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Author of 19 Stories |
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Título
original: The Snow Raven, Chapter 1
Autor: Krista Perry -
kperry©aros..net
Traducción: Miguel García -
garcia.m©gmx..net
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Advertencia: Hay MUCHAS revelaciones de lo ocurrido en el
pasaje
Venganza del manga, y en los OAV (aunque tiendo a usar el
manga
como fuente principal).
Vocabulario japonés:
Hitokiri: Literalmente, "asesino". El término
usado para los más
mortíferos y poderosos samurai
asesinos usados por ambas partes
del conflicto en la guerra
Bakumatsu.
Battousai: Sobrenombre de Kenshin, dado por sus compañeros
de
armas. Juega con la palabra "battou-jitsu", el estilo
de pelea de
Kenshin, que implica desenvainar la espada y atacar en
un único
movimiento mortal.
Ishin-shishi: La facción imperialista que intentó
y a la postre logró
el derrocamiento del reinado de 300
años del shogunado, restituyó
al emperador en el
trono, y promovió la Restauración Meiji de fines
del
siglo XIX y comienzos del XX.
El Cuervo de Nieve, Capítulo 1
un Fanfic basado
en Rurouni Kenshin
escrito por Krista Perry
traducción
de Miguel García
Una lluvia de primavera,
escarlata, trae muerte,
y la
esperanza se apaga dentro
de atormentados ojos ámbar.
-extracto del diario privado de Yukishiro Tomoe
«««»»»
Lo conozco de inmediato cuando lo veo.
--Lo conocerás por su cabello, niña --me dijo el
anciano--.
Completamente antinatural, así es. Cabello tan
rojo como la sangre
que ha derramado por las calles oscuras de
Kioto con su espada
inhumana.
Pero el anciano estaba equivocado. Su cabello no es en nada
como
la sangre. La sangre es de un color fuerte, vibrante. Su pelo
es, en
cambio, del color de las llamas cálidas que
persisten en las brasas de
una hoguera que se apaga; del color de
una nube pálida teñida de
carmesí por el
atardecer antes de una tormenta.
No es en nada como lo había imaginado.
Imaginaba a un hombre inmenso, mayor, con un cuerpo grueso
de
músculos y surcado con cicatrices de batalla. Nunca, ni
una sola
vez en mis más negras fantasías vislumbré
a este chico de rostro
suave y de cabello ardiente --que parece
tan frágil de cuerpo que
es un asombro que pueda siquiera
levantar las espadas que penden
a su costado-- como al asesino de
mi prometido.
Está sentado calladamente a la mesa mirando, sin mirar, el
interior
de una copa de sake. Y, a diferencia de los demás
hombres del
restaurante, ni siquiera levanta la vista cuando
entro.
Me detengo sólo un momento, luego me siento a la mesa que
está
junto a la suya, con la espalda hacia él. Aún
así, incluso ahora que
no puedo verlo, ese primer momento
queda marcado en el ojo de mi
mente, y su imagen está
todavía ante mí.
Pido sake frío, porque no tengo apetito. Y porque me
siento
repentinamente, desesperadamente confundida. Quizá
un trago
calme mis nervios.
No puedo estar confundida. No ahora, no después de todo
este
tiempo, después de haber llegado hasta aquí.
Se suponía que él sería un monstruo. Un
demonio mortal de sed de
sangre y maldad en un disfraz apenas
humano. No este desolado
hombre-niño de ojos vacíos,
que parece tan perdido como yo me
siento...
Me pregunto si puede sentirme cerca suyo. Si sus instintos
de
asesino pueden percibir mis intenciones hacia él... la
promesa
marcada a fuego en mi alma cuando recibí la noticia
de que mi amado
Akira-san había sido masacrado en las
calles de Kioto por el asesino
del Ishin Shishi...
Voy a destruirte.
Pero el fuego detrás de mi convicción, que ha ardido
con tanto brillo
desde que salí de Edo, parece palidecer en
su presencia.
Me llevo el sake a los labios y bebo, sintiendo profunda
vergüenza
de mí misma. ¿Cómo puedo
vengar mi pérdida cuando me permito
ser alejada de mi
propósito simplemente porque él es joven?
¿Simplemente
porque no se ajusta a mi imagen hipotética de un
hitokiri
brutal?
No podía tener más de quince años... apenas
un hombre por ley,
y poco más que un niño en
estatura. Como mínimo, tres años
completos menor que
yo...
Tan absorta estoy en esas ideas tumultuosas, que
advierto
demasiado tarde que he atraído la atención
de un par de hombres
verdaderamente brutos. Levanto la vista
mientras ellos se acercan
con paso ebrio hasta mi mesa, y no puedo
sino notar la ironía de
que el grueso par se asemeja más
a mi imagen mental del asesino
de mi prometido que el chico que
está detrás mío.
--Oye, niña --dice uno de ellos; un hombre cuyo cuello es
tan grueso
como el tronco de un árbol, cuya quijada es
cuadrada y sólida como
la piedra.
Su compañero, un hombre no tan musculoso, con dientes
superiores
que le asoman por sobre el labio inferior, se me
acerca, y puedo oler
la fetidez abrumadora del sake en su aliento:
--¿Te gustaría acompañarnos a brindar?
Devuelvo en silencio la mirada inestable del hombre, con mi
respuesta
contenida en los ojos. Asimismo, soy incapaz de mostrar
en mi
expresión el miedo repentino que me llena el alma.
Por una vez,
mi máscara protectora de impasividad, que tan
bien esconde las
penas, alegrías y deseos de mi alma
interior, me sirve bien. Mejor
parecer indiferente que temerosa
con este tipo de gente, puesto que
el miedo no hace sino alimentar
sus naturalezas agresivas.
Pero al parecer no es así esta vez. Mi aparente impavidez
lo
enfurece a él y a su compañero. El hombre del
cuello grueso pega
un puñetazo en la mesa, pero aún
así no retrocedo, ni aun cuando
me grita en la cara.
--¡Mira, mujerzuela malagradecida! ¡Somos los líderes
del clan Aizu
del Ishin Shishi! ¡Arriesgamos la vida y
matamos día y noche por
ustedes, perros! ¡Están
en deuda con nosotros!
El terror me cierra la garganta, y no puedo responder, incluso si
así lo
deseara. Aún así, como en un actor de
No, mi máscara impasible se
mantiene en su lugar.
--Mentirosos --murmura despacio alguien al otro lado del
salón--.
Aizu está de lado del Shogunado, idiotas.
--¿Quién dijo eso? --El hombre se vuelve hacia el
que habló, con la
mano en la empuñadura de la
espada, pero quienquiera que se
haya atrevido a hablar cae en
silencio bajo esa mirada intimidatoria.
Aunque así sea, le
estoy agradecida, por desviar de mí la atención
de
estos hombres.
El hombre de aliento fuerte ríe entre dientes.
--Olvídalo. Ruido sin importancia, nada más --dice.
El bruto asiente y mira con una sonrisa de perdonavidas a la
gente
que ahora está espantada ante la amenaza de su acero.
--El que habló está de suerte hoy --advierte.
Y se vuelve hacia mí de nuevo, con sus intenciones previas
ahora
aumentadas en su sonrisa lujuriosa. No, por favor, no... Por
favor,
que me dejen en paz...
El miedo me aprieta el pecho, y puedo sentirme el
corazón
martillear en los oídos cuando él
intenta tomarme de la muñeca
con una mano inmensa y
carnosa...
--Los que están de suerte son ustedes --dice una voz suave
y
aguda detrás mío, y siento la respiración
atorárseme en la garganta
ante el sonido de esa voz--. Si
hubieran desenvainado las espadas,
estarían peleando
conmigo.
--¿Qué...?
El hombre de cuello grueso se da vuelta, con los ojos llameando
de
cólera, aferrando la empuñadura de su espada, presto en
su
cólera de ebrio a matar al ofensivo interlocutor...
Pero el chico ya está allí. De pie, aunque nunca lo
sentí siquiera
moverse de su asiento. Empequeñecido
ante el hombre borracho,
que es de dos veces su tamaño en
altura y ancho.
Y los ojos del chico ya no están vacíos. Arden con
el ámbar de un
fuego frío al impedir, con el
movimiento rápido como el rayo de una
mano grácil,
que el bruto desenvaine la espada, bloqueando el pomo
con la
palma.
El inmenso hombre de cuello grueso se esfuerza contra la mano
del
chico para desenvainar la espada... y no puede moverse.
Me pregunto por un breve momento por qué ese hombre
gigantesco
no hace algo tan simple como golpear al chico con un
puño, romperlo
como a una ramita...
...pero entonces veo el miedo puro en los ojos del hombre
más
grande, mientras mira al muchacho calmado e
inhumanamente
fuerte que tiene delante. Y en ese momento, veo
también en su
cara la patente comprensión de que, de
hacer hasta el más ínfimo
movimiento de amenaza
contra este chico, o contra cualquier otra
persona... nunca más
volverá a respirar.
Porque la promesa incontestable de muerte silenciosa, veloz,
brilla
en los ojos de párpados caídos del chico.
--Una palabra de advertencia --murmura el chico en esa voz baja
y
sedosa; un sonido suave, pero teñido de amenaza
innegable--:
Habrá otra revuelta más. No hay cabida
en Kioto ahora para
hipócritas como ustedes. Si valoran sus
vidas, vuelvan pronto al
campo.
Sus palabras quedas parecen derretir el temor de los
demás
parroquianos, restaurando su valor frente a estos
opresores.
--¡Claro que sí, claro que sí! --concuerda un
hombre, blandiendo
un puño hacia el aspirante a Ishin
Shishi.
--¡No se acerquen a Kioto, charlatanes! --exclama otro.
Los dos hombres miran de uno a otro lado llenos de confusión,
y
me asombra cuán rápido su amenaza es reducida a
mera
fanfarronada ante el poder verdadero. Aún así,
incluso ahora,
el hombre más grande gruñe, la
confusión volviéndosele furia
ante la humillación,
con sus puños enormes apretándose...
--Váyanse --dice el joven, tan tenuemente esta vez, que
sólo los
hombres y yo podemos oírle--. Por su propia
cuenta, o con mi...
ayuda. Ustedes eligen.
Sus ojos entornados son como mares de oro fundido; calmos,
aunque
prestos a consumir en llamas a cualquiera que cometa la
insensatez
de adentrarse en sus profundidades.
He olvidado cómo respirar.
El hombre grande aprieta los dientes. Los puños le
tiemblan, con los
nudillos blancos... luego, lentamente, los
suelta. Con los ojos bajos,
se abre camino a empujones desde mi
mesa y hasta la puerta, con
su amigo siguiéndole de cerca.
El joven los mira irse (¿cuándo empecé a
pensar en él como en un
joven y no como un chico?), luego
se hurga en una manga hasta
sacar unas monedas, que arroja sobre
la mesa junto a su comida sin
terminar. Hace una respetuosa
inclinación de cabeza al propietario
al caminar con una
gracia silenciosa e inconsciente hacia la puerta.
--Perdón por los problemas --dice.
--¡No, descuide! --responde el dueño, aferrando su
bandeja contra
el pecho y haciendo una profunda reverencia--.
¡Gracias!
Pero cuando se yergue, el joven ya se ha adentrado en la noche.
La conversación estalla de inmediato a mi alrededor,
mientras me
quedo sentada, inmóvil, con el corazón
martilleándome en el pecho,
mis manos hormigueando,
empuñadas sobre la mesa ante mí.
--Qué chico tan fuerte...
--Sí... Como un guerrero de justicia.
Un comentario ridículo, considero. Los desvaríos de
alguien que
ha bebido demasiado...
Justicia...
Me miro las manos y veo que tiemblan.
Y me doy cuenta, sólo ahora que él ya se ha ido, de
que nunca
me miró siquiera.
«««»»»
Viene una tormenta.
Una brisa fría me roza el cabello contra la cara, y puedo
oler la lluvia
en el viento, mientras camino despacio por la noche
húmeda de Kioto.
Nubes, gris y ceniza, corren atravesando
la cara llena de la luna,
y las calles oscuras brillan mojadas por
un aguacero anterior.
Tengo los pensamientos embotados por el sake. No consigo que
la
imagen del chico... del hitokiri... salga de mi cabeza...
No puedo sino preguntarme... cómo se verían sus ojos
cuando
mató a Akira-san...
El viento sopla, frío y húmedo. El trueno retumba en
la distancia,
aunque la lluvia no cae.
"Murió como un samurai honorable", me dijo mi
padre mientras yo
me arrodillaba insensiblemente, con el pincel de
caligrafía aún
puesto, paralizado, sobre la carta
inconclusa que le había estado
componiendo a mi amado. Una
gran mancha de tinta derramada se
esparció lentamente por
el pergamino, ahogando mis sentimientos
a medio formar,
sellándolos para siempre a la mirada humana. Pero
recuerdo
todavía las palabras.
Ven a casa, había dicho la carta. No creas que, porque las
sonrisas
no acuden a mí con facilidad, no me brindas
alegría...
"Peleando por la gloria del Shogunado contra el hitokiri del
Ishin
Shishi", continuó mi padre. "Los informes
dicen que su espada es la
única que le ha dejado una marca
a ese asesino sanguinario..."
Como si el saber que Akira-san había derramado la sangre de
otro
antes de caer pudiera aliviar mi dolor, restaurar mi
felicidad...
Pude haberlo mantenido a salvo en Edo con lágrimas... o
hasta con
una sola sonrisa... pero el miedo mantuvo mi máscara
impasible
firmemente en su lugar, alejando a aquel que me habría
amado para
siempre...
Y ahora... Ahora que he venido a vengarlo después de tanto
tiempo,
el sake me nubla la mente y ni siquiera puedo recordar su
cara.
En cambio, mi mente está llena de imágenes de cálido
cabello rojo.
De ojos fríos color ámbar. Y de una
voz como el roce del ala de una
mariposa contra el pétalo
de una flor...
--¡Auxilio! ¡Alguien que me ayude...!
Mis pensamientos son traídos de un tirón al presente
por ese grito,
que viene de la calle oscura extendida ante mí...
y el corazón se
me congela en el pecho al oír el
grito ser silenciado súbitamente,
mojadamente... seguido
por el sonido de carne golpeando el suelo
de piedra...
--Nada personal --dice una voz rasposa y profunda desde
la
oscuridad, e, incluso mientras la sangre se me hiela de terror,
me
llena una extraña sensación de alivio al
descubrir que no es del
chico--. Pero me estorbabas.
Tengo que huir. Tengo que alejarme de este lugar, rápido...
--Lo mataste, aunque no era ninguna amenaza.
Ah...
Es él. Está aquí... perdido en las sombras de
la calle por
delante de mí...
--Me estorbaba --repite la voz áspera--. Conque... tú
eres
el Hitokiri Battousai.
Tengo que huir.
Pero no lo hago.
--¿Qué quieres?
Incluso ahora, su voz, aunque llena de tensión, es
queda,
desprovista de vanidad.
--Te conozco --dice la otra voz--. Llevo mucho
tiempo
observándote. Quiero... tu vida.
Y el repentino, estridente sonido de acero chocando llena la noche.
No puedo moverme. No puedo huir.
Ni siquiera cuando los dos combatientes saltan de las
sombras
delante de mí, ni siquiera cuando la luna rompe por
entre las nubes
de tormenta, iluminando de súbito la escena
con una umbrosa
luz pálida.
El hombre de voz áspera es enorme, incluso más
grande que el
hombre de la taberna. Empuña sus espadas,
conectadas por los
mangos con una cadena, que de algún modo
ha envuelto en torno
al delgado cuerpo del chico, aprisionándole
los brazos contra los
costados...
El hombre gigante lanza su katana a la cabeza del chico... pero
el
chico, moviéndose tan rápido que apenas puedo
verlo, esquiva y
atrapa la espada por el mango unido a la cadena,
en el momento
que el hombre salta sobre él para dar el
golpe mortal...
El chico ruge un grito de batalla al partir al hombre en dos
desde
el hombro hasta el muslo con la espada encadenada... y la
sangre
cae cubriéndome entera, de pies a cabeza...
Las dos mitades del hombre caen al suelo. Y el chico aterriza de
pie
ligeramente, de espaldas hacia mí...
Sangre. Sangre... Tanta...
No puedo pensar.
Hay sangre por todas partes. En ríos oscuros por el suelo,
en
manchas sobre la piel de mis manos y cara, empapando mi kimono.
En la lluvia, que cae del cielo.
Y, mientras las cadenas sueltas caen de alrededor de su cuerpo,
él
está de pie con la espalda hacia mí, pero la rigidez de
su porte
me dice que sabe que estoy aquí.
--Ciruela blanca --le oigo musitar en voz tenue.
Mi perfume, me doy cuenta con sorpresa insensible...
¿Puede
percibir su aroma entre tanta sangre?
Tiene los hombros caídos y tensos, y casi puedo oírle
pensar que
he visto demasiado, que sé demasiado, que tengo
que morir...
Extrañamente, no tengo miedo. Quizá por el martilleo
de mi corazón,
por mi repentino mareo, por la negrura que
tirita en los bordes de
mi visión, amenazando con tragarse
mi consciencia aquí mismo.
Pero no puedo desmayarme ahora...
--Vine --digo en un susurro--, en agradecimiento por lo
que
hiciste en la taberna.
Y, cuando las palabras dejan mis labios, estoy sorprendida
de
descubrir que son la verdad.
Él se paraliza ante el sonido de mi voz. Luego, despacio,
se vuelve
a mirarme. Tiene la cara lívida, marcada con una
expresión de
espanto y con los ojos abiertos de par en par.
Y al mirarlo, a los ojos por primera vez... noto la cicatriz de su
mejilla
izquierda. Una línea oscura y delgada que le corre
desde el borde
externo del ojo hasta el mentón.
...su espada es la única que le ha dejado una marca...
Por un momento, sin mirar, el cuerpo a mis pies es el cadáver
de
mi amado. La llovizna de sangre, que cae del cielo contra mi
cara,
es suya.
E incluso ahora, no puedo recordar su cara...
...porque sólo puedo ver la expresión sobresaltada
de aquel que
me protegió en una pequeña taberna hace
apenas unos minutos.
Sus ojos color ámbar son fieros y atrapados, como aquellos
de un
tigre feroz que se encuentra inesperadamente enjaulado
tras
barrotes de acero. Sólo que yo he abierto la puerta
por voluntad
propia y estoy parada, esperando. Y, mientras su puño
se aprieta en
torno a la empuñadura de la espada, puedo ver
al tigre debatiéndose
para decidir si saltar y desgarrar la
garganta de su captor... o
permanecer enjaulado.
--Ha llovido sangre en estos tiempos trágicos --digo casi sin voz.
Él se detiene, con la indecisión brillando de
repente en su ojos
grandes y salvajes.
--Pero... --digo en murmullo--. Tú eres el que hace llover,
¿no es
verdad?
Lentamente... el brillo feroz se le disipa de los ojos. Y ahora,
ya
no es un hitokiri, sino un chico de nuevo.
Un desolado hombre-niño de ojos vacíos...
Me mira en un silencio agobiado y lleno de horror. La espada
resbala
de la sujeción laxa de su mano inerte y manchada de
sangre, hasta
caer sobre el suelo de piedra.
...que parece tan perdido como yo me siento...
La oscuridad me traga entonces, y le doy la bienvenida.
«««»»»