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Author of 19 Stories |
Este es un fanfiction basado en Inuyasha, de Rumiko Takahashi.
Todos los personajes son propiedad de Rumiko Takahashi y
Shogakukan.
Nota del traductor: Quienes sólo han visto el animé hablado en
castellano, con doblaje mexicano, conocen a la protagonista como
Aome. Su verdadero nombre es Kagome. Ese es el nombre que se
utiliza aquí.
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Despechos (Parte 1)
por Kristine Batey
versión castellana de Miguel García
-o-
Una mañana, el muchachito tierno y medio pánfilo que una vez le
dijera que jamás podría querer a otra la miró desde la cara de un
hombre ya grande y dijo:
--Tengo que decírtelo... hay una mujer del trabajo, una joven de
la oficina.
Para sorpresa de ella, su reacción inical fue un raudal de alivio...
"Y eso --pensó-- nos dice adónde ha llegado a dar la relación".
Más entrado el día volvió a sorprenderse al ser sobrecogida por
un alud de dolor y rabia. Tuvo que agarrarse del borde de la
camilla para estabilizarse, agradecida de haber puesto en manos
del residente la labor de suturar la barbilla del anciano. Así las
cosas, el residente interrumpió su accionar, alarmado, creyendo
haber cometido algún error.
--¿Doctora? --dijo, no "¿Doctora, la estoy cagando?"; era un
residente de último año, con experiencia suficiente para saber
que el paciente no debía oler las dudas. Ella resistió el alud,
volvió en sí y le echó un vistazo breve a la herida, tranquilizando
al alumno al asentir un poquito, con gesto académico. En
realidad, los puntos estaban un pelín demasiado apretados;
nada que fuera gran problema, pero la practicante que
terminara quitándolos tendría que maniobrar y tirar un poco.
Se lo mencionaría al residente luego de que el paciente se fuera.
Esa noche, en el trayecto de regreso, casi pasó por la casa de
su mamá a darse una vuelta por el pozo, pero lo descartó.
Y luego, una vez dentro de su departamento, casi se dio media
vuelta para devolverse a la casa de su madre.
Él se había ido. Y de verdad, se había ido. No podía quejarse
de no haber sido avisada. Si no es problema, voy a pasar por allá
cuando estés de guardia, para sacar mis cosas. Ella había previsto
que se llevara una maleta, el cepillo de dientes y la máquina de
afeitar; artículos triviales: lo suficiente para vivir mientras se
instalaba con su nueva... ¿nueva qué? ¿Nueva vida? ¿Nueva
obsesión? ¿Nueva prestadora de culo?
Estaba enrabiada otra vez.
Tuvo el impulso de hacer la escena de la mujer traicionada vista
en las películas: tijeretearle la ropa, hacerle añicos el espejo
de afeitar, tirarle los zapatos por el balcón. Pero no había nada:
ni ropa, ni espejo de afeitar, ni zapatos, ni cepillo de dientes, ni
monedas sueltas encima de su cómoda, ni tazón de café con su
nombre. Con su prolijidad de siempre, don Perfecto se había
llevado todo, todo, lo que dijera que un hombre llamado Hojo
había compartido un hogar con ella durante una docena de años.
No, momento: allá en el basurero del baño había un pedazo de
hilo dental con gusto a menta. Esa mañana, como cada mañana,
él había estado dieciocho minutos pasándose el hilo por su
condenada dentadura perfecta, después de lo cual se había
sentado a la mesa del desayuno para decirle "Te juro que jamás
planeé que pasara esto". Tomó el hilo dental y se lo llevó al
dormitorio... suyo ahora, no nuestro. Los cajones de él estaban
vacíos, su lado del armario, vacío, se había llevado su almohada.
En el cajón del tocador encontró unas tijeras de uñas. Se instaló
delante del espejo con orla de suaves bombillas rosáceas,
mirándose cortar el hilo dental en pedacitos diminutos: una mujer
enrabiada, en la segunda mitad de los treintaitantos, cometiendo
un acto desquiciado, pero atractivamente iluminada. Recogió los
pedazos de hilo dental, los llevó al excusado y los echó al retrete
de estilo occidental, luego tiró la cadena. Algunos pedazos desa-
parecieron en la cascada; los demás volvieron flotando pere-
zosamente a la taza. Tuvo que tirar la cadena tres veces para
deshacerse de todos. Desgraciado.
Se echó en la cama y volvió a pensar en el pozo.
Y siguió pensando en este, extrañamente, de nuevo y de nuevo,
durante los siguientes dos o tres meses.
El asunto se volvió una separación amigable, si es que tal cosa
existía. Concordaron en que habían sido demasiado jóvenes,
concordaron en que con la edad se habían ido apartando. ¿Habían
concordado en que se sentían estafados? ¿En que él era demasiado
monótono, demasiado convencional, demasiado afable, demasiado
ordenado, demasiado civilizado, demasiado... perfecto? ¿En que
ella estaba demasido extraviada, demasiado resentida, demasiado
insatisfecha, demasiado briosa?
Hasta fue al casamiento, se sentó con la familia. La novia, de
nombre Miyu, como la vampiresa, era joven, pero no tanto:
veintiocho, veintinueve. No una Office Lady en busca de marido,
sino una gerenta que inesperadamente encontró el Amor Verdadero.
Y era amor. Esta joven, la flamante señora Hojo, lloraba de alegría
en su propia boda, y a su marido se le empañaban los ojos de puro
mirarla a la cara. Se estremecía la voz de la novia al hablar de sus
pocos meses juntos, del hombre chistoso y atento que la sorprendía
con flores y helado y paseos a altas horas a clubes de blues, a
pizzerías de trasnoche, a funciones de títeres. ¿Quién era este
hombre, este hombre exuberante, espontáneo, querible, y de
dónde había sacado una función de títeres a la una de la mañana?
Le vino la respuesta: ese era el hombre que amaba a Miyu. El
hombre que había encontrado una vida nueva en los ojos de Miyu.
El hombre que jamás planeó que pasara esto. Que, sin duda, se
había bajado un día de un ascensor en un piso misteriosamente
equivocado, para avanzar desconcertado por un pasillo desconocido,
espectral, tratando de encontrar su oficina y en vez de eso
encontrando al amor de su vida ensartada a la puerta del baño de
mujeres con una flecha atravesándole un senito puntudo. Kagome
lo visualizó asiendo el seno no traspasado --¡para apoyarse, nada
más!-- y luego extrayendo rápida, perfectamente, la flecha con la
otra, capturando ágilmente a la doncella durmiente (¿era Miyu
doncella todavía? Ya iba para los treinta. Lo más probable era
que no) con su brazo libre, si es que tenía un brazo libre; Kagome
iba en la tercera copa de champaña y no podía llevar la cuenta de
cuántos brazos había ya usado en la escena. Empezó a engrifarse
por la mano puesta en el seno, luego se recordó estando en la
misma situación. Se volvió hacia el hombre a su izquierda, un
amigo del novio.
--Si tuviera que hacerlo de nuevo --le dijo--, ni por el carajo
caería con lo de las orejas.
El hombre la miró de hito en hito. Era quizá cuarentón, con un
proyecto bien encaminado de calvicie, cejas espesas. Ella nunca
en su vida lo había visto.
--Si eres amigo del novio --le dijo--, ¿cómo no te conozco?
--Ah --dijo este, mirándola a los ojos--. Tú debes ser la ex.
Fue como si la hubiera aguijoneado una avispa, una de las
saimyosho. Ella era la ex. La ex amante de Hojo Junsei. La ex
Dama Kagome, ex compañera de Inuyasha Buscador de la Shikon
no Tama.
Bajó un poquito los párpados y le clavó una mirada desde el velo
de sus pestañas.
--No soy ex de nada --dijo--. Soy médico especialista en atención
de emergencia. --Batió las pestañas--. Y de las buenas --añadió.
Se inclinó hacia adelante de modo que el escote de su vestidito
negro se entreabriera un poco. El Amigo Del Novio se puso de
color rosado. No era un hombre ante quien muchos vestiditos
negros se hubieran entreabierto.
Kagome lanzó un vistazo fugaz a la mesa principal, y el vistazo
fugaz se volvió un vistazo largo. Hojo el Perfecto y Miyu la Dulce
la estaban mirando. Y luego se estaban mirando los dos. Y
cuchicheando. Y dándose una sonrisita especial. "Por la mierda",
pensó, "¡se alegran por mí! ¡Él se alegra por mí! Estoy aquí
instalada coqueteándole a un cagatintas de su oficina, y creen
que encontré el Amor Verdadero". Cayó en la horrenda cuenta
de que habían sentado deliberadamente al lado de este hombre,
que la Novia y el Novio habían tenido la esperanza de que hicieran
migas al instante. Se preguntó si el Amigo Del Novio era también
Ex De La Novia. Llegó un camarero y le llenó la copa de champaña.
La apuró de un trago.
--Parece que te gusta el champán --dijo el Amigo Del Novio. Se
hizo más adelante y la favoreció con un guiño conspiratorio--. A
lo mejor me puedes contar algunas de las otras cosas que te
gustan --murmuró, y su aliento era una nubecilla de olor a cigarro
y ajo.
Ella apoyó la frente contra la amplia y lustrosa frente de él.
--Me gustan... las garras. Y los colmillos. Y los ojos dorados. Y...
las orejas de perro. Me... fascinan... las orejas de perro.
Y, acto seguido, se cayó de la silla.
Se negaron a dejarla irse a su casa manejando. Al principio había
opuesto resistencia, pero Hojo le indicó a Miyu, orgulloso:
--Higurashi dirigió una campaña de los servicios de emergencia
contra la conducción en estado de ebriedad. ¡Les fue fantástico!
Las lesiones atribuibles a la conducción bajo efectos del alcohol
en la ciudad disminuyeron en un, ¿cuánto era, Higurashi?
¿Veintiuno coma ocho por ciento?
--Veintiuno coma sesenta y siete --dijo ella. ¡Él se estaba
vanagloriando de ella! El muy desgraciado tenía la desfachatez
de jactarse de ella ante... ante la mujer que amaba de verdad.
Ante su primera elección. La que había esperado en secreto que
llegara algún día. Hojo sonreía en los ojos de Miyu.
--Bueno --dijo él--, eso se redondea a veintiuno coma ocho. Yo
creo que le podemos regalar el otro coma cero cuatro por ciento,
¿cierto, Miyu?
Los dos se sonrieron por encima de la cabeza de Kagome; estaban
uno a cada lado de ella, sosteniéndola en pie, Hojo de chaqué,
Miyu en el tercer vestido que se ponía aquel día, un vestido de
novia occidental a toda fanfarria de tafetán blanco y encaje con
una cola de metro y medio drapeada en el brazo que no estaba
sujetando a Kagome. Años después, pensó Kagome, la señalarían
en los videos de la boda y les dirían a sus hijos, "Esa de ahí es
Higurashi, una chica que fue al colegio con Papi". (Omitirían
oportunamente los años de estarse manoseando en los cines,
bajando en puntillas por escaleras de incendio, los futones
compartidos en departamentuchos de estudiante, y la docena de
años de respetable cohabitación.) "A Higurashi le hizo un poquito
mal la champaña esa noche. ¡Mami y yo prácticamente tuvimos
que subirla arrastrada a un taxi! ¡Hubieran visto a Mami vestida
de novia, tratando de evitar que Higurashi se cayera bruces!".
Se le ocurrió de pronto a Kagome que el hombre que los había
seguido al salir del hotel era el camarógrafo. Rompió a llorar.
Hojo le hizo señas a un taxi, y los dos maniobraron con ella hasta
la cuneta. Hojo la apuntaló contra el guardabarros y dijo:
--No me gusta la idea de que estés sola en ese departamento tan
grande. Le voy a decir que te lleve a la casa de tu mamá.
Asomó la cabeza dentro y le dio al chofer las indicaciones, y un
par de billetes grandes.
--Por los problemas --dijo--. Va a tener que ayudarla a subir un
montón de escaleras.
Kagome seguía llorando y la nariz le chorreaba. Se limpió la cara
con el brazo, dejando un largo manchón negro de rímel y una
reluciente estela de moco desde la muñeca al codo. Miyu con su
blanco vestido de novia quedó mirando el brazo y dio un paso
atrás. Kagome se le fue encima para abrazarla; Hojo bloqueó
impecablemente. Sí que eran un equipo, esos dos.
--Miyu --dijo Kagome--, eres tan buena, de ayudarme así, eres
tan... tan...
¿Tan qué? Tan golfa. Tan puta. Tan perra. Tan puerca. Tan rival.
Tan vencedora.
Miyu objetó con una preocupada carita reprobatoria.
--No, Kagome --plañió--, nosotros te queremos.
A las fracasadas. A las ex. Uy que las queremos.
--No --dijo Kagome--. Si yo fuera tú y viniera una... amiga, una
novia de antes, a emborracharse en mi casamiento, no creo que
pudiera hacer esto. Creo que la mataría, por pura lástima. Le
atravesaría el corazón de un flechazo. Tuac.
El hombre ya grande que había matado al muchacho que una vez
dijera que nunca podría querer a nadie más que a Kagome la metió
en el taxi y cerró de un portazo. Al alejarse, Kagome pudo verlos
de pie en la cuneta, tomados del brazo, La Novia y El Novio, una
versión en tamaño natural de las figuritas de encima de la torta.
Y así fue a dar ante el pozo.
Entiéndase que ella había estado ante el pozo muchas veces a
través de los años. Al principio, todos los días. Todos los días se
había subido al reborde, de pie allí para luego lanzarse al aire.
No, no necesariamente de pie. Los primeros días había sido de
pie; después se había sentado, con los pies colgando; después
se había agarrado del reborde de madera para luego soltarse con
cuidado, porque estaba cansada del porrazo contra el fondo del
pozo. Llegó a hacer eso todos los días durante más de dos meses:
dos meses largos, moreteados, doloridos. Después de eso fue día
por medio, cada pocos días, una vez a la semana, semana por medio,
de vez en cuando. Cada vez que se encontraba sollozando con la
cara en la almohada o hipando ante la tarea del colegio, se iba al
pozo. Después de su primera cita post-Inuyasha; después de su
primer beso; después del primer viaje preliminar a la farmacia:
don Perfecto era planificador; un hombre de acción, sí, pero sólo
después de la adecuada preparación. ¿Caminaron él y Miyu juntos a
la farmacia? ¿Le preguntó si de verdad estaba segura? ¿Pasaron a
tomarse una coca-cola? ¿Le tomó la mano por encima de la mesa,
con la bolsa de papel puesta entre los dos, le dijo que era la única
mujer que amaría en su vida?
Kagome abrió la puerta del pequeño santuario.
Hacía años que no intentaba esto, años desde que había abandonado
todo empeño, vencida al fin por las rodillas, codos y esperanzas
molidas a moretones. Estaba oscuro; era tarde, casi medianoche.
Al otro lado del patio la casa estaba a oscuras, su madre acostada
hacía mucho rato, su hermano en la casa de su novia, su abuelo en
el cementerio al lado de su padre. Se sentó en los peldaños de la
entrada del pequeño lugar sagrado; estaba empezando a llorar de
nuevo. Estaba demasiado oscuro dentro, negrura total; no podía
hacerlo, no tenía el valor. Se quedó sentada un momento tratando
de recobrar la compostura. Seguía un poco borracha, pero no tan
borracha como antes. Hurgó en su carterita de fiesta buscando
un pañuelo y encontró un llavero fluorescente de Shikon no Tama,
con las llaves de su casa, del auto, y una linternita que siempre
olvidaba que tenía. Presionó el extremo de la linterna y un rayo
de luz minúsculo se ensartó en la oscuridad. Los ojos se le iban
acostumbrando a la penumbra; eso y el mínimo haz de luz bastaron
para convencerla de bajar la escala.
Se sentó en el reborde del pozo mirando las llaves que tenía en la
mano. El auto estaba allá en el hotel; tendría que ir a buscarlo
mañana. Soltó el botón de la linterna, de modo que la única
claridad fue la poca luz de luna que se infiltraba por arriba y el
brillo espectral de la auténtica Shikon no Tama de plástico
instalada en su palma. Era una amarilla; las amarillas eran para
ofrecer oración en memoria de los muertos. Hacía tanto tiempo,
ella y los demás habían tenido suficiente noción de lo que es el
destino como para creer, incluso al írseles de las manos unos
pocos fragmentos, que llegaría un día en que el semidemonio
Inuyasha tendría en sus manos la Shikon no Tama íntegra y
pronunciaría las palabras que determinarían su propia suerte, y
acaso las suertes de todos los demás. Él había visto suficiente
para saber que la joya era peligrosa, y que él mismo era
igualmente peligroso. La había llamado a ella aparte para decirle
su decisión: si era posible, se convertiría en humano y devolvería
también la humanidad a Kikyo, y vivirían los dos juntos el resto
de su vida humana. El plan original. Semejante cosa, tan buena y
noble, destruiría, claro estaba, la dependencia con la joya de
Kagome. ¿Era capaz Kagome de dejarlo ir, de dárselo a Kikyo
con sus parabienes, irse a su casa a vivir su vida, tal vez no sin
remordimientos, pero sin amargura en el alma?
Él era humano al preguntarle aquello. Se sentaron apartados de
los demás, y el campamento era una llama de vela en la distancia,
con el fantasma umbrío de la luna en sombras flotando por encima
de ellos en un mar de estrellas. Un minúsculo bengalazo de rabia
roja ardió en ella porque sabía que él había hablado primero con
Miroku, sabía que Miroku la había sindicado a ella como la piedra
de tope, el escollo, sabía que Miroku había sugerido que él se
presentase así, para que ella pudiera ver, ahí mismo en esa cara,
en ese pelo y en esas manos, el sacrificio que él también estaría
haciendo. Ella miró el suelo, torció una hoja de pasto entre los
dedos.
--No sé --dijo--. No sé si te puedo prometer eso.
Él suspiró y puso cara de rabia, pero controló su genio, y ella
supo que Miroku lo había instruido, que le había dicho que no
debía estallar, que no debía dejar que la discusión se volviera
un campeonato de gritos.
--Entiendo --fue todo cuanto él dijo, y apartó la mirada. Ella
hizo lo mismo. Hubo un silencio largo, y luego él dijo--: Hay otra
manera. --Ella levantó la vista. La mirada de él era firme, su
rostro, calmo y triste--. Podrías quedarte aquí conmigo. Con
nosotros. Sería... como ha sido hasta ahora, solo que yo estaría
así como estoy ahora. --Se señaló con un ademán, su cuerpo
humano--. No sería ni de ella ni tuyo. Esposo de ninguna de las
dos. Sería contigo lo que quieras de mí, y lo mismo con ella. Sin
preguntas por parte de nadie. Esto tendría que hacerse con tu
aprobación y con la de ella. Ella... ella tenía mi promesa,
cincuenta años antes de conocerte a ti. Ella va a estipular sus
condiciones, y después tú vas a estipular tus condiciones dentro
de los límites de ella, y yo voy... voy a hacer lo que se pueda.
Ella tenía ganas de gritar "¿Estás loco?". Quería pegarle. Quería
azotarlo en el suelo con su única palabra de poder. Lo miró a la
cara, a la callada resignación que allí había, y supo que él entendía
que ella estaba pensando todas esas cosas. Y entonces descubrió
a su mente cortando la rabia y los celos y la amargura y no dejar
sino un argumento.
--Tendría que dejar a mi familia --dijo--. Me estás pidiendo que
abandone mi casa para siempre y que viva contigo.
De pronto ya no fue más la Dama Kagome, la bravía e ingeniosa
compañera del Señor Inuyasha, ya no la bienquista mujer que había
renegado de su propio corazón para permanecer acérrima junto al
hombre que estaba enlazado a otra. Era una colegiala de quince
años con ganas de irse a su casa a terminar de criarse. Vio los
ojos de él engrandecerse al oír la respuesta; nunca se le había
ocurrido que pudiera haber otras cuestiones además de su enlace
con Kikyo. Pareció mirarla desde el otro lado de un despeñadero,
de un precipicio que ahora ella entendía que siempre había estado
allí: el cisma infinito del tiempo, el abismo que ella llevaba tantos
meses tratando de saltar.
Cruzó el abismo con las manos y le dio un beso en la frente, luego
le quitó el rosario del cuello y se lo depositó delicadamente en una
mano.