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Llegó el final. No es un final redondo y concreto de "chimpún", sino uno de los que a mí me gusta escribir. Aun así, no tengo pensado añadirle nada más a esta historia. Muchísimas gracias a todos los que me habéis leído, espero que os haya gustado la historia hasta aquí y que os guste este último capítulo.
29.
No depender de las aerolíneas convencionales era una gran ventaja. Warren lo sabía de sobra. Moviendo algunos hilos, consiguió permiso para volar a Ottawa. Era un piloto excelente y estaba deseando hacer algo para reunirse con Keira. Sabía que lo que su hermana le había dicho era muy duro y se negaba a dejar así las cosas. Iba a recuperarla a cualquier precio, era su familia. En unos meses había pasado de estar prácticamente solo, con unos padres que eran dos desconocidos, a tener parientes y disfrutar de su cariño. Y todo por ella.
Scott, por su parte, estaba desolado. No había querido ir de copiloto con Warren, no se sentía con ánimo. Prefería estar solo. Se metió en la parte del pasaje y se dejó caer pesadamente en uno de los asientos. Con desgana se abrochó el cinturón y cerró los ojos casi para obligarse a no llorar durante aquella hora escasa que duraba el vuelo.
No tuvo ningún éxito y no fue una sorpresa. Había llevado consigo un álbum de fotos, casi todas recientes. Eran un repaso de los últimos meses de su vida y de la de Keira. En particular, las imágenes de Violet fueron las que le hicieron romperse, aunque la auténtica explosión vino al ver una que no sabía que existía ni quién habría tomado. Era una foto de cuando todavía tenía los ojos tapados. En ella, Scott estaba tumbado en la cama, aparentemente dormido. Una Keira que parecía recién levantada sonreía y se estaba inclinando sobre él para darle un beso.
Cuando el avión tomó tierra y Warren lo hubo dirigido al hangar pertinente, fue hasta Scott. Lo encontró con el rostro congestionado y los ojos hinchados, pero sereno. Había logrado calmarse justo a tiempo. No quería que su cuñado volviera a verle en una posición de debilidad. Una vez ese día ya era más que suficiente. Con gesto distraído, echó mano al bolsillo y sacó unas gafas. No eran unas gafas de sol comunes, sino sus gafas de cuarzo rubí. Pesaban un poco más, pero las prefería a otras.
—¿Estás listo?- Scott asintió- Bien. El profesor Xavier me ha dicho que están en el hotel Minto Suite, hasta tengo su número de suite y todo. Vamos a por un taxi, se me ha ocurrido algo con lo que entretenernos y para que borres esa cara tristona que tienes.
Lo que planeaba Warren era en realidad una chiquillada, pero que arrancó un par de sonrisas furtivas a Scott cuando el taxista estaba a otras cosas. Y es que Warren había logrado convencer a su cuñado de que se hiciese pasar por un ciego especialmente torpe. Iba agarrado del brazo de Warren, pero chocándose y tropezándose con todo. Incluso había estado a punto de invadir la calzada. Fue el taxista quien le dio un berrido para evitarlo. Cuando les dejó en el hotel, Scott se sintió tentado de revelarle la verdad, pero ver cómo Warren se apresuraba a agarrarle del brazo otra vez hizo que desistiera.
—Eres un crío, Worthington.
—Un crío malcriado, no lo olvides. Ahora, te recomiendo que respires hondo y te armes de valor, que viene lo bueno.
—¿Crees que querrá hablar con nosotros?
—¿Sinceramente?-Scott le hizo un gesto de “pues claro”-No, no creo. Y me da igual. No sé tú, pero yo voy a ir a verla todos los días hasta que se digne dirigirme la palabra.
—No vas a ir solo, te lo garantizo.
Como Pedro por su casa, pasaron por la recepción y se fueron directos al ascensor. Dando la impresión de que sabían adónde iban, nadie les haría preguntas. Mientras subían los pisos, Scott aprovechó para quitarse las gafas y mirarse al espejo. Tenía una pinta horrible, todavía se notaban en su rostro los efectos del llanto.
Unos gemidos infantiles les avisaron de que estaban ante la puerta correcta. Aguzando el oído oyeron la voz suave de Keira canturreando y diciéndole cosillas a Alice. La niña pronto se tranquilizó e incluso dejó escapar un sonidito inarticulado de satisfacción. Fue entonces cuando Warren miró al techo, casi como solicitando ayuda divina, y golpeó la puerta suavemente con los nudillos.
Keira abrió la puerta con Alice en los brazos. Al igual que su marido, su rostro la delataba: había estado llorando. Miró a Warren y Scott con indiferencia y se metió dentro de la suite dejando la puerta abierta. Los dos hombres la siguieron con ciertas reticencias. Se trataba de una suite muy grande, con un dormitorio, dos baños, cocina completa, vestidor enorme, salón y comedor. Parecía que por una vez Keira había querido hacer ostentación de su poder adquisitivo y había reservado aquella suite, la mayor de todos los tipos de suites de una habitación que había en aquel hotel.
Keira estaba sentada en una butaca. Mecánicamente acariciaba a Alice, que parecía algo nerviosa pero estaba en silencio, mirándola. Por su parte Keira miraba distraídamente a través de la cristalera. Scott se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla. Su mujer no se movió. Tampoco cuando Warren la abrazó por detrás y le hizo cucamonas a Alice.
—Os dije que no me buscarais.
—¿Y pensabas que te íbamos a hacer caso?-preguntó Scott con voz suave, arrodillándose frente a ella y mirándola a los ojos.
—No podemos dejarte ir así como así, hermanita. Porque sí, eres mi hermanita. Me da igual lo que dijeras antes, sé que no lo pensabas. Anda¿me ayudas a soltarme las alas?
—No.
Warren chasqueó la lengua y se fue a correr las cortinas. Estaban en un piso alto, pero prefería no arriesgarse a que nadie le viera con las alas desplegadas. Dejó la chaqueta y la camisa en una silla y se soltó él mismo los correajes que ataban sus alas. Como solía, las sacudió un poco para desentumecerlas y terminó elevándose unos centímetros del suelo. Con un suave aletazo, se colocó detrás de Scott.
—¿No quieres saber cómo nos ha ido?-inquirió Warren. Keira negó con la cabeza.
—Ha sido horrible. Era un ser enorme y fortísimo, parecía casi un yeti. Pensábamos intentar hablar con él antes de hacer nada más bestia, pero no se ha dejado. Nos ha atacado. Incluso ha estado a punto de cargarse a Bobby. Lo he tenido que impedir matándole.
—Es cierto. Y al dispararle, ha estado a punto de matar a uno de los nuestros, que estaba subido encima de ese mutante. Por suerte, aunque ha resultado muy gravemente herido, tiene la capacidad de regenerarse y curarse de sus heridas muy rápido. Ha perdido muchísima sangre, pero ha logrado reponerse.
—Ah.
—Keira, no estamos orgullosos de lo que hemos hecho. No voy a volver a jugar a los superhéroes nunca más, no estoy hecho para eso. Odio la violencia, ya lo sabes. Recuerda la bronca que tuve con mi padre cuando nos trajo una pistola “para defendernos de cualquier ataque”. Ahora ya no nos hace falta con mis ojos, pero espero no tener que volver a usar mi mutación para hacer daño nunca más. No pienso ayudar otra vez a los X-Men. No soy un héroe, soy un hombre normal.
—A mí tampoco me gusta. Antes sí, era un modo de rebeldía, me gustaba el riesgo, el saber que podía ayudar a los demás. Ahora me importan más otras cosas. Tengo mucho que perder y no me compensa jugármela así. Llevaba años sin formar parte de una misión de los X-Men. Si esta vez les he echado una mano, ha sido porque no quería que Scott fuera solo. Quería estar ahí, con él, intentar ayudarle. Ya ves de lo que ha servido, no he podido hacer nada. Él ha sido el héroe del día. Tú le conoces mejor que yo, pero yo diría que va a tener pesadillas con el tema durante meses, igual que las ha tenido por los dos tipos a los que mató cuando su mutación se manifestó.
—Keira, perdónanos. No queríamos enfadarte. Tendríamos que haberte hecho caso, ir ha sido un error. No volverá a ocurrir, ya nos has oído.
Keira no respondió. Se puso en pie y se dirigió al dormitorio de la suite. Allí depositó a Alice en su cunita y le puso el chupete. Después, regresó al salón. Hizo ademán de ir a sentarse en su butaca, pero Scott y Warren no se lo permitieron. La levantaron en brazos y se la llevaron al sofá que había. La sentaron en medio y se colocaron a ambos lados. Estaban un poco apretados, pero lo preferían así.
—Keira…-comenzó Scott. Su mujer le cortó con un gesto y un sollozo.
—¿Qué os creéis¿Que podéis entrar aquí como si nada, pedirme perdón y arreglarlo todo¡Pues no, joder! No tenéis ni idea de lo que he sufrido pensando en vosotros. Igual que tú has herido a ese tío y matado a otro, podrían haberos matado a los dos. Por mucho que ya hayáis visto lo jodido que es hacerse el machito, no os ha importado probarlo. Si pretendíais demostrarme algo, os habéis equivocado. Ya te lo dije cuando nos casamos: no quiero un príncipe azul ni pienso ser tu damisela en apuros para que me rescates. No quiero héroes. No quiero nada, nada de vosotros.
—No vamos a dejarte- dijo Warren en un susurro-. Todo lo que tengo te lo debo a ti. Para Scott, eres su vida. Le has hecho feliz, le has dado una hija y os adoráis. Hemos cometido un error muy grave, pero no va a volver a suceder nunca más.
—Puedes estar seguro, Warren. No va a volver a suceder, no me vais a volver a hacer sufrir porque no voy a esperaros.
—¿Qué¿Vas a dejarnos de lado?-preguntó Scott en tono crispado- No, no puedes hacer eso. No puedes, Keira. No sé estar sin ti, mi vida no tiene sentido si tú te vas. Te necesito y lo sabes. Ni siquiera soy capaz de dormir si tú no estás conmigo. Y a Warren le has arreglado la vida. Antes era un niño de papá amargado y ahora es la alegría de la huerta. Ha pegado un cambio radical desde que os encontrasteis.
—Os advertí que…
—Ya, sabemos que lo hiciste. Pero los tíos a veces somos como los críos pequeños, hermanita. No basta con que mamá nos diga “no toques”. Sentimos la necesidad de tocar, aunque solo sea para hacernos daño. Entonces, cuando estamos lloriqueando en el suelo, nos damos cuenta de por qué no debíamos tocar. Y en el fondo nos alegramos de que mamá nos dé un azote por desobedientes¿y sabes por qué? Porque después del azote, mamá nos cantará el “cura, sana” y nos quedaremos como nuevos.
—Ya tengo un bebé del que ocuparme, no quiero dos más.
—Pues lo siento mucho, cielo, pero a este bebé le robaste el corazón hace casi diez años y el otro se ocupó de ti cuando eras pequeña. ¿No crees que ya es hora de compensarle?
—Compensarle no es poner el culo.
—Claro que no. Pero ya hemos sufrido bastante los tres. No puedes castigarte y castigarnos así, no va a servir de nada. Si estás así de alterada, es porque nos quieres, porque te importamos. Y si te importamos¿qué sentido tiene apartarte de nosotros?
—No es tan fácil.
—No, porque tú te empeñas en hacerlo complicado. Si en lugar de…
—¡Cállate, Warren! Tú y tu psicología barata de yuppie.
En aquel momento, Alice se echó a llorar. Keira fue a buscarla y la trajo al salón en brazos. La niña no tenía nada, pero parecía asustada. Su madre la mecía con suavidad, intentando no transmitirle la crispación del momento. En vista de que no lograba nada, Scott y Warren colaboraron haciéndole caricias a la niña. El bebé pronto se tranquilizó. Entornó los ojos y se quedó tranquilamente en el regazo de su mamá, mirando alternativamente a los tres con carita de pena.
—¿Quieres criarla tú sola? Sabes que al menos Scott tendrá que verla, que cualquier picapleitos conseguiría una custodia compartida. No hagas que nos pongamos brutos, por favor. Ninguno de los tres quiere una guerra de abogados porque no habría vencedores, solo vencidos. Y la gran perjudicada sería Alice.
Keira cerró los ojos y sacudió la cabeza. Resopló y le tendió el bebé a Warren. Algo tambaleante, se puso en pie y se encerró en el cuarto de baño más cercano. Scott la siguió. Con la oreja pegada a la puerta, la escuchó llorando ruidosamente. La puerta estaba atrancada, pero se la imaginaba al otro lado en una posición parecida a la que estaba: hecha un ovillo en el suelo, con la cabeza oculta entre las manos.
Al cabo de un rato, Keira abrió la puerta. Le cruzó la cara a Scott con dos bofetadas rápidas y fuertes y le tendió los brazos. Su marido la abrazó con firmeza y la apaciguó antes de que volviera a echarse a llorar. Ni siquiera se dio cuenta de que estaba sangrando por la nariz hasta que vio la mejilla de Keira manchada.
—Os odio a los dos, par de cabrones, hijos de puta¿quiénes os pensáis que sois?- gruñó de vuelta al salón. Scott la seguía cubriéndose la nariz con un pañuelo de papel- Menudo susto.
—Entonces¿nos perdonas?- preguntó Warren con una sonrisa angelical. Alice se había dormido en su regazo.
—No os lo merecéis, pero solo de pensar en el dinero que malgastaría en juicios para deshacerme de vosotros, se me quitan las ganas de hacer nada. Voy a llamar a la recepción. Que nos cambien esta suite por una con dos habitaciones.
—¿Para qué?
—No pienso moverme de aquí esta noche. Estoy cansada y no quiero otro rato de avión. La niña va a tener que comer dentro de media hora escasa y su mamá exige un masaje y muchos cariñitos u os vais por donde habéis venido.
—En ese caso, nada de cambio de habitaciones. Lo siento si queríais celebrar vuestra reconciliación por todo lo alto, pero el tito Warren se va a asegurar de que no hagáis cochinadas delante de esta belleza infantil. Me apetece acostarme con mi hermanita y mi cuñado, ya podéis ir haciéndome un hueco. Y si nos dicen algo los del hotel, les pago el recargo y todo lo que quieran, no es más que calderilla.
—¡Lo sabía! Dios, es que lo supe desde la primera vez que te vi: tú lo único que has querido ha sido llevarte a mi esposa a la cama todo este tiempo.
—Pues os va a dar igual a los dos, me vais a tener que rogar de rodillas que os honre con mi maravillosa presencia y que mi chiquitina os amenice la noche con su melodioso llanto. Y ahora, ya estáis pidiendo comida en el servicio de habitaciones, me muero de hambre.