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: B s . A A A    : full 3/4 1/2   : E E   : Light Dark Anime/Manga » Ranma » SEXO, Para qué negarlo, no puedes vivir sin ÉL

AnDrAiA-001
Author of 11 Stories

Rated: K+ - Spanish - Romance/Humor - Reviews: 376 - Updated: 11-09-09 - Published: 02-21-06 - id:2812094

Capítulo XII

Parte IV

Ranma tenía la mirada perdida en el blancuzco techo. Llevaba más de una hora en aquella posición, pero se negaba a salir de la cama tan temprano. Miró el reloj de la mesita de noche; eran las cinco y media, solo habían pasado cinco minutos desde la última vez que comprobó la hora. Cogió aire, profundamente, y lo soltó poco a poco intentando expulsar su frustración por culpa del insomnio. Giró el rostro y se encontró con una maraña de pelo liso, brillante y negro apoyado contra la nubosa y nívea almohada. Filamentos tan, tan negros que cuando la luz se vertía sobre ellos relucía en matices azulados. Akane, su preciosa Akane...

Se movió lentamente hasta quedarse de lado sobre su hombro y costado izquierdo. Con ínfimo cuidado y suavidad retiró con su mano derecha algunos mechones del rostro femenino, descubriéndolo poco a poco. Ella se meció cuando le rozó con la yema de los dedos la tersa piel de la mejilla. Gimoteó quejándose inconscientemente y apretó con más fuerza la almohada entre sus brazos, como si tratase de refugiarse. Ranma sonrió impulsado por la ternura mientras sus pupilas contemplaban con obsesiva fijeza aquel rostro. Era preciosa, perfecta, en cada una de sus formas; por dentro y por fuera y él se sentía el hombre más afortunado del planeta. Sus irises acariciaron con reverencia aquellas cejas finas y negras, aquellos párpados de largas pestañas que cubrían dos joyas brillantes y sumamente expresivas del color del brandy, la nariz fina y elegante, y por fin aquellos labios rosados, llenos, acorazonados a los que adoraba besar, ver sonreír y sentir en cada parte de su cuerpo.

Dios, estaba a punto de saltar encima de ella y hacerle el amor de nuevo. Cerró los ojos un instante tratando de borrar la imágen de aquel delicioso cuerpo femenino laxo y desprotegido, desnudo y vulnerable bajo aquellas sábanas translúcidas...y todo suyo. Suspiró de nuevo frustrado, frotándose los párpados con fuerza. Debería estar saciado de ella, maldita sea, pero la ansiaba cada día más y con más ganas. Aquel vínculo, aquella dependencia que estaba desarrollando para con ella tanto física como emocional no era buena, en absoluto y más en alguien como él. ¡Había necesitado su perdón! Dios, había necesitado su perdón... había cruzado el límite rebasándolo por muchísimos kilometros. Si los de arriba supieran... si ellos supieran....

Sintió como si cayera al vacío, un escalofrío, su corazón estalló a un ritmo frenético, se le disparó la adrenalina y abrió los ojos de golpe, levantándose de la cama como un resorte y cogiendo el arma que siempre mantenía cerca de él. Echó un vistazo rápido al dormitorio, impulsado por su intuición. Nada. Estaban solos... estaban solos... maldita sea. Se obligó a tranquilizarse, a tratar de que su pulso descendiera a un ritmo adecuado. Miró hacia la cama comprobando que Akane siguiese dormida y, en efecto, seguía en brazos de morfeo, aunque se había removido y dado la vuelta.

Joder, no podía seguir así, viviendo de microsueños, tenía que dormir como fuera. Se sentó en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la pistola aún en su mano izquierda. Observó el arma, reflexionando. ¿Y si Akane hubiese estado en ese instante caminando por el domitorio? Habría disparado a esa sombra sin ni siquiera pararse a pensar que podía ser ella, porque habría presupuesto que su Dama estaría en la cama.

Desde que recibió aquel maldito sobre no había pegado ojo. ¿Qué habían pasado? ¿Tres ó cuatro días? Miró de nuevo el reloj y echó cuentas; 23 de Diciembre. Llevaba tres días sin dormir, sobreviviendo con microsueños que le estaban volviendo irascible, impaciente y casi incontrolable. Y aún le quedaban dos días más porque estaba claro que ésa noche no iba a pegar ojo y al día siguiente saldrían para Italia y él nunca, jamás, había dormido en un avión. No podía dormir en un maldito avión. Era incapaz.

El colchón se agitó ligeramente y se hundió detrás de él. Una pequeña y cálida mano femenina le acarició los lumbares como si tratase de calmarle y después de deslizó hacia delante, tocándole los abdominales inferiores y tratando de empujarle, reclamándole.

―Ven aquí... ―susurró Akane con la voz adormilada y casi trabada, echándole de menos a su lado ―...abrázame.

Dejó la pistola bajo la cama, cerca de la cabecera, y como ella le pidó, se movió suavemente y la acomodó entre sus brazos, sintiendo aquel pequeño cuerpo ligeramente fresco contra el suyo, que se arruyó contra él escondiendo el rostro en su garganta, otorgándole un ligero beso de aquellos labios que adoraba. Suave, delicada, dulce... La meció, como si se tratara de una niña pequeña, acariciándola la espalda desnuda, deleitándose en las suaves formas y besó la coronilla de su cabeza deteniendo sus labios ahí, absorbiendo aquel aroma a frutas rojas que desprendía.

Ucciderei per te... ―confesó sobre el sedoso cabello, con el corazón latiendo fuertemente en su pecho, con un trazo de agresividad en su voz cuando aquellas imágenes atroces se agolparon en su mente, renaciendo desde lo más profundo de su memoria. La apretó contra sí, provocandola un gemido que le rozó el cuello y le hizo sentirse vivo, estrechándola entre sus brazos como si así pudiera protegerla del mundo. Y era tan claro como eso, porque la amaba más que a su vida ―...morrei per te...

* * * * *

Akane se movía de un lado a otro del salón, pegando saltitos de puntillas. Decir que estaba histérica era poco. Quedaban menos de diez minutos para las siete, la hora en la que Ranma había prometido llamar a su puerta... e intercambiar los regalos. Quería gritar, saltar y echar a correr al apartamento de su pareja. Decir que estaba deseando verle la cara cuando desenvolviera el cuadro, era poco. Quería verle sonreír, quería sorprenderle... Por una vez quería ser ella la que le dejara sin palabras. Después de todo lo que había hecho por ella, por su paciencia, por sus cuidados, por su continuo apoyo, por amarla y hacerla inmensamente feliz, por haber traído a Diana la pasada noche... Suspiró y dejó que sus dientes resbalaran por su labio inferior en un intento por refrenar un sollozo de alegría. Dios, no podía esperar más ¡Tenía que darle el regalo o explotaría allí mismo!

Se giró en redondo y comprobó la hora otra vez. El tiempo era retorcido. ¿Por qué se empeñaba en pasar tan despacio cuando uno tenía prisa? Mordiéndose el dedo pulgar, tratando así de aplacar los nervios, se dejó caer en el sofá, recogiendo las piernas hacia su pecho. Empezó a mover un pie rítmicamente, inconscientemente al compás de los segundos. Con los ojos muy abiertos se quedó mirando la puerta fijamente, como si así pudiera conjurarle de alguna manera y conseguir que llegase antes a casa... Pero no fué así. A las siete en punto, escuchó como la llave se introducía en la cerradura. Pegó un salto poniéndose de pie y echó a correr hacia la puerta dando saltos otra vez como una niña pequeña ansiosa por recibir su regalo, y bien es cierto que ella ansiosa sí que estaba, pero cuando le vió se quedó quieta como una estatua. Estaba acostumbrada a verle trajeado, por su trabajo, pero aquella noche estaba... Dios, impresionante. No solo por cómo le sentaba aquel traje negro, hecho a medida, que le ajustaba donde debía; remarcando los anchos hombros, el amplio pecho, desdibujando la estrecha cintura y... Maldita sea... para su gusto aquellos pantalones eran ligeramente más estrechos de lo que debían... no solo porque se ajustaba increíblemente bien sobre aquel trasero de película si no que... casi que podía decirse que realzaba la delantera... ¡Y no es que él necesitase precisamente realzarse!

Él entró en el apartamento con una sonrisa, cerrando la puerta tras de sí con mucho cuidado y se quedó allí, observando como ella le echaba una mirada de arriba abajo almizcle de sorpresa y lascivia. Cuando sus ojos se encontraron, Akane desvió la vista un poco hacia abajo y entonces fué cuando Ranma se percató de que... ¡Se estaba sonrojando! ¡Después de todo lo que habían hecho, su preciosa Dama se estaba ruborizando por verle!

―A lo mejor debería cambiar de planes... ―le dijo imitando el gesto de ella, repasando su cuerpo de arriba abajo ―...y engrilletarte a la cama...

Akane sintió que se le doblaban las rodillas al oírle decir aquello con ese tono ronco, grave, y puramente sexual. Instintivamente, se puso alerta, por si acaso a su apasionado amante se le ocurría cumplir aquella amenaza.

―Yo sí que debería atarte bien corto. No sé cómo voy a hacer para no atacar a las zorras que van a comerte con los ojos ―ladeó las caderas, juntó el entrecejo y frunció un poco los ojos, como si tratase de enfocarle mejor, como si estuviese admirando una obra de arte que necesitaba explorarse más allá de los que los ojos simplemente aprecian ―. Deberías estar prohibido... ―y suspiró.

―Pues ya vamos a ser dos los que vamos a tener problemas para contener nuestros celos... ―se cruzó de brazos y apoyándose contra la puerta señaló hacia su derecha con la mirada y un gesto con la cabeza―. Eso es para ti.

Akane vislumbró una caja de color blanco apoyada en el suelo. Le miró sorprendida porque no el había visto traerla, aunque claro quién se hubiera fijado en eso cuando su pareja acababa de entrar por la puerta... Una sonrisa llena de entusiasmo se le dibujó en el rostro, mientras intercambiaba la mirada desde la caja hasta Ranma y viceversa, como si le estuviese pidiendo permiso para acercarse. En un gesto nervioso se apretó las manos con fuerza sobre el pecho.

―¿Qué es? ―de repente, se sentía pícara y juguetona... y excitada de todas las formas posibles ―Dame una pista... ―murmuró acuclillándose y cogiendo el paquete.

―Ni lo sueñes ―contestó él con un deje divertido y desenfadado, dejando que sus pupilas se detuvieran un instante más de lo debido sobre aquel trasero perfecto ―. Ábrelo.

Cuando lo tuvo entre sus manos se percató de que la caja era de piel, suave y lisa. Solo aquello debía costar una fortuna, así que casi le dió miedo averigüar lo que había en el interior. Y sabiendo los antecedentes de su pareja a la hora de hacer regalos... Se levantó con sumo cuidado, como si moverse demasiado pudiera hacer que su regalo se evaporara de entre sus manos.

Con la sonrisa dibujada en sus labios caminó hasta el sofá. Se sentó y colocó la caja sobre sus rodillas. Estaba tan , tan nerviosa... no recordaba haberse sentido así nunca. Bueno, no era del todo cierto. La misma anticipación la había carcomido las entrañas cuando tuvo la primera cita con él, y el día en que la sorprendió con el colgante. Y cada vez que él se insinuaba de aquella froma descarada, abrasándola con aquella mirada pecaminosa y lasciva que la exigía “Sexo, ahora”. Elevó sus párpados y le observó con los labios prietos. Ranma estaba de pie un poco alejado y parecía tan impaciente y emocionado como ella. Cuando sus ojos se encontraron, Akane sintió que la sangre le quemaba por dentro y, para evitar asaltarle, clavó rápidamente sus curiosas tierras en el paquete.

Con sumo cuidado deslizó el lazo de raso blanco y bordes dorados por sobre la caja, apartándolo sin deshacerlo, dejándolo sobre el sofá. Con el mismo esmero, abrió la tapa. Sus dedos temblaron un instante antes de rozar el suavísimo papel blanquecino que envolvía su regalo y cuando lo retiró, ante ella se descubrió un pedazo de brillante y magnífica seda negra. Con la yema de sus dedos acarició la tela con un deje distraído, con un toque de reverencia y asombro, observando como la luz se reflejaba y dibujaba deliciosos brillos y sombras. Vislumbró un bordado de color borgoña, tan oscuro que podía pasar desapercibido... dibujó con su dedo índice aquel contorno sinuoso antes de levantarse, terminar de desenvolverlo con ínfimo cuidado y quedar sin habla por un segundo cuando la seda cayó vaporosa como una límpida cascada azabache ante ella.

―Es un qipao ―susurró contemplando la belleza de aquel diseño. El hilo borgoña ribeteaban el borde de la sedosa tela por sendas aberturas laterales de la ajustadísima y sensual falda, y también por el cuello mao con aquellos característicos motivos florales que camuflaban elegantemente los botones y el cierre lateral―Dios mio, es precioso Ranma... ―giró para contemplarle con los ojos brillantes por la emoción ―¿Cómo sabías que quería uno? ―y volvió a contemplar el vestido con las pupilas ligeramente dilatadas.

―No lo sabía. Ha sido un regalo completamente egoísta ―contestó con sinceridad. Se acercó hasta ella, intencionadamente pegando su torso a la espalda femenina. Acarició la frágil y nívea nuca, en un inconsciente gesto de dominación y posesión, y deslizando sus labios sobre aquel fino y largo cuello, derramando su cálido aliento cerca de su oído, murmuró con un deje sensual ―. Póntelo, donna.

Akane se recostó contra él ladeando la cabeza e invitándole a que prosiguiera con aquellas caricias que estremecían su cuerpo. Sintió como las manos masculinas rodeaban su cintura con delicadeza para, de repente, apresarla con necesidad y apoyarla contra sus caderas. Se humedeció los labios con la lengua cuando sintió sobre su trasero lo muy preparado que estaba él para ofrecerla aquellas sensuales y eróticas promesas que encerraba en aquel tono de voz que le erizaba la piel. Ranma arrastró las manos hacia el exterior de sus muslos, acariciando la porción de piel que imaginaba que el qipao dejaría al descubierto cuando ella caminara... Y Akane quiso dejarse llevar en aquel juego de seducción, soltar el vestido y unirse a la exploración de sus cuerpos. Pero cuando creyó que dejaría caer el qipao sobre el sofá y que deslizaría las manos sobre el cuello de Ranma para invitarle, para acercarle aún mas a ella, lo suficiente para que la abrasara aún con la ropa puesta... recobró la cordura prácticamente perdida.

―Espera... ―murmuró ladeando el rostro, con la respiración entrecortada, intentando que sus ojos se encontraran con los de él ―...Ranma, espera... tengo que darte mi regalo...

―Tú eres el mejor regalo... ―dijo con sus pupilas fijas en los rosados labios de ella antes de devorárselos y aún con más ansia cuando le correspondió y profundizaron el beso. Pero su goce duró hasta el instante en que sintió el doloroso muerdo en la lengua. Abrió los ojos y se separó lo suficente para observarla fijamente, con los ojos encendidos de deseo y un toque delirante, salvaje. Aquel mordisco estuvo peligrosamente cerca de descontrolarle...

―Primero te doy el regalo y luego me tienes a mi...se separó de él, despacio, temiendo la forma en que la miraba. Parecía que iba a comérsela, casi como un depredador, una pantera dispuesta a darle caza, y ella no podía estar más excitada. La respiración llevaba un ritmo completamente distinto al de su corazón, y la sangre que corría por sus venas como ardiente lava a otro diferente. Dejó el vestido sobre el sofá, sin apartar sus ojos del rostro masculino. Presentía que si le perdía de vista un instante él aprovecharía para lanzarse sobre ella y arrinconarla―. Dame un minuto, voy a por ello. Espera aquí ―Caminó lentamente de espaldas a la puerta del salón y cuando rebasó el marco, echó a correr por el pasillo riéndose a carcajadas.

Ranma se llevó las manos al rostro y se frotó los ojos en un gesto desesperado cuando Akane desapareció tras la puerta. “Contrólate” se dijo “Tienes toda la maldita noche...” y empezó a caminar por el salón como una pantera enjaulada. Parecía un maldito adolescente incapaz de controlar sus hormonas, pero es que ella le provocaba aquella deliciosa adicción... aquel efecto secundario de estar enamorado. Ahogo una risa que denotaba toda su frustración sexual, acompañando a la carcajada femenina que se esparció por el apartamento, e inspiró profundamente, dejando escapar el aire pausadamente.

Cuando consiguió tranquilizar su deseo y relajó sus músculos, se detuvo en el centro del salón con las manos en las caderas. De repente su atención se desvió hacia un ruido que provenía de la habitación. Cuando captó que aquel sonido, demasiado familiar, no era otro que el de algo.... pesado... que se golpea y arrastra....se le disparó la sensación de pánico encubierta por la adrenalina. Corrió por el pasillo sacando el arma antes de llegar al dormitorio y se aventuró dentro a cuerpo descubierto. Se sorprendió, aliviado, de encontrar todo normal, excepto que su Dama parecía haber sido medio engullida por el armario. Antes de que aquel precioso rostro asomara con el ceño fruncido, guardó el arma. No quería que supiera que la llevaba encima. Invadido entonces por la curiosidad, arqueó una ceja, una media sonrisa se dibujó en sus labios al contemplar de nuevo aquel trasero moviéndose de un lado a otro, y se asomó desde allí para ver qué es lo que ella estaba haciendo.

Pero Akane no tardó en cumplir su pronóstico y un segundo después sintió una presencia en la habitación así que salió bruscamente del armario. Y cuando le vió allí parado, con las manos a la espalda y con aquel gesto entre pícaro e inocente, le fulminó con aquellos ojos del color del brandy.

―Te dije que esperaras en el salón ―gruñó con cara de pocos amigos. Ranma se movió en la habitación y ella siguió su caminar con la mirada.

―Estabas tardando mucho... ―fue su respuesta en tono casual, sentándose elegantemente a los pies de la cama, apoyando los codos en las rodillas y entrelazando sus manos mientras la miraba fijamente.

Akane frunció los ojos, sospechando que aquello no era del todo cierto, pero impaciente como estaba por darle el regalo y ver su reacción, olvidó aquella interrupción y volvió a meterse en el armario mascullando por lo bajo un “Redomado mentiroso”. Bueno, mejor para su espalda que él hubiese decidido aparecer en el dormitorio, fuera por el motivo que fuera, así no tenía que arrastrar el tríptico por todo el pasillo y correr el riesgo de que el cristal se resquebrajara. “Eso si no lo está ya” pensó al recordar el golpe que le había dado al marco una caja de zapatos, y el susto que se había llevado ella de paso, que había decidido caer desde la estantería superior sin previo aviso. Akane tiró de nuevo, peleándose con la fricción que hacía la tela con la que había envuelto el marco contra la moqueta. Volvió a tirar y masculló una maldición. No recordaba que le hubiese costado tanto esconderlo...

Ranma sonrió con ternura al verla peleándose... bueno con lo que fuera que estuviese peleando. ¿Pero qué había comprado? Apoyó las manos en el colchón y se reclinó hacia atrás, en una pose más relajada e informal. La estuvo observando unos segundos más en silencio, recreándose la vista, hasta que una parte de lo que trataba de sacar del armario se desveló. Seguía sin saber lo que era, porque estaba tapado por una tela, pero a su Dama le llegaba a la altura de la cintura. Elevó las cejas, ciertamente sorprendido, y se colocó derecho, espectante y extremadamente curioso.

―¿Pero qué tienes ahí escondido? ―murmuró con un deje divertido y una ligera risa en la voz, levantándose y acercándose para ayudarla ―¿No me habrás comprado unas láminas de acero, verdad?

―No, porque no tenían ―contestó continuando con la broma y viendo como Ranma cogía el tríptico envuelto y lo levantaba en brazos, sacándolo fuera del armario como si no pesara nada. La miró por encima del hombro, con un interrogante en aquellos preciosos ojos azules ―. Ponlo en la cama. ¡Con cuidado! ―gritó nerviosa antes de que lo dejara sobre la colcha.

―Tranquila, Dama ―y se rió. Akane estaba mucho más nerviosa que él ―. Que el que tendría que estar histérico soy yo...

―¡Venga, ábrelo ya! ―le urgió, colocándose a su lado y dándole un empujoncito con las caderas.

Ranma la miró de arriba abajo, advirtiéndola de que no volviera a hacer eso si no quería sufrir ciertas consecuencias, y después observó su regalo. Sabía que estaba relacionado con el arte, así que seguramente sería un cuadro... un cuadro que pesaba una tonelada, por cierto. Buscó la unión de los pliegues de la tela por la parte de atrás para retirarla. Desatando el nudo, deslizó el envoltorio hacia un lado y se quedó de piedra cuando vió lo que era.

No me jodas ―susurró perplejo en italiano, con los ojos muy abiertos y observando fijamente los tres grabados tras los cristales. Se había quedado sin palabras. Se arrodilló en el suelo, a los pies de la cama, para poder contemplarlos más de cerca.

Akane no había entendido lo que había dicho, pero no le importó, porque aquel rostro al que tanto amaba expresaba incredulidad, sorpresa y admiración. Aquellos ojos del color del mar embrabecido estaban cargados de curiosidad, inspeccionando con reverncia los grabados. Le había sorprendido con algo que él de verdad valoraba y que por nada del mundo se esperaba recibir.... Y no necesitó nada más para darse por satisfecha y sentirse caprichosamente feliz.

Ranma observó el rugoso papel y los finos y suaves trazos de la oscura tinta durante un par de minutos, inspeccionándolo con ojo crítico. No hacía falta que leyera lo que ponía en una plaquita dorada en la parte superior de aquel increíble tríptico de cristal, porque él sabía perfectamente que eran copias certificadas y autorizadas por el gobierno y el Museo nacional del Tokyo.

Santa madonna! ―exclamó despegando sus pupilas con cierta renuencia de los magníficos grabados del siglo dieciséis y clavando sus irises sobre el rostro sonriente de su mujer ―. Dios, Akane... ―la tomó de la nuca y la atrajo hacia sus labios en un beso profundo, delicioso, pero rápido, evitando la tentación de hacerla suya en ese mismo instante ―Gracias...

―¿Te gusta entonces? ―saboreó sus propios labios antes de sonreír más ampliamente por la efusivdad que él había demostrado.

―Claro.... ―echó un vistazo rápido hacia el tríptico ―... cómo no va a gustarme... ―susurró más para sí mismo que con idea de que ella lo escuchara. Y volvió a contemplarla, pero ahora con un brillo de agradecimiento y adoración en la mirada ―. Pero amore, esto vale una fortuna...―dijo sin poder evitar dejar fluir la pizca de culpabilidad que le inundaba al saber que ella había gastado ese dinero en él.

―Shshsh. Ni una palabra más Tiziano ―le colocó el dedo índice sobre los labios, invitándole de una forma juguetona a dejar que la conversación continuara por aquel camino ―¿Dónde lo vas a poner?

Ambos se miraron fijamente unos segundos, como si la respuesta se hubiese entrelazado entre sus mentes al mismo tiempo.

―En nuestro nuevo salón... ― susurró aún con las pupilas fijas en ella, quién reafirmó asintiendo animadamente con la cabeza ―. Vale ― Suspiró, aún sin creer lo que tenía entre manos y, de repente, temiendo quedarse demasiado tiempo atontado, se levantó del suelo de un salto y ayudó a Akane, sosteniéndola de las manos. Miró el reloj de la mesita de noche para comprobar que iban bien de tiempo ―. Ahora quiero que te arregles y te pongas el qipao, porque tengo que darte lo que falta de tu regalo y tenemos reserva a las nueve.

―¿Ah si? ¿Y adónde vamos? ―susurró sensual, arrimando todo su cuerpo contra él, provocándole ―. Estás muy guapo...

―Es una sorpresa Dama... ―Evitó la tentación otra vez, dándole un casto beso en la frente mientras la acariciaba el precioso y brillante cabello con ternura. Después deslizó la mano abierta por la espalda femenina y, amoldándose finalmente a la base de su espalda, la empujó con delicadeza hacia la puerta del dormitorio ―. No tardes mucho...

* * * * *

Mientras Akane se arreglaba Ranma decidió hacer algunas llamadas relacionadas con el trabajo en el salón. Quería que le confirmaran algunas fechas y empezar a prepararlo todo para cuando tuviera que marcharse. Estaba hablando con uno de sus jefes cuando la vió aparecer por la puerta... y le colgó el teléfono a mitad de una frase sin importar las consecuencias por aquella falta de respeto a uno de sus superiores.

Mía. Mía. Mía” murmuraron sus instintos más primitivos.

El vestido le quedaba como un guante, dejando al descubierto aquellos aterciopelados hombros que brillaban tenuemente, perfilando sus senos, ciñéndose a su estrecha cintura, amoldándose a sus redondeadas caderas... pero su mirada se detuvo en lo que hacia de aquel qipao de seda negra una vestimenta sumamente erótica; las aberturas laterales de la falda desde donde la cara exterior de los níveos muslos hasta los tobillos de aquellas preciosas piernas tonificadas quedaban a merced de quien mirase.

Definitivamente iba a tener un problema para controlar sus celos y su posesividad esa noche. “Mía

Volvió a arrastrar la mirada por el delicioso cuerpo femenino, desbordando sus intenciones en el candor de sus ojos y pupilas dilatadas y finalmente se deleitó con aquel rostro, ligeramente maquillado, que le dejaba sin aliento. Akane se había recogido el cabello, dejando algunos filamentos lisos sueltos, confiriendo un toque informal y extremadamente provocativo... porque a Ranma le daban ganas de hundir sus manos en aquel moño y ver como se desbordaba aquel manto azabache entre sus dedos. Sus preciosos ojos rasgados estaban perfilados en negro, aclarando el color de sus irises, provocando la ilusión de que eran del color de la miel rociada por el sol. Y sus labios, de un rosa pálido al natural, habían sido coloreados de un rosáceo más oscuro y acentuados con brillo, como si acabase de deslizar un cubito de hielo por sobre ellos. Decir que era la mujer más espectacular del mundo, para él era decir muy, muy poco. Y decir que estaba excitado, era como decir nada. Estaba a punto de volverse loco, de perder el control... y de mandar todo al infierno por ELLA.

―Tengo la tentación de dejarte encerrada en casa ―confesó con la voz ronca, en una mezcla de pasión, celos y agresividad contenida, tratando de refrenar el impulso de devorarla. Pero la sonrió con un toque erótico-perverso mientras se acercaba a ella. Acarició el contorno del rostro femenino con los nudillos, con tanta delicadeza y ternura como si ella fuese el más frágil de los cristales y sugirió con los dientes apretados― ¿Podríamos saltarnos la cena, Dama?

―No... ―contestó sofocada, deslizando su propia mano por encima de la de Ranma ―. Tengo hambre ―entrelazó sus dedos con los de él y guió la extremidad hasta posarla en la parte baja de su espalda donde su amante la apretó ligeramente contra él, haciéndola plenamente consciente, por si no se había percatado, de lo excitado que estaba―. Y vamos a tener toda la noche para nosotros... ―susurró dejando que el aire contenido en sus pulmones se deslizase entre ellos.

―Con toda la noche no tengo ni para empezar... ―arrastró cada una de las letras, mascullando sobre esos labios brillantes, antes de separarse y guiarla fuera del apartamento.

* * * * *

Akane se removía inquieta en el asiento, dando golpecitos impacientes sobre su regazo en un ritmo constante mientras su vista se perdía a través de la ventana del coche. ¿Dónde demonios iban?

Por mucho que le había preguntado y acosado, Ranma se había negado a responder dónde iban. En un principio, por la dirección que había tomado parecía que se dirigían hacian Shinjuku, donde las tiendas más prestigiosas y los restaurantes más lujosos de Japón, y medio mundo, se daban la mano, pero lo atravesaron y siguieron hacia delante. Akane clavó unas pupilas más que sorprendidas en él. Conociendo a su pareja, y el derroche de dinero que tendía a gastar con ella, algo con lo que Akane solía sentirse incómoda, ése debería ser el barrio donde tendrían que haber ido esa noche. Pero Ranma simplemente se limitó a sonreír de aquella forma pícara suya y volver a darla un lascivo respaso de arriba abajo antes de clavar su mirada azulina, brava, tan oscura, brillante y cargada de deseo, en la carretera.

Quince minutos más tarde Akane vislumbró un alto edificio de color marfil que resplandecía con una ilumincación dorada, que reconoció de inmediato. Sus ojos se movieron rápidamente en derredor por la zona, como si no estuviese muy segura de que en realidad estuvieran por allí. No, no había duda, estaban en Chinzan-so y se dirigían directamente...

―Estás de broma... ―susurró con la voz atragantada, mirándole con la boca abierta.

―¿Tú crees? ―contestó con una sonrisa, haciendo el giro e introduciéndose en el camino de entrada.

Unos farolillos que simulaban ser grandes velas iluminaban el sendero, que rodeado de vegetación, helechos, arbustos, árboles y cerezos no dejaban ver más allá del precioso jardín tradicional del parque de Chinzan-so. Y cuando salieron de aquel túnel de verdores negruzos velados, ante ella se reveló la entrada al lujosísimo Four Seasons.

Antes siquiera de que Ranma detuviera el coche dos hombres perfectamente ataviados y excesivamente serviciales se acercaron. Uno de ellos abrió la puerta del conductor, el otro, con la vista clavada en el suelo, ayudó a Akane a salir del coche, finalizando con una profunda reverencia y una bienvenida en el rango del lenguaje más formal existente.

No podía creer que estuvieran allí... ¿Pero quién era él? Por Dios, sabía que tenía dinero, no solo porque Ranma se lo hubiese dicho si no porque la ropa que tenía en el armario y su coche no eran precisamente baratos ni económicos de mantener pero... ¿A cuánto ascendía esa cifra? ¿A qué nieveles llegaba aquello? Un escalofrío recorrió su espina dorsal cuando la tomó de la mano y la condujo dentro del hotel.

La recepción era gigantesa. Las paredes y el suelo eran de brillante mármol blanco, éste último con un intrincado dibujo en dorado en el centro, como una especie de mezcla de rosa y espiral. El techo era una enorme bóveda de cristales laspislázulis empañados, que vertían una luz azulada sobre la estancia, en contraste con una impresionante lámpara de destellantes cristales con forma de hojas transparentes que colgaba en el centro, la cual vertía una luz blancuzca con algunos reflejos del arcoiris en el suelo. Grandes jarrones negros en forma cuadrangular con llamativas flores amarillas y blancas adornaban cada lado del enorme mostrador de madera oscura y mármol negro, mientras que de la pared que quedaba detrás colgaban algunas enredaderas de un verde muy vivo.

Buona notte, signore Berlasso ―dijo la recepcionista en italiano para sorpresa de Akane, antes de dirigirse a ella con una sonrisa y saludarla en japonés formal haciendo una reverencia de noventa grados. Aquellos ojos negros volvieron a posarse en su pareja, mientras con ambas manos le tendía un papel con el nombre del hotel grabado en oro.

A ella no se le escapó que, a pesar de la profesionalidad de la joven recepcionista, no podía evitar mostrar un particular interés en Ranma, observándole con fijeza y un brillo que ella conocía muy bien en los ojos. Quería morderla.

Buona notte ―respondió él leyendo por encima sin prestar ninguna atención a la chica. Entonces, otra sorpresa parecía preparada para Akane. Su pareja tomó el bolígrafo que le tendía la joven y firmó el impreso con la mano derecha mientras volvió a decir algo en su idioma de origen ―Tutto é preparato?

La tavola è preparata in “Il teatro” e la sua suite sta sperando ―otra vez, aquella mirada brillante mientras contemplaba el perfil de Ranma. De verdad que quería morderla.

Grazie―dejó el bolígrafo sobre el papel y clavó sus ojos en su Dama. Si por él fuera, Akane sería su entrante, primer y segundo plato y el siempre delicioso y suculento postre.

Colocando su mano posesivamente en la cintura de ella, la arrimó contra él, sintiendo sus curvas contra su cuerpo, y la encaminó hacia el restaurante. Se había percatado de que Akane había permanecido tensa durante la escueta conversación. Sabía cómo le miraba la recepcionista, porque lo hacía de forma descarada, y a pesar de que él no le prestó el mínimo interés, porque su interés estaba malditamente obsesionado con su Dama, ella no había podido evitar sentirse amenzada al no entender lo que decían.

―¿Berlasso? ―preguntó por fin con un deje amargo en la voz. Celos.

―Es el apellido de mi madre ―murmuró agachándose y poniéndose a la altura de su oído, sonriendo cuando la sintió estremecerse con un ligero gimoteo brotando de aquellos labios brillantes.

Y entonces, en un movimiento fluido y ligero la arrinconó contra una de las frías paredes marmóreas sin importarle quién les viera. Porque allí, en el Four Seasons, disfrutaban del anonímato que les ofrecía el hecho de que los empleados habían visto todo tipo de excentricidades del rico.

―¿Qué nos pasa ésta noche Dama, que no podemos dejar de comernos con los ojos ni un momento? ―le susurró, acariciándole el rostro con los nudillos y recorriendo con sus pupilas el color de aquellos ojos marrones que le miraban con una mezcla de advertencia, incomodidad y excitación.

Sus manos se deslizaron sobre la suave seda negra, recorriendo el contorno de la cintura, la sinuosa cadera.

―Tú no te has fijado ―su voz ronca, con agresividad contenida. Sus ojos brillantes, las pupilas dilatadas por el deseo, fundiendose con la mirada femenina ahora ardiente y deshinibida―, pero el cabrón de recepción ha estado babeando sobre la mesa desde que te vió entrar ―Sus dedos introduciéndose por las aberturas laterales del qipao y la suave y nívea piel de Akane quemando contra la suya ―Quería matarle ―murmuró contra el fino cuello, besándole sobre la yugular palpitante.

Ella gimió otra vez, y deslizó sus manos sobre sus hombros, apretándole con fuerza, sosteniéndose en él.

Y Ranma casi pierde la cabeza.

Despegó su cuerpo del de Akane, dejando tan solo que sus frentes se tocaran. Quería suplicar que subieran, que le dejase llevarla arriba... pero sabía que no podía controlarse a sí mismo. No solo por la excitación, como si eso no fuera suficiente, si no porque la falta de sueño le volvía más irritable y agresivo en general, y en especial en la cama. Y no quería hacerla daño. No el “daño” que se le estaba pasando por la mente. No lo que su cuerpo le exigía.

Sacó suavemente las manos de debajo del qipao, con pesar, recolocando la tela sobre las piernas. Se separó de ella con cuidado, como si un movimiento brusco pudiera hacer que uno de los dos se lanzase sobre el otro como un salvaje, y la miró con voracidad mientras se acomodaba entre los pantalones.

―Dios... ―contuvo el aire y tratando de recomponer su postura, volvió a rodearle la cintura y a pegarla a su costado―...vamos a cenar...

* * * * *

El restaurante italiano, “Il Teatro”, que estaba dentro del propio hotel, era una ostentación más sobre el lujo. La iluminación intimista, las mesas amplias, de manteles impecablemente blancos, que estaban adornadas con un centro de cristal con pequeñas flores violaceas, pétalos de rosas rojas y velas llameantes con forma de flor que flotaban en el agua del recipiente. Una lenta música de piano se esparcía por la instancia, confiriendo aún más romanticismo al lugar.

Les sentaron en una mesa un poco apartada, que preservaba aún más su intimidad. Akane notó como algunos de los presentes observaban con curiosidad cómo les llevaban a aquella parte, separada del resto por altos biombos de madera, así que supuso que sería la zona más exclusiva del restaurante. Dos camareros perfectamente uniformados en blanco se presentaron en el acto, colocando las copas de pie, los cubiertos dorados sobre la pulcra servilleta doblada, y trayendo los menús. Sin ni siquiera leerlos Ranma pidió inmediatamente una botella de Lambrusco y una copa de whisky, provocando una nueva sorpresa en Akane. Él nunca bebía cuando salían juntos.

Sus miradas se encontraron y ella sintió como las chispas fluían en el aire. Aquello era la más pura, extremadamente lujuriosa y erótica tensión sexual que cualquier pareja pudiera padecer en su vida. Era casi insostenible... y ella se echó a temblar de anticipación, sintiendo como su cuerpo se preparaba, humedeciéndose. Con un toque de vergüenza sintió como el abrasador calor se esparcía en sus mejillas. Dios, si solo la tocaba, si solo la rozaba iba... iba... a correrse humillantemente. Desvió la mirada hacia la servilleta, como si fuese lo más interesante del mundo.

―No me mires así ―suplicó con un hilillo de voz entrecortado, tratando de controlarse.

―¿Así, cómo? ―preguntó él con la voz rasgada, muy ronca y grave. Exactamente el mismo tono y volumen con que le hablaba cuando estaban a punto de llegar al orgasmo.

Akane gimoteó y se mordió los labios, cerrando los ojos con fuerza y tratando de pensar en algo que le resultara sumamente desagradable. Cuando consiguió formar la imágen, procuró no jadear cuando le respondió.

―Como si fuese la comida ―y fijó sus pupilas sobre él, tratando de hacerle ver que necesitaba urgentemente que dejara de hacer eso. Que dejara de provocarla, incitarla, calentarla, excitarla, castigarla por no haber renunciado a la cena y haber ido directamente con él y hacer el amor como dos descontrolados felinos en celo ―. Háblame de tu familia.

Ranma se recostó contra la silla, con una mano sobre la mesa y la otra perdida sobre su regazo. La observó unos segundos en silencio, disfrutando de lo maravillosa que se veía así, tímida y tratando de guardar la compostura, cuando ambos sabían lo deliciosamente deshinibida que se volvía cuando estaban a solas. Dios, cómo pensaba disfrutar en cuanto le pusiera las manos encima.

Uno de los camareros llegó y estiró el tiempo de impaciente tensión. Abrió la botella de vino y esperó a que Ranma le diera su aprobación. Cogió la copa con la mano derecha, sosteniéndola entre los dedos, y la acercó a sus labios, sin apartar la mirada de ella, seduciéndola, como si con aquella imágen pudiera hacerle entender cómo pensaba saborearla a ella en cuanto estuvieran solos. Paladeó un sorbo de vino, tragándo el líquido dulce y espumoso, y dejó la copa sobre la mesa, aceptando la botella. El hombre les rellenó las copas hasta la mitad y sirvió el whisky que había pedido en un vaso con hielo ancho, grueso y pesado. Antes de que el hombre hablara, Ranma levantó una mano despachándolo.

―¿Qué quieres saber que no sepas ya? ―Distraídamente, acarició el vaso mientras la hablaba con voz pausada y tranquila.

―Nunca me has hablado de tus sobrinos ―sentía la imperiosa necesidad de hablar y hablar y hablar más. Necesitaba distraerse. Apoyó los brazos en la mesa, inclinándose ligeramente, mostrando auténtico interés ―. Eran tres ¿verdad?

Nerezza, Dario y Vicenzo―movió la copa entre su mano, haciendo circulos con ella, observando como los cubitos se movían ―Nerezza y Dario son de mi hermana. Niña y niño. Nunca les he visto ―confesó con un deje amargo ―. Son mellizos y nacieron hace un par de años. Vicenzo tiene cinco ―sus ojos, con un toque de furia, se desplazaron hasta el rostro de Akane ―. Nació a los siete meses de encontrarles juntos ―Ella no dijo nada, se limitó a contemplarle con aquellos grandes ojos marrones muy atentos. Maldita sea. Le tenía a sus pies. Le tenía bien cogido por los... ¡Joder! Si ella le pidera la Luna, iría a por ella. Tratando de calmar ese torbellino de sentimientos y la necesidad de poseerla, cogió la copa de whisky y dió un trago largo, distrayendo a su cerebro, deleitándose con el quemazón en la garganta ―. Por lo que recuerdo, de la última vez que le ví, era bastante tranquilo y observador. Bastante alto para su edad. Tiene los ojos azules como su padre y el pelo castaño como su madre ―Elevó los hombros y se terminó el whisky ―. Me cae bien.

* * * * *

La cena fué una tortura para ambos. A pesar de que disfrutaron de una conversación fluída sobre la familia de él, en la que en más de una ocasión se instauraron tensos y cortos silencios, de unos platos deliciosos y de un Lambrusco del que dieron buena cuenta entre los dos, estaban ansiosos por marcharse. Pero Akane quería tomarlo con calma y cada vez le estaba costando más refrenarse a sí misma y refrenarle a él ¿Cuántas mujeres en el mundo podían permitirse disfrutar de una cena en el Four Seasons? Muy pocas. Quería saborearlo, porque estaba claro que la noche iba a paladearla... hasta emborracharse.

Pero entonces, él llegó al límite.

―No aguanto más ―dijo Ranma levantándose bruscamente del asiento. Rodeó la mesa y la sujetó del codo, obligando a que se levantara ―. Nos vamos ―ordenó entre dientes, mientras prácticamente la alzaba de la silla. Cuando la tuvo a su altura, una mano se cerró sobre la nuca femenina y la aplastó contra él, besándola como si fuese la última vez que pudiera hacerlo y mordiéndola el labio inferior, reclamándola. Cuando se separó de ella, le retuvo una mirada amenazante que le recordaba que no admitiría una negativa a la orden ―. Ahora.

Cogidos de la mano atravesaron el restaurante con dirección a los ascensores.

Akane prácticamente tenía que correr para seguirle el paso, pero no le importaba, no iba a hacerle ir más despacio. Ya bastaba de alargar lo inevitable. Cuanto antes empezaran, antes disfrutarían. Una sensación burbujeante recorría su torrente sanguíneo y una nerviosa sonrisa se había instaurado en sus labios.

Cuando se introdujeron en el amplísimo ascensor Akane pensó que Ranma se le echaría encima pero, otra vez, para su sorpresa, él se mantuvo alejado, casi en el otro extremo del cubículo, con la mirada fija en las puertas doradas que reflejaban sus siluetas borrosas y deformes y los brazos cruzados sobre el pecho. Ella sabía que su amante estaba al borde de perder el dominio que le quedaba... y Dios, ella estaba deseando que lo hiciera. Lo quería fuerte, salvaje y primitivo.

El ascenso hasta la última planta del edificio se le hizo interminable, pero cuando el timbre anunció su llegada, Ranma la dejó pasar primero y aprovechó para repasarla de arriba abajo, por millonésima vez esa noche. Murmuró un tenso “a la izquierda”, caminando a su lado pero sin tocarla. Porque si la tocaba...iba a desnudarla allí mismo.

Sacando la llave magnética, abrió la puerta de la suite y la invitó a pasar primero con un gesto de la mano. Y Akane se paró un instane en el quicio, con los ojos muy abiertos, para dar unos pocos pasos cortos, como si temiera que aquella visión se deshiciera.

La habitación era inmesa, preciosamente decorada en una mezcla perfecta entre lo oriental y lo occidental. Suelos de tatami, paredes de panel japonés, jarrones de porcela china, alto bambú en un rincón, dibujos en pergaminos colgados en las paredes. Muebles de lienas rectas, minimalistas de suaves colores ocres, maderas, mieles y blancos. El sensual aroma a vainilla que inundaba la instancia provenía de las velas aromáticas colocadas sobre las mesitas de noche, el sinfonier, las baldas y en el suelo, en los rincones, iluminando todo, provocando pequeñas burbujas de luz dorada e intimistas espacios entre sombras. Una enorme cama mullida contra una de las paredes, pulcramente hecha, con dos esponjosas almohadas, con petalos de rosas rojas esparcidos sobre el edredón nórdico que descendían hasta el suelo y dibujaban un camino sobre el tatami y entre las lágrimas de fuego. Era como si cada detalle del hotel y el restaurante hubieran sido un prólogo encubierto a lo que la esperaba en el dormitorio.

Akane quería llorar de felicidad. Se giró con una sonrisa, tratando de encontrar palabras que expresaran lo mucho que aquello significaba para ella, pero Ranma no la dejó. La guió hacia la derecha, siguiendo el camino de pétalos de rosa, hacia una pared cubierta con cortinas de espesa gasa blanca. Descorrió las telas de un tirón y ante sus ojos se desveló un templo... una preciosa réplica de un antigüo templo de grandes baldosas de mármol amarillento que albergaba en el centro una piscina del agua más cristalina que alguna vez imaginó ver. Columnas jónicas se asentaban a los lados sobre un suelo de mosaico, sosteniendo una hermosa vidriera de espejos que reflejaban el líquido transparente y que proyectaban sus ondas plateadas sobre las paredes, el suelo, y provocaba curiosos efectos en la nebulosa formada por el agua caliente. Un halo mágico y sensual que vibraba en todo el lugar, fundiéndose con ellos, impregnándoles la piel y avivando aún más los ya excitados sentidos a través del aire espeso.

Aquel lugar era como una reminiscencia antiquísima. Era como trasladarse en el tiempo a la Grecia clásica y gozar de rememorar una época esplendorosa, brillante, y disfrutar del privilegio, reservado tan solo para unos pocos afortunados, de revivirla por unos fugaces instantes...

Sintió cómo los brazos de Ranma le rodeaban la cintura con tal delicadeza que parecía esperar que se desvaneciese entre las manos si se movía con más anhelo, como si ella fuese parte de aquella neblina del pasado y perteneciese a ésa visión antigüa. Adoraba cuando la tocaba así, con ese temor a perderla, porque la hacía apreciar de un modo diferente lo mucho que significaba para él, lo que ansiaba cuidarla y protegerla.

―¿Te gusta? ―susurró él con voz grave y quebrada sobre el cuello de Akane, conteniendo el arrebato de lujuria que le incitaba a empujarla contra la pared y hacerla suya. Tenía que tranquilizarse. Tenía que mantenerse bajo control. Acarició la porción de cuello desnudo con los labios, en un roce sútil que consiguió hacerla estremecerse y dejarse vencer contra él, abandonándose casi por completo entre sus brazos.

―Es precioso ―respondió colocando sus finas y níveas manos sobre los fuertes antebrazos de Ranma, acariciándole con la yema de los dedos en un toque distraído y arañándole al mismo tiempo con cuidado, provocándole.

Y entonces le escuchó aguantar la respiración, tensarse un fragmento de segundo y soltar el aire a continuación como si cargase con demasiado lastre para mantenerse en pie.

―Akane... ―masculló apretándola más contra sí, pretendiendo advertirla ―... lo siento...

―¿Por qué? ―su respuesta fué un gimoteo quejumbroso de necesidad, mientras sentía las manos masculinas deslizándose por sus caderas, provocando que allá por donde se posaban se le calentase la piel con impaciencia.

―Porque la primera vez... no voy a poder contenerme... ―su voz rasgada y obscura, en equilibrio, sobre el hombro brillante y desnudo de su Dama. Susurrante ―. Necesito usarte...

Y ella se estremeció de deseo, anhelando la promesa que encerraban esas palabras.

Ranma introdujo los dedos bajo las aberturas del qipao, rozándole los muslos y demorándose en palpar sus formas. Le encantaban sus piernas, tonificadas, bien formadas, hechas para enredarse en su cadera y mantenerse con fuerza contra él. Dios, era deliciosa. Era hermosa, perfecta. Desprendía un aroma dulzón y afrutado que mezclado con la vainilla y el calor le daban una sensación de embriagez que le desesperaba. Mientras luchaba con sus deseos más oscuros, mordisqueó el largo y delicado cuello femenino... tan, tan frágil... por un instante sintió un estremecimiento de terror y un impulso salvaje de morderla. Su mano izquierda se hundió por debajo de la seda negra del vestido, introduciéndola entre sus muslos, acariciando el interior de ellos sobre aquel trocito de tela que cubría con desvergüenza el lugar caliente y húmedo donde quería enterrarse y perderse para siempre. Pero su mano derecha se arrastró hacia arriba por el frontal del cuerpo de Akane, apretando contra su vientre liso, navegando entre sus pequeños pechos pesados y excitados, para terminar apresando su garganta entre sus dedos con fuerza, dominación, obligándola a girar el rostro para contemplarla.

Akane gimoteó cuando sintió que la tomaba del cuello. Su boca seca, sus ojos entrecerrados, cubiertos por sus espesas pestañas negras, vidriosos por la necesidad. Él se detuvo un instante en sus avances... sus dedos calientes apresándola por debajo del vértice de la mandíbula, su otra mano sobre el tanga. ¿Por qué se detenía? ¿Por qué? Cuando consiguió que sus ojos enfocaran el rostro masculino que tanto amaba, sintió como le flaqueaban las rodillas. Aquellos irises azules se perdían en la negrura propia de las pupilas casi excesivamente dilatadas, había fuego y un toque de crueldad en su mirada que se clavaba en ella como si la viera por primera vez. Había una necesidad primitiva, descontrolada... Quería usarla y ella quería sentirse usada. No quería que le hiciera el amor... Quería dejarse llevar, dar rienda suelta a esa profunda oscuridad que también habitaba en lo más profundo de su cuerpo, llegar al éxtasis en una vorágine de espasmos, golpes profundos, mordiscos, arañazos, rugidos, sudor y lágrimas. Quería, por una vez, mostrar ese lado salvaje que nunca se había atrevido a dejar escapar hasta que se sintió lo suficientemente segura con alguien, lo suficientemente querida, respetada... hasta que llegó él, primitivo y dominante, al borde de un abismo, a punto de caer... y de arrastrarla. Pero Akane también sentía miedo. Un miedo acrecentado por la excitación hacia lo desconocido, de no saber hasta dónde era Ranma capaz de llegar. Y miedo a no poder detenerle si era incapaz de resistirlo... y eso era lo que la refrenaba a dejarse llevar y darle una señal para que se desbocara por completo...

Por unos instantes tan solo se observaron, con las respiraciones pesadas, con sus bocas muy juntas, como si cada uno temiese la reacción del otro.

Necesitaba evaluar hasta qué punto iba a dejarle hacer, hasta qué punto podía dar rienda suelta al amor, al deseo, a la necesidad que sentía de ella, por ella... pero también de dejar fluir la agresividad, el miedo por perderla y a la frustración de no poder hacer más para protegerla de todo. Dar rienda suelta a todas esas emociones que se mezclaban en su interior, luchando con fiereza las unas con las otras. Y, maldita sea, sí, pagarlo con ella como si fuese la culpable de todo, desfogarse en ella y liberarse de todas sus cargas al menos unos segundos perdiéndose en su cuerpo.

Ranma apretó ligeramente más sus dedos entorno al cuello femenino y la observó, conteniendo el deseo de devorarla la boca y la lengua, de morderla y reclamarla. Akane gimoteó entrecerrando los ojos y echando la cabeza un poco más atrás, permitiéndole un mejor acceso a su garganta. Tragó con pesadez y Ranma sintió el forzoso movimiento de los músculos y la pequeña nuez. Se lamió los deliciosos labios rosados entreabiertos, brillantes por el maquillaje pero no por el rastro de humedad que acababa de dejar. Entonces detuvo la presión y acarició con suavidad y reverencia la piel femenina tersa y ligeramente enrojecida por el agarre. Y obtuvo el permiso que necesitaba de aquellos precioso ojos marrones que se abrieron de golpe y que le miraban con apremiante necesidad, una pizca de miedo y otra de resentimiento por haber detenido el juego.

Volviendo a apretar su mano contra la garganta la forzó a girarse entre sus brazos en un movimiento brusco. La pegó contra su cuerpo, como si pudiera fundirla con él, y su boca devoró con ansiedad aquellos labios gruesos y suaves, tragándose la respiración agitada y los gemidos de placer. Sintió como las manos de Akane se arrastraban sobre los botones de su camisa y cómo trataba de desabrocharlos sin éxito. La empujó por el cuello contra la pared ahogando con la lengua el quejido estrangulado que brotó de ella cuando se golpeó la espalda contra el muro. Y entonces escuchó como se rasgaba la seda y un tirón le recorría todo el frontal del cuerpo.

La mordió el labio inferior con rabia, antes de separarse lo suficiente como para que sus pupilas enfocasen el rostro sonrosado. Apretó sus caderas contra ella, frotándo su erección con el punto álgido del placer femenino, y acarició el contorno de su mandíbula con un deje tierno, descendiendo el pulgar por la yugular, como si estuviera cerciorándose de que aún latía su corazón. Y la observó con severidad.

Akane se ahogó en aquella mirada furiosa, se ahogó ante la sensación de poder, lujuría y cruda sexualidad que emanaba de él. Se ahogó ante la idea de lo que la haría. Él descendió la mirada por la camisa rota, y ella aprovechó para observar aquel cuerpo trabajado, aquel amplio pecho y aquellos abdominales marcados. Músculos sudorosos, inflamados de sangre, repletos, en pleno auge y preparados para el sexo. El anillo azul en sus irises volvió a clavarse sobre ella con rapidez, examinándola con la mirada de una pantera, que advertía a su presa de lo doloroso que iba a resultar sucumbir si no obedecía. Dios... no podía creer que aquello la excitara tanto... no podía creer que sintiera que iba a estallar en cualquier instante. Los dedos se aprisionaron en la base de su mandíbula y la empujó otra vez contra la pared.

―Mira lo que has hecho... ―susurró amenazante sobre su boca, con la voz peligrosamente ronca... con un marcado y fuerte acento. Deslizó el pulgar contra los labios hinchados, dibujándolos casi con curiosidad, antes de que ella lo tomara en su boca húmeda y caliente, chupándolo desde la base hasta la punta, en una descarada invitación.

Gruñó, desde lo mas hondo de su garganta. La soltó del cuello y sus manos se arrastraron con rapidez por el borde del cuerpo de Akane, recorriendo la cintura, moldeando las caderas. Introdujo los dedos por las aberturas del qipao, subiendo la parte delantera del vestido hasta la cintura de un tirón que a punto estuvo de rasgar la tela. Y deslizando las manos bajo el delicioso trasero, la levantó del suelo y la embistió contra la pared, empujando su erección provocativamente. Las suaves piernas femeninas se enrrollaron en sus caderas con fuerza, apresándole con impaciencia, preparándose para sus acometidas, y sus largas y frías manos se aferraron a su cuello, apretándole contra ella y besándole con fiereza y deshinibido abandono.

―Creo que ahora podríamos llegar sin penetrarte... ―dijo con un rastro de sonriente orgullo por ella y un toque de amargura por él. Quería meterse en ella y golpearla en lo más hondo, torturarla desde dentro. Lamió su garganta mientras cambiaba ligeramente de posición y la sostenía solo con el brazo izquierdo, liberando así su mano derecha, permitiéndose explorarla.

Akane empujó sus caderas contra él, arqueando su cuerpo, ofreciéndosele sin reservas... Aquello era delicioso, pecaminoso, decadente, casi vulgar... y adictivo hasta la locura. Ella le necesitaba, le necesitaba dentro de su cuerpo. YA. Y ante el roce de sus caderas contra el duro bulto entre sus pantalones, él respondió golpeándola con fuerza contra la pared otra vez. Y ella dejó escapar otro gimoteo desesperado. Muy cerca, muy cerca... tan cerca... tan condenadamente cerca...

―Hazlo otra vez... No pares... ―suplicó con la boca seca, con los ojos cerrados y dejándose arrastrar por la oleada caliente que nacía en sus entrañas, enredando sus dedos entre el cabello negro de él.

―Estate quieta... ―susurró a punto de perder la cabeza. El aire era condenadamente pesado, caliente, casi incendiario. Sus pulmones suplicaron por oxígeno y se impregnaron del olor a vainilla y mujer. SU MUJER. SUYA.

Con movimientos diestros desabrochó los botones superiores del lateral del qipao y con otro fuerte y certero tirón consiguió abrirlo, descubriendo uno de sus níveos y redondeados pechos que tomo en la boca. Lamiendo, succionando... mordiendo. Ella gimoteó, echando la cabeza hacia atrás cuando sintió el roce de sus dientes, arqueándose otra vez, reclamándole a su modo. “Sí...sí, más...”

―Joder, Akane...― volvió a advertirla con las mandíbulas prietas, desateniendo el seno para respirar, empujando su erección contra el tanga húmedo ―. Quieta... ―. Pero ella le ignoró. Volvió a presionar sus caderas contra él, arqueando su espalda como una gata desesperada y gritó su nombre con la voz rasgada, sintiendo como su garganta seca se resquebrajaba, dejando que sus manos se resbalaran por su cuello y sus uñas se clavasen en sus hombros...

Ranma aprovechó el inicio de aquel orgasmo para morderla el pecho, para afianzarla entre sus brazos y para, antes de que finalizase la explosión de placer femenino, enterrarse en ella de una sola y potente embestida que sintió llegar hasta lo más profundo, golpeándola en el interior. Y en esos segundos hizo uso de ella, como deseaba, con necesidad, con fuerza, con violencia... aprovechando los únicos instantes en los que el dolor y el placer se confunden en una misma sensación, satisfactoria, pletórica. En una sensación indescriptiblemente hermosa.

Ella gritó su nombre al sentir aquel ápice doloroso que consiguió incrementar el orgasmo que inundaba y hacia hervir todo su cuerpo como fuego. Enterró las uñas en sus hombros rígidos y tensos, le arañó sin miramientos, devolviéndole aquellos calambres tan peligrosamente excitantes. Y sin poder controlarse, Akane le mordió en el cuello mientras sus últimos sollozos de placer brotaban de su garganta. Y fué entonces, cuando sus dientes se clavaron muy cerca de la clavícula masculina cuando sintió cómo se derramaba en su interior al ritmo de sus largas y profundas embestidas, con un gruñido ronco y satisfecho.

Amaba lo que la estaba haciendo sentir. Lo que la había hecho sentir. Amaba que la llevase hasta esos límites. Amaba a ése hombre...y era completamente suya.

* * * * *

Con la respiración trabajosa, mareado y estaba seguro que teniendo una peligrosa bajada de tensión a juzgar por la velocidad a la que estaban bajando sus pulsaciones y su temperatura corporal, dejó que Akane resbalara por la pared laxa, como una gota de agua, y trató de estabilizarse cerrando los ojos y apoyándose contra el muro, procurando no aplastarla. Ella ronroneó de placer y le abrazó por la cintura, besando con ternura el lugar en el cuello en donde le había mordido, enfriando su piel allí por donde se vertía su aliento aún entrecortado.

―¿Sigues vivo? ―susurró con un almizlce de risa y sorpresa en su voz por lo que acababa de pasar. Él rió también, porque ella sintió la vibración de su caja torácica chocando contra la de ella y cómo estrangulaba el sonido ―Porque yo creo que estoy muerta...

―Solo dame un minuto... ―Su voz vertiéndose ronca sobre el sedosos cabello negro femenino ―...para resucitar.

Los dos rieron entre dientes con una mezcla de satisfacción y felicidad. Y por imaginar lo mucho que quedaba por llegar aún...

Ranma acarició su espalda por encima del suave qipao con parsimonia, como si estuviese calmando a una fiera salvaje. Y maldita sea, ella se había comportado así. Le había mordido con fuerza y arañado su espalda, las dos cosas hechas lo suficientemente fuerte como para abrirle la piel. Podía sentir el quemazón en el cuello y en los trapecios. [Y había sentido como se le disparaba la adrenalina, recorriendole las venas como fuego, justo cuando aquellas uñas se hundían en sus hombros.] Si ella iba a entrar en esos juegos con él... joder, iba a volverse loco. Iba a estar empalmado veintisiete horas al día, porque ya estaba así las veinticuatro horas, tan solo al pensar en su rostro, en su cuerpo, en su voz, en esa preciosa sonrisa, en cada gesto, cada argumento y pensamiento que compartía con él, en enterrarse en ella y olvidarse del mundo, en darla placer, oírla gritar su nombre al llegar al éxtasis... Era un maldito adicto a toda ella, en todas sus facetas, eso lo tenía claro. Pero si Akane no le ponía límites, podía volverse DEMASIADO adicto al sexo con su Dama.

Quería tocarle y saborearle y recrearse en saber que aquel cuerpo escultural era todo para ella. Le besó de nuevo en el cuello, justo sobre la marca redondeada que sus dientes habían dejado en la gruesa piel masculina y deslizó la yema de sus dedos por sus costados, hacia delante, hasta tocar sus marcados abdominales. Movió sus manos y deslizó la uñas sobre los músculos, dibujándolos. Bordeando el ombiglo, subió hasta su esternón, llegando sobre su amplio pecho. Las palmas de sus manos se volcaron por completo en sus anchos pectorales, brillantes, calientes y repletos por el esfuerzo, y se deleitó en sentir el contacto de aquella piel suave, de la forma en que se expandían y contraían al ritmo de la respiración agitada... y del latir potente de su corazón. Y un pánico voraz al pensar en perderle trató de corromper el maravilloso momento íntimo que estaban compartiendo...

Cuando sintió las pequeñas manos acariciando su cuerpo, todos sus músculos volvieron a tensarse, ansiosos y celosos los unos de los otros por recibir el contacto y atenciones de aquellos largos dedos, aquellas uñas, aquella boca... TODOS sus músculos. Hacía menos de un segundo creía que iba a desmayarse y ahora... estaba listo, otra vez.

Con un gruñido de impaciencia la tomó entre sus brazos y la llevó hasta la cama. La dejó con sumo cuidado sobre el mullido edredón nórdico y entre los aterciopelados pétalos de rosa roja, acostándose a su lado, cuerpo contra cuerpo. Ella venció su rostro a un lado, laxa y relajada, y le sonrió con tanta dulzura que se quedó sin respiración durante unos segundos. Y se deleitó observándola con adoración y reverencia. Dibujó la linea de sus mandíbulas con la yema de sus dedos y ella cerró los ojos, suspirando con placer. Acarició su mejilla, suave y tersa, ligeramente sonrosada, y ella se arrulló contra su mano, suspirando su nombre. Era lo más precioso y valioso que tenía en la vida e iba a demostrárselo haciéndole el amor con dulzura, con ternura, tomándose todo el tiempo del mundo, saboreando cada centímetro de piel, memorizando una vez más cada una de sus formas, de sus lineas, embebiendose de los sonidos que brotarían de sus labios, emborrachándose de su aroma... y le entregaría su alma resquebrajada, para que la sanara, carcomida por los demonios del recuerdo, del presente y del futuro, porque solamente ella los calma...

―Te quiero Akane ―susurró con un toque estrangulado. No iba a perderla, nunca. Aunque le costase la vida.

Ella abrió los ojos con suavidad aún con su rostro anidado entre la fuerte mano masculina y perdida en la embriagez y la soñolencia del placer. Volvió a sonreírle, con la mirada brillante.

―Yo también te quiero ―acarició su fuerte mandíbula, devolviéndole aquella caricia sutil y tierna. Colocándose de costado, se apretó contra él con fuerza y hundió su rostro en el hueco de su garganta, ofreciéndole un beso sobre la vena en donde su corazón aún latía con fuerza. Sintió como Ranma la estrechaba contra sus brazos, con un deje de anhelo y necesidad de protección, y Akane volvió a sentirse la mujer más afortunada del mundo por tenerle... ―Yo también te quiero...


Autora: AnDrAiA. Andrea Moore / Capítulo Revisado en: 19 Mayo de 2009 / Edición para: FanFiction


¡No puedo creerlo! ¡¡He terminado, he terminado!! No, no me refiero a terminar la historia... ¡Lo siento pero aún os queda bastante por aguantar para verla finalizada! :P

Me refiero a que he terminado de reescribir lo que perdí hace cosa de un año y algo más... que fué todo el capítulo 12 que me faltaba por publicar y la última parte del 11, que llevaba adelantado. Es increíble, pero he tardado lo mismo en reescribir lo perdido que en lo que tardé en escribir los doce capítulos antes de que desaparecieran. Pero, como muchos sabéis, soy una persona terriblemente controladora y exigente conmigo misma y si a eso le añadimos inseguridad... ¡Pues tenemos un buen lío por solucionar! No pude evitar constantemente pensar que lo que perdí era mejor que lo que reescribía... y me ha traído por el camino de la amargura este proceso... me ha costado sudor y lágrimas pero... ¡SE ACABÓ! ¡FINITO! ^_^

Ahora espero poder ser más rápida escribiendo, pues ya es solo dejar que mi neurona se exprese como bien le venga en gana siguiendo el guión que tengo, claro... ¡Lo que me falta ahora es tiempo! Exámenes, estudios, trabajo, otros proyectos, familia, amigos... En fin, trataré de avanzar lo más rápido posible, pondré todo de mi parte para tratar de conseguirlo... ¡Pero no depende solo de mi!

Gracias a todos vosotros lectores, por seguir ésta historia. Gracias, de todo corazón, por armaros de paciencia. Y gracias, muchas, muchas gracias a todos los que me mandáis vuestros ánimos, vuestro apoyo y sobre todo por vuestras opiniones y comentarios. Eso es lo que enriquece a un escritor No solo que leamos mucho, nos documentemos, imaginemos y escribamos, no. Porque... ¿Qué sería de alguien que crea historias si no tuviese a nadie que apoyase su trabajo? ¿Qué sería de un escritor si nadie le dice que disfruta con lo que crea e imagina? No sabéis el enorme placer y satisfacción que es saber que alguien está disfrutando de algo que tú has creado, que ha nacido de ti. Es una emoción, una sensación magnífica. Saber que puedes, con la palabra, transmitir emociones... saber que puedes llegar a otra persona. Saber que ésa persona puede estar en la otra punta del mundo y que has conseguido conectar con ella a través de un escrito... Pensadlo tan solo un instante. ¿No es algo maravilloso, casi mágico? ¿No os parece increíble?

CONEJA, Nia09, lorena, mafufa, Ishy, Rmtl_Des (Me ecantó tu comentario. ¡Lo adoré! Ay, como me gustan los comentarios así... ^^ ¿Te respondí por prviado? Dios, si no lo hice, dímelo. Soy el despiste personificado e igual puse intención de responderte pero se me olvidó. Confirmame si lo hice ¿vale? Quisiera de verdad contestar) Akai27, (Sí... en el siguiente capítulo llegan a Italia...), rosstock, mariaaajose, nodokoasama, gabita (¿Tres años? No puedo creerlo ¿Tanto tiempo? :O Me honras sobremanera...), AkaneKagome (Otro coemntario que adoré, así de simple. ¿Te contesté también a ti? Ay, Dios, qué desastre soy), Luna Gitana (¿Verdad que es horroroso cuando pierdes todo el trabajo? ¡Menos mal que decidí sacarlo a la luz, porque la idea inicial era guardármelo y cuando lo tuviese acabo publicarlo! ¿Tei maginas?) jcnena, 3-CiNdY-3, (me alegra mucho saber que te está gustando LS ¡Y que visitas Silver Sand! Ojalá que los igas haciendo y pues bueno, saber qué te parecen las otras historias ^^) Karina Natsumi , o0o0-nina-0o0o , lorena, Mayi, BABY SONY (¡Qué alegría volver a saber de ti...! ;)) Pido disculpas si me he dejado a alguien... ¡Pero sabes que también te agradezco a ti, de todo corazón, que leas ésta historia!

Mis agradecimientos muy, muy, muy, especiales van para mi GRAN AMIGA AINDREA, porque sin ella os aseguro que no sé si hubiese conseguido finalizar este proceso de reescritura. Su apoyo, sus ánimos, ésas charlas nocturnas de bien entrada la madrugada, sus consejos, sus críticas, opiniones ¡Esa santa paciencia que tiene cuando me he venido abajo en mis crisis de escritora! Ésta historia es prácticamente tuya por todo esto, amiga. Por todo esto y por mucho más que compartimos. Sabes que tenemos una conexión MUY, MUY, MUY ESPECIAL, lástima que nos separe ése endemoniado océano. ¡Pero algún día conseguiremos vencerlo! ¡Estoy segura!

Ya sabéis que cualquier comentario, sugerencia y/o apreciación son siempre bien recibidas . Y por cierto... ¡Me gustaría saber especialmente qué os ha parecido éste capítulo! ¡No olvidéis visitar Silver Sand! ;)

AnDrAiA


El nombre de los personajes, así como la serie de Ranma 1/2 pertenecen única y exclusivamente a Rumiko Takahashi, Viz Comunication, Fuji Tv, Glénat y todos los respectivos editores que han adquirido derechos de publicación en los diversos países en los que fué editada dicha a obra. Tomo prestados los nombres sin ánimo de lucro, ni finalidad comercial, por lo que no estoy incumpliendo ninguna ley.

Así mismo, la historia original aquí narrada, tiene sus derechos reservados bajo mi autoría. Andrea Moore.

Esta obra está bajo una Licencia de Creative Commons. --



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