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Muajaja ovo aquí llego con mi maloso capítulo final XD aish, cumplir años le afecta a uno uvú
Espero que le guste, muchísimas gracias por haber leído, y por sus reviews nOn
/ Capítulo 6 /
Era un agradable medio día. Tal vez demasiado para lo que acostumbraba. Saga se dejaba disfrutar, pero se mantenía aprensivo, preparado para el momento en que todo terminara, y él no pudiese hacer nada al respecto.
Suspiró y agachó la cabeza, distrayéndose de lo que previamente observaba.
Mientras él se sentaba a la sombra de un árbol, Camus se entretenía en una solitaria competencia de arrojar piedritas al cercano riachuelo, para ver cuál rebotaba más y alcanzaba mayor distancia antes de sucumbir al poder de las aguas y desaparecer de su vista.
No habían pasado más que algunos minutos desde que el joven había dejado su lado para ir a entretenerse en ese insulso juego, pero Saga ya lo echaba de menos. Camus, sin embargo, a veces necesitaba algo de distancia. Saga le fascinaba, pero lo confundía demasiado con su taciturna e introvertida actitud. El joven despertó ese día y desde entonces dudaba con cada respiro lo que Saga precisamente quería de él.
Más temprano se habían separado. Saga tenía cosas que hacer y Camus también resolvió un asunto pendiente con Milo. Un par de horas después ya estaban de nuevo juntos, solos, pero extrañamente sin mucho que decirse. Acuario decidió volver con Géminis, dejando caer el puñadito de piedras que sostenía al pasto, antes de trotar de regreso hasta el pie del árbol.
Saga no se había movido de ahí. Camus se sentó a su lado chocando hombros con él y volteó esperando encontrar aquellos ojos esmeraldas viéndolo, y una sonrisa acompañándolos. Pero lo descubrió cabizbajo, de nuevo entristecido sin aparente razón.
Camus rodeó el codo de Saga con su brazo y apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Qué te pasa, Saga?— Movió su mano libre hasta el pecho del mayor, posándola con ligereza en el centro.
Saga respondió con otra pregunta un tanto inesperada.
—¿Y Milo?— No podía pretender desconocer la cercanía que Escorpión y Acuario habían entablado. No era por celos que eso rondaba su mente, sino todo lo contrario. De hecho si Milo alejaba a Camus de él, resultaría lo mejor para el francés.
—Nada… seguimos siendo amigos. — Y ahí iban sus esperanzas de no tener que lastimarlo. Porque por más que fuera necesario, Saga no sería capaz de alejar a Camus por sus propios medios. Milo hubiera sido la perfecta solución.
—Qué bien...—musitó insincero. Camus no supo que hacer a partir de esa débil expresión. Había dado fin a su incipiente relación con Milo por Saga, y esperaba un poco más de entusiasmo de su parte. Y era en momentos como esos que se obligaba a tener presente el hecho de que Saga y él técnicamente seguían siendo sólo amigos. Continuaba siendo un misterio si llegarían a más.
—¿Y tú… tú no tienes a nadie, Saga?— Quería resolver ese misterio de una vez por todas.
Saga levantó su rostro, pero se quedó mirando al frente. Parpadeó una sola vez, revelando a sus ojos grandes, encandilados. Enseguida los entrecerró, y volteó parcialmente hacia el francés. Pasado el difícil proceso de reflexión, una sola respuesta era posible.
—Te tengo a ti, Camus. — El menor sonrió con torpeza, sintiéndose bastante sacudido.
Saga terminó de girar su rostro y apreció al chico en detalle. Desde sus oscuros zapatos, los ligeros pantalones color paja que se ajustaban a sus largas piernas, cubiertos a partir de la rodilla y hasta el tobillo por los calentadores que protegían sus pantorrillas, a los que usaba bajo ese sol siendo víctima del hábito. Porque demostrando que sí resentía el calor, era que usaba la playera con las mangas enrolladas hasta los hombros.
Jugaba nervioso apretando sus muñequeras de cuero. Mordía ansioso su labio inferior. Saga lo continuaba observando sin disimulo y Camus naturalmente se inquietaba, sobre todo después de sus últimas palabras.
Saga, después de ese minucioso estudio, reforzó su propia incredulidad. No entendía qué hacía Camus ahí… qué cosa podría buscar en él, que otro mucho más merecedor de su atención no le pudiera dar.
—Saga…— Camus lo llamó, despacio y cauteloso, preocupado una vez más por el ensimismamiento súbito y claramente triste al que Saga había sucumbido. Y es que necesitaba que le pusiera atención, que le escuchara bien, porque sus labios temblarían tanto que no sería capaz de repetirlo.
—Te amo. — Géminis se sobresaltó. Dejó pasar el impacto y encorvó la espalda para apoyar ambos brazos sobre sus flexionadas rodillas, y encima descansó el mentón.
Eran palabras muy grandes para un chico tan joven. Saga todavía creía que Camus estaba simplemente impresionado con él. Y no sabía cómo responderle...
—¿Saga?— El francés volvió a tomar el brazo que había perdido durante el nuevo acomodo del griego, y le llamó lastimeramente, ansioso por una contestación; por cualquier reacción menos el silencio. Se había arriesgado al decírselo pero había sido sincero, y esperaba que el mayor lo fuera también.
Para Saga no era fácil decidir cuál sería el camino de acciones a seguir. No quería alimentar más ese enamoramiento a sabiendas de que él no resultaba conveniente para nadie.
Pero tampoco quería mentirle.
—Yo a ti. — Y enseguida sintió un grupo de delgados dedos acariciando un lado de su rostro, retirando cabellos impertinentes e instándolo a erguirse y voltear.
Saga lo hizo. Vacilante, enderezó la espalda y regresó su atención a quien podría dedicársela eternamente si esa decisión estuviera en sus manos. Camus se incorporó para arrodillarse, y pronto eran dos las manos que tocaban el rostro de Saga, encuadrándolo.
Cuando el menor lo tuvo a la altura y ángulo perfecto, se acercó a un cohibido Géminis, y tras entremezclar un suspiro, hizo a los labios de ambos contactar en un suave rebote que enseguida los distanció.
Ese milímetro fue desaparecido con una nueva aproximación bastante más ambiciosa. Camus succionó los labios de Saga; el inferior, el superior, luego acarició ambos, les hizo entreabrirse y absorbió su calidez. Compartió a Saga sus jadeos, le presentó a su aventurera lengua, se la regaló para que aquél la tratara como se le diera la gana, y a cambio exigió conocer la perfección que eran cada uno de sus dientes.
Ese beso se anunció interminable y escaló en intensidad. Un abrazo exaltado y caluroso remató el férvido momento, y con la misma mesura que llegaron al punto de sentir que se tragarían el uno al otro, fue que toda acción disminuyó en arrebato, lentamente… hasta que terminaron despidiéndose con toquecitos leves entre dos pares de húmedos y rojizos labios.
—¿Lo hago mejor?— Esperaba que sí, pues la primera vez no había sido de lo más memorable. Camus sonrió con aire juguetón, deslizando las manos hasta los hombros de su boquiabierto compañero.
Saga no consideró necesario hablar. Suponía que su evidente agitación y el color cálido en sus mejillas comunicarían todo lo que Camus ansiaba saber.
A partir de entonces, cada despedida resultó devastadora. Sin embargo, por más veces que Camus se marchara, los sentimientos que ya sabía correspondidos le obligaban a regresar.
Cada determinado intervalo de meses se aseguraba de visitar el Santuario. Aunque Saga no siempre estaba disponible. Progresivamente fue inevitable comprender las ideas que sus compañeros tenían en cuanto aquél. Camus se dio cuenta de que parecía ser el único que conocía a Géminis, que siquiera hablaba con él, y eso en las raras ocasiones en que se lo encontraba.
Podría haber subsistido con las pláticas nocturnas y la inocente cercanía que se daba durante esos eventuales encuentros, pero después del accidente de su alumno Isaac, Camus se sintió horriblemente responsable; vertió todas sus esperanzas y atención en Hyoga. No se permitió más descansos y fue exigente en demasía con él. Pasó meses sin regresar al Santuario hasta que fue llamado directamente por el Patriarca a hacerlo.
Había una nueva amenaza, una falsa Atenea. Y las doce casas estaban siendo ocupadas, en un acontecimiento ciertamente raro.
Sin embargo, había un templo cuyo guardián no se dignaba a aparecer.
Camus ya llevaba varias semanas en Grecia. Según lo anunciado sería al día siguiente cuando los traidores, de los cuales no sabía mucho, vendrían al Santuario. Y a cada día aumentaba su ansiedad; no por cualquier enfrentamiento que viniera, sino porque el tercer templo estaba desprotegido.
Él mismo se sentía desprotegido sin la presencia del dorado de Géminis. Esa noche se encontraba caminando por los pasillos la casa de dicho signo, en espera de percibir a Saga… ya ni siquiera de encontrarlo casualmente ahí. Sabía que el griego aparecería cuando menos se lo esperara, y que en cuanto lo viera, el tiempo parecería no haber pasado. Entonces toda la espera habría valido la pena.
Suspiró y buscó la salida. Y al llegar al onceavo templo cayó en cuenta de que había desperdiciado las últimas dos horas de su vida buscando en el lugar equivocado.
—Tengo que decirte algo muy importante— murmuró Saga, tras fundirse con Camus en un brioso abrazo.
Géminis había corrido desde el interior del templo circular donde había estado esperando, hasta darle alcance a Camus en los escalones de la entrada, apenas tras notarlo aproximándose. Ahí mismo el aturdido francés recibió los desesperados besos que siguieron, las lastimeras miradas que le conmovieron, y tomó la mano que ansiosa buscó la suya para guiarlo lejos de ahí.
Fue hasta que alcanzaron aquel espacio del bosque que les pertenecía -cerca de ese árbol, de pie frente a ese riachuelo- que Saga dejó ir la mano de Camus, quien no por eso se alejó del quieto lugar que ocupaba a su lado.
El mayor dirigió su nostálgica mirada hacia abajo para ver su reflejo en el agua, que por las constantes vibraciones y ondas lucía justificablemente distorsionado… e incluso así, era el retrato más fiel que podía haber encontrado de sí mismo; desfigurado e imperfecto.
—Mira. — Señaló esa imagen que a él le resultaba tan perturbadora.
Camus obedeció y fijó sus confusos ojos zafiros en la irregular corriente del río, pero no entendía qué era lo que debía notar.
—Prefiero verte directamente. — Se giró, colocó una mano en su mejilla y le hizo voltear, para efectivamente hallarse con el rostro que originaba tan infiel reflejo.
Acto seguido, se acercó a Saga y besó tiernamente unos labios que pudo alcanzar fácilmente gracias a la encorvada postura del mayor. Este último no respondió con gran júbilo a la caricia, así que Camus no tardó en retirarse, afectado por hallar a Saga en exceso apenado y tan poco responsivo.
—¿Por qué siempre tienes que estar tan… triste?— hubo innegable reclamo en el tono. Era realmente frustrante sentirse tan feliz a su lado, y a la vez tan culpable porque aquél nunca parecía compartir ese estado de ánimo.
—¿Eso te parece?— Saga le miró brevemente a los ojos antes de dar la vuelta y alejarse unos pasos. Quería buscar ese árbol bajo el cual podría sentarse y esperar a que el menor le siguiera y le abrazara, como era antigua costumbre.
Pero esa vez Camus no caminó inmediatamente detrás de él.
—Sí. Y si soy yo lo que te molesta…
—¡No!— Saga se volvió rápidamente y atrapó ambas manos del menor; las que había alzado en el aire con cierto desespero al hablar.
—No…— Entonces fue Saga, para variar, quien pidió un beso de los labios de Camus. Éste al instante olvidó cualquier cosa que pensara seguir diciendo, rodeó con sus brazos el cuello del griego y dejó que aquél atrapara su cintura.
Saga se separó de él suspirando, y Camus sólo consintió tal distancia porque sabía que sería una perecedera… que en menos de un minuto, estarían acurrucados uno contra el otro sobre las raíces de su enorme y protector árbol.
Una vez que la realidad obedeció a esas predicciones, todo lo demás fue relegado. Camus no ponderó más sobre el eterno enigma que Saga representaba. Desde que lo conoció le había caído como alguien extraño; alguien que llamaba a gritos silenciosos por ayuda. Aunque Camus no encontraba razón para ello, no sabría para qué. Pero él la brindaba, con su incondicional cariño.
No se dio cuenta, o más bien no quiso notar, que mientras él maduraba con los años, Saga parecía hacer todo lo contrario: decrecer, derrumbarse.
Camus se reacomodó haciéndose espacio entre las piernas de Saga, acostándose hasta recargar el rostro de lado sobre su pecho. Percibió al mayor tensarse, porque no estaba precisamente quedándose quieto. De vez en cuando se removía, fingía buscar un acomodo agradable para dormir, cuando lo único que taimadamente buscaba era traerle recuerdos incómodos a Saga.
Habían dejado pasar demasiado tiempo. Camus sentía que era hora de redimirse por lo que en un pasado habían sido infantiles descuidos, exigencias de cosas sencillas, no de todo lo que realmente necesitaba.
Se incorporó hasta arrodillarse. Colocó las manos sobre los hombros de Saga y se inclinó para aumentar la cuenta de los intercambios en que sus labios se enfrascarían esa noche. Mientras le distraía con la ávida exploración de la tibia cavidad que era su boca, Camus deslizó las manos hacia abajo y en reverso por el tórax de Saga, y se pegó más a su cuerpo, haciéndolo contraer todo músculo y relajarse temblorosamente un instante después.
Camus dejó a los labios de Saga en libertad para que suspiraran trabajosamente, y se dedicó a atender su níveo cuello, que pronto luciría bastante enrojecido. Saga se limitó a atrapar con nerviosos puños la camisa de Camus sobre su espalda, y a encoger los hombros, intentando protegerse de esos besos que erizaban su piel.
Pero Camus actuaba más rápido de lo que Saga pudiese reaccionar; en un parpadeo tenía a medio desabrochar la camisa del mayor y movía sus labios sobre las firmes y tersas zonas de piel que iba descubriendo. Con cada beso, acababa con todo compostura que Saga pudiese guardar… era como si sus mágicos labios presionaran invisibles botones que despejaban al mayor de cualquier refreno que quisiera imponerse.
Para cuando los besos llegaban a la altura del abdomen de Saga, y éste predecía el rumbo que tomarían al sentir que Camus trabajaba afanosamente contra su cinturón, Géminis suspiró entrecortadamente, y presintió con firmeza un cercano derretimiento de todo su ser.
Y se preguntaba, de dónde sacaba Camus la firme celeridad de sus acciones. Se sentía intimidado por el determinado joven, quien actuaba únicamente guiado por instinto, nerviosismo, deseo e imaginación.
—¡Dioses!— Saga resopló, cuando una apresurada mano venció los límites de sus pantalones y ropa interior. Su reciente erección fue liberada y enseguida sometida al apresamiento de un grupo de dedos que comenzaron a acariciar sin aparente reserva; aunque en realidad Camus, con su respiración acelerada y ojos herméticamente cerrados, no podría mostrarse más sonrojado, ni sentirse más ofuscado.
Y ya que el límite de su modestia había sido sobrepasado, osarse más allá no representaría mayor pérdida.
Saga le vio con pupilas dilatadas descender el rostro, y no lo creyó, incluso después de haberlo sentido, ese contacto suave de sus labios y luego ese toque curioso de su lengua. Gimió despacio e incrédulo, al unísono de los guturales soniditos que Camus distraídamente expresaba mientras atendía el miembro de Saga con cada vez mayor confianza y voracidad.
A veces lo atrapaba entre sus labios y se retaba a sí mismo para ver que tanto podía recibir en su boca, pero para Saga ya era demasiado. Finalmente perdió todo control y empujó al menor en un abrupto movimiento. Camus terminó acostado sobre el pasto con Saga encima de él; enredando una mano en su cabello, con otra retirándole la camisa, mientras cubría su rostro de fugaces besos.
Camus jaló aire aturdido cuando Saga se dio un descanso de las múltiples tareas que llevaba a cabo, para apartarse durante el tiempo que le tomó terminar de zafarse de su propia camisa. Haló el brazo de Camus para hacerlo levantarse un poco, y acomodó torpemente la prenda bajo él, sobre la del mismo muchacho que yacía en la tierra, creando con ambas un delgado colchón.
Descendió y en un veloz proceso saboreó lo más que pudo de la piel que cubría los ligeramente marcados músculos del francés, dejando como resultado un tórax de fondo blanco y adornos rojizos. Camus se apoderó de la cabellera de Saga en cuanto éste se agachó, y arqueó la espalda, demandando mayor dedicación de aquellos labios griegos.
Saga, dentro de su desesperación, alcanzaba a entender. Y mientras deslizaba los pantalones de Camus por sus esbeltas extremidades, atacaba con inusitada ferocidad esa adictiva piel en toda zona que tuviera disponible; lamía su hombro y llegaba con ansiosas succiones a su cuello, atrapaba porciones de piel y las mordía no siempre con suavidad, atormentaba y endurecía a sus rosáceos pezones con juegos apresurados de su lengua.
Y al momento en que terminó con la tarea de desnudarlo, culminó todo ese banquete en sus hinchados labios, a los cuales adhirió los suyos en un beso fuerte y asfixiante. Camus sentía a sus ojos desorbitarse durante las breves ocasiones en que los abría, para ver un cielo estrellado y hechizante, y luego un par de ojos de turbio esmeralda que tenían un efecto similar pero mucho más efectivo que los luceros celestiales.
Cuando Saga se incorporó hincándose entre las piernas de Camus, tampoco pudo desviar su mirada de aquellos expresivos ojos azules, que más bien lucían negros en ese instante. Aspiró aire dificultosamente, sostuvo con firmeza cada lado de las caderas de Camus, las levantó y atrajo hacia su cuerpo, montándolas sobre sus muslos.
Camus echó su cabeza hacia atrás, arrugó entre sus dedos las prendas sobre las que se acostaba, y con otra mano intentó retirar algo del sudor que empapaba su frente. Las piernas que flexionaba a cada lado de Saga se apretaron contra los costados de éste, implorando, contagiando más calor, haciendo la excitación insoportable para ambos.
Saga lo elevó una vez más, y el menor colaboró al instante separando sus piernas y curvando la espalda. Saga dirigió su palpitante miembro a la angosta entrada de Camus, y empujó con inicial mesura hasta que la sensible punta sobrepasó esa prometedora barrera.
Sin embargo, ese tacto que Saga planeaba guardar para con Camus, se quedó en no más que una intención, cuando el íntimo aprisionamiento del joven se convertía -tras apenas experimentarlo- en una necesidad vital. Entonces arremetió con descuidada fuerza, gruñendo por la resistencia que el cuerpo del otro imponía.
Ese otro, mientras tanto, exhalaba sus dolientes gemidos a la fresca brisa nocturna, y sometía sus pulmones a un forzado trabajo mientras se acomodaba a la considerable invasión que tenía a su cuerpo temblando conmocionado. A cada enérgica arremetida que recibía del mayor, un irreprimible quejido salía de sus labios, y progresivamente pequeñas lágrimas se colgaban a las comisuras de sus ojos.
Sintió a una de sus piernas ser movida; colocada sobre el hombro de Saga, quien a la vez se inclinó un poco, buscando un ángulo en que pudiera penetrarlo más profundamente, adoptando un ritmo cadencioso una vez quedado conforme. El menor agradeció ese cambio con bruscos suspiros, sucumbiendo a las corrientes de placer enviadas desde un punto donde Saga golpeaba más atinadamente con cada una de sus delirantes aproximaciones.
La inexperiencia de ambos no era un obstáculo insondable. Una vez que armonizaron sus movimientos, que se relajaron y se dejaron llevar, todo escaló en cuestión de segundos a un espiral irreal de sensaciones estremecedoras y dulcemente tormentosas; por primera vez conocidas y que jamás serían olvidadas.
Y es que estaban siendo acompañados por la persona más indicada. Claro que ninguno pensaba eso de sí mismo, pero el contrario sí que lo tenía presente en su mente. Camus confirmó en ese momento que, inconscientemente y desde Dioses sabría cuándo, se había aferrado a esperar por Saga; a entregarle lo último que faltaba darle cuando aquél se animara finalmente a pedirlo. Él siempre había estado listo para esto.
El caso para Saga no era diferente. Pero el conflicto aparecía cuando éste recordaba que no era sólo él quien estaba teniendo la dicha de reclamar un espacio en ese perfecto ser. Había alguien más que consigo aprovechaba, y que, aunque por el momento ausente, regresaría a torturarlo. Le recordaría promesas que se había hecho a sí mismo, lo atosigaría al haberse demostrado débil, incapaz de resistir…
Incapaz de dejar de amar al guardián de Acuario.
Fue un éxtasis agridulce el que comenzó a sacudirlo. Sin embargo, Camus se ahorró la parte amarga. Ignorante a las angustias del mayor, cedió toda resistencia al remolino de escalofríos que reclamaba por vencerlo, acercándolo a un límite que estaba anheloso por alcanzar.
Impaciente, intentó apresurarlo y llevó una mano hasta su erguido miembro, envolviéndolo con sus dedos y al instante sintiéndose quemar. Suspiró superficialmente cuando, un segundo después, Saga cubrió esa mano, acoplando otros cinco dedos a los primeros; se unieron en caricias repetitivas y armonizadas con el balanceo generalizado de sus fusionadas anatomías.
Saga jadeó aliviadamente cuando su orgasmo terminó. Inclinándose hacia delante, dejó a esa pierna que había estado apoyándose sobre su hombro deslizarse siendo llamada por la gravedad, antes de apoyar ambas manos a cada lado de la cabeza de Camus. Descendió el rostro hasta que las puntas de sus cabellos cosquillearon la ruborizada faz del menor, quien gemía intolerante a su placentera explosión, sin poder recuperarse incluso después de que su semen se viera expulsado fuera de su hirviente ser.
Todavía quedaba esa entrañable experiencia de tener a Saga dentro de él. Aquél le regaló unos momentos más, antes de dejar ese cálido refugio y permitir al líquido que lo llenaba escurrir con mayor libertad hacia el exterior de su agitado cuerpo.
A Saga le engañó el tiempo. Se distrajo con la visión de imposible belleza que yacía debajo de él. Notó con detalle y como si se diera a lo largo de un minuto, cómo una gota de sudor caía desde la punta de su nariz hasta la arrebolada mejilla de Camus. Y cómo éste, en reacción a ese diminuto golpe, apretaba un mínimo los ojos antes de volver a relajarlos, y finalmente abrirlos a medias, dejándolos protegidos por gruesas y seductoras pestañas.
Camus le sonrió con fatiga, invitándolo a agacharse la distancia que faltaba y tomar de sus ardientes labios un beso demorado y perezoso. Tras compartir ese amoroso contacto, Saga se recostó sobre el francés con pretendida ligereza, siendo rodeado con inmediatez por dos cansados pero afables brazos.
Su rostro descansó cerca del cuello de Camus, y juntos dejaron los minutos pasar mientras un agradable silencio y una necesitada inmovilidad se hacían presentes en ellos.
"Y te decías tan noble… No sabes cuánto me diviertes."
Y no hubo más silencio para Saga. El comentario escuchado en algo que ni siquiera había sido un verdadero sonido, no fue nada agradable. Parpadeó temeroso hacia Camus, quien parecía haberse quedado dormido en una envidiable tranquilidad.
Saga lo había buscado con la intención de decirle algo; de hacerle partícipe de su más oscuro y terrible secreto. Se arriesgaba a perder quizás todo con eso, pero al menos se liberaría de la insoportable carga y dejaría de mentirle a la única persona que le importaba en el mundo.
Con lágrimas contenidas en los ojos, se levantó, recogió sus pantalones y se los puso. Alcanzó también los de Camus, y se los colocó a éste, quien entreabrió los ojos sólo para comprobar que Saga trataba de vestirlo. Sin ponderar en ello volvió a ocultar su mirada, mientras colaboraba flexionando las piernas y elevando débilmente las caderas, para que después Saga ajustara la prenda con el pequeño botón que quedó situado a poca distancia bajo su ombligo.
Géminis siguió el mismo proceso con las camisas de ambos, las cuales extrajo con la mayor delicadeza posible desde su localización debajo de Camus. Se colocó enseguida la suya, bastante arrugada, y dejó la del menor para después, simplemente acomodándola sobre su hombro para luego agacharse y tomar a Camus entre brazos.
Acuario se sintió levantado y pestañeó curioso, dejando sus ojos abiertos por varios momentos para absorber su cálido entorno. Suspirando, se recargó más cómodamente contra el pecho de Saga y se sujetó con una mano al hombro de éste, dejándose transportar aunque su extenuación no era tanta.
Supuso que lo llevaría al onceavo templo. O quizás, aunque menos probablemente, a Géminis. Nunca pensó que despertaría -tal como un par de horas después lo hacía- en unos aposentos espaciados, en exceso decorados, y con detalles demasiado refinados para poder pertenecer a alguna de las sobrias doce casas.
—¿Saga?— llamó al hombre que dormía a un lado suyo, abrazándolo parcialmente y apoyando la cabeza en su hombro. El aludido lentamente se desperezó, y encontró una expresión bastante confundida en el rostro de su acompañante.
La desconcertada mirada del francés se dirigió hacia una ventana desde la cual se demostraba, por los riscos de los alrededores, que se encontraban a gran altura. En el Templo Principal que encabezaba al resto.
Camus miró con gravedad a Saga. No podía descifrar lo que éste ganaría con haberlo llevado ahí, y aún más importante, en dónde se encontraba el dueño de dicha recámara.
—¿Y… el Patriarca?— La pregunta fue vacilante. Tenía una desagradable corazonada, de nada en específico, sólo esa sensación de que la respuesta que obtendría no sería del todo esperada.
El mayor le miró fijamente a los ojos, luciendo en los suyos una cristalinidad que le daba cierto aspecto infantil, inocente al confesar el más infame de todos sus crímenes.
—Lo maté— escupió sin más. Y Camus, después de un momento de total inexpresión, mostró en sus labios una incipiente y temblorosa sonrisa incrédula.
—¿Qué? Bromeas... Saga, ¿qué estamos haciendo aquí?— Se sentó, dando un vistazo más detallado al lugar. El otro se arrodilló al mismo tiempo.
—Lo maté, hace tantos años… y fue muy difícil lavar su sangre de mis manos— explicó sin emoción, inclinado el rostro y perdiendo su mirada, como quien recuerda algún pasaje de su vida. Camus sintió a su garganta apretarse peligrosamente y a su corazón gritar en un doloroso latido, antes de continuar su ritmo con un compás apresurado y asustado.
—Pero… ¿por qué? ¡Saga, no entiendo!— No quería entenderlo. Era simplemente ridículo, aunque contradictoriamente explicara demasiadas dudas que siempre había guardado en cuanto Saga. Pero pensarlo como un asesino, como un usurpador, sencillamente no cabía en su mente. Sus neuronas habían sido diseñadas para amarlo, no para aborrecerlo como sentía que debía hacer.
—Me obligó. — Las diáfanas pupilas sacudieron su brillo.
—¿Quién?...— musitó, intentando ser cauteloso, mas incapaz de ocultar el tono anhelante; si había alguien más a quien culpar, entonces todo podría seguir siendo perfecto.
—Él…me ha hecho hacer muchas cosas malas, pero… me deja estar contigo.— Y una sonrisa completamente fuera de lugar hizo a los labios de Saga curvarse extrañamente esperanzados.
—¿De quién hablas!—Sin aguantar más, Camus tomó sus hombros y le sacudió con brusquedad. Saga quejumbrosamente exclamó:
—¡De él!
—Saga...— Camus cerró los ojos momentáneamente, respirando bien profundo, hallando paciencia y cordura antes de volver a mirar sus indescifrables ojos esmeraldas — ¿Quién es "él"? — preguntó ya bastante más refrenado.
—Yo. — Camus se sobresaltó, no tanto por el par de manos que rodearon amenazadoramente su cuello, sino por el desconocido timbre de voz que escuchó de aquellos labios que creía conocer en todo detalle.
La mirada de Saga también era distinta… no más melancólica y hermosa, sino sádica y llena de maldad. Sus ojos se apreciaban inyectados en sangre, hasta sus cabellos se observaban diferentes.
Sería ese ahorque al que lo sometía el mayor lo que le impedía hablar, pero incluso sin dicho impedimento, la impresión sentida no permitiría que Camus articulara palabra alguna.
Pero tenía que hacerlo. Le quedaban mil preguntas por realizar, infinitas inquietudes por sosegar.
—¿S-saga?...— El apriete no era tan fuerte como el que usaría alguien que realmente quisiera matarlo; dificultosamente, pero podía respirar; casi inaudible… pero fue capaz de hablar.
—No quiere que te toque. Grita porque no te mate— siseó su atacante, acomodando su peso de manera más obstaculizadora sobre Camus, y deslizando sus fuertes dedos a lo largo de ese vulnerable cuello. El francés comprimía enérgicamente las muñecas de Saga, indeciso de hacer algún otro movimiento, de defenderse con propiedad.
Era, después de todo, Saga.
El de mirada escarlata mostró sus dientes en una sonrisa cruelmente divertida, y continuó hablando.
—Quiere regresar contigo. Dice que te ama, ¡dice que me odia!— y soltó una carcajada despiadada que heló a Camus hasta los huesos. Luego agachó un tanto el rostro, ensombreciendo su semblante con el flequillo que parcialmente le cubrió. Aspiró aire con visible esfuerzo, y aunque esa escalofriante media sonrisa todavía era apreciable en sus labios, su tono de voz fue mucho más calmo, enervantemente bajo.
—Si estuviera aquí, lo verías llorando… ¿Eso quieres? ¿Quieres verlo llorar?...
—¡Saga!— El menor gritó y finalmente comenzó a removerse con brusquedad, lanzando golpes al otro e incorporándose lo mejor que podía, pero no logró escapar. Un abrazo urgente lo detuvo, y un llamado acongojado le estremeció.
—¡Camus!— Obtuvo control de su cuerpo y sollozó contra el hombro del enmudecido francés. Éste también dejó escurrir gruesas lágrimas de confusión desde las pozas zafiros de sus ojos.
—¿Qué fue eso?...—murmuró, moviendo los brazos con vacilación y colocando las manos en la espalda baja de Saga, irresoluto de responder al abrazo con el mismo ímpetu que caracterizaba al mayor.
—Fue él. Lo siento…— Se despegó un poco del joven para verlo a la cara, para buscar un beso pobremente correspondido de aquellos labios que tiritaban.
Camus estaba todavía demasiado turbado. Sentía que de pronto no conocía a Saga para nada, y poco comprendía del pequeño y siniestro episodio recién vivido.
—No regresará, no por esta noche. Me lo ha prometido. Ya no debes temer… te quedarás conmigo, ¿verdad? Yo te cuidaré…— Géminis insistió con infantil solicitud, hablando velozmente y complementando sus palabras con nerviosas caricias en rápido vaivén sobre los desnudos brazos de Camus.
Éste le miraba y lo peor era, que ya lo reconocía. Veía de nuevo esos ojos tristes, esa expresión necesitada, y la nula solución que obtuvo a su desconcierto ya no le interesó más.
—No, Saga…— Lo atrajo de nuevo cerca de sí, subiendo sus brazos hasta que pudo enredar los dedos en la azulada melena. Saga, por más que se sintiera desesperanzado por aquella respuesta, se entregó a ese apacible abrazo. Suspiró irregularmente debido a su llanto, y acurrucó el rostro contra el pecho del menor, quien a su vez no parecía poder controlar las silenciosas lágrimas que empapaban sus lechosas mejillas.
—Yo cuidaré de ti— declaró suavemente. Recargó el rostro de lado sobre la cabeza de Saga, sintiéndolo sacudirse contra su cuerpo, prácticamente palpando su angustia, y lamentándose por no haberse dado cuenta antes…
El consuelo que ofrecía llegaba demasiado tarde.
Sería la última vez que llorarían juntos.
/./
Fin