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Wakatta
Author of 8 Stories

Rated: T - Spanish - Romance/Adventure - Reviews: 16 - Published: 04-23-05 - id:2364077

Perdida sin ti

Género: PG-13

Pareja: Shoujo-ai, yuri (Kirika/Mireille)

Disclaimer: Noir es propiedad de sus respectivos autores, yo no poseo Noir ni a sus personajes, si lo hiciera estaría disfrutando de mi dinero y no escribiendo este fic.

Notas: este fic tiene lugar tras los últimos capítulos de la serie de anime y supone en algunos puntos un gran destripe de esta. Léelo bajo tu responsabilidad.

Silencio. Otra noche más de insomnio, envuelta en la más absoluta oscuridad, escuchando tan sólo la sosegada respiración de su compañera. Casi seis horas a solas con sus pensamientos, sus miedos y dudas, que replantearía una y otra vez, consecutivamente, hasta que el primer rayo de sol despuntara por el horizonte urbano de París.

Hacía casi un mes desde que Kirika y ella habían vuelto de aquél lugar perdido en el territorio francés. Un mes hacía ya del día en el que ambas se habían aceptado a sí mismas y destruido, al menos en parte, a los demonios de su pasado.

Y, sin embargo, nada había cambiado entre ellas. Mireille reconocía, noche tras noche, que la culpa era suya.

Había viajado hasta la frontera de Francia y España, después de haber leído la carta que Kirika le había escrito, firmemente decidida a traerse de vuelta a la japonesa y, de paso, confesarle lo que sentía por ella, algo que anteriormente sólo se había atrevido a plantear en sus más delirantes fantasías.

Sin embargo, su decisión se había quebrantado pronto. Acababa de llegar cuando descubrió a Kirika y a Chloe, bañándose desnudas y, lo que es peor, besándose. Si ya anteriormente sentía celos de Chloe, la visión le provocó tanta rabia que necesitó unos minutos para recobrar la sangre fría y ser capaz de enfrentarse a su compañera.

También le resultó desagradable comprobar que dentro del cuerpo de la dulce japonesa existían dos personalidades completamente distintas. La Kirika tímida, amable y amante de los gatos a la que Mireille amaba, y la Kirika de ojos de acero, la Diosa de la Muerte a la que pretendía Chloe. Una de esas facetas había hecho todo lo posible por matarla, y la otra, por defenderla.

Después de matar a Chloe y Altena, había regresado a París con una Kirika herida con la bala que tenía que haberla matado a ella. Había cuidado de su compañera con devoción y cariño, y le había demostrado con creces su agradecimiento. Pero no había dicho ni una palabra acerca de lo que ambas sentían.

Kirika se revolvió en la cama entre sueños, y quedó de cara a su rubia compañera. Ésta tragó saliva y la miró.

En los días siguientes a su regreso intentó repetidamente hablar de ello, pero en cuanto abría la boca, su mente se inundaba con la imagen del beso entre Chloe y Kirika, y las palabras morían en su garganta. Por otra parte, a veces le avergonzaba reconocer que sentía un poco de miedo. ¿Cómo sería amar a Kirika sabiendo que en segundos podía pasar de ser un ángel a un auténtico demonio?

La misma Kirika, por su parte, no ayudaba mucho a resolver el problema. Fiel a su costumbre, apenas hablaba y se pasaba los días meditando mientras miraba por la ventana. A Mireille le hubiera gustado poder asomarse a su mente y ver qué era lo que pensaba. Porque no sabía si estaba tan ansiosa como ella pero su naturaleza le impulsaba a ocultarlo, o si realmente estaba tranquila y satisfecha con la relación que mantenían.

Los días transcurrían, pues, lentamente, mientras en el apacible apartamento la tensión se palpaba en el aire. Soldats no había vuelto a importunarlas, aunque un enviado, en una breve conversación, les había dado a entender que las dejarían en paz a condición de que ellas hicieran lo mismo. No habían tenido ningún problema en aceptar, porque después de lo ocurrido con Chloe y Altena, ambas tenían claro que su andadura como Noir y como asesinas profesionales había acabado. Respecto al dinero, no tenían de qué preocuparse, al menos de momento.

De día la tensión no era tan mala. Kirika se iba a pasear, y Mireille podía entretenerse con el ordenador. Pero las noches, las noches eran una verdadera tortura. Sentía su cuerpo caliente al lado del suyo y se maldecía a sí misma por no vencer su miedo a amar.

Las flores de cerezo caían lentamente a sus pies mientras pasaba con delicadeza por encima de ellas. Suspiró. Estaba cansada de pasear, cansada del monótono día a día y cansada de la tensión que le provocaba el tener que tratar a Mireille como si nada hubiera pasado. Había tenido que recurrir a toda su fuerza de voluntad para atreverse a escribir lo que sentía. Cuando ella apareció en los viñedos de Altena, mejor dicho, cuando su mirada de preocupación y afecto ahuyentó al demonio que la estaba poseyendo y hacía que intentara matar a la persona a la que más quería en el mundo, estuvo completamente segura de que ella sentía lo mismo. Cuando le imploró que viviera, creyó que le estaba pidiendo que viviera por ella misma.

Sin embargo, nada había cambiado. Mireille se comportaba como siempre, sólo que ahora ya no tenían que asesinar, lo cual eliminaba la única válvula de escape que poseía. Kirika se volvía loca cuando observaba a su compañera. ¿Cómo podía estar tan tranquila después de haberse demostrado mutuamente que se querían?

Kirika dio media vuelta inesperadamente, poseida por un repentino arranque de rabia. No lo había pensado hasta ahora, pero acababa de darse cuenta de que aborrecía las calles de París, que, tras todos esos meses, conocía a la perfección. Admitía que se había resignado a no recuperar jamás su verdadera identidad, pero no a convertirse en un mero objeto decorativo del apartamento de Mireille. Una vez más, iba a invocar al poco arrojo que aún le quedaba, para ser de nuevo la primera en poner las cartas encima de la mesa.

Mireille miraba aburrida por la ventana mientras se estiraba perezosamente. Jamás entendería qué atractivo encontraba Kirika en pasarse horas allí, aunque, bien pensado, tampoco tenía nada mejor que hacer.

A sus espaldas, la puerta se abrió, sacándola brevemente de su hastío. Cuando escuchó un portazo que hizo estremecer las paredes del apartamento, dio media vuelta, sorprendida.

Kirika estaba a escasos metros de ella, jadeando mientras recuperaba el resuello. Tenía las mejillas encendidas, y miraba a la rubia con el cuerpo en tensión.

¿Qué te ha pasado? -inquirió Mireille, preocupada.

Di mejor que no me ha pasado -replicó Kirika en tono brusco, irguiéndose. Mireille alzó una ceja, desconcertada.

Mireille¿qué sientes por mí?

La aludida sintió cómo su corazón se paraba por un instante, para después empezar a latir a una velocidad endiablada. Notó el calor en el rostro, y tuvo que apretar con fuerza los puños para mantener la calma.

No sé de qué me hablas... -balbuceó.

Si que lo sabes. Yo te quiero, eso también lo sabes porque hace tiempo que te lo dije. Desde que fuiste a buscarme llevo esperando a que me des una respuesta. Y, sinceramente, ya me he cansado de esperar.

No tengo ninguna respuesta que darte -gruñó la francesa, cruzándose de brazos, intentando disimular que, al oír la abierta declaración, su pulso se había acelerado aún más.

Kirika se acercó a ella tan rápidamente que Mireille sólo tuvo tiempo de sentir sus manos apretando fuertemente sus hombros antes de que el rostro de su compañera se situara a pocos centímetros del suyo.

¡Respóndeme! -la exhortó Kirika- ¿Sientes lo mismo que yo, o no?

Mireille le devolvió la mirada sin saber que hacer. Hubiera querido tener un día entero para pensárselo tranquilamente, a solas. Repentinamente comprendió que en realidad había tenido muchos días, y muchas noches, para meditar acerca de sus sentimientos. Por un instante la posibilidad de confesar la verdad cobró fuerza en su mente, pero entonces volvió a ver el cuerpo de Kirika abrazado al de Chloe, y los ojos duros y fríos que la habían saludado delante de aquél manantial.

No -murmuró, mientras el miedo la inundaba súbitamente- Apártate de mí.

Sorprendida por el tono histérico de su voz, Kirika soltó a su compañera. Ésta dio un paso atrás, golpeándose la espalda contra la pared.

El entendimiento empezó a inundar el rostro de Kirika, mientras Mireille intentaba encontrar una forma satisfactoria de solucionar la situación.

Me tienes miedo -susurró Kirika, mientras la rabia desaparecía paulatinamente de su rostro para dar paso a una profunda consternación- tienes miedo al monstruo en el que me he convertido. Temes que te haga lo mismo que a tus padres. Dijiste que me habías perdonado, pero evidentemente, no lo has hecho.

El tono lleno de resentimiento de Kirika y la mención de sus padres sólo sirvió para que Mireille empezara a enfurecerse. No le bastaba con ponerla en esa terrible situación, también tenía que ponerla en evidencia y recordarle aquello que le causaba tanto dolor.

¡No te tengo miedo! -gritó. Y, sin apenas darse cuenta de lo que hacía, sacó su pistola.

Kirika dio un paso atrás, sorprendida. No era la primera vez que Mireille la apuntaba con su arma, pero sí la primera en la que no entendía el por qué. El dolor se reflejó en sus ojos cuando alzó la cabeza para mirarla.

Mireille... -murmuró, con su típica entonación japonesa.

Por alguna razón, aquéllo enfadó aún más a la rubia.

¡Maldita sea, ni siquiera eres capaz de pronunciar mi nombre correctamente! -exclamó.

Una lágrima rodó por la mejilla de Kirika. Mireille sintió un pinchazo en el corazón, pero, pese a todo, no bajó el arma. Estaba asustada, tan asustada que ya no sabía lo que hacía.

Vete -murmuró- no quiero volver a verte. Jamás.

Apenas hubo terminado la frase, Kirika dio media vuelta y salió corriendo del apartamento. Nuevamente, las paredes se estremecieron.

Mireille se dejó caer al suelo. Cubriéndose el rostro con las manos, empezó a llorar sin apenas ser consciente de que lo hacía.

La noche había vuelto a extender su manto oscuro sobre París. Kirika llevaba horas paseando sin rumbo fijo, con un sólo pensamiento en mente.

Llevaba una mano en el bolsillo, donde sentía el frío tacto de su pistola. ¿Cómo sería sacarla, llevársela a la sien y disparar¿Qué sentiría un instante antes de apretar el gatillo¿Moriría instantáneamente, o agonizaría durante interminables horas antes de rendirse al sueño eterno?

Como asesina, Kirika conocía a la muerte. La había visto en los ojos de las personas a las cuáles había matado. Podía precisar en qué momento había visto aparecer en sus ojos la certeza de que iban a ser asesinadas, esa expresión resignada cuando miraban el cañón de su pistola, para después alzar la vista hacia ella, una milésima de segundo antes de que apretase el gatillo.

No obstante, temía a la muerte. Era ese miedo el que la ayudaba a salir airosa de todas las situaciones difíciles a las que había tenido que enfrentarse. Más que nada, temía al dolor, a la impotencia. Siempre intentaba acabar con sus enemigos lo más rápidamente posible, pero en más de una ocasión había tenido que dejar a una víctima agonizante en el suelo, sabiendo que se moría pero sin poder hacer nada para evitarlo, sintiendo el dolor de su cuerpo destrozado. Debía de ser horrible.

Tan sólo una vez se había rendido voluntariamente a la muerte. Las lágrimas afloraron de nuevo a sus ojos mientras recordaba cómo Mireille le había pedido que viviera. Ahora se preguntaba por qué lo había hecho, si lo único que sentía por ella era miedo y horror. Probablemente, porque se sentía en deuda al haberle salvado la vida momentos antes.

Kirika suspiró, mientras seguía caminando. Lo único que quería en ese momento era morir. Deseaba arrancarse el corazón, extirpar el dolor que sentía en el pecho. Pero el miedo la superaba, así que, en lugar de matarse con su propia arma, siguió andando.

Mireille se tumbó en la cama y cerró los ojos. Había seguido llorando, sentada en el suelo, hasta que se dio cuenta de que se había hecho de noche. Sin encender la luz, se arrastró hacia su cama y se dejó caer en ella.

Al instante, abrió los ojos. Miró a su lado, hacia el lugar donde solía acostarse Kirika. Su vacío era tan palpable como antes lo había sido su presencia.

Lentamente, rodó hacia el lado de Kirika. Su rostro rozó la almohada, y cerró los ojos. Su olor, el aroma mezclado de champú, perfume y su propia y personal esencia, llegó hasta su nariz con claridad.

Por alguna razón, no pudo mantenerse con los ojos cerrados más de cinco minutos seguidos. Cada intento de dormirse era abortado por una desesperada sensación en su pecho. Era lo mismo que sentía cuando era pequeña y temía a la oscuridad. Sólo que ahora, de mayor, no podía ya temer a la oscuridad, puesto que la misma Mireille formaba parte de ella.

Se sentó en la cama, intentando tranquilizarse. Al apoyar la mano en su lado de la almohada, sintió algo duro. Su pistola. La sacó y la miró, sintiendo el tranquilizador y familiar tacto en una de sus manos, mientras, con la otra, recorría las sábanas de lado de la cama en el que hasta la noche anterior había dormido Kirika.

Súbitamente, comprendió lo que debería haber comprendido hacía mucho tiempo. Tenía miedo al lado oscuro de Kirika, sí, tenía miedo a hacerle daño y que se lo hicieran. Pero aún sentía un miedo mayor a la soledad. A pesar de que había pasado a solas la mayor parte de su vida, ese corto espacio de tiempo que había compartido con Kirika había hecho que le resultase insoportable la simple idea de dormir cada noche en una cama en la que faltase su cuerpo. El cuerpo que a veces contemplaba mientras su compañera dormía profundamente, el cuerpo que se revolvía inquieto cuando tenía pesadillas, o el cuerpo que se apretaba inconscientemente de madrugada contra Mireille cuando era invierno y tenía frío. Despertarse y no verla asomada a la ventana, no oír su tímido “buenos días” ni su típica entonación cuando la llamaba por su nombre. Porque, a pesar de lo que le había dicho, le encantaba la forma en la que lo pronunciaba. Adoraba aquella pronunciación incorrecta que hacía que tuviera la sensación de estar más unida a ella, la pronunciación en la que incluso a veces atrapaba un leve matiz de cariño.

“¿Y ahora?” pensó, mientras volvía a mirar la pistola. Kirika le había abierto el corazón y ella, en compensación, se lo había destrozado. Acababa de comprender, con una terrible certeza, que no podía vivir sin ella.

¿Pegarse un tiro? Por unos instantes barajó la posibilidad. Después, volvió a bajar el arma mientras movía la cabeza con disgusto. Era una luchadora nata. Había matado a su propio tío para conservar su vida y la de Kirika. Ni siquiera esta vez iba a rendirse tan fácilmente.

Sin pararse a pensar en lo que iba a hacer, saltó de la cama, guardó la pistola en el bolso, y salió del apartamento. Cerró la puerta con suavidad. Cuando escuchó el sonido de la cerradura, se detuvo con la mano en el pomo e hizo una promesa. Encontraría a Kirika o moriría en el intento. No traspasaría esa puerta sin ella.

Satisfecha de su determinación, empezó a bajar las escaleras. Había pocos lugares a los que una chica japonesa que ni siquiera llegaba a la mayoría de edad pudiera ir por la noche. Conocía a Kirika tan bien que sabía con certeza que se limitaría a pasear hasta que se hiciera de día. Conocía sus lugares preferidos y sabía en donde era más probable encontrarla. Y si por casualidad no estaba allí, Mireille estaba dispuesta a recorrerse todas las calles de París con tal de dar con ella.

Cansada, Kirika se tumbó en el césped. Hacía no demasiado tiempo, se había sentado en ese mismo lugar con una libreta de dibujo en las rodillas. No es que le gustase demasiado pintar, pero, por una vez, quería tener la sensación de que creaba algo en vez de destruirlo, para variar.

Ahora estaba sola. Era más de media noche, y sabía perfectamente, gracias a las advertencias de Mireille, que a esas horas por allí no circulaba nadie recomendable. Sonrió al recordar la preocupación de la rubia cuando antaño la reprendía por no tener cuidado. Seguía siendo probablemente la mejor asesina del mundo y, precisamente por ello, no temía a nada. Kirika cerró los ojos y se relajó, con la mano metida en su bolsillo, y los dedos cerrados suavemente, como una caricia, alrededor de la pistola.

En apenas media hora había corrido por lo que a ella le parecían una infinidad de calles. Había pasado a toda velocidad junto a grupos de maleantes sin preocuparse lo más mínimo por su seguridad. Al fin y al cabo, tenía un arma en la mano y estaba dispuesta a todo. Deseaba no encontrarse con ningún policía, más que nada prevenir otra familia rota, otros hijos huérfanos. Cuando trabajaba eliminaba cualquier rastro de escrúpulo de su mente, pero, fuera de lo estrictamente profesional, ponía bastante cuidado en no hacerle daño a nadie.

De repente, se detuvo. Su cuerpo se dobló mientras apoyaba las manos en las rodillas, respirando agitadamente. No tenía sentido seguir dando vueltas, pues había recorrido gran parte de los sitios que Kirika solía visitar. Empezaba a plantearse el cambiar la ruta de búsqueda, mirando en lugares donde jamás había visto a Kirika, cuando una luz se encendió en su mente. Recordó un sitio en donde solía estar cuando desaparecía sin decir nada y todo lo demás fallaba. Sin perder ni un segundo, se irguió, escogió una calle y siguió corriendo.

No tuvo conciencia de haberse quedado dormida hasta que un susurro la despertó. Sus aguzados sentidos y su prodigioso instinto le permitieron identificar, cuando apenas había cruzado la barrera entre el sueño y la consciencia, el sonido. Instantáneamente, los músculos de sus piernas se tensaron, y de un salto se puso en pie, apuntando con la pistola en la dirección adecuada.

Escuchó el grito sorprendido de un hombre antes de que sus ojos se habituaran a la escasez de luz. Un individuo de aspecto nada tranquilizador se había acercado a ella mientras dormía, probablemente para comprobar qué era aquél bulto negro que destacaba entre la hierba. Ahora, pasado el susto, parecía más enfadado que asustado.

¿Una niña pequeña con una pistola? -masculló- ¿acaso sabes usarla?

Kirika no respondió. Un ruido le advirtió de que un coche se acercaba. Efectivamente, a espaldas del hombre apareció un automóvil que desapareció en la siguiente curva, no sin antes haber proyectado las luces sobre su rostro. Evidentemente, el conductor había preferido no tener problemas.

Entonces el hombre volvió a gritar. Esta vez, Kirika percibió el miedo en su voz.

¿Eres tú¡No me mates, por favor!

El hombre se echó al suelo, con las manos en la cabeza. La japonesa lo observó atentamente. Gracias a su trabajo había tenido contacto, o más bien había asesinado, a miembros de casi todas las mafias y grupos organizados locales. El hombre que tenía delante parecía uno de ellos. Evidentemente, había oído hablar de la joven japonesa con aspecto de colegial que actuaba por la noche, entre las sombras, la asesina implacable imposible de derrotar y capaz de asesinar al más terrible matón en milésimas de segundo con el primer objeto que tuviera a mano. Y ahora, gracias a los faros del coche, la había reconocido y estaba muerto de miedo.

Kirika bajó la pistola lentamente. Una idea acababa de cruzar su mente, y la había atrapado al vuelo. El mafioso lloraba y repasaba en voz baja toda su lista de familiares y seres queridos, mientras pedía clemencia con escasa convicción. La chica tocó su cabeza suavemente, hasta que el hombre la levantó.

¿Quieres salvar tu vida? -preguntó en un susurro. El hombre asintió con la cabeza enérgicamente, incapaz de hablar.- ¿Eres capaz de matar a una persona instantáneamente, de un sólo disparo?

El hombre titubeó. Kirika pensó que no la había entendido por su acento japonés, y estuvo a punto de repetirlo, pero entonces empezó a hablar, y se dio cuenta de que sólo estaba sorprendido.

Sí. Por supuesto. ¿A quién quieres que mate? -preguntó, deseoso de complacerla.

Kirika le miró.

A mí.

El hombre levantó la cabeza bruscamente. Parecía incrédulo.

¿Qué... qué clase de trampa es esta?

No es ninguna trampa. Tú me disparas y me matas. Si no lo logras a la primera y me haces sufrir, aunque sólo sea un poco, ten por seguro que tú también morirás.

Pero... ¿y cómo sé que en realidad no vas a matarme en cuanto vaya a apretar el gatillo?

Porque si hubiera querido matarte ya lo habría hecho -siseó Kirika- aún puedo hacerlo. Así que apresúrate. No sólo salvarás tu vida, sino que podrás llevarte mi cadáver y ser el héroe que acabó con la Diosa de la Muerte.

El mafioso se puso en pie, tembloroso, y extrajo su propia arma con no pocas dificultades. Otro coche pasó e iluminó de nuevo el rostro de la chica. En ese momento lo achacó todo a su propio nerviosismo, pero hubiera jurado que los ojos de la japonesa habían cambiado desde que le había propuesto el macabro trato.

El parque. Un buen lugar para esconderse, aunque algo peligroso. Mireille no las tenía todas consigo mientras lo examinaba. Aunque se consideraba a sí misma como una de las mejores asesinas del mundo, sabía que un descuido podía tenerlo cualquiera, y, que en su caso, le costaría la vida. Caminaba pues, lentamente, sabiendo que aquella zona era frecuentada, de noche por personas que la recordarían bien y estarían sedientos de venganza.

Un coche pasó, a lo lejos. Entonces, su fino oído captó un sonido. Era tan débil que le costó un tiempo reconocerlo como un grito de terror. Con la imagen de Kirika en su mente, echó a correr a la mayor velocidad que sus piernas le permitían.

Al doblar una esquina, unos minutos después, dos siluetas aparecieron ante sus ojos. Sofocó un grito de horror. Una de ellas, claramente, era Kirika. Su compañera tenía los brazos bajados en actitud de resignación. La otra, de un hombre fornido, la apuntaba con un arma. Justo lo contrario a lo que había imaginado.

No pensó. De hacerlo, se hubiera planteado cómo la inalcanzable Kirika dejaba que un tosco matón la apuntara con su arma, y quizá habría imaginado que la japonesa pensaba evadirse con alguno de sus trucos mortales. Entonces, el mafioso hubiera apretado el gatillo, y todo habría acabado para Kirika.

En lugar de ello, Mireille alzó su arma y disparó. Dos, tres veces, hasta que el hombre se desplomó en el suelo, inerte.

La silueta de Kirika alzó la cabeza y la vio. Mireille bajó el arma, mientras su compañera avanzaba hacia ella lentamente. Cuando estaba apenas a cuatro metros, entró dentro del círculo de luz de una farola. Y entonces, la francesa gimió de puro terror al ver aquellos ojos que no eran humanos. Estaba sola en el parque, a solas con el demonio al que tanto temía, pero al que tanto amaba al mismo tiempo.

Había cerrado los ojos para no ser consciente de ese momento de terror durante el cuál sus víctimas miraban el cañón de la pistola, esperando ver salir el proyectil que acabaría con sus vidas. Cuando escuchó el disparo, esperó sentir el impacto de la bala en la cabeza, y su propia consciencia precipitándose hacia el oscuro y dulce abismo de la muerte.

En lugar de ello, el aire frío le golpeó el rostro, y sintió desplomarse un cuerpo que no era el suyo. Abrió los ojos. El mafioso yacía muerto, con la pistola aún en su mano derecha. No necesitó buscar una explicación, porque al instante divisó una figura iluminada por la luz de una farola. Una melena rubia. Mireille.

Sintió un acceso de furia. No había sentido rencor por lo que le había dicho, pero... ¿por qué había ido a buscarla? Repentinamente, Kirika recordó que en una ocasión la francesa le había dicho que sería ella quien acabara con su vida. Era la única explicación que se le ocurría. Mireille había salido en su busca para asegurarse de acabar personalmente el trabajo. Para conseguir su trofeo. Para ver extinguirse la vida en los ojos de la persona que había matado a su familia.

Sintió cómo la rabia la dominaba, la parte oscura de su alma haciéndose con el control de su cuerpo. Anteriormente, la simple mirada sincera de Mireille había bastado para expulsar a aquél lado malo que la convertía en un ser despiadado. Ahora, sin embargo, estaba segura de que ni siquiera eso podría salvar la vida de Mireille Bouquet.

¿A qué has venido?

La voz, fría y átona, tan diferente al habitual tono tímido pero cálido de Kirika, la cogió de sorpresa. Sin embargo, consiguió responder sin titubeos.

He venido a buscarte.

En los labios de Kirika se dibujó una fría sonrisa. Mireille se estremeció.

Ya veo. ¿Arrepentida de todas las veces que me has tenido a tiro y me has dejado escapar¿De no haberte vengado de la asesina que mató a tus padres?

¡No! -la cortó Mireille apresuradamente- jamás te haría daño, lo juro...

Ya me lo has hecho -siseó la japonesa.

Mireille tragó saliva, aterrorizada pero segura de estar haciendo lo correcto.

He venido a pedirte que vuelvas conmigo. Para decirte que te necesito. Que no imagino la vida sin ti... -en ese punto, las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas, incontroladas- esta mañana fui una estúpida. Tenía miedo, miedo a decirte que soy una imbécil que jamás ha amado a nadie. Que me torturaba el hecho de haberte visto besando a Chloe... -Kirika sufrió un breve sobresalto al oír el nombre, pero Mireille siguió hablando- miedo a confesarte que te quiero, Kirika, me da igual quién seas o a quién hayas matado... sólo quiero estar contigo.

Kirika frunció el ceño. Una parte de su ser quería creer a Mireille, pero no era la parte que tomaba las decisiones en ese momento.

¿Recuerdas cuando Chloe murió? -murmuró- la maté por salvarte...

Lo sé.

Ahora creo que habría hecho mejor en no intervenir y dejar que acabara contigo.

Mireille encajó el golpe. Bajó la cabeza, y esperó su veredicto.

No puedo traerla a la vida de nuevo. Pero sí puedo vengarla y honrar su memoria mandándote a ti a la muerte, como debí haber hecho aquél día.

La rubia no se inmutó. Tras unos segundos, Kirika siguió hablando. Las palabras salían atragantadas de su boca, y parecían dejarle la lengua helada.

Me has despreciado, y me he limitado a seguir tus órdenes. Has dicho que no querías volver a verme, y me he ido. Y ahora vienes a buscarme y... y pretendes que me crea que lo haces por amor. Tú, Mireille, no tienes ni la más mínima idea de lo que es amor.

De nuevo, la aludida levantó la cabeza.

Llevas razón. No sabía lo que era el amor, y por eso no te he tratado como merecías.

Amor es observarte sin pestañear mientras estabas sentada frente al ordenador, deseando que giraras la cabeza para devolverme la mirada. Cubrirte las espaldas cuando, gracias a tu torpeza, alguien estaba a punto de matarte. Asesinar a alguien que me adoraba para que tú vivieras. Interponerme entre tú y una bala para salvarte la vida. Eso es amor, y no pedirme que viva para luego coger mi alma y destrozarla.

Sin darse cuenta, una lágrima había bajado por la mejilla de Kirika. Mireille no pudo evitar pensar que era una escena extraña, Kirika llorando con esos ojos fríos como el acero.

Acepto tus reproches. Y acepto la muerte, si crees que la merezco. Hoy he venido aquí con un sólo propósito, y si no consigo que me creas, prefiero que me quites la vida. Cualquier cosa, incluso morir, es preferible a pasar el resto de mi vida sin ti.

Mientras decía esto, la rubia arrojó su pistola a los pies de Kirika. Después, se arrodilló, bajando la cabeza.

No le sorprendió sentir, a los pocos segundos, el frío tacto del cañón de metal presionado sobre su frente.

Kirika sentía una dulce sensación de venganza. ¿Cuántas veces la había apuntado Mireille con su pistola? Innumerables. Ahora, era ella quien sentía esa sensación de desprotección, de vulnerabilidad y de miedo.

El tiempo parecía haberse detenido. Mireille, arrodillada, no mostraba el menor signo de rebelión. Su dedo acariciaba suavemente el gatillo, pero, cada vez que se disponía a apretarlo, algo le impulsaba a detenerse.

¿Qué era lo que le pasaba? Probablemente los trucos y las palabras que Mireille había utilizado para intentar ablandarla habían tenido algún efecto. La rubia jamás imaginaría cómo su corazón enamorado clamaba por creerla, por apartar el cañón de su cabeza. Pero su fría mente de asesina sabía que Mireille mentía.

“Entonces¿por qué no puedes apretar el gatillo?” susurró una voz en su interior. La mano de Kirika empezó a temblar. Se maldijo a sí misma, porque era algo que jamás le había sucedido.

Los ojos de Mireille la miraron por debajo de su arma. Kirika sabía que la estaba haciendo sufrir más de lo necesario. Ella había deseado para sí una muerte rápida, pero intentaba convencerse de que la chica francesa merecía sufrir hasta el límite.

¿Llorando por tu vida¿Porque tus trucos han fracasado? -espetó Kirika.

Mireille la miró. Sus ojos azules parecían llenos de franqueza, pero la japonesa sabía que lo hacía a propósito.

No. Porque esta mañana dejé pasar la oportunidad de pasar el resto de mi vida con la persona a la que amo.

Kirika sintió que su corazón daba un vuelco. Furiosa, apretó aún más el arma. Mireille cerró los ojos.

¡No me impresiona tu palabrería barata! Y voy a matarte ahora mismo... así no podrás seguir hablando.

Sintió cómo su compañera cerraba los ojos y apretaba las mandíbulas, controlando su miedo. Nuevamente, su dedo se cerró en torno al gatillo. Intentó empujarlo, pero el dedo no se movió. Kirika no supo si el que los que se declaraban en rebeldía eran sus dedos, su cerebro, o todos al mismo tiempo..

Volvió a maldecirse a sí misma. Deseaba hacer tiempo hasta reunir el valor suficiente para apretar el gatillo. Así que escogió la primera idea que se le vino a la mente.

¿Alguna última voluntad?

Sorprendida, Mireille abrió los ojos y la miró. En su mirada apareció un brillo especial, mientras meditaba durante unos segundos. Después, abrió la boca y habló.

Desde luego, era lo que más deseaba, y la palabra había aparecido al instante en su mente. Estuvo a punto de no pedirlo, por si provocaba la ira de Kirika. Pero al instante recordó que iba a matarla de todas formas. Así que¿por qué no arriesgarse? Al fin y al cabo, eran los últimos instantes de su vida.

Un beso –murmuró en voz baja, casi avergonzada.

Kirika alzó las cejas, sorprendida.

¿Cómo?

He dicho que lo último que quiero es que me des un beso. Por favor. Es lo último que te pido. Después, mátame y moriré en paz.

Kirika sintió un estremecimiento. Durante unos instantes, barajó la posibilidad de pegarle un tiro en ese mismo momento. Pero sabía que no era capaz. Mireille la miraba suplicante, así que¿por qué no?

Su corazón suplicaba que lo hiciera, aunque su mente no estaba muy segura de que pudiera soportarlo. Besar a la persona amada antes de dejarla seca de un disparo... sonaba macabro, pero, al fin y al cabo, había sido ella quien había elegido morir así.

Mireille pareció atónita cuando Kirika despegó el cañón de su frente. Lentamente, se agachó enfrente suya. Colocó una mano en su espalda, mientras la otra se dirigía a su estómago.

Sintió un escalofrío cuando el cañón de la pistola se situó en su ombligo. Como asesina, sabía que un disparo en el estómago era una de las maneras más horribles de morir. Dolorosa y lenta. Miró a Kirika, dolida.

El beso tiene un precio -susurró su compañera, como si hubiera leído su mente- ¿deseas pagarlo?

Mireille no dudó en asentir. Kirika la miró extrañada, pero, momentos después, su rostro avanzaba hacia el suyo hasta que los labios de ambas se rozaron.

El primer contacto fue tan agradable que por un momento perdió la noción de la realidad. Jamás había besado a nadie, por lo que se limitó a presionar sus labios sobre los de Mireille durante unos segundos que parecieron eternos.

Sintió cómo un estremecimiento recorría la espalda de su compañera. La propia Kirika notaba su voluntad doblegarse. Y antes de que su corazón tuviera tiempo de rendirse, su lado oscuro la hizo retroceder.

Para Mireille era un sueño que Kirika la besara, aunque fuera antes de matarla. No le importaba. Pero deseaba aprovecharlo al máximo posible, deseaba morir sintiendo la presión de sus labios. Por eso, en cuanto sintió que rompía el beso, no se lo pensó dos veces. Con un débil quejido de protesta, avanzó su propio rostro hasta atrapar de nuevo sus labios, rodeando con sus brazos el cuerpo de Kirika. Después, la besó con todo su amor, esperando sentir en cualquier momento la bala que le destrozaba el estómago.

Demasiado confusa para reaccionar, Kirika se dejó hacer. Sabía que había una parte de su ser que clamaba venganza y que quería matar a la chica a la que amaba. No obstante, se convenció a sí misma de que una muerte tan horrible bien merecía una compensación, pero lo cierto es que aquello empezaba a gustarle.

Mireille suspiró mientras la abrazaba fuertemente, sus labios moviéndose contra los de la japonesa. Por lo visto, no le importaba que el cañón de la pistola se clavase con fuerza en su estómago. La rubia se estremecía y temblaba contra su cuerpo, incontrolablemente. Kirika no tuvo claro si era de miedo o de pasión.

Hasta que ocurrió algo. Sin darse cuenta, Kirika se había dejado llevar por el momento, y había entreabierto los labios. Inmediatamente, la lengua de Mireille había penetrado en ellos.

Kirika creyó que estaba a punto de desmayarse cuando un torrente de emociones y sensaciones la inundó de repente. Gimió tan fuerte que Mireille abrió los ojos, sorprendida. Con sus bocas aún unidas, se miraron.

Una sóla vez había observado Mireille la transformación, pero estaba tan vívida en su mente que, mientras los ojos de Kirika cambiaban a menos de un centímetro de los suyos, sintió una sensación familiar de alivio.

Escuchó un ruido sordo. No supo lo que era hasta que se dio cuenta de que la pistola ya no se apretaba contra ella. Llena de agradecimiento, cerró los ojos y siguió besando a Kirika, que, confusa, tan sólo abrazaba con fuerza el cuerpo de Mireille.

Segundos después, se separaron. Fue Kirika la primera en romper el beso. La rubia la dejó hacer, y ambas se miraron en silencio, escuchando sus propias respiraciones agitadas de fondo.

Kirika bajó la cabeza. Insegura, como si apenas recordase lo ocurrido minutos antes, cogió la pistola. La miró como si fuera la primera vez que la veía, y, repentinamente, la dejó caer al suelo con un gesto de profunda aversión.

Cuando levantó la cabeza para encarar a su compañera, ésta vio que las lágrimas habían empezado a caer de sus ojos. Mireille extendió los brazos, y, apenas un segundo después, Kirika se dejaba caer en ellos, enterrando la cabeza en su pecho.

Lo siento -dijo- lo siento... muchísimo... he estado a punto de matarte...

No lo sientas, ha sido culpa mía -la interrumpió Mireille estrechándola entre sus brazos.

Sabes que eso no es verdad.

Bueno, admitamos que ha sido culpa de las dos -resolvió rápidamente Mireille, intentando acabar de una vez con ese tema.

Pero Kirika no estaba dispuesta a dejarlo tan fácilmente.

Todas las cosas horribles que te he dicho... Dios mío, merecería...

Su discurso se interrumpió cuando sintió cómo un par de fuertes brazos la separaban del cuerpo de la rubia para encontrarse cara a cara con ella.

Olvídalo¿quieres? - pidió más que ordenó, en tono suplicante- Ahora, todo está bien.

Mireille sonrió. Era una sonrisa abierta y franca, que Kirika había tenido pocas ocasiones de ver. Asintió, en silencio, mientras su compañera alargaba la mano para rozar suavemente su mejilla.

Te quiero -musitó, mirándola a los ojos- siento no habértelo dicho antes.

La japonesa se estremeció.

Yo también te quiero, Mi...

Inesperadamente, Kirika había recordado lo que la francesa la había dicho por la mañana. Dejó de hablar, mientras su mente intentaba acordarse de la pronunciación correcta del nombre de su compañera. Ésta, sintiéndose culpable, volvió a abrazarla.

Vamos, dilo. Dilo como siempre lo dices.

Pero tú...

Mireille negó con la cabeza.

Esta mañana estaba furiosa y te mentí. No me molesta, en realidad me encanta.

Kirika alzó la cabeza y musitó su nombre en su oído. Mireille sintió que enloquecía y agarró sus hombros bruscamente para volver a besarla.

Entonces, un sonido lejano las interrumpió. La sirena de la policía. Se miraron. Habían olvidado que había un muerto implicado, y algún vecino debía de haber oído los disparos. Rápidamente, se pusieron en pie. Con sus manos fuertemente unidas, los dedos entrelazados, salieron de allí a toda velocidad. Mientras corría junto a Mireille, Kirika no pudo evitar pensar que, aún de noche, las calles de París habían empezado a parecerle más hermosas que nunca.

Todavía jadeaban por el esfuerzo cuando llegaron a la puerta del apartamento de Mireille. Kirika observó a su compañera mientras ésta buscaba las llaves. Sus miradas se cruzaron, y, como un relámpago, la promesa que había hecho horas antes vino a la mente de la rubia. Encajó la llave en la cerradura y sonrió para sí misma, confundiendo a la japonesa.

En el interior estaba oscuro. Apenas hubo cerrado la puerta, Mireille soltó las llaves y se precipitó a los brazos de Kirika. Descubrió que su compañera había hecho lo mismo, y durante unos segundos permanecieron en silencio, abrazadas. Ninguna de las dos acababa de creerse por entero lo que había pasado, y ninguna de las dos se decidía a romper el íntimo silencio que habían creado.

Mireille...

¿Sí?

Hay algo que aún no me has contestado.

Mireille cerró los ojos, acariciando distraídamente el cabello negro de Kirika.

¿Me tienes miedo? -preguntó la japonesa unos segundos después, cuando quedó claro que Mireille no pensaba añadir nada más.

La chica francesa suspiró. Kirika rompió el abrazo y la arrastró hacia la ventana, donde la luz de la luna le permitía observar mejor los rasgos de Mireille.

Te mentiría si te dijera que no -respondió la rubia, tras unos segundos, desviando la mirada hacia el exterior- tengo miedo de ese lado oscuro que parece apoderarse de ti, de esos ojos que no son tuyos y de despertarme a media noche, mirarte y darte cuenta de que estoy durmiendo con alguien diferente.

Mireille hizo una pausa. Kirika bajó la cabeza. Entonces, su compañera apretó los brazos alrededor de su cuerpo. Kirika la miró, pero sus ojos seguían fijos en alguno de los edificios que se divisaban desde la ventana.

Por otra parte, hoy he descubierto tres cosas. Siempre había pensado que tu cambio se debió a alguna jugada de Altena, que simplemente te habían vuelto cruel y despiadada. Hoy, sin embargo, tengo una teoría distinta. No estuve cuando te... eh... transformaste la anterior vez, pero apuesto a que, como hoy, sentiste un profundo dolor justo antes de hacerlo. Lo que creo, Kirika, es que cuando recibes un golpe realmente duro no te permites a ti misma expresar tu dolor, y a la larga ése dolor toma posesión de tu cuerpo y te convierte en un ser completamente distinto.

Kirika rememoró una escena terrible. Un pueblo entero luchando y muriendo por ella... asintió en silencio sin apartar los ojos de Mireille.

La segunda cosa que he descubierto es que eres capaz de controlarlo. La primera vez pensé que era casualidad que recuperaras el control sobre ti misma cuando te miré a los ojos, pero hoy me ha quedado claro que estás dispuesta a luchar contigo misma con tal de no hacerme daño. Algo de lo que no tenía que haber tenido la menor duda, porque, como tú bien me recordaste, cuando mi increíble torpeza permitía que algún matón se me acercase por la espalda, tú estabas siempre allí para salvarme -terminó con una sonrisa que hizo que Kirika considerara que no era necesario disculparse.

Entre ambas se instaló un cómodo silencio. Mireille seguía abrazando y acariciando a Kirika sin mirarla, y ésta seguía pendiente de cada cambio en el rostro de Mireille.

Mireille -volvió a llamar.

¿Sí?

¿Cuál es la tercera cosa que has descubierto hoy?

Esta vez sí, Mireille giró la cabeza y fijó su mirada en ella. Y, por un instante, Kirika quedó sorprendida e impresionada por el inmenso amor que le transmitían sus ojos claros.

La tercera cosa -dijo, lentamente, casi en un susurro- es que a veces tengo miedo de ti, pero ese miedo no es nada comparado con el profundo terror que le tengo a la simple idea de perderte.

Incapaz de responder, Kirika se abrazó fuertemente a Mireille. La rubia sonrió mientras escuchaba cómo su compañera ahogaba un sollozo.

Vamos, vamos. No es para tanto. Por cierto, yo también tengo una pregunta que hacerte.

Kirika se separó de ella, secándose las lágrimas.

Pregunta.

Sé que no es el mejor momento, pero... ¿por qué besaste a Chloe? -inquirió Mireille con expresión entre divertida y celosa.

Kirika rebuscó entre sus recuerdos. ¿Ella besando a Chloe...? Ah, sí, ya se acordaba.

Yo no la besé -replicó, como si fuera lo más evidente del mundo- me besó ella a mí.

¿Por qué?

No lo sé. Me adoraba por mis habilidades, quería a toda costa formar conmigo parte de Noir.

¿Y qué sentiste?

Kirika alzó la vista hacia su compañera.

¿Celosa? Te recuerdo que ella ha muerto...

Lo sé -replicó Mireille con un bufido- pero responde.

Sentir... francamente, no sentí nada. Me daba todo igual. Creo que me hubiera dado igual matarla en ese momento, si hubiera tenido que hacerlo. Mi lado diabólico, que era el que me controlaba en ese momento, no sentía nada por nadie.

¿Y tu lado angelical? -preguntó suavemente Mireille.

Kirika la miró, sorprendida, hasta que vio la sonrisa traviesa de su compañera. Se la devolvió, y alzó la cabeza para alcanzar a su oído.

Mi lado angelical tampoco siente nada por nadie. Excepto por ti, claro está.

Mireille sintió cómo la excitación comenzaba a hacer presa en su cuerpo. Su rostro se precipitó sobre el de Kirika y ambas volvieron a besarse de nuevo. Kirika sintió una sensación agradable en el estómago, un cosquilleo que fue aumentando a medida que el beso perdía la inocencia de los primeros instantes y ganaba en pasión.

Sin apenas darse cuenta de lo que hacía, Mireille bajó su mano hasta el estómago de Kirika. Ésta no pudo evitar exhalar un suspiro cuando sintió los dedos de la rubia jugueteando con su ombligo.

De repente, Mireille se separó, rompiendo el beso. Aunque la mirada decepcionada de Kirika era bastante elocuente, abrió la boca para preguntar.

Kirika¿estás segura...?

La japonesa asintió con la cabeza.

Pero... es decir¿sabes qué estamos a punto de hacer?

No -respondió Kirika, mirándola con seguridad- pero sea lo que sea, creo que ya es hora de descubrirlo contigo.

Mireille no necesitó más. Al principio Kirika creyó que se disponía a besarla de nuevo, pero sus labios se posaron grácilmente sobre la delicada piel de su cuello. Kirika se sintió vulnerable, una sensación que apenas conocía, pero que, para sorpresa suya, le gustó. Jamás hubiera dejado a nadie acercarse de aquélla manera a la zona tan desprotegida y vital de su yugular, fácil de seccionar y desgarrar, como ella bien sabía. Sólo a Mireille. Confiaba ciegamente en ella, era capaz de seguirla a la misma muerte si ella se lo pedía. Porque Mireille era diferente al resto de personas que conocía, era su vida, era su mundo entero, pensó antes de que las nuevas sensaciones que la inundaban le hicieran del todo imposible el seguir pensando con cierta coherencia.

El aire fresco que entraba por la ventana, abierta previamente por su ahora rubia amante, rozaba agradablemente su cuerpo desnudo y perlado de sudor. Kirika respiraba entrecortadamente, escuchando al mismo tiempo la respiración agitada de Mireille. Avergonzada y al mismo tiempo fascinada por su descubrimiento, Kirika suspiró, no sin cierto rubor, al pensar en los besos que se habían intercambiado. En las palabras de amor que jamás creyó que pronunciaría, y que, sin embargo, había susurrado entrecortadamente al oído de Mireille. En la belleza de su cuerpo desnudo, bañado por la luz de luna llena.

Giró la cabeza. Mireille hizo lo mismo. La rubia todavía mantenía un brazo rodeando la cintura de la japonesa, como si temiera que Kirika fuera a salir corriendo de un momento a otro. En silencio, compartieron una larga mirada. Kirika volvió a quedar hechizada por sus ojos, mirándola al mismo tiempo con cierta extrañeza. Mireille sonrió al advertirlo.

Eh -murmuró, atrayendo la atención de Kirika- ¿qué te pasa?

¿A qué te refieres?

Me miras como si fuera la primera vez que me vieras.

Kirika, admitió, incómoda, que era cierto. Volvió a ruborizarse, lo suficiente para que Mireille, a pesar de la escasez de luz, lo advirtiera.

Bueno... es que... -balbuceó, antes de detenerse.

Vamos, habla -ordenó su compañera en tono cariñoso.

Kirika se mordió los labios.

No sé cómo... cómo expresarlo...

Con la rapidez de un rayo, Mireille se situó encima de Kirika, sujetando sus brazos contra la cama. La japonesa protestó débilmente, siendo completamente ignorada por Mireille.

No me obligues a hacerte hablar, porque sabes que puedo hacerlo -amenazó adoptando de nuevo su sonrisa traviesa. Kirika evaluó las opciones que tenía y, finalmente, decidió hacerle caso a la rubia.

No es nada... sólo que... siempre te he visto muy impulsiva, muy impaciente... nunca pensé que pudieras tener tanta paciencia conmigo, ser tan... tierna... -explicó Kirika sintiéndose estúpida. Y era cierto, pues jamás hubiera pensado que su compañera de asesinatos pudiera tener tanto tacto y ser dueña de una delicadeza tan exquisita.

Ah, entiendo -replicó Mireille con un fingido tono dolido, aunque sin perder la sonrisa, pues en realidad estaba encantada- creíste que me iba a abalanzar sobre ti como si fuera una pervertida...

¡Yo no he dicho eso! -exclamó Kirika, ligeramente molesta. Se tranquilizó al oír la risa divertida de Mireille. Después, la risa paró y el rostro de su compañera descendió hasta tocar el suyo, para envolverla en un suave y prolongado beso.

Por ella hubiera pasado toda la noche besando a Kirika, pero sabía que la joven japonesa estaba cansada. Se separó de ella y se tumbó boca arriba en su lado de la cama. Se sorprendió al notar que Kirika la seguía, apoyando la cabeza en su pecho. Al sentir que Mireille rodeaba su cuerpo con sus brazos, suspiró y cerró los ojos.

La rubia quedó en silencio, mirando por la ventana, sintiendo cómo la respiración de Kirika se hacía cada vez más relajada y pausada. En apenas unas horas amanecería. La idea de despertar un nuevo día al lado del cuerpo desnudo de Kirika le produjo una satisfacción inesperada. La idea de despertar a su lado todos los días de su vida le produjo un placer difícil de explicar.

Bajó la mirada para distinguir la cabeza que descansaba sobre su pecho. Kirika tenía razón, como siempre. Mireille no sabía lo que era el amor. Ahora sí. Se había descubierto a sí misma, había descubierto que tenía dos personalidades. Jamás se hubiera imaginado a sí misma sonriendo con aire bobalicón, o musitando palabras de enamorada, pero acababa de hacerlo. Acababa de descubrir que Kirika sacaba lo mejor de ella, la convertía en mejor persona.

De repente, se sintió tentada a hacer una promesa. Aunque Kirika no pudiera oírla.

Juntas -musitó- estaremos siempre juntas, te lo prometo.

Para su sorpresa, su compañera le apretó la mano significativamente durante unos segundos. Después, volvió a relajarse.

Mireille sonrió y cerró los ojos. No le sorprendió descubrir que su insomnio se había curado milagrosamente, y que el sueño empezaba a hacer presa en su mente. Suspiró profundamente, antes de dejarse llevar, satisfecha. Consciente de que cuando despertara notaría a su lado el cuerpo de Kirika, ahora y por siempre, y que sólo la muerte podría ya separarlas.



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