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Books » Harry Potter » Arggg que pesadilla font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: vero jimenez
Fiction Rated: T - Spanish - General - Harry P. & Dolores U. - Reviews: 44 - Published: 10-05-05 - Updated: 04-07-06 - id:2606770

Disculpen la demora porfis.

Capítulo 18 Bienvenidos a Alcatraz

Harry se encontró con los primeros cambios visibles en el nuevo sistema del colegio, apenas llegó al andén 9y3/4. En vez del desorden habitual de alumnos y apoderados, había una larga fila de alumnos que desembocaba en un mesón. En torno a ellos había muchos magos adultos en alguna clase de uniforme. Todos llevaban túnicas grises, botas grises, sobreros grises, y lo único que distinguía los uniformes de unos y de otros era que algunos tenían el borde de la túnica rojo, otros verde, otros azules, y otros amarillo. Además, todos tenían en el pecho y en el sombrero un distintivo con color concordante.

-¿Quiénes son ellos, señorita Umbridge? –preguntó Harry con curiosidad, mientras se ponía a la fila y buscaba con la mirada a sus amigos.

-Son cuidadores, Harry querido –explicó la bruja, que lo había seguido hasta la fila y se había parado a su lado-. Son nuevos funcionarios del colegio, para reforzar la seguridad.

Harry miró con disimulo al que tenía más cerca: una bruja de pelo largo y rubio, que tenía el distintivo color amarillo.

-¿Los distintos colores en sus túnicas son por las cuatro casas? –preguntó Harry, bajito.

-Si, Harry. Pero ya te van a explicar todo a su debido tiempo.

Harry se quedó callado, y notó que varios alumnos se quedaban mirando a Umbridge, y cuchicheaban entre ellos. Ninguno parecía feliz de verla ahí. Seguramente, estarían preguntándose si la tendrían que aguantar este año también. Pero Umbridge hacía como que no los veía, y avanzaba en silencio en la fila, junto a Harry.

Harry notó que varios alumnos hacían la fila con sus padres. A lo lejos, se escuchaba a un chico llorar. Seguro que era uno de primero. Harry estiró el cuello, agradeciendo que ahora que estaba en séptimo era de los alumnos más altos. Alcanzó a ver que en el mesón de al final de la fila, cada alumno entregaba su varita, y vio también que les ponían anillos de contención a los que no traían puestos. Ninguno de los que se alejaban del mesón, y que entraban al tren, parecía muy contento. De hecho: nadie parecía alegre, y Harry vio varias caras conocidas mirar alrededor con amargura y desconcierto.

De pronto vio tres cabezas pelirrojas, mucho más adelante en la fila, y junto a ellas una cabeza de cabellos castaños y enmarañados. Eran Hermione, Ginny, Ron y el señor Weasley. Les hizo señas, pero estaban muy lejos y no lo vieron.

-Ya los vas a encontrar en el tren –dijo Umbridge con voz de niñita, a su lado. Había estado mirando en la misma dirección que Harry.

Ya era casi el mediodía cuando le llegó el turno a Harry.

-¿Nombre? –preguntó el brujo que estaba detrás del mesón, con un largo pergamino lleno de nombres y apuntes. Tenía el pelo negro, y un gran bigote de morsa parecido al de tío Vernon. Tenía cara de pocos amigos, y parecía cansado. Harry tenía la sensación de haberlo visto en alguna parte, pero no recordaba dónde.

-Harry James Potter –murmuró Harry.

-Veo que ya tienes los anillos –dijo mirándolo, y estirando su corto cuello-. Y en los pies? –Harry se levantó ligeramente los pantalones, para mostrar que ahí estaban los dichosos anillos-. Bien –agregó el brujo-. ¿Varita?

-Su varita ya fue entregada –intervino Umbridge.

-¡Ah, Dolores! –dijo el brujo reparando en ella, y sonriendo-. Disculpa, no te había visto. Es que esto ha resultado peor de lo que habíamos planeado –gruñó exasperado, indicando alrededor-. Ya tenemos mucho retraso.

El brujo miró a Harry por primera vez con detención, y su mirada se detuvo en la cicatriz.

-Si, me acuerdo del famoso Harry Potter –murmuró con evidente desagrado, y algo de burla-. El que hace magia cuando quiere, y no se le puede decir nada.

Y entonces, como un balde de agua helada, Harry recordó de dónde conocía a ese brujo: formaba parte del Wizengamot, el día de la audiencia disciplinaria a la que había tenido que ir dos años antes. Y, si mal no recordaba, el brujo ese era de los que había votado en contra suya.

-¿Y qué estás esperando? –preguntó el brujo con brusquedad, sacándolo de sus pensamientos-. ¡Al tren, que no tenemos todo el día!

-Harry se alejó con placer de aquel brujo, y deseó con toda su fuerza que no formara parte de los nuevos “funcionarios” del colegio.

-Adiós, Harry querido –le dijo Umbridge, plantándole dos fuertes besos, uno en cada mejilla. Harry se puso tenso, miró alrededor, y rogó que ninguno de sus amigos hubiera visto eso-. Pórtate bien. No hagas ninguna tontería. Sácate buenas notas, y escríbeme al menos una vez por semana. ¡Voy a estar esperando!

Harry la quedó mirando con desconcierto. ¿Para qué diablos tenía que escribirle una vez a la semana? Pero se encogió de hombros. Lo que fuera...

-Si señorita Umbridge. Adiós –le dijo con neutralidad. Luego se dio media vuelta, caminó entre los cuidadores en dirección al tren. Antes de poder subirse le pidieron su baúl. Harry, algo desconcertado lo entregó, y alcanzó a ver que se lo llevaron hacia una pila de baúles y equipajes varios que estaban metiendo en un vagón especial.

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Adentro del tren había todavía más cuidadores. ¡Eran una plaga! Harry se preguntó cuantos habría.

-¿Curso? –le preguntó uno, deteniéndolo. Llevaba distintivo rojo en la capa gris, y Harry notó que sobre la G roja, había un pequeño león dorado.

-Séptimo –respondió Harry-. Y estoy en Gryffindor.

El brujo le sonrió ligeramente, y apuntó el índice hacia la parte posterior del tren.

-Último vagón. Y date prisa.

Harry se alejo, esperando encontrarse con sus amigos. En el camino miró disimuladamente a través de los vidrios de las puertas de los compartimientos, y notó que habían ordenado a los alumnos por curso, y por edad, poniendo a los más jóvenes en los primeros carros, y a los más viejitos en los últimos. Harry se preguntó la utilidad de todo eso. ¿Qué importaba con quien viajaras en el tren? ¿Por qué tenían que ordenarlos a todos de ese modo, como si se tratara de un regimiento?

Harry se detuvo de pronto frente a un compartimiento hacia el final del tren. Detrás del vidrio se distinguía una cabellera roja que conocía muy bien. Recordó el aroma a flores que había sentido en la clase de pociones con Slughorn, y antes de pensar en nada más había entrado al compartimiento.

-¡Harry! –gritó Ginny, lanzándose a su cuello.

-Ginny –murmuró Harry, devolviéndole el abrazo, y hundiendo la cara en su pelo-. No tienes idea cómo te he extrañado –susurró en su oído.

-Yo también –murmuró ella, y le besó la oreja.

-Estuve con tu mamá, en San Mungo –murmuró Harry sintiendo que le picaban los ojos-. Lo siento Ginny. Hubiera querido estar ahí.

Harry sintió que el abrazo se apretaba, y sintió algo mojado en su cuello. Ginny estaba llorando. Iba a decirle algo, pero en ese momento sintió una mano fuerte en su hombro.

-¿Curso? –preguntó una voz fría.

Harry soltó a Ginny, muy a su pesar, y miró al que le acababa de hablar. Era una bruja de mediana edad, baja, de cara cuadrada y pelo corto y negro. El color de su distintivo era rojo.

-Séptimo, Gryffindor –respondió Harry, secándose los ojos con un dedo. Vio con pesar como Ginny intentaba parar de llorar.

-Entonces debes ir al siguiente vagón –respondió la bruja, con voz algo más amable.

-Nos vemos, Ginny –le dijo Harry, apretándole la mano antes de soltarla. La chica asintió, incapaz de hablar. Lo último que Harry vio, antes de que se cerrara la puerta del compartimiento, era que otra chica le pasaba el brazo por el hombro y se sentaba a su lado.

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Cuando encontró el vagón que le correspondía, encontró a Lavender, Dean y Seamus en el primer compartimiento. Lavender parecía deprimida, y miraba por la ventana con aire perdido. Seamus y Dean conversaban, muy bajito. Los tres levantaron la vista al ver a Harry asomarse, y lo saludaron. Lavender tenía los ojos rojos, y volvió rápidamente a mirar por la ventana.

-Ron y Hermione están en el siguiente compartimiento –le informó Dean-. Pero también te puedes quedar aquí, si quieres.

-Gracias, pero quiero ir a verlos –se disculpó Harry-. Nos vemos luego.

Hermione lo abrazó con fuerza, apenas abrió la puerta del compartimiento. Ron y Neville, que también estaban en el compartimiento, se quedaron atrás.

-Oh, Harry –le dijo-. ¿Cómo estás?

-Bien, Hermione. ¿Y tú? ¿Cómo estuvo tu verano?

-Terrible. Me alegro tanto de verte.

-Hermione, tal vez deberías dejar que Harry nos saludara también a nosotros –dijo Ron, sonriendo. Obtuvo el efecto deseado: la chica soltó a su amigo.

-Ron... –murmuró Harry-. Siento mucho lo de tu mamá.

Ron forzó una sonrisa, y miró a otra parte.

-Está bien. ¿Cómo estuvo tu verano? ¿Dónde demonios te escondiste?

-Hola Harry –intervino Neville tímidamente.

Harry saludó a ambos, y se sentó al lado de Neville. Ron y Hermione se sentaron frente a ellos, y se tomaron la mano.

-Después del cambio en la edad de mayoría, me secuestró el ministerio –explicó Harry, con una sonrisa sarcástica-. Ni se imaginan con quien tengo que vivir hasta que cumpla los dieciocho...

-¿Con Umbridge? –preguntó Neville. Ron y Hermione hicieron muecas de horror, y miraron a Harry como esperando que dijera que no-. Es que la vi contigo en la fila –se justificó Neville.

-Si, con ella –confirmó Harry, y notó las caras de compasión de Ron y Hermione-. He pasado todo agosto con ella, y fue una pesadilla –gruñó-. Me alegro de poder volver al colegio, así al menos me libro de ella por unos meses.

Sus tres amigos soltaron resoplidos sarcásticos.

-No sé si me va a gustar el colegio este año –gruñó Hermione, y dirigió una mirada de desagrado a los cuidadores que todavía quedaban en el andén. Harry, al mirar en esa dirección, notó que ya no quedaban alumnos en la fila, y que el mesón estaba vacío.

-Va a ser raro el colegio sin el profesor Dumbledore –murmuró Neville con nostalgia, y sus tres amigos asintieron.

-Al menos ya no estará ese bastardo grasiento de Snape, y su mascotita Malfoy –dijo Ron con tono de burla.

Harry sintió algo desagradable en el estómago, al recordar a la mosca que lo había acompañado durante su cautiverio, pero disimuló.

-Me pregunto para qué habrán contratado a toda esta gente –continuó diciendo Hermione, esta vez frunciéndole el seño a la silueta vestida de gris que se paseaba en el pasillo.

-Umbridge me dijo que eran para aumentar la seguridad del colegio –informó Harry-. Pero no me quiso decir nada más sobre ellos. También me dijo que sólo nos pasarían nuestras varitas en las clases prácticas, y que las tendríamos que devolver al final de esas clases. Y me contó además que para pociones no tendremos nuestros propios ingredientes, sino que nos entregarán sólo lo que vamos a usar durante la clase.

-Yo ya no sigo pociones –recordó Neville con alegría.

-¿Seguirá haciendo clases Slughorn? –preguntó Ron.

Hermione y Harry se encogieron de hombros.

-Supongo que habrá que esperar hasta la noche para enterarnos –murmuró Hermione.

Finalmente sonó el silbato, cuando ya eran pasadas las doce veinte. El tren se puso en marcha, y los apoderados que todavía quedaban en el andén agitaron sus manos despidiéndose de sus hijos. Harry lanzó una rápida mirada para ver si veía a Umbridge, pero la bruja ya se había ido. Se encogió de hombros. No era que realmente le importara.

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El viaje en el tren fue muy tranquilo. Los alumnos evitaron en lo posible pasearse por los corredores, ya que los cuidadores lucían un poco intimidantes.

Harry les contó a grandes rasgos a sus amigos cómo había sido su vida con Umbridge, pero omitió los detalles vergonzosos como el de la silla del rincón. Tampoco se atrevió a contarles sobre la mosca.

Neville contó que había pasado el verano con su abuela, como siempre, y de que aparte de que no lo dejaban salir casi nunca, nada había sido muy distinto de otros años. También les contó que había construido un pequeño invernadero en el jardín de su casa, y que su abuela se lo iba a cuidar mientras estuviera en el colegio.

Ron, hasta antes del ataque a su casa, había pasado unas vacaciones bastante normales. No quiso decir adónde se habían ido a vivir, aduciendo a que se lo habían prohibido, pero Hermione había ido a pasar las últimas dos semanas de vacaciones, con él, después de haber viajado a Portugal con sus padres por un mes entero.

A media tarde se abrió la puerta del compartimiento, y entraron Dean, Seamus y Lavender. Los siete se apelotonaron en el compartimiento, y conversaron animadamente por el resto del viaje. A Harry le daba una sensación extraña. Parecía que todos se sentían mejor en grupo, acompañándose. Lavender y Ron evitaban mirarse a la cara, y se ignoraban mutuamente. Pero, aparte de eso, parecía que todos se sentían mucho más unidos que en los años anteriores.

Harry se enteró de que Parvati y su hermana no volverían a Hogwarts ese año, y Lavender afirmó que no había vuelto a saber de ella, porque ninguna de las lechuzas que le había enviado habían sido contestadas. Pero el hecho de que hubiera recibido sus cartas la consolaba un poco: dondequiera que estuviera, parecía que estaba viva. La lechuza de su familia siempre volvía después de muchos días, sin la carta que había llevado.

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Ya era muy tarde cuando por fin se distinguieron a lo lejos las luces de Hogsmeade. Todos estaban cansados, hambrientos, y la mayoría parecía algo nerviosa.

Harry notó con pesar que un gran número de alumnos se quedaba mirando a los testrals, como si pudieran verlos por primera vez. Se preguntó, alarmado, cuanta gente habría muerto durante el verano.

Los siete intentaron apiñarse en el mismo carruaje, pero un par de cuidadores los separaron en dos grupos. Después de repartirse a los alumnos, se subieron con ellos en dos carruajes diferentes, y emprendieron el corto viaje hacia el castillo. Harry terminó viajando con Ron, Hermione y Dean. El otro cuidador se había llevado a Lavender, Seamus y Neville.

El cuidador que iba con ellos era hombre. Era bastante joven, tenía la piel muy blanca, y el pelo corto y café. Era francamente feo, con su cara huesuda y su mirada altanera. En su capa lucía un distintivo rojo.

-¿Cuál es su nombre? –preguntó Harry intentando ser cortés.

-Salton Kendy –informó el joven, y de pronto pareció un poco menos altanero.

-Yo soy Harry Potter –se presentó Harry extendiendo su mano-, y ellos son Hermione Granger, Ronald Weasley, y Dean Thomas. Somos de séptimo curso, de Gryffindor.

El brujo asintió e hizo una inclinación de cabeza a modo de saludo, pero no le tomó la mano. Harry se la guardó, sintiéndose un poco estúpido.

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El gran salón lucía muy hermoso, como de costumbre. Los alumnos se fueron sentando en las mesas. A Harry le dio la impresión de que estas eran más largas que en los años anteriores, pero supuso que era idea suya. Todos conversaban alegremente con compañeros de la misma casa, y de otras casas. Todo parecía normal, y Harry vio que la mayoría de los profesores que había en la mesa principal eran los mismos que el año anterior. Notó con pesar la falta de Dumbledore, y la presencia de la profesora Grubby-planck. ¿Dónde estaba Hagrid? Recordaba haberlo visto en el andén llamando a los de primero (no había podido acercarse a saludarlo, porque los cuidadores lo forzaron a seguir a sus compañeros hacia los carruajes)... Recorrió la mesa, y notó que Slughorn estaba presente. El puesto del director estaba vacío, pero en el asiento a su derecha había un brujo que no conocía. De pronto, la puerta que estaba detrás de la mesa de los profesores se abrió, y apareció un mago viejo que Harry nunca había visto. Era completamente pelado, pero tenía bigote y barba blancos. A su lado venía el hombre del bigote negro parecido al de tío Vernon, y Harry sintió algo desagradable en las tripas. Había tenido la esperanza de que no trabajaría en el colegio. ¿Sería profesor de algo? ¿O sería parte del nuevo sistema de seguridad del colegio? Harry estaba más inclinado a creer lo segundo.

De pronto sintió un agradable aroma a su lado. Era Ginny, que acababa de sentarse a su lado. Le tomó la mano por debajo de la mesa, se sonrieron, y ambos se sintieron mejor.

Harry notó con agrado que McGonagall, Flitwick y Sprout estaban presentes. Entre ellos y Slughorn, aseguraban que al menos en cuatro de las cinco materias que tomaba tendría a los mismos profesores.

La profesora McGonagall salió del comedor, probablemente para buscar a los de primero. Los cuidadores se quedaron al borde del comedor, cerca de los muros, y conversaban en silencio entre ellos. Harry, a vuelo de pájaro, calculó que eran más de cincuenta. Sus colores parecían estar divididos bastante equitativamente entre las cuatro casas, y habían casi tantas mujeres como hombres. Las edades eran muy variables: los había muy jóvenes, como el que había viajado con ellos en el carruaje, y los había que tenían bastantes canas. Algunos tenían caras amigables, otros no tanto.

El viejo pelado que se había sentado en el puesto del director se puso de pie, y casi todos guardaron silencio. Algunos cuidadores se acercaron a los que seguían hablando, logrando que se quedaran callados. Entonces Filch, que hasta ese momento Harry no había notado, fue a abrir la puerta principal que McGonagall había dejado cerrada al salir.

La profesora entró cargando el taburete de tres patas y el sombrero seleccionador, seguida de una treintena de niñitos que se veían muy pequeños y asustados. Venían escoltados por cuatro cuidadores más. A Harry se le antojó que parecían más amigables que los que rodeaban el comedor, pero podía ser también que estuvieran acompañando a un montón de niños asustados, algunos de los cuales parecían al borde de las lágrimas y temblaban. Se pararon frente a los demás estudiantes, mirando todo con los ojos muy abiertos.

La profesora dejó el sombrero en el taburete, y de inmediato éste comenzó a cantar. Las palabras describiendo los valores de las casas eran similares a las de otros años, pero el sombrero también dedicó un par de estrofas para recomendarles unidad, compañerismo, y que se cuidaran los unos a los otros durante los tiempos oscuros.

Cinco niñas y tres niños fueron seleccionados para Gryffindor. Ravenclaw fue la casa que recibió más alumnos, con siete niños y tres niñas. Hufflepuff recibió cuatro niñas y tres niños, y Slytherin fue la que menos alumnos recibió: sólo dos chicas y cuatro chicos.

El hombre del bigote negro se puso de pie y aplaudió tres veces con fuerza. Tenía cara de pocos amigos, y el murmullo que se había iniciado luego de la selección murió. Entonces, el viejo pelado se volvió a poner de pie y se dirigió a todos.

-Estimados profesores, funcionarios, alumnas, y alumnos –dijo con una voz muy grave-. Es con gran alegría que les doy a todos la bienvenida a este nuevo año, en Hogwarts. Para quienes no me conozcan mi nombre es Dedrick de Witt, y he asumido la dirección de este colegio luego del sensible fallecimiento del por todos querido, Albus Dumbledore. A mi lado se encuentran nuestros estimados profesores. La mayoría de ustedes ya los conoce, y los más jovencitos de entre nosotros los va a conocer muy pronto –dijo con una sonrisa dedicada a los de primer años-. Nuevos profesores se han incorporado, también. Les presento a la profesora Mercedes Grubby-Planck, que se hará cargo a lo largo de este año de la asignatura de Cuidado de las Criaturas Mágicas.

Un aplauso general sonó en el comedor, aunque varios comenzaron a comentar por lo bajo con sus amigos. Harry distinguió el nombre de Hagrid ser mencionado entre los murmullos, y su estomago se contrajo preguntándose por qué razón Hagrid no continuaría enseñando esa asignatura.

-También le quiero dar la bienvenida a nuestro nuevo profesor de Defensa contra las Artes Oscuras, el profesor Auryn Avery –dijo el director, y el brujo que estaba sentado a su derecha se puso de pie e hizo un breve saludo antes de volver a sentarse. Hubo un aplauso cortés.

Harry se preguntó preocupado si el nuevo profesor de defensa estaría emparentado de algún modo con el mortifago Avery. Esperaba que no, y que se tratara solamente de un lamentable alcance de nombres.

-Del mismo modo –continuó el director-, quiero darles la bienvenida a un grupo de brujas y magos que se han incorporado a este colegio, con el propósito de reforzar la seguridad. Todos ustedes ya los habrán encontrado en la estación y en el tren. Son los Cuidadores de Hogwarts, y acompañarán a los alumnos durante el año para protegerlos. Antes de presentárselos, quiero darle la más cordial bienvenida al Cuidador en Jefe, el señor Osmond Mason.

El hombre del bigote negro parecido al de tío Vernon se puso de pie, y dirigió al comedor una sonrisa llena de dientes. Hizo una breve inclinación, y volvió a sentarse entre los escasos aplausos que siguieron a la presentación del director. Harry se dio cuenta que, después de pasar por la fila en el andén 9y3/4, a nadie le había gustado el señor Mason.

-Sería muy largo presentar a todos y cada uno de los cuidadores ahora –continuó el director paseando una sonrisa benevolente hacia las caras de los nuevos funcionarios-, y estoy seguro de que todos ustedes tienen más urgencia por cenar en este momento. De modo que aprenderán sus nombres a medida de que los vayan conociendo. Espero que todos los traten con respeto, y les obedezcan en todo. Les informo que no se admitirá otro comportamiento que no sea el correcto. Cómo habrán notado, en sus uniformes usan el distintivo de algunas de las cuatro casas, porque esa será la casa que deberán proteger principalmente. Lo que no quiere decir que sólo cuiden a los alumnos de esa casa, ni que ustedes les deban respeto y obediencia sólo a los de sus casas, no. Ellos comerán con ustedes, dormirán en los mismos dormitorios que ustedes, y los escoltarán en las distintas actividades que se desarrollan en el colegio.

Siguió a ese anuncio un fuerte murmullo entre los alumnos. Ninguno parecía muy contento de tener que compartir en cada momento con un adulto. Varios miraron alrededor con descarada desconfianza.

-Estas medidas –continuó el director, con una voz mucho más poderosa que antes-, son para su propia seguridad. Fueron tomadas luego de los tristes acontecimientos de finales del año pasado. Como les fue informado oportunamente a sus padres y tutores, las nuevas reglas deberán ser seguidas por todos y cada uno de los alumnos, sin excepción. Los jefes de sus casas les darán a cada uno de ustedes una copia del nuevo reglamento, y se espera que todos lo lean durante el día de mañana. Desde el martes, no se aceptará ninguna falta al reglamento.

Le siguió otra ola de murmullos, e incluso algunos abucheos. Pero el director continuó, como si nada ocurriera.

-También debo anunciarles, aunque todos ya deben saberlo pues también les fue comunicado oportunamente a sus apoderados, que los exámenes finales que no fueron tomados el año pasado por el doloroso duelo que sufrió el colegio, serán tomados durante la primera semana de clases –recomenzaron los murmullos y abucheos en ese momento, aunque varios cuidadores se acercaron a las mesas para hacer callar a los responsables-. Los calendarios de las pruebas les serán entregados mañana por la mañana, y las clases no comenzarán sino hasta el lunes 9 de septiembre. También, y en un plano más grato, les informo que los alumnos que quieran ingresar a los equipos de Quidditch deben acercarse dentro de la semana a sus jefes de casa. Eso es todo. Gracias. Cuidadores, pueden tomar asiento.

Dicho esto, de Witt se volvió a sentar. Los cuidadores se acercaron a las mesas, y tomaron asiento entre los alumnos. Harry comprendió entonces que no era idea suya que las mesas eran más largas. Casi todos los alumnos miraron a los recién llegados con desconfianza, y la mayoría de los que quedaron junto a ellos no parecían nada de contentos.

Justo al lado de Hermione se sentó la bruja bajita de pelo corto y negro que lo había hecho salir del compartimiento en que viajaba Ginny. Hermione le dirigió una sonrisa educada, y se hizo a un lado de inmediato para hacerle espacio.

La bruja se presentó como Gladys Gill, y dijo que la llamaran señorita Gill. Les preguntó los nombres a todos alrededor, y se notaba que estaba haciendo un esfuerzo por retenerlos.

-Ah, si... los tortolitos del tren –les dijo a Harry y Ginny cuando fue el turno de ellos de presentarse. Pero sonreía de un modo agradable, y no lo dijo en tono de burla.

El banquete estaba bueno, aunque menos ostentoso que el de los años anteriores. Harry notó que la mayoría de los cuidadores conversaba con los alumnos que los rodeaban. Contó los de su mesa. Eran 16. Contó disimuladamente los de la mesa de al lado, que era la de Hufflepuff, y notó que también ellos tenían 16. Supuso que en Ravenclaw y Slytherin tendrían otro tanto. Entre los cuidadores y el bigotudo Mason eran 65 personas extras en Hogwarts. Todo un número. Supuso que el consejo del colegio debía estar muy asustado con lo de la seguridad, para estar dispuesto a que se pagara a tanta gente más.

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