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Esto no me está llevando a ninguna parte.
Pero no me detendré todavía!
A Distancia
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Arrastró sus ojos con pesadez y un esfuerzo inconmensurable hasta el reloj que colgaba en la pared frente a él, desvió la mirada hacia la puerta inmóvil y esperó largos segundos en un anhelo indefinido y perturbador, aguardando silenciosamente a que una voz femenina se filtrara desde el pasillo, llamándolo. Luego hundió la cabeza entre las rodillas dejando salir un gruñido irritado.
Se puso de pie con cansancio, recorrió el reducido espacio de su habitación en dos o tres zancadas y devolvió su mirada al reloj como esperando encontrar algo nuevo en él. Pero no. Rodeó la cama y se derrumbó sobre ella sin despegar los ojos de la puerta, que seguía sin dar señales de novedad.
Y atrapado por la ansiedad, volvió a mirar el reloj. Y la puerta. Y el reloj.
Contempló la idea de salir al pasillo y tocar la puerta de su habitación, pero se cortó a si mismo un segundo después y antes de haber tomado resolución alguna. Temari llegaría en cualquier momento, y si no lo encontraba en el cuarto seguramente se marcharía enfadada y se desquitaría como pudiera a la mañana siguiente. Era bastante buena en eso y con el tiempo no hacía sino mejorar. La rubia tenía un carácter de mil demonios cuando la hacían enojar.
Todavía no llegaba a comprender totalmente qué era lo que le atraía de una mujer como ella, pero ánimos cambiantes, irritabilidad extrema y autosuficiencia eran características en las mujeres que lo rodeaban desde que había nacido. Borró momentáneamente la expresión de contrariedad en su rostro mientras sonreía con un poco de amargura al pensar que probablemente eran aquellas mismas formas que él tanto decía odiar las que más le gustaban de las mujeres. Era eso mismo lo que había hecho a Ino la chica de sus sueños y pesadillas, y a Temari la mujer de su vida.
Pero en aquel momento no sabía que era lo que le sucedía. Le ardían las entrañas y no había podido quedarse quieto desde el almuerzo, habiendo dejado a Chouji tan nervioso y preocupado por él, como él mismo por la rubia.
No había regresado a su habitación, y de haber terminado el asunto con el Kazekage, ya habría ido a ver a alguno de los dos, a Chouji o a él, para prepararse para partir. Estaban dos días retrasados en su viaje y lo que al principio le parecía una idea aceptable y sin inconvenientes, ahora le daba mala espina.
¿Para qué habría querido Gaara ver a Ino? Le había dado vueltas todo el día, incapaz de despejarse u olvidar la interrogante que no dejaba de zumbarle en el oído como una letanía eterna. Realmente no podía explicarse qué era lo que el Kazekage podría llegar a necesitar de una ninja de la Hoja. De una kunoichi de otro país. De Ino en particular. No conseguía calmar la insistencia que le provocaba el solo pensamiento.
En el caso de haber sido alguna especie de misión el tema, lo correcto habría sido que él mismo fuera a hablarlo con Gaara, como líder del equipo. O por lo menos que los llamaran a los tres. Pero el pelirrojo no había hecho alusión a ninguna misión. Y la expresión despreocupada y burlona, incluso insinuante, si hacía un examen más minucioso y subjetivo, de Kankurou al informar a Ino tampoco lo había hecho.
Se puso de pie por enésima vez en la noche, maldiciendo la contorsión molesta de sus intestinos al pensar que dejando de lado la idea del encargo, los demás caminos llevaban a respuestas a las que no le iba a gustar llegar. Lo que no sabía era porqué, hasta hace poco Gaara le parecía un ser, si bien no asexuado, de casi nulo interés por las mujeres.
Finalmente, olvidando momentáneamente a la kunoichi de la Arena y su visita, y aún con cierta reticencia, abrió la puerta y se asomó al pasillo alumbrado con suaves luces anaranjadas con el objetivo de cerciorarse del regreso de Ino y tranquilizar su alma inquieta. El sonido de las sandalias aplastando la alfombra bajo sus pies captó su atención al instante.
“¿Saliste a buscarme?”
Antes de poder siquiera dar un paso fuera de la habitación, la voz de Temari lo detuvo en seco.
Segundos después, sin conseguir apartar la punzante e injustificada preocupación de sus pensamientos, los labios de la rubia colisionaron con rudeza sensual contra los suyos, su mano paseándose con lentitud por su cuello mientras lo instaba con empujones leves a entrar en la habitación otra vez, sonriendo sobre su boca. Y al tomar la estrecha cintura con una mano, y cerrar torpemente la puerta con la otra para abandonarse a la placentera sensación de los senos de Temari apretarse contra su pecho, cerró los ojos e intentó dejar de pensar en la rubia que no estaba entre sus brazos.
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Tomó entre sus dedos la larga y pálida mata de cabellos que brotaba en cascada desde su moño, y se la pasó sobre el hombro con un gesto nervioso que había adoptado cuando era una niña. No era una persona a la que le gustara esconderse- no lo necesitaba-, pero cuando se sentía de alguna manera desprotegida o afrentada el gesto inconsciente de acomodar el cabello contra su cuello siempre afloraba entre sus ademanes.
Apoyó la espalda en la banca de piedra y el contacto con la superficie helada la hizo estremecer hasta los huesos, sin lograr arrancarla de su deriva. Escondió el rostro entre sus manos y mientras inhalaba profundamente se prometió no volver a encontrarse en una situación tan embarazosa como la que había sobrellevado aquella tarde. Se sentía como una tonta y aún podía sentir el corazón latir casi hasta explotar y las mejillas calcinándose a fuego lento bajo la mirada clara y estoica del Kazekage.
La mezcla de emociones que la había embargado al abandonar la estancia del pelirrojo se había diluido poco a poco a través de la noche y el aliento tibio del desierto había calmado un poco los nervios paralizantes que le impedían respirar con normalidad. Había salido hacía un par de horas del despacho, envuelta en una niebla de incertidumbre y fantasía, cómo si nada de lo que había pasado momentos atrás fuera parte de la realidad, y había caminado como un sonámbulo por lóbregas calles desconocidas hasta retomar poco a poco el control perdido sobre su mente y cuerpo.
La misión que le esperaba no era sencilla y la preparación y recopilación de información comenzaría al mismísimo día siguiente, a modo de no retener al resto de su equipo por más tiempo del estrictamente necesario, pero había decidido que despejarse por ahora era francamente la mejor opción. No podía actuar de encubierta si apenas podía mover la lengua de los nervios.
Al relajarse lo único que le había quedado era la sensación de estupidez llenando el vacío de su mente en blanco, atacándola desde adentro y haciéndola sentir como una niña insensata.
No conseguía entender cómo era que había sido tan ingenua, tan estúpida para pensar que el motivo de la necesidad que tenía Gaara de ella fuera otro además de lo que tan fácilmente había dado por obvio. Estaba claro, la necesitaba, pero no en la manera en que su imaginación complicada y problemática le habían hecho creer. Se había tendido a sí misma una trampa.
Y al entrar al despacho con la cabeza llena de ideas equivocadas y sentir como su rostro ardía en llamas dándose cuenta de la presencia de Baki junto al pelirrojo, había caído.
Bufó con frustración, aún con las manos ocultando su rostro, la pequeña chispa que había nacido días atrás volviendo a florecer al recordar el pseudo-acoso del que había sido presa al llegar a la Aldea.
Cerró los ojos y con un movimiento ausente se llevó una mano a los mechones rubios junto a su hombro. Las manos de Gaara rozaron con lentitud enervante su cabello una vez más, las yemas de sus dedos acariciando prófugamente la piel sensible de su cuello. Entonces abrió los ojos nuevamente, con el corazón a punto de salir por su boca espoleado por el recuerdo, y gruñó frustrada.
Si no quería nada más que su colaboración –más que su ayuda- para una misión de espionaje, para salvar su puesto, para salvar a la Arena y a los civiles, entonces no tenía razones para acercarse a ella de la manera en que lo había hecho la primera vez.
Lanzó un chillido al viento y la frustración lentamente fue mutando en enfado, las lágrimas de una rabia inconsciente materializándose tras sus ojos enrojecidos. Había sido todo un engaño. Desde el primer silencio y la primera mirada. Había sido usada.
Se puso de pie, y mientras la noche espantaba el calor, se encaminó hacia el lugar donde se hospedaba, enfadada con Gaara, con ella y con el mundo.
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Acalló un gemido cuando los movimientos de la boca de la rubia se hicieron lentos y sensuales contra la piel de su cuello, el aroma espeso y embriagante de su piel bailando en la habitación, invadiendo sus sentidos, el estremecer del cuerpo dorado sobre el suyo, sus propias manos perdiéndose en la calidez de las caderas cadenciosas y amplias, y aún así, sin poder quitarse la intranquilidad de la cabeza, intentando no darle forma a sus pensamientos, buscando dejarse llevar por la boca y las manos de Temari.
El contacto tibio de sus labios desapareció gradualmente y ella se giró hacia un lado, con una mirada de extrañeza en sus ojos azules. Shikamaru se incorporó, apoyando el peso de su torso en sus brazos.
“¿Te pasa algo? Estás distraído. No se si te habías dado cuenta de que somos dos en esta habitación”
Contestó tras unos instantes, sin darle muchas vueltas a la idea en su cabeza.
“¿Sabes porqué Gaara necesitaba hablar con Ino?”
Las cejas de la rubia se fruncieron un poco sobre sus ojos turbulentos, dibujando una línea áspera en su frente y endureciendo sus facciones con rapidez.
“No, no lo sé. Pero me encontré con ella camino a la oficina de Gaara y se veía alterada”
“¿Alterada?”
En un gesto inconsciente la expresión del estratega se contrajo mientras se sentaba completamente en el borde de la cama, al tiempo que Temari apoyaba la cabeza en su mano sin darle demasiada importancia al asunto, pero demostrando la leve molestia que el interés en el tema de parte del Nara comenzaba a producirle.
“Si, pero cuando le pregunté si le pasaba algo me dijo que estaba bien”
No obtuvo reacción del moreno, que se había abstraído en sus pensamientos antes de escuchar la última respuesta que había salido de sus labios. Mantenía un semblante de preocupación y no parecía dispuesto a seguir con lo que hacían antes del pequeño interrogatorio. Rodó los ojos ante la actitud de Shikamaru y al cabo de unos segundos se cansó de esperar.
“¿Qué te preocupa tanto? Si es alguna misión, te lo dirá mañana. Si Gaara la quería para otra cosa... Bueno, quizás eso no te lo diga”
Como un acto reflejo la mirada del Nara se despegó del suelo y fue a dar a la de la rubia, con una especie de extrañeza incrustada en ella. Temari concluyó su intento furtivo de relajarlo con una sonrisa de lado, pensando que a ella misma la idea de Gaara e Ino juntos le parecía bastante descabellada. Era suficiente decir que la idea de Gaara con cualquier otra persona le parecía descabellada. Había cambiado, si. Pero no creía posible que su hermano pequeño, ex asesino trastornado, estuviera intentando conquistar a la Yamanaka.
Lejos de extraerlo de sus ensoñaciones, la afirmación no hizo sino sumirlo en un trance aún más profundo, lo cual comenzó a disipar el buen ánimo de la kunoichi, llevándola un poco más allá en las observaciones que había hecho sobre la reacción del moreno. Quizás era Ino lo que lo tenía así.
“¿Acaso eso último es lo que te preocupa?”
Shikamaru levantó el rostro con las cejas muy fruncidas y la boca entreabierta. Las palabras se atoraron en su garganta, incapacitándolo a responder al tono imperioso y duro de la rubia que ya se había puesto de pie y lo observaba con enojo desde su altura. Tenía conocimiento de la relación eterna e impenetrable que existía entre el Nara e Ino, de los viejos sentimientos de Shikamaru hacia ella y de la amistad que compartían desde la infancia, y jamás había permitido que se interpusiera entre ellos. Él la protegía y ella cuidaba de él, su amistad lo argumentaba todo, pero la reacción que estaba teniendo el moreno iba mucho más allá de lo justificable.
Puso las manos en sus caderas y esperó una respuesta directa, con el rostro impasible y en actitud desafiante, pero Shikamaru no hizo más que dejar caer la cabeza con un suspiro intranquilo.
“No seas tonta”
La respuesta la enfureció aún más, y mientras él se levantaba de la cama ella lo siguió con la mirada ardiendo en llamas azules.
“¿Tonta? Mírame a los ojos, Shikamaru, y dime que no estás pensando en Ino”
“Temari...”
No podía mentirle. No mirándola a los ojos y enfrentándola cara a cara.
Era cierto que estaba pensando en la Yamanaka, que no había podido sacársela de la cabeza en todo el día, que su preocupación e intriga iban un poco más allá de la barrera impuesta por la amistad que los unía. Pero sencillamente no quería aceptar lo que comenzaba a trastornar su carácter y amenazaba con destruir la relación que mantenía con Temari. No eran celos. No quería que fueran celos lo que lo había tomado por sorpresa al ver a Ino marcharse de manera apresurada y nerviosa hacia el Kazekage.
Tampoco pudo responderle antes de que ella se cansara de esperar por una contestación que no iba a llegar. Al oír las palabras brotar de su garganta recordó cuánto odiaba el desprecio helado que palpitaba en ellas.
“Eres una mierda”
El portazo retronó por toda la habitación haciendo eco en su propia cabeza en blanco en ese momento. Se pasó una mano por la cara con la esperanza de que se llevara la inseguridad que lo invadía de repente, sopesando la interrogante de si debía dejarla ir o ir tras ella y detenerla antes de echar a perder aún más la accidentada relación. No podía dejar de pensar que en aquel mismo instante lo mejor era dejarla ir. Necesitaba aclararse.
La cama crujió bajo su peso al estirarse de espaldas sobre el colchón, invadido por el silencio perturbador que reinaba en la habitación sin su presencia llenándolo todo. El suspiro que exhaló quedó suspendido en el aire unos segundos y al arrullar nuevamente el vacío sus oídos, se puso de pie para calzarse las sandalias con rapidez, abandonando por fin el letargo mental que ralentizaba sus acciones, y que lo caracterizaba.
Ella era problemática. Las peleas eran problemáticas. La relación era en sí un gran problema. Pero prefería mantenerlo así, a perderlo por algo tan tonto. Después de todo siempre se había terminado metiendo en problemas más grandes de los que podía manejar.
Caminó con ademanes acelerados hacia la puerta y giró la manilla con la pereza casi rozando sus talones. Salió al pasillo cerrando de un tirón despreocupado la puerta tras de él y echó un vistazo rápido hacia el extremo del corredor que llevaba a las escaleras. Antes de echarse a correr en esa dirección, la voz femenina congeló sus pasos y desvaneció la determinación que le daba peso a su andar y voluntad.
“Shikamaru”
Se giró hacia su izquierda al encuentro de la mirada enrojecida y seca de la Yamanaka, sin soltar aún el cerrojo de la puerta. Se encontraba de pie, con la llave metida en la cerradura de su propia habitación, con las mejillas de papel y una expresión insondable en su rostro.
“¿Ino¿Qué te pasa?”
Se maldijo al llevar sus ojos a los labios de la rubia, que mordía con turbación el inferior, tiñéndolo de un carmesí húmedo y acalorado, con la vista pegada al suelo y el ceño fruncido, asediada por la sensación de haberse dejado llevar fácilmente, de haberse permitido ser utilizada. No podía contarle lo que había sucedido aquella tarde, lo que le habían pedido hacer, y por tanto tampoco podía decirle qué era lo que le pasaba. Tampoco lo hubiera hecho si hubiera podido, se sentía avergonzada de seguir siendo la inmadura, ingenua y superficial del equipo. Los segundos pasaron y la respuesta de la rubia nunca llegó.
“¿Qué te dijo Gaara?”
El moreno se separó de la puerta, dejando caer el brazo a un lado, y se acercó a Ino con pasos lentos, viendo cómo juntaba más sus rubias cejas y apretaba con impotencia la manilla entre sus dedos ante la pregunta. No tenía cómo responderle y nada se le venía a la mente, estaba completamente en blanco.
Giró la llave y el sonido metálico del cerrojo gatilló la pobre improvisación en su cerebro.
“Nada. Sólo... Solamente quería más información sobre el problema de la plaga en Konoha”
Reconoció el tono de voz, la entonación de cada palabra, el titubeo, el movimiento de sus labios y la ausencia de su mirada; estaba mintiendo. La oleada de inseguridad y preocupación regresó a su pecho, a jugar con sus emociones y torcer las decisiones que tomaba. El estado de intranquilidad de la rubia se debía a algo que había sucedido en el despacho del Kazekage. Debido a algo que él había hecho.
“Ino”
Antes de que la rubia se introdujera en su habitación, habiendo entreabierto ya la puerta y con la intención vaga de alejarse de él para no contarle una verdad de la que no podía hablar, estiró su brazo hacia ella y apresó la fina muñeca en su mano para retenerla.
Al solo contacto, la piel de ambos se erizó y un palpitar antiguo recorrió sus cuerpos en un abrir y cerrar de ojos. Sin pensar en el porqué de sus reacciones, la mirada cielo de Ino se encontró con la del Nara y él la acercó tirando de su brazo. La necesitaba.
Todo lo que hizo ella fue entregarse a los brazos de Shikamaru, impulsada por el desamparo que la invadía, rodeando con sus brazos la espalda de él para hundirse más en su pecho y en el aroma cálido y conocido que despedía el moreno. Todo lo que hizo él fue apresarla con sus brazos sin detenerse a pensar en lo poco y lo mucho que significaba sostener el cuerpo de la Yamanaka contra el suyo. Y cerró los ojos contra el cabello rubio que acariciaba su mejilla, ignorando el hecho de que dos pisos más abajo, en el recibidor del hotel, Temari esperaba.
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Kashou No Tsuki