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: B s . A A A    : full 3/4 1/2   : E E   : Light Dark Movies » X-Men: The Movie » Quizá, quizá, quizá

SpAnIsH-lItTlE-gIrL
Author of 53 Stories

Rated: T - Spanish - General - Cyclops - Reviews: 29 - Updated: 01-27-06 - Published: 10-24-05 - Complete - id:2631953

He aquí mi nuevo fanfic de X-Men, el más raro de todos los que he escrito. Una vez más, mi narrador será Scott, pero un Scott muy distinto. No sé si definir esta historia como un universo alternativo o como un "¿y si...?" gigante. En el fic, Eric Lensherr y Charles Xavier no se pelearon y mantienen su amistad, aparecen personajes que no están en las películas (Warren Worthington III, Henry McCoy y mi personaje inventado: Maeve, además de personajitos pequeños) y todo tiene lugar años antes de la primera parte de X-Men. Las edades que les he puesto a los personajes son en parte arbitrarias, las que me vienen bien o las que he podido calcular con el marco temporal de la película.

Según subo este primer capítulo, estoy redactando el número 9. Son cortos y todavía no tengo decidido qué va a suceder en toda la trama, estoy trabajando en ello y en conseguir un final concreto, aunque ya tengo una vaga idea de lo que quiero. Por eso, no actualizaré tan a menudo, no quiero agotar mi reserva de capítulos sin subir y estar un montón de tiempo sin añadir nada porque me he atascado.


Solo la carretera y yo, con mi viejo Cadillac que el Profesor me regaló al comenzar la universidad. Volvemos a casa, o lo más parecido que he tenido a eso en los últimos años, mi hogar: la mansión de Xavier.

No es que haya estado muy lejos de mi hogar este tiempo. Mis resultados académicos siempre han sido excelentes, y el Profesor tiene el dinero y los contactos suficientes como para haberme conseguido algo con lo que muchos soñarían: una plaza en la Universidad de Yale. Desde el momento en que me admitieron, supe que no desaprovecharía esa oportunidad.

He trabajado muy duro estos años, pero ha merecido la pena. No he suspendido un solo examen en Yale. No solo por mí, sino por él. Legalmente soy su hijo, me adoptó cuando mi familia murió, pero de no ser así, también sería mi padre. Y quería que estuviera orgulloso de mí, ver su sonrisa firme y sus pequeños ojillos brillando por mis méritos.

Ahora solo quiero descansar en la mansión. Sé que podría tomarme unas vacaciones y viajar a todo tren a cualquier sitio solamente con desearlo. Pero no es eso lo que más me apetece. Quiero encontrar tiempo para estar con él, para ver a Ororo, mi melliza, Hank, mi hermano mayor y Bobby, el benjamín de la familia. No son de mi sangre ni hay papeles que nos aten legalmente. No los necesitamos. Nos unen demasiadas cosas como para que importen esas minucias.

A quien espero no ver demasiado es a Jean y Warren. Puede que me esté comportando como un cerdo, como me echó en cara ella la última vez que nos vimos, pero no soporto tenerlos cerca. Aceptar las derrotas siempre me ha resultado duro. Soy demasiado competitivo, según él. Pero me prometió no tocarla. Yo la había visto primero. Y Jean le prefirió a mí. Su familia está dando palmas con las orejas. Ha pescado un pez gordo. Yo no soy nadie.

Ya llego. A lo lejos distingo la verja y las edificaciones, algo apartadas. Llevo sin aparecer por aquí desde Navidades. Me siento un idiota nostálgico, pero cuánto echaba todo este sitio de menos. Supongo que esa es la razón por la que he desdeñado las ofertas de trabajo que me han hecho y he preferido quedarme. Quiero enseñar aquí, ser útil a los que son como yo.

Bobby es el primero en salir a recibirme. Se abalanza sobre mí con tanta fuerza que me tambaleo y por poco nos vamos al suelo. Tras él viene Hank, más comedido. Con su enorme tamaño me da un abrazo de oso antes de darle paso a Ororo, que sabe que el contacto físico nunca fue lo mío. Un beso en la mejilla y listo. Ahora quiero ver a mi padre.

—Así que ya eres un hombre de provecho- me dice Bobby. Me quedo mirándole un par de segundos antes de responder. ¿Quién le ha enseñado a hablar así? Seguro que se lo ha oído a alguno de estos. Quizá a Ororo. Sí, ella es capaz de algo así.

—Nunca he sido un hombre de provecho, pero sí, ahora tengo estudios- miro el reloj-. Esto es puntualidad: justo para comer. ¿Y el Profesor?

Será mi padre, pero nunca he sido capaz de llamarle Xavier, mucho menos Charles, como se atreve a decirle Jean a veces. No, para mí es el Profesor. El hombre que me salvó de mi mutación y me enseñó a verla como algo natural y hasta útil. No soy un simple arma con patas. También soy una taladradora excelente, hago cositas con madera, soy el rey del tiro al plato y no hay quien me gane al Risk.

—Está en Cerebro- me informa Ororo.

—Sí, últimamente baja todos los días a la misma hora y se pasa ahí abajo un buen rato.

—¿Por qué, Bobby¿Os lo ha dicho?

—Habla con alguien.

Bajo la cabeza y apoyo el nudillo en mi labio inferior. En otras palabras, mi típica expresión de “estoy pensando”. ¿Con quién habla el Profesor¿Quién es capaz de mantener una charla así con él? Bueno, una no. Varias. ¿Será Jean intentando ahorrar en teléfono?

—Entonces, creo que deberíamos esperarle. No sé, se me hace raro comer aquí por primera vez en meses y que no estemos todos.

—Jean y War no están- me recuerda Hank. Me encojo de hombros.

—¿Hoy no tienes turno en el hospital?

Lo sé, a veces puedo ser un auténtico cabronazo. Simplemente, odio que me lo recuerde. Ya hace un año que les pillé a medio desnudar en el cochazo de Warren dentro del garaje. Me dolió encontrarles, enterarme así de lo que se traían entre manos. A veces me digo que si me lo hubieran dicho en lugar de apuñalarme por la espalda, dolería menos. Ya no lo sé. Y no me importa.

Logro convencerles y subo a dejar las maletas en mi suite, junto a la del Profesor. Es tan grande como la suya, de hecho. Y ambas dan a una terraza privada para él y para mí. Jean y Warren tienen una para los dos, al lado, pero es más pequeña a pesar de que ese pájaro de mal agüero necesite cama gigante y mucho espacio. El hijo del dueño soy yo. Merezco estos privilegios.

Ah, hogar, dulce hogar. Dejo las maletas junto al armario, ya las desharé más tarde. Cuánto he echado mi territorio de menos. Lo primero que hago es corretear hasta la ventana. Será una estupidez, pero necesitaba llegar aquí, mirar a lo lejos y ver lo de siempre. Corro la puerta de la cristalera y salgo a la terraza. Hace calor, pero eso no es nada nuevo. Cierro los ojos y lleno mis pulmones de aire de Westchester. Scott ha vuelto. Y piensa quedarse.

El Profesor ya está fuera de Cerebro. Puedo sentirlo. Noto su presencia en mi mente como un abrazo de bienvenida. Bienvenido a casa, hijo. Sonrío y asiento. Yo también estaba deseando volver a verte. Bajo las escaleras corriendo a su encuentro y nos dedicamos una sonrisa afectuosa en cuanto cruzamos la mirada. Él es de los pocos que realmente ha aprendido a saber hacia dónde apuntan mis pupilas detrás de los cristales de estas gafas.

—Hola, Scott.

—Hola, Profesor. Deberías estar orgulloso. Como dice Bobby, ya soy un hombre de provecho- me dedica una pequeña sonrisa y me hace un gesto para que vaya hacia el comedor. Mi estómago ruge. Siempre he sido un glotón. Según Hank, parte de culpa la tiene mi mutación, que me acelera el metabolismo. Yo prefiero pensar que me gusta comer sin más.

El que más charla durante la comida es Bobby, como siempre. No es que encaje realmente con la definición de “parlanchín”, pero el resto hablamos bastante menos. Además, el chico es tímido solo cuando no conoce. Nosotros somos de la familia. Se siente libre de soltar chorradas, sabe que todos lo hacemos de vez en cuando. Incluso el Profesor. A los que piensan que es un vegetal sin sentido del humor les sorprendería oír algunas de sus salidas.

Hoy está más pensativo de lo normal. Apenas ha dicho nada, parece distraído, en su mundo. Debería alegrarse por mí regreso, pero está a otras cosas. Algo le pasa. Prefiero no presionarle, no preguntar delante de todos. Ya hablará cuando lo crea necesario.

—Estoy preocupado- comienza con voz suave.

—¿Por qué?- le pregunto, terminando de roer una costilla.

—Hará unas dos semanas, recibí una conexión telepática. Provenía de una mutante telépata. Era como un gran grito de auxilio al que respondí.

—¿Qué le pasaba?- dice Bobby.

—Está cansada de soportar la carga de su vida. Sus mutaciones son muy poderosas y no se siente capaz de vivir con ellas, de sacarles provecho y disfrutarlas en su vertiente positiva.

—¿Has dicho mutaciones?- Hank siempre deseando aprender algo nuevo. Cualquiera que le vea con esas pintas de bruto pensará que es un cafre descerebrado, pero su cociente intelectual dice justamente lo contrario. Es un genio.

—Sí. Por un lado posee algo similar a mis capacidades, aunque ella dice que lo detesta y no soporta usarlo. Por otro lado, posee una segunda mutación, también mental. Esta le otorga la capacidad de descubrir las pautas que unen todo lo que la rodea. Dicho así puede resultar vago, pero entre otras cosas, eso le proporciona un talento excepcional en cuanto a lógica, números e idiomas, por citar algunos ejemplos.

—¿Y no soporta eso?- el Profesor me mira y sacude la cabeza. Sé que mi tono ha sonado incrédulo, pero es normal. Lo que daría yo por tener algo así en lugar de hacer que la gente comprenda eso de “si las miradas matasen…”.

—Supone una gran carga. Tiene varias carreras y habla multitud de idiomas a pesar de su juventud, pero no ha sabido sacarle provecho. Sé poco de su situación personal, no hemos hablado del tema, pero sé que está desesperada. Esta mañana no he podido contactar con ella. No respondía a mis llamadas. Creo que deberíais ir a buscarla.



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