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Author of 65 Stories |
Editado 2011: Espero que lo disfruten.
Lost
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Capítulo 1; Camus
Light up, light up, As if you have a choice...
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PASADO
—¡Camus, te encontré!— gritó el pequeño de ojos turquesa, mirando hacia arriba y estirando su brazo para señalar triunfante con su dedo índice por encima de su cabeza.
El niño que se sentaba sobre una rama alta de un árbol no lucía en realidad preocupado de haber perdido en el juego que él y varios de sus compañeros aprendices llevaban a cabo. La razón del fruncimiento de su entrecejo era que el escondite al que había considerado genial, resultó poco conveniente ahora que se daba cuenta de que el descenso a tierra, donde el pequeño griego lo esperaba sonriente, sería uno difícil.
—¡Baja! ¡Te toca a ti buscar!
Camus tragó saliva con dificultad. ¿Saltar, o no saltar? Estaba muy alto desde su perspectiva, y su cuerpo no parecía responder. Se encontraba más inmóvil que la piedra que yacía unos metros debajo y con la que seguro se golpearía si brincaba. De hecho sus manos sudaban y ahora temía resbalar torpemente si intentaba bajar como había trepado.
Tonto, fue un tonto por haber aceptado participar en el juego. Más tonto por haberse ocultado entre las ramas de ese árbol sobre el cual ahora tendría que vivir por el resto de su existencia, porque ya lo había decidido, ¡Ni loco que se arriesgaba a saltar y fracturarse un brazo! Milo tendría que traerle una almohada y su cena.
Al fin y al cabo, aquel fue el iniciador de todo y quien lo convenció de participar en la "divertida" actividad.
—No puedo bajar…—musitó tímidamente. No era alguien que gustase de aceptar sus errores, porque… ajá… predecible… unas burlonas carcajadas demostraban el disfrute que su precaria situación le proporcionaba a Milo, quien sin embargo, al notar que su amigo francés no imitaba sus risas sino que ahora sus mejillas se humedecían en lágrimas, cesó sus risotadas y enserió su semblante.
—No te preocupes, te bajaremos.
Camus arqueó una ceja. ¿Cómo pretendía Milo ayudarle si ahora el bruto corría alejándose y dejándolo solo en su desgracia? El grosor de las lágrimas de Camus se incrementó fuera de su poder de detenerlas y no se atrevía siquiera a limpiarlas, pues sus manos estaban ocupadas aferrándose al tronco del árbol para no caer.
—Milo, ¿qué sucede?— inquirió el muchacho que había sido elegido por Milo para ser el héroe del día, y que se veía siendo arrastrado de la mano por el inquieto niño.
—El tonto no puede bajar— informó Milo, señalando de nuevo hacia Camus, quien le dirigió una furibunda mirada llena de lágrimas.
Saga sonrió divertido y suspiró profundamente antes de comenzar a trepar el bendito árbol, con mucha mayor habilidad que la que Camus recordaba haber tenido.
Se sentó a su lado en la rama y tomándolo de la pequeña cintura lo despegó del agarre mortal que tenía sobre el árbol. Camus instintivamente se abrazó al chico mayor hundiendo el rostro contra su pecho, y cerró los ojos al sentir que aquel se movía iniciando un muy temido descenso.
Reanudó su contenida respiración cuando Saga se arrodilló alejándolo de sí y dejándolo tocar el suelo. Camus miró confuso el pasto bajo sus sandalias y sonrió aliviado.
—Saga siempre lo resuelve todo—anunció Milo, golpeando en señal de camaradería y con poca fuerza la espalda del muchacho griego, quien le dirigió una mirada de soslayo y luego se concentró de nuevo en las lágrimas que aún surcaban las mejillas del francés, a las que limpió con sus manos dedicándole una sonrisa confortadora.
—No tengo que decirte que no vuelvas a trepar árboles, ¿verdad?—Camus negó entusiastamente con la cabeza.
—Bien—. Saga se puso de pie. Alcanzó a Milo que ya comenzaba a correr de regreso a donde el resto de los compañeros los esperaban y lo levantó de un solo movimiento apresándolo de la cintura y cargándolo cual bulto.
—Y tú, travieso, ¡cuídalo mejor!— Le desbarató el cabello juguetonamente y lo dejó de nuevo en el piso para que ambos niños corrieran juntos bajo la vigilante mirada del muchacho que a tranquilo paso los seguía detrás.
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PRESENTE
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Mis pensamientos no son acordes al ambiente que me rodea. Estoy en una reunión… una fiesta, lo admito, pero al decir reunión trato de darle más clase y así encontrar un pretexto para estar aquí. Uno además de ti.
Aquel recuerdo extrañamente acude a mi memoria con inusitada regularidad. Un simple trauma infantil, podría decirse. Tanto me afectó que obedecí a Saga y jamás volví a intentar subir un árbol. Y durante nuestra infancia tú me retaste infinitas veces por eso. Era tu arma principal contra mí, a lo que siempre recurrías cuando no hallabas defensa ante alguno de mis siempre atinados comentarios que te hacían rabiar.
Discutíamos, y mucho. Pero irremediablemente hacíamos las paces. Por algo somos mejores amigos.
Y por eso, porque tú, mejor amigo, me invitaste, es que me encuentro aquí sentado frente a esta gran mesa, ensimismado y prestando poca atención a lo que sucede a mi alrededor. Escucho risas y sé a quienes pertenecen, pues he memorizado en cuál silla se sienta cada uno y conozco sus voces. No necesito distraer la mirada de mi vaso vacío para saber que se divierten.
Que tú entre todos, llevas la batuta de la diversión, inicias las bromas y todos se rinden ante tus vaciladas.
Verte sonreír… la posibilidad de eso es demasiado tentadora y entonces hago algo de lo que me reprenderé; lo sé de antemano, pero aun así levanto mi vista y te encuentro, de pie en el extremo de la mesa, levantando tu copa y riendo por algún gracioso comentario que sobresalió entre la amena plática que entablas con varios caballeros.
Hay alguien que no está incluido dentro de ese pequeño grupo. Que al igual que yo, no se deja notar. Permanece en las últimas sillas, enfrente de mí, ambos alejados del barullo que se da al otro lado del cuarto.
Y no me sorprende atestiguar que, de la misma manera que yo hace un segundo, él te contempla admirado, sonriendo tal vez sin siquiera percatarse de ello. Pero nadie se lo amonestará. Él tiene el derecho de mirarte así, de dedicarte sonrisas y reclamarte como suyo cuando tú se las correspondes.
Yo no puedo embelesarme contigo por más de un segundo si es que no quiero hacer obviA para todos mi situación.
Yo le envidio.
Yo te deseo.
Quiero lo que a otro le pertenece. Anhelo lo que a él le das, y no, tu amistad no es suficiente para mí.
¿Debería serlo? Tal vez. Al menos seguiste su consejo, ¿no?
¿Lo haces? ¿Me cuidas? Sí… como un mejor amigo, como un hermano. ¿Y si me atrevo a pedir más? ¿Si me arriesgo a acercarme, a intentar desplazarlo y ocupar su lugar?
Él te ama.
Eres su vida y soporta tus defectos, de los cuales posees muchos. Yo te los conozco todos. Y tienes suerte, Milo. No eres perfecto… ni te acercas un tanto a tal descripción, y sin embargo ocupas los corazones de dos hombres que piensan de manera ininterrumpida en ti.
¿Y si le digo que lo engañas, que hay noches en que huyes y buscas diversión en brazos ajenos a los suyos? ¿Te dejaría? ¿O ya lo sabe? No me sorprendería que aun así permaneciera a tu lado.
Pero no se lo diré. Al contrario, seguiré siendo tu eterno confidente, continuaré ayudándote a cubrir tus infidelidades y patéticamente deseando en secreto que alguna noche por lo menos lo engañes conmigo.
No sólo un amor oculto te profeso. Más que eso, puedo asegurar que un inevitable resentimiento crece en mi interior; por el gran imposible que representas, por hacerme tan débil, a mí, el caballero de los hielos, quien no tiene autorizado sentir. Quien no puede contestarte tus sonrisas y quien debe vivir sus días entre celos y sueños que nada bueno me traen.
Suspiro. Él escucha mi triste exhalación y voltea a verme. Me mira extrañado por un instante antes de sonreírme con una pequeña curvatura de sus labios, y es imposible ignorar la diferencia de cuando te sonríe a ti; ampliamente, sinceramente, amorosamente, adorándote como a mí me gustaría hacerlo.
Dioses, cómo le envidio…
Dioses… cómo te deseo.
Me levanto de la silla y la mirada de confusión que me dirige ante la súbita acción no pasa desapercibida, pero la ignoro. Él no me extrañará. Nadie me extrañará.
Y entonces, ¿por qué una vez que he salido de ese templo de Tauro y me dedico a contemplar como la luna ilumina las copas de los árboles del bosque aledaño, me siento observado? Unos minutos apenas desde mi escape y ya me has venido a buscar. Son detalles como estos los que alimentan mi ilusión. Y por ellos, te odio en temporadas.
Todo sería más fácil si tú no fueras así. Si no mostraras tanta preocupación por mí, en este caso, en mi razón por abandonar el recinto donde todos se divierten. Si no insistieras en cuidarme, en recordarme siempre como tu frágil amigo. Aunque eso sea al fin y al cabo: frágil, pero por tu culpa…
Si tan sólo no fueras tan… tú, entonces no hubiera comenzado esta revolución de sentimientos con los que a diario tengo que luchar, para callar, para soportarlo, para repetirme que el tiempo se los llevará y entonces podríamos ser de nuevo y exclusivamente los amigos que supuestamente siempre hemos sido. Podría escuchar tus arrepentidas confesiones cada vez que lo engañas sin tener que apretar los dientes furioso al imaginarte retozando en la cama con alguien más… con todos, menos yo.
Podría voltear a verte ahora que hablas a mis espaldas.
Podría responderte con algo más que un gruñido sin sentido.
Podría irte a buscar en el instante que regresas a la fiesta al no hallar respuesta en mí.
Podría expulsarte de mis pensamientos y hallar paz, aunque fuera por un insignificante segundo.
Todas son posibilidades cerradas a mí. Mi única opción es retornar a mi templo, dormir y esperar la mañana, cuando tú irás a buscarme y me preguntarás la razón de mi mal humor de ahora. Yo diré que ya me conoces y no debe sorprenderte. Tú despedirás el tema al estar de acuerdo conmigo, y para iniciar el día con el acostumbrado dolor, me hablarás de él. Y yo, como siempre, pretenderé que no me importa.