Help
Home Just In Communities Forums Beta Readers Search
B s . A A A   full 3/4 1/2   E E   Light Dark
Anime/Manga » Saint Seiya » Found
Scarlet.D
Author of 65 Stories
Rated: M - Spanish - Romance/Hurt/Comfort - Kanon & Saga - Reviews: 29 - Updated: 07-19-05 - Published: 04-19-05 - Complete - id:2357240

Gracias x los reviews!

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

"Found"-Capítulo 5

Give me more than I can stand

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

-.-S-.-

Es exageradamente temprano, puedo percibirlo. Mis párpados me avisan que esta hora no es la que acostumbran para normalmente revelar mis ojos.

Sin embargo, son obligados por una fuerza ajena a mí a despegarse y permitirme ver empañadamente. Es el calor que gracias a tu cercanía me contagias, y la insistencia en tu susurrante voz lo que me atrae a la consciencia.

—Saga…

Aprovechando que me acuesto de lado, te acomodas pegado a mi espalda, sacudiendo ligeramente mi brazo. Tras varios perezosos parpadeos yo desvío mi vista y miro de soslayo como te asomas sobre mi hombro y me observas con un semblante que resulta demasiado inexpresivo para lo que considero típico en ti.

—¿Qué sucede?— pregunto lánguidamente, todavía demasiado adormilado como para siquiera darme la vuelta y encararte mejor. Me preparo para sonreírte, animarte aunque sea un poco de lo que sea que te agobie, pero tú te adelantas. Y después de escucharte, de ninguna manera sería capaz de sonreír.

—Me iré…—Y siento a los latidos de mi corazón más vívidos que nunca. Parpadeo incrédulo, completamente seguro de que estoy soñando. Porque esas son palabras que jamás podrían salir de tus labios. Se supone que me cuidarías… ¿cómo harás tal cosa yéndote?

Un beso sobre mi mejilla, pequeño pero sentido y demorado por un par de segundos. Y luego la distancia… una separación que odio al instante en que siento a ese calor que me rodeaba abandonándome. Tú te lo llevas lejos con cada paso. Y te demoras; recorres la habitación, buscando no sé qué cosas si realmente no trajiste contigo nada material, haciendo más lento y cruel el proceso de despojo.

¿O será que me estás dando oportunidad para que te detenga?

Pero no puedo. No estoy seguro de poder ofrecerte lo que te mereces. Cada hora que pasa ha hecho parecer a la que le antecedía como algo erróneo. Algo que todavía no debía suceder. Ninguno de los dos estaba listo para vivir el día de ayer; era muy pronto para sentirme amado, y aún más para despegarme de tantas ataduras invisibles con las que mi pasado me restringe.

Sin embargo, nunca he estado ni estaré listo para la soledad en que tú desconsideradamente me dejarás.

Por más que deseo con cada fibra de mi ser evitarlo, es mayor mi desespero al no tener nada con que convencerte para que te quedes. No puedo afirmar que te amo, ni contar con que algún día olvidaré a Milo. Y por lo tanto, exigirte que permanezcas a mi lado cuando yo no puedo responder a lo tanto que tu sola presencia me brinda, se siente también como un imposible para mi culpable consciencia.

Así, es únicamente hasta que te veo acercarte a la puerta y extender la mano hacia la perilla, que finalmente el temor me hace actuar.

—¿Por qué?—pregunto despacio, enterrando parcialmente el rostro en la almohada, volteándome boca abajo lo más que puedo porque las ganas de reventar en llanto son demasiadas, y de que tú atestigües esas predecibles lágrimas, ninguna.

Entonces la próxima vez que hablo, mi voz surge sofocada por el mullido material en el que mis dientes se desquitan.

—No quise lastimarte…— murmuro antes de suspirar entrecortado, disimulando un débil sollozo que de todas formas estoy seguro que tú percibes. Después de todo, lo entiendes todo sobre mí. Lo conoces todo, lo amas todo. Pero yo no logro obtener el valor de darme en la misma cantidad a ti…

—Lo sé.

Y tristemente no dices nada más. Un silencio de instantes antes de que la puerta suene abriéndose, luego tus pasos, y un atronador cerrar que me aísla del mundo que en estos momentos desprecio como nunca.

-.-K-.-

Dudo. Con cada escalón que bajo considero el detenerme y correr de vuelta; a tu templo, a tu cama, a tus brazos, a consolar tu tristeza… ésa de la que soy yo culpable, lo cual todavía no termino de asemejar.

Es increíble que tenga el control suficiente sobre mis pies para seguir una trayectoria que me alejará de lo único que necesito, que me regresará a un claustro solitario y sombrío, un eterno estado de deprimente respirar que creí haber superado contigo.

Pero no era más que un espejismo que yo mismo teñí frente a mis ojos. Y para tus hermosas órbitas esmeraldas también. Les engañé con una perfección que jamás existió más que de manera superficial. Eran sólo anhelos materializados insubstancialmente que se derrumbaron con patética facilidad gracias a la más pequeña asomada a la realidad.

No podíamos seguir así. Retomar ese teatro hubiera sido perjudicial para ambos… al final el golpe que nos sacaría de ese ensueño sería uno brutal. Y adelantándome a todo eso, ahorrándonos una predecible desmesura de sufrimiento, es que renuncio a ti.

Y es como si dejara destajos de mi por el camino. Así duele, así me destroza abandonarte, aún más sabiendo que lo resientes; porque no me querrás como yo a ti, pero sé que no te soy indiferente. Te importo y si tenemos algo en común como hermanos, es el no soportar estar separados.

Ya experimentamos mucho de eso. Ya deberíamos tener suficiente de conflictos. Y ya tendría yo que haber terminado de bajar estos malditos escalones…

Al instante intento apresurarme. Mientras más pronto salga de ahí, más débil será mi hesitación por volver. Tanto me he demorado, que la mañana comienza a bañarse con la radiante luminiscencia del sol y empiezo a ver rostros familiares; otros que han bajado igual que yo y hasta me adelantan el camino… a entrenar, a distraerse por ahí, no lo sé y menos me importa, pero el hecho de tener que saludar constantemente a quien se me cruza, comienza a resultar demasiado mortificante.

Y hay un par sobre el resto, que se ven negados de la más mínima cordialidad de mi parte. Pasan trotando, adelantándose a mi lento e irresoluto caminar casi al llegar a la casa de Aries. Mis ojos se fijan en aquella cabellera oscura y ensortijada, y su dueño, como si hubiera sentido mi punzante mirada, gira el rostro brevemente, localizándome pronto con las intensas turquesas que lleva por ojos.

No hay sorpresa en ellos. Obviamente me habría visto desde metros atrás, antes de que rebasaran a mi lado. Lo que ahí admiro es, increíblemente y si no me equivoco, una sutil desilusión. Tal vez hasta un mudo reproche.

Y enseguida vuelve la vista al frente, siguiendo su camino con ese otro al que parece estar atado por alguna invisible cadena. Y lo admito, me deja afectado tras esa mirada. Sentí a mi propia decepción reflejada ahí. Dejarte es para mí una derrota, que al parecer a él también le molesta.

¿Es por puro egoísmo que me quiere a tu lado? ¿Que arregle yo lo que él arruinó? ¿Que no sea tan cobarde como él lo fue?

¡Pero si debe conocerte aunque sea un poco!

Debe saber, que yo no soy más que un consuelo para ti.

Ayer estaba dispuesto a conformarme con eso, porque tan sólo una pizca de ti es mucho más de lo que cualquiera en el mundo merecería. Pero resulté más ambicioso de lo que yo mismo supuse. Duele más de lo que podría haber esperado.

Necesito de ti tanto como lo que yo quiero darte.

Pero tampoco puedo ser como tú; entregaste cada átomo de tu ser al depositario equivocado, a quien jamás lo apreciaría como yo. Y si hago lo mismo, si te doy todo cuando tú no lo apreciarás, seremos dos en las mismas lamentables condiciones.

Prefiero vivir guardándote todo esto hasta el momento en que verdaderamente quieras recibirlo. Ya me he acostumbrado, y aunque igual duele, lo siento menos. Lo siento normal. No obstante, el dolor que surge al estar contigo, al mirar tus ojos y saber que tras ellos recuerdas a otro, es uno increíblemente agudo e insoportable.

No resulté tan hábil como hubiera querido. Mi determinación fue pasajera y cobarde.

Entonces, sí. Tengo más en común con ése que tanto adoras de lo que yo mismo creía.

-.-S-.-

Una semana desde que te fuiste.

Una semana en la que creo no haber mencionado ni una sola palabra. Y es que no había nadie con quien hablar, nadie a quien tocar, nadie que me hiciera sentir con su calor que no soy el invalorado ser que me siento.

Bueno… había alguien.

—Espero que no hayas cenado— dice al llegar, haciendo ostentación de un paquete que carga, donde predeciblemente envuelve mi cena. Sólo se ha asomado en la sala para confirmar que, como todas las noches en estos últimos días, estaré ahí leyendo algún libro al azar para intentar distraerme. De inmediato desaparece rápidamente hacia la cocina, y sé que después de guardar en el refrigerador lo que sea que trajo, enseguida volverá.

Pero a ese alguien no puedo tocarlo, al menos no más de lo prudente. Tampoco puedo decirle mucho; mi lengua se soltaría y rogaría por mil cosas, le pediría en base a insulsas necesidades que ya no debería sentir, le despertaría culpabilidad cuando notara lo tanto que anhelo esos minutos que me regala a diario.

En su compañía mis preocupaciones parecen un sueño. Lo son tal vez, pues he tendido a terminar dormido entre sus brazos.

Resulta hasta risible, que sea él quien me consuele por tu ausencia. Y es simplemente patético, que la principal razón de que yo no vaya en tu búsqueda es por no perder esos momentos con él.

—¿Estás seguro de que a Camus no le molesta que vengas aquí?— hablo en cuanto regresa y se sienta a mi lado en el sofá.

Se lo he preguntado cada noche.

—No... él también está preocupado por ti—. Y en cada ocasión me da la misma respuesta.

—Yo estoy bien—. Pero mi vista se agacha y eso me delata. De todas formas él siempre sabe cuándo miento. Y yo a veces lo hago con toda la intención. Sé de antemano que unos gentiles dedos pasarán ligeros al lado de mi rostro y peinarán mi flequillo.

Y me ahogaré por la desesperación, porque me trae memorias, me trae dolor, y me recuerda a lo único que logró hacer a ese dolor temporalmente desaparecer. Y que ya no está conmigo.

Entonces es cuando siento que lloro, pero las lágrimas nunca surgen. Es un llanto en seco, asfixiante, que me oprime el corazón.

A cada día es más difícil porque tú no vuelves. Y yo me niego a resignarme a que jamás lo harás. Y busco en él, lo que sea, algo que me alivie un poco. Quiero que me hipnotice como antes lo hacía, que me haga olvidar tu hechizo.

Resultó más fuerte de lo que un principio aparentaba… parece tener un efecto progresivo, a cada segundo incrementa una necesidad por ti que no me logro justificar.

Debería reconfortarme el hecho de que Milo repentinamente me abrace, obviamente notando mi desasosiego. El aroma dulce y conocido que aprecio en sus cabellos una vez que mi rostro se acuna contra su cuello, hubiera sido más que suficiente unos días atrás, para que yo pudiera dormir consolado.

Pero ahora su calor no alcanza a cubrir el hueco que dejaste. De pronto parezco no ajustarme bien en su abrazo, no hallo ese acomodo que en un pasado creí perfecto. Ya no está ahí.

Lo que bien siento es un atoramiento en mis entrañas, que sé con certeza que desaparecería en tu compañía. Es algo que ya he experimentado, justo con el muchacho que me abraza, alguna vez no hace mucho. Esa herida que sólo puede ser sanada por quien la inflingió. Esa necesidad de algo, y algo muy específico.

No quería hacerlo por las razones equivocadas.

No quería conformarme contigo mientras lo extrañara a él. No te lo merecías. Y tú sabías todo esto, y por ello te marchaste.

Pero es que a ti te extraño ahora. Y es una desgarradora sensación.

-.-K-.-

He llegado a la misma conclusión una y otra vez. Y en esta semana ha habido tiempo para un millar de esas veces.

Huí demasiado tarde. Quise protegerme, pero ya lo había perdido todo. Ya te dejé todo. Sólo me queda preguntarme si te habrás dado cuenta.

¿Habrás visto a mi corazón tirado al lado de tu almohada?

No soy ni lo suficientemente valiente para ir a buscarlo. No tuve el coraje necesario para mantener una promesa. Te defraudé. Me quebré con demasiada facilidad. La resistencia que formé durante años de anhelo fue derrumbada de sólo ver una mirada que le dirigiste a él. Cuando yo estaba a tu lado y tus ojos debían ser para mí.

No sé si siempre será de esta forma; yo lamentándome eternamente, y tú, lejos. Pero ese 'siempre' yo no alcanzaré a atestiguarlo. Yo no aguantaré mucho más así.

Y tú… ¿a qué has venido? ¿a darle fin a mi agonía? O más probablemente, ¿a atizarla?

Porque indudablemente es tu cosmos, intenso en su nostalgia, el que dispersa su energía por los espacios de mi pilar. Y sin más me levanto de la cama en la que descansaba y voy en tu búsqueda, antes de que te extravíes como siempre sucede cuando vienes aquí.

Cuando te encuentro y me ves, sonríes. Y mi mundo se sacude.

¿Es que nada pasó? ¿Es que nunca te dejé? ¿Siempre has estado aquí?

Así lo siento. Así me trastornas. Y es que no lo entiendo. Veo la maleta que cargas, pero... ¿qué haces aquí?

Y aún más importante, ¿por qué me miras de esa viva manera que me estremece? ¿por qué pareces tan entusiasmado de verme?

¿Por qué te acercas como si nada y me besas? Dejándome perplejo, cabizbajo y resentido. Y es que no deberías sentirte tan bien, mostrar tal naturalidad. Me haces pensar que no has sufrido lo mismo que yo al no tenerte, y claro… ¿por qué lo harías?

—Espero que no te moleste que haya venido sin avisar… —Niego débilmente con mi cabeza, y suspirando me inclino para quitarte tu maleta. Doy la vuelta sabiendo que me seguirás, y te guío a la habitación de huéspedes que está reservada para ti en cada rara ocasión que me visitas.

Pero apenas empujo la puerta, y tu mano se posa sobre mi brazo deteniéndome. Volteo para admirar la timidez marcada en tus facciones; una pequeña sonrisa insegura, un mordisqueo de tus labios, un sutil sonroje y un nervioso pestañeo.

—Llévame a la tuya— murmuras, y por un momento me quedo quieto, de hecho considerando tu petición. La cual, increíblemente, rechazo.

—Estarás más cómodo aquí—. Y termino de abrir la puerta, me asomo y tras dejar tu maleta descansando a un lado de la entrada, me retiro para dejarte pasar.

Una mirada decepcionada es lo que me espera al voltear a verte, y realmente no esperaba otra cosa. Enseguida, sin saber a dónde mirar, pero claramente necesitando huir de mi aparente impasibilidad, agachas tu perfil y te encaminas al interior del cuarto.

—Prepararé la cena en un rato— informo después de que atraviesas el umbral, y tras un vistazo rápido a tu nuca me alejo de ahí.

Regreso a la habitación en la que te prohibí el paso. Es mía, y es lo único que me queda. Si te dejo entrar, si te recibo en mi cama, si te envuelvo en mis brazos, si te permito ver de nuevo dentro de mi corazón, sé que lo destrozarás por completo.

No puedo tratarte más que con indiferencia cuando no comprendo qué te ha traído hasta aquí. No me ilusiono, no pensaré que te olvidaste de él y que ahora tendré una verdadera oportunidad, que realmente te has abierto a recibir y corresponder el sentimiento que te profeso.

Tengo miedo, de que repitamos los mismos errores, de que nos engañemos de nuevo. De que me des un poco de ti pero luego resulte que no era realmente nada lo que obtuve.

Al menos quiero esperar al día, que la luz mantenga mi cabeza en claro. He comprobado a la noche traicionera; entre la engañosa oscuridad tus labios me engatusarían de inmediato. Para ti siempre seré presa fácil, por más ingenuo cazador que seas.

Esperar… ¿a quién engaño?

-.-S-.-

Sinceramente no lo vi venir. Creí, tal vez de manera egoísta, que me recibirías gustoso, que me habías echado de menos igual que yo a ti, que no nos despegaríamos ni un segundo al reencontrarnos.

Y ahora estoy aquí solo entre cuatro insípidas paredes. Para esto, mi habitación allá en Géminis sirve igual. Te quiero a ti, aquí. Deseo que vuelvas a ser el mismo que llegó hace días al Santuario, que me hizo sentir tan increíblemente bien, y a lo que yo me prestaría esta vez no sólo por un día, sino por todos los que estuvieras dispuesto a compartir conmigo.

Supongo que debo darte tiempo. No puedo exigirte mucho simplemente porque yo ya tomé una determinación. Quizás ahora seas tú quien está confundido e indeciso. Quizás hayas recapacitado, llegado a la conclusión de que no soy conveniente para ti…

Sabía que no tardarías en darte cuenta. ¿Quién querría vivir con una complicación andante? Constantemente confundido, necesitando demasiado sin atinar donde buscar, equivocándome tan frecuentemente como respiro. Vacilando en cada acción, sin atreverme a insistirte, sin arriesgarme a tocar a tu puerta.

Pensé que ya había hecho bastante. Venir aquí me costó un descomunal esfuerzo. Flaqueé mil veces en mi decisión, actué en contra de cada fibra de mi temeroso ser. Y creí que tú sabrías eso, que entenderías lo que mi presencia aquí significaba.

No te consideré tan despistado.

—Saga.

Sabía que no lo eras…

Volteo. Ni siquiera llegué a la cama y tú ya has vuelto. Quiero sonreírte, pero me contengo hasta saber exactamente qué es lo que quieres.

Quieres mucho más que una sonrisa. Caminas hasta donde me encuentro con pasos furtivos y veloces, con confianza te acercas hasta que después de parpadear no veo más que tus ojos, a increíble cercanía.

¿Me estás besando? Tiene que ser… no podrías estar tan asombrosamente cerca si no fuera así. Nuestras narices chocan, y es cuando finalmente te mueves, ladeando tu rostro en cambiantes ángulos, que sé con certeza que sí, me estás besando. Tu lengua parte mis dóciles labios, transmites a mi boca la dulce calidez que en la tuya sobra, y despejas cualquier agobiante duda que me quedara, de que todavía me quieres.

—Te mentí antes—. Te alejas por un segundo antes de volverte a aproximar, dejando un beso corto y sonoro en mis labios, mientras tus brazos rodean mi cintura y comienzas a empujarme. No tardas en sentarme en la cama, en empujarte sobre mí y finalmente acostarme. Y… ¿qué estabas diciendo?

Apoyas las manos a cada lado de mi cabeza, manteniendo los brazos extendidos y poniendo espacio entre nosotros para después complementar el extraño comentario con que llegaste.

—Mi cama es más grande. El aire acondicionado funciona mejor. Tengo una televisión nueva y enorme, ¿la has visto? Y mi ventana da en perfecto ángulo al exterior, se ve un amanecer precioso…— dices exaltadamente, sin tomar siquiera un respiro, sonriendo de lado, mirándome seductor.

Todo suena muy interesante. Pero yo sólo necesito confirmar una cosa muy simple.

—Y tú estarás ahí—. Mis manos alcanzan tus mejillas, aunque eso no te impide desviar un poco el rostro, al sonrojarte encantadoramente.

—Sí… eso también—. Te encoges de hombros, luces tímido por un instante. Un instante al que adoro inmensamente.

Y puedes considerarme convencido.

-.-K-.-

Es una vez que asientes y sonríes, que toda pesadez desaparece, todo nerviosismo e incertidumbre se esfuma. Y compruebo que mi impaciencia ha resultado ventajosa. El reprimirme, el dejar esta noche pasar en pesadumbre, el tratarte al día siguiente con distanciamiento, ¿eso qué me hubiera traído?

Nunca podré negar lo que eres para mí, el poder que tienes sin siquiera darte cuenta, el incalculable amor que te profeso. Y esa palabra se queda corta, en sílabas y significado.

Tal como no me alcanzan mis dos ojos para asimilar la perfección que eres, tal como siento que los brazos con que te rodeo te quedan chicos, y mis labios tendrían que dedicarse una eternidad a besarte para que te dieses una diminuta idea de la manera absurda en que te amo.

Tomando tu mano te levanto de la cama y te guío fuera de esa habitación hacia la otra que tan efusivamente te promocioné. Y ya no digo nada más. Sin querer ponderar y crearme más dudas, mantengo firme en mi cabeza la noción de que has venido, has mostrado interés, has dado el paso que nos unirá de nuevo, sin importar qué te haya llevado a tomar tal decisión. Entonces como tú, yo debo arriesgarme una vez más.

Tú confiaste en mí antes, y ahora es mi turno de confiar en ti.

—Es gracioso, que sea la primera vez que entro aquí— comentas al traspasar la puerta. Yo te doy la razón al afirmar con un discreto movimiento de mi cabeza y una efímera media sonrisa. Nunca antes, en las pocas ocasiones que te hospedaste aquí, mostraste interés por mi habitación. Era siempre yo quien te iba a buscar en la noche para desearte un buen descanso y quien te tocaba la puerta en las mañanas para que agraciaras a mi universo con tu presencia.

Pero esta vez tú lo has pedido, y no deja de extrañarme, maravillarme, y también asustarme.

—¿Por qué has venido, Saga?— pregunto en un susurro que llega directamente a tu oído cuando me acerco a tu espalda y te atrapo en un cálido abrazo. Te siento tensarte; ya esperaba que te incomodara la pregunta. Pero no debería preocuparte tanto… sin importar lo que respondas, yo no te soltaré.

—Quise hacerlo…— Alzas tus hombros antes de recargarte con ligereza en mí, dejándome el encargo de tu peso.

—¿No debí?— Extiendes el cuello un poco hacia atrás, apoyando la cabeza en mi hombro y volteando a verme; tus labios prácticamente besan mi mejilla. De soslayo aprecio tu irresoluta expresión.

—Hiciste bien, si estar aquí es lo que sinceramente quieres— digo con toda la intención de conseguir algo más de tu tentadora boca, una explicación que me tranquilice, un indicio de lo que me gusta creer…

—Lo es— musitas, descendiendo tus párpados lo suficiente para que yo no aprecie la inquietud en tus pupilas, que al contrario de tus palabras, parecen inseguras.

Yo suspiro y dirijo la vista al suelo. Entonces siento un codazo algo brusco, que me hace quejarme y voltear hacia ti. Me sonríes con dulzura mientras frunces el ceño, y esta vez me muestras alegres resplandores en tus antes melancólicos ojos.

—¡Lo es!— marcas un beso sobre las comisuras de mis labios, y yo, finalmente conforme, o más que eso, encantado con tu respuesta, coloco ambas manos sobre tu cintura y termino de empujarte a través de la corta distancia que nos faltaba para llegar a la cama.

Ríes debido a la insistencia con la que te hago trepar al colchón y esas risas se convierten en suspiros entrecortados cuando mis ambiciones salen a flote. Ambos arrodillados, yo detrás de ti, me ocupo en hambrientos besos sobre tu cuello y batallas continuas contra los botones de tu camisa.

No pasa mucho, y no tomo en cuenta cada detalle, hasta que te dejo desnudo. Y obviamente percibiéndote muy mortificado, porque todavía me puedes sentir vestido a tus espaldas. Con cariñosos restriegues de mi rostro a tu nuca te consuelo, con caricias sobre toda tu anatomía te distraigo. Y te incito a inclinarte hasta que tu rostro toca las sabanas, pero a tus caderas las sujeto en alto sin permitirles escape. Los provocativos movimientos que éstas pronto adoptan me detonan, y con celeridad me despido de mis ropas, cuando la necesidad de sentir tu piel de suave ensueño rozar con la mía, se vuelve insoportable.

Es rápido, es urgente y vital. Mis manos te recorren con ansias de quererte absorber. Mis labios igualmente anhelan consumirte… tus poros parecen querer lo mismo, encendiéndose, gritándome por atención. Y yo la doy en exceso, sin olvidar ningún precioso rincón de tu cuerpo, sin dejar de olfatear cada dulce cabello, sin dejar nunca de mirar, sin dejar nunca de escucharte.

Sin mostrar piedad al reclamar lo que desde un principio tuvo que ser mío y que rebelde se me negó por demasiado tiempo. Sólo hasta ahora siento que en realidad te tengo por completo. Y enérgicamente te recuerdo que de hoy en adelante nadie más tendrá oportunidad de hacerlo.

Y tú compartes mi agitación. Tus suspiros se convierten en jadeos, tus jadeos intentan ser palabras, pero tú sólo con voltear una vez, con regalarme la impactante visión de tu sudoroso sonroje, de tu placentera aflicción, y con dirigirme una mirada, pueril y profunda, me dices todo… lo único que siempre soñé saber.

-.-S-.-

Y nada queda desentendido. Mi piel memoriza los detalles de tus huellas dactilares, y es enrojecida por la estampa de tus labios. Mi cuerpo ya te ha recibido antes, pero justo ahora aprende que tú serás el único intruso que conocerá a partir de este segundo y por siempre. Sé traducir cada exhalación, gemir o gruñido que sale de tus labios, y soy capaz de responderlos, de comunicarte muchas cosas sin que la coherencia sea necesaria.

Lo que sí descubro necesario, como algo a lo que definitivamente me aficionaré, es este sentirte dentro de mí, esa seguridad con la que me afirmas como tu pertenencia, esa simultanea explosión a la que sucumbimos y que pareciera reventar cada célula para inmediatamente regenerarla.

No es de extrañar la deliciosa fatiga que sigue, ese grato sopor que rinde a nuestros cuerpos y nos hace buscar desesperadamente un abrazo. Y lo conseguimos sin tardanza una vez que te acomodas a mi lado y yo me giro perezosamente de perfil.

Enseguida mis brazos pasan bajo los tuyos y éstos me rodean posesivos, mis piernas buscan espacio entre las tuyas y las cuatro se entrelazan tras deliciosos roces de acomodo. Mi nariz acaricia tus pectorales a la vez que dejo pequeños besos sobre la zona, firme y cálida, invitante a recargar mi rostro de lado, y escuchar atentamente el gigante corazón que origina esa tibieza emanada de todo tu ser hacia el mío.

Y mientras yo me ocupo en tal infantil entretenimiento, y me arrullo con su repetitivo golpear, una de tus manos explora enredándose con relajante sosiego entre mis cabellos, mientras otra tamborilea sus dedos en mi espalda baja, complementando esa etérea serenata que interpretas y cuyo ritmo principal lo marcan tus calmos suspiros.

No me toma ni un minuto concluir que tú te has convertido en mi melodía favorita. Y también decido con facilidad, que es ese motor palpitante al que mi oído aprecia tan vívido, el instrumento que mejor sabes tocar. O al menos, el que más exitosamente me encanta con su cadencia.

Y si estuvieras consciente de mis excéntricos pensamientos, ya sabrías lo que quiero decirte. Y para lo cual busco aliento, aspirando profundo, tragando saliva para despejar mi garganta, parpadeando varias veces para que mis ojos estén listos a dedicarte una intensa mirada, y finalmente, elevando mi rostro para mirar tu reacción cuando mueva mis labios.

Pero sólo eso hago. Los separo y apenas se abren, cuando los tuyos se les adelantan, llamándome.

—Saga…— Es el tono, es tu mirada y es tu sonrisa, lo que me hacen adivinar qué me dirás a continuación. Pestañeo y suprimiendo una sonrisa vuelvo a colocar el rostro de lado contra tu pecho, ocultando un ligero bochorno que siento entintando mis mejillas, en anticipación al mensaje que estoy más que seguro que me alterará para bien.

Sé que expulsarás en el gentil y estremecedor sonido de tu voz exactamente lo mismo que yo pensaba confesarte.

Son palabras que ya me has dicho, pero que no dejarán de tener el mismo efecto, sino es que amplificado esta vez, porque finalmente las comprendo. Y desde aquella ocasión, aunque yo no me diera cuenta, con ese mágico murmullo comenzaste a aplacar el tumulto que él dejó, a poner en saludable ritmo el corazón que él desprogramó, a reparar todo lo que yo permití que se rompiera. Y las ondas sonoras de tu voz, tal como en aquel momento, ahora me cubren de una amable seguridad.

—Te amo—. Escucho cómo, durante el segundo en que hablas, tu corazón se detiene.

—Yo también te amo—. Escucho cómo retoma su sonoro palpitar.

Escucho al mío emocionarse por ello. Y al tuyo acompañarlo en un compartido y gozoso galopar.

Tú sabes que esta vez es verdad.

-.-.-.-.-

Fin

-.-.-.-.-

Review this Chapter
Share

Return to Top