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Los personajes no me pertencen, solamente hago un fic.
8.
Estaba demasiado nervioso, las manos le temblaban como si en ellas se sucediera un terremoto. No era porque la superficie del cuarto de baño estuviera helada, tanto como el sudor que escurría sobre nuca. Cada vez que intentaba conseguir algo de él, sabía que iba a ser inútil, pero estaba desesperado. No importaba hacerlo enojar si por lo menos podía intentarlo nuevamente.
Apoyado sobre la tina de cerámica, se humedeció los labios buscando su voz y cerró los ojos. Le costaba tanto hablar. Quizá el vapor de agua coloreaba sus mejillas, pero el sudor frío seguía corriendo sobre su cuerpo. El cuarto de baño estaba caliente y por lo menos ello ayudaba a disimular el sudor en sus palmas.
“La respuesta es no.”
Le dijo Aizawa burlonamente sin que haya formulado la pregunta. Nanami sostenía un trapo húmedo en sus manos que ahora temblaban más de la cuenta.
“Pero Aizawa-sama…”
Odiaba el sonido de su voz al referirse a él, ya sonaba como todos aquellos sujetos que venían a verlo a diario, a hacer negocios con él. Todos ellos iguales ante sus ojos, usando el mismo estilo de ropa occidental con lo mismos modos y casi los mismos rostros. Gente a la que se esforzaba por ignorar, cada vez que tenía que acompañarlos y servirles licor aquellas noches en las que se quedaban discutiendo asuntos importantes en el despacho hasta muy tarde. Era terriblemente aburrido escucharlos hablar de lo mismo la primera hora, luego entraban más al tema de los negocios para luego enfrascare en números y cuentas. Ninguno de ellos le prestaba atención, felizmente, porque ya era bastante difícil aparentar ser parte del decorado. Sobretodo cuando ya bien entrada la noche, el sueño lo vencía y las ganas de salir corriendo de ese lugar eran tan fuertes que empezaba a fantasear con que luego de servirles de beber todos caían muertos.
Esos pensamientos llegaban cada vez con más frecuencia a su mente y hasta empezaba a saborearlos. Como el café que tomaba por las mañanas, tan oscuro como un abismo, unas gotas de veneno pasarían inadvertidas sin duda. Desechaba esas ideas con la facilidad que las concebía, aunque eran terriblemente tentadoras.
Venenos caseros, podía fabricar unos cuantos, no había pasado tanto tiempo con el doctor sin aprender nada.
Aquellas ideas de mandarlo al otro mundo llegaron a su mente casi tan rápido como el dolor a su cuerpo. Lo golpeó de nuevo, como ya se le había hecho costumbre de hacerlo. Lo agarró desprevenido, perdió el balance y se dio un buen golpe contra el metal del lavabo.
“Ven aquí. ¿Qué estas esperando?”
No se movió, quizá en un ataque de rebeldía impulsado por el dolor en la cabeza que estaba sintiendo. Detestaba a ese hombre con todas sus ganas. No sólo le quitaba el privilegio de desplazarse libremente, ahora también invadía su mente. Sabía lo que pensaba antes de que se atreviera a preguntar. Era obvio, sin embargo, que lo único que pensaba era en volver con el doctor. Mientras Aizawa pensara tan inocentemente de él, todo estaría bien. Las gotas de veneno en el café de la mañana se acercaban cada vez más a su taza.
“Te he dicho que vengas aquí.”
No se movió, quizá seguiría fingiendo sordera o estaba esperando que se levantara y le diera de patadas para luego arrastrarlo a la orilla de la tina…Para que le siguiera frotando la espalda. Daba igual, Nanami no se iba a mover de ahí.
Aizawa no tenía demasiada paciencia, pero si fuerza. Se levantó húmedo y desnudo para hacer lo que pronosticó. Sólo que además le regaló una estrellada contra el borde de la tina.
Lamentablemente el golpe no lo mató, aunque la frente le quedó doliendo. Ni siquiera fue demasiado como para hacerlo sangrar. Nanami seguía inmóvil, de verdad tenía ganas de jugar a que estaba sordo. No le iba a funcionar, como aquella vez que dejó de hablarle. No duró mucho su iniciativa, Aizawa sabía como convencerlo, de todos modos.
“Si sigues tan renuente a obedecerme, será peor para ti.”
Amenazas, se las sabía de memoria, también los efectos de estas.
“Parece que no sabes apreciar lo que hago por ti.”
Y volvió al agua tibia. Pero a Nanami casi se le escapa una carcajada. Nunca antes hubiera pensado en reírse luego de un comentario de Aizawa. La estancia en ese lugar lo estaba transformando.
“Lo siento Aizawa-san, siento no saber agradecer todo lo que haces por mi. De verdad, no sabría como agradecer tantas cosas buenas.”
No disimuló la ironía de sus palabras, como no evitó alejarse de sus manos largas, como cuando a modo de respuesta atrapó su cabello y trató de arrancárselo junto con su cabeza.
“Sin duda tienes la lengua muy afiliada, te está haciendo daño quedarte tanto tiempo solo. Entonces debo recordarte que me perteneces y aunque no lo creas puedo hacer tu estadía en este mundo aún más miserable, mocoso.”
Ahora sí se rió tan cerca de su boca que casi finaliza la carcajada con un mordisco.
Aizawa apenas se envolvió en su ropa antes de seguir pateándolo fuera del baño. Le dio tiempo a Nanami de levantarse y huir como siempre lo hacía, pero en esta ocasión ya estaba aburrido de lo mismo. Se levantó frente a él, mirando desafiante. Temblaba de ira, ya había sido suficiente.
Sin duda ninguno de los dos podían creer lo que Nanami estaba haciendo, su respiración agitada combinaba con el temblor en sus manos. Nunca en su vida había tenido el valor para desafiar a nadie de ese modo, menos a Aizawa. Intentó golpearlo de nuevo, pero esta vez Nanami lo detuvo.
“Me largo de este lugar.”
Gritó como un animal herido. Apenas esquivó el cuerpo de Aizawa y emprendió la huida. El pasadizo parecía no tener fin, la escalera parecía que se alejaba conforme corría hacia ella. Saltaba los escalones sin pensar en nada más que tumbar la puerta con su cuerpo cuando la tuviera enfrente. No iba a ser fácil salir, eso lo sabía bien. Los gritos sin duda habían atraído a los criados y a toda la ciudad.
El hecho de que Aizawa no corriera tras él era señal de que tenía las de perder.
Al llegar al lecho de la escalera, la puerta principal estaba a su alcance, pero no iba a llegar a ningún lado. Enseguida los criados saltaron sobre él. Nanami pataleó como si estuvieran arrancándole la vida, forcejeaba con ellos y en cualquier momento se le iban a desprender las extremidades del esfuerzo que estaba haciendo. Gritaba y lanzaba dentelladas como nunca pensó que lo iría a hacer, pero estaba desesperado.
De pronto escuchó un sonido familiar, tanto que lo hizo quedarse en silencio. Un par de manos se unieron al resto, pero para tratar de ayudarlo a escapar. La voz se perdía con las otras tantas que trataban de aplastarlo contra el suelo y con la suya que pugnaba por liberarse.
Alcanzó a ver un rostro familiar, en medio de la tormenta que estaba armando. Las manos protectoras peleaban con las otras resistiéndose a abandonarlo.
“Doctor… doctor…”
Gritaba pero su voz se parecía a un aullido.
“Suéltenlo de una vez, le están haciendo daño. Déjenlo, maldita sea… Aizawa-san, detén esto, por favor.”
Ahí llegaba él, despacio, deslizándose por las escaleras. Escuchaba sus pasos porque se había hecho silencio por fin… Estaba en el suelo, con una mejilla adherida al piso y las manos torcidas sobre su espalda.
“Te dije que iba a hacer que te arrepintieras. ¿No? Siempre te lo he dicho.”
Nanami cerró los ojos, tratando de no gritar de rabia. El sabía que el doctor estaba ahí, lo había dejado “escapar” con toda intención. De nuevo las cosas salían terriblemente mal.
“Aizawa-san, por favor… Haz que lo suelten…”
La voz del doctor se quebraba como un hilo de seda…
“No tengo porque hacerlo. Nanami merece un castigo por lo que ha hecho. ¿No lo crees? No le enseñaste modales, no sabe comportarse. Quizá al final esto sea tu culpa también.”
Hubiera gritado, si la presión sobre su espalda no fuera lo suficientemente fuerte como empezar a asfixiarlo.
“Por favor. Aizawa-san…”
El hilo de seda se quebró, junto con las rodillas del doctor. Estaba en el suelo, pidiendo por él. Lo había logrado, Nanami se estaba arrepintiendo hasta de haber venido al mundo.
“No es necesario que hagas eso. Nanami ya no es tu responsabilidad. Ahora me pertenece y yo seré quien se encargue de corregir lo que considere adecuado. Puedes levantarte anciano. Por favor, retírate. Como vez estoy algo ocupado para atenderte ahora.”
Pero el doctor no se levantó. Tenía el rostro escondido entre sus brazos. No quería verlo, Nanami no lo culpaba, tampoco quería que lo viera en esas circunstancias.
“Ya veo de donde saca la terquedad el mocoso. Te digo que por favor te retires. No tengo ánimos de atenderte ahora. También te pediría que no vuelvas por aquí, es muy incomodo tenerte en mi presencia.”
Uno de los criados de Aizawa ayudó a levantarse al doctor, casi obligándolo a hacerlo. Luego lo condujo a la puerta. Le dirigió una mirada triste a Nanami, con los ojos acuosos. Era suficiente, Aizawa había ganado, como siempre había ganado.
Cerraron la puerta tras el doctor y los criados por fin soltaron al chiquillo. Entonces se acercó a su propiedad, satisfecho al ver su rostro cubierto de lágrimas. Nanami sobre el suelo no atinaba a moverse, había vuelto a ser él mismo, ahora temblaba de miedo.
“Aizawa-sama…”
Susurró antes de que una patada lo hiciera rodar como una piedrita.
“¿Tienes algo que decir ahora?”
“No…”
Respondió con lo último de aliento que le quedaba y Aizawa lo adoró de nuevo, el brillo de sus ojos azules cubiertos de miedo. El modo como su cuerpo huía de sus manos y como la boca se le torcía en un puchero. El muchacho estaba aterrado. Era una lastima que adorara esa sensación que le provocaba verlo así. Le daban tantas ganas de arrancarle la ropa y lanzarse sobre él. De pronto casi ni le importaba que los criados siguieran ahí. Pero sabía controlarse. Se agachó para levantarlo de un brazo y arrastrarlo de nuevo por más pasillos.
“Nanami, Nanami, Nanami… Yo te dije que iba a hacer tu vida aún más miserable. ¿Verdad?”
El tono de su voz, no podía traer nada bueno.
“Yo siempre consigo lo que quiero…”
Sentenció.
Xxx
Los niños jugaban en la cocina, alrededor de Kichi-san. Eran su única alegría. Sunao se empezaba a abrir un poco más al mundo. Ya no permanecía tan callado como solía hacerlo, aún en presencia de la anciana. Ahora hasta se le veía genuinamente feliz de la vida.
Como todas las tardes llegó a buscarlos. Ya era una rutina pesada, no como antes, un ansiado momento, cuando podía ver a Nanami de nuevo. No era lo mismo, cada vez que llegaba esperaba que aparecieran sus ojos azules tras la puerta.
En vano…
Los tres niños salieron a recibirlo acompañados de la anciana, como cada tarde vacía. Ya no esperaba novedades, ya no esperaba noticias. Se estaba acostumbrando a extrañarlo, a vivir pensando en él sin el consuelo de volverlo a ver. Al abrirse la puerta, tras ella apareció el doctor, en raras ocasiones se dejaba ver.
Se despidieron de Kichi-san, sintiéndose mal por dejarla solita en el edificio vacío. Sin Nanami había un hueco en el universo.
Matsuri tomó la mano de Shinichiro, Sora la de Matsuri y Sunao la otra mano del adulto. Usualmente no caminaba si no era de la mano de Sora, estaba cambiando, quizá cobrando más confianza en las personas. Era un niño adorable, pero también difícil. A veces no sabía que esperar de él, sólo que se pareciera un poco a los otros dos niños.
Sunao era un mundo distinto y tormentoso, encerrado en su pequeña humanidad.
El camino a casa no era muy largo. Por lo general, Sora y Matsuri iban hablando hasta por los codos acerca de todo lo que habían hecho durante el día. El pequeño rubio estaba entusiasmado porque había podido escribir ya una parte del libro que planeaba vender. Estaban creciendo muy rápido.
No podía caminar perdido en sus pensamientos. Era difícil recorrer esas calles cuando por ahí había estado con Nanami. Tampoco le daba tregua, no podía dejar de pensar en él. Quizá si supiera que había pasado con él, se sentiría más tranquilo.
Cuando más distraído estaba notó que Sunao tiraba de su mano sacándolo de sus fantasías. De pronto estaba nervioso, inquieto, seguro se estaba sintiendo mal.
“¿Qué tienes?”
Le preguntó agachándose a su altura para descubrir que tenía el rostro desencajado.
“¿Qué sucede Sunao? ¿Qué te pasa?”
Empezaba a ponerse nervioso. Volteó a ver que era lo que lo asustaba, pero en la fracción de segundo le pareció ver a alguien familiar. Al regresar la cabeza la imagen se había ido.
“¿Nanami?
Sunao captó su atención de nuevo aumentando el ritmo de su respiración. Sora y Matsuri notaron que algo sucedía así que se detuvieron también.
“Nao-chan que tienes.”
Sora se ponía igual de inquieto, Nao saltó sobre Shinichiro y rompió en llanto
“Oni-san… ¿Qué le pasa a Nao-chan?”
“Tú también lo viste verdad Nao-chan. Era Nanami, tú también lo viste…”
Iba a gritar de alegría. Intentó correr en la dirección donde había visto desaparecer la figura de Nanami, pero los niños lo detuvieron. Sunao no dejó que avanzara más colgándose de su cuello.
“Sunao. ¿Por qué? ¿Qué tienes? Tranquilo, que te pasa…”
Los otros dos niños se estaban poniendo nerviosos y a Sunao no había manera de calmarlo. Pero esa figura que desapareció frente a sus ojos, ese era Nanami. Estaba seguro de ello, a unos metros de distancia, tan cerca. Nanami debía estar cerca. Deseaba entonces poder correr y alcanzarlo, poder dejar a los niños a un lado y seguir su rastro.
Demasiado tarde, se había perdido en la corriente de gente que caminaba en el muelle.
Xxx
Llegó a la puerta del hospital con un cargo de conciencia aún mayor que el que tuvo cuando salió de la casa y dejó a Sunao llorando. Sus ojos no lo engañaban, necesitaba respuestas para seguir respirando.
La anciana estaba sentada en su lugar de siempre, como si formara parte del panorama desolado del edificio. Escuchó sus pasos apurados y volvió a la vida. Ella sabía que no era quien esperaba, pero por un momento pareció divertido pensar que era Nanami quien volvía a su lado.
“Kichi-san…Tengo que hablar con el doctor.”
Su voz entrecortada, el remordimiento iba ganando terreno sobre su voluntad.
Ella sonrió como siempre, como si supiera que había ido a buscar. Llevó sus piececitos al suelo y lo llevó dentro del edificio sin perder más tiempo. Encontraron al doctor sumido en su amargura. Sentado mirando al vacío, con el rostro arrugado y el cabello revuelto. Kichi-san lo dejó entrar mientras que mencionaba algo acerca de un poco de te.
Shinichiro se acercó al doctor y se sentó frente a él mientras que esperaba que sus ojos cansados lo miraran. No había necesidad que le dijera nada.
“Debí decírtelo desde antes.”
Dijo en tono grave y fue lo suficiente para que se le escarapelara el cuerpo.
“¿Le ocurrió algo malo? ¿Dónde está? ¿Qué pasó con él?”
No estaba preparado para las respuestas, por el rostro del doctor se dio cuenta que no iba a estar preparado nunca.
“Fue todo mi culpa, yo, tengo la culpa de todo. “
Empezó y se detuvo en una breve pausa, como tomando aire, como no queriendo continuar.
“Yo sabía que ese sujeto estaba interesado en él, lo supe desde el momento en que… Fui a su casa en una oportunidad, no me di cuenta en ese momento, pero… Fui demasiado estúpido, esto es mi culpa.”
El monologo en el que se sumió el doctor empezó a desesperarlo. Trató de mantener la calma, pero esta se le iba de las manos.
“Por mi culpa, ese maldito Aizawa… Yo estuve por perder el hospital. Me llené de deudas. Fue todo mi culpa, ahora no hay modo de que pueda remediar lo que hice…”
Shinichiro cerró los ojos tratando de bloquear los pensamientos que llegaban a su mente como si se saliera el mar sobre la playa. Estaba esperando el momento que el doctor le dijera que perdieron a Nanami para siempre. Pero no llegaba a esa parte, sólo se lamentaba y arrepentía. Estaba empezando a perder la paciencia.
“Doctor…. ¿Dónde está Nanami? “
Era mejor ir por partes.
“No lo sé, ya no sé donde esta ahora.”
Volvió a cerrar los ojos, algo que siempre hacía para tratar de mantenerse tranquilo, un segundo antes de perder los papeles completamente.
“¿No sabe dónde está ahora? Por favor explíqueme que no entiendo nada.”
Le costó decirlo, pero aguantó las ganas de gritar al cielo.
“Estaba con Aizawa, es un tipo al que yo le debía dinero, mucho dinero… El amenazó con quitarme el hospital y a cambio de no hacerlo pidió llevarse a Nanami.”
“¿Y tú se lo entregaste? Como pudiste hacerle eso.”
Era demasiado, ya no pudo resistirse.
“Yo nunca haría eso, yo jamás le hubiera entregado a Nanami a ese… Jamás lo hubiera hecho. Le prohibí a Nanami hacerlo, él fue y lo hizo. Se intercambió por el hospital. No pude detenerlo. Como no me di cuenta… Esto es mi culpa…”
“¿Dónde es ese lugar? Donde encuentro a Aizawa…”
“Hace dos semanas fui a verlo, a tratar de convencerlo que me devuelva a Nanami. Pero no conseguí nada, la última vez que estuve ahí… Pude verlo por un momento… Traté de hablar con Aizawa los días siguientes, pero no me dejó ni acercarme a él. Ese maldito corrupto, ese miserable… Intenté verlo de nuevo en su casa y averigüé por una de las criadas, que Nanami no está más en ese lugar.”
“¿Qué?”
“No sé donde esta, donde lo llevó. Ese… bastardo de Aizawa… Ya no puedo con esto solo. No sé donde buscarlo, ya no sé que más hacer.”
La cabeza le zumbaba, quizá si le hubiera dicho que Nanami estaba muerto hubiera sido más piadoso. Ahora se sentía peor, mucho peor. No sabían donde estaba y ese tal Aizawa sonaba peligroso. Si hubiera sabido antes donde estaba quizá hubiera podido ir a buscarlo, verlo aunque sea.
Donde buscar, él sabía por donde empezar.
“Pero que sabe de ese tal Aizawa. ¿Qué hace? A que se dedica… No se le ocurre donde puede haberse llevado a Nanami.”
“Es un científico y un corrupto. Tiene amigos poderosos, políticos igual de corruptos como el. “
El muelle, no se pudo haber equivocado. Tenía ganas de darse de golpes contra el piso, había estado tan cerca de Nanami. En un barco, ese era el único lugar donde podía estar si es que no se lo pudo haber tragado la tierra. Debía estar en alguna parte del muelle en ese momento, quizá a punto de zarpar.
No podían perder más tiempo.
“Yo sé donde está Nanami… Venga conmigo.”
Casi si gritó con la sensación de angustia y un poquito de esperanza escapándose de sus labios. Iba a ir a encontrarlo y luego… ¿Qué? ¿Lanzarse a los pies del tal Aizawa? ¿Rogarle que liberara a Nanami? Esos pensamientos casi lo detienen, pero tenía que verlo. Quizá había algo que pudieran hacer.
Xxx
El rostro asustado de Sora les bloqueó el camino.
“¿Qué hacen ustedes acá?”
Gritó aunque no debió hacerlo, no era forma de tratar con niños.
“Nao-chan no está. Se fue detrás de ti cuando te fuiste… Oni-san.”
“Maldición.”
Eso no estaba bien, aunque no sabía que era peor. Si el hecho que Sunao estuviera perdido a esa hora de la noche en el muelle o que estuviera sintiendo deseos de agarrarlo a golpes cuando lo encontrara. Eso no estaba bien… Repitió para sus adentros mientras se mesaba el cabello, nervioso.
“¿Dónde está Matsuri?”
“Estábamos juntos, pero se me perdió.”
Sora estaba perdido y ahora encontrado por él. Matsuri podía estar en cualquier lugar y rogaba que hubiera encontrado a Sunao y que estuvieran a salvo. Sin embargo, apretó la mano de Sora, sin frenar la cólera que estaba sintiendo. Lo iba arrastrando entonces, ya no podía contener toda la frustración contenida por semanas.
Si regresaba a Sora a la casa, sin duda iba a seguir preocupado por dejarlo solo. Tampoco podía volver con él al hospital y dejarlo a cargo de la anciana. Estaba oscuro, Sunao debía estar lloriqueando asustado. Matsuri tampoco reaccionaba muy bien quedándose solo.
“Matsuri-chan…”
Bendijo los ojos de Sora que divisaron a Matsuri escondido tras unas redes y troncos. Estaba aterrado como esperaba encontrarlo. Corrió a abrazarlo mientras que se enjugaba la cara con la manga de la ropa.
“Oni-san…”
No quería escucharlos, prefería que guardaran silencio. El doctor no decía nada tampoco, lo ponía más nervioso su silencio que la desaparición de Sunao.
“¿Hacia dónde se fue Sunao?’
“Salió corriendo de la casa, oni-san. No pudimos detenerlo, no dijo nada, sólo empezó a correr.”
Matsuri aún se ahogaba en sollozos, quizá era mejor devolverlos a la casa. Quizá Sunao había regresado ahí, quizá había corrido al hospital.
“Doctor, disculpe todo esto. De verdad lo siento. No me imaginé… No debí dejar a los niños solos.”
“Entiendo… Será mejor que los lleves a su casa. Yo iré a ver si el que falta está en el hospital.”
“Le pediría que se lleve a Matsuri y Sora con usted. No me siento bien dejándolos solos.”
“Oni-san, queremos ayudarte a buscar a…”
“Cállate, cállense los dos. Bastante ya han hecho.”
Gritó por fin, se sintió bien haciéndolo. La presión en el pecho disminuyó. Aunque esa sensación se desvaneció bien pronto. Los niños le dieron la mano al doctor y se alejaron con él. Sora lo miró, herido, no debió, no debieron. Demasiado tarde.
Tenía que encontrar a Nanami, no, a Sunao…
Sunao estaba perdido. Tenía que encontrarlo. Debía estar aterrado y solito.
Dejó ir a los niños con el doctor mientras que la conciencia empezaba a atormentarlo. No debió dejarlos solos, Sunao no estaba listo, aun era muy pronto. No había como encontrarlo y estaba empezando a desesperarse. Podía haberse caído al mar, quizá hasta haberse ahogado. No, tenía que estar por algún lugar.
La mañana lo encontró buscándolo aun, sin mayor éxito. A Sunao se lo trago la tierra o el mar. No podía regresar a cas sin él.
“Maldición.”
Masculló. ¿Dónde estaba Sunao? ¿Dónde pudo esconderse? Seguro aterrado, no reaccionaba bien cuando estaba solo.
Encontrar a Nanami pasó a segundo plano. La prioridad era Sunao. Había sido un idiota por dejarlo solito, el niño no estaba bien, sobretodo desde el momento cuando vieron a Nan… Quizá estaban juntos en ese momento. La idea sola lo reconfortaba tanto como un vaso con agua. Traía la garganta tan seca como un tronco viejo.
Llevó su cuerpo al hospital nuevamente, maldiciéndose a si mismo sin cansarse de ello. Si algo le pasaba a Sunao, si algo llegaba a pasarle, nunca, nunca, nunca se lo iba a perdonar.
Xxx
Siempre cumplía con sus amenazas. Si en algún momento pensó que su vida no podía ser más desdichada, se equivocó totalmente.
Cuando era pequeño y vivía aun con su papá se acostumbró a la vida dura. A dormir sobre el suelo y a la sensación de estar muriéndose de hambre constantemente. Inclusive en la casa de Te donde trabajaba, las cosas tampoco salieron bien. Había disfrutado demasiado tiempo los cuidados del doctor y de Kichi-san, ahora extrañaba la buena vida.
Dormir sobre un trozo inmundo de tela, sobre el suelo de madera olorosa a humedad era casi tan malo como no poder dormir ni un poco. El vaivén del barco en donde estaba encerrado, era algo que casi había olvidado, cuando antes el sonido de las olas y el movimiento eran como una canción de cuna para él.
Aizawa lo llevó a ese lugar inmundo y desde ese momento no había vuelto a ver a nadie. Tampoco sabía cuanto tiempo había pasado desde entonces. Podía escuchar gente afuera de la habitación y sentir sus movimientos a través de la puerta que lo separaba del mundo.
Sin duda estaban en alta mar.
El tiempo parecía no avanzar desde que estaba encerrado en ese trozo del mundo. Se estaba empezando a desesperar y las ganas de lanzarse contra las paredes para abrirlas eran cada vez más seductoras. Parecía que la puerta se iba a abrir en cualquier momento. Estaba atento al sonido de la madera cuando alguien pasaba cerca. Se había encontrado en el suelo, mirando por la rendija del suelo tratando de ver hacia afuera.
Siempre estaba tan oscuro. Aizawa lo había encerrado en ese lugar para dejarlo morir. Sin duda era eso. Estaba perdiendo las esperanzas de salir vivo de ese lugar que cada vez le parecía se iba encogiendo a su alrededor.
Hasta que en un maravilloso momento vio la puerta abrirse completamente. Estuvo a punto de gritar de felicidad, pero sólo se incorporó de alegría. Por lo general, lo que se abría era una pequeña rendija por donde entraba un poco de comida que luego era retirada. Pero en esta ocasión alguien estaba de pie en el marco de la puerta. No podía ver bien de quien se trataba pero si pudo sentir como era sustraído de esa habitación con la fuerza suficiente para arrancarle los brazos.
Ver de nuevo la luz lo llenó de emoción, tanta que apenas si se dio cuenta que sus pies no tocaban el suelo, sino que alguien lo estaba llevando casi volando sobre la cubierta del barco. La brisa salada le dio en el rostro, haciendo que se despabile un poco. Al momento siguiente aterrizó de nuevo en otra habitación que era un cuarto de baño.
“Aséate rápido que Aizawa-sama quiere verte.”
No quería verlo, como tampoco quería darse prisa. La puerta se cerró de nuevo y la necesidad de sacarse la ropa inmunda fue más fuerte que la terquedad que estaba desarrollando desde su encierro. La ropa que se tenía que poner estaba esperándolo sobre una silla. Se aseó con paciencia, disfrutando cada segundo del agua sobre su cuerpo. Su cabello estaba creciendo y ya le iba a llegar a la mitad de la espalda.
Se vistió con la misma parsimonia con la que se lavó. Lo último lo hizo bajo la mirada de quien entró a hacer que se apure. Casi no esperó que se amarre el cabello, para arrástralo de nuevo fuera del cuarto de baño. Hubiera sido bueno que lo dejara usar sus piernas para caminar, casi había perdido la movilidad de estas desde que lo metieron en ese cuarto tan pequeño.
Había tenido tiempo para pensar en Aizawa y lo que representaba desafiarlo. No pudo dejar de pensar en Shinichiro, Kichi-san, en el doctor y los niños. Quería verlos de nuevo, estar junto a ellos, pero eso no iba a ser posible. Sabía que no servia de nada rogar ni suplicar, que con Aizawa no iba a resultar. Tampoco iba a funcionar someterse completamente a su voluntad, porque eso ya lo había hecho desde el principio. Se había portado como una mascota asustada del amo, sólo le faltaba moverle la cola cuando lo veía llegar. No iba a poder escapar de él, como tampoco iba a poder volver a su vida de antes, eso lo sabía bien. Así que tenía que asegurarse que el doctor y Kichi-san estuvieran bien, aunque no volviera a ver a Shinichiro.
No tomaron el camino de regreso, más bien uno diferente. En el camino pudo ver la mañana, pero casi no tuvo tiempo para descifrar la hora que era. Aizawa lo esperaba, no era una persona paciente, tenía que tener cuidado. Entraron a una habitación más amplia, mejor iluminada. Estaba sentado en un cómodo sillón, como esos que adornaban su estudio en aquella mansión. Al tenerlo enfrente no pudo verlo a los ojos, bajó la mirada al sentirlo cerca.
“Te tardaste demasiado.”
No respondió, sólo quería salir corriendo de ese espacio, quizá lanzarse al mar. Tampoco es que esperara su respuesta.
“Lástima, no me gusta que me hagan esperar.”
Hizo una seña para que se acercara. Nuevamente no tuvo que usar sus piernas, quien lo traía arrastrando lo llevó al alcance de Aizawa.
“Es increíble lo pequeño que es el mundo, Nanami.”
El tono de su voz, no podía contener nada bueno.
“Imagínate, yo que invierto mi tiempo en crear y distribuir una nueva droga, bastante cotizada por cierto… ¿Has oído de ella? Una que tiene bastante aceptación en especial entre los marineros extranjeros. “
Estaba tan aturdido que las ideas se resistían a conectarse dentro de su mente.
“Es bastante popular y adictiva, los hombres de mar la necesitan para las largas jornadas en altamar, les da resistencia y vigor. Lo malo es que tiene...”
“Horribles efectos secundarios.”
Interrumpió reaccionando por fin. De pronto el temor que sentía se evaporaba dejando salir una sensación extraña que lo hacía responder.
“¿Te parece Nanami?”
“Ha matado a varias personas por sobredosis…”
Casi no podía creer que estuviera discrepando tan abiertamente con Aizawa, pero la impotencia que sentía era más fuerte en ese momento.
“Es cierto, lamentables incidentes. Afortunadamente existe un antídoto para ella. Me imagino que sabes algo al respecto. Tu adorado doctorcito ha salvado a… ¿Cuántos? Con un ingenioso remedio casero. “
Nanami se quedó sin palabras.
“Interesante lo que descubrí luego de investigar un poco. No sólo que ese remedo de doctor era quien estaba desbaratando mi negocio, sino que además se encargaba de infundirle la idea a mis compradores, de que mi producto era dañino. Eso no fue muy amable de su parte. Entonces dije, si desbarato ese refugio de indigentes que maneja y al que le llama hospital, va a bastar para darle una lección. Eso fue sencillo, hasta incluso encontré algo que se me había escapado tiempo atrás. Pero lo más interesante de todo esto, escucha bien Nanami, que esto te interesa, es que no sólo tengo entre mis manos a aquello que quise hace tanto tiempo y me pertenecía, si no que además eres precisamente tú el autor de tan milagroso antídoto. Ahora respóndeme. ¿Acaso este mundo no está lleno de coincidencias?”
No salía de su asombro, aquella droga, la primera vez que tuvo contacto con ella fue cuando un marinero llegó agonizando al hospital. La boca ensangrentada y los ojos al rojo vivo. Se estaba ahogando y pedía agua a gritos, traía la garganta encendida y los pulmones por reventar. No pudieron hacer mucho por él, al llegar la mañana murió sobre los brazos de Kichi-san. El doctor empezó a investigar acerca de aquella sustancia que se vendía en las esquinas del puerto. Descubrió su origen y hasta pudo hacerse de una pequeña muestra.
Fue una tarde, luego de tratar algunos pacientes, que dio con un antídoto. Parte intuición y parte suerte, luego de mezclar unas hierbas de la cocina de Kichi-san consiguió una rápida solución que se convirtió en un remedio eficaz.
Ahora estaba seguro, nadie escapa del destino.
“Lo que quiero que hagas ahora es hacer un poco de ese antídoto para mi. No es mucho pedir. ¿Verdad?’
Señaló una mesa situada a sus espaldas. No iba a moverse, se lo dijo con los ojos, Nanami no se iba a mover, porque aún no salía de su asombro.
“Por cierto, el relato no termina ahí. Como me imaginé que me vas a negar lo que te pido, me tomé la libertad de traer un pequeño incentivo.”
La puerta se abrió de nuevo y esta vez Nanami pudo sentir que las piernas se le doblaban por la sorpresa. Se iba a morir de la impresión por como el modo como abría los ojos. Aizawa casi no podía contener la risa.
“Se conocen. ¿Verdad? No tengo que presentarlos, sería algo molesto de todos modos.”
Disfrutó cada letra de lo que dijo, tanto como el miedo en la cara de Nanami y el terror en la cara del ratón de laboratorio que venía firmemente asido por uno de sus hombres.
“Sunao-chan… Pero… ¿Qué? Aizawa… ¿Por qué?”
Nanami saltó sobre Aizawa y lo asió de las solapas de su elegante traje occidental. Riendo se liberó atrapando las muñecas del muchacho para lanzarlo al suelo. Apenas se levantó no sabía si correr donde Aizawa o intentar liberar al niño. Sunao no se veía bien, la palidez de su rostro escapaba de lo normal y estaba a punto de llorar también. Temblaba de miedo y tampoco se veía muy contento de verlo, pero sus ojos inyectados fue lo que más lo alarmaron.
“Te sugiero que empieces a hacer lo que te dije, porque ya conoces bien los síntomas. ¿Verdad? Esa rata de laboratorio no va a tolerar mucho los efectos de la droga. Siendo tan pequeño… No va a vivir mucho.”
Entonces empezó a correr como impulsado por un rayo, asaltó la mesa cubierta de frascos repletos de líquidos y objetos extraños. Había tantos, sólo conocía algunos por nombre, en los libros que leía, otros eran desconocidos. Afortunadamente tenían una etiqueta que los identificaban. Le temblaban las manos, las piernas, casi no podía asirlos y se le escurrían de los dedos. Aizawa se levantó de su lugar y acercó a su lado para vigilar sus movimientos. Tomaba nota con sus ojos y no se perdía ni una sola de sus acciones. Las manos del muchacho tropezaban sobre la mesa, entre los ingredientes y elementos químicos sobre esta. Mezclaba con prisa, torpemente, nervioso. Le dio una mirada a Sunao quien yacía en el suelo, mientras que sus labios chorreaban hilos de sangre. Quería abandonar la mesa y correr hacia él, pero se contuvo, no podía desconcentrarse. Necesitaba estar calmado y no cometer errores.
Quizá tener a Aizawa tan cerca era demasiada presión. Su sola presencia era incomoda y en la situación que se encontraba, era insufrible. No le iba a robar la concentración, necesitaba sangre fría para terminar lo que había empezado. Le tomaron varios angustiosos minutos conseguir el resultado esperado. Corría contra el tiempo, el cuerpo del pequeño no iba a soportar los efectos devastadores, sobretodo cuando ignoraba la dosis que le había sido suministrada.
Antes de que pudiera llegar a Sunao, lo detuvo una mano pesada.
“Interesante, bastante ingenioso. Al final no es nada del otro mundo lo que hiciste.”
Casi si se habia olvidado de él.
“Por favor, Aizawa-san… Sunao…”
“Te ordené que hicieras el antídoto, pero no dije que pudieras usarlo para salvar a ese animal inútil.”
Era suficiente, no iba a tolerar un momento más. Quebró un tubo de ensayo y usó el cristal para herir a Aizawa. Sucedió tan rápido que no le dio tiempo de reaccionar. Nanami corrió hacia Sunao y lo tomó en sus brazos. Lo primero sería limpiarle la boca de la sangre que estaba brotando de su cuerpo. No era demasiada, pero tampoco contaba con demasiado tiempo. Rápidamente lo hizo beber el contenido, sosteniéndolo sobre su regazo.
Tomó su pulso mientras que vigilaba que se mantenía atento a los avances de Aizawa. Le hirió la mano, lo suficiente para que lo soltara, pero no era nada grave. El científico lo miraba atento, también quería probar si el experimento daba resultado. Sunao respiraba lentamente, estuvo a punto de ahogarse sobre el suelo.
Reaccionó entonces, Nanami volvió a nacer en ese momento. Trataba de mantener la calma, pero lo que queria era tomar al niño en sus brazos y correr con él fuera de la habitación. Unos aplausos lo sacaron de sus pensamientos.
“Bravo, eso estuvo muy bien. Bastante rápido además, de verdad que no esperaba menos de quien consiguió desbaratar la droga que preparé. Tienes un talento natural para eso, Nanami.”
Sus palabras le daban escalofríos, esos halagos resultaban más peligrosos que sus manos gruesas. Sunao estaba reaccionando, su pulso estaba volviendo a la normalidad. El científico se acuclilló a su lado y empezó a examinar al niño con sus manos toscas, como si estuviera tratando con un ser inanimado.
“Increíble, lograste salvarle la vida a la rata de experimentos. ¿Qué dices Nanami? ¿Está fuera de peligro?”
Por supuesto que no, nadie que estuviera cerca de él lo estaba. No le respondió, si no que se limitó a respirar hondo sintiendo el corazón del pequeño latir firmemente bajo su pulgar.
“Ya veo…”
Se levantó y al momento unas manos igual de violentas que las de él separaron a Nanami del niño.”
“Aún no, necesito suministrarle más antídoto, aún no…”
El científico sonreía, eso no era nada bueno. Levanto su mano herida y con esta acaricio su mejilla.
“Eres bastante ingenuo. El ratón de laboratorio sobrevivirá, esta bastante acostumbrado a esa sustancia y otras más fuertes en su sistema. No puedo dejar que muera, aún sirve. Al igual que tú, Nanami, te he encontrado una utilidad además de la que ya tienes y desempeñas muy bien. Calientas bien mi lecho, a decir verdad estoy extrañando eso de ti.”
Le dio un puntapié al niño sobre el suelo.
“Será mejor que vayamos a lo que nos concierne por ahora. Dejaremos el placer para después. Vas a trabajar para mi, Nanami y no te puedes negar. Ahora voy a hacer que se lleven al mocoso y tú te vas a quedar en este mismo lugar haciendo lo que te ordene. Ya que estamos de acuerdo, será mejor que empieces a fabricar más de ese antídoto y me expliques como se te ocurrió conseguir esa mezcla tan ingeniosa.”
“Primero voy a atender a Sunao y luego haré lo que quieras.”
“No me estas escuchando. ¿Verdad?”
“No me muevo hasta que atienda a Sunao como se debe.”
“Si tanto te preocupa ese mocoso, deberías hacer lo que te digo. Ahora regresa allá y ponte a trabajar.”
“Primero…”
“Te callas y haces lo que te digo Nanami. Si quieres que ese mocoso siga con su patética existencia, será mejor que hagas exactamente lo que te he ordenado.”
Apretó los puños con ganas de estrellarlos sobre la maldita cara de Aizawa. No tenía salida, se lanzó sobre el suelo y el cuerpo de Sunao.
“Te juro que vas a estar bien, te lo juro.”
Le dijo mientras le acariciaba el rostro. No tuvo tiempo de más porque en ese momento uno de los hombres de Aizawa lo separó del niño.
No estaba seguro de que lo escuchaba, pero si de que no iba a romper su juramento, así le costara la vida.
Continuará...
Lamento la demora, espero que les guste tanto como me gustó escribir a mi. Muchas gracias por sus comentarios. Hasta la próxima.