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Wakatta
Author of 8 Stories

Rated: T - Spanish - Romance/General - Harry P. & Draco M. - Reviews: 591 - Updated: 08-28-08 - Published: 03-28-06 - id:2865199

Capítulo 26: Hijos de los mortífagos

El niño se llamaba Tommy, no tenía nada que ver con Percy y con Penélope (de hecho el primero había quedado bastante tocado, y no era muy seguro que pudiera ejercer de padre en un futuro cercano), oficialmente era el recién nacido de alguno de los mortífagos que le habían dejado abandonado o habían muerto, así que Harry le dejó gustosamente su apellido. Ted se llevó el crío a San Mungo (por muy Voldemort que fuera, había tenido un parto bastante inusual y se hallaba en peligro) y ambos quedaron libres. De momento.

- Lupin nos llamó a todos -farfulló Ron intentando masticar y hablar al mismo tiempo.

Hermione hizo un gesto de asco y miró para otro lado. Harry esbozó una sonrisa cansada. Pansy ahogó una risa. Krum los miró con extrañeza.

Y Draco se dio cuenta de lo mucho que los había extrañado a todos, y durante un segundo pensó que se le iban a saltar las lágrimas. Afortunadamente consiguió controlar sus sentimientos, porque ya había tenido demasiadas demostraciones afectuosas por un día. Hermione y Pansy prácticamente se los habían comido a besos a Harry y a él, como fans histéricas que esperan a sus ídolos. Menos mal que tanto Ron como Viktor eran novios comprensivos.

Tosió para pasar el mal trago. Afortunadamente nadie se había dado cuenta.

- Lupin es genial -corroboró Neville, entusiasmado-. Nos llamó, nos reorganizó y nos obligó a luchar. Dijo que nos ibais a necesitar. Tenía razón.

Harry movió ligeramente la cabeza para vislumbrar a Lupin. El licántropo comía en la mesa de los profesores, cuchicheando con Minerva. No le había visto en la base de los mortífagos porque había estado demasiado ocupado liderando el ataque al Ministerio. Decían que había protagonizado una actuación espectacular y que poco menos que había expulsado a Rodolphus a patadas del edificio, y Harry se lo creía. Un corte le cruzaba la barbilla, muy cerca del cuello, y el que antiguamente parecía un profesor tímido y desvalido ahora más que nunca podía ser confundido con un gladiador retirado.

El cambio producido en Remus Lupin era espectacular, y Harry anotó preguntar a Ted Tonks qué demonios le había dado para hacerle renacer de esa forma.

No obstante, eso todavía no le liberaba de su preocupación principal.

Aún no había cruzado una sola palabra con Lupin.

Harry sabía que al licántropo le había dolido que él les abandonara por Draco, pero no esperaba que pese a todo siguiera enfadado, tanto como para no dirigirle la palabra. Tragó con dificultad su bebida, y su estómago se revolvió.

- No, en serio -Ron seguía hablando con emoción, e incluso Hermione le escuchaba atenta- ¿quién hubiera pensado que la cámara de Slytherin guardara semejante arsenal anti-Voldemort?

- ¡¿Cómo?! -exclamó Harry, volviendo a la realidad. Se dio cuenta de que había hablado demasiado alto cuando desde algunas mesas se giraron para mirarle, pero no le importó-. La cámara de... ¿Slytherin?

- Harry, ¿en qué has estado pensando durante los últimos diez minutos?

Todos rieron, excepto Draco. Draco sólo le miró. Draco lo sabía.

Como sabía muchas otras cosas.

- Lupin estaba escondido en la Cámara de Slytherin -la mandíbula de Harry poco menos que tocó el suelo- allí había toda clase de artículos mágicos de asalto... libros... -Hermione asintió con efusividad- de todo, tío. Allí nos preparamos para el asalto al cuartel general de los mortífagos, del que por cierto había un plano en la cámara. Increíble, era como la Sala de los Menesteres, pero subterránea y diez veces más grande.

- Bueno, un poco menos acogedora. Sobre todo por los reptiles.

- ¿Reptiles?

- Por todas partes -contestó Neville- pero no nos atacaban. Era como si... -frunció el ceño- alguien les hubiera dado órdenes de que no lo hicieran.

Draco desvió la mirada. Alguien. Ya.

En ese momento sintió algo en la mano. Bajó la cabeza. Harry le había colocado la suya encima distraídamente. Para el moreno significó un gesto instintivo, pero Draco tuvo la repentina conciencia de estar vivo. Por primera vez apreció lo que era poseer el control sobre uno mismo, poder mover los dedos bajo la mano de Harry si quería, poder girar la cabeza para mirar a quien quisiera, poder sonreír las tonterías de Ron. Poder ser él mismo.

- ¿Qué hizo a Lupin cambiar de opinión? -preguntó Harry.

- ¿Por qué no vas y se lo preguntas? -replicó Hermione.

Harry frunció el ceño ante su brusquedad, pero entonces una sombra apareció en la mesa a sus espaldas. Se giró. Dos enormes aurores con cara de pocos amigos se habían parado justo junto a la mesa.

- ¿Draco Malfoy?

Inmediatamente todas las conversaciones pararon, los profesores se pusieron en pie de un salto, y en un segundo McGonagall y Lupin habían aparecido junto a los aurores.

- ¿Cuál es el problema? -preguntó McGonagall intentando parecer tranquila y autoritaria a la vez. Draco ya estaba a medio levantar, y Lupin le colocó una mano en el hombro con tanta fuerza que le hizo volver a sentarse.

- Tenemos órdenes de detenerle e interrogarle -informó uno de los aurores, el más mayor.

- ¿De qué se le acusa?

Ambos aurores sonrieron con malicia.

- ¿De qué se le acusa? ¿Por dónde empiezo? -clavó su mirada en los ojos fríos de Draco. Aquel hombre había perdido a varios amigos en el Ministerio y, por lo que a él se refería, se había abierto la veda para la caza y captura del mortífago-. Cómplice en el asesinato de Albus Dumbledore. Mortifago. Se escapó de su primera condena haciendo que mataran a Nymphadora Tonks. Y hay quien asegura que le vio cometiendo atrocidades justamente después de eso. ¿Le parece poco?

Harry abrió la boca. Evidentemente no sabían que el de las atrocidades había sido Voldemort dentro del cuerpo de Draco.

La explicación que pensaba dar nunca llegó. ¿De verdad le convenía que ellos supieran que Voldemort había poseído a Draco?

Pánico. Cuando lo peor había pasado, cuando todo parecía ser casi idílico, se les había pasado por alto el detalle que daría con los huesos del Slytherin en Azkaban. Draco había cambiado de bando y había llevado a cabo casi tantas heroicidades como el mismo Harry, pero ninguno de aquellos actos era divulgable. No al menos sin tener que dar un montón de explicaciones que probablemente nadie creería. No en ese momento.

- Descubre el brazo izquierdo, chico -ordenó el auror.

Lupin y McGonagall se miraron. Draco les ignoró, y se puso en pie. Empezaba a estar harto de todo. Casi había dado la vida por ellos, ni siquiera le iban a dejar cenar en paz. Mucho menos vivir.

Cuando se quitó la túnica, fue casi como una liberación. La camisa poco menos que se desgarró bajo sus dedos, en su afán de liberar la Marca. Tuvo el placer de ver cómo el auror más joven retrocedía con asco. Por primera vez en su vida sintió algo parecido al deleite al contemplar cómo el dibujo se marcaba contra su pálida piel.

- ¿Nos vamos?

Sin esperar respuesta se giró hacia Harry. Fue sólo una mirada, dos segundos a lo sumo. Lo suficiente para que el Gryffindor se sintiera roto.

- ¿Sabes? -murmuró, mientras dejaba que le unieran las manos a la espalda-. Nunca quise ser un mortífago, Harry. Pero ahora me pregunto si quiero ser uno de vosotros.

X

A pesar de la creencia popular, Draco Lucius Malfoy no era un cobarde, y pensaba que lo había demostrado. Sobradamente.

No dejándose vencer por el panico cuando Voldemort le encargó la misión. Cambiándose de bando cuando descubrió que los suyos sólo le traerían la muerte. Salvando a Harry -¿cuántas veces iban ya?-. Enfrentándose a Voldemort.

Ni era un cobarde, ni lo había sido nunca, ni se había dejado jamás vencer por la desesperanza. Al igual que el día que había conseguido llegar a casa de los Weasley, siempre había sabido abrirse paso. A veces de forma gloriosa, otras no tanto. A veces caminando, a veces arrastrándose por el barro. Dejando detrás un reguero de sangre.

Suya, o de otros.

Siempre había sentido aquel feroz afán de superación que era el verdadero motor de cualquier Slytherin. La ambición. El deseo de destacar por encima de todo y de todos. La gloria.

Ese día sin embargo, mientras los dos aurores le conducían al Ministerio de Magia, buscó en su interior y no vio nada.

Estaba perdido.

No en el sentido de que su vida pendiera de un hilo. Perdido, de verdad. Perdido, de no saber quién era realmente y a dónde pertenecía. De ignorar dónde podría encontrar finalmente un lugar para descansar. Un lugar donde simplemente le dejaran en paz.

¿Algún día le dejarían en paz, de hecho?

Meditó. En caso de que le soltaran sin cargos, que no era probable, tendría que acabar Hogwarts. Algunos profesores le tendrían directamente enfilado, pero eso no era un problema para Draco.

¿Y después? Encontrar trabajo. ¿Quién contrataría a un ex mortífago que aún llevaba la Marca Tenebrosa en el brazo?

Pero bueno. Incluso eso, eso tampoco era un problema.

Le mirarían. En la calle, aquellos que hubieran sufrido a manos de los mortífagos -muchos-, que tuvieran un familiar que hubiera sufrido -demasiados- o simplemente que recordaran con terror aquellos días -casi todos- escupirían a su paso en el mejor de los casos.

Pero el problema no era ése.

El odio le resbalaba. Había crecido en él. Era inmune.

Pero en todas aquellas ocasiones, no le cabía la menor duda de que Harry sufriría con él. Y a Draco no le importaba el odio de los demás, pero a Harry sí. Y sabía que, si su abnegada pareja declaraba que en realidad Draco era más bueno de lo que la gente pensaba, la gente empezaría a pensar si realmente los malos no eran ambos.

Draco no se consideraba una gran persona, ni altruista ni generoso ni demás tonterías, pero había cosas que sencillamente un ser humano decente no podía soportar.

Volvió a la tierra cuando le empujaron dentro de una oscura habitación.

- Mirad quién está aquí -declaró una voz indiferente.

- ¿Blaise? -Draco parpadeó, intentando acostumbrarse a la oscuridad que le rodeaba. Blaise estaba sentado en el suelo, la cabeza apoyada en la pared- ¿qué haces tú aquí?

- Sospechoso de colaborar con los mortífagos.

- ¡Pero tú entraste a la Orden!

- Ya, bueno, eso no les importa, obviamente -masculló otra voz a sus espaldas. Era una de las chicas que había conocido en Hogwarts. Aquella del pelo rizado-. Estábamos celebrando la victoria cuando nos apresaron.

Empezó a reírse, y Blaise sonrió. Draco les miró como si estuvieran locos.

- ¿Qué? Tiene su gracia.

Los ojos de Draco empezaban a acostumbrarse, y los bultos negros que le rodeaban empezaron a cobrar forma. A adquirir rostro. A tener nombre.

Hijos de mortífagos o, simplemente, Slytherins, le rodeaban. Algunos le miraban con curiosidad, otros directamente dormitaban. Todos tenían el brazo izquierdo descubierto, y en aproximadamente la mitad de ellos brillaban sendas Marcas Tenebrosas.

Un muchacho fornido le miraba silenciosamente, apostado junto a Blaise.

- ¡Greg! -a Draco se le quebró la voz al acercarse, y de repente recordó que Goyle era el enemigo- ¿qué haces tú aqui?

- Entramos todos en el mismo saco -contestó Blaise por él.

Goyle abrió la boca, y Draco pensó que iba a insultarle.

- Vincent está mal -informó con voz asustada.

- ¿Vincent? -sólo entonces se fijó Draco en el bulto que descansaba a los pies de Goyle. Se agachó, para descubrir el rostro de su otro fiel perro guardián, temblando y sudando.

- Una herida infectada.

Una risa cínica se dejó escuchar en la oscura habitación.

- ¿Sabéis lo más gracioso? -la chica de Hogwarts les miró- Creo que fui yo quien se la hizo.

Sonaba como si se arrepintiera profundamente de ello. No de la herida, sino del hecho de haber luchado contra el bando de Vincent Crabbe. De haber luchado contra Voldemort.

- Esperad -Draco se puso en pie, y la mayoría de sus antiguos compañeros le miraron-. Esperad. -entre ellos había una extraña hermandad que le desconcertaba, y cuando descubrió al fin la razón un escalofrío le recorrió de la cabeza a los pies-. Me estáis diciendo que ¿os arrepentís de haber peleado contra Voldemort?

Nadie contestó. Algunos miraron con los ojos vacíos. Otros ni eso. Blaise seguía sonriendo.

Goyle miraba con tristeza a su amigo.

- Tú luchaste codo a codo con Harry -murmuró.

Ahora, pensó Draco. Ahora es cuando Goyle viene y me mata.

- Sí -contestó con voz ronca.

Pero en lugar de eso, Greg siguió hablando. Y en su voz no había rencor alguno. Sólo la más profunda constatación de que ambos eran, y lo habían sido siempre, soldados.

- Vince y yo apoyamos al Señor Tenebroso. Ambos estamos aquí encerrados. Nos van a juzgar -Goyle hizo una pausa, como si la breve frase le hubiera saturado. Demasiadas palabras para alguien tan callado como él-. A ti, a mí, y a Vince, si es que sobrevive. A todos nosotros.

A veces Gregory Goyle, aún con su escasa inteligencia, conseguía arreglárselas para impresionar a Draco, y aquélla fue una de esas ocasiones. Boquiabierto, miró a Goyle. Luego a Blaise. Y finalmente al resto de sus compañeros. A pesar de que habían luchado en bandos contrarios, como Greg, ninguno de ellos mostraba deseos de venganza. Cero rencores.

La comprensión debió de golpear su rostro, porque incluso en la oscuridad, Blaise lo vio.

- ¿Ves, Draco? Ahora vuelves a ser uno de los nuestros.

X

Una hora dando vueltas por el Ministerio. Sesenta minutos de terror absoluto y cero respuestas, y Harry iba a matar a alguien.

- ¿De qué sirve ser el héroe si nadie te hace caso?

Un funcionario le miró con una mezcla de sorpresa y desagrado. Harry le ingnoró. Se sintió menos irritado cuando Lupin hizo acto de aparición por una esquina.

- Esto es inaudito -gruñía el licántropo-. Inaudito -se paró frente a él-. Los tienen a todos en la misma celda. A Draco, a los que ingresaron en la Orden y a los jóvenes mortífagos. A todos.

- ¿Qué? -su cerebro se negó a procesar aquella información.

- Burr se los quiere cargar cuanto antes. Juzgarán a Draco dentro de media hora... maldita sea.

- ¿Burr?

Lupin bajó la mirada hacia Harry. Pareció entonces darse cuenta de que había cierta información que el joven mago aún desconocía.

- Aaron Burr. Mano derecha de Scrimgeour, le sustituyeron automáticamente cuando éste murió -esbozó una sonrisa cínica-. El viejo Rufus era una monja de caridad al lado de Burr.

Harry palideció.

- Es un auror de la vieja escuela. De los que piensan que, si muerto el perro se acabó la rabia, muertos todos los mortífagos se acabó la magia oscura. Su hijo murió en la batalla frente a Hogwarts. No lo vamos a tener fácil.

Lupin se dejó caer pesadamente en una silla. Harry se quedó allí de pie, sin saber qué hacer ni qué decir.

- Nada fácil -repitió Lupin.

No pareció sorprenderse de ver a Ted aparecer por allí. El sanador aún llevaba la túnica de San Mungo. Parecía cansado, y se quitó las gafas mientras soltaba sin preámbulos:

- Condena a muerte para todos los que llevan la Marca.

Esta vez fue Harry el que se sentó. O mejor dicho, se dejó caer.

- Eso es lo que el Wizengamot dictará esta noche.

- ¿Estás seguro?

- Me lo ha dicho ese imbécil de Burr en persona. Ser el director de San Mungo tiene sus ventajas.

- ¿Y el resto?

- Prisión preventiva en Azkaban -sonrió con sarcasmo- prorrogable todo lo que el Ministro considere necesario. Hasta que se demuestre que el prisionero no tenía nada que ver con los mortífagos.

- Ya veo. Así que nadie es inocente hasta que se demuestre lo contrario.

- Algo así.

Los dos magos adultos se miraron.

- Tenemos que hacer algo, Ted -dijo Lupin con una nota de pánico en la voz.

Harry tenía la mirada perdida. Era como si la pesadilla se repitiera de nuevo. Sólo que ahora no había ninguna Nymphadora Tonks para tomar el destino de Draco.

- Tengo una idea... -murmuró el sanador rascándose la barbilla.

Lupin asintió lentamente.

- Y yo otra.

- ¿Me necesitas?

- No. ¿Y tú a mí?

- Tampoco. Media hora, Remus. No falles.

Tonks salió intempestivamente de la sala. Harry levantó la cabeza con sorpresa.

Lupin se acercó y le abrazó.

- Ya dejé que se lo llevaran una vez, Harry, y hasta que supe que estaba vivo yo mismo creí que me moría. No cometeré el mismo error dos veces. Si hace falta, irrumpiremos en la sala con nuestro ejército y nos llevaremos a Draco a rastras, pero ninguno de los nuestros va a morir hoy. Y él lo es, ¿entiendes?

Harry asintió débilmente. Estaba demasiado cansado, demasiado asustado y demasiado harto como para decir algo coherente.

- Y ahora vamos a buscar a tus amigos.

X

Draco no tenía reloj, pero supo que la hora había llegado porque un par de aurores de fiero aspecto asomaron la cabeza por la celda. No se molestaron en hablar o en hacerle un solo gesto.

No. Tenían aquella mirada, la mirada de los que han ganado y creen que pueden resucitar a sus compañeros caídos tratando mal a los que han sido vencidos. El más alto, fuerte y bruto se acercó a Draco y le agarró del cuello de la camisa.

No supo qué le dolió más. Si el repentino tirón o el hecho de ver que Goyle, fiel a las viejas costumbres, abandonaba por un momento su lugar junto a Crabbe para acercarse apretando los puños.

- Atrás, grandullón -gruñó el otro auror-, a ti también te llegará tu turno. A todos os llegará.

Draco casi pudo ver cómo se relamía los labios.

Eso fue antes de que el primer auror le colocara su pie del cuarenta y ocho en mitad de la espalda y le obligase a salir de la celda. Cayó de rodillas en mitad del pasillo. A sus espaldas escuchó cómo sus compañeros contenían la respiración. Goyle hizo rechinar los dientes. El auror rió en tono bajo, ronco.

Draco empezaba a estar más que harto.

Cuando su carcelero se acercó, quizá para ponerle en pie tirándole de las orejas, Draco alargó la mano y tiró de su tobillo en el preciso instante en el que daba un paso.

- ¡Jeff! -gritó el otro auror, aún a la puerta de la celda. Draco recibió el impacto del cuerpo del tal Jeff, pero apenas sintió el dolor. Estaba acostumbrado. En cambio, la carcajada unánime que se elevó desde la celda de los presuntos jóvenes mortífagos, le provocó un burbujeo en el estómago. Sonrió con ferocidad, y antes de un parpadeo ya tenía la varita de Jeff en la mano. Dos, y se la había clavado en el cuello. Tres, y el otro auror apenas se atrevía a respirar.

- Me entrenaron los mortífagos. Y Harry Potter y Remus Lupin me acabaron de moldear -susurró, aunque estuvo seguro de que hasta Goyle y Zabini y el resto le escucharon-. No lo olviden.

Se puso en pie, dejando caer la varita de Jeff en el suelo. El tintineo que produjo fue casi un desafío, más incluso que la mirada que Draco le dirigió al otro auror.

Jeff se puso en pie de un salto mientras su compañero cerraba la puerta. Draco retrocedió un paso. En la túnica del auror podrían haber cabido perfectamente dos como él, pero no le importaba; había cruzado los puños en más de una ocasión con Ron, estaba acostumbrado a pelearse con tipos corpulentos. No iba a tener miedo. No ahora, con todo lo que había ocurrido.

- Veo que llegamos justo a tiempo.

Draco no se atrevió a girar la cabeza, pero vio que los dos aurores levantaban la mirada con expresión de fastidio, y se mordió los labios para no soltar un suspiro de alivio. La mano que se cerró sobre su hombro era pesada y amistosa.

- Remus Lupin y Minerva McGonagall -se presentó la segunda. Como si hiciera falta y ella misma no hubiera dado clase a aquellas dos bestias de dos patas-. Hemos venido a supervisar el traslado de nuestro defendido a la sala de vistas.

- ¿Su defendido? -repitió Jeff.

El otro auror, el que parecía más listo, dio un paso al frente incrustándole el codo a su compañero de forma bastante poco disimulada.

- Íbamos a llevarle ya -declaró, con los ojos fijos en Draco-. Si quieren pueden esperar en la sala.

- No, gracias. Será un placer acompañarles.

La voz de Lupin le infundió la suficiente presencia de ánimo como para atreverse a levantar la mirada. El licántropo sonreía de oreja a oreja a los aurores, una sonrisa sádica llena de dientes que a Draco le provocaba escalofríos. A su otro lado estaba McGonagall, con los labios fruncidos en un claro gesto de disgusto.

- Andando -ordenó la directora de Hogwarts, como si fuera ella y no los aurores los que mandaban allí. Se pusieron en marcha, ella precediendo la marcha y Lupin agarrando a Draco del hombro. Los dos aurores no tuvieron más remedio que seguirles.

- Esto no va a terminar como la otra vez.

Draco se sobresaltó cuando se dio cuenta de que Lupin le estaba hablando al oído. La sala estaba al doblar la esquina, y ya podía escuchar el murmullo de la gente.

- Esta vez te vamos a salvar.

X

El Wizengamot al completo estaba ya ocupando sus puestos, presididos por un hombre que a primera vista recordaba a Goyle padre. Alto, musculoso y surcado de cicatrices.

- El excelentísimo señor Burr -masculló Hermione entre dientes.

Harry no parpadeó. Su amiga podía ser respetuosa a más no poder con la autoridad y transformarse de repente en una rebelde subversiva si consideraba que alguien estaba abusando del poder.

Escuchó a Ron murmurar por lo bajo a sus espaldas. Sabía que el pelirrojo repetía en bucle que estaban todos locos e iban a acabar en la cárcel, pero aún así había venido. Y Neville, que temblaba como un flan (aunque sospechaba que más bien pensaba en qué diría su abuela). Y Luna. Extraordinariamente tranquila, por cierto.

Y bastantes más. Lupin había conseguido reunir a cerca de una docena, que no era un número despreciable teniendo en cuenta que apenas había contado con treinta minutos para convencer a los jóvenes de que su plan no era tan descabellado como parecía.

Harry se preguntó si él mismo había llegado a creérselo.

En ese momento entró Draco, escoltado por dos aurores a los que mansamente cedieron el paso Lupin y McGonagall, con una especie de condescendencia mal disimulada que hizo saber a Harry que ahí fuera había pasado algo entre los carceleros y los profesores.

Draco tenía los ojos brillantes de desafío. Harry intentó captar su mirada, intranquilo. Le había costado trabajo convertir al joven mortífago en un leal seguidor de la Orden que había luchado contra el mismísimo Voldemort... para que todas sus esperanzas se vieran truncadas por unos políticos con sed de venganza. Recordaba lo último que el Slytherin le había dicho cuando aún estaba en Hogwarts. No sabía si Burr estaba haciendo lo correcto. Pero desde luego, no lo parecía.

Draco no permitió que los aurores lo tocaran. Era un pensamiento gracioso teniendo en cuenta que ellos estaban armados y le sacaban dos cuerpos, pero de repente se dio cuenta de que era así. El auror más cercano, una especie de muralla andante, se mantenía prudencialmente a dos pasos del Slytherin, lo justo para no rozarle.

Demonios. ¿Estaba mal que se sintiera orgulloso de él por desafiar de esa forma a la autoridad?

Lo estaba.

Draco se sentó en la ya conocida silla del centro de la estancia. Los grilletes le rodearon los brazos, y él los contempló con desdén.

Burr se puso en pie. Era alto, aquel tipo.

- Señores -la voz del Ministro retumbó en la atestada sala, y al instante se hizo el silencio. Harry sabía que a Fudge, e incluso a Scrimgeour, les hacía falta alzar la voz para imponer silencio. Se dio cuenta, con una inesperada desolación, que la gente temía que el Ministro les mirara y les condenara a muerte bajo una falsa acusación.

Aquel tío le habría caído bien a Voldemort.

Burr hizo una señal con la cabeza en dirección a alguien. Harry esperó que fuera el secretario, y se llevó una sorpresa cuando uno de los aurores del tribunal se levantó y se dirigió a Draco. Llevaba en la mano un frasco con un líquido transparente.

- ¿Qué pasa?

Lupin y McGonagall parecían sorprendidos también. El licántropo se levantó, preparado para protestar, pero pareció pensárselo mejor en el último segundo. Harry pudo advertir que la directora de Hogwarts le había agarrado de la manga de la túnica.

- Es lo último en juicios rápidos -bufó Hermione. Evidentemente se había informado antes de entrar a la sala-. No hay acusaciones, simplemente le dan veritaserum al acusado y le dejan hablar. Ellos mismos cavan su tumba. Cuando termina, a veces la defensa directamente claudica. Y así se condenan a más mortífagos al día -terminó la castaña en tono lúgubre.

- Pero...

- Tranquilo, Harry -ella le miró, agarrándole del brazo. No siguió hablando, pero él pudo leer perfectamente lo que transmitían sus ojos. Ya no depende de nosotros.

El auror hizo ademán de apuntar a Draco con la varita para obligarle a beber el brebaje.

- Por favor -gruñó Draco en tono de desprecio, y antes de que el auror pudiera obligarle a nada, se bebió de un trago el contenido del frasco. Mientras notaba cómo bajaba por su garganta, recordó que la última vez que había tomado veritaserum, la mitad de su audiencia había acabado llorando y la otra mitad, a punto de vomitar.

Burr descruzó los brazos y pareció colocar las manos sobre sus rodillas mientras inclinaba los hombros hacia delante. En ese momento Draco miró a los ojos del Ministro, y notó cierto mareo. Antes de que pudiera pensar en qué decir, sus labios habían cobrado vida propia.

Y empezó a hablar.

X

En tan sólo un par de minutos Harry se dio cuenta de que algo andaba mal.

O bien.

Draco hablaba como nunca lo había hecho. Sin parar, fluido, sin trabarse ni pararse a pensar. Como si el objetivo de su vida en ese instante fuera vomitar ante el Wizengamot todo lo que había hecho desde que era un crío de pecho hasta diez minutos antes.

El problema, es que Draco -Merlín sabía cómo- estaba mintiendo.

Harry apenas había empezado a asimilar la idea de que Draco iba a contarlo todo delante de un montón de gente desconocida. Porque todo no sólo incluía sus años como mortífago, la noche de la muerte de Dumbledore, sus días encerrado en su propio cuerpo. Todo incluía el hecho de que dormía con Harry. Todo incluía el pequeño detalle de que había asesinado al hermano de su mejor amiga. Todo incluía a Tommy, el bebé que quizá -Merlín no lo quisiera- llevaba parte de Voldemort en su alma. Todo incluía muchos detalles que definitivamente ni Harry ni Draco ni sus conocidos querían que fueran publicados al día siguiente por la pluma siempre mordaz de Rita Skeeter.

Sin embargo, en aquel momento Draco disertaba acerca de su segundo año en Hogwarts, y aún no había una sola mención al asunto Parkinson. Llegó al tercero, y fue como si no hubiera existido. Quinto -el año que se había enamorado de él, recordó Harry removiéndose inquieto en el asiento- y ya eran innumerables los pequeños detalles sospechosos que el joven Malfoy se había dejado en el tintero.

Harry estaba quieto, muy quieto, sospechando que si hacía el más mínimo movimiento delataría a Draco. O rompería la extraordinaria concentración con la que el Slytherin estaba haciendo frente al veritaserum. O lo que fuera.

El caso es que simplemente se quedó sentado y escuchó.

Draco Lucius Malfoy dijo muchas cosas aquella noche, pero nadie le creyó cuando, después de ser puesto en libertad, manifestó no recordar absolutamente nada de su declaración.

Draco era consciente de que hablaba, pero no llegaba a escuchar las palabras que salían de su boca. Su propia voz le llegaba lejana, amortiguada, como si le hubieran colocado unas invisibles orejeras. La sala se tambaleaba ante sus ojos, y las formas se difuminaban tras una neblina que se hacía cada vez más espesa. Apenas podía distinguir el rostro de Burr. Apenas podía...

X

Se giró para mirar a Harry y entonces se dio cuenta de que volvía a estar en el vacío blanquecino, y que la imagen de la sala de vistas -lo que supuestamente estaban enfocando sus ojos- flotaba ante él como una pantalla de cine. A su lado estaba Dumbledore, sentado. Parecía disfrutar, mesándose la barba mientras no apartaba ojo de la pantalla. Como si estuviera viendo una película de abogados especialmente buena.

- Salazar -Dumbledore sonrió sin dejar de mirar la imagen, donde Aaron Burr parecía empequeñecerse con frustración-. Un genio. Y no te molestes en contar a nadie que yo dije eso de un Slytherin, porque nadie te creerá.

¿Salazar?

Draco abrió la boca para contestar, pero entonces su cuerpo dio un acelerón, como si hubiera montado en una montaña rusa y se hubiera detenido de golpe, y de repente volvía a sentir el frío de las cadenas sobre su piel, el tacto rugoso de los brazos de la silla, y la mirada de toda la sala sobre su piel.

Tragó saliva. La mirada de Burr era inescrutable. ¿Qué habría dicho?

- Señor Malfoy -dijo el Ministro con el tono impaciente de quien repite algo- le he dicho que puede ponerse en pie.

Las cadenas abandonaron sus brazos, y Draco, que por un momento temió que las piernas le fallaran, se puso en pie como un resorte.

Consiguió ocultar la sorpresa cuando se dio cuenta de que tenía el brazo izquierdo descubierto. Al parecer, en algún momento del interrogatorio, había tenido que enseñar la Marca Tenebrosa.

Bueno. No es que fuera una gran sorpresa.

- A raíz de lo que hemos escuchado, Ministro -Lupin apareció justo a sus espaldas, colocándose a su lado. Draco sofocó otro grito de sorpresa- creo que estará de acuerdo en que el señor Malfoy no merece otra cosa que una absolución y una disculpa.

Alguien gritó en la sala e inmediatamente se produjo un irritante murmullo. Burr levantó la cabeza y el público dejó instantáneamente de hablar.

- Señor Lupin -una bruja de pelo crespo se inclinó hacia delante desde su lugar entre el Wizengamot. Lupin gruñó para sus adentros. La conocía y no era especialmente proclive a perdonar al prójimo. Tampoco era fan de los hombres lobo- admito que, si es cierto lo que el señor Malfoy ha contado...

- Cierto es, pues le recuerdo que estaba bajo los efectos del veritaserum -apuntó Lupin con una fingida sonrisa amable.

- Sea. Aunque ese chico haya terminado luchando contra Voldemort, no podemos ocultar le hecho de que tiene la Marca Tenebrosa en el brazo.

Draco reprimió el impulso de mirarla con odio. Lupin se quedó quieto un momento, como si la bruja acabara de decir algo especialmente estúpido.

- ¿Y?

- ¿Y? -repitió la bruja. Irritada- ¡tiene la Marca!

- La escuché la primera vez, señoría -de nuevo aquella sonrisa de condescendencia. Draco la recordaba. Lupin solía mostrarla cuando un alumno contestaba especialmente mal una pregunta-. Me pregunto si el fin de su razonamiento es que... ¿deberíamos matar a todos los que lleven grabada la Marca Tenebrosa!

- ¡Por supuesto! -chilló la bruja.

Lupin volvió a hacer una pausa, y esta vez Draco lo supo, supo que iba a pasar algo. Porque Lupin mostraba la apabullante seguridad de quien guarda un as en la manga. Draco no pudo evitar mirarle con admiración, y se preguntó si en el Wizengamot podrían sentirlo. Sentir la fuerza que emanaba de su viejo profesor, el que probablemente sería capaz de transformarse en lobo y comerse a todos los miembros del Wizengamot uno por uno antes de permitir que le devolvieran a la celda.

No se equivocó.

Lupin se giró. No hacia él, sino al estrado del público. Su rostro mostraba una mueca de disgusto.

- Entonces supongo que tenemos un problema, señoría.

Lo que siguió a continuación, nadie podría haberlo esperado.

Draco se preguntó si Dumbledore lo estaba viendo, porque el momento en el que Harry se levantó tímidamente y empezó a subirse la manga izquierda de la túnica para mostrar una negra e inconfundible Marca Tenebrosa en el brazo fue digno de la mejor película y a la vez superior que cualquier alegato formulado por el mejor picapleitos televisivo.

Por un momento pensó que el techo se le venía encima, tal fue el estruendo de cien personas gritando e intentando moverse al mismo tiempo, a lo que se sumaban los disparos de las cámaras y los periodistas gritando preguntas. A Rita Skeeter se le iban a salir los ojos de las cuencas; a su lado, un fotógrafo se esforzaba por captar la que sin duda iba a ser la imagen del día. Nada más y nada menos que Harry Potter, el Héroe, el vencedor de Voldemort, de pie y luciendo orgullosamente -¿orgullosamente? Draco parpadeó. ¿Era posible?- su Marca.

Y lo que sucedió después no hizo sino aumentar la confusión.

Hermione, que estaba junto a Harry, se levantó. Ron y Neville lo hicieron después. Luna siguió la señal invisible de Lupin, al igual que una docena de jóvenes de la Orden, dispersos por toda la sala. Draco sintió un escalofrío cuando vio que Viktor Krum se levantaba llevando a su lado a Pansy.

Lo vio venir.

Todos se desnudaron el brazo y todos llevaban sendas Marcas Tenebrosas grabadas en la piel.

Los fotógrafos no daban abasto. ¿Y Rita Skeeter? estaba tan excitada que en cualquier momento le daría un ataque al corazón.

¿El Wizengamot? Podrían haber pasado por unas muy realistas estatuas de cera.

- ¡SILENCIO! -bramó Burr. Su vozarrón se escuchó por encima de los gritos, pero pese a ello su habitualmente dócil público tardó un poco más de la cuenta en obedecer. Sólo cuando taladró con la mirada directamente la melena rubia y rizada de Rita Skeeter ésta se sentó a regañadientes-. ¡¿Qué significa ESTO?!

Esto eran unos quince espontáneos enseñando voluntariamente la señal de pertenecencia a las tropas de Voldemort. Incluyendo a un profesor de Hogwarts y al Héroe del Mundo.

- Esto es lo que él nos hizo, señor ministro -si Harry estaba nervioso, no lo aparentó. Hablaba como el mejor de los abogados y el más profesional de los testigos comprados. Hablaba como si llevara a la mismísima Razón sobre sus hombros. Hablaba de una forma que, Draco estuvo seguro, iba a hacer que le dejaran libre-. La Marca era un estigma, más que un signo de pertenencia a un grupo. Era un castigo y nosotros, como Draco Malfoy, lo sufrimos.

- ¡Los mortífagos llevaban la Marca, señor Potter! -bramó la bruja asomándose por encima de la cabeza de Burr. El Ministro parecía demasiado estupefacto para reprenderla.

- ¿Y qué eran los mortífagos, salvo víctimas de Voldemort? -replicó Harry sin alterarse-. Pregúntele a los mortífagos. Pregunte a sus hijos. Si hubo alguno, aparte de Bellatrix Black y algún otro tan loco como ella, que no participara en ello por miedo o coacción. Draco Malfoy ya le ha contado cómo Voldemort forzó la lealtad eterna de Lucius Malfoy como pago al nacimiento de su hijo. También le ha contado cómo tuvo que acometer su primera misión como mortífago so pena de que asesinaran a sus padres, lo que finalmente ocurrió pese a todo. Mírele a la cara, y llame a Gregory Goyle o a Vincent Crabbe, o a cualquiera de los que están encerrados y pregúnteles si alguna vez dejaron de sentir el yugo de Voldemort sobre su cuello. Y atrévase a decirles a la cara que ellos no fueron también víctimas. Esto -dio un golpecito con el dedo al dibujo- no marca ninguna diferencia. Si le condenan a muerte por llevar la Marca, háganlo también conmigo. Yo también habría dejado entrar a los mortífagos en Hogwarts si la vida de mis padres hubiera dependido de ello.

La bruja abrió la boca indignada, pero Burr se giró en la silla y la fulminó con la mirada.

- Lamentablemente el señor Potter tiene razón. Si matamos a Draco Malfoy tendremos que condenar a muerte también a un profesor de Hogwarts y otros catorce chavales que lucharon por nosotros allí fuera -miró a sus compañeros del Wizengamot, quienes probablemente estaban tan perplejos que no atinaron a replicar-. Votos a favor de liberar a Draco Malfoy de todas las acusaciones.

Burr esperó pacientemente. Uno a uno, los miembros del Wizengamot parecieron salir de su aturdimiento y primero tímidamente y luego de forma más firme levantaron las manos. A Draco le temblaban las piernas, pero no pensaba dejar que se dieran cuenta. Permaneció impasible mientras el número de manos levantadas crecía, igualando y luego superando a los que mostraban su desacuerdo con la idea de liberarle. Que finalmente sólo resultó ser aquella bruja enfurruñada. El resto...

No podía ser.

No era posible.

- El Wizengamot ha tomado una decisión. Draco Lucius Malfoy, queda en libertad sin cargos. Caso cerrado.

Burr se puso en pie y todo el mundo pareció tomarlo como la señal esperada para levantarse, hablar, gritar y llorar, todo al mismo tiempo. Draco se quedó paralizado mientras el ministro y el Wizengamot huían de la prensa, y de repente giró la cabeza y sus ojos encontraron los de Harry.

El Gryffindor no las tenía todas consigo. Durante un verano entero había visto a Draco cambiar ante sus ojos. Del insoportable Slytherin al que no podía ni aguantar hasta llegar a la persona a la cual abrazaba por las noches. Sin apenas estadios intermedios.

Sin embargo, su detención parecía haber hecho retroceder un paso en su relación. ¿O era sólo en Draco? Allí de pie, aún con la túnica negra de Voldemort, Draco parecía volver a ser una persona distinta. Los ojos de un gris frío, el rostro impenetrable, los ademanes decididos. Seguro de sí mismo.

Más atractivo y al mismo tiempo más Slytherin que nunca.

Entonces sus miradas se cruzaron. Durante un segundo ninguno de los dos reaccionó. Harry se sentía muerto, a punto de perder aquello que más quería en el mundo justo en el instante en el que más fácil lo tenía para atraparle y no dejarle nunca escapar.

La mirada de Draco se desvió durante unos segundos, y el Gryffindor la vio cambiar. Él mismo giró la cabeza, y se encontró con que todos los que habían dado la cara por petición de Lupin se dirigían a él para felicitarle. La mayoría aún enseñando la Marca Tenebrosa que se habían tatuado voluntariamente y que probablemente no conseguirían borrar jamás.

Los ojos de Draco se posaron en su propio tatuaje, y ahora sí, Harry quiso gritar de alegría porque su Draco estaba allí de nuevo, su fría mirada transformándose en algo más líquido mientras tragaba saliva y se precipitaba a sus brazos.

- No puedo creer que hicieras eso por mí -temblaba, y de repente se dio cuenta de estaba llorando. En su hombro- no puedo creer que todos lo hicieran.

Harry intentó contestar algo, cualquier tontería, cualquier broma para relajar el ambiente, y se encontró con que no pudo. Tenía un nudo en la garganta que se resistía a deshacerse, por lo que sólo pudo devolverle el abrazo con fuerza.

Miró a su alrededor. Como era de esperar, Hermione y Pansy no habían podido contener las lágrimas. Ron se frotaba sospechosamente los ojos. Rita Skeeter hizo amago de introducirse en el grupo, pero Krum la atajó firmemente.

Harry les miró e intentó darles las gracias. No supo si lo consiguió. De cualquier modo, estuvo seguro de que ellos ya lo sabían.

X

- Un gran efecto de cara a la galería. Muy emocional, muy Gryffindor.

Lupin se paró en seco. Había reconocido la voz de Burr, estaba a solas con él en un pasillo del Ministerio, y suponía que no le haría gracia haberse visto derrotado en su terreno por un puñado de críos dirigidos por un hombre lobo.

Se giró lentamente. Burr sonreía.

Lupin parpadeó.

Y la siguiente frase del ministro terminó de descolocarle.

- Claro que... no habría servido de nada sin la ayuda de un plan más práctico y más Slytherin.

Lupin tardó unos segundos en darse cuenta de lo que había pasado.

- ¿Ted... o sea, Salazar? ¿Eres tú?

- ¿De verdad pensabas que ese bruto de Burr se había ablandado de repente?

- Te estaba buscando -Lupin entornó los ojos- tu antiguo... Ted...

- Ted ha sufrido un accidente esta noche. Un desgraciado accidente, en la planta de enfermos mentales de San Mungo -Burr se encogió de hombros con despreocupación- esas cosas pasan.

- Pensaba que el de Tonks iba a ser tu último cuerpo.

- Yo también lo pensaba. Pero ya sabes el lema, ¿no? Por el mayor bien.

Ambos hombres se quedaron mirando durante unos segundos.

- El veritaserum era falso -no era una pregunta.

- Del todo -Burr rió- lo que sí era de verdad...

- Es la Imperius que le echaste a Draco por debajo de tu estrado.

Lupin hablaba lentamente. Como un hombre conmocionado.

Burr se encogió de hombros.

- Había cosas que no podía contar, como el asesinato de Justin Parkinson. Y cosas que era mejor obviar, como el hecho de su posesión por Lord Voldemort. Decir que había sido prisionero suyo... bueno, fue una aproximación muy exacta, ¿cierto?

- ¿Y los testigos que vieron a Draco Malfoy aparecer en la Batalla de Hogwarts liderando a los mortífagos?

Burr sonrió de medio lado.

- Los que son de la Orden están encantados de no hablar. Los que eran mortífagos ya no pueden hablar. Y los aurores, créeme, prefieren no hacerlo.

Lupin asintió con la cabeza. Si hubiera sido un ordenador, su pantalla habría mostrado el rótulo "Procesando".

Al fin levantó la mirada.

- Gracias, Salazar.

Burr movió la maciza cabeza.

- Tom Ryddle era mi chico. Mi descendiente. Mi Slytherin -se encogió de hombros-. Mi culpa.

Lupin no respondió.

- Ahora todo está arreglado, Remus. Ahora... -esbozó una sonrisa cansada- es hora de que me vaya.

- ¡No! -el grito le pilló tan de sorpresa que no se dio cuenta de cuando Lupin le colocó las manos en los hombros. Parpadeó, genuinamente pillado por sorpresa-. ¡No te atrevas a abandonarnos! ¡No después de lo que has hecho! ¡Ellos necesitan saber...!

- ¡No! -fue el turno de Burr-. Ellos no necesitan saber nada más de lo que saben, Lupin. Demasiado jóvenes, demasiado sufrimiento. Déjalos que sean felices.

- Aún así... no quiero que te vayas. Has hecho mucho por nosotros. Demasiado. ¿No crees que... mereces tomarte unos años de descanso?

El experto Slytherin leyó en la mirada de Lupin.

- ¿No quieres quedarte solo?

Por un instante Remus volvió a sentirse como el niño que era antes de ir a Hogwarts. Perdido, solitario. El tipo de niño al que todo el mundo le da la espalda.

- No me malinterpretes, Harry es un buen chico. Incluso ese gañán de Draco lo es. Y Minerva... bueno, es un buen apoyo. Pero es más tutora que amiga. ¿La Orden? Son mis compañeros de bando y de armas, pero aún así siempre que me miran lo leo en sus ojos -hizo una pausa, imitando una mirada de desprecio-. Hombre lobo.

Slytherin no se movió.

- Sirius era una de las pocas personas que no me miraba así. Tú tampoco lo haces. Y a veces... bueno, a veces supongo que echo de menos que alguien me trate como, ya sabes. Como si yo fuera un ser humano normal.

Salazar Slytherin pensó que si no tuviera más de mil años y fuera el padre de todas las mordaces y astutas serpientes, se habría emocionado. Bueno, a lo mejor lo había hecho. Un poco.

Abrió la boca para contestar, sin saber muy bien qué decir, cuando escuchó un ruido de voces que se aproximaban al final del pasillo. Instintivamente Remus y él se alejaron el uno del otro, y cuando Harry y Draco aparecieron en el otro extremo, rodeados de sus amigos, se quedaron paralizados, pensando que sin duda habrían surgido problemas.

- ¡Hombre, los protagonistas del día! -Salazar volvió a adoptar la expresión de Burr, y les invitó a acercarse. Así lo hicieron. A regañadientes-. ¡Enhorabuena, Malfoy!

Draco le miró sorprendido. Salazar sabía que no debía mostrarse tan contento pero... diablos, le había cogido cariño al crío.

Y ya habría tiempo para decirle quién era.

Mucho tiempo.

Porque sí. Pensaba quedarse.

Palmeó vigorosamente el hombro de Draco.

- ¿No estás contento?

- Lo estoy, ministro -Malfoy parecía escoger cuidadosamente las palabras. Bueno, no era de extrañar teniendo en cuenta que había estado apunto de condenarle a muerte.

- Mentira -se cruzó de brazos, intentando mostrarse amistoso y paternal al mismo tiempo- ¿qué te carcome?

Draco se mordió los labios y miró a Harry. Durante unos segundos pareció que no iba a hablar.

- Mis compañeros. Los que están encerrados. Tienen el mismo derecho que yo a ser libres.

- ¿Te gustaría sacarlos de ahí?

Draco asintió.

Salazar sonrió. Era una sonrisa cansada. De momento pensaba que, para ser un Slytherin, ya había anotado más de un buen acto diario.

- Chico, para eso necesitarías ser Ministro de Magia.



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