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Chicadeletras
Author of 4 Stories

Rated: K - Spanish - Adventure/Romance - Harry P. & Ron W. - Reviews: 7 - Updated: 07-29-06 - Published: 10-17-05 - id:2622866
Cap. 1 Cartas y recortes de diario.

El bosque iba oscureciéndose a cada paso. La luz de la luna a penas conseguía colarse por entre las espesas copas de los árboles. Aquella maraña de tinta negra no parecía tener salida. Pero Raquel sabía que si la tenía y lo único que le importaba en aquel momento era llegar a ella. Salvar su vida... y la de su hijo.

El niño, en brazos de su madre, no estaba para nada asustado. Era muy pequeño y su madre lo había despertado de pronto y se habían puesto a correr, sin más. No podía, ni sabía, sacar conclusiones de todo aquello. Lo único que le desconcertaba era no tener ni idea de que hacían en medio de la noche en un lugar tan feo. Y tampoco entendía por que su madre, siempre tan tranquila, estaba tan nerviosa.

- ¿Dónde vamos, mamá?- le preguntó curioso observando las formas amenazantes de los árboles que iban dejando atrás.

- Chssstt... baja la voz, mi amor- dijo Raquel mirando inquisitivamente a su alrededor- Vamos con la abuela, Joseph.

El corazón del niño dio un salto.

- ¿Vamos a Hogwarts?- preguntó lleno de ilusión.

- Sí, cariño, vamos a Hogwarts- respondió su madre evasiva- Y será mejor que no hables hasta que lleguemos, ¿de acuerdo, cielo? Aquí, incluso los árboles escuchan.

Joseph miró a su madre con cierta aprensión. La idea de que existiesen árboles con orejas le pareció horrible. Miró con temor a su alrededor y escondió la cara en el cuello de su madre. Raquel, al notar que el niño se encogía en sus brazos, se relajó. No pretendía asustarlo, pero cuanto más miedo tuviera, más callado estaría y así ganarían los dos. Cada vez le resultaba más difícil caminar, entre el peso del niño y su propio cansancio. Y además, estaba el miedo. La amenaza constante del bosque Oscuro. Pero no podía rendirse, no todavía.

La esperanza la invadió de nuevo cuando llegaron a un claro lleno de orquídeas blancas. Conocía aquel lugar, como conocía gran parte del bosque. Lo había explorado innumerables veces, la mayor parte durante su época de estudiante, junto a su mentor y a la vez el mejor amigo de su madre: Godric Gryffindor. El claro de las orquídeas estaba a unos cien metros de los invernaderos de Herbología. Ya casi habían llegado.

Suspiró aliviada y emprendió de nuevo la marcha. Pero entonces, un extraño sonido la detuvo, como un crujido. Raquel miró a un lado y a otro, recelosa. Sacó la varita y empezó a caminar de nuevo.

Crac, crac

Raquel se giró rápida como un rayo.

- ¡Impedimenta!- gritó con todas su fuerzas. La luz roja que salió de su varita le dio de pleno a la sombra silenciosa que los acechaba. Joseph se quedó con la boca abierta al ver a su padre caer desmayado. Miró a su madre con los ojos muy abiertos. Esta en cambio se puso a correr como el alma que lleva el diablo. Joseph temblaba.

- Mama...- dijo el niño con un hilo de voz.

- Ahora no, mi amor- dijo su madre con voz apresurado- No te preocupes, todo saldrá...- su madre no pudo continuar. Un rayo golpeó un árbol que tenían delante y este cayó en llamas, barándoles el paso.

- ¿Dónde vas con tanta prisa, hermanita?- dijo una desagradable voz detrás de ellos. Raquel y el niño se giraron.

- ¡Tía Julia!- exclamó el niño asustado. Julia esbozó una sonrisa malvada. Si no hubiese sido por este hecho, cualquiera hubiese podido pensar que veía doble. Raquel y Julia eran gemelas idénticas. Ambas tenían los cabellos de un color dorado, los mismos rasgos delicados de muñeca de porcelana y los mismo ojos verdes, en aquel momento, con una idéntica expresión de odio.

Joseph no entendía porque su madre y su tía se miraban así, ni porque su madre había atacado a su padre y porque ahora éste, recién llegado, cogía de la mano a su tía en lugar de cogérsela a su madre.

- ¿Papá?- dijo Joseph casi sin atreverse.

- Sí, Joe, cariño, ven con papá- dijo su padre acercándose a él. Raquel lo apuntó con la varita directamente al corazón.

- Te lo advierto, Robert. Si das un paso más...- dijo a modo de advertencia.

- Es mi hijo- dijo Robert con veneno en la voz- Y, aunque lo intentes, eso es algo que no podrás cambiar. Su destino está sellado.

- ¡No!- gritó Raquel- ¡Mobilicorpus!- gritó apuntando al árbol en llamas. El tronco salió disparado hacia Julia y Robert, que lo esquivaron por poco. Raquel echó a correr de nuevo. Joseph se había puesta a llorar.

Por fin, llegaron a los jardines de Hogwarts. Entonces, Raquel tropezó y ambos cayeron al suelo. Raquel se levantó rápidamente y también levantó a su hijo, cogiéndolo por los hombros.

- Joe, escúchame, tienes que hacer algo por mi- a su madre le temblaban las manos- Tienes que correr hacia Hogwarts y avisar a la abuela...

- Pero, mamá...- dijo el niño llorando.

- Joe, cariño, confía en mí, haz lo que te digo- dijo Raquel desesperada- Corre como el viento y oigas lo que oigas, no te detengas, ¿entendido?

El niño hizo que si con la cabeza, mientras las lágrimas resbalando sin cesar por sus mejillas. Su madre lo abrazó fuertemente.

- Sé valiente, mi amor, corre- lo apuntó con la varita y susurró unas palabras. Joe advirtió asombrado que su piel se volvía transparente. ¡Era invisible!- Corre, Joe- repitió su madre- ¡Corre!

No se lo hizo repetir otra vez. El pequeño empezó a correr piernas-para-que-os-quiero hacia Hogwarts. Su madre, cuando dejó de oír sus pisadas, suspiró aliviada.

Justo en aquel instante, un dolor atroz en la espalda la hizo doblegarse y caer de rodillas. Levantó la vista y vio la oscura figura de su marido, apuntándola con la varita. El dolor cesó, pero pronto se vio atada por unas cuerdas invisibles.

- ¿Dónde está el niño, Raquel?- le preguntó con el más puro odio- ¿Dónde está?

- Allí donde tu no puedas encontrarle- respondió Raquel débilmente, pero con los ojos brillantes. Robert miró hacia Hogwarts.

- Ni tu madre ni tu estúpido profesor podrán evitar que mis descendientes, sus descendientes, traicionen a la Orden- dijo poco a poco- Mi sangre, la sangre de mi madre, corre por sus venas.

- Sí, así como la mía y la de mi madre- dijo Raquel desafiante- Y esa es la que le valdrá, querido mío- añadió con contundencia.

Robert la miró fijamente.

- No importa- dijo fríamente, aunque Raquel supo que estaba contrariado. Muy a pesar suyo, conocía aquel traidor como si lo hubiera parido- Tu hermana espera un hijo mío- una perversa sonrisa se le dibujó en los labios- Y por éste no podréis hacer nada...

- Una pregunta- dijo Raquel como quién no quiera cosa- ¿Por qué diablos no te casaste con ella? Nos hubieses ahorrado muchos disgustos a todo...

Robert se echó a reír.

- Por que me enamoré de ti, mi querida Raquel. ¡Avada kedabra!- Raquel, con cara de espanto, cayó inerte sobre Robert, que la abrazó y besó su todavía tibia frente- Y luego supe la verdad.

Harry Potter no se percató del pequeño corte que se había hecho en el dedo índice de la mano derecha con la hoja de “El Profeta” que leía, hasta que manchó ésta de sangre. Se llevó el dedo a la boca y la limpió con los labios, mecánicamente, con los ojos fijos en la plana que tenía abierta sobre el escritorio. Serían las nueve de la mañana y por la abierta ventana entraba una húmeda brisa. El cielo estaba muy gris y el ambiente en general era frío. Iba a ponerse a llover de un momento a otro. Harry lo sabía. Y tía Petunia, también.

Toc, toc... Alguien golpeó tímidamente la puerta de su habitación.

- ¿Sí?- preguntó Harry sin levantar la vista.

- Harry, baja y ayúdame a colocar un plástico para que no se mojen las margaritas- dijo su tía Petunia con voz autoritaria. Harry sonrió para sí mismo con cansancio. Sabía que si su tía hablaba tan puesta, era por que él estaba al otro lado de la puerta. Desde que había vuelto de Hogwarts, la familia Dursley se tensaban como un gato ante el agua cuando él entraba en una habitación.

Harry suponía que la abrupta llegada de los Weasley el pasado verano tenía mucho que ver en el tema, sobretodo por que su primo Dudley no le había dirigido la palabra en todo el mes. Fred y George Weasley, los hermanos mayores del mejor amigo de Harry, Ron Weasley, habían utilizado a Dudley como “probador” de uno de sus productos de broma y este había terminado con una lengua de medio metro, experiencia muy poco agradable.

Por lo tanto, si su relación con aquella familia ya era bastante precaria, a raíz de aquel incidente, llegó a niveles de frialdad insospechados. La única que le trataba igual que siempre, igual de mal, es decir, era tía Petunia que, aunque con menos desparpajo que en sus mejores días, no tenía ningún problema en continuar pidiéndole que la ayudara en las tareas del hogar a las que ella tenía tanto amor, en contra de su marido y su hijo que parecían tenerles alergia.

Harry se levantó de su escritorio y se obligó a apartar la vista de “El Profeta”. Abrió la puerta de su habitación y se apoyó en el marco de la puerta, mirando a su tía con una sonrisa cordial pero con un deje de insolencia y ésta a su vez lo miraba tratando de ocultar su intimidación.

- Tía Petunia, corrígeme si me equivoco- dijo como quiere no quiere la cosa- ¿La lluvia no es buena para las flores?- su tía lo miró fijamente- Interpretaré eso como un sí. Entonces, ¿por qué quieres tapar a las flores, pobrecillas?

- La lluvia de verano es muy fuerte, las puede ahogar.

- Vaya, pobres- dijo Harry sonriendo. Su tía lo miró con una ceja levantada. El muchacho cerró la puerta de su habitación- Pues venga, te ayudo.

Su tía lo miró de arriba a bajo y empezó a bajar las escaleras.

- Estás convirtiéndote en un niño maleducado y respondón.

- Algo se me tenía que pegar de tu hijo- respondió Harry impasible, yendo detrás de ella. Su tía no dijo nada más, pero Harry adivinó la mueca de desprecio que se habría dibujado en su cara de caballo. Pero no podía replicar. Era sus margaritas o su hijo. Y Dudley dormía, no tenía porque saberlo nunca.

Cuando ambos salieron al jardín, las gotas de lluvia ya habían empezado a caer del cielo. Tía Petunia empezó a alterarse. Que mujer más quisquillosa, pensó Harry malhumorado, mientras entre los dos desplegaban la lona de plástico y la colocaban sobre las margaritas. La lluvia empezó a caer en abundancia y las gotas golpeaban fuertemente contra el plástico, que Harry tuvo que terminar de colocar solo, ya que tía Petunia había salido corriendo despavorida hacia la casa. A Harry, en cambio, le gustó sentir el agua mojando su piel. Hacía tiempo que no se sentía tan despierto...

Cuando las gotas empaparon por completo sus gafas de forma que casi no podía ni ver, empezó a caminar en dirección a la casa pero, a medio camino, sintió una extraña sensación que lo hizo pararse. Se colocó la mano en el cuello con una mueca entre el dolor y el desconcierto. Era como un escalofrío concentrado en su nuca, como un agudo pinchazo de advertencia. Se giró y trato de enfocar, cosa difícil por las gafas mojadas, pero aún así pudo comprobar que la calle estaba totalmente vacía. Harry frunció el cejo.

Por un instante, justo cuando había sentido el pinchazo en la nuca, le había parecido ver una larga melena cobriza desapareciendo por la esquina.

Nunca lo sabría pero, en la calle de al lado, una misteriosa joven se colocaba bien la capucha de su capa gris mientras y sonreía.

Fue un engorro tener que secarse y cambiarse una ropa que hacía a penas media hora que se había puesto nueva por haberse mojado con agua de lluvia. A Harry le hubiese encantado sacar la varita y quedar seco con un simple gesto, pero la situación no estaba para travesuras y Harry lo sabía.

El mundo mágico, al que Harry pertenecía desde que había descubierto sus poderes y había empezado a asistir a la Escuela de Magia y Hechicería Hogwarts, no estaba en su mejor momento y, lamentablemente, la situación iba a empeorar.

Harry seguía este proceso por escrito, literalmente. En Privet Drive, se encontraba completamente alejado de todo lo que era la magia y su gente y si se enteraba de todo lo que ocurría, era por las cartas que sus mejores amigos, Ron Weasley y Hermione Granger, le enviaban casi semanalmente.

Gracias a ellos se había enterado del desconcierto y de la división en las cuales se encontraba el Ministerio de Magia. Nadie terminaba de saber que estaba ocurriendo. Todo eran rumores, susurros, discusiones en voz baja que terminaban súbitamente, cuando alguien no invitado aparecía por sorpresa. Y por encima de todo, como una niebla difusa, aquel terrible rumor que helaba la sangre de todo aquel que lo escuchaba: ¿Era cierto que Quién-tu-ya-sabes había vuelto a la vida? Pocos eran los que lo creían totalmente y Harry era uno de ellos. Lo había visto resucitar con sus propios ojos.

Y aquel era el motivo por el cual últimamente no tenía ánimo de hacer nada, por el cual comía menos de lo habitual y por el cual sus sueños estaban llenos de dolor, espanto y amargura. Harry hubiese dado lo que fuera por que aquello realmente fuese tan solo un rumor, un estúpido chisme. Pero era cierto. Era un hecho.

Lord Voldemort había vuelto a la vida. Había... vuelto.

Harry, sentado sobre la mesa de su escritorio, viendo la lluvia caer, no podía dejar de martirizarse con preguntas sobre aquello: ¿Qué estaría haciendo Voldemort, ¿Habría dado ya algo paso decisivo y conseguir su principal objetivo, es decir, matarle? Por lo que le contaban sus amigos, nadie sabía todavía nada, Voldemort no había hecho ningún movimiento público. Y el no saber nada lo machacaba. No podía evitar tener miedo. Miedo por sus amigos, por sus compañeros, por Hogwarts... por su propia vida. Pero, ¿qué podía hacer para evitarlo viviendo con aquella panda?

Harry cerró los ojos y se dejó caer sobre el escritorio, abatido, pero al acto se levantó de un salto con un grito. Su lechuza, Hedwig, movió las alas dentro de la jaula. Harry distinguió un brillo divertido en sus ojos. La barra de pegamento que se había dejado sobre el escritorio se le había clavado en la espalda. Se la despegó con un manotazo y bajó de la mesa de un salto. Tapó el pegamento y observó la hoja que acababa de pegar en el cuaderno y con la que se había cortado antes de que su tía lo llamara para rescatar a las margaritas.

Desde el principio del verano, había estado recortando todas las noticias que tenían que ver (o al menos, Harry les encontraba relación) con la vuelta de Lord Voldemort. No había muchas, al parecer, nadie se atrevía a decir nada formalmente. Sólo comentaban ocasionalmente, y de forma casi escondida, en las últimas páginas o en artículos de opinión de poca relevancia, que “todavía no se habían esclarecido los extraños sucesos acontecidos en junio de aquel año en el Torneo de los Tres Magos en la Escuela de magia y Hechicería Hogwarts” o cosas por el estilo. Y ya está. Ni nombres, ni comentarios, ni explicaciones, ni nada de nada. Ni siquiera se mencionó la muerte de Cedric Diggory.

Pero un día poco después de volver a casa de los Dursley, vio publicada una pequeña esquela en el apartado de necrológicas. “A Cedric Diggory. No te olvidamos, Cedric. Nunca lo haremos. De tu familia y amigos”. Harry sintió que un nudo se apoderaba de su garganta. Con las manos temblorosas, cogió tijeras y pegamento y recortó la esquela cuidadosamente, para luego pegarla en un cuaderno. Aquel día no pudo ingerir nada y por la noche no durmió.

Desde entonces, había cogido aquella costumbre. Había llenado ya un poco menos de un tercio del cuaderno y por el suelo de su habitación siempre encontraba trocitos de pergamino que se le caían al recortar. Cada vez que recibía “El Profeta” lo leía desde la primera página hasta la última, cuidando de que no se le escapase nada, aunque la mayoría de veces no encontró nada que se le pudiese pasar.

Harry suponía que a Rita Skeeter, la impertinente reportera que lo había perseguido hasta el infierno el curso anterior, le hubiese encantado escribir un amplio artículo sobre los hechos sucedidos durante la última prueba de El Torneo de los Tres Magos, en la cual Harry y Cedric participaron, hasta que ambos fueron secuestrados y, en el caso de Cedric, asesinado por Lord Voldemort. Pero su amiga Hermione Granger había descubierto que los “recursos periodísticos”, por decirlo de algún modo, de la reportera eran poco ortodoxos, a parte de ilegales. Así que se había librado de ella, al menos por un tiempo, aunque Harry había llegado a un punto en que realmente no sabía que era mejor: que la comunidad mágica leyese un artículo sensacionalista, pero que se enterase de la verdad... o que nadie la supiera hasta que ya fuera demasiado tarde.

Sin embargo, aquel último artículo que había recortado, era distinto a todos los demás que tan sólo contenían vagas suposiciones. De hecho, ni si quiera era un artículo periodístico, propiamente dicho. Era una carta de opinión de uno de los reporteros del periódico en la sección del Editorial. Aparecía en la primera plana de la sección y, a diferencia de las demás noticias, no parecía que hubiesen intentado esconderla. Más bien lo contrario. Harry pensó que aquello era como una especie de advertencia, una señal, como diciendo: “A la próxima, lo publicaremos en primera plana”. Harry chasqueó la lengua y leyó por quinta vez la carta:

A la atención de compañeros de trabajo y lectores de éste periódico:

Como miembro activo y trabajador de la Comunidad Mágica, y bien orgullosa de serlo, me gustaría expresar mi dificultad para no sorprenderme por la actitud poco considerada y nada lógica que están teniendo algunos de mis colegas y demás compañeros y también, por qué no decirlo, miembros con altos cargos del ministerio.

Me siento escandalizada por el intento de tapar un rumor que, por el simple hecho de que exista, ya supone un peligro demasiado grande para ser callado. No desvelaré tal comentario (no lo creo necesario, ya que parece que se ha extendido como la pólvora), pero si diré que me parece deplorable la falta de información, e incluso insultante, ¿a caso los brujos no tenemos derecho a saber que ocurre en nuestra comunidad, aunque sea un simple chisme... o nos creen demasiado tontos?

Además, mis queridos lectores, me veo en la obligación de hacer una grave (pero cierta acusación): no es la primera vez que los reporteros de El Profeta vemos limitadas nuestras libertades a la hora de ejercer nuestra profesión respecto a un asunto de gran trascendencia, pero puedo afirmar sin titubear que esto ya pasa de castaño oscuro. Si el Ministerio no desea hacer comentarios, que no los haga, pero que evite omitir los de los demás.

Confieso que nunca me he sentido demasiado apegada al sistema de gobierno de nuestro actual ministro, el muy honorable señor Cornelius Fudge. De hecho, debo añadir que hace tiempo que estoy muy desencantada con el Ministerio, concretamente, unos catorce años, pero eso es otro tema. No esperaba sino la estúpida reacción que éste está teniendo ante los problemas y el inmenso trabajo que está llevando a cabo para no hacer lo que toca. No me sorprende nada la poca constancia de esta “nuestra” administración, pero eso no significa que esté entusiasmada. Más bien, estoy muy preocupada. ¿Hasta cuando van a seguir ignorando que las cosas han dejado de ser como hasta ahora eran?

Por último solo decir que, aunque ya estaba prevenida, lo único que me faltaba para llevarme una completa decepción era ser testigo de esta falta de profesionalidad, de aplomo y de valentía del Ministerio de Magia para sobrellevar una situación en la que cada vez estamos más hundidos. ¿Por qué nuestro querido ministro no se deja de patrañas y se enfrenta a la verdad de una vez?

Ah, y un último aviso para brujos con sentido común: sin han oído el rumor, no se coman la cabeza. Es absolutamente cierto.

Fmdo: MB

Harry suspiró. Una de las preguntas que le pasaban por la cabeza era quien era aquella MB. Recordaba haber visto sus iniciales en otros artículos del Profeta y guardaba una buena impresión de ellos. Era muy clara y directa y parecía objetiva de verdad, pero nunca había leído un artículo (ni de ella ni de cualquier otro periodista) que fuera tan a matar, sin terminar de decir nada. La austeridad y discreción de las palabras sólo dejaban entender su significado a aquél que supiera ya de que iba el tema. Aunque, pensándolo fríamente, no era un tema que ir escondiendo. Pero si era cierto aquello que MB decía (“vemos limitadas nuestras libertades a la hora de ejercer nuestra profesión”), la periodista había sido muy valiente al publicarla, ya que, obviamente, aquello era un toque de atención para Fudge y compañía en toda regla.

Harry medio sonrió al pensar como se tomaría aquello Cornelius Fudge si aquel artículo llegaba a sus manos. Al igual que MB, Harry también se había llevado una buena decepción con el Ministro, que en junio se había negado a creer rotundamente que Voldemort había vuelto, acusando a Harry de mentiroso. El muchacho se encogió de hombros, resignado, mientras dejaba de lado el artículo de MB y pasaba las páginas en busca de algo más que le llamase la atención, pero no fue así.

La lluvia empañaba el cristal y a través de la ventana Harry sólo tenía una visión distorsionada de la calle. Privet Drive seguía dormido, dormido y mojado, esperando un tímido y blancuzco rayo sol que tardaría en hacer acto de presencia. No había un alma en toda la calle. Harry se preguntó como era que podía existir un lugar tan aburrido...

En aquel momento, su estómago rugió. Ya se había acostumbrado a aquellos sonidos, ya que el que él no tuviese hambre no significaba que su organismo tampoco. Pero aquel día, por primera vez en mucho tiempo, Harry se sintió realmente hambriento y aquello le extrañó (ya que nunca admitiría que la curiosidad que la misteriosa carta había despertado en él lo había desembotado). Miró el reloj de la mesilla. Eras las nueve y media. “La hora perfecta para desayunar” pensó Harry mientras salía de su habitación en dirección a la cocina.

Dudley no despertaría hasta tres horas después.

Pasear se había convertido en una afición habitual de Harry aquel verano. Hacía un tiempo que las paredes de su habitación habían empezado a agobiarle. Sirius Black, su padrino y el que había sido el mejor amigo de su padre, en sus esporádicas y breves cartas le advertía que tratara de no alejarse demasiado de la casa de los Dursley. La primera vez que lo hizo, Harry se sorprendió, ya que no le había comentado nada. “Intuición” respondió Sirius sin darle más coba al asunto.

De todas formas, no era necesario que Sirius le hubiese hecho aquella advertencia, ya que él mismo procuraba siempre ir por lugares con bastante gente a la vista. La plaza de las Magnolias se llevaba de niños escandalosos y madres risueñas por las tardes y Harry se acercaba muchas tardes por aquella zona. No era que pensase que si se metía por algún callejón desierto Voldemort aparecería de pronto y acabaría con él (que también), sino por que desde que había vuelto de Hogwarts hacía unas cuatro semanas, tenía la extraña sensación de que lo observaban. Lo curioso es que aquella sensación, aunque perturbadora, no lo asustaba... Al menos, no del todo.

Harry llegó a la plaza de las Magnolias sobre las cinco de la tarde aquel día. La lluvia ya había cesado y estaba todo lleno de charcos, pero los chavales se lo estaban pasando pipa ensuciándose con el barro. Harry no pudo evitar acordarse de sus amigos. Ron y Hermione, ¿qué estarían haciendo ahora? “Quidditch y deberes” le respondió una voz dentro de su cabeza. Sonrió divertido. ¿Y Sirius, ¿qué estaría haciendo Sirius: “Mejor ni lo pienses, Harry”.

La última vez que lo había visto, Sirius salía de la enfermería de Hogwarts donde Harry estaba recuperándose de su encuentro de Voldemort con su disfraz de perro negro. Dumbledore lo había enviado a encontrarse con Remus Lupin, otro viejo amigo de los Potter que había sido profesor de Harry de Defensa contra las Artes Oscuras en tercero. Harry se había preguntado muchas veces con que objeto. Sirius no le había dicho nada en sus cartas, para evitar un desastre si la información pudiese caer en malas manos, pero Harry suponía que ya se encontraba junto a su amigo. Haciendo qué, lo ignoraba.

- Hombre Harry, tú por aquí- dijo una amable voz a su lado sacándolo de sus pensamientos. Harry se giró hacia la conocida voz. La señora Figg lo miraba sonriendo.

- Hola, señora Figg- dijo Harry educadamente- ¿Qué tal está?

- Oh, muy bien querido- dijo ella con dulzura- me preguntaba si un joven tan encantador como tú me ayudaría con las bolsas de la compra.

- Faltaría más- dijo Harry cogiendo rápidamente las tres bolsas de la compra que cargaba la señora Figg.

- Oh, eres un sol- dijo la señora Figg mientras empezaban a caminar- Este año has crecido mucho... ¿Qué tal en el internado?

Harry hizo una mueca. No se acordaba: Hogwarts no existía en Privet Drive. Sus primos había hecho creer a todo el vecindario que lo había metido en un correccional.

- Bueno... ha sido un año lleno de sorpresas- dijo Harry sin faltar a la verdad. La señora Figg asintió con una sonrisa. Unos minutos después, llegaron a la puerta de la casa y entraron. Harry rogó a Dios para que la señora Figg no lo invitara a quedarse. Era una señora muy maja, pero no le apetecía pasarse la tarde viendo fotos viejas de gatos.

Pero la señora Figg no lo invitó a quedarse, aunque si le ofreció un vaso de leche que Harry no pudo rechazar.

- Es una leche deliciosa, mis gatos se la beben a lengüetazos. Claro que... ¡de qué otro modo se la iban a beber!

- Sí, es lo que tiene ser gato- dijo Harry aceptando el vaso de leche. Mientras la bebía, miraba a su alrededor. La última vez que había estado allí, había sido unos días antes de ir a Hogwarts por primera vez. Se vio a sí mismo sentado en el sofá, fingiendo mirar la tele, mientras en realidad contaba lo segundos que faltaban para empezar aquella nueva vida en aquel fantástico y desconocido mundo. ¡Cuánto había cambiado todo...! Harry dio el último trago de leche y le devolvió el vaso a una satisfecha señora Figg. Harry se despidió educadamente de ella y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, oyó que la señora Figg le decía, como quien no quiere la cosa:

- No te vayas muy lejos, ¿eh, Harry?- Harry se quedó parado con la mano en el pomo de la puerta. Se giró lentamente hacia ella, que le sonrió inocentemente.

Harry salió de la casa desconcertado. Cuando cerró la puerta de la valla del jardín, se quedó mirando unos instantes la fachada de la casa. Luego frunció el ceño y se dirigió de nuevo hacia la casa de los Dursley.

La lluvia había empezado a caer de nuevo. La noche ya era bien negra, pero Harry la observaba caer lentamente iluminada por la luz de las farolas, como si el tiempo se hubiese estancado. Un relámpago iluminó la estancia. Unos instantes después, el ensordecedor trueno hizo callar a la ciudad. Harry cerró los ojos por un instante y no tuvo ganas de volverlos a abrir. Parecía que el sueño lo estaba atrapando en sus redes...

Pero de nuevo un trueno retumbó el cielo y el muchacho abrió los ojos, sobresaltado y con algo de fastidio. Miró la calle. No había nadie a aquellas horas de la madrugada... ¿O sí?

Entre la oscuridad de la noche y la tenue luz que proporcionaba la tormenta, una figura oscura se movía sigilosamente.

Harry dio un salto y se acercó más al cristal, incrédulo. ¿Sería posible...?

Un enorme perro negro se había sentado tranquilamente en el porche de una de las casas de la cera de enfrente para refugiarse de la lluvia. Estaba empapado de pies a cabeza. Un enorme perro negro... Harry se tensó. ¿Sirius?

Sin tan sólo pensar un segundo lo absurdo de la idea, Harry bajó corriendo las escaleras y salió de casa sin tener en cuenta que llovía a cántaros, que podía coger una pulmonía y lo peor de todo, que los Dursley podían despertar y echarle la bronca del siglo. Abrió la puerta de casa y saltó al césped. La lluvia le recibió como una difusa tela fría y rápidamente le nubló la visión. Pero Harry sabía donde iba. Cruzó la calle sin tan siquiera mirar y pronto se encontró al lado del impasible can.

- ¿Sirius?- preguntó y su voz resonó dentro de su propia cabeza. El perro se puso en pie y ladró fuertemente. Harry se hubiera asustado si no hubiese sido por que era el perro quien parecía tener miedo. Ladraba sin parar, mirando un punto por detrás de Harry. Él se giró, extrañado. Una extraña luz dorada se alzaba unos metros más allá, por encima de su cabeza. Harry se acercó a ella, intrigado. El perro, que había dejado de ladrar, se puso a caminar junto él.

Caminaron hasta colocarse justo debajo de los destellos dorados. Harry se dio cuenta de que no era una simple luz. Era algún objeto de oro, cuya forma no lograba definir, que brillaba. Harry miró al perro, que le devolvió una mirada inexpresiva.

Qué se puede esperar de un perro pensó Harry mientras alargaba el brazo hacia la luz. Pero, justo en el momento en que las yemas de sus dedos rozaban aquella superficie fría, el suelo se hundió bajo sus pies y empezó a caer.

Despertó de pronto, sudoroso y temblando, sentando al lado de la ventana con las piernas rodeadas por los brazos. Respiró hondamente y abrió la ventana tan de golpe que hizo un buen estrépito al chocar con la pared. Las gotas le salpicaron la cara. Hedwig ululó con fuerza desde la gavia en señal de protesta. La puerta de su cuarto se abrió de pronto.

- ¿Qué son esos golpes?- preguntó tío Vernon con mal humor.

Harry le ignoró. Miró la calle de izquierda a derecha. Aunque la lluvia le dificultaba la tarea, no se relajó hasta comprobar que no había nadie. Se separó de la venta y se giró hacia tío Vernon que seguía esperando una respuesta, enfadado.

- Nada, se me ha... esto... se me ha escapado la ventana.

Tío Vernon gruñó.

- Ah... ya...- y se marchó dando un portazo. Harry suspiró y sonrió ligeramente. Seguramente, un par de años antes se hubiera llevado una buena reprimenda por estorbar la tranquilidad de la casa Dursley en mitad de la noche. Miró de nuevo con recelo por la ventana, pero la calle seguía tan desierta como la había dejado. Se obligó a tranquilizarse. Vamos, Harry, déjalo. Sólo ha sido un sueño

Fue hacia su cama siendo observado atentamente por los ojos de color ámbar de Hedwig, como si se preparar para otro golpe. Se puso el pijama mecánicamente, se quitó las gafas, apagó la luz y se dejó caer sobre la cama... No tardó mucho en empezar a dormirse... La lluvia no dejaba de caer, era como una musiquita relajante... Aquel día estaba muy cansado...

Hedwig silbó en medio de sus sueños... Toc, toc, toc... Estaba inquieta... Toc, toc, toc... que susto le había dado a la pobrecilla...

La lechuza volvió a silbar, esta vez con más urgencia. Se movía tanto que hacía un ruidito extraño con las patas... Toc, toc, toc... Harry luchó por abrir los ojos, pero parecía que se le habían quedado pegados...

Hedwig silbó de nuevo, pero esta vez con tanta fuerza que Harry se incorporó en la cama de un salto, mareado. Sin las gafas, tan solo veía a Hedwig como una gran y borrosa mancha blanca, pero se movía muy rápido por dentro de la jaula, con inquietud.

- ¿Qué pasa, Hedwig?- preguntó Harry extrañado. Toc, toc, toc... Aquel ruidito... no era Hedwig dentro de la jaula. Era alguien llamando a su ventana.

Harry se puso las gafas enseguida y entonces vio claramente a una pobre y mojada lechuza llamando a su ventana con el pico. Llevaba una carta mojada en la pata... Toc, toc, toc...

Harry saltó de la cama y abrió la ventana. La pobre lechuza se dejó caer en sus manos, rendida. Harry se apresuró a coger una camisa y envolverla con ella. Con delicadeza, le desató de la pata la carta que transportaba (se resistió a leerla enseguida, dejándola de lado sobre la mesa) le secó las plumas y luego la dejó en la jaula junto a Hedwig que, aunque parecía algo contrariada, se limitó a moverse algo inquieta.

- Quédate aquí hasta que amaine, ¿te parece?- le dijo a la lechuza. Ésta ululó con dulzura en señal de gratitud. Harry entonces se giró hacia la carta que había dejado sobre el escritorio. Reconoció la letra al instante- Sirius...- murmuró mientras la abría y se ponía a leer, ansioso. Decía así:

Querido Harry:

Supongo que te esta carta te llegará bastante tarde, pero confío en que la recibas antes de dormirte. Llevas todo el mes preguntándome si sabía cuando podías dejar la casa de tus tíos y yo llevo todo el mes contestándote con evasivas. Pues bien, aunque te parezca raro y algo precipitado, te escribo para decirte que, a principios de agosto, iremos a por ti. Estate preparado. Entonces, te lo explicaremos todo. Es mejor que no se lo digas a nadie, por seguridad.

Recuerda, principios de agosto. Prepárate.

Con cariño, Hocicos



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