Help
Home Just In Communities Forums Beta Readers Dictionary Search
: B s . A A A    : full 3/4 1/2   : E E   : Light Dark Movies » X-Men: The Movie » En otra vida, en otro mundo

SpAnIsH-lItTlE-gIrL
Author of 53 Stories

Rated: T - Spanish - General - Cyclops - Reviews: 31 - Updated: 07-09-06 - Published: 02-28-06 - Complete - id:2822462

Hola, terminé de escribir este fic hace poco. Me costó bastante redactarlo, en especial algunas partes. Por eso, fui posponiendo su publicación hasta que un buen día, lo terminé. Son 29 capítulos que iré subiendo poquito a poco. Se admiten sugerencias sobre la trama, pero os advierto que ya está acabado, así que no voy a cambiar nada. ¿Que algunas partes podrían ser mejores? Por supuesto, eso siempre es posible. Pero esto es lo que hay.

Si mi anterior fic ("Quizá, quizá, quizá") jugaba con la idea de un universo alternativo, en este la retomo. Simplemente, esta vez he dado un paso más. No creo que de ningún modo se pueda considerar esto un "what if?", aunque algunos tal vez no estén de acuerdo. En mi opinión, esto se aleja demasiado de las pelis, pero se basa en el universo de X-Men y X2, con personajes añadidos. ¿Punto de partida? Sencillo: un Scott cuya mutación ha quedado latente. Espero que me comentéis qué os parece. Estoy abierta a críticas siempre que sean constructivas y pueda aprender de ellas en lugar de tragarme una sucesión de insultos y descalificaciones. Eso no lo tolero.

Disfrutad.


Miércoles por la tarde. Los Summers estaban sentados en el sofá de su nueva casa viendo las noticias como tantos otros días, antes de preparar la cena. Parecía que el tema estrella seguía siendo esa ley que, de aprobarse, obligaría a los mutantes de Estados Unidos a registrarse y clasificar su grado de peligrosidad según su mutación.

En el noticiero mostraban distintos extractos de las posturas de las distintas partes. En aquellos momentos, Scott y Keira Summers escuchaban atentamente los argumentos de la doctora Jean Grey, que defendía la libertad para los mutantes. Según ella, cualquiera podía ser peligroso dadas las circunstancias apropiadas. Para contraatacar, el senador Robert Kelly usaba su ironía y se valía argumentos populistas, intentando meterse a la gente en el bolsillo.

Cansado de todo aquello, Scott apagó el televisor a la vez que chasqueaba la lengua. Keira le observó en silencio unos segundos y suspiró. Su esposo pasó el brazo por encima de sus hombros y la estrechó suavemente.

—¿Por qué lo has quitado?- le preguntó en un susurro.

—Me tienen harto con el temita- gruñó-. Que hagan lo que les dé la gana, pero que me dejen en paz. Total¿a mí qué me importa?

—No seas tan radical, hombre- tomó la mano de Scott de su hombro y la besó-. Ya me dirás qué te han hecho los mutantes a ti para que les odies.

—No los odio- Keira alzó una ceja-. De verdad. Simplemente, me ponen nervioso.

—¿Nervioso por qué?

—No sé…me intimidan un poco. Eso de que puedan hacer cosas supuestamente “imposibles” me pone nervioso. Mira lo que decía el tal Kelly, que algunos atraviesan paredes, o leen mentes. ¿Qué pasaría si unos de esos entrasen aquí, a nuestra casa?

—No me lo puedo creer- Keira sacudió la cabeza con una mueca de desprecio-. No conocía este lado tuyo. Eres un poquito exagerado¿no te parece? A mí me dan más miedo las tribus urbanas y no por eso voy por ahí intentando que encierren a todos los skins, punkis y demás fauna en el zoo como si fueran bichos.

—Nadie ha hablado de encerrarlos, pero sí me gustaría saber qué hacen.

—¿Vivir la vida, como tú y yo?

—Ya lo sé, pero…pero deberían hacer algo para evitar que hiciesen daño a las personas.

—Para empezar, deberías tener en cuenta que ellos también son personas. Son iguales que nosotros, solo que ellos pueden hacer cosas que nosotros no. Además¿qué van a hacer¿Matarlos a todos? Te recuerdo que hacer daño a alguien es delito, da igual que uses mutaciones o armas de fuego. El día que aprueben esa ley sobre los mutantes, me mudo de planeta, no vayan a tomar ejemplo aquí.

—¿Por qué¿Es que acaso eres mutante y no me lo has dicho?

—¡No, melón! Supongo que conocerás esa cita tan bonita atribuida a Bertold Brecht¿no? Se supone que el de letras eres tú.

—¿Te refieres a “Primero se llevaron a los judíos/ pero como yo no era judío, no me importó./ Después se llevaron a los comunistas/ pero como yo no era comunista, tampoco me importó./ Luego se llevaron a los obreros/ pero como yo no era obrero tampoco me importó./ Más tarde se llevaron a los intelectuales/ pero como yo no era intelectual, tampoco me importó./ Después siguieron con los curas/ pero como yo no era cura, tampoco me importó./ Ahora vienen por mí/ pero ya es demasiado tarde”?

—Sí, aplícate el cuento, cielo. Se empieza limitando a los mutantes y se acaba volviendo al fascismo y el nazismo.

Scott asintió y terminó sonriendo. Sí, su esposa siempre había sido más abierta a la hora de aceptar a los mutantes. No es que él los odiase, pero le infundían tanto respeto que se confundía con el temor. Y el temor conduce al odio. Solamente había conocido a un par de mutantes confesos en la universidad y siempre los había evitado por miedo. Sin embargo, en Keira habían desatado el fenómeno opuesto. Ahora eran amigos de ella y él debía soportarlos cuando los veía de cuando en cuando.

La pareja decidió levantarse del sofá e ir a preparar la cena. Keira decía no tener mucha hambre. Llevaba un par de días algo revuelta. Comía poco y tenía náuseas. A Scott le preocupaba, pero no se atrevía a recomendarle que fuera a ver un médico. Sabía lo poco que le gustaban a su esposa.

Ambos se habían conocido unos años atrás, en su primer año de universidad. Vivían en el mismo piso de la misma residencia, en habitaciones contiguas, y compartían un par de asignaturas, aunque tuvieran muy claro que sus estudios serían distintos: ella quería ser química y él, escritor y dibujante. A pesar de todo, el enamoramiento llegó rápido. Apenas llevaban dos meses en clase cuando decidieron hacer una locura que puso de los nervios a los padres de ambos: se escaparon a Las Vegas un fin de semana y se casaron.

Después de la universidad, un pellizquito ganado en la lotería y la persuasión de Keira hicieron que esta llevase a la realidad el proyecto que tenía en mente: productos higiénicos de comercio justo con ingredientes naturales y que no fueran probados en animales. Lo que había empezado como una tiendecita era ahora todo un imperio de franquicias, venta por internet y por catálogo que amasaba varios millones de dólares al año.

Con ese panorama, Scott podía dedicarse a la afición que había convertido en oficio. Dibujaba cómics y escribía relatitos. No era una gran estrella, pero le hacía ganar lo suficiente como para no sentirse mal. Sabía que si los negocios le iban mal a su mujer, podrían aguantar con lo que él sacaba, aunque no para darse grandes alegrías.

A pesar de todo aquello, todavía eran jóvenes y lo sabían. Acababan de cumplir los veintisiete, ambos el mismo día. Scott quería tener hijos ya, pero nunca se había atrevido a planteárselo a su esposa. Ella seguía tomándose la píldora todas las mañanas antes de entrar a la ducha y no parecía tener ganas de dejarla. Todo un jarro de agua fría para él, que se había prometido a sí mismo que tendría familia numerosa.

—Dígame usted, señor antimutantes¿qué haría si tuviéramos algún niño mutante¿Lo tiraría a la basura¿Recomendaría a su señora esposa que abortase¿Matar a fetos mutantes deja de ser pecado o aun así iría al infierno por algo más que por ser atea?- preguntó mientras lavaba un poco de lechuga para la ensalada.

—Si tuviéramos un hijo así…en fin, no lo íbamos a dejar de querer por eso, pero…sería bastante duro, sobre todo para él. Vale, sí, admito que los mutantes no me gustan ni un pelo. Lo malo es que no soy el único. Y los hay peores que yo. A mí, mientras que me dejen tranquilo, me importa un comino lo que hagan.

—Todo un borrego estadounidense. Menos mal que tu querida esposa canadiense te arrastró a su país para intentar normalizarte. En vano, debo añadir. Siempre serás un maldito yanqui.

Keira continuó preparando la ensalada mientras Scott no le quitaba ojo de encima. La notaba distinta, más hiriente que de costumbre. Keira jamás le atacaba con tanta vehemencia. A veces se burlaba de él, pero era algo mutuo y amistoso. En cambio, ahora parecía bastante molesta por lo que Scott consideraba tan solo una discusión tonta. Se acercó a ella y le dio un beso en la frente.

—¿Estás enfadada conmigo?- Keira sacudió la cabeza- ¿Seguro?

—Seguro.

—Es que llevas unos días que te noto rara. Te tomas todo muy a pecho y no sé si es que te he hecho algo, si te has cabreado conmigo o qué.

—No estoy cabreada, Scott- agachó la cabeza y suspiró-. Solo estoy un poco preocupada.

—¿Preocupada?- Keira asintió. Scott puso las manos sobre sus hombros y comenzó a darle un masaje. Se había sacado el título de quiromasajista y masajista deportivo al poco de entrar en la universidad- Estás muy tensa. ¿Qué te pasa¿Hay algo que quieras contarme?

—Sí. Siéntate.

Scott tomó asiento. Le preocupaba mucho la firmeza con la que su esposa le había ordenado que se sentase. Le estrechó las manos y se miraron a los ojos, azul contra azul. Keira bajó la vista y suspiró. Parecía cansada.

—Te he mentido. Creías que me tomaba la píldora, pero la tiraba por el desagüe. Llevo varias semanas sin tomarla. De hecho, no compré otra caja cuando la que tenía se acabó. Tenía un retraso de tres semanas y fui a la farmacia anteayer. Estoy embarazada.

—¿Qué¡Pero eso es fantástico!- se levantó de un salto y la abrazó- ¿Por qué no me lo habías dicho antes?

—Quería que fuera una sorpresa.

—¡Y vaya sorpresa! Esto hay que celebrarlo. Deja las cosas, nos vamos a un restaurante.

Con la berlina que proféticamente habían comprado apenas dos meses atrás, fueron a un italiano que frecuentaban. Era un lugar pequeño y tranquilo, con comida excelente y una atmósfera casi familiar. Solían ir por allí bastante a menudo. Tanto era así que los dueños, una pareja veneciana, ya les conocían por su nombre.

De vuelta a casa, estaban detenidos en un semáforo. Scott conducía mientras Keira dormitaba con una sonrisa satisfecha en el asiento del pasajero. Entonces, a su lado se detuvo una motocicleta. El joven que iba de paquete golpeó el cristal de la ventanilla de Keira, quien se sobresaltó y dio un respingo. Pretendían quitarle el bolso. Lo agarró con fuerza y tiró de él para que no lo lograsen. El ladrón decidió usar métodos más expeditivos: le dio un puñetazo que la dejó aturdida.

Scott no podía creer lo que veía. Se abalanzó sobre el ladrón y llegó a agarrar su mano antes de que arrancase la motocicleta. Se decidió a no soltarla mientras notaba que un velo rojo le cubría la visión, casi como si fuera una versión material de la ira que sentía. Solo supo que era real cuando vio la puerta del coche y la motocicleta destrozarse en un montón de pedazos.

—¡Dios!- aulló Keira, todavía confusa- ¡Scott, tus ojos¡Cierra los ojos!

Turbado y asustado, Scott hizo lo que su esposa le pedía. Se estremecía de miedo. Probó a mirar por una rendijita, pero se dio cuenta de que era mala idea. Ese algo rojo que salía a través de sus globos oculares acababa de destrozar el parabrisas. Tembloroso, salió dando tumbos sin atreverse a abrir los ojos otra vez. Keira le ayudó a sentarse en el asiento del pasajero, le abrochó el cinturón y condujo rumbo a casa.

—No te preocupes- le decía una y otra vez-. Todo va a salir bien, todo irá bien, te lo prometo.

Aunque ninguno de los dos se lo creía.



Return to Top