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Author of 24 Stories |
Disclaimer: Nada de esto me pertenece, como vengo diciendo a lo largo de 37 capítulos...
Ahora sí, el FINAL. Después de esto no habrá nada más, por fin soy capaz de cerrar y terminar algo tan largo, aunque me haya llevado años. Gracias por estar ahí, por leerme y un agradecimiento especial a todas las personas que me han dejado un comentario alguna vez.
Epílogo: El niño que vivió
Alice y Frank aún seguían conmocionados por la noticia de la muerte de los Potter. Y quizás alguien pensara que les ocurría como a gran parte del mundo mágico, pero era diferente, era más. Ellos habían conocido a la pareja, habían trabajado y luchado codo con codo con ellos... y lo que era peor, aquello que aún les robaba la voz cuando intentaban actuar con normalidad: el futuro de Neville había estado tan cerca, pero tan cerca, de ser el mismo que el del pobre Harry...
Por eso habían tenido tanto miedo a las represalias, porque además sabían de primera mano que la mayoría de los mortífagos aún seguían vivos y sueltos por la ciudad. Tanto Alice como Frank sentían un terror insoportable ante la sola idea de que les atacaran en casa, con Neville allí con ellos. Por eso habían tomado la decisión más dura de sus vidas.
No habían querido abandonar a su hijo, dejarlo atrás, pero era la única forma de asegurarse que, de ser perseguidos, el niño no saldría herido. Augusta le protegería, ambos lo sabían y era la única tranquilidad que podían llevar consigo, pero aún así, la despedida había sido demasiado dolorosa.
Habían huido como habían podido, intentando ser lo más discretos posibles y siguiendo el consejo de Dumbledore y del propio Moody de no intentar una aparición a larga distancia. En caso de encontrarse con problemas no tendrían fuerzas suficientes para enfrentarse a nadie.
Fue en una de aquellas paradas hacia un pueblo perdido en Escocia cuando la risa de Bellatrix Black llenó sus oídos. En un segundo el claro de bosque donde habían aparecido se les quedó pequeño.
Ellos dos contra siete mortífagos. Frank pensó que no saldrían vivos de ahí, pero que tampoco iban a irse sin llevarse a alguien por delante. Miró a Alice y se sonrieron.
Se dieron un apretón de manos y agarraron con fuerza sus varitas.
La cordura del matrimonio Longbottom desapareció una hora después, con la vida de cuatro mortífagos.
ooo
Ella no paraba de dar vueltas por el salón; cada paso retumbaba en toda la casa, que se había sumido en el silencio desde hacía horas. Anne la miraba sin ver, sentada en una de las butacas cerca de la puerta de la habitación. Sus ojos aún estaban enrojecidos y las pestañas le brillaban por las lágrimas que no había dejado de llorar.
Apenas había amanecido el primer día de noviembre de 1981 y ninguno de ellos había pegado ojo. ¿Cómo hacerlo? Casey no podía ni hablar, no le salía la voz y ella lo que quería era gritar. Con sus manos lo hacia, le había pegado una bofetada a Remus la primera vez que el chico habló de Sirius.
La segunda bofetada la había parado Anne, viendo que su novio permanecía impasible. Él no había vuelto a hablar desde entonces pero ni su mirada triste ni sus lágrimas silenciosas habían sido capaces de ocultar su furia. Sus puños apretados contra las rodillas lo delataban, así como el rictus de su boca.
Los tres estaban esperando instrucciones, tal y como Dumbledore les había ordenado horas antes, escondiéndose a pesar de que la amenaza de Voldemort había desaparecido. O eso creía todo el mundo, hasta que algún mortífago aparecía cruzando la esquina.
Después de la primera discusión, cargada de dolor y de rabia, los ánimos se habían ido estancando. Pero el amanecer trajo consigo una lechuza de “El Profeta” y entonces todo se rompió.
Casey había corrido a abrirle la ventana, pese a las protestas de Anne de bajar las defensas de la casa aunque fuera sólo unos minutos. Y de pronto Casey recuperó la voz. Tiró de malas formas el periódico sobre las rodillas de Remus y le urgió para que lo leyera.
“Sirius Black, directo a Azkabán”
- Dime ahora que no piensas hacer nada. – le acusó Casey, con la voz ronca aún por toda la noche de llanto. – Dime que eres capaz de dejarle en la estacada. ¡Atrévete a decírmelo!
Remus alzó la mirada y a su amiga le impresionó bastante poco el brillo fiero de sus ojos dorados.
- ¡Él no los traicionó!. ¿Es que no lo entiendes? – continuaba chillando ella. - ¡James era su hermano!. ¡Adora a Harry por sobre todas las cosas!. ¡Por sobre todas!. ¿Cómo le crees capaz de hacer algo así?. ¿Cómo te atreves si quiera a dudarlo más de un segundo?
- Mis mejores amigos están muertos, Harry se ha quedado huérfano y yo tengo que permanecer aquí encerrado, como un animal herido, mientras el causante de todo esto sólo está en Azkabán. – increpó Remus, levantándose poco a poco del sillón. - ¿Y me preguntas cómo puedo dudar de Sirius?. ¿Acaso no era él el guardián de James y de Lily?. ¿No era él el único que podía revelar su paradero? ¿O me vas a decir que Voldemort era tan poderoso que pudo descubrir la casa de James por sí solo?. ¿Eso es lo que pretendes hacerme creer?
- Chicos. – Anne se levantó y se interpuso entre ambos. – Por favor, no discutáis. – ella estaba llorando de nuevo, pero ninguno le prestó atención.
- ¡No fue Sirius!. ¿Cómo crees que pudo ser él? – repetía Casey una y otra vez. - ¡Dale un voto de confianza, es tu mejor amigo!
- Mi mejor amigo está muerto. – repuso Remus con frialdad, volviendo la cara. – Todos están muertos y tú... tú te empeñas en creerle a él.
Casey encajó el golpe lo mejor que pudo, quedándose callada sólo unos segundos. Tiempo que el chico aprovechó para intentar salir de la habitación, pero Anne le cogió del brazo y le hizo un gesto con la cabeza. Le pidió en silencio que no se marchara.
- Por favor. – le susurró al oído. – Intenta comprenderla... Ella le quiere.
- ¿Y quién me comprende a mí? – exclamó él furioso. - ¿Acaso ella se ha parado a pensar que mis amigos están muertos?. ¿Que uno de ellos, el que más dudaba de mi lealtad, ha sido quien los ha traicionado, quien nos ha traicionado a todos? No me vengas con comprensión ahora, Anne. – añadió, soltándose bruscamente de su brazo. – Él sólo está en Azkabán.
Y salió del salón, subiendo las escaleras de dos en dos. Un minuto más tarde las chicas escucharon un portazo.
- Anne, por favor. – sollozaba Casey, derrumbándose en el suelo. – Sé que Sirius no ha sido, lo sé. ¡Yo vivía con él!. ¿No crees que habría notado algo? Por favor tú puedes hacer algo, por favor. No dejes que se lo lleven a Azkabán, no podemos abandonarlo allí.
Anne tenía el corazón partido en dos. Por un lado no era capaz de creer en la culpabilidad de Sirius, justamente no de él... pero por otro... Sus amigos estaban muertos, incluso Peter había muerto y todo apuntaba a Sirius. ¿Cómo podía entonces dudar de su culpabilidad?. ¿Cómo podía pensar por un segundo que todo estaba siendo malinterpretado y saber, al mismo tiempo, que el pobre Harry tendría que vivir por siempre con los Dursley?
Dudó, se quedó callada y Casey la miró con decepción.
- Eres la única que puede ayudarle, la única que sabe de leyes. – intentó la chica una última vez. – Pero no vas a hacerlo, ¿verdad?
- Casey, entiéndelo. No quieres verlo porque tú le querías, pero todo apunta a que ha sido él. ¿Cómo quieres que...
- ¡Le quiero! – gritó la otra chica. – No te atrevas a utilizar el pasado, porque todos dudáis de él, todos le estáis acusando sin saber... y él no es culpable. Y no lo estoy diciendo sólo porque esté enamorada de él. Lo digo porque él no pudo hacerlo, ¿es que voy a ser la única que confíe en Sirius Black?. ¿Llegaste a fijarte alguna vez en sus ojos cuando estaba con Harry?. ¿Lo hiciste?
Pero Anne no hizo nada. Se quedó llorando a solas en la habitación después de intentar que Casey no saliera de la casa, recordándole las órdenes de Dumbledore.
- Que Dumbledore diga lo que le dé la gana. – repuso Casey antes de cerrar la puerta con todas sus fuerzas.
Sin embargo, por mucho coraje que guardara en su interior, no llegó demasiado lejos.
No sabía qué hacer y lo único que pasaba por su cabeza era ir a buscar a Sirius, aunque tuviera que entrar en la cárcel mágica. Pero no era estúpida, sabía perfectamente que no conocía el camino y sólo conocía un lugar desde donde podría llegar a su destino: el Ministerio.
Había echado a correr sin notar para nada el cansancio acumulado de las semanas anteriores, sólo pensaba en lo mal que tendría que estar pasándolo Sirius, sabiendo lo que les había pasado a James y Lily. Ella estaba convencida que su novio era inocente... era el único Black que conocía que odiaba con toda su alma las artes oscuras.
Y si Sirius había ido en busca de Peter, seguro que había sido por algo.
No había buscado a Remus, ni a Anne, ni a ella misma... sólo a Peter. ¿No significaba aquello algo?. ¿Por qué ni Anne ni Remus habían querido verlo?
Seguramente habría pasado horas dándole vueltas a lo mismo, pero cuando llegó a la calle donde se encontraba la entrada del Ministerio pensó que jamás en la vida había sido tan estúpida.
Quizás tenía que haberle hecho caso a Dumbledore.
Un par de ‘crack’ hicieron que Casey sacara su varita a la velocidad de la luz y se colocara en posición de lucha. El escudo que creó en los primeros segundos le valió para que no la dejaran fuera de combate antes de que pudiera darse cuenta de qué estaba pasando. Miró hacia todos lados nerviosa, viendo cómo tres encapuchados se iban acercando a ella mientras no dejaban de reírse.
- ¡Mierda! – siseó la chica mientras pensaba a toda velocidad.
Su escudo no aguantó demasiado bien los embistes de sus atacantes, pero ella tampoco se dejó ganar con facilidad. No era la primera vez que luchaba, ni tampoco la primera que se enfrentaba a tres personas ella sola.
Pero tampoco jamás se había sentido tan cansada y tan sola.
A duras penas consiguió enviar un patronus a Moody, a sabiendas de que el auror probablemente era el único que estaba más cerca de ella. Y Casey suspiró ligeramente cuando vio aparecer al pequeño grupo de aurores saliendo del Ministerio.
Sonrió, algo más tranquila, pues sus tres contrincantes se había vuelto hacia los recién llegados y la habían dejado en paz.
Y si hubiera recordado las palabras de Alastor Moody, Cassandra Nayron no habría bajado la guardia.
Una maldición le pegó en la espalda, paralizándola. Y ella no pudo ver quién le atacaba, sólo podía pensar.
En cómo podría ayudar a Sirius si estaba muerta. En lo mucho que él se decepcionaría al no llegar a saber que ella lo creía inocente. Cuando Sirius viera que los días pasaban y nadie iba a ayudarle, ¿cómo se sentiría?. ¿Qué pensaría de Casey?
No le dio tiempo a pensarlo mucho más.
Suplicando palabras de perdón en su cabeza Casey recibió el ataque final. Y jamás llegaría a saber quién la había matado.
Y jamás podría decirle a Sirius que ella sí creía en él.
Los aurores consiguieron reducir a los atacantes, algunos de los cuales lograron escapar antes de ser detenidos. Pero ya fue demasiado tarde.
Cassandra Nayron había muerto intentando llegar a Azkabán.
ooo
Sólo había pasado un día de la muerte de Casey y a Anne le parecía ofensivo que Dumbledore les estuviera pidiendo que huyeran. ¡Sus amigos habían muerto y ellos iban a echar a correr, como vulgares cobardes! No lo entendía, no quería hacerlo.
Pero Remus estaba allí con ella, en el salón de la casa de él. En aquella habitación donde habían sufrido tantas cosas... la casa donde habían vivido tanto en tan poco tiempo. A sus pies estaba la pequeña tetera que el director les había dado aquella mañana, cuando había llamado a ambos a su despacho en el colegio.
- No pienso irme. – repitió la chica en susurros.
- Anne, por favor...
- No.
Remus se acercó un poco más a ella y le acarició las mejillas antes de abrazarla, otra vez. Llevaban algo más de media hora en aquella habitación y el tiempo se les estaba echando encima. En menos de quince minutos la tetera desaparecería al lugar seguro que Dumbledore le había prometido y el chico estaba dispuesto a hacer lo que fuera para que su novia desapareciera con ella.
- ¿Y por qué no vienes conmigo? – le suplica ella de nuevo. – Si vas a obligarme a dejar todo y marcharme, lo menos que puedes hacer es venir conmigo.
Remus se separó de ella lo justo para mirarla a los ojos. Con una sonrisa triste y aguantando las ganas de echarse a llorar, la volvió a abrazar.
- Alguien tiene que cuidar de Harry.
- ¿Y por qué no podemos cuidarle juntos? – susurra ella contra el pecho del chico. - ¿Por qué no podemos escondernos los dos y esperar a que todo pase y cuidarle?. ¿Por qué me estás obligando a irme sola? No quiero hacerlo, la sola idea me parte el alma, Remus, por favor.
Él se quedó en silencio, ajustando sus brazos en la cintura de la chica y aspirando el aroma de su pelo. Unas lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas pero él no quería cerrar los ojos y dejar de llorar. Lo que Remus quería era detener el tiempo unos minutos, que pudiese guardar en su memoria todo lo que ella le había hecho sentir siempre, lo que le hacía sentir en ese momento. Quería recordar cada uno de sus días el porqué la deja marchar, por qué la obliga, por qué es tan cobarde de no dejarla luchar a su lado.
Anne en el fondo creía entenderlo. O no, pero estaba demasiado cansada. Dumbledore les ofreció la posibilidad de marcharse juntos, pero Remus se negó de inmediato. Aseguró que él no se movería de Londres y Anne le conocía lo suficiente como para saber que no lo haría, hiciera lo que hiciese ella. Y estaba enfadada con Dumbledore, por no haberle insistido algo más al chico; pero sobre todo estaba enfadada consigo misma, porque no iba a conseguir que él se marchara con ella.
Se apretó más contra el pecho de Remus y lloró, como había llorado los días anteriores, pero con la certeza de que aquel era el final. No habría más. No más opciones ni más caminos que elegir, sólo le quedaba coger la tetera y desaparecer del que había sido su mundo para siempre. Y ni siquiera sabía adónde iría. Dumbledore no había querido decírselo.
Conocía a Remus y sabía que para él tampoco era fácil. En cuestión de días había perdido a todos sus amigos, a lo que había sido su vida desde que comenzara el colegio. Y sabía, aunque él no lo había dicho, que se reprocharía toda su vida haber discutido con Casey la última vez que habían hablado.
Casey.
¿Por qué no la había detenido?. ¿Por qué no la había convencido de que no podía hacerse nada por Sirius? Él era el traidor, todo el mundo lo decía y hasta ella había empezado a pensar que era así. Pero Sirius... el Sirius que ella había conocido jamás habría dañado a James, mucho menos a Harry o a Lily. ¿Cómo podía haber cambiado tanto y que nadie lo notara? Por mucho que el chico hubiera desconfiado de Remus, sabiendo ella que se equivocaba, no había razones para creer que él era el traidor.
Casey confiaba ciegamente en él. James y Lily también, ¿por qué tenía ella que pensar lo contrario?
Y sabía que Casey había salido a ayudarle, aunque fuera imposible para ella llegar a Azkabán, había muerto en la entrada del Ministerio. El único sitio donde podría encontrar la forma de llegar a la cárcel mágica.
Y había muerto por ello; había muerto por Sirius. Y porque ni Remus ni ella la habían ayudado. ¿Qué clase de amiga era Anne entonces?
Arrancó a sollozar con más fuerza al recordar a su amiga, mirándola decepcionada. La última vez que sus ojos se habían cruzado.
- Es casi la hora. – murmuró Remus apartándose de ella, dejándole espacio para que cogiese su maleta y la tetera que tenía a sus pies.
Pero Anne se negaba a separarse y volvió a cogerle de una mano, apretándola con fuerza mientras intentaba en vano esbozar una sonrisa. ¿Qué última imagen quería que Remus guardara de ella?
Porque cuando todo pasara podría volver, pero ninguno de los dos estaba seguro de que volvieran a verse. La vida daba demasiadas vueltas como para planear aquel tipo de cosas. Por eso habían estado juntos todo el tiempo, desde que volvieran del colegio no se habían soltado. Las horas de vida que Dumbledore les había dado a su relación las pasaron encerrados, en la habitación pequeña y oscura que habían compartido durante tantos días.
Anne tironeó de su mano y se pegó al chico de nuevo, soltando sus manos para pasar los brazos detrás de la nuca de él. Era el beso de despedida y no era salado. Ninguno de los dos lloraba ya.
En el último abrazo la varita de Remus empezó a echar chispas; la señal de que faltaban sólo dos minutos para que el traslador desapareciera.
Cogió la tetera y se la puso a Anne en las manos.
Intentó sonreír, pero sólo le salió una mueca triste a la que la chica a duras penas pudo resistirse. Quería abrazarle de nuevo pero Remus ladeó la cabeza, negándose.
- Esto se va a ir en menos de un minuto.
Cogiendo el asa de la tetera, Anne se abalanzó sobre el chico en el que realmente sería su último abrazo.
- Por lo que más quieras, Remus, no te olvides de Sirius. Hazlo por Casey, o por mí... Pero no lo olvides, intenta hablar con él.
El chico no dijo nada, pero se separó de ella con la misma suavidad que antes. Y entonces sí sonreía, o al menos su rostro era una pizca menos triste que antes. Soltó la tetera y dio unos cuantos pasos atrás. No dejaba de mirar a Anne a los ojos.
Y ella volvía a llorar, aunque se había jurado que no volvería a hacerlo, pero era superior a sus fuerzas. No quería irse, aún le quedaban unos segundos. Siempre podría soltar la tetera y no marcharse y aguantar todo lo que Remus quisiera regañarla, pero aguantaría con él.
Quizás no era aquel su futuro, o quizás sólo calculó mal el tiempo. Porque cuando por fin había decidido que le daba igual lo que dijera todo el mundo, cuando por fin había decidido que se quedaría... cuando su mano izquierda soltó bruscamente la maleta, la tetera desapareció.
Y Anne Sullivan desapareció con ella.
Entonces Remus se permitió derrumbarse. Su vida, tal y como la había conocido hasta ese momento, se había acabado. Nadie más correría riesgos innecesarios, allí donde Anne iba nadie la perseguiría. Nunca más tendría que preocuparse por nadie más, por cuidar las espaldas de alguien a quien quisiera demasiado.
Quizás Dumbledore le permitiera algún día acercarse a Harry. Era lo único que le quedaba.
ooo
Habían pasado tres días, su marido había subido ya a dormirse y ella no podía alejarse de aquel cesto pequeño.
Hacía tres días que acudía, cada noche, en busca del cesto y del niño que dormía en su interior. Durante unos minutos le observaba en silencio, recordando en aquel pelo negro al que había sido su cuñado. Y cuando el pequeño abría los ojos, ella no podía evitar que unas cuantas lágrimas recorrieran su rostro.
No quería saber por qué tenía aquella cicatriz, tenía la esperanza de que con el paso de los años fuera desapareciendo. Pensar que ella era el único familiar vivo que le quedaba al niño era como acercarse al borde de un abismo: desconcertante, como todo lo desconocido, pero también aterrador.
Apagó la luz y se marchó de nuevo a su dormitorio, no sin antes echar un último vistazo a los dos niños que dormían en aquella habitación.
Cuando Petunia Dursley se fue a dormir ya no lloraba.
Fin
N/A: Bueno, me ha costado demasiado pero por fin lo he terminado. No sé qué os habrá parecido, ni si imaginábais el destino de alguno de los personajes o, por el contrario, he llegado a sorprenderos. Lo curioso es que este "capítulo" es uno de los primeros que tenía en mente cuando empecé a escribir el fic. No he cambiado ni un detalle de tal y como lo imaginaba entonces.
De nuevo mil millones de gracias a todos los que habéis leído alguna vez y me lo habéis hecho saber. Podría intentar poner todos vuestros nombres aquí pero creo que tardaría demasiado, así que el GRACIAS y un abrazo va para todos :)
Especial mención a Sara y Bianca, que no permitieron que dejara esto a medio terminar. ¡Gracias chicas! :D
¡Nos vemos!
Nasirid