Help
Home Just In Communities Forums Beta Readers Search
B s . A A A   full 3/4 1/2   E E   Light Dark
Anime/Manga » Saint Seiya » All the beauty
Scarlet.D
Author of 65 Stories
Rated: M - Spanish - Romance/Drama - Milo & Saga - Reviews: 13 - Published: 07-15-05 - Complete - id:2486529

ALL THE BEAUTY

:. Accomplished reality.:

Quería llegar a casa, imitar a la persona que consumía todo el espacio en sus pensamientos y abstraerse como aquél lo había hecho, encerrarse en su templo y no salir más. No necesitaba hacerlo si jamás se lo encontraría afuera.

Si Saga no podía estar en otro lugar más que en su mente, Milo no se dedicaría a otra cosa que no fuera cavilar en él. Sería suyo, se consagraría a su adoración, aunque el otro no tuviera conocimiento de ello.

Pero la situación para Saga era terriblemente similar. En su cabeza no hacía más que repetir recuerdos, como si los estuviera proyectando en alguna inexistente pantalla de neuronas. Y su protagonista, como siempre y sin que resultara inesperado, era el dueño de dos particulares y chispeantes ojos turquesas.

Tal imagen era más vívida de lo acostumbrado, mientras tumbado en su cama y sosteniendo un especial objeto entre sus manos, analizaba con escrutinio y dedicación el mismo.

Y ese recuerdo le causó un sobresalto doloroso, cuando sintió precisamente el cosmos de Milo aproximándose a su templo.

Normalmente, Saga ignoraría al mencionado y lo dejaría pasar sin mostrarse ante él, como hacía con todo el que pisara su casa. Era un guardián silencioso e invisible.

Pero en esos momentos estaban tan presentes en su mente y en su corazón las vivencias que había compartido con Milo en un pasado; dulces, amargas, como fueran, en todo momento lo amó y eso no había cambiado ni con la muerte.

Sin autocontrol, sintiéndose como una masa sin voluntad siendo arrastrada por alguna fuerza inherente a sí mismo, pero que pertenecía a alguien más, fue que Saga se levantó. Y sin soltar la figurilla de madera, caminó hasta el centro del recinto, por donde Milo tarde o temprano tendría que pasar.

Escorpión finalmente vio su deseo realizado. Vio a lo que deseaba, amaba y añoraba, interceptándolo al colocarse unos cuantos metros frente a él, obstaculizándole el paso.

Una sonrisa apenas existente y clasificable como tal apareció efímeramente en los labios de Milo. Se mantuvo inmóvil, aunque sus pies no podían esperar a correr, tanto como su boca quería gritar, y sus brazos atrapar a Saga para jamás volverlo a dejar ir.

Pero todos esos fueron impulsos que controló. No quería ahuyentar a Saga al actuar irracionalmente. Y aunque la curiosidad por lo que aquél tendría que decir-porque suponía que diría algo- lo estaba carcomiendo, se mantuvo aparentemente calmo.

No ayudaba a su inquietud el hecho de que Géminis no hacía otra cosa más que mirarlo con abrumadora intensidad, guardando un silencio enervante que lo desesperaba al extremo.

Saga percibió la aprensión de Milo y no demoró más en expresar la excusa que había encontrado para buscarlo.

—Milo…tengo algo que darte. — Agachó la cabeza mientras levantaba el objeto a la altura de su estómago, sujetándolo contra sí, sin realmente querer dejarlo ir. Continuó explicando despacio, fijando su vista en la figura de madera.

—La encontré en el cajón de mi buró… es tuya, supongo— suspiró. Esperó a más silencio implantarse, pero Milo no tardó en responder, firme como los pasos que de pronto lo acercaron al mayor.

—No, la hice para ti. —Sonrió, deteniéndose a un cuarto de metro de Saga.

El mayor le miró fugazmente, sorpresa reluciendo en sus ojos antes de que sus pupilas se volvieran a fijar, temblorosas, en un regalo que le había sido entregado con años de retraso.

Divertido por la extrañeza que se apoderó de Saga, Milo continuó:

— ¿Te gusta?... somos nosotros. — Eso ya lo había supuesto. Pero escuchar de los labios de Milo esa palabra; "nosotros", le causó a Saga un estrujón de corazón que hizo a los dedos de sus manos comenzar a temblar inconteniblemente.

—La hice hace mucho tiempo, pero nunca pude dártela…— suspiró con melancolía, mirando brevemente a la figurilla, y luego de vuelta a Saga, sin poder apreciar bien su rostro pues con lo cabizbajo que estaba sus largos cabellos estorbaban, pero disfrutando aun así de tenerlo tan cerca, y con la posibilidad de incluso conseguir más. Un abrazo, una caricia…esperaba que no tuviera que esperar mucho para eso…

Y para variar las cosas comenzaban a salir como Milo quería. Saga repentinamente buscó sus manos, tocándolas, dándole el objeto que sostenía. Milo sintió a los dedos de aquel sacudirse y en respuesta recibió rápidamente lo ofrecido.

—S-sostenla…—balbuceó, a sabiendas de que terminaría tirándola con su torpeza.

Milo había tenido suficiente por el momento con esos pequeños roces de sus manos. Pero Saga, inesperada y gratamente, le daría más.

—Gracias… —murmuró al abrazarse del menor. Milo, aturdido y todavía sosteniendo el regalo de Saga, no respondió inmediatamente y solo se dejó atrapar por los brazos que lo rodeaban con celosa fuerza y calidez, haciéndole sentir pequeño, seguro, y apreciado.

Pero justo cerraba los ojos y recargaba la cabeza en la base del cuello de Saga, cuando éste lentamente se despegó de él. Milo tuvo que reprimir el impulso de gimotear en reclamo.

—No sigas — rogó Géminis, tratando de sonreír pero consiguiendo no más que un tembloroso movimiento de sus labios. Milo parpadeó confundido, sin comprender del todo a lo que se refería el mayor.

— ¿Cómo?

—No sigas tu camino. Quédate aquí. — Y dejó un pequeño beso sobre los labios de Milo para terminar de convencerlo. El primero después de mucho tiempo; fugaz y sin pretensiones, sincero e inocente. Titubeante, como cada átomo de Saga.

Milo ladeó el rostro tratando de ocultar su sonroje ante una petición que revelaba algo que él mismo planeaba hacer. Saga no iba a dejar pasar el hermoso espectáculo de esas ruborizadas mejillas, así que se apresuró a despejar los cabellos que habían cubierto parcialmente la cara de Milo.

Después, olvidando su inseguridad y actuando con una insospechada determinación, consolidó una firme unión entre sus manos y lo llevó hacia la recámara.

Al entrar, Milo echó un curioso vistazo alrededor. Al contrario de lo previsible, no tenía demasiado tiempo de haber visitado ese lugar. Antes de la batalla contra los caballeros de bronce, acudía con regularidad y pasaba algunas de sus siempre solitarias noches ahí. Era un sitio que siempre le había hecho sentir seguro, tal como el dueño de dicho templo, quien ignorante a las cavilaciones del menor le apresó fuertemente de la cintura y le hizo caminar hasta la cama, sobre la cual ambos se tiraron de manera poco ceremonial.

Dejando atrás las posiciones de perfil en las que habían aterrizado, Milo reptó hasta quedar encima de Saga, enredando sus piernas con él y ocasionando turbadores roces con toda la intención de por medio. Flexionó los brazos sobre el pecho de Géminis, quien acarició en suaves vaivenes los costados del menor. Y se miraron fijamente, perdiéndose en lo a veces tanto y otras veces tan poco que parecían haber cambiado.

—Es como…—Como si todo hubiera sido una desagradable pesadilla de la que recién despertaban.

Y suspirando aliviado por eso, Saga acarició la mejilla de Milo, quien entendía y compartía esa sensación de "pausa y sigue" que la vida había puesto a la imposible perfección que eran juntos.

—Como nunca debió dejar de serlo— completó Milo, antes de moverse y arrastrar a Saga consigo hasta que sus cabezas descansaron sobre mullidas almohadas.

Y a compás buscaron abrazarse de nuevo. Después de toda la distancia que se les había sido impuesta no iban a desperdiciar ni un solo segundo en el que pudieran tener contacto.

La diferencia más notable consistía en que ahora Saga era quien sentía la necesidad de acurrucar el rostro en el cuello de Milo, de colar los brazos bajo los de aquél y de sentirse protegido por la dulce tibieza que emanaba. Y Milo era quien posesivo le apresaba recargando la mejilla sobre su cabeza, manteniéndolo sujeto contra sí con inquebrantable firmeza, tal como era su determinación de nunca más perderlo.

Esa noche el de ojos turquesas finalmente dormiría tranquilo, sabiendo que a la mañana siguiente el otro estaría todavía ahí. En contradicción, fue Saga quien no encontró a Milo a su lado cuando abrió los ojos al alba e instintivamente le buscó.

— ¡Saga!— Y de inmediato se levantó de la cama, dirigiéndose con rapidez hacia donde la voz de Milo había provenido. Pero al hallar al momentáneamente extraviado muchacho, tuvo que detener repentinamente su caminar.

Le recibió una sonrisa radiante; Milo no ocultó su satisfacción ante el sorprendido semblante que se apoderó de las afiladas facciones de Saga. Le había llamado justo cuando le sintió despertar, lo cual había esperado por lo que ya sería media hora que había gastado nadando en la piscina de una de las áreas privadas del templo.

Se recargó en el borde, apoyando los codos y sosteniendo el rostro entre sus manos, dando una apariencia cercana a angelical si no fuera por el chispeo travieso de sus grandes ojos, y la descarada desnudez en la que se encontraba.

Saga no podía ver el cuerpo de Milo por entero; el agua tocaba bajo sus hombros y así pegado contra el borde de la piscina se escondía de él, pero al observar el montoncito de ropas que yacían en un extremo al pie de las escalinatas, concluyó lo único razonable. Para comprobarlo tuvo que sobreponerse a su temporal alelamiento y avanzar varios pasos, hasta que llegó frente a Milo y se agachó hincando una rodilla en el suelo.

Arqueó sus labios discretamente de lado y entrecerró sus ojos en suspicacia. Milo pestañeó con un falso aire inocente, a la vez que atrapaba con una mano la muñeca de Saga. Éste se inclinó para echar un vistazo sobre el hombro del menor, y tal como esperaba, no encontrar ninguna prenda que tapara a Milo más allá de su espalda baja. El agua estaba quieta, así que podía distinguir detalles sin mucha dificultad.

Pero Milo deseaba que Saga hiciera mucho más que sólo admirar su trasero. Así que, facilitado por la curiosa asomada del mayor, le jaló bruscamente del frente de su camisa y se hizo hacia atrás, dándole espacio en donde caer al agua.

Saga emergió batallando con una maraña empapada de cabellos que cubrieron su rostro. Milo se acercó prontamente, no precisamente a ayudarlo, sino a buscar entre esos mechones oscuros espacio suficiente para despejar los labios del gemelo con caricias de los suyos. En medio de ese beso ambos lentamente se sumergieron; Saga apresó la cintura de Milo mientras aquel sujetaba sus hombros y le empujaba hacia abajo.

Permanecieron unos cuantos centímetros bajo el agua durante el tiempo que pudieron aguantar sin respirar… en la boca del otro ya no encontraban aire, no más que la sofocante tibieza de sus salivas. Y así abruptamente se despegaron, regresando a la superficie para conseguir oxígeno con bruscas inhalaciones.

La problemática cabellera de Saga esta vez cayó totalmente hacia atrás, pero Milo, disfrutando más el aspecto despeinado que sus propios bucles lucían, se acercó rápidamente a Saga y enredó ambas manos en su nuca mientras lo atraía a un nuevo beso, y en el proceso masajeaba insistentemente su azulada melena, alborotando unos cuantos mechones que quedaron erguidos en la parte superior de su cabeza.

Al separarse sonrió satisfecho de la fachada desordenada que observó en el mayor. Sus ojos recorrieron a Saga de arriba a abajo, tomando nota de cada gota de agua que adornaba sus ligeramente sonrojadas mejillas, notando un par de botones que habían sido sueltos de su camisa cuando lo jaló hacia el agua, y decidiendo que varios más de esos pequeños tendrían que sacrificarse para su conveniencia.

Observó gustoso como la delgada tela de esa prenda se adhería atractivamente a su pecho y podía apreciar así las marcas de sus músculos y las pequeñas sombras de sus pezones. Hacia abajo, el asunto se complicaba por un oscuro pantalón, y al llegar a apreciar sus pies, Milo enseguida rió.

— ¡Quítate los zapatos!— Saga agachó la vista y frunció el ceño. Ni siquiera se había retirado el calzado cuando se acostaron a dormir, y siguiendo de inmediato la orden de Milo, dio la vuelta y caminó hasta el cercano margen de la piscina sobre el cual dejó los zapatos que con agilidad se retiró.

Por iniciativa propia se deshizo también de su cinturón, y comenzaba a desabrochar el pantalón cuando sintió a Milo pegándose a su espalda, habilidosamente apartando sus manos para encargarse él mismo de aquella tarea.

—Yo lo haré— susurró cerca de su oído, para luego besar el lado de su cuello. Saga no opuso resistencia; Milo lo distraía demasiado al friccionarse suavemente contra él y al repetir esos pequeños besos sobre su cuello, que no hizo más que disfrutar en inmovilidad hasta que las prendas que protegían sus extremidades inferiores fueron desaparecidas.

Saga contuvo su respiración al sentir el aturdidor contacto de la pelvis de Milo contra sus glúteos. Velozmente llevó las manos hacia atrás y apretó con fuerza los muslos del menor, quien igualmente estremecido se abrazó a la cintura de Géminis y apoyó el rostro de lado sobre su nuca.

Tras varios minutos que les sirvieron para asimilar las extraordinarias sensaciones que esa cercanía les traía, Milo se animó a mover sus manos en trémulas caricias sobre el abdomen de Saga, para después deslizar una de ellas hacia abajo y tocar tentativamente la hombría del mayor. Éste entonces balanceó por instinto sus caderas, hacia adelante buscando atención de los dedos de Milo, y hacia atrás originando un provocativo roce contra aquél.

Un agudo gemidito alcanzado a percibir por los oídos de Saga hizo a éste suspirar entrecortado, y simultáneamente las manos que acariciaban las piernas de Escorpio abandonaron su tarea y llegaron al frente.

Dos manos izquierdas se entrelazaron sobre la cintura de Saga, y la derecha de éste cubrió la de Milo, instándole a convertir esas vacilantes caricias en un consumado apresamiento de su miembro. Milo le complació, estimulándole y avivando su erección hasta que el menor recordó un pequeño detalle pendiente.

Empujó a Saga haciéndole dar la vuelta, y huyéndole a su insaciable mirada se ocupó de desabotonar su camisa lo más presuroso que sus nerviosos dedos le permitieron. Dificultando su misión, Saga colocó las manos en la espalda baja de Milo y lo atrajo decididamente contra él. El muchacho cesó por un momento en su tarea, quedándose totalmente quieto y cerrando los ojos para capturar en su memoria cada escalofrío que sufrió.

Saga acarició con insistencia sus glúteos y se movió ocasionando electrificadoras fricciones entre sus miembros, perturbando al menor de tal manera que terminó por jalonear con fuerza la camisa del gemelo, sin importarle más ser delicado con lo que terminó siendo una maltratada prenda bastante inservible flotando cerca de ellos.

Y finalmente pudo plantar las manos sobre la firmeza de su pecho, deslizar los dedos por la húmeda tersura de su piel, sentir a esa suave textura erizarse bajo sus yemas, y saborearla una vez que se inclinó hacia el cuello de Saga y con ávidos besos se hizo camino hacia abajo. Pero apenas conocía la solidez de sus pectorales, y se divertía en un breve juego entre traviesa lengua y atormentados pezones, cuando Saga le apartó gentilmente obligándolo a enderezarse.

Milo se contuvo de reclamar la interrupción a su festín cuando los labios del mayor se adhirieron dadivosos sobre su hombro, y comenzaron una previsible trayectoria hacia su cuello mientras dos grandes manos recorrían su espalda y tórax por intervalos. Saga delineó su mandíbula con pequeños besos que originaron graciosos soniditos, atrapó el lóbulo de su oreja y lo mordisqueó juguetonamente.

El menor se retorció y enseguida dos brazos lo atraparon con poderío. Milo dio vuelta sin librarse del apresamiento, pronto sintiendo el torso de Saga presionando su espalda. Encogió los hombros, tratando de caber mejor en el abrazo de Saga, ladeando la cabeza para darle espacio a aquél de recargar la barbilla en su hombro y luego llenar toda esa área de substanciosos besos.

Las manos del gemelo no permanecieron inmóviles; iban y venían por la agraciada anatomía de Milo, estudiaban cada rincón y descubrían los puntos más sensibles de esa piel color miel, de sabor tan dulce como su apariencia advertía.

El de ojos turquesas apenas si lograba asimilar que realmente fuera Saga quien lo tocaba de esa forma, quien le consentía con imparables caricias y le enloquecía con cada suspiro que al unísono emitían. Y quien tal como él, se encontraba completamente excitado, y se lo mostraba con la invariable cercanía que compartían. Así como aquél era plenamente consciente de su estado, y lo incrementaba con seguidas visitas de aquellos hábiles dedos a su palpitante miembro.

Era tan complicado creerlo porque recordaba al griego de años atrás, cuando tantas veces le evitó por su ridícula e injustificada preocupación, y su memoria no acaba de colocarlo como el hombre que se removía provocativamente a sus espaldas. Lo había imaginado infinidad de veces, lo había soñado y se había frustrado con ello, había esperado, anhelándolo sólo a él, permitiéndose ese tipo de intimidad únicamente hasta ahora y antes con nadie más.

Y finalmente había conseguido la realidad que tantas veces elaboró como fantasía en su mente. Y no tenía comparación. Era utópico, insoportablemente asombroso pero imposible de renunciar.

Saga pensaba exactamente lo mismo. Tener al menor entre sus brazos después de tanto tiempo que había pasado resignado, sufriendo por la distancia, no terminaba de sentirse irreal, indebidamente bien.

Milo siempre le había hecho sentir así; era la más grande de las dichas inmerecidas.

—Saga…—jadeó el menor, entrecerrando sus ojos, rogando por algo, por lo que fuera, por lo que seguía, por más, por todo.

—Mmh...— Agitó la cabeza de un lado a otro, ansioso, y dio un preciso empujón al gemelo, torturando su firme erección y robándole con eso un grave sonido gutural que sus oídos disfrutaron en desmedida.

Sonrió cuando Saga le hizo acercarse al borde, donde Milo apoyó ambas manos, y respiró profundo en preparación a lo que presentía que le conmocionaría hasta la punta de sus húmedos cabellos.

Y demostrando sus suposiciones como correctas fue que en pocos segundos se halló prácticamente enterrando las uñas en el azulejo cuando Saga deslizó un dedo a través de su ajustada entrada. Se sintió desvanecer con cada movimiento que llevaba a cabo en su interior; circular, lento, duplicando la cantidad de delgados intrusos hasta quedar conforme de sentir a sus paredes ceder fácilmente, completamente dispuesto a recibirlo.

Milo ya no quería esperar más. Gemía desesperado, su frente sudaba en exceso y apenas si podía mantenerse de pie. Agradecía enormemente encontrarse rodeado de agua ya que así no se sentía tan pesado y sus piernas lograban mantenerse firmes. Aunque dichas extremidades terminaron flaqueando cuando Milo las separó mientras arqueaba la espalda, inclinándose hasta que su frente tocó el borde de la piscina a la vez que movía sus caderas, alzándolas lo más que podía, ofreciéndose sin vergüenza a Saga.

Éste estaba bastante hechizado por la embotadora calidez que descubría con las yemas de sus dedos. Mantenía sus ojos cerrados, y sus labios continuamente suspiraban. Cada poro de su piel hormigueaba, llamando al abrumado cerebro del gemelo para que respondiera y se apoderara de ese estrecho canal que con tanta efusividad exploraba.

Y así el calor crecía, los cubría como una nube densa y pesada, llegando a ser demasiado difícil de aguantar. Milo sentía que sus mejillas explotarían de tanto que ardían con un rojo intenso, y Saga estaba seguro de que pronto ensordecería por los descontrolados latidos de su corazón.

— ¡Sa…ga!—apenas si articuló, y enseguida tuvo que abrir sus labios todavía más, en un mudo grito de sorpresa ante la inmediatez con la que el mayor obedeció esa vez, despojándolo de la acción de sus dedos para rápidamente invadirlo de manera más significativa con la sensible punta de su miembro.

Milo se mantuvo en la mayor inmovilidad y silencio posible en lo que esa invasión se completaba. Su angostura abrazó al rígido miembro de Saga, sus sentidos absorbieron el dolor, disfrutaron de la inicial incomodidad, su cerebro pareció burbujear, y sólo fue hasta que Saga comenzó a embestir contra él rítmicamente que sus labios se convirtieron en unos escandalosos, y el tiempo finalmente pareció dejar de congelarse para correr con impresionante rapidez.

El agua a su alrededor se mantenía relativamente calma mientras ellos se envolvían en esa frenética fusión, mas la sensación se hallarse revueltos en alguna invisible tormenta era sufrida por ambos. Sin embargo, se tenían el uno al otro para consolarse, para soportar ese descomunal remolino de sensaciones que los azotaría inclemente hasta que una recompensa llegara.

No faltaba mucho para ese codiciado clímax. Saga ya lo sentía bullir en sus entrañas. Sus jadeos desesperados lo anunciaban, sus dedos se enterraban en las caderas de Milo sabiendo que necesitaría de un sostén cuando alcanzara el límite, y sus enérgicas arremetidas ya estaban lejos de poder ser controladas, si es que intentaba hacerlo.

No había razón para tal barbaridad. Milo lo habría matado si alguna pausa hubiera interrumpido el fantástico proceso que era sentir a Saga entrar y salir parcialmente de él, con cadencia y constancia, con cada vez mayor ímpetu y arrebato. Golpeando un punto que mandaba deliciosos mareos a su cabeza, y exacerbaba el incendio que viajaba líquido por sus venas.

Y tras un momento de total tensión en el encendido cuerpo de Saga, éste agravó la placentera experiencia que Milo vivía en millares de múltiplos con el simple hecho de saturar con su semen el estrecho espacio que lo albergaba, haciéndole sentir totalmente completo, finalmente perteneciéndole y cumpliendo con ello el más ambicioso de sus deseos.

Milo se preguntó, durante los instantes en que un violento orgasmo lo sacudió revolucionando la percepción de su mundo por completo y de definitiva manera, si el causante de tal éxtasis sería conocedor de la descomunal medida en que lo amaba. Si comprendería que el acto que recién culminaba representaba para él todo; resumía su entrega y su fortuna al ser posesión de aquél. Satisfacía la vital necesidad de sentirse apreciado por el otro, complacía a su propio corazón demente por amarlo con todas las implicaciones de la palabra. Y simplemente, le hacía sonreír.

Era un perezoso desvío de sus labios; una sonrisa a medias, inconsciente y fatigada, mientras cruzaba los brazos y recargaba la mejilla sobre éstos, suspirando al ser empujado contra la pared de la piscina por el cuerpo ligeramente más grande de Saga, quien se recargó totalmente contra él, abrazando su cintura y exhalando agotado entre sus ensortijados cabellos.

Cuando se hizo de más energías, Géminis levantó los brazos, buscando enredarlos con los de Milo para incrementar la comodidad de la improvisada almohada sobre la que el joven apoyaba de lado el rostro. Saga pudo así acercarse más, hasta acariciar su mejilla contra la del menor, mimándose mutuamente con la tibieza que anunciaban sus intensos sonrojes.

Besó tiernamente la comisura de sus labios, con lo que Milo gimoteó despacio y contento.

— ¿Me dejarás cuidarte?—susurró Saga, antes de repetir un pequeño beso en ese mismo sitio donde se nacía una sonrisa.

No obstante, esa incipiente mueca desapareció. Milo se dio la vuelta para enfrentar a Saga, luciendo una expresión un tanto contrariada.

— ¿Cuidarme?... Ya no necesito que me cuides, Saga. Nunca lo necesité. – Inclinó la cabeza y colocó ambas manos sobre el pecho del mayor, acariciando con timidez.

—Lo único que siempre he querido es que... me ames — musitó melancólicamente. Saga tendía a ser poco acertado con sus palabras, y Milo recordaba con bastante claridad esa característica del mayor que en ocasiones resultaba enternecedora, pero ciertas veces necesitaba escuchar cosas muy distintas de sus labios…

—Eso nunca dejé de hacerlo, Milo

…cosas como esas, que despertaron un centelleo gratamente sorprendido en sus ojos, cuya área turquesa resplandeció más magnética que nunca.

Saga frunció ligeramente el ceño y torció sus labios, en un mohín de divertida incertidumbre, sin comprender del todo el importante efecto que cada sonido de su garganta tenía sobre Milo.

Escorpión sonrió radiante. Podría haber saltado encantado, pero suponiendo que eso sería demasiado infantil, se reprimió. En lugar de eso subió las manos a cada lado del cuello de Saga y se acercó lo suficiente para atrapar los labios de aquél entre los suyos, succionarlos con suavidad y abandonarlos rápidamente para dejarlos tentados.

Saga, aunque efectivamente necesitara más de esa dulzura que la boca de Milo guardaba ilimitada para él, se contuvo de buscarla enseguida. Podía esperar por un beso, cuando la mirada de aquél le distraía con una sobrecogedora intensidad que le condicionó, a partir de ese momento y para siempre, a respirar a ritmo con cada uno de sus adorables pestañeos.

E idolatró más que nunca al aire que trabajosamente inhalaba y que le mantenía vivo, junto a él.

Y rendidos al hechizo de esos ojos, los labios de Saga formaron una sonrisa; amplia y franca, esperanzada y hasta inocente. De esas que hacía mucho tiempo no lucía… de esas que había aprendido con Milo y a éste tanto le gustaban. De las que tal afortunado joven sería siempre único testigo, y dueño.

.::Fin::.

Review this Chapter
Share

Return to Top