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Anime/Manga » Saint Seiya » All For You
Scarlet.D
Author of 65 Stories
Rated: M - Spanish - Drama/Romance - Mu & Saga - Reviews: 21 - Updated: 09-21-05 - Published: 09-12-05 - Complete - id:2576957

n/n tantísimas gracias por sus reviews, de verdad que me anima muchísimo que les guste la historia, lo que me hace estar muy nerviosa con el final xD espero que les agrade n.n muchísimas gracias por haber leído nXn

Advertencia: lemon.

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All for you

Capítulo 5:You're all that I need

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De manera ocasional durante el diario vivir cruzaban una que otra palabra, saludos triviales a partir de la superficial amistad que pretendían compartir.

Habían soportado semanas llevando a cabo ese engaño, pues ambos sabían que lo que les unía era mucho más fuerte que un simple trato de compañeros que han sido dados de una segunda oportunidad, perdonados de sus errores, exentados hasta de la muerte.

Saga miró, por lo que consideraba la última vez, aquel perfecto acomodo que las doce casas formaban entre las montañas griegas. Desde Aries se podía apreciar la magnificencia del Santuario en su totalidad. Suspiró, sin añorar lo que dejaba atrás, pero ansioso por descubrir lo que le esperaba en la vida 'normal' que le había sido autorizada.

Pero de él, tenía que despedirse.

—¿Está ocupado entonces?— presionó al chiquillo que le había recibido en la primera casa.

Kiki rascó su nuca y con un mohín de indecisión le comunicó a Saga que no estaba seguro si Mu querría recibirlo. Le acababa de informar que se encontraba trabajando en el taller, pero el pelirrojo no podía aseverar qué tan importante era para su maestro el ser interrumpido.

Saga tampoco quería imponerle a Mu su presencia, aunque fuera sólo para decir adiós. Después de la cruenta batalla contra los espectros de Hades, había decidido alejarse del estilo de vida que hasta entonces conocía. Kanon había quedado a cargo del Templo de Géminis. Saga podía tomarse un anhelado descanso.

Quizás no se lo merecía, después de que todo los conflictos habían iniciado por su causa, pero Athena le había permitido partir, recordándole que siempre sería bienvenido de vuelta.

—Adiós, Kiki— dijo resignadamente, dando la vuelta para caminar en dirección a la salida. Tenía un tren que tomar al anochecer, y no faltaba mucho para eso. El niño se encogió de hombros y sonrió con cierta incomodidad.

Era difícil saber cómo comportarse frente a alguien como Saga, sin haberlo conocido más que por lo histórico de sus infamias, y saberlo causante de numerosas lágrimas que había sorprendido escapando de los ojos de su Maestro. Sería joven, pero podía adivinar el cariño que el par de caballeros se tenían, así como percibir la tensión cuando aquellos dos se encontraban, las miradas huidizas y esa sensación de siempre estar de más cuando Mu y Saga coincidían en algún lugar y él -como de costumbre- acompañaba a su Maestro. La necesidad de buscar una excusa, desaparecer y dejarlos solos acudía en cada una de esas ocasiones.

Una sombra que lo cubrió le hizo girar con un sobresalto para encontrar al caballero de Aries situado detrás de él, con su mirada esmeralda perdida hacia el frente, seguramente en aquel pasillo por el cual Saga desaparecía. Lucía tan serio e inexpresivo que resultaba intimidante.

—Iré a practicar en el taller— comentó Kiki tras tragar saliva dificultosamente, para enseguida escabullirse fuera de esa estancia y perderse tras otras puertas hasta su destino.

Mu dio un paso al frente, dudó; dio otro más, se detuvo. Corrió.

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¿Por qué la guarda?

Dicen que la historia está destinada a repetirse. ¿Qué tal si alguien la necesita en un futuro?— El hombre de cabellos verdes contestó con una pequeña sonrisa, terminando de guardar la daga dorada en una caja de vidrio que se encontraba empotrada en la pared.

¿Cómo puede decir eso...tan tranquilamente?—Mu arrugó levemente la nariz, un tanto mortificado ante la procacidad con que Shion había contestado a su pregunta.

El hombre que volvía a ser Patriarca en ese santo lugar giró hacia el joven que alguna vez fuera su fiel alumno, ahora todo un caballero de oro cuya valentía y poder habían sido más que comprobados.

Digo las cosas como son. El sello reimpuesto sobre Hades no será eterno. La reencarnación de Athena; ésta, las que sigan; seguirán sacrificando su vida por los humanos mientras sea necesario.

Mu bajó el rostro, como si así pudiera evitar que esa verdad fuera absorbida por sus sentidos. Al menos podía consolarse al saber que ya no estaría en este mundo para cuando aquello sucediera.

Deberías descansar, Mu— sugirió Shion mientras se dirigía a sus propios aposentos, deteniéndose cuando tocaba la perilla de la puerta al notar el ensimismamiento del menor.

Esa tarde había pasado muchas horas charlando con su alumno, aunque las últimas palabras cruzadas no habían sido del todo gratas, para nada sinceras. Pero en aquél entonces el mayor actuaba en pos de una necesidad. Mu al final había comprendido toda la red de mentiras dichas aquella noche en que su Maestro y los caballeros de oro fallecidos durante la batalla contra los santos de bronce aparecieron ostentando traidoras armaduras.

Mu admiraba la paz que Shion, después de tantos sucesos estresantes, era capaz de emanar. Definitivamente las ropas que portaba le quedaban a su medida. Dudaba que él, tal como ahora se suponía que estaba destinado, llegaría a ser al menos la mitad de Patriarca que había sido el hombre de legendario pasado, quien esperaba paciente una respuesta a su reciente sugerencia.

No es eso lo que necesito...— musitó, girando lentamente con clara intención de marcharse.

Entonces busca lo que necesitas. Ya no hay nada que te lo impida. —Shion sabía que era 'eso' que Mu deseaba conseguir, por más que se reprimiera a sí mismo de hacerlo. Durante la conversación que mantuvieron Mu se había confesado de minuciosa manera con su Maestro, tanto así que a éste ya no le parecía haber estado lejos de su aprendiz por tanto tiempo.

Pero…—Mu hizo evidente su hesitación. Los dos lemurianos eran conscientes de qué estaban hablando, por más inexplícitos que fueran.

No tienes nada que perder.— Gozaba de la razón. A Saga ya lo había perdido múltiples veces en el pasado. Ahora qué más valía intentar. Lo peor que podría pasar era descubrir que los dolorosos recuerdos eran más poderosos de lo pensado y la brecha que se había impuesto entre ellos al final terminara insondable.

Un rechazo, pues. A tal cosa se arriesgaba. Y eso, ¿podía soportarlo?…

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Había pensado que no. Por ello no se atrevió a mostrarse ante Saga cuando éste llegó buscándolo minutos atrás.

Y en esos momentos, tras una apresurada decisión se encontraba corriendo, alcanzándolo, halando uno de sus brazos y haciéndolo girar para que se percatara de su presencia.

Géminis dio vuelta, la maleta que cargaba sobre un hombro se deslizó a lo largo de su brazo. Alcanzó a flexionar la mencionada extremidad y detener el asa sobre su codo. Sonrió distraídamente, y cambió su peso de pie para evitar la ligera pérdida de equilibrio que el girar tan velozmente sobre sus talones le había causado.

Ante la impasibilidad que observó en el rostro de Mu, Saga borró de inmediato su sonrisa.

—Pasé a despedirme...creí que estabas ocupado, pero no pienses que planeaba irme sin decírtelo, sólo que...Kiki…—Mu comunicó su comprensión con un simple y lento pestañeo, y Géminis dio por terminadas sus nerviosas excusas.

Era el turno de Mu para explicar lo que hacía ahí. Se encontraban cerca de la entrada del Santuario, al inicio de los escalones que guiaban a Aries. A los lados del camino empedrado el bosque se hacía más frondoso, y más adelante tal vía terminaba disipándose entre el difícil terreno rocoso. Mu quería intentar que Saga no siguiera por allí.

—¿Por qué te vas?

—Aquí no me necesitan—respondió sin vacilar, alzando los hombros antes de reacomodarse la maleta. Mu comenzó a alarmarse.

—¿Cómo lo sabes? ¿Has preguntado a cada uno?— Dio un paso para acortar la distancia entre ellos, le miró a los ojos de manera demandante. Saga se desconcertó un poco ante la exigente forma en que Mu se dirigía a él; frunció el ceño, antes de decidir que la ansiedad del menor era conveniente. Entonces una de las comisuras de sus labios se elevó formando una media sonrisa.

—No importaría si lo hiciera…sólo una persona puede influir en mi decisión.—Mu determinó que Saga deseaba desesperarlo. Estaban jugando, porque ambos sabían exactamente qué era lo que el otro sentía, lo que esperaba escuchar y lo que tenían que decir.

Saga sólo quería un gesto más que le convenciera de tirar al suelo su equipaje. Mu sabía que si simplemente alcanzaba a atrapar la mano de Géminis, aquél se rendiría a sus tácitos anhelos y lo seguiría hasta cualquier inescudriñable destino que se le antojase.

Pero no había que exagerar. Mu quería cosas sencillas.

El joven inclinó su frente, mirando por instantes el piso mientras movía sus pies hasta quedar tan cerca de Saga que el levantar los brazos y abrazar su cintura se dio automáticamente, por puro magnetismo de aquél.

Saga correspondió al acercamiento; colocó una mano en la espalda baja de Mu y otra sobre un lado de su cuello al notar que el menor alzaba el rostro y le pedía silenciosamente inclinarse.

Con una caricia Saga logró que Mu ladeara su perfil, y él hizo lo mismo para que sus narices no chocaran, y sus labios se rozaran cómodamente en un toque superficial que parecía provocar chispitas eléctricas entre dos contactos que embonaban perfecto, mas se encontraban oxidados por tanto cruel distanciamiento.

Les tomó un par de segundos asimilar la venenosa dulzura de sus alientos para creerse capaces de soportar más y consolidar el contacto entre sus labios, aficionarse a la suavidad y sabor que pocas veces habían probado en el pasado pero había condicionado eficazmente a sus sentidos para que volvieran a buscarlo. Y ahora que tenían lo que querían, resultaba dudoso que renunciaran a ello.

Saga jaló a Mu más cerca de sí, o tal vez fue al revés, o los dos al mismo tiempo. No importaba pues al fin y al cabo compartían metas y las conseguían juntos. No eran egoístas.

La punta de la lengua de Saga había recorrido tentativamente la separación de los labios de Mu, comunicando las ansias por esconderse dentro de su boca. El menor le permitió entrada a tal cavidad para recibirla hambriento acariciándola con la suya, de manera que la visita resultara grata para aquella; que echara de menos ese húmedo y tibio lugar en cuanto se marchara, y que decidiera regresar pronto después.

Fue lento y remiso el distanciamiento. Pero era requerido.

Sosteniendo en dos firmes puños la camisa de Saga a la altura de sus últimas costillas, y fijando su mirada justo en medio del pecho del mayor, Mu susurró:

—Se te necesita, Saga.— Y fue todo lo requerido para que el mayor suspirara en jubiloso alivio, y apresara a Aries en un abrazo emocionadamente fuerte que provocó una divertida sonrisa en la casi asfixiada víctima de aquellos poderosos brazos.

—Alguien viene— dijo de pronto el de cabellos cárdenos, despegándose de Saga para tomar su muñeca y jalarlo apresuradamente tras un irregular muro de roca, remanente de una antigua e imponente entrada que se había visto corrupta por los siglos. Era perfecto para la privacidad que buscaban, sin desear verse interrumpidos durante el especial momento en que –finalmente- sus sentimientos podían ser profesados con toda libertad, ningún temor.

Saga dejó manejarse por Mu, tanto así que de un momento a otro se encontraba en el suelo, sentado con la espalda contra la destruida pared. Frente a él, el bosque regalaba diversos sonidos de relajante ambientación; ulular de búhos, caricias entre las cariñosas hojas, silbar del viento y cantar de insectos.

A su lado, Mu tomó asiento también, totalmente arrimado a él y buscando enlazar los dedos de sus manos.

—Yo no escuché a nadie—mencionó Saga tras varios minutos de prudente silencio. Miró al menor con suspicacia, mientras pasaba un brazo detrás de sus hombros para atraerlo a su pecho.

—Yo sí…creo que era un guardia.— Mu fingió inocencia. Incluso se asomó sobre el hombro de Saga, estirando el cuello para ver tras las rocas hacia el camino donde momentos atrás se encontraban.

—¿Invisible?— inquirió Saga, incrédulo. Y sin estar realmente resentido ante la mentira, aprovechó la posición de Mu para atrapar su cintura y jalarlo hacia abajo, específicamente para sentarlo sobre su regazo.

Mu no simuló ni un atisbo de remordimiento por la treta que había usado para lograr mayor cercanía con Saga. Ahora estaba cómodamente sentado sobre sus muslos, pasando un brazo a su espalda y dejando otro sobre su pecho mientras buscaba sus labios descubriéndolos entreabiertos, preparados y ansiando su llegada.

Mientras se besaban con entrega, Saga enredó una mano entre los cabellos de Mu, y la deslizó hasta encontrar la liga con que los ataba para -en un acto que se haría costumbre- liberar las sedosas hebras. Así pudo capturar algunas entre sus dedos y acercarlas a su nariz para sonreír ante el agradable aroma.

Su otra mano ya viajaba desde la pantorrilla del tibetano y recorría su pierna hasta anclarse en donde ésta se unía a sus caderas. Inclinó la parte superior de su cuerpo para que sus labios alcanzaran el cuello de Mu, y revivieran con sus besos y succiones, sonrojes que parecían haberse quedado grabados en la memoria de esa alba piel desde la última vez que la saboreara, pues resurgían inmediatos a las acciones de los labios de Saga.

Mu no tardó en sentir su espalda tocando el pasto, en tener que flexionar una pierna y extender la otra, para intercalarlas con las de Saga, y en abrir sus labios para suspirar el gusto causado por la dirección que las acciones del mayor tomaban.

Sin embargo, Saga repentinamente se detuvo, justo cuando había comenzado a tirar de la corta túnica que Mu usaba como playera. El mayor se incorporó destrabando el enredo de piernas que habían hecho, para después incitar al menor a imitarlo.

Entonces se encontraron sentados al lado del otro y enfrentándose en idéntica postura, un lado de sus caderas se tocaba, y flexionaban las piernas facilitando que fueran alcanzadas por las manos del otro si el antojo de acariciarse surgía. Podían también fácilmente inclinarse y capturar los labios del contrario en animados besos mientras se desvestían mutuamente, disfrutando del proceso a cada paso y tomándose todo el tiempo que fuera necesario.

La túnica de Mu emergió con facilidad fuera de su tórax, no se necesitó más que una pausa en la unión constante de sus labios con los de Saga y un alzamiento fugaz de sus brazos. La prenda se observaba ya tirada cerca de la maleta del gemelo.

La camisa de éste fue un mayor reto. Mu trató a cada botón con parsimonia, acercándose a dejar un pequeño beso sobre las porciones de piel que iba descubriendo, y encontrando la más satisfactoria remuneración al notar que el pecho de Saga comenzaba a inflarse con mayor ímpetu en sus inhalaciones.

Éste mantenía una mano apoyada en el suelo, la otra en la nuca de Aries, y sus ojos fijos en el avance de aquellos labios y la habilidad de esos delgados dedos para desvestirlo, que por más simple que fuera el soltar un botón, a Saga le parecía en esos momentos como la hazaña más admirable.

—Listo— anunció el menor, abriendo de par en par la problemática prenda y deslizándola fuera a lo largo de los brazos de Saga, aprovechando para acariciar éstos con interés, recorriéndolos de regreso con mayor detenimiento, haciendo memoria de la dimensión de cada músculo, y admirándose ante lo fácil que era tensarlos con sólo posar sus yemas sobre ellos.

Y similar disfrute encontraron sus dedos cuando el terreno a recorrer fue el marcado tórax de Saga, quien repartía incontables besos sobre todo su rostro distrayéndolo, aunque no tanto como para dejar de sentir como propios los escalofríos que percibía erizando la piel del otro, cuando sus propias manos la recorrían.

Géminis buscó venganza, cansándose de ser el único cuya respiración se encontrara tan forzada que era fastidiosamente audible cada trabajoso suspiro que daba. Así que dejó la cabellera que tanto le gustaba en paz, para mudar las manos a otra parte de la seductora anatomía del joven.

Se dedicó a definir la forma de cada costilla ligeramente resaltante en los costados de Mu, despertar vasos sanguíneos bajo esa lechosa piel y verla enrojecer maravillado; acariciar los rosáceos pezones con circulares movimientos de sus pulgares, luego sus índices les empujaban cual botoncitos que se robustecían bajo su toque, y generaban una sonora respuesta emitida desde los labios de Mu; ésos que habían decidido saborear las delicadas salientes donde las clavículas de Saga se unían en la base de su cuello.

Las atenciones de esos labios fueron culpables de los discretos gemiditos que cesaron cuando Saga frenó momentáneamente toda acción, al sentir que una mano se presionó de manera provocativa contra su entrepierna, mientras otra comenzó a trabajar afanosa por soltar su cinturón.

Reponiéndose a la pasajera falta de aire, Saga se obligó a separar lentamente sus extremidades inferiores, para sacar todo el provecho posible del masaje que recibía sobre esa sensible área. Mu sonrió al escucharlo comenzar a jadear, pero también se vio aturdido cuando Saga provocó un enredijo entre los brazos de ambos para alcanzar sus pantalones, aflojarlos con temblorosa destreza y tirar de ellos insistentemente.

Sin necesidad de acordarlo con palabras, detuvieron toda caricia y cortaron todo contacto para cada quien deshacerse de los pantalones e interiores que les evitaban mostrarse por completo desnudos frente a su compañero. Los zapatos perecieron igual durante ese proceso; la ropa encontró utilidad en el suelo bajo ellos, disminuyendo la incomodidad del pasto.

Y las manos regresaron a su actuar. Fue una excepcional sensación que sus miradas no se despegaran ni por un segundo, mientras buscaban retomar las caricias que las últimas prendas de ropa habían obstaculizado.

Jalaron aire al unísono, así como fue simultáneo el contacto de sus dedos con la hombría de quien les acompañaba y era cómplice de cada acción realizada en ese precario escenario a la intemperie. Aunque era de noche, sabían que podían ser sorprendidos por algún guardia, esta vez verdadero, pues hacían rondas sin cese durante las veinticuatro horas del día.

Sin embargo, en ese punto serían incapaces de detenerse, vestirse y buscar la seguridad de una habitación y la comodidad de una cama…

—Te eché de menos…—murmuró Saga, sin dejar de palpar el miembro que sentía velozmente fortificándose entre sus dedos, palpitando con creciente intensidad a cada desliz de su palma alrededor de la encendida superficie, sudando líquida transparencia a través del orificio sobre el que su pulgar gustaba de pasar.

Y él sabía exactamente lo que Mu estaba sintiendo no sólo porque sus acciones le cortaban el habla, sino porque aquél hacía lo mismo sobre su excitada anatomía y le torturaba de igual manera, convirtiendo en algo inaguantable esa sensación de que toda su sangre huía de su cabeza y se reunía en aquella atizada erección que sobresalía entre sus piernas.

—Mm...Mu…—Saga se quejó al verse víctima de un pequeño sobresalto, provocado por el estimulador apretón repentinamente recibido sobre sus testículos, suficientemente endeble para que no resultara doloroso. Y como habían aprendido a comunicarse de esa manera y pedirse lo que querían, Saga regresó el trato, sonriendo al obtener un débil gruñido por parte de Mu, quien enseguida buscó apoyar el rostro contra su hombro.

De la frente nívea del menor escurrieron persistentes gotitas de sudor que bañaron el hombro de Saga, mientras minúsculamente más abajo donde su brazo iniciaba, fatigados besos fueron dejados por un par de rojizos labios. Saga ladeó su perfil sobre la cabeza de Mu, y con su mano libre acarició perezosamente el brazo con el que aquél trabajaba, resbalando sus sudorosos dedos fácilmente por la tibieza de aquella piel, hasta finalmente alcanzar su muñeca y frenar los movimientos que aquella mano realizaba en torno a su pene.

—Espera...

Mu resopló en frustración. Saga gimió por lo mismo.

Un poco más y la inicial y goteante emisión daría pie a la total explosión que luchaban con inhumano esfuerzo por retrasar. Si bien la mutua masturbación a la que se habían dedicado les proveía de una intimidad sumamente gratificante, sin que cuestiones de dominancia se interpusieran y la complicidad y confianza les complaciera, Saga sentía que- como el líquido en que todo su ser se convertía- podría evaporarse de sólo imaginar el firme miembro que sostenía entre sus dedos invadiéndolo y haciéndole sentir que finalmente pertenecía a alguien; física, mental, emocionalmente. No era más un prisionero y lo primero que deseaba hacer con esa recién adquirida libertad era entregársela al joven que se hallaba a su lado, sufriendo lo mismo por no sucumbir a un clímax que podría venir con una sola caricia más.

Era desesperante, pero Saga ya no lo demoró más. Se incorporó con algo de tedio hacia adelante, hasta que sus manos y rodillas quedaron contra el suelo, y su cabellera rozó contra las hebras de pasto que fueron salpicadas por el copioso sudor que sus poros exudaban.

Un parpadeo y Mu lo alcanzó arrodillándose tras él, llegando a besar su espalda con desesperación. Juntó sus caderas con un instintivo embiste que hizo a su miembro rozar la tentadora grieta que dividía a los firmes glúteos del gemelo, los cuales eran codiciosamente masajeados por las blancas manos del menor.

Saga rogó con un quejumbroso gemido que se apresurara, y movió sus caderas suplicando por atención. Mu apenas si podía pasar saliva por su estrujada garganta; los deseos de Saga le habían tomado de improvisto pero no pensaba oponerse a ellos. Si apenas podía esperar a culminar tales anhelos. Sus ojos pestañeaban entrecerrándose permanentemente, había un calor sofocante expandiéndose por todo su ser, a través de sus venas, quemándole internamente y convirtiendo los latidos de su corazón en un ritmo enardecido.

Saga se sintió delirar de solo sentir el firme contacto de la punta del miembro de Mu contra el acceso a una parte de su cuerpo jamás conquistada antes como estaba próximo a suceder. Tembló en anticipación de pies a cabeza, y cuando finalmente tuvo una parte de Mu dentro de sí, tuvo que dejar a sus brazos flaquear y apoyarse en sus codos, bajando su frente hasta descansarla sobre sus antebrazos. Esperó respirando lo más profundo y calmadamente que podía, agradeciendo con suaves suspiros la manera pausada en que Mu entraba en él, dándole tiempo de acostumbrarse antes de empujar más, y así hasta que era saturado todo lo posible por el ardiente órgano que era placenteramente apretado por sus músculos.

Las manos de Mu se habían anclado a cada lado de las caderas de Saga, listas a sostenerlas cuando el de cabellos violeta decidía extraer en parte su miembro, para recuperar el espacio perdido con una marcha mucho más fluida a comparación del inicial ingreso.

Los escalofríos no se hicieron esperar, ¿en algún momento se habían detenido? En el estado de total extravíe que sus sentidos presentaban era complicado poner atención a cada detalle. La euforia cegaba, ensordecía, entumecía.

Era completo el aturdimiento, irracional el proceder. Mu embestía de manera voluntariosa contra su compañero, cuya faz escandalosamente ruborizada se escondía tras una cortina de azulados cabellos que lucían más oscuros de lo normal por el sudor. En los rostros de ambos la tensa expresión de insoportable placer se mantenía invariable. Los gemidos que sus labios enunciaban combinaban sus sonidos de armoniosa manera, tan a compás como los movimientos de vaivenes con los que sus caderas permanecían ensambladas.

Se trató de un bamboleo que alcanzó un acento tan frenético que llegó a sumirles en un intempestivo éxtasis al que sucumbieron con vehemencia; Mu primero, apretando los dientes ante la hormigueante presión en su abdomen bajo, justo antes de verse inflamado por ondas estremecedoras que le impulsaron a arremeter con fuerza unas cuantas veces más contra Saga, de manera terminante para eyacular en la amedrentada profundidad del mayor.

La experiencia de sublime liberación fue también compartida por Saga, quien fue ayudado por una mano que a último momento animó a su hinchada erección, para finalmente llegar a la cumbre de todas esas indescriptibles sensaciones que se venían construyendo con el único objetivo de sacudirlo en una detonación sensorial que le dejó colapsado del todo en el suelo, con otro cansado cuerpo siguiéndolo de cerca.

Mientras Saga ensuciaba ligeramente de tierra su sonrojada mejilla, Mu reposaba sobre la ancha espalda de Géminis, removiéndose fatigosamente para finalizar la fusión que tan enloquecedora había resultado para ambos involucrados. Y les tomó varios minutos el poder recuperarse del sopor que tanto les animaba a dormir y prometía el moverse como algo imposible.

No obstante lo hicieron, exigiéndose encontrarse con el rostro protagonista de sueños que en algún momento parecieron tan irreales y lejanos, pero el poder verlo, poder tocarlo, comprobaba que de una u otra manera habían vencido contra las trabas que llegaron a creer insuperables.

—¿Te irás?— preguntó Mu con un hilo de voz, sosteniéndose arrodillado mientras Saga giraba a enfrentarlo.

Géminis tomó la mano del menor y lo tiró suavemente para que le acompañara a sentarse contra la roída pared de roca. Mu se acomodó entre los brazos del otro, y suspiró entrecortado, apurándole a contestar. En los labios de Saga apareció una sonrisa que mezclaba satisfacción e incredulidad. Le costaba creer que Mu no tuviera ya la solución a esa duda.

—El tren ya debe haber salido…— contestó con un bostezo. Mu bajó el rostro para esconder su sonrisa contra la piel del pecho de Saga, y enseguida cerró los ojos, sintiéndose igual de necesitado por un descanso.

Lo hicieron casi sin darse cuenta. Y no fue el frío de la madrugada (pues ellos se proporcionaban suficiente calor recíprocamente) lo que les extrajo de manera brutal del ensueño profundo al que habían sucumbido.

—Ya decía yo…— Kanon habló para sí mismo, asomándose por un lado del muro para contemplar con hastío a la pareja.

—¡Saga!—Gritó sin consideración alguna. El aludido y el joven que dormía entre sus brazos despertaron sobresaltados y de inmediato posaron miradas sobre Kanon, quien daba indicios de haber sido despertado recientemente también; andaba descalzo, usando no más que unos pants, con el cabello alborotado y los ojos ligeramente hinchados.

—¡Por tu culpa este enano me fue a despertar!— reclamó sin dar tiempo a su hermano de siquiera reprenderlo por su escandaloso llamado. Kanon, mientras explicaba, hizo notar el bulto que cargaba abrazado a su costado; un Kiki que no dejaba de patalear, y cuyos ojos se hallaban cubiertos por la mano del griego, evitando que atestiguara el bochornoso espectáculo que su instructor y el mayor de los gemelos tenían montado.

—Decía que no encontraba a su Maestro, y ya veo que no hacía mal en suponer que estaba contigo.— Enarcó una ceja pícaramente, y sonrió entretenido ante la ofuscación de Saga y Mu, quienes hacían todo lo posible por vestirse con inverosímil rapidez.

—Llevaré a este niño a su casa. Apresúrense— Kanon soltó una risa burlona y dio la vuelta mientras negaba con su cabeza.

—¡Señor Mu?— preguntó el aún cegado Kiki al sentir que el gemelo quien lo cargaba se ponía en marcha.

-¡Ahora voy, Kiki… lamento haberme desaparecido!—Mu se excusó nerviosamente, mientras terminaba de arreglar sus ropas y revisarse para lograr lucir lo más acomodado posible.

En cuanto Saga hizo lo mismo, caminaron juntos hacia los escalones por los que el otro par les llevaba ventaja. Sin embargo, a la mitad del ascenso que les guiaría a la primera casa, Saga recordó algo que le obligó a dejar ir la mano de Mu y regresar corriendo en sus pasos.

—Enseguida vuelvo—avisó a los otros tres que voltearon desconcertados por pocos segundos antes de continuar su camino.

Saga se reunió con ellos unos minutos después, ya en la entrada del Templo de Aries, donde saludó con un beso fugaz al guardián de éste. Venía cargando lo que había olvidado en el sitio donde pasaron la noche: su maleta, ésa que más tarde tendría que desempacar. Quizás ahí mismo, en casa de Mu.

Y es que presentía que a partir de ese momento, sería en tal lugar donde pasaría la mayor parte de su tiempo.

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Fin

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