliga a hacerlo fuera de ellas.
—¡Pero es que las tutorías te las pasas, completitas, dedicadas a tu nueva alumna predilecta: Muraki Aya! —recriminó Harumi, y Tatsumi puso expresión de touche.
Desde luego, era algo que no podía negarle a las chicas, puesto que, desde el fin de la Operación Conquista del Sensei, Tatsumi dedicaba del primer al último minuto de su tiempo libre a intentar hacer entrar la Economía y Política en la preciosa pero dura cabecita de Aya (bueno, Kurosaki y Tsuzuki también estaban presentes normalmente, pero él no es que les hiciese demasiado caso). Si incluso había aceptado a darle clases particulares (aunque a cambio de una buena suma, había que decirlo)...
Harumi, viendo que había dado en el blanco, añadió:
—¡Porque ni te pienses que no nos hemos dado cuenta de que le das a Aya un trato preferente! Y, como somos sus amigas, a nosotras no nos importa; pero te advierto que si no cumples también con el resto de las alumnas, éstas pueden preguntarse qué razones te llevan a sí hacerlo con Aya...
—¿Me estás amenazando? —preguntó Tatsumi, enarcando una ceja.
—No, sólo te digo lo que hay. Yo ya he empezado a oír rumores por ahí... —mintió, ya que ellas eran las únicas que comentaban el tema.
—¿Qué clase de rumores? —inquirió con aparente serenidad.
—Si nos explicas el problema de Economía, te lo decimos —negoció.
—Vale —gruñó, apartándose al fin del umbral, para dejarles paso al interior—. Entrad.
—¡Mira, profe, es este de aquí...! —empezaron Asami y Eriko, arrastrando al hombre hasta una mesa, en la que lo hicieron sentarse.
Luego se dedicaron a asaltarlo con dudas estúpidas y a hacerse las interesadas cuando él respondía, ¡incluso tomando anotaciones! A Tatsumi todo aquello le olía a chamusquina, pero con tanta pregunta no le daban tiempo de pensar demasiado en ello. Tan ocupado lo tenían, que no se percató del momento en que una de ellas, Chie, se separó sigilosamente de la mesa para encaminarse al lugar donde reposaba la bolsa de viaje en la que él llevaba las mudas de ropa. La muchacha, oyendo su corazón sin dificultad a causa de los nervios, abrió lentamente uno de los bolsillos laterales de la bolsa marrón y, tras extraer del bolso que cargaba la prenda íntima de su amiga, la guardó en su nuevo refugio. Por supuesto, no olvidó volver a pasar la cremallera antes de, tan silenciosamente como se había apartado, acercarse al grupo.
—Chicas, ¿a qué hora nos dijo Ritsuko que nos esperaban? —pronunció Chie la contraseña que indicaba que había finalizado su cometido.
—¡Uy, pues dentro de nada! —respondió Asami incluso antes de mirar su reloj.
—Tenemos que irnos, profe —declaró Harumi, mientras las otras recogían en tiempo record todo lo que habían esparcido—. Ya continuaremos otro día.
—¡Adiós! —corearon durante la retirada, dejando a Tatsumi una sensación de profunda desconfianza.
Sólo cuando pusieron varios metros de distancia entre ellas cuatro y la habitación del shinigami, se permitieron suspirar aliviadas.
—Ya está hecho —sentenció Chie.
—Creí que no se lo tragaría...
—Chicas —las llamó Hisoka, que aparecía por el pasillo—. Hay que salir ahora mismo.
—Vale, vamos.
—¿Qué hacíais? —inquirió el joven de ojos verdes, captando perfectamente el nerviosismo que hasta hacía poco habían pasado.
—Poníamos en práctica el primer plan —susurró Eriko—. El de colarle el sujetador de Aya al profe entre sus cosas.
—¿Ahora? —se extrañó.
—¿Cuándo si no?
—¿Con él dentro? —quiso cerciorarse.
—De alguna forma teníamos que entrar.
—Y... —empezó, con tono de desinterés— ¿no habría sido más fácil esperar a que él se estuviera bañando y, cuando lograrais las llaves junto a su ropa, como planeáis hacer, que una de las tres que vendrán se hubiese ido un momento a dejar el sujetador allí?
Las cuatro dejaron de andar y miraron largamente al joven.
—Si hubieras pensado eso antes... nos lo habrías dicho, ¿verdad? —quiso cerciorarse Harumi.
—Por supuesto —mintió Hisoka sin reparos, ya que las había oído planear antes, a la salida del baño, y no les había hecho ver el plan alternativo.
«Este Tatsumi pierde facultades...», pensó ante el éxito del primer plan.
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Todas las chicas, guiadas por sus dos profesoras y Watari, habían abandonado el hostal para asistir al famoso festival con fuegos artificiales que se celebraba aquella noche en un templo cercano. Aunque Ritsuko y Tomomi no les dejaron dar un paso hasta haber pasado lista para comprobar que no se dejaban a nadie, nada más empezaron el camino se enzarzaron en una conversación, permitiendo que las jovencitas se agrupasen como quisieran y sin prestar gran atención a lo que hacían.
Al poco rato Harumi, con la excusa de que la acompañaran a ver no se sabía qué cosa, logró separar a Asami y Nami del lado de Aya, con la promesa de regresar pronto, pero en realidad con la intención de dar media vuelta y ejecutar su perverso plan de humillación de Tatsumi.
Entrar en el hostal, con el pretexto de que se habían dejado una cosa, tampoco les entrañó dificultad alguna y, como la servidumbre estaba ocupada recogiendo cosas y finalizando las tareas del día, pudieron deslizarse sigilosamente por los pasillos.
—No se ve luz por debajo de la puerta de la habitación del profe —informó Asami, filmándolo ya de paso.
—Eso quiere decir que ya debe haber ido al baño —aventuró Harumi.
—¿Quién o quiénes van a entrar en los cambiadores que hay en la sala colindante al baño para sacar su ropa y todo aquello con lo que se pueda tapar? —quiso saber Nami—. Una igual necesita varios viajes, pero si vamos más aumentamos la posibilidad de hacer ruido y ser descubiertas...
—Mejor que una haga guardia al fondo del pasillo, por si alguien viene, que otra se quede en la puerta y que una entre —decidió Harumi—. Cogeremos nuestras bolsas de viaje para meter dentro la ropa y demás, así será más fácil de mover.
—Genial, yo haré guardia en el pasillo, que con la cámara y los recambios no podré ayudar mucho —dijo Asami.
—Yo entraré, ya que el plan es mío y, por tanto, me tocan los mayores riesgos.
—Yo te iré pasando las bolsas para que las llenes...
—Entonces, ¡en marcha!
Primera parada: su habitación; donde sacaron todas sus cosas para vaciar las bolsas y llevarlas con ellas.
Segunda parada: los aseos femeninos; nunca se sabía cuánto tiempo pasarían vigilando desde los arbustos, así que más valía prevenir.
Tercera parada: los baños masculinos.
Harumi empujó suavemente de la puerta corrediza para observar por la rendija.
«No hay moros en la costa» —pensó, alzando el pulgar para hacérselo saber a sus compañeras.
Luego, abriendo lo imprescindible para poder pasar, se deslizó al interior de la sala. Era bastante amplia, llena de grandes taquillas vacías y abiertas, con su correspondiente llave. También había una zona en la que se podía obtener toallas de distintos tamaños y demás útiles necesarios.
Por suerte para Harumi, dado que el shinigami no esperaba que nadie más que él entrase allí, no se había molestado en guardar demasiado sus cosas, sino que reposaban todas juntitas y muy bien organizadas... algo que dejaron de estar tan pronto como la muchacha puso sus manos sobre ellas y, sin contemplaciones, las metió como fueron cayendo en el interior de la bolsa; revueltas y arrugadas. No pensaba dejar ni los zapatos, ni los cepillos de pelo, ni los secadores... aunque, como estos últimos estaban enganchados a la pared, tuvo que desistir y olvidarse de ellos. Llenó una bolsa, que silenciosamente sacó fuera, donde Nami le proporcionó otra vacía, y se dispuso a desvalijar el lugar. Si cupiesen y, más importante, no necesitase pasar a la sala donde estaba el shinigami, se habría llevado hasta los pequeños cubos y las piedras de adorno.
«Parece que el profe no es de los que cantan ni hablan solos cuando se bañan» —pensó ella, ante el silencio—. «No es que quisiese que lo fuera, pero un poco de ruido me ayudaría para trabajar más tranquila... Menos mal que tiene el pelo corto, así no hay riesgo de que se haya llevado con él alguna toalla para sostenérselo... Además ¡es hombre y no creo que tímido! Dudo que tenga con él alguna, porque sería una lástima. No sería igual de humillante que tuviese que pasearse por ahí en toalla que desnudo, aunque igualmente luego nos partiríamos de risa enseñando la grabación a todas las demás chicas...»
Con estos últimos y perversos pensamientos en mente, Harumi alcanzó la salida, cargando el último botín de su saqueo. Salió sin hacer ruido y, sólo cuando cerró, se permitió susurrar:
—Lleva las bolsas al cuarto, Nami. Yo y Asami iremos instalándonos en los arbustos para hacer guardia.
—OK —aceptó, cargando con ellas—. Estaré pronto de vuelta.
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—¡Esto está lleno de cosas divertidas! —declaró Tsuzuki, gozando como un niño—. ¡Hisoka, cacemos unos pececitos!
—¿Y qué piensas hacer con ellos cuando los tengamos? —inquirió el chico de ojos verdes—. Dudo que en el instituto nos dejen tener mascotas, aunque sean peces.
—Podemos devolverlos, ¡lo divertido es cogerlos! —exclamó, con una sonrisa.
—Como siempre, te encanta tirar el dinero...
—Hombre, gastar el dinero en divertirse no es tirarlo, sino hacer con él la mejor inversión posible: ¡inversión de felicidad! —sentenció, recibiendo una mirada escéptica de su compañero.
—Yo creía que para ti la felicidad consistía en comer dulces —hizo notar.
—¡Claro que no! —saltó, con ímpetu—. ¡Divertirme a tu lado es mucho más importante! ¡Lo más importante!
Aquellas palabras lograron que el rostro de Hisoka compitiese con los globos que vendían, en cuanto a la intensidad de su color rojo se trataba. El joven sólo atinó a girar la cara con rapidez, en un intento de que nadie se diese cuenta, al tiempo que su cabeza pretendía en vano imaginar alguna frase sarcástica con la que salvar su orgullo. Tsuzuki, que no había perdido detalle, simplemente sonrió, sabiendo perfectamente que era mejor no decirle nada.
«Siento que sobro aquí» —se dijo Aya, ante la escena que acababa de suceder a menos de dos pasos ante ella—. «Me pregunto por qué tardará tanto Nami... Voy a hacerle una perdida...» —se planteó, pero cuando se disponía a coger su móvil, se dio cuenta que se lo había dejado en la habitación, junto al yukata, cuando se había vestido para salir—. «¡Oh, no, me lo he dejado! ¡¿Y si recibo una llamada?...» —Echó un vistazo a su reloj—. «Supongo que si corro, aún estaré a tiempo de volver a por él...»
—¿Qué entonces? ¿Probamos con los peces? —preguntó Tsuzuki, tras dejar los instantes de rigor a su compañero, para que pudiese asimilar su declaración. Al mismo tiempo, con aquella propuesta, le restaba importancia a lo que acababa de decir poco antes, pero suponía que era lo más acertado en aquel momento.
—Prueba tú si tanto quieres perder dinero, yo miraré cómo no coges ni uno —le respondió Hisoka, habiendo recompuesto su expresión irónica.
—Qué cruel —se quejó el otro, con una sonrisa.
Cruel no era la palabra, sino realista; ya que en poco tiempo Tsuzuki lo único que había conseguido era gastar dinero, mojarse los brazos, llenar de gotitas las gafas de su disfraz y hacer reír a unos niños que lo observaban.
—Lo siento mucho, señorita —dijo el dueño del puesto cuando vio que se le rompía otra vez el papel—. ¿Quiere otro más?
—Para ya —advirtió Hisoka—. Creo que este hombre ya ha hecho suficientemente su agosto contigo por hoy.
—¿Seguro que no quieres probar tú? —sugirió, pero el ligero movimiento de ceja del más joven le bastó para saber su respuesta—. ¿Tú tampoco, Ay...? —se interrumpió cuando, al girarse, no vio a la muchacha tras ellos—. ¿Y Aya?
—Se habrá ido con sus amigas, aburrida de verte perder el tiempo —propuso Hisoka, aunque en su memoria oía los ecos de las palabras de Nami: "Asako y Kurosaki pueden entretener a Aya lo suficiente para que no note mi ausencia".
—¿Tú crees? —preguntó, tras incorporarse y dejar hueco a los otros clientes—. Bueno, nos hemos quedado solos los dos. Espero que el resto no ande muy lejos, no sea que nos perdamos...
—Descuida.
—¿Y qué te apetece hacer ahora? —inquirió Tsuzuki, deseoso de complacerlo.
—¿No crees que estamos entreteniéndonos demasiado con tonterías y excursiones y perdemos de vista el motivo real por el que estamos aquí: nuestro trabajo? —señaló, sinceramente preocupado.
—Vamos, Hisoka... ¿No puedes olvidar el trabajo sólo por hoy y aprovechar la oportunidad para pasar un buen rato? —suplicó.
El chico sostuvo en silencio la mirada suplicante de aquellos fascinantes ojos violetas.
—No lo entiendo —dijo al fin, desconcertando a Tsuzuki.
—¿El qué no entiendes?
—A ti, tu modo de pensar —especificó, con cierta amargura—. ¿Cuánto hace que te conozco ya? Y, sin embargo, todavía no te comprendo.
—¿Qué es exactamente lo que no comprendes de mí en este instante? —quiso saber, intrigado y sorprendido por el giro de la conversación.
—¿Qué encuentras de divertido en alguien como yo? —murmuró—. No entiendo que quieras pasar tus ratos libres con alguien serio, que no deja de recordarte tus fallos, tus deberes y que le ve pegas a todo.
—Bueno, forma parte de tu encanto —sonrió, aunque la mirada molesta de Hisoka le hizo ver que no era lo que esperaba oír.
—Tsuzuki, ¿nunca has pensado que preferirías tener un compañero más parecido a ti? ¿Más alegre y despreocupado, menos responsable, alguien que compartiese tus gustos en vez de criticarlos?
—Vamos, Hisoka, ¿a qué viene esto? —quiso saber, apoyando su mano en la cabeza del más joven y despeinándolo un poco, pese a que sabía que a él no le gustaba que hiciese eso—. Tú eres un compañero genial, no creo que hayas recibido queja alguna por mi parte. No es propio de ti preocuparte por esas cosas. Eso más bien va conmigo, que soy el que nadie quería de compañero —le recordó.
—Pero eso es porque todos te quieren y no soportan verte sufrir —musitó bajo, de modo que a Tsuzuki le costó oírlo.
—Hisoka... —lo llamó y, sólo cuando notó aquellos preciosos ojos verdes concentrados en él, continuó—: Tú eres todo cuanto necesito. No te preocupes.
Pasaron unos instantes en silencio, observándose el uno al otro, Tsuzuki a la espera de cualquier reacción y Hisoka sopesando las palabras que había escuchado e intentando desentrañar el verdadero valor que contenían. ¿En qué medida el corazón amable del moreno lo había impulsado a decir aquello para tranquilizarlo? ¿En cuál realmente le sería él útil y necesario?...
—¡EY! —gritó una voz a pocos pasos de ambos, logrando que dieran un salto. Cuando se giraron, con el corazón aun latiendo del susto, vieron a Watari—. ¿Qué hacéis aquí solos? Os estaba buscando para llevaros con el resto.
—Nos habremos quedado rezagados —sugirió Tsuzuki.
—Pues tendremos que apresurarnos... Con lo poco que me gusta correr con tacones, no entiendo quién puede haber inventado algo tan estúpidamente incómodo y antifuncional... —se decía Watari.
—¿Por qué has tenido que recordarme las pintas de travestidos que llevamos? —murmuró Hisoka—. Casi había logrado olvidarlo...
—¡Ja, ja, ja, ja! —rió—. No tienes por qué quejarte, ¡estás monísima!
—Mejor empecemos a caminar antes de que suceda una tragedia —masculló Hisoka, recuperando su estado de ánimo habitual.
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—Menudo desorden... —se admiró Aya cuando, al entrar en la habitación que tenía en el hostal, se encontró con los trastos de Nami, Harumi y Asami por ahí revueltos, junto a sus bolsas, sospechosamente llenas—. Bueno, será mejor que busque el móvil...
Tras dejar sus pertenencias no mucho más organizadas que las de sus compañeras, al fin localizó al inseparable amigo de las adolescentes.
—Ninguna llamada ni mensaje... No sé qué esperaba —se dijo, sentándose sobre sus piernas. Luego echó un vistazo a la hora—. Se me ha hecho un poco tarde... No creo que llegue a tiempo, por mucho que corra... —meditó—. De todos modos, tampoco tenía tantas ganas de ver los fuegos artificiales... Será mejor que me ponga cómoda y me quede aquí a esperar al resto... Avisaré con un mensaje a Ruri, que mira la pantalla muy a menudo, para que no se preocupen...
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«Cómo compadezco a los verdaderos profesores de los institutos...» —pensaba Tatsumi, cómodamente sentado en la amplia piscina de agua caliente—. «Apuesto a que la mayoría acabarán pidiendo la baja por estrés laboral y con tics nerviosos por la tensión... Apenas llevo tiempo con esas fieras y, si no fuera porque estoy muerto, seguro que me habrían acortado unos treinta años de vida... La juventud de esta época está loca, está claro que Tsuzuki nació en la era equivocada. Menos mal que al menos tengo a Kurosaki y a Aya, que tienen un mínimo de sensatez, pese a su edad... Aya...» —repitió en su mente—. «Me pregunto si es cierto lo que dicen sus amigas de que por ahí se comenta que le doy un trato preferente. Pero ¿cómo no hacerlo? Pone tanto interés... Y es imposible decirle que no cuando pone esa carita de perrito abandonado... Vaya, debo estar ablandándome» —se dijo—. «Será el calor. Mejor me voy yendo ya, sería muy vergonzoso desmayarme y que me encontrasen flotando en el agua.»
El shinigami, con movimientos tranquilos, salió del agua y caminó hasta la puerta corrediza que separaba aquel lugar de los cambiadores. Cuando la abrió, no tardó ni cinco minutos en notar que algo no andaba bien.
«¿Dónde están todos los trastos que había aquí hace un momento? Juraría que antes casi me parto la crisma cuando tropecé con un montón de cajas con toallas... ¡Ah, ahí están!» —Se acercó a ellas—. «¿Vacías? Qué raro... En fin, da igual, no las necesito para secarme, con el calor que hace aquí... Ya usaré la que tengo en el cuarto para el pelo... ¿Dónde dejé la ropa? Juraría que era aquí...»
Después de un rato de registrar hasta el último rincón y taquilla de la sala, Tatsumi llegó a la conclusión más obvia, al menos según su parecer:
«Esas niñas diabólicas están tras de esto...» —adivinó—. «Son capaces de haber sobornado a uno de los sirvientes para que se lleve mi ropa y las toallas para obligarme a salir desnudo a pedir ayuda a la servidumbre. Pues van listas. Aprovecharé que los shinigami podemos lograr que las personas normales no nos vean cuando lo deseamos, utilizando nuestra forma espiritual, para poder caminar libremente por el hostal sin ser descubierto, coger prestada la llave de repuesto de recepción y entrar en la habitación a por más ropa. Luego buscaré a los responsables y me las pagarán...» —se prometió—. «Si es que hasta se han llevado las gafas...»
Haciendo uso de los secadores que Harumi no había osado arrancar de su sitio, logró quitar suficiente humedad de su piel y pelo como para no dejar marcas de agua a su paso y, sin más preámbulos, se dispuso a poner en práctica su plan, apoyado de su condición de shinigami, de la que en pocos momentos se sentía tan contento como en aquel.
Mientras, las tres muchachas seguían aguardando escondidas entre los matorrales del jardín que se extendía ante la puerta de los baños, junto al pasillo. Estaban cansadas, aburridas y, sobre todo, muy agarrotadas por tan incómoda postura.
—¿No habrá decidido ahogarse para evitarse la humillación? —sugirió Harumi, hablando muy bajo.
—Igual se ha dormido o le ha dado un yuyu del calor —añadió Nami.
—Mirad, ¡la puerta se ha movido!
Las tres permanecieron mudas como estatuas, con la mirada clavada en la puerta corrediza que lentamente se fue abriendo... y luego cerrando.
—¿Lo habéis visto asomarse?
—No, debe haberse escondido tras la puerta para echar un vistazo.
—Bueno, al menos sabemos que está vivo. Ahora solo queda esperar a que se rinda y decida salir, para pasar el momento más bochornoso de su vida...
Poco imaginaban las muchachitas que Tatsumi ya estaba caminando por los largos pasillos del hostal, tranquilamente y sin tensión alguna, con un único problema empañando la satisfacción que le producía desbaratar el plan de las niñas: que no se veía todo lo bien que desearía.
Andaba intentando orientarse cuando, súbitamente, una puerta se abrió en sus narices, golpeándole en el hombro.
—¡Lo siento mucho! —se apresuró a disculparse Aya, quien salía de los aseos cuya puerta había atropellado al shinigami—. No lo había vist...
Las palabras de la muchacha murieron en sus labios tan pronto posó la mirada de sus ojos violetas en la persona que había golpeado y no era otro que... Tatsumi... ¡completamente desnudo! El rostro de la joven primero palideció y, poco después, empezó a encenderse. Solo entonces atinó a reaccionar, girándose de espaldas con rapidez, tapándose los ojos aunque ya no era necesario, y balbuciendo:
—Tat–tat–tat–tat–tat...
«No... puede ser...» —pensaba él, cuya tez podría haberse confundido con la de una escultura griega... por lo blanca que estaba, claro—. «No puede verme... Es imposible, no debería verme...»
—¡Tatsumi sensei! —logró ella finalizar la palabra, dejándole claro al hombre que, por muy imposible que se supusiera que era, el hecho innegable era que lo había visto, pese a estar en su forma espiritual—. ¿Qué haces... así?... —se esforzaba por vocalizar.
—Y–yo... —se decidió él a responder, sin encontrar ninguna excusa lógica aparte de la pura realidad. Aunque no era necesario porque ella le daba la espalda, se cubrió todo lo que sus manos le permitían—. Verás... Es que algún graciosillo se llevó mi ropa del vestuario, junto con las toallas, y me dejó sin nada para cubrirme...
—Y... ¿saliste así para pedir ayuda? —sugirió, lamentando la bochornosa situación de su profesor.
—No me quedó otra...
—Bueno... —Por un instante Aya había pensado en prestarle algo de lo que llevaba puesto, pero un simple vistazo le sirvió para recordar que había decidido volver a ponerse el yukata del hostal, para estar cómoda—. Puedo acompañarte a tu habitación para cubrirte si aparece alguien —sugirió, sin ocurrírsele nada mejor.
—Es que las llaves estaban con mi ropa —explicó—. Primero tendríamos que pasar por recepción.
—¡No, por Dios! —exclamó, imaginando la cara que pondría el encargado si lo viese aparecer desnudo—. Mejor acompáñame a mi cuarto. Puedo prestarte algo para taparte y dejarte ahí mientras voy yo a por la copia de la llave.
—Bueno... —aceptó, ya que no le podía decir que prefería que regresase sola, ya que dudaba que nadie más lo viese.
Tatsumi, aunque ya no tenía una confianza tan ciega en poder pasar desapercibido, no estuvo tan inquieto en el corto camino que recorrieron juntos como la muchacha que tenía delante, quien parecía la protagonista de una película de miedo, mirando cada dos por tres a sus lados, como si temiese que en cualquier momento un monstruo los asaltase.
«No me lo explico, no debería verme» —se repetía una y otra vez—. «Tendrá alguna relación con los poderes que Kurosaki comentó que ella tenía o con el hecho de que él no pudiese percibir sus emociones... Sea lo que sea... ¡¿por qué tenía que verme precisamente ella? Pobrecilla, debe haberse dado un susto... Menuda cara ha puesto... Tampoco creo que sea tan desagradable lo que ha visto como para palidecer» —se dijo, con un curioso cambio de humor.
—Ya estamos —anunció Aya, abriendo la puerta. Luego pasó con rapidez al interior, buscó entre sus cosas la tela más grande que traía (una falda) y se la lanzó a Tatsumi, o esa era su intención ya que, como no lo miró, la prenda no le cayó precisamente al lado. De todos modos, como él percibió el gesto, se agachó a recogerla y cubrió con ella lo importante.
—Siento que me hayas visto en una situación tan bochornosa —confesó él, empezando a sentirse ridículo—. ¿Me podrías prestar un papel y lápiz?
—¡¿Ahora te vas a poner a escribir? —se asombró ella.
—Bueno, si no te escribo una autorización diciendo que yo te mando a por la llave, dudo que te la den —le hizo ver.
—Uy, es cierto. Perdona...
En cuanto tuvo la nota, Aya salió escopetada, con la promesa de regresar pronto.
—Más vale, porque como tus compañeras regresen y me encuentren aquí dentro, desnudo...
Consciente de que si lo que él decía sucedía aquello acabaría en algo más que una simple anécdota, aplicó la velocidad obtenida tras numerosas mañanas de correr hacia las aulas desde el comedor, y estuvo de vuelta antes de que él pudiese echarla de menos.
—Te... aff... aff... —jadeó, cansada—, te acompañaré por si acaso...
—No hace fal...
—¡Insisto!
—Bueno, si te empeñas...
«¡Dios, qué situación más surrealista!» —se decía Aya, mientras escoltaba al profesor—. «Si alguien me lo hubiese dicho, lo habría tomado por loco. No quiero ni imaginar qué hubiese pasado si no llego a regresar a por el móvil... Aunque no sé qué será más incómodo para él, que lo hubiese visto alguna de las sirvientas del hostal o que lo haya hecho yo, su alumna...»
«Quien sea el culpable de esto, me las va a pagar» —se prometía, para hallar en ello consuelo—. «Preferiría mil veces que me hubiese encontrado así cualquiera de los trabajadores del hostal a que lo haya hecho ella... ¿Qué debe pensar ahora?»
—¿Es aquí? —preguntó la muchacha.
—No estoy muy seguro, también se llevaron las gafas —aclaró.
—Entonces realmente fue una broma —dedujo, probando a ver si la llave entraba. Dio un giro y la puerta de abrió—. Entremos rápido.
Aya no se sintió tranquila hasta que cerró tras de si, aislándolos de posibles espectadores, y Tatsumi hasta que, tras abandonar su forma espiritual y con la muchacha de espaldas a él como en todo momento, se hubo vestido con lo primero que encontró, es decir, uno de sus pantalones. Ni siquiera se molestó en abrocharse la camisa, ¿para qué ocultarse, cuando acababa de verlo tal y como su madre lo trajo al mundo?
—Ya puedes girarte —advirtió, a lo que ella, con un suspiro, obedeció—. Espero que el responsable, aunque no confiese su identidad, se digne a devolverme de alguna manera lo que se ha llevado.
—Sí, al menos las gafas.
—Perdón otra vez por la situación tan incómoda en la que te has visto mezclada por mi culpa —se disculpó él—. Gracias por echarme una mano en vez de poner el grito en el cielo en cuanto me has visto y tacharme de pervertido —sonrió.
—¡No tienes por qué pedir perdón! —aseguró, inclinándose junto al lugar donde él se había sentado, en el futón, sin darse cuenta de que le estaba dando al hombre una hermosa panorámica de su escote.
—Esto... Aya... —carraspeó, turbado. Intentó desviar su mirada de lo que se dejaba ver del pecho de su alumna, pero cuando lo consiguió sólo fue para toparse con la pierna desnuda que salía de la abertura de su yukata.
«¡¿Cómo puede esta chica estar tan tranquila, vestida así, sola en un dormitorio junto a un hombre?», se preguntó, mientras ella le dirigía una mirada interrogante.
—¿Puedes pasarme el peine que tendré en aquella bolsa? —sugirió él, para apartar la tentación de su lado.
—¡Claro, sensei!
Aya fue hasta la bolsa, seguidos sus movimientos por la mirada del shinigami, que empezaba a plantearse que lo mejor sería pedirle educadamente que se fuese, antes de que Aya se las apañase para hacer algo que la comprometiese, tal y como era su especialidad.
—¿Dónde lo tienes?
—En un bolsillo de fuera —hizo memoria.
—A ver... ¿Qué es...? —empezó a preguntar, pero enmudeció cuando sacó un sujetador.
Podría haber pensado muchas cosas: que Tatsumi coleccionaba lencería como hobby, que en realidad era diseñador de sujetadores en su tiempo libre, que le gustaba llevar ropa interior femenina, que era de su hermana que le había prestado la mochila y se había olvidado de sacarlo, que era de la vecina, a la que se he había caído del tendedero... Sí, muchas cosas, si no fuese porque los dos imperdibles en forma de cactus que tenía a los lados lo delataban como uno de SUS sujetadores.
—¿Pasa algo, Aya? —se extrañó Tatsumi del súbito silencio de la chica. Como le daba la espalda no sabía qué cara ponía o qué hacía, y por un instante le entró el pánico pensando que igual había encontrado algo en la bolsa que lo delatase. No es que se le ocurriera alguna cosa que lo pudiese señalar como profesor impostor y shinigami, pero a saber...
—Tatsumi sensei... —logró hablar, girándose y mostrándole la pieza de lencería—. ¿Qué hace mi sujetador en tu bolsa de viaje?
—¿Cómo? —emitió, sin creer lo que oía—. ¿Estás segura de lo que dices? —le preguntó, ya que él no lo apreciaba bien de tan lejos.
—¡Claro que estoy segura! ¡Mira! —señaló, yendo hasta su lado y dejándolo entre las manos del hombre. Luego se sentó frente a él para encararlo—. ¡Esos imperdibles no dejan lugar a confusión! —remarcó.
—¿Por qué llevas eso en el sujetador? —se extrañó.
—Bueno, es que adelgacé y me quedó ancho de contorno... ¡pero no es eso de lo que hablamos! —recordó, cayendo entonces en el detalle de que acababa de entregar una prenda suya e íntima al hombre que le gustaba. Como reacción, se lo arrebató con rapidez y lo dejó en el suelo, detrás de ella—. ¿Cómo ha llegado eso... ahí? —quiso saber, ruborizada por la vergüenza.
—No pensarás que yo lo he cogido... ¿verdad?
—Bueno, no es que piense que eres un pervertido, pero...
—¡Claro! —exclamó él en cuanto una luz se hizo en su mente—. ¡Las mocosas esas!
—¿Eh?
—Cuatro de tus amiguitas, que antes han venido aquí con el cuento de que querían que les explicara unos ejercicios, escudándose en el argumento de que las tutorías siempre te las dedicaba a ti, cuando ellas no dan ni golpe en clase... ¡Ellas debieron aprovechar un despiste mío para gastarme la bromita! Si es que sabía que tramaban algo las muy...
Aya podría haber pensado que se inventaba aquello para excusarse, pero, uniendo el hecho de que sus amigas eran muy capaces de hacer algo así, con que Tatsumi no le hablaba ya a ella sino que pensaba en voz alta, no le quedó duda de la veracidad de sus palabras.
—Oh, éstas chicas... Lo siento, sensei, son tan... tan... —No encontraba palabras—. Pero, sobre todo... ¡perdona que haya dudado de ti, aunque haya sido un instante!
—Bueno, la verdad es que las pruebas eran incriminatorias... —admitió.
—¡Pero eso no me excusa! —declaró, cogiendo las manos del shinigami entre las suyas en un arrebato—. Nunca debí desconfiar de ti. ¡Con lo bueno que has sido conmigo! Yo sólo te he dado que problemas y tú siempre me has apoyado. Todos los demás profesores, los demás adultos, me han dado por imposible; pero, aunque sea tan estúpida que sea incapaz de entender un problema de Economía aunque me lo expliquen mil veces, sólo tú tienes la paciencia de repetírmelo la vez mil uno... Yo... sniff... yo... sniff, sniff...
—Aya, no llores... —pidió, aunque llegaba tarde.
—Es que no puedo evitarlo... —expuso, bajando el rostro y apartando sus manos—. Soy así. Soy una persona débil, una llorona que necesita a una persona siempre al lado para vigilarla. Nunca he sabido hacer nada yo sola, y por eso siempre acabo convirtiéndome en una carga para los demás, que se cansan de mí... Incluso aniki... No le soy útil a nadie, nadie me necesita...
—Eso es una tontería —declaró Tatsumi, con serenidad—. Ni eres débil, ni una carga para nadie, aunque no te negaré que un poco llorona sí eres...
—Mientes, dices que no soy una carga porque eres un profesor y te sientes obligado a ser amable y comprensivo con tus alumnas —se acogió.
—¿Cuándo me has visto ser amable o comprensivo con el resto de tus compañeras? —le recordó, con cierta leve ironía por la ocurrencia—. Si te lo digo es porque lo pienso. ¡Claro que eres útil y necesaria! Ya me dirás qué sería de tus plantitas si tú desaparecieses... Además, tienes muchas amigas, estúpidas y vándalas, pero amigas que te quieren lo suficiente como para preocuparse por verte deprimida y suplicarme que pidiese a la directora permiso para sacaros de excusión, a ver si así te animabas.
—¿Eso hicieron? —se sorprendió, alzando sus ojos, ligeramente enrojecidos por las lágrimas.
—Por supuesto —asintió, añadiendo mentalmente—: «y bien caro que les salió.»
—No me las merezco.
—Nadie se merece semejante maldición de niñas —afirmó, convencido.
—¡Vamos, sensei! No son tan malas —sonrió—. Sólo un poco traviesas.
—Esa no es la palabra...
—Gracias, Tatsumi. Y pensar que me dijiste que no te gustaba ver tristes a las chicas... Hasta para eso soy un desastre —suspiró. Luego, con gesto más firme, añadió—: Me tengo que esforzar en ser menos llorona y no preocuparos ni a ti, ni a mis amigas. Soy lenta aprendiendo, pero tarde o temprano suelo conseguirlo.
—Confío en tus capacidades.
—Jijiji...
—¿Qué es tan gracioso ahora? —se extrañó.
—No, no es nada —aseguró ella—. Es sólo que... se me hace raro verte sin gafas. Pareces... menos serio.
—¿Tú crees? —dudó.
—Estás muy guapo... —expresó en voz alta sus pensamientos, sin embargo, al ver el gesto de incredulidad de Tatsumi, lo malinterpretó—. ¡No quiero decir que con ellas no lo estés! Quiero decir...
—Así que te parezco guapo... —dijo, con media sonrisa, alargando su mano hasta poder apartarle de la cara los cabellos, que Aya, excepcionalmente, no llevaba peinados en una cola de caballo. Luego dejó que sus dedos se deslizasen por la mejilla de la joven, admirando en silencio aquellos hermosos rasgos.
—¿Sensei?... —susurró Aya, nerviosa tanto por la intensa observación de la que era objeto como por la caricia.
«Es una chica preciosa...» —pensó Tatsumi, deteniendo la mirada en sus labios—. «Me pregunto si apartaría el rostro si yo... Un momento... ¡¿Me estoy planteando intentar besarla?» —se percató, alucinado, al tiempo que apartaba bruscamente la mano.
—¿Pasa algo, sensei? —preguntó ella, desconcertada y un poco avergonzada.
—Na–nada... Se me había ido la mente a otro sitio... —inventó.
—Ah...
Un súbito escándalo producido por muchas voces femeninas hablando al tiempo y sin respetar las altas horas de la noche anunciaron que el resto de alumnas había regresado al hostal.
—¡Ya han vuelto! —señaló Aya, levantándose—. Tengo que ir con ellas. ¿Les pregunto si saben algo de tus gafas y lo demás o prefieres que no saque el tema?
—Mejor no lo comentes —decidió, también irguiéndose. Prefería que ninguna supiese que Aya lo había encontrado caminando desnudo por los pasillos, además, él contaba con Hisoka para recuperar sus cosas.
—De acuerdo... Pues, buenas noches, sensei.
—Buenas noches —respondió, aunque tenía el presentimiento de que aquella noche le costaría pegar ojo.
UUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU
El encargado de guiarnos por el prestigioso banco que las muchachas de la Casa del Norte tenían como último punto de la visita cultural los recibió con sonrisas y los mejores modos. Sin duda el hecho de que los padres de muchas de las chicas fueran sus clientes influía en aquello, pero había cinco personas a las que les importaba un comino todo lo que les rodeaba. Por un lado estaba Aya, quien había sido incapaz de conciliar el sueño después de haber visto a Tatsumi completamente desnudo, haber pasado aquel rato inolvidable en su habitación, los dos a solas, y haberse dejado olvidado el sujetador. Por otro lado Tatsumi tampoco había hallado reposo, repartiendo sus meditaciones en dos cuestiones que lo inquietaban: el hecho de que Aya lo hubiese visto cuando se suponía que ningún vivo normal debería haber podido; y la atracción que recientemente se había percatado de que sentía por la muchacha. No podía culparse por ello, Aya era preciosa y encantadora y él, por muy muerto que estuviese, no dejaba de ser un hombre; sin embargo, no podía dejar que sus instintos lo impulsaran a hacer algo de lo que seguro que se iba a arrepentir, de modo que debía mantenerse alerta e intentar evitar el contacto físico con ella. Y, por último, estaban Harumi, Nami y Asami, las cuales habían pasado la noche en vela, agarrotadas tras unos matorrales, esperando en vano la aparición del profesor. Cuán grande había sido su sorpresa cuando descubrieron que, de algún modo inexplicable, Tatsumi había logrado eludir su trampa. Derrotadas, habían tenido que acceder a la sugerencia de Hisoka de devolverle las cosas al profesor a través de la servidumbre, ya que de otro modo estarían cometiendo un robo.
—No lo entiendo, el plan era perfecto... —rezongó Harumi por enésima vez.
—¿Nos dormiríamos sin darnos cuenta? —se planteó Nami—. Si no, no entiendo cuándo o cómo salió. Igual había otra puerta en el baño de los chicos...
—Conformaos con haberlo dejado a ciegas un rato —señaló Hisoka, al que poco le interesaba lo que les contaba el hombre del banco sobre las tarifas y préstamos hipotecarios. Y mucho menos los chistes estúpidos sobre finanzas que hacía el jefe del banco, el cual los acompañaba también en la ruta.
—Oye, Hisoka... —susurró Tsuzuki, llamando la atención de su compañero—. ¿No notas un poco raro a Tatsumi?
—¿Raro? —repitió, observando de reojo al secretario, que parecía algo abstraído—. No sé qué decirte...
—Yo creía que esta visita, con eso de que aquí se guarda mucho dinero, pues le interesaría un poco; pero diría que le hace menos caso al guía que nosotros.
—Bueno, no es a él a quien le van a pedir que desarrolle un trabajo sobre lo visto en la excursión —señaló—. En serio, podrían darnos un respiro. Con tanta asignatura, trabajos y actividades, no nos va a quedar tiempo para investigar. Y, la verdad, desde el momento en que sé que Muraki tiene algo que ver, siento más prisa por acabar pronto. Sabes que cuando él está por medio siempre muere gente.
—No digas eso, por favor —pidió Tsuzuki, echando un vistazo a las chicas—. No me perdonaría que les pasara algo...
—Por eso tenemos que solucionarlo cuanto antes mejor...
Mientras ellos dos comentaban, Aya, unos pasos por detrás, no apartaba su mirada de la espalda de Tatsumi. El día anterior habían pasado muchas cosas, algunas de ellas bastante vergonzosas, pero lo que no la dejaba concentrarse en nada más era el recuerdo de ese corto rato que habían permanecido ambos en silencio, mientras él le acariciaba la cara.
«Supongo que le pareceré una niña simpática, pero una niña al fin y al cabo» —se dijo, desalentada—. «Y pensar que Nami, Harumi y el resto están convencidas de que si me insinuase a él no me rechazaría... Son unas inconscientes.»
Estaban enseñándoles las mesas donde la gente solicitaba que les guardaran objetos de incalculable valor en sus cajas fuertes cuando una mujer, muy nerviosa, se acercó al grupo, temblando. En un primer momento, Tatsumi se giró y repasó con la mirada a las alumnas.
«Están aquí las amigas taradas de Aya, así que lo que sea que les pasa, por suerte no nos afectará...», pensó.
—¡Jefe, es terrible! ¡Han entrado unos hombres armados y amenazan con matar a la rehén que tienen si no abrimos la caja fuerte VIP! —explicó.
—¡¿Cómo? ¡¿Cómo han podido entrar con las armas?
—Bueno, jefe, ya sabe que la revisión del sistema de detección de metales debería haberse hecho hace tres meses... —recordó otro de ellos.
—Será posible... Me da igual lo que pase con la rehén, ¡por el honor de este ilustre banco, nunca dejaremos que unos rateros tengan acceso a la caja VIP!
—Pero, jefe, si la matan, nada los detendrá para hacer lo mismo con nosotros...
—Pensad en el dinero que ganarán vuestras familias con el seguro de vida —declaró. Luego, dirigiéndose hacia Tatsumi, añadió—: Lo siento, pero debo atender asuntos urgentes.
Dicho esto, el hombre caminó con aplomo a su despacho de paredes blindadas y a prueba de balas y se encerró, haciendo caer las siete capas metálicas que lo aislarían del exterior.
—¡Jefeee! ¡Salga de ahí! —empezaron a pedir los empleados, golpeando la pared.
—"¡Ni lo soñéis!" —les llegaba su voz por los altavoces—. "¡Sed valientes y no dejéis de trabajar!"
—¡Bastardo!
—Sé que sobra la pregunta, pero alguien ha avisado a la policía, ¿no? —se interesó Tatsumi.
—¡Qué gran idea! —aplaudió una empleada.
—¡Qué guay! ¡Un robo con rehén! —exclamó Asami, preparando su cámara.
—Me alegra que te haga ilusión, porque tú también lo eres, no sé si te das cuenta... —señaló Hisoka, con sarcasmo.
—¡Todos vosotros! —gritó un tipo con la cara oculta tras una máscara del teletubbie Tinky Winky, esgrimiendo una pistola, después de abrir la puerta bruscamente—. ¡No os mováis ni un pelo! ¡No respiréis! ¡Chicos! —llamó a sus compañeros—. ¡Podéis traer al resto aquí!
Poco después hicieron acto de presencia Dipsy y Laa–laa, invitando a punta de pistola a los clientes y trabajadores a apiñarse todos en la sala donde estaban las muchachas y Tatsumi. Luego los obligaron a sentarse en el suelo, entre las paredes y los escritorios, por temor a que los intentasen atacar, seguramente, ya que ninguna de las muchachas había demostrado miedo alguno, al contrario que los trabajadores del banco, que se agolpaban bajo los escritorios, temblando como flanes, ya antes de que los atracadores lo exigiesen.
—Lo que me faltaba... —gruñía Tatsumi—. Como si no me bastara con vosotras, ahora esto. ¿Es que no podía tener ni una maldita visita normal en esta excursión?
—Sensei —lo llamó en voz baja Aya, que se encontraba a su lado—, no pareces muy asustado.
—Vosotras tampoco —señaló con la cabeza a sus amigas, que bromeaban mientras Asami no perdía detalle, con su cámara.
—A ver, Tatsumi —participó Hisoka—, estuvimos atrapadas en un aula cerrada a cal y canto por el sistema de seguridad mientras el interior se prendía fuego —recordó la primera clase de Cocina—. ¿Cómo pretendes que unos tipos con máscaras ridículas y pistolas las asuste?
—Oye, ¿no faltan Po y la rehén? —preguntó Tsuzuki.
Como si le hubiesen oído, apareció el líder del grupo arrastrando a la aparentemente desconsolada rehén que no era otra sino... Watari.
—¡Tienen a Yuka chan! —corearon las chicas, mientras Tatsumi y Hisoka se preguntaban cómo Watari se había dejado coger.
—Señor Po, van a negociar con la poli, ¿verdad? —preguntaba Watari, ilusionado—. En todas las películas lo hacen. ¿Pediréis comida y armas? ¿Saldremos en la tele? ¿Habrá intercambio de rehén, tiroteo o asesinato entre el grupo de atracadores?
—¡¿Dónde está el director del banco, el único que sabe la contraseña que lleva a la sala de la caja VIP? —inquirió Po, ignorándolo y entregándoselo a Dipsy, para que lo aguantara él, que como jefe que era no tenía porque soportar a una loca.
Los brazos de todos los empleados señalaron la blindada pared que daba al despacho del director.
—¡Salga ahora mismo, director! —ordenó Po, a voz en grito—. ¡Como no salga, mataremos a la rehén y a un par de estas preciosas jovencitas!
—"¡Por mí como si intentan reventar el banco entero! ¡Tanto mi despacho como la caja VIP están mejor equipados que un refugio nuclear! ¡Ni con una bomba H haríais temblar las paredes! ¡Muahahahaha!"
—¡Bastardo! —corearon todos menos los shinigamis y Aya.
—Jefe, ¿y por qué no robamos lo que hay en las otras cajas fuertes y pedimos un vehículo a la poli para la huida? —sugirió Laa–laa—. Total, entre todas las cajas habrá más que en la VIP.
—¡Aposté en el bar que robaría la VIP y es que robaré la VIP! —replicó Po, aparentemente furioso.
—¡Señores Teletubbies! —se oyó la voz de alguien que hablaba con altavoz, seguramente desde la calle—. ¡Somos la policía! ¡Están rodeados y no tienen escapatoria! ¡Suelten a los rehenes y entréguense si no quieren tener problemas!
—Jefe, ¿qué vamos a hacer? Si el director no nos quiere dar la contraseña...
—¡Pues la adivinaremos por combinatoria!
—¡Pero si es de veintisiete dígitos! —se quejó Tinky Winky.
—¡Pues alégrate de que no sean treinta!
—Oíd —habló Harumi—. No parecen muy listos. ¿Y si intentamos recatar a Yuka sensei y atraparlos? Seríamos unas heroínas.
—Ni lo soñéis —corearon Hisoka y Tatsumi.
—Yo creo que podría con uno de ellos —opinó Aya, para desespero de los shinigamis—. Pero quedarían los otros tres.
—Ni se te ocurra jugar a los héroes —advirtió Tatsumi, cogiendo del brazo a la muchacha, por si no le hacía caso—. Como alguna de vosotras lo intente, si no la mata alguno de los atracadores, lo haré yo, ¿queda claro?
—Pero, profe, Yuka chan... —empezó Ruri, preocupada.
—Por ella no sufráis, que sabe cuidarse sola.
—¡La poli al teléfono, jefe! —informó Laa–laa, después de descolgar al segundo tono.
—¡Pon el manos libres!
—"Señores atracadores" —se oía al oficial—, "entréguense ahora mismo o..."
—¡Aaaargh! ¡Señor policíaaaaaa! —llamó Watari, dramatizando, mientras Dipsy se esforzaba por mantenerlo—. ¡Nos van a matar! ¡No puedo morir tan joven! ¡Exigen, a cambio de nuestras vidas, un helicóptero, dos cajas de caviar auténtico, tres docenas de botellas Lambrusco del bueno y siete pares de Manolos!
—¡¿Cuándo hemos exigido nosotros eso?
—¡Jefe! ¡El búho de la rehén se ha cagado sobre el sistema de apertura de la caja VIP! —se oyó a lo lejos quejarse a Tinky Winky, que se había marchado a la sala que daba acceso a la caja VIP y había empezado con la combinatoria.
—Maldita sea, será posible... —gruñía Po—. ¡Hoy todo me sale mal! Me deja la novia, me echan del curro, ¡y ahora esto!
—¡Socorro! ¡Jefe! ¡El búho me ataca!
—¡Ya voy, ya voy! —gritó Po, antes de marcharse en dirección a la habitación donde estaban las cajas fuertes.
Ante el gran vacío que les suponía la ausencia de Po, Laa–laa y Dipsy se miraban, sin saber bien qué hacer, mientras el policía negociaba con Watari por teléfono, después de que el shinigami desconectase el manos libres y se hiciese con el auricular.
No tardaron en oír también los gritos y maldiciones de Po, lidiando con el animal.
—Parece que 003 está vendiendo cara su vida —comentó Hisoka.
—¿No deberíamos aprovechar para deshacernos de estos dos y robarles las armas? —sugirió Aya.
—¿Para qué? Se me ocurre algo mejor —declaró Tatsumi, levantándose de pronto, para espanto de la morena de ojos violetas.
—¡Ey, tú, no te hagas el héroe! —aconsejó Dipsy, apuntándolo.
Aya hizo ademán de ir a alzarse también, pero Tatsumi le indicó con un disimulado gesto con la mano que no se moviese de donde estaba.
—No es esa mi intención, es que se me agarrotaban las piernas —habló, haciendo recordar a Asami, Harumi y Nami la mala noche que habían pasado por esperarlo tras cierto arbusto—. Pero, antes me ha parecido oír que vuestro jefe pedía a gritos que uno de vosotros fuese a ayudarlo porque el búho le estaba intentando sacar los ojos.
Los dos se miraron. No recordaban haberlo oído, pero ¿quién sabia? Con los gritos de histérica de Watari tan cerca... Al fin y al cabo, aquel hombre de aspecto serio estaba junto a la puerta que los llevaría con Po, así que era probable que él lo oyese mejor.
—Va, me acerco yo —decidió Laa–laa, poco antes de desaparecer también por la puerta que conducía a la zona de las cajas fuertes. Cuando lo hubo hecho, Tatsumi pulsó distraídamente un botón rojo cercano, aparentemente para emergencias, y, nada más hacerlo, el camino que llevaba a las cajas fuertes quedó cubierto por una gruesa puerta de seguridad, dejando allí dentro y asilados a Po, Laa–laa, Tinky Winky y 003.
«Como imaginaba», pensó el shinigami, sin embargo, cuando Dipsy gritó que qué había hecho, dijo con la serenidad que da saber que su vida no corría peligro alguno:
—Creí que era el aire acondicionado.
—¡No te burles de mí! —exclamó, apuntándolo con el arma—. ¡Abre otra vez o disparo!
—Ya va... —respondió.
Sin embargo, tras comprobar de nuevo con un vistazo que desde donde estaban sentados los rehenes, tras los escritorios, no podían ver los pies de Dipsy, utilizó su poder de manipular las sombras para que la del atracador lo cogiera de las piernas, haciéndolo caer de bruces ante la mirada anonadada del resto. La pistola, que instantes antes temblaba en manos del tipo de máscara de teletubbie, rodó hasta los pies de Watari, quien, sin soltar el teléfono, la recogió.
—¿Qué hago con esto? —preguntó, tapando el auricular un momento.
—Pásala —pidió Hisoka, levantándose. Watari, sin pensárselo dos veces, se la lanzó por los aires al más joven de los shinigamis, quien la capturó sin problemas.
—¿Sabes usarla? —preguntó Tsuzuki, con curiosidad.
—¿Acaso olvidas cómo nos conocimos? —replicó, apuntándolo.
—Kurosaki, ten cuidado con eso, que Tsuzuki es capaz de lograr que le dispares —advirtió Tatsumi, mientras los empleados del banco, que hasta poco antes temblaban, llenos de un nuevo valor que les confería el saber desarmado al enemigo, se abalanzaron sobre el pobre Dipsy, en busca de venganza.
—Diría que todo ha terminado —comentó Tatsumi.
—Rápido, directo y discreto. Un trabajo digno de ti —sonrió Tsuzuki.
—Sen... sensei... —logró decir Aya, aun asombrada—. ¡Eso que has hecho ha sido peligroso! ¡¿No nos has dicho que no participásemos?
—Claro, y menos mal —respondió, con seriedad—. Viniendo de tus amigas, espero cualquier catástrofe.
—¡Qué cruel, profesor! —se quejó Chie.
—¡Pero ha estado genial! —admitió Satomi—. ¡Qué sangre fría!
—Sí, talmente como si tuviese líquido refrigerante en las venas, igualito que de costumbre —señaló Harumi.
—Es que a Aya le gustan los tipos duros —opinó Nami.
—¡Pero, sin duda, la más heroica ha sido Yuka chan! —declaró Ruri—. ¡El valor que ha demostrado es inigualable!
—¿Y qué pasará con 003? —cayó en la cuenta Kaede.
Como si la hubiese oído, un ruido llamó la atención de todos a tiempo de ver cómo 003 quitaba de su lugar una pequeña rejilla circular de la pared y entraba en la sala por ahí, con todas las plumas despeinadas, y volaba junto a Watari.
—Será mejor que le quite el teléfono a Watari para informar a la policía de que ya puede entrar —decidió Hisoka, negándose con un gesto a prestar la pistola a sus compañeras, que se lo pedían.
—Sí, por favor —invitó Tatsumi, consultando su reloj de pulsera.
—Tatsumi —llamó Aya, cogiéndolo del brazo. Cuando se volvió hacia ella, el shinigami vio que sus ojos violetas reflejaban un intenso sentimiento—. Antes... me has asustado mucho —confesó, haciendo presión, involuntariamente, con los dedos—. Creí que te iba a disparar...
—Perdona, he sido un imprudente —confesó, ya que sabía que, de no haber tenido la seguridad de que aquel hombre no podría matarlo por mucho que quisiese, porque ya estaba muerto, nunca habría cometido semejante temeridad—. Lamento haberte preocupado...
—¡Ahora toca un beso! —exclamó Harumi, logrando que ambos diesen un respingo—. ¡Es el final que se espera de esta escena de película policial!
—¡Es verdad! —apoyó Kaede—. ¡Es lo mínimo que le debes por el susto, profe!
—Hacedlo mirando hacia aquí —pidió Asami, cámara en mano.
—¡De–dejad de decir tonterías! —pidió Aya, ruborizada hasta las orejas.
—No hace falta que seas tímida —opinó Nami.
—Ejem... —carraspeó Tatsumi, con la vena ligeramente hinchada, mientras Tsuzuki lo observaba, extrañado—. Tal y como Aya ha dicho, dejad ya de decir estupideces. Ya va siendo hora de que dejéis de hacer el tonto y os vayáis moviendo, que nos marchamos.
—¡¿Ya? —se quejaron.
—Eso mismo —declaró—. Me temo que el resto de la visita la pasaremos en la comisaría, testificando. Y rezad para que lleguemos a tiempo al bus...
«Mientras yo rezaré para que jamás me vuelvan a mandar sacaros a ningún lado» —pensó Tatsumi, molesto—. «Ni todo el dinero del mundo compensa la pesadilla de estos dos últimos días...»
Fin del capítulo 11
Notas de la Autora: Tee–hee! Regresa la hija pródiga, con un capítulo tan estúpido e intrascendente como los últimos, pero, eso sí, más largo xD Al menos, por fin ha acabado la excursión, creí que no lo conseguiría xD El próximo capitulo, que ni Dios sabe para cuándo será dada mi constancia, estará más dedicado a Hisoka, que ya va siendo hora de que uno de los dos protas originales salga un poco, que Tatsumi y Aya le han cogido gusto a la cámara. Siento que la historia avance tan lenta (tanto en la trama como en la frecuencia de publicación), no puedo evitarlo, es mi estilo, me temo que como no acelere las cosas acabaré con otro escrito de 1000 páginas, así que igual pongo el turbo con el argumento, espero que no os importe. La verdad es que no ando muy inspirada últimamente y mi novela me absorbe casi toda la musa que logro acumular, lo siento de veras.
Como nota a parte, me hago auto propaganda diciendo que no hace mucho empecé otro fic, una parodia alocada y sin sentido (no yaoi, ni shonen ai) de Final Fantasy VII, así que si a alguien le interesa o le pica la curiosidad, que se dé un paseillo por allí y deje un review de paso xD He de decir que el fic de FF lo actualizo más rápido que este, supongo que porque Squaresoft se molestó en inventar el argumento por mí, lo cual lo hace todo más fácil. En fin, juzgad vosotros mismos.
Vocabulario:
(No repetiré las palabras traducidas en capítulos anteriores, sino podría eternizarse)
Yukata — Sé que la mayoría sabréis que son, pero hago mención porque hay dos tipos de yukatas, unos para los festivales, que son más sencillos que los kimonos, y otros, que son los que salen en este fic, que son mucho más simples y se usan para dormir o en las posadas.
Touche — Lo que se dice en esgrima cuando un tirador es tocado con el arma. Con "expresión de touche" básicamente quería decir que ponía cara de "me han pillado".
Teletubbies — No creo que haga falta aclararlo, pero son los protagonistas de una especie de programa infantil (sólo apto para bebés, ya que niños más mayores serían incapaces de comprenderlos) repetitivo y cargante. Lo peor que he visto en la tele a lo largo de mi vida, y estoy incluyendo el Tomate.
Bomba H — Bomba de hidrógeno, o bomba de fusión nuclear. Este tipo de bombitas pueden someter el lugar de la explosión a una temperatura cercana a la del núcleo del Sol, así que podéis haceros una idea de lo que le pasa aquello a lo que pilla.
Manolos — Forma más o menos común de llamar a los zapatos del diseñador Manolo Blahnik, los cuales son carísimos (seguramente mucho más de lo que imagináis).
Ahora paso a contestar los reviews:
baka–chan: Espero que Harumi y sus malignos a la par que estúpidos planes no te hayan decepcionado. Como has visto, a Hisoka le importa un pepino que el tiro le salga por la culata a la niña, él sólo quiere evitarse problemas xD
SenKo–Kun: Gracias por tus palabras, y por Tsuzuki no sufras, que ya había comido más que suficiente (seguro que más dulces no le habrían ido bien con la anestesia).
angel–dark: Gracias, me alegra que mi fic te haga reír, aunque yo no quería que fuera una comedia, se me está desmadrando demasiado. Sobre lo de los OVA de Yami, no recuerdo si ya te mandé un mail aclarándolo (es lo que tiene que pase tanto tiempo entre actualización y actualización) pero, por si acaso, decir que no creo que los haya, es simplemente que tengo la manía de llamar OVAs a todas las series de anime de menos de 26 capítulos.
Dark–san86: ¡Yeh, cuanto tiempo! XDDD Cada vez me supero más en cuanto a tardar se trata, como ves, y lo peor de todo es que tengo un hermoso vacío argumental en el fic que mi poca inspiración no me deja rellenar (vamos, que sé qué va a pasar en los siguientes dos o tres caps y al final, pero no lo del medio xD) así que no creo que mi periodicidad mejore. Me alegra que te rieras con los locos estos que tengo por personajes (el masculino para incluir a Tsuzuki xD), si es que Aya parece inofensiva pero en realidad no lo es, por algo sus profes están tan desesperadas con ella y se junta con las amigas que se junta (aunque éstas, hay que admitirlo, son peores, aunque más discretas en la escuela, de manera que los marrones siempre le acaban lloviendo a Aya). Sobre tus ansias de ver escenas de Tsuzuki con Hisoka–chan, para eso me temo que tendrás que esperar al próximo cap, que espero que no te decepcione. Bueno, ¡hasta entonces!
Dai–Yan: Gracias por tus palabritas y me alegra que te tomases la molestia de leer mi fic de una (que se dice pronto) y disculpas por anticipado por lo que te tocará esperar si me sigues. Espero que el mensaje que te mandé te haya servido para publicar tus fics, lo que me recuerda que quería decirte que ¡te curras mucho las descripciones! Qué envidia, siempre fueron mi punto débil, las odio xD
Randa1: Definitivamente, es más peligroso tener a estas chicas de amigas que de enemigas, aunque no sé si Tatsumi pensará igual después del par de jugarretas de este cap. Sí, lo de lacra de la sociedad es por el paro (aunque ni siquiera estoy apuntada y no busco empleo, Dios, soy lo peor xD He pensado estudiar para oposiciones, porque siempre he tenido claro lo que quería ser de mayor, por orden de preferencia: Escritora, esposa de un millonario, ama de casa o funcionaria xD). Por cierto, ¿qué tienes contra la política y el derecho? Con lo que debe molar cobrar lo que ellos xD
yamikuri: Me alegra que te guste mi fic n.n A Tsuzuki en realidad se le juntó un empacho de cojones con ese temor irracional que tienen algunos a los hospitales, nada que ver con su historia de cuando estaba vivo. Lo seguiré, descuida por eso, ¡pero dudo que pronto, muahahahaha!
The Hawk Eye: No te preocupes por dejar el review tarde, total, como yo tardo más, nunca me llegan después de que escriba xD Sobre los dos puntos que comentas: primero, tienes toda la razón del mundo, escribo mucho y no pasa nada, ya me he disculpado arriba por eso, es una mala manía que tengo y multiplica el número de páginas de mis obras, que de 1000 igual 400 son de historia xD Eso sí, siempre procuro dejar algo en cada capítulo, ya sea una pista o un hecho que me sirva en el futuro, de hecho esta excursión (que pensaba que duraría un cap, todo sea dicho) la idee con dos objetivos: que Tatsumi se pusiera alerta sobre lo que se está acercando a Aya, y otro que da pie a lo que pasará en el cap siguiente. Sobre tu segundo comentario, qué razón tienes: ¿a quién se le ocurre intentar hacer un fic serio con semejantes personajes? Pero no dudes que la cosa cambiará, que si hay algo que me caracteriza es que en todas mis obras hay un poco de comedia de por medio, pero mucha sangre, tragedia y muerte ¡muahahaha! No en vano mi amiga Arigata temía que convirtiese este fic en un deathfic, aunque sinceramente no tengo muy claro si para eso tendría que cargarme a cualquiera o al prota en concreto xD Bueno, no tomes muy en serio esto último, ¿eh?, total, la mayoría de personajes ya están muertos xD
En fin, muchas gracias a los que tenéis lo que hay que tener para continuar leyéndome pese a lo desastrosa y LENTA que soy actualizando. ¡Gracias a todos! Como siempre, me despido por un tiempo finito, pero sin acotar. ¡No olvidéis pasar por mi otro fic xD! Dudas, sugerencias, abucheos, amenazas de muerte, donuts bomba... ¡pinchad el botoncito de los review, donde pone Go! ¡Nos leemos!