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Los Días Perdidos
A/N: HAYLOOO THAAR. Qué tal estáis todos. Cómo están las mujeres y los hijos. Juro que he estado a punto de rendirme con este fic después de haberlo perdido absolutamente todo, pero parece que un nuevo poder resurge de sus cenizas a la Hefner. Este hijo de Führer os va a invitar a todos a cervez— ehh, sí.
Una nota aclaratoria antes de proceder, porque me pareció conveniente; la última escena del capítulo 5 estaba centrada en James Heinland. Y James Heinland no es Frank Heinland. Pero nos ocuparemos después de los ladrones de cuerpos.
Transcurrieron unos segundos en los que su felina alarma le hizo dejar de notar y empezar a sentir la robusta y tosca mano del exoficial del R.P.D. sobre su mandíbula, una brisa sofocante colándose por la puerta abierta detrás de su silueta, el gélido y redondo cañón de un arma presionado contra la parte inferior de su cuello.
"Tranquila, Ada," El hombre habló con voz ronca, de la variedad que ella oía en los científicos de Arklay cuando pasaban días sin dormir. "Sé que puedo confiar en que no seas lo suficientemente estúpida para obligarme…"
Agitó el arma, un destello de luz metálica delante de sus ojos. Ella entendía, y como buen caballero, Smith retiró la mano, aún manteniendo la pistola en alto.
"Smith," Fue lo primero que espetó la agente, al recobrar sus sosegados labios cierta libertad de movimiento. Edward se encogió de hombros modestamente, echando una ojeada alrededor.
"Está bien," Dijo como si continuara una conversación. Intentó esbozar una sonrisa débil que Ada no reflejó; "Hacía mucho tiempo que no veía a alguien tan bien balanceado por aquí…"
"¿Para quién trabajas?"
"Lo importante es para quién no trabajo," Se apresuró a tercer el exoficial. "Yo soy uno de los buenos, Ada."
Bajo la tenue iluminación, E. Smith tenía el aspecto tosco y cansado de un perro viejo; su voz era un cansado gruñido, y una mirada desenfocada lo hacía parecer a sus ojos cada vez más inofensivo. Ella entrecerró los ojos.
"Todos creen que son los buenos," Empezó a contestar Ada. No debía bajar la guardia, y no iba a hacerlo, pero si podría o no era una cuestión diferente. "Llevaré poco tiempo aquí, pero no soy idiota. Reviv Incorporated, las Bellow Enterprises, S…probablemente todos hacen lo mismo detrás de las cámaras. ¿Crees que voy a creerme eso?" Aunque con una sede así, añadió con la voz de sus pensamientos más cínica, cualquiera lo diría.
"No quiero robar a Umbrella," Gimió Smith, cierto tinte desesperado en sus palabras. "Quiero eliminarla. Eliminarla desde dentro. Yo he estado ahí, Ada, he visto lo que hacen. Animales, humanos, todos sufren sin motivo alguno." Hizo una pausa y suspiró. "No quiero hacerte daño…, te haré entender: tú eres nueva, tú tienes tiempo para retraerte, aún puedes rectificar…"
"No lo entiendo," La confusión de Ada aumentaba con cierta sensación enfermiza en la garganta, al tiempo que descendía su ritmo cardíaco. "¿Eres policía?"
"Era, era…un oficial, pero el RPD…estoy seguro de que aún lo sabes, están completamente dominados por Umbrella, por el servicio secreto. Brian Irons está tan metido en el bolsillo de Birkin…, no es que no se dé cuenta de lo que está pasando, es que no lo quiere remediar…" Tragó saliva. "Durante esa época, hace cinco años …robaron algo—nunca he podido saber el qué, pasó algo en el 89 que los movilizó a todos; solo sé que tuvo que ver con el proyecto Síntesis, Dios sabe qué será eso, y por entonces me tocó a mí investigar, nos tocó a mí y a Tyrell…"
"Tyrell Duke," Dijo Ada de repente: sensación de déjàvu y cierto triunfo al ver que las piezas empezaban a encajar. "Tyrell Duke. Tú sabes quién es. Tú sabes donde está."
"¡Tyrell!" Smith casi ladró esa palabra. La espía se retrajo. "Tyrell es…era…el último rastro de decencia que ha habido en estos lugares. Él era de Umbrella, había sido entrenado como guardia de esa mansión horrible; pero había salido de ahí enseguida, y acabó conmigo en el R.P.D.. Un vendido, claro, pero un vendido legal. Estaba de acuerdo; él veía, veía en primera persona, lo veía todo."
"¿Todo?"
"Lo que hacían. ¿Necesitas nombres? Especimenes como William Birkin y Elizabeth Bertolucci hacían lo innombrable, inyectaban esos tratamientos en prueba a sus propios hijos. Esos cadáveres en vida de Claiborne, ese sádico de Crackhorn. ¿Has oído hablar de la doctora Sara Ross?; gente como ella, acorralada hasta que no pueden irse si no es pegándose un tiro. Wesker y Kaplan, esos enfermos jugando al juego del 'quién da más'." Tomó aire. "Y a él…a él, a ese torturador retorcido, Desmond Aiken, Tyrell también lo pudo ver; vino, sabes, vino a la ciudad para dar una conferencia sobre criminología al departamento de policía, pero lo que más recuerdo es su sonrisa, su amigabilidad mientras el jefe Irons me decía que no tendría razón para continuar arrancándole a Tyrell la piel de las plantas de los pies si decíamos exactamente qué habíamos visto aquella noche de hace cinco años…"
Smith hizo una pausa. Sus facciones estaban contorsionadas, su cara empapada por el sudor. Un escalofrío recorría la piel de Ada, un fantasma morboso de dolor ajeno se extendía por la parte inferior de su mente. El hombre se veía rendido ante quién sabe cuántas más memorias horribles; y en aquel momento, pareció a la asiática que los ojos se le humedecían por la emoción ante el mero concepto de tener que presenciar la muerte de alguien cercano, y una punzada de remordimiento le indicó que efectivamente él era uno de los buenos, (y sin saber por qué se acordó de Annet-)
"Tyrell…" Se reinició el testimonio roto del hombre roto, "Tyrell está muerto, cómo no, es otro de los miles de cadáveres en las listas de esta corporación." Tic leve en su ojo izquierdo. "Y fue entonces…fue entonces cuando desistí. Dimití, claro, me fui del R.P.D.. Me uní a ellos, un grupo que intenta hacer las cosas bien. Más gente que ha visto y saben que solo ellos pueden parar este desenfreno. Boicoteamos, robamos y eliminamos; aquel disco que te di…, fue eso, fue ese proyecto, por fin he podido acabar con lo que me destrozó la vida hace cinco años…" El recordar dónde estaría entonces ese CD, almacenado y bien seguro bajo la comida china de Kaplan, hizo que a Ada le diera un vuelco el estómago. "Y tú, tú lo entiendes, serías una grata adquisición…"
Transcurrieron unos segundos de silencio. La derrota psicológica de los últimos minutos hizo que Ada no pudiera contestar en un tono muy alto; la sangre fría no llora, se obligó a recordar, obligó a recordar a su garganta dolida.
"No creo en Umbrella," Expuso en voz baja.
Hubo un silencio de quietud. Se despertó una pequeña brisa por detrás de la corpulenta forma del hombre.
"Lo sé," Habló Smith.
Ada no podría aguantar aquel robusto atisbo mucho más. Entornó una mirada entristecida, dirigiéndola justo a algún punto por encima del ancho hombro; del corredor escasamente iluminado se seguía colando cierto aire caliente, cierta brisa procedente de las sombras…
"Date la vuelta, querido."
Una voz. Una voz había surgido de repente del mismo lugar que el tenue aire. Era una voz femenina, desconocida en la conversación hasta entonces, pero bien familiar para la agente Wong…
…su estado aturdido hizo que tardara un corto segundo en registrar aquel tono como el que empleaba normalmente la agente Roxanne Duvall. Ada sintió un escalofrío, se vio una vez más sumida en sensaciones mixtas…
…la última emoción que discernió en los ojos color hierba de Edward era alarma, mezclada con una confusión comparable a la suya. Al girarse encaró oscuridad y el cañón de una pistola sostenida por cierta agente de pelo rubio y ojos color tabaco.
"Vaya, vaya, pero si es la cara de la fábula." La frase, tan sonriente y tanteadora, se clavó en los oídos de Ada. La siguió una orden simple: "Camina." Ada se dio cuenta de que el temblor en un hombro de Smith no mentía. "Vamos, camina."
El hombre vaciló. Sus lentos pasos por el pasillo resonaron entre segundos que parecían eternos. Probablemente sabía lo que le esperaba, probablemente ahora mismo estaba partiendo los labios para decir una última palabra—
—cortada por un disparo que resonó entre cuatro paredes vacías.
Al resonar de ladridos en el exterior, Edward Smith ya no estaba.
El movimiento casi instantáneo de Roxanne lanzó algo de acción en la escena, que parecía haberse congelado con la última marcha de Smith. Sin poder quitar los ojos de encima de su cuerpo ahora inerte, Ada casi siquiera oyó el pitido que emitió el comunicador de la agente, el sonido de su triunfo, y sus palabras pronunciadas de la forma más alegre:
"¿Alias? Sospechoso confirmado y cazado. Nah, no vivo, ha intentado huir y le he petado la nuca." Roxanne lo decía como la cosa más normal del mundo, aunque no sonreía. "Dale la enhorabuena a Kaplan."
La oficial se dio la vuelta y negó con la cabeza de forma ostensible. Acto seguido, se dirigió a la mujer de menor estatura que miraba el espectáculo con ojos tranquilos.
"Hippies," Dijo reprobatoriamente. "¿Estás bien, chica? Parece que he sido el príncipe azul."
Le dirigió una media sonrisa que Ada no devolvió.
"Él—" Empezó ella, quizás sin saber realmente qué iba a decir, pero las palabras de la rubia volvieron a cortarla.
"No me lo agradezcas. Creo que la responsable auténtica es aquí tu damisela angustiada."
Roxanne –por alguna razón, la voz que hablaba a Ada en su mente no la reconocía como Roxie en aquel momento– mocionó hacia detrás. Su ancha constitución había estado ocultando todo el tiempo otra figura, de estatura más corta y porte delgado. El dar un paso adelante lanzó un hilo de tenue luz azulada sobre su rostro contorsionado por la emoción, sus ojos cargados de una melancolía mareada.
La agente asiática cayó en el silencio. Durante unos segundos pasó con ambas.
"…Annette." Susurró por fin, sin encontrar mucho más que decir mientras dos brazos pálidos se lanzaban alrededor de sus hombros y la húmeda frente de la doctora Birkin se hundía en su hombro.
Una tarde rápida de subrepticias aclaraciones con el R.P.D., y Ada volvería al trabajo procurando no mirar a nadie a los ojos. No tardarían en cerrar el caso como algo bastante más planeado de lo que había sido: la historia oficial desde el servicio secreto de Umbrella decía que probablemente Ada había sido solo un señuelo, que sabía con la exactitud de una auténtica veterana lo que iba a encontrarse y que tenía a una de las mejores agentes del cuerpo de seguridad de la empresa esperando a la salida. Era atrevida. Nunca cupo la posibilidad de que fuera una chica temeraria con intuición y suerte.
Una chica temeraria con intuición y amigos, de hecho.
Con Annette…
Lo mismo no podía decirse de mucha gente en la zona.
Era uno de aquellos raros momentos en los que algo en concreto llama la atención de uno, y no importa en cuántas telarañas de negocio serio se esté envuelto, ni lo enterrada que esté tu mente en materias contrarias a la inspiración, simplemente hay que pausar y observar cierto detalle, quizás como escapismo, quizás algo que lleve ahí toda la vida y de repente cobre sentido.
Elizabeth Bertolucci estaba experimentando una sensación que ella nunca habría descrito con estas palabras. De hecho, nunca la hubiera descrito con palabras diferentes a 'una jodida tontería', pero el pasar por ello era tan diferente al describirlo.
Inclinada delante del retrete era el lugar que había elegido aquella mañana, e intentar dejar caer en el agua algo que había permanecido años en un dedo de su mano derecha era lo que quería hacer.
Pero no podía.
Y aquello, aunque nunca hubiera utilizado una palabra así para admitirlo, le daba miedo.
Las únicas diferencias entre el Cillian que se había derrumbado en la cama la noche anterior y el Cillian que esperaba ahora el tren eran dos. La primera era su flequillo que, considerablemente menos grasiento, se colaba entre sus cansados ojos y las lentes que los cubrían; la segunda, una gran bolsa entre sus delgados dedos que rezaba Dunkin Donuts en letras naranjas y fucsias y estaba llena con al menos doce de ellos.
La contempló con el ceño fruncido durante unos segundos. Quizás se había pasado. Claro que ahora, por primera vez en lo que vendrían a ser unos cuantos años, sí que podía compartir los donuts con alguien…
Al llegar el tren, se levantó del banco de la estación sin prescindir de estirar los brazos. Volver al laboratorio era obligatorio, habiendo considerado que una noche era suficiente como para asegurarse de que su apartamento continuaba igual que la última vez y de que su gato no estaba muerto. Tenía en la cabeza aquel alentador pensamiento cuando entró en el vagón más próximo, dispuesto incluso a dar una última cabezada. Encontró el sueño justo cuando se preguntaba si a la doctora Annette le debía gustar la crema de manzana.
Algo más tarde, los últimos rastros de sueño se desvanecían con un descomunal bostezo mientras se presentaba en el laboratorio general. Era, hasta donde sabía, el lugar principal de reunión de científicos y Birkins, y por tanto asumía que se encontrarían ahí, sin reparar en horarios.
Tampoco es que los hubiera visto en cualquier otro lugar.
Sin embargo, a primera ojeada, no encontró a la científica rubia que buscaba. De hecho, si su sentido de la hora no hubiera estado lo suficientemente trastocado como para no señalarle que era difícil encontrar a científicos como la doctora Birkin dos horas antes de que empezara su horario usual, no le hubiera extrañado que fuera un solo un doctor, de pelo oscuro y brillantes ojos azules, el que se encontraba ojeando algún informe misceláneo mientras tomaba café con leche.
El hombre levantó la vista cuando vio entrar a Cillian, y le dio una sonrisa benevolente.
"¿El doctor Jarrod, supongo?" Empezó. Su voz era impaciente, pero no resultaba nada desagradable. "Un placer verte por fin, otra vez; hasta ahora, hubiera jurado que estabas ocupado las 24 horas del día…"
El genetista inclinó la cabeza hacia un lado. Aquel tipo le sonaba de algo. Ah, una reunión que podría haber tenido lugar hacía una semana o un año… pero no recordaba su nombre.
El doctor le ofreció asiento a su lado, pero él solo se acercó porque estaba próximo a la máquina de café. Cillian le dio una inclinación leve de cabeza.
"Busco a la doctora Birkin," Murmuró, forzando algo la vista para leer la placa en su bata de laboratorio sin disimulo alguno, "…doctor…J…Howe."
El hombre dejó ir una risa agradable, probablemente pensando que se trataba de una broma. Cillian lo consideraba la cosa más normal del mundo. "Ah, no está aquí esta mañana: ella y la señorita Wong —impecable estudiante, Ada— han ido a testificar a la comisaría…cosas importantes sucedieron ayer." Dio un suspiro feliz, incorporándose y caminando hacia el chico de más edad. El trabajo bien hecho parecía hacerlo feliz. "Justo ahora estaba ojeando el informe de la agente Duvall, pero tuvo que ver con algo intocado desde hacía cinco años; solo alguien brillante podría haber cerrado un caso tan aplazado…"
Su discurso se desvaneció gradualmente al ver que Cillian tenía la vista desenfocada, posada en un punto concreto de su cara. Al ver que había parado de hablar, el doctor Jarrod alcanzó su mejilla con una de sus largas manos; atónito, Howe reconoció una sonrisa de entrañado triunfo, justo antes de empezar a arrepentirse de haber acortado la distancia entre ambos.
"Aquí, doctor, tenía una pestaña." El genetista inclinó la cabeza hacia un lado. "…se cuida la piel¿me equivoco?"
John no encontró palabras para contestar antes de que un grito a pleno pulmón lo hiciera por él.
"¡ALARMA ATAQUE ZERG DE ACTRICES PORNO DESNUDAS ESTAMOS TODOS JODIDOS!"
Suficiente para atraer las miradas de las paredes, el doctor Howe parpadeó, resignado, antes de alzar la vista hacia la entrada para encontrarse con la brillante sonrisa de cierta informática pelirroja que había aparecido, por lo que parecía arte de magia, a su lado en un abrir y cerrar de ojos. Grandes ojos color esmeralda adivinaron al instante las últimas interacciones entre ambos científicos, y exhibió en sus desgarradas facciones una mueca de sorpresa.
"¡Oh! Perdón, no sabía que Cil había salido de la cueva para establecer relaciones otra vez," Señaló al chico de ojos grises, que ahora había vuelto a su expresión lánguida, con un dedo acusador. "AUNQUE, doctor H," Empezó en el tono de quien simplemente constata un hecho, "Te recomendaría llevar mucho cuidado. Ya eres afortunado si te toca sin romperte." Le dirigió a Cillian su sonrisa más encantadora, y no necesitó empujarlo para que él se retirara y volviera a centrar su atención en la máquina de café.
"De todas formas, doctor, ahora que tengo tu atención," La pelirroja reanudó su frase, animada por la ofensa, "vengo aquí para hacerte una propuesta que no vas a poder rechazar."
"Kaplan," Pronunció la palabra de la forma más despasionada que permitía su voz por naturaleza dulce, "en primer lugar, la reunión fue ayer—"
"¡Pero Jooohn, somos amigos!" Lo interrumpió el tono insolente y sardónico de la informática. Antes de que él pudiera contestar, mocionó hacia la puerta y añadió, "Dirás que yo soy barata, pero mira a quién he conseguido sacar de su laboratorio y um, del cadáver de alguna tailandesa. ¿Crees que él estaría aquí si no tuviera buena mierda en la manga?"
Como siguiendo el guión de alguna obra de teatro premeditada, hizo su aparición en la surrealista escena el doctor Nicholas Claiborne, secando rastros escarlatas de sus manos blanquecinas.
"Raramente me arrepiento de escucharla," Dijo con la misma sonrisa que daría escalofríos a un muerto.
"D-di," John prefería mil veces centrar la vista en las facciones de Kaplan que en aquella muestra de emoción retorcida.
"HAY pues verás, yo y el susodicho hemos estado haciendo un estudio," La pelirroja miró de reojo la figura de Cillian, ahora de espaldas. Estaba quieto. Aquello le hizo sonreír. "Y hemos llegado a una conclusión que puede resumirse con la palabra Rockfort." Pausa. "Precedida por vamos a robar a esos cabrones de."
Pausa general.
"¿Robar…?"
"Tomar prestado, compartir datos de investigación, lo que sea," Gruñó ella. "Nosotros les damos lo nuestro y ellos nos dan lo suyo. Hemos comparado, DJ Howe, y hemos llegado a la conclusión de que si eso no nos beneficia, es que estamos en Mexico."
"No, no, no. Tenemos suficiente trabajo aquí," Replicó John después d eunos segundos para asimilar la proposición. "Los proyectos de Arklay no avanzan, lo que necesitamos difícilmente es añadir aún más problemas a—"
"Según determinadas simulaciones virtuales, es exactamente lo que necesitamos; mi propia investigación personal, por ejemplo, podría obtener cierto estímulo…" Nicholas pronunció esta palabra con un deje indeterminado, pero diferente. Howe se estremeció. "Cosa que a la larga, estoy convencido de que beneficiaría al laboratorio. Lo mismo digo de otros proyectos personales como el Virus-G del doctor Birkin…"
"De acuerdo, un momento," Replicó el jefe de investigación, siempre dirigiéndose a Kaplan, evadiendo la mirada de los ojos más pálidos. "¿De dónde demonios pretendes que saque al personal?"
"¡Pues de dónde va a ser!" Espetó la técnica. "¿Acaso eres tan estúpido como pareces, Howe? Tenemos aquí mismo al mejor cabrón de todo Arklay."
Nicholas disfrutaba visiblemente de ser el centro de las miradas en un silencio sepulcral como se hizo.
"Yo mismo me ofrecería voluntario," Continuó, elocuente. "Haré una pausa en mis proyectos; estoy dispuesto a decir que mi alumno Kinto está suficientemente cualificado para substituirme en todo lo que se refiere a proyectos generales…"
"Y sin duda," Kaplan ayudó, "Podemos encontrar gente igualmente cualificada entre las filas de tus tropas. Oh, estoy segura de que Crackhorn podría dejar de rascarse la barriga todo el día y mover el culo para hacer algo de provecho una vez en su vida…"
"El doctor Crackhorn mostró su acuerdo," Apuntó Nicholas.
"…y ahora dejemos que el señor haga una elección," Kaplan sonrió fríamente a Howe, "Una elección de la que estés orgulloso. Como por ejemplo," se aclaró la garganta, "¡Oye, Cillian!"
Efectivamente, el escurridizo joven aún permanecía allí. Escuchaba; por supuesto que escuchaba; Kaplan sabía bien, aquel era su trabajo. Se dio la vuelta y miró a la pelirroja con ojos drenados de emoción.
"¿Verdad que John ha estado hablando muy bien de esa chica?" Prosiguió ella, ignorando la aborrecida mirada de la que era víctima. "¿Cómo se llama? Vamos, ya sabes, sois amigos, oí que ella y Annette van a casarse y adoptarte…"
"¿Ada?" Replicó él en un tono muerto.
"¡Esa mismo! Joder, Cil, eres casi mejor que prostitutas y cocaína," Kaplan le enseñó sus blanquísimos y afilados dientes antes de volver a mirar a John, esperando una respuesta.
Al doctor Claiborne le encantaba la sensación de no haber dejado indiferente a ninguna de las personas en una habitación. Lo mismo que experimentaba después de una conferencia en sus años más jóvenes que dejaría boquiabiertas a hordas de pseudo-intelectuales, era lo mismo que experimentaba mientras observaba el curioso dilema en las facciones de John Howe, mientras este cerraba los ojos con fuerza y salía a paso apresurado de la estancia.
Si todo iba según lo planeado, y Dios bendijera a aquella taimada pelirroja, era la persona más exacta y calculadora del mundo, un helicóptero con dirección a Rockfort –los contenidos del cual, si tenía suerte, incluirían una mujer asiática, lo que le hacía sonreír– despegaría en escasas semanas desde la pista de vuelo de Arklay…
Definitivamente las cosas estaban empezando a sonreírle, pensaba mientras giraba el siguiente pasillo hacia la izquierda, encontrándose de bruces con la doctora Elizabeth Bertolucci.
El encuentro repentino los estómagos de ambos. Ella apestaba a cigarrillos, como siempre, pero estaba algo más despeinada y ojerosa de lo habitual. Pálida, también. La piel de su labio inferior, roída por completo.
La expresión de Nicholas curvó una sonrisa, y antes de que Elizabeth pudiera evadirlo, él colocó una mano ancha y blanca sobre un hombro de terciopelo negro.
"Elizabeth, voy a buscarla," Susurró entre dientes. El mero concepto aún arrojaba en su cerebro aquella sensación alegremente enferma que, en otros tiempos, ambos adoraban compartir.
Ella parpadeó. Tragó saliva, su garganta estaba seca.
"V-v-vas a q-q-qué…"
"Acabo de convencer a Howe. Voy a por ella, Elizabeth. Te la traeré."
Fueron las últimas palabras que la mujer soportó antes de zafar su brazo de aquel tacto intrusor y lanzarse al pasillo sin ahora intentar siquiera disfrazar su paso con sosiego.
Nicholas sonrió para sí mismo. No cabía en sí mismo de aquello que se parecía un poco a la felicidad.
"Dónde está."
Un último gemido latía entre labios partidos y temblorosos, incapaces de formar una respuesta coherente. Frank –pequeño, dulce Frank– notaba en su propia boca cómo sabía el dolor del guardia, pero estaba demasiado ocupado esperando una respuesta para poder sentirlo.
Un par de ojos cerúleos parpadearon. A lo mejor, ese hombre –lento, torpe hombre– al que Vala –doctora– había llamado Bruce no había oído bien la pregunta.
Frank notó que un escalofrío de ira lo recorría. Le agitó el hombro para reanimarlo, pero solo consiguió que dicho hombro emitiera un crujido desagradable bajo sus dedos.
"¿Dónde…?"
Antes de poder pronunciar una palabra más, el blanco en los ojos del guardia se volvió rojo, y las oscuras esferas parecieron tambalearse en sus órbitas antes de que aquel cuerpo roto se relajara por completo entre sus ensangrentadas manos.
Frank Heinland suspiró, lanzando el cadáver a un lado. Este cayó con la cabeza en un ángulo peligroso, casi tocando una rodilla desmembrada cuyo dueño no llegaba a situar mentalmente.
Aquello iba a ser jodido de limpiar.
So I'm looking for a girl with a job and a car
Don't know where you are, lost in America…
No, realmente, no había razón alguna por la que aquella canción debiera estar encallada en su cabeza en aquellos instantes. Encallada como esperaba que estuviera la puerta que ahora mismo tapaba con todo el mobiliario que encontraba en la habitación blanca. Un taburete descartado a un lado dejaba inmóvil el cerrojo; todo objeto sobre el cercano escritorio se convertía en una masa plateada de bolígrafos, clips y demás instrumentos al ser este empujado sin mucho decoro delante de la entrada. Intentó tirar de una lámpara de pie que no era mucho más que una bombilla al final de una vara metálica, pero se rompió en sus manos; al lanzarla con ira al suelo, de la bombilla solo quedó un estallido de vidrio fino.
Douglas Glickstein enterró la expresión en las manos y quiso gritar; pero hasta él sabía que, con algo no humano persiguiéndolo por aquel laberinto de paredes acolchadas, no hubiera sido lo más sensato.