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Aquella conversación seguía tan presente en su mente como un gravado en oro:
“- Sí- dijo Harry- ¿Qué pasa?
- Verás, Harry- dijo Sirius al final- Todo lo que nos has contado esta tarde... Bueno...- Sirius negó con la cabeza mirándolo fijamente- No es la primera vez que oigo algo así- Harry lo miró unos instantes confundido.
- ¿Ah no?- preguntó sorprendido- ¿Quién te había contado esto antes?
Sirius se mordió los labios antes de contestar.
- Tu padre- dijo seriamente.”
No fue fácil para Harry conciliar el sueño aquella noche. Había subido a su habitación sintiéndose muy pesado y agarrotado, como si alguien le estuviera cogiendo de las pantorrillas para no dejarle subir bien las escaleras. En su cabeza seguían resonando las palabras de Sirius: “Tu padre” Sirius le había oído decir algo así a su padre. Aquello se iba complicando por momentos. Sin duda, si su padrino había pretendido aclararle algo, le había salido la cosa al revés, porque aquella confidencia no había hecho sino confundirle más. “Ya hablaremos, todavía no puedes entenderlo” le había dicho, sin querer añadir nada. Pero, ¿qué tenía que entender? Sólo sabía que había conocido a una chica, que su sangre se había vuelto efervescente al tocarla y que desde que se había separado se sentía vacío. Y resultaba que tenía un vínculo mágico o algo así con ella ( o no, quizás la joven Bright era radioactiva y no lo sabía) y que a su padre (¡su padre!) le había pasado lo mismo con otra persona... ¿o con la misma? No, qué va, ¿cómo iba a ser con la misma? Hazel tenía su edad...
La intriga lo carcomía, no podía evitarlo. Aquella situación, más que preocuparlo, le despertaba la curiosidad. ¿Era algo de familia el ir descubriendo rarezas durante el crecimiento, ¿realmente tenía un vínculo mágico con Hazel Bright? Y... si era así... ¿también ella se sentía igual que él?
Un ligero portazo lo sacó de sus pensamientos. Ron acababa de entrar en la habitación y sonrió al verle despierto:
- Pensaba que estaría durmiendo ya- dijo mientras se sentaba en la cama y empezaba a descordarse los zapatos. Harry negó con la cabeza.
- No... Quería, per no puedo- Ron terminó de quitarse las botas y lo miró fijamente unos instantes.
- Sigues pensando en Hazel- no era una pregunta, sino más bien una afirmación. Harry asintió lentamente con la cabeza. Ron suspiró- Bueno, Harry, tampoco pasa nada. Hermione ha dicho que los vínculos mágicos pueden potenciarse o no, todo depende de los implicados...
- No, si no es eso...- dijo Harry incorporándose en la cama.
- Entonces, ¿qué?
Harry miró a su amigo unos instantes y movió la cabeza, sin saber qué decir.
- Verás...- dijo al final- Sirius me ha dicho que, años antes... escuchó a mi padre decir lo mismo que a mi- Ron levantó las cejas sorprendido, pero un segundo después su cara no expresaba ni de lejos la perplejidad que Harry sentía.
- Bueno, Harry, tú... todos dicen que eres clavadito a tu padre.
- ¿Y qué?- inquirió Harry. Ron se encogió de hombros.
- Que en el mundo mágico no sólo se hereda el pelo negro y la miopía- dijo esbozando una ligera sonrisa socarrona. Harry medio rió también.
- Tienes razón- dijo asintiendo con la cabeza- Tienes toda la razón.
- A ver, ¿me escucháis todos, ¿seguro? ¿se me oye bien por ahí atrás?- los chicos de la primera fila, es decir, Harry, Ginny y Fred se giraron hacia los de la segunda, que se encogieron de hombros extrañados y asintieron con la cabeza- ¿Seguro que no necesitáis que me amplifique la voz?
- Marta, están a un metro de ti- dijo Lupin frunciendo el ceño. Marta hizo caso omiso y empezó a repartirles a los chicos una especie de sobres de pergamino sellados que, obviamente, los chavales se lanzaron a abrir al instante y un segundo después un multitudinario: “¡Aaau!” recorrió toda la habitación. Marta sonrió- Esto... No abráis los sobres que están hechizados.
- No me digas- dijo Harry irónicamente mientras agitaba las manos tratando de reanimarlas- entonces, ¿para qué nos los das?
- Paciencia, Harry, paciencia- dijo Marta complacida- A ver si adivináis que hay dentro... – canturreó.
- Una escoba.
- Un caldero.
- Percy vestido de elfo doméstico.
- ¿Qué decís? Es un hipogrifo- añadió Ron fanfarronamente y todos, incluido Lupin, se echaron a reír para disgusto de Marta.
- No es nada de eso- dijo Lupin con una amplia sonrisa- Se trata de vuestros nombres en clave- los chicos se miraron entre ellos con sorpresa.
- ¿Tenemos nombres en clave?- preguntó Ginny, mirando el sobre con más interés si cabe que hacía unos instantes.
- Sí, claro, los he escrito yo misma- dijo Marta orgullosamente- Sólo los sabemos Remus y yo y luego los sabréis vosotros, claro. Pero eso será... luego. Básicamente os he dado el sobre para que me prestéis más atención. Si no lo hacéis el sobre no se abrirá.
- Que retorcido- dijo Ginny con ironía y Fred y Harry rieron en voz baja.
- Bien, empecemos- dijo Lupin dando una palmada- Bien, supongo que no es necesario que os repita que la misión que vais a llevar a cabo no debe ser conocida por nadie. Y, cuando digo por nadie, es POR NADIE. No supongáis que los profesores lo saben porque no es así. No todos, al menos. Así que nada de hablar con ellos del tema. Si necesitáis ayuda, ahora hablaremos de lo que tenéis que hacer.
- Por supuesto, nada de hablar de esto con otros alumnos- continuó Marta, con un tono y una expresión inusualmente serios en ella- De hecho, preferiría que informarais con pelos y señales a todo el elenco de profesores antes de que simplemente insinuarais delante de uno de vuestros compañeros- Marta los miró fijamente- Da igual la confianza, que los conozcáis desde hace mil años, que creáis que os pueden ayudar, que sean el amor de vuestras vidas... Ningún, repito, ningún alumno de Hogwarts debe saber que os metéis en las Salas Comunes ajenas camuflados bajo poción multijugos, ¿entendido?- los chicos asintieron de nuevo, tan concentrados que no podían ni hablar.
- Entre vosotros, sería recomendable que no lo hablaseis demasiado, tampoco- añadió Lupin a su vez- Y, si lo hacéis, no nombréis nunca a los alumnos que son objeto de la discusión, utilizad los nombres en clave que tenéis asignados pero para hablar de terceros, es decir, evitad apelaros los unos a los otros con ellos, ¿está claro?- Lupin observó unos instantes las caras de convencimiento de los chicos y asintió con la cabeza, satisfecho- Perfecto. Y, ahora, vamos a entrar en materia- chasqueó los dedos y una pantalla de lona blanca se desplegó desde el techo hasta media pared. Marta apagó las velas con la varita y la habitación quedó sumida en la oscuridad.
Oyeron un ruido raro, como un trozo de plástico duro encajando en otro trozo de plástico duro y un segundo después sobre la pantalla se reflejaba una imagen que Harry reconoció al instante. Era una foto de una sala de aspecto tudesco y sombrío, llena de lo que parecían cómodas butacas y sillas de color verde e iluminada por luces plateadas, tenues y suaves. Las paredes estaban llenas de “decorativas” cadenas grisáceas y en el centro había una chimenea minuciosamente esculpida y con un fuego espléndido. A penas había ventanas y por ninguna de ella entraba luz. Por lo demás, la Sala Común de Slytherin estaba absolutamente vacía.
- Fotografía por cortesía de Severus Snape- dijo Marta con un deje de ironía en la voz- No la hizo con mucha gana, pero que le den.
- Marta- la reprendió Remus y con un gesto de varita, cambió la foto que se reflejaba, por la de otra sala común, esta vez de Rawenclaw, pensaron todos sin dudar. Aquella era una sala cuadrada y muy espaciosa, con las paredes pintadas de azul cyan y con runas plateadas exquisitamente pintadas bajo los zócalos superiores, que eran de un color blanco inmaculado. Había varias mesas bajas y rectangulares, rodeadas de sofás o sillones de terciopelo azul oscuro, colocadas en perfecta alineación y orden y todo colocado encima de una alfombra añil con las mismas runas dibujadas. Había más ventanas y éstas tenían preciosas cortinas de encajes con zafiros, pero tampoco había nadie en ella. Una vez la hubieron observado bien, Remus cambió a la foto de la Sala Común de Hufflepuff, pintada de un agradable tono amarillo pastel y con cenefas negras dibujando las curvas que formaban las paredes circulares. Los asientos y demás mobiliario de los estudiantes estaba hecho de madera y con terciopelo de un color algo más subidito que el de las paredes.
- Parece un pastel de limón- comentó Fred en tono casual y los demás rieron. Lupin intercambió una sonrisa con Marta y cambió la foto y ésta vez apareció una imagen que conocían de sobra, ya que era la sala común de Gryffindor, su Sala Común. Lupin volvió a chasquear los dedos, la lona se plegó y la imagen se proyectó sobre la pared. Marta apagó el proyector, encendió las velas y ambos se colocaron de nuevo delante de ellos, mirándoles:
- Bueno, vamos a hablar de vuestra primera incursión en el peligro- dijo Lupin y los chicos rieron. Él sonrió- Suponemos que habréis deducido porqué os hemos enseñado estas fotos- dijo mientras Marta les repartían reproducciones en miniatura de las que acababan de ver a cada uno de ellos- Quiero que entendáis chicos que, en vuestra misión, no vais a entrar a matar. Quiero decir, debéis ganaros la confianza de éstos chicos. Ser sus amigos, literalmente, ya me entendéis. Vais a transformaros en personas acostumbras a estar en tal sitio o en otro y eso es precisamente lo que debéis hacer el primer día que entréis: reconocer el terreno. Habituaros a él, para luego poder moveros con mayor confianza. Si no tenéis seguridad, causaréis sospechas.
- Observad las fotos a menudo, os ayudarán a familiarizaros con las habitaciones a tamaño real- les aconsejó Marta- Miradlas un par de veces al día, en serio, aburridlas si podéis. Está claro que no podéis entrar allí el primer día y decir: “¡Oh, qué bonito!”
- ¿Cuándo dices “bonito” te refieres a esto”?- dijo Ginny agitando la foto de la Sala Común de Slytherin. Marta sonrió.
- Ya me entiendes, Ginny- dijo suavemente- No os debe sorprender nada, porque os sorprendió hace tiempo, ¿lo entendéis?
- Claro- hizo Ginny asintiendo con la cabeza- así que... nuestra primera... mmm... ¿vez, va a ser simplemente entrar a mirar, ¿no?
- Algo así, suena algo poco importante dicho así, pero no lo es. Debéis observar bien donde está cada cosa, quien se sienta con quien, quien habla con quien y cómo (¿serio, aburrido, burlón?) , quien hace sus deberes tarde y quien pronto, quien se va a la cama a las nueve y quien a la una y, por supuesto, escribir un informe.
- ¿Un informe?- exclamaron los chicos a coro.
- Bueno, claro- dijo Marta algo sorprendida por la reacción- ¿Cómo esperáis que la información nos llegue? Llamaría la atención que cada poco os llamaran al despacho del director, ¿no creéis?
- Y, ¿qué hará la persona a la que suplantamos al día siguiente si alguien le echa en cara algo que hicimos nosotros?- preguntó Harry. Remus asintió con la cabeza.
- No te preocupes, que a eso vamos. Bien, una vez os hemos explicado lo que tenéis que hacer la primera vez, como ha dicho Ginny, vamos a cosas más técnicas.
Primero, ya que ha surgido el tema de los informes, seguimos con él. Mmm... sería conveniente que estuvieseis muy atentos y lo intentaseis memorizar.
- ¿Y no podemos apuntarlo y ya está?- dijo Hermione. Lupin rió.
- Regla número 1 del espionaje: Nada se a punta en papel... excepto los informes, claro está. Bien, cada uno ha de escribir el suyo, llamaría la atención que os reunierais todos para hacerlo, y lo tenéis que tener escrito como máximo una hora antes de dárnoslo. Primero de todo, los marcáis con un hechizo de rastreo por si las moscas, podría ser que lo perdierais u os lo quitaran y en cualquier caso os conviene saber donde está. Luego, con tinta INVISIBLE, los escribís y los guardáis lo más cerca que podáis de vosotros mismos. Es entonces cuando Marta o yo iremos a recogerlos.
- Os informaremos de la hora y del lugar concretos un día antes, para daros tiempo a planificar el informe, pero OJO, no a escribirlo, ¿eh? Por favor, que a ninguno se le ocurra echar un borrador de esto a la basura. Si a caso, lo quemáis.
- Pero, ¿y estos informes?- dijo Ginny- Quiero decir... ¿no es más peligroso el informe de cuerpo entero que el borrador en la basura?
- No- respondió Lupin firmemente- Pero no os preocupéis, una vez los hayamos leído y analizado, cogeremos lo que haga falta y los quemaremos también.
- Qué guai, como en el Inspector Gadget- dijo Hermione algo socarrona y Harry contuvo la carcajada. Marta la miró algo confusa, pero no tardó en volver a la carga:
- La entrega será, naturalmente, de noche. Con ayuda de ese mapa tan bonito que tiene Harry y con la colaboración del director, despejaremos ciertas zonas de la escuela para que nadie os vea. Aunque, es francamente recomendable que vengáis disfrazados, tapados, invisibles... lo que esté a vuestro alcance. Luego volveréis a vuestra Sala Común y estaréis de lo más tranquilos hasta que volvamos a ponernos en contacto con vosotros, que se regirá en función de cómo vaya la cosa. Y ahora, respondemos a tu pregunta Harry: ¿qué hacer con la persona a la que vais a suplantar? Bien, por eso, no os preocupéis porque no es trabajo vuestro. Remus y yo nos ocuparemos de que esa persona no esté en la Sala Común durante ese tiempo y de que al día siguiente no recuerde no haberlo estado. Eso sí, no montéis ningún escándalo, ¿está claro?
Los chicos murmuraron en señal de asentimiento. Harry y Ron se miraron. Aquello se iba complicando por momentos.
- Bien- empezó de nuevo Lupin- Los, digamos... dirigentes de la misión somos Marta y yo. Sólo podréis consultarnos dudas a ella y a mí. Ni siquiera a Dumbledore. Comprended que si el asunto si desbocara, es preferible que vayamos a la cárcel ella o yo que Dumbledore- los chicos se miraron entre ellos con algo de susto. ¿Ir a la cárcel quién? En cambio, Lupin había dicho aquello tan tranquilo como si hablase del tiempo- Así que vuestros contactos somos nosotros y exclusivamente nosotros. Por supuesto, también tenemos nombres en clave. Los tenéis ahí dentro.
Mientras todo vaya bien, si queréis hablar con nosotros simplemente tenéis que enviarnos una lechuza, utilizando siempre los nombres en clave, tinta invisible y lechuzas de confianza ¡ah! Y, por supuesto, rastreando el mensaje. En principio, nada tiene porque ir mal, el mecanismo es sencillo: quedamos a una hora en tal sitio, os tomáis la poción, vais y hacéis lo que se os ha explicado, cuando se termine el tiempo os escabullís, no volvemos a poner en contacto, escribís el informe y nosotros lo recogemos. Si se hace todo con precaución, la misión puede ser un éxito.
Pero la experiencia nos enseña que siempre hay algo que puede salirse del plan. Entonces, pregunta: ¿qué hacer si la cosa se sale de madre?
Lupin dejó las palabras en el aire y los miró de forma incitadora, como esperando a que ellos encontraran la respuesta, pero ninguno estaba por la labor.
Harry se encogió de hombros.
- ¿Qué?- preguntó. Marta sonrió.
- Acudir al último recurso- dijo con dulzura- Acudir a vuestra profesora de Defensa contra las Artes Oscuras. Es decir, a Arabella.
- ¿A Arabella?- exclamaron todos excepto Harry, que ya sabía que Bell iba a ser su nueva profesora de Defensa. Marta asintió con la cabeza.
- A Arabella. El uno de septiembre pasara a formar parte del personal docente de Hogwarts como profesora de Defensa contra las Artes Oscuras. Sólo podéis acudir a ella si la cosa sale mal, a nadie más, ¿entendido?-Los chicos asintieron con la cabeza, sin decir nada. Empezaba a estar demasiado aturdidos para hablar- Muy bien, en este caso, ya podéis abrir los sobres con vuestros nombre en clave. Tenéis diez minutos antes de que se autodestruyan- Harry oyó a Hermione aguantarse la risa por detrás y sonrió. Suspiró hondamente, tratando de ordenar toda la información que había recibido antes de tener que similar más y abrió el sobre, esta vez sin calambrazo. Desplegó la carta y se puso a leer para sí mismo:
Nombre en clave personal: EDIPO
Nombre en clave de compañeros:
- Hermione: ATENEA
- Ginny: PENTESILEA
- Ronald: PROTEO
- Fred: BACO
- George: DIONISIO
- Hazel: IRIS
Nombre en clave de Marta: TALÍA
Nombre en clave de Remus: ARTEMIS
Nombre en clave de Arabella: CALÍOPE
Nombre en clave Salas Comunes:
Slytherin: Cabo lejano
Hufflepuff: Oriente próximo
Rawenclaw: Siberia fría
Gryffindor: Fondo sur
Harry tardó a penas cinco minutos en memorizar todos los nombres y los cinco restantes los pasó leyendo y releyendo la nota, para que quedara bien gravada en su cabeza. Cuando concluyó el tiempo marcado, todos soltaron los papeles, que cayeron al suelo ardiendo hasta sólo dejar un cerco de cenizas, que Marta eliminó con un gesto de varita. Levantó la vista y los miró interés:
- ¿Ya está, ¿ya os los sabéis todos?- los chicos asintieron con la cabeza- Perfecto. Recordad, no podéis decírselos a nadie. A nadie. Claro que vuestros padres y amigos son de confianza, pero una gota de veritaserum lo saca todo.
- Así que... tenemos que utilizar estos nombres siempre que hablemos de la misión- dijo Ron y Lupin asintió fervorosamente con la cabeza.
- Siempre, pero no os llaméis así entre vosotros, ya os lo he dicho antes.
- ¿Podemos acortarlos? Es decir, ¿puedo llamar a Ginny “Penty”?
- Ni se ocurra, “Dioni”.
Todos se echaron a reír, incluyendo Remus y Marta. Todos se pusieron a preguntar por el origen de su nombre y, como es natural, Hermione se puso a dar explicaciones sobre la mitología griega y romana. Pero Harry (o Edipo) tenía otra pregunta. Se acercó a Remus y le preguntó en voz baja:
- Todo esto... ¿Ya se lo habéis contado a Hazel?- Lupin sonrió.
- Sí, claro. No te preocupes, Iris está informada.
i - ¡Edipo!- gritó una voz en medio de la oscuridad. Edipo abrió los ojos y se encontró en medio de un pasadizo muy familiar. Supo enseguida donde estaba: era el pasillo de Hogwarts que llevaba a la puerta del despacho de Albus Dumbledore. Se quedó un momento en blanco: ¿Qué hacía, se giraba a buscar a la propietaria de la voz o seguía caminando hacia el despacho de Dumbledore? No tuvo tiempo a decidirse. Los apresurados pasos lo hicieron por él.
Una exaltada Atenea apareció de la nada y lo cogió de la mano, llevándolo a rastras hacia el despacho del director.
- ¿Y Proteo?- preguntó Edipo, extrañamente ausente.
- ¡Ahora eso es igual, ¡corre!- gritó Atenea justo en el instante que llegaban a la gárgola guardiana del estudio de Dumbledore. Atenea se giró hacia Edipo.
- Di la contraseña- le dijo con ansia. Edipo parpadeó.
- No la sé- dijo con voz vacía. Atenea lució desconcertada.
- ¿Cómo que no la sabes? ¡Claro que la sabes! ¡Calíope te la dio a ti, ¡sólo la sabes tú!- exclamó fuera de sí.
- Si la esfinge no plantea el enigma no puedo resolverlo- respondió Edipo.
- ¿Cómo, pero, ¿qué estás diciendo, Edipo?
Edipo señaló la gárgola, con los brazos pesados.
- No se mueve, no habla- dijo con voz monótona- No dice nada. No puedo resolver el enigma. No sé la contraseña.
Atenea se quedó mirándolo unos instantes fijamente, con los ojos bien abiertos. No podía creer lo que veía.
- Pero, Harry, ¿qué te pasa?- Edipo hizo una mueca rara.
- ¿Harry?- repitió con los ojos perdidos- ¿Harry?
Hermione lo cogió por los hombros y lo zarandeó:
- ¡Harry, reacciona, ¡Harry, ¡Harry! i
- ¡Harry, ¡Eh, Harry! Despierta...
Harry abrió los ojos sobresaltado y se encontró con la visión en horizontal de la ventana de su habitación. Levantó la vista en busca del rostro de quien lo había despertado y, entre que no llevaba gafas, que la cabeza le daba vueltas y que la oscuridad de la noche invadía por completo la habitación, más que ver, adivinó la cara de su padrino.
- ¿Sirius?- preguntó adormilado.
- Estás empapado- respondió la voz preocupada de éste, mientras le apartaba hacia atrás el pelo mojado por el sudor- ¿Te encuentras bien?- Harry asintió lentamente con la cabeza, todavía algo conmocionado, pero definitivamente mucho mejor. Era reconfortante sentir la mano fría de Sirius sobre su frente calenturienta.
- Sí, estaba soñando... – respondió con la misma pasividad que en el sueño.
- ¿Era una pesadilla?- le preguntó Sirius interesado, mientras encendía la luz de la mesilla. Harry parpadeó unos instantes para lograr acostumbrarse a la luz y miró a su padrino. Éste estaba algo pálido y con ojeras, pero los ojos le brillaban con una extraña luz que nada tenía que ver con el cansancio.
Harry se encogió de hombros.
- No- dijo al final- Pero estaba nervioso...- dijo pensativo- Aunque no sé por qué, la verdad, estaba con Hermione.
- Creía que Hermione sólo ponía nervioso a Ron- dijo Sirius casi sin pensar. Harry contuvo la carcajada para no despertar a su amigo. Sirius movió la cabeza con inquietud, casi arrepentido de lo que había dicho y algo colorado, pero también sonreía.
- Estás aquí- dijo Harry de pronto, sonriendo. Sirius le dio un par de palmaditas en las mejillas, con afecto.
- Te dije que volvería a pasar los tres últimos días contigo, ¿no es cierto?- le dijo con una sonrisa- Oye... Harry, quería hablar contigo. Quiero decir, ya. Si no, no te hubiera despertado, te lo digo para que lo entiendas.
- ¿Qué pasa?- preguntó Harry curioso. Sirius miró a Ron, algo intranquilo, y se acercó más a Harry, como buscando cualquier forma posible de bajar su voz.
- Harry... el otro día... los chavales y tu os lo pasasteis muy bien inventando historias y todo eso, pero... Sólo quería decirte que vayas con cuidado. Que vayáis con cuidado. Tenéis una misión más peligrosa de lo que creéis- Harry se acordó al instante de las palabras de Hermione tan sólo unas horas antes- Y quiero que me prometas que irás con pies de plomo- Sirius lo miró penetrantemente- No te dejes ver, Edipo.
Harry lo miró con los ojos como platos.
- ¿Cómo sabes...?
- Lo elegí yo- dijo Sirius sonriendo- a Marta ya se le había acabado la imaginación cuando empezó contigo. Pero no te preocupes, no me voy a chivar- dijo sonriendo. Harry le devolvió sonrisa sin demasiadas ganas- ¿Qué pasa?
El muchacho se encogió de hombros.
- Nada...- dijo al final- Simplemente... creía que ibas a hablarme de otra cosa- añadió mirándole significativamente. Sirius captó el mensaje y suspiró.
- Sí, bueno, también tengo algo que decirte respecto a eso.
- Vaya, qué ganas de conversación te entran por la noche.
- Sí, ¿eh?- medio rió Sirius- Verás... creo que el otro día me pasé de enigmático, pero... no puedo ser mucho más explicito, espero que lo entiendas. Le prometí... a tu padre que no diría nada hasta que estuvieses preparado. Hasta que me lo pidieses.
- Te lo estoy pidiendo ahora- dijo Harry con ansia- Dime todo lo que sepas.
- ¿De qué?- dijo Sirius serenamente. Harry se quedó parado. Era cierto... ¿de qué exactamente le estaba pidiendo información a Sirius? Si ni siquiera sabía si realmente tenía un vínculo mágico con Hazel Bright... - ¿Lo ves?- dijo Sirius. Harry lo miró y asintió lentamente con la cabeza, pensativo- No te obsesiones. Eres un chico listo, encontrarás pronto la pregunta que quieres hacer, pero... mientras tanto, fíate de lo que sientes- Sirius le dirigió una mirada incitadora- Las cosas serán mucho más fáciles así, te lo prometo.
Algo en el interior de Harry le decía que su padrino tenía mucha razón.
Los últimos tres días antes de volver a Hogwarts pasaron sin mayor sobresalto. Los señores Weasley también fueron a pasar aquellos días con ellos y, claro está, la casa estaba mucho más llena y ruidosa que de costumbre.
Sirius parecía haberse contagiado del ambiente de Espigas Doradas y Harry lo encontró mucho más animado que las últimas veces que se habían visto: se metía cada dos por tres con Marta, jugaba con la pequeña Eliza y se apuntaba con ganas a las partidas del Mentiroso Explosivo que montaban los más jóvenes. Tan sólo un par de veces lo encontró con el semblante serio y en ambas fue hablando con Bell. También, en las dos, ambos dejaron de hablar repentinamente al verle entrar.
Pero, secretismos a parte, la mayor novedad fue la carta de Hogwarts que recibió Hermione cuando tan sólo faltaba un día para en comienzo de las clases. Estaban desayunando y riendo con las bromas de los gemelos, cuando una preciosa lechuza castaña entró volando majestuosamente por la ventana, dejando caer la carta sobre el desayuno de Hermione, que la cazó al vuelo antes de que cayera dentro del tazón de cereales. La lechuza dio por cumplida su misión y sin más, dio la vuelta y se marchó por donde había venido.
- Qué maja- hizo Ron- ¿De quién es la carta, Hermione?
- De Hogwarts- dijo ella extrañada- No lo entiendo- dijo levantando la vista hacia Ron, como si esperara encontrarle con la respuesta escrita en la frente.
- Mmm... Yo creo que ya sé lo que es- canturreó Marta- ¡Te han hecho prefecta!
Hermione se quedó con la boca abierta.
- Ay...- dijo en un susurro- ¿A mí?- dijo con voz pánfila.
- Ay, chica, a ti- dijo Ron imitándola, quitándole la carta de las manos- ¿La abro?- le preguntó. Hermione asintió con la cabeza, incapaz de articular palabra- Veamos...- dijo Ron desplegándola- Señorita Granger... nananana... nos alegra comunicarle que tras un exhaustivo... nanan... hemos decidido nombrarla prefecta de la residencia Gryffindor. Atentamente y... ¿con afecto? Minerva McGonagall- Ron bajó la carta- ¿A alguien más le firma las cartas esta señora “con afecto”?
- A nosotros no- respondieron los gemelos a la vez.
- Bueno, Hermione, felicidades- dijo Lupin sonriendo y un murmullo de felicitación se extendió por toda la cocina, excepto por parte de los gemelos, que se miraron con algo de resignación- Di algo, niña, que te has quedado helada- añadió Lupin medio riendo, aunque era verdad. Hermione se había quedado de piedra y seguía mirando a Ron con los ojos como platos. Éste, que empezaba a sentirse como si estuviese bajo una especie de foco, se movió inquieto.
- Hermione, reacciona- le dijo zarandeándola ligeramente- Ni que no te lo esperaras, guapa- por fin, Hermione reaccionó. Parpadeó y, profiriendo un estridente grito, se lanzó al cuello de Ron, las mejillas del cual se pusieron a conjunto de su pelo.
- ¡Aah, ¡Soy prefecta, ¡soy prefecta!- exclamó entusiasmada.
- ¿La ves? Si cualquiera diría que le hace ilusión- dijo Fred y la señora Weasley le dio un cachete en la nuca. Marta rió y Fred le guiñó un ojo. Un par de sillas más allá, Lupin arrugó la nariz.
- ¿Te asusta la competencia, Moony?- preguntó Sirius a su lado, como quien no quiere la cosa, para que sólo él lo oyera.
- ¿Qué competencia?
- Esa que es veinte años más joven que tú... aaah- Lupin le acababa de dar un pisotón. Harry, que se había percatado de todo, sonrió divertido y felicitó a Hermione, contento, aunque mucho menos que ella, que parecía a punto de ponerse a levitar.
Los chicos sabían que el día iban a volver a Hogwarts tenían que levantarse muy pronto, pero no imaginaban que lo harían de una forma más desagradable de lo que esperaban. Harry abrió los ojos de pronto tardó unos instantes en acordarse de quien era y donde estaba. Una vez lo consiguió, trató de localizar la causa de su repentino despertar. La tarea no le llevó mucho tiempo. Los llantos (entiéndase llantos como forma de hablar) de Eliza subían desde la cocina en todo su esplendor. No fue el único al que despertaron, obviamente. Al incorporarse en la cama y ponerse las gafas vio que en la cama de al lado, Ron había cogido un cojín e intentaba amortiguar los berreos de la pequeña con él.
- ¿Cómo puede ser poco más grande que mi antebrazo y gritar de esa manera?- le preguntó con incredulidad a Harry al ver que éste lo miraba. Harry se encogió de hombros y miró el reloj que había en la mesilla de noche. Eran las seis de la mañana. Hacía decenios que no se despertaba tan pronto. Se dejó caer sobre la cama, muerto.
En aquel momento, alguien llamó a la puerta.
- Chicos, hora de levantarse- canturreó la señora Weasley mientras entraba en la habitación- Oh, si ya estáis despiertos...- Harry y Ron se miraron- Pues mejor que mejor. Dentro de diez minutos quiero a todo el mundo vestido y desayunando en la cocina, a las siete, siete y cuarto a más tardar, salís para Londres, ¿entendido?
- Sí, mamá.
- Sí, señora Weasley- la señora Weasley asintió contenta y cerró la puerta. Los dos chicos bufaron. De fondo, Eliza, seguía llorando a lágrima viva.
- Bueno- dijo Ron con pesadez- Será mejor que empecemos a vestirnos.
- Será mejor- dijo Harry bostezando.
Los dos muchachos empezaron a vestirse lentamente y entre bostezos. El día anterior se habían acostado bastante tarde. Habían estado hablando un buen rato con Hermione, Ginny y los gemelos e incluso una vez estos se hubieron marchado a sus habitaciones, Ron y Harry continuaron especulando sobre la “misión” que les había encargado Dumbledore para cuando llegaran a Hogwarts, terminando por inventar mil y una maneras de hacer que castigaran a Malfoy un par de meses a limpiar los retretes de la escuela al modo muggle. Justo cuando Harry terminaba de colocarse el jersey y Ron se ataba los zapatos con parsimonia, Hermione entró en el cuarto como una exhalación, tan contenta ya con su nueva placa colocada en la solapa de su cazadora.
- ¡Buenos días!- canturreó.
- ¿No sabes llamar a la puerta?- le preguntó Ron bruscamente incorporándose. Hermione le ignoró por completo.
- ¿Bajáis a desayunar?- les preguntó risueña.
- Sí, ya vamos- dijo Harry metiendo el pijama en el baúl. Los tres salieron de la habitación. Ron salió el último y cerró la puerta tras él. Al mismo tiempo, de la habitación de al lado salían los gemelos, despeinados y con cara de sueño. Harry pensó que Ron y él no habían sido los únicos que se habían quedado despiertos un rato más del que tocaba.
- Buenos días- los saludó Harry. Fred le dio unas palmaditas en la espalda mientras bostezaba escandalosamente.
- ¿Qué le pasa a esa niña?- dijo George con cansancio mientras empezaban a bajar las escaleras. Eliza no había parado todavía de llorar- ¿Están matándola o qué?
- Los niños lloran, George- dijo Hermione en tono condescendiente.
- Pues me parece fatal- dijo éste con fastidio. Al entrar en la cocina, se encontraron con Sirius, Marta, Lupin y el señor Weasley sentados en la mesa mirando fijamente su taza de café, tratando de pensar en otra cosa que no fueran los gritos de la nena. De fondo, en la terraza, Arabella intentaba calmar a Eliza paseándola de arriba a bajo hablándole en voz baja para tranquilizarla, aunque aquel método de momento no había dado buen resultado. La señora Weasley, en cambio, no parecía nada afectada. Seguía preparando el desayuno tan tranquila y al verlos entrar, les sonrió ampliamente.
- Oh, Hermione, ¡qué bien te queda placa, cariño!- dijo con la voz llena de ternura. Hermione sonrió halagada- ¿Y Ginny?
- Está en el baño, ahora vendrá.
- ¿Os apetece unas tostadas?
- Claro, gracias- respondió todos a la vez, sorprendidos ante su relajada actitud. El resto de los ocupantes de la cocina parecían tener los nervios totalmente crispados.
- Mamá- dijo Fred con cautela- ¿No oyes a la niña llorar?
- Claro que la oigo, Fred. Cómo no la voy a oír si parece una mandrágora- y se puso a reír de su propia gracia.
- Es que estás tan... serena.
- Querido, después de siete hijos berreando como animales esto es para mi música celestial- dijo la señora Weasley como quien no quiere la cosa. Entonces, se giró hacia Arabella, extrañada- Pero, es verdad, Bell, ¿qué le pasa a la niña?- Arabella los miró con desesperación y entró en la cocina de nuevo, con Eliza en sus brazos llorando como si el mundo se fuera a acabar.
- Pues si te soy sincera, no tengo la más mínima idea- dijo Bell, que parecía tener las mismas ganas de llorar que su hija.
- ¿No le estarán saliendo los dientes?- preguntó Lupin.
- No, es muy pequeña todavía...
- ¿La has dado el biberón?- dijo la señora Weasley.
- Sí.
- ¿Le has dado el chupete?- sugirió Sirius.
- Sí.
- ¿Has probado a dormirla en el cuco?- dijo Fred.
- Sí.
- ¿Has comprobado si tiene fiebre?- preguntó entonces George.
- ¡Sí, sí, sí!- respondió Bell exasperada- ¡Sólo me queda comprarle una escoba!
- Bueno, ¡pues cómprasela!- saltó Marta dejando su taza de café sobre la mesa con un golpe tan fuerte que el resto de los comensales dieron un salto- Como esa niña no se calle ya, te juro que cojo y la tiro por la ventana.
- Procura- dijo Sirius en tono de amenaza- A ver si te vas tu detrás...
- Chist... haya paz- dijo Lupin seriamente, aunque Harry pudo apreciar una ligera sonrisa maliciosa en sus labios. Él y el resto de los jóvenes se sentaron en la mesa dispuestos a almorzar en buenas cantidades (los coloquios nocturnos suelen dar hambre) y entonces apareció Ginny, dispuesta a unírseles, no sin antes preguntar amablemente por el estado de la niña.
- ¿Qué le pasa, pobrecilla?- le preguntó a Arabella.
- No lo sé- dijo ésta en un suspiro.
- ¿Le has dado el biberón?- preguntó Ginny inocentemente. Todos levantaron la cabeza y vieron la mirada asesina de Arabella, que no respondió. Ginny miró a Harry con perplejidad:
- ¿Qué he dicho?- le murmuró mientras se sentaba a su lado. Harry le indicó con un ademán que lo dejara estar y que comiera. Ginny se encogió de hombros y cogió una tostada. Y la niña de fondo llorando y llorando... Dos sillas más allá, Marta se dejó caer sobre la mesa, martirizada.
- Oye, ¿y un conjuro silenciador?- dijo levantando la vista esperanzada.
- Ni de broma, es muy pequeña- dijo Bell no sin cierto enfado- Pero, venga, cariño, ¿qué te pasa, mi vida?- dijo casi al borde de la súplica.
- A ver- dijo Sirius levantándose y yendo hacia las dos- Déjamela un ratito a mi, quizás así se calme...- ante aquello, Arabella y Marta estallaron en risas al unísono.
-¿Qué?- dijo Sirius mirándolas indignado.
- No, nada, Sirius, no te enfades- dijo Arabella todavía sonriendo- Venga, sí, cógela, quizás con un cambio de brazos se calme- dijo mientras le ofrecía a la niña. Sirius, con una expresión algo rara, entre ternura y cara de circunstancias, cogió a la niña cuidadosamente en brazos y empezó a pasearla arriba y abajo, tal como hacía Bell. Pasaron unos instantes antes de que se percataran de que Eliza había dejado de llorar. De que se habían quedado en silencio. Fred se echó las manos a la cabeza.
- ¡Es un milagro!- exclamó con emoción. Todos se echaron a reír. A Sirius se le iluminó la cara.
- ¡Eh! Se ha dormido- le dijo a Arabella con una sonrisa. Esta asintió con cara de sorpresa y le devolvió la sonrisa:
- ¡Ay, pobre Eliza!- dijo dándole un beso en la frente- Tan pequeña y ya tan ingenua como su madre...
Lupin se atragantó con el café al oír aquello al tiempo que a su lado, Marta estallaba en risas. Sirius miró a Arabella con fastidio y ella le hizo una carantoña en la nariz con cierta burla. Intercambió una mirada cómplice con Marta y sonrió.
Los chicos terminaron de desayunar y subieron a las habitaciones a terminar de hacer las maletas. Los primeros en bajar fueron Harry, Ron y Hermione, que ya se habían dejado los baúles prácticamente listos la noche anterior. Los señores Weasley y Arabella estaban terminando de arreglar la casa y se ofrecieron para ayudar, pero cuando Arabella les dijo que no se preocuparan, que no hacía falta, los tres salieron al porche donde Sirius y Lupin hablaban con expresión seria. Ambos callaron al instante de ver salir a los chicos de la casa.
- ¿Qué pasa?- preguntó Harry. Sirius se encogió de hombros.
- Nada, que Marta sigue empeñada en lo de llevar mi caso a juicio y está empezando a buscar colaboradores- dijo señalando a Lupin con la cabeza.
- No es una mala idea- dijo Lupin con seriedad.
- No, sólo es una mala hora- replicó Sirius con una tono que dejaba por zanjada la cuestión. Lupin hizo una mueca, pero no dijo nada.
- Por cierto, ¿dónde está?- preguntó Hermione.
- Se ha ido a buscar vuestro medio de transporte- respondió Sirius- Estará al caer, supongo- lo chicos se miraron.
- ¿Nuestro medio de transporte?- dijo Ron sorprendido Pero, ¿cómo llegaremos hasta allí?- preguntó.
- En coche- respondió Lupin.
- Creía que íbamos a ir con el Bus Noctámbulo- dijo Harry y sus dos amigos asintieron igualmente.
- No, Marta y tu padre os llevarán en coche a los chicos a Londres- les explicó Lupin- Tu madre, Eliza y yo iremos a despedirnos a la estación con un trasladador.
- ¿Por eso salimos tan pronto?- preguntó Harry con un bostezo.
- Por eso exactamente- dijo Lupin sonriendo.
- ¿De dónde habéis sacado el coche?
- Bueno, lo cierto es que últimamente el Ministerio no está muy por la labor de conceder ayudas, pero...- Lupin esbozó una ligera sonrisa- Marta tiene ciertos contactos... Ya sabéis...
- Esto... profesor Lupin...
- Remus, Hermione, llámame Remus.
- Sí, eso... Mmm... Remus, ¿no irá a conducir Marta, verdad?- preguntó Hermione titubeante. Lupin la miró extrañado.
- ¿Por qué lo dices?- preguntó. Hermione señaló con un gesto de cabeza el camino que llegaba hasta la casa. Una destartalada furgoneta de un vivo color rojo, con flores pintadas en las puertas, las ventanas de las cuales tenían al menos un par de capas de estratos de suciedad sedimentados, circulaba por él. Aunque lo de circulaba es un decir. Más bien, se arrastraba. Iba a trompicones y haciendo eses, la conductora no lograba que se mantuviera recta ni a la de tres y, además, en el corto recorrido se le caló dos veces. Cuando arrancaba de nuevo, hacia un ruido infernal, parecido a los lloros de Eliza. Pero lo más divertido fue al intentar aparcar.
Con la sana intención de aparcar delante de ellos, Marta giró la furgoneta hacia la derecha para dejarla paralela a la casa. Pero giró demasiado el volante y terminó avanzando en dirección contraria. Al percatarse de ello, echó marcha atrás y giró a la izquierda. Cuando consiguió la postura deseada, quiso avanzar un poco más, pero al parecer no sabía como quitar la marcha atrás y siguió avanzando de espaldas, directa a los viñedos. Unos cuantos nomos salieron corriendo despavoridos. Veían a Marta hacer frenéticos aspavientos, hasta que por fin se le ocurrió la brillante idea de frenar en seco. Del capó volvió a salir un sonido muy agudo, como la voz de una sirena. Luego se oyó “clic” y se paró de nuevo. Marta puso cara de exasperación e intentó arrancar de nuevo, sin mucho resultado. Sirius miró a los chicos con incredulidad, como para confirmar lo que veía. Lupin negaba con la cabeza.
Marta arrancó de nuevo (el motor hizo BRRUUMRRRRRR) y por fin consiguió quitar la marcha atrás y, aunque a tropezones, avanzar hasta colocarse enfrente de ellos. Cuando paró el coche éste hizo ¡pruf, como si fuera un globo desinflándose. Marta bajó del coche y Harry y Ron se echaron a aplaudir. Ella sonrió e hizo una reverencia.
- ¡Antes casi me trago un árbol!- anunció complacida. Lupin se giró hacia Sirius.
- Creo que será mejor que conduzca Arthur- le dijo- ¿No crees?
- Acabas de leerme la mente- dijo Sirius asintiendo con la cabeza.
- Pero, ¿a qué huele?- dijo de pronto la voz de Arabella llegando a donde estaban ellos. Se quedó parada al ver la furgoneta. Parpadeó y miró a Marta- Oye, Martita... ¿qué hace esta cosa tan horrible en la puerta de mi casa?
- Perdona, Arabella, pero eso una Mercedes Spenz.
- Benz- la corrió Hermione.
- Eso- dijo Marta- Los muggles se dan tortas por una furgoneta así.
- ¿Por ella o con ella?- preguntó Arabella y Marta la fulminó con la mirada. Arabella sonrió- Marta, ¿esto está en condiciones para llevar a los chicos a Londres?
- Por supuesto- dijo Marta con cierto tono de ofensa- Me la ha dejado gente de confianza, no hay de qué preocuparse- Arabella miró la furgoneta con las cejas levantadas, de la que salía algo de humo del capó.
- Ya veo- dijo a media voz.
- ¡A por cierto!- saltó Marta- ¡Tengo una sorpresita para ti, Hermione!- canturreó la aludida esbozó una sonrisa algo rígida, como si no supiese que pensar. Marta fue medio saltando hacia la parte de detrás de la furgoneta, abrió las puertas y se metió dentro de un bote. Oyeron pasos, luego un: “¡Auch!”, una especie de arañazos y un fuerte: “¡Marramiau!”. Hermione se puso pálida y se tapó la boca con la mano.
- ¿Crooshancks?- dijo con un hilo de voz. Oyeron un golpe, otro “¡Auch!” (de hecho, más intenso que el anterior, más bien fue un “¡AaaAuchimecachis!”) y una bola peluda de color naranja chillón saltó de la furgoneta en dirección a Hermione. La chica también corrió a su encuentro y lo acogió en sus brazos, mientras maulaba lastimosamente.
- Oh, Crooshancks, bonito, pero, ¿qué te han hecho?- le susurró Hermione con dulzura mientras lo acunaba como si fuera un niño pequeño. Ron puso los ojos en blanco y negó con la cabeza. Harry rió y por detrás vio que Sirius se acercaba a la furgoneta a ver que había sido de su hermana y un instante después esta apareció en la puerta tambaleándose.
- Qué carácter... y eso que no lo hecho llevar cinturón- murmuró.
- Pero, ¿cómo se te ocurre meterlo ahí dentro?- dijo Sirius mientras la ayudaba a bajar de la furgoneta.
- ¿Dónde lo iba a llevar, en el regazo?- dijo Marta irónicamente mientras se colgaba de su hermano.
- Pero, Marta, ¿de dónde lo has sacado?- le preguntó Hermione perpleja- Le dije a mi madre que lo enviara a Hogwarts mañana.
- Sí, bueno, tu madre tuvo un error de cálculo y lo envió a Hogwarts hace dos días. La profesora McGonagall me lo dijo y se me ocurrió pasar a recogerlo.
- Y lo has pagado caro- dijo Sirius con algo de diversión mientras con la varita le curaba los arañazos a su hermana.
- Sí, bueno, pero yo creo que me ha cogido cariño- dijo Marta en tono optimista- ¿A qué sí, Crooshancks?- le dijo el gato. Éste levantó la cabeza, le enseñó los colmillos amenazadoramente e hizo: “¡Essxxxxgg!”. Marta dio un salto hacia atrás y se acurrucó en los brazos de su hermano.
- Enamoradito lo tienes- dijo Arabella medio riendo y todos rieron para disgusto de Marta, que hizo una mueca- Bueno, pues, en ese caso, todo el mundo a poner los baúles en el maletero, que ya son casi las siete.
- El sol acaba de salir- dijo Ron con fastidio.
- Sí, bueno, ése es su trabajo- dijo Arabella- Venga, todos a por los baúles. YA.
- Vale, vale, ya vamos...- dijo Ron mientras se arrastraba hacia la casa- ¿Tienes don de mando, eh?
- No lo sabes tú bien- dijo Sirius por lo bajo. Arabella medio sonrió con malicia- Venga, os ayudaré con los baúles- se ofreció Sirius. Él y Harry empezaron a subir las escaleras a la vez. Harry lo miró.
- ¿Vas a quedarte aquí?- le preguntó. Sirius negó con la cabeza.
- No- respondió simplemente, abriendo la puerta de la habitación. Harry dio un último vistazo a aquella inmaculada y acogedora habitación y le apeteció mucho volver a verla. Pronto. Suspirando en un silencio algo melancólico, los dos cargaron el baúl y bajaron de nuevo hacia la furgoneta. Diez minutos después, mientras Marta le daba al señor Weasley las instrucciones pertinentes para conducir la furgoneta sin que esta estallara (la señora Weasley, Arabella y Remus lo escuchaban todo motándose de risa, sobretodo por la cara de aprensión del conductor), Sirius se despidió del resto de los chicos, ya que era el único que no iba a ir a despedirse a la estación excepto Bell, aunque a ella no le tenían que decir adiós, claro está.
- ¿No nos irás a decir que no hagamos mucho el payaso, verdad?- le dijo George medio riendo con malicia mientras chocaba su mano.
- Jamás saldrá esa frase de mi boca- dijo él casi rozando la seriedad- ¿Para qué está Moony sino?
- Ja, ja- hizo éste irónicamente.
- Pero id con cuidado- dijo Sirius, esta vez sin broma- Y no hagáis mucho el payaso- añadió y Ginny y Hermione rieron- Vosotros dos- dijo mirando a Hermione y Ron- Echadle un ojo- añadió señalando a Harry con la cabeza- Los dos si hace falta.
- A ver si me los vas a dejar ciegos- dijo Harry con algo de molestia. Sirius se echó a reír y terminó de despedirse de los chicos. Después de hacerle una última carantoña a Crooshanks, los muchachos subieron uno por uno a la furgoneta, excepto Harry. A éste le dio la impresión que se hundía un poco pero no hizo mucho caso. Se giró hacia Sirius, que caminaba hacia él con el semblante resignado. Harry le esquivó la vista, extrañamente angustiado. De nuevo, se iban a separar.
- Bueno...- dijo Sirius. Harry se encogió de hombros.
- Si tú lo dices- dijo con algo de cansancio. No tenía ganas (realmente no las tenía) de despedirse de él- ¿Dónde vas a estar?- le preguntó Harry. Sirius vaciló.
- No me hace gracia que lo sepas.
- No te preocupes, no me voy a chivar- dijo Harry sonriendo. Sirius medio rió y negó con la cabeza.
- Ya, sí, lo sé, más te vale- dijo- Bueno, está bien. Supongo que no pasará nada, de todos modos. Voy a esconderme en el piso donde vivía antes. No te digo donde está, cuanto menos sepas mejor. Tu padre y yo lo estrenamos después de salir de Hogwarts, luego también se vino a vivir Lily y cuando se casaron y se marcharon, vino Arabella- Harry lo miró con las cejas levantadas y Sirius carraspeó, incómodo- Pero bueno, Remus también estuvo una temporadita durmiendo en el sofá y Marta se pasaba de vez en cuando. En realidad, vivíamos todos allí. Era como un punto de encuentro. Incluso tú tienes el dudoso honor de haber vomitado varias veces en el sofá.
- ¿Ah así?- preguntó Harry sonriendo.
- Sí, Remus y yo no le cogíamos el truco a eso de las papillas- dijo Sirius sonriendo. En aquel momento, la furgoneta pitó. Ambos se miraron.
- Bueno, ¿cuándo podré verte otra vez?- preguntó Harry ansioso.
- Puede que en Navidades- dijo Sirius- Pero tú no te preocupes por mí, Harry, no es tu trabajo. Lo que tienes que hacer es estudiar para los TIMOS y ayudar a Dumbledore, ¿me entiendes? Es algo muy importante lo que vais a hacer, pero recuerda: esto no es una prueba del Torneo de los Tres Magos. Aquí no hay que demostrar nada, sólo hay que ayudar- la furgoneta pitó de nuevo- ¡Marta, qué ya va!- exclamó exasperado, pero al girarse hacia Harry sonrió- Bueno, nos veremos pronto chaval.
Harry sintió que un nudo se apoderaba de su garganta. Siempre que se separaba de Sirius tenía la agobiante sensación de que, realmente, nunca sabían cuando podrían verse de nuevo.
- Mmm... claro- dijo al final, con hilo de voz- cuídate mucho, ¿eh?- y le extendió la mano temblorosa para chocársela. Sirius la miró y sonrió.
- Harry, ¡venga ya!- dijo divertido y sin darle tiempo a reaccionar, le dio un fuerte abrazo. Al separarse, Sirius le deshizo el pelo y lo empujó hacia la furgoneta. Harry se giró un momento para mirarle por última vez y Sirius le guiñó un ojo- Cuídate, Edipo- El muchacho sonrió, saludó a Arabella con la mano, que estaba apoyada en el porche justo a Remus y le devolvió el gesto sonriendo, y se apresuró a subir a la furgoneta, donde Marta amenazaba a todo el mundo en francés.
Sirius suspiró y se quedó mirando como la furgoneta iba haciéndose a lo lejos cada vez más pequeña. Puede que se hubiese quedado toda la mañana allí, de no haber sido por la aparición de Arabella a su lado. Su amiga le sonrió y se cogió de su brazo.
- ¿Qué?- le dijo, mirándole de forma incitadora- ¿Preparado para volver?
Sirius miró de nuevo la furgoneta y asintió con la cabeza.
- Sí... creo que sí.
Arabella sacó la llave de su bolsillo y la metió en aquel desgastado paño de cobre, como antes solía hacer tantas veces al día. La grande y sucia puerta se abrió lentamente y las juntas chirriaron. Bajó la mirada hacia el gran perro negro que tenía a los pies y, medio sonriendo, lo invitó a entrar con un gesto de cabeza. Padfoot la miró unos instantes y entró en el piso. Ella fue detrás y cerró la puerta con llave tras sí. Cuando se giró de nuevo, se encontró ya a Sirius convertido en persona, mirando con expresión ausente todo a su alrededor.
- No ha cambiado casi nada- dijo con voz apagada. Arabella dio una palmada y las velas que había colgadas de las paredes se encendieron.
- Bueno, algo si ha cambiado- dijo colocándose a su lado- Todo tiene al menos media capa de polvo más que de costumbre- Sirius la miró y ambos sonrieron.
- Sí... y no estamos nosotros- Arabella suspiró y asintió con la cabeza.
- Sí, eso también- dijo. Ambos se quedaron en silencio unos instantes, roto por Arabella, que se dirigió a la cocina a vaciar el contenido de la mochila que llevaba a la espalda mientras iba hablando- Bueno, las ventanas tienen hechizos reflectantes, es decir, que puedes ver lo que pasa fuera, pero ellos a ti no y además son anti- hechizos de destrucción, incendio y penetración...y... mmm... y... ¡anti-balas, ¡eso!
- ¿Anti-balas?- preguntó Sirius extrañado. Arabella rió desde la cocina.
- Las cosas han cambiado entre los muggles, Sirius. Hay muchos conflictos, cada vez más. Las ciudades son muy inseguras- le explicó, no sin pesar. Sirius se acercó a la ventana y miró. Donde solía haber un gran edificio antiguo, de unas cinco plantas, como ese, había otro más moderno pero, sin duda, más feo y desgastado. Se fijó en que el asfalto estaba lleno de baches y la gente que había por la calle no parecía precisamente feliz, más bien se miraban con recelo.
- Recordaba un barrio más bonito- dijo alejándose de la ventana.
- Lo era- dijo Bell- Bueno, la puerta tiene hechizos para alejar a los muggles y un sistema de alarma por si alguien pretende forzar la puerta. La chimenea sigue conectada a la red de polvos flu, pero si no es necesario no la utilices, hacia diez años que nadie lo hace y podrían levantar sospechas.
- Claro- dijo Sirius ausente y Arabella siguió hablando sobre todas las trampas que habían colocado para que nadie pudiera descubrirle, pero el dejó de hacerle caso.
Observaba con detenimiento aquel grande y en otro tiempo acogedor piso, donde había pasado los mejores años de su vida (y también los más estresantes, pensó). El salón seguía tal y como la había visto lo última vez aunque, como bien había dicho Arabella, mucho más sucio. Los dos grandes sofás de color rojo oscuro estaban mucho más negros de lo que recordaba y la lámpara de araña que colgaba del techo, estaba llena de telarañas y polvo. Las estanterías estaban vacías de libros y ya no quedaba ninguno de los trastos que Arabella solía comprar para decorar la casa y que James parecía estar predispuesto a romper. Miró hacia el sofá de la izquierda, en el que su amigo solía quedarse dormido leyendo, y rápidamente apartó la vista. Lo encontraba vacío. Y feo. Realmente, nunca le había gustado ese sofá.
Las dos puertas de las habitaciones, que daban al salón, estaban cerradas. Sirius se acercó a la que antes le había pertenecido y, con la mano ligeramente temblorosa, alargó la mano hacia el pomo. Lo rodó y entró.
Aquello lo descolocó. Por un instante (¿por un dulce instante?) perdió la noción del tiempo y creyó haber vuelto quince años atrás. Se situó de nuevo rápidamente, las heridas estaban demasiado abiertas como para olvidarlas por un simple déjà-vou, pero no dejó de sorprenderle que, después del tiempo y todo lo que le había pasado, aquella habitación siguiera intacta. Estaba igual de sucia como el resto de la casa, claro está, pero a diferencia de éste, nada había sido movido desde el día de su marcha. La misma colcha morada, algo arrugada en el centro. El cojín torcido hacia la izquierda. El escritorio de madera seguía al lado de la ventana, con la silla algo descorrida y con un par de libros encima de la mesa, mal colocados, polvorientos. Seguían allí sus zapatillas de andar por casa, dejadas de mala manera al lado de la cama. También (no pudo creerlo cuando lo vio) su capa azul marino que solía ponerse cuando salía con los chicos de marcha, seguía colgada de la percha. Y, sobre la mesilla de noche, al lado de la lámpara de cobre, seguía una foto enmarcada... aquella foto...
Sirius se acercó a ella y por el camino, instintivamente, de forma totalmente natural como si no hubiese dejado de hacer durante todo ese tiempo, esquivó la silla mal colocada y las zapatillas de dormir traicioneras, por las que Lily se había dado más de un porrazo. Llegó al lado de la mesilla y cogió la foto, casi temblando. Con la mano quitó el polvo del cristal... Y él mismo con veinte años y una Arabella de la misma edad, después de mirarle sorprendidos, se apresuraron a saludarle contentísimos. El joven Sirius lo miraba con algo de reprobación, como reprochándole que les hubiese dejado solos tanto tiempo. Sirius rió con incredulidad y dejó de nuevo la foto en su sitio. Se tapó la cara con las manos y respiró profundamente... No sabía si quería salir de allí o quedarse... Quizá no había sido tan buena idea esconderse allí después de todo...
- Nunca pude entrar en esta habitación- dijo de pronto la voz de Arabella. Sirius bajó las manos y la miró. Ella le devolvió una mirada apagada, abatida. Estaba en el umbral de la puerta, sin entrar, mirando la habitación como si le diera miedo- Vacié el resto de la casa y la limpié a fondo, pero no pude poner un pie aquí- negó con la cabeza y se encogió de hombros- Hubiera sido confirmar que te habías ido- dijo con un hilo de voz. Sirius la miró fijamente y bajó la mirada al suelo.
- Bueno.. así fue- dijo en voz baja. Arabella asintió.
- Sí, así fue.
Los dos se quedaron unos instantes en silencio. Sirius levantó la vista y miró a Arabella con una media sonrisa.
- ¿Quieres entrar ahora?- le preguntó. Ella también sonrió, algo ruborizada.
- No, no todavía Sirius- le dijo con dulzura. Él asintió con la cabeza.
- Lo entiendo... – se encogió de hombros y suspiró- Quizás yo he entrado demasiado rápido- dijo mientras iba hacia la puerta. Arabella bajó la mirada, sonriendo ligeramente. Apagó la luz y cerró la puerta. Arabella fue hacia la cocina y Sirius la siguió. Al entrar, se sorprendió de lo limpísima y arregladísima que estaba, en comparación con el resto de la casa, aunque el efecto no fue ni mucho menos el mismo que al entrar en su antigua habitación: los fogones no estaban manchados de café y pociones, ni los libros de cocina de Arabella estaba mal colocados en la estantería, ni Lily se dedicaba a pintar descalza las paredes, ni olía a bizcocho recién hecho. Por el contrario, le recordó mucho más al día que vio aquella cocina por primera vez, cuando James y él fueron a ver el piso para ver si les interesaba. Y les interesó. Pero, a diferencia de aquella vez y de todas las demás, la vieja mesa redonda estaba repleta de bártulos: libros, pergaminos, velas, plumas, tinteros, periódicos...
- ¿En qué momento has atracado la librería del callejón Diagon?- le preguntó perplejo a Arabella, que se dedicaba a guardar latas y paquetes de comida que iba sacando de la bolsa. Se giró hacia él para ver a qué se refería y sonrió.
- Todo esto te lo envía Marta con mucho amor- le explicó con diversión mientras volvía de nuevo a las latas. Para que no te aburras-Sirius hizo una mueca- Dice que cuando no estés ocupado con lo que te envía Dumbledore, te dediques a buscar información para tu juicio.
- Oh, vaya, para mi juicio- dijo Sirius en tono irónico- No sabía que ya había fecha, qué desconsiderado mi abogado por no decírmelo- Arabella rió y le pasó un paquete de “Dulces el Caldero” que Sirius cazó al vuelo.
- Anda, cómete un par, que no has desayunado todavía- dijo sonriendo. Sirius miró la bolsa con desgana.
- No tengo ganas de “Dulces el Caldero”- dijo suspirando- ¿Dónde los pongo?
- Donde estaban- respondió Arabella- O donde no estaban, mejor dicho- Sirius rió mientras los colocaba en el segundo estante del armario izquierdo.
- Era curioso lo rápido que James se terminaba el paquete, ¿eh?
- Sí, y el muy puñetero nunca los reponía- dijo Arabella y ambos rieron.
- Sabes por qué Marta se empeña tanto en llevar mi caso a juicio, ¿verdad?- preguntó Sirius de pronto. Arabella lo miró.
- Te quiere, quiere verte libre, eres su hermano- dijo serenamente.
- Sí, lo sé- dijo Sirius asintiendo con la cabeza- Y yo la quiero a ella. Pero... sabes a lo qué me refiero, ¿no?- Arabella puso cerró el armario que acababa de llenar y suspiró. Asintió con la cabeza.
- Quiere compensarte- dijo lentamente- Por haberte dado de lado cuando te declararon culpable.
- Sí, eso mismo. No puedo creer que sea tan tonta- Sirius medio rió- Yo no quiero que me compense. No me va a servir de nada.
- Eso no quiere decir que no te lo merezcas- dijo Arabella con una inesperada frialdad- Ni que ella no estuviera equivocada.
Sirius se quedó mirando a Arabella fijamente.
- La entiendo, Bell- dijo seriamente- Puedo enfadarme y puedo sentirme herido, pero la entiendo. La entiendo a ella, a Remus, a Dumbledore, a Harry... Todo indicaba que yo era el culpable.
- ¿Y eso en qué lugar me pone a mí?- preguntó de pronto Bell en tono más alto- Yo te creí, yo fui la única que defendió que eras inocente. ¿A mí no me entiendes?
- Tú misma lo has dicho, Campanilla- dijo Sirius cogiéndola de los hombros- Tu más que nadie sabes que llevo años tratando de averiguar lo que pasa por esa cabecita y no lo consigo. No, Bell, no te entiendo. Y lo sabes. Quizá puedas ayudarme a hacerlo. Por qué, por ejemplo, explícame esta situación.
- Pero, ¿qué situación?- dijo Arabella medio riendo con desesperación- Mira, Sirius, si esto es por Eliza ya te he dicho que...
- No es por Eliza, Bell, no del todo- dijo Sirius gravemente- Estamos tú y yo aquí juntos en una cocina donde nos besábamos diariamente, hablando sobre nuestro mejor amigo tan tranquilos los dos. Tú aquí, indignada con mi hermana y con todos los demás por no creerme. Me demuestras que te sigo importando pero me das la mejilla cuando quiero besarte en los labios. ¿Por qué, Bell, ¿por qué después de tanta lucha cuando por fin estoy a tu lado me apartas?
- ¡No te aparto!- exclamó Arabella con vehemencia- ¡De verdad! Es cierto, no te voy a negar que soy algo contradictoria...
- ¿Algo contradictoria, ¿algo contradictoria? Por favor, Bell, el mundo es contradictorio, tú debes ser agente triple o algo así...
Arabella se quedó unos instantes callada y entonces estalló en risas. Sirius la miró primero con enfado, pero luego él también sonrió. Arabella se acercó a él, lo cogió por las mejillas y le dio un beso en la frente.
- Sirius, te quiero, te quiero mucho- le dijo sinceramente- Y no sabes como me siento al volverte a tener a mi lado. Es un sentimiento de alegría y sobretodo, de paz... De paz, así, sin más... Pero, entiéndelo, formabas parte de mí. No de mi vida, de mí- Sirius bajó la mirada al suelo- Y me fuiste arrebatado. Me quedé medio vacía, nunca llegué a vivir del todo de nuevo. Y, poco a poco, todo ese enorme espacio fue llenándose... qué se yo... ¡de aire! Y ahora, has vuelto. Y tengo que eliminar ese aire para meterte a ti de nuevo y deseo hacerlo y lo estoy haciendo... pero cuesta. Cuesta- Arabella respiró profundamente. Con delicadeza, le levantó la barbilla a Sirius e hizo que la mirara a los ojos. Sirius se estremeció- Pero lo haré- Él la miró con tristeza, pero asintió con la cabeza.
- Bueno... supongo que puedo esperar- dijo al final- Odio el aire, que lo sepas- Arabella sonrió ampliamente- Y el sofá de ahí fuera, el de la izquierda.
- Lo eligió James.
- Sí, lo sé. Es un sofá horrible. No sé en que estábamos pensando cuando le dejamos ir sólo a la tienda- ambos se echaron a reír y se abrazaron estrechamente, como tantas veces habían hecho en esa cocina... antes...
- Oye- murmuró Arabella en su oído- Hablando de James...- se separó y lo miró fijamente- ¿Estás seguro de qué no quieres que le digamos nada a Harry?
Sirius lo pensó unos instantes.
- Bueno, ya sabes que por mí correría a la estación y se lo contaría todo, pero... James nos dijo que nada hasta que no nos preguntara... ya sabes...
- Sí... – dijo Bell. Se quedó pensativa unos instantes y se encogió de hombros- Pues eso... nada hasta la pregunta adecuada.
Sirius asintió con la cabeza, aunque en sus ojos se denotaba el poco convencimientos. Aguantarse iba a ser difícil.
- Nada- repitió- ¿Qué, ¿desayunamos?- dijo mientras volvía a sacar los “Dulces el Caldero”. Arabella los miró con una mueca rara, entre asco y diversión.
- ¿Quién desayuna “Dulces el Caldero”?- le preguntó mientras le cogía el paquete y lo volvía a guardar- Anda, saca el bol, voy a hacer unas tortitas. ¿Te acuerdas de donde está verdad?- dijo girándose hacia él y encontrándose de cara con el bol.
- ¿Cómo se me iba a olvidar?- dijo Sirius dándoselo. Bell lo cogió y sonrió.
- Me hubiese extrañado mucho, la verdad- dijo mientras empezaba a romper los huevos. Sirius asintió, le dio un beso en la mejilla y salió de la cocina. Nada más llegar al salón se dejó caer sobre el sofá de James. Era un sofá horrible, pero nadie podía negar que era de lo más cómodo.
El viaje hacia la estación fue de lo más tranquilo, sobretodo porque los chicos lo pasaron prácticamente durmiendo. En un principio observaban el precioso y verde paisaje interesados, pero en aquella furgoneta hacia un calor soporífero, el aire empolvado era especialmente denso y a la media hora cayeron rendidos. Despertaron entre pitidos y gritos, ya metidos en la jauría de coches del centro de Londres, justo a tiempo de escuchar a Marta decirle a un conductor de autobús hasta el apellido. El señor Weasley puso cara de disgusto cuando oyó las carcajadas de los más jóvenes.
- Marta... – dijo con algo de reprobación.
- ¡Está tapando el “pentáforo”!- replicó ella con indignación.
- El semáforo- la corrigió Hermione.
- ¡Eso!
Diez minutos después, cuando eran las diez y media pasadas, empezaron a ponerse algo nerviosos, porque el atasco era tal que no sabían si llegarían a tiempo. Pero, en un despiste de Arthur, Marta agitó la varita y se encontraron dos calles más cerca. El señor Weasley parpadeó.
- ¡Oh, mira! Esta calle me suena, ¡si resulta que no estamos tan lejos!- dijo todo contento.
- Sí, ¿eh?- dijo Marta guiñándole un ojos a los chavales.
Faltaban escasos cinco minutos para las once cuando finalmente los chicos pudieron respirar tranquilos. Ya tenían el sitio cogido, los baúles colocados y sólo les quedaba despedirse. Allí ya estaban Lupin con Eliza y la señora Weasley, además de Marta y el señor Weasley. Marta abrazó a Harry muy fuerte y los ojos le brillaban con lágrimas cuando se separaron.
- Me ha encantado conocerte, Harry- le dijo de todo corazón- Trata de estar tranquilo, ¿vale? En Hogwarts todo estará bien.
- Claro- dijo Harry- Tú igual, no te metas mucho con el Ministerio, ¿eh?
- ¿Yo?- preguntó Marta con inocencia y se echó a reír- venga, escribe, ¿eh? A ver si nos vemos por Navidades...
- Me encantaría- dijo Harry sonriendo sinceramente- Bueno, y a ti ya te veré por Hogwarts, enana- le dijo a Eliza, que estaba en los brazos de Lupin. La niña parpadeó y le dio un buen manotazo que casi le quita las gafas.
- Sí, señor, esa es mi presunta sobrina- dijo Marta.
- ¿Quieres dejar de llamarla así?- dijo Lupin con algo de indignación.
- ¡No! Es muy divertido- dijo Marta riendo, como extrañada de la pregunta. Lupin puso los ojos en blanco.
- Que tengas un buen trimestre, Harry- dijo dirigiéndose a él- Y, recuerda... No tomes riesgos innecesarios. Ya me entiendes.
- Sí, te entiendo- dijo Harry con una sonrisa. Lupin lo miró con algo de recelo, pero él también terminó sonriendo.
- Estudia mucho para los TIMOS, ¿eh? Y atiende en clase de Arabella. Te será muy útil, te lo aseguro- justo en aquel momento, el silbato del tren sonó. Los chicos fueron subiendo al tren y antes de subir la señora Weasley les daba un abrazo.
- Id con cuidado, no hagáis maldades, ¿eh?- les decía ansiosa.
- Mamá, ¿cuándo nos has visto a nosotros hacer nada malo?- preguntó Fred en tono ofendido- Marta, te escribiré todas las semanas.
- ¡Y yo todos los días!- repuso George.
- ¡Y yo os responderé una vez al mes!- exclamó Marta pletórica.
- Cuídate, cariño- le dijo la señora Weasley a Harry mientras lo abrazaba con fuerza- ¡Y estudia mucho, qué os hará falta!
- Claro, gracias señora Weasley- dijo Harry mientras se separaba de ella y subía al tren, que estaba a punto de ponerse en marcha. Pero no todos los pasajeros estaban a subidos a bordo.
- ¡Eh, eh, ¡esperen, ¡esperen!- Harry reconoció aquella voz. Volvió a asomarse a la puerta y vio a una desesperada Hazel Bright corriendo hacia el tren que justo en aquel momento, se ponía en marcha y empezaba a avanzar lentamente primero para salir de la estación. La puerta empezó a cerrarse, pero él la taponó con el pie y estiró su mano para alcanzar el equipaje de la chica.
- ¿No llegas un poco tarde?- le preguntó con una sonrisa mientras le cogía él baúl y le volvía a tender la mano para ayudarla a subir. Ella bufó y dando un gran impulso alcanzó su mano. Ella dio un salto y él la estiró con fuerza y entre unas cosas y otras terminaron en el suelo (del tren). Ambos miraron adoloridos como la puerta se cerraba y el cristal se volvía negro. Habían salido de la estación. Se giraron él uno hacia él otro y se echaron a reír.
- Tú, de nuevo- dijo Harry.
- Sí, lo mismo digo. Te juro que normalmente soy más puntual- dijo ella respirando agitadamente- Gracias, otra vez.
- No hay de qué- dijo Harry levantándose. Le extendió de nuevo su mano y ella la cogió con una sonrisa.
Entonces, algo extraño, muy extraño, ocurrió. Harry sintió como si una especie de vibraciones se expandieran desde la mano con que sujetaba a Hazel hacia todo su cuerpo, concentrándose en la nuca, sintiendo como una especie de pinchazo. Tuvo un espasmo en los hombros al tener aquella sensación y se quedó parado cuando vio que Hazel hacía un idéntico gesto.
Ambos se quedaron mirándose fijamente, en silencio.
- ¿Sabes?- dijo de pronto Hazel, rompiéndolo- Tenía muchas ganas de verte- por el tono en que lo dijo, Harry se dio cuanta de que aquello más bien la extrañaba.
Él asintió con la cabeza.
- Sí, y yo a ti- dijo con seria perplejidad. Hazel se echó a reír.
- Así que eres Edipo...- Harry sonrió y asintió con la cabeza.
- Tú eres Iris, ¿no es así?
AAAAAHH! BLANCA, BLANCA! QUE JA SÉ COM POSAR LA CURSIVA! YUHUUU!
Vale, hola a todos, disculpad este inciso eufórico, pero es que no tenía ni p...uñetera idea de cómo se ponía la cursiva y lo he descubierto hoy. Blanca es una amiga mía, no os asustéis, ¿eh? Un besazo enorme para ella, por cierto, muy maja, os la recomiendo sinceramente. Ahora lo que pasa es que no sé como quitarla, je, je, supongo que ya lo habréis notado. Más experimentos en el próximo capítulo! Je, je! Besos y Feliz Navidad!