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Imago
Author: A-C15 PM
El camino hasta la plena adquisición del propio poder nunca es fácil. Pero Eragon va a recibir ayudas que no esperaba. Editado para ajustarse a Eldest. Quinto capítulo arriba. Hora de abrir viejas heridas...
Rated: Fiction T - Spanish - Sci-Fi - Reviews: 13 - Updated: 08-02-08 - Published: 07-04-05
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La senda de fuego

Habían pasado ya unas cuantas semanas en el bosque élfico. Todo el mundo se había acostumbrado ya a la presencia del nuevo Jinete, pero no ocurría exactamente lo mismo con el extraño personaje acorazado de negro que deambulaba de cabo a rabo del bosque y parecía conocer ya cada esquina del mismo mejor que los elfos que habían vivido en él durante cientos de años. No era fácil, tanto más porque desde la noche en la que parecía haber ardido, pero sin arder en realidad, se había encerrado en un casi absoluto mutismo. Daba las gracias, saludaba, y pocos más. Sin embargo, los elfos preferían no hacer demasiadas preguntas. Parecía una crisis de adolescencia en la que era mejor no inmiscuirse.

Y, en cierto sentido, lo era. Adán creía que sería diferente. Conocía los pasos. Eran más bien simples para los varones de su familia. Sin embargo, se enfrentaba a cambios había vuelto a usar ninguno de sus poderes. Porque, por primera vez desde que tenía uso de razón, tenía mucho miedo. De sí mismo.

Sin embargo, no podía huir para siempre. Tenía que tomar una decisión. Habló con el Jinete élfico. Lo hizo sin rodeos.

-¿Cómo funcionaba la magia antes de que sólo fuera posible invocarla con el Lenguaje Antiguo?

-La verdad, no lo sé. Sabemos que existía, y que algunas criaturas, como los dragones, mostraban una capacidad innata para controlarla.

-¿Y los elfos?

-Vinimos después. Ya conoces la historia de la guerra contra los dragones.

-Una política demasiado extendida: atacar primero y preguntar después.

-No es tu estilo. ¿O debería decir, vuestro estilo?

Adán sintió cierta satisfacción.

-Al fin alguien que se da cuenta.

-No se alcanza ese nivel de maestría en una única vida. Ni siquiera, en una vida élfica. Tanto menos, si se trata de alguien tan joven como tú. Debe haber más como tú, o ha debido haber, al menos.

-¿Sabes? Quizá el problema sea exactamente ése.

-¿A qué te refieres?

-Creía que podría ser como los Jinetes, simplemente, repetir cosas extraordinarias que otras personas ya hicieron, de una forma u otra. Sin embargo, parece ser que tendré que ser como Eragon… El antiguo, y el actual.

Adán se retiró sin más. Su interlocutor se preguntó a qué se referiría.

No recordaba la última vez que había hecho eso, ¿Cuatro años? O menos, si lo que sospechaba era cierto. Sin embargo, cumplió con todo el ritual. Dejó su arma al cuidado de Dait, que la cogió casi como si fuera a caer fulminado por la blasfemia de tocarla. Luego, buscó un lugar tranquilo. Y, lentamente, se despojó de su traje. Era como desprenderse de parte de sí mismo, más vital incluso que una pierna, un brazo… O el propio corazón. Sin embargo, no funcionaría si no lo hacía. Necesitaba ser él, en el sentido más biológico del término. Y, aunque prácticamente una extensión de su cuerpo, el traje no era realmente una parte del mismo. Observó cómo se comprimía en un objeto de forma cúbica. Pesaba lo mismo, una nimiedad, pero con mucho menos volumen. Lo dejó junto a la base de un árbol, dirigiéndose luego al estanque cercano. Se sentó de la forma más apropiada para la meditación. Porque, poco más o menos, eso era. Iba a tratar de indagar en sí mismo.

Y durante horas, no se movió. Sin embargo, comprobó cada parte de su mente y su cuerpo, hasta el mismo nivel de las moléculas. Al principio, creyó que todo estaba como siempre. Pero eso era lo preocupante. ¡No debería! Como ser vivo, las moléculas de su cuerpo deberían de renovarse. Tenía todo lo necesario, y más, para poder reparar cualquier error del proceso, incluso mejorar lo inicial. Pero esto era distinto. Era como si pudiera retener el patrón dentro de sí mismo. Dado que una molécula no se diferencia, en principio, de cualquier otra del mismo tipo, poder retener la disposición de las mismas, equivalía a retenerlo todo.

No debería de ser capaz. Era algo reservado a otra Casta. ¿Y si…? Hizo una simple prueba. Ajustando un poco su visión, la extendió en todas direcciones. Sin embargo, ya no era la de siempre. Podía ver, no ya cómo eran los objetos, realmente, sino cómo fueron, como podrían ser… Y el potencial real de todos los seres vivos. Era una sinfonía de colores que no eran colores y sonidos que no eran sonidos. Sin embargo, Adán los entendía todos. Sintió, de hecho, una tremenda euforia, y un poder de un tipo desconocido hasta el momento recorriendo su cuerpo.

Un instante después, o quizá fue mucho tiempo después, se dio cuenta de que no estaba sólo junto al estanque. Había alguien más. Alguien que brillaba con una luz especial.

Volvió a la realidad habitual. Sin embargo, aún seguía sintiendo los efectos de ese nuevo poder, que, como una droga, recorría sus venas.

Y entonces la vio. Era una elfa. Pero él sólo veía una intensa luz, una partitura de colores que lo llamaban como la luz en la oscuridad. Para el resto del mundo, ella era la excepción a la belleza de las elfas. Más aún, estando desnuda como estaba. Adán no era el único que consideraba aquél lugar lo bastante tranquilo y apartado. Tenía el rostro surcado por una cicatriz, le faltaba un brazo y otra cicatriz recorría todo su torso desde el nacimiento de su barbilla hasta el muslo derecho. Sin embargo, sus ojos, tanto en el mundo común como en el que Adán estaba experimentando ahora, eran extraordinarios. Eran del mismo color verde que el bosque que los rodeaba.

Adán se acercó despacio. Ella no hizo ademán de retirarse. De hecho, estaba atrapada en la misma trampa que él. No necesitaron decirse nada. Lo sabían todo el uno del otro. Nombre, familia, pasado… Él descubrió una personalidad que no se rendía ante nada, esa personalidad que le había permitido sobrevivir a sus heridas.

Una personalidad, y un potencial, que la hacían la criatura más atractiva que hubiera conocido. Lo mismo funcionaba para ella.

Se besaron. Alguna recóndita parte de la mente de Adán le hizo notar que era la primera vez que besaba a una mujer. Como si fuera lo único que se proponía hacer. Sin embargo… A ella le faltaba un brazo. No había problema. Se tumbaron en la hierba, y él deslizó los dedos de su mano hasta el muñón. Y, como la cosa más fácil y natural del mundo, el brazo se regeneró, desde el hueso hasta la piel, sin ningún tipo de problemas. La elfa abrió y cerró un par de veces el puño, asegurándose, tal vez, de que estaba ahí, y después alargó la mano para tocar el rostro de él. Había olvidado la sensación. Volvió a besarlo. Todo era perfecto.

No es fácil establecer una línea coherente entre realidades alternas, pero hay entidades que sí que pueden lograrlo. Una de ellas dejó lo que estaba haciendo, un repaso a las últimas cifras de producción y distribución de comida, porque sintió un extraño hormigueo.

-¡Demasiado pronto!

-¿Decías, mi amada?-preguntó un hombre que estaba cumpliendo con una tarea similar.

-¡Abre una comunicación con el segundo Adán!

-¿Por qué?

-¡Está con una mujer! ¡Hazlo!

-¿Y eso es un problema? Es joven. Deja que se divierta. Las posibilidades de que…

-Tú mejor que nadie debieras saber que las posibilidades no cuentan para él. ¿Sabes lo que podría ocurrir? ¿El cataclismo que podría producirse? Ni siquiera este mundo estaría a salvo.

Él se puso pálido. Y lanzó la comunicación.

En ese mismo instante, Adán besaba con dulzura la mandíbula de su amante. Bajó lentamente besando toda la cicatriz, y ésta desapareció. Estaba a punto de pasar a cosas bastante menos inocentes, cuando una especie de garra pareció arrancarlo de su trance. Vio la imagen de un hombre muy conocido, aunque sólo fuera por un instante. Y, de algún cajón perdido de su memoria, surgió una conversación que había tenido hacía bien poco con su padre.

-Hijo, tengo que decirte una cosa muy importante. Elige bien a tu pareja.

-Claro, padre, la responsabilidad es muy grande. No se elige a una Reina al primer vistazo.

-Pues tus instintos lo harán.

-Mis instintos están bien guardados.-Respondió Adán, frunciendo el ceño. De hecho, ya había tenido un par de experiencias… Intensas, con un par de jóvenes cadetes. Había tenido que poner bastante de su voluntad para refrenarse.

-¿Y cuando vuelvas de una batalla? ¿O estés bajo una presión tremenda?

-¿Acaso no puedes hacerlo tú, padre?

-Porque tu madre es mi Reina.

-Me parece que te estás escaqueando.

-Eres tú quien se escaquea. Ten cuidado, de todas formas.

Fue doloroso separarse de ella. Pero no podía echar sobre sus hombros toda la responsabilidad. Sería demasiado. Aunque la conocía muy bien. Con su unión mental disolviéndose, ella sólo llegó a percibir que era peligroso.

-Lo siento. –Dijo él, antes de ofrecerle su túnica y de recoger su propio traje.

-¿Podríamos hablar?

-Eso siempre, Elione.

-Gracias, Adán… Odín. –Muy pocos conocían el apelativo que su tío le había puesto.

-Sólo una pregunta ¿Es realmente tan importante la imagen de ese camino? Ocupaba un lugar sorprendente en tu mente.

Evidentemente, a pesar de tener la información, ella no sabía cómo interpretarla. Le faltaba el contexto.

-Sí. Es algo que, en principio, no debería de conocer. Peligroso, terrible y maravilloso a un tiempo.

-El festival. Sabes, lo de la canción… Espero que no…

-Tranquila, esto no se volverá a repetir…

Y ante la tristeza que notó en su mirada, añadió.

-A menos que queramos, claro.

Y se marchó sin más. Dait le esperaba con Libertas completamente envuelta en lienzos.

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