|
Author of 65 Stories |
Muchisimas gracias a todos por sus reviews y apoyo a lo largo del fic, este es el capitulo final, aunque talvez les interese leer la nota que puse hasta abajo. Muchos saludos y besos!
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
Capítulo 10: Camus
As clumsy as you've been, there's no one laughing.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
PASADO
—Si te sientes tan culpable, ¿por qué lo sigues haciendo?
Dio vuelta por la innumerable ocasión a la cucharilla dentro de su taza de café, revolviendo el humeante líquido con hastío que se reflejaba en su voz y en su entera actitud. Sus ojos lucían cansados, sus cabellos desarreglados y la arrugada pijama completaban el cuadro. Hasta para él era demasiado temprano.
—No lo sé— respondió el otro, dejando su lugar en la silla de enfrente y poniéndose de pie abruptamente. Con una mano se revolvió sus cabellos y la otra apretó el borde del respaldo de la silla. Los nudillos de esa mano emblanquecieron.
—Alguna vez me dijiste que lo amabas— murmuró antes de encorvarse un poco para alcanzar con sus labios la taza que levantaba simultáneamente para tomar un sorbo. El otro le vio pestañear, y tuvo la extraña impresión de que había sucedido en cámara lenta.
—Alguna vez…—Le dio la espalda. Permaneció inmóvil; su rostro descontento, contrariado.
—¿Eso ha cambiado?— Mantenía su tono de voz nivelado. Elegantemente bajo y de cierta delicada musicalidad. Calmo, pero no tranquilizador.
—En ocasiones lo creo así—. Para su sorpresa, se hallaba respondiendo con suma honestidad. Era algo que únicamente el joven sentado a sus espaldas podría extraerle de manera que se sintiera tan confusamente normal.
—¿Y ahora qué harás?—Una pregunta más simple, que le animó a dar la vuelta. Milo entonces notó que no había escuchado en qué momento Camus había dejado su taza de nuevo sobre la mesa. Dejó de ver el pequeño recipiente que robó su atención momentáneamente y lo miró a los ojos, con una respuesta cien por ciento segura.
—Me iré… pronto despertará. Tengo que estar ahí.
Camus se levantó dirigiéndose al fregadero donde dejó la taza casi vacía. Milo admiraba su perfil pero Camus ni una mirada de soslayo le dirigía; sus zafiros se concentraban en la pequeña taza con tremenda intensidad.
Milo no se habría sorprendido de ver que la taza se derritiera temerosa… conocía los efectos que los ojos de Camus podían tener sobre uno. Se compadecía del inocente objeto de porcelana, pero a sabiendas de que éste no podría ser realmente tan interesante como para robar la atención de su amigo a tal grado, concluyó que la extraña actitud era indicador de que Camus estaba molesto.
—Sabes que no lo engañas con eso. ¿Qué logras con tal detalle? El que te encuentres ahí cuando abra los ojos no significará ninguna diferencia—. Milo no se consternó por sus palabras. El pequeño intercambio de esa mañana venía siendo desde hacía algún tiempo un factor común en la rutina de ambos.
Milo no habló hasta que Camus giró su cuerpo y lo encaró.
—Probablemente, pero me gusta estar ahí—. Podría haber sido temprano, pero el par de ojos turquesas de Milo se encontraban más que despiertos, simulando un admirable tamaño y redondez, haciendo gala de una brillante claridad que reforzaba la transparencia de sus palabras y embrollaba todavía más a Camus.
—No te entiendo— dijo, finalmente alcanzando esa incómoda sensación de derrota con la que terminaba todas las mañanas.
—No te pido que lo hagas, pero gracias por intentarlo—. Se encogió de hombros y suspiró.
El sentimiento de impotencia creció en Camus, cuando se dio cuenta de que otra vez había fracasado en marcar diferencia alguna en Milo.
—Como sea…— Fastidiado, regresó al fregadero. Dejó el agua correr y se dedicó a la sencilla tarea de lavar la taza. Milo notó la ira reprimida en cada movimiento de las manos de Camus, y decidió que era hora de dejar de importunarlo.
—Nos vemos—. Escuchó al otro refunfuñar algo ininteligible, y lo tomó como autorización para buscar la salida del lugar.
-.-.-PRESENTE-.-
El eterno desenlace, ¿no?... Por más que lo haga sueños, por más que lo vea aproximarse en la realidad, siempre queda demasiado lejos y se convierte de nuevo en un deseo inalcanzable.
De una forma u otra invariablemente terminas a su lado. No los alcanzo a escuchar pero los veo, miro sus movimientos y aprecio el comportamiento que presentan. Tan natural como siempre que me hace rabiar. Nada ha cambiado para ustedes. Y sin embargo hace un minuto tú me has hecho sentir tan diferente.
Es algo que he anhelado por mucho tiempo, y de lo que me permitiste disfrutar por escasos instantes. Sólo un poco, para que quede queriendo más… eres ruin. No por eso cambian mis sentimientos pero me molesta, siento mis ojos en fuego al verte con él... su mano en tu hombro, tus ojos en su sonrisa, la cual por más lejos que se encuentre, me ciega. Antes me resignaba a no tenerte, podía ocultar mis celos y soportar verte con él, pero ahora que te he visto tan posible, el sentirte como algo irrealizable de nuevo, me afecta en una demasía que no puedo controlar.
Me has pedido que te espere pero ya estoy harto de esperar, de escucharte, de creer que te comprendo cuando nunca me traes una resolución. Y no aguanto más tener que ser el que te observa de lejos.
Pero irónicamente yo incremento esa distancia aún más, cuando comienzo a caminar. Faltar a tu petición no me hace sentir culpable. No te debo nada ni tengo porque hacerte favores. Tú no has hecho ni el más mínimo por mí y te has dedicado a confundirme con tu constante indecisión. En estos momentos no me agradas y puedo percatarme de la duradera arruga que se forma en mi frente mientras me aíslo de todos con pasos enfadados.
La seguridad del bosque me recibe, pero no me distrae. Al contrario, para exasperarme aún más me trae recuerdos de ti; años atrás, justo ayer. Y es todo tan contrastante pero tú te ves igual, te siento igual en mis recuerdos.
Y yo siempre buscándote, pero temiéndote cuando estás demasiado cerca, y como el estúpido que soy, sin saber qué hacer cuando estás lejos… como ahora. Pero estoy solo por mi culpa. No te puedo reclamar por el silencio que me rodea, pues tú pretendías seguir hablando conmigo.
No es que dudara de que regresarías, pero… ¿qué habrías traído contigo? ¿Qué me darían a entender tus palabras? Y… ¿cuáles habrían sido las mías?
Para no ponderarlo más, me concentro en continuar huyendo. Mis pasos se aceleran y de pronto me hallo trotando, escapando como si tú me buscaras. Si no me encontraste donde me pediste que esperara no tendrías razón de venir por mí, ¿o sí? Seguramente lo verías como un rechazo y entonces, además de luchar por entenderte, tengo que hacer lo mismo con el centro neurológico dentro de mi cabeza, porque me desconozco.
Te quiero, pero ahora que tú muestras algo de interés por mí, me asustas.
Es algo que aviva mis recuerdos. De niño siempre fue así, te temía. Tus ojos me parecían anormalmente brillantes y tu entusiasmo para nada natural. Te consideraba extraño, mejor dicho, especial. Y por eso además de hacerme sentir intimidado, me despertabas curiosidad.
Con el tiempo esos sentimientos se disiparon pero nunca murieron. Una vez que te conocí y te confirmé como algo totalmente único, mis emociones evolucionaron hasta llegar a este punto, en el que por más que tu reciente comportamiento me haya impresionado, no es precisamente un terror inexplicable el que me lleva a adentrarme en el bosque sin un rumbo fijo… es simplemente miedo a la incertidumbre que caracteriza siempre a tus acciones.
Algunas veces resultas tan predecible, y otras imposible de prevenir.
Suspiro liberando algo de la bruma que provocas en mi cabeza. Es tanta la neblina que induces en mis sentidos, que me había olvidado por completo de mi alrededor y apenas ahora me doy cuenta de que me he detenido. Mi espalda ha buscado soporte en el tronco de un árbol bastante grueso y mis manos se apoyan sobre mis rodillas, las cuales se flexionan un poco. Respirar me resulta dificultoso…
¿En qué momento comencé a correr? ¿En qué momento me detuve?
Ahora estoy más tranquilo, soy más consciente de lo que hago y el giro que da mi cuerpo no pasa desapercibido. Mi frente se recarga en el árbol que despide un húmedo aroma… ¿llovió anoche? Ni siquiera eso sé con certeza. Porque anoche también estaba pensando en ti.
Sonrío sin saber por qué. Tal vez por lo fútil de mi huida. Sé que te acercas, siento tu cosmos. Y por supuesto, tú también me percibes. Te imagino caminando totalmente despreocupado, conociendo bien a tu mejor amigo y sabiendo que lo tienes hecho un desastre y que no llegará muy lejos.
Un diminuto consuelo surge para calmar mis inquietudes tal como la sombra del árbol aplaca mi agitación. Admito que me alivia saber que me buscas, pero eso no cambia mucho, pues lo que pasará cuando llegues aún me angustia. Sin embargo, no me moveré de aquí. Debo frenar a la parte de mí que desea seguir huyendo y obedecer a la que se encuentra anhelante por resolver su desasosiego. Y para asegurarme de eso recurro a la medida más desesperada de todas…
Mis manos tocan la rugosa madera, estudian cada herida de la piel del árbol para darse ánimos. Buscan las grietas más pronunciadas y en ellas mis dedos se anclan. Consiguen otras más arriba y mis pies ocupan las que quedan libres debajo. Una rama llega a mi alcance y facilita la tarea. Subir siempre fue lo más sencillo, después de todo.
Logro acomodarme sentándome confortablemente. No me preocupo por el suelo debajo y pierdo mi vista en las cosas que puedo hallar a la altura de donde me encuentro. Compruebo que sí debió llover pues algunas hojas acumulan todavía gotas en sus curvas. Sobre la dureza del tronco, una fila de hormigas rojizas y grandes avanza amenazante y rítmicamente. Me animo a moverme alejándome de ellas y enseguida aprecio algo más dentro de mi nuevo campo visual; otra concentración de agua, mucho más grande y varios metros adelante, que me resulta llamativa. Es un lago que deslumbra con su ondulante superficie.
Sin embargo, no me das suficiente tiempo para admirarlo como me gustaría. Me distraigo cuando escucho apresuradas pisadas a mis espaldas. Te confirmo como el dueño de ellas cuando volteo buscando al intruso. Al localizarme, te detienes al pie del árbol y no despegas tus ojos de los míos, pero no son ojos que oculten algo o guarden dudosas intenciones, tampoco hay en ellos alguna confusión que se me pueda ser contagiada y por lo tanto mi mirada jamás se desvía insegura.
Incapaz de hablar, continúas durante los siguientes segundos intentando oxigenarte, y tras dar unas cuantas bocanadas de aire, se hace más apreciable el encantador color rojizo que la sofocación ha dejado en tus mejillas, haciéndome creer que de hecho me has buscado alarmado. Y ahora un evidente alivio se demuestra en tu postura, y en tus palabras.
—Camus, te encontré...— parpadeo, y lo próximo que aprecio es que estás sonriendo, victorioso por lo que recién anuncias. Tus pupilas bailan contentas mientras las mías reprimen su brillo impactadas.
¿Realmente soy yo lo que buscas?
—¿Qué haces ahí?— inquieres enarcando una ceja, mirándome divertido, sin preguntarme siquiera porque no te esperé.
—Nada—. Finjo que tu pregunta no me afecta y que es lo más común del mundo hallarme trepado en este árbol cuando dicho tipo de acrobacias las dejé de intentar hace muchísimo tiempo. Mis ojos incluso se desvían, pretendo que el panorama me interesa.
Tú no pareces convencerte… inflas tu pecho triunfante y la socarrona curvatura de tus labios se incrementa. Al menos no te carcajeas. Pero logras preocuparme en serio cuando de soslayo aprecio que te mueves. No dudas en comenzar a trepar, alcanzándome rápidamente, y sin darme tiempo a poner objeción buscas acomodo arrimándote a mi lado. Y aunque las ramas sean lo suficientemente gruesas para soportarnos, yo siento perder mi equilibrio; en reacción una de mis manos se aferra al árbol y otra a tu brazo. Te escucho quejarte porque te he apretado con demasiada fuerza, pero ese aullar se convierte en ahogadas risas cuando mi desagrado ante nuestra altitud no puede ser disimulado por más tiempo.
Tal burla es algo a lo que no tienes derecho. Tú has cometido muchas más tonterías últimamente y me he guardado cualquier tipo de reprimenda que pudiera darte. Así que te advierto con una furibunda mirada mi nulo agrado hacia tu sonora demostración de regocijo. Como resultante el silencio se establece, y logro sentirme más cómodo conforme pasan los segundos.
Caer se convierte en una preocupación vana. Si miro de reojo aprecio que en realidad no estamos tan arriba. Y si se diera el caso de una peligrosa pérdida de equilibrio, te tengo a ti para sostenerme, o en su defecto llevarte conmigo y compartir la humillación al golpear el suelo.
—Ya veo porqué estás aquí— interrumpes mis poco inteligentes pensamientos con una observación que a primera impresión no comprendo. Volteo a verte confundido, y por la insignificante distancia que separa nuestros rostros te es fácil interpretar mi expresión y darte cuenta de que no tengo la menor idea de lo que estás hablando.
Diriges tu perfil hacia adelante y mi vista sigue el camino que indica tu respingada nariz hasta que encuentra a lo lejos la perspectiva que me asombraba momentos antes de que llegaras.
—Ah… eso.
Contigo a mi lado aquello ya no me impresiona tanto.
Indirectamente te dejo saber que tu suposición es errónea. No estoy aquí para admirar el panorama, sólo necesitaba forzarme a dejar de huir de alguna manera…de cualquier manera. Tú quizás no adivines mi verdadero motivo pero, después de todo, poco parecen importarte cualesquiera que fueran mis razones. Te entretienes conmigo; sabes que no me agrada para nada estar acá arriba y aunque permanecemos sin decir más palabras, tus traviesas miradas y los dientes que asoman mordaces entre tus labios arqueados, se manifiestan divertidos con mi penosa situación.
Y sin darme cuenta he olvidado mis celos, mi enojo, mi temor y mi confusión. Queda puramente el más básico e importante sentimiento que eres capaz de despertar en mí. Ese que me hace olvidar todas tus torpezas, ser indulgente ante tus -nuestros- errores, y apreciar meramente el sonido de tus risas, abstrayéndome de todo lo demás.
Lo único que percibo es a ti, y te siento relajado, suspirando cómodamente cada cierto intervalo de instantes, y estremeciéndome con la intensidad de tus ojos debido a las miradas que me dedicas sin timidez y con periodicidad, y gracias a las cuales llego a suponer que este calor en mi rostro se debe a un sonroje cuya existencia repudio y me niego a aceptar. Pero está ahí; debe ser por eso que las comisuras de tus labios nunca llegan ni por un segundo a relajarse.
—Borra esa sonrisa burlona, porque serás tú quien me ayude a bajar— advierto fingiendo alteración, pero ni eso te quita lo risueño. Debería dejar de intentarlo… el único afectado seré yo si dejas de mostrarme tu sonrisa.
Para mi suerte eso no sucede. Me retas irradiando satisfacción. Ese gesto que ilumina tu rostro aún permanece, incluso se incrementa. Haces que todo parezca renovado entre nosotros, cuando llegué a pensar que el daño hecho era uno irreparable. Lo has arreglado todo y con cada mirada me prometes mucho más, aunque a cada sonrisa me desarmes progresivamente y sin compasión.
—¿Y si me quiero quedar un rato más?
¿Quedarte… conmigo? Entonces yo no pondré objeción.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Fin
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
NOTAAAAAA: lo que Milo jue a decirle a Saga no lo pondré aquí por distintas razones;
1.- es pov de camus
2.- soy una maldita XD
3.- irá en una continuación que escribiré centrándome en Saga y Kanon ("Found")
Weno eso era todo XD espero que el final les haya gustado n.n
PD.- Para responder a Ave Suiris, las frases sí son partes de distintas canciones:
Run-snow patrol
chocolate-snow patrol
amsterdam-coldplay
a rush of blood to the head - coldplay
you won't be mine - matchbox 20
if you're gone - matchbox 20
clumsy -our lady peace