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Anime/Manga » Saint Seiya » Walking away
Scarlet.D
Author of 65 Stories
Rated: M - Spanish - Romance - Ikki & Hyoga - Reviews: 2 - Published: 10-26-05 - Complete - id:2634890

Dedicado a Kurai Neko nXn
*contiene lemon*


Walking away


Una mano firme sobre la articulación de su codo detuvo el normal y ligero balanceo que ese brazo realizaba, en conjunto al acto de caminata que acababa de ser finalizado abruptamente.

—No lo hagas.

Una orden. Un reto a su voluntad que no le gustó para nada.

Reaccionando agresivo, retiró su brazo con un jalón brusco, liberándose del agarre de aquella mano bronceada.

Soltó un resoplido quedo, mirando al frente, sin alejarse más que un paso de su rubio interceptor, quien con prudencia supo interpretar la pequeñez de esa distancia como amenazante. Un intento más por detenerlo prometía, al menos, terminar con la marca en el rostro de esos morenos nudillos que predeciblemente se incrustarían en su mejilla.

Además, ¿qué influencia podía tener él en las decisiones de Ikki? Éste debía ser el mejor conocedor de lo que su fugitiva partida traería como consecuencias. Nada había que señalarle, sus peticiones serían fútiles, su insistencia de por sí le parecía pobremente argumentada.

"Es por Shun", debía decirse para justificarse.

Mas no existía nada en el mundo que pudiese hacer dudar al fénix. La noche le esperaba, y sólo le faltaban un par de pasos para sentirse abrigado en su maternal oscuridad. Hyoga era consciente de que ninguna acción suya evitaría aquellos necesarios pasos, destinados a ser componentes de un inminente e irremediable futuro.

El rubio suspiró. El de ojos añiles escuchó su debilidad. Y de pronto, la fuerza imaginaria que parecía congelar a Ikki en el umbral de la puerta cedió, casi en simultaneidad al abatido movimiento que la cabeza de Hyoga realizó al agacharse derrotada ante la fugaz batalla.

Sin palabra alguna, el de alborotados cabellos azules reacomodó las asas con las que su mochila se ajustaba a sus hombros, y salió raudo de ahí.

/././

La tarde había resultado fresca, un suave y agradable viento soplaba agitando las hojas de los árboles que formaban casi un pequeño bosque en los alrededores a la mansión Kido, la cual se hallaba prácticamente deshabitada desde varias semanas atrás. El aumento en la altura de las yerbas demostraba que no había nadie preocupándose por el estado de la vivienda.

Los dos chicos que ocupaban esa gran casa no se sentían tan apegados a ella como para cuidarla de la manera en que se haría con un querido hogar.

Los ánimos de ambos andaban apagados, resintiendo la soledad casi absoluta. Por lo tanto, agradecían en desmesura la compañía que quedaba; esa del mejor amigo.

Saori se encontraba en el Santuario, resguardada por los caballeros dorados, cumpliendo el papel al que estuvo destinada desde su nacimiento. Seiya no andaba muy lejos de ella, como de costumbre. Shiryu… él sí tenía un hogar escondido en los montañosos boscajes de China.

E Ikki no estaba ahí, sin que ello resultara sorpresivo, y no por eso menos lamentable.

Un sonido débil y quejumbroso se escuchó cuando Shun se reacomodó, levantando la cabeza del regazo de Hyoga, abandonando un sueño al que había caído de manera inconsciente aproximadamente una media hora atrás. Se sentó derecho en la banquita que daba frente al desordenado jardín y bostezó, descubriendo a sus ojos lagrimear momentos después.

Los frotó con pereza y con autorizada confianza buscó un nuevo acomodo, apoyando la mejilla sobre el hombro del rubio que se sentaba silencioso a su lado.

Hyoga no hacía más que permanecer ahí, como el pilar que representaba para el de cabellera verde. Pero cada día esa tarea aumentaba su nivel de dificultad.

Era fatigante ser testigo de los agitados sueños de Shun y escuchar los desesperados balbuceos con los que llamaba a su hermano… como tan sólo minutos atrás. Sin que las cosas cambiaran al tenerlo consciente, Hyoga contaba con el dudoso honor de oír cada abatido suspiro y tener todas esas opacas miradas siendo dirigidas a él, quien era lo único con lo que el joven japonés se sentía poder contar.

Ikki había partido dos semanas atrás. Sin despedirse, por supuesto, siguiendo viejas costumbres y removiendo heridas de antaño en el sensible corazón de Andrómeda.

La relación con su hermano había ido en picada después de la guerra contra el Dios del Inframundo. Decir que la situación fue confusa para Shun era poco, y comprendía que Ikki quizás sintiera no reconocerlo, o estar cerca le despertara una insoportable culpabilidad, después de haberlo atacado tan determinadamente cuando Hades dominaba su cuerpo.

Pero Shun no le guardaba resentimiento por aquello, y dolía horriblemente pensar que Ikki no podía concluir esto por sí mismo. Su hermano era inteligente, debía reconocer que sus culpas eran infundadas, y lo que Shun necesitaba era su cercanía; de ninguna manera le beneficiaba la distancia impuesta. No después de los insoportables años que habían aguantado ya uno sin el otro, mientras entrenaban para convertirse en los valientes guerreros que eran…

Guerreros tan fácilmente quebrantables al no tener nada que les llenara el corazón de algo más que cálido líquido escarlata.

—Sé dónde está, y lo he decidido… iré con él— declaró Andrómeda, enderezándose y volteando hacia Hyoga, respondiendo a la mirada perpleja y un tanto asustada de éste, con un chispeo decidido de sus infantilmente grandes ojos.

—Por supuesto que no— Fue la indiscutible réplica, aunque no Shun estuviera pidiendo permiso…

Hyoga de cualquier forma, no iba a arriesgarse a que su amigo regresara del impulsivamente planeado viaje sintiéndose todavía peor, después de un muy posible rechazo por parte del fénix ante su compañía. Ya podía imaginárselo, contándole entre lágrimas lo tosco y distante que su enigmático hermano se había portado con él.

El rubio no podía permitir que ese futuro creado por su imaginación llegara a ser realidad.

—Te quedarás aquí. Yo iré a hablar con él.— Esa resolución sorprendió bastante a Shun, quien entreabrió los labios planeando soltar algún reclamo que jamás se escuchó.

Estudió por unos momentos el semblante algo inseguro de Hyoga, percatándose sin dificultad de la huidiza característica que poseían los orbes celestes de sus ojos en esa ocasión.

Inusual.

Frunció ligeramente el ceño, y cerró la boca. Parpadeó y se giró apoyando de nueva cuenta la espalda en el respaldo de la banca. Se cruzó de brazos y entrompó ligeramente los labios. Meditó por escasos segundos.

Una mirada de reojo al inquieto Hyoga, que rascaba la vieja pintura de la banca con sus uñas, y Shun concluyó que, tal vez, así sería mejor.

/././

No había manera de describir el calor que lo rodeaba. Era un incendio abrasador y él estaba justo en medio, energizándose con la exaltación de las flamas, protegido por su armadura que parecía fortalecerse en tal hostil ambiente.

Humanamente imposible, pero ahí "dormía". Y se había convertido en una leyenda admirable para los habitantes de las islas aledañas.

Hyoga se encontraba precisamente escuchando, de boca del lanchero que lo llevó hasta su destino, la historia del ave fénix que residía en el volcán fundamentado como punto central de la pequeña y árida isla; una de varias agrupadas en un archipiélago del Pacífico Sur.

Nadie tenía jamás razón para visitarla, por lo que el servicio prestado por el viejo pescador era un favor que Hyoga, al llegar a la costa, agradeció con toda la cortesía imaginable. Pagó de manera extremadamente generosa, y el hombre prometió estar de vuelta al anochecer para recogerlo. Aunque Hyoga dudaba que las escasas horas disponibles fueran tiempo suficiente para convencer a Ikki de regresar a Japón.

Caminó por la playa buscando algún signo de vida en ese lugar, fascinándose ante lo distinto que era del sitio donde él había sido destinado a entrenar. Completamente opuesto a su añorada Siberia, que con todo y sus violentas heladas parecía más acogedor que ése desértico punto del planeta.

Encontró al fin una modesta cabaña cuya frágil estructura amenazaba por derrumbarse con la más suave brisa. Los maderos carcomidos que le daban forma no se veían muy confiables, pero Hyoga dudaba que pudiese encontrar algo mejor ahí, y estaba seguro de que sería donde Ikki habitaba.

Entró sin problemas, pues la construcción ni siquiera tenía puerta; ésta yacía caída a un lado de la desprotegida entrada. Hizo un sutil gesto de desagrado y una vez adentro inspeccionó el extremadamente pequeño lugar. Una colchoneta en el suelo, arrimada en la esquina, opuesta a una piedra bastante grande cuya función quedó siendo un misterio. Si daba la vuelta localizaba una mesa que daba la impresión de haber sido elaborada a la carrera, con una pata más corta que el resto, y tipos de madera muy distintos en el tablón sobre el cual descansaba una mochila pequeña de mezclilla que reconoció al instante.

Sonrió, satisfecho al saber que su viaje no había sido en balde, pues sólo se encontraba ahí en base a suposiciones suyas y de Shun … Ikki bien podría haberse ido a cualquier otra parte del enorme globo terráqueo.

Ya iba siendo hora de empezar a buscarlo. La isla no era de gran tamaño; adivinaba que podría darle la vuelta en un medio día, sin prisas. Entonces si se apuraba los resultados eran un tanto prometedores… si comenzaba ahora, en un par de horas quizás, o menos, estaría recibiendo los insultos del caballero de Fénix. Porque otra cosa no se esperaba una vez que estuviera frente a él.

/././

Los colores del cielo se añejaban anunciando la proximidad a una prometedora noche de descanso. Después de las jornadas de duro entrenamiento a las que se sometía, esa era su recompensa.

Dejó el volcán donde terminaba sus rutinas con una meditación, y descendió, moviéndose habilidosamente por la escabrosa empinada.

Llegó a una pradera tapizada de florecillas, que se veían protegidas de la salinidad del mar gracias a los riscos que rodeaban esa pequeña zona, acunándola y permitiendo a ese dulce escenario existir.

Mas poco importaba lo hermoso que el paisaje luciera, pues los recuerdos despertados no contaban con esa característica. Al menos no los que tenían mayores efectos sobre su corazón; esa pieza más frágil de lo supuesto que parecía arrugarse siempre, invariablemente, cada vez que transitaba por esa llanura a diario durante el regreso a su "casa".

Suspiró al momento de agacharse para arrancar con un veloz movimiento una, dos, tres flores blancas cuyos delgados tallos apretó en su puño. Siguió caminando con el pequeño ramito, y se desvió del camino colina abajo que le dirigiría hacia la playa, donde la cabaña que en un pasado hubiera pertenecido a su maestro ahora le proporcionaba a Ikki un techo relativamente protector.

Sus pasos le llevaron a la cumbre de ese levantamiento, su destino era aquella saliente a considerable altura donde una tumba modesta se erigía, y sobre la cual planeaba depositar como sutil atención a ese apreciado recuerdo, el trío de ornamentos vegetales.

Sin embargo, varios metros antes de alcanzar su meta, la distinción de una figura cuya presencia ahí era completamente discordante a todo lo que su lógica le gritaba, capturó la atención de Ikki. Inmediatamente se atizó un extraño desprecio por aquél que se atrevía a posar sus helados ojos sobre el epitafio de Esmeralda, a mostrarse inexpresivo, sino es que casi entretenido y curioso… y sin percatarse de que no se hallaba más solo.

—¿Qué demonios haces aquí?— Hyoga se sobresaltó y dio la vuelta torpemente. Abrió sus ojos bien grandes hacia Ikki y pensó en sonreír, pues al fin se encontraba con él, justo cuando se estaba dando por vencido. Pero el semblante mortificado del otro, aunque no era tan excepcional, le intimidó lo suficiente. Hyoga vigiló sus propias reacciones.

—¿Preferirías que hubiera venido Shun?— Enarcó una ceja y caminó hacia el mayor, cuyo ceño lucía fruncido, y sus dedos habían acabado por destrozar las flores, rompiendo sus endebles tallos. Ikki las tiró al suelo furioso y dio la vuelta antes de que Hyoga disminuyera la distancia entre ellos lo suficiente para no poder reprimirse de lanzarle un puñetazo.

—¡Ikki!— Hyoga lo siguió, viéndose totalmente ignorado por el moreno. Éste, determinado e inflexible, continuó su camino. No tenía precisamente un atinado lugar donde esconderse del ruso, no en esa isla microscópica. Además, no tendría por qué hacerlo.

Sabía bien lo que Hyoga había ido a hacer allí, y conocía de antemano el final de ese insulso intento por parte del menor, para hacerle cambiar su opinión.

No le era tan fácil regresar, aceptar y profesar el amor fraternal a un tierno chico a quien juró proteger desde antes de tener un completo uso de razón, por simple instinto, con infantil inocencia; desde que tenía memoria, Shun había sido su razón para seguir adelante. Por él soportó los años infernales de entrenamiento y la crueldad de su instructor. Aguantar su dura suerte valía la pena, siempre y cuando pudiese retornar a su hermano, y protegerlo, cumplir con esa promesa hecha más que nada para sí mismo.

El problema era precisamente, que se había comprobado incapaz de llevar a cabo tal propósito. Había actuado conscientemente en contra de ese ideal, y su intento por dañar a lo que más amaba, sin importar las inconvenientes circunstancias bajo lo cual aquello se hubiera llevado a cabo, era simplemente imperdonable.

Shun no lo necesitaba a su lado, no cuando a Ikki le hacía falta la confianza, antes inquebrantable, de que primero tendría que hallarse muerto antes de lastimarlo intencionalmente.

—¡Crees que haces lo mejor para Shun, cuando es todo lo contrario!— Hyoga corrió unos cuantos metros y alcanzó a Ikki, cuya superior altura le permitía dar zancadas más grandes y mantenerse siempre unos cuantos centímetros adelantados del fastidioso ruso.

—Yo estoy ahí, siempre con él, y me doy cuenta, ¡Y es desesperante no poder hacer nada al respecto!— Agitó sus brazos en el aire, completamente exasperado. Siempre había odiado la actitud autosuficiente de Ikki, repudiaba lo fácil que podía ignorar a las personas que lo amaban y necesitaban.

"Es por Shun", seguía diciéndose, por más que fuera su propio sentimiento de abandono lo que le llevara a enfadarse tanto con el fénix.

—¿Por eso ahora estás aquí?— Hyoga se frenó abruptamente, chocando contra el tórax de Ikki quien había súbitamente girado, cerrándole el paso al momentáneamente abrumado rubio.

Cisne no controló los dedos que apresaron brevemente la playera de Ikki, y que le soltaron renuentes, alejándose de esa firme superficie con una sutil caricia antes de que el rubio diera un paso atrás.
Bajando la mirada, sus cejas casi se unieron sobre el centro de su nariz. Pasó saliva con algo de dificultad y admitió despacio, manteniendo gravedad en su faz:

—No sé porque estoy aquí… después de todo, la decisión de volver es una que nadie puede obligarte a tomar.— Pero sí que lo sabía. Sus razones para sustituir a Shun en ese viaje no habían sido tan nobles y desinteresadas...

—Y menos… yo.— Y representaba un enorme fracaso saber lo poco que sus acciones significarían para Ikki.; lo nada que influenciarían en un futuro que Hyoga deseaba más que otra cosa en el mundo cambiar; el poco poder que tenía sobre aquél, mientras era él quien en verdad necesitaba que Ikki volviera.

—Entonces… ¿por qué estás aquí?—Curioso, Ikki arqueó discretamente una ceja. Se cruzó de brazos en actitud orgullosa. La incipiente sonrisa sagaz que estaba a punto de aparecer en sus labios y que completaría perfectamente el cuadro, fue imposibilitada de existir ante la desconcertante explicación del menor.

—Dejaste esto en mi habitación la otra noche.— Hyoga buscó en el bolsillo de su pantalón y extrajo rápidamente un cordón negro donde un colgante de plata en forma de pluma brillaba sin escándalo. El broche del accesorio se observaba roto, a Hyoga se le veía tenuemente sonrojado, e Ikki parpadeaba repetidamente en cortos intervalos, perplejo.

-.-.-.-.-Antes-.-.-.-.-

Giró sobre su cama, jalando consigo las cobijas y cubriéndose hasta los hombros.
Así, apoyado de costado, podía asomar la mirada a través de la ventana que se hallaba sólo un medio metro arriba de la altura donde él se encontraba, localizada en la pared contra la cual estaba su cama.

Observando el exterior pudo confirmar que era muy noche, más de lo que normalmente tendría que esperar. Comenzaba a desilusionarse, a reprenderse, porque de él nunca debió crearse demasiadas expectativas.

Había comenzado una semana atrás, apenas. En una noche no tan fría como la actual.

En esa ocasión salieron todos a divertirse, como despedida pues Shiryu partía a China al día siguiente. Y Hyoga en particular -por seguir las tarugadas a Seiya- se había excedido no un poco, sino bastante de copas.

Cuando regresaron a la casa, la repartición de pendientes obligó a Shiryu a llevar al caído pegaso a su habitación. Ikki, sobre todo por súplicas de la poderosamente dulce mirada de Shun, se encargó del joven cisne.

Mas la labor no terminó en arrojarlo con poco cuidado sobre su lecho.
Desde hace varios días atrás Hyoga había comenzado a resaltar, para su vista, de entre el resto de muchachos que conformaban ese quinteto.

Culpaba a esos ojos cercanos a traslúcidos e indudablemente seductores, a esa actitud casi arrogante que contrastaba terriblemente con la naturaleza más sosegada, rayando a lo tímido, que podía descubrir si miraba con un poco más de atención.

Sobre todo, a los labios sonrosados que esa noche despedían un aroma particularmente llamativo, demostrándose fatalmente embriagantes una vez que Ikki se atrevió a saborearlos.

Hyoga recordaba la confiada facilidad con que respondió a ese beso de ensueño, y lo despreocupado que se entregó a las caricias que siguieron, sin reparar en lo repentino, inexplicable, insólito, que había sido reconocer a Ikki como el inesperado amante que le espantó el sueño aquella vez.

A la mañana siguiente, verlo dormido a su lado no le hizo sentir culpable. Sufría muchos más remordimientos por las molestias de la borrachera que por los excitantes sucesos que le habían dirigido a una satisfecha fatiga, y en consecuencia a un profundo descanso junto a su secuaz. Pues víctima no se consideraba. Por más que sus sentidos se habían hallado bastante alterados, no podía negarse que ni siquiera en cualquier momento cumbre de lucidez, sería capaz de rechazar un acercamiento como tal por parte del complicado chico de cuya pacífica expresión era incapaz de alejar la mirada.

Es que era tan extraño observarlo así. Una oportunidad fascinante que aprovechó al máximo hasta que Ikki despertó, luciendo bastante atolondrado. Se sentó, sacudió su cabeza y pasó una mano por la maraña indescifrable que sus cabellos habían amanecido siendo. Hyoga sonrió brevemente, recibiendo entonces una mueca entre divertida y fastidiada de su acompañante.

El de cabello azul, en silencio, recogió su ropa y se marchó fuera de ahí, sin particular prisa y por supuesto, sin la más mínima explicación.

Eso estaba bien para Hyoga, quien tampoco ansiaba profundizar en lo sucedido ni mucho menos hablar al respecto. Aunque sí que lo trajo confuso los días que siguieron, disperso y ensimismado.
Ikki no se comportaba muy distinto. Abstraído y más huraño.

Era el resultado de pensar excesivamente sobre un asunto al que se podía abordar desde muchas perspectivas. Mas sin importar cuantas vueltas se le diera, no había otra que una sola realidad.

Ikki regresó tres días después, cerca de la media noche, a la habitación de Hyoga. Realmente nunca sintió haber salido de ahí del todo.

Y descubrió a ese sitio como extrañamente seguro, descubrió en el rubio anfitrión -que lo recibía sin preguntas y lo despedía sin exigencias- alguien en quien confiar, a su modo, y obviamente, sin hacerle saber al depositario de tal confianza lo que significaba para él.

Al presente Hyoga se preguntaba que habría cambiado de un día para otro, para que Ikki decidiera que ya había sido suficiente de esas visitas nocturnas. Pero no iba a comenzar a lamentarse. No había nada que los atara, sólo eran amigos… ni eso, compañeros; si se hablaban fuera de la recámara era generalmente para preguntarse la hora.

Y era por eso que disfrutaba tanto de las horas en que, encerrados en ese cuarto, se sentían personas diferentes al par de muchachos que se encontraban en las mañanas para desayunar en el comedor, con el resto de sus amigos, quienes permanecían ignorantes a la adictiva situación que tenía presa a esos dos.

—¿Te dormiste? —Hyoga casi saltó de la cama debido a la impresión. Dio vuelta apresurado, su respiración de pronto agitada. Se había llevado un buen susto… sin siquiera oír cuando la puerta se abrió. E Ikki, sigiloso, ya había alcanzado la cama del rubio y trepaba una rodilla al colchón asomándose sobre el hombro del joven hasta antes que éste se girara.

—No— respondió Hyoga con simpleza, aunque su respuesta ya salía sobrando. Alzó los brazos al mismo tiempo que Ikki descendió la parte superior de su cuerpo, permitiéndole al menor anclarse a su cuello. Así, su nariz contactó con suavidad sobre el hombro de Hyoga, quien sin pedir explicaciones al mayor por su tardanza, recogió la playera que éste usaba y la retiró cuando Ikki impuso la distancia necesaria y estiró los brazos, permitiendo que la prenda huyera.

Ikki no regresó de inmediato a aquellas manos ansiosas por tocarlo. Sentado a un lado de la tumbada figura de Hyoga, observó a este sin discreción de pies a cabeza. Fue obvio el interés en cada detalle encontrado, desde el sutil rubor que comenzaba a teñir sus mejillas al que imaginaba y sabía que podría convertir en un brillante grana en poco rato, hasta la configuración de los músculos de su desnudo tórax, marcados sin exageración. Con Hyoga usando los boxers en que dormía y no más, Ikki tenía bastante con qué entretenerse analizando.

Hyoga luchaba por no demostrarse abochornado. Cuando aquellos ojos azul oscuro se posaban sobre los suyos, hacía acopio de toda su fuerza mental para sostenerle la mirada. Y a Ikki le agradaba en desmedida los ingenuos intentos por retarlo como ése.

—No dejo que te quedes aquí sólo para que me mires idiotizado— reclamó el rubio, estirando una mano para alcanzar el pequeño adorno de plata que Ikki traía colgando alrededor de su cuello. Capturó en un fuerte puño el oscuro cordón y jaló al mayor sobre sí. Ikki se dejó manejar, sus manos se apoyaron a los lados de la cabeza de Hyoga, y se inclinó instado por aquél con definitivo objetivo en los labios que lo esperaban anticipadamente.

Pero a medio trayecto, el brochecito del colgante cedió. Hyoga todavía lo sostenía, mientras que Ikki ya se alejaba para recriminarle por haber arruinado uno de los pocos accesorios que llegaba a usar.

Hyoga sin embargo, actuó con rapidez, arrojando el objeto a cualquier lugar del piso donde aterrizara, y llevando con premura su mano a la nuca de Ikki, antes de que éste pudiese implantar demasiada distancia. Capturó unos mechones añiles y lo atrajo de vuelta con mayor brusquedad, consiguiendo finalmente ese beso, algo tosco, pero que era suficiente para llamar la atención del fénix.

Olvidado enseguida del detalle del colgante, Ikki se dedicó a ahondar en el cálido refugio que era la boca de Hyoga, cuyos labios se separaron cediendo espacio para que la lengua del otro pasara a través. Pero engañosa resultaba esa invitación, pues enseguida se veía atacado por un músculo húmedo y rebelde que lo recibía con furiosa animosidad, exigiéndole como tributo a cambio de su estancia en tal deliciosa cueva, cada partícula de vital oxígeno que cargara consigo, despojando a su cerebro de todo combustible para funcionar adecuadamente.

Y después de quedar lo suficientemente abrumado por ese primer intercambio, reflejo parco de sus verdaderos deseos, no fue arduo continuar en busca de la realización de éstos. Egoístas a momentos, dadivosos otros más.

Ikki recorrió la espigada silueta del menor con apresuradas caricias, de propiedades hechiceras que hicieron desaparecer con admirable facilidad la única prenda que vestía a Hyoga. Éste, finalmente contento de que las cosas comenzaran a avanzar, mostró una sonrisa traviesa y fugaz que Ikki no alcanzó a apreciar, hallándose demasiado entretenido al estudiar las partes de la anatomía del rubio antes prohibidas por la tela ya no más existente.

Hyoga desatolondró a Ikki acariciando bruscamente una de sus orejas, haciéndole voltear para ser enseguida atacado por sus labios. Sus manos se sujetaron a los hombros de Ikki, y sus piernas las separó lo necesario para que éste cupiera entre ellas, después apretándolas en torno a sus caderas, lo que le provocó enfurruñarse brevemente al percatarse de un importante detalle.

—¿Y el pantalón?— Ikki se contuvo del nuevo beso que pretendía obtener de los labios recién abandonados. Parpadeó un par de veces y miró de reojo hacia abajo, cual si no sintiera la prenda que traía puesta, cuando en realidad sí que estaba consciente de ella y su cada vez más molestosa presencia.

—Quítamelo— murmuró, justo antes de tocar los labios del ruso con los suyos, ambas superficies ya luciendo rojizas y húmedas.

—Quítatelo tú— respondió el menor, alzando la cabeza una corta distancia para adquirir un beso igual al recién recibido.

Ikki resopló fastidiado y se incorporó, arrodillándose entre las piernas flexionadas de Hyoga para comenzar a trabajar con el mencionado estorbo.

—Apúrate—exigió el de ojos celestes, tamborileando los dedos de su mano derecha sobre su propio pecho.

—Espérate.— Y la correa emergió siseando, cayendo después con un golpe quedo el piso.

—Ya esperé bastante a que vinieras—- Hyoga se apoyó en los codos, arrastrándose un poco hacia atrás. Terminó sentándose, cruzando los brazos sobre sus muslos.

—¿Me estás reclamando?— Ikki no lo miraba directamente al rostro, no hasta que finalmente descubrió por completo sus extremidades inferiores, suspirando en alivio al instante.

—Nada más estoy diciendo.— Hyoga se encogió de hombros. Ikki colocó las manos sobre las rodillas de aquél, empujándolas hacia los lados y rodeándolas hasta encajar los dedos en la parte trasera de la articulación, haciendo que se flexionaran y apartaran a la vez.

—Pues ya para, ¿quieres que alguien nos escuche?— advirtió susurrando, acomodándose sobre él y obligándole con su peso a recostarse nuevamente. Hyoga hizo tal cosa sin oponer resistencia. A la anterior pregunta, contestó con no más que una débil agitación de su cabeza, moviéndola de izquierda a derecha dos veces. Palabras no podía formular, a menos que fuera de manera torpe; un par de dedos habían exigido ingreso a su boca y jugaban ahí dentro, buscando ser envueltos por su lengua y cubriéndose de su saliva.

—Anda, con ganas— demandó el mayor. Hyoga succionó los dedos con mayor apremio, complaciendo falsamente a Ikki. No pasaron dos segundos desde que la sonrisa astuta de éste curvó sus labios, hasta que sus dedos tuvieron que escapar tras una vengativa mordida.

—Maldita sea…— Superficialmente molesto, Ikki dio fin a todo preámbulo y se apoderó de las caderas de Hyoga, atrayéndolas hacia sí para encimarlas parcialmente sobre sus muslos. El rubio esperó. Llevó una mano para consolar a su miembro, que latiendo reclamaba atención. Suspiró entrecortado cuando sus yemas se contagiaron del ardor velozmente creciente de esa erección, y giró el rostro de lado. Cerró los ojos cuando, instantes después, Ikki introdujo aquellos húmedos dedos en turnos seguidos de manera casi inmediata dentro de su ser, repentinamente, no tan cauteloso como en otras ocasiones, causándole un respingo ante la impresión.

El par de falanges se movieron sin pudor, inspeccionando, separándose entre sí, retando la inconveniente pequeñez de ese anchor, atormentando a Hyoga sin piedad. Éste se retorcía con progresiva desesperación, arqueando la espalda y buscando a lo que fuera para asirse a ello, siendo las sábanas lo más cercano y disponible para sus ansiosos dedos.

—Hyoga— Ikki llamó, deseando ver el arrebolado rostro del rubio y cada una de sus expresiones, cada trayecto de las múltiples gotas de sudor que resbalaban desde su frente, y cada cambio de luces en una mirada que lucía en esos momentos sumamente opaca, pero que destelló en el instante que la punta suave del pene de Ikki tocó la palpitante entrada de Hyoga. Éste jaló aire hacia sus exhaustos pulmones al sentir que el otro comenzaba a empujarse y conquistar su interior, resultando triunfante ante la resistencia física encontrada y viéndose envuelto pronta y completamente por sus celosas paredes.

Sonidos expresando el inaugural delirio de ambos no se hicieron esperar. Entre gemidos quejumbrosos, jadeos angustiados y lloriqueos suplicantes, llegaron a conseguir un compás tanto de las expresiones incoherentes que sus labios soltaban, como de los movimientos en vaivén al que sus caderas se entonaban, sin dar nunca por terminado el indispensable ensamble que daba base a esos deliciosos momentos de extravío.

Ikki montó una pierna de Hyoga sobre su cintura, inclinándose sobre el mencionado para embestir con un mejor impulso. Logró alcanzar con sus labios el cuello del menor, donde besó atinando justo al lugar en que su pulso corría descontrolado, incitado por los escalofríos que Ikki podía sentir como propios a partir de las manos que sujetaban firmemente las caderas de su compañero.
Así continuó, resbalando nunca del todo fuera, y de regreso al límite de lo que el cuerpo del otro le permitía, y al que la robustez de su miembro disfrutaba de vencer.

Sus arremetidas adquirían vigor a partir de las reacciones que obtenía de Hyoga; un revelador gemidito le hacía frenarse un poco… alguna caricia torpe sobre su brazo le animaba a aumentar su velocidad; el frenetismo que atestiguaba haciendo presa del rubio, quien respiraba sacudido, cerraba sus ojos con fuerza y atrapaba las caderas de Ikki con firmes apresamientos de sus piernas, le comunicaban al mayor que podía contar los segundos faltantes para el clímax de aquél, y seguramente atinar con precisión.

Muy pocos, definitivamente.

Contados abrazos más del cálido y apretado interior de Hyoga, acompasadas caricias sobre el exaltado miembro de aquel, y los efectos de cada roce se dispararon vertiginosos en una escala inmensurable. Las devastadoras consecuencias sobre sus sentidos, sin embargo, resultaron imposiblemente placenteras; el violento drenado de energías fue equilibrado más de lo merecido con momentos fugaces pero invaluables de éxtasis que se disipaba ondulante y lento, haciéndose extrañar enseguida.

Hyoga continuó tensándose por completo unos momentos más; las facciones de su rostro contraídas en ese suspendido momento de insoportable disfrute, sin que terminara de pasar, sin recuperarse del todo, habiendo sufrido de esa generalizada turbulencia momentos después de Ikki. Éste apenas se desacoplaba de él, librando el paso para que parte de su esencia fluyera fuera del amedrentado cuerpo del rubio, quien finalmente se rindió relajando todo músculo y sintiendo a cada hueso flojamente articulado.

Exhaló agobiado cuando el peso de Ikki se rindió sobre él; la mejilla del mayor adhiriéndose al sudor que abrillantaba su pecho, su lengua saliendo a saborear esa salada sustancia, atinando a encontrar un área donde la textura suave cambiaba ligeramente. Ikki abrió los ojos y fijó sus dilatadas pupilas en la cicatriz en forma de cruz que marcaba el sitio donde el corazón de Hyoga se ocultaba. Un corazón que él en alguna ocasión había intentado literalmente saquear.

Más arriba, bien cerca, un pequeño pezón rogaba silenciosamente -según sus figuraciones mentales- por ser visitado. Y así, lo tomó con cuidado entre sus labios, chupándolo con suavidad.
Hyoga infló el pecho, víctima de nuevas corrientes estremecedoras. Alcanzó el rostro de Ikki y acariciando su mejilla aplacó cualquier actividad de aquél, sintiéndose todavía demasiado cansado como para poder soportar un solo escalofrío más.

Cubrió la cabeza del mayor cruzando ambos brazos lánguidamente sobre ella, abrazándole con ligereza. Sin embargo, Ikki no le permitió a Hyoga disfrutarlo como su prisionero por mucho tiempo más. Una vez que su corazón retomó un ritmo calmo y por su nariz el aire volvió a circular con regularidad, fénix se deshizo del apresamiento del rubio y se incorporó. Su mano se restregó contra las sábanas, limpiando la tibieza que Hyoga había derramado encima de sus dedos. Y se puso de pie para vestirse con inusual rapidez, pues siempre acostumbraba a quedarse un rato más; hasta que los primeros rayos del sol asomasen. Y todavía faltaba mucho para eso, lo cual comprobó Hyoga tras una mirada de reojo a la ventana.

—Adiós— dijo Ikki antes de dejar la habitación, asomándose primero hacia afuera para asegurarse de que nadie se encontrara en los alrededores.

—¿Adiós?...—se preguntó Hyoga en voz alta, totalmente desconcertado.

Ikki no se despedía, jamás.

Sin darse tiempo a meditarlo, se levantó de la cama, buscó su ropa interior y salió del cuarto medio tropezándose mientras se colocaba la prenda.

Ikki ya no se observaba en el pasillo pero la puerta de su habitación se balanceaba sutilmente, a punto de cerrarse por inercia.

Al llegar, Hyoga atestiguó atónito desde el marco de la puerta cómo Ikki, tras extraer una mochila vieja del armario, comenzaba a llenarla con un par de azarosas playeras y pantalones, y algunas cuantas cosas más de las que le fue imposible llevar un minucioso registro.

—¿Qué haces?— preguntó, gastando saliva en una pregunta bastante innecesaria.

—Me voy—respondió al momento de jalar el cierre de la mochila y colgársela a los hombros. Caminó hacia la puerta del cuarto y pasó a un lado de Hyoga sin ningún problema; por simple reflejo éste se apartó. Dio la vuelta y lo siguió hasta la entrada principal de la mansión.

No conocía los motivos del repentino desarrollo de eventos, y dudaba que Ikki estuviera dispuesto a explicarse. Así, el primer instinto del rubio fue señalarse culpable, y tratar de evitar la inminente partida de su compañero, imaginando lo pésimo que Shun se sentiría al enterarse…

—No lo hagas…

Fue hasta días después que se convenció de que él no era lo suficientemente importante para Ikki como para influenciar en una decisión de esa magnitud.

Y tenía razón en parte; se subestimaba tremendamente, pero no era por Hyoga que Ikki se había marchado. Aquél de hecho le había retenido allí mucho tiempo más de lo que había tenido planeado. Simplemente un día llegó a la conclusión de que no podía seguir aferrándose a la irrealidad de esas noches, cuando los ojos verdes que lo perseguían a diario le hacían sentir la criatura más indigna de sus inocentes resplandores.

Pero había deseado despedirse, sólo de Hyoga.

-.-.-.-.-Ahora-.-.-.-.-

—Qué atento de tu parte venir hasta acá sólo para darme est- Unos labios sobre los suyos, arrebatados y demandantes. Ikki tuvo que ceder y rendirse al silencio impuesto, interrumpido únicamente por los débiles gemiditos que emergían tanto de su garganta como de aquella vecina no muy lejana.

—Déjate de estupideces y regresa— ordenó el menor al separarse. Una mirada amenazante de esos gélidos orbes e Ikki apreció a Hyoga alejarse, pasar a su lado y adelantarse bastante mientras él se quedaba ahí, boquiabierto e inmóvil.

El rubio no se lo pediría otra vez. Le parecía que había hecho mucho más que suficiente.

Hyoga llegó a la costa, donde el viejo pescador se acercaba con la lancha, justo a la hora indicada.

Pero caminó pausado, esperanzado de que hubiera podido convencer a Ikki. Bajó la vista a un lado y alzó su mano; sujetaba aún el colgante que nunca regresó al mayor. Y que para éste, de insignificante importancia era.

Sólo había sido una excusa pensada en el momento, pues dicho accesorio lo guardaba consigo desde la partida de Ikki.

Era innegable ya, y esperaba que fénix se diera cuenta, que no únicamente Shun añoraba a su hermano. Él también lo necesitaba, y como mucho más que un simple compañero de armas.

—¿No va a esperar a su amigo?— preguntó el hombre, acomodando el sombrero que una ligerísima brisa intentó tumbar de su calva cabeza. Hyoga abandonó la burbuja de pensamientos en que se resguardaba y miró desorientado al sujeto que le señalaba con la mirada cierto punto a la distancia detrás del rubio, donde otro joven un poco mayor trotaba en dirección del par, cargando una mochila.

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—Gracias, Hyoga— sonrió Shun, ajustando el cariñoso abrazo que mantenía en torno a Ikki, contra cuyo tórax recargaba la cabeza de perfil, dirigiendo su alegre mirada al rubio que se encontraba frente a ellos, en el recibidor de la mansión Kido.

Para el fénix no había sido sencillo aceptar su error. Pero inevitablemente fue consciente de ello en cuanto Shun le regaló la más brillante de las sonrisas al llegar, para enseguida recibirlo con algo cercano a clasificarse como intento de asesinato. Su cuello todavía le dolía de lo fuerte que aquel se había colgado y estrujado al abrazarle. Ahora se encontraba mucho más tranquilo acunado en su pecho mientras los morenos dedos jugaban en la melena verdosa.

No era un secreto que adoraba a Shun, pero Hyoga estaba ahí, viendo como consentía el mimoso comportamiento del más chico. Así que Ikki se sentía más avergonzado que nunca con la abierta demostración de sincero afecto que su hermano menor le profesaba y presionaba a corresponder, incrédulamente feliz de haberlo visto minutos atrás bajando de un taxi frente a la casa, junto con Hyoga. Aún más sorprendido de que este último viniera en una pieza.

Hyoga respondió la sonrisa de su amigo. Shun, para colmo del bochorno de Ikki, empujó a éste insistente, haciendo puchero y reprendiéndolo con la mirada.

—Sí, eso…— Ikki gruñó, rodando los ojos hacia arriba para luego depositarlos sobre Hyoga. Así, complaciendo al hermano que se le pegaba cual lapa, agradeció también al rubio, a su estilo.

Hyoga sólo se encogió de hombros e intercambió una significativa mirada de aire cómplice con Ikki, cuyos labios se curvaron sutilmente en respuesta.

Shun, testigo de cada pequeño gesto, estuvo seguro entonces de que así había sido mejor.

-.-.-.-
FIN
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