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Author of 6 Stories |
¡Hola, soy yo de nuevo! Y he aquí con lo que ya les había prometido: un fanfic de mi pareja favorita¡un T&T, aunque también incluirá algo de S&S... y muchas otras cosas. Por lo pronto sólo me queda esperar a que les guste. Please, Read and Review!
"Texto": diálogos
-Texto-: pensamientos de los personajes
"Texto": diálogos... 'especiales' que se pueden presentar más tarde.
(texto): los inesperados comentarios de la autora... aunque prometo que en esta ocasión serán enos que en Géminis.
Disclaimer: Los personajes de Card Captor Sakura no me pertenecen a mí; son propiedad de CLAMP
CAPÍTULO 1: This Damp Heart
Hello darkness, my old friend,
I've come to talk with you again...
(Hola oscuridad, mi vieja amiga,
he venido a platicar nuevamente contigo...)
La lluvia comenzaba a arreciar, cayendo sobre el pasto ya empapado por las horas que había durado la llovizna previa. En el inmenso bosque de pinos de perenne verdor sólo se escuchaba el estrepitoso sonido de millones de gotas estrellándose una tras otra contra la espesura de la montaña, oscurecida bajo el grueso manto de nubes negras que impedían el paso de la tenue luz crepuscular.
Un par de pequeños pies descalzos aplastaban el césped a su paso. En las escasas partes en que el lodo no había tocado la piel, se alcanzaba a distinguir una delicada blancura. Caminaba con dificultad, lentamente un pie se adelantaba a supar en movimientos cansados y tambaleantes.
No distinguía nada ante ella, su vista se encontraba completamente nublada por las gotas que se acumulaban en sus ojos, cuyo color violeta normalmente otorgaba un aspecto de profundidad. Pero esta ocasión era diferente. Su mirada estaba totalmente perdida, apenas consciente del paisaje que se dibujaba frente a ella; paisaje que siempre se le había antojado como hermoso y que ahora parecía no tener relevancia alguna. Las lágrimas se acumulaban en su mentón tras haber marcado su camino por las mejillas tensadas por el frío, cayendo después al ser arrancadas por la fuerza de gravedad, confundiéndose entre las gotas pluviales a pesar de su distintiva salinidad.
Un sonido comenzó a acompañar al producido por el aguacero. Éste resultaba melodioso, cargado de armonía... y tristeza. Provenía de la garganta femenina, a pesar de que los pequeños labios, normalmente rosados y ahora amoratados, aún resistían a abrirse. Era un sonido débil, pero perfectamente distinguible entre los demás, cubierto solamente por el trueno de uno que otro rayo que rasgaba la naciente noche con su luz e interrumpía el relajante trepidar de las gotas con su estruendosa resonancia.
Finalmente se detuvo al no encontrar más camino frente a ella. Lo único que veía ahora era un profundo barranco abriéndose a sus pies. Se quedó mirándolo durante un tiempo, quizás algunos segundos... quizás severos minutos. En repetidas ocasiones el viento sacudió su larga cabellera de un intrigante púrpura oscuro, que el agua hacía parecer como casi negra. La falda de su sencillo vestido ondeaba ligeramente, detenida sólo por la pesadez que había adquirido con el agua, sus fibras azules y blancas tejidas se habían oscurecido, quitándole ese aspecto celeste, tornándolo en uno marino. Pero sus violetas se clavaban insistentes en el vacío.
La invitaba.
La invitaba irresistiblemente.
Sin darse cuenta, la música producida por su garganta cesó. Ya hacía tiempo que su cerebro había dejado de advertirle que su cuerpo tiritante estaba totalmente agotado tras tanto caminar bajo tales condiciones, más aún después de haber pasado más de un día sin comer alimento alguno. De manera autómata, su pie derecho se levantó, avanzando al frente y bajando en la nada. Inclinó su peso hacia delante y sintió entonces cómo el pie que había dejado atrás perdía el equilibrio y la hacía caer al frente. Cerró los ojos simplemente esperando lo inevitable.
Pero de repente algo sujetó su mano entumida por el frío con fuerza, tirando de ella hacia atrás y haciéndola girar a causa del brusco movimiento. En medio de la oscuridad creciente sólo pudo apreciar una alta figura que se inclinaba en sentido contrario a ella para aplicar su fuerza en esa dirección, logrando así llevarse consigo el delgado cuerpo de la joven, quien cayó estrepitosamente sobre el sujeto.
Todo había pasado tan rápido, pero ante sus ojos parecía como si se hubiera proyectado una película en cámara lenta, casi cuadro por cuadro. La lluvia siguió cayendo, ya se había olvidado de su presencia.
Lentamente despegó la cabeza del pecho del recién llegado, elevando la mirada hasta encontrarse con un par de ojos que la observaban de una manera que no pudo descifrar. –Ni siquiera eso pude hacer bien, okaa-san- pensó al tiempo que su cuerpo se relajaba, reclamándole nuevamente el descanso tan necesitado. Se rindió, si tenía que encarar nuevamente la vida, al menos no quería saber más de sí en mucho tiempo. Sus ojos violetas se cerraron lentamente.
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"Okaa-san" decía una joven de largos cabellos purpúreos al tiempo que veía a la autora de sus días alejarse. "¿A dónde vas?"
La mujer no respondió. Simplemente le sonrió de esa manera que ella conocía tan bien. Le encantaba ver esa sonrisa que la tranquilizaba siempre, desde que tenía memoria.
"Quiero que siempre estés conmigo, okaa-san" dijo la chica mirando a su madre, -no quiero que te vayas, como él-, pensó en el hombre que les había hecho tanto daño a las dos mujeres.
"La partida de un ser querido duele mucho" Ahora quien decía esto era una niña justo al lado de la joven. Sus facciones eran similares, sólo distinguibles entre sí por la diferencia de edad. "Mucho" Del par de amatistas en el rostro de la niña, comenzaron a fluir dos ríos de agua salina. La pequeña bajó la cabeza al tiempo que cerraba sus bellos y grandes ojos. La más grande intentó darle la mano, mas la otra se desvaneció rápidamente.
La joven quedó sola mientras observaba cómo la figura de su madre se perdía en la distancia. Repentinamente sintió algo humedecer sus ropas y bajó la vista para encontrarse con que su vestido azul celeste se encontraba ahora impregnado de un líquido rojo oscuro que emanaba de un orificio en su pecho izquierdo. Entonces escuchó una fuerte detonación.
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Sus ojos se abrieron enormemente. Frente a ella pudo ver una especie de tela sintética de color café, no le prestó mucha atención. En medio del silencio sólo escuchaba su respiración agitada, sintiendo cómo su pecho se hinchaba una y otra vez a cada nueva inhalación. Algunas gotas de sudor caían por su cara. Se miró las manos, que sujetaban con fuerza el cobertor verde que cubría sus piernas, se llevó una delgada mano al pecho, deslizándola por debajo de la blusa hasta llegar a un punto en específico cuyo tejido difería ligeramente en textura al resto de su piel, tanteó suavemente la cicatriz con la yema de sus dedos.
Comenzó a volver a la realidad, dándose cuenta de que estaba sentada –se había erguido al momento de despertar-; sus amatistas recorrieron el lugar, que reconocieron como ajeno: se encontraba sentada sobre una cama plegable, a un lado de ésta había una pequeña mesita con un vaso de agua sobre ella, todo esto cubierto por aquella manta café, parecía una especie de tienda de campaña, de la que colgaba, en su parte más alta, una lámpara eléctrica portátil.
De repente, lo que fungía como la puerta del lugar se abrió, dando paso a una joven mujer mayor que ella, de unos 27 años, según calculó la que permanecía sobre el lecho. La recién llegada entró con un tazón entre las manos al tiempo que posaba sus ojos café sobre ella. "Veo que has despertado" dijo en un tono amable "Me alegra, espero que te sientas mejor" se acercó y dejó el tazón sobre la mesita. "¿Pasaste bien la noche? Espero no hayas sentido mucho frío, ya ves cómo baja la temperatura en el bosque por la noche, más aún en otoño".
La menor de las dos no respondió.
La desconocida se sentó a un lado de ella, sobre la improvisada cama "Mi nombre es Nakuru", le dirigió una gran sonrisa... una sonrisa sincera a pesar de que no tenía la más mínima idea de quién era ella.
La chica titubeó, pensando si decirle su verdadero nombre o no, hacía tiempo que se había sentido morir en este mundo, que no era ella realmente quien habitaba ese cuerpo. "El mío es... To...Tomoyo" pronunció finalmente en voz baja.
"¡Qué hermoso nombre!" exclamó Nakuru, haciendo que la muchacha se sonrojara ligeramente. Lo último que había esperado recibir después de su malogrado intento de quitarse la vida era un elogio, aunque quizás no lo sabía en realidad. "Bueno, te traje un poco de comer, debes estar hambrienta después de dormir tanto. Desde que llegaste aquí, ayer por la noche, ya estabas en el mundo de los sueños, seguramente estabas totalmente agotada" la mujer de largo cabello color caoba atado en una cola que le caía hasta la cintura tomó el tazón, cuyo contenido consistía en una sopa humeante y de delicioso aroma, y lo colocó en las manos de la chica.
Tomoyo lo miró por unos instantes –Comer... el comer significa un deseo de vivir-, sus amatistas observaban el objeto con escrutinio, como si lo analizaran. -¿Yo... deseo vivir?... No lo sé-.
"¿Piensas quedarte ahí mirándolo nada más?" las palabras de la otra mujer la sacaron de sus pensamientos, haciéndola levantar el rostro para encontrarse con un par de brillantes ojos marrón. "No cocino tan mal, de verdad" le dijo ésta con una sonrisa.
-Ella lo hizo para mí y espera que lo coma. Si no lo hiciera, ella se sentiría mal- bajó nuevamente la vista para contemplar la comida una vez más al tiempo que suspiraba largamente –La decepcionaría... prometí que no volvería a decepcionar a nadie-. Dio una rápida ojeada a su reloj, eran las 4 de la tarde. Hasta ese momento, hacían más de dos días que no probaba bocado, que había decidido no hacerlo al dejar de sentir ese deseo de vivir.
Tomó la cuchara sin dejar de observar el caldo caliente. Lentamente, comenzó a llevarse una cucharada a la boca, seguida de otra, y de muchas más, hasta que el contenido desapareció del recipiente. El sabor era exquisito, sin duda alguna, pero eso solamente la hizo sentirse más miserable, una desgraciada que no se sentía capaz de poder disfrutar un placer como ése... de merecerlo.
Aún después de haber acabado, sus manos continuaron sosteniendo el tazón vacío, mientras su mirada se hundía nuevamente en él, pasando en un instante a observar un poco más abajo, hacia sus piernas, notando por vez primera algo que ya había visto sin haber reparado en ello: su piel de alabastro no estaba cubierta por la tela celeste de su vestido de campo, sino por un suave y cálido algodón teñido en turquesa que rodeaba cada una de sus piernas por separado en un corte que le llegaba hasta muy por debajo de los tobillos. Contempló los pantalones por unos segundos, un tanto extrañada, después su vista subió un poco hacia la blusa, de la misma tela que los anteriores, sus mangas también tenían el mismo color, mas el resto de la prenda era completamente blanco.
"Tus ropas estaban completamente empapadas, parecía que te habías echado un chapuzón en el lago. Estaba claro que no podías dormir así, no queríamos que te enfermaras, así que te presté un conjunto mientras lavaba tu ropa, que aún está secándose... espero que no te moleste que me haya tomado la libertad" Nakuru sonreía mientras hablaba, Tomoyo comenzaba a preguntarse si aquella mujer tenía otra expresión además de ésa. No era que el asunto le molestara, al contrario, pero se le hacía increíble que alguien pudiera mantener una sonrisa por tanto tiempo sin sentir ese molesto dolor en los músculos faciales, reclamando un minuto de descanso. "¿Te gustan?"
"¿Eh? Ah, sí, disculpa la molestia" contestó torpemente, mientras aún trataba de salir de sus pensamientos.
"¡Qué bien! Y descuida, que no es ninguna molestia" Increíblemente, la alegre expresión de la muchacha se hizo aún más evidente, pero enseguida regresó a una ligeramente pensativa: su boca se hizo pequeña; y a su mentón llevó una mano, estirando un dedo que se posó sobre su mejilla, como sosteniéndola al tiempo que ladeaba la cabeza; sus ojos mirando hacia arriba y a la derecha, como si buscara algo en lo profundo de su mente y fuera a encontrarlo con sólo esa acción. Súbitamente, pareció dar con lo que buscaba "¡Ah, es cierto! Touya me encargó que le avisara cuando despertaras. ¡En seguida vuelvo!" exclamó, entusiasta, al tiempo que comenzaba a levantarse de la cama, siendo impedida por una pequeña mano que sujetó su brazo. La chica de ojos marrones se giró entonces "¿qué pasa?".
Tomoyo no sabía lo que había hecho hasta que sintió la pregunta de la otra. Entonces se dio cuenta de que su mano izquierda ya no sujetaba el tazón, en lugar de eso se había aferrado al delicado brazo femenino de la otra. Después de unos segundos de meditar por qué lo había hecho, llegó a una conclusión: tenía que aclarar una pequeña duda que la corroía casi desde el momento en que ella había entrado a través de la 'puerta' de la tienda. "La persona que me trajo aquí... ¿te dijo lo que había pasado?" casi podía sentir sus mejillas sonrosándose, así que hizo un esfuerzo sobrehumano por evitarlo. Pudo conseguirlo cuando un nuevo pensamiento llegó a su mente –Si no le dijo, por lo menos ya le sembraste la duda, ahora está en todo su derecho de preguntar. Bien hecho, Tomoyo ¿Ahora qué le responderás¿ Que en estos momentos está frente a una loca que intentó saltar de un barranco?- se reprendió severamente.
"No, sólo me encargó que cuidara de ti... te veías muy pálida. Pero me alegra que ya estés mejor" contestó su interlocutora con toda la simpleza del mundo, dirigiéndole después una sonrisa que desvaneció entonces todos los temores de la más joven. Enseguida se marchó.
Tomoyo la vio salir, después se descubrió a sí misma soltando un largo suspiro al tiempo que dejaba el tazón nuevamente sobre la pequeña mesita de noche.
-¿Ahora qué es lo que tengo que hacer?-.
Unos minutos después, la mujer de largos cabellos marrones regresó, y acercándose hasta ella, se inclinó un poco para estar a su altura. "¿Crees poder levantarte?" al ver que la otra asentía enérgicamente, agregó "Bien. Touya quiere verte". Le sonrió al tiempo que le tendía la mano para ayudarla a salir de la cama. Ambas salieron de la tienda, y Tomoyo fue recibida por la luz del día que amenazaba con cegarla, a pesar de que el sol ya no se encontraba tan alto en el cielo. La chica parpadeó un par de veces sin dejar de caminar, aunque disminuyendo un poco el paso, siempre al lado de la otra.
Mientras hacían esto, un par de amatistas registraban el lugar con curiosidad. Había varias tiendas de acampar, algunas tenían un aspecto similar a las que ella había visto en las tiendas de deportes de la ciudad, pero otras parecían un tanto diferentes, ligeramente parecidas a aquella en la que ella misma había estado: eran más grandes y de un color pajizo seco, pero éstas se encontraban abiertas, albergando algunas mesas en su interior, y algo que ella reconoció inmediatamente como un sofisticado equipo de cómputo, además de otros aparatos que le resultaban totalmente desconocidos. Más allá de éstas, había algunas furgonetas blancas con un extraño logotipo en las puertas traseras y a ambos lados, cerca de éstas se encontraban unos jeeps verde militar, éstos no contaban con el logotipo en su superficie. Por el lugar había muchas personas inmersas en sus actividades 'cotidianas', algunas de ellas llevaban encima de sus ropas una bata blanca de manga larga. ¿Doctores? No, no lo parecían del todo.
Finalmente llegaron a una de las tiendas más grandes, ante la cual Nakuru se detuvo e hizo un gesto a la más joven, invitándola a pasar. "Aquí es. Entra, yo esperaré aquí". Tomoyo dudó un instante antes de decidirse a entrar.
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La pantalla brillaba insistentemente, reflejándose en sus anteojos. Los dedos de sus manos se movían rápidamente, posándose de manera ágil y precisa sobre las teclas que llenaban el aire silencioso del lugar con el sonido que producían al ser pulsadas. Pero súbitamente percibió algo más allá de la pantalla de la computadora portátil, un poco de luz que se colaba en la tienda. Lentamente levantó la mirada al tiempo que tecleaba unas últimas palabras sin siquiera molestarse en ver cómo éstas aparecían en el monitor. Una pequeña y esbelta figura entraba, soltando la gruesa tela que había levantado con ambas manos para poder entrar, haciéndola caer detrás de ella. La luz se quedó entonces afuera, a donde pertenecía, dejando el área nuevamente con su iluminación original, sin demasiada luminosidad, pero sin carecer de ella.
Se quitó los anteojos, dejándolos a un lado del teclado al tiempo que se levantaba y se frotaba los ojos con la mano libre. Sus ojos, oscuros como dos granos de café, se clavaron en la recién llegada, analizándola de pies a cabeza: no era una mujer alta, pero tampoco demasiado baja, mediría alrededor de 1.60m; su piel era blanca como nunca antes había visto una, parecía nunca haber sido tocada por los rayos del sol; su cuello y brazos eran delgados, parecían sumamente delicados; su pecho estaba adornado por un par de senos perfectamente redondos, no muy grandes ni tampoco pequeños, sino más bien... atinadamente proporcionados; su cintura era sumamente delgada, y el arco de sus caderas se delineaba en una curva no muy pronunciada; sus piernas también estaban exquisitamente proporcionadas con el resto de su cuerpo, largas -dentro de lo que cabían-, y delgadas, sin excederse en su estrechez; una larga cabellera ondulada le caía por la espalda, terminando en pequeños bucles justo al nivel de su cadera, ésta era de un profundo color púrpura, a diferencia de cómo él la había distinguido la noche anterior -negra, por la carga de agua que traía encima-. Pero lo que más le llamó la atención fue algo que no había tenido la oportunidad de ver bien en la oscuridad la primera vez: un par de misteriosas amatistas que parecían no tener fin, siendo capaces de hundir a cualquiera en su profundo y turbio mar violáceo si se les quedaba mirando más de la cuenta.
-Así que así es como se ve la inútil chiquilla cuando es obligada a enfrentar al mundo real y no a un barranco- pensó al tiempo que no le apartaba la vista de esos ojos, pues por el momento era tal el desprecio que sentía por ella, que se sabía perfectamente inmune ante el efecto de esas preciosas joyas.
Tomoyo sintió tremendos escalofríos al notar esa mirada, que parecía querer atravesarla por completo. Sintió miedo. Esos ojos oscuros no reflejaban nada bueno, era tal la rabia con que la veía. Eso aunado a lo imponente que resultaba el sujeto, parecía destilar una increíble dureza por cada poro de su piel morena, su cabello caoba peinado al descuido con largos mechones que le caían sobre la cara tampoco ayudaba mucho a suavizar esa imagen, su gran altura -casi 1.90, según calculó- inspiraba temor, obligándola a mirar hacia arriba, haciéndola sentir más pequeña aún. Sin duda era terriblemente apuesto, pero las facciones, endurecidas en esa expresión que se había apoderado de él en el momento que la vio, le daban un aspecto de total frialdad. La chica pasó saliva.
"Te ves muy pálida. Tienes dos opciones, te llevo a tu casa o a un hospital para que te revisen bien, escoge libremente" habló Touya, su voz áspera rasgó el silencio que se había producido desde que la recién llegada había cruzado el umbral. Sólo le daría dos opciones, porque no le permitiría quedarse en el campamento, no era bienvenida en ese lugar. –Aquí no hay lugar para personas como tú- Durante unos instantes pensó decirlo en voz alta.
Entonces Tomoyo pensó que prefería el incómodo silencio a la manera en que aquellas palabras -de por sí duras- habían salido de su boca, con un tono tan rudo que la había dejado helada. Bajó la cabeza, incapaz de contener por un segundo más aquella mirada "Está bien, no ocupo un hospital, gracias" dijo en un hilo de voz.
"Entonces te llevaré a tu casa ahora, vamos. No te preocupes por tus ropas, le he dicho a Nakuru que las ponga en una bolsa, ya deben estar en el jeep" y sin decir más caminó a la salida, Tomoyo le siguió en silencio.
Tras caminar unos metros, el hombre, que a la luz del exterior le pareció tener unos 27 años -la misma edad que le había calculado a la mujer, según recordó-, se trepó a uno de los vehículos todoterreno estacionados, el que se encontraba más cerca de la tienda. Comprendiendo que el sujeto no estaba de humor para ser caballeroso con ella -o que quizás ni siquiera conocía el significado de esa palabra-, Tomoyo se subió por sí misma al asiento del copiloto.
Ya dentro del vehículo, pudo ver una bolsa de plástico con su vestido en el interior... aún estaba húmedo –Qué tipo, ni siquiera se puede esperar un poco a que se seque-. Antes de haberlo conocido no se sentía capaz de pedir nada, creyendo que ya habían hecho suficiente por ella al haberla cuidado mientras dormía, y preocuparse por su estado de salud, más aún después de estar portando las ropas de la otra mujer -de quien, según recordaba justo en ese momento, lamentándose, no se había despedido-. Pero la ira e indignación que la actitud de aquel tipo le causaba la hacían adquirir una actitud defensiva.
"¿Y bien?" dijo éste, sacándola de sus cavilaciones mientras encendía el motor "¿Dónde es tu casa?"
Tomoyo se sorprendió entonces ante estas palabras, su mirada se perdió al frente –Casa... mi... casa. Yo no tengo casa- pensó con dolor –un cascarón vacío, eso sí lo tengo-, entonces supuso que, seguramente, ésa era la información que el hombre le pedía. Le dio la ubicación sin siquiera girarse para verlo.
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Sus manos apretaban el volante, se sentía fastidiado por la presencia de la mujer a su lado. Habían pasado ya media hora en completo silencio, aunque no era eso lo que le molestaba, de hecho prefería eso a tener que entablar una charla con ella. –Todos ustedes son iguales, huyen de los problemas pensando que el mundo es muy cruel, nunca toman en cuenta a aquellos que los aman, que se preocupan por ustedes- era lo único que pensaba mientras percibía con el rabillo de su ojo a 'esa' persona... una más de ellas.
"Ahí es" escuchó una débil voz femenina. Su mirada se clavó entonces en una enorme extensión de terreno cercado y especialmente cuidado, a diferencia del bosque que lo rodeaba, cuya belleza permanecía natural e intacta, e incluso era muy distinto de los terrenos vecinos que él ya conocía, los cuales era mucho más pequeños y modestos, pero bastante reconfortantes. Distinguió desde lejos la gran mansión que se elevaba en medio del lugar –Lo que me faltaba, debe ser una niña rica consentida que se desploma al descubrir que su vida es completamente vacía... o porque su papi no quiso cumplirle uno de sus caprichos- bufó ante este pensamiento.
El vehículo no entró por el camino de piedra que llevaba directamente a la mansión, sino que se estacionó a la entrada de éste. Tomoyo comprendió el mensaje: él no se molestaría en llevarla hasta la puerta de su casa, no cuando lo único que quería era que ella saliera de su jeep y de su vida lo más pronto posible. La chica tomó la bolsa y agradeció de manera automática, bajándose enseguida para caminar por el sendero hacia la casa. No se molestó en voltear la vista, era lo último que quería hacer. No pasaron ni tres segundos antes de que escuchara el rugido del motor y después percibió cómo éste comenzaba a alejarse, extinguiéndose en el aire, dejando tras de sí el silencio del tranquilo lugar.
Finalmente llegó a la puerta, abriéndola con la llave que encontró en su vestido, dentro de la bolsa. Entró, sus pasos eran lentos, casi perezosos.
"Tadaima" anunció su llegada, el eco se esparció por toda la casa.
Nadie contestó... pero eso no le sorprendió.
¡Saludos a todos aquellos que ya conozco de "Géminis" y "Lluvia"!
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