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¡Ohhh¡Cuanto tiempo! A un mes de cumplirse un año desde la última vez que me pasé por aquí, como vuela el tiempo... lalala. Bueno, el haber demorado tanto podría resumirse únicamente a falta de inspiracion, nada más, el resto de los factores no influían mucho. Pero, como lo prometí en el última drabble de mi colección Yûjô to Ai (huele a propaganda), el capítulo estaría listo para diciembre, y aquí esta. LOL
Bueno, ojalá que la espera haya valido la pena. Y, algo mas, solo falta una parte mas de este capítulo y nos vamos al tercero y se viene ¡LEMON!
Chapter two: Quinta parte.
“Almost a tragedy… Memories of the Birth of a Spring.”
Previamente…
El padre de Jyou le dio una última mirada a Yamato y entró en la sala de partos.
La enfermera entró en la sala de partos aun sintiéndose algo desconcertada por lo que vio afuera. El doctor de turno la vio sorprendido y se molestó, puesto que no habían pasado ni dos minutos desde que la envió a darles la trágica noticia a los padres de la chica ¿y ya estaba de vuelta?
“¿Qué hace aquí? Le dije que le avisara a los padres de la chica lo que vamos a hacer.”- dijo irritado ante la situación, no tenía tiempo para eso ahora.
“Lo sé, pero doctor, acaba de llegar el--”- comenzó a explicar, pero fue interrumpido por un grito emitido por la otra enfermera en turno.
“¡Doctor, el bebé se movió violentamente, mire!”- exclamó asustada.
“¡Eso ahora no es importante, yo ya tome una decisión y eso es lo que se hará!”- dijo, mirando en la dirección en donde estaba la enfermera controlando todos y cada unos de los monitores que habían para controlar a la chica y a su bebé, entonces vio algo que lo dejó descolocado. “Pero que… ¿Qué es eso?”
La enfermera que había entrado a la sala se acercó al monitor que mostraba al bebé y emitió un grito ahogado. “Doctor… eso es…”- dijo, con voz temblorosa.
El doctor apretó la mandíbula y los puños fuertemente. No, eso no podía estar pasando, la maquina tenía que estar mal, eso no era posible, no lo era. Eso cambiaba todo los planes que había hecho, cambiaba todo el procedimiento a seguir en casos como estos. ¿Qué diablos se supone que haría ahora?
Justo en ese momento las puertas se abrieron, revelando a uno de los médicos más respetados en el hospital.
“¡Doctor Kido!”- exclamó el doctor de turno.
“Dígame cuál es la situación.”- dijo el señor Kido, tajante.
“Los padres de la chica dijeron--”
“No le pregunté lo que los padres de la muchacha dijeron. Quiero saber cuál es la situación.”- dijo nuevamente, acercándose hacia la camilla, mientras se colocaba unos guantes y una mascarilla.
“La chica está muy débil, sus signos vitales se debilitan y su presión es muy baja. El bebé se está ahorcando con el cordón umbilical y si no lo sacamos, puede morir y sea ese el caso, la chica también correría peligro… Teníamos, a lo mas, diez minutos para sacar al bebé como fuera, pero…”- el joven doctor cayó, nunca antes se había visto enfrentado a este tipo de situaciones.
“¿Teníamos?”- preguntó el doctor Kido.
El doctor de turno solo se limitó a indicar el monitor en donde se veía el bebé. “Eso lo cambia todo, y reduce las probabilidades de salvarlos a casi nada, sin mencionar que reduce el tiempo que tenemos para efectuar la operación… Es por eso que le dije que los padres decidieron salvar a la chica y…”
El doctor Kido apretó la mandíbula, no, esa no era una opción. “No.”- dijo tajante. “Efectuaremos la operación rápidamente y con mucho cuidado, no permitiré que estos pacientes corran peligro.”- dijo, y sin darle tiempo a los presentes de reaccionar, comenzó a dar órdenes. “Enfermera, vigile los monitores y avíseme si se presenta alguna anomalía critica.”- dijo dirigiéndose a la joven que estaba sentada enfrente de la maquinas. “Usted, prepare todo rápidamente para empezar la operación y usted doctor, inyéctele una dosis más de anestesia a la muchacha. No hay tiempo que perder.”
Cuando todo estuvo listo, empezaron con su trabajo.
“Cinco minutos es todo lo que tenemos, ni un segundo mas.”- acotó el padre de Jyou.
El resto de los presentes solo asintieron, poniendo toda su concentración en la operación. Confiarían en el doctor Kido, si él decía que salvaría a los pacientes, entonces ellos ayudarían en todo lo que pudieran. El doctor Kido comenzó a hacer la incisión, prometiéndose mentalmente que no defraudaría a esos jóvenes. Sabía que cualquier movimiento en falso y la muchacha correría un grave peligro, sin mencionar lo que le sucedería al… No, no dejaría que ninguno de ellos muriera.
‘Jamás he perdido a un paciente… ¡y esta no será la primera vez!’
Un minuto había pasado…
El minuto más largo que los elegidos recordaban haber vivido nunca y lejos el más agonizante. Cada segundo de ese minuto se les había hecho eterno, era como si el tiempo se burlara de ellos, corriendo lentamente, solo para aumentar sus nervios. Y vaya que lo estaba logrando, todos ellos estaban intranquilos, no soportaban estar quietos ni un segundo sin empezar a sudar. Pero el tan solo saber que una de sus amigas más preciadas para ellos estaba detrás de aquellas puertas de metal, luchando por salvarse ella y su bebé, los tenía con los nervios de punta. Sabían que en ese momento saltarían a la más mínima provocación.
Todos estaban así, todos, menos uno…
Yamato estaba extremadamente tranquilo para lo que estaba pasando. De pie apoyado en la muralla frente la puerta que lo separaba de la única persona que había logrado sacar a la luz la calidez que había en su interior. Su rostro estaba completamente neutro, ni una pisca de emoción se asomaba por sus facciones. Sus ojos estaban cubiertos por sus rebeldes y rubios cabellos, impidiendo que alguien pudiera ver lo que pasaba en su interior.
En ese momento, él era un misterio para sus amigos.
Un misterio que ninguno se atrevía a descifrar.
Tic-toc. Tic-toc. Tic-toc.
Maldito reloj.
Los padres de Sora estaban más calmados que los elegidos, pero solo porque se sentían más agotados que nunca, como si los años se les hubieran ido encima. Miraban las puertas de metal con preocupación, desviando su vista únicamente para ver al rubio mayor. La verdad era que se sentían impotentes; saber la terrible situación en la que estaba su hija, ver el estado depresivo en el que estaba el rubio, y no poder hacer nada al respecto los llenaba de un sentimiento de desagrado. Pero eso era inevitable; ahora solo podían confiar en la habilidad del doctor Kido y sus ayudantes.
Tic-toc. Tic-toc. Tic-toc.
Taichi miró por enésima vez a su rubio amigo, sintiendo la desesperación comerse sus entrañas. Odiaba cuando Yamato adoptaba esa actitud, encerrándose en su mundo, impidiendo que alguien pudiera acercársele y ayudarlo, aislándose… prefería mil veces al Yamato que discutía con él hasta por el más mínimo detalle, incluso al Yamato de hace unos minutos atrás, triste y destrozado, porque al menos así podía saber que era lo que le pasaba y ayudarlo… pero este Yamato, el chico frio e indiferente que estaba ahí parado con su mirada fija en las puertas de metal, este Yamato era imposible, irritante.
“¡Maldita sea, Yamato, di algo, lo que sea!”- gritó alterado, sorprendiendo a los presentes, menos a uno. “¡Vamos, haz algo, llora, grita, golpéame si quieres, pero no te quedes ahí parado como si nada estuviera pasando!”- gritó nuevamente, acercándose al rubio.
Yamato solo lo miró de soslayo brevemente, para luego fijar su vista al frente, ignorándolo por completo.
Taichi lo sujetó por el cuello de su camisa, molesto por su actitud. “¡Contéstame, maldición!”
“Taichi…”
Se escuchó de repente, casi en un susurro que pareció congelar el pasillo, paralizando al grupo.
“…suéltame.”
La frialdad de esas simples palabras le caló a todos hasta los huesos.
El moreno obedeció, mas no por temor o algo parecido, sino que por desconcierto; no recordaba haberlo oído hablar así desde… la batalla que tuvieron en su primera aventura al Digimundo… Lo observó detenidamente, dándose cuenta de cómo se sentía su amigo en esos momentos…
Los ojos de Yamato expresaban a la perfección como se estaba sintiendo: vacío… vacío y frío… así se sentía.
Taichi se alejó lentamente, aun desconcertado por lo ocurrido. No permitió que Mimi le hablara, no quería escuchar a nadie por el momento. Le dolía el hecho que su mejor amigo no confiara lo suficiente en él como para dejarlo ayudarle.
Dos minutos…
Tic-toc. Tic-toc. Tic-toc.
Takeru no entendía qué le pasaba a su hermano; claro era cierto que lo que le sucedía a Sora le afectaba mucho, pero al resto también le afectaba, no tanto como a él quizás, pero no por eso se iban a poner violentos entre ellos mismos. Taichi solo quería ayudar, así como todos los presentes, pero el hecho de ser el más afectado indirectamente no le daba el derecho de actuar así con sus amigos.
“Hermano…”- le llamó, pero al igual que el moreno, fue ignorado; se acercó más a él.
Sus amigos estaban al pendiente de toda la conversación, ninguno encontraba tampoco un motivo por la actitud que había adoptado el rubio mayor.
“Hermano, Taichi solo quiere ayudarte… al igual que el resto de nosotros, déjanos ayudarte… no es bueno que te encierres en tu mundo de esa manera… tu mismo me lo has dicho y aho—”
Pero fue interrumpido.
“Takeru…”
De la misma forma fría que al mayor Yagami. Yamato se enderezó, viéndose imponente e intimidante, con esa mirada fría que era capaz de atravesar a cualquiera.
“…no te entrometas.”
Y con eso se alejó de ese lugar, caminando hacia las escaleras. Y seguidamente después que Yamato se perdiera de vista, las puertas del ascensor se abrieron, revelando a los padres del los jóvenes rubios.
“¡Mamá, papá! Pero… ¿qué hacen aquí?”
“No podíamos quedarnos en casa en un momento como este.”- dijo Natsuko, luego se volteó hacia los padres de la pelirroja. “Sé que el hecho que estemos aquí no hace mucha diferencia, pero el apoyo nunca está de más.”
“No se preocupe, agradecemos su presencia y preocupación.”- dijo Toshiko, tratando de limpiar sus lagrimas.
El señor Ishida observó un poco la situación; su ex mujer había ido al lado de la señora Takenouchi en un intento de calmarla, mientras que el señor Takenouchi se paseaba de un lado a otro para poder calmar sus nervios, y los jóvenes estaban, cada uno a su manera, tratando de soportar la tensión y preocupación que sentían.
Tic-toc. Tic-toc. Tic-toc.
Tal y como había dicho su ex esposa, el que estuvieran ahí no hacia la diferencia; ninguno de los presentes podía ayudar directamente a Sora, además de rezar por ella, pero podían ayudar a Yamato, quien seguramente estaría muy afectado por lo sucedido y…
“Takeru… ¿Dónde está tu hermano?”- preguntó Masaru.
El rubio menor miró a su padre apenado. “Estaba aquí hace unos segundos, pero se fue antes que ustedes llegaran.”
“¿A dónde?”
Takeru apuntó hacia las escaleras.
El seños Ishida caminó hacia el lugar indicado, sin molestarse en responder a las miradas confundidas que le daban. Sabía perfectamente donde estaba su hijo.
Tres minutos…
Yamato miraba el cielo detenidamente desde la azotea del hospital; una expresión casi indescifrable en su rostro, que parecía ser una mezcla de rencor, tristeza y culpabilidad.
Era su culpa.
Eso era lo que había estado pensando desde que su hermano le hizo la llamada. Él era el responsable de lo que le sucedía a Sora. Así de simple.
Y es que ¿qué otra explicación había a todo eso? Debido a su noticia, Sora había pasado un mal rato hace poco más de una hora. Ella le pidió que se quedara… ¡lerogó!… pero él había puesto la banda por sobre ella (algo que su padre siempre hizo antes del divorcio, algo que él se prometió nunca hacer cuando tuviera unafamilia –aunque no fuera con todas las de la ley, aún-), prácticamente la había ignorado.
¿Acaso era ese el mal presentimiento que la pelirroja tenía?
“¡Maldición!”- gruñó Yamato, golpeando la pared junto a él.
¡Su novia y su bebé corrían riesgo de morir! Y él no podía hacer nada más aparte de esperar…
Esperar y confiar en el cuerpo médico del hospital…
“Maldición…”- murmuró, su rostro mostrando la profunda tristeza y culpabilidad que sentía en ese momento
Se sentía tan inútil.
“…Sora, lo siento tanto.”
Tic-toc. Tic-toc. Tic-toc.
La puerta de la azotea se abrió lentamente, revelando al señor Ishida. Yamato se volteó sorprendido e inmediatamente su expresión se tornó neutra; el rubio, no queriendo interrogatorios se alejó del mayor, yendo hacia la baranda de la azotea.
Masaru observó a su hijo con cierta resignación; sabía lo que el muchacho quería, pero no estaba dispuesto a concederle su deseo.
“Yamato—”
“Quiero estar solo.”
Como lo imaginó… Aunque era una lástima que las cosas no pudieran ser como el rubio quería.
El señor Ishida caminó hacia su hijo, hasta quedar junto a él. “El día en que naciste, Yamato…”- comenzó.
El joven rubio miró a su padre de reojo por un instante, para luego seguir observando el cielo; prestando una ligera atención.
“…Yo estaba en el trabajo.”
Yamato soltó un quejido. ¿Por qué esa confesión no le sorprendía?
“Y se que este no es un buen momento para hablar de algo como eso, pero solo te pido que me escuches.”- pausó por un segundo. “Realmente tengo un motivo para decirte esto.”
“Eso espero.”- fue la respuesta que dio el rubio, quizás sonando más rudo de lo que quería, pero no tenía ganas de escuchar a nadie en esos momentos.
“Mi madre estaba con Natsuko ese día, ambas estaban en el pequeño departamento que compramos al comienzo de nuestro matrimonio… El médico había dicho que el parto se podría dar cualquier día de esa semana; y sé que debí trabajar menos durante aquellos meses, para ayudar a tu madre y estar con ella en caso que decidieras salir antes, pero yo trabajaba más de la cuenta, pues quería comprar un nuevo departamento para poder darte una mejor vida a ti y a tu madre…”- Masaru suspiró cansado, se sentía tan… viejo.
Yamato, aunque pareciera que no, escuchaba atentamente cada palabra.
“Como sea… Ese día, yo estaba trabajando horas extras para poder reunir el dinero para el nuevo departamento, cuando recibí una llamada de mi madre… Al comienzo pensé en no recibirla, pero por la mirada de la secretaria, supe que era urgente…”- miró brevemente a su hijo y luego prosiguió. “Ellas ya estaban en el hospital cuando recibí la llamada, pero Natsuko aun no entraba a la sala de partos, así que salí de la oficina tan rápido como puedo para poder llegar a tiempo…”
Tic-toc. Tic-toc. Tic-toc.
“Sin embargo, cuando llegué al hospital, tu madre ya estaba internada en la sala de partos y había empezado a tener complicaciones, no dejaron que yo entrara… Los médicos tardaron horas en sacarte, Yamato, les diste muchos problemas.”- rió ligeramente, en un fallido intento para aliviar la tensión. “Tu madre estaba inconsciente después de que lograron sacarte y lo estuvo hasta unas horas más tarde…”
Hubo un breve silencio, hasta que el señor Ishida volvió a hablar.
“Aquel día, por un instante pensé que perdería a tu madre para siempre, pero… gracias al eficiente trabajo de los doctores, no fue así…”
Yamato hizo una mueca de fastidio que pasó inadvertida. ‘Aun así la perdiste años después.’ pensó, ya decidido a detener la pequeña charla.
“No pude evitar culparme por lo que le sucedió a tu madre.”
“¿Y por qué me dices esto ahora, papá? De nada me sirve.”
Masaru miró a su hijo con algo de resignación. “Tienes razón, no te sirve de nada saberlo, pero… déjame decirte algo, Yamato, algo muy parecido a lo que tu abuela me dijo en ese instante…”
Yamato volteó a ver a su padre, dándole a entender que estaba escuchando.
“¿Crees que si hubieras estado con Sora en el momento en que empezó a sentirse mal, habrías podido evitar lo que le está pasando?”
Yamato no le respondió, no pudo hacerlo, solo desvió su mirada.
“Piénsalo, hijo.”- y con eso el hombre se fue, dejando solo a su primogénito.
Yamato esperó hasta escuchar la puerta cerrarse y se dejó caer junto a la baranda. Dios… se sentía tan mal. Posó una de sus manos sobre su rostro, dejando escapar un suspiro. Las palabras de su padre daban vueltas y vueltas alrededor de su cabeza.
¿Acaso habría podido hacer algo para prevenir lo que pasó si se hubiera quedado con Sora?
¿Acaso su presencia hubiera podido evitar lo que estaba pasando en esos momento?. ¿Habría hecho alguna diferencia?
‘…No…’
Claro que no. Lo que pasó era algo que tenía que suceder, estuviera él ahí o no; su presencia no habría cambiado nada, tal vez solo hubiera hecho que Sora no estuviera tan triste (como él creía que se sentía, ya que ella no sabía que él estaba ahí).
“Maldición…”
Ahora lo único que podía hacer era esperar.
Cuatro minutos…
El doctor Kido terminó de hacer el corte en el bajo abdomen de la chica y se preparó para la parte que (si bien era la más fácil y rápida -en términos generales- de un parto por cesárea), ahora, sería solo un poco menos complicada que la anterior: sacar al bebé.
“Muy bien, señorita, prepárese para presionar el abdomen de la muchacha cuando se lo indique.”- dijo, dirigiéndose a la joven que le ayudaba en el parto.
El doctor de turno y la otra enfermera eran los encargados de vigilar los signos vitales de los pacientes y procurar que todo fuera en orden.
El doctor Kido se preparó para sacar al bebé, soltando un leve suspiro. “Muy bien…”- dijo, mirando brevemente a la joven junto a él. “¡Ahora!”
La enfermera presionó con firmeza el abdomen de Sora, facilitando la salida del bebé. El doctor Kido sacó al bebé, sujetándolo firmemente y con gran agilidad, desenredo el cordón del pequeño cuello para luego cortarlo. Le entregó la criatura a la enfermera (la que había estado vigilando los signos vitales de los pacientes) para que limpiara al recién nacido y prosiguió con su trabajo.
‘Muy bien, ya no falta nada…’
Y cuando iba a comenzar a dar órdenes nuevamente, un grito ahogado proveniente de la enfermera junto a él, le obligó a detenerse en seco, alzando la vista para ver cuál era el problema; sin embargo, lo que oyó, prácticamente, le paralizó el corazón…
Tic-toc. Tic-toc. Tic-toc.
Pi… pi… pi… piiiiiiiiiiiiiiii…
El padre de Jyou volteó lentamente hacia el lugar de donde provenía aquel sonido…
Tic-toc. Tic-toc. Tic-toc.
Sonido que indicaba claramente…
Cinco minutos…
…Qué un corazón había dejado de latir.
Podía escuchar voces a lo lejos, algunas eran extrañas y había una que le parecía extrañamente familiar, pero, y a pesar que las voces se podían oír con claridad, su mente parecía bloquear lo que decían… no lograba comprenderlo.
Sentía su cuerpo sumamente pesado y adormecido, como si hubiera corrido una maratón, pero no estaba cansada y su cuerpo no respondía a sus órdenes. Empezó a sentir el pánico apoderarse de ella e hizo varios intentos por levantarse o mover alguna parte de su cuerpo, por más mínimo que fuera, aun así nada parecía resultar. Ni siquiera podía abrir sus ojos.
¿Por qué?
¿Por qué no podía moverse?
Maldita sea… ¡Ella no estaba inconsciente!
¿¡Entonces por qué!?
‘¿Qué me pasa…?’
De repente, sintió que algo presionó fuertemente sobre su abdomen, dejándola casi sin aire y, lentamente, la poca fuerza que le quedaba y que la mantenía consciente, empezó a desvanecerse.
Sintió una fuerte opresión en su pecho y, de nuevo, tuvo un mal presentimiento.
‘Mi bebé…’
Sin embargo, antes de perder la conciencia completamente, escuchó algo que la dejó helada.
“La perdimos, señor…”
Y dejó que la oscuridad se apoderara de ella.
Cuando Yamato regresó con el resto del grupo, ya habían transcurrido cinco minutos desde que su padre lo dejó en la azotea solo con sus pensamientos, y por la expresión que aun tenían los presentes, supo que aún no se sabía nada de cómo iban las cosas dentro de la sala de partos. Iba a acercarse más al grupo, cuando un leve sonido le hizo detenerse; alzó la vista, solo para ver como la puerta se abría lentamente.
Y su corazón comenzó a latir con violencia.
Yamato supo, en el momento que el padre de Jyou hizo contacto visual con él, que algo no estaba bien.
El doctor Kido paseó su vista por todas las personas ahí presentes, hasta dejarla enfocada en el rubio mayor nuevamente. “Yamato…”- dijo, pausando por un momento.
Y luego sonrió y todos se vieron en la necesidad de aguantar la respiración.
“Felicidades, ahora eres el orgulloso padre de una hermosa bebita.”
No alcanzó a pasar ni un segundo y la euforia se apoderó del pasillo, siendo los jóvenes los más expresivos. Los adultos fueron más calmados al expresar su alegría.
Yamato no sabía cómo reaccionar, pero estaba feliz de saber que ya todo estaba bien; aún así, no podía quitarse ese horrible presentimiento que le albergaba.
“Pero mi hija está bien¿verdad?”- se escuchó una voz entre todo el bullicio.
El resto volteó a ver a la señora Takenouchi, quien había hecho la pregunta, para luego voltearse hacia el doctor, esperando una respuesta positiva.
El señor Kido asintió levemente. “Si, la muchacha está muy bien. Quedó inconsciente durante el parto, pero logramos hacer que reaccionara; ahora está descansando, así que no podrán verla hasta que despierte.”- dijo. “Ahora, si quieren, pueden venir conmigo a ver al bebé o pueden esperar en la cafetería a que la joven despierte y le lleven a la criatura, para poder verlas a ambas.”
“Yo creo que es mejor esperar a que Sora despierte.”- dijo Mimi.
“Estoy de acuerdo con eso.”- dijo Taichi.
“Si, es justo que Sora sea la primera en ver a su bebé. Nosotros podemos esperar.”- dijo la menor Yagami.
Miyako los miró con resignación. “Ohh, y yo que esperaba ver a la bebita.”
“Miyako, no seas infantil.”
“Bueno, los jóvenes tienen razón, Sora si tiene cierto derecho como madre a ver a su bebé primero.”- dijo la señora Takaishi.
Y así el grupo fue caminando en dirección a la cafetería, ya más relajados al saber que lo peor había pasado. El señor Takenouchi y el señor Ishida no dejaron de expresar su deseo de conocer a su nieta mientras se alejaban por el pasillo.
El señor Kido había notado lo distanciado que estaba Yamato del grupo y cuando el muchacho pasó por su lado, él le tocó el hombro para llamar su atención, el rubio se veía muy distraído, pero no muy feliz.
Yamato volteó a mirarlo, alzando una ceja para darle a entender que lo escuchaba.
“Quisiera hablar contigo, Yamato.”- dijo, haciendo una pausa. “Es sobre Sora y la bebé.”- agregó ante que el chico pudiera rechazar su petición.
Ishida solo se limitó a asentir.
“Sígueme.”- dijo el hombre, empezando a caminar por el pasillo en dirección contraria al resto del grupo.
El rubio mayor lo siguió en silencio.
Entraron por la primera puerta que había junto a la puerta del quirófano, que los llevaba a otro pasillo. Ahí, el doctor condujo a Yamato hasta el final, deteniéndose junto a un gran ventanal que abarcaba la mitad de arriba de la pared. Esperó a que el joven llegara a su lado.
Yamato se acercó dudoso, aun sin mostrar expresión alguna, no estaba acostumbrado a ser expresivo con extraños. Se detuvo junto al señor Kido, mirando a través del vidrio y no pudo evitar mostrar su sorpresa.
Dentro de la sala que ambos observaban habían dieciocho cunas (1), ordenadas de tal manera que habían tres líneas horizontales ubicadas paralelamente una con la otra, cada una formada de seis cunas. Solo siete de ellas estaban ocupadas por un bebé.
“La línea de en medio, tercera cuna de izquierda a derecha.”- dijo el doctor, haciendo una pausa. “Esa es tu hija.”
El muchacho siguió con su mirada las indicaciones, hasta dar con la cuna. La bebé que se encontraba ahí estaba envuelta en una manta rosada, cubierta completamente, con excepción de su rostro; aun así, Yamato logró ver unos mechones de cabello rebeldes que se asomaban por debajo de la manta. Sonrió casi de manera imperceptible. La niña era rubia… igual que él. Por un breve momento, se preguntó si tenía sus ojos también, pero sus pensamientos fueron interrumpidos por el hombre junto a él.
“Todavía no ha abierto los ojos…”
Yamato escuchaba al adulto atentamente, pues sabía que este debía decirle algo que no le agradaría nada.
“Lloró mucho al finalizar el parto…”- hizo una pausa, que pareció extenderse más de lo que esperaba; moró al joven de reojo, deseando no tener que darle la noticia.
Las siguientes palabras que salieron de la boca del doctor Kido, parecieron caer en oídos sordos, pero Yamato estaba escuchando todo, grabándolo en su cabeza, aun a pesar de hacer hasta lo imposible por no hacerlo. De repente, sintió como si el mundo se cerrara a su alrededor, atrapándolo, podía escuchar a lo lejos la voz del padre de Jyou explicando lo que había pasado en el parto. Su expresión se endurecía más y más con cada palabra. Su vista seguía fija en la pequeña, en esa expresión de tranquilidad que mostraba. La realidad empezaba a golpearle duramente.
“Hice todo lo que estaba a mi alcance…”
Yamato apretó los puños.
“…En verdad lo siento.”
‘Dios… ¿por qué nos haces esto?’
El doctor Kido miraba tristemente al chico, sin saber que decir para animarlo; era cierto que su rostro no mostraba sentimiento alguno, pero desprendía un aura muy triste. Vio una enfermera acercarse a ellos.
“¿Sucede algo?”
“La señorita Sora despertó, doctor.”
“Muy bien. Llévenle a la pequeña, entonces, y asegúrese de decirle a sus padres y amigos que pueden verla ahora.”
La enfermera asintió. “Si, doctor.”- dijo y con eso ingresó a la sala en donde estaban los bebés.
El rubio observó detenidamente como la mujer sacaba la cuna de su hija de la sala, no entendiendo por qué lo hacía. Y, nuevamente, la voz del doctor los sacó de su ensimismamiento.
“Sora ha despertado, Yamato.”
El aludido se tensó por completo al oír eso.
“Sé que es mi deber darle la noticia a Sora, pero… dejaré que tu decidas si se lo dices o no. Es lo menos que puedo hacer por ustedes ahora. En cuanto a tu familia y la de ella, también dejare que tu lo decidas.”
Yamato asintió lentamente.
“Bien, ven conmigo, te llevaré a su habitación.”
Cuando despertó, apenas y podía moverse.
Sora pestañeó repetidamente, hasta que su vista volviera a la normalidad. Notó que estaba oscureciendo, por lo que no debía ser más de las nueve de la noche. Trató de sentarse, pero su cuerpo no respondía y, después de varios intentos, logro incorporarse u poco con mucha dificultad, pero antes de logras completamente su cometido, un par de manos la volvieron a recostar con delicadeza. La pelirroja volteó a su lado, encontrándose con una cara conocida, pero no la que hubiera esperado ver en ese instante.
“No te esfuerces en sentarte, que se puede abrir la herida.”
Sora miró a la enfermera que se movía por la habitación arreglando cosas por ahí y por allá. La reconoció luego de unos segundos, era la misma enfermera que había estado junto a ella antes de quedar inconsciente.
“¿Necesitas que te traiga algo?”
“Agua…”- logró decir Sora.
La enfermera salió del cuarto, regresando minutos después con un jarrón lleno de agua y un vaso sobre una bandeja. Dejó la bandeja sobre una mesita de noche y se volteó, apretó un botón al costado de la cama y la parte superior de esta empezó a elevarse, ayudando a que Sora se sentara con mayor facilidad. Luego de asegurarse que la chica estuviera cómoda, la enfermera le sirvió un vaso con agua y se lo dio.
“Iré a informarle al doctor que has despertado. Si necesitas algo, solo presiona este botón y una enfermera vendrá.”- dijo la mujer, indicando el botón que estaba situado en la pared detrás de la muchacha.
Sora asintió levemente. Esperó a que la mujer saliera y soltó un suspiro. Sentía que algo no estaba bien; la forma en que la enfermera la miraba era muy… triste. Solo esperaba que no tuviera que ver con su bebé. Y justo cuando iba a presionar el botón para llamar a una enfermera, la puerta se abrió, revelando a la misma mujer que la estaba atendiendo minutos atrás.
La enfermera venía empujando una cuna, avanzó hasta detenerse junto a la camilla de Sora. Sacó a la bebé de la cuna.
“¿Y bien, señorita?... ¿Desea conocer a su hija?”
La pelirroja sonrió tiernamente, asintiendo. Alzó sus brazos para recibir a su pequeña, acunándola cuidadosamente luego de recibirla. Tanto movimiento hizo que la niña comenzara a despertar, abrió sus ojos lentamente, revelando su color y enfocándolos en su madre.
“Es hermosa…”- comentó Sora, sacando un mechón de cabello que caía sobre la frente de la niña y acariciando su pequeño rostro en el proceso. “Hola, mi niña… eres igual a tu padre…”- susurró.
La pequeña la miraba curiosa con esos ojitos azules, sujetando con su manito el dedo de la muchacha.
“¿Ya has elegido que nombre le pondrás?”- preguntó la enfermera, interrumpiendo aquel tierno momento.
Sora iba a contestar, pero unos leves golpes en la puerta se lo impidieron.
La puerta se abrió lentamente, revelando al padre de Jyou; Sora se sorprendió al verlo, pues no recordaba haberlo visto durante el parto, o durante el tiempo que estuvo consciente. Detrás del mayor, venía Yamato, mostrando su ya tan conocida fría expresión. El doctor se acercó a ella, tomando el informe médico de la pelirroja en el camino.
“¿Cómo te sientes?”- peguntó.
“Bien, aunque un poco adolorida en el abdomen.”- respondió Sora.
El señor Kido asintió, tomando notas. “Eso es debido a la operación, el dolor debería cesar en unos cuatro o cinco días, por lo general. ¿Algún otro malestar?”
“No.”
“¿Sabes cómo alimentar a tu bebé?”
Takenouchi asintió ligeramente. “Si, mi madre ya me lo ha explicado.”
“Muy bien…”- comentó el hombre, mirando el informe del bebé rápidamente. “Veo que aun no han decidido en un nombre ¿o ya lo tienen?”- volteó a mirar al rubio por un momento, para luego devolver su vista a la chica.
“Aun no hemos decidido cómo llamarla.”
“Bien… todo parece estar en orden.”- el doctor dejó el informe sobre la mesa que estaba junto a la camilla. “Dejaré que alimentes a la pequeña en tranquilidad, Sora. Cuando se decidan por el nombre de la niña, háganselo saber a una de las enfermeras de turno.”
“Gracias, doctor.”
El señor Kido asintió. “Tus padres ya deben haber sido informados de que estas despierta, así que pueden llegar en cualquier momento. Ahora, con su permiso, me retiro.”- y con eso, salió de la habitación, la enfermera siguiéndole de cerca.
Sora miró a la niña, quien empezaba a dar indicios de que pronto soltaría el llanto si no era alimentada. Se levantó la camisa que llevaba puesta, revelando parte de su pecho y, luego de acomodar a su hija en uno de sus brazos, empezó a alimentarla. La infante se aferró al pezón de su madre, bebiendo la leche gustosamente y completamente ajena a sus alrededores.
Yamato, quien había estado algo aislado en un rincón desde que llegó con el doctor, se acercó a la cama, sentándose en la orilla, mirando como su hija era alimentada. El silencio se hizo presente entre ellos; ninguno de los jóvenes parecía querer hacer contacto visual con el otro, ya que sus ojos estaban enfocados en la pequeña niña.
Hasta que Ishida rompió el silencio.
“Haruko.”
Sora alzó su vista, confundida, no comprendiendo bien a lo que se refería.
El rubio la mira a los ojos. “Haruko. Así la llamaremos… ¿te parece?”
La muchacha lo miró detenidamente durante unos segundos, luego bajo su vista hacia su hija y sonrió. “Si… me gusta. Haruko… mi pequeña primavera.”
El silencio volvió a caer sobre ellos, pero esta vez no era incomodo.
Minutos después, Haruko soltó el pezón de Sora, quedándose dormida al instante. La pelirroja se arregló la camisa, para acunar mejor a su bebé. Ella no pasó por alto en extraño comportamiento de su querido novio; es decir, claro, el chico nunca ha sido bueno expresando sus sentimientos, pero en ese momento estaba más distante y frío que de costumbre, sin mencionar que estaban solos (por lo que debería ser más expresivo). Sumándole a eso la tristeza casi imperceptible que había en su mirada.
“¿Ocurre algo, Yamato?”
El aludido se tensó. “¿Por qué lo preguntas?”
“Porque estas actuando con mayor frialdad que la de costumbre. Además, estamos solos, y no me has hecho ninguna muestra de cariño desde que el doctor y la enfermera salieron del cuarto. Y… evitas mi mirada.”- dijo, mirándolo para darle énfasis a sus palabras.
Yamato no quería verle a la cara, no podía. “Lo siento…”
Sora comenzó a preocuparse, aquel extraño presentimiento que había sentido durante la tarde volvía a hacerse presente. “Algo sucedió… ¿no es así?”
El rubio no sabía que decir. Y ¿qué podía decirle? La noticia que recibió del padre de Jyou estaba descartada, aun no era el momento, él… él aun no lograba asimilarla. Pero tampoco podía quedarse callado, eso solo preocuparía a Sora más de lo que ya estaba y eso no sería bueno. ¿Entonces qué haría? Apretó los puños con fuerza.
‘Dios… ¿Por qué?... ¿Por qué nos haces esto?... ¿Qué hicimos para que tu nos—?’
“¿Yamato?”
Tsuzuku…
Aclaraciones:
(1) No se si esas cunitas que tienen en los hospitales se llaman asi, cunas, por eso, si alguien lo sabe, agradeceré si me lo dicen.
Acerca del parto (bueno, me acaban de corregir como se decía -debí haber estado muy apurada para actualizar, pero ya esta corregido- y es 'parto por cesárea' - gracias Atori-) averigué un poco y gracias a que mi madre dio a luz a mi hermanito hace unos meses, sé que el parto por sesaria no demora mucho, por lo que recuerdo, no es mas de media hora, y eso no es cuando sacan al bebé, creo que es cuando hacen el corte y cuando lo cierran; probablemente haya exagerado un poco en poner cinco minutos, pero me puse dentro del contexto de la historia para estimar un tiempo.
El bebé se estaba ahorcando con el cordón, por lo que el timepo normal de ese tipo de parto ya se ha reducido para poder salvar al bebé, considerando tambien el estado crítico de Sora y ese otro problema (el cual será revelado mas adelante), estime mas o menos cinco minutos para sacar el bebé, de ahi en adelante todo iria con mas normalidad.
Espero haberme explicado con claridad, tanto aquí como en la historia.
Bueno, eso sería por ahora, hasta el proximo capítulo.
Comentarios, críticas y sugerencias son siempre bienvenidos.