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Como el día 29 de abril cumplí mis 5 añitos como miembro de esta web, he decidido dedicar este cap a mi querida amiga CieloCriss, que fue la que me recomendó en su día que publicara R en Internet. Y también enlazo con el cercano día de la madre, porque Cris fue mi primera crítica y consejera, así que puedo considerarla mi "mamá literaria". Si estás leyendo esto, amiga mía, muchísimas gracias una vez más por todo lo que has hecho por mí hasta la fecha. Sin ti, es muy posible que R hubiese quedado recluido a un cuaderno y hubiese sido eventualmente olvidado, como la mayoría de mis proyectos. Tú le diste vida, aunque yo lo pariera, y te mereces ese crédito, con todo mi cariño.
¡Y ya os dejo con el cap! Espero que os guste. Ah, por cierto. Apenas lo he revisado, porque me daba mucha pereza, así que disculpas adelantadas por las posibles erratas (que de seguro las habrá, jeje)
ADVERTENCIA: esto es un AU ambientado en la época de los Merodeadores. Empecé a escribir Respuestas en 2002, antes de la publicación de la Orden del Fénix, y en su mayor parte está basado en los rumores que corrían en aquella época sobre el libro 5º. En consecuencia, pocas cosas te vas a encontrar aquí que tengan que ver con la línea argumental que ha seguido JK Rowling en los últimos dos libros. Ni Mundungus Fletcher ni Arabella Figg son como nos los ha pintado JK, y bueno… resumiendo, no te fíes, porque si eres nuevo en R no sabes con lo que te puedes encontrar, jeje… Recuerdo también el formato del fic: cada capítulo es la respuesta a una pregunta referente al pasado de los Potter, de ésas que circulaban por los foros cuando la OdF aún no había salido. No me importa que algunas de esas preguntas hayan sido ya contestadas, repito que esto es un AU, especial para quienes busquen alternativas. Y a los que ya me conocen, sólo decirles:
¡A leer!
Recuerdo a los lectores que, para todo lo relacionado con Santuario, tomé datos de uno de mis videojuegos favoritos, "Diablo II: Lord of Destruction", mezclándolos con mis teorías sobre el universo HP. Quiero aclarar que ninguna referencia a ese juego, ni todos los datos que tomé de las obras de Rowling, me pertenecen. Es por si alguien decide demandarme, que sepáis que no tengo un céntimo, hago esto por puro entretenimiento.
RESPUESTAS
7ª pregunta¿Cuándo consolidó Voldemort su era de terror?
"Malas noticias y más secretos"
Privet Drive…
¿Qué era Privet Drive? Pues el barrio más aburrido para una chica de 15 años. Y más si esa chica tenía un baúl en su habitación lleno de libros extraños, túnicas, un caldero, un maletín de ingredientes para pociones, una varita mágica, un gorro puntiagudo, rollos de pergamino, plumas y tinteros. Porque aquella chica en cuestión no era una chica corriente: era una bruja.
Si la magia no estuviese prohibida para los menores de edad, Lily Evans no se habría pensado dos veces el colgar enormes carámbanos de hielo del techo para refrigerar su habitación: el calor de aquel verano era asfixiante. Y el tener una hermana mayor estúpida en la habitación contigua escuchando a los Beatles a todo volumen parecía incrementar el calor hasta cotas altísimas. Lily puso los ojos en blanco y, por enésima vez, exclamó iracunda, aporreando la pared:
-¡Petunia, baja el volumen, no puedo estudiar!
Desde el otro lado le llegó la voz aguda y desagradable de su hermana.
-¡Déjame en paz, anormal, yo hago lo que quiero! –y subió la música aún más.
Lily, furiosa, cerró los ojos, apretó los dientes y contó hasta diez antes de rendirse al impulso asesino que la estaba invadiendo. Y no era que no le gustaran los Beatles, de verdad que no, pero los venazos de Petunia eran insoportables y llevaba deleitando a todo el barrio con la discografía completa de la banda desde las 8 de la mañana, aprovechando que estaba haciendo limpieza en su cuarto (o eso decía ella, porque Lily dudaba mucho que dicha limpieza pudiera durar cuatro horas, teniendo en cuenta que su hermana era una maniática y lo tenía siempre todo de punta en blanco) "Mañana voy a poner yo a los Rolling Stones a toda leche nada más levantarme, a ver si te gusta, so cerda", pensó para sí, intentando ignorar el creciente dolor de cabeza y acomodándose de nuevo contra las almohadas de su cama, retomando el libro de Historia de la Magia.
A Petunia Evans, por supuesto, le importaba un rábano que su hermana pequeña estuviese a punto de iniciar su quinto curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Ella ni sabía ni le interesaba saber que al final de dicho curso, Lily tendría que enfrentarse a los exámenes más importantes de toda su trayectoria estudiantil dentro del mundo mágico: los temidos TIMOS. Y, aunque lo hubiese sabido, seguramente le habría resbalado, porque no lo entendería. A Petunia le daba igual que a Lily le quedaran unos meses escasos para tener que decidir qué camino quería seguir en su vida profesional futura. Seguramente, incluso le daría igual que no siguiera ningún camino, que fracasara en todo, que terminara debajo de un puente, o que incluso acabase muerta de hambre por ahí. Con un resoplido, la muchacha se dejó caer de golpe en la cama, tumbándose boca arriba y cubriéndose la cara con el libro que tenía entre las manos, gimiendo.
"No debí dejarme afectar por el estrés de Hannah…", pensó con amargura, lloriqueando. E, instintivamente, se asomó por debajo de las tapas del grueso libro para dirigir un vistazo reprobatorio a las cartas que cubrían la mesa de su habitación. Una de sus compañeras de clase, Hannah MacRae, le había enviado una misiva que rezumaba agobio por los cuatro costados, hablando sin parar de los TIMOS y lo terribles que eran. Y Lily, que llevaba todas las vacaciones tocándose las narices y dejando pasar los días a la bartola se había sentido tan culpable que había tomado la firme decisión de ponerse a repasar antes de empezar el curso, al menos las asignaturas más teóricas, como Historia de la Magia, Astronomía o incluso la patraña de Adivinación, a la que estaba cogiéndole genuino terror. Sin embargo, sus buenas intenciones se estaban esfumando. Y es que ése no había sido el día más indicado para reformar su actitud con respecto a los estudios, porque estaba de un humor de perros. Y no sólo por culpa de la beatlemanía de Petunia.
Frunciendo el ceño, dirigió sus brillantes ojos verdes hacia un calendario que colgaba en la pared: 3 de agosto.
Volvió a apartar la vista rápidamente y, con un gruñido, hizo un esfuerzo por centrarse en lo que estaba leyendo sobre las guerras de los gigantes y no pensar en la fecha. ¿Por qué? Muy simple: aquel día Lily Evans cumplía 15 años. Pero ése en sí no era el problema… el problema era que sus supuestos mejores amigos habían pasado de ella de una forma aplastante. Lily nunca le había dado gran importancia a su cumpleaños, porque en sus años de vida muggle no había tenido amigos con los que celebrarlo, pero desde que estaba en Hogwarts las cosas habían cambiado mucho. En los últimos años, no había pasado ni un solo 3 de agosto sin que Samantha Flathery le enviara algún exótico objeto de su tierra. Sirius Black solía mandarle paquetes explosivos que contenían todo tipo de cosas inverosímiles de su propia invención con las que Lily disfrutaba lo indecible durante el resto de las vacaciones, fastidiando a su hermana con un surtido de bromas inimaginable. Remus Lupin parecía tener el don de encontrar siempre los libros que a ella le interesaba leer. Arabella Figg se curraba el presente haciéndolo ella misma, ya fuese un marco de fotos, un álbum, un diario o cualquier otra cosa por el estilo, porque las manualidades se le daban genial. Peter Pettigrew era el único que le enviaba cosas medianamente femeninas, desde bisutería hasta perfumes. Y la carta de James Potter siempre era una sorpresa, porque cada año se presentaba con una cosa diferente: el año anterior, su regalo había sido un vociferador que estuvo cantándole una versión bastante siniestra del "cumpleaños feliz" durante más de dos horas seguidas y, al explotar, se había convertido en una caja de música igual de inquietante.
Sin embargo, ese año ni Sam, ni Belle, ni Remus, ni Sirius, ni Peter, ni James le habían enviado absolutamente nada. Ni una mísera tarjeta de cumpleaños con tres líneas siquiera. Sólo cuatro de sus otras compañeras de clase se habían acordado de ella: Hannah MacRae, Sarah Kennedy, Iris O'Brian e Irene Thornton. Y ellas, más que mandarle regalos, se habían limitado a felicitarla. Excepto Iris, que le había regalado una pequeña figurita de una bruja con su caldero que había comprado en un mercadillo muggle durante sus vacaciones en España, adjuntando el comentario de: "Si los muggles tuvieran razón y fuera necesario ser tan fea para poder llegar a ser una auténtica bruja, prefiero sacar una T en todos mis TIMOS". Ése había sido el único comentario de Iris con respecto a los exámenes. Bueno, ése y el de: "… Hannah me está volviendo loca con su paranoia por los TIMOS, creo que como siga así voy a retirarle la palabra…".
Con ánimo redoblado, pensando en las posibles T que se cernían sobre sus notas, siguió leyendo las crónicas sobre las guerras de los gigantes, pero aquel tema truculento no le estaba cayendo bien a su estómago. Aquellos datos se entremezclaban con la noticia que cubría la primera plana de El Profeta que había recibido a primera hora, en la que informaban de un nuevo ataque de los mortífagos en Londres, perpetrado aquella misma madrugada, que se había llevado no-sé-cuántas víctimas más, engrosando así la sangrienta lista que estaba dejando desde 1970 a sus espaldas lord Voldemort. Intentando no pensar en que los padres de James y Sirius trabajaban en el Ministerio y que tal vez la razón de que ellos no dieran señales de vida era que se habían visto envueltos en el atentado, Lily hizo un último esfuerzo por centrarse en las guerras de los gigantes. Pero, cuando se sorprendió a sí misma plateándose si Voldemort estaría reclutando gigantes para su ejército asesino, decidió cerrar el libro de golpe y cortar el asunto de raíz, mientras en la habitación de al lado resonaba a toda potencia "All you need is love".
Rodó hasta un costado de la cama y se levantó pesadamente, notando la ropa pegada al cuerpo por el sudor. Resoplando, se dirigió a la estantería en la que tenía pulcramente colocados todos sus libros de Hogwarts, metió el de Historia de la Magia en su hueco correspondiente y luego vaciló, paseando la mano de un lado a otro, indecisa por cuál sacar a continuación. Adivinación repelía bastante, pero Astronomía era un rollo. De hecho, lo más probable era que su cerebro no se encontrase en óptimas condiciones en ese momento, ni para una asignatura, ni para la otra. Miró de nuevo las cartas que tenía sobre el escritorio, torciendo la boca en una mueca de disgusto. Hannah estaría estresada, pero Sarah encontraba los TIMOS "interesantes", Irene sólo había escrito sobre ellos un ambiguo: "Supongo que los profesores nos meterán mucha caña este año¿no? Espero que el profesor Fletcher nos deje respirar…", e Iris… en fin, Iris se había reído abiertamente de los exámenes y había bromeado diciendo que en el peor de los casos abriría un consultorio de adivinación fraudulento en su pueblo para leerles el futuro a los muggles, que se preocupan menos por tecnicismos.
-Bah, que os den morcilla –masculló finalmente Lily, y tiró la toalla en cuanto al asunto del repaso definitivamente.
Pasando de la estantería de los libros escolares, sacó un grueso álbum de fotos que tenía en la estantería inferior y se puso a ojearlo con nostalgia y el ceño fruncido otra vez.
De verdad que no le importaba pasar el verano en casa con sus padres, los quería muchísimo y con frecuencia los echaba de menos mientras estaba en el colegio, pero conforme se hacía mayor le daba la impresión de que la brecha que separaba su mundo y el de ellos se hacía cada vez más y más grande. Al ser una bruja de familia muggle, terminar el colegio y volver a casa para las vacaciones era, casi literalmente, como cambiar de planeta. Y más ahora que la situación que atravesaba el mundo mágico era realmente delicada. Mientras estaba en Hogwarts, estaba al día de todo lo que ocurría con los mortífagos, inmersa en la tensión colectiva. Ahora, durante los meses de verano, le resultaba surrealista que los temas de máxima prioridad que se trataban en su casa fuesen la fiesta de té que organizaba la señora Robinson a mediados de agosto, a la que invitaba a todo el barrio, o el último proyecto que le habían encargado a su padre para una urbanización nueva de casitas adosadas.
Por mucho que le doliera admitirlo, ése ya no era su mundo. Y, si siempre se había sentido algo fuera de lugar entre los muggles, esa sensación se acrecentaba con el tiempo y le retorcía el estómago con la espeluznante seguridad de que dentro de poco dejaría todo aquello de lado y no volvería nunca más, para quedarse en el mundo al que ella pertenecía realmente. No es que sus padres ignoraran deliberadamente los asuntos referentes al mundo de los magos (era Petunia la que sí lo hacía) pero con frecuencia se trataba de cosas que ellos no podían entender, aunque Lily tratara de explicárselo. Y tampoco quería explicarles todo, tal y como estaban las cosas ahora…
Se sentó a los pies de la cama, con el álbum sobre los muslos, y se quedó mirando cómo sus amigos y compañeros la saludaban desde las fotografías mágicas. Había ido colocando allí imágenes de sus primeros cuatro años en Hogwarts, algunas hechas por ella misma, otras copiadas de la amplia galería de Belle, que parecía haber desarrollado una afición casi enfermiza por la fotografía y últimamente iba con la cámara a todas partes. Casi se sorprendió al ver lo pequeños que parecían todos ellos en las primeras hojas, en las que había fotos de cuando estaban en primero y segundo.
Allí estaban las demás chicas de Gryffindor de su curso, durante una de las fiestas de pijamas celebradas en el "cuartucho de atrás", antes de que las cosas se torcieran y la relación de Lily con su compañera Sue Randall se fastidiara hasta el extremo de que ahora ambas aguantaban a duras penas estar juntas en la misma habitación. Había fotos de ella misma con Sam y Belle, alguna que otra con sus demás compañeros de clase, y, según se adentraban en el curso, cada vez más fotos en las que compartían escenario con James, Sirius, Remus y Peter. Sonrió al ver una en especial, en la que Remus y ella salían posando con Hatty Galloway y Jacob Harper, dos compañeros suyos de Hufflepuff, durante una clase de Herbología en la que habían tenido que formar grupo y al final de la cual la profesora Sprout los había felicitado especialmente por su trabajo. Las redondas caras de los cuatro niños se veían radiantes.
Las fotos que correspondían al segundo curso estaban plagadas de los colores rojo y dorado, porque fue el año en el que James y Belle entraron en el equipo de quidditch de Gryffindor. Había una foto en la que salía el equipo en pleno, eufórico, justo después de ganar la Copa, y Lily se quedó un rato mirándola. En ella aparecían los radiantes Arthur Weasley y Molly Prewett, junto con Bill y Mary Ann Jordan. Los cuatro se habían graduado aquel año y ella no los había vuelto a ver desde entonces. Sin embargo, sabía, gracias a Stuart Weasley, el hermano pequeño de Arthur, que éste y Molly iban a casarse a finales de agosto (la propia Molly le había enviado una carta a principios de verano confirmándoselo e invitándola a la ceremonia, que, según ella, iba a ser muy poca cosa y de ambiente más bien familiar) Según Stu, Arthur y Bill habían conseguido trabajo en el Ministerio, y Mary Ann ahora era una de las locutoras más vivaces de la Radio Mágica, encargada de los deportes.
Sus ojos verdes se estrecharon pensando en Stuart, que acababa de graduarse en Hogwarts el curso anterior. Y se le escapó un suspiro, pensando en Frank Longbottom y Alice Greenwood, los otros dos cazadores que aparecían en aquella vieja foto del equipo, porque ellos dos se graduaban al final del curso que estaba a punto de empezar ahora. "Qué asco ir haciéndose mayor –pensó fastidiada, pasando la hoja-. Es horrible irse despidiendo de toda la gente que conocimos al llegar…".
Las páginas siguientes estaban plagadas del acontecimiento clave que había marcado su segundo año escolar en Hogwarts: la broma que sus amigos y ella le habían gastado a Severus Snape. Sin poder evitarlo, dejó escapar una sonrisilla algo cruel al observar las fotos de Snape convertido en un gato humanoide, reviviendo toda la historia. El slytherin había pasado la primera semana de transformación en la enfermería, pero las siguientes tuvo que seguir haciendo vida normal, así que allí se encontraban imágenes de Snape en clase, en el Gran Comedor, por los pasillos, por los jardines… Belle había desarrollado la cargante costumbre de seguirlo a escondidas con la cámara preparada, afirmando que quería hacer todo un reportaje del suceso y guardarlo para la posteridad. Y en todas aquellas fotos Snape salía con un aspecto amenazador que ponía los pelos de punta. La actitud de la joven Figg lo había cabreado de verdad… en una ocasión, ya harto, le lanzó un maleficio que la mandó a la enfermería por un par de días, pero ni el profesor Fletcher ni la profesora McGonagall lo castigaron, porque consideraron que Belle se lo había buscado por regodearse tanto en el tema.
Lily se quedó un rato mirando una foto que Belle le había sacado a Severus a escondidas, en la que él estaba en una cama de la enfermería, recibiendo la vista de la única persona que se había acercado a verlo durante su estancia allí. La instantánea había sido tomada justo en el momento en el que el chico se había percatado de la presencia de Belle, por lo que aparecía hecho una furia, enarbolando su varita y gritando y amenazando a la cámara. Sentada educadamente en una silla junto a la cama, con total serenidad, estaba Delora Vaughan, una niña de Slytherin compañera suya de clase, que miraba al objetivo con la cabeza ladeada y gesto indiferente. No era una chica guapa, pero Lily pensaba con frecuencia, cada vez que la miraba, que se vería bastante mejor si el largo y espeso flequillo no le tapara media cara, o si se recogiera alguna vez la tremenda mata de abundante y liso pelo negro que le llegaba hasta más allá de la cintura. Con esas pintas tenía un aire demasiado siniestro. Aunque la mayoría de los slytherins solían verse siniestros de una u otra forma…
Como si el reflejo de Delora pudiese adivinar lo que ella pensaba, la niña dirigió su mirada lánguidamente hacia ella, parpadeando. Cuando la veías en persona, cara a cara, te daba la impresión de que ese gesto crónico suyo era de supremo aburrimiento o desinterés por la vida en general, pero al mirarla en ese instante, en aquella foto, Lily tuvo la impresión de que se veía triste. Muy triste. Como si reprendiera silenciosamente a la pelirroja por la crueldad que ella y los demás habían cometido contra Snape. Y ese pensamiento la hizo sentirse incómoda.
-Él se lo buscó por ser tan metiche y estar siempre fastidiándonos –le gruñó Lily a la foto, frunciendo el ceño otra vez-. No fuimos nosotros los que empezamos.
Y pasó la hoja rápidamente para perder de vista la acusadora mirada de Delora. Aún ahora, después de dos años, le resultaba extraño que sólo aquella niña hubiese ido a visitar a Snape a la enfermería. Él tenía aspecto de ser popular entre la demás panda de retorcidos psicópatas de Slytherin que iban con él a todas partes, pero no habían sido Lestrange, Liverlie o Rosier los que se habían pasado a ver a su supuesto amigo mientras sufría los efectos de la defectuosa Poción Multijugos. Si lo habían hecho por desinterés o por miedo a terminar en las mismas condiciones, los gryffindors nunca lo sabrían, porque, una vez recuperado, Snape volvió a juntarse con la misma gente de siempre, como si no hubiese pasado nada, y nadie volvió a verlo públicamente en compañía de Delora Vaughan.
Las fotos que seguían a aquellas eran mucho más animadas, y consiguieron hacer sonreír de verdad a Lily. Los escenarios se trasladaban a Hogsmeade, pues a partir de tercero, ellos también tenían permiso para visitar el pueblo. Cada vez se centraban más en el grupo de amigos y en las distintas bromas y anécdotas que habían plagado los últimos dos años. Lily rió abiertamente con una foto que les habían sacado a Remus y Sam cuando ambos, por culpa de una broma de Sirius, habían pasado un día entero pegados mejilla contra mejilla como siameses. Los dos tenían caras de muy mal humor mientras protestaban hacia la cámara. También había una foto de la venganza que emprendieron ellos después contra Sirius, en la que el moreno aparecía tirado de cualquier manera en su cama, pálido y ojeroso, con un aspecto deplorable después de varios días de cólicos. Aunque la que se llevaba la palma era la foto de un muchacho de 11 años con expresión arrogante y prepotente que miraba a la cámara con sus ojos azules entornados en gesto de superioridad… aparentemente ajeno al hecho de que tenía su precioso y cuidado pelo de punta, de un tono fucsia muy chillón.
Era Regulus Black. Y ése era el regalo de bienvenida que su primo, Sirius, le había hecho cuando llegó a Hogwarts, el año que ellos cursaron tercero, después de ser seleccionado para Slytherin. Desde luego, Sirius había decidido emplear armamento pesado para la ocasión: ni la señora Pomfrey, ni ningún profesor del colegio, había conseguido hacer desaparecer el hechizo, y Regulus se había paseado con esa pinta por el colegio durante tres meses hasta que el efecto se pasó solo. Al menos, el niño se lo había tomado con mucha más entereza de la esperada. En ningún momento abandonó su expresión de exasperante arrogancia, aunque el efecto quedara más bien minado por el hecho de llevar el pelo fucsia. Y, aún así, a pesar del hechizo, Lily no pudo evitar sorprenderse una vez más ante el terrible parecido que aquel niño guardaba con su amigo. Más que primos, parecían hermanos. Regulus era la viva imagen de Sirius. Y todavía no se acostumbraba a cruzarse por los pasillos con la versión en pequeño de Sirius Black, vestido con los colores de Slytherin. Era bastante espeluznante.
Siguió pasando hojas perezosamente, reviviendo escenas y sucesos mientras su sonrisa se hacía más y más nostálgica. Hasta que llegó a la última de su álbum, una foto que Belle le había enviado un par de semanas atrás, con su última carta. En ella aparecía la morena, posando sentada en el salón de su casa, y Lily se dio cuenta de repente de lo mucho que había crecido Belle en los últimos años. Seguía teniendo el pelo rizado en extremo y la cara redondeada, con las mejillas llenas, la sonrisa ancha y ojos grandes y vivaces que acentuaban aún más sus rasgos mediterráneos. Pero ya no le quedaba nada de niña. Estaba delgada, pero, a pesar de ser bastante alta, su figura no resultaba tan lánguida como la de la propia Sam, ni tan escuálida como la de ella. Tenía unas curvas más que envidiables. O, al menos, eso opinaban bastantes miembros del cuerpo estudiantil masculino de Hogwarts, pensó la pelirroja con una sonrisilla algo amarga.
Belle aparecía en aquella foto abrazando a dos niñas que rondaban ya los dos años, sentadas en su regazo, y que saludaban también a la cámara, con sus rostros redonditos surcados por sendas sonrisas. Melpómene Figg, la madre de Belle, había resultado tener gemelas, y ahí estaban ambas: Deborah, con la piel morena, los ojos color miel de su madre y el pelo castaño cobrizo que alguna vez había visto en las fotos de Icarus Figg, y Libitina, idéntica a su hermana pero completamente albina, con la piel blanca como el marfil, el pelo platino y los ojos de color azul cristalino. Las dos estaban tan mayores ya que Lily era incapaz de creer que el tiempo hubiese pasado tan deprisa…
En la habitación de Petunia, "Let it be" se interrumpió tan repentinamente, que Lily pegó un brinco en su cama, y por unos segundos tuvo la sensación de haberse quedado sorda, por lo espeso que le resultó el repentino silencio. Sin embargo, enseguida captó la causa de que su hermana mayor hubiese quitado la música: el teléfono estaba sonando. Y, una milésima de segundo después, la oyó salir corriendo de su habitación y bajar las escaleras a saltos.
-¡Yo lo cojo¡Es para mí¡Espero una llamada de Vernon! –gritaba como loca.
Lily resopló y puso los ojos en blanco. A veces se preguntaba si su hermana no tendría también poderes mágicos… ¿Cómo era posible que hubiese oído el teléfono con la música a tope y la puerta cerrada? Parecía poseer una especie de radar que le permitía enterarse de todo, era la chica más entrometida del mundo…
Volvió a mirar la foto de Belle con sus hermanas pequeñas, y de repente se sintió totalmente abandonada y desinflada. De verdad, cada vez detestaba más estar en el mundo muggle. Le hubiese gustado poder llevarse bien con Petunia y compartir cosas con ella, que para algo era su hermana. Así quizá no se sentiría tan sola durante los meses de verano. Pero ella la odiaba abiertamente, y sus padres, aunque la querían mucho, parecían vivir en un mundo que estaba a años luz de ella. Una vez más, la invadió la sensación de que cada vez encajaba menos allí. Y, mientras se levantaba y colocaba el álbum en su sitio otra vez, no pudo evitar preguntarse si algún día las cosas podrían cambiar a mejor en su familia…
-¡ANORMAL! –el grito de Petunia la sacó de sus pensamientos-. ¿Es que estás sorda, imbécil¡Te estoy llamando!
No… posiblemente no cambiarían nunca. Lily apretó los puños, furiosa, y se dirigió hacia la puerta de muy mal humor.
-Dios, pero qué ganas tengo de darle a ésta la Poción Multijugos… -masculló en su camino hacia la salida, y, una vez allí, se asomó al descansillo y gritó-¿Qué te pasa, idiota?
-¡Te llaman por teléfono! –contestó Petunia con voz resentida-. ¡Uno de tus estúpidos amiguitos!
Lily estuvo a punto de caerse y abrió los ojos al doble.
-¿QUÉ? –chilló. Aquello era imposible, los magos nunca llamaban por teléfono, se comunicaban vía lechuza… ¿Es que su hermana se había enterado de que ese año no había recibido felicitaciones por parte de sus amigos y pretendía gastarle una broma cruel?
-¿Eres tan estúpida que te lo tengo que repetir? –rugió furiosa la susodicha. Al parecer hablaba en serio-. Es un tal Potter, o algo así…
Vale, no podía ser una broma. Petunia no conocía los apellidos de sus amigos del colegio. Así que, saliendo como un rayo de su habitación, Lily bajó las escaleras tan rápido que bien podría haberse estampado en el suelo y romperse la crisma. Cuando llegó hasta su hermana, le arrancó el auricular de las manos, empujándola. Petunia pareció molestarse aún más y se marchó como un huracán, furiosa.
-¿James? –preguntó ansiosa, con una enorme sonrisa en la cara.
-¿LILY? –chilló al otro lado la voz de James-. ¿LIL, ESTÁS AHÍ¿ME OYES?
La pelirroja pegó un brinco y se apartó el auricular de la oreja velozmente, temiendo por su salud auditiva.
-¡JAMES, TE OIGO PERFECTAMENTE, NO HACE FALTA QUE GRITES¿DE ACUERDO? –chilló ella en respuesta, conteniendo la risa.
-Oh –James adquirió su tono normal-. Je, perdona, un fallo técnico…
-Ya veo, ya –sonrió ella-. ¿Esto es lo que aprendes en Estudios Muggles?
-Eh, la culpa no es mía, en Estudios Muggles sólo nos enseñan la teoría, alégrate de que haya conseguido marcar, nadie me ha enseñado en la práctica cómo se usa un felétono…
Lily no se molestó en corregirle.
-Vas a sacar una T como una casa en tu TIMO –rió, socarrona.
-Y tú vas a sacar una T en Transformaciones, así que más te vale guardarle un respeto a tu profesor, pequeña impertinente.
Sin reprimirse más, la muchacha soltó una abierta carcajada.
-Qué imbécil eres –exclamó entusiasmada, con los ojos empañados-. ¿Cómo se te ha ocurrido llamarme?
-Bueno, lo primero de todo¡FELIZ CUMPLEAÑOS!
-¡Ya era hora! –murmuró, haciéndose la ofendida, aunque su sonrisa se enterneció y amplió aún más-. Empezaba a preguntarme dónde andarían las felicitaciones de mis supuestos mejores amigos…
-Perdóneme la vida, señorita Evans. Qué golpe más bajo, se me quitan las ganas de darte la sorpresa, si no fuera porque en estos momentos me encuentro en una situación un poco… humillante… y me he visto obligado a recurrir a ti…
-Oh, oh, el gran James Potter pidiéndome ayuda –aunque sabía que él no la veía, Lily agitó su mano libre, brincando como si se muriese de ansiedad-. ¡Y además está en una situación humillante! Vale, James, es el mejor regalo de cumpleaños que me has hecho hasta ahora, te perdono por la tardanza.
Hubo unos segundos de elocuente silencio, y después:
-Ojala te atufe el pedo de un troll.
-Tengo entendido que los de ogro son peores –repuso Lily, reprimiendo a duras penas la risa nuevamente.
-Vete a la mierda. ¡Y no me hagas perder más tiempo, que te llamo desde una cabina, por si no lo sabes, y esto cuesta dinero!
-Si serás rata¡eres millonario, James!
-¡Eso no viene a cuento ahora! En fin, volvamos a mi situación humillante y al motivo de mi llamada…
-¿Qué pasa¿Te has quedado encerrado en la cabina en ropa interior, o algo semejante?
-Eso quisieras tú, pervertida –replicó James-. No tiene nada que ver… es que… ¡Bah, maldita sea! No hay remedio, te lo tengo que contar, de todas formas la sorpresa ya se ha ido al carajo…
-¿Sorpresa? –exclamó Lily-. ¿Qué sorpresa?
-Verás… Es que te habíamos preparado una fiesta sorpresa por tu cumpleaños y quedamos en reunirnos los siete en el Callejón Diagon para comer, pasar la tarde juntos y comprar las cosas para el nuevo curso. Por eso ninguno de nosotros te envió carta de felicitación, como ya habrás notado.
-Sí, ya lo noté –Lily esbozó una indulgente sonrisa-. Vuestra táctica de secretismo ha sido tan espectacular que yo ya fui a comprar mis cosas al Callejón Diagon hace tres días, viendo que ninguno de vosotros daba señales de vida.
Se produjo otro momento de silencio.
-Tú eres un poco perra¿no? –dejó escapar James en broma-. Ya nos podías haber esperado, maja…
-¿Cómo quieres que sepa que…?
-Bueno, da igual. Aún nos queda la comida grupal. Todavía no has comido¿no?
-No –admitió Lily, y se estiró para ver el reloj de pared que estaba colgado en el salón-. Pero me pillas por muy poco.
-Entonces no perdamos más tiempo. ¿Puedes venir a recogerme?
-¿Qué? –replicó la chica, apartando la mirada del reloj con rapidez-. Oye, oye… ¿Ésa es tu idea de una fiesta sorpresa?
-¡La culpa no ha sido mía! –se defendió Potter-. Supuestamente había quedado en venir a por ti con Sirius, pero el muy lerdo no se ha presentado y de repente me he encontrado tirado en medio de Little Whinging sin saber a dónde ir. Era Sirius quién tenía ubicada tu casa, yo no sé dónde queda Privet Drive…
-James…
-… llevo dando vueltas por aquí como un imbécil más de dos horas, la gente empieza a mirarme con cara rara…
-¡James!
-… y menos mal que encontré una de estas cabinas de felétono y se me ocurrió traer un poco de dinero muggle, sino seguiría perdido por…
-¡JAMES!
-¿QUÉ? –reaccionó él por fin.
Lily esbozó una amplia sonrisa, y se alegró de que él no pudiera verla en esos momentos.
-Gracias –murmuró-, por lo de la fiesta sorpresa y… ese intento de venir a recogerme.
James tardó un poco en contestar, pero lo hizo con una voz dulce a la que Lily no estaba muy acostumbrada y que consiguió estremecerla.
-Siempre a sus pies, señorita Evans.
Era evidente que sonreía y, como en un acto reflejo, la sonrisa de la chica se amplió también.
-Vale, inútil, dime dónde estás y voy a rescatarte.
-Pues… espera un segundo y te lo digo –se oyó un ruido chirriante, como si abriera la puerta de la cabina-. ¡Eh, señora, por favor¿Puede decirme en qué calle estamos?… Ajá… Sí… ¡Vale, muchas gracias¿Lil? –había vuelto al auricular-. Estoy en la calle Magnolia¿sabes dónde queda?
-Por supuesto –rió la pelirroja-. No te estreses, sólo está a un par de manzanas de aquí.
-Está bien, entonces te espero aquí y… por cierto… ¿qué llevas puesto?
Ella se sonrojó en el acto, muy a su pesar.
-Oye¿qué crees que es esto? –exclamó molesta-. ¿La línea erótica?
-No lo decía por eso, mente retorcida –replicó James-. Te voy a prohibir que vuelvas a juntarte con Sirius, es perjudicial para tu salud… Lo digo por saber si sales ya o te tienes que vestir, porque… -de repente adquirió un tono de voz desesperado-. ¡Por Dios, Lil, ven lo antes posible! Tengo enfrente un grupo de gente sospechosa que lleva un buen rato mirándome muy mal y me están poniendo muy nervioso.
-¿Gente sospechosa? –repitió Lily, asustada, y el titular de El Profeta pasó por su mente con rapidez.
-Sí, un grupo de chicas, son como 10 o así, no deben pasar de los 13… ¡pero me miran con unas caras muy raras¡Me señalan y se sonríen, parecen maniacas¡Te digo yo que no me miran con buenas intenciones¡No me dejes aquí solo!
-¡Eres un payaso! –lo regañó Evans, entre enfadada y aliviada-. ¡Pensé que hablabas en serio!
-¡Estoy hablando en serio! –chilló él medio histérico-. ¿Vas a tardar, sí o no?
Lily se miró a sí misma. Llevaba puesta una camiseta vieja heredada de un primo, que le quedaba mínimo tres tallas grande y que casi podría haber pasado por un vestido de verano de minifalda. También se había puesto unas mallas pirata que usaba desde los 10 años, y llevaba el pelo recogido en una despeinada coleta. Ése no era precisamente su ideal de atuendo apropiado para salir por la calle, pero en fin… sólo eran dos manzanas, y a esas horas no debía haber mucha gente por la calle…
-Pse… Vale, estoy medio aceptable, ahora mismo salgo para allá. Pero te advierto que no podrás presumir de acompañante.
-¿Te crees que eso me importa? Me conformo con que llegues. Lil, en serio, no tardes¿vale? Sino, cuando llegues sólo encontrarás mis restos…
-Habrá que verlo –rió ella, sarcástica.
-No tiene NADA de gracia…
-Está bien, está bien… no te alteres, cariño, ya estoy saliendo.
-Gracias, mi amor, eres la mejor.
-Imbécil –masculló Lily.
-Imbécil tú –rió James, y colgó antes de que pudiera replicar.
Lily también colgó, sonriendo, y no pudo evitar un grito de alegría, alzando el puño al techo. La idea de que sus amigos hubiesen ido hasta Londres para estar con ella le llenó el corazón. Eran estupendos…
-¡Mamá, me voy, ahora vuelvo! –gritó, mientras trotaba hasta la puerta.
-¿Qué? –la señora Evans salió rápidamente de la cocina, con las manos manchadas de harina, el delantal puesto y varios mechones de cabello rubio escapándosele del moño-. ¿Cómo que te vas¿A dónde?
-Es que me ha llamado James –Lily se detuvo antes de abrir la puerta y se volvió hacia su madre-, ya sabes, mi amigo James Potter… Y dijo que los chicos me han preparado una fiesta sorpresa en el Callejón Diagon por ser mi cumpleaños, para comer allí todos juntos.
-Pero Lily… -murmuró la mujer, algo decepcionada-, te estaba preparando el pastel, querida, y la comida de cumpleaños…
-Oh, mamá, por favor –rogó la pelirroja, acercándose a ella con aire suplicante-, hace mucho que no los veo, son mis mejores amigos, nosotros podemos celebrar esta noche, cuando vuelva papá, yo vendré antes de la cena… Me dejarás ir¿verdad¡Por favor!
Le dedicó a la señora Evans una sonrisa angelical, y ésta cedió bajo el poder de convencimiento de su hija.
-Está bien –sonrió con un suspiro-. Pero ¿vas a ir así? Y necesitarás dinero para…
-No te preocupes, mamá –atajó Lily-. Sólo voy a recoger a James, hemos quedado en la calle Magnolia, luego volvemos.
-Ahh, estupendo –la señora Evans puso cara de felicidad-. Trae a tu amigo James, quiero conocerlo. Después de todo lo que nos has contado de él…
-Mamá, no hables así –renegó Lily, volviendo hacia la puerta-. No te he hablado sólo de James, te he hablado de todos en general…
-En realidad, últimamente hablas más de James que de todos en general –entonó la mujer, haciéndose la desentendida.
Lily la miró velozmente, con los ojos muy abiertos, alarmada. Pero, al ver que su madre se echaba a reír, se sonrojó al sentirse estúpidamente obvia y descubierta.
-Muy graciosa –gruñó sarcástica, abriendo ya para salir.
Pero la voz de su hermana, que bajaba por las escaleras, la interrumpió.
-¿Ya terminaste de hablar, anormal? –masculló-. Como vuelva a llamar el estúpido de tu novio, le colgaré en la cara. ¡Es un maleducado!
La pelirroja se puso rígida, irguiéndose y enfriando la mirada.
-James Potter no es mi novio –dejó escapar entre dientes-. Pero tampoco es un maleducado. Tu "querido" Vernon sí que no tiene modales. Y, como vuelva a hablarme con la misma grosería que lo hizo la última vez que estuvo en casa, seré yo la que tendrá que colgarle algo a él en la cara.
Ambas intercambiaron miradas de odio. La señora Evans, aún en la puerta de la cocina, las miró con expresión tensa, aunque no intervino.
-¡No te voy a consentir que amenaces a mi novio! –chilló Petunia, indignada-. ¡Ni que le faltes al respeto¡Vernon Dursley es un gran hombre!
-Sí, MUY grande –añadió Lily, desafiante, con tono mordaz-. Tan grande que ocupa por dos. ¡Aunque dudo mucho que le llegue a la suela de los zapatos a James Potter!
Y, antes de que Petunia pudiera asesinarla, salió rápidamente y cerró de un portazo, echando a correr hacia la calle Magnolia.
El trayecto desde su casa hasta el lugar indicado, si se hacía a buen paso, no era muy superior a 5 minutos. Sin embargo, en cuanto Lily dobló la esquina de Privet Drive y perdió de vista su casa, detuvo su carrera y empezó a andar lentamente, cabizbaja, y esos supuestos 5 minutos se convirtieron en más de 10.
Estaba acostumbrada a discutir con Petunia, porque nunca se habían llevado muy bien, así que los desplantes de la hija mayor de los Evans no la afectaban demasiado. Desde que eran pequeñas, Petunia siempre la había mirado con recelo por encima del hombro, como si pudiera ver algo horrible y latente dentro de ella. Consideraba que sus ojos de color verde brillante y su cabello de furioso color rojo desentonaban de una manera ofensiva dentro de una familia en la que predominaba el discreto pelo rubio y los suaves ojos claros. A veces incluso comentaba en voz alta y bien audible que no le entraba en la cabeza cómo había podido tener una hermana con semejantes atributos, cuando ella y sus padres eran altos y de pelo trigueño. Y ese aire de rechazo por parte de Petunia se había multiplicado por mil cuando, para rematar las peculiaridades de Lily, ésta había recibido la carta de Hogwarts informándole de que era una bruja.
Cuando la joven Evans comentaba estas cosas con sus amigas del colegio, ellas solían consolarla diciéndole que, normalmente, cuando los hermanos son sólo dos y además chicas suelen llevarse bastante mal. Iris lo llamaba "la tendencia que tenemos las mujeres a ser muy nuestras". Pero todas coincidían en que, una vez superada la adolescencia, las diferencias terminaban limándose de una u otra forma.
Sin embargo, Lily veía eso cada vez más improbable. Y el colmo de los colmos había sido el hecho de que, en algún momento no muy lejano, mientras Petunia cursaba su último año de instituto, se había echado novio. Y no era un novio cualquiera, sino Vernon Dursley, el muggle de mente más cerrada que Lily había tenido la desgracia de encontrarse en su vida. No estaba segura de si Petunia le había contado que ella era una bruja, pero el caso es que cada vez que coincidían (Petunia lo invitaba a cenar con más frecuencia de la deseable, como si ya estuviesen a un paso del altar) él la miraba con una expresión petulante que le crispaba los nervios, como si considerase inconcebible que ambos pudiesen respirar el mismo aire.
Y eso la hacía sentirse muy desgraciada… porque Petunia tenía a Vernon en un pedestal, y Lily estaba segura de que, si tenía que elegir entre él y su hermana pequeña, lo elegiría a él sin pensárselo siquiera. Una cosa era tener que lidiar con las miraditas de reproche encubiertas, como si Lily hubiese tenido la culpa de nacer bruja, y otra cosa muy distinta era encarar la certeza de que tu hermana mayor te odia y te considera realmente una aberración de la naturaleza. Eso era lo que iba a conseguir antes o después la maravillosa influencia de Vernon Dursley: radicalizar aún más el carácter de Petunia.
Era un panorama muy deprimente, del que ya estaba empezando a sufrir los primeros resultados. Aquel verano, Petunia estaba francamente insoportable. No hacía más que lanzar insidiosos comentarios sobre la comunidad mágica en general, repitiéndole a Lily que más le valía alejarse de ese ambiente aberrante una vez terminara el colegio y volver a ser una persona normal. El aire en la casa era tan agrio que la pelirroja nunca había tenido tantas ganas de que empezara de una vez el nuevo curso. Y quizá la que peor lo pasara fuese su madre, que convivía con ellas todo el día y tenía miedo de ponerse de parte de alguna de las dos, por lo que ese gesto pudiese herir a la otra. Emily Evans nunca había sido una mujer de fuerte carácter…
Con un resoplido, Lily arrugó la frente y se llevó las manos a la cabeza para deshacerse la coleta desgreñada y recogerse el pelo de una forma un poco más decente. Quizá no debería haberse metido con Vernon de esa forma en ese preciso momento, pero ya estaba muy quemada con el tema. Petunia llevaba tres semanas poniendo a parir a sus amigos cada vez que, casualmente, entraba en la cocina o en el comedor mientras Lily le contaba animadamente a su madre cualquier anécdota del pasado curso. Esos últimos días, por razones desconocidas, le había cogido especial inquina a James y no hacía más que criticarlo, cosa que sulfuraba en extremo a Lily con una indignación muy sospechosa y que siempre terminaba provocando una batalla campal en la casa de los Evans.
De repente, como si cayera de bruces en la realidad, Lily agrandó los ojos, y sintió que el alma se le caía a los pies, recordando lo que acababa de decirle su madre…
"Últimamente hablas más de James que de todos en general…".
¿Era eso¿Petunia estaba cabreada porque se había pensado que James y ella en realidad eran…? "Menuda estupidez –se apresuró a barbotar mentalmente, aunque el estúpido calor que le invadió la cara fue inevitable-. Petunia cada día es más idiota. James y yo sólo somos amigos, es normal que lo defienda cuando la gente lo critica, eso no significa necesariamente que…". Pero sus propios pensamientos fueron interrumpidos por una asquerosa vocecilla que, desde el fondo de su mente, se reía de ella con toda la burla posible. "¡Es la verdad! –se repitió a así misma, como si su cerebro se rebelara contra ella-. ¡Sólo somos amigos!". Y, sin embargo, el sonrojo se hizo más fuerte y una desazón terrible empezó a llenarle la boca…
Quizá sí hubiese hablado más de James que de los otros últimamente. Si lo pensaba fríamente, no tenía más remedio que admitir que, desde que había vuelto a casa tras terminar el curso, sus comentarios sobre el colegio habían estado salpicados con más frecuencia de la recomendable con frases del estilo de: "Buah, y menos mal que James me sacó del lío, porque si no…", "Creo que si no llega a ser por James, habría cateado Transformaciones…", "Me siento culpable por hacerle perder tanto tiempo a James, con lo ocupado que está con el quidditch…", "Bueno, y si vieras cómo nos lo pasamos James y yo en Adivinación…". Llamándose imbécil con frustración, Lily se estampó una mano en la cara, abochornada. Desde luego, se había ganado las miraditas pícaras de su madre. Y con razón Petunia estaba de un humor de perros: si estaba tratando de convencerla para que volviera al mundo de las personas normales, no era probable que le hiciera mucha gracia el hecho de que su hermana pequeña se hubiese echado un novio mago y pretendiera hacer vida en aquel universo de anormales.
Pero no había podido evitar esos comentarios. Desde que lo había conocido, su relación con James había evolucionado muchísimo, y sobre todo en el curso anterior, en el que habían pasado mucho tiempo juntos, en gran parte gracias a las clases particulares de Transformaciones que él le daba a la pelirroja. Pero también habían tenido que trabajar juntos en un par de proyectos para el profesor Fletcher; Fiona Crockford, que todos los años organizaba a su clase por parejas al azar para que entrenaran en el club del duelo, los había puesto juntos; y en Adivinación ocurrió algo similar cuando, al perderse Remus un par de clases, cambiaron las parejas típicas y Sirius decidió ponerse con Peter mientras James y ella se ponían juntos a su vez. Era como si todos los astros se hubiesen conjugado para mantenerlos pegados de una u otra forma, así que en realidad ella no tenía la culpa de que James apareciera tanto en sus conversaciones, era casi con el que más relación había tenido a lo largo del año…
Sin embargo, mientras todos esos razonamientos desfilaban por su mente, como si de una corriente de aire frío se tratara, todo el entusiasmo que le había provocado el asunto de la fiesta sorpresa se congeló y Lily sintió un vacío muy desagradable en el estómago. Tampoco podía negar que su subconsciente vagaba demasiado hacia la imagen de James Potter, y eso sólo podía significar que se estaba originando un cambio peligroso. Y la idea de enamorarse de él no le gustaba en absoluto. No porque fuera James, sino porque no quería implicarse de esa forma con nadie del grupo, ni con él, ni con Sirius, Remus o Peter. Los siete eran amigos, y prefería que las cosas siguieran siendo así, porque si…
"Si me enamoro de James, voy a pasarlo muy mal", se dijo con rotundidad, y esa desazón horrible se intensificó. James Potter no era un mal tipo. Al contrario, Lily había llegado a cogerle muchísimo cariño. Le gustaba su aire despistado y ausente, su sentido del humor, su forma de reír y su honestidad. Le gustaba que fuese directo, que supiera echarle un cable a los que lo necesitaban, y también le gustaba la forma en la que la miraba a ella, o la forma en que le sonreía. Pero, siempre que empezaba a ilusionarse más de la cuenta con esos detalles, incluso cuando lo hacía sin darse cuenta (algo que había ocurrido constantemente, a su pesar, durante el curso anterior) la aplastante idea de que ellos dos no podrían encajar de ninguna forma se imponía a todo lo demás.
¿Por qué no? Pues porque no. James era un mago sangre limpia, era popular, estaba en el equipo de quidditch, tenía muchos amigos y fama por todo el colegio, y un nutrido grupo de chicas andaba detrás de él con la esperanza de pillarlo de alguna forma. Lily, en cambio, era hija de muggles, muy poca cosa, a la que conocían dentro de su círculo y poco más, que nunca había destacado por ser el carisma personificado y que además se había ganado a pulso la fama de borde entre determinadas personas por su dificultad para socializar con la gente. Incluso sin que James se diese aires de grandeza, ella se sentía un gusarapo a su lado. Era como ligar una estrella a un sapo de charca. Y esa sensación se intensificó cuando, al pasar por delante de la casa de la señora Robinson, ésta y su hija mayor, que estaban en el jardín, se la quedaron mirando con la boca ligeramente abierta por las pintas que llevaba.
Lily sonrió con amargura, dedicándoles un vago gesto de saludo, y apretó el paso para desaparecer de allí. Quizá la culpa fuese suya y de verdad tuviera un serio problema de autoestima, pero no lo podía evitar. Estaba demasiado acostumbrada a ser siempre el bicho raro, en la escuela primaria, en su casa, en su familia… Le había costado encajar en todas partes. Y aún ahora, después de 4 años en el mundo mágico, seguía con la sensación de estar en la frontera, sin pertenecer a ningún sitio por completo.
Aún iba pensando en ello cuando llegó por fin a la calle Magnolia y divisó a James sentado en la acera, hecho un ovillo, justo al lado de la cabina telefónica. Iba vestido de muggle, por supuesto, con unos vaqueros que tenían pinta de quedarle algo grandes y una sencilla camiseta blanca de manga corta. Debía haberse presentado más abrigado, porque se había atado a la cintura una camisa a cuadros, pero en esos instantes tenía pinta de estar sufriendo los estragos del calor que azotaba Little Whigning, porque permanecía totalmente aplastado y hundido de hombros, con la cara vuelta hacia el piso. El espeso pelo negro estaba todavía más revuelto de lo habitual.
-¡James! –llamó, y echó a correr para acercarse.
Él levantó la mirada, sonrió y se puso inmediatamente en pie.
-¡Lil¡Ya era hora, guapa…!
Ocurrió en un segundo escaso, pero Lily no lo pudo evitar. Llevaba más de un mes sin ver a sus amigos, esas vacaciones estaban siendo horribles de verdad, y lo primero que hizo James nada más verla no fue mirarla de arriba abajo con gesto crítico por el atuendo que llevaba puesto, ni fijarse en su coleta deshilachada, ni reparar en que Lily ese día probablemente ni se había lavado la cara. Sólo la miró a los ojos con genuina alegría. Y, antes de querer darse cuenta, la garganta de la pelirroja se cerró con un fuerte nudo, se olvidó de los funestos pensamientos que traía por el camino y, sin pensarlo dos veces, aceleró la carrera y se tiró a él, echándole los brazos al cuello en un abrazo tan efusivo que Potter se tambaleó, estupefacto.
-Me alegro de verte, James –murmuró ella, y hundió la cara en su hombro, apretando tanto los labios que éstos quedaron convertidos en una línea finísima.
-Sí… yo también me alegro de verte, Lil –añadió él al recuperarse de la impresión, permitiéndose una sonrisa y devolviéndole el abrazo-. Caramba… ahora me alegro de que no haya venido Sirius, si estás lo suficientemente desesperada como para tirarte a mis brazos, prefiero ser el único beneficiario de la situación.
Lily se atragantó y se echó a reír, pero mantuvo el abrazo unos instantes más, porque no quería que él notase que se le habían llenado los ojos de lágrimas. Estúpidos cambios de ánimo, estaba de ellos hasta el gorro. Primero triste, luego alegre, luego deprimida y ahora… indeterminada.
-Eres un cretino –masculló, sorbiendo discretamente por la nariz, y por fin se separó de él, pasándose con rapidez una mano por los ojos-. Es sólo que… no está siendo un muy buen verano. Perdona el dramatismo.
James se la quedó mirando en silencio un momento, con la cabeza ladeada. No era tan alto como Sirius, pero a Lily le sacaba al menos un palmo de estatura. Así que, aprovechando esa diferencia, se acercó a ella, que aún se frotaba un ojo, y, colocándole una mano en la nuca, la atrajo un poco para plantarle un amistoso beso entre el pelo rojo, dándole después unas palmaditas en el hombro. Lily hizo un ruido extraño con la garganta, que podría haberse interpretado de mil formas diferentes, y se apresuró a recuperar la compostura, carraspeando.
-Bueno… y-ya veo que nadie te ha atacado –comentó, y, haciendo un esfuerzo, le dedicó una sonrisa a su amigo.
-¡Ja! No cantes victoria, aún están acechando –repuso él, señalando con el pulgar hacia algún punto que había a su espalda, con el mayor disimulo posible.
Lily se asomó por detrás de James y se quedó con la boca abierta.
-¿Pero qué…?
Al otro lado de la calle, un grupo de al menos seis o siete chicas estaban reunidas en corro y cuchicheaban sin parar mientras los miraban de reojo, riendo en voz baja tontamente. Y Lily se volvió a sulfurar a una velocidad alarmante, endureciendo al máximo su expresión al reconocer entre aquellas tipas a determinadas chicas del barrio que le caían bastante gordas.
-Muy bien, esto es el colmo del pavo…
-¿Y si huimos? –sugirió James con aprensión-. ¿Crees que nos seguirán?
Lily lo miró alzando las cejas. Por más que lo intentara, nunca terminaría de entender la relación de James con las chicas. El curso pasado había tenido un par de "novias", aunque ninguna de ellas le había durado más de dos semanas, y la experiencia parecía haberle quitado las ganas de repetir. Seguía luciendo su desbordante carisma allá a dónde fuese sin ningún reparo, encandilando a todo tipo de alumnas, pero las esquivaba a todas como si temiera que le contagiaran algo. Era el polo opuesto a Sirius, que también había empezado a salir con chicas el curso anterior y parecía haberle cogido un buen tranquillo, porque antes de las vacaciones ya iba por la sexta…
-¿Tienes miedo de un grupo de preadolescentes, James?
-¡Yo no tengo miedo! Es sólo que este tipo de cosas me dan muy mal rollo, no me gusta que me acosen…
-Ya lo estoy viendo… Si quieres probamos un experimento.
-¿Experimento? –el que enarcó las cejas esta vez fue James, mirándola con curiosidad-. ¿Qué tipo de…?
Antes de que le diera tiempo a terminar la frase, Lily alzó una mano, lo sujetó por la nuca y tiró de él hacia abajo, poniéndose de puntillas para pegar su rostro al suyo y plantarle un beso en la mejilla, muy cerca de la boca. El muchacho se tensó en el acto, totalmente impactado, pero su amiga le masculló entre dientes, en voz baja:
-Aguanta el tipo.
Aquella situación se alargó durante unos segundos que se hicieron eternos. Desde la acera de enfrente, lugar que ocupaba el grupito de mironas, debía parecer enteramente que la pareja estaba dándose el lote bien a gusto en mitad de la calle. Incluso se permitieron, pasada la rigidez inicial, meterse un poco más en el papel, y James terminó colocando las manos en la cintura de Lily mientras ella le acariciaba el pelo en apariencia totalmente extasiada. Cuando finalmente se separaron, la pelirroja lanzó un teatral y bien audible suspiro de satisfacción, poniendo cara de embeleso, y exclamó sin reparos:
-¡Waa, cariño, qué bien que llegas por fin, te he echado tanto de menos en este aburrido pueblo…!
Dicho esto, miró con disimulo y los ojos entornados por encima del hombro de James, para ver cómo las muchachas se marchaban mascullando y fulminándola con ojos asesinos. Apretó los labios para reprimir la carcajada.
-Se dispersan –musitó, divertidísima-. ¡Ja! Que te jodan, Melinda Polkiss…
-¡Lily! –replicó James, haciéndose el escandalizado-. ¡Aquí, en medio de la calle¿Dónde está tu recato, querida?
-En la punta del pie.
Y volvió a hundirse rápidamente en el hombro de su compañero, mordiéndose el labio para ahogar lo máximo posible la risa que se le escapaba ya. James también se echó a reír, aunque intentó disimularlo con tanto fervor que terminó provocándole hipo.
-Anda, vámonos de aquí –concluyó Evans, con ojos lagrimosos, y se separó de su amigo-. Y ya puedes soltarme, guapo.
-¿No sería más seguro seguir fingiendo un poco más? –sonrió descaradamente James, entornando los ojos con un aire sugerente más propio de Sirius que de él.
-Me parece que no, aprovechado –Lily le devolvió la broma, aunque por un momento fugaz se le había encogido el estómago-. ¿Dónde está tu recato?
-Haciéndole compañía al tuyo, me temo.
Riéndose por lo bajo todavía, ambos reemprendieron la marcha juntos. Y, sin estar muy seguros de cómo, Potter terminó pasándole un brazo por los hombros a su compañera, manteniéndola cerca de él como quién no quiere la cosa.
-Mañana a estas horas todo el barrio sabrá que Lily Evans tiene novio –resopló la pelirroja, aunque seguía sonriendo-. Ahora va a ser más difícil convencer a mi madre de que no hay nada entre nosotros… Menos mal que sólo paso aquí dos meses al año.
-Mmm, estaba pensando en si podríamos probar este experimento en Hogwarts también, a ver si dejan de darme la lata…
-¡Ni lo sueñes! Paso de tener que aguantar a las fanáticas intentando maldecirme.
-Vale, vale –rió James, despreocupado.
Aunque, cuando Lily se quedó mirándolo, notó algo diferente en él. Sonreía de forma ambigua y se rascaba disimuladamente una sien, colocándose las gafas como si pretendiera ocultar su expresión.
-Te has sonrojado –soltó, incrédula, y lanzó una carcajada.
-¡Claro que no! –replicó inmediatamente James, a la defensiva, y su leve sonrojo anterior se hizo más evidente-. ¡Tú sí que te has sonrojado!
-¡Mentira! –exclamó Lily, interrumpiendo su risa abruptamente y llevándose una alarmada mano a la caliente mejilla.
Ambos se miraron a los ojos fijamente durante dos segundos de silencio.
-Es que hoy el sol pega duro –se justificaron a la vez.
Y rompieron a reír de nuevo.
-Jo, te he echado de menos, James –comentó Lily con sinceridad, secándose los ojos otra vez-. Bueno, a ti y a los demás. Casi no me he reído desde que he vuelto a casa. Gracias por la sorpresa de hoy, en serio, me ha hecho mucha ilusión, lo necesitaba. Estas vacaciones están siendo un asco, no hay quién aguante a mi hermana.
-Sí, ya me ha parecido que no estaba de muy buen humor cuando me ha cogido del felétono…
La expresión de Lily se tornó horrorizada en un dos por tres.
-¡Oh, no! –exclamó-. ¡Es cierto, fue ella quién cogió el teléfono! Perdóname. ¿Te soltó alguna grosería? No le hagas ni caso, es una imbécil, no puede ver a los magos ni en pintura y estas últimas semanas se ha puesto especialmente desagradable conmigo y todo lo relacionado conmigo…
James frunció ligeramente el ceño, mirándola más seriamente.
-Si estabas pasándolo mal¿por qué no nos avisaste? Podríamos haber quedado alguna otra vez antes para salir juntos por ahí, o…
-Bueno, yo… -Evans titubeó, rascándose una mejilla-. Tampoco quería estar todo el tiempo quejándome, y… suponía que vosotros tendríais otras cosas que hacer, o…
-Créeme, Lil, yo al menos no tenía otra cosa más interesante que hacer. Y cualquier excusa es buena para salir de mi casa un rato y distraerme, en vez de estar todo el día allí solo esperando a ver si mi padre vuelve… o no.
Su amiga notó en el acto que el tono de Potter adquiría un deje tenso y consternado que muy pocas veces le había oído, y, cuando los ojos castaños del muchacho se perdieron por ahí con inquietud, ella misma se sintió amenazada e inquieta, como si las risas de hacía apenas un minuto se hubiesen esfumado con el viento.
-¿Ha pasado algo grave? –murmuró, frunciendo el ceño y mirándolo fijamente-. ¿Cómo lo está llevando tu padre?
-Más o menos…
-Cuéntame. Los titulares de El Profeta no son precisamente alentadores últimamente, cada vez que veo algo sobre un atentado tengo miedo de que les haya pasado algo a tu padre, o al padre de Sirius.
James suspiró, y miró hacia el cielo con los ojos entornados, como si pretendiera comprobar que el sol seguía estando allí.
-Las cosas están muy mal –comenzó con aire serio, moviendo apenas los labios al hablar-. Vamos de mal en peor, ya es prácticamente imposible controlarlos… ¿Puedes hacerte una idea de la gente que ha desaparecido en los últimos meses? Unos aparecen muertos días después, con marcas de tortura, otros ni siquiera aparecen… Aunque se supone que no debería chafarte el día de tu cumpleaños hablándote de esos condenados mortífagos.
Suspiró de nuevo, con aire deprimido, y Lily arrugó la frente, consternada. Era de esperar que James estuviese hasta las narices de aquel asunto, siendo John Potter el director del Departamento de Seguridad Mágica, ya que estaría tragándose todas las novedades de lleno. Sin embargo, ella no se pudo contener. Desde 1970, lord Voldemort se había dedicado a sembrar el caos y la destrucción tanto en la comunidad mágica como en la muggle, predicando a favor de la pureza de sangre. Los asesinatos y desapariciones iban en aumento cada día, las traiciones se daban cada vez más y ya nadie se sentía seguro en lo que todos consideraban el inicio de una verdadera era de terror. Lord Voldemort, y todo lo que ese nombre representaba, causaba pánico entre los magos y brujas, y la comunidad mágica al completo empezaba a considerarlo el brujo más despiadado de toda la historia. Por supuesto, Lily no tenía ninguna intención de desentenderse de algo así sólo porque ese día fuese su cumpleaños.
-No vas a arruinarme el día –replicó con determinación-. Lo que ocurre en el mundo mágico también me atañe a mí, James, tengo tanto derecho a saberlo como cualquier sangre limpia, así que ya me estás contando cómo han ido las cosas en los últimos meses.
Él se permitió una triste sonrisa.
-Eres un caso perdido, Lil –suspiró-. ¿Sabes? Creo sinceramente que lo único que pretende Voldemort es volvernos locos –se inclinó un poco hacia ella, bajando la voz-. Veinticinco redadas en los últimos dos meses¿te imaginas cuántos de los nuestros han muerto? A veces llegan soplos… gente que avisa de dónde y cuándo se celebrarán las reuniones de los mortífagos, o los lugares que piensan atacar… Unas veces, el soplo es verdadero, otras nos tienden emboscadas. ¿Has oído lo del atentado en Brighton?
-Sí –confirmó Lily-. ¿Lo de ese centro comercial que explotó? En las noticias muggles dijeron que fue un coche bomba de unos terroristas.
-Bueno, terroristas fueron, pero no con un coche bomba –puntualizó James-. Parece ser que a nuestros queridos maniacos les gusta ensañarse con los muggles. Mi padre me dijo que el atentado en Brighton fue casi peor que el desastre de Covent Garden en Londres en el 70. Estuvo varios días sin poder venir a casa, murió muchísima gente. En el Ministerio están como locos…
Lily tragó saliva, notando que se le resecaba la garganta, y preguntó con voz vacilante:
-Y… ¿lo de anoche¿Qué ocurrió?
James la miró sorprendido.
-¿También te has enterado de eso?
-Ha salido en El Profeta de hoy.
-Ya veo… Bueno, pues lo de anoche fue la locura padre, querida –James se llevó la mano libre a la cabeza, revolviéndose el pelo con nerviosismo-. Mi padre tuvo que salir en mitad de la noche. La verdad es que todo el verano ha sido terrible. Él dice que tienen las alertas al máximo, porque en estas fechas hay muchos festivales muggles en Londres que congregan a mucha gente en las calles, y es una situación perfecta para que los mortífagos ataquen. Llevan semanas preparándose para vigilar los carnavales de Notthing Hill a finales de este mes. Pero debió haber un chivatazo o algo, porque anoche atacaron precisamente la zona en la que nuestros aurores se estaban desplegando y nos han machacado. Todas las bajas han sido miembros del Ministerio. Apenas he podido pegar ojo en toda la noche.
-Pero… -Lily se había quedado sin voz-. Pero… tu padre no…
-No, no, mi padre está bien –se apresuró a aclarar James-. Salió hacia allí de madrugada, cuando lo avisaron, y estuvo implicado en la refriega, pero salió más o menos ileso. Hacia las 4 de la madrugada o así hablé con él, y me dijo que habían conseguido sofocar el ataque y no había bajas muggles. Estaban asegurando la zona para abrirle el paso a los desmemorizadores de la Oficina de Desinformación.
Algo frío y viscoso se instaló como una losa en el estómago de la pelirroja.
-Entonces, el padre de Sirius…
La frase quedó en el aire, pero James pareció entender lo que Lily pensaba sin que ésta terminara de expresarlo en voz alta, porque hizo un brusco gesto con la mano.
-Sé lo que quieres decir, pero no te preocupes. También hablé con Sirius anoche para asegurarme de que tío Izzy estaba bien. Cuando contacté con él eran casi las 5 de la mañana, y me dijo que su padre ya estaba en el lugar de los hechos con el resto de desmemorizadores, haciendo su trabajo, y que la zona ya era segura. No he vuelto a hablar con él desde entonces, pero no creo que haya pasado nada.
-Entonces¿por qué no se ha presentado a la cita?
-Supongo que se habrá quedado dormido, ninguno de los dos ha pegado ojo en toda la noche, pero a mí me basta con dormir poco, y a él no –a pesar de sus palabras, sus ojos se oscurecieron un poco, preocupados-. De todas formas, si cuando lleguemos al Callejón Diagon sigue sin dar señales de vida, intentaré hablar con él otra vez para asegurarme…
Lily bajó la vista apenada.
-Bueno… al menos me alegro de que no les haya ocurrido nada a vuestros padres.
-Ya… -James asintió, apesadumbrado-. Pero, en situaciones así, siempre me acuerdo de los que sí se han quedado sin padres después de esto…
Se hizo un breve pero incómodo silencio entre ellos, antes de que la pelirroja añadiera:
-Oye, James… quizá sería mejor dejar esto de la comida en grupo para otro día, si no…
-Ni se te ocurra –atajó él con firmeza, y le dedicó una sonrisa-. Yo no pienso permitir que los mortífagos me marquen la vida, ya pueden cambiar sus uniformes negros por tutús de ballet color rosa, que bien poco me importa. No voy a dejar de hacer lo que me gusta. Y hoy nos vamos todos juntos a comer para celebrar tu cumpleaños. No te preocupes más por esto, intentemos pasarlo lo mejor posible¿de acuerdo? –entonces levantó la vista y miró alrededor-. ¿Esto es Privet Drive?
Lily también alzó la mirada, sonriendo vagamente por las palabras de su amigo, y observó la calle a la que acababan de llegar.
-Sí –gruñó resignada-, esto es Privet Drive… Bienvenido al barrio muggle más muggle del mundo, Jamie Pots –añadió en son de burla.
-No me llames Jamie Pots –protestó Potter.
-Vale, cuando tú dejes de llamarme a mí "leprechaun".
-¡Eh, hace siglos que no te llamo leprechaun!
-Oh, sí, desde la última carta que me mandaste hace dos semanas, que empezaba con "Querido leprechaun".
Ambos se miraron con idénticas muecas de disgusto, entornando los ojos.
-El año que viene voy a regalarte un bote de esencia de bundimun.
-No me des ideas, que ahora tu cumpleaños está antes que el mío –y, esbozando una sonrisa, Lily agarró al chico de la mano y tiró de él con entusiasmo renovado-. Venga, te llevaré a mi casa. Tengo que presentarle a mi madre mi "novio".
Echando a andar tras ella, James también sonrió abiertamente, decidiendo dejar aquella lúgubre conversación atrás. Porque, después de todo, ése era un día para divertirse y pasarlo bien.
-¿Tu madre? Jo, pues yo a la que me muero por conocer es a tu hermana. Tiene aspecto de ser tan simpática y encantadora…
-Tranquilo, que también la verás.
-Oye, Lil, estaba pensando que, si me vas a presentar como tu novio, quizá tengamos que fingir otra vez. Aunque tu madre estará mucho más cerca de nosotros y quizá nos veamos obligados a…
-¡Me parece que no! –Lily lo interrumpió antes de que terminara su razonamiento, porque la sola sugerencia le había sacudido el estómago otra vez-. A ti voy a presentarte como lo que eres realmente.
-¿Tu amor platónico?
-No, el cretino de la clase a quien todo el mundo odia y yo invito a mi casa sólo porque me da pena.
-¡Eh!
Evans, riendo, lo ignoró, llegando ya al jardín delantera de su casa.
-A ver, consejos de última hora. Si mi madre te ofrece tarta de fresas, no la aceptes, siempre le queda un poco amarga –comentaba ella alegremente, mientras lo arrastraba-. Sin embargo, los pastelitos de chocolate le salen muy bien… Ni se te ocurra entrar al salón, o empezará a enseñarte fotos como una loca. Tampoco pases a la cocina, porque te hará probar todo lo que haya cocinado hoy. Si empieza a contarte su vida, limítate a asentir con la cabeza y haz como que la escuchas. Y, cuando aparezca la imbécil de mi hermana…
-Me tiro a ella y le doy un apasionado beso –sugirió James, con aspecto inspirado.
-Mejor no, es muy posible que eso la mate…
-Joer, Lil, no soy tan asqueroso, gracias por tenerme en tal alta estima…
-No lo digo porque seas asqueroso, sino porque Petunia cree que eso de la magia es una enfermedad contagiosa. Si te acercas mucho a ella es probable que le dé un colapso nervioso y caiga fulminada en el acto.
-Qué interesante…
-No te preocupes, dudo que se meta contigo en persona, lo más seguro es que ni se atreva a abrir la boca en tu presencia –replicó Lily despreocupadamente y, volviéndose hacia él, le sacudió un poco los hombros, como si le quitara el polvo, e intentó peinarlo, aunque enseguida desistió-. En fin, perfecto. Ah, sólo una cosa más… No le des coba a mi madre, que te conozco. Habla por los codos, como empiece no parará nunca y jamás llegaremos a Londres.
-Total, vamos a llegar tardísimo de todas formas…
Lily lo miró suspicaz, entornando los ojos en gesto de advertencia, y volviéndose por fin, abrió la puerta y exclamó:
-¡Mamá, ya hemos llegado!
La señora Evans apareció en el recibidor tan rápido que Lily estuvo segura de que los había estado esperando pegada a la puerta de la cocina.
-¡Hola, bienvenidos! –entonó cálidamente, dirigiendo una radiante sonrisa a James.
Venía sujetando un enorme bol con el brazo izquierdo, apoyándoselo en la cadera, y con la mano derecha batía con energía lo que tenían pinta de ser claras de huevo. Debía estar preparando algo de repostería, por la leve mancha de harina que tenía en la mejilla. Lily se dio cuenta y, con un leve carraspeo, se señaló su propio pómulo para indicarle el fallo a su madre. Ella dejó escapar un pequeño "ups", y se pasó con rapidez el dorso de la mano por la cara, aunque sólo empeoró la mancha. Lily puso los ojos en blanco.
-Tú debes de ser James Potter, querido –comentó con entusiasmo, y dejó de batir otra vez para limpiarse la mano en el delantal y tendérsela al amigo de su hija-. Soy Emily Evans. Pero puedes llamarme Emily a secas si quieres. Estaba deseando conocerte, Lily habla muchísimo de ti últimamente…
Lily miró a su madre con el ceño duramente fruncido y James enarcó las cejas.
-¿En serio? –comentó, haciéndose el sorprendido, y le estrechó la mano a la mujer con simpatía y naturalidad-. También es un placer conocerla, Emily. Pensé que era usted Petunia, no parece mucho mayor que Lily…
La pelirroja fulminó a su compañero con una mirada asesina, dibujando con los labios un horrorizado: "no empieces, subnormal". Por suerte, la señora Evans no notó ese detalle, porque se había echado a reír. Sus rasgos eran muy parecidos a los de su hija, aunque tenía el pelo rubio y los ojos azules, y era bastante más alta de lo que posiblemente llegaría a ser Lily cuando tuviera su edad. Sin embargo, cuando James se fijó en su sonrisa, tuvo la viva impresión de estar viendo la sonrisa de su amiga y, sin poder evitarlo, él también sonrió ampliamente.
-Muchas gracias por el piropo, querido, eres un encanto –rió ella, mientras retomaba distraídamente su tarea de batir los huevos-. Y muy guapo también.
-¡Mamá! –protestó Lily, escandalizada.
-Hija, las cosas como son, si el muchacho es guapo, mejor para él…
-No se crea, Emily, me parece que de nuestro grupo yo soy precisamente el menos guapo…
-Basta ya –masculló la pelirroja, apretando los dientes en dirección a Potter-. No es necesario que deleites al auditorio con tu falsa modestia.
-¿Falsa modestia? –sonrió James, haciéndose el desentendido.
-Creo que acabas de admitir que es guapo, mi amor –puntualizó oportunamente la señora Evans.
-¡Pues claro que es guapo, yo nunca he dicho lo contra…!
La voz de Lily murió a mitad de la frase y en el recibidor se hizo un extraño silencio, mientras su madre y su amigo la miraban con las cejas alzadas y expresiones casi idénticas.
-Bah, idos los dos a la mierda –se apresuró a gruñir, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no sonrojarse, aunque ya notaba cierto calorcillo subiéndole por el cuello-. Me voy a recoger las cosas, aquí os quedáis.
-Siempre tan encantadora –musitó James, con una extraña sonrisa que se borró en el acto, cuando Lily le pegó un pisotón-. ¡Eh, leprechaun agresivo!
-¡Lily, no seas así, sólo era una broma! –intervino rápidamente la señora Evans-. Vamos, vamos, cariño… Sube a recoger, mientras bajas yo le enseñaré a James…
-¡¡Ni se te ocurra enseñarle fotos de cuando era un bebé!! –chilló Lily, descompuesta, mirando a su madre con horror.
-… la casa –terminó la mujer, dirigiéndole una mirada de reproche-. Le enseñaré la casa, mi amor, la casa.
Más avergonzada todavía, Lily masculló algo ininteligible, gruñó y sin más se perdió escaleras arriba, subiendo los escalones de dos en dos.
-Aaaay, esta chica… -suspiró la señora Evans, cuando la melena rojo fuego de su hija desapareció tras una puerta-. Es tan difícil… Demasiado dura con los demás y consigo misma.
-Sí… -murmuró James, distraído y con expresión ausente-. Le gusta gastar bromas a los demás, pero no que se las gasten a ella.
Emily rió otra vez suavemente, y James volvió a sonreír, aunque algo más cohibido ahora que se había quedado a solas con ella, sin la presencia de Lily. Intentando mantener un aire educado para conservar la buena impresión que parecía haberle causado a su anfitriona, cruzó los brazos a la espalda, balanceándose un poco sobre las puntas de los pies.
-¿Quieres sentarte, querido? –ofreció enseguida la señora Evans-. ¿Te apetece tomar algo?
Y James, sin saber cómo rechazar la oferta sin parecer grosero, se limitó a asentir con la cabeza y siguió a la mujer de vuelta hacia la cocina. Nada más entrar, miró alrededor con curiosidad, fijándose en cada pequeño detalle y cada aparato muggle con sumo interés, antes de sentarse a la mesa que la madre de Lily tenía llena de los distintos ingredientes que estaba usando.
-Perdona el desorden, estaba preparando el pastel de cumpleaños de Lily, aunque parece que ya no va a ser necesario…
-Le pido disculpas por presentarme así sin avisar –se apresuró a decir James-. En su momento nos pareció una gran idea lo de la fiesta sorpresa, pero quizá deberíamos haber avisado antes para no…
-No te preocupes, no te preocupes –Emily le restó importancia al asunto con un gesto, riendo, y se acercó a la nevera-. ¿Qué quieres para beber? Ah, pero si tenemos sangría… Will debió prepararla anoche, no me había fijado. Pues me voy a servir un vaso yo. ¿Quieres sangría tú también, o prefieres limonada?
-Ehhh… -James, que no había probado en su vida las bebidas muggles, se quedó un poco desorientado con el tema de la "sangría", así que optó por decir-: Mejor limonada, creo yo…
La señora Evans sirvió un vaso de limonada y otro de sangría, y se unió a su invitado, sentándose a la mesa mientras apartaba algunos de los trastos que la ocupaban para mejorar la comunicación entre ellos. James, muerto de calor y de cansancio por sus paseítos desorientados por Little Whinging, se bebió medio vaso de un solo trago y le sentó como maná caído del cielo.
-Waa, esto está buenísimo, señora Ev… digo, Emily.
Ella rió otra vez.
-Si quieres más, sírvete. ¿Nunca habías probado la limonada?
-No, estoy acostumbrado al zumo de calabaza. Es la bebida mágica más típica. Y la cerveza de mantequilla.
-Suena bien –entonó la mujer, mirándolo con aire risueño-. ¿Así que eres un mago de pura cepa?
James se sintió repentinamente avergonzado, sin saber muy bien por qué, y asintió tímidamente, haciendo, al igual que Lily, un esfuerzo por no sonrojarse.
-Me alegro, me alegro –la señora Evans meneó la cabeza con satisfacción, haciendo que más mechones rubios se le escaparan del desgreñado moño-. Es un alivio saber que Lily ha encajado bien en Hogwarts. Un gran alivio. Al lado de eso, un pastel inservible no supone absolutamente nada.
Rió una vez más, contenta, pero James no estaba muy seguro de entender las palabras de su compañera. Dándole otro sorbo a su limonada, inquirió:
-¿Qué quiere decir?
-Todos los años le preparo un pastel de cumpleaños a Lily –explicó Emily, y de repente se tornó nostálgica-. Y todos los años ese pastel nos dura casi una semana hasta que conseguimos terminarlo. Nunca he querido dejar de hacerlo, porque es el cumpleaños de mi hija. Pero nunca ha habido gente que se comiera ese pastel con Lily. Nunca tuvo fiestas de cumpleaños multitudinarias, como Petunia. Nadie venía a celebrar este día con ella, porque no tenía amigos en el colegio. Así que, aunque mi marido y yo intentábamos hacer el día lo más alegre posible, siempre resultaba tremendamente triste. Por eso no me importa que te hayas presentado de improviso para llevártela a una fiesta sorpresa. ¡Incluso me alegraría que todos tus amigos se presentaran aquí también, para comer todos juntos!
Aunque la mujer seguía sonriendo, esta vez James no pudo devolverle la sonrisa. La mano se le había agarrotado en torno al frío vaso de limonada y la garganta se le había cerrado repentinamente ante aquella confesión. Recordó el día que conoció a Lily en el Expreso de Hogwarts, cuatro años atrás, y la predisposición que tenía la niña a ponerse a la defensiva a cada rato. Ella nunca le había hablado de su pasado, ni de sus primeros 11 años de vida muggle, pero ahora su madre le estaba confirmando que Remus había dado de lleno en el clavo con sus primeras conjeturas sobre la pelirroja, cuando eran pequeños.
-Lily… ¿no tenía amigos en el colegio?
La señora Evans, dándole un trago a su sangría, negó levemente con la cabeza.
-Lily siempre ha sido una chica… peculiar –continuó ella en un murmullo, bajando el vaso-. Debido a su "condición", a veces le ocurrían cosas extrañas, como te imaginarás… Los años de colegio fueron un suplicio para ella, todos la rechazaban porque decían que era un bicho raro. Siempre estaba sola y casi nunca sonreía. A veces, por la noche, la oía llorar –el rostro de la mujer se ensombreció, tensándose-. Mi marido y yo lo pasamos muy mal, porque no sabíamos qué hacer. Intentamos muchas cosas. Como le encantaban los animales, decidimos comprarle alguna mascota para que no se sintiese tan sola, pero eso tampoco funcionó. Con el único bicho que consiguió encariñarse fue con una culebra que se nos coló en el jardín…
-¿Con una culebra? –se sorprendió James, frunciendo levemente el ceño.
-Sí, una culebra pequeñita, de esas de campo. Le pidió a su padre que no la echara porque decía que era su amiga, se pasaba horas jugando con aquel animal. Creo que tenía unos ocho años, o así. A mí me daba miedo que estuviese con ese bicho, pero no había forma de separarlos. También le encantaban los ratones y las ranas, no es algo muy común en una niña, así que las otras niñas no querían jugar con ella. Ni siquiera su hermana, Petunia, se lo puso fácil. Y entonces empezamos a tener problemas en el colegio, el director nos llamaba continuamente diciendo que Lily tenía una personalidad muy conflictiva, que no era una niña normal y que hacía cosas extrañas. Mi marido y yo empezamos a preocuparnos en serio. Pero entonces recibió la carta de Hogwarts y todo cambió –su boca volvió a abrirse en una sonrisa-. Todo cobró sentido. Nos dimos cuenta de que Lily no era una niña extraña, sino… "especial", como dijo Albus Dumbledore cuando vino a casa.
James se atragantó con la limonada y empezó a toser.
-¿A… Albus Dumbledore? –repitió a duras penas, golpeándose el pecho-. ¿El profesor Dumbledore vino aquí? Es decir¿a su casa?
-Así es, poco después de que Lily recibiera la carta…
James miró a la mujer completamente atónito. Había oído que, normalmente, a los magos de familia muggle les asignaban una especie de tutor, algún profesor de Hogwarts que iba a verlos a su casa para explicarles el significado de aquella carta que los invitaba a unirse al colegio, y que los acompañaba al Callejón Diagon a comprar sus cosas. Pero Dumbledore no era un profesor cualquiera, era el director del colegio. ¿Por qué había ido él en persona a la casa de Lily¿No habría sido más lógico que se encargara la profesora McGonagall, por ejemplo?
Despertó al darse cuenta de que Emily seguía hablando.
-… nos habló de Hogwarts, dijo que Lily estaría muy bien allí, que cuidarían de ella… y luego nos dijo que era una niña muy especial y que estaría orgulloso de tenerla en su escuela. ¡Imagínate! Nos sorprendimos mucho, claro, pero Albus Dumbledore me pareció un buen hombre, y muy agradable. ¡Tiene un gran sentido del humor! –rió levemente, como rememorando una escena especialmente entretenida-. Dijo que la vida de Lily mejoraría en Hogwarts, y no se equivocó.
Miró con auténtica gratitud al muchacho sentado ante ella, y James se sonrojó otra vez, cohibido.
- Se le iluminó la cara cuando llamaste –siguió la mujer, como quién no quiere la cosa, observando lo poco de sangría que le quedaba en el vaso-. Sé que se siente muy sola aquí en verano, ya no pertenece a este lugar. Os echa de menos y se pasa todo el rato hablando de vosotros, y del colegio. Supongo que, aunque me dé pena que mis hijas crezcan, en el caso de Lily estoy muy feliz de que las cosas se hayan desarrollado así. Conoceros le ha hecho mucho bien, muchas gracias por todo lo que hacéis por ella.
Se produjeron unos instantes de silencio que James, aturullado por las palabras de la señora Evans, no supo cómo romper.
-E-en realidad no hay nada que agradecer, Emily… Lily es una gran chica, nosotros no… no es que hagamos algo especial, o algo así…
Ella debió notar lo avergonzado que estaba, porque volvió a reír, divertida, y se apresuró a rescatarlo.
-No es cuestión de que hagáis nada especial, James. Simplemente estar ahí es suficiente. Lily siempre ha sido una chica solitaria, ha sufrido mucho y yo siempre temí que perdiera para siempre la confianza en las personas. Pero también es fuerte, y sabe reponerse cada vez que se cae.
-Sí –coincidió él, sonriendo-. Es muy fuerte. Más de lo que ella se cree.
-Me alegro de que estemos de acuerdo en eso –Emily amplió tanto la sonrisa que casi se le cerraron los ojos-. Pero también es muy dependiente, aunque ella no lo quiera admitir. Necesita saber que hay gente ahí que la quiere. Por eso, gracias otra vez. ¡Pero basta de rollos, que debo estar aburriéndote muchísimo! Ya es muy tarde, vais a llegar a Londres a las mil. ¿No quieres comer algo antes de irte, algún aperitivo, tarta de fresa, pastelitos de chocolate?
James soltó una carcajada al acordarse de las recomendaciones que le había dado Lily antes de entrar en su casa, y se apresuró a contestar:
-¡Por supuesto! Me muero de hambre, la verdad. No le voy a rechazar los pastelitos de chocolate, Emily, pero las fresas no me gustan mucho, lo siento.
-¡No te disculpes, encanto! –exclamó la mujer, divertida-. Tienes que decirme cuáles son tus platos favoritos, y te prepararé algo para la próxima vez que vengas, tienes que quedarte algún día a comer con nosotros.
Y la conversación derivó hacia el ámbito culinario, comentando entre risas las diferencias entre la comida muggle y la comida mágica. A James se le pasó el tiempo volando, realmente entretenido con la compañía de Emily Evans, y ésta miraba al muchacho de revuelto cabello negro con creciente cariño, satisfecha con la elección de su hija, aunque Lily no quisiera admitir nada, ni siquiera ante sí misma.
No se dieron cuenta del tiempo que permanecieron hablando con naturalidad y desparpajo, aprovechando el similar sentido del humor de ambos, y por eso, distraído con la charla de la madre de su amiga, James se olvidó poco a poco de los detalles que ella le había contado sobre la infancia de la pelirroja, enterrándolos en un rincón de su memoria del que no surgirían hasta mucho tiempo después.
Cuando Lily se separó de su madre y de James, subió corriendo las escaleras y entró en su habitación rápidamente. No estaba dispuesta a dejar al joven Potter con Emily Evans a solas, porque estaba segura de que su madre empezaría a hablar más de la cuenta, y no le hacía ni pizca de gracia que ella le contara a James lo maravillosa que había sido su vida antes de descubrir que era una bruja. Era una etapa que prefería olvidar lo antes posible.
Así que recorrió la habitación con la vista muy deprisa, haciendo una lista mental con las cosas que necesitaba. Cogió su libro de Pociones de la estantería y sacó de dentro una lista que había hecho con los ingredientes que se le olvidó comprar en el Callejón Diagon el otro día; sacó del baúl la varita mágica, porque, según estaban las cosas, prefería no salir sin ella, aunque sabía que no la debía usar; y, por último, guardó unos cuantos billetes muggles que le había dejado su madre sobre el escritorio en una billetera, para cambiarlos en Gringotts por dinero mágico. Echó un último vistazo a su cuarto y, cuando ya se dirigía de nuevo a la salida, paró en seco y retrocedió.
Había visto de pasada su reflejo en el espejo interior de la puerta del armario, y no pudo evitar detenerse para mirarse con mayor atención.
-Dios… estás hecha una mierda, Lily –murmuró para sí, acercándose al espejo y deteniéndose justo delante.
Se quedó un buen rato ahí quieta, mirándose con aire ausente, preguntándose una vez más por qué lo que veía le gustaba tan poco.
Estaba orgullosa de sus brillantes ojos verdes. Remus solía decir que eran los más bonitos que había visto nunca. Y también de su llameante pelo rojo, el más llamativo de todo Hogwarts desde que se fueron los Weasley. Los rasgos que siempre había criticado Petunia, eran los que más valoraban sus amigas, y los que, según ellas, la hacían más atractiva. Pero si había algo que Lily detestaba de sí misma era su físico de niña de 10 años: su corta estatura y sus formas desarrolladas al mínimo. Debajo de la ancha camiseta de su primo que llevaba puesta en esos momentos no había prácticamente nada. El hecho de que las mallas de cuando era una cría siguieran entrándole a la perfección y no se le ajustaran ni siquiera un poco era deprimente. Y, sin darse cuenta, se acercó al espejo hasta colocar una mano sobre la fría superficie, como si quisiera comprobar que ése era su reflejo real, el auténtico aspecto que tenía en esos momentos.
Desgreñada, con ropa de andar por casa, hecha un asco… vamos, "preciosa".
¿Cómo iba a presentarse así en Londres? Tendría que arreglarse un poco, al menos… Abrió la otra puerta del armario y empezó a rebuscar dentro en pos de algo decente que ponerse, pero se asustó cuando vio que las manos le temblaban un poco, y se enfadó consigo misma cuando los ojos se le humedecieron y el pensamiento que estaba tratando de evitar irrumpió en su cabeza intempestivamente: "Vamos, Lily… ¿Y pretendes que James se plantee siquiera empezar a salir con alguien como tú, con las opciones que tiene? Alégrate de que te considere siquiera su amiga".
Lanzando una palabrota, Lily se incorporó, dando un par de pasos hacia atrás, y se apretó un puño contra la frente, frunciendo el ceño con los ojos cerrados, como intentando huir de aquella idea estúpida. Pero, para su desgracia, la verdad es que no le parecía tan estúpida. Si había algo que aniquilaba cualquier ilusión con James era su crónica falta de confianza, o lo poco que se quería a sí misma. Sam siempre se enfadaba con ella por eso, repitiéndole hasta la saciedad que el físico o la condición de una persona no importan realmente, que lo único que se necesitaba para conseguir algo era proponérselo en serio y no rendirse. Luchar.
Sería idiota si quisiera autoconvencerse de que James no le gustaba. Es más, le gustaba, y mucho. Y, por la forma en la que Sirius siempre fastidiaba a James con expresiones de doble sentido que a él le repateaban enormemente delante de la pelirroja, tal vez… tal vez incluso tuviera alguna oportunidad. Durante el último año, habían estado varias veces a un paso escaso de alcanzar "algo", aunque al final siempre se les estropeaba la ocasión. Y, por cada intento fallido, un enorme e inexplicable rechazo a la idea de intentarlo otra vez surgía dentro de Lily, como si algo en su interior quisiera frenarla a propósito para que no se acercara a Potter. Algo que ella asociaba a sus complejos, a pesar de que nunca lo había experimentado con tanta violencia.
Sin embargo, estaba harta de eso. Ella no era menos que nadie. Estaba más cerca de James que muchas de las tipas que babeaban tras él. Tenía más oportunidades que todas ellas juntas. Y, si él mostraba algún interés, valía la pena intentarlo¿no? Aunque terminara siendo un fiasco… o terminaran matándose el uno al otro por no soportarse… o fastidiaran al grupo con una relación fallida…
Con otra palabrota, esta vez de inquietud, Lily retomó la tarea de buscar ropa en su armario, con más energía y decisión. Ya pensaría en ello en otro momento, cuando volviera a Hogwarts y pudiera hablar tranquilamente con Belle y Sam. Pero de momento, lo que sí pensaba demostrarle al mundo era que Lily Evans no tenía 10 años, sino 15. Ya no era una niña. E incluso sin exuberantes curvas o una estatura impresionante, podía ser todo lo atractiva que a ella le diera la gana.
Haciendo una bola con la ropa limpia, salió a zancadas de su habitación y corrió al cuarto de baño con la firme intención de darse una ducha rápida, cerrándole la puerta en las narices a Petunia, que debía tener la misma idea y acababa de correr por el pasillo desde su cuarto para colarse antes que ella. La mayor de las Evans aporreó la puerta, berreando improperios contra su hermana pequeña, pero Lily se limitó a exclamar un burlón "¡Se siente, haberlo pensado antes!" mientras se desvestía. E ignorando el berrinche de Petunia, inició su sesión de acicalamiento con una amplia sonrisa de triunfo.
Abajo, la tertulia de Emily y James se había trasladado al jardín delantero de la casa, donde la mujer estaba enseñándole a su invitado los rosales plantados en su parterre de flores, después de que éste le comentara que su madre también había sido una amante de la jardinería.
-A mi padre nunca le entusiasmaron especialmente las plantas –decía James, examinando las rosas con auténtico interés-. Y de todas formas no tiene mucho tiempo, así que ahora el jardín está bastante descuidado. Elly es muy especialita a la hora de ocuparse de estas cosas, y arregla las plantas del jardín de una forma demasiado psicodélica para mi gusto…
-¿Elly? –repitió Emily, con una sonrisa curiosa-. ¿Tienes una hermana?
-No, ehhh… -James se revolvió el pelo, buscando la mejor forma de explicar quién era Elly exactamente, pero, como no la encontró, se limitó a decir-: Vive con nosotros… desde hace mucho. Podría decirse que se ocupa de la casa y esas cosas
-Ahhh¿cómo una especie de ama de llaves o algo así?
-Sí, algo así…
-¿Es muy grande vuestra casa?
-Bueno, el jardín es bastante grande, sí, porque rodea el edificio. Y la casa… -James se encogió de hombros-, es la vieja casa de mi familia, así que ya se puede hacer una idea. Típico caserón viejo de pueblo, más grande de lo que necesitamos nosotros ahora.
-Entiendo a lo que te refieres, mis padres vivían en el campo también, pero cuando murieron le dije a Will que lo que mejor podíamos hacer era vender el viejo caserón. Nosotros no íbamos a vivir nunca allí, y es una pena desperdiciar un edificio así que podría venirle de perlas a una familia numerosa que de verdad necesite espacio. Will quería arreglarlo como casa de verano, porque él es arquitecto¿sabes?, pero no me pareció que…
Sin embargo, la voz de la señora Evans quedó opacada por el considerable ruido que hizo un coche al entrar en la calle y detenerse justo ante la entrada de la casa. Los ojos azules de la mujer se agrandaron un poco y su expresión cambió muy levemente, aunque no lo suficiente como para que a James le pasara el gesto desapercibido. Pero antes de que le diera tiempo a preguntar nada, el motor dejó de tronar y la puerta del conductor se abrió, dejando salir a un joven de unos 18 ó 19 años, alto y robusto, como los típicos mastodontes que juegan fútbol americano.
James lo observó con la boca entreabierta, reviviendo claramente en su memoria la imagen de aquellos matones con pinta de gorila que solían acompañar a Lucius Malfoy a todas partes allá por los tiempos en los que él llegó a Hogwarts. El tipo en cuestión daba miedo con sólo verlo, tan corpulento que carecía de cuello, con el rostro colorado y un incipiente bigote negro y espeso. El desconocido llegó hasta la entrada y cruzó el jardín con paso firme, antes de detenerse en seco al darse cuenta de que ellos estaban allí.
-Buenos días, Vernon –saludó amablemente la señora Evans, aunque James tuvo la impresión de que su sonrisa se había vuelto un poco forzada.
El mastodonte se acercó a ellos, mirando al compañero de su futura suegra con la desconfianza más obvia y descarada que James se había encontrado en su vida, fijándose sin ningún disimulo en su ropa informal y desarreglada, y en su encrespado y rebelde cabello negro, que se elevaba en todas direcciones de una forma que él debía considerar muy ofensiva.
-Buenos días, Emily –masculló entre dientes al alcanzarlos, e intercambió beso de saludo con la mujer.
-Te presento a James Potter. Es un amigo de Lily, del colegio. James, éste es Vernon Dursley, el novio de Petunia.
Esbozando una sonrisa y haciendo un esfuerzo para mantener una actitud educada, James le tendió la mano al recién llegado con toda la simpatía que pudo reunir.
-Encantado.
Pero Vernon no se la estrechó. De hecho, lo miró de hito en hito, antes de exclamar con un tono que distaba mucho de los buenos modales:
-¿De Lily?
-Sí, eso he dicho –asintió Emily, y dejó de sonreír.
Por unos segundos se produjo un tenso silencio en el que los tres implicados intercambiaron miradas, hasta que Vernon estiró la mano de mala gana y estrechó la del otro joven, retirándola enseguida después.
-Encantado –repitió, aunque no parecía encantado en absoluto.
-¿Vas a quedarte a comer, Vernon?
-No, no, Emily, se lo agradezco, pero tenemos mucha prisa, Petunia y yo vamos a salir a comer fuera.
-Ah, ya veo… Qué mala suerte que hayáis quedado en salir a comer fuera justo el día del cumpleaños de Lily. En fin, me tocará quedarme sola, porque ella va a irse a Londres con sus amigos…
-¿El cumpleaños de…?
-Sí, el cumpleaños de Lily –la expresión de Emily se estaba agriando por momentos-. ¿No te ha dicho Petunia que hoy era el cumpleaños de su hermana?
Vernon Dursley masculló unas cuantas palabras ininteligibles y volvió a quedarse callado. James, que se sentía completamente fuera de lugar, hubiera dado cualquier cosa por escabullirse de la escena, pero Emily lo había agarrado por el codo y lo apretaba tan fuerte que estaba empezando a entumecérsele el brazo. Por suerte para todos, Lily eligió ese preciso instante para hacer su aparición.
-¡Ah, estáis ahí! –exclamó, asomando la cabeza desde la puerta de la casa, y salió al exterior para bajar trotando las escaleras de entrada-. No sabía dónde os habíais metido… ¡Jo, mamá, deja en paz a James! Siempre haces lo mismo. ¿Es que ya os habéis hecho amiguitos?
Emily contestó algo en plan de broma, relajándose. Pero, a pesar de tenerla justo al lado, James no fue capaz de entender sus palabras. Se había quedado estático observando a Lily, cuya ondulada y espesa melena roja, ahora suelta, bien cepillada y lustrosa, brillaba de una forma increíble bajo los rayos del sol. Se había puesto unos pantalones cortos de color verde y una camiseta blanca de tirantes que se le ajustaba más al cuerpo, remarcando los detalles de su figura. Y, cuando el joven Potter se dio cuenta de que se había quedado varios segundos seguidos con la mirada fija en las piernas desnudas de su amiga, que parecían más largas que nunca, tragó saliva y se apresuró a mirar hacia otro lado, haciendo un extraño ruido con la garganta que esperó que nadie más hubiese oído.
-Ah, Vernon –Lily se congeló en seco a mitad de camino, adquiriendo una expresión fría-. Ya estás aquí… ¡Petunia! –añadió a voz en grito, volviéndose hacia la casa-. ¡Tu querido pastelito ya ha llegado a recogerte, date prisa o se derretirá bajo el sol!
James volvió a hacer un extraño ruido estrangulado, esta vez al intentar tragarse literalmente la risa, pero Vernon debió darse cuenta, porque lo miró de reojo, furibundo, y empezó a adoptar una tonalidad morada muy inquietante. Lily pasó olímpicamente de su futuro cuñado y fue directa hacia su amigo y su madre.
-Bueno, vámonos ya, que es muy tarde –instó, consultando su reloj.
Potter fue a contestar, pero de repente le sobrevino el intenso perfume floral que desprendía el pelo de Lily y volvió a quedarse mudo. Esta vez debió ser Emily la que notó su reacción, porque la oyó reír por lo bajo.
-De acuerdo, hija, pásatelo muy bien. Y, si quieres invitar a tus amigos a cenar…
-¡No! –exclamó ella.
-Vale –contestó a la vez James.
Y ambos volvieron a mirarse con los ojos entornados.
-Otro día –concluyó Lily, gruñendo, y le plantó un rápido beso a su madre-. Hasta luego, volveré lo antes posible.
-Vale, vale. James, cariño, ha sido un placer conocerte, vuelve cuando quieras –Emily sujetó al muchacho por los hombros y le dio un par de besos de despedida-. Cuida de mi pequeña.
-Haré el intento. Y el placer ha sido mío, Emily. Muchas gracias por todo.
Antes de que la despedida empezara a ponerse más emotiva de lo físicamente soportable, Lily agarró a James de la muñeca y tiró de él hacia la calle, mascullando un seco "nos vemos, Vernon" al pasar junto al otro chico, a lo que él respondió con un gruñido ininteligible. Pero, antes de que pudieran abandonar el jardín (James aún iba agitando la mano en son de despedida en dirección a la señora Evans) Petunia irrumpió en escena de muy mal humor, casi arrollando a su hermana, y le espetó:
-¡No hace falta que me grites, anormal, y deja de burlarte de…!
Se interrumpió de golpe al ver a James y sus ojos azules se abrieron al doble, mientras su boca formaba una tremenda O de estupefacción. James la miró enarcando una ceja, y Lily, dándose cuenta de la situación, esbozó una pícara sonrisa y se cogió de inmediato del brazo de Potter en plan meloso.
-Ohhh, Petunia, qué bien que has bajado a tiempo –entonó, fingiendo un gran entusiasmo con tanto descaro que la cara de su hermana se quedó blanca como el papel y la de Vernon morada como una ciruela-. No podía irme sin presentarte a mi amigo, James Potter, ya sabes, el que llamó antes por teléfono…
Sin más, agarró a James por los hombros y lo empujó hacia Petunia, que parecía al borde de un colapso. Antes de que el chico tuviera tiempo de levantar la mano siquiera y murmurar el típico "encantado de conocerte", la joven se apartó de un salto, como si acabaran de azuzarle una bestia asesina, y sus mejillas se colorearon de un intenso color rojo. En un dos por tres, Vernon Dursley apareció junto a ellos y dirigió una mirada asesina a Potter y a la pelirroja.
-Debemos irnos ya, que llevamos mucho retraso –masculló, apretando los dientes-. Vamos, Petunia, querida…
Y, agarrando a la chica de un brazo, la arrastró hasta el coche y la metió en el asiento de copiloto sin despedirse de nadie. Cuando ya se alejaban por la calle, los ojos azules de Petunia Evans seguían fijos en James Potter, con la boca aún abierta y cara de incredulidad.
-Ehhh… creo que le he causado una gran impresión a tu hermana –entonó James, revolviéndose el pelo otra vez.
Lily dejó escapar una maquiavélica risita.
-Pues yo creo que su idea de los magos acaba de sufrir una evolución impresionante –replicó, divertidísima, y se echó a reír-. ¡Adiós, mamá, hasta luego!
Emily, que también se reía disimuladamente de la escena, los despidió agitando la mano, sonriendo ampliamente, mientras ellos salían con paso animado a la calle, imitando el gesto también. Antes de doblar la esquina, James ya había vuelto a pasarle un brazo por los hombros a Lily, pero a ésta no pareció incomodarle mucho, porque la sonrisa de su cara no desapareció. Y él, que la miraba de reojo con una sensación muy agradable burbujeándole en el pecho, no pudo más que sonreír también.
-¿Sabes qué? –dejó escapar, risueño, mirando hacia el cielo distraídamente-. Estás guapísima, Lil.
Ella se sonrojó en el acto, y de repente el día se le antojó maravilloso.
-Muchas gracias.
-¡Las dos en punto! No me extrañaría que ya se hubiesen fosilizado –dijo James, mientras entraba rápidamente en el Caldero Chorreante.
Lily entró tras él, tambaleándose y cubriéndose la boca con una mano.
-No me gusta… el autobús noctámbulo –masculló a duras penas.
-Lo siento, Lil, pero era la forma más rápida de llegar sin perder más tiempo.
-Creo que voy a vomitar…
-¡No será para tanto! A mí tampoco me entusiasma, pero tampoco es cuestión de…
Sin embargo, James no terminó la frase, porque la cara verde de su amiga era muy elocuente, así que se apresuró a sujetarla y guiarla hasta la barra, haciéndose un hueco entre los numerosos magos que llenaban el local.
-Hola, Tom –exclamó, agitando una mano-. ¿Nos pones un par de cervezas de mantequilla y algo para picar?
-Buenos días, señor Potter –sonrió el hombre, acercándose hacia ellos-. Claro que sí. Señorita Evans…
-Buenos días, Tom –contestó Lily, apretándose aún la mano contra la boca.
-Primera travesía en el autobús noctámbulo¿me equivoco?
-No, no te equivocas… ¡Primera y última!
Diez minutos después, y bastante más repuestos, James y Lily se perdieron hacia el patio trasero y, con unos toques de varita, el Callejón Diagon apareció frente a ellos, tan largo, tortuoso y concurrido como siempre.
-Habrás quedado con ellos en algún lugar concreto¿verdad? –murmuró Lily, desalentada ante la cantidad de gente que desfilaba por allí.
-Desde luego.
-¿Dónde?
-Piensa, Lil… ¿Dónde crees que serían capaces de esperar los chicos por horas sin quejarse o matarnos en caso de retraso?
-En cualquier lugar donde haya comida –sonrió ella.
James le devolvió la sonrisa y ambos se internaron en la calle llena de gente.
A pesar de todos los disturbios de los últimos años, el Callejón Diagon no había perdido la vida y animación habituales en él. Aún había familias que paseaban por allí tranquilamente, grupos de amigos que iban de tienda en tienda, algún que otro previsor comprando los útiles para el curso que se aproximaba… Era reconfortante saber que aún podía hallarse algo de paz en el mundo mágico.
El camino hasta la heladería Florean Fortescue fue algo complicado. Era difícil andar entre semejante tumulto, y más cuando tenían que parar a cada rato para saludar a los compañeros con los que se iban encontrando. Vieron a Frank Longbottom cuando salía de la tienda de Artículos de Calidad para el Juego del Quidditch con Alice Greenwood (esos dos pasaban tanto tiempo juntos últimamente, que las malas lenguas empezaban a decir que, tras tantas y tantas disputas, habían terminado como novios formales) y ellos dos los entretuvieron casi un cuarto de hora, explicándoles los planes que tenían para ganar la Copa en su último año en Hogwarts. Aunque James terminó bastante harto, a Lily le alegró verlos y hablar con ellos, sobre todo porque su charla la ayudó a ignorar mejor el desagradable encuentro con su detestada Sue Randall, que no se cortó un pelo en componer su mejor cara de suprema incredulidad al verla a solas con James Potter.
Cuando por fin llegaron a Florean Fortescue, suspiraron con alivio al ver allí, sentado a una de las mesas, rodeado de libros, bolsas y papeles varios, a Peter Pettigrew, con el eterno corte a tazón de su pelo castaño, la misma cara redondeada de siempre y la nariz puntiaguda. Tenía pinta de estar escribiendo una carta, o algo así, inclinado sobre un trozo de pergamino, con un enorme batido de chocolate frente a él, y sólo levantó la vista cuando ya tenía a sus amigos casi encima.
-¡Eh, ya era siglo! –exclamó-. Empezábamos a creer que os habíais fugado los dos solitos, o algo por el estilo…
-Muy gracioso –rió James, sarcástico, agarrando una silla y sentándose en el acto-. He pasado toda una odisea para conseguir encontrar la casa de Lily.
-Ya os dije que avisarais antes –entonó Peter con fingida petulancia-, pero como nadie me escucha nunca…
-Cierra el pico. ¿Qué haces aquí solo?
-Pues ya ves, que nadie me quiere y me abandonan aquí –contestó despreocupado. Cogió el batido y sorbió un poco, pero lo volvió a escupir de golpe al mirar a Evans-. ¡Lily¿Qué te has hecho?
-Nada –se apresuró a replicar la pelirroja, sobresaltada-. ¿Qué pasa¿Tengo algo raro?
Empezó a tocarse el pelo y se llevó una mano a espalda, pensando que quizá James le había colgado el típico cartel de "patéame el trasero", o algo similar. Pero Peter la miraba de arriba abajo, impresionado, y Potter acaba de empezar a reírse ante la situación, así que Lily dedujo que aquella reacción se debía a su atuendo y se sonrojó furiosamente en cuestión de segundos.
-¡Anda ya, Peter! –exclamó cohibida, dándole un manotazo en el hombro-. ¿Nunca has visto a nadie en pantalón corto, o qué?
-Una cosa es ver a "alguien", y otra verte a ti –balbuceó Pettigrew, aún impresionado. Lily no supo si tomárselo como un cumplido o una ofensa, y Peter debió captar esa vacilación de su amiga entre el enfado y el halago, porque se apresuró a añadir-: P-pero estás muy guapa, en serio. Guapísima. Por cierto, feliz cumpleaños.
-Muchas gracias –masculló Lily, aún enfurruñada, y sentó a la mesa también.
-Ehhh… En fin, señor Pettigrew¿dónde están los demás? –entonó James, disimulando una sonrisilla, mientras Lily lo miraba con reproche.
-Ni idea –Peter se encogió de hombros-. Remus, Sam y yo fuimos a comprar las cosas al ver que os retrasabais. Luego volvimos aquí, y hace un rato ellos se fueron a no sé dónde y yo me quedé contestando una carta de mi hermana que me llegó ayer, así que…
-¿No sabes nada de Sirius? –volvió a preguntar James, y esta vez arrugó la frente.
-Nop. No lo hemos visto, al menos. Desde luego, si ha llegado, no ha pasado por aquí.
James bajó la vista, tornándose preocupado. No sería la primera vez que Sirius, después de pasar la noche en vela, se quedaba dormido hasta la tarde sin inmutarse siquiera, pero, sabiendo que al día siguiente había quedado con sus amigos, ya podía haber puesto algo de entusiasmo en salir del mundo de los sueños¿no? "Si hubiese pasado algo me habrían avisado –se dijo, intentando tranquilizarse a sí mismo-. Papá, o el propio Sirius… me habrían avisado". Pero sintió que se le revolvían las tripas al darse cuenta de que había salido de su casa muy temprano y llevaba inmerso en el mundo muggle desde entonces. Habría sido muy complicado localizarlo o ponerse en contacto con él. Así que…
Notó que Lily y Peter le dirigían miradas interrogativas y se apresuró a comentar, para quitarle hierro a la situación:
-Bueno, pues entonces creo que deberíamos comer lo primero de todo¿no? Quiero decir, ya es bastante tarde…
-Yo ya he comido –sentenció Peter-. Dos helados de crema y caramelo, uno de nata con cookies, otro de menta con trozos de chocolate, otros dos de lima-limón y fresa ácida, tres de vainilla y chocolate con trocitos de…
-Por Dios¿cómo has podido tragarte eso? –exclamó Lily, boquiabierta-. ¿A eso le llamas comida, Peter?
-Ni te imaginas el tiempo que llevo aquí sentado, Lily –replicó él-. Además, no te metas conmigo. ¿Te haces una idea de los que se habría comido Sirius de estar aquí¡No para de comer! Lo bueno que tiene él es que no engorda ni queriendo. ¿Os habéis dado cuenta de que cada vez está más flaco? Como siga así, va a terminar ganándole a Remus…
-¿Qué pasa conmigo?
Los tres amigos se volvieron de inmediato, y Lily esbozó una amplia sonrisa al ver tras ella a los recién llegados Remus Lupin y Samantha Flathery, ambos con expresiones divertidas y sendas bolsas en sus brazos.
-¡Hola! –exclamó entusiasmada, y se levantó rápidamente para recibirlos.
Remus, que no había cambiado prácticamente nada en los últimos años, salvo en los centímetros de más que había ganado, se apresuró a soltar sus bolsas y abrazar a su amiga con un contundente: "¡Feliz cumpleaños, Lily!". Ésta se le colgó al cuello, riendo, y lo estrechó con fuerza, notando una vez más lo flacucho y desnutrido que parecía él entre sus brazos. Recordando rápidamente que había habido luna llena hacía poco, rebajó la presión, alarmada, y Remus debió notar el gesto, porque se echó a reír con despreocupación, mirándola con los ojos grises más claros que nunca.
Algo importante que había cambiado en Remus Lupin en los últimos dos años era, quizá, su rostro, más perfilado y adulto, pero mil veces más sonriente que cuando ella lo conoció en el Expreso de Hogwarts. Su carácter, su amabilidad y su calma eran las mismas, pero cada día parecía un poco más feliz. Y Lily, desde tercer curso, sabía cuál era la razón: el cariño de sus amigos, incluso después de conocer su secreto.
-¡No la acapares, no la acapares! –protestó Sam en broma, pinchando a Lupin con un dedo en el costado-. Deja algo para los demás… ¡Lily, felicidades!
Y la chica recibió a la joven Evans con un abrazo tan efusivo que Lily, riendo, quedó levantada a casi un palmo del suelo. Sam era un poco más baja que Remus y James, que medían más o menos lo mismo, pero aún así le sacaba también varios centímetros fundamentales a la pelirroja. Y tenía mucha más fuerza de la que aparentaba su esbelto y delicado aspecto.
Si había algo que diferenciaba claramente a Lily de Sam, es que esta última sí se había desarrollado correctamente con los años. No tenía un cuerpo tan llamativo como el de Belle Figg, pero al menos sí aparentaba cada minuto de los 15 años que tenía. Mantenía el liso y espeso pelo rubio largo hasta la cintura, y sus oscuros ojos verdes también brillaban mucho más que antes, como si tuvieran una eterna sonrisa titilando en ellos casi siempre. El volver a su tierra, Santuario, le había hecho mucho bien. Y el empezar el entrenamiento especial durante los veranos con su hermana mayor, Karen, para terminar de controlar sus poderes de hechicera, más todavía. No había vuelto a tener ningún problema con respecto a ellos desde segundo curso, y ahora vivía ligera como una pluma, igual que si se hubiese quitado un terrible peso de encima.
-El amor desbordante de Lily Evans –entonó James, como si leyera el título de una novela rosa-. Capítulo uno: El reencuentro.
-¡Vete a la mierda! –protestó Lily, fulminándolo con la mirada mientras se separaba de Sam, que se echó a reír.
James sonrió, chocando la mano con Remus en señal de saludo.
-¡Remus! –exclamó, alargando la "u" para imitar un mugido de vaca-. ¿Qué tal tu "pequeño problema peludo" del otro día?
-Bastante bien –sonrió Lupin, masajeándose un hombro con la mano libre-. Todavía me estoy resintiendo un poco… ¿Estabas diciendo algo de mí, Peter?
-¿Yo? No. Ya estoy terminando la carta a Opal, le he dicho que anoche te quedaste a dormir en casa. Seguro que se sube por las paredes tirándose de los pelos. ¿Quieres mandarle un autógrafo?
Remus estuvo a punto de caerse de la silla en la que se estaba sentando.
-¡No! –exclamó, sonrojándose con intensidad de una forma increíble-. ¡No voy a firmarle ningún autógrafo a Opal! Y, por última vez, Peter¡deja de contarle cosas raras sobre mí!
-¡Yo no le cuento nada! –se defendió Pettigrew-. No tengo la culpa de que se haya enamorado de ti, no se puede ir por el mundo siendo tan condenadamente amable con las chicas, Remus. Luego pasan cosas como ésta y bien que le echas la culpa a los demás. ¡Además, sólo tiene 8 años, no es para ponerse así!
-¡Sí es para ponerse así! Está obsesionada conmigo, y me da mucho miedo.
-¡Ni que te fuera a hacer algo! –Peter ya tenía cara de estar conteniendo a duras penas la risa-. Tampoco puedo impedir que se monte historias para no dormir ella solita…
-Creo que Opal tiene demasiada imaginación –le comentó James a Lily por lo bajo, como quién no quiere la cosa, a lo que la pelirroja asintió con aire sabio.
-No te cuesta nada mandarle una dedicatoria, o algo así…
-¡HE DICHO QUE NO!
Peter lo miró con una mueca y los ojos entornados. Luego miró a Sam, y después otra vez a Remus.
-Ah, claro, ya sé qué está pasando aquí –entonó suspicaz-. No le quieres firmar un autógrafo a mi hermana porque Sam está delante y se pondría celosa…
¡PLAF!
-¡Cállate! –gruñó la rubia, con el puño incrustado en la cabeza de Pettigrew, cuya cara se había estampado contra la mesa.
James y Lily se echaron a reír, divertidos. Bromas como aquélla eran la tónica habitual últimamente entre los miembros del grupo, y es que, igual que Potter y Evans se habían visto inusualmente unidos durante el último curso por unas razones u otras, algo similar había pasado con Remus y Sam, aunque sus excusas no estaban tan justificadas. Desde segundo curso una relación especial parecía haberse implantado entre ellos, y esa relación estaba evolucionando cada vez más hacia ámbitos menos fraternales. Sam lo negaba rotundamente cada vez que alguien lo insinuaba, Remus se hacía el desentendido y fingía volverse sordo por momentos, pero, por mucho que lo intentaran, el hecho de que ambos se gustaban mutuamente no lo podían negar. Pasaban más tiempo juntos que una pareja de novios formales y, de una forma muy sospechosa, los dos se encargaban de deshacerse de los "moscardones" que pululaban de vez en cuando en torno a alguno de ellos.
Remus había tenido muchas pretendientes en el último curso, aunque no había aceptado salir con ninguna, y Sam había sufrido también el acoso de un determinado grupo de lunáticos que decían estar locamente enamorados de ella (por razones hasta el momento desconocidas) El caso es que dichos chavales desaparecieron del mapa un día determinado en el que Remus estaba bastante harto de su presencia, y, por las mismas, el club de fan de Remus Lupin fue disuelto de una forma muy poco civilizada por una individua que nadie había identificado aún pero que Lily sospechaba que era rubia y de ojos verdes. Sin embargo, a pesar de esas constantes muestras de lo que sentían mutuamente, no habían dado ningún paso definitivo aún, y ninguno de sus amigos entendía por qué. Aunque, después de los pensamientos que habían estado rondando la cabeza de Lily aquella misma mañana con respecto a James, ahora la pelirroja entendía un poco mejor la indecisión de la pareja.
Peter se enderezó, frotándose la lastimada nariz, y dirigió una mirada de reproche a Flathery, pero no le dio tiempo a replicar nada, porque una voz que salía del local de Florean Fortescue que había a sus espaldas, lo interrumpió cuando ya estaba abriendo la boca.
-Ah, muchachos, ya habéis llegado. Tardabais tanto que estaba a punto de decirle a Peter que nos fuésemos a casa a comer.
El grupo en pleno giró la vista y los que estaban sentados (James, Remus y Lily) se levantaron de un brinco, como impulsados por un resorte, al ver aparecer a Pearl Pettigrew, la madre de Peter, totalmente vestida de negro, que caminaba hacia ellos esquivando las mesas de la terraza como si se deslizara sobre ruedas, haciendo ondear a su espalda una larga y elegante capa que le arrastraba por el suelo.
Lily había visto a aquella mujer en dos ocasiones contadas, y en ambas le había causado una fuerte impresión de respeto. Tenía un porte imponente, grandes y almendrados ojos verdosos, como los de su hija pequeña, que miraban siempre con aire crítico, y el cabello corto de color castaño rojizo, ensortijado y perfecto, sin un solo pelo fuera de su sitio. Se parecía mucho a Opal, salvo por la respingona nariz que había heredado Peter, pero en carácter no podía ser más opuesta a su hija. Era guapa, educada y amable, pero fría y distante, y, cada vez que Lily la oía hablar, parecía percibir en su tono una nota constante de decepción, como si se sintiese desgraciada todo el tiempo, o como si la vida la hubiese tratado muy mal.
-Buenas tardes, señora Pettigrew –entonó en el acto James en cuanto la mujer llegó hasta ellos y se sentó majestuosamente en una silla, al lado de su hijo.
Y Lily, reponiéndose de la impresión inicial, se apresuró a balbucear un escueto "buenas tardes" también, sintiendo el repentino deseo de encogerse y desaparecer de allí.
-Buenas tardes, James, querido –contestó ella, dirigiéndole una inclinación de cabeza, y repitiendo el gesto otra vez en dirección a la pelirroja-. Lily. Me alegro de veros, tenéis buen aspecto. ¿Habéis tenido probl