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Anime/Manga » Saint Seiya » Escorpiones
El Cadejos
Author of 13 Stories
Rated: T - Spanish - Reviews: 52 - Updated: 08-06-05 - Published: 07-10-05 - Complete - id:2478362

6. Escorpiones

Protegidos por el Octavo Signo

Un tic nervioso se apoderó del ojo izquierdo de Milo. Era simplemente imposible que esta desgracia le estuviera sucediendo. No podía, no quería aceptar que Lykes era un mugroso espectro al servicio de Hades. Sin embargo, ella no parecía entender la gravedad del asunto con esa sonrisa retorcida llena de arrogancia.

-Lykes, ¿Cómo puede ser que hayas traicionado a la Diosa?- preguntó con ligera rabia, cerrando su puño con fuerza. -¿Qué pudo haberte impulsado a cometer tal acto?-

-La Diosa misma, Escorpión Milo- respondió con simpleza. Los tres Santos Dorados arquearon una ceja. -¿Recuerda cuando me dijo que si un Dios nos rechaza, otro nos bendice?-

-Sí pero… ¿qué conexión podría tener con todo esto?-

-Athena me rechazó y el Emperador Hades me bendijo, así de simple-

-¿Qué quieres decir con eso, joven Lykes?- intervino Mu con delicadeza.

-La aclamada Diosa protectora de esta tierra rechazó mi ofrecimiento como su defensora, ¡me maldijo! Así que he decidido mostrarle de lo que soy capaz de esta forma…-

-¿Cómo puedes decir que te maldijo!- reclamó el León Estelar en voz alta y alzando su puño. –¡Athena vela por el bienestar de todos nosotros!-

-Vela por el bienestar de todos ustedes, que es otra cosa- comentó Radamanthys con seriedad. –Todos los Santos y la humanidad está bajo su protección pero a nosotros los Espectros nos acoge nuestro Señor Hades-

-No estoy hablando contigo- dijo Milo cortante; no apreciaba la presencia del Wyvern para nada y ahora menos. –Explícate, Lykes. Por favor-

-Athena pudo haber prevenido mi muerte como lo hizo incontables veces por esos del rango de Bronce y por la humanidad misma pero no, no era su voluntad-

Mu cerró sus ojos. -A todos nos llega una hora en que cuando la muerte nos sonríe, sólo podemos sonreír de vuelta-

-¿Tienes, al igual que los Santos resucitados, un límite de tiempo en el Reino Mortal?- preguntó Aioria.

-No, esa limitación sólo la tienen los muertos en que el Dios Hades no confía. Yo no sé si el Señor Oscuro la tiene en mí o no, pero los Kyotos han aceptado mis servicios-

Milo volteó entonces hacia Radamanthys con sus ojos entrecerrados. -¿Por qué ella?-

-¿Y por qué no?- le respondió con un gesto cínico. -¿Qué acaso no la consideras lo suficientemente fuerte para ser un espectro?-

-Sabes bien que ese no es mi punto-

-Mis razones no son importantes, pero te complacerá saber que le inculcaste un buen uso de su poder- contestó al acercarse un poco más a la joven. –Además, brindó otros… "usos"-

-¡Hijo de…!- exclamó Milo al concentrar todo su poder en su puño e intentar golpearlo. Para sorpresa general, Lykes (o mejor dicho Cerbero), se interpuso y consiguió que una de sus hombreras se fracturara por el golpe. –Creo haber dicho que no los dejaré siquiera respirar sobre el amo Radamanthys-

-Creí que ya existía una armadura de Cerbero- intervino el castaño.

-Cerbero es, por excelencia, el defensor del Mekai y servidor infalible de Hades. Esa porquería consagrada a Athena con el nombre de esta noble bestia no es más que una ofensa- explicó el Kyoto con desprecio.

-No puedo imaginarme porqué el Guardián del Infierno es su armadura…- se dijo Mu, observando la estética del sapuri.

-Jajaja… Me parece que combina mejor con mi nombre ahora, ¿no les parece?-

-Entonces que así sea, Cerbero- respondió, la última palabra dicha sin tacto alguno. –Tú y yo nos enfrentaremos-

-Suena bien, Escorpión Milo-

-Entonces tú eres nuestro- dijo Aioria con una ligera sonrisa triunfante. Mu se limitó a mirar fijamente al Wyvern.

-Como quieran, bazofias- escupió con superioridad. –La elite dorada de Athena representa poco para un Kyoto como yo-

Los otros dos Escorpiones presentes ya habían adoptado una posición de combate y estudiaban pacientemente a su oponente. Milo buscó una última oportunidad para razonar lo que estaba haciendo. –Lykes, ¿alguna vez hablaste con los Santos de Oro fallecidos?- preguntó. Existía la minúscula probabilidad de que ella también estuviera jugando el "juego" de Shion. Lastimosamente la respuesta no era lo que esperaba.

-No era mío el derecho de dirigirme a ellos. La única vez fue para comunicarle al antiguo Patriarca Aries Shion que era tiempo de que cumplieran su misión- contestó, sacudiendo ligeramente un brazo para que las partes destrozadas de su hombrera cayeran al suelo. Su ex maestro le notó varias cicatrices menores en ambos brazos. -¿Qué son todas esas marcas?-

-Experiencia, podría decirse- dijo, elevando su cosmos. –Para siquiera ganarme el derecho de ostentar un sapuri, me entrené mucho tiempo con todas esas criaturas que habitan el Hades. Quimeras, arpías, worgs… de todo un poco-

-¿De cuánto tiempo hablas, si hace un escaso mes falleciste?-

Radamanthys le contestó esa pregunta mientras le daba un puñetazo al León en el pecho. –El sentido del tiempo se atrofia fácilmente en el Mekai. Ahí el tiempo afecta a sus habitantes como el Señor Oscuro lo desee. Por eso los espectros nunca envejecemos y el cuerpo de Cerbero aparenta más edad-

-"Como odio que se metan en una conversación…"- pensó Milo sin mirarlo, expandiendo su cosmos rápidamente. –Ven y ataca, Espectro de Cerbero-

Las uñas de sus manos se alargaron, asemejando garras de plata. Apuntó sin problemas y lanzó. –Garra Balística-

Al Escorpión Celeste le tomó tres saltos en medio de un nanosegundo esquivar su ofensiva, inconciente del efecto completo que tenían. Cada lugar donde se clavara alguna de ellas estallaba al momento, causando pequeños cráteres en la terraza del castillo. El griego entrecerró sus ojos, mirando a su antigua protegida. -¿Le agrada el poder destructivo que desarrollé?- preguntó ella con satisfacción.

Milo no le respondió. A cambio, usó la Restricción para inmovilizarla contra una pared cercana y lanzarle tres Agujas. Sólo una logró ser esquivada. –Mi veneno no te matará tan fácilmente dado que lo has recibido en incontables ocasiones antes…-

-Su veneno es efímero. Eso fue lo que me impulsó a modificar mi ataque y no producir ese letal líquido. En su lugar, mi cosmos genera explosiones de acción retardada- dijo al separarse sabiamente de la pared y evitar un puñetazo de Milo. Pateó el suelo para impulsarse hacia arriba y atacar de nuevo. –¡Aullido Explosivo!-

Esa era una versión de mayor magnitud de la antes vista Garra Balística. Una esfera de energía se materializó en manos de Lykes, brillando incandescente como la luz que ves el día que mueres. El peliazul, considerado el más veloz del Zodíaco, quedó atrapado en medio de la explosión y recibió golpes moderados en las piernas. "Lo desarrolló decentemente, debo admitir…" pensó, analizando el daño recibido. No era nada grave pero no podía darse el lujo de ser sorprendido de nuevo por una de esas. Milo se acercó a ella y comenzaron una interminable lluvia de puños, patadas y golpes a la velocidad de la luz. –¡Lykes! ¡Dónde quedó la jovencita que quería defender a la Diosa!-

-¡Murió, Milo! ¡Ahora sólo existe el Espectro de esos sueños asesinados!- gritó, siendo golpeada en al quijada por la ira del Escorpión. Sangre escupió inmediatamente debido al acertado golpe. Sus visores desaparecieron, dejando al descubierto los ojos manchados de ese ámbar tan satánico.

-¡Ese era tu mayor deseo! ¡Tú misma lo asesinaste!- reprochó, recibiendo un certero golpe en su antebrazo. -¡Tú te diste por vencida!-

-¡No! En primera instancia dije que quería defender a Athena pero no por el hecho de hacerlo. Lo que yo realmente quería era ser igual a usted-

-¡Qué?- exclamó, deteniendo sus ataques inconcientemente y dejando que ella le fulminara en el pecho, abdomen y devolviendo el favor de la quijada. Cuando cayó de rodillas, un objeto metálico resonó contra el frío suelo de la terraza.

-¿Cómo no querer ser tan fuerte y noble como Milo el Escorpión? Esa era mi meta, llegar a hacer aunque fuere la mitad de lo que usted representa(ba) para mí… ¡pero ya no más!-

Dado que el peliazul no se estaba moviendo todavía, Lykes se tomó la molestia de recoger el objeto que había dejado caer. Abrió bastante sus ojos al darse cuenta de que en sus manos sostenía un escorpión de plata con un mísero rubí en el centro. El dije se mantenía tan limpio y brillante como lo recordaba pero podía ver que tenía una fina capa de polvo encima. Pero este polvo no era suciedad, era… sal. Sal de lágrimas derramadas por amarga desolación. Parpadeó un par de veces antes de escuchar los quejidos del Escorpión Celeste. Bajó sus visores de nuevo para que no pudiera ver que su mirada de asesina se había ablandado un poco. "Si querías ser como yo, debiste haberte quedado del lado de Athena…" resonó una voz en su interior.

Milo estaba estático, apoyando sus manos en las rodillas un momento. Elevó la mirada hasta toparse con Lykes y sus visores plateados. Luego descendió un poco hasta quedarse en su joya. Dos tercios de esmeralda apegados firmemente a un cuarto de rubí. Rubí… rojo como la sangre que hierve antes de una batalla. Como su sangre al escuchar las palabras de la joven. Su cosmos estalló en ese momento y notó que, por míseros segundos, esa gema escarlata brillaba intensamente, como si reaccionara a sus sentimientos. Eso era. Tendría que apuntar como nunca en su vida pero estaba seguro que valdría la pena. –Bien, entonces veamos si lograrías derrotar al maestro… a tu maestro-

Ella asintió y lanzó dos oleadas de Garras Balísticas, fallando siempre por escasos centímetros objetivos vitales. Milo se estaba tomando su tiempo para encontrar el momento perfecto. Esquivando sus ofensivas podría cansarla. Esa estrategia le resultaba poco a poco. Lykes lanzaba cada vez con menos frecuencia hasta que simplemente se detuvo para escuchar a Mu invocar su Pared de Cristal una vez más y retomar el aliento. Efímeros segundos resistió su ataque contra la embestida que el dio Radamanthys a la pared, destrozándola en miles de pedazos de luz. –Recuérdalo siempre, Lykes; los Escorpiones somos pésimos para perdonar traiciones-

Con esa simple frase concentró todo y cada gramo de poder que le restaba para lanzar Antares pero no una, sino dos veces. Ella ya tenía más de catorce Agujas en su cuerpo, sumando las que recibió en vez del Wyvern y las otras que recientemente había logrado acertarle. Ambos dedos índices en las manos de Milo iluminaban el lugar con rojo, el color de la ira, pero también el del valor. Lykes no supo en qué momento el Escorpión aceleró tanto y le atacó. Dos rayos escarlata le atravesaron la frente y el pecho, succionando su fuerza con cada segundo que pasaba. La joven cayó inerte al suelo, su casco desintegrándose inevitablemente. –Por favor abre los ojos, Lykes de Escorpión-

Milo volteó hacia el Wyvern, quien en ese momento dominaba fácilmente un combate cuerpo a cuerpo con Aioria. El Kyoto empujó salvajemente hacia atrás al León Estelar, alineándolo con Mu y el recién llegado Milo. Los tres Santos de Oro le miraron con el mayor desprecio jamás expresado, intentando asesinarlo con la mirada. Radamanthys ya no sonreía porque lo que el había considerado diversión se había acabado hace un buen tiempo. Buscó con la mirada a Cerbero y no reaccionó al verla desplomada sobre la terraza. "Y según yo resistiría un poco más…" pensó sin sentimiento alguno, regresando su vista a lo que restaba de la elite dorada ateniense. –Su castigo se determinó en el momento que sus armaduras los aceptaron como protectores de la Diosa. Todos ustedes sufrirán en el Cocytos hasta el fin de los tiempos-

-¿Y qué importa?- escupió el castaño Aioria con una sonrisa juguetona. –La defendemos por voluntad propia así que no tenemos que arrepentirnos de nada-

-¿Crees que somos tan estúpidos como ustedes los Espectros y le tememos a la muerte?- apoyó Milo, señalándolo con un dedo acusador.

-Siempre hemos estado dispuestos a morir…- agregó Mu con un gesto decidido.

Los tres elevaron sus cosmos hasta el límite. -Porque somos Santos de Athena- dijeron al unísono.

El Wyvern, como era de esperase, no cambió su expresión. Claro está que su paciencia con estos enemigos se estaba acabando y haberlo llamado "estúpido" no ayudó mucho que digamos. Su gran e implacable cosmos comenzó a expandirse por toda la terraza y probablemente por todo el Castillo Heinstein.

Lykes había caído de espaldas, de frente hacia los oscuros siderales que había esa noche. Sus ojos estaban completamente abiertos y un hilo de sangre botaba de su frente. El mechón índigo que normalmente cubría su ojo derecho estaba perdido entre el resto de su cabellera, dejando al descubierto ambas orbes ámbar que parecían volverse esmeraldas con cada gota de sangre que caía en ellas. En su frente estaba ese pequeño escorpión negro con el símbolo del Octavo Signo, quemándose en un notable rojo por el veneno que Milo había inyectado en él. Su pecho se oprimía pacientemente, también con sangre desbordándose por cada hendija y grieta en el sapuri de Cerbero. Esa herida le dolía más que la otra, más que el hecho de saber que sus padres no la quisieron cuando era pequeña y por mucho más que saber que le había vendido…. No, regalado su alma al demonio sin pensarlo dos veces. Lo que le estaba desgarrando el alma poco a poco era saber que la persona a quien más admiraba, que más respetaba e idolatraba, estaba completamente decepcionada de ella. Milo, probablemente ignorante al hecho, no sólo había acertado a darle en la Gema del Alma a Lykes, pero también lo que estaba detrás de ella, protegida por el sapuri. Le había dado justo en el medio de la clavícula, lugar donde una de sus lágrimas cayó el día que la enterró. La joven estrujó fuertemente el amuleto de plata que tenía en su mano izquierda.

El Kyoto y los tres Santos de Oro estaban preparándose para lanzar sus respectivas ofensivas y terminar con esa batalla de una buena vez. –¡Lamentarás haber salido del Hades, Wyvern!- le gritó el León.

-Ah, les aseguro que cuando esta pelea acabe, ustedes son los que lamentarán que yo haya salido del Hades-

-PLASMA RELÁMAGO-

-AGUJA ESCARLATA-

-REVOLUCIÓN DE POLVO ESTELAR-

-GRAN PRECAUCIÓN-

El ataque de Radamanthys eliminó por completo los del León Estelar y el Carnero Dorado y se ocupó además de hacerlos caer al Cocytos de una vez. A Milo, sin embargo, algo lo estaba protegiendo del completo poder de la Gran Precaución. El Wyvern mostró una expresión de completa sorpresa al ver que lo que quedaba de Cerbero era ese "algo". Fue inevitable que al final toda esa cosmo-energía la atravesara a ella y al Escorpión también.

Milo logró levantarse apenas para escuchar lo que Lykes quería decirle antes de morir de nuevo. –Maestro Milo yo… sólo espero que… usted como persona logre perdonarme…-

Algunas lágrimas se escaparon de sus ojos, perdiendo su color verdoso con rapidez. El peliazul se tumbó sobra ella, extenuado. –Te perdono… como Escorpión- respondió con dificultad. –Porque a veces somos muy… tercos para enten… entender nuestros errores-

La apenada cabeza de Lykes se volteó ligeramente hacia el Kyoto que los observaba. –Amo Rad-damanthys… espero que usted también pueda… perdonar mi… debilidad- terminó, antes de que la parte donde ella y Milo yacían comenzara a colapsar y se destrozara. Pocos momentos tomó para que casi toda la estructura finalmente cediera y desapareciera hacia el Cocytos. El Wyvern los vio caer, retomando su cara de seriedad. Notó que algo brillaba penosamente en el suelo y lo recogió.

El detallado amuleto de plata le hizo observar una vez más la oscuridad en el Cocytos, de donde lúgubres llamaradas esmeraldas emergían intermitentemente. Dio media vuelta con intenciones de ir tras los Santos de Bronce que anteriormente se le habían escapado. –Ese perdón que me pides, lo consideraré… Lykes de Escorpión…- susurró calladamente antes de perderse en los interiores del Castillo Heinstein, localizado en el Turingia, Alemania.

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En esa interminable oscuridad que los abrazaba, cuatro almas se dirigían fugazmente al Cocytos del Mekai. Tres de ellas tenían la sensación de que se impactarían contra el suelo tan fuerte que ni siquiera Hades podría revivirlos pero la última estaba esperando pacientemente que un conocido paisaje se divisara. –Por favor, no desesperen. Pronto llegaremos…- dijo Lykes, cerrando sus ojos. Se concentró más que nada en los sonidos del ruidoso silencio hasta que divisó lo que buscaba. Silbó con todas sus fuerzas para llamar un fiel compañero. A lo lejos, una fulgurante silueta de fuego venía a una velocidad asombrosa. Milo, Aioria y Mu no sabían como pero ahora estaban sobrevolando el Hades sobre un dragón sin extremidades de vivos colores rojizos.

-Gracias, Amartano- agradeció la joven, indicándole que se digiera hacia el frente.

-¿Adónde nos llevas?- preguntó el Carnero Dorado, un poco desconcertado. Ella se acomodó en el lomo del amphitero antes de contestar. –Al Cocytos, por supuesto-

-¡Es una trampa! ¡Lo sabía!- exclamó el castaño con un dedo acusador. Nadie le hizo caso.

-¿Para qué nos llevas hacia allá?- inquirió Milo.

-Es mejor que lleguen ahí conmigo que si los ve otro Kyoto-

-Pero, ¿no tendrías que pagar tú por ser vista con nosotros?-

-No importa, llevo muerta más tiempo así que ya no es tan "diferente"-

Descendieron cerca de la Tolomea, siempre pendientes de algún espectro que se acercase. Lykes los guió hasta donde estaba la audiencia de cabezas atenienses, relajadas al no ser torturadas en ese momento. –Aquí pueden buscar a los demás Santos de Oro- explicó antes de voltearse y ver como Minos se acercaba peligrosamente hacia ellos. Les apresuró para que sacaran a sus iguales del lugar. –Amartano los mantendrá a salvo hasta que sienta que puedan brindarle su ayuda a los Santos de Bronce- indicó ella, ordenándole al dragón que alzara vuelo. -¿Qué harás tú?- gritó Milo desde lo alto.

-Recibiré el castigo de los traidores, como debí haberlo hecho hace tiempo. ¡Protega a Athena como yo no pude hacerlo, Maestro Milo y… gracias por todo!- respondió ella con una verdadera sonrisa. Ese tipo que no había podido demostrar desde que su esmeralda se fracturó.

El Juez sólo alcanzó a ver como Amartano se llevaba las gemas de sus víctimas preferidas para la tortura. Cuando divisó a la indefensa Lykes, su ira no se reservó nada. Las almas atrapadas en joyas preciosas apenas pudieron divisar una impactante explosión en el Cocytos.

Los Santos de Oro sí lograron su cometido; no sólo eliminando de una buena vez a Radamanthys y asegurándose de que los Santos de Bronce defendieran a Athena con sus armaduras kamei sino también sacrificando sus almas aún después de la muerte para poder darles apoyo. Vale la pena rescatar que otra alma también hizo su parte para ayudar, aunque el principio de su camino fuera oscuro y destrozado.

Nadie jamás la escribió y probablemente nadie la recordará pero hubo una historia sobre Escorpiones durante esta ajetreada situación que, a pesar de todos los obstáculos, logró salvar la gran relación que existe entre maestro y discípula…

-O-O-O-O-O-O-O-O-

Colorín colorado, a este cuento ya lo he asesinado n.n Espero que haya sido de su agrado y aquí están los créditos xq yo sé que me quedó algo corto el capitulo y que este último párrafo apesta pero bno, ya me exprimí demasiado, aguántense. Eternos agradecimientos a:

Milo de Escorpión: simplemente por ser lo mejor de lo mejor XO (y el más guapo o¬o)
Lykes: por aceptar el duro papel de morirse dos veces (Lykes: y media) cómo que "y media"? (Lykes: no vas a contar cuando casi me caigo por el barranco? Fue como una semi-muerte…) Bn punto. Dos veces y media ó.O
Radamanthys de Wyvern: por ser el otro Escorpión que más patea trasero en Saint Seiya! XO
Saga y Kanon de Géminis: por ser sexys XD
Saori: por ser necesaria UNA vez en esta historia y ni siquiera haber tenido diálogo directo XD

Pero muchísimo más importante aún, se agradece bastante a quienes siguieron insistentemente este fic durante su realización. Especialmente a Ale-chan (quien no dejó review para el Cap. 5 pero se lo perdono por dejar para todos los demás n.n), Olympia-mg, Shadir, Yami Natasha y Sacristhia I. Surukagi. Si llegas hasta este punto (que la historia ya terminó) DEJA UN REVIEW! Gracias.

Atte,

El Cadejos

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