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Author of 11 Stories |
Disclaimer: Primero, eso se escribe así? xD Es igual, me entendéis :P Los personajes pertenecen a Bleach, y por tanto a Kubo Tite sama-sensei; únicamente los he agarrado para viola.. eeeeeeeeeehmmm, para hacerlos un poco más grandes. No, altos no, grandes! XD que no quiero decir q Tite sensei los haga pequeños :S quiero decir, q concretamente a estos... bah, leed y veréis xDD
Disfrutad!
PENITENCIA
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El viento me trae tu voz. Me recuerda dónde estás, me mantiene firme, cuerdo; es el arma que empuño para seguir luchando, es mis ganas de vivir, es lo que me ayuda a ser quien soy, y a cumplir mi penitencia.
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El suelo se teñía con su sangre. Con parte de su ser. Con su vida… Pero no con su voluntad.
Jamás permitiría que nada quebrantase su férrea ambición por seguir adelante y alcanzar sus fines; ni siquiera la cercanía de la fría muerte, cuya presencia empezaba a cernirse sobre su cuerpo agonizante.
- No hay nada en este mundo que consiga pararme.
Hincó una rodilla en el suelo mientras apoyaba el peso del cuerpo en la otra pierna, y tomando impulso con las manos logró ponerse en pie.
Un abundante chorro carmesí brotó de la enorme brecha que surcaba su pecho, obligándole a doblarse por el dolor y a escupir sangre. No le importó, estaba más que acostumbrado al metálico sabor de la sangre.
Ya casi no se distinguían las brillantes baldosas doradas sobre las que luchaban. La sangre lo cubría todo, salpicando sus ataques y manteniendo en todo momento el fragor de la batalla con su dulce olor.
Cerró los dedos en torno a la empuñadura de su arma y se enderezó. La sangre corría formando senderos de muerte desde su brazo, tiñendo el acero y haciéndolo brillar bajo la temprana luz del alba.
- Ni en éste ni en ningún otro… No me detendré.
Plantado a escasos metros de él, su adversario le observaba con su zanpakutou apoyada en un hombro, a la vez que soltaba una estridente carcajada.
Que se riera así de él no hizo más que prender la llama de su cólera e intensificar su ira. Deseaba matarle, lo deseaba como nunca lo había hecho hasta entonces; quería reducir ese alienado cuerpo a cenizas y borrar de una vez por todas cualquier rastro de su energía espiritual.
Volutas de vaho se escapaban de su aliento al frescor de la mañana; las púas de hielo sobre las ramas de los árboles, dejaban caer pequeños diamantes cristalinos que repiqueteaban en los brillantes charcos que se formaban entre las raíces.
No sentía frío, ni dolor, ni miedo. Lo único que habitaba en su interior eran la sed de venganza, y los recuerdos. Evocaciones del pasado que le acompañaban como arma de doble filo. Voces, rostros, actos,… Imágenes de vida que guardaría para siempre. Imágenes de muerte que cargaría como una losa, hasta que acabase con todo.
- He venido a por ti, Kurosaki Ichigo…
La carcajada se hizo más sonora, rompiendo la apacible quietud del recinto. Aunque tratase de ocultarlo, supo que no era altivez lo que impregnaba su aparente diversión, sino furia. La mención de ese nombre le alteraba hasta el punto de hacerle perder los papeles, y él lo sabía, por eso no perdía ocasión de recordarle a ese monstruo su verdadera identidad.
No iba a dejar que su maltrecho estado, ni el anhelo de conquistar su redención, empañaran su camino, privándole del goce de una buena batalla. El Capitán Zaraki se sentiría complacido con la visión de una lucha atroz, y eso es lo que tendría.
Volvió a colocarse en posición de ataque, resoplando por el esfuerzo.
- ¿Sigues creyendo que vas a vencerme? La hoja de tu espada está rota… Retírate o te mataré.
Comenzó a correr hacia su enemigo, sin hacer caso a sus palabras, apretando los dientes para disipar el dolor. ¿Retirarse? Ese mal nacido sabía perfectamente que no osaría retirarse, lucharía hasta el final, aún sabiendo que el filo de la muerte empezaba a cortarle el cuello, lucharía. Estaba obligado a hacerlo.
El joven de pelo naranja apareció repentinamente a su lado, observándole con su sonrisa sádica y sus aterradores ojos negros, completamente negros.
¿Cuándo había adquirido esa rapidez? No recordaba que el verdadero Ichigo poseyera esa agilidad. Probablemente el hollow de su interior era el responsable.
Tal y como muchos habían anunciado desde un principio, el chico no había soportado la encarnizada lucha en su interior, y ese monstruo había acabado por dominarle. Ya no quedaba rastro del muchacho que un día había desafiado a la Sociedad de las Almas, ese cretino lo había desterrado de su propio cuerpo para siempre, adueñándose de su triste existencia.
- Veo que mantienes intacto el espíritu del Undécimo Escuadrón… Capitán Ayasegawa.
El dolor le paralizó el cuerpo, y los sentidos dejaron de funcionar cuando el enemigo hundió el negro filo entre sus costillas. Incapaz de tomar aire, lanzó un puño al vacío, desesperado por alcanzar a aquel ser que le había desposeído de todo, y pretendía llevarse ahora también su vida.
Ejecutando gráciles movimientos, el hollow esquivó el golpe sin problemas, y empujó su espada hacia delante hasta sacarla a la luz atravesando la espalda del Capitán.
Extasiado y sabiéndose vencedor, descargó un fuerte golpe con el codo sobre la mandíbula del hombre, que cayó al suelo indefenso; el impacto le hizo arrastrarse unos cuantos metros por el suelo, inconsciente, dejando tras de si una estela escarlata que le robaba la vida.
El aplastante silencio le presionaba los tímpanos. La abrumadora oscuridad le impedía la visión. Su cuerpo ya no respondía, únicamente sus pensamientos funcionaban.
El espíritu del Undécimo Escuadrón… ¿Qué demonios sabría ese desgraciado de su Escuadrón? Nada. Jamás podría llegar a comprender el orgullo de servir allí, donde la pasión por el combate se respiraba en cada recodo; vivir a las órdenes de un hombre grande, Zaraki Kenpachi. El hombre que más honor había aportado a esa Compañía. Alguien para quien la vida sin la lucha carecía de sentido, alguien para quien la vida misma carecía de sentido ahora. Porque estaba muerto.
Abrió los ojos en la nada, no se sentía muerto. Disfrutó momentáneamente del descanso que la inconsciencia le brindaba y reflexionó sobre la situación.
No había conseguido nada hasta el momento, sólo un duelo encarnizado en el que él era el peor parado. Allí, adormecido en aquella calma embriagadora, empezó a dudar que pudiese vencer a esa escoria. El blanco ropaje de aquel hollow tenía grabada la huella de la victoria; la sangre del enemigo.
Estaba siendo incapaz de llevar a cabo su expiación, y se sentía indigno del cargo que ostentaba.
- Perdóneme Capitán… Estoy deshonrando su memoria.
La División 11 había perdido a su Capitán mucho antes de que la muerte se lo llevase. Un funesto encuentro en el mundo de los humanos, donde su poder se veía sometido, había sesgado inesperadamente la vida de la Teniente Yachiru; contra él. Ése maldito engendro en el cuerpo de Ichigo la había matado.
Lo que para todos había supuesto un duro golpe, significó la caída de Zaraki Kenpachi, para siempre. Hasta el punto de enloquecer, había olvidado el mundo que le rodeaba, buscando desesperadamente la manera de ejecutar a quien lo había despojado absolutamente de todo. Su pasión por la lucha se había esfumado de un plumazo. Sin brillo en los ojos, sin empuje para seguir adelante, sin nada en su interior.
La Dama Oscura se lo había llevado sin permitirle cumplir la promesa que hiciera a la niña de sus ojos en su lecho de muerte: venganza. Pero la espada rival que atravesara su corazón, no había sido portadora de dolor alguno, sino que había reflejado una sonrisa de gratitud. Agradecimiento por morir en combate, y, sobre todas las cosas, por poder reunirse de nuevo con ella.
La División no había vuelto a lo que era desde entonces. La moral de los Shinigamis era demasiado difícil de levantar; lo único que podían hacer era agarrarse a la lucha como único modo de sobrevivir y superar la desaparición de su Capitán.
Eso es lo que él mismo había hecho. Pero no bastaba. La soledad era un duro oponente al que pocos tenían la suerte de vencer.
Solo, igual que ahora estaba, allí tumbado, desangrándose, y perdiendo la batalla de su vida.
Pensó en su antiguo compañero. Si al menos él se hubiese quedado… todo hubiera sido más fácil.
- Ikakku… te hubiese seguido…
Madarame Ikkau había muerto también aquel día, al ver el cuerpo inerte del hombre qué más admiraría mientras viviese.
Ni despedidas, ni explicaciones, simplemente se había ido, abandonando la Corte de los Espíritus Puros y regresando al Rukongai. Todos comprendían que nada podría hacerle volver, y por eso nadie impidió su marcha.
Recibió con más estupor que satisfacción el cargo de Capitán de la División más poderosa, la División huérfana y moribunda. El peso de la agonía se cernía sobre sus cabezas y los aplastaba cada vez más, sin que nadie pudiese hacer nada.
Ese fue el inicio de su camino, el sendero que el destino había trazado para él trágicamente. Una larga penitencia al final de la cual le esperaba el descanso al que había renunciado durante ese tiempo.
Se había jurado a sí mismo que lo daría todo por ver arder en las llamas del infierno al ser repugnante que había causado todo aquello. Pagaría por habérselos llevado a todos, por haber destrozado sus vidas y por arruinar un ideal que entre todos habían forjado.
De nuevo el odio le insufló vida. Escuchó los latidos de su propio corazón, que disiparon la oscuridad y lo devolvieron a la realidad. Pero su cuerpo ya no respondía; su cabeza giraba vertiginosamente impidiéndole concentrarse. Pero un punto de luz se abrió camino en el caos y le serenó. Matar.
Abrió los ojos lentamente y mantuvo la vista fija. El hollow estaba arrodillado a su lado, inclinándose sobre él, observándolo con curiosidad.
- Bastardo…
El aire volvió a temblar con aquella risa estridente.
- ¿Bastardo? Esa palabra no es nada elegante…
Sintió el frío del acero en su garganta, y se estremeció ante la cruel sonrisa que su adversariole dedicó. Se inclinó aún más para hablarle al oído.
- Mírate. No eres más que un despojo, dime ¿a dónde ha ido tu hermosura?
Esta vez no le importó la irritante carcajada, de hecho, se unió a ella con una sonrisa.
- Sigo siendo hermoso, pero si algo me supera… es la majestuosidad de la sangre.
El cálido fluido escarlata le cayó en la cara y resbaló por su cuello. Se quedó mirando los ojos desorbitados de la criatura, retorciéndose aterrorizada. Sin dejar de sonreír, hundió aún más su espada mellada en la garganta del chico, sintiendo como cada fibra se rompía y se desgarraba al tiempo que giraba la hoja.
El cuerpo sin vida le cayó encima aplastándole las heridas, pero nunca se había sentido más vivo.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí sólo cuando abrió los ojos de nuevo. Había alguien a su lado, retirando el cuerpo y observándolo con amargura.
- Capitán Abarai…
El hombre despertó de sus ensoñaciones y le miró a los ojos.
- Lo has conseguido. Ahora sólo descansa.
- Sí… la penitencia ha acabado…
“Gracias a los tres”
FIN
Hola otra vez! Y de nuevo gracias por leer! nn Espero que os haya gustado. Sé que es un poco raro, porque no se ven muchas cosas sobre Yumichika por ahí, pero me considero muuuuy fan suya, y me apetecía escribir sobre él n.n Me decanté por el estilo serio esta vez, porque ya estamos acostumbrados a ver a un Yumichika desenfadado en el manga y el anime.
Os pido perdón si sois fans de la 11, pero intenté darles la muerte más digna que pude, y que mejor se ajustase a ellos u,u
Bueno, gracias de nuevo por leerme, y por todo vuestro apoyo, q me anima a seguir! Bye bye!
Mizu