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Monchy
Author of 62 Stories

Rated: M - Spanish - Romance - Anakin S. & Obi-Wan K. - Reviews: 21 - Updated: 06-03-06 - Published: 02-07-06 - id:2789262

El amante

Día 1

(Soundtrack recomendado: Paradise – Madonna; La noyée – Carla Bruni)

Obi-Wan se dejó caer sobre el asiento rotatorio, dirigiendo la mirada al espacio exterior. De joven había odiado las naves con enormes cristaleras, que le hacían sentirse como si estuviese flotando en el infinito y no con los pies puestos sobre una estructura segura, pero con los años se encontraba disfrutando cada vez más de la vista de la inmensa negrura plagada por ocasionales focos luminosos. Mace decía que esa era una señal de que se estaba haciendo viejo, y Obi-Wan comenzaba a temer que el maestro tenía razón.

Coruscant estaba demasiado lejos aún, demasiado distante como para distinguirlo y Obi-Wan suspiró, exasperado. En el fondo, con cristales o sin ellos, con naves grandes o pequeñas, él siempre había odiado los viajes a través del espacio. Solía quejarse y Qui-Gon solía reírse de su perfectamente compuesto padawan y sus problemas con todo lo que implicara volar. Obi-Wan siempre le decía que a él le gustaba tener los pies bien puestos sobre la tierra, y entonces Qui-Gon sonreía y le daba un suave tirón de la trenza o le revolvía el cabello.

Pero Obi-Wan no quería pensar en Qui-Gon, porque entonces su mente volaría inevitablemente hacia el momento en el que, atrapado tras una barrera de fuerza, había visto la figura imponente de su maestro caer al suelo bajo el ataque de una doble espada roja. Después se vería a sí mismo gritando un sonoro no que bien podría haber sido de cualquier otro, notaría sus sentidos nublarse una vez más por el miedo y la rabia, y se sentiría corriendo, espada en mano, para acabar con aquel que se había atrevido a dañar a su maestro. Volvería matar a Maul, un corte suave y ligero, carente de remordimiento e inundado en una sensación de irrealidad y, finalmente, correría de nuevo hacia la figura tendida de su maestro, le vería sonreír por última vez, sentiría el efímero toque de sus dedos moribundos, aún calientes, sobre su rostro y vería sus brillantes ojos azul oscuro cerrarse para siempre. Para siempre.

“Maestro Kenobi,” la voz suave de Aayla le sacó de sus pensamientos. Obi-Wan giró la silla, encarando a la joven y ofreciéndole una sonrisa. “Voy a hacer algo de té¿puedo ofrecerle algo?”

“Gracias Aayla, pero no es necesario.”

“Esta bien, maestro,” la joven hizo una pequeña reverencia y desapareció en una de las dependencias contiguas.

La misión ciertamente no había ido demasiado bien, pero al menos tanto Aayla como él no había sufrido ningún daño; la Fuerza sabe que si hubiese devuelto a Aayla con un solo rasguño Quinlan le hubiese cortado la cabeza. La nave, sin embargo, no había tenido tanta suerte.

Obi-Wan y Aayla habían partido hacia el Borde Exterior en una misión inicialmente diplomática, pero había acabado en lo que Qui-Gon había llamado negociaciones agresivas. El Consejo había decidido enviar a Aayla con él para que observara las habilidades del mejor diplomático de la Orden – esas habían sido las palabras textuales de Mace–. Obi-Wan se había negado a aceptar un padawan propio, así que solía llevar a los de los demás en ciertas misiones y, después de todo, Quinlan podía enseñarle muchas cosas a Aayla, pero ciertamente, la diplomacia no era una de ellas.

La nave había sufrido algunos daños en la precipitada huída, lo cual les obligaba a viajar aún más despacio, haciendo de la llegada a Coruscant un lejano sueño. Todo por una misión fallida que, de todas formas, había carecido de sentido desde un principio. Obi-Wan parecía ser el único que quería entender que la diplomacia no servía para nada en el Borde Exterior y en esta ocasión, había probado su punto.

Lo cierto era que para Obi-Wan hacia muchos años que todo carecía de sentido. Le daba la sensación de estar viviendo en una inercia continua, moviéndose hacia delante porque era lo único que sabía hacer. Ganaban algunas batallas, perdían otras, ganaban aliados, ganaban otros, y la gente seguía muriendo en todos los rincones de la galaxia mientras que él seguía regresando a una habitación fría y vacía. Tal vez, después de todo, debía haber tomado un padawan propio, tal vez debería hacerlo ahora. Sin embargo, la sola idea de formar un lazo con un extraño, un lazo como el que le había unido con Qui-Gon, le producía una sensación incómoda, una mala señal. Debía sentirse agradecido que el Consejo hubiese aceptado su decisión, aunque tenía la sospecha de que Mace había tenido mucho que ver en el asunto. Probablemente, Mace echaba a Qui-Gon tanto de menos como él mismo, y parecía dispuesto a estar siempre del lado de Obi-Wan.

Obi-Wan se dispuso a sonreír, pero una fuerte sacudida de la nave le obligo a aferrarse a los brazos de la silla con fuerza y a fruncir el entrecejo. Se levantó bruscamente del asiento y dirigió sus pasos hacia la cabina del piloto pero, antes de abandonar la estancia, observó a través de la ventana, una columna de humo procedente de una de las alas plateadas de la nave.

“Eso no puede ser bueno,” susurró para sí mismo, caminando hacia la cabina. “Capitán,” el hombre que accionaba los dispositivos de la nave de forma frenética no dio ninguna señal de haberle escuchado, pero otros de los miembros de la tripulación se acercó hasta él y señaló hacia fuera.

“Parece que la avería es más grave de lo que pensábamos.”

“¿Ocurre algo?” Aayla apareció en la habitación, la expresión alerta.

“¿Llegaremos hasta Coruscant así?” inquirió Obi-Wan, acercándose al panel de mandos y dejando que el hombre le explicara la situación a la Jedi.

“Creo que tendremos que aterrizar,” el capitán no giró el rostro y continuó con sus movimientos nerviosos sobre los controles. “Podríamos intentarlo, pero sería más lógico tratar de reponer la pieza y repararlo.”

“¿Cuánto tiempo llevaría la reparación?”

“Tres, cuatro días. Suponiendo que encontremos las partes necesarias, por supuesto. Podríamos detenernos en...” el capitán pulsó un botón del panel de mandos e introdujo algunas coordenadas, creando un radio de búsqueda no demasiado alejado, “Tattoine, es el planeta más cercano.”

“¿Tattoine?” Obi-Wan revisó su memoria, buscando algún dato que pudiera serle útil, pero no había nada referente a Tattoine aunque, probablemente, fuese sencillamente otro planeta del Borde Exterior: árido e inhóspito. “¿Correríamos mucho riesgo intentando llegar a Coruscant?”

“Estamos demasiado lejos.” Obi-Wan suspiró, se llevó las manos a la frente.

“Esta bien, aterrizaremos. Aayla.”

“¿Sí, maestro?”

“Envía un mensaje al Templo con nuestras coordenadas y avísales que llegaremos unos días más tarde de lo previsto.”

“Sí, maestro.”

El aterrizaje no fue el mejor que Obi-Wan había visto, pero definitivamente tampoco fue el peor. La nave renqueó, dio varios golpes contra el suelo y finalmente cayó con fuerza y un sonido seco, levantando una columna de arena y humo. El capitán maldijo en algún lenguaje extraño para Obi-Wan y el resto de la tripulación sonrió aliviada.

Cuando Obi-Wan descendió de la nave seguido de cerca por Aayla, lo primero que hizo fue bajar la vista al suelo y suspirar al observar como sus botas ya parecían más oscuras de lo que en realidad eran, plagadas como estaban del polvo que levantaba la arena por la que parecía estar cubierta la superficie del lugar. Se encogió de hombros, pensando que al menos, no había aterrizado en un pantano. Sin decir palabra y cubriéndose los ojos con la mano para apartar el fuerte brillo del sol, Obi-Wan indicó una dirección y pronto ambos estaban caminando hacia lo que parecía una población civilizada. O al menos eso era lo que Obi-Wan esperase que fuera.

Cuando sus pies dieron un paso sobre lo que era, efectivamente, una población – ¿civilizada? Estaba por verse – la noche ya había caído sobre el lugar; una noche calurosa y agobiante. La población como tal no podía tildarse de ciudad, pues tan sólo constaba de algunas construcciones bajas, muchos bares y muchas tiendas de chatarra, así como de los restos de lo que durante el día debía ser un mercado popular. Podría haber sido cualquier otro planeta del Borde Exterior; a Obi-Wan comenzaban a parecerlo todos iguales.

Obi-Wan dirigió sus pasos hacia la tienda más cercana, rezando a cualquier Dios conocido que la pieza que necesitaban fuese relativamente fácil de encontrar. Se aprovecharían de ellos en cualquier caso, pero ahora mismo Obi-Wan pagaría lo que fuera por volver a Coruscant lo antes posible. La tienda parecía estar al cargo de un ser de aspecto gracioso, una especie de babosa enana con enormes ojos saltones y de un color cercano al púrpura. Ciertamente repugnante. Qui-Gon seguramente la hubiese encontrado interesante, por no decir adorable; siempre había tenido una tendencia a apegarse a cualquier criatura que se encontrara en su camino.

“Buenas noches,” Aayla se adelantó a Obi-Wan, haciendo aparecer un holograma de la nave y procediendo a pedir las piezas necesarias. La criatura se limitó a observarla durante unos segundos y después, alzando algo que podría haberse calificado de brazo, señaló hacia el lado contrario de la calle, unos metros más adelante.

“Watto,” musitó después, con una voz profunda y extrañamente agradable.

“Muchas gracias,” pero la criatura había dejado de prestarles atención.

Aayla se encogió de hombros y Obi-Wan la imitó de forma casi inconsciente, dirigiéndose después en la dirección indicada. Se adentraron en una habitación llena de chatarra, robots oxidados, partes sueltas y cables peligrosamente cerca unos de otros.

“¿Hola?” inquirió Obi-Wan a la habitación vacía.

Un aleteo le hizo girar el rostro hacia el lado opuesto de la habitación, donde apareció el que esperaba fuese el susodicho Watto. Efectivamente, lo era. Obi-Wan dejó que Aayla lidiara con él, después de todo, parecía entusiasmada ante la idea de conocer parajes y especias nuevas. Obi-Wan suponía que era cosa de la juventud aunque él mismo jamás había sentido atracción alguna por seres de aspecto tan lejano al humanoide. De todas formas, él siempre había sido un poco raro.

Un golpe fuerte y algunas piezas cayendo al suelo le hicieron salir de su meditación. La criatura, Watto, maldijo sonoramente y le ofreció a lo que parecía ser un droide desmantelado una mirada despectiva.

“¡Chico!” llamó, gritando.

“¡Ya voy!” fue la respuesta.

Watto hizo un gesto con la mano, indicando que le siguieran, mientras que un joven aparecía en la habitación, un trapo entre las manos y una mirada interrogante. Joven y criatura compartieron una conversación que definitivamente incluyó las palabras inútil y arreglar ahora, todo ello condecorado con insultos varios. El chico finalmente suspiró y se dirigió hacia las piezas esparcidas por el suelo, recogiéndolas y abandonándolas sobre un pequeño mostrador.

Obi-Wan le observó, misteriosamente interesado en el rostro joven de rasgos delicados. Se sorprendió a sí mismo delineando un par de labios carnosos con la mirada, detallando los distintos colores que tomaba un cabello rubio oscuro en la luz de la tienda. Y entonces, el chico le miró. Sus ojos se cruzaron, azul contra azul y Obi-Wan olvidó repentinamente como se sentía el respirar. Los ruidos exteriores parecieron desaparecer, la voz de Aayla llamándole para que fuera con ella, los cables estallando en pequeños chisporroteos, el choque metálico de las maquinarias, las maldiciones en idiomas desconocido, todo, incluso el sonido de su propio corazón en su pecho. Obi-Wan se encontró perdido en la mirada que le enfrentaba, profunda y extrañamente familiar, parecida a esos sueños en los que caía sin remedio sin llegar nunca a tocar el fondo. Hacia años que los días de Obi-Wan habían pasado como una línea continua, uno igual al siguiente, hasta ahora, un momento en el que todo parecía encajar, hacer clic, cambiarlo todo cortando la línea de su vida.

“¿Maestro?” fue un tirón en la manga de su túnica lo que le hizo separar la mirada del joven, obligándole a volver a la realidad.

El sonido le llegó de lleno, como una explosión mareante contra sus oídos. Miró a Aayla y sonrió, asintiendo. No volvió a mirar al joven, sino que caminó tras criatura y Jedi y, durante lo que parecieron horas pero pudieron ser minutos, dejó que ambos discutieran precios y desmontaran piezas. Cuando salieron de la tienda, el joven ya no estaba allí, pero no importaba, porque en el trayecto de vuelta a la nave y esa noche, mientras Obi-Wan pateaba las sábanas que le daban demasiado calor, un par de ojos azules permanecían en su memoria, grabados a fuego lento, gritando... gritando que ya nada, jamás, iba a ser igual.

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Fin 1/7


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